Día 5 – Los pétalos

Ethan, me gustas“.

Aquellas palabras despertaron al peliazul en medio de la noche. Le estaba afectando demasiado una cosa tan simple -o eso pensaba él-. ¿Por qué le había dicho tal cosa Simon? ¿Se estaba quedando con él? “Seguramente es mentira, se está riendo de mi” pensó. Al final se quedó dormido de nuevo mirando las estrellas brillantes que estaban en el techo de su habitación, pensando lo hermoso que debía de ser mirar el espacio con un telescopio. Aquel tema se le estaba escapando de las manos y lo único que podía hacer era esperar a que pasara el tiempo.

Volvió a dormirse hasta que su madre le despertó. Hoy era viernes, por fin. El último día de la semana para acudir a clase. Muy a su pesar, se tendría que quedar en la escuela a terminar lo del festival ya que empezaba la semana siguiente, el sábado. Mientras desayunaba, alguien llamó al porterillo de su casa. Su madre, extrañada, fue hacia éste y preguntó:

-¿Si? ¿Quien es?- dijo con las cejas un tanto fruncidas. No era normal que alguien llamara a su casa a aquellas horas- Oh si, ahora baja, espera ahí- colgó y volvió a la cocina- Es un amigo tuyo, no me ha dicho su nombre. Dice que te espera abajo, no tardes cariño. Puedes llegar tarde.

Ethan, intrigado por quien podía ser -aunque con una idea dibujada en su cabeza- engulló lo que le quedaba de desayuno, ató sus zapatos lo más rápido posible y salió escaleras abajo después de despedirse de su familia. Vivía en un tercero, por lo que no tenía que bajar muchas plantas -no tenía ascensor-. Llegó al par de minutos al portal, pudo ya visualizar quien era “ese amigo”: Simon. Estaba apoyado contra la pared de uno de los laterales del portal, esperando con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones y la cabeza agachada. En cuanto notó ruido, giró su cabeza hacia él, clavándole su mirada. ¿Qué manía tenía de mirarle así? Le daba la sensación de que le podía leer la mente. El corazón de Ethan, que ya latía con mucha fuerza, por el esfuerzo de bajar las escaleras más rápido de lo normal, empezó a golpearle el pecho y comenzó a respirar con fuerza.

-Hola Ethan- dijo Simon en cuanto éste salió a la calle. Se acercó al peliazul hasta estar a un par de centímetros de él- ¿Cómo te encuentras?- dijo en tono preocupado inspeccionando todo la piel que llevaba al descubierto. “Esto no puede ser real, seguro que sigo soñando” pensó Ethan aun sin creerse que el contrario pudiera llegar a estar preocupado por él. Aun menos después de cómo le dio las gracias ayer, pasando de él. Aunque algo bueno podía sacar, el moratón de su torso no se veía, pues la camiseta lo tapaba totalmente.

-B-bien, creo- respondió, intentando mantener las distancias. No quería que le intentara volver a besar. No estaba preparado para hacer algo así-¿Qué es lo que haces aquí?…Ayer te…-dejó la frase a medias por que no sabía como seguir.

-Eso da igual, vayamos juntos a la escuela a partir de ahora- propuso Simon sin vergüenzas. Era muy evidente que estaba enfadado por lo que pasó y que quería estar vigilando al peliazul de cerca. Ethan frunció el entrecejo, ¿había alguna otra cosa más que le pillara de sorpresa?

-Bueno…-respondió mordiéndose el labio inferior. Sabía que al final se iba a arrepentir de haber aceptado. Pero quería saber más sobre aquella foto, sobre el pasado que había olvidado por completo. Y él era la única persona que parecía recordarlo bien y dispuesto a decir más que obviedades. El peliblanco esbozó una sonrisa, pero no como las que le había echado anteriormente, sino lo que se dice una sonrisa normal.

Pasaron todo el camino de ida sin dirigirse ninguna palabra, aunque a veces sus miradas se encontraban por unos segundos. Pero en cuanto lo hacían, ambos desviaban la mirada. Una vez que llegaron a la estación, la pandilla de Ethan saludó, haciéndole señas para que se acercara. Miró a su nuevo acompañante y negó con la cabeza, sonriéndoles a modo de disculpa. Cuando salieron de allí, Simon fue el que rompió el silencio. Sabía que esto le iba a costar caro, mas ya estaba harto de ser un fantasma entre ellos.

-No muerdo, ¿sabes?- dijo enfadado. Había estado esperando a que fuera el que empezara la conversación, pero después de largos minutos esperando, no pudo aguantar más-No soy un bicho raro- El corazón de Ethan se encogió, ¿a qué venía esa reacción?

-Yo -tragó saliva- no he dicho que seas un bicho raro S-Simon-decir su nombre le hizo enrojecer. “¡Actúa normal hostias!” se ordenó. Intentó esconder su cara entre los mechones de pelo que se le salían de la coleta y el poco flequillo que tenía. Simon, al notar aquella reacción, cogió la cara del peliazul, con delicadeza, y se la levantó -P-para, por favor. No está bien- tragó saliva sonoramente. Pero antes de intentar nada, dejó caer el brazo que le sujetaba la cara al escuchar voces de gente.

Siguieron caminando, sin hablarse, hasta la escuela. Cuando llegaron a clase, lo único que hicieron fue mirarse por un par de segundos y cada uno se sentó en su respectivo pupitre. Las tres primeras horas, Ethan se las pasó enteramente mirando por la ventana o cabizbajo. Tenía una intranquilidad en el cuerpo superior a la que había tenido nunca. El hecho de que Simon no parara de intentar besarle, o algo peor, le comía por dentro. No es que no quisiera, de hecho tenía una curiosidad tremenda, sino por lo que podía acarrear llegar a hacer eso.

Cuando aquella mañana casi había dado el paso para besarle, él había sentido algo en su cuerpo. Una reacción parecida a la que notaba cuando Norman le humillaba delante de su mirada, aunque era más placentera. Digamos que le llenaba el pecho entero. Nunca había sido besado por nadie y, que alguien quisiera robarle su primero beso, le encendía por dentro sin dudarlo.

A la hora del almuerzo, Simon se acercó a él con su comida en la mano. Supuso que quería comer con él y aceptó sin que se lo preguntara. No le importaba el silencio que se producía entre el peliblanco y él cuando estaban juntos, no le importaba su presencia. Cogió su almuerzo y le acompañó hasta donde él solía comer. El peliazul siempre lo había hecho en clase y solo -y no le importaba, era un tiempo libre en el que podía relajarse para estar exento de miradas indeseadas-.

Acabaron subiendo a la quinta planta, que se encontraba con sillas y mesas de por medio. Era un lugar solitario donde se guardaba todo lo que sobraba de las clases, hasta pizarras. Simon sacó una llave de su bolsillo y abrió una vieja puerta que chirriaba. Dentro estaba todo impecable: una estantería llena de libros, una mesa con un jarrón en medio, un pequeño estudio y un sofá con pinta de antiguo, en el que daba la impresión de haber dormido allí más de una vez Simon.

-Esta era la antigua sala del director. Como el actual no se encuentra en condiciones de subir hasta aquí arriba, la cerraron- dijo mientras soltaba las cosas en la mesa y retiraba el jarrón hacia un lado-Cuando me enteré de su existencia, pedí a los profesores y al director que me la dejaran para estudiar. Accedieron sin oponer mucha resistencia- Al parecer a Simon le tenían más aprecio del que había notado-Pero por favor, no digas nada- le pidió, serio. Era evidente que tenía que ser un secreto, sino, muchos estudiantes se quejarían del favoritismo hacia el peliblanco. Absorto en sus pensamientos, Simon aprovechó para acercarse a él, hasta estar su cara a un palmo de la suya-No te acuerdas de mi…¿verdad?- dijo dolido- al principio pensé que lo estabas haciendo a posta-calló un segundo para desviar la mirada, como si le costara hablar de aquello- pero ahora parece que es enserio.

Simon, aunque supiera la obvia respuesta, quería estar seguro. Quería saber si de verdad Ethan no recordaba nada de sus múltiples años siendo íntimos en todo. Ethan se quedó callado durante lo que le parecieron horas, hasta que por fin abrió la boca.

-No… Lo siento- le dolió soltar aquellas palabras. Sabía que le estaban haciendo daño, por como cambió su cara, pero era la pura verdad. Aquella vez, no se alejó de él. Se sentía demasiado mal para hacerle aquel gesto tan feo-Pero sin duda quiero saber quien eres- confesó ruborizado.

-Bueno… Soy Simon Walker. Aunque eso ya lo sabes -rió antes la obviedad- Pero supongo que te refieres a cuando nos conocimos cuando éramos unos renacuajos-prosiguió y se sentó en el borde de la mesa- Cuando ambos éramos pequeños nos llevábamos muy bien. ¡Qué leches, más que eso! Eramos inseparables- Se pausó para coger aliento y poder contarlo todo sin que la voz le temblara-Un día, cuando ambos teníamos ocho años, quise confesar el amor que sentía hacia ti, como hice ayer. Pero Norman, ese maldito hijo de puta, te envió al hospital con una conmoción cerebral. A la siguiente semana, ya no sabías quien era yo y y…- Ethan notó como le había temblado la voz en la última palabra. El peliblanco alzó sus manos y agarró la cara del contrario con ellas, apretándolas contra sus mejillas-Te amaba, te amaba mucho Ethan, y tu… te olvidaste de mi… Aunque hasta ahora no he podido reconocer aquel sentimiento- escupió las palabras después de tantas horas pensando qué era lo que le iba a decir y cómo debía hacerlo. Una lágrima cayó por uno de sus ojos, solitaria y sin rumbo. Más tarde, un par más se unieron a ella, hasta acabar siendo un río.

Ethan no se pudo contener tampoco, el corazón le latía tan fuerte que se estaba mareando. Por sus ojos empezaron a caer también lágrimas. Lloraba porque sabía que era verdad aunque no lo recordara, sabía que en el estado que se encontraba Simon, no le estaba mintiendo en absoluto. En un intento de calmarlo, el peliazul rodeó su cuello y acercó sus labios éste, cerró los ojos y le besó. Un beso que duró una eternidad. Ambos estaban petrificados por la emoción y los nervios del momento.

No supo por qué lo hizo, si porque ya no aguantaba más la curiosidad o porque quería satisfacer de alguna forma el gran vacío y dolor que sentía Simon por su culpa. Mas ya no quería parar.

Un rugido salió del pecho de peliblanco, como el de un animal hambriento.

-Espera-Cortó el beso momentáneamente, llevó al peliazul al sofá y empezó otro beso con aun más pasión, cerrando aquella vez ambos los ojos. Ethan, inexperto, sentado al lado de Simon, intentaba seguir el ritmo, mas solo conseguía tropezar entre los labios del contrario. El peliblanco no paraba de mover los suyos con furia, dejando algún que otro mordisco en el labio inferior del contrario. Se hacía evidente la gran diferencia de experiencia o a lo mejor era por tanta pasión retenida.

-Nhhn- suelta Ethan en un mordisco del contrario. El sonido que emitió fue el desencadenante de otro rugido de Simon, acompañado esta vez con un impulso de meter su lengua en la boca de éste-Nhaa- emite de nuevo éste sin poder apenas respirar. Otra vez lo estaba sintiendo, su cuerpo se estaba calentando y sentía unas ganas locas de llegar a algo más. Aunque, ésta vez, se sentía con muchísima más intensidad que en los ataques de Norman.
Simon le atrajo con sus brazos hasta su regazo para que se sentara encima de él. Éste, caminó hacia la locura y se sentó obedientemente sobre él. Ethan, después de un largo rato, perdió la vergüenza y metió también la lengua dentro de la boca del contrario, moviéndola con timidez dentro de ella como habían hecho con él hacía poco. Simon no pudo reprimir una sonrisa y mordió su lengua.

-AUH- se quejó el herido. Ethan enmudeció y su vergüenza volvió a su cuerpo.

Se había dejado llevar demasiado. Sacudió su cabeza para aclararse. ¡ESTABA ENCIMA DE SIMON! De un salto se puso de pie y se tapó la boca. ¿Y si alguien les veía? Aquello estaba mal. El peliblanco se estaba chupando el labio inferior lleno de sus babas. Aquella situación pudo con él y salió corriendo de aquella habitación directo al cuarto de baño. Allí podría tener intimidad y, a lo mejor, llegaría a calmarse. Nadie, ABSOLUTAMENTE NADIE, debía de verle así. No si no quería acarrearse más problemas.

Su lengua latía con fuerza por el bocado que le había proporcionado una pequeña herida. Su boca sabía entre una mezcla de hierro y un sabor nuevo para él. En cuanto llegó, entró, empujó la puerta con furia para que se cerrara y se echó al suelo. Tenía un bulto bastante prominente que se movía espasmódicamente entre sus pantalones. Lo frotó con cuidado con una mano mientras se mordía los dedos de la otra para no emitir sonidos que pudieran delatarle. Debía tener mucho cuidado porque de lo rápido que había entrado, no se había asegurado de si estaba solo o no. Mas, si lo hubiera hecho, a lo mejor alguien se hubiera dado cuenta de lo que le pasaba.

Siguió rozándose con la mano cada vez más intensa y rápidamente. En aquel momento estaba sintiendo algo en su interior que jamás había experimentado y le estaba haciendo perder el sentido. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Mordió sus dedos con más fuerza cuando empezó a notar que no le quedaba mucho para llegar al éxtasis.

-Nhhn- gimió sin poder controlarse. Por su mano empezaba a chorrear saliva que se le caía sobre la camiseta o directamente al suelo. Estaba a nada de llegar a ese punto, al paraíso, cuando a su mente se le vino la imagen de Simon besándole como si quisiera comérselo-gaah- volvió a gemir, más fuerte. Su perversa mente le estaba jugando malas pasadas, le estaba llevando por un camino aun más oscuro.

Pronto se escuchó un sonido. Alguien estaba en el lavabo y seguramente le había escuchado. Eso le hizo sentir un momentáneo placer aun mayor del que ya sentía y al cabo de pocos segundos, un líquido le quemó la entrepierna. Su cuerpo se movía por espasmos, al igual que su respiración. Aunque le hubiera gustado, más que nunca, se sentía realmente sucio.

No podía moverse, estaba reventado. Tanto placer le había dejado demasiado relajado. Alguien abrió la puerta de su cuarto de baño, pues había olvidado echar el pestillo, su corazón dejó de latir y cogió aire con fuerza. Más tarde, su cuerpo se puso en tensión y los sudores fríos se volvieron a hacer notables en su cuerpo. Una cabeza rubia se asomó por la pequeña apertura, Norman. Ethan intentó moverse pero su cuerpo no le respondía, estaba demasiado exhausto. Parecía que el rubio había planeado todo para atraparle, de nuevo. Éste entró con una sonrisa de oreja a oreja y una cámara. “NO NO NO NO NO” gritó en su fuero interno el peliazul.

-Hola, maricona. ¿Qué es lo que estás haciendo? Creo que te has olvidado de mi, ¿no?-dijo mientras encendía su cámara. ¿Cómo había sido tan tonto de olvidarse de echar el pestillo? Consiguió mover sus manos para tapar su erección. El rubio, descontento por su reacción, le propinó una patada. Ethan sintió un dolor intenso en el costado. Acto seguido mordió su mano con fuerza para evitar gemir, no quería hacerlo delante de él y de su cámara. Al cabo de pocos segundos, escuchó el click de ella. Le acababa de hacer una foto. Después de trastear un rato más, una luz roja empezó a parpadear. Ahora estaba haciendo un vídeo.

Los ojos de Ethan empezaron a nublarse de lágrimas, ¿cómo había llegado hasta allí? El rubio, agarró del pelo a su presa favorita.

-Abre la boca, maricón- dijo mientras intentaba aguantar la cámara con la boca, sin dejar de enfocarle.Tenía miedo, nunca se había excedido tanto Norman. Ethan abrió la boca un par de centímetros y el rubio le metió un par de dedos, como siempre hacía. La erección del peliazul se estaba volviendo notoria de nuevo, el fuego que hacía nada se había extinguido, estaba volviendo a renacer de sus cenizas, como un fénix. Ethan, indefenso, sintió como los dedos de su agresor iban entrando y saliendo violentamente de su boca, haciéndole babear. Era demasiado obsceno. Veía como Norman le miraba con unos ojos llenos de odio y furia. Lo estaba pagando con él, de nuevo. Pero aquello no era lo peor de todo, lo peor era que estaba respondiendo a aquella humillación. Su miembro había vuelto a ponerse erecto del todo. No pudo evitar la tentación de volverse a frotar sus partes con las manos, pero el rubio, al notar lo que estaba haciendo, le propinó una patada en una de ellas. Sacó los dedos de su boca con violencia y le agarró del brazo para levantarlo.

-Siéntate- imperó el rubio cogiendo la cámara de su boca. Éste se sentó en la taza del wáter y se dio unas palmaditas en los muslos. Aun seguía grabándole. Ethan, obediente, se sentó mirando hacia él. ¿Qué le haría hacer ahora? Se sentía más que humillado- Vuelve a abrir la boca, zorra- y eso fue lo que hizo-Saca tu lengua- le volvió a ordenar. Éste, sin oponer ninguna resistencia y con la dignidad por debajo del suelo, la sacó. Norman, grabando todo el cuerpo del contrario, empezó a hablar, con el fin de humillarle aun más ante la cámara-Mira como te has puesto por solo haberte metido mis dedos. Eres una maldito masoquista. ¿Me has oído?…Di que si- ordenó. Ethan, con la boca abierta, intentó decir que sí, sonando un “shé”. Su miembro se estaba moviendo involuntariamente. Se odiaba a si mismo, se daba muchísimo asco -Bésame- propuso el rubio sin venir a cuento por sus actos.

¿Qué le besara? ¿Después de todo lo que le estaba haciendo? se preguntó Ethan, ¿por qué? Al ver como la cara del contrario se estaba tensando, se abalanzó tímidamente hacia la boca de este y le besó. Pero no sintió nada, no como cuando lo había hecho con Simon. La respiración del rubio se volvió inestable, respiraba muy fuerte, hasta que dejó de respirar. Éste se levantó, tirando al peliazul al suelo, y salió corriendo del cuarto de baño dejando a Ethan solo. ¿Qué acababa de pasar?

Empezó a llorar, a llorar todo lo que no había llorando en años. Se quedó ahí, tal y como le dejó el rubio después de usarle y humillarle. No salió hasta que la escuela apagó sus luces, anunciando que se iba a cerrar pronto. Las horas habían pasado rápidas pues Ethan se había sumergido en una oscuridad que le atrapó en contra de su voluntad y lo destrozó por dentro.
¿Podía haber pasado un día peor que aquel? Toda la curiosidad resuelta había sido aplastada por un capullo.

Por la noche, después de las súplicas de su madre, se fue a la cama sin comer. Se sentía mancillado, sucio, sin dignidad. No quería salir de aquella cama nunca más. Dejar de existir, en aquel momento, le parecía una idea más que maravillosa. Vivir, ¿para qué? ¿Para que te humillen y se rían de ti?

Día 5 completado

Capítulo 2

Te has ido.

Esas son las primeras palabras que consigo formular en mi cabeza cuando tu hermana me da la noticia. Mi cuerpo se tensa por completo y el aire se niega a entrar en mis pulmones, todo por esas palabras. Esas tres palabras que lo significan todo para mí. Tres palabras que acaban de destrozar mi mundo al completo.

Te has ido.

No puedo creerlo. Soy incapaz de creer que nunca más volveré a verte, que no volveré a escuchar tu voz. No puedo creer que jamás volveré a estrecharte entre mis brazos y beber de tus labios y tu sonrisa.

Te has ido.

Te has ido y me has dejado atrás. Has hecho justamente lo único que prometiste que jamás harías. Rompiste tu promesa para no volver y ahora yo me he quedado aquí solo, atrapado en una vida que nunca pedí ni quise.

La primera pregunta que se me viene a la cabeza es la de cómo, seguida del por qué. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué tú?

Aún recuerdo la primera vez que lo hiciste, la primera vez que me dijiste adiós. Fue hace tantos años… la semana antes de que dejara el internado en mi último año allí. Me dijiste que esto no podía seguir así, que lo mejor era que solo fuéramos amigos porque las cosas no podrían irnos bien, porque era lo mejor para ambos. Y puede que consiguiera que me dijeras que me amabas, pero tú sabes que no conseguí que te quedaras, que no desaparecieras de mi vida durante los siguientes tres años.

¿La verdad? Ese primer día en el que descubrí que ya no estabas, apenas pude creérmelo. Me habías avisado, sí. Me habías advertido pero yo no había querido creerte. Siempre pensé que no serías capaz de hacerlo.

Pero lo hiciste. Te fuiste sin decirme adiós, sin dejarme ni una nota ni mucho menos diciéndome a dónde irías. Y me dolió, no puedo negarlo. Porque creí que lo que compartíamos no había significado nada para ti, que no me querías.

Así que traté de olvidarte. Me centré en mi carrera y en lo que se esperaba de mí en un burdo intento de no pensar más en ti, de sacarte de mi mente. Y debo decir que, aunque no funcionó del todo, conseguí llegar al punto de dejar de esperar tu regreso. Y quizá fue por eso por lo que me quedé sin palabras cuando volví a verte.

Fue en esa cena, ¿recuerdas? Cuando mi padre me llevó donde mi prometida y te presentó a ti como su hermano. Recuerdo que lo primero que sentí al verte fue sorpresa, aunque la alegría, la confusión e incluso la ira por tu abandono no tardaron en sumarse. ¿Y todo para qué? Para desvanecerse en el mismo instante en el que me sonreíste y dijiste mi nombre al saludarme. En ese momento deseé besarte a pesar de todos los presentes, y supe que jamás podría enfadarme contigo por más motivos que pudiera tener.

Volviste a mí ese día tras estar tres años lejos de mí. Y aunque jamás me quisiste decir dónde habías estado ni porqué te habías ido o habías vuelto, que aún seguías amándome y deseándome igual que antes me quedó muy claro cuando te uniste a mí en uno de los baños.

Besarte ese día fue una de las mejores cosas que me han pasado nunca. Estrecharte entre mis brazos, fundirnos en uno tras todo ese tiempo separados fue para mí algo que jamás podré olvidar. Aunque prefiero por mucho ese “Te amo” y esa sonrisa que me dirigiste.

Me pediste perdón, pero yo te acallé no queriendo escuchar. Porque en ese momento eso no era lo importante, porque yo ya te había perdonado en el mismo instante en el que apareciste de nuevo frente a mí, porque lo único que me importaba ahora era que habías vuelto.

Te pregunté si te irías y tú me dijiste que no, que nunca te irías. Fue ahí cuando me prometiste que no volverías a dejarme, que te quedarías conmigo para siempre. Y yo te creí. Te creí porque ya había estado tres años sin ti y no quería que eso volviera a pasar. Porque no quería volver a perderte, porque no quería que volvieras a separarte de mi lado.

Y sí, podríamos tener problemas. Sí, era verdad que en presencia de los demás teníamos que fingir, guardarnos nuestras miradas y nuestro deseo para esas pocas situaciones en las que estábamos solos, pero lo hicimos.

Lo hicimos durante todos esos meses, cuidándonos de que nadie nos descubriera, de que nadie supiera lo que en verdad sentíamos el uno por el otro. Porque no nos entenderían. Porque nadie lo comprendería. Sabíamos que estábamos solos pero no nos importó. No al menos hasta el anuncio de la boda.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Fue el día que ambos vimos que, a pesar de nuestros deseos, el mundo seguía girando en nuestra contra. Recuerdo ese día porque fue el día en el que volviste a decirme que deberíamos dejarlo. Y recuerdo que te acallé con mis labios para luego decirte que si tú me lo pedías, yo lo dejaría todo por ti. Porque el resto no importaba, nada importaba si con ello podía estar contigo.

Esa noche conseguiste que aceptara seguir con la boda porque era lo que se esperaba de mí, y yo conseguí que volvieras a prometerme que te quedarías conmigo, que no me dejarías por más complicado que se pusiera todo.

Cumpliste. Te quedaste conmigo todo ese tiempo. Al menos hasta ese día que, hasta ahora, tomaba como el peor de toda mi vida.

Me dolió. Tu marcha me dolió más de lo que puedes imaginarte. Creí que me habías engañado, que lo nuestro no significaba nada para ti, que habías estado jugando conmigo hasta que te cansaste de mí.

Traté de odiarte, lo admito, y más me odié a mí mismo por tratar de hacerlo, por intentar olvidarte al verme privado de nuevo de tu compañía. ¿Y sabes por lo que más me odiaba? Porque quería ir tras de ti, ir en tu búsqueda y quedarme a tu lado… Pero no podía. Te lo había prometido. Por eso te fuiste, ¿verdad? Porque sabías lo duro que sería de quedarte aquí. Porque sabías que, pese a que lo deseaba, no podía ir en tu busca.

Aunque esos no fueron tus únicos motivos, ¿verdad? Sé que no. Aunque tardé tiempo en descubrirlo, ahora sé que no. Ahora sé que mi padre tuvo mucho que ver en tu decisión. Sé que, pese a nuestros cuidados, terminó descubriendo lo nuestro y sé que te amenazó para alejarte de mí.

Creo que no hace falta que te diga cómo me puse al descubrirlo, ni cómo me puse cuando, al enfrentarme a él, se refiriera a ti como a una vulgar puta que había manipulado a su primogénito a placer. No, no hace falta. Ambos sabemos que me conoces mejor que yo mismo.

No he vuelto a hablar con él más que lo justo, ¿sabes? Ni una palabra más que las necesarias en los últimos siete años. El rencor es demasiado fuerte, porque fue él quien nos separó. Porque por su culpa yo estoy inmerso en esta vida y tú… Tú te has ido de mi lado.

Y pensar que todo habría podido ser tan diferente. Y pensar que podríamos haber pasado todos estos años juntos. ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me lo ocultaste? Me habría enfadado, no contigo, sino con él; y luego te habría dicho de irnos. ¿Fue por eso que no me dijiste nada? ¿Para evitar que “arruinara” mi vida al elegirte? Sí, seguro que sí.

Y yo… ¿Por qué tuve que decirte que sí? ¿Por qué tuve que prometerte que lo haría, que me casaría con tu hermana? Decías que era lo que tenía que hacer, que era mi deber para con mi familia, que era lo que se esperaba de una persona de mi posición, pero… Pero yo habría olvidado mi status por ti, habría abandonado a mi familia solo para poder estar contigo.

No te haces idea de las veces que he maldecido el momento que acepté el compromiso. No puedes imaginarte lo mucho que me odio por haber dicho ese “Sí, quiero” que me ataba a ella. Porque puede que tu hermana sea hermosa, puede que sea la mujer que todo hombre desearía, pero no yo. Yo solo te quería a ti.

¿Sabes las veces que quise ir a buscarte? ¿Abandonarlo todo para ir tras de ti? No había día en el que ese deseo no tomase forma en mi mente y, sin embargo, nunca lo hice. No porque no quisiera, sino por simple obligación.

Y aun así te busqué. Traté de encontrarte aunque solo fuera para saber que estabas bien. Sabía que no podía irme, pero les pedí a otros que te buscaran por mí. Todo para frustrarme cada vez que me decían que no te habían encontrado.

Y mientras, yo no dejaba de preguntarme qué estabas haciendo durante todos estos años. ¿Me extrañabas? ¿Seguirías amándome como yo te sigo amando a ti? ¿O quizás habrías encontrado a otro que consiguiera hacerte feliz? ¿Me habías olvidado? Lo reconozco, tenía miedo de las respuestas a esas preguntas. Nada me aterrorizaba más que el simple pensamiento de que me podías haber olvidado. Incluso ahora lo hace.

Pero no quiero pensar así. Deseo creer que tú también pensabas en mí tanto como yo pensaba en ti. Incluso que algún día habrías decidido volver a mí porque ya no soportabas estar más lejos de mi lado. Desearía que eso hubiera pasado, no sabes cuánto deseo haberte vuelto a ver una vez más.

Y aquí estoy ahora, siete años después del que fue el peor día de mi vida. Estoy a tu lado y aun así apenas me creo lo que ven mis ojos. Lo que eso significa.

Porque hoy has vuelto a mí, pero no como yo quería, no de la forma que he soñado todos estos años. Has vuelto a mí de la única manera que jamás pensé que ocurriría, de la peor de todas las formas.

Y no me lo creo. Me niego a creer que el día que por fin te tengo a mi alcance no pueda abrazarte ni volver a probar el sabor de tus labios o tan siquiera verte sonreír. Porque no puede ser verdad, no puedo creer que te hayan separado de mí de esta manera. Porque es injusto. Es tan injusto… Nosotros solo queríamos ser felices juntos. Yo solo quería pasar el resto de mis días a tu lado. Pero no pudo ser, ¿verdad? Tuve que dejarme convencer por ti y hacer lo que mi padre quería, solo “porque es lo mejor para ti”.

Y ahora estoy aquí y lo único en lo que pienso es que fui un estúpido al perderte. Estoy aquí y lo único que deseo es volver atrás para agarrarte y no soltarte hasta que estuviéramos lejos, muy lejos, todo lo lejos posible.

Pero ya no puede ser, porque tú te has ido. Te has ido a un lugar donde ni yo puedo alcanzarte.

¿Por qué has tenido que morir?

Te miro, grabando una vez más tu rostro en mi mente, contrastando tus facciones con las de ese día hace siete años. Y desearía que abrieras los ojos pero sé que no lo harás. Porque aunque me niegue a aceptarlo, sé que no estás dormido. Porque aunque no quiera creerlo, sé que te he perdido. A ti, y contigo a mí mismo.

—Adiós mi amor —te digo mientras miro esos ojos ahora para siempre cerrados—. Espérame allá donde estés.

Capítulo 5 – Beso de despedida

Sus palabras llenan mi vacía mente. No se si creerlas, no se si me está mintiendo o no. Pero suena tan coherente -o eso es lo que quiero pensar, que tiene un sentido después de todo-. Pero el simple hecho que haya una pequeña posibilidad de que mi padre siga vivo, hace que quiera tener fe ciega en lo que dice, en cada palabra que sale de su boca. Aunque me sea tan confuso. Todo lo que me han llegado a contar los creadores y yo me he llegado a creer, es mentira. ¿Cómo una frase tan corta puede tener tanta fuerza sobre alguien?

-Oye, Gabriel, ¿estás bien?-me pregunta Nadir preocupado pues llevo un buen rato callado. Apoya una mano sobre mi hombro derecho para darme ánimos, mas no sirve de mucho. Mi corazón late a mil por hora y la boca se me llena de saliva. Mi padre puede estar vivo y eso… me vuelve loco.

-¿Cuantos murieron en el accidente?-pregunto con dificultad después de tragar el cúmulo de saliva que me dificulta la emisión sonidos.

Aunque me duela, necesito saber todos los detalles verdaderos sobre lo qué pasó. Pero…¡no entiendo por qué ésta información nos la ocultaron los gobernantes! “¿Es que no tenemos derecho a saber de verdad si nuestros seres queridos están muertos o no?” grita mi fuero interno, enfadado.

Espero impaciente la respuesta de Nadir, el cual supongo que también le costar hablar del accidente ya que él lo sufrió en primera persona. O al menos mucho más que yo.

-Creo que murieron dos quintos de todas las personas que subieron a las naves, aproximadamente. Ya sabes, tampoco es que tuvieramos y tengamos muchos medios para hacerlo-hace una pausa para tragar saliba- Tampoco es que ayude el hecho de que todo allí arriba es un completo caos lo que hay allí arriba. Solo sé que somos bastantes, aunque como ya te he dicho, estamos muriendo demasiados cada día que pasa-dice con dificultad y trazas de odio.

Hay algunas palabras que se le quedan trabadas en la boca y al final las tiene que acabar escupiendo para que salgan. Sé que no debería seguir con el interrogatorio pero me es imposible parar.

-¿Pero cómo es eso posible? Nosotros… Nosotros no somos así. Ayudamos a todos los que podemos. Además, si lo que dices es cierto, allí arriba habrá muchos familiares de los que aquí estamos, incluido…-intento decir el nombre de mi padre, pero no me sale. Un nudo en la garganta no me lo permite. De verdad odio ser tan sensible con este tema, pero no puedo hacer nada por remediarlo.

Quería, mejor dicho, quiero a mi padre con locura y su pérdida fue… devastadora. Él me enseñó a ser buena persona, a estar siempre dispuesto a ayudar a los que me rodean y a dar más de lo que recibo. Él ha sido mi modelo a seguir y desde que se fue de mi vida, mi madre me estuvo contando cosas maravillosas de él, lo que hacía que en un futuro deseara con fuerza ser un hombre tan hecho y derecho como mi padre.

-¿Incluido quien?-me pregunta rápidamente curioso. ¿De verdad debo decirle el nombre? Si son tantos como dice que son, no creo que le conozca ni por asomo. Pero esa esperanza, la que crece a momentos en mi pecho, me obliga a decirlo. No la controlo y no sé si eso es bueno o malo no poder hacerlo.

-Mi padre, Albert Thompson- y sin más, una diminuta lágrima se resbala por una de mis mejillas, acechando con caer en las sábanas de un momento a otro. Le miro a los ojos esperando que la respuesta sea la que yo me espero -o mejor dicho, quiero- que de verdad si sabe quien es y que está vivo, pero como siempre, mi gozo en un pozo. Nadir muerde su labio y desvía la mirada evitando decir la respuesta. Maldita sea, no me hagas esto.-¿Sabes quién es?-insisto.

-Me temo que no…-susurra aun mirando hacia otro lado-Gabriel, lo siento- y yo agacho la cabeza abatido. Hubiera sido demasiada suerte y yo desgraciadamente, no soy un chico muy afortunado últimamente.

Más lágrimas empapan mi cara hasta el punto de que no puedo reprimir pequeños gimoteos de dolor. Duele, duele saber la verdad después de todo este tiempo en la ignorancia.

-Pero puede estar vivo, de eso estoy seguro-aclara Nadir siendo positivo.

Caigo rendido en la cama y lentamente voy reptando hasta la parte superior, donde está la almohada. Tengo mas preguntas que hacerle -miles de hecho-, pero seguro que van a traer consigo respuesta con nueva información difícil de asimilar e hiriente. Estoy en mi límite. Sé que estoy siendo un poco egocéntrico ahora, pero su presencia me sobra en estos instantes. Quiero soledad para poder llorar tranquilo. Siento la vibración de la cama y luego el aliento de Nadir sobre mi nuca. Es de agradecer que no me dirija palabra, pues no podría contestarle como es debido. Habíamos empezado tan bien y hemos terminado tan… dejémoslo en que hemos terminado.

Los minutos pasan y ninguno de los dos dirige palabra al otro. Al final decido apagar la luz de mi habitación y darle las buenas noches a Nadir, el cual está a mi lado pero de espaldas a mi. Se ve que él también necesita estar a solas, entre comillas.

Mañana será un nuevo día. Mañana podré preguntarle todas las demás cuestiones que carcomen mi mente cada segundo que pasamos en silencio. A veces le escucho coger aire, como si fuera a hablar, pero al final lo suelta lentamente. Puede que sean imaginaciones mías o puede que no, pero finalmente caemos los dos dormidos y en mis sueños, siento como el me abraza desde atrás. Lo hace de una manera tan cálida, dulzona y reconfortante que hace que me sienta seguro así.

~~~~~

A la mañana siguiente me despierto cuando escucho unos golpes en la puerta de mi habitación. Me levanto exaltado y miro rápidamente hacia el lado donde estaba Nadir durmiendo la noche anterior. Digo estaba porque ya no lo está.

Me levanto velozmente de la cama y lo busco con la mirada por toda la parte de arriba, mas no lo encuentro. Mierda. Los nudillos, que supongo que son los de mi madre por la manera en que lo hace, vuelven a llamar a la puerta por segunda vez haciéndome que me ponga aun más nervioso.

Bajo las escaleras -aunque los últimos escalones me los salto-y caigo sobre el duro suelo de mi habitación. Siento dolor en mis pies pero decido que ahora eso no es lo más importante. Miro por la parte de abajo desesperadamente, pero sigue sin haber rastro de Nadir por ningún lado. Al final, antes de que los nudillos volvieran a dar contra la puerta de nuevo, voy hacia ella y la abro rápidamente. Mi madre está detrás con una mezcla de preocupación y alteración dibujada en su cara. Esto es raro.

-Hola amor, buenos días-se aclara la garganta nerviosa. Puedo ver como a veces desvía su mirada de la mía para inspeccionar lo poco que ve de mi cuarto. ¿Qué está pasando?- Mira hijo, espero no haberte despertado, pero es que han venido unas personas muy extrañas diciendo algo sobre un intruso en la ciudad. Me preguntaban si tu tenías algo que ver con esto porque ayer te vieron extraño- y entonces mi corazón deja de latir y mi cuerpo empieza a segregar unos insoportables sudores fríos. La palabra intruso resuena en mi cabeza repetidas veces y no para hasta que mi madre me llama la atención cogiéndome del brazo-¿Sabes algo?

-Ehh, no-digo incómodamente. Ella me mira con esos ojos inocentes aunque a la vez inquisidores. Espero que no se esté dando cuenta de que le estoy mintiendo, porque ella es un lince en ello-Perdona, es que estoy medio dormido aun. Ayer tardé mucho en dormirme, mamá-pongo de excusa, aunque las posibles ojeras y los ojos rojos pueden corroborarlo. Además, en cierta medida, es la verdad.

Después de una última mirada a la habitación, da media vuelta y vuelve a la parte de abajo de la casa. Un minuto más y creo que el corazón me hubiera salido por la boca. Cierro la puerta en cuanto veo que ya está abajo y pego mi espalda contra ella.

“Donde leches te has metido, Nadir” pienso. Susurro su nombre para comprobar que no está escondido y, en efecto, no lo está. ¿Es que se ha ido sin haberme dicho nada? Dejo caer mi cuerpo, pegado en la puerta, contra el suelo lentamente. Se ha ido sin ni siquiera haberse despedido de mi el muy…

-Pi…Pi…

Unos pitidos me alertan de algo anormal en mi habitación. Alzo la mirada hacia la dirección de donde proviene el sonido y me encuentro con una pequeña libélula sobrevolando mi cabeza. Al principio pego un respingo al ver que hay un insecto en mi habitación -no de miedo si no de asombro ya que hacía bastantes años que no veía uno que no fuera en una ilustración en un libro-. Luego, cuando éste se posa sobre mi hombro, me calmo y la curiosidad llena mi ser. ¿Qué hace aquí una libélula?

Bueno, ahora que la puedo mirar de más cerca, puedo decir que no es una real, desgraciadamente. Todo su cuerpo no es más que metal moldeado y pintado con las alas de una especie de material flácido aunque resistente al aleteo. Que… impresionante. Además, ahora que miro aun mejor, lleva una especie de papel blanco enredado en su torso.

Cuidadosamente lo desanudo y lo despliego para leerlo. Esto es lo que pone en el papel con letra muy pequeña, apelotonada una linea con otra y por ambas caras del papel -y su caligrafía no es de envidiar-:

Hola Gabriel.

Siento haberme ido tan de repente pero tenía una misión que cumplir. También siento no haberte contado toda la verdad sobre el por qué estoy aquí, en Luna. Mas no veía necesario que sufieras tanto en tan poco tiempo.

Todo lo que te he dicho es verdad, créeme, no tengo ni la más intención de mentirte. Básicamente porque no serviría de nada hacerlo. Eres una persona estupenda y me lo demostraste en cuanto agarraste sin miedo mi brazo cuando yo me estaba ahogando sin pensar en las consecuencias que eso podría acarrear. Por eso y por haberme dado cobijo cuando más lo necesitaba, creo que te debo toda la verdad sobre mi.

Como te dije, soy Nadir Souris, uno de los muchos supervivientes que hubo del gran éxodo por medio de las naves. Yo iba en la tercera nave espacial, donde íbamos toda la gente menos pudiente, por no decir pobre, y apelotonados los unos contra los otros. Al menos no nos podíamos quejar, ya que no nos dejaron atrás ya que intentaron “llevarnos” a todos.

Todo ocurrió muy rápido. Las tres naves salieron una tras de otra: primero la de los ricos, por supuesto; luego la de los encargados de hacer que nuestra vida en el espacio fuera lo más llevadera posible, como biólogos, ingenieros…esa gente que sabe lo que hace; por último, salió la nuestra.

En realidad me alegro muchísimo haber sido el último en hacerlo ya que cuando apenas estábamos a 1.000 metros de altitud, algo impactó contra nuestra nave y empezamos a caer libremente. Fueron los segundos de ingravidez más perfectos de mi vida, aunque el impacto fue tremendo.

Afortunadamente pudimos contar solo unas decenas de muertos después del golpe. Cuando salimos a ver cómo estaban las demás naves, un paisaje aun más desolador nos esperaba de la Tierra. Ambas naves habían sido totalmente vaporizadas y solo quedaban pequeños rastros de ellas y cenizas, muchas cenizas. ¿Ahora entiendes por qué me alegro haber salido el último, no?

Según hemos descubierto hace un par de meses, fueron los de las ciudades submarinas los que nos bombardearon sin piedad mientras nosotros intentábamos huir. Evidentemente pusieron mayor esfuerzo contra las personas más importantes, o sea, los de la primera nave, ya que fue la única de la que solo quedó cenizas. Verdaderamente no sé por qué lo hicieron y ni tampoco sé porque nos están matando de esta manera, pero he venido a impedirlo. Tengo mis sospechas que apuntan a la avaricia de las personas.

Mi plan no es a corto plazo. Tardará meses en que se pueda notar qué es lo que os he hecho. Puedo suponer que con tus grandes dotes médicos podrás comprenderlo. He envenenado vuestra única fuente de agua con una sustancia imperceptible a vuestros ojos -ademas que en muy poca cantidad, pero se irá acumulando poco a poco-. Además vuestras máquinas no son tan avanzadas como para captar estas pequeñas trazas de veneno y yo tengo algunos vigilantes en mi bando. Pero esto no es solo en esta ciudad, sino en todas las que conoces.

Aunque esta ha sido la primera en la que alguno de nosotros, los de la superficie, hemos conseguido llegar vivos.

Ahora mismo estarás pensando que soy una persona horrible por haber condenado a los habitantes de Luna a una muerte segura, pero cuando llegue la hora, lo entenderás. No te puedo decir más por tu seguridad, desafortunadamente. Lo único que te aconsejo es que te cerciores bien de que el agua que bebes está debidamente tratada, y supongo que sabrás como hacerlo. Igualmente, por haberme ayudado tan fielmente, dentro de la libélula tienes un frasco con suficiente líquido como para un año. Y por favor, no le digas esto a nadie. Ten fe ciega en mi como yo la tuve en el primer instante que te vi.

Espero que te cuides y que te vaya todo genial Gabriel. De verdad te lo mereces.

Por cierto, se que tendrás el mal sabor de boca por no haberme despedido de ti, pero verdaderamente si lo hice. Estabas tan profundamente dormido que no te enteraste de mi tan fugaz beso en la mejilla.

Espero que nos volvamos a ver algún día,

Nadir“.

Al terminar de leer la carta, dos grandes goterones la mancharon. Tengo la verdad sobre mis manos y no puedo utilizarla. Aunque quisiera el gobierno seguramente me mataría por saber cosas que no debo. Así funciona Luna, aunque intenten ocultarlo. Hay veces que en las calles, a quien no obedece alguna norma a rajatabla, lo exhiben con humillación por toda una calle para luego lacerarlo con un látigo hasta caer inconsciente. Esto, aunque en el sector tres no ocurre, lo vi una vez que iba de paseo con Sarah por uno de los sectores menos adinerados de la ciudad.

En ese momento me impactó, pero pensé que estaba bien, que debían seguir las normas como todos hacemos. Ahora, replanteándome mi moralidad, lo veo toda una aberración a nuestra libertado como personas. Estamos enjaulados aquí, en Luna, y no podemos salir por nada del mundo. Encerrados en mentiras.

Con las manos temblorosas, agarro al insecto robótico y cuidadosamente lo abro para dejar libre el pequeño bote que me ha dejado Nadir. Al menos he recibido algo más de la mitad de lo que le he dado.

Actualizaciones SEMANA 1

La semana pasada se actualizaron las siguientes obras:

-El chico del baño (Capítulos 1 y 2): Haz click aquí para leerlo.

-Historias silenciadas (Varios capítulos): Haz click aquí para leerlo.

-La vida es aburrida (Capítulo 4): Haz click aquí para leerlo.

-Pétalos de rosa (Capítulo 4): Haz click aquí para leerlo.

-Pétalos de tinta (Capítulo 1): Haz click aquí para leerlo.

-Yo lo llamo amor. Él, odio (Capítulo 4): Haz click aquí para leerlo.

Cada semana habrá una actualización como ésta de lo que se añadió la semana pasada. Si hay algún problema, contactad con nosotros para solucionarlo. Gracias.

La vida es aburrida: Capítulo 4

Días llenos de traiciones

La campanilla sonó a mi espalda cuando hice mi aparición en la tienda. Era mi primer día en aquel extraño trabajo y, sinceramente, estaba acojonado. Había llegado bastante pronto, ninguna tienda había aún abierto en toda la calle, pero no me sorprendió ver al viejo revoloteando por ahí, apuntando quién sabe qué en su libreta mientras iba de un lado para otro como si aún tuviese 20 años. Cuando Tarón me vio dio un pequeño bote y se acercó con rapidez para tirar de mi manga y llevarme hasta el mostrador mientras sonreía con entusiasmo.

—¡Perfecto muchacho! Llegas justo a tiempo. Tengo que hacer unas cuantas cosas por mi cuenta. Así que estaría bien que abrieses tú.

Con destreza arrancó una hoja de su famosa libreta y me la pasó para luego desaparecer por una puerta de la esquina de la tienda que supuse que sería una especie de oficina/casa (Este señor es capaz de quedarse a vivir en su tienda, seguro). Así fue cómo me quedé completamente solo y a cargo de la tierra más rara de la ciudad. Presiento que esto va a acabar en desastre.

Eché una ojeada a la lista y suspirando me puse a ello. Al menos era una lista de cosas normales y humanamente posibles y no me pedía que fuese a buscar un huevo de Colacuerno Húngaro o algo peor. Intentando dar mi mejor esfuerzo hice todo lo que me ponía en la lista: Engrasar los relojes, colocar libros , dar de comer al loro… Ah sí, resulta que hay un loro. Al principio me hizo gracia la idea de tener un pájaro parlante en una tienda tan rara, pero pronto cambie de idea. ¿Razón? Es una maldita criatura insufrible. Intuyo que se llama Yago, porque no para ni un solo minuto de soltar ese nombre. Además, cuando me alejo demasiado y considera que no le presto la atención adecuada se pone a gritar como si le estuviesen matando… creo que si continúa así los gritos no serán de mentira, sino que de verdad lo estaré matando.

Así que al final llegué agotado a la hora de abrir y cuando los clientes empezaron a llegar comprendí que lo difícil aún no había pasado. ¿Qué clase de gente entra en una tienda más rara que Rasputín? Pues creo que os hacéis una idea.

El primer problema lo encontré con la primera cliente, una señora de unos 60 años de edad, que parecía haberse quedado estancada en la época de los 80, se me acercó con unas enormes gafas hippies y me preguntó por un tal “Desmoralizador de Tropas”. Entonces caí en la cuenta de que, ademas de no tener ni zorra de lo que era un Desmoralizador de Tropas, no tenía la más remota idea de lo que había o no había en la tienda ¡Y mucho menos de dónde se encontraba cada cosa! En ese caso en especial me tiré veinte minutos yendo de arriba abajo por toda la tienda junto a la señora señalando cachivaches a boleo mientras ella negaba con la cabeza y me daba instrucciones confusas hasta que Tarón pareció apiadarse de mí y salió para ayudar a la señora (Luego resultó que el desmoralizador ese era un insecticida ¡VEINTE MINUTOS POR UN INSECTICIDA!)

La mañana fue pasando de manera caótica. En el último minuto siempre acababa por salir Tarón de la nada al rescate, pero sospecho que la media hora de agonía anterior se la pasaba observándome y riéndose a mi costa cuando los clientes me pedían cosas imposibles o proposiciones indecentes.

Por todo esto no es de extrañar que cuando la campanilla de la entrada sonó de nuevo, anunciando la entrada de un nuevo chiflado, se me escapase un gemido de frustración, imaginando qué sería lo que me pediría este nuevo loco que hiciese. Ahora me pregunto qué cara se me debió quedar cuando, al volverme al recién llegado, me encontré con unos ojos casi blancos que ya conocía a la perfección.

Contemplé el rostro de Nay incapaz de decir algo coherente. En mi interior mi subconsciente gritaba indignada “Anda ya. Te pasas meses buscándole sin éxito, y ahora que ya por fin has conseguido contactar con él ¿te lo encuentras así de casualidad en tú primer día de trabajo? ¡Tiene que ser una jodida broma!”. Por la cara de asombro de Nay quedó claro que él tampoco esperaba encontrarme aquí. Permanecimos uno enfrente del otro, en silencio con cara de idiotas (Bueno, al menos yo con cara de idiota. No creo que ninguna expresión que pueda poner este chico quede mal ¡Qué frustrante!). Incómodo me mordí el labio y desvié la mirada, intentando encontrar alguna manera de huir de aquel momento, pero la voz del peliazul se me adelantó.

—¿Qué haces tú aquí? —Su tono acusatorio me hizo ponerme inmediatamente a la defensiva. Volviendo la vista a él me crucé de brazos. ¿Acaso no podía estar aquí?
—Trabajo aquí ¿Y tú? —espeté con más brusquedad de la deseada. Entrecerré los ojos receloso. Nay pareció pensarlo unos instantes, como si no quisiese decirme la verdadera razón.
—Busco a Tarón —Tardé bastante en ordenar a mis neuronas a actuar, pero al final conseguí balbucear algo mientras me giraba hacia la oficina del viejo.
—Pues está ahí mi… —En la puerta alguien había pegado un post-it, que juraría que hace unos segundos no estaba ahí. En él con letra desordenada habían escrito unas palabras a lápiz. ” Salgo fuera unos minutos”. Me quedé paralizado. ¿Salir? ¿Cuándo demonios había salido? ¡Si no le he visto salir por la puerta!—, ahora mismo no está —Maldito viejo oportunista.

Nay pareció encontrar graciosa la situación, porque sonrió con burla.
—¿No está? ¿En serio? —Creo que ya pillo su estrategia. Reírse de todo como si fuese un chiste privado para hacernos sentir a los demás inferiores… seguro que es eso—. ¿Y tú eres el encargado? —Por el tono de incredulidad de su voz estaba claro que no me tomaba en serio. Fruncí el ceño molesto y casi gruñí una respuesta.
—¿Algún problema con eso?
—Ninguno —Como siga sonriendo de esa manera se va a ganar un puñetazo. “Cómo si fueses capaz de pegarle ¡Ja! …. ¡Por supuesto que podría pegarle!…. Vamos, si ni siquiera puedes contra una ardilla” Inconscientemente golpeé mi puño contra la palma de la otra mano molesto con mi subconsciente “¡La ardilla me cogió desprevenido!” —. ¿Siempre eres así de rarito o solo te pasa conmigo?
—¿Eh? —Me volteé para encontrarme de nuevo con los malditos ojos electrizantes. Nay me observaba con una ceja alzada. Mierda, me había olvidado de que estaba mirándome “Eso te pasa por idiota”. Paralizado intenté sonreír inocentemente, pero probablemente me salió una mueca rara—. No se de que me hablas.

Nay me observó unos instantes, mientras se mordía la parte interior del piercing hasta que con un suspiro pareció desistir.
—Mejor olvídalo. Tu neurona no da para tanto —Con un movimiento pasota dejó un libro de aspecto usado encima del mostrador—. Quiero comprar este libro ¿Entiendes eso al menos o hay que explicártelo también? —En su voz pude notar un tono de…¿Desafío? ¿Acaso me estaba poniendo a prueba ? Intentando ignorar su mirada clavada en mi fui hasta el mostrador. “Muy bien Dan, puedes hacer esto” …Sí, es muy fácil pensar eso, pero ¡no es tan fácil cuando tienes al maldito señor misterio andante enfrente tuyo!
—Por supuesto que entiendo eso —murmuré mientras cogía el libro para mirar el precio, pero para mi desconcierto no tenía ninguna etiqueta—. ¿Estás seguro de que has cogido esto de aquí?
La sonrisa de Nay se ensanchó.
—Segurísimo —Se estaba burlando de mi en mi cara. Hay que ver.
—Pues no tiene precio… —Murmuré frunciendo el ceño. Nay volvió a alzar una ceja casi imperceptiblemente.
—No llevas mucho aquí ¿no?
— Es mi primer día ¿Por? —Nay sacudió la cabeza divertido.
—Nada en esta tienda tiene precio. Se supone que el que compra decide cuanto quiere pagar por lo que se lleva —Ahora era a mí a quien le tocaba alzar una ceja con incredulidad. Observé el libro de nuevo como si fuese la cosa más rara del mundo… Estaba claro que Tarón tenía sus propios métodos. Nay se inclinó sobre la mesa del mostrador causando que me sobresaltase. Parecía observarme con curiosidad—. ¿No dices nada al respecto?
Abrí la boca para decirle que me parecía una tremenda tontería, pero luego recordé la expresión seria de Tarón cuando me preguntó si podía confiar en mí. Inconscientemente sonreí con aire distraído.
—Sería bonito vivir en el mundo que imagina Tarón ¿no? Donde la gente puede confiar plenamente en los demás —“Un momento… ¡eso ha sonado realmente cursi!” Nervioso volví a mirar a Nay, que no había apartado la vista de mí y volvía a tener ese rostro impasible, como si estuviese sumido en su propio mundo mientras se mordía el piercing. Intentando recuperar algo de mi cordura casi le tiré el libro de mal humor—, si sabías que no tenía precio ¿Para qué me lo das? Paga y vete de una vez —Sí… eso sería lo mejor, no me veo capaz de hacer mi trabajo si él sigue dando vueltas por ahí.

Cómo no, no me hizo ni puto caso y permaneció en el mismo sitio, ignorándome completamente. Entonces, con un rápido movimiento me agarró de la muñeca y tiró de mi hacia la puerta.
—¡Eh! ¡Espera! ¿Dónde crees que vas? —Nay me miró como si fuese la cosa más obvia del mundo.
—Fuera ¿Tú que crees? —Intenté en vano soltarme de su agarre, pero (hay que reconocerlo) mi subconsciente tenía razón con eso de que no ganaría ni a una ardilla. Nervioso al sentirle más cerca de lo que mis nervios permitían balbuceé una excusa.
—Pero …yo… trabajo…¡No me puedo ir! —El peliazul bufó mientras tiraba de mí con mas insistencia y luego gritó bien alto hacia la oficina.
—Tarón ¡Nos vamos! —Para mi sorpresa la puerta se abrió y la mano de Tarón asomó haciendo un gesto de conformidad….. Un momento ¿No se suponía que se había ido? ¡TRAIDOR!

– — — – — — –

Tragué saliva intentando ordenar mis pensamientos.
No sabía muy bien cómo me encontraba ahora sentado en un autobús junto a ÉL. ¿Os habéis imaginado alguna vez como sería ver a Voldemort en un Mcdonals? Pues os juro que Nay en un autobús queda más fuera de lugar. Simplemente su propia presencia en algo tan cotidiano chirriaba. Le contemplé con muy mal conseguido disimulo desde mi asiento mientras él parecía mirar por la ventana del vehículo, absorto en su habitual mundo. Suspiré agotado mientras me acomodaba mejor en el asiento. Detrás nuestro oí la risa de un par de mocosas que se habían pasado todo el rato cuchicheando desde que subimos. Sin ningún tipo de cuidado miré hacia atrás para ver que lo que las tenía tan entretenidas era mirar al maldito adonis que tenía a mi lado. Rápidamente clavé la vista al frente ” Vaya, parece que no soy el único al que le atrae este idiota”… Un momento…¿Atraer?…¡No en el sentido que estáis pensando! Me tensé olvidándome de mi lucha interior cuando Nay se volvió para mirarme con su típica expresión burlona.

—Eres consciente de que tú eres el que nos guía ¿no? —Fruncí el ceño confundido.
—¿Por qué demonios te tendría que guiar yo a ti?
—Porque vamos a tu casa, Novato —Abrí los ojos sorprendido. ¿Acaso me he perdido algo?
—¿Mi casa? —Afortunadamente la nota de nerviosismo de mi voz no fue tan evidente como podría haber sido—. ¿Desde cuándo? —Nay chasqueó la lengua molesto.
—Deja de hacer preguntas estúpidas y limítate a avisar cuando llegue la parada —Aún así insistí.
—Pero por… —Entonces caí en la cuenta de algo—. Espera ¿Cómo sabías que autobús había que coger? —Tarde. El chico ya parecía haber perdido de nuevo el interés en mí y volvía a mirar por la ventana.

Cuando llegamos a mi casa me temblaban tanto las manos que apenas pude abrir la cerradura para entrar.¿Qué querría hacer este en mi casa? y ¡¡¿Por qué le había dejando entrar yo?!!. Nada más abrir la puerta Nay entró con aire desinteresado y recorrió con la mirada toda la estancia. Luego se volvió hacia mi y con toda naturalidad preguntó.
—¿Dónde está tu habitación? —Las llaves se me cayeron y me golpeé contra el aparador patéticamente. ¡Mi habitación! ¿Qué quiere hacer en mi habitación? Intentando guardar la compostura recogí las llaves lo más rápido posible mientras mascullaba por donde estaba mi cuarto. Cuando volví la vista él ya había desaparecido por el pasillo.

Sintiendo como el corazón me iba a estallar de los nervios corrí hacia la que era mi habitación y solté un pequeño grito. Nay acababa de abrir los armarios y estaba sacando ropa con desgana y dejándola en la cama. Me apresuré a impedirle el paso para que dejase de revolverlo todo.
—¿¡Que cojones estás haciendo!? —La mirada que me dedicó era claramente de molestia, como si fuese una mosca muy pesada.
—Deja de ser un dolor de cabeza y saca una mochila, o un macuto, o lo que tengas. Tienes que hacer las maletas. Nos vamos de viaje.

Capítulo 4: Tempestad

El teléfono empezó a sonar, rompiendo el silencio que había en la habitación. Era un dormitorio de grandes dimensiones, iluminado solamente por los pocos rayos de luz que se colaban a través de la persiana y las cortinas, llegando hasta la cama matrimonial que había en mitad del cuarto.

Un leve quejido se oyó entre las sábanas, seguido por el ruido de estas al moverse. Un brazo salió al exterior y, tanteando en la mesita que había al lado de la cama, agarró el teléfono, descolgando sin siquiera mirar quién le llamaba.

Hello?

—¿Es que ya no sabemos ni llamar por teléfono?

La voz masculina que venía del otro lado de la línea logró que el hombre abriera los ojos, por una parte extrañado y por otra sorprendido al reconocerla.

—¿Toño? —preguntó pasando al español—. ¿Se puede saber para qué me llamas? ¿No sabes qué hora es aquí?

—Pues la verdad es que estoy algo perdido —reconoció jocoso Toño—. ¿Las seis quizás?

—Son las cuatro de la mañana —maldijo el otro, sentándose en la cama tras posar su mirada en los números que podía ver en su despertador.

—Cierto, cierto, seis horas de diferencia. Ya ni me acordaba.

Maldiciendo por lo bajo, el recién despertado se levantó de su cama. Miró a su mujer para constatar que seguía completamente dormida y, al ver que era así, cogió una bata y salió de la habitación.

—¿Y se puede saber para qué me llamas a estas horas? —le interrogó ahogando un gran bostezo—. Y más vale que sea importante.

Las risas que le llegaron desde el otro lado de la línea no hicieron más que aumentar las ganas de colgar que el hombre sufría. Pese a todo, se aguantó. No estaba bien colgar a tu abogado cuando este te llamaba desde el otro lado del mundo. Podría ser importante.

—Acabo de ver el correo y…

—¿Me han demandado? —le cortó, confuso.

—No, no, tranquilo.

—¿Entonces?

—Me ha llegado una invitación tuya. O, mejor dicho, a mi mujer le ha llegado una invitación tuya para no sé qué fiesta de disfraces. ¿Es que ya no sabemos llamar por teléfono que nos mandas la invitación como si fuéramos unos completos desconocidos?

El hombre alzó una ceja extrañado, hasta que al fin el cansancio y el sopor desaparecieron lo suficiente como para que pudiera comprender lo que el otro le decía.

—¿La invitación?

—Sí. La tengo aquí mismo, en mi mano. ¿Quieres que te la lea? —Toño no le dejó contestar y, en vez de eso, empezó a leer—. “A la señora García. Le invito a ir, a usted y su acompañante a la fiesta de disfraces que celebraré con motivo de Halloween este próximo día 31” bla, bla, bla “Atentamente: Gael Agnelli”. Así que a mi mujer y su acompañante, ¿eh? ¿Tanto te costaba ponernos a los dos ya que no te has molestado en llamarnos personalmente?

Ahora fue el turno de Gael de echarse a reír. El hombre no sabía si enfadarse porque su abogado le hubiera despertado a esas horas de la mañana cuando ese era uno de los pocos días que no tenía que madrugar, o reírse por el motivo de la molestia de su amigo. Al final, se decidió por la segunda opción.

—Vamos, Toño, ambos sabemos quién es la que lleva los pantalones en tu casa. ¿O me lo vas a negar?

—En la mía y en la tuya, querido. Porque te recuerdo que no soy el único que teme a mi mujer. ¿O ya no recuerdas lo sucedido en esa fiesta de beneficencia hace dos años?

—Calla, calla. Se me ponen los pelos de punta cada vez que lo recuerdo —confesó Gael, mientras caminaba por el pasillo de su casa.

Con cuidado, el hombre abrió una de las puertas, y, al ver que sus dos hijos menores estaban profundamente dormidos, volvió a cerrarla dirigiéndose ahora a las siguientes, donde dormían otros dos más.

—¿Y para eso me llamas? ¿Para quejarte por la invitación? —le preguntó después de comprobar que todos seguían plácidamente dormidos, dirigiéndose ahora a la cocina—. Porque la verdad, te llamé unas cinco o seis veces al despacho, pero nunca me lo cogías —objetó.

—He estado bastante ocupado estos días. Tengo un juicio muy importante la semana que viene.

—¿Sobre?

—Homicidio.

Gael frunció el ceño, haciendo una mueca de disgusto. Había llegado a la cocina, donde, tras encender la luz, se dirigió hacia uno de los armarios dispuesto a prepararse un café.

—Entonces, ¿necesitas ayuda con la fiesta?

—No. Ya está todo decidido, no te preocupes. Carla se ocupa de ello —añadió refiriéndose a su mujer.

—¿Y cuándo vais a venir? Porque supongo que vendréis todos.

—Hoy es dieciocho, ¿no? Pues iremos sobre el veintisiete o así. Aún tengo cosas que atender aquí y Carla se opone a que los niños falten a clase, ya sabes —añadió encendiendo la cafetera.

—Sí, me lo imagino. ¿Quieres que le diga algo?

Gael pensó la respuesta, sabiendo perfectamente a quién se estaba refiriendo Toño, pero al final, negó.

—No. Prefiero que sea una sorpresa.

—Como quieras. Solo te recuerdo que a tu hijo no le gustan mucho tus sorpresas.

El hombre suspiró, teniendo que darle la razón a su amigo.

—¿Algo que tengas que contarme?

—No demasiado —confesó Toño—. Apenas he recibido llamadas del director, así que no te preocupes.

—¿En serio? —se sorprendió Gael, cogiendo el café y sentándose en la mesa de la cocina—. No me digas que por fin están madurando.

—¡Ja! Ya nos gustaría —se carcajeó el otro—. Son iguales que tú y yo cuando teníamos su edad. Mejor dicho, son peores que tú y yo a su edad —se corrigió el abogado.

Gael asintió, coreando las risas del otro con las suyas propias, recordando algún que otro lío en el que ambos se habían metido cuando eran jóvenes.

—Entonces, ¿qué hago si se entera?

—Dile que voy por culpa del trabajo, para la premier de mi nueva película —respondió, ya que, por una parte, era verdad.

—Como veas. Yo te advierto que cuando tu querido hijito quiera matarte, no pienso detenerle.

—Vamos, vamos, no creo que sea para tanto —desechó el hombre con un gesto.

—Yo ya te aviso, y ya sabes lo que dicen: quien avisa…

—No es traidor. Sí, lo sé.

Iba a añadir algo más, pero, al ver que su amigo estaba hablando con otra persona, tuvo que esperar. Y, tras un par de minutos escuchando las prisas que parecía meterle alguien, Toño volvió a hablarle:

—Bueno, te dejo. Tengo aquí a mi secretaria amenazando con cortarme la línea si no acudo a la reunión de una vez. Nos vemos el jueves, saluda a todos de mi parte.

—Vale, tranquilo. Ya nos vemos.

Así, Gael colgó el teléfono, posándolo a su lado en la mesa. Y, con la mirada posada en la pared de enfrente, se sumió en sus pensamientos, recordando a su segunda mujer y al único hijo que había tenido con ella y al que no veía desde hacía casi un año.

Sonrió. Toño tenía razón: su hijo iba a querer matarle cuando le viera.

 

* * * * *

 

—¿Qué te parece esta?

Con gesto crítico, Daniel miró la muñeca que su amigo le tendía. Estaban en una de las jugueterías que había en el centro comercial, intentando encontrar el regalo perfecto para la hija del director ya que, según Oliver, era quien les había salvado de su castigo, así que no debían escatimar en nada para su regalo.

—¿No la hay más fea? —preguntó.

Oliver miró la muñeca y después al rubio.

—Joder, Dani, es una Barbie cualquiera. ¿No te sirve?

—Si quieres acomplejar a la niña diciéndole que tiene que ser anoréxica, meterse silicona en vena y ser una rubia tonta para atraer a los hombres; sí, me parece perfecta.

—Vale. Miraré otra.

Con un suspiro de cansancio, Oliver dejó la muñeca en la estantería, buscando alguna otra para la niña. Parecía mentira que llevaran allí casi veinte minutos buscando. O, mejor dicho, parecía mentira que él llevase veinte minutos buscando una muñeca y que, cuando la encontraba, su mejor amigo se oponía sacando alguna que otra crítica hacia la muñeca en cuestión. ¿Quién dijo que escoger un regalo para una niña de cuatro años era fácil? Quien fuera, seguro que no conocía a su amigo.

Por su parte, Daniel se apoyó en una de las columnas cercanas. Tenía la mente centrada en otra cosa, así que cuando el pelirrojo siguió con su búsqueda, no se dio cuenta. En vez de ello, simplemente giró la cabeza, viendo pasar a una de las dependientas con una gran caja en las manos.

Aburrido, observó cómo la mujer se detenía al final del pasillo, posaba la caja en el suelo y empezaba a sacar adornos para Halloween. Al instante, un nudo se hizo en el estómago del rubio. Tragó saliva pero, aunque intentó apartar la vista, no lo consiguió.

—¡Dani, te estoy hablando!

Desesperado por un poquito de atención, Oliver chascó los dedos delante de la cara del rubio, trayéndole de vuelta a la realidad. Sorprendido, Daniel le miró, parpadeando un par de veces antes de centrarse.

—¿Decías algo?

—Te estaba preguntando qué te parecía esta —le explicó el pelirrojo mostrándole otra muñeca.

—Como quieras —respondió el rubio sin mirar siquiera la muñeca—. Escoge la que quieras.

La sorpresa de Oliver fue inmensa. El chico no pudo evitar alzar las cejas extrañado al oír la contestación del otro.

—¿La que quiera? ¿No vas a soltarme ninguno de tus comentarios sobre que con esta muñeca querríamos decirle que tiene que ser súper cabezona y vestirse como una auténtica puta para atraer a los chicos? —le preguntó anonadado.

Daniel simplemente se encogió de hombros.

—Si no se la compras tú, se la comprarán otros, así que dará lo mismo. Elige la que más te guste.

Bufando, el pelirrojo dio media vuelta, posando la muñeca en el estante. Maldijo en voz baja, pero, al querer volver a mirar a su amigo, se encontró con que este no le hacía caso.

—¿Qué pasa?

En silencio, el rubio le señaló los adornos con la cabeza.

—Parece que ya los están poniendo, ¿eh? —añadió al estar seguro de que su amigo los había visto.

—Sí, bueno. Ya no queda nada para Halloween. Lo raro sería que no los pusieran ya.

—Sí, tienes razón.

Una sonrisa triste apareció en el rostro del rubio. Su voz salía desganada incluso, mientras no dejaba de observar todos esos adornos de fantasmas, brujas y demás, que la dependiente había colgado antes de irse.

Oliver suspiró. Quería decir algo, animar al rubio de alguna forma, pero sabía que nada de lo que dijera o hiciera serviría para su propósito. Así que, en vez de eso, se volvió hacia el estante, intentando encontrar lo más rápido posible otra muñeca para salir de allí.

Por su parte, Daniel solo pudo centrar su vista en una mujer y su hijo pequeño que se acercaron a la sección de Halloween. Con el nudo de su estómago haciéndose cada vez más y más grande, el rubio pudo ver que el niño le señalaba a su madre un disfraz de fantasma mientras esta sonreía alegre diciéndole algo al pequeño.

Cerró los ojos apretando con fuerza los puños en los que se había convertido sus manos y, cuando no lo soportó más, se volvió hacia el pelirrojo.

—Oliver —le llamó.

El aludido se volvió hacia él, interrogante, algo preocupado por el tono de voz del chico.

—¿Sí?

—Yo… Te espero fuera, ¿vale?

Dicho esto, el rubio descruzó los brazos, empezando a alejarse del pelirrojo. Sin comprender, Oliver volvió a mirar a su izquierda, maldiciendo en silencio al ver a la mujer y a su hijo pequeño alejarse con uno de los disfraces en la mano y comprendiendo al instante lo que estaba sintiendo el rubio.

Oh, sí, se acercaba Halloween. Y con ello, el peor día del año para Daniel.

 

* * * * *

 

—¿Amor? ¿Qué mariconada es esa? Yo solo busco sexo. Sexo, sexo y más sexo. Si el tío folla bien, un “tú tranquilo, te volveré a llamar”. Y si folla de pena, “no te preocupes, prometo que te olvidaré en los próximos cinco segundos”. Esa es mi máxima —aseguró Paolo.

El joven de las mechas azuladas estaba sentado cómodamente en un sofá, con un cigarrillo en su diestra y una cerveza en la zurda. Frente a él, sentado en un sillón, estaba Héctor, quien en ese mismo momento se reía de lo que su amigo acababa de decir.

Ambos estaban en casa del castaño. Eran las tres y cuarto de la tarde y acababan de terminar de comer en ese mismo instante, ya que Paolo había ido allí hacía un par de horas para contarle todo lo relativo a la noche anterior, por mucho que el tema se hubiera desviado hasta esos derroteros.

—Además, aún eres joven como para andar pensando en buscar a alguien para siempre —prosiguió el de las mechas, posando la cerveza en la mesa que había entre ambos después de darle un trago.

—Tengo veinticinco años, Paolo. ¿Cuándo crees que debería empezar a preocuparme por ello y asentar la cabeza? ¿A los cuarenta, quizás?

—No, a los cuarenta no —negó el otro—. Pero quizás a los treinta y nueve estaría bien.

—Eres imposible.

Las risas de los dos jóvenes ahogaron con gran acierto las voces provenientes de la televisión, que estaba puesto en un telediario.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de desvariar? —le riñó Héctor, sin dejar de reírse—. Ya casi no distingo cuándo estás loco y cuándo estás cuerdo.

—No hay demasiada diferencia entre mi yo loco y mi yo cuerdo —le rebatió Paolo dando otra calada a su cigarro—. No hay ninguna diferencia —matizó.

—Cierto —asintió Héctor, suspirando—. Y entonces, qué, ¿qué tal el trío?

Paolo sonrió, acomodándose mejor en el sofá. En silencio, dio una nueva calada al cigarrillo, inclinando un poco la cabeza hacia atrás antes de soltar el aire despacio, con Héctor esperando impaciente su respuesta.

—No fue un trío —respondió finalmente.

—¿No fue un trío? —repitió el castaño extrañado—. ¿Cindy al final se arrepintió y no fue?

El chico de las mechas negó con la cabeza, ladeando un poco la cabeza para mirar a su amigo.

—Cindy vino conmigo.

—¿Entonces? ¿Por qué dices que no fue un trío?

—Porque un trío es de tres personas y nosotros éramos cuatro.

La sorpresa fue la primera emoción que inundó el cuerpo del castaño, cuyos ojos y boca estaban abiertos de par en par, centrados en ese momento en el joven que estaba frente a él.

—Espera, espera. ¿Cuatro? ¿Cómo que cuatro? —le interrogó aún si poder creerse lo que acababa de escuchar.

—Cindy, el camarero, su compañero de piso y yo —recitó el chico de las mechas, levantando un dedo por cada persona que nombraba—. Corrígeme si me equivoco, pero creo que eso hacen cuatro personas, ¿cierto?

Con una sonora carcajada, Héctor sacudió la cabeza, incrédulo.

—Vaya bien que os lo montáis.

—Y que lo digas —asintió el menor—. Además, el otro era virgen —añadió relamiéndose los labios al recordarlo.

Héctor soltó una nueva carcajada.

—Podríais haberme llamado.

—¿No dices que estás buscando a alguien para toda la vida? —le recordó pícaro—. Entonces, no debería interesarte unirte a una orgía.

—Sí, claro, ahora intenta excusarte —habló Héctor, lanzándole un cojín.

—¡Eh! —exclamó el moreno enojado—. ¿Se puede saber qué haces? ¿No ves que es esta carita tan linda que tengo la que me da de comer? —se quejó tirándole ahora él el cojín—. ¡Como me hagas daño, te pateo el culo!

Héctor siguió riéndose, atrapando el cojín antes de que le diera y dejándolo caer al suelo.

—Anda, no digas bobadas. Todos sabemos que Roxanne solo te da trabajo porque le das pena, nada más.

—Yo le daré pena, pero al menos no soy el enchufado por ser su sobrino —refutó el moreno en tono bromista.

—Para lo que me sirve. Siempre que le digo que me han contratado como fotógrafo en algún lugar, me suelta que ese mismo día tengo una sesión a la que no puedo faltar —se quejó dando un largo trago a su bebida—. Pero no nos desviemos, aún tienes que contarme. ¿O ni eso vas a hacer?

Paolo sonrió, asintiendo con la cabeza. Y, tras esto, empezó a contarle todo lo sucedido la noche anterior, incluyendo cómo Cynthia había convencido al compañero de piso del camarero para que se les uniera y cómo se había aprovechado de eso.

—Además, he quedado con Christian este sábado de nuevo —añadió al terminar el relato.

—Entonces, ¿no cuento contigo para el sábado?

El menor enarcó una ceja, sin comprender.

—¿Teníamos planes? —preguntó confuso.

—¿No querías ir a mirar los disfraces para Halloween? —preguntó a su vez el castaño—. ¿Llevas dos semanas diciendo lo mismo y ahora te olvidas de ello por completo?

Una bombilla imaginaria se iluminó en la mente de Paolo, quien incluso se golpeó la frente con la palma de la mano al recordar tal detalle.

—Ya ni me acordaba —confesó—. Pero bueno, para eso tenemos toda la tarde, y yo quedé con Christian después de cenar. Tenemos tiempo —aseguró.

Héctor se encogió de hombros, cogiendo su bebida y dándole un nuevo trago, casi terminándola.

—Yo solo te digo que quedan dos semanas para Halloween —le advirtió.

—Que sí, que sí, ya lo sé. Tú tranquilo, ya verás como nos da tiempo a todo. Y por cierto, ahora que me acuerdo, ¿has oído la gran noticia?

—¿La gran noticia? —repitió el castaño extrañado.

Paolo asintió. El joven había acabado por inclinarse hacia su amigo, completamente animado por algo que el mayor no comprendía.

—Gael Agnelli va a venir a la ciudad.

—¿Quién?

—¡Gael Agnelli! ¿No sabes quién es Gael Agnelli? —le interrogó el menor, exasperado, sin entender como su amigo no conocía tal nombre.

Héctor hizo memoria. El nombre le sonaba, pero en ese momento no lo reconocía, así que negó con la cabeza.

—El dos veces ganador del Oscar al mejor actor. Modelo, actor y uno de los hombres más sexys y mejor pagados de todo Hollywood de los últimos años. ¡Mi ídolo! ¡Me hice modelo por él!

—Espera, espera —le interrumpió Héctor, quien ya había caído—. Agnelli… ¿Ese Agnelli? —preguntó incrédulo.

—El mismo.

—¿Y cómo es que va a venir aquí? ¿Y cuándo? —siguió preguntando el castaño, incapaz de creer tal noticia.

—Por Halloween. No sé por qué va a pasar el puente de los difuntos aquí, pero así es. Se lo oí decir a Roxanne el otro día. Además —añadió cada vez más ilusionado—, parece que va a dar una fiesta de disfraces. Por desgracia, solo pueden ir las personas invitadas junto a sus acompañantes.

Paolo chascó la lengua, desanimándose. Por su parte, Héctor miraba al frente pensativo.

—¿Y dices que mi tía sabía lo de la fiesta?

El moreno asintió, explicando que se lo oyó decir mientras Roxanne hablaba con alguien por teléfono.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque creo que ya sé quién puede conseguir que nos inviten —le dijo esbozando una sonrisa, gesto que Paolo imitó a la perfección.

 

* * * * *

 

El jueves, Benji se levantó de la cama con un tremendo dolor de cabeza. Sabiendo lo que le esperaba en clase, estaba tentado en quedarse en casa, pero al final había terminado por levantarse y, tras una ducha rápida y un desayuno casi insignificante, el joven salió de su casa en dirección a la parada del bus.

Vivía a casi media hora a pie del instituto y, aunque no le importaba demasiado tener que ir caminado cuando su madre no podía llevarle o llegaba muy justo al bus, el que llevara lloviendo ya cinco días seguidos fue un gran desencadenante para que se decidiera por el autobús.

Caminando a paso lento y dejándose inundar por las canciones de su grupo de música favorito, Benji no tardó en llegar a la parada, refugiándose en ella hasta que, un par de minutos más tarde, llegó el transporte.

Debido a la hora y al tiempo, el autobús estaba casi lleno, pero el moreno pudo encontrar un sitio libre en el que se sentó cómodamente. Y sabiendo que tardaría entre diez y quince minutos en llegar al instituto, cerró los ojos dispuesto a descansar un poco más.

—Parece que hay sueño, ¿eh?

La voz familiar logró que Benji abriera los ojos. Curioso, giró la cabeza hacia su derecha, descubriendo a quien le había hablado.

—¿Iván? No sabía que cogías este bus.

El joven castaño sonrió. Estaba de pie al lado del moreno, apoyado en una de las barras del autocar para evitar una caída más que segura, con la mochila a sus pies.

—Normalmente o voy andando o cojo el anterior, pero es que hoy me dormí —le explicó encogiéndose de hombros.

—¿Vives cerca?

—Al lado del supermercado de la esquina, ¿y tú?

—Pues en esa misma calle, en el número veintitrés.

—Vaya, si lo hubiéramos sabido, podríamos haber vuelto juntos del instituto todos estos días.

Benji asintió, intentando ahogar el bostezo que le sobrevino sin ningún índice de éxito.

—¿Tú no duermes? ¿O siempre eres así por las mañanas? —le preguntó Iván, esbozando una sonrisa.

—Es que hoy dormí fatal —se explicó el mayor encogiéndose de hombros—. Y teniendo en cuenta que tengo filosofía a primera hora, estoy seguro de que me dormiré en clase.

Las risas del castaño aumentaron, y aprovechando que la mujer que había al lado de su compañero se acababa de levantar para bajarse, el chico se sentó a su lado.

—Yo tengo tutoría, ¿te lo puedes creer? Me hacen madrugar para no hacer nada durante una hora. Aunque bueno, al menos así podré terminar de hacer los deberes de matemáticas —agregó pensativo.

—Vaya, al parecer no soy el único que odia las mates.

—No es eso, es que ayer estuve ocupado terminando un trabajo de historia, así que no pude hacerlos. ¿No os ha mandado nada a vosotros?

Benji negó con la cabeza, diciéndole que lo único que hacían en historia era dejarse la mano cogiendo apuntes a toda prisa.

—¿Por qué? ¿Suele mandar muchos trabajos?

—Demasiados —especificó el castaño con un gesto—. Por eso se me hace tan extraño que no os haya mandado nada aún.

—Bueno, hoy tengo historia a última —recordó Benji, poniendo mala cara—. Ahora solo espero que no nos mande nada.

El menor empezó a reírse, agarrando su mochila al ver que ya se acercaban a su parada. Y nada más que el bus paró, salió de este junto al moreno.

—Ya verás, fijo que os manda algo. Lo veo.

—¿Lo ves? —se rió Benji—. ¿Eres adivino y yo no lo sabía?

—Es que tengo un séptimo sentido para estas cosas —se explicó el otro.

—¿Séptimo? Querrás decir sexto.

—No, no, séptimo —recalcó el chico—. El sexto es la facultad que tengo de hacer de celestino para todos mis amigos y, pese a todo, seguir soltero.

Sin poder evitarlo, Benji siguió riéndose con fuerza, dándole unas ligeras palmaditas en el hombro de su amigo para que viera que se apiadaba de su suerte.

—Pues ya podías buscarme algo a mí —bromeó mientras entraban en el edificio—. Que apenas conozco chicas.

Iván fingió pensarse la oferta, pero luego acabó asintiendo:

—Son cincuenta euros, más diez euros más por pérdida de tiempo en búsqueda y demás —le dijo.

—¿Sesenta euros? ¡Ja! Y yo que creía que lo hacías gratis.

—Solo si tienes una antigüedad de dos años mínimo —recalcó el castaño mostrándole dos dedos de su mano—. Y que sepas que por ser tú, te estoy haciendo una oferta especial.

—¿Ah sí? Pues si ese es tu precio especial, no quiero saber cuál es el normal.

—Veinte euros en total —respondió el otro encogiéndose de hombros.

—¿Qué? ¿Encima me subes el precio? ¡Menudo amigo eres!

Esquivando por los pelos el golpe amistoso del moreno, Iván se internó en uno de los pasillos, directo hacia las taquillas.

—Es que cuando sepan que buscas pareja, fijo que se vuelven todas histéricas —se rió—. Aunque con esto de que Daniel no te deja nunca en paz, igual se creen que eres gay —añadió abriendo su taquilla.

—¿Yo gay? ¡Ja! Antes las ranas criarán pelo.

—Pues qué quieres que te diga, pero yo de pequeño tuve una rana que sí tenía cuatro pelos —comentó pensativo el castaño, solo para hacerle más de rabiar.

—O me traes una foto, o no me lo creo. Y no me valen los arreglitos con el photoshop, que lo sepas.

—¿Y con el paint? —insinuó el otro.

Incapaz de tomarse en serio el tema, Benji negó con la cabeza, sin dejar de reírse, acercándose a su taquilla para dejar los libros que no necesitaba allí. Hecho esto, se volvió hacia su amigo, pero, al ver que la profesora de filosofía se dirigía ya hacia su aula, el moreno no tuvo más opción que despedirse.

—¡Te veo luego en el recreo! —exclamó Iván antes de que el chico se alejara.

Tras quedarse solo, Iván suspiró. Cerró la puerta de su taquilla y, tras colgarse de nuevo la mochila al hombro, se dirigió hacia su clase, encontrándose en el camino con los dos pelirrojos.

—Llegáis tarde, Rosa ya ha ido para clase —les avisó.

—¿En serio? —Asintió—. Bueno, vamos ahora. Por cierto, ¿has visto a Daniel?

Sin dudar ni un instante, Iván negó extrañado.

—No. ¿No vino con vosotros?

—No —respondió la chica—. Hoy no ha venido a buscarnos para venir juntos.

—Se habrá dormido —concluyó el castaño encogiéndose de hombros—. Nos vemos después, ¿vale?

Ambos pelirrojos asintieron, y, acto seguido, los tres se dirigieron a sus respectivas aulas.

 

* * * * *

 

Corriendo como alma que lleva el diablo, Daniel apenas había tenido tiempo de vestirse decentemente antes de salir de su casa en dirección al instituto. El chico se había despertado casi una hora más tarde de la que debería, ¿la razón? No había escuchado el sonido del despertador.

Maldiciendo por lo bajo, el rubio salió a la calle sin coger siquiera un paraguas para refugiarse de la lluvia ni dinero para el bus. Así que, sin más, Daniel tuvo que conformarse con echar a correr, deseando llegar cuanto antes a su destino.

Estaba enfadado, molesto consigo mismo. Se había pasado la mayor parte de la noche en vela por culpa de los malditos recuerdos, por esa maldita fecha que se acercaba: Halloween. Lo odiaba, odiaba esa fecha con toda su alma y lo peor era que cada vez quedaba menos para que ese día llegara.

Bostezó. Teniendo en cuenta que cuando por fin había podido dormirse ya eran más de las seis de la mañana, apenas había dormido un par de horas, así que, por si fuera poco, también estaba agotado.

Esquivando por los pelos a una señora que se le acababa de cruzar, Daniel giró en una de las calles, suspirando aliviado al ver que por fin podía ver el instituto. Sonrió y, sin más, aumentó el ritmo de su carrera, no por las ganas de ir a clase sino para evitar seguir mojándose.

—¡Por fin! —exclamó una vez hubo pasado las verjas y pudo entrar en el edificio.

Estaba empapado, le dolía un costado, tenía la respiración agitada y el corazón le latía a mil pulsaciones por minuto pero, al menos, había conseguido llegar a tiempo para la segunda hora del día (matemáticas, si mal no recordaba), así que, pese a todo, se puso en marcha hacia su aula.

Cogió su mochila, que se le había caído al suelo nada más entrar, y empezó a caminar por el pasillo vacío, pensando en si sería buena idea pasarse primero por el baño para intentar secarse un poco las ropas, o si tendría que dejarlo para después. Además, tenía hambre. Miró la hora. Tenía diez minutos antes de que la primera clase acabara y empezara la segunda; sí, estaba seguro de que le daría tiempo a todo.

—Pero lo primero es lo primero —se dijo acomodándose la mochila al hombro—. Primero a la cafetería, que el estómago no perdona.

Se dio la vuelta, teniendo la mala suerte de chocarse contra otro chico que también había llegado tarde y haciéndoles caer.

—Perdona, no te había visto —se disculpó rápidamente Daniel, haciéndose a un lado, ya que había caído sobre el otro—. Yo…

El rubio se calló al instante al reconocer al chico contra el que había tropezado. A su vez, el joven castaño fijó su fría mirada en el pequeño, pasando de la sorpresa al odio en apenas un instante.

—Vaya, vaya, así que la Niñita ha llegado tarde —comentó levantándose y sacudiéndose las ropas como si quisiera borrar el rastro que Daniel hubiera podido dejar en ellas—. ¿Tan ocupado estabas mamándosela a alguien que se te ha pasado la hora?

—Darío —habló sin más Daniel, sin hacer caso a las palabras del otro.

No podía creer la suerte que tenía. Primero apenas había podido dormir, luego se había despertado tarde, y ahora, después de haberse empapado durante todo el camino, se encontraba con Darío. Daniel estaba seguro de que no podía tener peor suerte.

Frunció el ceño, y sin decir nada más, decidió que lo mejor que podía hacer era alejarse del chico y seguir hasta la cafetería. Pero, antes de que pudiera cumplir con su objetivo, Darío le agarró del brazo, impidiéndole seguir caminando.

—Eh. ¿Se puede saber dónde vas? —le preguntó el castaño.

—Dudo que te interese. Y ahora suéltame.

Daniel intentó desasirse pero el agarre se mantuvo hasta tal punto que, al momento siguiente, Darío le había empujado hacia la pared, cercándole entre su cuerpo y esta.

—¿Primero me empujas haciéndome caer al suelo y ahora pretendes irte de rositas como si no hubiera pasado nada? Pues yo creo que eso no va a ser así.

El rubio entrecerró los ojos. No había dicho nada cuando su espalda golpeó con brusquedad la pared, pero ahora que los dedos del otro se hundían en su brazo, no pudo evitar soltar un siseo de dolor.

¿Que no podía tener peor suerte? ¡Ja! Daniel acababa de descubrir que, cuando todo salía mal, siempre podía ir a peor. Aunque no por eso pensaba dejarse intimidar por el castaño.

—Suéltame.

—No pienso dejar que te vayas sin más, olvídalo.

El dolor que sentía Daniel se intensificó, ya que Darío le agarraba cada vez con más fuerza del brazo. Pese a todo, el menor se obligó a no dejarle ver que le estaba haciendo daño. Cansado y enfadado, el rubio consiguió desasirse cruzándose de brazos antes de enfrentarse al castaño.

—Ya te he pedido perdón, ahora déjame.

Una mueca siniestra se dibujó en el rostro del mayor, quien se inclinó un poco más hacia Daniel, pues le sacaba casi una cabeza de altura.

—¿Crees que me importa que me hayas pedido perdón?

—No. La verdad es que dudo mucho que tu única neurona pueda llegar a procesar tal información —respondió cortante Daniel.

La mano de Darío se movió rápidamente hasta el cuello de la camiseta del rubio, apretándolo con fuerza.

—Será mejor que no te hagas el listillo conmigo si no quieres que te dé una paliza.

—Vaya. Creo que eso fue lo que me dijiste la última vez —recordó Dani esbozando una sonrisilla—. Y me parece que fuiste tú quien recibió.

Furioso, Darío cerró su otra mano, dispuesto a borrarle la sonrisa del rubio de un puñetazo. Pero, en ese mismo momento, el timbre que anunciaba el final de la primera clase empezó a sonar.

Al instante, todas las puertas del pasillo en el que se encontraban los dos jóvenes se abrieron, dejando salir a los distintos alumnos que había en ellas.

—¿Qué pasa, Darío? Ya no pareces tan gallito —se rió Daniel, en una actitud de completa arrogancia. Sabía bien que el otro no haría nada.

Con dagas en los ojos, y profundamente frustrado por su mala suerte, Darío le soltó. Pero, en vez de irse, el castaño se acercó un poco más al rubio, amedrentador.

—No creas que te vas a librar de esta, listillo —le susurró amenazante, poco dispuesto a dejar las cosas así.

—Lo siento, Darío, pero creo que ya te dije que nunca me junto con subnormales.

Dicho esto, Daniel apartó de mala manera al castaño, alejándose petulante en dirección al pasillo de matemáticas, y enfadado porque, gracias al idiota de Darío, no le había dado tiempo a comprar nada para comer.

Por su parte, Darío estampó su puño en la pared, prometiéndose en silencio que las cosas no quedarían así. Pensaba vengarse del rubio sin falta.

 

* * * * *

 

La hora de filosofía se le había hecho eterna a Benji. Era cierto que no se había quedado dormido, pero el hecho de tener que coger apuntes para después hacer algún que otro ejercicio, tampoco le había hecho demasiada gracia al moreno. Por suerte, la clase al fin había acabado, aunque ahora empezara una tortura aún mayor para el moreno: matemáticas.

Con un suspiro resignado, Benji recogió sus cosas y salió de la clase junto a sus compañeros, encaminándose tal y como se tratase de un reo condenado a muerte, al aula donde tendrían su próxima clase.

—¡Hombre! ¡Al fin llegas!

El grito, más que exclamación, de uno de sus compañeros, consiguió que Benji girara un poco la cabeza. Fue así como pudo descubrir que era el pelirrojo quien había hablado y que este se encaminaba, junto a su hermana, hacia el rubio que les esperaba a un par de pasos.

—¿Qué pasa, dormilón? Se te pegaron las sábanas, ¿eh? —bromeó el chico, pasando uno de sus brazos por los hombros del más pequeño.

—No me hables. He tenido un verdadero día de perros. —Escuchó decir al rubio, cruzándose de brazos con gesto serio.

Pasó a su lado, odiando por un instante la camaradería que había entre los tres jóvenes. Una sensación a la que había dejado de lado el día en que se mudó de su ciudad natal y que ahora apenas compartía con una persona. El único amigo que él y el pelirrojo compartían: Iván.

Echaba de menos a sus amigos. Había veces que se encontraba recordando algunas de las muchas tonterías que había hecho con ellos, o algún comentario en cuestión que le seguía sacando una sonrisa. Pero, pese a todo, no se arrepentía de haberse mudado. Había dejado muy buenos momentos atrás, eso no podía negarlo, pero también había dejado recuerdos que no quería recuperar.

Sacudió la cabeza. No quería ponerse a pensar ahora en la que había sido una de las mayores razones que tuvo para no oponerse a la mudanza cuando su madre le habló sobre ello. Dobló una esquina, saludando con la cabeza a uno de los chicos del equipo y, sin más, entró en una de las aulas de matemáticas, sentándose en su asiento habitual en la tercera fila, dispuesto a afrontar otra hora más de su tortura diaria.

—¡Hola!

Alzó la vista, encontrándose de frente con Daniel. El chico estaba con los codos apoyados en su mesa y el rostro en sus manos entrelazadas, dirigiéndole una sonrisa que, más que agradable, el moreno la definiría mejor de lujuriosa.

—¿Hoy también vas a pretender ignorarme? —le preguntó el rubio al ver que no contestaba—. Y yo que venía a echarte una mano con las mates.

—Hola, Daniel —susurró sabiéndose vencido—. No te vi en filosofía.

—Eso fue porque me dormí —respondió el chico con un ademán—. ¿Te importa que me siente aquí? Quiero librarme de las garras de Oliver por un rato.

Benji alzó una ceja, volviendo a centrar su mirada en el rostro del rubio apenas un instante para, acto seguido, volverse hacia su mochila y empezar a sacar las cosas.

—¿Cambiaría en algo tu decisión si te dijera que sí me importa?

—No, lo cierto es que no —confesó Daniel, encogiéndose de hombros.

—Haz lo que quieras.

La sonrisa de Daniel se acentuó y, sin más, el chico posó su mochila en el suelo, sentándose en la mesa que había a la derecha del moreno.

Por su parte, Benji se resignó, suspirando al ver la mirada que el pelirrojo le dirigía al ver que su mejor amigo se sentaba a su lado. A pesar de la advertencia del director, esos dos días que habían transcurrido no habían sido nada tranquilos. Iván, a quien el moreno le había confirmado la historia, ya que el chico se había enterado gracias a Oliver y Daniel; había opinado que lo mejor que podían hacer por ahora era ignorarse entre ellos, algo que Benji ya tenía pensado poner en práctica. Lo malo era que ese tipo de cosas eran fáciles de decir pero muy difíciles de cumplir, más aún cuando todo se ponía en tu contra.

No era que ignorar al pelirrojo fuera un reto difícil, no. Lo complicado era hacerlo cuando te lo encontrabas a todas horas. Pero si había alguna cosa que fuera más complicada que ignorar al pelirrojo esa era, sin lugar a dudas, hacer lo mismo con Daniel. ¿La razón? Que, al parecer, el rubio había encontrado muy entretenido el jugar con él, poniéndole de los nervios al soltar algún que otro comentario de los suyos.

Lo único bueno que Benji había sacado de que Daniel revolotease todo el día a su alrededor era que el chico corregía todos los fallos que cometía mientras hacía los ejercicios de matemáticas. Y, por ello, Benji siempre aprovechaba a hacerlos cuando veía que el rubio se le acercaba.

Por otro lado, Darío y Pablo seguían asegurándole que si tenía cualquier problema con la Nena o la Niñita podía decírselo y ellos le ayudarían. Cuando eso pasaba, Benji solo sonreía, ya que, aunque no soportaba al pelirrojo, también era cierto que pensaba arreglar las cosas por sí mismo, pues era eso lo que acostumbraba a hacer. Además, tenía claro que él solo se bastaba en cualquier pelea contra el chico.

—Y dime, ¿qué tal te ha ido con los límites?

La pregunta de Daniel, susurrada en tono bajo e insinuante a escasos centímetros del rostro del chico, logró sacar a Benji de sus pensamientos.

—¿Te importaría dejar de hacer eso? —le preguntó girándose un poco hacia él—. Vas a conseguir que me dé un ataque.

—No es mi culpa que estés pensando en tus cosas mientras te hablo —respondió el chico enojado—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Pues eso, lo que te pregunté.

El moreno suspiró al saber que, por mucho que refunfuñara, Daniel no le haría ningún caso. Por ello, simplemente abrió su archivador, girándolo un poco hacia el menor.

—No sé. Dímelo tú.

Sonriendo feliz, Daniel centró su vista en las hojas que había ante él, revisando los ejercicios del otro y comparando sus respuestas con las suyas.

—Parece que le vas pillando el tranquillo —le alabó al cabo de un minuto—. Me pregunto si aprenderás igual de rápido otras cosas.

Un ligero sonrojo adornó las mejillas al entender el doble sentido que el rubio le había dado a la frase. Pensó en mandarle callar, pero, sabiendo que no lograría nada con ello, simplemente recogió su archivador y centró su mirada en su profesor cuando le vio entrar en el aula.

—Ya empieza la tortura.

 

* * * * *

 

—Son idiotas —exclamaron a coro dos voces de mujer que eran, además, prácticamente iguales.

—Sí. Y lo peor será cuando lo descubra. Porque estoy segura de que lo hará tarde o temprano —continuó una tercera, con una voz suave y tranquila que contrastaba enormemente con las otras—. ¿Y tú cómo te enteraste?

—Me topé con la invitación y después se lo sonsaqué todo a mi madre —respondió Natalia enojada—. ¿A vosotras no os ha llegado nada?

Las cuatro chicas caminaban por uno de los pasillos del centro, en dirección a la cafetería. El recreo había comenzado hacía escasos minutos, pero, aun así, Oliver y Daniel habían decidido adelantarse antes de que al rubio le diera por volverse Hannibal Lecter.

—Creo que mi madre me dijo algo sobre una fiesta, pero no le hice demasiado caso —confesó Ainoa encogiéndose de hombros.

—Nosotras lo vimos ayer por la noche —contestó Marta.

—Y ya hemos estado pensando en los disfraces —continuó su gemela, María, con una sonrisa de oreja a oreja.

—A saber qué habéis pensado —murmuró la morena negando con la cabeza.

—Pues algo que seguro te gustará —objetó Marta, sacándole la lengua—. Eso sí, tenemos que tomaros medidas. Los trajes deben estar hechos a medida.

Ainoa suspiró. Sabía que, por más que se opusiese a los planes de sus amigas, estas no la dejarían hasta que se rindiera. Además, parecía que Natalia no había tardado demasiado en ponerse del lado de las gemelas. Tres contra una, veía difícil salir vencedora.

—Vale —aceptó—. Pero ni se os ocurra pensar que pienso ponerme otro disfraz como el del año pasado —agregó señalándolas.

—¡Pero por qué! ¡Si estabas monísima vestida de cabaret!

La mirada fulminante de Ainoa, logró hacer que la chica se callara.

—Este año hemos pensado en algo más tétrico para ti —se apresuró a aclarar la otra gemela, haciendo un ademán con la mano—. ¿Qué te parece Lydia Deetz de Beetlejuice? O sino, también habíamos pensado en Miércoles, de La familia Addams.

—Y para Natalia habíamos pensado en Sally de Pesadilla antes de navidad. ¿Qué os parece?

Casi al instante, Ainoa y Natalia cruzaron una mirada entre ellas, volviéndose acto seguido hacia las gemelas.

—Vale, ¿quiénes sois y qué habéis hecho con Marta y María? —les interrogó la pelirroja, posando sus manos en la cadera y mirándolas fijamente.

Las gemelas se miraron, sin comprender.

—¿Qué pasa con eso de “la vida es toda color de rosa” y lo de “a nosotras no nos gustan esas series tan raras que tú ves”? —continuó Ainoa, imitando la voz de las rubias al hablar.

—¡Es Halloween! ¡El día para echar una cana al aire! —exclamó Marta completamente feliz.

—Lo importante es disfrazarnos de algo que de miedo y pasárnoslo bien. Otro día ya volveremos a ser las de siempre —asintió su hermana.

—¡Sí! Y ahora vamos, tengo hambre y además, aún tengo que acabar con la traducción de latín o sino, la profesora me matará.

Y, sin más, las cuatro chicas volvieron a ponerse en marcha, directas hacia la cafetería.

 

* * * * *

 

—Bueno, tú ya sabes que nos tienes aquí si nos necesitas —habló Darío, refiriéndose al altercado con el pelirrojo.

—Que sí, que sí, tranquilos que ya lo sé —les dijo Benji, haciendo un ademán con la mano.

Los dos jóvenes estaban sentados en una de las mesas de la cafetería junto a Pablo e Iván. Las dos horas anteriores habían pasado bastante rápidas para gran alegría del moreno, que, además, se había librado de la riña de su profesor gracias a la ayuda de Daniel con unos ejercicios que les había mandado hacer en clase. Y, tras esto y la clase de lenguaje, Benji se había visto libre del rubio, quien se había alejado junto a su amigo nada más tocar el timbre del recreo.

—Y qué, ¿tenéis algún plan para este Halloween? —preguntó el moreno, intentando que sus compañeros cambiaran de tema, sobre todo al notar la incomodidad de Iván.

—Pues habíamos pensado en quedar todos e irnos de fiesta por ahí —le comentó Pablo—. Ya sabes, bar, fiesta, chicas… ¿Te apuntas, cierto?

—¿Pero disfrazados o sin disfrazar? —aventuró Benji antes de decir nada.

—Como queráis, a mí me da lo mismo —respondió el otro encogiéndose de hombros.

—¿Y tú, Iván? ¿Tú también te apuntas?

El aludido se volvió hacia Benji, pensativo. Pero, antes de que pudiera decir nada, una joven pelirroja a la que Benji pudo reconocer como la hermana de Oliver, se acercó a la mesa, deteniéndose al lado de Iván.

El gesto de la chica logró atraer las miradas de los cuatro chicos que estaban allí, tres de ellos sorprendidos y el cuarto extrañado.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí, Pablo: la princesita ha abandonado a sus dos niñitas para acercarse a la cueva del lobo feroz —se burló Darío mirando fijamente a la pelirroja.

Al oír la mención a su hermano y su mejor amigo, Natalia solamente suspiró, tragándose las ganas de darle un puñetazo al gilipollas que le había hablado y al otro que le reía las gracias. Pese a todo, no se quedó callada:

—Hola, Darío. Dime, ¿ya has superado tu miedo a los payasos o aún sigues meándote en la cama como un niño pequeño?

Las risas de los dos jóvenes cesaron al instante. Por otra parte, Iván tuvo que aguantarse las ganas de lanzar una enorme carcajada para, acto seguido, volverse hacia su amiga cuando esta le habló:

—Iván, ¿puedes venir conmigo un momento? Tengo que contarte algo.

—Y supongo que será sobre la invitación que me ha llegado ayer, ¿verdad?

Con una sola mirada, Natalia pareció decirle que no pensaba responderle, no hasta que estuvieran solos; así que el castaño simplemente recogió sus cosas, se puso en pie y, tras despedirse de Benji, se alejó junto a ella.

Benji los vio irse, pero tuvo que volver a centrarse en sus amigos cuando estos empezaron a hablar, murmurando algo sobre la pelirroja.

—¿Pasa algo? —les preguntó.

—Nada —respondió Darío negando con la cabeza—. Entonces qué, ¿te apetece salir con nosotros en Halloween?

—Con tal de no tener que disfrazarme, porque no sé qué puedo ponerme, no hay problema —aceptó el moreno.

—¿Cómo que no sabes qué ponerte? —clamó Pablo, empezando a reírse—. ¡Si es lo más simple del mundo!

—Pues ya ves, soy nulo para esas cosas —trató de excusarse el otro, encogiéndose de hombros.

—Vamos, ahora me dirás que no tienes alguna sábana vieja por casa para poder hacerle un par de agujeros e ir de fantasma. O ropa negra, una capa y colmillos de pega para vampiro o algo así. Tampoco hace falta que te compres uno.

—Vale, vale, buscaré algo —se rindió Benji, alzando un poco las manos—. ¿Y tú de qué vas a ir?

—Ni idea. Aún no lo he pensado. ¿Y tú, Darío?

Pablo se volvió hacia el lugar donde tendría que estar su amigo. Sin embargo, allí no había nadie sentado.

—¿Tú le has visto irse?

—No. Pero supongo que volverá pronto.

 

* * * * *

 

—¡Tengo sueño! —exclamó Daniel, apoyando la cabeza en los brazos que tenía sobre la mesa de la cafetería.

—Quién lo diría. ¿No llegaste tarde por dormir más de la cuenta? —le preguntó el pelirrojo con una sonrisa maliciosa en el rostro—. No tendrías que tener sueño.

—Me dormí a las seis o así —se quejó el rubio, moviendo la cabeza para deshacerse de la mano de su amigo, que en ese momento se afanaba en revolverle el pelo.

—¿Y eso? ¿Con quién estuviste anoche, pillín?

—Con nadie, capullo. ¿Tú qué te crees, que me paso el día acostándome con la gente o qué?

—Hombre, el día no, pero la noche…

Ni el puñetazo ni la mala mirada de Daniel lograron acallar las risas del pelirrojo. Lo que sí lo logró fueron los susurros con los que las gemelas hablaban entre ellas, tal y como si estuvieran urdiendo una conspiración.

—¿Y vosotras qué tramáis? —les preguntó intentando echar una rápida ojeada al papel que María tenía delante.

Marta y María olvidaron lo que estaban haciendo para volverse hacia los dos chicos, esbozando una sonrisa que, aunque no casaba con su aspecto de niñitas desvalidas, sí provocaba un profundo temor y respeto a todo aquel que la veía.

—Ya lo verás —tarareó una de ellas, dándole la vuelta al papel para que el pelirrojo no pudiera mirarlo.

—No se ve hasta que esté todo planeado —agregó la otra con un tono que no admitía réplica.

Intrigado, Daniel alzó un poco la cabeza, mirando a sus dos amigas mientras trataba de ahogar un bostezo. Luego, al ver que no iban a sacar nada de ellas, se volvió hacia Ainoa, que en ese momento estaba hablando con Raúl.

—¿Tú sabes qué se proponen?

La chica asintió, ya resignada a los planes de las dos rubias.

—Están pensando en los disfraces para este Halloween —contestó, provocando los gritos de protesta de las otras dos.

—¡Noa! ¡Se supone que era una sorpresa! —exclamaron las gemelas a la vez, enojadas.

—¿Qué más da que lo sepa? Si queréis hacernos el disfraz a todos, vais a tener que tomarnos medidas, así que no importa mucho que lo sepamos —contestó la joven sin alterar el tono de su voz—. Otra cosa es que nos digáis de qué se supone que tenemos que disfrazarnos.

—¡Yo quiero ir de vampiro! —clamó de pronto el pelirrojo, completamente entusiasmado por la idea.

Al instante, las miradas de las gemelas pasaron de Ainoa para centrarse en Oliver, completamente serias.

—¡No!

—¿Cómo que no? ¿Por qué no puedo ir de vampiro?

—Porque ya tenemos un disfraz para ti y no es de vampiro —respondió María cortante, a lo que su hermana asintió—. Tú y Raúl iréis de pareja con Natalia.

—¿Y de que va Natalia? —intervino Raúl, intrigado por el disfraz de su novia si así podía descubrir algo sobre su propio disfraz.

—Ella va de…

Las manos de las dos rubias lograron tapar la boca de Ainoa antes de que pudiera terminar de hablar.

—No se dice. Puede que vosotras lo sepáis, pero para ellos será una sorpresa —habló Marta.

Oliver miró a las tres jóvenes que tenía delante, suspirando al saber que ni el mejor torturador de todos les sacaría una respuesta.

—Vale, está bien. Yo no pregunto, pero ¿y Daniel? ¿Ya tenéis disfraz para él?

El aludido, que se había quedado completamente callado al oír la palabra “Halloween”, vio como de pronto las miradas de sus compañeros de mesa se fijaban en él, estudiándole con la mirada y haciéndole sentir como si fuera un verdadero conejillo de indias.

—Ni se os ocurra —les advirtió señalándolas—. Ya sabéis que yo no me disfrazo.

—¿Cómo que no? Venga, Dani, no nos puedes abandonar así —intentó hacerle cambiar de opinión Marta—. ¡No puedes ser el único que salga sin disfraz!

—¿Y quién ha dicho que vaya a salir? —replicó el otro, firme—. No pienso salir, así que no hace falta que contéis conmigo. Vengo ahora.

Y, dicho esto, el rubio se levantó de la mesa, alejándose de esta. Los cinco jóvenes le miraron y, aunque Marta y María parecían contrariadas e incluso tristes por la noticia, pronto su rostro cambió radicalmente.

—Oliver, bonito, ¿a que eres capaz de convencer a Daniel para que nos deje disfrazarle?

El pelirrojo las miró pensativo, aunque no tardó demasiado en asentir.

—Pero solo si me decís cuál es mi disfraz.

Sin borrar la sonrisa de su rostro, María le dio vuelta a la hoja en el que tenía dibujado el boceto. Se lo enseñó.

—¡¿Qué?! ¡Pero si esto no da miedo! —exclamó Oliver nada más ver el dibujo—. ¿Se puede saber de qué va mi hermana?

—De Sally.

—¿Y por qué no voy yo de Jack? Es su pareja, ¿no?

—Justamente por eso Raúl irá de Jack —explicó Marta con el mismo tono que una madre le explica las cosas a su hijo pequeño.

Raúl esbozó una sonrisa, tratando de aguantarse las ganas de echarse a reír al ver el disfraz de su cuñado.

—¡No es justo! —gritaba este, completamente enojado—. ¡Yo quiero ir de Jack! ¡No puedo ir de eso! ¡No da miedo!

—¡Pero si tiene una calabaza en la nariz! —trató de hacerle ver María—. Ya verás, vas a estar muy mono vestido así.

—Halloween es para dar miedo, no para estar mono —replicó el chico mordaz, escuchando las risas de Ainoa y Raúl a su lado—. ¡Y Zero no da miedo!

—Vale. Te cambiaremos el disfraz.

 

* * * * *

 

Con paso rápido y decidido, Daniel salió de la cafetería internándose en uno de los primeros pasillos del instituto. La conversación de sus amigos aún seguía presente en su mente y, por más que se hubiera negado totalmente, Daniel sabía que Marta y María no pararían hasta que cediera y las dejara disfrazarle. Pero no las temía, después de todo, nadie le ganaba a cabezonería.

Bostezó. No mentía cuando decía que estaba cansado. Y lo peor era que aún le quedaban tres horas de clase: educación física, economía e historia. Lo que bien significaban el pasarse una hora corriendo y haciendo ejercicios varios, para después, dos horas más de completo tedio. Desde luego, quien hubiera hecho los horarios, se había divertido mucho jodiendo a los alumnos.

—Vaya, vaya, parece que nos volvemos a ver.

La voz prepotente y burlona de Darío logró que Daniel se detuviera un instante, mirando al chico. Darío estaba apoyado en una de las paredes, a un par de pasos, y le miraba fijamente desde allí con una sonrisa siniestra en el rostro y los brazos cruzados.

Daniel bufó. No tenía ninguna gana de seguir con la discusión que el castaño y él habían dejado a medias antes, pero sabía demasiado bien que el otro no le dejaría irse así como así.

Y así fue. Aprovechando que no había nadie cerca, Darío se acercó al menor, descruzando los brazos y adoptando una pose bravucona y amedrentadora.

—¿Qué ocurre, Niñita? Parece que ya no estás tan gallito como antes. ¿Acaso te asusta vértelas solo contra el lobo feroz?

—Primero tendría que haber un lobo feroz, ¿no crees?

La sonrisa de Darío se acentuó al escuchar la réplica del otro, sin embargo, era un gesto tirante que no ocultaba para nada lo que en verdad pensaba. Se acercó al rubio, quedando a menos de un palmo del chico.

—¡Oh! Así que caperucita roja no le tiene miedo al lobo feroz —susurró posando solo un dedo en la camiseta roja de Daniel—. ¿Debería recordarte que el lobo se come a caperucita?

Dani retrocedió un paso, no asustado por las palabras, las acciones o el tono del otro chico, sino cansado de tanta palabrería.

—Déjame en paz, ¿quieres? Tengo prisa —le dijo tratando de pasar a su lado.

Tal y como le había sucedido esa misma mañana, Darío le agarró del brazo, impidiendo que se alejara y empujándole hacia la pared. Daniel cerró los ojos por el golpe, resistiéndose al impulso de llevarse una mano a la cabeza donde se había golpeado.

—Así que la Niñita tiene prisa. ¿Qué pasa, has quedado con alguien para follar?

—Sí. Con tu hermano. Después de todo, hace bastante que no le veo. Un par de meses si mal no recuerdo —agregó el menor esbozando una sonrisa.

El odio y la ira de Darío aumentaron como la espuma en el mismo momento en el que las palabras de Daniel le recordaron lo sucedido entre su hermano mayor y este. Furioso, el chico se acercó aún más a su presa, agarrándole con fuerza por el cuello de la camiseta para acercarle aún más a él.

—Deja a mi hermano en paz, ¿me has oído, marica?

—Ten cuidado Darío. Quizás si te ven hablando tan de cerca conmigo se crean que eres gay y me estás pidiendo de salir —siseó el rubio sin apartar la mirada de los ojos del castaño, desafiante.

El aludido volvió a empujar a Daniel contra la pared. Estaba furioso, muy furioso, y la mirada desafiante y la sonrisa de victoria que había en el rostro del menor no hacían más que aumentar su ira. Quería hacer desaparecer ambas cosas y la verdad era que pensaba hacerlo.

—Lo único que verán es cómo te parto la cara, nada más.

—¿Seguro? Y yo que creía que te me habías acercado para decirme que quieres unirte a tu hermano y a mí la próxima vez que lo hagamos. Dime una cosa —añadió con malicia—, ¿qué fue peor, descubrir que tu hermano fuera gay o que fuese yo quien se lo estaba tirando?

El puño de Darío se hundió en el vientre de Daniel, que se dobló hacia delante, falto de aire por el golpe. Por su parte, Darío agarró del pelo al menor y, victorioso, habló:

—Al menos yo no voy mendigando el amor de nadie porque la puta de mi madre me abandonó justo después de parirme.

El posible dolor que le hubiera causado el golpe cayó totalmente en el olvido nada más que el rubio escuchó esa referencia a su madre.

Más furioso de lo que nunca había estado, Daniel se apartó del otro, alzando su puño cerrado y asestándole un puñetazo en la nariz al castaño.

—¡Retira eso! —le gritó acercándose al chico cuando este dio un paso atrás por la inercia.

Darío, que se había llevado una mano a la nariz, simplemente sonrió desafiante, enfrentándose al rubio.

—¿Qué pasa, marica? ¿Vas a decirme que mis palabras no son ciertas? —le acusó—. ¿Que tu madre no era una puta que te abandonó a la primera de cambio?

—¡Cállate! ¡No te atrevas a hablar de mi madre, cabrón!

Daniel intentó darle otro puñetazo, pero Darío fue más rápido esta vez y detuvo el golpe con una de sus manos. Acto seguido, no dudó en tirar un poco del rubio para darle un rodillazo en el estómago.

—Duele, ¿verdad? —se rió al verle doblarse a la mitad—. ¡Ja! No me extraña que seas una autentica puta, el oficio te viene de familia.

Con un grito de ira, Daniel se abalanzó sobre Darío, logrando tirarle al suelo y quedar sobre él, aprovechando la situación para empezar a golpearle.

—¡Retira eso! —le gritó, sin dejar de pegarle y sin importarle que ya hubiese un corrillo de gente a su alrededor, observándoles.

En ese momento, dos brazos le agarraron por la cintura, obligándole a separarse de Darío. Nada más sentirlos, Daniel se revolvió para intentar soltarse, pero los brazos le sujetaban con fuerza, así que el rubio no pudo hacer nada cuando su mejor amigo se lo cargó al hombro, alejándole de allí.

—¡Suéltame! ¡Oliver, suéltame! —gritaba furioso Daniel.

—Ni loco —le respondió este, serio.

Por otra parte, Darío consiguió sentarse en el suelo con la ayuda de Pablo y Benji, que también se habían acercado después de que uno de los alumnos entrara en la cafetería diciendo que había pelea en uno de los pasillos.

El castaño estaba sangrando por la nariz y el labio, pero eso no le impidió esbozar una sonrisa de victoria, centrando su mirada en el rubio y dirigiéndole unas últimas palabras:

—¡No eres más que el hijo de una puta! —le gritó sabiendo que todo el mundo le oía perfectamente—. ¡Un niñato al que ni su propia madre quiso y al que abandonó nada más parir para que muriera! ¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!

 

* * * * *

 

—¿Que queréis qué?

La pregunta, más bien grito, de la mujer logró que los dos jóvenes se amilanaran e incluso que retrocedieran un paso. La mujer, de nombre Roxanne, tenía los brazos posados en su cadera y estaba ligeramente inclinada hacia los dos veinteañeros que se habían acercado aprovechando el descanso en la sesión fotográfica. Al igual que su sobrino, la mujer tenía el cabello castaño casi negro, y ese día lo llevaba recogido en una coleta para que no le molestase. Sus ojos, ocultos tras unas gafas de diseño, eran de color verde brillante, y en ese momento estaban fijos en su sobrino y el mejor amigo de este, quien, inconscientemente, se había ocultado tras Héctor.

—Que nos consigas una entrada para la fiesta de Gael Agnelli —repitió Héctor por segunda vez, soportando la dura mirada de su tía—. Sabemos que estás invitada.

—¿Estáis locos? —exclamó la mujer, a la que aún no se le había pasado la sorpresa—. Además, ¿dónde habéis escuchado tal cosa?

—Te oí comentarlo el otro día mientras hablabas por teléfono —confesó Paolo—. Venga, Roxie, piensa que si consigues que entremos, podremos alzar nuestra carrera con toda esa gente que estará allí.

Roxanne alzó una mano, consiguiendo con ello que el chico de las mechas se callara al instante.

—Lo primero, no me llames Roxie, Paolo, ya te lo he dicho cientos de veces. Lo segundo —continuó antes de que el otro abriera siquiera la boca para disculparse—, esa fiesta es de etiqueta y van a acudir a ella muchísimas personas importantes como empresarios, modelos, actores y demás. Lo tercero, no soy yo quien manda las invitaciones y, aunque no niego que sería una buena oportunidad para vuestra carrera, si acepto tendría que conseguir dos invitaciones, una para vosotros, y otra para Cynthia y Martín, y eso sí lo veo imposible.

—No hace falta que te preocupes por mí —intervino entonces Martín, que se había acercado con una botella de agua en la mano.

La mirada de los tres se posó en el joven, interrogantes.

—Esa semana voy a estar en Londres, ¿recuerdas? Así que aunque quisiera, no puedo cancelar el contrato para acudir a la fiesta.

—Cierto —habló la mujer al recordarlo—. ¿Y tú Cynthia? ¿Tienes algo que deba recordar?

La rubia, que estaba sentada en el sofá que habían usado para las fotografías, meditó durante unos instantes la respuesta, negando finalmente con la cabeza:

—Salvo este trabajo contigo, estoy libre hasta el día cinco. Así que, si puede ser, cuenta conmigo para esa fiesta —añadió ladeando un poco la cabeza y sonriendo angelicalmente—. Después de todo, alguien tendrá que ayudarte a controlar a esos dos diablillos.

Los “diablillos” en cuestión se volvieron para mirar a la rubia, el castaño mirándola con una ceja arqueada y el de las mechas murmurando algo sobre que ella se portaba mucho peor que él y que eso era un hecho innegable. Roxanne, por su parte, suspiró, volviéndose acto seguido hacia su sobrino:

—Tienes suerte de que a tu tío no le gusten este tipo de fiestas —le dijo señalándole casi como si le estuviera regañando. Héctor sonrió.

—Entonces, ¿podrás hacerlo?

—No sé si podré conseguir otra invitación para vosotros, pero de momento, yo no tengo acompañante —respondió la mujer encogiéndose de hombros.

Al instante, tres pares de brazos la rodearon, llegando a darle incluso un par de besos en la mejilla a causa de la felicidad.

—Vale, vale, ya está bien —trató de apartarles la mujer, empujando a los tres veinteañeros—. Y yo que creía que podría ir con el amante —bromeó chasqueando la lengua.

—Bueno, para amante me tienes a mí, ¿no? —le siguió la broma Paolo, recibiendo al momento dos collejas, una de la propia mujer y otra del sobrino de esta—. ¡Eh! ¡Que eso duele!

—Y más te va a doler como sigas diciendo cosas así —le advirtió Héctor entre risas.

—Bueno, vale, se acabó el descanso. ¡Todo el mundo a sus puestos! —exclamó Roxanne, dando un par de palmadas y recuperando su autoridad—. ¡Cynthia, Héctor, cambiaos de ropa! ¡Martín, quítate esa camisa! ¡Paolo, tú vete a maquillaje a ver si podemos hacer algo con esas marcas! ¡Venga, chicos, quiero terminar con esto esta tarde y no estoy viendo ningún progreso!

Las risas y las bromas desaparecieron en el momento en el que todos se pusieron a cumplir las órdenes de Roxanne. Y, sin más, el ambiente volvió a ser el mismo de siempre.

 

* * * * *

 

—¡Suéltame! ¡Oliver, suéltame ahora mismo! —seguía gritando Daniel, golpeando al otro en la espalda, dado que era el único sitio que le quedaba a mano.

El pelirrojo, por su parte, siguió caminando en silencio, alejándose del lugar del altercado con rapidez. Sabía que si permanecía un segundo más escuchando los gritos de Darío, él mismo daría media vuelta y le cerraría la boca de un golpe.

Por fin, tras subir un piso y entrar en una de las aulas del edificio, Oliver dejó a Daniel en el suelo, aunque no por ello dudó en interponerse entre su amigo y la puerta. Al ver el gesto del mayor, Daniel le miró furioso, con los brazos tensos y los puños fuertemente cerrados.

—Aparta —le dijo.

—No.

—¿No? ¡Te he dicho que te apartes! ¡Oliver, joder, aparta de una vez!

—¿Para qué? ¿Para que vuelvas a por ese cabrón y partirle la cara?

—¡Para que pueda seguir con lo que estaba haciendo antes de que me sacaras de allí! —le gritó el chico disminuyendo la distancia que había entre ambos—. ¿Se puede saber por qué lo hiciste?

—Porque no vale la pena y tú lo sabes —respondió.

—¿Que no vale la pena? ¿No has oído lo que ha dicho? Pero claro, cómo no, yo tengo que aguantar cuando os peleáis por cualquier comentario idiota pero ahora tengo que quedarme con las ganas de partirle la cara a ese hijo de puta, y todo porque el “gran” Oliver dice que no vale la pena —ironizó de malos modos.

Oliver bajó la mirada. Sabía que su amigo estaba furioso y que por eso lo estaba pagando con él, pero tampoco pensaba quedarse callado:

—Acabo de salvarte el culo —le dijo tratando de conservar la calma y, lo más importante, hablar con un tono de voz tranquilo—. ¿O crees que los profesores no se van a enterar de lo que ha sucedido? Pueden expulsarte varios días por esto, Daniel —intentó hacerle ver.

—¿Y? ¡Me importa una mierda que me expulsen si puedo cerrarle la boca!

—¡Quieres dejar de decir tonterías de una vez! —saltó Oliver a su vez, agarrando del brazo al rubio para evitar que se alejara—. ¿Qué más da lo que digan de tu madre? ¡Ellos no saben nada! Y, además, ¿crees que a ella le agradaría saber que acabas de pelearte por una gilipollez como esa?

El puño de Daniel se estrelló contra la nariz del pelirrojo, quien no pudo evitar el golpe al no haberlo previsto. Maldiciendo, Oliver soltó el brazo del rubio, llevándose la mano a la nariz.

—¡Joder! —masculló dolorido, notando unas motas de sangre en su mano.

—No vuelvas a hablar de mi madre, Oliver.

La mirada del menor destilaba un profundo odio, tanto que el pelirrojo no pudo evitar tragar saliva asustado. Nunca había visto tan furioso a su amigo.

—Daniel… Lo siento, yo no…

—Ni siquiera a ti te permito hablar de ella —continuó el rubio haciendo caso omiso a sus palabras.

Oliver dio un paso hacia él, pero el rubio se alejó de su lado.

—Dani, en serio, no quería decir eso. Lo siento, en serio. Yo no…

—Vete a la mierda, Oliver.

—¿Daniel?

El aludido no le hizo caso y, en vez de eso, pasó a su lado, empezando a alejarse de él. Al verlo, Oliver fue tras él pero, cuando el chico esquivó su brazo y empezó a correr, se detuvo sabiendo que daba igual lo que dijera o hiciera. Acababa de meter la pata hasta el fondo.

 

* * * * *

 

A pesar de que cuando los profesores llegaron al pasillo no había ningún alumno allí, la noticia de la pelea y, más importante aún, la razón de esta y las últimas palabras de Darío, estaban ya en boca de todos; tanto de los que se las creían, como de los que decían que solo eran mentiras del jugador o los que no sabían qué opinar.

Los alumnos hablaban entre ellos, comentando esa última revelación que habían escuchado y comparándolo con los rumores que corrían sobre el chico en cuestión y, sobre todo, sobre sus padres.

En los cinco minutos que habían transcurrido desde el altercado, Benji había podido escuchar tantas historias sobre el chico que apenas podía distinguir cuál era cierta y cuál no. Así, muchos de los compañeros del chico hablaban con sus amigos sobre que nunca habían visto a los padres del rubio, ni siquiera cuando este llegó al instituto hacía ya unos años. El comentario de Darío había traído a coalición los antiguos rumores que corrían sobre el rubio. Rumores como el que decía que Daniel era el hijo de un mafioso y que esa era la razón por la que al chico, años atrás, siempre le recogía un hombre mayor vestido de esmoquin. Había otros, por supuesto, como ese de la madre prostituta que Darío había gritado en mitad del instituto. Pero, pese a todo, nadie podía confirmar nada y todo el mundo sabía que los que sí podían confirmar las historias, como era el caso de los amigos del rubio, nunca dirían nada.

Y, por ello, los rumores sobre Daniel se extendían como el fuego sobre la paja seca, contagiando a todos por igual y logrando que en el instituto no se hablase de otra cosa.

Benji suspiró. Acababa de escuchar una de esas historias y, a decir verdad, al chico más le había parecido un excelente guión para una película de ciencia ficción que el resumen de la vida de uno de sus compañeros. Al final, y más para evitar seguir escuchando siempre lo mismo, decidió que podía tomarse un respiro subiendo a la azotea del edificio.

De esa forma, el moreno ascendió los tres pisos que le separaban de su destino, esbozando una leve sonrisa al ver que la puerta no estaba cerrada con llave. Abrió la puerta, saliendo a la azotea y allegando la puerta luego, dándose la vuelta y descubriendo con sorpresa que, al contrario de lo que había creído en un principio, no estaba solo.

Sentado en el suelo, con las piernas sacadas por el espacio entre los barrotes de la valla que había, y fumándose tranquilamente un cigarrillo mientras miraba hacia abajo, estaba Iván.

—Vaya, y yo que creía que estaría solo aquí arriba —habló el chico acercándose a su amigo.

Al oírle, Iván giró un poco la cabeza, centrando su mirada en el moreno.

—Bueno, yo creía que estarías con Darío y Pablo —le dijo encogiéndose de hombros.

—Están en la enfermería. Daniel le rompió la nariz a Darío, así que ha tenido que ir allí. ¿Puedo?

Iván asintió, viéndole sentarse a su lado, apoyando la espalda en la valla.

—¿Cómo es que estás aquí? —le preguntó curioso aunque no quisiese.

El castaño alzó una ceja. Benji estaba seguro de que, a pesar de su aspecto de no haber entendido nada, el chico había comprendido su pregunta perfectamente; pero, a pesar de todo, se explicó:

—Creí que estarías con Daniel.

—¿Y por qué tendría que estar con él? —le interrogó el mayor, dándole una calada a su cigarro.

—Bueno, eres su amigo, ¿no? Se supone que eso es lo que hacen los amigos —trató de explicarse Benji, algo confundido por el tono hosco del otro.

—Sí, soy su amigo —le confirmó el chico, asintiendo nuevamente—. Pero también sé que si ni Oliver ha podido calmarle, menos voy a poder hacer yo. ¿Y tú, qué haces aquí?

—Creí que sería un buen sitio para escaparme —confesó el moreno encogiéndose de hombros—. Abajo no dejan de hablar todos de lo mismo.

—Sí, me lo supongo. Seguro que estarán todos recordando todos esos rumores que hay. Como ese del padre mafioso —apuntó el joven, llevándose el cigarro a la boca—. O ese al que solo le falta por añadir las bicicletas voladoras de la película de E.T. —añadió lanzando una leve carcajada vacía de toda gracia.

—¿Y?

—¿Y? —repitió el castaño, volviéndose hacia él para mirarle interrogante.

—Bueno, ya sabes, si alguno de ellos es cierto —se explicó, curioso.

Iván le miró perplejo, ya que, a pesar de todo, no creía que el moreno le preguntara por la vida de su amigo. Pero, por otra parte, comprendía la razón de su pregunta. Benji seguía siendo el chico nuevo y en el instituto, ahora mismo, no se hablaba de otra cosa. Suspiró.

—¿Por qué debería decírtelo? —habló desviando la mirada hacia el frente—. Tú no eres su amigo. Por más que Daniel se haya acercado a ti, lo único que has hecho es aprovecharte de su ayuda para hacer los ejercicios de matemáticas. No te importa nada lo que él siente ni lo que piense, ya que, para ti, él no es más que un homosexual que no merece tu atención. Y, a pesar de todo, ahora te interesas por su vida. Todo por el comentario estúpido de Darío. Así que dime —continuó volviendo a fijar su vista en él—, ¿por qué debería contarte la vida de mi amigo? ¿Por qué debería satisfacer tu curiosidad cuando lo más probable es que acabes riéndote de él a su cara y, en el mejor de los casos, acabes por hacerle el vacío como le han hecho todos? ¿Acaso serviría para cambiar tu opinión sobre él?

A cada palabra que pronunciaba el castaño, Benji sentía cómo la culpa se hacía un pequeño hueco en su interior, asentándose allí y aumentando cada vez más. Bajó la mirada, incapaz de sostener la del otro, más al saber que tenía razón al decir que Daniel no era su amigo y que se aprovechaba de su don con las matemáticas, que solo le soportaba por ello.

—Lo siento —susurró.

—No es a mí a quien debes pedir disculpas —le cortó el castaño de malos modos—. No es a mí al que prejuzgaste antes de tiempo ni por el que preguntas su vida. Es a él a quien deberías decirle eso. Pero ambos sabemos que no lo harás por la sencilla razón de que es gay, de que temes abrirte a él por culpa de tu absurdo odio contra aquello a lo que algunos llaman “antinatural”.

Iván se levantó, tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó de un pisotón para, acto seguido, ir hacia la puerta.

—Yo… Yo sé lo que es que te traten con condescendencia e incluso que te ignoren por asuntos familiares —empezó a decir Benji.

El castaño se detuvo a medio camino, girando ligeramente la cabeza hacia el otro joven, que había doblado las piernas y ahora parecía meditabundo.

—Mis padres se divorciaron al poco de cumplir yo los diez años —confesó el moreno en apenas un murmullo, con la mirada centrada ahora en el suelo, ya que no se sentía demasiado cómodo hablando sobre ello—. En estos seis años que han pasado desde entonces, apenas he visto a mi padre un par de veces. Y no puedo protestar por ello en casa ya que para mi familia materna, al ser tan católica que incluso llegan a rozar el fanatismo, el divorcio es un tema tabú. Así que no hablemos ya de la homosexualidad.

Benji se detuvo un instante, quizás cogiendo fuerzas para continuar, quizás para pensar en cómo continuar hablando. Iván estaba centrado en sus palabras, olvidada ya cualquier molestia que hubiera tenido con el chico anteriormente.

—Sé lo que es que tus compañeros e incluso tus amigos hablen de ti a tus espaldas sobre cómo tu padre os abandonó a tu madre y a ti, por mucho que en verdad no sepan lo sucedido.

—A Daniel no le abandonaron, Benji —le interrumpió Iván negando con la cabeza.

El aludido alzó la cabeza, centrando su mirada en el castaño, interrogante, momentáneamente perdido entre sus pensamientos y recuerdos.

—Pero estoy seguro de que Daniel preferiría esa opción que la verdad —prosiguió el mayor, acercándose al otro y apoyándose en la valla. Se cruzó de brazos—. Incluso la opción de ser el hijo de una prostituta y que esta le hubiera abandonado le agradaría más que la verdad.

La mirada interrogante del moreno se clavó en el mayor. Benji no comprendía en absoluto cómo Daniel podría preferir esa posibilidad a la real, y, por más que lo intentaba, en ese momento no se le ocurría nada peor.

—¿Por qué? —susurró sin maldad, solo incomprensión.

—Porque eso querría decir que su madre sigue viva.

Los ojos de Benji se abrieron de par en par, comprendiendo al instante por qué el rubio no había dudado en abalanzarse sobre Darío tras oír la ofensa hacia su madre y por qué Iván decía que incluso preferiría esa posibilidad. Por su parte, Iván suspiró, sabiendo que acababa de descubrir uno de los grandes secretos de su amigo y también la razón por la que el rubio odiaba tanto Halloween.

—¿Cómo…?

—¿Cómo murió? —habló el castaño, terminando la pregunta por él. Benji asintió—. La madre de Daniel murió al darle a luz. Él ni siquiera la conoció.

El timbre que marcaba el inicio de las clases empezó a sonar en ese mismo momento. Benji parpadeó, saliendo por fin de ese estado en el que esas últimas palabras le habían dejado. Pese a todo, se sintió incapaz de moverse, mucho menos de decir palabra.

—Será mejor que bajemos —le dijo Iván, separándose de la barandilla y empezando a andar hacia la puerta—. No quiero que me castiguen por llegar tarde a clase —añadió posando su mano en el pomo de la puerta y abriéndola.

—Yo… Lo siento.

—Ya te lo he dicho, no es a mí a quien deberías decirle esas palabras —suspiró el castaño negando con la cabeza—. Y Benji, espero que esto no salga de aquí.

—Tranquilo, sé guardar un secreto.

 

* * * * *

 

Dejándolo todo atrás, Daniel no tardó demasiado en salir del instituto aprovechando que las verjas estaban abiertas. Era cierto que en su escapada se había encontrado con algunos de sus compañeros, tanto de clase como de instituto solamente, y que varios de ellos le habían señalado, empezando a murmurar cosas sobre él con la gente cercana; pero, en ese mismo momento, al rubio le daba igual. No le importaba el que todos en el instituto hablasen de él ni que comentasen sobre esos absurdos rumores que corrían sobre él desde hacía años.

En ese momento, lo único que tenía en la cabeza era que quería llegar a casa cuanto antes, y que más le valdría a la gente no interponerse en su camino. Por su propio bien.

Era una suerte que hubiera dejado de llover, como también lo era el que siempre llevara las llaves de casa en el bolsillo del pantalón, ya que no se había detenido ni a coger la mochila de la taquilla. Y así, corriendo casi tan rápido como había hecho para llegar al instituto esa misma mañana, Daniel llegó frente a su casa: una mansión de tres pisos que estaba rodeada por un pequeño jardín perfectamente cuidado. Atravesó la verja que separaba la finca y, al instante, aparecieron dos bóxer atigrados y un rottweiler completamente negro que se le acercaron para saludarle.

Aún sumido en sus pensamientos, Daniel dejó que los tres perros se le acercaran, aunque apenas dedicó un segundo en acariciarles levemente la cabeza antes de seguir caminando hacia la casa. Abrió la puerta y dejó que se cerrara sola a causa del impulso.

El sonido de esta al cerrarse junto al leve quejido de los perros, fueron los únicos sonidos que le recibieron. Ni siquiera perdió el tiempo en mirar a su alrededor. Sabía que estaba solo. Llevaba dos años viviendo solo, siendo él y las cuatro personas que había contratado su padre (el mayordomo, el jardinero, la cocinera y la limpiadora), los únicos que pisaban la casa en algún momento del día. Y en ese momento, sabía perfectamente que no habría nadie en su casa.

Avanzó unos cuantos pasos, los rostros de las personas que salían en las pocas fotografías que había por la casa parecían centrar su vacía mirada en él. Las sonrisas inmortales y las muestras de cariño plasmadas en trozos de papel no significaban nada para Daniel; ¿por qué deberían hacerlo? Él no era nadie, al menos, no alguien querido. Él solo había traído la desgracia a su familia, nada más.

Alzó un poco la mano, cogiendo la única fotografía que tenía de su madre en toda la casa, guardada en uno de los cajones de su mesita. No sabía cómo, pero sus pies le habían llevado hasta allí, como si esa fuera la única forma que tenía para terminar con ese vacío que había en su interior, en su alma.

“¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!”. Darío nunca sabría la verdad que había tras esa frase, el verdadero dolor que le había causado escucharla.

Miró la foto. La mujer que allí había le regaló una sonrisa tan brillante que hasta el mismo sol tendría celos de ella. Su rostro, su mirada, toda ella reflejaba tanto encanto y ternura que Daniel no pudo evitar que su cuerpo temblara, sabiendo que ese calor y amor que desprendía la joven en realidad no era para él.

Cerró los ojos. No quería ver, no quería sentir. «Si solamente no me hubiera escogido, nada de esto habría pasado» pensó recordando el momento en el que, tan solo dos años atrás, su padre le había confesado que la mujer a la que él llamaba “mamá” en realidad no lo era, que su verdadera madre había muerto el mismo día que él había nacido. Recordando el día en el que su padre le había despertado de esa mentira en la que había vivido durante toda su vida, devolviéndole a la implacable y cruel realidad.

La fotografía cayó al suelo. El chico apenas había notado el movimiento de sus dedos al abrirse, pero el ruido del cristal al romperse fue inconfundible. Abrió los ojos y centró la mirada en el suelo que había ante sus pies.

“¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!”. Esas palabras se repetían una y otra vez en su mente, salvo que ya no era la voz de Darío quien se las gritaba. Era otra voz, una que no conocía, una que siempre había anhelado conocer.

Se agachó. Las lágrimas surcaban su mejilla y él ni siquiera lo sabía. Adelantó su mano, pasando la yema de uno de sus dedos por el lugar donde el cristal se había resquebrajado, y se cortó. Una gota rojiza brotó de la herida y él se quedó extasiado mirándola, perdido entre sus pensamientos, en todos los recuerdos dolorosos que guardaba en su interior y de los que no sabía cómo huir.

Once días. Cumpliría dieciséis años en once días. Y, apenas un minuto después, haría dieciséis años que su madre había muerto por su culpa.

—Ni siquiera tendría que estar vivo.

1. Hibisco

Miró por enésima vez a la mujer frente a él con la boca entreabierta. Era hermosa en su totalidad: cabello pelirrojo largo hasta media espalda -muy despeinado- lleno de rizos enormes; ojos avellana que lo encaraban directamente, esperando una respuesta.

—¿En serio?—preguntó, incrédulo.

—Sí, eres el único que confío que pueda diseñar y tatuar este proyecto. Mi primo tiene el cuerpo entero inyectado con tu tinta y sé de primera mano que la calidad de tu trabajo es magnífica.—repitió, quizá por tercera vez—, de hecho, si me lo permites y a pesar de que lo que te ofrezco casi triplica tu tarifa, voy a pagarte el doble de lo que el tatuador de mi barrio me pedía. Es un chapuzas y el esbozo que hizo es una basura, así que te pediré que lo arregles como puedas y hagas una de tus maravillas.

Su parloteo continuó durante lo que a él le parecieron horas. ¿De qué hablaba y en qué momento había decidido sugerir a Max que él podría tatuar a su prima? ¿Por qué se le había ocurrido esa tontería? Todo el mundo sabe que las personas bohemias como ella son aficionadas a las flores y los tatuajes pastelosos, llenos de color y formas psicodélicas. O lo sabía hasta el momento en que se quitó la chaqueta y reveló su pálida piel recubierta de dragones y símbolos extraños.

Las flores se alejaban mucho de su estilo aunque sus antebrazos estuvieran poblados de rosas.

En especial mirando el boceto entre sus manos. La mujer -o su tatuador concretamente- había detallado un croquis extraño en el que se mostraba una flor naranja y un montón de filigranas a su alrededor, con un nombre entrelazado en ellas. Cuando había preguntado había descubierto que era un hibisco.

—Haré lo que pueda.—aseguró.

Suspiró, despidiéndose de la mujer -cuyo nombre no recordaba realmente-.

—Necesito este tatuaje como muy tarde dentro de dos semanas.—añadió antes de cerrar la puerta de cristal y hacer sonar el móvil de tubos de bambú que allí se encontraba.

Observó su local, bastante desolado. La primera sala, la que dejaba entrar el sol por la enorme cristalera, no era demasiado grande. Había dos sofás, unas cuantas vitrinas con piercings y muestras de tatuajes impresos en papel y el mostrador tras el cual se encontraba una puerta de vidrio translúcido blanco que comunicaba con el estudio en sí. Las paredes se hallaban decoradas con pintura y diversos diseños que podía presumir de haber realizado él personalmente. En la trastienda, donde había situado el estudio, tenía la silla médica, el equipo de tatuaje y las paredes forradas con pósters de diversos géneros y grupos de música, aparte de regalos de algunos clientes que pintaban.

Se sentó en el sofá, observando el esbozo fijamente. Podía leer el nombre entrelazado entre filigranas y se arrepentía de no haber indagado en las letras exactas que lo formaban. Al parecer ponía “Miél”, quizá llevase tilde en la E o quizá fuese parte de la filigrana. Debería preguntárselo cuando tuviera el diseño casi finalizado.

No tenía plantas en su local. Ni una sola. Y, exceptuando sus antebrazos, ninguno de sus tatuajes mostraba la más mínima señal de flores u hojas. Recordó con reticencia aquella planta que una vez le regaló un cliente y que duró exactamente tres semanas antes de quedar seca y ser útil para encender la chimenea.

—Cómo diablos se dibuja un hibisco.—exigió saber, al aire, pese a que nadie le escuchaba.

Levantando la mirada y perdiéndose en el infinito reparó en la tienda al otro lado de la calle. Nunca había prestado demasiada atención porque no le interesaban las flores. Y sería una burda mentira asegurar que, cuando no había clientes o no se estaba tatuando, se sentaba en el mostrador y observaba fijamente la floristeria, a la espera de que su dueño tuviera que entregar alguna de las plantas que se mostraba fuera, o regarlas, o cuidarlas. No. Bajo  ninguna circunstancia sucedía tal cosa la mayor parte de las mañanas cuando, temprano, observaba el sudor que causaba el sol sobre la morena piel del florista. Y, por supuesto, jamás había fantaseado en lo más mínimo con esos músculos bien formados o ese cabello negro y largo que solía llevar atado en una coleta. Nunca. Jamás.

Allí estaba, bajo el sol de Mayo, sudando ligeramente y con las mangas arremangadas en la mayor medida de lo posible. El tatuador, desde luego, no estaba reparando en la forma en la que sus músculos se tensaban ligeramente. Cargaba una maceta y la colocaba en el puesto exterior, bajo el sol. En su cara estaba esa especie de sonrisa ligera y pequeña, suave, que siempre tenía cuando trabajaba con sus flores.

El florista era un hombre que….

Nada. Un hombre que nada.

Suspiró, resignado, y salió de la tienda, dejando el cartel de ‘Vuelvo en cinco minutos’ visible. El esbozo en la mano y un valor desconocido en el corazón. Ni siquiera había podido pensar en lo que estaba haciendo y ya se encontraba al otro lado de la calle. El florista no había reparado en la presencia del tatuador hasta que había sido ligeramente tarde -ya que, inconscientemente, había aprovechado la ausencia mental de su vecino para admirarlo desde una posición más cercana-, momento en el cual se había girado y casi había volcado el contenido íntegro de la regadera que sostenía entre sus brazos en ese momento.

—¡Ryan!—exclamó, visiblemente sorprendido con una sonrisa tan grande que no le cabía en la cara.—Me alegro de verte a este lado de la calle. ¿Poco trabajo?—fue hablando mientras continuaba colocando las macetas, ciertamente incómodo con la presencia del joven.

—Al revés, demasiado trabajo.—respondió tranquilamente, cruzando sus brazos mientras lo observaba trabajar.—¿Estás muy ocupado?—preguntó, nervioso. Después de tantos años de vida, le costaba pedir favores si éstos podía incomodar lo más mínimo.

Eric se incorporó, tomando el esbozo que Ryan sostenía.

—No demasiado.—murmuró, concentrado en lo que tenía delante. Tras unos instantes que al tatuador se le hicieron demasiado largos, comentó algo al respecto.—Esto es una chapuza. ¿Qué flor se supone que es? Diría que un lirio de fuego, pero…

—Es un Hibisco.—corrigió Ryan, con tranquilidad.

—No has dibujado esto.—aseguró Eric, con media sonrisa en su cara, incrédulo de que el artista trabajando a menos de diez metros de él pudiera haber desmejorado tan notablemente en tan poco tiempo.

Ryan no pudo soportarlo demasiado. Su sonrojo era evidente y la carcajada surgió naturalmente de sus labios, dulce y fresca. Le sorprendía. El florista le sorprendía, quizá, después de todo, apreciaba su trabajo.

—No. No lo he dibujado yo. Es el proyecto de una clienta, la prima de Max.—explicó.—El tatuador de su barrio lo diseñó y no puedo tatuarle esta chapuza. Me ha pedido que lo arregle pero…—continuó.

—¿Estás diseñando un tatuaje floral para Mirabeth?—exclamó sorprendido. Ryan asintió.—Me extraña muchísimo. Ya has visto sus brazos, no son nada… femeninos. No es que lo femenino sea malo, claro, pero sus tatuajes no encajan en la imagen de lo femenino que nos vende el cánon de… nada, lo siento, me emociono al hablar de estos temas—Añadió, como referencia a los tatuajes de la prima pequeña de Max.—Ven, creo que puedo ayudarte.

Eric le hizo un gesto para que lo siguiese dentro de la tienda.

Ryan lo agradeció con una sonrisa amable, haciendo notar que agradecía la buena intención de su vecino.

—Ya sé que no eres aficionado a las flores.—completó con total tranquilidad. Se dirigió a un estante y tomó una flor de plástico, que le dio a Ryan.—No suelo vender Hibiscos, no en mayo, pero la gente tiene cierta obsesión con ellos así que siempre tengo esta imitación cerca.

—¿Puedo preguntar qué significa?—trató de alargar el momento.

Eric sonrió y asintió sencillamente, se aproximó y tomó la flor con las manos, recorriendo con delicadeza sus pétalos de plástico.

—Los Hibiscos crecen en zonas tropicales, como Hawaii, y suelen tener una acepción de belleza delicada. Los hay en muchos colores, el naranja expresa calidez y deseo de permanecer cerca de alguien o algo. Ya sabes que los surferos suelen tenerlos dibujados sobre sus tablas.—explicó amablemente, rozando la mano de Ryan en el proceso de devolver el esbozo.—Espero poder verlo terminado, Ryan. Sé que te esforzarás más de lo que sueles hacerlo.—aseguró con su sonrisa más amable.

—¿Por qué más de lo habitual?—preguntó, extrañado.

—Si Mirabeth te ha pedido un tatuaje con un hibisco naranja, debe estar pensando en regalárselo a Miél. —anotó, señalando el nombre en el papel. Ryan asintió.

—Algún día me contarás cuál es tu secreto para conocer las vidas de todo el mundo.

Quizá hubiera querido continuar hablando con el florista, pero no podía. Al otro lado de la calle, frente a la tienda, había un posible cliente que ya parecía cansado de esperar. Ryan se despidió rápidamente —¡Hasta otra! ¡Gracias!— casi sin respirar, y salió disparado, dejando a un sonriente y distraído florista tocando su propia mano con un suspiro.

Apenas escuchó al cliente, demasiado abstraído en sus propios pensamientos para ser capaz de sacarse de la cabeza a ese hombre. Odiaba ir a su tienda por ese motivo, aunque jamás lo admitiese.

Desde el día en que la floristería se había instalado en aquél lugar, no había podido trabajar tranquilamente. La gente tenía la absurda manía de relacionar flores con tatuajes y aparecían en su tienda buscando diseños discretos de florecillas. No se había hecho tatuador para dibujar rosas y margaritas en los tobillos de adolescentes con permiso paterno.

La realidad es que en más de una ocasión había pedido consejo floral a aquel hombre alto y  de fuerte constitución aficionado a las trenzas y los recogidos de su cabello largo. Siempre con el delantal y los guantes llenos de barro, trasplantando flores y ofreciendo advertencias e indicaciones a todos sus clientes. Y, desde ese momento, dos años atrás, había permanecido pendiente de sus movimientos. En muchas ocasiones nadie entraba en el estudio a lo largo de la mañana y debía ocupar su tiempo en algo. Solía dibujar a aquel hombre, aunque fuese un secreto. No estaba enamorado, pero quizá lo observaba más de la cuenta.

Sacudió su cabeza y volvió al trabajo, a tratar de entender los deseos confusos y etéreos del hombre frente a él que, al parecer, ya traía el diseño hecho en su mente y pretendía que se la leyese.

Eric, de pie bajo el toldo que cubría la tienda del calor, observó al joven tatuador frustrarse con el cliente que había buscado sus servicios. Se rió quedamente, casi en un susurro tímido, y volvió al trabajo. Le encantaba el modo en que se recogía el pelo, con una diadema. Rizos oscuros desparramados sobre sus orejas. Y una nariz quizá demasiado grande para su cara, algo regordeta. Eric creía que quizá él encajase mucho mejor en el trabajo de florista, con su aspecto, pero su cuerpo lleno de tinta no decía lo mismo. Desde luego que no.

Y Eric mentiría si dijese que no se dejaría tatuar sólo para notar esas manos recorriendo su piel.

Capítulo 4 – Entramado de mentiras

-Eres tú- vuelve a decir el extraño.

La gran sonrisa que se ha dibujado en su cara me da miedo. Me da miedo porque me resulta familiar.

Su sonrisa, aunque parece algo forzada, es hermosa. ¿Él también me habrá visto en sus sueños? No puede ser, eso es una completa idiotez y algo ilógico. El pobre aun sigue echando un poco de agua por la boca. Realmente si hubiera tardado un segundo más, solo uno, sus pulmones se habrían llenado de agua completamente y hubiera muerto.

Doy gracias al creador por haber hecho que eso no ocurriera. El suelo está lleno de sangre muy rojiza. A cada contracción que hace el chico con su cuerpo el charco se hace más y más grande, rodéando su cuerpo tendido. Tiene cortes bastante profundo en la pierna y en el pecho que no paran de sangrar. Debo hacer algo para detenerlo. Pero mi cuerpo no responde, estoy viendo demasiada sangre. Más de la que nunca hubiera imaginado que había en el cuerpo aun sabiendo los litros que tenemos en él.

Aun no me han preparado para esto.

-Si, supongo que soy yo-respondo encogiéndome de hombros y devolviéndole la sonrisa. Que a decir verdad, es muy pegadiza.

No se como reaccionar ante esta situación, todo es tan extraño y sin sentido que parece que estoy soñando de nuevo, seguro. Muerdo uno de mis labios para saber si estoy o no en uno pero el hiriente dolor me indica que o el sueño es demasiado vivido o que estoy despierto.

-Tengo que llevarte al hospital, tus heridas no paran de sangrar y yo…no puedo hacer mucho-digo y acto seguido tapono la herida de su pierna con ambas manos para que no pierda tanta sangre, pero no tengo más manos para las demás. Angustiado suelto una de mis manos de la pierna y presiono una herida del costado. Ver tanta sangre y no poder hacer nada me está matando. Me siento un inútil.

-¿Estás loco? Si alguien me ve o se entera de que estoy aquí me matarán-declara con voz miedosa.

Después de decir aquellas palabras tose un par de veces, lo que le hace volver a sangrar más. Eso me toma desprevenido y mi corazón pega un brinco. ¿Por qué le iban a matar? Mi gente no es mala y siempre ayudan a todos, ¿por qué a él no? Mis ojos van de un lado a otro buscando todas las heridas visibles y contándolas. Al final pierdo la cuenta.

-Ayúdame tu, por favor-dice suplicante con ojos cristalinos.

¿Debo ayudarle? A lo mejor si lo hago me meto en un buen lío. Pero evidentemente no le puedo dejar aquí, solo e indefenso. Yo no soy así. ¡Qué cojones!, me necesita y es lo único importante ahora.

Al final hago un movimiento afirmativo con la cabeza y le ayudo a levantarse del suelo. Está débil y su ropa empapada en líquido rojo. Me llevo uno de sus brazos por encima de mi cuello y le ayudo a andar. Todas sus heridas sangran sin piedad y vamos dejando un rastro de sangre significativo.

Le llevo hasta las taquillas, donde afortunadamente no hay nadie, y le siento en uno de los bancos para coger algunas vendas del botiquín de la sala. Salgo corriendo hacia él, cojo todo lo que veo necesario y vendo sus heridas como puedo, para evitar el rastro de sangre y que nos puedan seguir.

Dejo un minuto para que reponga algo de fuerzas y nos volvemos a poner en camino. Es importante que nadie pueda seguirnos si es verdad que le pueden matar, ¡NO PUEDO DEJAR QUE ESO PASE! Aunque a estas horas de la noche no hay mucha gente andando por las calles. Pero siempre hay posibilidad.

A medida que vamos a avanzando siento cada vez más peso sobre mi. Está perdiendo demasiada sangre y apenas puede levantar ya la cabeza. Es de noche y solo nos ilumina la tenue luz de nuestro “sol”. Me paro a pocos pasos de mi casa en seco. ¿Cómo voy a meterle dentro sin que mi madre se entere? Porque estoy seguro que si le cuento algo de lo que ha pasado no me va a dejar ayudarle y no se lo puedo permitir. No puedo dejarle, él me necesita.

Lo que hago al final es que le dejo al lado de la entrada, entre los matorrales del jardín, y entro en casa para localizar a mi madre.

-Espérame aquí, no voy a tardar. Te lo juro-digo antes de cerrar la puerta en voz baja, asomado por el pequeño hueco que he dejado abierto. No escucho respuesta pero doy por supuesto que lo ha escuchado.

Cierro la puerta tras de mi y me doy toda la prisa para buscar a mi madre. Siento como cada segundo pega en mi piel como una picadura de raya. Siento la necesidad de ayudarle con toda mi alma. Una persona me necesita y yo siento la necesidad de curarle.

Después de entrar en un par de salas, encuentro a mi madre tumbada en el sofá del salón leyendo uno de sus miles de libros. Aun no se ha dado cuenta de mi presencia por lo que ahora podría ser un buen momento para entrar al chico rescatado. Sin hacer ruido voy hacia la puerta y la abro silenciosamente. Luego voy hacia donde le he dejado pero éste ya no está.

Miro a mi alrededor alterado buscando por todo el jardín, pero no le encuentro. Mis ojos ya no saben por donde mirar y la angustia se abre paso por mi interior, acelera mi respiración y ejerce presión sobre mi garganta. ¡No puede haber ido muy lejos con lo mal que está! Maldita sea.

-¿Buscabas algo?-pregunta alguien detrás mía mientras tapa mi boca con una de sus manos. Siento como lentamente pega su cuerpo contra el mío y acerca su boca a mi oreja. Su aliento impacta contra mi pelo y cara. Su pecho está totalmente pegado a mi espalda. Puedo sentir como sus costillas impactan contra mi carnosa piel. Se le nota nervioso y por el temblor de su cuerpo, tiene una mezcla de frío y miedo.-Espero que no me hayas traicionado-dice y en cuanto termina siento algo punzante en mi cuello.

Mis ojos quieren ver qué es, pero no consiguen ver nada por culpa de la mano del contrario. Quiero negar con la cabeza pero tampoco quiero arriesgarme a que me la rasgue con lo que sea que me está apuntando.

-¿Has avisado a alguien? Te voy a dejado hablar, pero si gritas… Voy a clavarte el cuchillo-me amenaza. De mi garganta emana un pequeño grito que intento ahogar, pero se hace notar. Eso hace que el contrario me clave un poco más el arma, haciéndome un punto de sangre, pero lentamente me suelta la boca.

-No he avisado a n…nadie-digo con voz temblorosa. Es la primera vez que me apuntan con algo punzante, digo punzante porque desgraciadamente hace poco ya he sentido algo similar cuando me apuntaron con armas de fuego-Por favor, no hagas ninguna tontería. Necesitas ayuda urgentemente-digo y siento como el arma es alejada de mi cuello. Me llevo una mano a la zona amenazada y la toco para comprobar que no hay ninguna herida notable, aunque mi dedo índice se mancha de sangre.

En cuanto veo que no tengo nada más, me doy la vuelta y veo al chico con una pequeña navaja en la mano. La está cogiendo con tanta fuerza que tiene los puños blancos. Bueno, más blancos de lo que ya está.

En un acto de valentía y confianza llevo una de mis manos hacia su arma, la agarro y espero a que la suelte. A los pocos segundos su cara cambia de enfado a otra completamente diferente, de enfermo. Está peor de lo que esperaba y encima se ha esforzado en parecer normal. Sus piernas tiemblan y casi se cae al suelo, si no fuera porque le he cogido por el torso a tiempo.

Tiro la navaja entre las plantas y entramos en casa. Directamente lo llevo hacia las escaleras a mi habitación. Por suerte, mi madre sigue ensimismada en su libro y aun no se ha dado cuenta de que estamos en casa. Cada escalón que subimos es todo un mundo. A medida que pasa el tiempo su cuerpo me pesa más y mis brazos se encuentran más débiles.

Cuando quedan tres escalones mis brazos fallan y el chico cae sobre las escaleras de bruces. Éste intenta avanzar aun estando en el suelo, pero apenas puede hacer fuerza con ninguna de sus articulaciones. En cuanto a mi, voy a coger de nuevo su cuerpo por el torso, pero oigo como mi madre me llama. ¡MIERDA! El corazón casi se me sale por la garganta.

-¡Si mamá! Ya he llegado, ahora voy que tengo que dejar las cosas en mi habitación-grito y saco todas mis fuerzas para volver a levantarle y llevarle a mi habitación. Aunque juré hace pocos días que no iba a volver a hacer más esfuerzos, al parecer no aprendo. Estamos los dos tirados sobre el suelo. Hemos llegado. Intento respirar pero la angustia aun sigue acechando-Espérame aquí. Pero esta vez hazme caso, por favor.

Esta vez si espero a que me responda, afirmativamente, y me dirijo hacia el salón. Me duele todo el cuerpo y la cabeza me va a estallar. Espero unos segundos a normalizarme algo e intento sonreír como siempre hago al llegar a casa. Debo actuar como de costumbre para no levantar sospechas.

Mi madre me sonríe de vuelta y me empieza a contar cosas de su día. Yo me quedo escuchando hasta el final, aunque mis oídos no están oyendo lo que dice. Cuando cambia de tema y me pregunta qué es lo que voy a cenar, le pido que me deje hacerme la cena y que voy a cenar hoy en mi habitación. Ella, aunque no extrañada, me dice que no pasa nada y me deja tranquilo. Seguramente tiene que estar en una parte interesante del libro como para dejarme de aquella manera, pero no le doy importancia. Voy hacia la cocina y cojo un par de platos de sobras y los caliento. Luego cojo agua y me lo llevo todo a la habitación.

Milagrosamente consigo subir las escaleras aun yendo muy cargado. En cuanto entro me encuentro a mi invitado sentado en mi silla curioseando por toda la habitación (como puede), yendo de un lado a otro con ella. Se le nota un rastro de diversión a medida que va encontrando cosas cotidianas para mi y que parece que para él no lo son tanto. Toca mis libros, las cortinas, las escaleras de metal que llevan al piso de arriba… Carraspeo mi garganta y le hago una seña para que se acerque a comer conmigo en mi escritorio. Sin mediar palabra, acepta el tenedor que le tiendo y empieza a comer como un poseso. Me da la impresión que no ha comido en días. Termina un plato en menos de lo que canta un gallo y me pide permiso para comerse el otro.

-Puedes comértelo, yo no tengo hambre-digo y es la verdad. Todo lo que acaba de pasar se ha llevado mi hambre completamente. Me quedo mirando expectante al chico mientras come. Es gracioso el saber que un completo desconocido está cenando en mi habitación. No se ni su nombre, aunque gustaría saberlo-Perdona pero… ¿Cómo te llamas?-digo en cuanto termina de comerse el segundo plato. Éste se queda mirándome como si no lo recordara, pero a los segundos su expresión cambia. Esta muy distante, ¿que estará pensando?

-Me llamo Nadir-dice mientras se levanta y va hacia mi gran ventanal. Yo le sigo detrás suya y miro su reflejo en el cristal. Le veo triste con la mirada perdida en el horizonte de casas que hay alrededor de la mía. Es como si no le sonara nada de lo que ve. ¿Es que nunca ha visto casas o una simple ciudad?

-Encantado Nadir, yo me llamo Gabriel-digo amablemente. Nos quedamos así un rato hasta que recuerdo las heridas del contrario, que parece que ya no sangran. Voy hacia mi armario y cojo mi botiquín de primeros auxilios que me mandaron al entrar en la universidad de medicina. Fue todo un detalle y ahora lo voy a agradecer muchísimo. Me siento en el suelo y le llamo-Ven aquí que te voy a curar- Nadir duda por un instante pero al final se acaba sentando despreocupadamente al lado mía, con ambos brazos apoyados hacia atrás.

-Espero que sepas lo que vas a hacer-me dice en cuanto ve que saco una jeringa del botiquín. Yo río tontamente ante el comentario y asiento. Él suspira y rueda los ojos. Intenta aparentar serenidad, pero la verdad es que puedo notar, extrañamente, todos los sentimientos que siente e invaden su cuerpo. ¿De dónde viene?

No tardo mucho en atender todas las heridas de Nadir. Algunas se han llevado un par de puntos porque eran bastantes profundas, pero al final consigo sanarle lo mejor que puedo. Más tarde recojo todo lo que he sacado del botiquín y lo dejo en el armario. Antes de cerrarlo veo uno de mis pijamas antiguos que podría venirle bien. Lo cojo y se lo lanzo para que se lo ponga.

-Creo que esto te podría servir. No creo que quieras dormir con esa ropa tan sucia y mojada-digo mientras cojo mi pijama que está detrás de la puerta, en el perchero que hay, y me quito la camisa para ponerme la del pijama.

-Pues es una buena idea-dice haciendo lo mismo que yo, aunque se esconde de mi vista levemente. Supongo que se avergonzará de enseñar su cuerpo a alguien extraño. Pero mi curiosidad por ver su piel desnuda me puede y muevo el torso para verlo de mientras me abrocho los botones de la camisa.

En ese momento es cuando me doy cuenta de que la curiosidad mata al gato. Su espalda está llena de heridas ya cicatrizadas. Son enormes y se concentran sobre todo en la parte más alta de la espalda. Horrorizado miro rápidamente hacia otro lado y me vuelvo a poner en el sitio que estaba antes. “No debí mirar” me regaño. Pero siempre he sido muy curioso y nunca he podido evitar saciar esa curiosidad que me correo en algunos momentos del día. Como cuando cayó su nave hace ya horas. Además, si no hubiera ido seguramente hubiera muerto, por lo que no es tan mala la curiosidad al fin y al cabo.

Una vez que tenemos los dos los pijamas puestos le indico que suba por las escaleras hasta el segundo piso de mi habitación, donde está mi cama. El asiente y subimos ambos en silencio. Se que estoy haciendo una locura. Solo hay una cama y vamos a dormir los dos juntos. Voy a dormir con alguien que no conozco ni de un día. Si, lo sé, a muchos les daría miedo, pero yo siento una especie de conexión extraña con Nadir que hace que me sienta cómodo. ¿Quién es realmente? ¿Qué está haciendo conmigo? Al menos ya se ve mucho mejor, no como un muerto viviente.

Éste, al ver la cama, se tira de plancha a ella y empieza a saltar felizmente con una gran sonrisa. Yo, contagiado con esa repentina felicidad, salto también encima de la cama y le sigo el ritmo. Es extraño, pero algo nuevo me está invadiendo mi cuerpo, mi mente, mi espíritu. Es como si yo a esta persona ya la conociera. Es como si Nadir no hubiera sido un extraño desde el principio. Es como si…”No, deben ser tonterías mías” me corto a mi mismo. Saltamos un par de veces más hasta que, cansados, caemos de bruces en la cama. La risa de Nadir es tan dulce, aterciopelada y aniñada que hace que quiera escucharla cada segundo de mi vida. Es una especie de música celestial para mis oídos, mas desgraciadamente, ésta debe cesar.

-¿Por qué no me has preguntado nada?-empieza a decir Nadir pensativo mientras su risa se va apagando. Su pecho sube y baja cada vez más rápido-Quiero decir, solo sabes mi nombre. No sabes ni de dónde vengo, ni que hacía en esa cápsula-sigue diciendo. Se sienta sobre las sábanas y se apoya con las dos manos en la almohada que está cerca suya-¿Es que no quieres saberlo? ¿No tienes curiosidad?

-Bueno, la verdad es que si pero prefiero que me lo cuentes tu cuando te sientas cómodo en hacerlo-me sincero. Aunque aquella información no había sido la primera que había venido a mi mente en cuanto le vi, si que he tenido ganas de saberlo a medida que iban pasando las horas. Pero sé que hubiera sido muy agobiante por mi parte haberle hecho todas aquellas preguntas para llegar a esa información.-¿Te importaría contarme todo ello ahora, Nadir?-pregunto. Su cara hace una mueca y suspira.

-Soy Nadir Souris y vengo de arriba-dice señalando al techo de mi habitación aunque supongo que no se refiere a él, si no a la superficie terrestre. Yo, emocionado, suelto un leve chillido pero espero a que siga contando su historia-Por tu reacción puedo suponer que no sabes nada de nuestra existencia-dice y yo rápidamente niego con la cabeza-Me lo suponía. La verdad es que somos bastantes personas viviendo allí arriba, pero las ciudades submarinas son una continua amenaza para nosotros. A todo esto se le suma el hecho de que apenas tenemos recursos para sobrevivir. Muchos intentamos llegar a algunas de estas ciudades para cambiar nuestra vida e intentar vivir mejor, pero de momento creo que he sido el primero en conseguirlo-dice con una sonrisa forzada en la cara. Me coge de una de mis manos y se la lleva a la mejilla-Y ha sido todo gracias a ti, tu me has salvado. Eres mi salvador. Eres tú.

Un cosquilleo empieza a danzar en mi barriga. Retiro la mano rápidamente asustado por la reacción de Nadir y me levanto de la cama. Demasiada información en tan poco tiempo. ¿Está mintiendo o dice la verdad? ¿Y por qué si se puede vivir encima de los continentes seguimos estando aquí abajo? Mi cabeza da vueltas asimilando toda la información y se me viene a la cabeza una pregunta que seguramente me acabará doliendo cuando sea respondida.

-¿Por qué dices que has sido el primero en llegar a una de las ciudades? ¿Por qué no os dejan entrar?-pregunto y me vuelvo a sentar en la cama, aunque ahora me quedo en el borde con los pies apoyados en el suelo. Agarro mi camisa con una de mis manos y la aprieto a la espera de la respuesta. Nadir me mira con algo de odio y dolor.

-Nos matan antes de llegar. Estamos muriendo por culpa de los tuyos. Cada día lo hacen más de 300 personas-escupe por la boca. Todas las palabras que ha hablado con su hermoso sonido impactan sobre mi pecho y me reprimen la respiración. Las manos me tiemblan exageradamente y no puedo evitar que las lágrimas se asomen por mis ojos. Es imposible, no pueden estar matando gente cuando apenas somos centenas en las ciudades. Encima con los tantos problemas de genética que tenemos-Yo pensaba que erais todos iguales, pero veo que hasta hoy me equivocaba. Tú no eres como ellos, pequeño basurero-intenta bromear para animarme pero no puedo parar de llorar y temblar.

El solo pensamiento de saber que se están matando esa cantidad de personas al día está haciendo que mi cuerpo quiera vomitar. Nos han engañado con todo o al menos es asó como me siento. Nos habían dicho que no quedaba nadie en la superficie terrestre y que no se podía habitar en ella, pero todo es mentira. Pero… UN MOMENTO.

-¿Hubo supervivientes en el accidente de las tres naves espaciales del primer plan para salvar a la humanidad?-pregunto medio gritando mientras me abalanzo sobre Nadir y me dispongo encima suya, agarrando su camisa con ambos puños. Él abre los ojos y me mira preocupado. Los labios se comprimen primero pero luego se aflojan para responder.

-Gabriel, nosotros somos esos supervivientes.

Día 4 – Los sépalos

El peliblanco se encontraba a un palmo de Ethan, frotándose las manos con nerviosismo y agarrándose de vez en cuando la camiseta. Se habían apartado del resto de los niños para poder estar a solas ya que éste quería decirle algo a su mejor amigo. Algo muy importante para él.

Eran como uña y carne. Todo el mundo que les conocía, sabía que si estaba uno, el otro no andaría muy lejos. Hacían todo a la par: jugar, dormir la siesta, ir al baño porque les daba miedo ir solos, hasta habían dormido juntos… Incluso el profesor les había dejado sentarse uno al lado del otro aun sin tocarles por orden alfabético.

Lo que se dice amigos inseparables, vamos.

-Ethan… yo creo que…- el peliblanco hizo una breve pausa para tragar saliva. La boca se le había secado de la agonía y el miedo de ser rechazado por su mejor amigo. Hizo el ademán de empezar a hablar pero alguien gritó tras él, con asco.

-¡EH! Mirad, ¡son mariquitas!- dijo uno de los peques, tenía el pelo rubio corto, era bastante alto para su edad y le faltaba un diente. Era uno de los matones del parque que siempre molestaba a quien le podía ganar fácilmente en una lucha. Éste les señaló con desprecio, riéndose a carcajada limpia. Los demás, como no querían que tomaran represalias por no hacer lo mismo, empezaron a reír a los pocos segundos- Mi padre dice que sois las cucarachas de la sociedad. Te vamos a enseñar qué hacemos con las personas como tú- y acto seguido escupió en el suelo.

Empezaron a cuchichear un par de ellos algo ininteligible para ambos niños y, después de unas risas, le susurraron algo al chico que había empezado la escena. Éste sonrió con malicia, se remangó la camiseta hasta los codos y se acercó hasta Ethan. El peliazul intentó retroceder, pero el par de chicos que habían estado cuchicheando antes, le tenían cogido de los brazos. Una vez que se plantó frente a éste, le propinó un puñetazo en el estómago que le hizo retorcer de dolor al segundo. Después, sin poder verlo por estar con la cabeza hacia abajo, le propinó otro puñetazo en la sien, con mayor fuerza.

Simon, paralizado por el miedo y el caos, vio como el cuerpo inconsciente de Ethan se precipitaba al suelo. Hizo un ruido sordo al caer encima del césped del parque. Todo empezó a darle vueltas. No notaba movimiento alguno por parte de su mejor amigo, parecía muerto. Todo los pequeñajos salieron huyendo después de darse cuenta de lo que había pasado, incluso el que había provocado aquel estado en Ethan había salido gritando y llorando diciendo que él no le había dado tan fuerte. Con lágrimas en los ojos y gimiendo de tristeza, Simon se aceró al cuerpo de su amigo y lo zarandeó con fuerza.

-¡EH! ETHAN, ¡responde!- gritaba desesperado entre sollozos incontrolables-¡AYUDA!-gritó agónicamente, haciéndo que los mocos se le salieran de la nariz. No paraba de llorar y llorar, encima de la espalda de Ethan, empapándola en lágrimas. ¿Por qué le habían hecho eso a su amigo?-Ethan…yo…me gustas- pudo decir antes de que un mayor llegara corriendo al darse cuenta de que había alguien llorando y gritando ayuda”.

Este sueño era uno de los que más se le repetían de una forma u otra, atormentando la mente al pobre Simon que aun habiendo pasado tantos años no conseguía olvidar aquel horrible día, el peor de toda su vida.

Después de aquello, Ethan fue ingresado en el hospital. Simon no pudo visitarle porque los padres dijeron que aquel niño se merecía lo que le habían hecho, que “era un homosexual de esos”. Al final, los padres del peliblanco decidieron marcharse por un tiempo de aquella ciudad porque recibían demasiadas críticas sobre aquel incidente y les estaban “manchando su reputación“.

Antes de irse de aquel sitio, en su último día en la escuela, Simon intentó despedirse de Ethan, pero éste parecía haber olvidado lo que había pasado. No se acordaba de él, después de todo lo que habían pasado. Al final terminó por pegarle una torta en la cara e irse corriendo de esa escuela a la que no volvería más. O eso era lo pensaba.

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Aquella noche fue una de las peores para Ethan. Apenas había dormido, su cama estaba completamente destrozada y con muchas de las sábanas caídas al suelo. Se había movido tantas veces, que tuvo que ir una vez al baño para vomitar porque se había mareado.

No había conseguido recordar nada de nada. Lo único que sabía era que habían sido amigos de pequeños y, al parecer, habían estado muy unidos -o eso era lo que parecía en la foto y lo que le había dicho su madre-. ¿Qué había pasado para que dejaran de serlo y éste no lo recordara? Eso le comía la cabeza demasiado. Todo ello hacía que Simon se volviera más loco, le provocaba más dudas de las que ya tenía. Pensó que la próxima vez que le viera, le iba a pegar una bofetada fuerte, de esas que dejan la marca de la mano en el cachete de la cara. Simon era la fuente de todos sus problemas.

Caminó a la escuela con su pandilla, como de costumbre y se sintió relajado por estar acompañado. Así él no se le acercaría. Seguramente sería un día más tranquilo o rezaba para que así lo fuera. Tener a sus compañeros cerca le protegía de cierta manera. Era la primera vez que se sentía de tal forma, relajado, con ellos. “Hoy va a ser un día mejor, más normal y sin percances” se animó.

La mañana pasó sin incidentes. Lo único que tuvo que hacer fue no mirar hacia el pupitre donde se encontraba Simon. Le costó horrores no hacerlo ya que le llamaba mucho la atención y su curiosidad era cada vez más y más fuerte, mas al final consiguió no hacerlo. Ayudó el hecho de estar atento en clase, cosa que hacía días contados. Hoy no se tenía que quedar por la tarde, el gimnasio había sido reservado para el equipo de tenis, que necesitaba entrenar para la competición que se iba a desarrollar en el festival.

Todos los equipos, hasta el de ajedrez, tenían unos cuantos encuentros con miembros de otros clubes de deportes de otras escuelas, para así probar cual era la mejor en ciertos deportes. Había muchísima competitividad aquellos días y los partidos tenían una alta expectación. Ethan, cuando le daban tiempo libre para pasarlo fuera del puesto, iba a ver algunos. Le gustaba mirar como jugaban, era entretenido y así nadie podría preguntarle porqué estaba solo. En cuanto la campana ,que indicaba el fin de la jornada, sonó, Ethan recogió sus cosas rápidamente y se fue a resguardar con los miembros de su pandilla, los cuales charlaban al final de la clase. En realidad nunca les hablaba, solo lo típico de hola y adiós, pero le habían aceptado en su grupo y aquello era suficiente.

Todo iba a pedir de boca, ya estaba esperando a que el próximo tren viniera. Miró hacia el letrero donde ponía el tiempo que quedaba para que viniera el siguiente. ¡15 minutos! ¿Pero qué? Esperó a que saliera más información de aquel retraso, no era para nada normal. Por megafonía una mujer, con la voz algo cansada, informó que había un desperfecto en la vía y que todos los trenes se verían retasados de 10 a 15 minutos.

Los chicos ya se habían ido, se encontraba solo y con ganas de ir al servicio. Al notar que las ganas no iban a menos, obligó a su cuerpo a moverse hacia el cuarto de baño antes de que el tren viniera. Aquello estaba empezando a no pintar nada de bien.

Entró al último aseo del cuarto de baño. Sentía una repulsión enorme hacia aquellas instalaciones, ya que desprendían un olor nauseabundo, pero era mucho mejor a que su vejiga explotara. Al terminar, tiró de la cadena con el pie para no tener que tocarla. Luego, con un trozo de su manga, quitó el pestillo y abrió la puerta. Al dar el primer paso hacia fuera, chocó contra alguien.

-Hey, mira por donde vas- dijo alguien que se había parado en frente de la puerta de su aseo. Al subir Ethan la cabeza para visualizar quién era, las piernas le flaquearon.

Era Norman, el chico que había hecho casi imposible toda su adolescencia. Su pelo rubio era difícil de olvidar ya que tenía un color muy raro. Había crecido excesivamente, sacándole a Ethan casi dos cabezas. Estaría rozando los dos metros seguro. Siempre había sido muy alto -desde chico- y muy capullo. Era seguramente la persona más alta de toda la escuela, se metía con cualquiera y encima, era uno de los repetidores más viejos que había. Era el típico chico que si le podía a alguien, le hacía la vida imposible. Ahora, si éste era más grande o más musculado que él, se lo pensaba dos veces antes de hacer nada.

-P-perdona- dijo con un hilo de voz. Bajó la cabeza e intentó pasar al lado del contrario sin molestarle, mas éste se movió para cortarle el paso para que se chocara de nuevo contra su pecho. Como Ethan pensaba, no le iba a dejar salir tan fácilmente. ¿Es que todos se habían puesto de acuerdo para acorralarle?

-No te perdono- y bufó. Agarró a Ethan por ambos hombros y presionó para que volviera dentro del aseo, acompañándole. Una vez habían entrado, cerró la puerta con el pestillo. Todo esto sin apartarle la mirada al peliazul ni un segundo- Hola mariconaza- desde chico no recordaba cuando empezó aquel mote- le había llamado de aquella manera o similares.

Lamió uno de sus pulgares y lo restregó por los labios de Ethan. Norman apretaba los dientes con furia, tenía cara de repulsión. Aunque él no entendía el por qué.

Era él el que le estaba haciendo aquella cosas, no entendía como podía tener aquella expresión de repugnancia. Ethan, cerrando los labios lo mejor posible, se dejó burlar. Sabía perfectamente que si apartaba la cara o intentaba huir, acabaría con un ojo morado o algo peor -pues en otras ocasiones ya lo había intentado-. Norman apretó el dedo contra su boca, topándose contra sus dientes. El miedo empezó a invadir el cuerpo de Ethan y unos sudores fríos se hicieron notables en su piel. Aquel día era uno de aquellos días en el que Norman venía más violento de lo normal -aunque hacía bastante tiempo que ya no le molestaba-.

-Abre la boca- dijo imperativamente el rubio. Cohibido, abrió la boca lentamente, dejando escapar un grito ahogado. El dedo entró de golpe, topándose con sus muelas más lejanas.

Empezó a mover el dedo de un lado hacia otro, removiendo la saliva que se le estaba acumulando en la boca por no poder tragar. Sus ojos estaban empezando a empañarse de lágrimas, odiaba cuando le hacía eso, aunque la última vez fue hace varios meses ya. Pero lo peor de todo era que su cuerpo respondía a esa clase de tortura. Sentía una especie de ardor que no podía controlar. Por ello, y por algunas cosas más, sabía que era diferente al resto.

Después de un rato más jugando con su boca, sonaron unos golpes estridentes en la puerta del cuarto de baño. Alguien la estaba aporreando con todas sus fueras. Ethan, del susto, cerró su boca, mordiendo sin querer a Norman. Se escuchó un gran grito entre los aporreos. Éste se apartó de su conejillo de indias, golpeándose con la pared. El peliazul agachó un poco la cabeza y soltó toda la saliva que llevaba acumulándose durante toda la tortura. No tenía intención de tragar algo tocado por aquel hipócrita. El rubio, cansado ya de escuchar los golpes, abrió la puerta y salió a ver quien era. Aunque no si antes pegarle un buen puñetazo en el pecho a Ethan.

Simon había venido a salvarle. Cogió uno de los brazos de Norman y le empujó hacia la salida del cuarto de baño. Había escuchado que Simon había sido la única persona capaz de encarar a éste aun siendo más bajo. Lo había escuchado hacía poco, cuando se había metido a cotillear lo que hablaban sus compañeros más cercanos a su pupitre. Al final el rubio chasqueó los dientes y salió corriendo de aquel lugar, presa del pánico por que pudiera ser delatado de lo que acababa de hacer o intentar.

Más tarde de haber echado toda la saliva al suelo, Simon levantó su cara para poder verle mejor. Le miró con preocupación y aquello le sorprendió. Después de cómo le había tratado los días anteriores, no era de esperar que le mirara así, no él.

-G-gracias- consiguió decir entre su conmoción y su respiración forzada por el golpe. Simon solo hizo un gesto de negación con la cabeza, le ayudó con sus pertenencias y fueron juntos a coger el tren que les tocaba. No se dirigieron la mirada en todo el trayecto.

En el final de su camino, su bloque de pisos, pararon, Simon le devolvió todas sus cosas y, muy serio, le confesó.

-Ethan, me gustas- Tenía el ceño fruncido y los labios más finos de lo normal, por estar apretándolos. Suponía que estaba enfadado por lo que había ocurrido. Pero, ¿no era así como debería estar él? se preguntó. No supo qué responder, las palabras no le salían y, aunque lo hicieran, no sabía qué decir. El pecho le empezó a doler, parte por el puñetazo, parte por otra cosa que nos sabía definir. Simon acercó el rostro al del peliazul con lentitud, esperando que este le correspondiera, pero no. Le respondió alejando su cara.

-Gracias por lo de hoy, supongo-respondió Ethan nervioso. Era lo menos que podía decir.

Se despidió con la cabeza con rapidez y entró en su portal, dándole la espalda al peliblanco. Miró por el reflejo del cristal, como la cara de éste se iba endureciendo a medida que se iba alejando. Se lo merecía, después de lo mal que le había hecho pasar los días anteriores. Aunque… le había salvado de Norman.

Estaba cansado de tanto drama. Él solo quería estar tranquilo, tener una vida normal, sin sobresaltos. Al llegar a casa, para aparentar que estaba bien, se quedó un rato a ver la tele con su familia. Su madre aquel día le regaló unas estrellas que podía pegar en el techo, las colocó con ilusión. Luego, como de costumbre, se tumbó encima de la cama a pensar en todo lo ocurrido, mirando sus nueva decoración. Un día demasiado intenso para una persona que no sabe lo que quiere.

Día 4 Completado

Mi heroína

Mi mayor orgullo es mi madre, siempre lo ha sido y ella lo sabe. Me parece una mujer luchadora, muy trabajadora y que ha tenido una enorme fuerza para aguantar dos grandes huracanes en su vida incluso cuando ha tenido que cuidar de sus hijas. Para mi, es mi heroína preferida y encima no es de ningún cómic, si no que es real. Por esto y porque me gustaría que se conociera su historia, quiero compartirla con vosotros. Ésta está compuesta por los dos huracanes antes mencionados que voy a ir describiendo por separado para que no sea un total caos cuando se entremezclen.

A sus 20 años de edad, mi madre se tuvo que casar para poder salir de casa. No sé si lo sabéis bien, pero en ese entonces irte de casa sin marido era impensable. Una mujer sola no podía hacer vida normal sin que hubiera un hombre vigilándola y al que tener que cuidar. Sin embargo, no tuvo mucha opción porque ella tenía muchos problemas con mi abuela, su madre, a si que se fue con su novio con el que llevaba 9 años en ese entonces. Aquello no significaba que con él estuviera mucho mejor, no, porque era un vago el cual pasó de aprovecharse de su propia madre a la mía. Pero supongo que vio una oportunidad para pasar de una situación insostenible a una un poquito mejor.

A pesar de que fuera un vago, mi madre siempre le insistió en que tenía que trabajar de algo y, con ayuda de mi abuelo, le buscaron varios trabajos para que ambos pudiesen sobrevivir bien, sin miserias. Ella en ese momento estaba de baja por maternidad porque yo estaba en su vientre bien a gusto y alguien tenía que traer dinero suficiente a casa ya que ella no podía.

Un día, mientras este se suponía que estaba trabajando, a mi madre le entró la vena romántica y quiso hacerle un detallito por haberse animado a trabajar. Ésta fue a llevarle comida caliente recién hecha a su oficina. Al ver a su jefe y no encontrar a su marido, le preguntó por él para saber donde estaba y hacerle llegar lo que le había preparado. Él, sincero, le dijo que hacía 3 meses que no se le veía el pelo por allí. Evidentemente mi madre se cabreó mucho, lo veo totalmente lógico, y se fue para casa para esperar a que su marido llegara de “trabajar”.

Cuando llegó, actuó con completa naturalidad como si hubiese ido de verdad a trabajar, como todos los días de aquellos largos 3 meses. A mi madre eso le frustró aún más porque siempre ha odiado que le mintieran y, además, de aquella manera. Así que se lo soltó sin pelos en la lengua. Él, con todo el morro del mundo, le respondió que ella era una perra porque como me iba a tener no estaba haciendo nada, pues le parecía muy injusto que el tuviera que trabajar y ella no. Ella no aguantó más y decidió que de que la mejor opción para amos era que se divorciaran porque no iba a permitir que la trataran así. Poco después nací yo.

Mi madre me tenía que dejar en casa de mi abuela porque tenía miedo de lo que ese hombre me pudiera hacer a mi puesto que se había puesto agresivo varias veces con mi madre. Incluso la llego a empujar contra la pila del baño por negarse a tener relaciones sexuales con ese sujeto. Él mantenía que era su mujer y quería verla desnuda, tenía ese derecho porque después de todo estaban casados y ella tenía que satisfacerle esa necesidad. Como ella se siguió negando a tener que someterse de aquella manera tan humillante y machista, éste al final acabó por hacerle un enorme moratón en la zona lumbar a modo de represalia. Para que supiera qué era lo que le esperaba si no le hacía caso. Sin embargo, como estaban en trámites de divorcio, mi madre decidió no denunciar y lo dejó pasar porque pronto acabaría aquel suplicio para ella y podría estar conmigo tranquila. Volvería a rehacer su vida a pesar del bache que se había encontrado por el camino.

Aguantó en aquella casa conviviendo con aquel desgraciado solo para que no le denunciara éste a ella por abandono del hogar hasta que los trámites se hubieran completado. Encima tuvo que aguantar esa presión cuando era él el que más se merecía que le tuviera miedo a mi madre y no al revés.

Luego volvió a casa de mis abuelos para intentar rehacer su vida y seguir con ella. Por el día eran ellos los que me cuidaban y por la noche dormía allí mientras mi madre trabajaba en una pollería. Mi otra abuela, la paterna,  me quería muchísimo. Era un amor de mujer la verdad. Siempre quería que estuviera con ella porque apreciaba mucho tenerme a su lado y me cuidaba como a una hija más. Ella siempre había querido tener una hija, pero su marido murió muy joven y el único hijo que tuvo le salió de aquella manera. A si que yo estaba cumpliendo aquel sueño. Ella respetaba las visitas que había pactadas un fin de semana si y otro no y me iba a su casa. Pero al final cayó muy enferma por culpa de un cáncer y acabó muriendo poco después. A si que cuando aquello pasó, ya mi padre dejó de venir a buscarme porque yo a él no le interesaba para nada. Aquella fue la última vez que le vi hasta el día de hoy, y me alegro la verdad.

Ahora nos remontamos un poco antes, cuando yo aún era un bebé. No sé exactamente cuando, pero mi madre se reencontró con un viejo amor del instituto y retomaron el contacto como si no hubiera pasado tanto tiempo entre aquel rollo y aquel entonces. La relación parecía ir bien, incluso aquel hombre dejó a su novia para poder darle toda la atención que se merecía mi madre e, incluso, a mi. Todo era genial, parecía que aquella relación no iba a ser como la primera que había tenido. Parecía que aquel chico si que la iba a tratar como se merecía e íbamos a ser felices los tres juntos. Como una familia.

Al final se casaron cuando yo tenía 3 años. Por desgracia no me acuerdo de la boda por mi corta edad pero seguramente debí de haber estado muy feliz aquél día. A aquel hombre fue al que le llamé, casi toda mi vida, papá, porque es el que sí había estado conmigo casi desde que llegó a la vida de mi madre. Yo lo consideraba como tal y le tenía mucho aprecio. Además, mi madre tuvo otra hija con su nuevo marido, a la cual quiero muchísimo.

Sin embargo, un día, cuando yo tenía 14 años aproximadamente, mi madre entró en mi habitación llorando mientras me intentaba decir que él quería separarse de ella. La culpaba de que había estado escondiéndole dinero y de usar tarjetas de crédito sin su permiso o gastándose mucho dinero. Aquí hay que remarcar que en mi casa jamás ha habido mucho dinero, por no decir menos que eso. Aquello le hizo sentir a mi madre muy culpable por mucho tiempo. Estaba quedando como la mala de la película, la que se estaba gastando el poco dinero que lográbamos tener. En ese entonces mi hermana tendría como 9 años.

Total, aquella relación también acabo en divorcio también y las tres nos tuvimos que volver a casa de mis abuelos a vivir con ellos. No fue hasta que pasaron como 3 años que mi madre se dio cuenta de que él solo se había montado una historia para no tener que aceptar que le había puesto los cuernos y que se había ido con otra. No sé como no me pude dar cuenta antes cuando mi madre no sería capaz de hacer nada de lo que él la estaba culpando. Pero bueno, al menos nos habíamos librado de una persona que tampoco era tan buena como hacía parecer.

Por desgracia, mi hermana debía de seguir un régimen de visitas con su padre y yo me iba con ella porque yo también le consideraba con tal. Los viernes por la noche cenaríamos con él los tres juntos y luego volvíamos a casa con mi madre y abuelos. Un día que fuimos con él, éste otro sujeto no paraba de intentar sonsacarle a mi hermana cosas sobre mi madre muy de su vida privada. La cual ya no debía ni de importarle ni de meterse. Yo, como era mayor que ella, me daba cuenta de lo que estaba intentando hacer tan descaradamente y le dije a mi hermana que se estuviera callada. Pero como mi hermana nunca ha tenido un carácter muy empático ni agradable, se enfadó conmigo por no dejarle hacer nada. Ella iba a decir lo que le diera la gana y yo no podría silenciarla jamás. Nuestro padre volvió y nos vio discutir, a si que el resto de la cena fue muy incómoda porque mi hermana no paraba de hacernos daño, tanto a mi como a mi madre por su cabezonería. Al final de la cena, como siempre, nos fuimos a casa.

Aquello solo alimentó mas los celos de él y tuvimos que recoger nuestras cosas de esa aquella, porque era suya, y vendimos el piso para irnos a otro y que así dejara en paz a mi madre. Aunque allí no acabó el acoso. La semana siguiente de todo esto mi madre vino a mi antiguo cuarto en la casa de mis abuelos para enseñarme un mensaje de móvil de mi “padre” en el que decía que renunciaba a la paternidad conmigo porque yo discutía mucho con mi hermana y eso no le gustaba. Después de más de 10 años, decidió dejar de ser mi padre porque yo tenía uso de razón y era crítica con él. Sinceramente, esto no me afecto mucho porque estaba demostrando cómo era en realidad y yo no quería un padre con esa actitud. A mi madre si le dolió un poco más porque todo lo relacionado con nosotras siempre le afectaba mucho y le daba mucha pena que hubiera hecho aquello.

Pasó el tiempo y mi madre consiguió encontrar un empleo fijo en la capital, lo que nos permitió alquilarnos un piso cerca. Todo parecía que volvía a la normalidad, mas esta vez lo que falló fue que a mi madre le estaba pasando factura los dos incidentes que había tenido como marido. Mi heroína entró en depresión bastante fuerte y con ansiedad. Le echaron del trabajo por pedir un exceso de bajas por lo mal que se encontraba y nos tuvimos que mover a otra casa. Esta vez pertenecía a mi bisabuela.

Ahora estamos intentando ayudarla de todas las formas posibles entre todos: familia, psicólogos, psiquiátras… para lograr sacarla de ahí. Porque mi madre es todo un ejemplo de mujer fuerte y de madre coraje y no podemos dejar que eso de apague. Por suerte, sus dos hijas le estamos dando todas las fuerzas que ha ido perdiendo durante este largo y duro recorrido y estamos consiguiendo que vuelva a brillar de la misma forma en que lo hacía antes.

Mi madre siempre ha sido una mujer con un carácter muy fuerte e imponente a pesar de su pequeña estatura. No queremos que pierda algo tan importante y que la caracteriza tanto a pesar de que esto también nos esté resultando muy duro a mi hermana y a mi. Estamos juntas en esta lucha, ella ya no está sola y las tres tenemos que seguir hacia delante pase lo que pase. A pesar de que yo también haya entrado en depresión y mi hermana se autolesionó por un tiempo. Tenemos a ella como ejemplo a seguir y no basta para sacar fuerzas para tirar de la carretilla. Cada vez que pienso de dónde vengo digo “es que nade va a poder tumbarme con lo que ya he pasado”.

Gracias mamá, por ser tan fuerte y decidida. Tus hijas te amamos igual o más de lo que tu nos quieres a nosotras.