Miradas que no ayudan

Solo unos pocos segundos es lo que tardo en apreciar como su aliento pútrido me roza parte del cuello y nuca por el lado derecho. Mira que había sitio en todo el autobús para elegir, incluso para poder sentarse a solas, pero este señor ha preferido ponerse a mi lado y no consigo comprender el motivo. Ahora maldigo el momento en el que me senté en el asiento de la ventanilla en vez del que da al pasillo para así poder evitar esto. «Tranquila, no pienses mal. Siempre hay personas muy raras por el mundo» me digo a mi misma intentando calmarme y convencerme de que no va a pasar nada malo, todo mientras siento como su aliento sobre mi piel se vuelve mucho más húmedo y caliente. Un retortijón me alarma. Esto no me gusta.

Mi cuerpo entra en tensión lentamente y, como siempre que estoy nerviosa, comienzo a morderme las uñas de forma descontrolada. Luego me voy a sentir mal, si, pero ahora no puedo limitar mis manías. Tengo que concentrarme en otra cosa joder. Encima noto como su mirada no se aparta de mi, está clavada, y eso me incomoda aún más. Por si no fuera poco además, el olor que despide es más que insoportable. «Déjame en paz, no tengo ganas de tonterías» le digo en mi mente aunque sepa que no sirve de mucho. Yo intento ignorarle con todas mis fuerzas, a ver si haciendo esto consigo que me deje en paz y así va a sentarse a otro lado. Pero cuando pasan como 4 minutos y este señor sigue igual, sin haberse movido ni un milímetro, asumo que ya no lo va a hacer hasta que me baje en mi parada o él en la suya. Si es que no es uno de esos locos que deciden seguirte por la calle.

Mis uñas sufren cada vez más y me hago incluso un par de pequeñas heridas por las mordeduras. Miro hacia los varios rincones que tiene este autobús urbano, buscando algo o alguien que me pueda ayudar a salir de esta situación tan espeluznante. Sin embargo, creo que esto le pone en alerta, pensando que es el momento indicado para atacarme con sus palabras, y comienza a hablarme.

-Oye, eres muy bonita-me dice pegándose más a mi.

No le respondo y miro por la ventana o al menos me obligo a hacerlo. A ver si así pilla la indirecta de que no me siento a gusto con su presencia ni quiero hablar con él. Demasiado bonito para ser verdad. El ambiente se vuelve más incómodo y los ojos curiosos comienzan a hacer acto de presencia por su incesante charla a media voz.

-¿Cuantos años tienes, guapa?-parece que me habla a pocos centímetros de mi, dándome un escalofrío del asco. Odio la forma en la que me dice «guapa», me parece muy despectiva viniendo de él y de muchos más hombres que la utilizan sin saber.

El hombre, por lo poco que he podido observar de él, rondará los cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años. Tiene el pelo canoso y creo que la mente un tanto perturbada si se dedica a hacer esto a la gente. Nunca he entendido como alguien puede comportarse así con otra persona, la verdad. A mi me daría vergüenza o me sentiría mal por hacerla sentir incómoda, agobiada y con ganas de salir huyendo o pedir ayuda. ¿Pero este tipo de personas qué debe pensar al respecto? Nada lógico seguro.

Como empiezo a sentirme ya bastante cansada de aguantarle la idea de cambiarme de sitio, aunque eso suponga dirigirle la palabra, se hace demasiado apetecible. Me disculpo, un poco borde porque no se merece más, para que me deje salir al pasillo y así poder sentarme en otro lugar donde poder estar en paz. Afortunadamente, no se opone a que me vaya y pongo rumbo al lugar más lejano del autobús, o sea, en los asientos del fondo. Además, hay varias personas allí, por lo que supongo que evitará que siga con esto. Veo como varias personas comienzan a mirarme aburridas o curiosas por mi reacción y luego sus ojos van hacia el asiento de donde vengo. Cruzo los dedos para que no se haya levantado.

Al llegar ya a mi nuevo asiento, respiro tranquila. Me siento con un largo suspiro y vuelvo a mirar hacia el frente. Un leve tirón en el estómago hace que todas mis esperanzas de vayan al garete. Se ha levantado y viene hacia aquí mientras me mira fijamente, su expresión me repugna. No sé ni como consigo ahogar las tremendas ganas que tengo de gritar. «En la próxima parada me bajo. No puedo aguantar más esto» me digo totalmente convencida aunque aún me queden otras tres paradas para llegar a la mía. Prefiero eso a tener que seguir aguantándole. Le doy al botón de solicitar parada antes de que se vuelva a sentar a mi lado.

-¿Ya te bajas?- dice apenado y se sienta dejando caer todo su peso.

Tengo unas ganas horribles de decirle de todo. “Es que no tienes otra cosa mejor que hacer. Déjame por favor, no me interesan tus sucios deseos” digo cabreada en mi mente mientras el corazón me retumba en el pecho. Me encantaría describir el asco y la ansiedad que me está dando esta persona para poder avisar a esas miradas de lo mal que me lo está haciendo pasar, pero las palabras no me salen. Estoy muda y sola y odio que me pase esto.

No tarda en volver a decir alguna gilipollez que vuelvo a ignorar, sin embargo, esta vez va mucho más lejos y roza con su mano mi pierna derecha. «Por qué cojones tengo que aguantar esto» pienso mientras me entran unas enormes ganas de llorar y salir corriendo. No sé que hacer, miro desesperada a todo el mundo pidiendo ayuda mientras me alejo lo más posible de él con el cuerpo y todo lo que me deja el asiento, pero no es suficiente para que rompa este contacto tan desagradable que ha hecho él sin mi permiso. Mi respiración se acelera y comienzo a tener sudores fríos.

Algunas miradas indiscretas se vuelven hacia nosotros porque este ya comienza a hacer un ruido razonable entre todas las obscenidades que me está gritando sin vergüenza (ninguna de ellas agradable, solo cosificándome como una cosa bonita, delicada, suave, que si quiero pasar un buen rato con él, que seguro que me gustan estas cosas y por eso estoy tan callada…). Les miro con cara de auxilio para que le digan algo a este señor y me deje en paz o que me saquen de aquí, mas lo único que hacen es solo mirar de reojo cuando creen que no les veo. Ni si quiera ninguna mujer ha venido en mi ayuda, cuando seguramente a ellas también les haya pasado algo parecido y hubieran dado cualquier cosa por que les sacaran de este apuro. Incluso, por el espejo del conductor que da a la parte trasera del autobús, he visto como éste nos ha mirado por unos segundos y ni si quiera a hecho o dicho algo. Se supone que tiene que mantener el orden.

Hoy nadie pretende ayudarme, solo ignorarme y observar sin empatía.

Puede que os parezca que está situación no está bien, o eso espero, y es que si no hacéis nada para ayudar a que esto no pase, sois cómplices de este asqueroso señor y de otros muchos más. Si yo no fuera tan tímida y no tuviera problemas para relacionarme y decir lo que quiero por culpa de la ansiedad social, podría haberme librado con él con un simple «no quiero nada con usted, déjeme en paz» seco y un poco violento. Pero no, me tiene que importar no ser desagradable con los demás y que las palabras no me salgan en estas situaciones. Por mucho que me conciencie, cuando estoy en ellas, no soy capaz de hacer nada. Solo aguantar hasta que pueda huir, si es que me dejan.

Pero la culpa no es mía por no saber como manejar estas situaciones y ser cortante. Es culpa de esa persona que decide que es un buen día para molestar a una mujer para su placer. La culpa es de esas personas que dejan que este tipo de personas tengan vía libre para hacerlo en sitios plenamente públicos y con bullicio. Estoy harta de que me diga “¿Y por qué no haces algo para evitarlo?” ¿Y por qué no sería mejor evitar a toda costa que estas personas puedan tratarnos de esta forma, tocarnos sin nuestro permiso y decirnos de todo? Esa es mi pregunta.

La siguiente parada llega ya mismo y la mano del señor sigue rozándome la rodilla con descaro y perversión. Estoy a punto de llorar y consigo decirle un «por favor, déjame en paz» con un hilo de voz aunque creo que hace caso omiso porque ni si quiera aparta su mirada de mi entrepierna. Sigue con sus preguntas personales y suponiendo cosas de mi que no son. Los segundos cada vez van más lentos y yo ya me estoy preparando para salir escopetada del autobús sin mirar hacia atrás. Un minuto más aquí y pierno los nervios totalmente y me echo a llorar.

«Vamos, vamos, vamos…» Ruego de que llegue ya la parada.

En cuanto la consigo ver, me levanto rápidamente y voy, sorteando como puedo, pies y miradas que no ofrecen ninguna ayuda. Quiero mirar hacia atrás para ver si me sigue de nuevo, pero creo que si lo hago no voy a poder controlar la ansiedad monumental que sufro ahora mismo. El autobús para, abre las puertas y salgo con la mirada bien fija en el edificio que tengo delante. Cojo el móvil y marco el número de mi mejor amiga porque necesito hablar con alguien, que se me escuche y saber que no estoy sola en esto.

Cuando escucho que se marcha el autobús es cuando ya me permito girarme para comprobar que no está aquí conmigo, que no me ha seguido. Me muerdo una de las uñas inconscientemente.

-¿Hola? ¿Que te pasa Paula? -pregunta al notar mi agitada respiración y porque aun no he dicho nada, ni un saludo. Sabe que no es lo típico en mi.

No está, ha desaparecido por fin.

-Tía, te tengo que contar algo. Lo he pasado…-mi voz se ahoga en la ansiedad- fatal. Necesito hablar-y comienzo a llorar entre una especie de alivio y porque aún no me creo la situación que he tenido que vivir ahora mismo-ha sido horrible… JODER.

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