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Afrodita

La luz de las velas iluminaba la pequeña habitación y proyectaba sombras vivaces en las paredes desnudas que seguían los movimientos apasionados del artista. De diversos tamaños y colores, repartidas por las mesas, desprendían una amalgama de fragancias que en el aire flotaba suave y afrodisíaca. El pintor se encontraba totalmente absorto en el enorme lienzo ante él que, apoyado en la pared, era tan alto que alcanzaba su propia altura. Cálidos colores vivos lo salpicaban con formas difusas. Movía su pincel a través de la tela con el más cuidado esmero, mediante suaves giros de muñeca que se asemejaban al dirigir de una orquesta, pero el resto de su cuerpo temblaba con exaltación. Afrodita, su Afrodita… poco a poco estaba cobrando forma, se estaba volviendo real.

 

Su mirada, misteriosa; su barbilla, ligeramente alzada con la más fina soberbia; sus labios, entreabiertos y destilando el equilibrio perfecto entre sensualidad e inocencia. Su Afrodita era tan bella, tan tentadora. Era exquisita como el rojo fruto que portaba en su mano de nieve, roja, sí, roja también era toda ella. Temía mirarla a los ojos demasiado tiempo y perderse en su abismo. Eran oscuros como la noche pero cristalinos como la luna, e invitaban a probar todos los placeres de la vida en el paraíso que prometían. El artista contenía su rubor mientras trazaba la seda que recorría su voluptuoso cuerpo, dejando uno de sus blancos pechos al descubierto. Humedeció ligeramente sus labios en una sonrisa perdida mientras se deleitaba dibujando con cuidado y parsimonia un respingado y rojo pezón.

 

Rojo, tenía que ser rojo. Solo el rojo era fuego, solo el rojo podía atrapar y abrasar y convertirse en el espejo de la pasión que sentía. Pero no era suficiente. Mientras observaba el lienzo, su boca se contrajo con lentitud en una fina línea. El color no era bueno. No importaba cuánto lo intentase, no lograba dar con la tonalidad adecuada. Aquello no era el rojo que quería, solo era una coloración artificiosa y falsa que pretendía serlo. Un poco de amarillo, demasiado claro y suave, demasiada luz de atardecer. Un poco de blanco, pero se volvía débil, demasiado pálido. Un poco de morado y de azul, y era atrevido, oscuro, libidinoso pero demasiado marchito.

 

La frustración se acumulaba en su interior y crecía con el titilar de cada vela, volviéndose paulatinamente una vorágine irrefrenable. Cuando la madera de la paleta se tornó en un único borrón marrón de pintura mezclada, la frustración había dejado paso hacía mucho a la desesperación. No importaba cuánto lo intentara, ¡su Afrodita no salía bien! No, aquella no era su Afrodita, aquel no era su rojo. Sus trazos se volvieron más torpes, sus músculos más tensos, su pincel más violento. No podía materializar a Afrodita, no podía conseguir que se volviera real. Nunca la tendría. No importaba cuán vívida la viera en su corazón, aquellos colores falsos nunca producirían más que su sombra. Oh, ¡su alma era un naufragio! Sus dientes rechinaban, su pálpito se aceleraba, sus movimientos cada vez adquirían más fuerza y rabia y Afrodita se deformaba bajo su angustiante anhelo.

 

¡Afrodita!

 

Al son de un grito proveniente de sus mismas entrañas, el pincel se partió bajo su asfixiante yugo y su cabeza—toda metal, madera y pelo de cerda—cayó inerte al suelo. Había dejado atrás una burda línea roja que salía del labio inferior de la diosa y bajaba hasta la mitad de su barbilla, como si su boca hubiese destilado sangre. Sangre, eso era lo que había sobre la tela. Solo sintió el dolor cuando se percató finalmente de su herida, producida por una astilla clavada en su dedo. Un líquido fino y rojo brotaba de ella y caía lánguido a través de su mano, formando hilos que se extendían como raíces a medida que descendían por su palma. Lo contempló fascinado, y creyó delirar. Aquel calor, aquella vida… aquel intenso rojo.

 

Sonrió, bendecido por los mismos cielos. Aquel era el color. Y lo había portado todo el tiempo dentro. Sacó la astilla y presionó su yema contra los labios de Afrodita. Éstos se tiñeron de frenesí y locura. ¡Eso era! El rostro del artista se deformó en puro júbilo. No podía perder tiempo. Sabía que si no lo hacía rápido, también ese rojo, su rojo, se volvería negro y mustio y muerto. Cogió rápidamente otro pincel de su mesa de trabajo y lo empapó del líquido que aún brotaba sin descanso. Pero no era suficiente. Su fuente tan solo era un caño minúsculo que emanaba un fino hilillo de ambrosía para alguien que se encontraba sediento de años. Debía ir rápido, más rápido.

 

Cogió raudo su estilete de trabajo y se hizo una larga incisión en la palma. La fuente emanaba ahora con más abundancia y el rojo se extendía por Afrodita. Teñía sus labios y el intenso rubor de sus mejillas. Más, más. Una incisión en la muñeca. Ahora su cabello cobraba vida y las flores que lo engalanaban evocaban un eterno y rojo otoño. Más, más. Otra incisión. Su bello rojo seguía expandiéndose en forma de largos y rizados mechones que se arremolinaban juguetonamente entre la curva de su largo cuello y la redondez de sus caderas, acariciando a medio camino con picardía sus pálidos senos. El artista, con los ojos muy abiertos, no apartaba la vista de Afrodita y ésta le devolvía la mirada, interrogante y misteriosa, ofreciéndole tras las cortinas de seda de sus pestañas una invitación encubierta. Ah, ¡si tan solo pudiera morir en el arco perfecto que formaban sus cejas! Una incisión más.

 

El artista no sentía dolor. Solo la euforia era su dueña, había escondido durante tanto tiempo tal belleza. Tenía que ir rápido, rápido, pues como una flor en primavera, la belleza era efímera. Pero si tan solo durante un momento, durante un instante eterno, pudiera lograr que Afrodita se volviera real… Si tan solo pudiera darle vida y traerla por unos segundos a aquella realidad mundana, su Afrodita. Si tan solo pudiera verla y regalarle sus lágrimas.

 

El rojo estaba ahora en todas partes y un leve letargo comenzaba a apoderarse poco a poco de su cuerpo. Sentía los dedos fríos pero luchó por mantener su fuego concentrado en su corazón. Sonreía. Ahora lo entendía, comprendía por qué sólo el rojo de su sangre podía complacer a su diosa. ¿Cómo podía dotarla de vida si no era ofreciéndole la suya propia? Qué podía hacer aparte de sonreír, si al fin había hallado las respuestas que habían permanecido ocultas tanto tiempo. ¡Qué hermosa era Afrodita, qué ardiente y qué cruel! ¿Se llevaría con ella todos sus secretos? ¿Abrazaría y besaría sus oscuros anhelos?

 

Sus piernas flaquearon y el artista cayó, provocando un ruido sordo en la dura madera. Ante sus ojos brumosos aún yacía su brazo abierto, cuya sangre seguía manando y empapando el suelo. También él sería envuelto en aquel rojo. Ojalá hubiese tenido fuerzas para reír, pues tal era su felicidad. No tenía miedo: no moriría, solo se iría.

 

 

El primer rayo de sol se filtró tímidamente por la única ventana de la habitación, reticente a invadir el espacio íntimo de la que una vez fue un alma atormentada. Afrodita, desde el lienzo, se observaba. Observaba su cuerpo caído, tendido sobre el suelo como una muñeca de porcelana, blanco y rígido. Sus ojos, entreabiertos y vacíos, ya no miraban pero su rostro aún seguía congelado en una expresión de pura extasía. Afrodita se observaba y sonreía con picardía. Ahora era mucho más bella.

 

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