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Hey, Jude (don’t make it bad)

Apenas llevaba un par de meses en aquel colegio y sin embargo sentía que hubiese pasado toda su corta vida viviendo en aquel mundo que no llegaba a comprender del todo. Los primeros días en Hogwarts habían sido extraños. Los retratos vivientes, las escaleras cambiantes y los fantasmas no eran algo que le hubiese sido sencillo encajar, y tenía que admitir que todavía le resultaba algo complicado no volver la cabeza con asombro cada vez que un grupo de aquellas personas traslúcidas pasaba a su lado, hablando o riendo mientras flotaban varios palmos por encima de los alumnos. Sólo tenía once años y todo aquello le quedaba un poco grande. Había sucedido demasiado rápido. Apenas era capaz de asimilar las cosas, pero nunca olvidaría cómo había comenzado todo aquello.

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« Era la mañana el 20 de enero. Jude se encontraba en la cocina, con su madre, cuando el timbre de la puerta delantera sonó con insistencia. La mujer había ido a abrir mientras él terminaba su desayuno. Tenía que salir hacia la escuela en un par de minutos y no podía perder mucho tiempo o tendría que correr otra vez y llegaría cansado a clase.

Acababa de terminar el tazón de cereales cuando su madre le llamó desde el salón. Jude se levantó y llevó el bol y la cuchara hasta el fregadero antes de ir en busca de su madre. Hannah estaba sentada en el sofá grande del salón, frente a una total desconocida que ocupaba el sillón rojo oscuro de dos piezas que había enfrente. Jude se acercó a su madre mientras observaba con curiosidad y recelo a la mujer. Era joven, quizás en torno a los treinta, con el cabello rubio y ondulado a la altura de los hombros y ojos verdes. Iba vestida con un elegante traje de chaqueta blanco y tacones del mismo color negro del abrigo que había dejado con cuidado  enel espacio libre del sofá, a su izquierda. Cuando el chico se sentó junto a su madre, la mujer le dedicó una cálida sonrisa.

—Buenos días, Jude —saludó—. Feliz cumpleaños.

—Gracias.

—Mi nombre es Alexia Vattimo, soy profesora en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Jude tardó un momento en entender las palabras que la mujer acababa de pronunciar. Tras una breve pausa en la que parpadeó confundido, el chico miró a su madre y acto seguido a la tal profesora Vattimo.

—¿De Magia y Hechicería?

—Eso es —con un rápido movimiento de su mano la mujer sacó una carta del interior de su bolsillo. Era un sobre amarillento, del color del pergamino, escrito con tinta de un verde tan brillante como los ojos de la profesora—. El profesor Dumbledore, el director de la escuela, me ha encargado entregarle la carta de admisión en nuestro colegio y resolverle a usted y a sus padres cualquier duda al respecto —su mirada se desvió hacia Hannah que miraba como su hijo giraba una y otra vez la carta hasta decidirse a abrirla—. Comprendo que esto es difícil y extraño para usted, señora Warren, pero estoy segura de que ya había notado algo especial en Jude.

—Siempre creímos que todo eso eran… meras coincidencias.

La profesora Vattimo le dedicó una sonrisa amable. Jude rasgó el sello de lacre rojo del dorso del sobre y comenzó a leer su carta de admisión.

—Eran muestras de magia, es normal que los niños no sean capaces de controlar su poder en determinados momentos —explicó—. En Hogwarts aprenderá no sólo a controlarla, también a darle buen uso y desarrollar sus habilidades mágicas.

—Puedo llevar una lechuza —exclamó de pronto el pequeño. Hannah miró a su hijo, que sonreía emocionado—. ¿Puedo comprar una lechuza, mamá?

La mujer dedicó una rápida mirada a su hijo que se desvió enseguida hacia la profesora Vattimo. Jude giró también la cabeza hacia ella, esperando un consejo con respecto a su futuro animal de compañía. La mujer no pudo evitar sonreír mientras se inclinaba un poco hacia delante.

—Una lechuza es una gran elección, señor Warren.»

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Allí estaba varios meses después, esperando en los invernaderos a que comenzase su clase de Herbología, la tercera de aquel miércoles. Compartían la lección con los alumnos del primer curso de Gryffindor. Le gustaba esa casa mucho más que las otras dos que conformaban el colegio junto a la suya. Los slytherin parecían, en su mayoría, desagradables por naturaleza, y había algo en los miembros de Ravenclaw que no le terminaba de dar buena espina. Sin embargo, aunque los gryffindor tenían cierta tendencia a hacerse los importantes, eran también los más abiertos y amables con los demás. A excepción de con Slytherin, claro, con ellos, al parecer, continuaban manteniendo la enemistad de sus fundadores.

Mientras esperaba a que la puerta del invernadero se abriese observó a los miembros de la casa escarlata y oro con disimulo. El que más llamaba la atención de sus compañeros era, como no, el tal Harry Potter. No sabía de él más que lo que sus compañeros le habían contado; que era un personaje famosos, que derrotó al Señor Tenebroso cuando era un bebé y que sin él el mundo mágico habría acabado sucumbiendo ante las artes oscuras. A él no le parecía más especial que el resto. Ni siquiera era uno de los mejores alumnos del curso. La que sí lo era era aquella chica de cabello castaño que últimamente se pasaba el día pegada a Potter y su amigo pelirrojo, Granger. Era hija de muggles, como él, y dudaba que alguien se negase a admitir que sería una gran bruja cuando acabase su instrucción en la escuela. A Jude le habría gustado ser, al menos, la mitad de bueno en todo que ella.

Sólo tuvieron que esperar cinco minutos más antes de que la profesora de Herbología les dejase pasar al invernadero. No era una de sus asignaturas preferidas, pero las plantas no se le daban del todo mal. Habría preferido algo que le pusiera en contacto más con la fauna que con la flora, pero al parecer no tenían la oportunidad de estudiar aquello hasta el tercer curso, por lo que tendría que conformarse con trasplantar mandrágoras, recoger hongos saltarines y cosas por el estilo.

Esa mañana la tarea consistiría en trasplantar geranios con colmillos. No era especialmente peligroso, aunque se les advirtió que debían llevar puestos sus guantes de piel de dragón, como tampoco era interesante. La profesora les hizo separarse en grupos de tres y Jude pronto se vio en la terrible tesitura de buscar con la mirada alguien que fuese su compañero en aquella tarea tan poco motivadora. No le hizo falta decantarse por nadie, ya que antes de que pudiese avanzar hacia alguno de sus compañeros, una mata de cabello rojizo entró en su campo de visión.

—¿Nos podemos juntos? Tengo a un gryffindor que necesita equipo también.

Jude sonrió a su compañera de casa y asintió. Danielle era una alegre bruja mestiza con la que había compartido algunas conversaciones en la mesa de Hufflepuff y en la sala común. Se le daba bien la herbología y era fácil encontrarse cómodo con ella. No dudó ni un instante en que sería una gran compañera de equipo.

—Claro.

—Guay —exclamó la pelirroja antes de girarse y alzar la mano—, ¡Anderson, ven! ¡He encontrado otro compañero!

Jude observó con curiosidad al chico que se deslizó entre el resto de compañeros hasta llegar junto a los dos tejones. Le conocía de vista, de todas las clases que compartía con Gryffindor. Sabía su apellido (aquel que Danielle acababa de gritar a todo volumen) y que era hijo de muggles, como él. Tenía el cabello rojo oscuro, pecas por toda la cara, los ojos verdes y un lunar bajo el labio. También tenía un tic nervioso que le impedía permanecer quieto más de cinco minutos en el mismo sitio.

—Hola —le saludó con una amplia sonrisa mientras saltaba sobre las puntas de sus zapatos—. ¿Tenéis un geranio ya? ¿Voy por las macetas para trasplantar?

Fue Danielle quien llevó la voz cantante durante el trabajo. No era especialmente buena dando órdenes, pero al menos sabía bien los pasos a seguir para no romper las raíces de las plantas y para evitar que estas les mordiesen cuando las sacasen del tiesto. Ella fue la encargada de desenterrar con cuidado las flores y pasarlas a sus compañeros, que las metían en la nueva maceta y cubrían lo mejor posible las raíces con la tierra que la profesora les había proporcionado en grandes sacos.

El tal Anderson no había dejado de hablar en todo el proceso. Primero se dedicó a expresar su miedo hacia los colmillos de las flores y cuando Danielle le dijo que exageraba comparó los peligros de aquella asignatura con Astronomía. Jude supuso que era su favorita al ver como el chico hablaba de ella con devoción y una emoción latente en sus ojos y sus pequeños botes sobre las punteras de sus pies.

—Si hay que elegir entre mundo muggle y mundo mágico, prefiero las flores muggles —expresó el chico en un susurro que sólo Jude pudo escuchar—. Al menos los geranios muggles no te muerden. El de antes casi me arranca un dedo, menos mal que no se me han olvidado los guantes como el día de las mandrágoras.

—A mi me gustan las plantas mágicas. Son interesantes.

El pelirrojo le observó en silencio, con curiosidad. Durante unos instantes Jude sintió que había dicho algo mal, pero cuando el gryffindor asintió y le dedicó una sonrisa sincera aquella sensación desapareció.

—¿Es verdad que en la sala de Hufflepuff tenéis plantas colgadas del techo?

Jude asintió. El pelirrojo sonrió de medio lado.

—Como mola, nosotros no tenemos nada especial —se quejó. Jude observó cómo el chico se pasaba una mano por el pelo, descuidado, llenando parte de su flequillo con tierra—. Dicen que Ravenclaw tiene un cielo estrellado. Molaría mucho estar en esa sala, pero no me gusta mucho esa casa y de todas formas no soy tan listo para ir allí.

—Gryffindor es buena casa —apuntó él, y Anderson le sonrió con orgullo.

Consiguieron trasplantar doce geranios durante la hora de clase. No fue la mejor cifra, pero tampoco la peor. Era obvio que había gente mucho más dotada para la herbología que él y Anderson, pero en cualquier caso Danielle pareció contenta con la forma en la que habían trabajado y, de todas formas, estaba demasiado muerto de hambre como para preocuparse por aquello. Sólo quería ir al Gran Comedor y hacerse con un buen plato de asado de carne con puré de patatas y, quizás, un poco de pastel de queso para el postre.

La mayoría de los alumnos habían salido en desbandada una vez la profesora dio por finalizada la clase. Jude, sin embargo, se había tomado las cosas con calma, como Anderson, que aún estaba guardando sus guantes en la mochila cuando el hufflepuff reparó en él.

—Ah… Anderson —el pelirrojo le miró con curiosidad. Jude le sonrió un poco y alargó la mano hasta su cabello, sacudiéndole la tierra que aún lo manchaba—. Tienes un poco de tierra…

El gryffindor, haciendo alarde de la poca sutileza de aquella casa, sacudió la cabeza varias veces y se revolvió el pelo con ambas manos. Cuando alzó la cabeza, le dedicó a Jude una mirada interrogante.

—Ya está.

—Gracias —de improviso el chico le tendió la mano mientras una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro—. Me llamo Joshua, por cierto. Dani no nos ha presentado.

—Jude —dijo, apresurándose a estrechar su mano—. Encantado.

De repente, Joshua sonrió. Jude frunció un poco el ceño, confundido, pero le devolvió la sonrisa y se despidió de él antes de salir del invernadero. Apenas llevaba unos metros recorridos cuando escuchó una melodía silbada tras él. Una que le resultaba familiar, tanto que estaba a punto de girarse cuando un brazo rodeó sus hombros. Apenas pudo vislumbrar el cabello rojo de Joshua antes de que el chico comenzase a cantar.

Hey, Jude, don’t make it bad, take a sad song a make it better.

El hufflepuff sonrió. Le gustaba aquella canción. No sabía si sus padres le habían llamado así en honor a ella, pero había crecido escuchándola y siempre había sentido que tenía cierta vinculación con él. Por alguna razón, que Joshua la cantase le hizo sentir una oleada de simpatía hacia el gryffindor.

—Antes has dicho que te gustan los animales ¿no? —Jude asintió—. Tengo que ir a darle de comer a mi gato. ¿Quieres venir? Aunque tengas que esperar en la entrada de la sala común.

El moreno apenas pudo contener la emoción. No es que un gato fuera el animal más extraño del mundo, pero le encantaban, le parecían demasiado adorables y bonitos como para desperdiciar una oportunidad así.

—Claro, estaría bien.

Joshua le sonrió y alzó la mirada hacia el castillo sin dejar de tararear, haciendo imposible para Jude eliminar de su pecho aquella sensación de bienestar que le acompañó mientras entraban en el edificio, mientras subían las escaleras e incluso muchas horas después, cuando se despidió del gryffindor en el Gran Comedor, deseando que la noche pasara para poder verle en la próxima clase.

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Aquel invierno, cuando despertó en la mañana de Navidad, su lechuza le esperaba en la ventana con un paquete plano y cuadrado atado en la pata. Jude se apresuró a liberar a su fiel Ringo del peso de aquel mensaje, agradeciéndole su trabajo con una chuchería.

Mientras la lechuza regresaba a su jaula, el hufflepuff se sentó en su escritorio y rasgó con cuidado el papel marrón, dejando al descubierto un disco de The Beatles al que acompañaba una escueta carta cuya caligrafía (infantil, rápida y nerviosa) reconoció al instante.

“You’re waiting for someone to perform with and don’t you know that it’s just you, hey, Jude. You’ll do, the movement you need is on your shoulder.

Hey, Jude, don’t make it bad.

Josh.”

Una sonrisa acudió a sus labios a la vez que su padre golpeaba con suavidad la puerta de su habitación. El chico se apresuró a dejar el regalo de su amigo sobre la mesa y salió de su cuarto, bajando las escaleras de dos en dos mientras el recuerdo de la voz de Joshua aquella mañana tras Herbología, acudía una y otra vez a su cabeza, como si el pelirrojo se encontrase junto a él en aquel momento sin dejar de repetir aquella frase:

Hey, Jude, don’t make it bad.

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