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La última noche

La música martilleaba sus oídos con unas canciones que muy bien parecían sacadas de ese juego al que tanto se había vuelto adicto esas últimas semanas: The impossible game. En su zurda tenía un vaso que aún estaba medio lleno, mientras que su diestra seguía, junto al resto de su cuerpo, el ritmo de la música.

Podía sentir la mirada de la mayoría de los que le rodeaban fijos en su persona, sin perderse ninguno de sus movimientos, cómo su cuerpo se contorsionaba, mostrando algunos de esos pedacitos de piel que quedaban bajo la ropa, alentando los malos pensamientos de los demás. Sabía que a unos pocos metros, su mejor amigo (¿podía seguir llamándole así?) le observaba fijamente mientras hablaba con uno de sus compañeros de universidad. No le reprochaba que se estuviera exhibiendo de esa forma, que también, si no  que parecía estar comiéndoselo con los ojos y deleitándose con cada uno de sus gestos. Y eso a Andrés le gustaba.

Porque tras esa discusión que habían tenido esa misma tarde, por más que Sergio le había dicho que estaba enamorado de Nerea, él sabía que no era así. Sabía que en verdad al que quería era a él, que solo estaba con la otra por miedo a que sus padres se enteraran de que era gay. Si no, ¿cómo es que habían terminado montándoselo en su habitación hacía menos de dos semanas o el mes pasado en el sofá? Vamos, ¡si había dejado que desvirgara su jodido culo! Y, pese a todo, su “querido” mejor amigo seguía insistiendo que él no era gay. ¡Ja! Sí, claro. ¡Y él era la jodida reina de Francia!

Por todo eso, Andrés había salido esa noche con ganas de olvidar lo ocurrido y había llamado a otro de sus amigos y para proponerle pasar la noche de bar en bar. ¿Lo malo? Que este otro amigo no había dudado en llamar a Sergio y que este se había apuntado. Aunque bueno, no era como si eso fuera a conseguir que se cortara ni un poco, todo lo contrario.

Y esa era la razón por la que Andrés estaba allí bailando en vez de con sus amigos en la mesa. Era esa la razón por la que su cuerpo se movía de esa forma tan sensual que llamaba la atención de muchos. Pues, aunque no estaba de más que los demás le mirasen con la lujuria brillando en sus ojos, lo que en verdad hacía era dejarle muy claro a su amigo lo que se perdía por preferir a su chica en vez de a él.

La canción terminó, aunque acto seguido empezó otra. Y mientras, Andrés seguía bailando, compartiendo roces esporádicos con cualquiera que pasara lo suficientemente cerca. Su copa estaba ya más vacía que llena e incluso había cerrado los ojos, aunque eso no impidió que notara que alguien se acercaba de más a él y que se atrevía a posar sus manos en su cintura.

Abrió los ojos, encontrándose con un joven aparentemente de su edad o, como mucho, uno o dos años más mayor. De cabello rubio claro que llevaba no demasiado corto y aparentemente despeinado, con algunos mechones medio ocultando sus atrayentes y extraños ojos negros. Unos ojos que, junto a sus rasgos masculinos y su cuerpo de infarto con unos músculos donde, Andrés estaba seguro, se podría rallar queso si se quería, aumentaban su más que patente atractivo. Y estaba allí, con él. Sonrió. Desde luego, había hecho muy bien saliendo esa noche.

* * * * *

Apoyado en una de las mesas altas que había al lado de una de las paredes del bar, Sergio no podía dejar de observar todos esos movimientos que hacía su mejor amigo al bailar al ritmo de la música. Estaba hechizado. Sus ojos verdes no podían separarse de la figura de Andrés, de su cabello oscuro y alborotado, de sus ojos marrones que tanta lujuria transmitían, de ese cuello que él tantas veces había besado en esas pocas ocasiones que había tenido la oportunidad, en su lampiño pecho que quedaba oculto por una camiseta ajustada que no dejaba nada a la imaginación, en sus caderas a las que tan bien se había aferrado con sus manos esa primera vez, en su trasero que, sabía, solo él había tenido el placer de penetrar… En ese momento todo en la cabeza de Sergio era Andrés, no había sitio para nada más. Nada.

—No me lo digas, habéis discutido.

La voz de Mario, el chico que estaba a su izquierda, le trajo de vuelta, obligándole a desviar la mirada hacia él. Estaba de pie, como él, apoyado en la mesa donde tenían sus bebidas, mirando también hacia la zona de baile para luego fijar su vista en él mientras esperaba su respuesta.

—No quiero hablar de eso.

Mario rodó los ojos, dándole un trago a su bebida.

—Apenas os habéis dirigido la palabra desde que salimos. Vamos, dime qué pasó. No me obligues a utilizar mi maravilloso don para sonsacártelo.

La mirada escéptica que Sergio le dirigió habló por él. Sin embargo, eso solo hizo que el rubio sonriera altivo y esperara tranquilo, pues sabía que obtendría lo que quería.

—Discutimos por la tarde —empezó a relatar finalmente, con la mirada fija una vez más en Andrés—. Habíamos quedado para comprar unas cosas y al final terminamos discutiendo en mi casa. Me pidió que dejara a Nerea, que le eligiera a él. Y me llamó cobarde cuando le dije que no podía —declaró—. Tras eso se fue de mi casa cabreado, y el resto ya lo sabes.

—Sí, ya lo sé. Y qué quieres que te diga, pero estoy con él. Eres un cobarde.

Los ojos verdes de Sergio se fijaron nuevamente en su amigo, molesto por el comentario y también por esa verdad que encerraba. Sin embargo, antes de que pudiera replicarle, Mario siguió hablando:

—Y yo que tú me apresuraría a arreglar las cosas. Ya sabes cómo es Andrés y lo que le gusta atraer la atención de los demás. Y viendo que ya hay uno que se le acercó, no…

Sergio no escuchó más. Mario podía seguir hablando que él había dejado de escuchar, centrándose solamente en esa última afirmación. Había desviado toda su atención a su mejor amigo nuevamente, sintiendo algo que muy bien podía llamar celos recorriendo todo su cuerpo. Y solo por ver que Mario estaba en lo cierto: un chico estaba tonteando con Andrés.

No pudo más. Sí, le había dicho que estaba enamorado de Nerea, que él no era gay, pero aún así no pensaba dejar que un cualquiera se aprovechara de Andrés. No si él podía evitarlo.

—¿A dónde vas? —le interrogó Mario al verle más que dispuesto a dejarle allí solo.

—A arreglar las cosas.

* * * * *

—Así que te llamas Andrés, ¿eh? —le dijo con una sonrisa pícara en su rostro. El moreno asintió—. Yo soy Hugo.

—Hugo —repitió el menor, casi paladeando el nombre.

Podía sentir las manos del mayor en sus caderas, su rostro a un par de centímetros del suyo, con sus ojos fijos en los suyos y sus alientos entremezclándose con cada una de sus respiraciones, los labios casi rozándose al hablar… Al contrario que antes, cuando se habían besado.

Su cuerpo aún se estremecía al recordar ese beso, los roces entre sus labios, cómo su lengua había entrado en su boca, danzando junto a la suya y causando el caos en su interior. Sí, desde luego había hecho bien en salir esa noche. Muy bien.

—Andrés.

La nueva voz consiguió que los roces y los besos varios entre los dos se detuvieran, y también que ambos se volvieran hacia el joven que se les había acercado.

Curioso, Hugo le miró. El joven que estaba ante él era alto, puede que un par de centímetros más que él, aunque más delgado. Cabello castaño oscuro tirando a negro, ojos verdes, rasgos masculinos, atractivos…  La verdad era que estaba bueno, pero no tanto como el moreno que estaba a su lado.

—¿Qué?

El tono y la mirada despectiva que le dirigió Andrés le hicieron ver que esos dos ya se conocían de antes. La pregunta era, ¿de qué?

—Yo… Es que… —empezó a titubear el recién llegado, consiguiendo que el moreno le mirara aún más fijamente y con más enfado según su punto de vista—. Han llamado los chicos y les hemos dicho que ya íbamos para allá, así que vine a buscarte —habló por fin, más decidido ahora—. ¿Vamos?

—¿Yo? ¿Para qué? ¿Para verte tonteando con tu novia? Paso. Además, Hugo va a invitarme a una copa, ¿verdad?

La mirada de ambos se posó en él. Uno casi suplicándole que aceptara, el otro fulminándole, advirtiéndole que lo mejor que podía hacer era negarlo e irse de allí. Era una lástima que adorase el peligro.

—Sí, claro, todas las que quieras —le aseguró al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa y afianzaba su agarre en torno a la cintura del moreno solo para molestar aún más a su amiguito.

Andrés sonrió. Al contrario que Sergio, que entrecerró los ojos, cabreado.

—¿Ves? Si quieres divertirte llama a tu novia, a mí déjame en paz —declaró con la firme intención de dejarle allí solo al irse con Hugo.

Pero, por más que el rubio estaba muy colaborador, el castaño no parecía nada contento de quedarse allí solo. Por ello, y antes de que pudiera pasar a su lado en dirección a la barra, Sergio se interpuso en su camino.

—Vamos, sabes que no te dejaría tirado así —trató de convencerle.

Porque no le gustaba el otro tío, porque había algo en su cabeza que le gritaba que no podía dejar que Andrés se fuera con él. ¿Celos?

—Ya lo hiciste. Esta tarde, cuando la escogiste a ella, ¿recuerdas? —declaró el moreno en tono mordaz—. Y ahora déjame en paz. No quiero volver a verte.

Tras estas palabras, Hugo pudo ver que Andrés le dirigía una última y furibunda mirada al castaño antes de cogerle de la mano y alejarse con él.

Se dejó llevar. No perdió ni un solo instante en mirar al otro chico pero aun así pudo notar la mirada del castaño fija en su espalda, transmitiendo toda esa rabia y esos celos que sentía solo porque el moreno le había rechazado de esa manera, quedándose con él.

—Siento esto.

La voz del chico le hizo volverse hacia él, le miró. Estaban ya al lado de la barra. No habían pedido nada aún, pero eso a Hugo no le importaba. La bebida no era lo que le había llevado allí.

Se encogió de hombros, quitándole importancia con su gesto.

—Tranquilo, no importa —le aseguró—. ¿Te apetece algo? Yo invito —agregó, señalando las botellas con la cabeza.

—Gracias.

Sonrió, no feliz, no alegre, sino con algo que Andrés no supo cómo definir pero a lo que terminó correspondiendo con otra sonrisa. Acto seguido, ambos pidieron cuando uno de los camareros se les acercó.

Y, tras un par de minutos, con ambos ya con una nueva copa en su haber, a Hugo le parecía que Andrés estaba ya más tranquilo y centrado en él. Incluso había visto todas y cada una de las miradas que el joven le dirigía, deleitándose con su cuerpo, y tampoco se le había pasado desapercibido el deseo en sus ojos… Casi igual que él.

—En serio, siento lo de antes.

—Ya te lo dije, olvídalo, no tiene importancia —le interrumpió—. Todos nos hemos topado con un ex pesado alguna vez —añadió, tras lo cual volvió a encogerse de hombros antes de tomar su vaso para darle un trago.

El bufido del moreno le hizo arquear una ceja, extrañado. Sí, era cierto, debía reconocer que apenas había prestado atención a esa pseudo conversación entre el moreno y el castaño de antes. En su lugar, se había conformado con suponer que era su ex.

—Si fuera mi ex la situación sería más soportable —murmuró el chico por lo bajo, enfurruñado.

Bien, eso echaba por tierra su suposición. Qué pena, ¿verdad?

—Bueno, los amigos pesados también son un problema —afirmó, dándole otro trago a su bebida.

—Ni te lo imaginas.

—Pero ahora estás conmigo. Y yo no soy ningún pesado.

Andrés sonrió e incluso rió por lo bajo con esa afirmación que casi parecía un intento de broma por parte del mayor.

—¿No? Pues tus músculos parecen decir todo lo contrario —bromeó, posando de nuevo su vista en esos músculos que se notaban tan definidos bajo la camiseta que quedaba medio oculta por la camisa blanca del rubio.

—Solo hay un modo de saberlo, ¿no crees?

La pregunta quedó en el aire, junto a la risa del rubio. Andrés le miró fijamente. Desde luego, no podía negarse que Hugo era directo. Que le hubiera preguntado ya en vez de seguirle la broma lo demostraba. Además, estaba bueno, muy bueno, más incluso que Sergio, y negar eso era una estupidez. Y también estaba el hecho de que realmente no quería seguir pensando en Sergio ni en lo que este pudiera estar haciendo con su novia. Y para eso había salido, ¿no? Para evitar quedarse en casa pensando en él, para sacárselo de su cabeza y para probarse que, aunque el chico que le gustaba no quería nada con él, había muchos otros que darían lo que fuera porque se fijara en ellos. Otros como Hugo.

Sonrió. Ladeó un poco su cabeza y le dirigió una pícara sonrisa que conjuntaba con el deseo de sus ojos.

—No sé, no sé. Tengo miedo de perderme entre tanto músculo —bromeó.

Hugo sonrió, más cuando la mano del moreno se posó en su brazo, recorriéndolo entero lentamente y acercándose un poco más a él mientras su mano ascendía hasta su hombro para luego pasar a su pecho.

Entonces, las manos del mayor apresaron las suyas y su cuerpo pasó a estar atrapado entre la barra y el del rubio. Jadeó. No se había esperado esa acción por parte de Hugo, pero no podía negar que había aumentado su excitación. Y eso le gustó.

—Tengo mi coche calle abajo —apuntó el rubio, disminuyendo el espacio entre ambos a la vez que posaba una de sus manos en la cintura del moreno y colaba una de sus piernas entre las de él para rozar su entrepierna, excitándole—. ¿Qué me dices? ¿Te apetece un paseo en coche?

Andrés jadeó, y todo por esos labios que se habían acercado tanto a los suyos, rozándolos con cada palabra dicha. Su aliento se entremezclaba, colándose por sus labios entreabiertos y causando estragos en su mente, dejando solo una respuesta válida para él.

—Sí —dijo finalmente en un susurro entrecortado que ponía de manifiesto lo que sentía—. Vamos.

La sonrisa de Hugo se acentuó. Y sin querer perder más tiempo, agarró al otro del brazo, dispuesto a salir de ese bar con él cuanto antes.

Desde luego, había hecho bien en salir esa noche. Muy bien.

* * * * *

—Ya veo que no te ha ido bien.

Si el bufido de Sergio no le pareció suficiente respuesta, la mirada del castaño y el que le quitara su copa para bebérsela de un trago le resolvió toda duda que pudiera quedarle a Mario. Pese a ello, el joven no dijo más, sabía que no le hacía falta pues ya Sergio se desahogaría cuando quisiera. Solo necesitaba tiempo y él pensaba dárselo.

—Se ha ido con el otro. Me ha dicho que le dejara en paz —continuó con desánimo—. Que… Que no quería volver a verme.

Mario le miró, arqueando una ceja. Bien, le acababa de quedar claro que las cosas habían salido aún peor de lo que había pensado. Suspiró. Ahora era él quien necesitaba un trago, más que nada porque eso le dejaría algo de tiempo para pensar en algunas palabras que pudieran animar a su amigo.

—Sergio… No puedes tomártelo todo a la tremenda. Andrés es muy cabezota y nunca piensa lo que dice cuando está enfadado. Lo sabes. Y quieras que no, decir que hoy está cabreado es decir poco, parece un volcán en erupción.

El pequeño intento de broma se quedó en eso, en un simple intento. Sergio no se lo tomó nada bien y Mario solo suspiró.

—Sí, lo sé, no tenía que haber dicho eso. Perdona —se disculpó.

—No sé qué hacer —le confesó el castaño, sin hacer caso a lo que había dicho. Casi parecía que ni lo había oído.

—Te gusta, ¿verdad? —le preguntó aunque no necesitaba de ninguna respuesta para saber la respuesta.

Sergio no dijo nada, pero su mirada se desvió de inmediato hacia la barra del bar, buscando a Andrés entre toda la gente que allí había tal y como la flor busca al sol para alimentarse de su calor.

Sí, tras eso Mario no necesitaba de ninguna respuesta verbal para confirmar lo que ya sabía, con los gestos ya había quedado claro. Pese a todo, y aunque él ya lo tuviera tan claro, aún quedaba la parte difícil: que Sergio se lo admitiese y que por fin decidiera decírselo a Andrés.

—Deberías decírselo.

—Estoy con Nerea, ¿recuerdas? Y además están mis padres —terció el castaño, con una pequeña mueca en su rostro.

—Pues déjala y enfréntate a ellos. Vamos, Sergio, eres un buen chico, pero ya va siendo hora de que dejes de pensar tanto en tus padres y que empieces a tomar tus propias decisiones en vez de hacer solo lo que ellos quieren y toman como correcto. ¡Tienes veintidós años, joder! ¿Qué más da que te guste un tío y que a tus padres eso no les guste? ¡Ni que siguieras viviendo con ellos! Deja de ser tan cobarde y dile de una vez a Andrés que te gusta y que lo dejarías todo por poder estar con él.

La mirada de Sergio se centró en él, sorprendido por esas palabras tan directas que Mario acababa de soltarle así, a bocajarro. Bufó por lo bajo, divertido.

—Cualquiera diría que quieres que estemos juntos. Es más, siempre creí que te gustaba Andrés —agregó.

El rubio se encogió de hombros.

—Hace mucho que me resigné. Todos sabemos que Andrés nunca se fijará en mí, que solo soy un amigo para él. Tú no.

—Cierto. Más que nada porque ahora no quiere ni verme —le apoyó, volviendo a ser el desánimo el principal sentimiento que se sentía en él.

—Sigo diciendo que deberías hablar con él. Y cuanto antes mucho mejor. Sigue ahí, ¿no? Pues vuelve con él y esta vez dile un “Lo siento, Andrés. He sido un completo imbécil al decirte esta tarde que no te quería porque eso no es verdad” nada más que te vea. Que se note que sabes hacer algo más que meter la pata.

Con la duda y el miedo a un nuevo rechazo muy presentes en su corazón, Sergio miró de nuevo a su amigo mientras sus palabras daban vueltas en su cabeza. Y la verdad, Mario tenía razón y quizás lo que debía hacer era disculparse de una vez con Andrés y decirle todo eso que quería haberle dicho esa tarde en su casa. Sí. Debería dejarse de tonterías y agarrar el toro por los cuernos. Quizás así conseguiría algo.

—Vengo ahora.

La sonrisa en los labios de Mario manifestó la alegría y la satisfacción que sintió el rubio al ver que Sergio se alejaba en dirección a la barra, dispuesto por fin a enfrentarse a sus problemas.

Sin embargo, toda esa alegría le duró poco al rubio, pues su amigo no tardó más que un par de minutos en volver, totalmente apesadumbrado y sin ánimos de nada. ¿Sería que Andrés le había vuelto a rechazar?

—¿Qué…?

—No está —le interrumpió el castaño no dejándole hablar—. He mirado en toda la barra y no está. Andrés no está.

—Quizás esté bailando —tentó buscando animarle aunque fuera con una mentira tan obvia.

El joven bufó, y su gesto no se animó, sino que se volvió más taciturno todavía.

—Venga, Mario, ambos sabemos que no está bailando —le dijo—. Se fue con ese tío, estoy seguro.

—¿Y qué vas a hacer? Podrías llamarle.

—¿Para que me cuelgue o ignore mis llamadas? No, gracias. ¿Sabes lo que te digo? Que si es tan inmaduro como para irse con un completo desconocido solo porque hemos discutido, allá él. Me da igual. Y, ¿sabes? Puede que tenga razón en algo: estoy con Nerea, no con él. No debería importarme lo que haga o deje de hacer. Eso es cosa suya.

—Sergio…

Mario trató de interrumpirle para intentar que dejase de decir todas esas cosas que en verdad no sentía. Porque sabía que no era él quien hablaba, que eran sus celos, que Sergio solo estaba celoso porque Andrés se hubiera ido con otro tío en vez de quedarse con ellos… Con él.

Sin embargo, el castaño no le dejó hablar:

—Déjalo y vámonos —le acalló—. Hemos quedado con los chicos, ¿no? Pues vamos.

—Bien —suspiró, sabiendo que no había nada que hacer—. Como quieras. Vamos.

* * * * *

—Es aquí. Aquí es donde vivo.

Sin demasiada curiosidad por lo que pudiera encontrarse, Hugo echó una leve ojeada al piso de Andrés, lugar donde el moreno había dicho de ir luego de que le hubiera comentado que no tenía dónde quedarse porque estaba en la ciudad de paso. Por suerte para Hugo, Andrés no se había preocupado por esa nimiedad y, así, los dos jóvenes habían terminado en el piso del menor, quien en ese momento avanzaba por el pasillo con él siguiéndole.

—Sí, lo sé, no está muy reluciente, pero te aseguro que es habitable —continuó mientras pasaba por delante de la cocina.

Los ojos del rubio recorrieron la estancia sin entrar en ella, viendo los restos de la cena aún sobre la mesa y algún que otro plato sin fregar. Se encogió de hombros.

—No importa.

—Es que, sinceramente, no he tenido un buen día y no me apetecía limpiar —trató de excusarse, sin querer que se llevara una mala impresión de él. Sí, como si lo que pensara su futuro polvo de una noche al que no volvería a ver fuera importante. ¡Ja!

—Tranquilo, he vivido en sitios mucho peores. A su lado, tu casa es el paraíso. Y además, no he venido aquí por tu casa.

Bien, vale, puede que su opinión no le importara, pero no podía negar que esas palabras le habían subido el ánimo. Sonrió con picardía, dejó todo el asunto de su casa a un lado y se volvió hacia el rubio que estaba tras él. Asintió.

—Cierto. ¿Por qué no dejas esa mochila tuya ahí y pasamos a mi cuarto de una vez? —le preguntó insinuante, acercándose a él para acariciarle el pecho con una de sus manos.

La mochila, curtida ya por todos los años de uso y donde Andrés suponía que el rubio guardaba una muda limpia, fue dejada en el suelo, apoyada contra la pared para que no llegara a caer totalmente. Hecho esto, Hugo se volvió hacia el moreno.

—Te sigo.

Con una sonrisa que dejaba ver esa lujuria que Andrés estaba empezando a sentir, el joven agarró al otro por el brazo y empezó a caminar hacia la habitación más alejada de todas: su cuarto.

Abrió la puerta, mostrando así una habitación que muy pocos habían tenido oportunidad de ver. Las paredes estaban pintadas de un cálido color amarillento, con algún póster de grupos de música que Hugo no reconoció y estanterías llenas de fotos adornándolas; un armario de tres puertas, una mesita y una ventana doble por la que apenas entraba luz debido a las horas que eran.

Pero ninguna de estas cosas poseía interés para el rubio. A él lo que le interesaba era esa cama matrimonial que estaba contra una de las paredes, pues era donde pensaba pasar sus próximas horas.

Avanzó unos pasos. Andrés estaba ya al lado de la cama y él no tardó en unírsele, alzando su rostro con una mano para poder besarle.

Como ya suponía, el moreno no le rechazó cuando unió sus labios, sino que no perdió tiempo en responderle, pegándose aún más a su cuerpo mientras profundizaba el beso, uniendo su lengua a la suya.

A su vez, las manos de ambos se centraron en el cuerpo del contrario sin duda, sin miedo. Así, las manos de Andrés se posaron nuevamente sobre los brazos del rubio, queriendo sentir esos músculos moverse y tensarse bajo sus dedos de la que ascendía luego hacia su pecho, tal y como había hecho antes en el bar.

Por su parte, Hugo no pareció muy dispuesto a perder el tiempo, ya que sus manos se dirigieron directamente hacia el bajo de la camiseta del menor, colando sus manos bajo la ropa y sin esperar más para quitársela.

La prenda cayó al suelo sin que el moreno dijera o hiciera nada por evitarlo, ocupado como estaba besando a un joven que parecía tener más ganas de follar que él.

Sintiendo los pasos del mayor, Andrés empezó a retroceder hasta que, tras agarrarse a la ropa del otro, les hizo caer a ambos sobre la cama. La mano de Hugo sobre el colchón amortiguó bastante la caída e impidió que cayera del todo sobre el moreno, aunque eso también consiguió que Andrés les volteara, y quedara sobre el mayor, aprovechando para sentarse sobre él al apoyar sus rodillas sobre el colchón.

Hugo le miró aunque no dijo nada. Se alzó para besar ahora el cuello del moreno a la vez que posaba sus manos en sus rodillas y subía por sus muslos. Andrés jadeó, sin oponerse. Lo que sí hizo fue aprovechar la posición del otro para comenzar a quitarle por fin la ropa, empezando por su camisa blanca y luego por la oscura camiseta que llevaba debajo.

La lujuria de los ojos de Andrés no se le pasó desapercibida, menos aún cómo recorría todo su torso de arriba abajo para ver esos músculos que tanto parecían atraerle.

—Joder… Creo que voy a empezar a pasarme más por el gimnasio. Sobre todo si hay más tíos como tú.

La carcajada de Hugo se escuchó por toda la habitación, sobreponiéndose a la risa del menor. Unas risas que se cortaron cuando, en un movimiento rápido, volvió a darles la vuelta, quedando de nuevo él arriba.

—Lo siento —le dijo tras acercar su boca a su oído—, no hay más como yo.

La lengua del rubio deslizándose por el interior de su oreja le hicieron jadear junto a las manos de este, que recorrían su cuerpo con caricias que iban por todo su cuerpo, incluidas esas partes que la ropa aún cubría.

Y a Andrés le gustaba, sí. Le excitaba la prisa que parecía tener Hugo, esas caricias rápidas con las que conseguía excitarle, sentir sus cuerpos pegados y el contacto con todos esos músculos. Pero había algo que no le gustaba a Andrés, y era que, al contrario que con los demás chicos con los que solía estar, Hugo no tenía demasiada pinta de pasivo y tampoco parecía muy dispuesto a serlo esa noche. Lo cual era un pequeño problema. Él solo lo había sido con una persona y no estaba seguro de querer serlo ahora. Quizás lo mejor sería pone las cosas claras.

—Soy activo —le dijo intentando volver a tomar el control de la situación.

Hugo sonrió.

—Esta noche no. Esta noche pienso follarme tu culo.

La protesta de Andrés quedó acallada cuando Hugo volvió a besarle, profundizando el beso al instante y dominando su boca sin apenas esfuerzo. Además, el beso no fue todo lo que hizo. Sin duda alguna en ninguno de sus gestos, Hugo deslizó sus manos por las piernas del moreno hasta llegar a la cinturilla de su pantalón, desabrochándolo antes de bajarlo un poco.

Andrés jadeó. En su mente aún perduraban las palabras del otro joven, que pretendiese follarle, pero parecía que su cuerpo había decidido ya por él y parecía dispuesto a cumplir el capricho del rubio. No porque en verdad quisiera serlo, sino como forma de romper con otro de los lazos que le unían a Sergio. Una forma de hacerse ver que el castaño ya no sería el único para él.

—¿Qué pasa? ¿Ahora te arrepientes? —Oyó preguntar al rubio.

Le miró en silencio, contemplándole entero, pero esta vez no para deleitarse con su cuerpo, sino pensando en que, aunque solo le conocía de hacía unas horas, Hugo le parecía un buen tío; un poco parco y bastante directo, pero al fin y al cabo una buena persona que parecía ser de las que no dudan en defender y hacer de todo y más por aquellos que le importan. Incluso enfrentarse a unos padres homofóbicos diciéndoles que le gustaba un hombre. Suspiró preguntándose por qué no había podido enamorarse de alguien como él y finalmente negó con la cabeza. Respondió:

—No. Solo quiero que me folles.

Una de sus cejas se arqueó y una sonrisa sardónica apareció en su rostro al oír tal respuesta de su parte.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tal si me lo demuestras?

Le miró, respondiendo a esa sonrisa con otra y aceptando el desafío sin mediar palabra o gesto alguno.

En vez de eso, le empujó hacia atrás, obligándole a retroceder y dejarle ponerse de rodillas sobre la cama. Tras esto, cubrió la distancia entre ellos con andares felinos e insinuantes, sabiendo bien que el otro no le quitaba el ojo de encima.

Empezó por su cuello. Tenía ganas de besarle pero sabía que, si lo hacía, Hugo no tardaría en tomar el control y él no quería eso. Así que en su lugar se dedicó a lamer, besar y morder levemente el cuello del joven. Y sabía que iba por el buen camino, pues podía notar el aumento de su respiración.

Poco a poco, su boca fue deslizándose hasta la base del cuello y luego hasta llegar a los pectorales, lugar donde sus manos también se unieron al festín, estas empezando desde abajo para ir ascendiendo luego.

Algunos minutos más tarde, la boca y las manos del moreno habían abandonado el torso del mayor y ahora se entretenían con la piel de su vientre. Le había desnudado por completo, gesto en el que el rubio le había ayudado, y ahora su atención estaba centrada en su polla, la misma que estaba masturbando con una de sus manos.

Por su parte, Hugo observaba todos los movimientos del joven, sintiendo lo agitado de su respiración, más cuando se centró en su erección. Sin embargo, si debía de ponerle alguna pega a todo eso, esta sería sin duda la calma y lentitud con la que el moreno le tocaba. Por suerte, tenía fácil arreglo.

La mano que agarró la suya obligándole a aumentar su ritmo le tomó por sorpresa, y también le hizo alzar la mirada hacia el rostro del rubio, sonriendo al ver sus ojos entrecerrados y sus labios entreabiertos, sin duda, por haber aumentado el ritmo.

—Dime, ¿cómo te gusta?

Hugo abrió los ojos, centrando su mirada en él. Y podía ver que le miraba, sí, pero también que no había dejado de besar su piel, cada vez más cerca de su erección.

—Rápido y rudo —respondió sin dudar.

—¿Rudo? ¿Dices con cadenas y eso? —Se rió, mordiendo ligeramente la piel de su cadera mientras aumentaba aún más el ritmo de su mano, sonsacándole un pequeño gemido.

—Puede ser… Pero no para mí.

La sonrisa del moreno se mantuvo, pues con un tío como Hugo ya se había esperado esa respuesta.

—¿Ahora quieres atarme? —El rubio se encogió de hombros sin decir palabra, por lo que siguió hablando—. ¿Debería dejarme?

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?

Los ojos negros de Hugo fijos en su persona le hicieron tragar saliva. Pero más que miedo, lo que se podía ver en los ojos de Andrés era puro deseo. Porque joder, Hugo se lo estaba comiendo con los ojos. Podía ver que estaba deseando que le dijera que le atara y todo para, seguramente, regalarle una noche que no olvidaría jamás.

Asintió.

—Hazlo. Átame.

La sonrisa de Hugo era victoriosa y, desde luego no era para menos.

Olvidándose de que el moreno le estaba masturbando, el rubio se separó de él, levantándose de la cama incluso antes de mirarle.

—Desnúdate.

La seca orden debería haberle alertado de que algo iba mal, más al ver que el rubio salía de su cuarto para aparecer al cabo de un minuto con unas cuerdas. Pero la lujuria y la excitación se habían hecho dueñas de la mente y el cuerpo de Andrés, y este solo había acertado a obedecer esa orden antes de mirarle sentado desde la cama, sorprendido.

—¿Y esas cuerdas? No me digas que eres Houdini y las has hecho aparecer por arte de magia —bromeó, riendo incluso divertido, quizás tratando de paliar esos nervios que estaba empezando a sentir.

Hugo rió también pero no dijo nada. Y así, Andrés pudo verle acercarse a él, tomando su rostro con una de sus manos para alzárselo y besarle.

Como las veces anteriores, todo pensamiento que el moreno tuviera en su cabeza se desvaneció por completo en el momento en el que sus labios se juntaron. Entreabrió los labios, dejando que la lengua del mayor tomara posesión de su boca y marcara el ritmo de la danza entre sus lenguas mientras todos esos gemidos que le provocaban quedaban ahogados entre sus bocas.

Y fue realmente en el momento en el que quiso llevar sus manos hasta el cuerpo del otro cuando se dio cuenta de que el rubio había aprovechado ese beso para maniatarle.

Se separó de él, viéndole volver a ponerse de pie para acercarse ahora al cabecero de la cama donde ató el otro extremo de las cuerdas.

—Túmbate.

Tras un ligero asentimiento, Andrés se tragó sus nervios y obedeció. Se tumbó sobre el colchón, girando su rostro para mirarle mientras hacía los nudos.

—¿También las piernas? —se extrañó al verle, tratando que los nervios no le traicionaran y moviendo un poco sus brazos para acostumbrarse a la sensación de tenerlos atados. Al instante, se dio cuenta de algo—. ¿No están muy apretados? —le preguntó al comprobar que realmente no podía moverlos.

Hugo negó.

—Tranquilo, te acostumbrarás en nada.

Pero los nervios de Andrés habían vuelto y, junto con ellos, la angustia y hasta un sentimiento que no había esperado sentir esa noche: miedo. Porque aunque él no era ningún niñato miedica, no le gustaba que le ataran; y menos aún cuando veía que no podía mover ninguna de sus extremidades por lo fuerte y tirantes que estaban las cuerdas. No cuando veía que quedaba muy expuesto y completamente indefenso a lo que Hugo quisiera hacerle.

—Creo… Creo que esto no es una buena idea —empezó a decir, nervioso—. Será mejor que me desates y…

El dedo índice del rubio sobre sus labios le acalló. Tras comprobar los nudos, Hugo se había acercado de nuevo a él y ahora su rostro estaba justo sobre el suyo, mirándole muy fijamente.

—Shhhh. Querías que te atara antes de follarte, ¿no? Pues eso he hecho. Ahora vamos a por el siguiente paso.

—No…

—He dicho “Shhhh”, Andrés. Y eso significa que debes guardar silencio —le advirtió—. No querrás que me enfade, ¿verdad?

La mano del mayor que viajaba por su pecho pellizcó ahora uno de sus pezones con fuerza, arrancándole un grito de sorpresa, dolor y sobre todo miedo hacia ese joven que tanto había cambiado de repente y del que ahora no podía defenderse.

Y sí, quería tomarse todo eso como una simple actuación del rubio, pero lo que podía ver en sus ojos le dejaba bien claro que eso no era nada fingido, que no era una actuación. Era real, muy real.

En ese momento, los labios de Hugo se unieron a los suyos, salvo que esa vez ya no quedaba rastro del deseo anterior, ya no había pasión, sino dolor. El grito de Andrés al sentir que Hugo mordía sus labios hasta hacerle sangrar quedó ahogado entre sus bocas. Por supuesto, el joven trató de apartarse, pero el rubio le sujetó el rostro con facilidad con una de sus manos, mientras con la otra atacaba sin piedad la piel del chico, pellizcándole con fuerza y hundiendo sus uñas en la carne.

Cuando se separó, Andrés podía sentir el regusto metálico de su propia sangre en la boca. Pero si tuvo intención de decir algo, que Hugo pasara a centrarse en su cuello y el resto de su cuerpo le dejó sin fuerzas como para decir nada.

Durante los minutos siguientes, lo único que se escuchó en la habitación eran los gritos de Andrés cada vez que los dientes de Hugo mordían alguna parte de su cuerpo o sus dedos pellizcaban o arañaban su piel hasta hacerla sangrar. Por supuesto, el moreno había tratado de defenderse, pero los nudos de las cuerdas estaban muy bien hechos y apenas podía mover el resto de su cuerpo, menos aún podía evitarlo.

En ese momento, tenía a Hugo de rodillas a su lado, mirando fijamente su rostro. Y Andrés sabía que podía ver esas lágrimas de dolor, impotencia y odio que no dejaban de salir de sus ojos, pues la sonrisa de total suficiencia del rubio así se lo indicaba. Igual que también podía ver que la mirada de total odio con la que le miraba no le provocaba más que simple diversión.

—¿Qué pasa, Andrés, no te gusta lo que te hago? —le preguntó con burla y sin dejar de sonreír en ningún instante mientras pasaba su mano por su mejilla en lo que antes habría considerado una cariñosa caricia.

—Suéltame —le ordenó.

El mayor solo rió.

—¿Por qué debería?

—Mis amigos saben que estás aquí, conmigo. Nos han visto juntos y si me pasa algo sabrán que fue cosa tuya —contestó amenazante—. Suéltame y vete.

Hugo le miró pensativo. A su parecer, incluso parecía meditar sus palabras. Aunque su respuesta no fue la esperada.

—Chúpamela.

La sorpresa del moreno le hizo abrir los ojos de par en par, pensando que era muy probable que hubiera oído mal.

—Si quieres que te suelte, entonces abre la boca y chúpamela —repitió el mayor.

—¿Y después me soltarás y te irás? —se quiso asegurar. El rubio se encogió de hombros—. Está bien —se decidió—. Lo haré.

Porque, joder, si una mamada era todo lo que tenía que hacer para que esa pesadilla terminara y el rubio desapareciera de su vida, pues se la mamaría a ese hijo de la gran puta y fin del asunto. Mucho mejor eso que seguir atado de manos y pies y completamente indefenso.

Hugo sonrió, acercándose un poco más al rostro del chico mientras le veía abrir la boca y sacar la lengua, muy dispuesto a cumplir su palabra.

Pero lo que no se esperaba Andrés era que el rubio no pensaba esperar que se la chupara así sin más, lo que él quería era follarse esa boca. Y, desde luego, eso era lo que pensaba hacer.

Sin importarle nada el moreno, Hugo le agarró con fuerza el rostro, obligándole a abrir aún más su boca con el pulgar antes de enterrar su pene en ella.

El gemido que salió de sus labios fue la contraparte del quejido de sorpresa del moreno, que no se había esperado algo así. Sin embargo, nada pudo hacer Andrés, pues, perdido entre el deseo, el rubio había cerrado los ojos y movía sus caderas adelante y atrás, empalándose con fuerza contra esa boca, sin importarle siquiera si el otro podía respirar o cualquier otra cosa, solo sujetando su cabeza para evitar que se moviera.

Llorando de ira e impotencia, Andrés trataba de no ahogarse mientras el rubio seguía violando su boca de esa forma. Sentía arcadas y daba gracias por no haber cenado apenas esa noche, porque, de haberlo hecho, sabía que a esas alturas no tendría nada en el estómago.

Cerró los ojos, apretó sus puños hasta hacerse sangre y se obligó a soportar esa humillación repitiéndose mentalmente que tras eso todo acabaría. El rubio le soltaría y se iría.

El que Hugo se empalara cada vez con más fuerza y los gemidos de este cada vez que lo hacía, podían haber alertado a Andrés de lo que iba a suceder dentro de muy poco. Pero, por desgracia, el joven estaba tan concentrado en la tarea de conseguir respirar que solo se dio cuenta de que el mayor había llegado al orgasmo cuando se corrió en su boca.

Sin poder evitarlo, el reflejo de tragar se activó solo, aunque eso no impidió que Andrés comenzara a toser, escupiendo una mezcla de semen y saliva cuando por fin Hugo sacó su pene de su boca.

—¿Satisfecho? Ahora suéltame —le ordenó entre tosidos, tratando de no atragantarse con los restos que quedaban en su boca y que le provocaban arcadas.

—No.

Los ojos castaños de Andrés se centraron en él, sorprendidos y cabreados a partes iguales.

—¿No? ¿Cómo que no? Te la he chupado. Te has follado mi jodida boca, ¡ahora suéltame! —volvió a ordenarle, mirándole iracundo.

Para su desgracia, Hugo solo se rió.

—No. Creo que no —le dijo, colocándose sobre él, aprovechando que no podía impedírselo—. Antes pienso follarte.

Un escupitajo de mezcla de saliva y semen se estrelló contra la mejilla del mayor. Sorprendido por ese gesto, Hugo miró al joven que acababa de escupirle y que ahora le miraba con todo el odio que sus ojos podían albergar. Acto seguido, le pegó un puñetazo.

El quejido de Andrés puso en evidencia el dolor que el otro acababa de provocarle. Había cerrado los ojos presa del dolor, pero tuvo que abrirlos cuando el otro le agarró del pelo, alzándole la cabeza hasta que sus rostros quedaron casi pegados, pudiendo ver la ira en los ojos del mayor.

—Pensaba ser bueno contigo, Andrés, pero estás colmando mi paciencia y te aseguro que eso no es nada bueno —le susurró con ira, escupiendo cada palabra ante la mirada afilada del moreno.

—Que te jodan.

Sus palabras le hicieron ganarse un nuevo puñetazo, pero eso no consiguió borrar la sonrisa desafiante de sus labios y todo por haber conseguido cabrearle. Por haberse superpuesto a ese miedo que antes había sentido y ahora se enfrentase a ese hijo de la gran puta.

Sin embargo, ese gesto había conseguido terminar con la poca paciencia de la que hacía gala el rubio, y eso quedó demostrado en el nuevo beso que le dio, desgarrando sus labios. Y también en los mordiscos que dejó por todo su cuerpo, con los que arrancó incluso trozos de su piel haciendo gritar de dolor al más pequeño.

Minutos más tarde, cuando creyó que ya se había divertido lo suficiente mordiendo y arañando el cuerpo del joven, Hugo se alejó levemente de él, mirando el rostro del menor.

Durante todo ese tiempo se había deleitado con todos esos gritos de dolor que le había sonsacado con sus actos, y estos habían conseguido que su pene volviera a estar erecto, listo para una nueva ronda. Y él pensaba otorgársela, por supuesto. Salvo que esa vez no era la boca del moreno lo que pensaba follarse. Esta vez pensaba sacarle un verdadero alarido de dolor al moreno.

El grito de Andrés fue tan fuerte que le dejó sin aliento. El dolor que sintió cuando Hugo le penetró de una sola estocada y sin ninguna preparación previa fue mayor que todos los que había sentido esa noche por culpa del rubio.

Dolía. Dolía tanto que estaba seguro de que el cabrón del rubio le había desgarrado el ano y que ahora estaba sangrando. Y lo peor era que no podía hacer nada, pues el rubio sujetaba férreamente sus caderas, impidiendo cualquier movimiento por su parte.

Cerró los ojos con fuerza al sentir que unas nuevas lágrimas, estas de humillación, dolor y asco hacia sí mismo, empezaban a surcar sus mejillas. Incluso obligó a su mente a pensar que en verdad no era el rubio quien estaba con él, que en verdad estaba con Sergio, recibiendo sus besos, sus caricias… Que hacía el amor con él.

—Mírame. Quiero que me mires.

El brusco tirón le hizo abrir los ojos, siendo atrapado por la mirada completamente negra de Hugo y por esa sonrisa de victoria y superioridad que le dirigía. Apartó la cara no queriendo verlo, pero que el otro le girara el rostro a la fuerza y le penetrara con más fuerza aún, le hizo volver a mirarle, mientras otro grito de dolor se escapaba de su desgarrada garganta.

—Eso, mírame… Mírame mientras gritas, dedícame tu dolor. Quiero oírte gritar.

Tras estas palabras, bien parecía que Hugo parecía haberse tomado muy en serio lo de hacerle gritar, pues las siguientes estocadas fueron cada vez más fuertes, más profundas, provocándole aún más dolor y haciéndole gritar como nunca había gritado.

Sentir el semen en su ano casi se sintió como una liberación, pues eso quería decir que Hugo ya había terminado de humillarle. Por fin le dejaría ahora que había conseguido violarle.

Sin que las manos del rubio lo impidiesen, Andrés se hundió aún más en el colchón, cerrando los ojos como quien cree que, si no se ve llorar, si no ve lo que le ha pasado, es que nunca ha ocurrido. Por desgracia para él, las imágenes estaban perfectamente grabadas en su memoria y, además, podía sentir perfectamente las lágrimas por su rostro, tan bien como sentía las cuerdas flagelando la piel de sus muñecas y tobillos o la presencia de Hugo a su lado, mirándole en silencio.

Por su parte, una vez satisfecho, Hugo se separó un poco de ese cuerpo, admirando su obra. Pues bien, todo el cuerpo del moreno estaba manchado de sangre de las heridas que le había hecho. Su rostro estaba bañado en lágrimas de odio, ira y vergüenza, y aún podía ver una mezcla de semen y sangre al lado de su boca y manchando su mentón. La misma mezcla que ahora se deslizaba desde el ano del moreno hasta caer en las sábanas. Era tan jodidamente hermoso. Casi parecía un ángel de cabellos negros al que acababan de quitar las alas y al que ahora torturaban por sus malos actos.

Pero la tortura no había terminado. Todavía quedaba lo mejor.

En completo silencio, Hugo se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta de la habitación, saliendo de esta. Estaba hambriento. Hacía días que no comía una buena comida y, ahora que por fin se había liberado de sus deseos carnales, lo que ahora quería era algo para comer.

Y sí, recordaba que la cena del moreno había quedado olvidada sobre la mesa de la cocina, pero no pensaba comer eso. Hugo era algo más exquisito con la comida y un simple plato de pasta no aliviaría en nada su hambre. Él lo que quería era otra cosa. Una que sabía perfectamente cómo obtener.

Tras recoger la mochila que había dejado en el pasillo de la casa, el rubio volvió a la habitación del joven, posándola al lado de la cama. Hecho esto, miró la habitación desde una nueva perspectiva que no había usado antes. Las paredes amarillas, las estanterías con las fotos, los póster, la mesita con la lámpara encima, el suelo exento de alfombra que lo ocultase y, por último, la ventana que daba a una noche ya no tan oscura como se esperaba.

Hizo una mueca. Se le estaba acabando el tiempo. Tendría que darse prisa.

Para alguien como él, que se había criado como se había criado él, tener que saltarse sus propias normas, sus pasos, era algo impensable. El problema de esa noche radicaba en dos cosas: la primera, que Andrés tenía razón al decir que sus amigos les habían visto juntos; y la segunda, que saber eso le había cabreado y, por lo tanto, había alargado de más el tiempo con el que se divirtió con el moreno.

Teniendo en cuenta esos dos puntos, Hugo sabía que tendría que dejar de lado todos sus estrictos pasos por una vez y, por supuesto, irse de esa cuidad lo antes posible. Eso sí, tras confirmar que no había dejado pruebas que le incriminasen, lo que incluía acabar con todos los cabos sueltos.

Su estómago gruñó. Sí, lo mejor era empezar a hacer las cosas.

* * * * *

Demasiado cansado y dolorido como para moverse, y sin tener ya fuerzas para gritar por lo destrozada que había quedado su garganta, Andrés solo pudo gemir quedo al sentir que Hugo se acercaba de nuevo a él.

Quería decirle que le soltara, suplicarle si hacía falta que por favor le dejara, pero ni una sola palabra salió de su maltratada garganta.

Su cuerpo se estremeció por el miedo a más dolor cuando una de las manos del mayor se posó en su brazo. Incluso trató de alejarse pero, como antes, no pudo.

Por suerte para él, el contacto apenas duró unos segundos, tiempo suficiente para que Hugo comprobara que los nudos de la cuerda estaban perfectamente, así que Andrés pudo respirar aliviado unos segundos más.

Fue en el momento en el que el rubio le giró el rostro hasta ponerlo de frente para luego meterle algo en la boca y tapársela con un trozo de cinta aislante cuando se le confirmó que esa pesadilla, que él creía terminada, apenas acababa de empezar.

Con el miedo brillando en sus ojos, Andrés buscó al rubio. Le encontró a un lado de la cama, atando un cabo de una nueva cuerda al somier de la cama para luego ir hacia el punto opuesto.

—No será como yo quería, pero es como me has obligado a hacerlo. —Le escuchó decir mientras ataba el otro cabo tras tensar la cuerda, pasando esta justo por su cintura, usando también de nuevo la cinta aislante como otra pequeña ayuda—. Es tu culpa. Yo lo tenía todo planeado ¡pero tú tuviste que cabrearme y trastocar todos mis planes! Pues ahora no te quejes, porque voy a tener que ir rápido.

El tono vacío de todo sentimiento y profundamente ligado a la locura le hizo temer, más cuando al llegar hasta la mochila le vio sacar un pequeño estuche que abrió sobre su mesita, mostrándole así la colección de bisturís y demás objetos afilados que allí guardaba.

Nada más verlo, Andrés trató de gritar para pedir ayuda. Empezó a moverse tratando de desasirse de esas cuerdas que le apresaban. Porque no quería morir, porque tenía miedo, estaba acojonado, y él no quería morir.

Sin embargo, su pequeño intento no salió nada bien. No solo porque no consiguió gritar o soltarse, sino porque Hugo se volvió hacia él, dándole un golpe en la cara que le giró el rostro y le dejó sin aliento.

—¡Estate quieto! —le ordenó el rubio, autoritario—. No me hagas enfadar de nuevo.

Mareado y aturdido por el golpe, Andrés necesitó un par de segundos para volver a ubicarse. Un tiempo que Hugo supo aprovechar muy bien.

El filo del bisturí cortando su piel fue todo lo que Andrés necesitó para hacer caso omiso a la advertencia del mayor y tratar de alejarse de él y soltarse. Algo que no gustó nada al rubio.

A pesar del calcetín sucio que había metido en su boca y de la cinta aislante, el siguiente alarido de dolor de Andrés cuando Hugo le partió el brazo fue perfectamente audible para este. Muerto de dolor, el moreno cerró los ojos, deseando despertar de esa terrible pesadilla que estaba viviendo.

—¿Te vas a estar quieto ya? —le preguntó el mayor, apretando con fuerza con una mano el lugar por donde acababa de romperle el brazo al moreno—. Dime, ¿vas a dejar de moverte por fin?

El dolor apenas le dejaba pensar, y ni siquiera oía, pues todo para él en ese momento se reducía a ese dolor tan fuerte que sentía. Pese a ello, y aunque apenas inaudibles, las preguntas de Hugo llegaron hasta él, a lo que pronto asintió con la cabeza varias veces seguidas. Sabía que esa era la única manera de alejar un poco el dolor.

El alivio cuando, tras unos largos segundos, Hugo le soltó, fue enorme. En ese momento Andrés por fin se atrevió a respirar. Abrió sus ojos inundados en lágrimas, suplicándole a ese desalmado ser que estaba junto a él que le dejase vivir. Porque él aún tenía muchas cosas que quería hacer antes de morir. Porque aún tenía que disculparse con Sergio y decirle que le amaba.

El dolor volvió cuando el filo del bisturí se hundió en su piel y se abrió paso por la carne. Nada más sentirlo, el primer impulso de Andrés fue empezar a moverse de nuevo para alejar ese dolor de sí, pero la mirada del mayor y el estar seguro de que sería capaz de romperle el otro brazo si se atrevía a moverse, le hicieron desistir en su intento. Aunque no por ello cesó en esa silenciosa súplica que, si Hugo vio, prefirió ignorar por completo.

Así, y con el grito ahogado de Andrés de fondo, el bisturí fue abriéndose paso cortando la carne en dos por todo el torso del joven, desde el esternón hasta el abdomen, dejando salir ese bello líquido carmesí y dador de vida llamado sangre de su inmunda y mortal prisión. Pero, aunque la sangre le atraía, no era eso lo que Hugo quería. No era eso lo que buscaba.

Tras haber terminado con el bisturí, el joven rubio lo limpió concienzudamente en un trozo de sábana blanca antes de posarlo delicadamente junto a los demás instrumentos. Hecho esto, cogió el separador para la piel, dándose cuenta del desmayo evidente del menor al no escuchar los gritos de dolor de Andrés.

Bueno, mejor para él, así se ahorraba el tener que volver a amenazarle para evitar que se moviera. Aunque debía admitir que echaría de menos sus gritos o la forma en que le miraba suplicando por su vida.

Alejando esos pensamientos a un lado y centrándose en lo que estaba haciendo, Hugo sacó un nuevo instrumento de la mochila: una sierra con la que pensaba partir el esternón y las costillas para así poder llegar hasta su objetivo. Preguntándose si el jovencito con el que tanto había disfrutado volvería a despertar antes de que el alcanzara su objetivo, Hugo partió esos huesos que tanto le molestaban, manchando inevitablemente de sangre esa bata verde que se había puesto antes de empezar. Y tras varios minutos en los que no prestó más atención a nada salvo a lo que hacía, Hugo por fin llegó hasta su preciado objetivo: el corazón del joven.

Se quedó parado, extasiado con esa espléndida visión que quedaba ante él: el corazón. Para él, el órgano más importante de todos, el más bello, el más poderoso… Dador de vida, fuente de poder. Para Hugo no existía nada más importante que ese órgano que ahora estaba ante él, al alcance de su mano.

Conteniendo la respiración, se quitó el guante que llevaba puesto y acercó su mano derecha al corazón del joven que, sin duda alguna, había muerto hacía tiempo ya, desangrado. Era tan hermoso, tan perfecto, tan… Sabroso.

Su vacío estómago comenzó a gruñir, recordándole que tenía hambre. Y Hugo, muy consciente de ello, trató de calmar esa sensación al menos unos minutos más, los que le llevarían pinzar las arterias y venas para evitar que la sangre le bañara entero.

Pero tenía tanta hambre, estaba tan hambriento… ¿Qué importaba mancharse un poco más si eso quería decir que podría disfrutar ya de tan suculento manjar? Valía la pena, sí. Porque tenía hambre. Estaba hambriento.

El sonido de la puerta principal al abrirse llegó hasta él, alertándole del peligro. Raudo, Hugo miró hacia la ventana, comprobando por la claridad que veía que aún era temprano y descartando así la posibilidad de que los padres del moreno hubieran llegado. Pero entonces, ¿quién podría ser? ¿Un compañero de piso? Era una posibilidad, sí. Aunque la verdad, a Hugo no le importaba quién fuera. Lo que le ponía furioso era que habían interrumpido su comida. Y eso no se lo perdonaba a nadie.

* * * * *

De camino a casa, Sergio seguía recordando todo lo sucedido ese día. Aún recordaba perfectamente todos y cada uno de los movimientos de Andrés mientras bailaba, al igual que recordaba también la fuerte discusión que habían tenido tan solo unas horas antes. Una en el que le había dicho que no le quería. Una en el que le había mentido al decirle que amaba a Nerea y no a él.

Sí, le había mentido. No quería pero había tenido que hacerlo. Porque le daba miedo, porque por más que sabía cuáles eran sus verdaderos sentimientos, tenía miedo de lo que podrían opinar sus padres.

Y, cómo no, Andrés se lo había tomado todo a la tremenda. Porque sabía que le había mentido, porque, joder, Andrés podía leer su rostro y sus pensamientos como si fuera un libro abierto, y le había llamado cobarde no sin razón, todo para acabar yéndose, dejándole allí con la palabra en la boca y un “¡Joder!” como único pensamiento.

Al igual que había pasado esa noche, cuando estaban en el bar y él se le había acercado para decirle que ya se iban. Nada más ver sus ojos había podido saber que seguía enfadado con él, y pudo comprobarlo cuando Andrés prefirió al otro tipo antes que a él.

Y vale sí, lo confesaba, su enfado con el otro se debía sobre todo a los celos. Porque se había puesto celoso al ver que Andrés prefería pasar la noche follando con un jodido desconocido antes que intentar arreglar las cosas con él. Pero se lo tenía merecido. Él le había hecho lo mismo al escoger a Nerea.

Aunque, la verdad sea dicha, el otro chico seguía sin gustarle, y no solo por sus celos. No le gustó la forma con la que le había mirado al verle hablando con Andrés, y menos aún le gustó la forma con la que había mirado al propio Andrés. Porque no había sido solo lujuria lo que vio en su mirada, sino también sentido de pertenencia e incluso algo que hizo que todas las alarmas de su cabeza saltaran; algo que llegó a asustarle. Había sido por eso por lo que había intentado tanto que Andrés se olvidara de ese tío y se fuera con él, y también había sido esa la razón por la que luego se había pasado toda la noche preocupado por él, reprimiendo sus impulsos por llamarle y, finalmente, cediendo a ellos y llamándole aunque supiera que lo más seguro es que estuviera con el otro y, sobre todo, que no quisiera hablar con él.

Pero ya no podía soportarlo más. Podía haber aguantado toda la noche sin que le cogiera el teléfono y escuchando los “Eres idiota” de Mario y los “Deja el teléfono de una vez y hazme caso” de Nerea, pero sentía que ya no podía soportarlo más, que tenía que decirle que era un estúpido y que estaba enamorado de él. Y eso pensaba hacer.

Se detuvo en mitad de la calle. Creía estar justo frente al portal de su casa, pero, según pudo comprobar al fijarse, sus pasos le habían llevado inconscientemente hasta el edificio donde Andrés vivía desde que había empezado la universidad.

Sonrió internamente. Desde luego, su inconsciente era mucho más listo que la parte racional de su cerebro, tanto que le había llevado justamente a donde quería ir. Sacó las llaves, esas que el mismo Andrés le había dado al poco de mudarse bajo la premisa de “Mi casa es tu casa. Además, paso de tener que levantarme a abrirte la puerta todos los días”, y entró en el portal, subiendo hasta la segunda planta por las escaleras. El ascensor no era lo suficientemente rápido.

Abrió la puerta nada más llegar a ella, llamándole. Ni siquiera le importaba el hecho de que, tal vez, el otro tío, el tal Hugo, pudiera seguir estando allí. Él solo quería decirle a Andrés que quería estar con él, que sería capaz de cualquier cosa por estar con él, porque estaba perdidamente enamorado de él.

Con pasos rápidos, ansiosos, recorrió el pasillo que le alejaba de su destino, sin detenerse ni fijarse en nada más que en esa puerta que podía ver al fondo. La abrió.

Esperaba encontrarse a Andrés en la cama, tapado con las sábanas casi hasta el cuello, tal y como el chico acostumbraba a dormir, él lo sabía bien; quizás profundamente dormido, con lo cual le tocaría despertarle. Y sabía muy bien cómo lo haría: besando cada pedazo de piel que estuviera al descubierto, lamiendo el hueco entre su cuello y la clavícula hasta hacerle estremecer de placer. Y sí, sabía que lo más seguro es que podría escuchar insultos varios saliendo de la hiperactiva boca del moreno, que le oiría maldecirle una y otra vez, pero también sabía que lograría acallarle con un beso, y que, tras esto, harían el amor. Con él sin dejar de decirle lo mucho que le necesitaba y lo mucho que le amaba.

Eso era lo que esperaba encontrarse Sergio, pero no fue lo que se encontró. Porque Andrés estaba en la cama, sí, pero no estaba tapado con las sábanas y mucho menos dormido.

El solo hecho de verle allí, tendido en la cama, cubierto por unas sábanas rojas a causa de toda esa sangre, consiguió dejarle de piedra. Casi pudo sentir cómo su corazón había dejado de latir por un instante, al igual que el aire había desaparecido de sus pulmones. Se sintió mareado. El olor a sangre, a muerte, inundaba su olfato, no dejándole duda alguna de lo que estaba viendo, de lo que había pasado en esa habitación ahora pintada de rojo.

Intentó avanzar, ir hacia la cama tal y como si solo necesitase hacer eso para despertar de esa pesadilla. Sin embargo, era incapaz de moverse. Su tembloroso cuerpo se negaba a moverse mientras las lágrimas surcaban su rostro sin cesar.

Era incapaz de creer lo que estaba viendo, lo que tenía ante sí. Porque no podía ser, porque hacía apenas unas horas que había estado con Andrés en ese bar y ahora no… Andrés no podía estar muerto. No podían haberle hecho eso. No a él. No…

Un fuerte golpe en la cabeza, un dolor penetrante que le recorrió todo el cuerpo desde la parte de atrás de su cabeza. Un golpe que le dejó sin sentido, haciéndole caer al suelo, inconsciente, antes siquiera de saber quién le había golpeado.

Entrando nuevamente en la habitación, Hugo dejó caer el bate con el que había golpeado al castaño al suelo, olvidándose al instante de él para fijar su mirada en el chico.

—Y yo que creía que podría irme de aquí tranquilamente y sin sobresaltos —habló para sí. Chascó la lengua decepcionado, pasando al lado del otro—. Está claro que las cosas nunca salen como las planeas.

Sin muchas ganas realmente, le dio una patada con la que logró darle la vuelta. Así, pudo ver nuevamente el rostro del otro. Sonrió.

—Aunque, pensándolo mejor, me ahorraste tener que buscarte —continuó hablándole, llegando hasta la cama. Allí, se sentó junto a Andrés antes de volverse hacia este—. ¿Ves? Como siempre, el caballero de la brillante armadura llega tarde. Siempre tarde —le dijo acariciando sutilmente su mejilla con los dedos de su zurda—. Pero tranquilo, ya no lo volverá a hacer.

* * * * *

Heartless vuelve a matar.

Se suman dos víctimas más a las diez que ya había asesinado.

El asesino Heartless, apodado así por asesinar y comerse el corazón de sus víctimas, se ha cobrado dos vidas más en la última noche. Las víctimas eran Andrés Vallina Menéndez y Sergio Camino Alonso; dos jóvenes universitarios de veintidós años que fueron encontrados esta misma mañana en el piso de Andrés Vallina por los padres del joven.

Según informan las autoridades, los dos jóvenes fueron encontrados en la cama, desnudos y con el pecho abierto, habiéndoles sido amputado el corazón.

Las familias, consternadas, lloran la pérdida de los dos jóvenes ovetenses, mientras la policía busca cualquier pista que pueda ayudar en el arresto de este despiadado asesino que ya ha matado a doce personas por todo el país.

 

El artículo seguía, pero el joven dejó de leer. Estaba cansado, llevaba ya unas cuantas horas en ese maldito tren que le llevaría hasta Alicante y lo peor era que aún le quedaban unas cuantas horas más. Bostezó. Tenía los cascos puestos, e incluso habían puesto una película para entretener a los pasajeros, pero sinceramente, pasaba de ella.

Además, y al contrario que pasaba con el grupo de amigos con el que viajaba, él estaba sentado solo. Aunque por lo menos su compañero de viaje aún no había aparecido. Solo esperaba que no fuera ningún viejo verde asqueroso.

—Perdona, ¿es tuyo este periódico?

Casi al instante, desvió la mirada, centrándola en el joven veinteañero que le sonreía desde su izquierda. Asintió.

—Pero puedes cogerlo si quieres. No me importa —agregó con rapidez, tendiéndoselo él mismo al verle sentarse en el asiento vacío.

—Gracias.

—No es nada.

Sin poder quitarle los ojos de encima, el chico pudo ver al otro ponerse a leer el periódico. Un tiempo que él aprovechó para observarle aún más fijamente. Alto, con cuerpo de infarto, cabellos rubios que contrastaban con unos ojos oscuros… Desde luego, si la perfección existía, en ese momento él estaba sentado a su lado. Sí que había tenido suerte.

—Vaya… Así que Heartless ha vuelto. —Le escuchó murmurar casi para sí.

—Sí, eso parece —afirmó—. Ha matado a dos más. Creo que ya son once.

—Doce —le corrigió al instante el otro—. El artículo dice que son doce —señaló.

Asintió.

—Sí. Eso. Doce eran. Tienes razón.

El rubio le miró, dirigiéndole una sonrisa que consiguió que su corazón latiera desbocado. Dios, estaba tan bueno…

—De todos modos, estoy seguro de que pronto le cogerán. Mi padre está en ello.

—¿Tu padre?

—Es que es policía y trabaja en el caso —se explicó, ruborizándose ligeramente al ver que el otro volvía a mirarle.

—Quizás no deberías ir diciéndolo por ahí. ¿Y si se enteran los malos? —casi pareció regañarle.

—Sí, lo siento —se disculpó avergonzado, bajando la mirada incluso.

—Eh, tranquilo. Guardaremos el secreto.

El guiño con el que el mayor intentó animarle no solo le subió los ánimos, sino también su excitación. Aún más al darse cuenta de que el rubio había acercado el rostro al suyo, mirándole muy fijamente a los ojos.

—Y dime, ¿a dónde vas? ¿De vacaciones?

—Sí. Voy a Alicante con unos amigos durante unas semanas —afirmó, haciendo un leve gesto con la cabeza para señalar al resto.

—Que coincidencia. Yo también voy a Alicante —le sorprendió—. Quizás puede que volvamos a vernos —agregó. El chico suspiró.

—Me encantaría —susurró inconscientemente, aumentando con ello la sonrisa del rubio.

—Si me dieras tu número, tal vez podría llamarte para quedar —le tentó.

Rápido, el chico volvió a asentir. Acto seguido, escribió su número de teléfono en un pequeño trozo de papel que arrancó del periódico, obteniendo por ello otra sonrisa.

—¿Y cómo dices que te llamas?

—Jorge.

—Encantado Jorge. Yo soy Hugo.

Jorge sonrió, encantado de poder saber el nombre de ese joven que tanto le atraía y que además, y para su gran suerte, no dejaba de comérselo con los ojos.

Por su parte, Hugo solo sonrió tranquilo. Quien sabe, quizás había encontrado a su próxima víctima, la número trece.

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