Prólogo.

PRÓLOGO.

La callejuela desprendía un hediondo olor a heces y deshechos de toda clase que ni siquiera la llovizna, producida por el manto negruzco que opacaba el cielo malagueño, era capaz de eliminar.

Entre aquellas sucias y estrechas paredes ascendían las sinuosas formas creadas por el humo del cigarrillo, simulando la imagen de estar atrapada en una chimenea. Corría el mes de Diciembre: un mes que, por cierto, odiaba desmedidamente, por la tendencia a creer que sólo en esa época de navidad era cuando había que rezumar felicidad y amor hacia los demás y, siete grados en dicha ciudad ya eran temperaturas bajas que obligaban a la gente a vestir de cuello vuelto y abrigos cuanto más gordos mejor. Sin embargo yo, en la oscuridad de ese callejón y con cigarrillo en mano, sólo vestía con una camiseta de manga corta negra y unos vaqueros raídos por todas partes, quizás la única prenda que podía ser un poco más abrigada eran las botas militares. Aun así, no tenía frío ―hacía años que mi cuerpo se había acostumbrado a esas temperaturas― y tampoco vestía así por ser una especie de pobre vagabunda que había quedado perdida en la calle, dejada al alcohol y las drogas con tan sólo veinticinco años.

El eco de unos pasos se hizo presente, mis ojos se tornaron serios, siempre alerta, esperando a que la figura dueña de esa sombra se mostrase ante mí. De forma instintiva, había llevado la mano a la parte trasera de mi cinturón.

―¡Haizea!

Relajé un poco mi cuerpo al escuchar esa voz tan familiar, con ese leve toque de ruso tan característico en él. Mis labios esbozaron una sonrisa cómplice y me recosté, de nuevo, sobre la mugrienta pared para dar una calada a mi cigarrillo antes de hablar.

―Yerik…

Me devolvió la sonrisa y, enfundando las manos en los bolsillos de su gabardina beige, procedió a situarse justo frente a mí.

Yerik Vasiliev era un hombre alto y corpulento, de cabellos rubios y ojos grises, fríos como el hielo: igual que su personalidad en muchas ocasiones. Tenía el pelo corto que, junto con su grueso rostro y la profunda cicatriz que le surcaba la mejilla izquierda, le conferían un aspecto siniestro y para nada agradable. Debía sacarme por lo menos quince años de diferencia, pues su edad parecía rondar entre los cuarenta o cuarenta y cinco en esos tiempos. Nunca lo he sabido con exactitud, no porque él no haya querido decírmelo, simplemente, porque nunca me ha interesado preguntárselo.

Era extraño cómo Yerik y yo nos habíamos conocido cuando yo no era más que una novata en el que entonces era mi “trabajo”. Es difícil caerle bien a este hombre y, sin embargo, debió ver algo en mí que desde el primer momento le inspiró confianza. Por el contrario, yo le odiaba, le despreciaba y trataba de mantenerme alejada de él, pensando que tan sólo querría utilizarme como una más de sus marionetas. Quién iba a decir que al final nos volveríamos amigos, íntimos diría yo. Yerik fue quien me puso el nombre de “Haizea”.

―¿Qué tal están siendo estas hermosas fechas? ―cargaba sarcasmo y burla en esa frase.

Su voz gruesa y dura invadió el silencio, como un trueno apoderándose de la calma de la noche.

―¡Vete al cuerno, imbécil! ―escupí antes de terminar el cigarro y arrojarlo al suelo. Nosotros siempre éramos así―. ¿Qué te trae por aquí? Porque no creo que sea casualidad que me hayas encontrado en esta mierda de callejón.

―Tengo un trabajo para ti ―dijo tomando un cigarro de su gabardina para llevárselo a los labios.

―¿Qué clase de trabajo? ―alcé una ceja―. Y hazme el favor de no venirme con una estupidez como la otra vez, porque no pienso perder el tiempo con idiotas.

Le vi sacar un pequeño pedazo de papel, con letras garabateadas en él, que no tardó en tenderme para que lo leyese. Conforme iba deslizando mi vista por el trazo de las letras, mis labios esbozaban una sonrisa de satisfacción. Analizando con sumo cuidado cada detalle.

―Sabía que te gustaría.

―¡No cantes victoria tan rápido, rubito!― le devolví el papel sin levantarme de mi sitio―. ¿De cuánto dinero estamos hablando?

―¿Desde cuándo te importa el dinero si se trata de una buena oferta?

―Desde que necesito algo que llevarme a la jodida boca porque tengo ganas de una buena hamburguesa con patatas y Ketchup. Llevo sin probar bocado desde hace dos días, y tampoco me vendría mal un paraguas para estas fechas: que frío no sentiré pero ¡joder! calar sí que cala de lo lindo. Yo aquí con las ropas empapadas y tú sin brindarme cobijo en tu gabardina, qué poco caballeroso.

Yerik dejó escapar una profunda carcajada y yo no pude evitar fruncir el ceño pues, después de todo, no hablaba en broma con lo que acababa de decirle. Era cierto que nunca miraba el precio, incluso, muchas veces lo hacía gratis y creo que ahí estaba mi mayor error pues, al final, siempre terminaba muerta de hambre o con un resfriado de dos pares de narices.

―No han establecido precio, pero dicen que podrás cobrártelo tú misma, según cómo cumplas tus tareas.

―¡Trato hecho!, pero sabes que pienso hacerlo a mi manera ―sonreí cargada de orgullo mientras me incorporaba, y le vi asentir dándose la vuelta para regresar sobre sus pasos.

―Confío en que lo harás bien. Udacha.

“Udacha” significa “buena suerte” en ruso, es algo que aprendí de él. Asentí ante esas palabras viéndole marchar y desaparecer, finalmente, en la oscuridad. Cuando me quedé sola, borré toda sonrisa y expresión de mi rostro. Sabía que había llegado el momento de empezar a trabajar de nuevo y debía prepararme para la función.

Como os decía antes, yo no era una pobre vagabunda desvalida ni drogadicta.

Tan sólo era una asesina, bastante independiente por cierto, pero, en ocasiones, no estaba de más aceptar alguna que otra oferta, siempre y cuando ésta fuese razonable. Además de eso, Yerik y yo trabajábamos en un proyecto bastante complejo, con la certeza de que nunca lograríamos obtener lo que queríamos, pero con la fuerza de voluntad suficiente como para intentarlo y, después de todo, si no funcionaba, sólo tendríamos que volver a reiniciar de nuevo y acabar con cualquier estorbo que se hubiese interpuesto en nuestro camino.

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