Eres mi espina clavada en el corazón

Queridísima Laia,

hoy, después de casi 8 años, has vuelto a mi mente en forma de déjà vu. Al levantarme repentinamente de un mal sueño, me he dado cuenta de que he soñado contigo de la misma forma en que lo hacía por aquellos tiempos donde tu y yo teníamos algo más bonito y especial que una simple amistad entre dos amigas. No te voy a mentir, ahora que lo veo como algo pasado, ha sido bonito de recordar. Bonito recordar que algún día fuiste alguien muy importante para mí y que consiguió darme cosas buenas, aunque el sueño haya recreado uno de los recuerdos más dolorosos que tengo en mi cabeza. Eres, como dicen, «mi espina clavada en el corazón». He tardado, más de lo que hubiera deseado, en quitarme el mal cuerpo por el sueño.

Éste tenía lugar justamente el día en el que todo se derrumbó. Ese que con tanto ahínco intente borrar de mi vida por el daño que me producía. Lo que más me dolió fue como te negabas tan fácilmente a ti misma y a mi, por consiguiente. Negabas lo nuestro. Y, si te soy sincera, aún siento algo dentro de mí que me indica que esa herida no ha cicatrizado aún… y, encima, que me dejases de hablar tan abruptamente sin ni si quiera hablar las cosas. Pero hoy no te escribo para echarte nada en cara, ya no siento ese resquemor, tan solo quiero contarte esto porque siento que lo llevo guardando por tanto tiempo dentro de mi que es que me estaba incluso llegando a quemar. Necesito liberarme de este peso aunque solo sea escribiéndolo.

Todo pasó demasiado rápido… o al menos ese es el recuerdo que me queda ahora mismo. El sueño ha sido muy parecido a ese día, con la angustia de no parar de llorar ni un segundo y la sensación de vacío en el pecho. Un día estábamos tu y yo tan felices hablando de nuestras cosas en un parque mientras escuchábamos nuestra música por los altavoces que tú traías y, al siguiente, todo se había acabado. Recuerdo que en el momento en el que entraron tus padres, que se suponía que estaban de viaje y no volvían en un par de días, tu cara palideció tan bruscamente que pensé que se estaba escapando tu alma. Fue horrible presenciar como la cara se te estaba descomponiendo a los pasos de los segundos mientras el incómodo silencio se estaba acabando. Aún me acuerdo de los ojos de tus padres mirándome inquisitivamente mientras me apartaba de ti con nerviosismo. Ojalá hubiera podido salir de allí huyendo sin haber tenido que aguantar esas horribles palabras ni como tú también estabas de acuerdo en todas ellas.

Ahí olvidaste algo muy importante querida Laia, y es que nuestra relación no era solo cosa de una de nosotras.

Realmente yo sabía que, cuando nos decidimos a dar el paso y empezar a llamarnos pareja aunque fuera entre nosotras solo, lo nuestro no tendría mucho futuro. Aunque supiera claramente que ambas estábamos sintiendo algo más que esa amistad que debería haber entre dos amigas. Solo tengo que recordar la cara que ponías o los comentarios que soltabas cuando alguien comentaba que x persona era gay o lesbiana. Pero, aún así, yo me había enamorado tan perdidamente que arriesgarme fue la única opción que me quedaba porque no aguantaba más. Así funcionan los romances adolescentes. Todo es más extremo.

No puedo negar que lo nuestro era fuerte e intenso a la par que gratificante y liberatorio, muchas veces sentía, cuando me sonreías por un instante por solo estar observando, como una tonta, tus rizos marrones, que era capaz de hacer cualquier cosa. Hasta de besarte. Oh Dios, aún recuerdo mi primer beso contigo. Pude sentir, por fin, lo que las demás sentían al besar a un hombre. Me sentí en las nubes al saber que yo también podía llegar a experimentarlo, aunque no fuera de forma «normal», que me sentí aliviada.

Por desgracia, nunca tuve el valor ni el tiempo de decirte que fuiste mi primer amor y que, gracias a ti, supe que no era como las demás. Resolviste algunas de mis dudas más profundas sobre mi misma, lograste que me llegara a conocer un poquito mejor. Puede que te parezca una tontería, puede que incluso aún sigas pensando que no eres como yo, una aberración contra natura según tus padres, pero darme cuenta de que  me atraían las personas del mi mismo sexo fue un antes y un después para mi. Por qué por fin había descubierto qué era lo que me pasaba. Aunque también, sin querer, me enseñaste que a lo mejor eso no estaba tan bien como yo lo sentía en ese momento y que debía volver atrás, a la normalidad. Bueno, supongo que no todo podía ser tan bonito. Por suerte, conseguí cambiar, hará un par de años, esta visión de mi y pude liberarme de esa carga que, sin querer o queriendo, depositaste sobre mi aquel día en tu casa.

Por último, te deseo de todo corazón que logres, algún día, llegar a conocerte a ti misma como yo lo estoy haciendo. Porque si no te dejas, lo único que consigues es encadenarte y odiarte más a ti misma por lo que eres o puedes ser y no llegarás muy lejos. Recuerdo que me llegaste a confesar varias veces que no eras feliz y que no sabías el por qué. Pero yo sí lo sabía y lo sigo sabiendo: pasabas la mayor parte del día odiándote. No sabes cuánto me dolía verte así. Supongo que debí decírtelo antes pero, qué más da, las cosas que no se aprenden por una misma luego se ignoran porque no sabemos ver su importancia.

No sé si lograré enviarte esta carta porque: uno, te has mudado de la casa en la que vivimos aquella pesadilla y a todo el mundo al que le he preguntado me dice que te han perdido la pista; y dos, no se si otorgarte mis profundos sentimientos del pasado y presente por escritos puede ser una buena idea, pensando que aún puedes seguir recordándome como la muchacha que te destrozó la vida. Además, tampoco quiero traerte malos recuerdos solo por yo querer decirte esto. Me parece un tanto egoísta.

Bueno, al menos ya está escrita y lista para enviar. El próximo momento en el que me sienta a gusto y con las mismas fuerzas que el día en el que te estoy escribiendo esto, te llegará mi carta.

Te deseo lo mejor, C.

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