Capítulo 4: Tempestad

El teléfono empezó a sonar, rompiendo el silencio que había en la habitación. Era un dormitorio de grandes dimensiones, iluminado solamente por los pocos rayos de luz que se colaban a través de la persiana y las cortinas, llegando hasta la cama matrimonial que había en mitad del cuarto.

Un leve quejido se oyó entre las sábanas, seguido por el ruido de estas al moverse. Un brazo salió al exterior y, tanteando en la mesita que había al lado de la cama, agarró el teléfono, descolgando sin siquiera mirar quién le llamaba.

Hello?

—¿Es que ya no sabemos ni llamar por teléfono?

La voz masculina que venía del otro lado de la línea logró que el hombre abriera los ojos, por una parte extrañado y por otra sorprendido al reconocerla.

—¿Toño? —preguntó pasando al español—. ¿Se puede saber para qué me llamas? ¿No sabes qué hora es aquí?

—Pues la verdad es que estoy algo perdido —reconoció jocoso Toño—. ¿Las seis quizás?

—Son las cuatro de la mañana —maldijo el otro, sentándose en la cama tras posar su mirada en los números que podía ver en su despertador.

—Cierto, cierto, seis horas de diferencia. Ya ni me acordaba.

Maldiciendo por lo bajo, el recién despertado se levantó de su cama. Miró a su mujer para constatar que seguía completamente dormida y, al ver que era así, cogió una bata y salió de la habitación.

—¿Y se puede saber para qué me llamas a estas horas? —le interrogó ahogando un gran bostezo—. Y más vale que sea importante.

Las risas que le llegaron desde el otro lado de la línea no hicieron más que aumentar las ganas de colgar que el hombre sufría. Pese a todo, se aguantó. No estaba bien colgar a tu abogado cuando este te llamaba desde el otro lado del mundo. Podría ser importante.

—Acabo de ver el correo y…

—¿Me han demandado? —le cortó, confuso.

—No, no, tranquilo.

—¿Entonces?

—Me ha llegado una invitación tuya. O, mejor dicho, a mi mujer le ha llegado una invitación tuya para no sé qué fiesta de disfraces. ¿Es que ya no sabemos llamar por teléfono que nos mandas la invitación como si fuéramos unos completos desconocidos?

El hombre alzó una ceja extrañado, hasta que al fin el cansancio y el sopor desaparecieron lo suficiente como para que pudiera comprender lo que el otro le decía.

—¿La invitación?

—Sí. La tengo aquí mismo, en mi mano. ¿Quieres que te la lea? —Toño no le dejó contestar y, en vez de eso, empezó a leer—. “A la señora García. Le invito a ir, a usted y su acompañante a la fiesta de disfraces que celebraré con motivo de Halloween este próximo día 31” bla, bla, bla “Atentamente: Gael Agnelli”. Así que a mi mujer y su acompañante, ¿eh? ¿Tanto te costaba ponernos a los dos ya que no te has molestado en llamarnos personalmente?

Ahora fue el turno de Gael de echarse a reír. El hombre no sabía si enfadarse porque su abogado le hubiera despertado a esas horas de la mañana cuando ese era uno de los pocos días que no tenía que madrugar, o reírse por el motivo de la molestia de su amigo. Al final, se decidió por la segunda opción.

—Vamos, Toño, ambos sabemos quién es la que lleva los pantalones en tu casa. ¿O me lo vas a negar?

—En la mía y en la tuya, querido. Porque te recuerdo que no soy el único que teme a mi mujer. ¿O ya no recuerdas lo sucedido en esa fiesta de beneficencia hace dos años?

—Calla, calla. Se me ponen los pelos de punta cada vez que lo recuerdo —confesó Gael, mientras caminaba por el pasillo de su casa.

Con cuidado, el hombre abrió una de las puertas, y, al ver que sus dos hijos menores estaban profundamente dormidos, volvió a cerrarla dirigiéndose ahora a las siguientes, donde dormían otros dos más.

—¿Y para eso me llamas? ¿Para quejarte por la invitación? —le preguntó después de comprobar que todos seguían plácidamente dormidos, dirigiéndose ahora a la cocina—. Porque la verdad, te llamé unas cinco o seis veces al despacho, pero nunca me lo cogías —objetó.

—He estado bastante ocupado estos días. Tengo un juicio muy importante la semana que viene.

—¿Sobre?

—Homicidio.

Gael frunció el ceño, haciendo una mueca de disgusto. Había llegado a la cocina, donde, tras encender la luz, se dirigió hacia uno de los armarios dispuesto a prepararse un café.

—Entonces, ¿necesitas ayuda con la fiesta?

—No. Ya está todo decidido, no te preocupes. Carla se ocupa de ello —añadió refiriéndose a su mujer.

—¿Y cuándo vais a venir? Porque supongo que vendréis todos.

—Hoy es dieciocho, ¿no? Pues iremos sobre el veintisiete o así. Aún tengo cosas que atender aquí y Carla se opone a que los niños falten a clase, ya sabes —añadió encendiendo la cafetera.

—Sí, me lo imagino. ¿Quieres que le diga algo?

Gael pensó la respuesta, sabiendo perfectamente a quién se estaba refiriendo Toño, pero al final, negó.

—No. Prefiero que sea una sorpresa.

—Como quieras. Solo te recuerdo que a tu hijo no le gustan mucho tus sorpresas.

El hombre suspiró, teniendo que darle la razón a su amigo.

—¿Algo que tengas que contarme?

—No demasiado —confesó Toño—. Apenas he recibido llamadas del director, así que no te preocupes.

—¿En serio? —se sorprendió Gael, cogiendo el café y sentándose en la mesa de la cocina—. No me digas que por fin están madurando.

—¡Ja! Ya nos gustaría —se carcajeó el otro—. Son iguales que tú y yo cuando teníamos su edad. Mejor dicho, son peores que tú y yo a su edad —se corrigió el abogado.

Gael asintió, coreando las risas del otro con las suyas propias, recordando algún que otro lío en el que ambos se habían metido cuando eran jóvenes.

—Entonces, ¿qué hago si se entera?

—Dile que voy por culpa del trabajo, para la premier de mi nueva película —respondió, ya que, por una parte, era verdad.

—Como veas. Yo te advierto que cuando tu querido hijito quiera matarte, no pienso detenerle.

—Vamos, vamos, no creo que sea para tanto —desechó el hombre con un gesto.

—Yo ya te aviso, y ya sabes lo que dicen: quien avisa…

—No es traidor. Sí, lo sé.

Iba a añadir algo más, pero, al ver que su amigo estaba hablando con otra persona, tuvo que esperar. Y, tras un par de minutos escuchando las prisas que parecía meterle alguien, Toño volvió a hablarle:

—Bueno, te dejo. Tengo aquí a mi secretaria amenazando con cortarme la línea si no acudo a la reunión de una vez. Nos vemos el jueves, saluda a todos de mi parte.

—Vale, tranquilo. Ya nos vemos.

Así, Gael colgó el teléfono, posándolo a su lado en la mesa. Y, con la mirada posada en la pared de enfrente, se sumió en sus pensamientos, recordando a su segunda mujer y al único hijo que había tenido con ella y al que no veía desde hacía casi un año.

Sonrió. Toño tenía razón: su hijo iba a querer matarle cuando le viera.

 

* * * * *

 

—¿Qué te parece esta?

Con gesto crítico, Daniel miró la muñeca que su amigo le tendía. Estaban en una de las jugueterías que había en el centro comercial, intentando encontrar el regalo perfecto para la hija del director ya que, según Oliver, era quien les había salvado de su castigo, así que no debían escatimar en nada para su regalo.

—¿No la hay más fea? —preguntó.

Oliver miró la muñeca y después al rubio.

—Joder, Dani, es una Barbie cualquiera. ¿No te sirve?

—Si quieres acomplejar a la niña diciéndole que tiene que ser anoréxica, meterse silicona en vena y ser una rubia tonta para atraer a los hombres; sí, me parece perfecta.

—Vale. Miraré otra.

Con un suspiro de cansancio, Oliver dejó la muñeca en la estantería, buscando alguna otra para la niña. Parecía mentira que llevaran allí casi veinte minutos buscando. O, mejor dicho, parecía mentira que él llevase veinte minutos buscando una muñeca y que, cuando la encontraba, su mejor amigo se oponía sacando alguna que otra crítica hacia la muñeca en cuestión. ¿Quién dijo que escoger un regalo para una niña de cuatro años era fácil? Quien fuera, seguro que no conocía a su amigo.

Por su parte, Daniel se apoyó en una de las columnas cercanas. Tenía la mente centrada en otra cosa, así que cuando el pelirrojo siguió con su búsqueda, no se dio cuenta. En vez de ello, simplemente giró la cabeza, viendo pasar a una de las dependientas con una gran caja en las manos.

Aburrido, observó cómo la mujer se detenía al final del pasillo, posaba la caja en el suelo y empezaba a sacar adornos para Halloween. Al instante, un nudo se hizo en el estómago del rubio. Tragó saliva pero, aunque intentó apartar la vista, no lo consiguió.

—¡Dani, te estoy hablando!

Desesperado por un poquito de atención, Oliver chascó los dedos delante de la cara del rubio, trayéndole de vuelta a la realidad. Sorprendido, Daniel le miró, parpadeando un par de veces antes de centrarse.

—¿Decías algo?

—Te estaba preguntando qué te parecía esta —le explicó el pelirrojo mostrándole otra muñeca.

—Como quieras —respondió el rubio sin mirar siquiera la muñeca—. Escoge la que quieras.

La sorpresa de Oliver fue inmensa. El chico no pudo evitar alzar las cejas extrañado al oír la contestación del otro.

—¿La que quiera? ¿No vas a soltarme ninguno de tus comentarios sobre que con esta muñeca querríamos decirle que tiene que ser súper cabezona y vestirse como una auténtica puta para atraer a los chicos? —le preguntó anonadado.

Daniel simplemente se encogió de hombros.

—Si no se la compras tú, se la comprarán otros, así que dará lo mismo. Elige la que más te guste.

Bufando, el pelirrojo dio media vuelta, posando la muñeca en el estante. Maldijo en voz baja, pero, al querer volver a mirar a su amigo, se encontró con que este no le hacía caso.

—¿Qué pasa?

En silencio, el rubio le señaló los adornos con la cabeza.

—Parece que ya los están poniendo, ¿eh? —añadió al estar seguro de que su amigo los había visto.

—Sí, bueno. Ya no queda nada para Halloween. Lo raro sería que no los pusieran ya.

—Sí, tienes razón.

Una sonrisa triste apareció en el rostro del rubio. Su voz salía desganada incluso, mientras no dejaba de observar todos esos adornos de fantasmas, brujas y demás, que la dependiente había colgado antes de irse.

Oliver suspiró. Quería decir algo, animar al rubio de alguna forma, pero sabía que nada de lo que dijera o hiciera serviría para su propósito. Así que, en vez de eso, se volvió hacia el estante, intentando encontrar lo más rápido posible otra muñeca para salir de allí.

Por su parte, Daniel solo pudo centrar su vista en una mujer y su hijo pequeño que se acercaron a la sección de Halloween. Con el nudo de su estómago haciéndose cada vez más y más grande, el rubio pudo ver que el niño le señalaba a su madre un disfraz de fantasma mientras esta sonreía alegre diciéndole algo al pequeño.

Cerró los ojos apretando con fuerza los puños en los que se había convertido sus manos y, cuando no lo soportó más, se volvió hacia el pelirrojo.

—Oliver —le llamó.

El aludido se volvió hacia él, interrogante, algo preocupado por el tono de voz del chico.

—¿Sí?

—Yo… Te espero fuera, ¿vale?

Dicho esto, el rubio descruzó los brazos, empezando a alejarse del pelirrojo. Sin comprender, Oliver volvió a mirar a su izquierda, maldiciendo en silencio al ver a la mujer y a su hijo pequeño alejarse con uno de los disfraces en la mano y comprendiendo al instante lo que estaba sintiendo el rubio.

Oh, sí, se acercaba Halloween. Y con ello, el peor día del año para Daniel.

 

* * * * *

 

—¿Amor? ¿Qué mariconada es esa? Yo solo busco sexo. Sexo, sexo y más sexo. Si el tío folla bien, un “tú tranquilo, te volveré a llamar”. Y si folla de pena, “no te preocupes, prometo que te olvidaré en los próximos cinco segundos”. Esa es mi máxima —aseguró Paolo.

El joven de las mechas azuladas estaba sentado cómodamente en un sofá, con un cigarrillo en su diestra y una cerveza en la zurda. Frente a él, sentado en un sillón, estaba Héctor, quien en ese mismo momento se reía de lo que su amigo acababa de decir.

Ambos estaban en casa del castaño. Eran las tres y cuarto de la tarde y acababan de terminar de comer en ese mismo instante, ya que Paolo había ido allí hacía un par de horas para contarle todo lo relativo a la noche anterior, por mucho que el tema se hubiera desviado hasta esos derroteros.

—Además, aún eres joven como para andar pensando en buscar a alguien para siempre —prosiguió el de las mechas, posando la cerveza en la mesa que había entre ambos después de darle un trago.

—Tengo veinticinco años, Paolo. ¿Cuándo crees que debería empezar a preocuparme por ello y asentar la cabeza? ¿A los cuarenta, quizás?

—No, a los cuarenta no —negó el otro—. Pero quizás a los treinta y nueve estaría bien.

—Eres imposible.

Las risas de los dos jóvenes ahogaron con gran acierto las voces provenientes de la televisión, que estaba puesto en un telediario.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de desvariar? —le riñó Héctor, sin dejar de reírse—. Ya casi no distingo cuándo estás loco y cuándo estás cuerdo.

—No hay demasiada diferencia entre mi yo loco y mi yo cuerdo —le rebatió Paolo dando otra calada a su cigarro—. No hay ninguna diferencia —matizó.

—Cierto —asintió Héctor, suspirando—. Y entonces, qué, ¿qué tal el trío?

Paolo sonrió, acomodándose mejor en el sofá. En silencio, dio una nueva calada al cigarrillo, inclinando un poco la cabeza hacia atrás antes de soltar el aire despacio, con Héctor esperando impaciente su respuesta.

—No fue un trío —respondió finalmente.

—¿No fue un trío? —repitió el castaño extrañado—. ¿Cindy al final se arrepintió y no fue?

El chico de las mechas negó con la cabeza, ladeando un poco la cabeza para mirar a su amigo.

—Cindy vino conmigo.

—¿Entonces? ¿Por qué dices que no fue un trío?

—Porque un trío es de tres personas y nosotros éramos cuatro.

La sorpresa fue la primera emoción que inundó el cuerpo del castaño, cuyos ojos y boca estaban abiertos de par en par, centrados en ese momento en el joven que estaba frente a él.

—Espera, espera. ¿Cuatro? ¿Cómo que cuatro? —le interrogó aún si poder creerse lo que acababa de escuchar.

—Cindy, el camarero, su compañero de piso y yo —recitó el chico de las mechas, levantando un dedo por cada persona que nombraba—. Corrígeme si me equivoco, pero creo que eso hacen cuatro personas, ¿cierto?

Con una sonora carcajada, Héctor sacudió la cabeza, incrédulo.

—Vaya bien que os lo montáis.

—Y que lo digas —asintió el menor—. Además, el otro era virgen —añadió relamiéndose los labios al recordarlo.

Héctor soltó una nueva carcajada.

—Podríais haberme llamado.

—¿No dices que estás buscando a alguien para toda la vida? —le recordó pícaro—. Entonces, no debería interesarte unirte a una orgía.

—Sí, claro, ahora intenta excusarte —habló Héctor, lanzándole un cojín.

—¡Eh! —exclamó el moreno enojado—. ¿Se puede saber qué haces? ¿No ves que es esta carita tan linda que tengo la que me da de comer? —se quejó tirándole ahora él el cojín—. ¡Como me hagas daño, te pateo el culo!

Héctor siguió riéndose, atrapando el cojín antes de que le diera y dejándolo caer al suelo.

—Anda, no digas bobadas. Todos sabemos que Roxanne solo te da trabajo porque le das pena, nada más.

—Yo le daré pena, pero al menos no soy el enchufado por ser su sobrino —refutó el moreno en tono bromista.

—Para lo que me sirve. Siempre que le digo que me han contratado como fotógrafo en algún lugar, me suelta que ese mismo día tengo una sesión a la que no puedo faltar —se quejó dando un largo trago a su bebida—. Pero no nos desviemos, aún tienes que contarme. ¿O ni eso vas a hacer?

Paolo sonrió, asintiendo con la cabeza. Y, tras esto, empezó a contarle todo lo sucedido la noche anterior, incluyendo cómo Cynthia había convencido al compañero de piso del camarero para que se les uniera y cómo se había aprovechado de eso.

—Además, he quedado con Christian este sábado de nuevo —añadió al terminar el relato.

—Entonces, ¿no cuento contigo para el sábado?

El menor enarcó una ceja, sin comprender.

—¿Teníamos planes? —preguntó confuso.

—¿No querías ir a mirar los disfraces para Halloween? —preguntó a su vez el castaño—. ¿Llevas dos semanas diciendo lo mismo y ahora te olvidas de ello por completo?

Una bombilla imaginaria se iluminó en la mente de Paolo, quien incluso se golpeó la frente con la palma de la mano al recordar tal detalle.

—Ya ni me acordaba —confesó—. Pero bueno, para eso tenemos toda la tarde, y yo quedé con Christian después de cenar. Tenemos tiempo —aseguró.

Héctor se encogió de hombros, cogiendo su bebida y dándole un nuevo trago, casi terminándola.

—Yo solo te digo que quedan dos semanas para Halloween —le advirtió.

—Que sí, que sí, ya lo sé. Tú tranquilo, ya verás como nos da tiempo a todo. Y por cierto, ahora que me acuerdo, ¿has oído la gran noticia?

—¿La gran noticia? —repitió el castaño extrañado.

Paolo asintió. El joven había acabado por inclinarse hacia su amigo, completamente animado por algo que el mayor no comprendía.

—Gael Agnelli va a venir a la ciudad.

—¿Quién?

—¡Gael Agnelli! ¿No sabes quién es Gael Agnelli? —le interrogó el menor, exasperado, sin entender como su amigo no conocía tal nombre.

Héctor hizo memoria. El nombre le sonaba, pero en ese momento no lo reconocía, así que negó con la cabeza.

—El dos veces ganador del Oscar al mejor actor. Modelo, actor y uno de los hombres más sexys y mejor pagados de todo Hollywood de los últimos años. ¡Mi ídolo! ¡Me hice modelo por él!

—Espera, espera —le interrumpió Héctor, quien ya había caído—. Agnelli… ¿Ese Agnelli? —preguntó incrédulo.

—El mismo.

—¿Y cómo es que va a venir aquí? ¿Y cuándo? —siguió preguntando el castaño, incapaz de creer tal noticia.

—Por Halloween. No sé por qué va a pasar el puente de los difuntos aquí, pero así es. Se lo oí decir a Roxanne el otro día. Además —añadió cada vez más ilusionado—, parece que va a dar una fiesta de disfraces. Por desgracia, solo pueden ir las personas invitadas junto a sus acompañantes.

Paolo chascó la lengua, desanimándose. Por su parte, Héctor miraba al frente pensativo.

—¿Y dices que mi tía sabía lo de la fiesta?

El moreno asintió, explicando que se lo oyó decir mientras Roxanne hablaba con alguien por teléfono.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque creo que ya sé quién puede conseguir que nos inviten —le dijo esbozando una sonrisa, gesto que Paolo imitó a la perfección.

 

* * * * *

 

El jueves, Benji se levantó de la cama con un tremendo dolor de cabeza. Sabiendo lo que le esperaba en clase, estaba tentado en quedarse en casa, pero al final había terminado por levantarse y, tras una ducha rápida y un desayuno casi insignificante, el joven salió de su casa en dirección a la parada del bus.

Vivía a casi media hora a pie del instituto y, aunque no le importaba demasiado tener que ir caminado cuando su madre no podía llevarle o llegaba muy justo al bus, el que llevara lloviendo ya cinco días seguidos fue un gran desencadenante para que se decidiera por el autobús.

Caminando a paso lento y dejándose inundar por las canciones de su grupo de música favorito, Benji no tardó en llegar a la parada, refugiándose en ella hasta que, un par de minutos más tarde, llegó el transporte.

Debido a la hora y al tiempo, el autobús estaba casi lleno, pero el moreno pudo encontrar un sitio libre en el que se sentó cómodamente. Y sabiendo que tardaría entre diez y quince minutos en llegar al instituto, cerró los ojos dispuesto a descansar un poco más.

—Parece que hay sueño, ¿eh?

La voz familiar logró que Benji abriera los ojos. Curioso, giró la cabeza hacia su derecha, descubriendo a quien le había hablado.

—¿Iván? No sabía que cogías este bus.

El joven castaño sonrió. Estaba de pie al lado del moreno, apoyado en una de las barras del autocar para evitar una caída más que segura, con la mochila a sus pies.

—Normalmente o voy andando o cojo el anterior, pero es que hoy me dormí —le explicó encogiéndose de hombros.

—¿Vives cerca?

—Al lado del supermercado de la esquina, ¿y tú?

—Pues en esa misma calle, en el número veintitrés.

—Vaya, si lo hubiéramos sabido, podríamos haber vuelto juntos del instituto todos estos días.

Benji asintió, intentando ahogar el bostezo que le sobrevino sin ningún índice de éxito.

—¿Tú no duermes? ¿O siempre eres así por las mañanas? —le preguntó Iván, esbozando una sonrisa.

—Es que hoy dormí fatal —se explicó el mayor encogiéndose de hombros—. Y teniendo en cuenta que tengo filosofía a primera hora, estoy seguro de que me dormiré en clase.

Las risas del castaño aumentaron, y aprovechando que la mujer que había al lado de su compañero se acababa de levantar para bajarse, el chico se sentó a su lado.

—Yo tengo tutoría, ¿te lo puedes creer? Me hacen madrugar para no hacer nada durante una hora. Aunque bueno, al menos así podré terminar de hacer los deberes de matemáticas —agregó pensativo.

—Vaya, al parecer no soy el único que odia las mates.

—No es eso, es que ayer estuve ocupado terminando un trabajo de historia, así que no pude hacerlos. ¿No os ha mandado nada a vosotros?

Benji negó con la cabeza, diciéndole que lo único que hacían en historia era dejarse la mano cogiendo apuntes a toda prisa.

—¿Por qué? ¿Suele mandar muchos trabajos?

—Demasiados —especificó el castaño con un gesto—. Por eso se me hace tan extraño que no os haya mandado nada aún.

—Bueno, hoy tengo historia a última —recordó Benji, poniendo mala cara—. Ahora solo espero que no nos mande nada.

El menor empezó a reírse, agarrando su mochila al ver que ya se acercaban a su parada. Y nada más que el bus paró, salió de este junto al moreno.

—Ya verás, fijo que os manda algo. Lo veo.

—¿Lo ves? —se rió Benji—. ¿Eres adivino y yo no lo sabía?

—Es que tengo un séptimo sentido para estas cosas —se explicó el otro.

—¿Séptimo? Querrás decir sexto.

—No, no, séptimo —recalcó el chico—. El sexto es la facultad que tengo de hacer de celestino para todos mis amigos y, pese a todo, seguir soltero.

Sin poder evitarlo, Benji siguió riéndose con fuerza, dándole unas ligeras palmaditas en el hombro de su amigo para que viera que se apiadaba de su suerte.

—Pues ya podías buscarme algo a mí —bromeó mientras entraban en el edificio—. Que apenas conozco chicas.

Iván fingió pensarse la oferta, pero luego acabó asintiendo:

—Son cincuenta euros, más diez euros más por pérdida de tiempo en búsqueda y demás —le dijo.

—¿Sesenta euros? ¡Ja! Y yo que creía que lo hacías gratis.

—Solo si tienes una antigüedad de dos años mínimo —recalcó el castaño mostrándole dos dedos de su mano—. Y que sepas que por ser tú, te estoy haciendo una oferta especial.

—¿Ah sí? Pues si ese es tu precio especial, no quiero saber cuál es el normal.

—Veinte euros en total —respondió el otro encogiéndose de hombros.

—¿Qué? ¿Encima me subes el precio? ¡Menudo amigo eres!

Esquivando por los pelos el golpe amistoso del moreno, Iván se internó en uno de los pasillos, directo hacia las taquillas.

—Es que cuando sepan que buscas pareja, fijo que se vuelven todas histéricas —se rió—. Aunque con esto de que Daniel no te deja nunca en paz, igual se creen que eres gay —añadió abriendo su taquilla.

—¿Yo gay? ¡Ja! Antes las ranas criarán pelo.

—Pues qué quieres que te diga, pero yo de pequeño tuve una rana que sí tenía cuatro pelos —comentó pensativo el castaño, solo para hacerle más de rabiar.

—O me traes una foto, o no me lo creo. Y no me valen los arreglitos con el photoshop, que lo sepas.

—¿Y con el paint? —insinuó el otro.

Incapaz de tomarse en serio el tema, Benji negó con la cabeza, sin dejar de reírse, acercándose a su taquilla para dejar los libros que no necesitaba allí. Hecho esto, se volvió hacia su amigo, pero, al ver que la profesora de filosofía se dirigía ya hacia su aula, el moreno no tuvo más opción que despedirse.

—¡Te veo luego en el recreo! —exclamó Iván antes de que el chico se alejara.

Tras quedarse solo, Iván suspiró. Cerró la puerta de su taquilla y, tras colgarse de nuevo la mochila al hombro, se dirigió hacia su clase, encontrándose en el camino con los dos pelirrojos.

—Llegáis tarde, Rosa ya ha ido para clase —les avisó.

—¿En serio? —Asintió—. Bueno, vamos ahora. Por cierto, ¿has visto a Daniel?

Sin dudar ni un instante, Iván negó extrañado.

—No. ¿No vino con vosotros?

—No —respondió la chica—. Hoy no ha venido a buscarnos para venir juntos.

—Se habrá dormido —concluyó el castaño encogiéndose de hombros—. Nos vemos después, ¿vale?

Ambos pelirrojos asintieron, y, acto seguido, los tres se dirigieron a sus respectivas aulas.

 

* * * * *

 

Corriendo como alma que lleva el diablo, Daniel apenas había tenido tiempo de vestirse decentemente antes de salir de su casa en dirección al instituto. El chico se había despertado casi una hora más tarde de la que debería, ¿la razón? No había escuchado el sonido del despertador.

Maldiciendo por lo bajo, el rubio salió a la calle sin coger siquiera un paraguas para refugiarse de la lluvia ni dinero para el bus. Así que, sin más, Daniel tuvo que conformarse con echar a correr, deseando llegar cuanto antes a su destino.

Estaba enfadado, molesto consigo mismo. Se había pasado la mayor parte de la noche en vela por culpa de los malditos recuerdos, por esa maldita fecha que se acercaba: Halloween. Lo odiaba, odiaba esa fecha con toda su alma y lo peor era que cada vez quedaba menos para que ese día llegara.

Bostezó. Teniendo en cuenta que cuando por fin había podido dormirse ya eran más de las seis de la mañana, apenas había dormido un par de horas, así que, por si fuera poco, también estaba agotado.

Esquivando por los pelos a una señora que se le acababa de cruzar, Daniel giró en una de las calles, suspirando aliviado al ver que por fin podía ver el instituto. Sonrió y, sin más, aumentó el ritmo de su carrera, no por las ganas de ir a clase sino para evitar seguir mojándose.

—¡Por fin! —exclamó una vez hubo pasado las verjas y pudo entrar en el edificio.

Estaba empapado, le dolía un costado, tenía la respiración agitada y el corazón le latía a mil pulsaciones por minuto pero, al menos, había conseguido llegar a tiempo para la segunda hora del día (matemáticas, si mal no recordaba), así que, pese a todo, se puso en marcha hacia su aula.

Cogió su mochila, que se le había caído al suelo nada más entrar, y empezó a caminar por el pasillo vacío, pensando en si sería buena idea pasarse primero por el baño para intentar secarse un poco las ropas, o si tendría que dejarlo para después. Además, tenía hambre. Miró la hora. Tenía diez minutos antes de que la primera clase acabara y empezara la segunda; sí, estaba seguro de que le daría tiempo a todo.

—Pero lo primero es lo primero —se dijo acomodándose la mochila al hombro—. Primero a la cafetería, que el estómago no perdona.

Se dio la vuelta, teniendo la mala suerte de chocarse contra otro chico que también había llegado tarde y haciéndoles caer.

—Perdona, no te había visto —se disculpó rápidamente Daniel, haciéndose a un lado, ya que había caído sobre el otro—. Yo…

El rubio se calló al instante al reconocer al chico contra el que había tropezado. A su vez, el joven castaño fijó su fría mirada en el pequeño, pasando de la sorpresa al odio en apenas un instante.

—Vaya, vaya, así que la Niñita ha llegado tarde —comentó levantándose y sacudiéndose las ropas como si quisiera borrar el rastro que Daniel hubiera podido dejar en ellas—. ¿Tan ocupado estabas mamándosela a alguien que se te ha pasado la hora?

—Darío —habló sin más Daniel, sin hacer caso a las palabras del otro.

No podía creer la suerte que tenía. Primero apenas había podido dormir, luego se había despertado tarde, y ahora, después de haberse empapado durante todo el camino, se encontraba con Darío. Daniel estaba seguro de que no podía tener peor suerte.

Frunció el ceño, y sin decir nada más, decidió que lo mejor que podía hacer era alejarse del chico y seguir hasta la cafetería. Pero, antes de que pudiera cumplir con su objetivo, Darío le agarró del brazo, impidiéndole seguir caminando.

—Eh. ¿Se puede saber dónde vas? —le preguntó el castaño.

—Dudo que te interese. Y ahora suéltame.

Daniel intentó desasirse pero el agarre se mantuvo hasta tal punto que, al momento siguiente, Darío le había empujado hacia la pared, cercándole entre su cuerpo y esta.

—¿Primero me empujas haciéndome caer al suelo y ahora pretendes irte de rositas como si no hubiera pasado nada? Pues yo creo que eso no va a ser así.

El rubio entrecerró los ojos. No había dicho nada cuando su espalda golpeó con brusquedad la pared, pero ahora que los dedos del otro se hundían en su brazo, no pudo evitar soltar un siseo de dolor.

¿Que no podía tener peor suerte? ¡Ja! Daniel acababa de descubrir que, cuando todo salía mal, siempre podía ir a peor. Aunque no por eso pensaba dejarse intimidar por el castaño.

—Suéltame.

—No pienso dejar que te vayas sin más, olvídalo.

El dolor que sentía Daniel se intensificó, ya que Darío le agarraba cada vez con más fuerza del brazo. Pese a todo, el menor se obligó a no dejarle ver que le estaba haciendo daño. Cansado y enfadado, el rubio consiguió desasirse cruzándose de brazos antes de enfrentarse al castaño.

—Ya te he pedido perdón, ahora déjame.

Una mueca siniestra se dibujó en el rostro del mayor, quien se inclinó un poco más hacia Daniel, pues le sacaba casi una cabeza de altura.

—¿Crees que me importa que me hayas pedido perdón?

—No. La verdad es que dudo mucho que tu única neurona pueda llegar a procesar tal información —respondió cortante Daniel.

La mano de Darío se movió rápidamente hasta el cuello de la camiseta del rubio, apretándolo con fuerza.

—Será mejor que no te hagas el listillo conmigo si no quieres que te dé una paliza.

—Vaya. Creo que eso fue lo que me dijiste la última vez —recordó Dani esbozando una sonrisilla—. Y me parece que fuiste tú quien recibió.

Furioso, Darío cerró su otra mano, dispuesto a borrarle la sonrisa del rubio de un puñetazo. Pero, en ese mismo momento, el timbre que anunciaba el final de la primera clase empezó a sonar.

Al instante, todas las puertas del pasillo en el que se encontraban los dos jóvenes se abrieron, dejando salir a los distintos alumnos que había en ellas.

—¿Qué pasa, Darío? Ya no pareces tan gallito —se rió Daniel, en una actitud de completa arrogancia. Sabía bien que el otro no haría nada.

Con dagas en los ojos, y profundamente frustrado por su mala suerte, Darío le soltó. Pero, en vez de irse, el castaño se acercó un poco más al rubio, amedrentador.

—No creas que te vas a librar de esta, listillo —le susurró amenazante, poco dispuesto a dejar las cosas así.

—Lo siento, Darío, pero creo que ya te dije que nunca me junto con subnormales.

Dicho esto, Daniel apartó de mala manera al castaño, alejándose petulante en dirección al pasillo de matemáticas, y enfadado porque, gracias al idiota de Darío, no le había dado tiempo a comprar nada para comer.

Por su parte, Darío estampó su puño en la pared, prometiéndose en silencio que las cosas no quedarían así. Pensaba vengarse del rubio sin falta.

 

* * * * *

 

La hora de filosofía se le había hecho eterna a Benji. Era cierto que no se había quedado dormido, pero el hecho de tener que coger apuntes para después hacer algún que otro ejercicio, tampoco le había hecho demasiada gracia al moreno. Por suerte, la clase al fin había acabado, aunque ahora empezara una tortura aún mayor para el moreno: matemáticas.

Con un suspiro resignado, Benji recogió sus cosas y salió de la clase junto a sus compañeros, encaminándose tal y como se tratase de un reo condenado a muerte, al aula donde tendrían su próxima clase.

—¡Hombre! ¡Al fin llegas!

El grito, más que exclamación, de uno de sus compañeros, consiguió que Benji girara un poco la cabeza. Fue así como pudo descubrir que era el pelirrojo quien había hablado y que este se encaminaba, junto a su hermana, hacia el rubio que les esperaba a un par de pasos.

—¿Qué pasa, dormilón? Se te pegaron las sábanas, ¿eh? —bromeó el chico, pasando uno de sus brazos por los hombros del más pequeño.

—No me hables. He tenido un verdadero día de perros. —Escuchó decir al rubio, cruzándose de brazos con gesto serio.

Pasó a su lado, odiando por un instante la camaradería que había entre los tres jóvenes. Una sensación a la que había dejado de lado el día en que se mudó de su ciudad natal y que ahora apenas compartía con una persona. El único amigo que él y el pelirrojo compartían: Iván.

Echaba de menos a sus amigos. Había veces que se encontraba recordando algunas de las muchas tonterías que había hecho con ellos, o algún comentario en cuestión que le seguía sacando una sonrisa. Pero, pese a todo, no se arrepentía de haberse mudado. Había dejado muy buenos momentos atrás, eso no podía negarlo, pero también había dejado recuerdos que no quería recuperar.

Sacudió la cabeza. No quería ponerse a pensar ahora en la que había sido una de las mayores razones que tuvo para no oponerse a la mudanza cuando su madre le habló sobre ello. Dobló una esquina, saludando con la cabeza a uno de los chicos del equipo y, sin más, entró en una de las aulas de matemáticas, sentándose en su asiento habitual en la tercera fila, dispuesto a afrontar otra hora más de su tortura diaria.

—¡Hola!

Alzó la vista, encontrándose de frente con Daniel. El chico estaba con los codos apoyados en su mesa y el rostro en sus manos entrelazadas, dirigiéndole una sonrisa que, más que agradable, el moreno la definiría mejor de lujuriosa.

—¿Hoy también vas a pretender ignorarme? —le preguntó el rubio al ver que no contestaba—. Y yo que venía a echarte una mano con las mates.

—Hola, Daniel —susurró sabiéndose vencido—. No te vi en filosofía.

—Eso fue porque me dormí —respondió el chico con un ademán—. ¿Te importa que me siente aquí? Quiero librarme de las garras de Oliver por un rato.

Benji alzó una ceja, volviendo a centrar su mirada en el rostro del rubio apenas un instante para, acto seguido, volverse hacia su mochila y empezar a sacar las cosas.

—¿Cambiaría en algo tu decisión si te dijera que sí me importa?

—No, lo cierto es que no —confesó Daniel, encogiéndose de hombros.

—Haz lo que quieras.

La sonrisa de Daniel se acentuó y, sin más, el chico posó su mochila en el suelo, sentándose en la mesa que había a la derecha del moreno.

Por su parte, Benji se resignó, suspirando al ver la mirada que el pelirrojo le dirigía al ver que su mejor amigo se sentaba a su lado. A pesar de la advertencia del director, esos dos días que habían transcurrido no habían sido nada tranquilos. Iván, a quien el moreno le había confirmado la historia, ya que el chico se había enterado gracias a Oliver y Daniel; había opinado que lo mejor que podían hacer por ahora era ignorarse entre ellos, algo que Benji ya tenía pensado poner en práctica. Lo malo era que ese tipo de cosas eran fáciles de decir pero muy difíciles de cumplir, más aún cuando todo se ponía en tu contra.

No era que ignorar al pelirrojo fuera un reto difícil, no. Lo complicado era hacerlo cuando te lo encontrabas a todas horas. Pero si había alguna cosa que fuera más complicada que ignorar al pelirrojo esa era, sin lugar a dudas, hacer lo mismo con Daniel. ¿La razón? Que, al parecer, el rubio había encontrado muy entretenido el jugar con él, poniéndole de los nervios al soltar algún que otro comentario de los suyos.

Lo único bueno que Benji había sacado de que Daniel revolotease todo el día a su alrededor era que el chico corregía todos los fallos que cometía mientras hacía los ejercicios de matemáticas. Y, por ello, Benji siempre aprovechaba a hacerlos cuando veía que el rubio se le acercaba.

Por otro lado, Darío y Pablo seguían asegurándole que si tenía cualquier problema con la Nena o la Niñita podía decírselo y ellos le ayudarían. Cuando eso pasaba, Benji solo sonreía, ya que, aunque no soportaba al pelirrojo, también era cierto que pensaba arreglar las cosas por sí mismo, pues era eso lo que acostumbraba a hacer. Además, tenía claro que él solo se bastaba en cualquier pelea contra el chico.

—Y dime, ¿qué tal te ha ido con los límites?

La pregunta de Daniel, susurrada en tono bajo e insinuante a escasos centímetros del rostro del chico, logró sacar a Benji de sus pensamientos.

—¿Te importaría dejar de hacer eso? —le preguntó girándose un poco hacia él—. Vas a conseguir que me dé un ataque.

—No es mi culpa que estés pensando en tus cosas mientras te hablo —respondió el chico enojado—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Pues eso, lo que te pregunté.

El moreno suspiró al saber que, por mucho que refunfuñara, Daniel no le haría ningún caso. Por ello, simplemente abrió su archivador, girándolo un poco hacia el menor.

—No sé. Dímelo tú.

Sonriendo feliz, Daniel centró su vista en las hojas que había ante él, revisando los ejercicios del otro y comparando sus respuestas con las suyas.

—Parece que le vas pillando el tranquillo —le alabó al cabo de un minuto—. Me pregunto si aprenderás igual de rápido otras cosas.

Un ligero sonrojo adornó las mejillas al entender el doble sentido que el rubio le había dado a la frase. Pensó en mandarle callar, pero, sabiendo que no lograría nada con ello, simplemente recogió su archivador y centró su mirada en su profesor cuando le vio entrar en el aula.

—Ya empieza la tortura.

 

* * * * *

 

—Son idiotas —exclamaron a coro dos voces de mujer que eran, además, prácticamente iguales.

—Sí. Y lo peor será cuando lo descubra. Porque estoy segura de que lo hará tarde o temprano —continuó una tercera, con una voz suave y tranquila que contrastaba enormemente con las otras—. ¿Y tú cómo te enteraste?

—Me topé con la invitación y después se lo sonsaqué todo a mi madre —respondió Natalia enojada—. ¿A vosotras no os ha llegado nada?

Las cuatro chicas caminaban por uno de los pasillos del centro, en dirección a la cafetería. El recreo había comenzado hacía escasos minutos, pero, aun así, Oliver y Daniel habían decidido adelantarse antes de que al rubio le diera por volverse Hannibal Lecter.

—Creo que mi madre me dijo algo sobre una fiesta, pero no le hice demasiado caso —confesó Ainoa encogiéndose de hombros.

—Nosotras lo vimos ayer por la noche —contestó Marta.

—Y ya hemos estado pensando en los disfraces —continuó su gemela, María, con una sonrisa de oreja a oreja.

—A saber qué habéis pensado —murmuró la morena negando con la cabeza.

—Pues algo que seguro te gustará —objetó Marta, sacándole la lengua—. Eso sí, tenemos que tomaros medidas. Los trajes deben estar hechos a medida.

Ainoa suspiró. Sabía que, por más que se opusiese a los planes de sus amigas, estas no la dejarían hasta que se rindiera. Además, parecía que Natalia no había tardado demasiado en ponerse del lado de las gemelas. Tres contra una, veía difícil salir vencedora.

—Vale —aceptó—. Pero ni se os ocurra pensar que pienso ponerme otro disfraz como el del año pasado —agregó señalándolas.

—¡Pero por qué! ¡Si estabas monísima vestida de cabaret!

La mirada fulminante de Ainoa, logró hacer que la chica se callara.

—Este año hemos pensado en algo más tétrico para ti —se apresuró a aclarar la otra gemela, haciendo un ademán con la mano—. ¿Qué te parece Lydia Deetz de Beetlejuice? O sino, también habíamos pensado en Miércoles, de La familia Addams.

—Y para Natalia habíamos pensado en Sally de Pesadilla antes de navidad. ¿Qué os parece?

Casi al instante, Ainoa y Natalia cruzaron una mirada entre ellas, volviéndose acto seguido hacia las gemelas.

—Vale, ¿quiénes sois y qué habéis hecho con Marta y María? —les interrogó la pelirroja, posando sus manos en la cadera y mirándolas fijamente.

Las gemelas se miraron, sin comprender.

—¿Qué pasa con eso de “la vida es toda color de rosa” y lo de “a nosotras no nos gustan esas series tan raras que tú ves”? —continuó Ainoa, imitando la voz de las rubias al hablar.

—¡Es Halloween! ¡El día para echar una cana al aire! —exclamó Marta completamente feliz.

—Lo importante es disfrazarnos de algo que de miedo y pasárnoslo bien. Otro día ya volveremos a ser las de siempre —asintió su hermana.

—¡Sí! Y ahora vamos, tengo hambre y además, aún tengo que acabar con la traducción de latín o sino, la profesora me matará.

Y, sin más, las cuatro chicas volvieron a ponerse en marcha, directas hacia la cafetería.

 

* * * * *

 

—Bueno, tú ya sabes que nos tienes aquí si nos necesitas —habló Darío, refiriéndose al altercado con el pelirrojo.

—Que sí, que sí, tranquilos que ya lo sé —les dijo Benji, haciendo un ademán con la mano.

Los dos jóvenes estaban sentados en una de las mesas de la cafetería junto a Pablo e Iván. Las dos horas anteriores habían pasado bastante rápidas para gran alegría del moreno, que, además, se había librado de la riña de su profesor gracias a la ayuda de Daniel con unos ejercicios que les había mandado hacer en clase. Y, tras esto y la clase de lenguaje, Benji se había visto libre del rubio, quien se había alejado junto a su amigo nada más tocar el timbre del recreo.

—Y qué, ¿tenéis algún plan para este Halloween? —preguntó el moreno, intentando que sus compañeros cambiaran de tema, sobre todo al notar la incomodidad de Iván.

—Pues habíamos pensado en quedar todos e irnos de fiesta por ahí —le comentó Pablo—. Ya sabes, bar, fiesta, chicas… ¿Te apuntas, cierto?

—¿Pero disfrazados o sin disfrazar? —aventuró Benji antes de decir nada.

—Como queráis, a mí me da lo mismo —respondió el otro encogiéndose de hombros.

—¿Y tú, Iván? ¿Tú también te apuntas?

El aludido se volvió hacia Benji, pensativo. Pero, antes de que pudiera decir nada, una joven pelirroja a la que Benji pudo reconocer como la hermana de Oliver, se acercó a la mesa, deteniéndose al lado de Iván.

El gesto de la chica logró atraer las miradas de los cuatro chicos que estaban allí, tres de ellos sorprendidos y el cuarto extrañado.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí, Pablo: la princesita ha abandonado a sus dos niñitas para acercarse a la cueva del lobo feroz —se burló Darío mirando fijamente a la pelirroja.

Al oír la mención a su hermano y su mejor amigo, Natalia solamente suspiró, tragándose las ganas de darle un puñetazo al gilipollas que le había hablado y al otro que le reía las gracias. Pese a todo, no se quedó callada:

—Hola, Darío. Dime, ¿ya has superado tu miedo a los payasos o aún sigues meándote en la cama como un niño pequeño?

Las risas de los dos jóvenes cesaron al instante. Por otra parte, Iván tuvo que aguantarse las ganas de lanzar una enorme carcajada para, acto seguido, volverse hacia su amiga cuando esta le habló:

—Iván, ¿puedes venir conmigo un momento? Tengo que contarte algo.

—Y supongo que será sobre la invitación que me ha llegado ayer, ¿verdad?

Con una sola mirada, Natalia pareció decirle que no pensaba responderle, no hasta que estuvieran solos; así que el castaño simplemente recogió sus cosas, se puso en pie y, tras despedirse de Benji, se alejó junto a ella.

Benji los vio irse, pero tuvo que volver a centrarse en sus amigos cuando estos empezaron a hablar, murmurando algo sobre la pelirroja.

—¿Pasa algo? —les preguntó.

—Nada —respondió Darío negando con la cabeza—. Entonces qué, ¿te apetece salir con nosotros en Halloween?

—Con tal de no tener que disfrazarme, porque no sé qué puedo ponerme, no hay problema —aceptó el moreno.

—¿Cómo que no sabes qué ponerte? —clamó Pablo, empezando a reírse—. ¡Si es lo más simple del mundo!

—Pues ya ves, soy nulo para esas cosas —trató de excusarse el otro, encogiéndose de hombros.

—Vamos, ahora me dirás que no tienes alguna sábana vieja por casa para poder hacerle un par de agujeros e ir de fantasma. O ropa negra, una capa y colmillos de pega para vampiro o algo así. Tampoco hace falta que te compres uno.

—Vale, vale, buscaré algo —se rindió Benji, alzando un poco las manos—. ¿Y tú de qué vas a ir?

—Ni idea. Aún no lo he pensado. ¿Y tú, Darío?

Pablo se volvió hacia el lugar donde tendría que estar su amigo. Sin embargo, allí no había nadie sentado.

—¿Tú le has visto irse?

—No. Pero supongo que volverá pronto.

 

* * * * *

 

—¡Tengo sueño! —exclamó Daniel, apoyando la cabeza en los brazos que tenía sobre la mesa de la cafetería.

—Quién lo diría. ¿No llegaste tarde por dormir más de la cuenta? —le preguntó el pelirrojo con una sonrisa maliciosa en el rostro—. No tendrías que tener sueño.

—Me dormí a las seis o así —se quejó el rubio, moviendo la cabeza para deshacerse de la mano de su amigo, que en ese momento se afanaba en revolverle el pelo.

—¿Y eso? ¿Con quién estuviste anoche, pillín?

—Con nadie, capullo. ¿Tú qué te crees, que me paso el día acostándome con la gente o qué?

—Hombre, el día no, pero la noche…

Ni el puñetazo ni la mala mirada de Daniel lograron acallar las risas del pelirrojo. Lo que sí lo logró fueron los susurros con los que las gemelas hablaban entre ellas, tal y como si estuvieran urdiendo una conspiración.

—¿Y vosotras qué tramáis? —les preguntó intentando echar una rápida ojeada al papel que María tenía delante.

Marta y María olvidaron lo que estaban haciendo para volverse hacia los dos chicos, esbozando una sonrisa que, aunque no casaba con su aspecto de niñitas desvalidas, sí provocaba un profundo temor y respeto a todo aquel que la veía.

—Ya lo verás —tarareó una de ellas, dándole la vuelta al papel para que el pelirrojo no pudiera mirarlo.

—No se ve hasta que esté todo planeado —agregó la otra con un tono que no admitía réplica.

Intrigado, Daniel alzó un poco la cabeza, mirando a sus dos amigas mientras trataba de ahogar un bostezo. Luego, al ver que no iban a sacar nada de ellas, se volvió hacia Ainoa, que en ese momento estaba hablando con Raúl.

—¿Tú sabes qué se proponen?

La chica asintió, ya resignada a los planes de las dos rubias.

—Están pensando en los disfraces para este Halloween —contestó, provocando los gritos de protesta de las otras dos.

—¡Noa! ¡Se supone que era una sorpresa! —exclamaron las gemelas a la vez, enojadas.

—¿Qué más da que lo sepa? Si queréis hacernos el disfraz a todos, vais a tener que tomarnos medidas, así que no importa mucho que lo sepamos —contestó la joven sin alterar el tono de su voz—. Otra cosa es que nos digáis de qué se supone que tenemos que disfrazarnos.

—¡Yo quiero ir de vampiro! —clamó de pronto el pelirrojo, completamente entusiasmado por la idea.

Al instante, las miradas de las gemelas pasaron de Ainoa para centrarse en Oliver, completamente serias.

—¡No!

—¿Cómo que no? ¿Por qué no puedo ir de vampiro?

—Porque ya tenemos un disfraz para ti y no es de vampiro —respondió María cortante, a lo que su hermana asintió—. Tú y Raúl iréis de pareja con Natalia.

—¿Y de que va Natalia? —intervino Raúl, intrigado por el disfraz de su novia si así podía descubrir algo sobre su propio disfraz.

—Ella va de…

Las manos de las dos rubias lograron tapar la boca de Ainoa antes de que pudiera terminar de hablar.

—No se dice. Puede que vosotras lo sepáis, pero para ellos será una sorpresa —habló Marta.

Oliver miró a las tres jóvenes que tenía delante, suspirando al saber que ni el mejor torturador de todos les sacaría una respuesta.

—Vale, está bien. Yo no pregunto, pero ¿y Daniel? ¿Ya tenéis disfraz para él?

El aludido, que se había quedado completamente callado al oír la palabra “Halloween”, vio como de pronto las miradas de sus compañeros de mesa se fijaban en él, estudiándole con la mirada y haciéndole sentir como si fuera un verdadero conejillo de indias.

—Ni se os ocurra —les advirtió señalándolas—. Ya sabéis que yo no me disfrazo.

—¿Cómo que no? Venga, Dani, no nos puedes abandonar así —intentó hacerle cambiar de opinión Marta—. ¡No puedes ser el único que salga sin disfraz!

—¿Y quién ha dicho que vaya a salir? —replicó el otro, firme—. No pienso salir, así que no hace falta que contéis conmigo. Vengo ahora.

Y, dicho esto, el rubio se levantó de la mesa, alejándose de esta. Los cinco jóvenes le miraron y, aunque Marta y María parecían contrariadas e incluso tristes por la noticia, pronto su rostro cambió radicalmente.

—Oliver, bonito, ¿a que eres capaz de convencer a Daniel para que nos deje disfrazarle?

El pelirrojo las miró pensativo, aunque no tardó demasiado en asentir.

—Pero solo si me decís cuál es mi disfraz.

Sin borrar la sonrisa de su rostro, María le dio vuelta a la hoja en el que tenía dibujado el boceto. Se lo enseñó.

—¡¿Qué?! ¡Pero si esto no da miedo! —exclamó Oliver nada más ver el dibujo—. ¿Se puede saber de qué va mi hermana?

—De Sally.

—¿Y por qué no voy yo de Jack? Es su pareja, ¿no?

—Justamente por eso Raúl irá de Jack —explicó Marta con el mismo tono que una madre le explica las cosas a su hijo pequeño.

Raúl esbozó una sonrisa, tratando de aguantarse las ganas de echarse a reír al ver el disfraz de su cuñado.

—¡No es justo! —gritaba este, completamente enojado—. ¡Yo quiero ir de Jack! ¡No puedo ir de eso! ¡No da miedo!

—¡Pero si tiene una calabaza en la nariz! —trató de hacerle ver María—. Ya verás, vas a estar muy mono vestido así.

—Halloween es para dar miedo, no para estar mono —replicó el chico mordaz, escuchando las risas de Ainoa y Raúl a su lado—. ¡Y Zero no da miedo!

—Vale. Te cambiaremos el disfraz.

 

* * * * *

 

Con paso rápido y decidido, Daniel salió de la cafetería internándose en uno de los primeros pasillos del instituto. La conversación de sus amigos aún seguía presente en su mente y, por más que se hubiera negado totalmente, Daniel sabía que Marta y María no pararían hasta que cediera y las dejara disfrazarle. Pero no las temía, después de todo, nadie le ganaba a cabezonería.

Bostezó. No mentía cuando decía que estaba cansado. Y lo peor era que aún le quedaban tres horas de clase: educación física, economía e historia. Lo que bien significaban el pasarse una hora corriendo y haciendo ejercicios varios, para después, dos horas más de completo tedio. Desde luego, quien hubiera hecho los horarios, se había divertido mucho jodiendo a los alumnos.

—Vaya, vaya, parece que nos volvemos a ver.

La voz prepotente y burlona de Darío logró que Daniel se detuviera un instante, mirando al chico. Darío estaba apoyado en una de las paredes, a un par de pasos, y le miraba fijamente desde allí con una sonrisa siniestra en el rostro y los brazos cruzados.

Daniel bufó. No tenía ninguna gana de seguir con la discusión que el castaño y él habían dejado a medias antes, pero sabía demasiado bien que el otro no le dejaría irse así como así.

Y así fue. Aprovechando que no había nadie cerca, Darío se acercó al menor, descruzando los brazos y adoptando una pose bravucona y amedrentadora.

—¿Qué ocurre, Niñita? Parece que ya no estás tan gallito como antes. ¿Acaso te asusta vértelas solo contra el lobo feroz?

—Primero tendría que haber un lobo feroz, ¿no crees?

La sonrisa de Darío se acentuó al escuchar la réplica del otro, sin embargo, era un gesto tirante que no ocultaba para nada lo que en verdad pensaba. Se acercó al rubio, quedando a menos de un palmo del chico.

—¡Oh! Así que caperucita roja no le tiene miedo al lobo feroz —susurró posando solo un dedo en la camiseta roja de Daniel—. ¿Debería recordarte que el lobo se come a caperucita?

Dani retrocedió un paso, no asustado por las palabras, las acciones o el tono del otro chico, sino cansado de tanta palabrería.

—Déjame en paz, ¿quieres? Tengo prisa —le dijo tratando de pasar a su lado.

Tal y como le había sucedido esa misma mañana, Darío le agarró del brazo, impidiendo que se alejara y empujándole hacia la pared. Daniel cerró los ojos por el golpe, resistiéndose al impulso de llevarse una mano a la cabeza donde se había golpeado.

—Así que la Niñita tiene prisa. ¿Qué pasa, has quedado con alguien para follar?

—Sí. Con tu hermano. Después de todo, hace bastante que no le veo. Un par de meses si mal no recuerdo —agregó el menor esbozando una sonrisa.

El odio y la ira de Darío aumentaron como la espuma en el mismo momento en el que las palabras de Daniel le recordaron lo sucedido entre su hermano mayor y este. Furioso, el chico se acercó aún más a su presa, agarrándole con fuerza por el cuello de la camiseta para acercarle aún más a él.

—Deja a mi hermano en paz, ¿me has oído, marica?

—Ten cuidado Darío. Quizás si te ven hablando tan de cerca conmigo se crean que eres gay y me estás pidiendo de salir —siseó el rubio sin apartar la mirada de los ojos del castaño, desafiante.

El aludido volvió a empujar a Daniel contra la pared. Estaba furioso, muy furioso, y la mirada desafiante y la sonrisa de victoria que había en el rostro del menor no hacían más que aumentar su ira. Quería hacer desaparecer ambas cosas y la verdad era que pensaba hacerlo.

—Lo único que verán es cómo te parto la cara, nada más.

—¿Seguro? Y yo que creía que te me habías acercado para decirme que quieres unirte a tu hermano y a mí la próxima vez que lo hagamos. Dime una cosa —añadió con malicia—, ¿qué fue peor, descubrir que tu hermano fuera gay o que fuese yo quien se lo estaba tirando?

El puño de Darío se hundió en el vientre de Daniel, que se dobló hacia delante, falto de aire por el golpe. Por su parte, Darío agarró del pelo al menor y, victorioso, habló:

—Al menos yo no voy mendigando el amor de nadie porque la puta de mi madre me abandonó justo después de parirme.

El posible dolor que le hubiera causado el golpe cayó totalmente en el olvido nada más que el rubio escuchó esa referencia a su madre.

Más furioso de lo que nunca había estado, Daniel se apartó del otro, alzando su puño cerrado y asestándole un puñetazo en la nariz al castaño.

—¡Retira eso! —le gritó acercándose al chico cuando este dio un paso atrás por la inercia.

Darío, que se había llevado una mano a la nariz, simplemente sonrió desafiante, enfrentándose al rubio.

—¿Qué pasa, marica? ¿Vas a decirme que mis palabras no son ciertas? —le acusó—. ¿Que tu madre no era una puta que te abandonó a la primera de cambio?

—¡Cállate! ¡No te atrevas a hablar de mi madre, cabrón!

Daniel intentó darle otro puñetazo, pero Darío fue más rápido esta vez y detuvo el golpe con una de sus manos. Acto seguido, no dudó en tirar un poco del rubio para darle un rodillazo en el estómago.

—Duele, ¿verdad? —se rió al verle doblarse a la mitad—. ¡Ja! No me extraña que seas una autentica puta, el oficio te viene de familia.

Con un grito de ira, Daniel se abalanzó sobre Darío, logrando tirarle al suelo y quedar sobre él, aprovechando la situación para empezar a golpearle.

—¡Retira eso! —le gritó, sin dejar de pegarle y sin importarle que ya hubiese un corrillo de gente a su alrededor, observándoles.

En ese momento, dos brazos le agarraron por la cintura, obligándole a separarse de Darío. Nada más sentirlos, Daniel se revolvió para intentar soltarse, pero los brazos le sujetaban con fuerza, así que el rubio no pudo hacer nada cuando su mejor amigo se lo cargó al hombro, alejándole de allí.

—¡Suéltame! ¡Oliver, suéltame! —gritaba furioso Daniel.

—Ni loco —le respondió este, serio.

Por otra parte, Darío consiguió sentarse en el suelo con la ayuda de Pablo y Benji, que también se habían acercado después de que uno de los alumnos entrara en la cafetería diciendo que había pelea en uno de los pasillos.

El castaño estaba sangrando por la nariz y el labio, pero eso no le impidió esbozar una sonrisa de victoria, centrando su mirada en el rubio y dirigiéndole unas últimas palabras:

—¡No eres más que el hijo de una puta! —le gritó sabiendo que todo el mundo le oía perfectamente—. ¡Un niñato al que ni su propia madre quiso y al que abandonó nada más parir para que muriera! ¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!

 

* * * * *

 

—¿Que queréis qué?

La pregunta, más bien grito, de la mujer logró que los dos jóvenes se amilanaran e incluso que retrocedieran un paso. La mujer, de nombre Roxanne, tenía los brazos posados en su cadera y estaba ligeramente inclinada hacia los dos veinteañeros que se habían acercado aprovechando el descanso en la sesión fotográfica. Al igual que su sobrino, la mujer tenía el cabello castaño casi negro, y ese día lo llevaba recogido en una coleta para que no le molestase. Sus ojos, ocultos tras unas gafas de diseño, eran de color verde brillante, y en ese momento estaban fijos en su sobrino y el mejor amigo de este, quien, inconscientemente, se había ocultado tras Héctor.

—Que nos consigas una entrada para la fiesta de Gael Agnelli —repitió Héctor por segunda vez, soportando la dura mirada de su tía—. Sabemos que estás invitada.

—¿Estáis locos? —exclamó la mujer, a la que aún no se le había pasado la sorpresa—. Además, ¿dónde habéis escuchado tal cosa?

—Te oí comentarlo el otro día mientras hablabas por teléfono —confesó Paolo—. Venga, Roxie, piensa que si consigues que entremos, podremos alzar nuestra carrera con toda esa gente que estará allí.

Roxanne alzó una mano, consiguiendo con ello que el chico de las mechas se callara al instante.

—Lo primero, no me llames Roxie, Paolo, ya te lo he dicho cientos de veces. Lo segundo —continuó antes de que el otro abriera siquiera la boca para disculparse—, esa fiesta es de etiqueta y van a acudir a ella muchísimas personas importantes como empresarios, modelos, actores y demás. Lo tercero, no soy yo quien manda las invitaciones y, aunque no niego que sería una buena oportunidad para vuestra carrera, si acepto tendría que conseguir dos invitaciones, una para vosotros, y otra para Cynthia y Martín, y eso sí lo veo imposible.

—No hace falta que te preocupes por mí —intervino entonces Martín, que se había acercado con una botella de agua en la mano.

La mirada de los tres se posó en el joven, interrogantes.

—Esa semana voy a estar en Londres, ¿recuerdas? Así que aunque quisiera, no puedo cancelar el contrato para acudir a la fiesta.

—Cierto —habló la mujer al recordarlo—. ¿Y tú Cynthia? ¿Tienes algo que deba recordar?

La rubia, que estaba sentada en el sofá que habían usado para las fotografías, meditó durante unos instantes la respuesta, negando finalmente con la cabeza:

—Salvo este trabajo contigo, estoy libre hasta el día cinco. Así que, si puede ser, cuenta conmigo para esa fiesta —añadió ladeando un poco la cabeza y sonriendo angelicalmente—. Después de todo, alguien tendrá que ayudarte a controlar a esos dos diablillos.

Los “diablillos” en cuestión se volvieron para mirar a la rubia, el castaño mirándola con una ceja arqueada y el de las mechas murmurando algo sobre que ella se portaba mucho peor que él y que eso era un hecho innegable. Roxanne, por su parte, suspiró, volviéndose acto seguido hacia su sobrino:

—Tienes suerte de que a tu tío no le gusten este tipo de fiestas —le dijo señalándole casi como si le estuviera regañando. Héctor sonrió.

—Entonces, ¿podrás hacerlo?

—No sé si podré conseguir otra invitación para vosotros, pero de momento, yo no tengo acompañante —respondió la mujer encogiéndose de hombros.

Al instante, tres pares de brazos la rodearon, llegando a darle incluso un par de besos en la mejilla a causa de la felicidad.

—Vale, vale, ya está bien —trató de apartarles la mujer, empujando a los tres veinteañeros—. Y yo que creía que podría ir con el amante —bromeó chasqueando la lengua.

—Bueno, para amante me tienes a mí, ¿no? —le siguió la broma Paolo, recibiendo al momento dos collejas, una de la propia mujer y otra del sobrino de esta—. ¡Eh! ¡Que eso duele!

—Y más te va a doler como sigas diciendo cosas así —le advirtió Héctor entre risas.

—Bueno, vale, se acabó el descanso. ¡Todo el mundo a sus puestos! —exclamó Roxanne, dando un par de palmadas y recuperando su autoridad—. ¡Cynthia, Héctor, cambiaos de ropa! ¡Martín, quítate esa camisa! ¡Paolo, tú vete a maquillaje a ver si podemos hacer algo con esas marcas! ¡Venga, chicos, quiero terminar con esto esta tarde y no estoy viendo ningún progreso!

Las risas y las bromas desaparecieron en el momento en el que todos se pusieron a cumplir las órdenes de Roxanne. Y, sin más, el ambiente volvió a ser el mismo de siempre.

 

* * * * *

 

—¡Suéltame! ¡Oliver, suéltame ahora mismo! —seguía gritando Daniel, golpeando al otro en la espalda, dado que era el único sitio que le quedaba a mano.

El pelirrojo, por su parte, siguió caminando en silencio, alejándose del lugar del altercado con rapidez. Sabía que si permanecía un segundo más escuchando los gritos de Darío, él mismo daría media vuelta y le cerraría la boca de un golpe.

Por fin, tras subir un piso y entrar en una de las aulas del edificio, Oliver dejó a Daniel en el suelo, aunque no por ello dudó en interponerse entre su amigo y la puerta. Al ver el gesto del mayor, Daniel le miró furioso, con los brazos tensos y los puños fuertemente cerrados.

—Aparta —le dijo.

—No.

—¿No? ¡Te he dicho que te apartes! ¡Oliver, joder, aparta de una vez!

—¿Para qué? ¿Para que vuelvas a por ese cabrón y partirle la cara?

—¡Para que pueda seguir con lo que estaba haciendo antes de que me sacaras de allí! —le gritó el chico disminuyendo la distancia que había entre ambos—. ¿Se puede saber por qué lo hiciste?

—Porque no vale la pena y tú lo sabes —respondió.

—¿Que no vale la pena? ¿No has oído lo que ha dicho? Pero claro, cómo no, yo tengo que aguantar cuando os peleáis por cualquier comentario idiota pero ahora tengo que quedarme con las ganas de partirle la cara a ese hijo de puta, y todo porque el “gran” Oliver dice que no vale la pena —ironizó de malos modos.

Oliver bajó la mirada. Sabía que su amigo estaba furioso y que por eso lo estaba pagando con él, pero tampoco pensaba quedarse callado:

—Acabo de salvarte el culo —le dijo tratando de conservar la calma y, lo más importante, hablar con un tono de voz tranquilo—. ¿O crees que los profesores no se van a enterar de lo que ha sucedido? Pueden expulsarte varios días por esto, Daniel —intentó hacerle ver.

—¿Y? ¡Me importa una mierda que me expulsen si puedo cerrarle la boca!

—¡Quieres dejar de decir tonterías de una vez! —saltó Oliver a su vez, agarrando del brazo al rubio para evitar que se alejara—. ¿Qué más da lo que digan de tu madre? ¡Ellos no saben nada! Y, además, ¿crees que a ella le agradaría saber que acabas de pelearte por una gilipollez como esa?

El puño de Daniel se estrelló contra la nariz del pelirrojo, quien no pudo evitar el golpe al no haberlo previsto. Maldiciendo, Oliver soltó el brazo del rubio, llevándose la mano a la nariz.

—¡Joder! —masculló dolorido, notando unas motas de sangre en su mano.

—No vuelvas a hablar de mi madre, Oliver.

La mirada del menor destilaba un profundo odio, tanto que el pelirrojo no pudo evitar tragar saliva asustado. Nunca había visto tan furioso a su amigo.

—Daniel… Lo siento, yo no…

—Ni siquiera a ti te permito hablar de ella —continuó el rubio haciendo caso omiso a sus palabras.

Oliver dio un paso hacia él, pero el rubio se alejó de su lado.

—Dani, en serio, no quería decir eso. Lo siento, en serio. Yo no…

—Vete a la mierda, Oliver.

—¿Daniel?

El aludido no le hizo caso y, en vez de eso, pasó a su lado, empezando a alejarse de él. Al verlo, Oliver fue tras él pero, cuando el chico esquivó su brazo y empezó a correr, se detuvo sabiendo que daba igual lo que dijera o hiciera. Acababa de meter la pata hasta el fondo.

 

* * * * *

 

A pesar de que cuando los profesores llegaron al pasillo no había ningún alumno allí, la noticia de la pelea y, más importante aún, la razón de esta y las últimas palabras de Darío, estaban ya en boca de todos; tanto de los que se las creían, como de los que decían que solo eran mentiras del jugador o los que no sabían qué opinar.

Los alumnos hablaban entre ellos, comentando esa última revelación que habían escuchado y comparándolo con los rumores que corrían sobre el chico en cuestión y, sobre todo, sobre sus padres.

En los cinco minutos que habían transcurrido desde el altercado, Benji había podido escuchar tantas historias sobre el chico que apenas podía distinguir cuál era cierta y cuál no. Así, muchos de los compañeros del chico hablaban con sus amigos sobre que nunca habían visto a los padres del rubio, ni siquiera cuando este llegó al instituto hacía ya unos años. El comentario de Darío había traído a coalición los antiguos rumores que corrían sobre el rubio. Rumores como el que decía que Daniel era el hijo de un mafioso y que esa era la razón por la que al chico, años atrás, siempre le recogía un hombre mayor vestido de esmoquin. Había otros, por supuesto, como ese de la madre prostituta que Darío había gritado en mitad del instituto. Pero, pese a todo, nadie podía confirmar nada y todo el mundo sabía que los que sí podían confirmar las historias, como era el caso de los amigos del rubio, nunca dirían nada.

Y, por ello, los rumores sobre Daniel se extendían como el fuego sobre la paja seca, contagiando a todos por igual y logrando que en el instituto no se hablase de otra cosa.

Benji suspiró. Acababa de escuchar una de esas historias y, a decir verdad, al chico más le había parecido un excelente guión para una película de ciencia ficción que el resumen de la vida de uno de sus compañeros. Al final, y más para evitar seguir escuchando siempre lo mismo, decidió que podía tomarse un respiro subiendo a la azotea del edificio.

De esa forma, el moreno ascendió los tres pisos que le separaban de su destino, esbozando una leve sonrisa al ver que la puerta no estaba cerrada con llave. Abrió la puerta, saliendo a la azotea y allegando la puerta luego, dándose la vuelta y descubriendo con sorpresa que, al contrario de lo que había creído en un principio, no estaba solo.

Sentado en el suelo, con las piernas sacadas por el espacio entre los barrotes de la valla que había, y fumándose tranquilamente un cigarrillo mientras miraba hacia abajo, estaba Iván.

—Vaya, y yo que creía que estaría solo aquí arriba —habló el chico acercándose a su amigo.

Al oírle, Iván giró un poco la cabeza, centrando su mirada en el moreno.

—Bueno, yo creía que estarías con Darío y Pablo —le dijo encogiéndose de hombros.

—Están en la enfermería. Daniel le rompió la nariz a Darío, así que ha tenido que ir allí. ¿Puedo?

Iván asintió, viéndole sentarse a su lado, apoyando la espalda en la valla.

—¿Cómo es que estás aquí? —le preguntó curioso aunque no quisiese.

El castaño alzó una ceja. Benji estaba seguro de que, a pesar de su aspecto de no haber entendido nada, el chico había comprendido su pregunta perfectamente; pero, a pesar de todo, se explicó:

—Creí que estarías con Daniel.

—¿Y por qué tendría que estar con él? —le interrogó el mayor, dándole una calada a su cigarro.

—Bueno, eres su amigo, ¿no? Se supone que eso es lo que hacen los amigos —trató de explicarse Benji, algo confundido por el tono hosco del otro.

—Sí, soy su amigo —le confirmó el chico, asintiendo nuevamente—. Pero también sé que si ni Oliver ha podido calmarle, menos voy a poder hacer yo. ¿Y tú, qué haces aquí?

—Creí que sería un buen sitio para escaparme —confesó el moreno encogiéndose de hombros—. Abajo no dejan de hablar todos de lo mismo.

—Sí, me lo supongo. Seguro que estarán todos recordando todos esos rumores que hay. Como ese del padre mafioso —apuntó el joven, llevándose el cigarro a la boca—. O ese al que solo le falta por añadir las bicicletas voladoras de la película de E.T. —añadió lanzando una leve carcajada vacía de toda gracia.

—¿Y?

—¿Y? —repitió el castaño, volviéndose hacia él para mirarle interrogante.

—Bueno, ya sabes, si alguno de ellos es cierto —se explicó, curioso.

Iván le miró perplejo, ya que, a pesar de todo, no creía que el moreno le preguntara por la vida de su amigo. Pero, por otra parte, comprendía la razón de su pregunta. Benji seguía siendo el chico nuevo y en el instituto, ahora mismo, no se hablaba de otra cosa. Suspiró.

—¿Por qué debería decírtelo? —habló desviando la mirada hacia el frente—. Tú no eres su amigo. Por más que Daniel se haya acercado a ti, lo único que has hecho es aprovecharte de su ayuda para hacer los ejercicios de matemáticas. No te importa nada lo que él siente ni lo que piense, ya que, para ti, él no es más que un homosexual que no merece tu atención. Y, a pesar de todo, ahora te interesas por su vida. Todo por el comentario estúpido de Darío. Así que dime —continuó volviendo a fijar su vista en él—, ¿por qué debería contarte la vida de mi amigo? ¿Por qué debería satisfacer tu curiosidad cuando lo más probable es que acabes riéndote de él a su cara y, en el mejor de los casos, acabes por hacerle el vacío como le han hecho todos? ¿Acaso serviría para cambiar tu opinión sobre él?

A cada palabra que pronunciaba el castaño, Benji sentía cómo la culpa se hacía un pequeño hueco en su interior, asentándose allí y aumentando cada vez más. Bajó la mirada, incapaz de sostener la del otro, más al saber que tenía razón al decir que Daniel no era su amigo y que se aprovechaba de su don con las matemáticas, que solo le soportaba por ello.

—Lo siento —susurró.

—No es a mí a quien debes pedir disculpas —le cortó el castaño de malos modos—. No es a mí al que prejuzgaste antes de tiempo ni por el que preguntas su vida. Es a él a quien deberías decirle eso. Pero ambos sabemos que no lo harás por la sencilla razón de que es gay, de que temes abrirte a él por culpa de tu absurdo odio contra aquello a lo que algunos llaman “antinatural”.

Iván se levantó, tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó de un pisotón para, acto seguido, ir hacia la puerta.

—Yo… Yo sé lo que es que te traten con condescendencia e incluso que te ignoren por asuntos familiares —empezó a decir Benji.

El castaño se detuvo a medio camino, girando ligeramente la cabeza hacia el otro joven, que había doblado las piernas y ahora parecía meditabundo.

—Mis padres se divorciaron al poco de cumplir yo los diez años —confesó el moreno en apenas un murmullo, con la mirada centrada ahora en el suelo, ya que no se sentía demasiado cómodo hablando sobre ello—. En estos seis años que han pasado desde entonces, apenas he visto a mi padre un par de veces. Y no puedo protestar por ello en casa ya que para mi familia materna, al ser tan católica que incluso llegan a rozar el fanatismo, el divorcio es un tema tabú. Así que no hablemos ya de la homosexualidad.

Benji se detuvo un instante, quizás cogiendo fuerzas para continuar, quizás para pensar en cómo continuar hablando. Iván estaba centrado en sus palabras, olvidada ya cualquier molestia que hubiera tenido con el chico anteriormente.

—Sé lo que es que tus compañeros e incluso tus amigos hablen de ti a tus espaldas sobre cómo tu padre os abandonó a tu madre y a ti, por mucho que en verdad no sepan lo sucedido.

—A Daniel no le abandonaron, Benji —le interrumpió Iván negando con la cabeza.

El aludido alzó la cabeza, centrando su mirada en el castaño, interrogante, momentáneamente perdido entre sus pensamientos y recuerdos.

—Pero estoy seguro de que Daniel preferiría esa opción que la verdad —prosiguió el mayor, acercándose al otro y apoyándose en la valla. Se cruzó de brazos—. Incluso la opción de ser el hijo de una prostituta y que esta le hubiera abandonado le agradaría más que la verdad.

La mirada interrogante del moreno se clavó en el mayor. Benji no comprendía en absoluto cómo Daniel podría preferir esa posibilidad a la real, y, por más que lo intentaba, en ese momento no se le ocurría nada peor.

—¿Por qué? —susurró sin maldad, solo incomprensión.

—Porque eso querría decir que su madre sigue viva.

Los ojos de Benji se abrieron de par en par, comprendiendo al instante por qué el rubio no había dudado en abalanzarse sobre Darío tras oír la ofensa hacia su madre y por qué Iván decía que incluso preferiría esa posibilidad. Por su parte, Iván suspiró, sabiendo que acababa de descubrir uno de los grandes secretos de su amigo y también la razón por la que el rubio odiaba tanto Halloween.

—¿Cómo…?

—¿Cómo murió? —habló el castaño, terminando la pregunta por él. Benji asintió—. La madre de Daniel murió al darle a luz. Él ni siquiera la conoció.

El timbre que marcaba el inicio de las clases empezó a sonar en ese mismo momento. Benji parpadeó, saliendo por fin de ese estado en el que esas últimas palabras le habían dejado. Pese a todo, se sintió incapaz de moverse, mucho menos de decir palabra.

—Será mejor que bajemos —le dijo Iván, separándose de la barandilla y empezando a andar hacia la puerta—. No quiero que me castiguen por llegar tarde a clase —añadió posando su mano en el pomo de la puerta y abriéndola.

—Yo… Lo siento.

—Ya te lo he dicho, no es a mí a quien deberías decirle esas palabras —suspiró el castaño negando con la cabeza—. Y Benji, espero que esto no salga de aquí.

—Tranquilo, sé guardar un secreto.

 

* * * * *

 

Dejándolo todo atrás, Daniel no tardó demasiado en salir del instituto aprovechando que las verjas estaban abiertas. Era cierto que en su escapada se había encontrado con algunos de sus compañeros, tanto de clase como de instituto solamente, y que varios de ellos le habían señalado, empezando a murmurar cosas sobre él con la gente cercana; pero, en ese mismo momento, al rubio le daba igual. No le importaba el que todos en el instituto hablasen de él ni que comentasen sobre esos absurdos rumores que corrían sobre él desde hacía años.

En ese momento, lo único que tenía en la cabeza era que quería llegar a casa cuanto antes, y que más le valdría a la gente no interponerse en su camino. Por su propio bien.

Era una suerte que hubiera dejado de llover, como también lo era el que siempre llevara las llaves de casa en el bolsillo del pantalón, ya que no se había detenido ni a coger la mochila de la taquilla. Y así, corriendo casi tan rápido como había hecho para llegar al instituto esa misma mañana, Daniel llegó frente a su casa: una mansión de tres pisos que estaba rodeada por un pequeño jardín perfectamente cuidado. Atravesó la verja que separaba la finca y, al instante, aparecieron dos bóxer atigrados y un rottweiler completamente negro que se le acercaron para saludarle.

Aún sumido en sus pensamientos, Daniel dejó que los tres perros se le acercaran, aunque apenas dedicó un segundo en acariciarles levemente la cabeza antes de seguir caminando hacia la casa. Abrió la puerta y dejó que se cerrara sola a causa del impulso.

El sonido de esta al cerrarse junto al leve quejido de los perros, fueron los únicos sonidos que le recibieron. Ni siquiera perdió el tiempo en mirar a su alrededor. Sabía que estaba solo. Llevaba dos años viviendo solo, siendo él y las cuatro personas que había contratado su padre (el mayordomo, el jardinero, la cocinera y la limpiadora), los únicos que pisaban la casa en algún momento del día. Y en ese momento, sabía perfectamente que no habría nadie en su casa.

Avanzó unos cuantos pasos, los rostros de las personas que salían en las pocas fotografías que había por la casa parecían centrar su vacía mirada en él. Las sonrisas inmortales y las muestras de cariño plasmadas en trozos de papel no significaban nada para Daniel; ¿por qué deberían hacerlo? Él no era nadie, al menos, no alguien querido. Él solo había traído la desgracia a su familia, nada más.

Alzó un poco la mano, cogiendo la única fotografía que tenía de su madre en toda la casa, guardada en uno de los cajones de su mesita. No sabía cómo, pero sus pies le habían llevado hasta allí, como si esa fuera la única forma que tenía para terminar con ese vacío que había en su interior, en su alma.

“¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!”. Darío nunca sabría la verdad que había tras esa frase, el verdadero dolor que le había causado escucharla.

Miró la foto. La mujer que allí había le regaló una sonrisa tan brillante que hasta el mismo sol tendría celos de ella. Su rostro, su mirada, toda ella reflejaba tanto encanto y ternura que Daniel no pudo evitar que su cuerpo temblara, sabiendo que ese calor y amor que desprendía la joven en realidad no era para él.

Cerró los ojos. No quería ver, no quería sentir. «Si solamente no me hubiera escogido, nada de esto habría pasado» pensó recordando el momento en el que, tan solo dos años atrás, su padre le había confesado que la mujer a la que él llamaba “mamá” en realidad no lo era, que su verdadera madre había muerto el mismo día que él había nacido. Recordando el día en el que su padre le había despertado de esa mentira en la que había vivido durante toda su vida, devolviéndole a la implacable y cruel realidad.

La fotografía cayó al suelo. El chico apenas había notado el movimiento de sus dedos al abrirse, pero el ruido del cristal al romperse fue inconfundible. Abrió los ojos y centró la mirada en el suelo que había ante sus pies.

“¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!”. Esas palabras se repetían una y otra vez en su mente, salvo que ya no era la voz de Darío quien se las gritaba. Era otra voz, una que no conocía, una que siempre había anhelado conocer.

Se agachó. Las lágrimas surcaban su mejilla y él ni siquiera lo sabía. Adelantó su mano, pasando la yema de uno de sus dedos por el lugar donde el cristal se había resquebrajado, y se cortó. Una gota rojiza brotó de la herida y él se quedó extasiado mirándola, perdido entre sus pensamientos, en todos los recuerdos dolorosos que guardaba en su interior y de los que no sabía cómo huir.

Once días. Cumpliría dieciséis años en once días. Y, apenas un minuto después, haría dieciséis años que su madre había muerto por su culpa.

—Ni siquiera tendría que estar vivo.

Publicado por

Judith Salán

Hola a todos, soy una joven española a la que le encanta leer, escribir, el manga y el anime, la música y por supuesto, estar con mis amigos.

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