Capítulo 8: Causa y efecto.

Los rayos del sol se colaban por las pequeñas rendijas que la persiana mal bajada había dejado. Las cortinas estaban echadas, pero eso no impedía demasiado que la luz se filtrara hasta llegar a la cama, alcanzando al joven rubio que dormía completamente tapado por las sábanas hasta el punto de que solamente se le podían ver unos pocos mechones de pelo.

Eran ya las once y media de la mañana. Hacía menos de seis horas que el joven había llegado a la casa junto a Oliver, acostándose nada más llegar en la cama del pelirrojo con este. Pese a todo, en ese momento solo Daniel seguía durmiendo. Oliver se había despertado hacía poco más de diez minutos, saliendo de la habitación para bajar a la cocina a por algo de beber.

Nunca supo si fue por el hecho de que acababa de despertarse y aún estaba medio dormido, o porque en ese momento estaba demasiado centrado en calmar su sed. Pero cuando bajó las escaleras que separaban los dos pisos de su casa y entró en el salón y encontró a su madre mirándole desde uno de los sillones con una seriedad extrema, el joven pelirrojo recordó no solo qué día era ese, sino todo lo que había sucedido la noche anterior.

—Oh, oh —murmuró con el temor creciendo dentro de sí.

—Sí, Oliver. Oh, oh.

 

* * * * *

 

Aún dormido, Daniel empezó a revolverse en la cama cuando unas voces familiares llegaron hasta él, terminando por despertarle. Estaba agotado y le dolía todo el cuerpo. Con un gruñido, el chico ni siquiera abrió los ojos antes de taparse de nuevo con las sábanas con la firme intención de volver a dormirse.

Para su desgracia, esas voces que habían logrado despertarle se escuchaban ahora cada vez más cerca y le sonaban terriblemente familiares.

Estando aún más dormido que despierto, Daniel creyó distinguir por fin a quién pertenecía esa voz. Sonrió. Era su padre, por supuesto, y teniendo en cuenta que hablaba en italiano, estaba realmente furioso.

La puerta de la habitación se abrió en ese instante, haciendo un estruendo al chocar contra la pared debido a la fuerza con la que la habían abierto. Sin dar ninguna muestra de que estaba despierto, ya que lo que más quería era seguir durmiendo, Daniel oyó más que vio cómo su padre se acercaba a la cama y le cogía las sábanas, tirando de ellas hacia atrás.

—¡Eh! —exclamó molesto y ahora también con frío—. ¡Joder, estaba durmiendo!

La mirada que Gael le dirigió haría temblar al más valiente, pero Daniel simplemente no le hizo caso, pues estaba tratando de recuperar las sábanas para volver a taparse. Por ello, el actor volvió a agarrarlas, apartándolas aún más de su hijo.

Con un bufido de protesta, Daniel se volvió hacia su padre.

—¿Se puede saber qué quieres?

¿Que qué quiero? —preguntó el actor, alzando cada vez más la voz—. ¿Quizás saber dónde estuviste ayer?

Daniel suspiró. Vale, sí, sabía que no se iba a librar del enfado de su padre; pero, sinceramente, en esos momentos no estaba para tonterías de ese estilo.

—Mira, Gael, me duele todo el cuerpo, tengo una resaca enorme y, además, tengo sueño. Ya hablamos luego, ¿sí? Ahora déjame dormir tranquilo.

Y, antes de que el actor pudiera siquiera procesar tales palabras, el chico agarró las sábanas y volvió a taparse con ellas, dispuesto a hacer, justamente, lo que había dicho.

Por desgracia para él, Gael estaba lo suficientemente enfadado como para no dejarle tranquilo. Y sin dejar pasar ni un segundo, volvió a apartar las sábanas, le cogió del brazo y le obligó a levantarse de la cama y enfrentarse a él.

No voy a dejarte en paz, jovencito —le aseguró el mayor sin soltarle—. Quiero saber qué significa esto.

Aún furioso, el actor tiró los periódicos que tenía en la mano encima de la cama para después cruzarse de brazos y mirar a su hijo, esperando respuestas.

Curioso, Daniel cogió uno de los periódicos. No le hacía falta buscar la noticia, ya que su padre le había tirado justamente la hoja en la que se hablaba de ello. Así, cogió una cualquiera y empezó a leer:

 

Calabazas para Gael Agnelli.

 

Daniel Agnelli, hijo del conocido actor Gael Agnelli, ha dejado plantado a su padre al no presentarse en la fiesta que este le había organizado este Halloween con motivo de su cumpleaños.

 

La que se suponía que iba a ser la mejor fiesta de este Halloween y de la que más se hablaría en la ciudad durante días, ha acabado cumpliendo esa expectativa pero de una forma en la que nadie había pensado.

La fiesta, a la que acudieron grandes conocidos del mundo del cine, incluyendo también a diseñadores influyentes, varios modelos y algunos políticos y empresarios, fue perfecta hasta el momento en el que Gael Agnelli pensaba dar a conocer a su cuarto hijo: Daniel Agnelli, hijo del actor y de la ya fallecida Audrey Hudson. Al parecer, el joven cumpleañero debió pensar que estaría bien dejar en ridículo a su padre, ya que decidió no acudir a la fiesta, para gran sorpresa y decepción de todos los invitados y familiares que allí le esperaban.

Por suerte, el actor supo reaccionar a tiempo, decidiendo tomarse este altercado como una pequeña broma de Halloween por parte de su hijo…

 

La noticia seguía, por supuesto, pero el resto era algo que a Daniel no le interesaba en absoluto. Así que, en vez de seguir leyendo, alzó un poco la mirada para mirar a su padre.

—Es mejor que el título que había pensado yo —confesó, volviendo a leer, esta vez en voz alta, el titular de la noticia—. Me gusta el doble sentido que le dieron a las calabazas. No había pensado en eso.

Gael se mordió la lengua para no empezar de nuevo a maldecir, diciéndose a sí mismo que debía mantener la calma. Algo que se le hizo imposible cuando siguió escuchando a su hijo:

—Bueno, al menos lo conseguiste ¿no? Querías que la gente hablase de tu fiesta durante días, ¿cierto? Pues mira, lo has conseguido —habló sonriente, señalando los periódicos con una mano—. Deberías estar contento. Pasarán semanas e incluso puede que meses antes de que la gente se olvide de tu fiesta.

Pero no era precisamente alegría lo que sentía el adulto. Era enfado, ira, furia… Más aún al ver la sonrisa arrogante de su hijo.

Vas a decirme ahora mismo qué se supone que hiciste ayer y por qué no viniste a tu fiesta —le ordenó, agarrándole del brazo nuevamente para hacer que le mirara.

—¿Mi fiesta? —El tono de Daniel se agravó, sus ojos se entrecerraron y el enojo pudo apreciarse perfectamente en todo su cuerpo—. ¿Mi fiesta? —repitió, soltándose del agarre de su padre con un movimiento brusco—. Esa no era mi fiesta —le dijo, alzando un poco su tono de voz—. Esa fue solo una de tus patéticas excusas para volver a ser el centro de atención, así que no me vengas ahora con que era mi fiesta.

Hice esa fiesta por ti, para darte una sorpresa al ver que habíamos venido todos a celebrar tu decimosexto cumpleaños —murmuró aún furioso el actor—. Y tú me lo pagas no viniendo a la fiesta. ¡A tu fiesta!

—¡Si en verdad fuera mi puta fiesta no habrías invitado a todos tus amigos y conocidos! ¡Si en verdad me conocieras y te preocuparas por mí, sabrías que no me gustan tus malditas sorpresas, que odio celebrar mi cumpleaños y que, por supuesto, odio que me hagan una fiesta! —le atacó—. Pero claro, como el señorito en lo único que piensa es en su persona, no…

La bofetada de su padre le hizo callar. Sorprendido por ese gesto, Daniel retrocedió un paso, llevándose una mano a la mejilla mientras sus ojos se centraban en su padre, perplejo. Nunca, en toda su vida, le habían pegado. Sí, le habían castigado alguna vez, sobre todo en esos últimos años, pero nunca, jamás, su padre le había puesto la mano encima.

Le miró. Gael respiraba agitado y, por la sorpresa que podía verse en su rostro, se podía ver perfectamente que el gesto no había sido premeditado.

—Duele, ¿verdad? —le dijo en apenas un susurro, con la mirada del adulto fija en él—. La verdad, me refiero. Duele escucharla, ¿cierto? —Los ojos de Daniel se entrecerraron. Por otra parte, Gael no sabía por qué todas las alarmas de su cuerpo acababan de saltar—. ¿Pero sabes qué duele más? Que te mientan. Que te oculten las cosas porque, según los demás, aún eres muy joven para entenderlas, porque es lo mejor para ti.

El odio estaba muy presente en todas y cada una de las palabras del adolescente. Sus brazos, ahora completamente pegados a ambos lados de su cuerpo, estaban tensos, y sus manos eran ahora puños fuertemente cerrados. Su cuerpo temblaba y no precisamente por frío o miedo, sino de ira.

No sé de qué me hablas —habló Gael, cruzándose de brazos y reponiéndose por completo.

—¿Ah, no? Sí, seguro que no. Seguro que no tienes ni idea de lo que estoy hablando —decía el chico, alejándose de su padre para empezar a dar paseos por la habitación, manía que tenía cuando estaba furioso—. Después de todo, tú nunca me mentirías, ¿cierto? “Nada de secretos entre nosotros” esa era tu máxima si mal no recuerdo. ¿Verdad? —le preguntó, girando un poco la cabeza para mirarle, pero sin detenerse.

Gael no dijo nada, se conformó con mirar a su hijo en silencio, sin saber por qué el nudo de su estómago crecía cada vez más.

—Tú nunca me has mentido, ¿cierto? Jamás me has ocultado nada. Incluso me contaste lo de mi madre, por más que tardases trece putos años en hacerlo —susurró el joven con odio, deteniéndose ahora frente a él y fijando su mirada en la suya—. ¿Qué me dijiste? ¡Ah, sí! Me dijiste que había muerto. “Una complicación en el parto”, esas fueron exactamente tus palabras.

Gael escuchaba sin intervenir, ya que se sentía incapaz de decir nada. No entendía porqué su hijo había sacado a coalición la muerte de su segunda mujer, pero estaba seguro de que no sería para nada bueno.

—Me dijiste que había muerto, sí, pero no me dijiste nada sobre el cáncer, sobre que se había negado a tratarse por mi culpa.

Las palabras de su hijo, la sorpresa que le suponía el que Daniel supiera sobre la enfermedad, lograron que el cuerpo le temblara y hasta que sus piernas amenazaran con no sostenerle. Así, el actor retrocedió ese paso que le separaba de la cama, terminando por sentarse en ella.

¿Cómo sabes tú eso? ¿Quién te lo dijo? —consiguió preguntar, mirándole sin comprender.

—¿Qué importa eso? Lo importante es que lo sé, que tú me mentiste, ¡que me ocultaste lo del cáncer! Que a pesar de decirme siempre que nunca habría secretos entre nosotros, tú eres el primero en mentirme. ¿Y aún me preguntas por qué me negué a ir a tu estúpida fiesta? ¿Será porque siempre me estás mintiendo, quizás?

»¿Qué va a ser lo próximo que descubriré? ¿Que no soy tu hijo? ¿Que me adoptaste por alguna extraña razón de las tuyas? —Daniel lanzó una carcajada—. Supongo que no tendré tanta suerte, ¿verdad? Ya me gustaría a mí no ser hijo tuyo.

Una segunda bofetada acalló de nuevo al rubio. Sorprendido por el golpe pero sin arrepentirse de nada de lo que había dicho, el chico miró a Gael, quien se había levantado de la cama y ahora le miraba iracundo por todas esas palabras.

No te dije lo de tu madre porque, a pesar de todo lo que crees, te conozco perfectamente y sabía cual sería tu reacción. Porque en eso eres igual a como era ella y sabía que ibas a culparte de lo ocurrido y no quería eso. No quiero que pienses que tú eres el culpable de su muerte porque eso no es cierto —habló serio pero sin alzar el tono de voz más allá del susurro—. En cuanto a mí, no te permito que me hables de esa manera. Eres mi hijo, Daniel, y eso no cambiará por mucho que intentes esconderte al venir aquí.

—¿Crees que por eso me fui? ¿Crees que fue para olvidarme de que soy tu hijo? —le interrogó Daniel, soltando una nueva carcajada—. No lo hice por eso. Sé que soy tu hijo, Gael, y que eso no cambiará tanto si estoy aquí como en Nueva York o hasta si me da por mudarme a Japón.

¿Entonces?

Daniel le miró, esbozando una sonrisa al ver la confusión en los ojos de su padre.

—Me fui por ti, papá —le dijo, poniendo todo su desprecio en esa última palabra—. Porque no te soportaba, porque te aborrezco. No soportaba pasar un solo día más en esa casa, a tu lado —confesó—. Por eso me escapé de casa. Por eso guardé algunas de mis cosas en una mochila, cogí el dinero que tenía ahorrado y me fui al aeropuerto tirando el móvil en la primera papelera que encontré. Porque quería escapar de ti, de tus estupideces y tonterías, de tus aires de grandeza. ¿Y sabes qué es lo mejor de todo?

Gael no respondió. Cada una de las palabras de su hijo había sido como una puñalada directa a su corazón, sobre todo si tenía en cuenta la mirada llena de arrogancia y de desprecio con la que el chico le observaba.

—Lo mejor… —empezó a decir el joven, sin perderse ninguna de las reacciones de su padre—. Lo mejor es que no me arrepiento, que sería capaz de volver a hacerlo solo para huir de ti. —El dolor volvió a hacerse presente en el rostro del actor, pero aun así, Daniel no se calló—. Volvería a coger mis cosas e irme de esa casa sin avisar. ¿Sabes qué es lo único de lo que me arrepiento? De que al venir aquí lograras encontrarme gracias a Diana y Toño, nada más.

»Te odio, papá. Estos dos años que han pasado desde que me fui han sido los mejores de mi vida. Así que, sinceramente, la próxima vez que quieras hacerme una fiesta o simplemente venir a visitarme, haznos un favor a ambos y ahórrate el viaje, porque te aseguro que ni iré a la fiesta ni hablaré contigo.

Y, tras esta declaración, Daniel se dio la vuelta, saliendo de la habitación del pelirrojo, sin importarle todo el dolor que sus palabras le habían causado a su padre.

 

* * * * *

 

Era martes por la mañana, casi medio día. Hacía escasos minutos que Cynthia se había despertado y levantado. Menos minutos aún habían pasado desde que la chica había salido de la ducha, había vuelto a su habitación para vestirse y, acto seguido, fue hacia la cocina a preparar algo de comer.

La joven modelo estaba contenta. A pesar del plantón del hijo de Gael Agnelli y del asco que le había provocado la comida al verla por primera vez, la fiesta había sido fabulosa y no se arrepentía de haber ido. Ni siquiera de haber probado bocado de algo que parecía una costilla humana pero que, en verdad, había resultado ser chocolate blanco.

Habían estado allí casi toda la noche. Hasta que, a eso de las seis o siete de la mañana, los invitados habían acabado por marcharse a sus respectivas casas u hoteles. Aunque al final, Héctor, Paolo y ella habían acabado por acudir a un bar para tomar esa “última copa” que tanto había pedido Paolo.

Sonrió al recordarlo. Más que una última copa, habían sido unas cuantas hasta que, al darse cuenta de que eran más de las ocho de la mañana, decidieron ir a desayunar los tres juntos antes de separarse por fin.

—Y bueno, dime, ¿qué quieres para comer? —preguntó la joven al pasar por el salón, donde estaba su hermano.

La modelo no recibió respuesta alguna, algo que la extrañó demasiado. Según había podido ver antes de entrar en la ducha, su hermano, aunque estaba tirado en el sofá, estaba despierto. Al final, se detuvo justo tras el sofá, se inclinó un poco para poder ver al castaño y chascó los dedos frente a su rostro.

—Si te estás durmiendo será mejor que vuelvas a la cama, ya sabes que yo no voy a reñirte —le dijo, sabiendo perfectamente que su hermano había llegado tarde. Después de todo, había sido esa la razón por la que le había pedido que le dejara dormir en su casa en vez tener que volver a la de sus padres.

—No tengo sueño —murmuró el castaño en tono hosco y desganado.

—Pues quién lo diría viéndote ahí tirado —le rebatió ella con una pequeña sonrisa—. ¿O será que tienes resaca? —le preguntó, empezando a rodear el sofá—. Ya sabes que no me gusta que bebas. No es bueno para tu salud.

—No bebí nada —la acalló el chico, apartando de un manotazo la mano de su hermana que le estaba revolviendo el pelo.

—Vale, vale —murmuró ella, posando las manos en su cadera—. Pues sí que estamos de malhumor hoy.

Cynthia chascó la lengua y, tras un suspiro de resignación, empezó a alejarse del chico.

—Yo voy a preparar algo de comer, que tengo hambre. Tú haz lo que quieras.

En silencio, Julio vio a su hermana alejarse de su lado en dirección a la cocina. Todavía sumido en sus pensamientos, el chico volvió a centrar su vista en la televisión. Pero, a pesar de que la película que estaban poniendo era una de sus favoritas, sabía que apenas le estaba prestando atención. Tenía muchas cosas en las que pensar. O, mejor dicho, estaba intentando no pensar en todas esas cosas que habían pasado.

—Cindy…

El llamado de Julio, que no sobrepasaba el susurro, logró que la aludida se detuviera justo a mitad de camino.

—¿Sí? —le preguntó, esperando que continuara hablando.

El chico se mantuvo en silencio, sin saber muy bien qué decir. A pesar de no saber si quería hablarlo con alguien, sus labios se habían movido solos para llamar a su hermana, pidiendo una ayuda que él no sabía si quería.

—Vale, si no quieres responder, no respondas —habló la mayor al ver que el silencio se mantenía.

—Espera —le pidió antes de que pudiera seguir alejándose—. Es que… Yo…

Al oír la voz titubeante del chico, Cynthia se volvió hacia él, mirándole fijamente. El castaño ya no estaba tirado en el sofá, sino que se había sentado en él y ahora tenía la mirada fija en su persona. Parecía desganado, triste, las ojeras bajo sus ojos parecían estar ahí no sólo por haber salido hasta tarde, sino casi por no haber conseguido dormir nada, algo que parecía confirmarle los ojos rojizos del chico.

—Julio, ¿qué pasa? —le preguntó, acercándose a él. Se sentó a su lado y le alzó su rostro con una de sus manos, acariciándole la mejilla—. Tienes mala cara.

El aludido desvió la mirada, sin responder aún. Sabía que tenía mala cara. Había podido mirarse al espejo al levantarse, y la verdad era que su hermana tenía razón sobre su aspecto.

—¿Te sientes mal? ¿Es eso? —probó con duda y preocupación en su voz, a la vez que alejó su mano con temor a hacerle daño—. ¿Te traigo la medicación?

Julio negó con la cabeza, buscando tranquilizarla antes de que hablase sobre llamar al médico o, peor aún, a sus padres.

—Estoy bien. No es eso.

—Pues si no es por eso y dices que no bebiste nada, ¿qué te pasa?

Mordiéndose el labio con saña, Julio debatía consigo mismo sobre si responder o no a esa pregunta. Quería decirlo, quería que su hermana le ayudara a sentirse mejor de alguna forma, pero tampoco quería dejar ver lo mucho que le había afectado lo sucedido. Pese a que eso pudiera verse a simple vista.

—Me rechazó —acabó susurrando, con la vista fija en la funda del sofá—. Oliver me rechazó.

Cynthia le miró sorprendida. No se esperaba tal respuesta, por mucho que eso explicase a la perfección que su hermano estuviera así. Suspiró, terminando por acomodarse mejor en el sofá, y rodeó el cuerpo de su hermano con un brazo para instarle a apoyarse en ella.

—Creía que no ibas a verle —le dijo, mesándole el cabello con cariño.

—Sí, eso pensaba —confesó el chico a su vez—. Pero al parecer él y Daniel se escaparon de la fiesta a la que deberían haber ido. O eso fue lo que me dijo cuando me lo encontré en un bar.

Cynthia asintió, esperando que el menor siguiera hablando, algo que no se hizo esperar.

—Le pregunté por qué no me devolvía los mensajes ni las llamadas, y me dijo que era porque ya sabía lo que sentía por él y que no quería responderme. Que él no sentía nada por mí. Pero eso no fue todo —añadió antes de que la rubia pudiera decir algo—. Me mintió. Le pregunté si es que estaba enamorado de Daniel, y me dijo que no; pero más tarde, cuando encontramos a Daniel liándose con un chico, Oliver le dijo que se apartara de su novio. Me mintió —repitió el chico, incrédulo—. Sabía que estaba detrás, que acababa de decirme que no le gustaba Daniel y, a pesar de todo, dijo que era su novio. Me confirmó que me había mentido antes.

Sabiendo todo eso por lo que su hermano estaba pasando, Cynthia le acercó aún más a ella, dándole un beso en la sien para intentar tranquilizarle.

—Bueno, al menos tú sabes que el chico es gay, como tú.

Julio alzó un poco la mirada, mirándola extrañado.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó.

—¿No te lo conté nunca? —preguntó ella a su vez—. Hace unos años me enamoré de un chico homosexual.

Los ojos del menor se abrieron de par en par, más aún al percatarse de un pequeño detalle.

—¿Del chico ese que estuvo aquí el otro día?

La risa cristalina de la rubia inundó el lugar cuando ella asintió.

—Sí. De Paolo —le confirmó—. Tenía diecisiete años, hacía poco que había comenzado a modelar y él era uno de mis compañeros. Recuerdo que me enamoré de él al instante —le contó—. Además, se portaba tan bien conmigo que no pude evitar enamorarme aún más.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —la interrumpió el castaño, incapaz de creer lo que oía.

—Muy en serio. Es más, recuerdo que hasta me declaré.

La sorpresa estaba patente en el rostro del menor, quien era incapaz de decir algo por mucho que su boca se abriera y cerrara sin parar.

—¿Y qué pasó? —pudo preguntarle tras varios intentos.

—Que me rechazó, por supuesto.

La respuesta tan directa de la joven contrastaba enormemente con el tono jocoso que había utilizado. Algo que, por supuesto, logró que su hermano empezara a preguntarse si realmente le estaba diciendo la verdad.

—Recuerdo —continuó la modelo—, que cuando me dijo que lo sentía mucho pero que él era gay y que no podía salir conmigo, empecé a llorar e incluso me fui de la sesión en la que estaba para acabar encerrándome el resto del día en casa.

—Menudo cabrón —masculló el chico por lo bajo, sumamente enfadado.

—¿Tú crees?

—Sí. Te rechaza de mala manera y encima no le importa que te fueras sin más.

Cynthia empezó a reírse, acallando con ello a su hermano, que la vio negar con la cabeza.

—¿No?

—No —contestó ella—. Vino a verme. Apareció a eso de las once de la noche en casa. Cuando abrí la puerta me lo encontré con un ramo de rosas rojas en una mano, un enorme peluche de Chewbacca en la otra e implorando mi perdón con la mirada —le relató la joven—. Me dijo que había venido a disculparse y que hasta había tenido que sobornar a Roxanne para que le diera mi dirección.

—Espera, espera. ¿Dices que estuvo en casa? ¿Y por qué yo no le recuerdo?

—Porque eso fue un fin de semana que tú te fuiste con nuestros padres de viaje —explicó la chica con un vago gesto de la mano.

Julio asintió y, al ver que su hermana seguía hablando, prestó atención a sus palabras:

—Recuerdo que cuando le dejé pasar, me abrazó con fuerza y me entregó el ramo y el peluche. Luego, se arrodilló ante mí y, con mis manos entre las suyas, me dijo: “Te prometo todo mi amor hetero, pero hasta que tenga de eso, ¿te gustaría ser mi hermanita?”. —Cynthia se detuvo, empezando a reírse al recordarlo—. Te aseguro que esa es la única ocasión desde que le conozco, en la que ha tenido un detalle romántico con alguien.

El castaño miró a su hermana. Estaba seguro de que no le mentía al decirle todo eso, pero tampoco se podía imaginar la situación por mucho que el peluche fuera una prueba irrefutable.

—¿Y qué pasó? —la interrogó no solo por la curiosidad que sentía, sino por si podría ayudarle de alguna forma con el asunto de Oliver.

—Pues que desde ese día, desde ese trece de abril del 2002, nos convertimos en lo que ahora somos —respondió la joven.

—¿Y ya está? —preguntó el otro, sorprendido—. ¿Te diste por vencida sin más? ¿No sentiste celos ni nada?

—¡Claro que sentí celos! —exclamó la rubia como si fuera obvio—. Al principio, cuando todavía sentía algo por él, me hacía ilusiones pensando que un día cercano Paolo se me declararía. ¡Y por supuesto que me ponía celosa! —repitió—. Tanto de las chicas como de los chicos que trabajaban con nosotros. Incluso, empecé a celarme de uno de nuestros compañeros al ver que le gustaba a Paolo. Pero luego me di cuenta de que era una estupidez, Héctor no tenía la culpa de gustarle al tonto de Paolo. Y ahora ya ves, los tres somos inseparables.

Julio estaba perplejo. Él también estaba celoso, en su caso de Daniel. Sentía que si el rubito no estuviera, Oliver no le habría rechazado y él no estaría así, sintiéndose engañado por Oliver. Por eso no podía entender como su hermana había podido dejar los celos a un lado tan fácilmente, pues él estaba seguro de no poder conseguirlo.

—Todos hemos pasado por una situación así, Julio. —Escuchó decir a su hermana—. Y por mucho que ahora lo veas todo negro, te aseguro que eso pasa.

—¿Ahora es cuando vas a decirme que él no es lo suficientemente bueno para mí? —le preguntó, esbozando una sonrisa triste.

—No. Yo no soy mamá. Yo solo voy a darte un consejo: no permitas que tu amistad con ese chico se pierda por esto o acabarás arrepintiéndote toda la vida.

Y, dicho esto, Cynthia le dio un nuevo beso en la sien a su hermano para después levantarse del sofá y ponerse a hacer la comida.

 

* * * * *

 

—¡Daniel!

Con esa palabra fue con la que los hijos del actor se abalanzaron sobre su hermano nada más verle entrar en el salón. Con gran esfuerzo, Daniel logró mantenerse en pie y respirar en ese maxi-abrazo en el que había acabado.

Aún estaba furioso, pero con ese gesto sus hermanos habían logrado que dejara de pensar en su padre y la discusión que había mantenido con él para centrarse en el reencuentro con sus hermanos, a quienes sí había echado mucho de menos.

—Me estáis ahogando —logró decir, intentando separarse de todos esos cuerpos.

—Venga, niños, apartaos un poco y dejadle respirar —les pidió Carla, quien se había quedado un poco apartada, sentada en uno de los sillones de la sala.

Uno a uno, los chicos fueron separándose de Daniel, hasta el punto de que sólo Nayra quedó abrazándole, pues parecía que la pequeña se negaba a separarse de su hermano. Por ello, el rubio simplemente la alzó en brazos, dándole un beso en la mejilla para después volverse hacia Carla, que al fin se había acercado a saludarle.

—Me alegra mucho volver a verte —le dijo ella, abrazándole con cariño—. ¿Qué tal la charla con tu padre?

—Digamos que hemos aclarado las cosas —respondió el chico, encogiéndose de hombros.

—Me alegro. No te puedes imaginar las ganas que tenía de venir a verte —añadió la mujer, esbozando una sonrisa.

Daniel respondió a su gesto pero no contestó. No quería pensar en su padre, así que se volvió hacia la única hermana que no le había saludado: Vanessa.

—¿Y tú qué? ¿No me saludas? —le preguntó, acercándose a ella con una sonrisa sincera en el rostro.

—No —respondió la joven con seriedad—. Estoy muy enfadada contigo por no haber venido a la fiesta, así que no hay saludo.

Sorprendido por esa respuesta, Daniel la vio cruzarse de brazos e incluso girar la cara para no verle.

—Es que se puso un vestido —le explicó Alexa.

—¡Y tacones! ¡No te olvides de los malditos tacones! —exclamó Vanessa, aún sin girarse.

—Y tacones —concedió su gemela—. Le dijimos que nada más verla en la fiesta, seguro que le dirías lo preciosa que estaba…

—Pero no viniste —terminó Vanessa—. No viniste a la fiesta y no me viste. Por eso estoy enfadada.

Perplejo por el hecho de que Vanessa se hubiera puesto un vestido, Daniel posó a Nayra en el suelo y, tras prometerle que después volvería a auparla, se acercó a su otra hermana.

—Seguro que estabas preciosa —le aseguró, abrazándola y dejando un beso en su frente—. Te aseguro que si lo hubiera sabido, habría sido el primero en llegar para poder verte. ¿Me perdonas?

Vanessa le miró seria, muy seria. Sus ojos estaban fijos en los de Daniel, y ciertamente, parecían capaces de leer todos y cada uno de sus pensamientos y, por supuesto, saber si mentía o no.

Por suerte para el chico, el gesto serio de la joven desapareció, convirtiéndose en una enorme sonrisa.

—Por supuesto que sí —respondió, abrazándole—. Anda ven aquí. Te he echado mucho de menos.

Daniel se dejó envolver por esos dos brazos tan confortables, correspondiendo sin dudar el abrazo de su hermana. Por mucho que tuviera que separarse cuando alguien empezó a revolverle el pelo para llamar su atención.

—Y a nosotros que nos habían dicho que habías cambiado tanto en estos dos últimos años que ni podríamos reconocerte… —habló Ethan, mirándole de arriba abajo—. Y mírate, sigues siendo el mismo enano esmirriado de siempre —se rió.

El rubio endureció su mirada, más aún al oír el siguiente comentario:

—Es que tu hermano no crece ni tirándole de las orejas y los tobillos a la vez —objetó Oliver, quien se había librado de la reprimenda de su madre gracias a la llegada de Gael y demás.

—He crecido —les dijo serio el rubio—. No mucho, pero sí un poco.

Las risas de los dos jóvenes le hicieron enojarse más, terminando por cruzarse de brazos.

—Ya veréis cuando pegue el estirón. Estoy seguro de que os pasaré a ambos.

—Eso espero, enano. Porque si no, hasta David va a terminar pasándote —le dijo Ethan, señalando a su hermano de diez años.

Con un bufido, Daniel terminó por sentarse al lado de Vanessa en el sofá, abrazándola mientras se quejaba de lo “malos” que eran Oliver y Ethan con él. Sabía bien que su hermana saldría en su defensa sin dudarlo ni un instante. Y así fue.

—¡Eh! Vosotros dos, más os vale dejar a mi querido hermanito en paz si no queréis que me enfade —les advirtió a los dos chicos, señalándoles con el dedo—. He aprendido un par de llaves nuevas el mes pasado y estoy deseando ponerlas en práctica.

Al instante, los dos chicos alzaron un poco sus manos, dando a entender que se rendían. Ninguno quería que Vanessa cumpliera su amenaza.

—Mimado —insultó Ethan por lo bajo a su hermano, al ver como este les sacaba la lengua protegido por su hermana.

Lo que ninguno se esperaba era que los mellizos se acercaran a Vanessa y a Daniel y que, tras agarrar a la mayor del brazo, la separaran de su hermano mientras la reñían.

—Dani es nuestro, déjale —hablaron al mismo tiempo los pequeños, abrazándose a su hermano y dirigiendo malas miradas al resto de los presentes.

Sorprendido por tal repentina acción, Daniel no pudo evitar empezar a reírse a carcajadas, alzando a los mellizos para sentarles en su regazo.

—¿Qué es eso de que soy vuestro? —les dijo—. ¿Y cómo es que yo no lo sabía?

—Eres nuestro —repitieron posesivos los dos niños, logrando que Vanessa interviniera.

—¡Ah, no! Eso sí que no. En todo caso, Daniel es mío —clamó la joven, abrazando a su hermano aún por encima de los dos pequeños, quienes intentaban apartarla a toda costa—. Para eso soy la que más le consiente. A que sí, Daniel.

Viéndose atrapado entre los mellizos y Vanessa, Daniel era incapaz de moverse apenas, y menos aún dijo nada, puesto que no quería meterse en más problemas. En vez de eso, suplicó a los demás que le ayudaran, observando que estos parecían divertirse demasiado mirándoles, por mucho que la situación se complicara aún más cuando Oliver decidió meter baza.

—Lo siento chicos, pero estáis todos equivocados. Daniel es mío —afirmó—. Soy quien pasa más tiempo con él, le consiento al darle todos los mimos que quiere y hasta dormimos juntos alguna vez. ¿No veis? Es una clara victoria a mi favor.

No mucho más pudo decir el pelirrojo. Al instante, los mellizos y Vanessa se miraron y parecieron ponerse de acuerdo para ir contra Oliver, quien pronto pudo darse cuenta del error que había cometido al meterse en la conversación.

—Entonces, ¿todo bien por aquí? —le preguntó Alexa, aprovechando que ahora Daniel estaba libre para sentarse a su lado.

—Sí, todo bien —aseguró el chico, asintiendo.

—Es bueno saberlo —intervino ahora Ethan, sentándose a su otro lado—. ¿Deberíamos ayudarle? —añadió, señalando al pelirrojo.

Daniel le miró. Oliver estaba ahora en el suelo, con los mellizos encima haciéndole cosquillas mientras Vanessa y Natalia, que también parecía haberse unido, se encargaban de que el chico no pudiera moverse.

—Déjale. Él se lo ha buscado solito —contestó al final y, al recordar un pequeño detalle, añadió—. Por cierto, Oliver, recuérdame que después te devuelva tu móvil.

—¿Qué? —preguntó el chico, pidiendo tiempo muerto con las manos—. ¿No lo habías tirado al río? —agregó extrañado.

El rubio empezó a reírse, negando con la cabeza.

—Eso era una piedra. El móvil lo tenía guardado junto al mío en uno de los bolsillos. Simplemente di el cambiazo sin que te dieras cuenta —se explicó.

—¡Serás cabrón! ¡Mira que hacerme pensar que me habías tirado el móvil! ¡Mi madre casi me asesina cuando se lo dije! —exclamó furioso.

—¡Eh! ¿Qué he dicho sobre insultar a Daniel? —habló Vanessa, volviéndose luego hacia sus hermanos—. Venga, niños, ¡a por él!

De nuevo, Oliver tuvo que vérselas con los mellizos, quienes habían seguido la orden de su hermana sin dudar.

—Oye, ¿qué os parece si salimos a dar una vuelta? Aún es pronto para comer y yo paso de quedarme aquí encerrado —propuso Ethan.

—Podríamos ir al centro comercial —opinó Natalia, que se había cansado de vengarse de su hermano.

Daniel asintió, encantado por la idea, por mucho que eso quisiera decir que tendría que ducharse y vestirse.

—Por mí perfecto. Incluso podríamos comer allí. Conozco un restaurante donde hacen una comida riquísima —les dijo.

—Vale. Yo aviso a Diana y a los demás —intervino Alexa, levantándose y dando un par de palmadas para atraer la atención del resto—. Bueno, chicos, nos vamos a comer al centro comercial, así que Oliver, más te vale ir arriba a ducharte, y tú, Daniel, lo mismo.

—¿Y nosotros? —preguntó David, que había estado mirando divertido el combate que se había dado en la alfombra.

—Vendréis con nosotros si prometéis portaros bien, ¿vale?

Al instante, los tres pequeños de la familia asintieron varias veces seguidas, como si supieran que con una no sería suficiente.

—Bien. Entonces, en veinte minutos nos vamos, así que más os vale estar preparados.

 

* * * * *

 

—¿Por qué estás aquí?

Con esa pregunta era con la que Héctor había recibido a su hermano en su casa. Ambos se encontraban en el salón de la casa del castaño, con este de pie apoyado contra el marco de una de las ventanas, observando a su hermano menor desde allí.

Le sacaba casi tres años. Era moreno, alto, no tanto como lo era él pero sí más que la media; y bastante fuerte, por más que por su físico no lo pareciera. Sus rasgos estaban fuertemente marcados dándole un aspecto aún más duro, siendo coronados por unos ojos verdes que parecían lanzar dagas cuando se enfadaba. Vestía un suéter negro junto a unos tejanos algo más claros pero no mucho más, y se encontraba sentado en uno de los sillones de la sala, con una petulante sonrisa en su rostro.

—¿Qué pasa, Héctor? ¿Estás de malhumor? —le preguntó, ladeando un poco la cabeza—. ¿No te lo pasaste bien anoche?

Héctor le miró. Estaba de malhumor, sí, pero no tenía nada que ver con lo sucedido la noche anterior en la fiesta. Ni siquiera con la resaca que tenía por culpa de haberse pasado con la bebida. No. Se debía a él, a su hermano. A que hacía ya cuatro años en los que no se veían más que en las fechas puntuales en las que se reunían todos los de la familia, intercambiando palabras sólo para saludarse y, a veces, ni siquiera eso. Se debía a que no tenía ni idea de por qué ahora su hermano había ido a visitarle y hasta le hablaba como si nada hubiera pasado entre ellos, como si esos últimos cuatro años no hubieran existido.

—Sí, Omino, estoy de malhumor —le respondió al final—. Y ahora dime a qué has venido.

La sonrisa del más joven se convirtió en un gesto tirante al escuchar como le había llamado: Omino. Héctor había usado deliberadamente el mote cariñoso con el que le llamaba cuando eran pequeños sabiendo que ahora odiaba que se refirieran a él de esa forma.

Pensó en contraatacar, después de todo, él también sabía dar en donde más dolía. Pero se lo pensó mejor, decidiendo dejarlo pasar ya que no quería empezar una discusión. No cuando tenía asuntos importantes sobre los que tratar con él.

—He venido a darte la buena noticia —le dijo, acomodándose mejor en el sillón para después inclinarse ligeramente hacia él—. Padre se jubila, va a dejar el negocio —añadió, mirando fijamente al mayor, esperando por su reacción.

Para su desgracia, Héctor ni siquiera arqueó una ceja al escuchar tales palabras. En vez de eso, se mantuvo fijo en su postura de brazos cruzados y mirada al frente.

—¿No me crees? —le interrogó al ver que la reacción que esperaba no se producía.

—Sinceramente, llevo cinco años escuchando esas mismas palabras una y otra vez —confesó el castaño con tono cansado—. Y no, Omino, no te creo. Dejé de hacerlo el día que empezaste a hablar.

El menor bufó. La poca paciencia que tenía se estaba escurriendo con rapidez de su cuerpo; todo por las palabras de su hermano. Por ese descaro y esa altivez con la que lo miraba, como diciéndole que él lo sabía todo, que debería sentirse honrado de que le cediera algunos minutos de su precioso tiempo.

Esa actitud tan arrogante le recordaba perfectamente a su padre y la verdad era que odiaba que Héctor se pareciera tanto a este.

—Además, en el caso de que fuera verdad, no veo en qué puede interesarme —continuó el mayor—. No estoy metido en ello, así que no entiendo por qué has venido.

—Estoy seguro de que padre no piensa igual —le contradijo su hermano.

—¿Qué es lo que quieres, Omino? Dímelo de una vez para que puedas irte cuanto antes —le cortó Héctor, poco dispuesto a dar más rodeos al asunto.

El chico sonrió. Estaba nervioso, podía verse en la forma en que se frotaba las manos, o en ese tic que le hacía dar pequeños golpecitos al suelo con el pie izquierdo. Sabía que las próximas palabras que pronunciaría eran cruciales, que de ellas dependía la futura decisión de Héctor y, por lo tanto, su sueño.

—He pensado que, cuando se jubile, padre tendrá que dejar el negocio en manos de alguien de su entera confianza —empezó, a lo que el castaño le interrumpió.

—¿Qué quieres, que le diga que me lo deje a mí? —le preguntó, confundido y enormemente sorprendido.

—No, por supuesto que no.

—¿Entonces? ¿Qué quieres de mí?

—Que intercedas por mí.

Esa respuesta tan directa consiguió sorprender aún más a Héctor. Perplejo, el modelo centró su mirada en su hermano, viendo que este se la devolvía fijamente.

Estaba pensando a toda velocidad, dándole vueltas en silencio a todo lo que su hermano acababa de contarle. Sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba encontrarle el sentido a una cosa en especial.

—¿Por qué me pides eso a mí? ¿Qué eres, el tercero?

—Soy el cuarto, Héctor.

El mayor asintió.

—Estoy seguro de que Flavio es el segundo, pero ¿y el tercero?

—Flavio es el tercero —le corrigió el menor logrando que la confusión apareciera en el rostro del castaño. Por mucho que lo intentaba, no sabía quién podría haberle quitado el puesto a Flavio como mano derecha de su padre, menos aún después de todos los años que había estado a su lado—. Tú eres el segundo.

Los ojos de Héctor se abrieron de par en par. Incapaz de creer lo que sus oídos acababan de escuchar, el castaño fijó la vista en su hermano, pudiendo ver que no mentía respecto a eso.

Con paso vacilante, se separó de la ventana, avanzando un par de pasos hasta llegar a otro de los sillones, teniendo que apoyarse en él.

—Tú eres el segundo, Héctor. Padre quiere dejarte el negocio a ti —siguió hablando su hermano, sin quitarle la vista de encima—. Por eso quiero que intercedas por mí, que me cedas el puesto, que le digas a padre que estoy preparado para ocupar su lugar.

—Lo que dices no tiene sentido —habló Héctor, negando con la cabeza—. Ambos sabemos que padre no se jubilará. No hasta que le atrape. Y menos aún me pasará el negocio a mí.

—¡Yo le atraparé! —afirmó el menor, atrayendo la atención del castaño—. Te prometo que yo le atraparé. Por padre, por nuestra hermana, por todos…

La risa sarcástica de Héctor le interrumpió.

—¿Y cómo piensas hacerlo si puede saberse? ¿Cómo vas a atrapar a un hombre que ha conseguido poner en jaque a nuestro padre? —le interrogó el castaño, divertido—. Ya no estás en Kansas, Dorothy. Deja ya de soñar con un imposible y céntrate en la realidad.

—¿Y qué debería hacer entonces, eh? ¿Debería huir como hiciste tú? —le atacó, levantándose del sillón para enfrentarse a él—. ¿Debería olvidarme de todo como llevas haciendo tú todo este tiempo? ¿Actuar como un puto cobarde? ¿Es eso lo que debería hacer, Héctor?

Puede que el moreno estuviera furioso, pero eso no era nada comparado con toda esa ira que empezó a recorrer el cuerpo de Héctor al escucharle.

Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, el mayor de los hermanos avanzó hacia el otro, agarrándole del cuello del suéter y haciéndole retroceder hasta estamparle contra la pared.

—Nunca, jamás, te atrevas a tacharme de cobarde —le susurró con la ira destilando de cada una de sus palabras y el rostro a escasos centímetros del suyo—. No tienes ni idea de lo que ocurrió en verdad ese día, así que no te atrevas a decirme nada, ¿me has entendido?

Asustado por mucho que quisiera ocultarlo, el moreno asintió incapaz de apartar la mirada de los ojos de su hermano ni de impedir que el cuerpo le temblase.

—Bien. Ahora vete.

Con un solo gesto, Héctor le soltó, dándose la vuelta y alejándose de su hermano para tratar de calmarse. Hacía falta mucho para enfadarle y mucho más para que perdiera la paciencia tal y como acababa de pasarle. Sin embargo, su hermano era todo un experto en enfadarle y agotar su paciencia. Más aún cuando se trataba de un tema tan delicado como era ese.

Por su parte, una vez libre del agarre de su hermano, el joven moreno se colocó las ropas, tratando de ocultar lo mucho que le había asustado esa reacción que acababa de tener el castaño. Pero, a pesar de que este le había dicho que se fuera, no le hizo caso y, en vez de eso, sacó una carpeta del maletín que había traído consigo.

—Estos son los papeles que tienes que firmar —le dijo, posando la carpeta encima de la mesa de cristal que se hallaba entre ambos—. El trato sería que, a cambio de que intercedieras por mí ante nuestro padre, yo te cedería las acciones de la empresa.

—Puedes llevártelos. No pienso firmar nada.

Una mueca de disgusto apareció en el rostro del más joven que, pese a todo, insistió:

—Voy a estar un par de días más en la ciudad. Tengo que hacer unos negocios por aquí —le dijo—. Tú piénsalo y llámame.

—Ya lo he pensado y no pienso cederte nada.

—¡Oh, vamos Héctor, ambos sabemos que soy la mejor opción! Flavio es muy viejo y tú no…

—¿Crees que no sé lo que haces? ¿Crees que no me enteré de lo de la última vez? —le cortó el mayor, girando la cabeza para mirarle—. ¿Crees que no sé lo que le hiciste a esa pobre familia? Lo sé todo, Omino. Nuestro padre me lo contó. Sé que los torturaste, que a pesar de que prometieron pagar la deuda tú seguiste torturándoles sin descanso hasta que se te fue de las manos y la niña murió.

Héctor se detuvo un instante, disfrutando de toda esa confusión que podía verse en el rostro de su hermano pequeño.

—Dime, Omino —continuó, rodeando la mesa para acercarse a él—, ¿qué sentiste al ver que habías matado a la niña? ¿Qué pensaste al ver que te habías convertido justo en ese tipo de persona que siempre juraste no ser? ¿Cómo puedes mirarte al espejo sabiendo que has hecho lo mismo que él intentó hacerle a nuestra hermana?

—Yo…

—Me das asco —declaró Héctor, sin dejarle hablar—. No sé cómo tienes el descaro de presentarte frente a nuestra hermana sabiendo que eres igual que ese que la violó e intentó matarla. No sé cómo puedes actuar como si nada hubiera ocurrido cuando todos sabemos lo que has hecho.

El joven retrocedía un paso según avanzaba el otro, incapaz de hablar o de defenderse de toda esa culpabilidad y ese odio que veía en los ojos de su hermano.

—Puede que no me importe el negocio, pero no pienso dejar que caiga en tus manos. No si puedo evitarlo —afirmó el mayor, sin apartar la mirada de su persona—. Y ahora, vete.

Sabiendo que era lo mejor que podía hacer, por mucho que al final no hubiera conseguido su propósito, el moreno cogió su maletín y su cazadora y se alejó de su hermano yendo hacia la puerta. Pero, antes de salir por fin de la casa, se detuvo, volviéndose hacia el mayor para decirle unas últimas palabras:

—Por cierto, dale recuerdos a Yulissa cuando la veas. No dudo que venga a visitarte dentro de un par de días.

Y, dicho esto, el joven salió, cerrando la puerta de un portazo, prometiéndose a sí mismo que conseguiría lo que quería de una u otra forma.

Por su parte, nada más quedarse solo, Héctor suspiró. Estaba furioso, muy furioso. Tenía unas ganas enormes de golpear algo y eso no era nada bueno. Sabía que la única razón por la que no había golpeado a su hermano era porque este había sido lo suficientemente inteligente como para no seguir insistiendo y dejarle en paz de una vez.

Se giró, centrando la mirada en esa carpeta que había quedado encima de la mesa. Sabiendo lo que había dentro, Héctor ni siquiera perdió el tiempo en echarle un vistazo a los papeles antes de romperlos y tirarlos a la basura. No estaba dispuesto a hacer lo que su hermano le había pedido. Menos aún si tenía en cuenta lo que su padre le había contado.

Su padre. La noticia de que al final acabaría jubilándose no le había sorprendido, ya que no la había tomado como cierta, pero que pensara dejarle el negocio a él… ¿Acaso se había vuelto loco? ¿No veía que no le interesaba nada esa vida, que él ya tenía la suya propia? ¿Por qué ahora intentaba meterle de nuevo en ese mundillo? No entendía nada. Y si ya metía a Yulissa en todo esto… Dios, la cosa se iba complicando cada vez más y más.

Frustrado por todo lo descubierto y, además, con un dolor de cabeza que amenazaba con aumentar si no hacía algo, Héctor avanzó hacia la nevera, abriéndola con la idea de prepararse o bien un desayuno tardío o un almuerzo temprano. Pero, antes de que se decidiera, el timbre de su móvil le distrajo, obligándole a alejarse de la nevera y atenderlo.

—Vaya, ¿cómo tú despierto a estas horas? —preguntó gratamente sorprendido al ver que era Paolo quien le había llamado.

—¿Dónde estás? Ven al centro comercial ahora mismo. Acabo de ver a tu rubito, el del probador.

 

* * * * *

 

Aprovechando que los chicos estaban demasiado ocupados con Daniel y que Diana había tenido que salir de allí para ayudar a Toño, Carla salió del salón y se dirigió directa a las escaleras, avanzando luego hasta la habitación donde estaba su marido. Con suavidad, la mujer abrió la puerta y centró, al instante, su mirada en el hombre que estaba sentado en la cama, destrozado.

—¿Gael? —le llamó, acercándose a él preocupada.

El aludido alzó un poco la cabeza, mirando a su mujer y saludándola con una falsa sonrisa con la que intentaba demostrar que todo iba bien.

—Creí que estarías abajo con… los chicos —le dijo, sintiéndose incapaz de pronunciar el nombre de su hijo.

—Ya he estado con Daniel. Y como me dijo que habíais aclarado las cosas, venía a ver por qué tardabas tanto en bajar.

Una sonrisa triste apareció en el rostro del actor al escuchar esa frase.

—Sí, es cierto que hemos aclarado las cosas. Desde luego, no podía habérmelo dejado más claro ni intentándolo —añadió, lanzando una carcajada exenta de gracia que no hizo más que aumentar la preocupación de la mujer.

—¿Qué ha pasado, Gael? —le preguntó, llegando hasta él y sentándose a su lado en la cama.

—Que me odia, Carla. Que me ha dicho que la idea de ser mi hijo le asquea, que se escapó de casa porque no soportaba la idea de seguir viviendo conmigo. Que pese a todo lo que he hecho por él, para hacerle feliz, le he perdido. Eso es lo que pasa.

Sorprendida por tales palabras, Carla miró a su marido. Pero antes de que pudiera decirle nada para animarle, Alexa se asomó por la puerta.

—Oíd, no contéis con nosotros para comer —les dijo la joven—. Nos vamos a dar una vuelta al centro comercial y de paso comeremos allí —se explicó, extrañándose al notar el aura depresiva que podía sentirse—. ¿Pasa algo?

Los dos adultos centraron su mirada en ella, negando con la cabeza.

—¿Necesitáis dinero? —le preguntó Gael, buscando su cartera en uno de los bolsillos.

—No, tranquilo, tengo yo —respondió la chica, negando con la cabeza—. Y por cierto, nos llevamos a los peques con nosotros.

—Como queráis —aceptó Carla—. Pasáoslo bien, y si necesitáis algo, llamadnos.

Con un asentimiento y una sonrisa, Alexa se despidió de su padre y de Carla, alejándose en el mismo momento en el que Oliver llegaba junto a Daniel quien, entre risas, trataba de alejarse de su amigo.

Al oír la risa de su hijo, Gael desvió la mirada hacia este. Sin embargo, en el mismo momento en que Daniel sintió la mirada de su padre, su gesto se enserió por completo, desviando su vista hacia Oliver.

—Yo me voy a la ducha, que estos no esperan y no quiero quedarme aquí solo.

Sin percatarse de nada, Oliver asintió, deteniéndose a la entrada de su cuarto al ver que Gael y Carla estaban ahí.

—Esto…

—Tranquilo, Oliver, ahora te dejamos —le sonrió Carla, sabiendo lo que quería el chico.

El pelirrojo le devolvió el gesto, asintiendo. Y así, los dos adultos se levantaron de la cama y salieron de la habitación para dejar solo al chico.

—Voy a hacerlo —susurró entonces Gael.

Carla le miró confundida, sin entender a qué se refería.

—¿Hacer qué? —le interrogó.

—Dejarle. Desaparecer de su vida tal y como desea —respondió el actor con tono cansado y derrotado—. Nos iremos de aquí mañana por la mañana y, desde ese momento, Daniel no tendrá que preocuparse más por mí.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella, sumamente sorprendida por tal decisión—. Gael, lo más seguro es que Daniel solo haya dicho esas cosas por impulso, no porque en verdad lo piense —trató de convencerle—. Deberías volver a hablar con él y, esta vez, arreglar las cosas.

El actor negó con la cabeza. Quería arreglar las cosas, por supuesto que sí, pero sabía que Daniel se negaría a hablar con él o a escucharle siquiera.

—Gael…

—Carla, tú sabes que haría cualquier cosa para que mis hijos sean felices. —Ella asintió—. Pues si el que yo desaparezca de su vida es lo que Daniel necesita, eso es lo que pienso hacer.

Sin decir nada más, Gael siguió caminando, empezando a bajar las escaleras bajo la atenta mirada de su mujer, quien no pudo evitar suspirar, sin entender cómo la situación había empeorado tanto ni qué hacer para arreglarla.

 

* * * * *

 

Tras darse una ducha rápida, Daniel salió del cuarto de baño para ir directamente al dormitorio del pelirrojo, ya que era ahí donde tenía toda su ropa. Y así, con solo una toalla cubriendo su cuerpo, el rubio entró en la habitación y se encontró con que su amigo le esperaba con los brazos cruzados y expresión seria.

—¿Sabes que Alexa nunca espera? —le preguntó jocoso al ver que seguía en pijama—. Y yo que pensaba que ya te habrías duchado en el baño de tus padres…

—¿Qué le dijiste a tu padre, Dani? —le cortó el mayor en tono serio.

El aludido le miró confundido, sin entender a qué venía esa pregunta.

—Solo la verdad, ni más ni menos —decidió responder finalmente, encogiéndose de hombros y pasando a su lado para poder vestirse—. ¿Por qué lo preguntas? —añadió mientras se ponía la ropa interior y cogía sus vaqueros.

—Porque acabo de escuchar a tu padre decir que desde mañana te dejará en paz para siempre, por eso —respondió el otro.

Daniel, que estaba abrochándose los vaqueros, se detuvo sorprendido por esas palabras que acababa de escuchar. «¿Qué?».

—¿Qué le has dicho, Daniel?

—Ya te lo he dicho: la verdad —repitió el rubio, ya repuesto y hasta algo molesto por la noticia.

Con un bufido, Oliver agarró a su amigo del brazo, obligándole a volverse hacia él y mirarle.

—¡Eh! ¿Se puede saber qué coño haces? ¿No ves que casi me tiras?

—¿Qué verdad? —le interrogó Oliver, ignorando sus protestas—. Mira, Daniel, conozco de primera mano lo hiriente que puedes llegar a ser si te lo propones, y también sé lo mucho que odias a tu padre por ocultarte lo de tu madre y luego mentirte sobre ello —añadió ya que el chico ya le había contado lo del cáncer—. Pero, sinceramente, Gael es un buen padre y está dispuesto a hacer cualquier cosa para que tú seas feliz, por mucho que eso le haga infeliz a él. Así que dime, ¿tanto vale tu maldita venganza como para saber que le has hecho decidir que lo mejor que puede hacer es salir de tu vida para siempre?

Se hizo el silencio. Oliver observaba a Daniel. Este, simplemente, esbozó una sonrisa antes de responder:

—¿Sinceramente? El mejor favor que Gael podría hacerme sería morirse —susurró con odio el chico, sin desviar ni un instante la mirada de los ojos del pelirrojo para que viera que hablaba en serio—. Así que comprenderás que el que me digas que haya decidido dejarme en paz por fin, me parezca la mejor idea que ha tenido en su vida.

Sin poder creerse las palabras de su mejor amigo, Oliver le soltó, enseriando aún más su rostro.

—Eres un hijo de puta.

—No, Oliver —negó el pequeño, ampliando su sonrisa—. Él es el hijo de puta, no yo.

Dicho esto, Daniel se dio la vuelta, dando la conversación por terminada. Y así fue ya que, furioso por todo lo dicho, Oliver no había tardado en coger su ropa y salir de su cuarto, cerrando la puerta de un portazo.

Sabiéndose solo, Daniel dejó caer la camiseta que tenía en las manos. El cuerpo le temblaba de forma incontrolada, por lo que terminó sentándose al borde de la cama.

Su cabeza no dejaba de repetirle esas dos conversaciones que acababa de tener, tanto la de su padre como la de Oliver. Mientras una voz, seguramente la de su conciencia, le repetía una y otra vez esa frase que tanto había conseguido alterarle: “Porque acabo de escuchar a tu padre decir que desde mañana te dejará en paz para siempre”.

Su padre se iba.

Sin darse cuenta, el rubio retrocedió un poco, subiendo las piernas a la cama para rodearlas con sus brazos, escondiendo el rostro en las rodillas.

Su padre se iba.

Después de todo lo que había pasado esa mañana, de todo lo que había dicho, esa debería ser la mejor noticia que podrían haberle dado. Ya no tendría que soportar sus tonterías, ya no tendría que aguantarle, ya no…

Su padre se iba. Le pensaba dejar allí, solo.

Daniel tembló al pensar en esa posibilidad. Cerró los ojos con fuerza, tratando que las lágrimas no salieran.

Su padre se…

—¿Daniel?

Sobresaltado, el chico alzó el rostro descubriendo que Oliver había vuelto y que se encontraba, ya vestido, a un par de pasos de distancia.

—¿Qué te pasa? —Le oyó preguntar, preocupado.

El rubio se quedó en silencio, volviendo a esconder su rostro entre sus brazos y, en apenas un susurro, respondió:

—Mi padre se va, Oliver —dijo casi como si no pudiera creérselo—. Y yo no quiero que se vaya… No quiero volver a estar solo.

Los brazos del pelirrojo rodeándole le acallaron. Sorprendido por esa acción, Daniel giró la cabeza para mirar a su amigo, confundido.

—No estás solo —le aseguró este, mirándole a los ojos—. Tienes a tus hermanos y también nos tienes a nosotros: Natalia, Iván, Noa, María, Marta, Raúl… y, por supuesto, a mí —añadió, señalándose—. Así que no digas que estás solo porque no es cierto.

—Pero…

—No estás solo, Daniel —repitió Oliver sin dejarle continuar—. No importa lo que hagas, nunca te abandonaremos. Ya verás, vas a tener que seguir aguantándome toda tu vida.

Una pequeña sonrisa fue abriéndose paso en el rostro del rubio, quien terminó por asentir.

—Gracias. Y siento lo de antes, en serio.

Sentado al lado del chico, Oliver se encogió de hombros, haciendo un ademán con la mano para que viera que no tenía importancia.

—Yo también lo siento. Incluso lo de llamarte hijo de puta. Es cierto que a veces lo eres, pero tampoco era plan de decírtelo así.

La sonrisa de Daniel se ensanchó, e incluso pudo escucharse perfectamente la risa de ambos. Aunque la preocupación volvió a hacerse patente al darse cuenta de una cosa.

—¿Qué voy a hacer con mi padre?

Oliver le miró, pensando en algo, y al cabo de un minuto, contestó:

—Habla con él. Intenta arreglar las cosas —propuso—. Dile que no quieres que se vaya.

Pensativo, Daniel asintió. Quería arreglar las cosas y la idea de Oliver era bastante buena.

—¿Todavía estáis así?

La voz de Vanessa, que había subido para saber porqué tardaban tanto, atrajo la atención de los dos jóvenes.

—¡Venga! ¿Se puede saber a qué estáis esperando para terminar de prepararos? ¡Alexa está que trina y todo porque ya han pasado dos minutos más de los veinte que os había dado! —les avisó.

—Vale, vale, ahora bajamos —la tranquilizó Oliver, calzándose mientras Daniel cogía la camiseta del suelo y se la ponía—. ¿Ves? Ya estamos listos. No hace falta que nos amenaces con arrojarnos a Alexa.

Vanessa frunció el ceño pero no dijo nada. Por su parte, Oliver cogió una de sus sudaderas, el móvil y la cartera y se encaminó hacia la puerta.

—Oliver…

El aludido se volvió al oír el llamado del rubio. Pero antes de que pudiera preguntarle qué quería, Daniel se acercó a él y, por mucho que su hermana aún estuviera en la puerta observándoles desde allí, le besó.

—¿Y esto? —le interrogó el pelirrojo, sin comprender.

—Por estar ahí —respondió el rubio, encogiéndose de hombros sin dejar de sonreír.

Y, tras esto, el chico salió de la habitación, pasando junto a una asombrada Vanessa y escuchando el comentario de Oliver sin problemas:

—¿No ves? Os dije que Daniel era mío —se rió el pelirrojo, victorioso.

—¡Ah, no! ¡Eso no vale! —protestó la mayor—. ¡Daniel es mío y pobre del que intente quitármelo! —exclamó mientras bajaba por las escaleras junto a ellos.

 

* * * * *

 

Después de una noche bastante movidita y de haber dormido solo un par de horas, Benji no podía más.

Tras haberse pasado la mayor parte de la noche en el bar donde había conocido a Irene, la chica que iba disfrazada de Harley Quinn, había llegado a casa a las siete de la mañana. Había tenido que levantarse temprano para ir con su madre a misa a la iglesia en donde Juan, su tío, oficiaba.

No solo había tenido que soportar la reprimenda de su madre por haber llegado tan tarde y, lo peor de todo, oliendo a alcohol y tabaco, sino que también tenía que aguantarse sus ganas de bostezar. Más aún cuando, al salir de la iglesia, se enteró de que no iba a poder dormir por la tarde, ya que iban a tener comida familiar en su casa.

Suspiró. En ese momento eran casi las cuatro de la tarde y estaba en casa, más concretamente en su cuarto, junto a su primo. Hacía escasos minutos que habían terminado de comer pero ellos habían logrado escaquearse del salón, que era donde estaban los adultos, para refugiarse en su habitación.

—¡Estoy molido! —suspiró el moreno dejándose caer sobre la cama.

Su primo le miró y se rió por lo bajo mientras se sentaba en la silla que había frente al escritorio, dándole la vuelta para mirar al moreno.

—No te quejes. Tú al menos has podido dormir algo —le dijo—. Yo estoy aquí de doblete.

Sorprendido, Benji alzó un poco la cabeza para mirarle.

—¿En serio?

—Sí, en serio —le confirmó, asintiendo—. Apenas llegué a casa, tuve que darme una ducha para prepararme y venir aquí —comentó el mayor, acomodándose en la silla—. Lo peor es que mis padres no saben nada. Tuve que decirles que había vuelto a eso de las tres de la mañana para que no me dijeran nada.

—Yo no tuve tanta suerte. Mi madre se despertó cuando llegué a las siete, así que no pude inventarme nada.

La risa de Adán pudo escucharse perfectamente en toda la habitación, e incluso logró que su primo le acompañara.

—Bueno, ya dormirás hoy toda la noche —le dijo.

—Sí, eso espero —le aseguró Benji, asintiendo—. Si no fuera porque mañana tengo clase, te juro que me pasaba todo el día durmiendo.

—Anda, anda, no exageres —se rió Adán, desechando sus palabras con un gesto—. Tú nunca fuiste de dormir mucho. Todavía recuerdo que cuando te quedabas en mi casa a dormir, acababas despertándome a las ocho de la mañana.

Las risas aumentaron. Poco a poco, los dos jóvenes se pusieron a recordar anécdotas de años atrás y se echaron las culpas de cosas ocurridas hacía años, tanto de cuando eran apenas unos niños por culpa de un jarrón roto, como alguna de las cosas que habían sucedido cuando ambos iban al mismo instituto.

Entonces, el móvil del moreno empezó a sonar. La pantalla se iluminó mientras el timbre que anunciaba la llegada de un mensaje lograba que los dos jóvenes centraran su atención en él.

Curioso, Benji se estiró para coger el teléfono, mirando la pantalla y leyendo el nombre que aparecía en ella: Iván. Arqueó una ceja, extrañado, ya que no se esperaba un mensaje de parte del castaño. Abrió y lo empezó a leer: “¿Nos vemos donde mi portal en una hora?”.

—¿Pasa algo? —le interrogó su primo al verle tan entretenido escribiendo una respuesta.

—No.

—¿Quién era? ¿Alguno de los chicos?

—No —volvió a negar el moreno—. Un nuevo amigo, del instituto.

Adán arqueó una ceja, intrigado no solo por ese nuevo amigo de su primo, sino por otra cosa que acababa de darse cuenta.

—¿Sigues sin hablarles?

Benji alzó la cabeza, mirándole fijamente. Sabía a quiénes se estaba refiriendo su primo. Lo sabía perfectamente, como también sabía que no quería hablar sobre ese tema.

—¿No quieres hablar? —le preguntó el castaño al ver que el silencio se mantenía.

—No, Adán, no quiero hablar —respondió en tono cansado—. Accedí a venir aquí para olvidarme de ello, así que comprenderás que no me apetece nada hablar sobre lo que pasó.

—Vale, vale —le tranquilizó el mayor, alzando un poco sus manos, dando a entender que se rendía—. No vuelvo a preguntar, ¿contento? Además, solo te lo decía porque estoy cansado de que me lleguen miles de mails y mensajes preguntándome por qué no les contestas ni les coges las llamadas.

Benji volvió a suspirar, sin sorprenderse lo más mínimo por las palabras de su primo. Pero, antes de que pudiera decirle que les ignorase o les dijera que no sabía nada, la puerta de la habitación se abrió.

—¿Adán? Venga, hijo, coge tus cosas que nos vamos.

El aludido se volvió hacia su madre, que era quien acababa de hablar, y tras asentir despreocupadamente, se levantó de la silla.

—Bueno, primito, ya hablaremos por Messenger otro día —se despidió el chico, revolviéndole el pelo.

Benji bufó, intentando apartarse de su primo a la vez que se levantaba de la cama para despedirse de sus tíos. Además, con eso de que había quedado con Iván, sabía que lo mejor sería darse una ducha y cambiarse de ropa.

 

* * * * *

 

—Pues qué quieres que te diga, pero está bueno —le dijo Paolo, dando otro trago a su cerveza y mirando al chico rubio que estaba a un par de mesas de distancia—. Es más, si no vas tú, creo que iré yo.

Héctor se encogió de hombros y, tras echarle una nueva ojeada al chico, habló:

—Ya te lo dije antes. Haz lo que quieras.

El moreno de las mechas giró un poco la cabeza para mirar a su amigo, sacándole infantilmente la lengua antes de volver a hablar:

—Oh, vamos, Héctor, no me puedes negar que está bueno. Y el moreno que está sentado a su lado también.

El castaño suspiró y volvió a mirar en dirección a la mesa donde estaban el chico rubio y el moreno de los que tan bien acababa de hablar Paolo.

—No me interesa, ya te lo he dicho —habló, dándole un sorbo al café que había pedido, aunque solo fuera para ayudarse a despejarse—. Está bueno, sí, pero no es mi tipo.

Paolo bufó al oír esas últimas palabras, enseriando su gesto al fruncir un poco el ceño.

—¿Tu tipo? —le preguntó con retintín—. Tú no tienes tipo así que déjate de cuentos —le recriminó.

—Que no te haya dicho cuál es, no quiere decir que no lo tenga —le rebatió el mayor con tono cansado—. Además, te aseguro que en mi tipo no entran los heteros, y ese rubito lo es. ¿No ves cómo flirtea con la chica?

Sorprendido, Paolo buscó con la mirada al rubio y a la chica de la que su amigo le hablaba. Pero, a pesar de que lo que pudo ver podía considerarse como flirteo, no se rindió.

—Yo también lo hago con Cynthia y no soy hetero —le recordó.

—Pero es que lo tuyo con Cindy es distinto —objetó el otro, negando con la cabeza—. No puedes compararlo con lo de esos dos.

—¡Por supuesto que no! Lo mío por mi hermanita es un amor sincero y pasional que nada tiene que ver con todo eso que piensas hacerle al rubito —sentenció el de las mechas, ofendido por tales palabras.

—¿Cómo que con todo eso que pienso hacerle al rubio? —repitió perplejo el castaño—. Primero tendré que encontrarle, ¿no crees? Porque si tengo que fiarme de ti…

—¡Eh! Yo te encontré a un rubio —protestó Paolo molesto—. El hecho de que haya resultado no ser tu rubito del probador, no quiere decir nada —añadió, levantando un poco las manos en actitud inocente—. En mi defensa, debo alegar que solo he visto la foto una vez y que cuando vi a este rubito, creí que era el mismo.

Sin poder evitarlo, Héctor empezó a reírse, sacudiendo un par de veces la cabeza mientras buscaba su móvil en el bolsillo.

—Dime —le dijo tras encontrar la foto y tenderle el teléfono a Paolo—, ¿en qué se parecen el chico de la foto y el que está ahí sentado? Porque la verdad, yo no les encuentro ningún parecido.

—Bueno, ambos son rubios —titubeó el de las mechas tras echarle un nuevo vistazo al rubito del probador, como le había bautizado.

Un bufido del mayor cortó su respuesta.

—Ni siquiera en eso. Este tiene el pelo de un rubio claro, y el de la foto lo tiene más oscuro.

—Vale, vale, lo que tú digas —le interrumpió Paolo—. ¡Pero en el blanco de los ojos sí se parecen! —exclamó empeñado en tener razón.

—No voy mirándole el blanco de los ojos a la gente, Paolo. Se da por hecho que ese es un rasgo que todos compartimos.

El chico de las mechas chascó la lengua, haciendo un vago gesto con la mano, dando a entender que a él no le interesaban ese tipo de nimiedades. Luego, volvió a coger su cerveza, dándole un buen trago.

—Pues yo me lo tiraría —aseguró.

—Tú te tirarías hasta a una piedra si creyeras que te está tirando los tejos —le cortó el mayor sin dejar de reírse.

—¡Eh! ¿Por quién me tomas? ¡Ni que fuera ninfómano! Porque vamos, lo dices como si me hubiera tirado a todo el mundo —añadió ligeramente ofendido por el comentario.

Héctor se encogió de hombros. Sabía que no era así; pero, sinceramente, ya que Paolo le había casi obligado a ducharse, vestirse e ir hasta esa cafetería en tiempo récord, pensaba al menos divertirse un rato a su costa.

—A todos, todos, no —le concedió—. Ni Martín ni Cindy ni yo hemos caído en tus redes, ¿pero qué me dices de ese camarero y su compañero de piso? —le preguntó, esbozando una sonrisilla—. Porque vamos, al menos antes ibas de uno en uno, pero ahora vas a pares, chico.

—¿Celoso?

—¿Yo? Tú sueñas.

—Entonces, ¿por qué lo parece? —insistió el menor, ampliando su sonrisa—. Y de todos modos, ¿por qué conformarme con uno solo cuando puedo tenerlos a ambos sin que haya ningún tipo de problema?

—Solo te he preguntado para divertirme un rato a tu costa, Paolo, no porque esté celoso —se explicó, e ignorando la pregunta del chico, añadió—: Además, no sé si lo recordarás, pero fui yo quien te rechazó.

El moreno de las mechas asintió. A pesar de todo el tiempo que había pasado desde entonces, aún lo recordaba con total nitidez.

—Me rompiste el corazón ese día —dramatizó—. Nunca más volví a ser el de siempre.

—¿El corazón? ¿Qué corazón si tú no tienes de eso? —se burló el mayor con una carcajada—. Lo que querías era follarme, pero te jodí los planes.

—Sí. Cuando me dijiste que tenías novia, casi me da un ataque.

Paolo empezó a reírse al recordarlo. No así Héctor, quien, en vez de reírse por ello, enserió su gesto. Algo que no se le pasó desapercibido al moreno.

—¿Ocurre algo?

El castaño negó con la cabeza pero, al ver que Paolo no iba a dejar de insistir, decidió responder:

—Hoy vino a verme mi hermano.

El moreno le miró sorprendido y confundido a partes iguales. A pesar de conocer a Héctor desde hacía casi cuatro años, el chico casi nunca le había hablado sobre su familia. Vale, sí, sabía que Roxanne era su tía, pero eso lo había descubierto en una sesión por un comentario de ella. Héctor era bastante reservado en lo que a su pasado se refería y no le gustaba contar demasiado sobre esos asuntos que él consideraba privados.

—¿Y? ¿Qué quería? —le preguntó tentando a la suerte.

—Nada, hablarme sobre unos asuntos —desechó el mayor con un gesto—. Pero antes de irse me dijo una cosa. Me pidió que saludara a Yulissa de su parte cuando viniera.

Los ojos de Paolo se abrieron de par en par al escuchar ese nombre que tantos recuerdos le traía.

—Espera, espera… ¿Yulissa? ¿Tu ex?

—Sí, mi ex —respondió el otro cansado.

—¿Y qué va a venir a hacer aquí? —Héctor se encogió de hombros, pues no lo sabía—. ¿Y cuándo se supone que llega?

—Ni idea. Aún no he hablado con ella así que no lo sé.

Todavía sin poder creérselo, Paolo sacudió la cabeza, intentando calmar sus nervios. La noticia le había sorprendido, sí. Aún recordaba a Yulissa de la única vez que se habían visto, y lo cierto era que no recordaba ese momento con demasiado entusiasmo.

—Y supongo que no sabrás cuánto tiempo se va a quedar, ¿cierto?

—Ya te lo he dicho. Solo sé que va a venir porque mi hermano me lo dijo, nada más. No sé ni a qué viene ni cuándo llega ni cuánto tiempo pensará quedarse ni en dónde.

El chico suspiró, asintiendo con la cabeza, y resistió de nuevo a las ganas de fumar.

—De todos modos, yo no me sé de memoria cómo es tu rubito —volvió a la carga, dejando ese tema de lado en su intento de animar al otro—. No soy yo quien se masturba todas las noches con su foto.

—No —le concedió Héctor, esbozando una leve sonrisa sin sorprenderse demasiado por el cambio de tema—. Tú eres el que se folla al primero que se le cruce por delante.

—Si está bueno, ¿por qué no? —objetó el de las mechas, encogiéndose de hombros—. Y que sepas que no se me ha pasado por alto que no lo has negado.

Riéndose sonoramente, el castaño sacudió la cabeza.

—No es cosa tuya lo que haga o deje de hacer por las noches, Paolo —le dijo.

—Así que es cierto —murmuró el chico con una sonrisita—. El perfecto Héctor se masturba todas las noches con la foto del rubito —canturreó feliz.

—¡Ja! Para tu enorme decepción, te diré que no lo hago. Y aunque así fuera, no te lo diría porque no te incumbe.

—¿Que no me incumbe? ¿Cómo que no me incumbe? —le interrogó el menor, perplejo—. Soy tu mejor amigo. Si no me lo cuentas a mí, ¿a quién se lo vas a contar?

—Fácil. A nadie. No tengo porqué contaros mis intimidades solo para alimentar vuestras mentes enfermas.

—Que sepas que ese comentario me ha dolido —señaló el moreno—. Encima de que me preocupo por ti, vas tú y me tratas como a un enfermo mental.

El chico chascó la lengua, disgustado, y bebió otro trago de su cerveza antes de volverse hacia su amigo, ahora con una siniestra sonrisa en el rostro.

—Y ahora confiesa. Estoy seguro de que lo has hecho, aunque solo fuera ese primer día.

Héctor no dijo nada. Pero por cómo desvió la mirada y sus mejillas se sonrojaron, Paolo pudo ver que había acertado.

—¡Sí! ¡Lo sabía! —exclamó triunfante—. ¿Ves? Yo nunca me equivoco.

—Vale, vale, reconozco que lo hice, pero solo fue una vez. Y ahora deja de hacer el tonto, no hace falta que todo el mundo se entere —añadió.

Paolo, que seguía regodeándose en su victoria, se detuvo al percatarse de que había varias personas que se habían vuelto para mirarles divertidos.

—Ya ni regodearme a gusto puedo —se quejó, chascando la lengua con disgusto—. Ya verás cuando se lo cuente a Cindy, no me va a creer.

Al momento, Héctor se volvió hacia él, mirándole fijamente.

—Ni una palabra a Cynthia de esto, ¿me has oído?

—¡Oh, vamos, Héctor! Ni que fuera tan malo que Cindy lo supiera —le refutó, haciendo un gesto desinteresado con la mano.

—Ni una palabra, Paolo, te lo advierto —repitió el mayor, señalándole—. Ni a ella ni a nadie. Que tú lo sepas no quiere decir que quiero que lo sepa todo el mundo.

—Está bien, está bien. Te prometo que mantendré la boquita cerrada —le tranquilizó Paolo, rindiéndose—. Aunque no entiendo por qué no quieres que lo sepa.

—Como se entere, le diré que fuiste tú quien arruinó su cita con el chico del conservatorio.

Paolo tragó saliva al oír la amenaza. Sabía todo lo que Cindy le haría si se enteraba de eso.

—¡Pero es que era gay! —trató de excusarse—. ¡Le vi liándose con uno en un bar! ¡Y hasta me tiró los tejos!

Extrañado, Héctor miró al moreno sin saber a quién se estaba refiriendo. Por suerte, pronto se hizo la luz en su cabeza.

—¿El batería, dices? —El chico asintió—. No me refería a él, pero está bien saber que también le fastidiaste esa cita.

—Entonces, ¿a quién te referías? —le interrogó confuso.

—Al guitarrista, por supuesto. El chico ese por el que estaba tan pillada hace un par de meses —añadió al ver que el otro no le recordaba.

—¡Ah! Vale, ya sé quién me dices. Y que sepas que menos mal que arruiné su cita —agregó ahora serio—. El tío ese era un cabrón. Uno de sus amigos, al que por cierto me tiré, me dijo que su anterior novia había acabado dejándole porque la pegaba. Y, como comprenderás, no voy a dejar que mi hermanita salga con tíos así. No, no, no. El chico que quiera salir con Cindy primero tiene que obtener mi consentimiento —declaró.

Sin poder evitarlo, Héctor empezó a reírse, provocando con ello que Paolo le mirara con el ceño fruncido.

—Ahora me dirás que no te importa con quién salga —le dijo.

—No es eso. Pero es que yo no soy tan sobreprotector como lo eres tú —se defendió el castaño—. Más que su mejor amigo, pareces su novio.

—Soy su hermano, así que debo asegurarme de que esté bien —habló Paolo con firmeza, deteniéndose al darse cuenta de algo—. Y ahora que me acuerdo, tengo que mirar una cosa, así que si has acabado, ¿podríamos irnos?

Héctor le miró extrañado, asintiendo tras terminarse el café.

—¿Y qué pasa con el chico? —le preguntó, señalándole con la cabeza—. ¿No decías que ibas a acercarte a él?

Paolo miró al rubio, pero no tardó demasiado en encogerse de hombros.

—Nah, paso. Demasiado crío para mi gusto —agregó, haciendo que el mayor le mirara perplejo.

—Vale, ¿quién eres y qué has hecho con Paolo?

El aludido le miró, empezando a reírse acto seguido.

—Ni que fuera el primer chico al que rechazo —dijo—. Además, lo que tengo que hacer es más importante. ¿Vienes?

Todavía sorprendido, el castaño asintió, imitándole al levantarse de la silla y empezar a alejarse de la terraza de la cafetería.

—¿Y qué es eso que tienes que mirar? —le interrogó curioso.

—Un viaje. Ya sabes, para Cindy y para mí.

Héctor le miró extrañado, más aún al darse cuenta de un detalle.

—¿Me estás diciendo que estás mirando un viaje para abril?

—Sí, justamente. Es por todo esto de “resérvalo ahora y te ahorrarás el tanto por ciento” —se explicó el moreno, poniendo tono de vendedor.

—¿Y a dónde se supone que vais a ir?

—Pues yo había pensado en algún sitio en el que hiciera calor. Ya sabes, para ir a la playa, salir de marcha…

—Tirarse a algún que otro tío bueno… —agregó el mayor, riendo levemente.

—Sí, exacto, para qué mentir —le confirmó Paolo—. Pero bueno, el caso es que se lo comenté a Cynthia y ella se negó.

—¿Se negó?

—Sí. Y no te imaginas lo que me dijo cuando le pregunté a dónde quería ir.

—¿A dónde? —le preguntó, esperándose casi cualquier cosa.

—A Rusia. ¡Rusia! —exclamó perplejo el moreno—. ¿Se puede saber qué coño pinto yo en Rusia?

—Pues aunque igual te sorprenda, Moscú, por ejemplo, es una ciudad muy bonita. Y el metro es sencillamente impresionante. Las vidrieras que hay en la estación Novoslobódskaya son preciosas, como el resto de las estaciones. Y además, como iréis en abril ya no hará tanto frío allí y…

—Espera, espera —le cortó el de las mechas al tiempo que hacía un gesto con las manos pidiendo tiempo—. ¿Cómo sabes tú todo eso?

Héctor se encogió de hombros. No era muy dado a hablar de su vida privada o de su familia con nadie, así que la pregunta no le sorprendía demasiado.

—Mi tía vive allí —respondió—. Y estuve viviendo con ella unos meses.

Paolo parpadeó sorprendido al no esperarse una respuesta así. Pero en vez de centrarse en ese nuevo descubrimiento sobre la vida de su amigo, se centró en otro detalle que le interesaba aún más.

—Y dime, ¿tu tía tiene hijos? —le preguntó como si tal cosa, como si la respuesta no importara.

Héctor sonrió. Sabía por qué le hacía la pregunta, y aunque podía mentir, decidió responder:

—Sí, uno. Tiene tu edad.

El gesto de Paolo permaneció inalterable, pero Héctor le conocía lo suficiente como para saber que estaba interesado.

—¿Y ese primo tuyo que dices que tiene mi edad, está bueno?

La carcajada casi le traicionó, pero logró controlarla a tiempo.

—¿Adrián? Sí, no está mal.

—Mejor. Así podré pedirle que me haga un tour privado por la ciudad.

—¿No vas a preguntarme si es gay? —le preguntó, riendo por lo bajo.

—¿Desde cuándo importa eso? Ni que fuera el primer hetero con el que estaría.

La risa del castaño aumentó tras esas palabras, incluso sacudió la cabeza, nada sorprendido. Hablaban de Paolo.

—Estás loco —le dijo.

—Lo sé.

—Y dime, ¿cuánto tiempo vais a estar allí?

—Entre una y dos semanas. Todo depende de si al final me llaman para ese trabajito en Londres.

Héctor asintió comprensivo, empezando a bajar las escaleras para bajar a la segunda planta.

—Entonces, ¿qué vamos a buscar, viajes a Rusia?

Derrotado, Paolo se encogió de hombros, sabiendo que cuando se le metía algo en la cabeza a Cynthia era imposible hacerla cambiar de opinión.

—Qué remedio —masculló, aumentando las risas del mayor.

Y así, ambos chicos llegaron a la zona de las tiendas, encaminándose a la primera tienda de viajes que encontraron; aunque tuvieron que detenerse cuando una niña chocó contra ellos.

Al instante, Héctor agarró a la niña, impidiendo que esta cayera al suelo al sujetarla del brazo.

—¡Nayra! —Escuchó decir a un chico que se les acercaba corriendo, deteniéndose al lado de la niña con expresión enfadada—. ¿Qué te he dicho sobre lo de salir corriendo, eh? —la riñó.

—Pero…

—¡Nada de peros! Ahora mismo me das la muñeca y te disculpas con la chica de la tienda —le ordenó el rubio, volviéndose hacia los dos modelos después de que la pequeña le diera la muñeca robada y asintiera con la cabeza—. Lo siento.

—No pasa nada —le tranquilizó Paolo con una sonrisa seductora.

El chico le devolvió el gesto, pero no dijo nada más. En vez de eso, el rubio aupó a su hermana y se alejó mientras seguía riñéndola, entrando en una de las jugueterías cercanas, la misma en la que había saltado la alarma.

—Menudo elemento, ¿no crees? —se rió Paolo, empezando nuevamente a andar—. A ese sí le ataba yo a la cama con tal de que me ladrara un poquito.

El joven se detuvo al ver que su amigo no estaba a su lado. Desconcertado, el moreno se volvió, pudiendo ver que Héctor seguía parado en el mismo sitio y que parecía enormemente sorprendido por algo.

—¿Pasa algo? —le preguntó, volviendo a su lado.

—Era él —susurró el castaño sin poder creérselo.

—¿Él? —repitió extrañado Paolo—. ¿A quién te refieres?

Héctor parpadeó y centró por fin su mirada en el de las mechas, logrando con sus palabras que los ojos de este se abrieran de par en par.

—Era él. Era el chico del probador.

 

* * * * *

 

Sentado en el escalón que había en el portal de su edificio, Iván fumaba un cigarro mientras esperaba pacientemente a que el moreno llegara. A pesar de que pasaban de las cinco de la tarde, la verdad era que solo habían pasado un par de horas desde que Iván se había levantado. ¿La razón? La hora a la que había llegado, casi las ocho de la mañana.

Por suerte, no había tenido ningún tipo de problemas con sus padres. Después de todo, estos también habían acudido a la fiesta, así que habían acabado por volver los tres juntos a casa.

Bostezó. Estaba cansado y tenía sueño. La única razón por la que había salido de su cuarto era por esa conversación que le debía a Benji, nada más. Miró el reloj. Habían quedado hacía cinco minutos, así que quizás debería ir a picarle a casa.

—Siento la tardanza. Mi madre no quería dejarme salir hasta que no terminara de recoger mi cuarto.

Iván, que nada más escuchar esa nueva voz se había vuelto hacia ella, solo pudo confirmar que se trataba del moreno, ya que un nuevo bostezo le sobrevino impidiéndole decir nada.

—Parece que hay sueño, ¿eh?

—No sabes cuánto —le aseguró, levantándose del escalón—. Y tranquilo, como ves estaba ocupado —añadió mostrándole el cigarro.

—Y a punto de quedarte dormido —se rió el moreno.

Iván se encogió de hombros, sin negar lo evidente. Junto a Benji, empezó a andar hacia un parque cercano. El parque estaba lleno de gente; pero, por suerte, lograron encontrar un banco vacío, donde se sentaron sin dudar.

—Y entonces, ¿qué tal ayer? —le preguntó Benji, decidiéndose por fin a entrar en el tema—. ¿Se canceló lo de Dani y os cambiasteis de fiesta o qué?

El castaño negó con la cabeza. Y, antes de que el otro pudiera seguir preguntándole, sacó una hoja de periódico de la chaqueta, tendiéndosela.

—Lee.

Sorprendido, Benji cogió la hoja, centró su vista en ella y empezó a leer la noticia para sí.

—Estás de coña —le dijo nada más terminar.

—No. No lo estoy —le aseguró él, negando con la cabeza.

—¿Daniel es el hijo del actor? Venga, no me jodas, eso no es…

—¿Posible? —terminó por él—. Hay veces que la realidad supera la ficción, y esta es una de esas veces. Te dije que su madre había muerto en el parto, ¿verdad? —Benjamín asintió—. Pues bien, me refería por supuesto a Audrey Hudson.

—Pero… ¿Gael Agnelli? —preguntó aún sin poder creérselo.

—Sí, Benji, Gael Agnelli.

Benji sacudió la cabeza, todavía perplejo. No sabía si creérselo o si pensar solamente que Iván se estaba aprovechando de la noticia por el desplante de ayer.

—¿Y si es su padre, por qué no vive con él? ¿Por qué vive aquí? —le interrogó.

—Me temo que eso no puedo decírtelo. Hay varias razones, por supuesto, pero yo no las sé. Eso es cosa de Dani, no mía.

Resignado, Benji asintió. Volvió a posar sus ojos en la noticia, más concretamente en la foto en la que podía verse a toda la familia Agnelli. «No toda –se recordó-. No si lo que dice Iván es verdad».

—Mira, la cuestión es esta —empezó a decir Iván, atrayendo de nuevo su atención—. Aprovechando su cumpleaños y el estreno de su película, Gael decidió que sería una buena idea hacerle una fiesta sorpresa de cumpleaños a Daniel y trajo a toda su familia con él. Pues bien, Daniel se debió de enterar de alguna forma porque, como has podido leer, al final ni él ni Oliver, que era el encargado de traerle, vinieron a la fiesta.

—¿Y lo nuestro? ¿Por qué parecía que los guardias te conocían?

—Porque me conocen.

La sorpresa volvió a aparecer en el rostro del moreno. Sin esperar la consabida pregunta, Iván se explicó:

—Mi padre es el fundador y presidente de una de las mayores empresas de seguridad del país, así que, como podrás entender, fue él quien se encargó de la seguridad de la fiesta. Y por lo tanto, esa es la razón por la que los guardias parecían conocerme. Porque saben que soy el hijo de su jefe.

—Pues si es así, ¡bien podrías haberles convencido para dejar que nos quedáramos! —se quejó Benji, bufando por lo bajo.

—¿Y exponerme a la ira de mi padre? No, gracias. Se toma esto muy en serio, ¿sabes? Es más, deberíais estarme agradecidos. Si los guardias hubieran llamado a mi padre, habríais pasado la noche en comisaría.

—Ni que estuviera prohibido entrar en un edificio público —murmuró el otro, contrariado.

—Lo está. Al menos si dentro hay tantas personas famosas como las que hubo anoche.

—Vale, vale. Está bien. Parece que no voy a poder enfadarme contigo ni queriendo —habló el chico, suspirando frustrado—. No si además, al parecer hasta debo de darte las gracias por salvarnos el culo.

Iván empezó a reírse, especialmente cuando el moreno continuó hablando.

—¡Pues no pienso dártelas, que lo sepas!

—¿No vas a agradecérmelo? Pues que sepas que con eso añadiré diez euros más a mi oferta de hacerte de celestino —le advirtió.

Las risas de los dos chicos aumentaron, hasta que al final, Benji negó con la cabeza.

—Creo que no va a hacerme falta contratarte —le dijo—. Ayer ligué por mi cuenta.

El castaño le miró fijamente, empezando a interrogarle acto seguido. Pese a todo, y quizás por hacerle de rabiar un poco, Benji se hizo el loco durante un par de minutos antes de acceder a contarle lo ocurrido.

—Pues verás, después de que los chicos de tu padre nos arrojaran de mala manera a la calle por la puerta trasera, decidimos ir a dar una vuelta, y acabamos por ir al bar donde Darío y Pablo habían quedado con unos amigos suyos —le relató—. Allí uno de los chicos me señaló a una chica que estaba apoyada en la barra y que, según él, no había dejado de mirarme. Así que bueno, decidí acercarme.

—¿Y qué pasó? —le interrogó curioso el castaño—. Venga, Benji, más te vale empezar a contar o le diré a mi padre que baje para arrestar a uno de los idiotas que se atrevió a colarse en la fiesta.

—¡Eh! ¡Ya te he dicho que no me llames idiota! —protestó Benji, dándole un ligero empujón—. Si sigues así, se me va a quedar de mote y hasta voy a empezar a creérmelo.

—Pues créetelo, créetelo —se rió Iván, esquivando por poco un nuevo empujón de su amigo—. Bueno, entonces qué, ¿qué pasó con esa chica?

Tras una mirada fulminante, con la que lo único que logró fue que el castaño se riera con más fuerza, Benji siguió hablando:

—No mucho más —confesó—. Empezamos a hablar, tomamos un par de copas juntos y hasta bailamos un par de canciones. Pero al final acabó apareciendo un chico, su hermano, si mal no recuerdo, y la obligó a irse con él.

—¿Qué? Vamos, ¡tú sí que estás de coña! —exclamó el castaño perplejo—. Me dices que conociste a una chica guapa y divertida, que estuviste un tiempo con ella, ¿y que ni siquiera os besasteis? ¿En serio no eres gay?

—Oye, yo no tengo la culpa de que el otro apareciese y se tuviera que ir, ¿vale? —trató de excusarse el moreno—. Además, nunca he dicho que no la besara, ni que no me diera su número de teléfono y su correo —añadió con una sonrisilla.

Ahora sí, la risa del castaño se convirtió en estruendosas carcajadas.

—Vale, me lo tengo merecido por no esperar a que acabes de contar —admitió—. Y entonces, qué, ¿piensas llamarla?

—Sí, pero no sé cuándo. Mi madre está enfadada por haber llegado tan tarde, y además, con todo esto del examen de matemáticas, sé que si no me pongo a estudiar todo el día a todas horas, no aprobaré.

Iván chascó la lengua, dándole unos ligeros golpecitos al moreno en el hombro como gesto de comprensión.

—Bueno, esperemos que a tu madre se le pase el enfado pronto. Al menos hoy te ha dejado salir de casa —añadió—. Y en cuanto a lo del examen… Yo ya te dije lo que podrías hacer.

—¿Pedirle ayuda a Daniel? —recordó dudoso Benji.

—Sí, exactamente.

—No estoy muy seguro de que fuera a aceptar si se lo pido, ¿sabes?

—Teniendo en cuenta que se pasa todo el día molestándote, no creo que le importe ayudarte. Seguro que piensa que así podrá molestarte un rato más —se rió Iván, logrando con sus palabras que el otro le mirara mal—. Vale, vale, fuera bromas. En serio, no creo que se niegue. Le encantan las matemáticas y siempre está dispuesto a ayudar a alguien, sea quien sea y con lo que sea.

—¿Me estás diciendo que en el hipotético caso de que Darío o Pablo le pidieran ayuda él se la concedería? —le preguntó el moreno, escéptico.

—Bueno, vale, admito que siempre hay excepciones —contestó el castaño, alzando un poco las manos—. ¡Pero alegra esa cara! Por suerte, tú no eres ni Darío ni Pablo.

Benji suspiró, sin saber qué hacer.

—¿Y no podrías ayudarme tú?

—¿Yo? —preguntó el chico sorprendido—. ¡Qué va! Teniendo en cuenta que consigo aprobar con un cinco raspado, más que una ayuda, lo único que haría sería confundirte más —le aseguró—. Por eso te digo que se lo pidas a Daniel. Además, él va a tu clase, así que sabe lo que estáis dando.

Pensativo, el moreno fijó su mirada en los columpios del parque, sopesando la propuesta de Iván.

—Me lo pensaré —prometió finalmente.

—Con eso me sirve —le aseguró el castaño—. Entonces, ¿te apetece ir a tomar algo? No sé tú, pero te aseguro que si no me tomo un café bien cargado ya mismo, acabaré durmiéndome.

Riéndose a costa de su amigo, el moreno asintió. Tras devolverle la hoja del periódico para que Iván la guardase, ambos se alejaron del banco en dirección a una de las cafeterías más cercanas.

 

* * * * *

 

Tras pasarse todo el día en el centro comercial, Daniel, sus hermanos y los dos pelirrojos, volvieron a casa de estos últimos poco antes de la hora de la cena, solo para descubrir que Gael y Carla se habían ido a casa hacía unas pocas horas. Así, y por mucho que Daniel no tuviera pensado pasar la noche en casa, al final entre Vanessa y los mellizos acabaron por convencerle para volver junto a ellos.

Por ello, después de hacer las maletas rápidamente, ya que sabía que Alexa no le perdonaría si tardaba ni un solo segundo más del tiempo que le había dado, Daniel acabó despidiéndose de sus dos amigos y los padres de estos, asegurándoles que volverían a verse al día siguiente, en clase.

Minutos más tarde, los siete hijos del actor cruzaban el umbral de su casa y se quitaban los abrigos mientras los más pequeños corrían hasta la cocina, lugar donde Carla, ayudada por la cocinera, preparaba la cena.

—¿Ya habéis vuelto? —preguntó sin que hiciera verdadera falta, abrazando a sus tres hijos.

Los tres pequeños asintieron, cada uno enseñándole las cosas que habían comprado, como la famosa muñeca de Nayra que tantos problemas había causado.

—Que te cuente lo que ha pasado —le dijo Daniel, señalando con la cabeza a la pequeña de la familia. Esta, inmediatamente, bajó la cabeza toda sonrojada—. Yo voy a dejar mis cosas arriba —añadió el chico, alejándose de la puerta.

Con la mochila a la espalda y arrastrando la maleta, Daniel subió las escaleras que daban al primer piso, dispuesto a dejar sus cosas en su cuarto. Así, el chico abrió la puerta, dejó caer la mochila encima de la cama y dejó la maleta a un lado de la habitación. No tenía ganas de deshacerla ahora.

El sonido de alguien llamando a la puerta y el de esta abriéndose lentamente hizo que se girara, sorprendiéndose al ver que se trataba de su padre.

—¿Puedo pasar? —le preguntó este antes de traspasar el umbral.

—Es tu casa, ¿no? No necesitas mi permiso —respondió él, encogiéndose de hombros.

Con un suspiro, Gael entró en la habitación, cerrando de nuevo la puerta tras él. Hecho esto, fijó la mirada en su hijo, quien acababa de decidir que ese era momento perfecto para empezar a desempaquetar las cosas.

—Espero que os lo pasarais bien en el centro comercial —empezó a decir, a lo que Daniel simplemente se volvió.

—¿Has venido a preguntarme eso? ¿Si lo pasamos bien? Venga, Gael, por favor; sabes perfectamente que odio los rodeos y la charla insustancial, así que, ¿te importaría ir al grano y dejar esto para después?

Derrotado por el tono frío de su hijo, Gael se pasó una mano por la cara para después asentir.

—Solo quería decirte que has ganado —susurró.

—¿Que he ganado? —repitió el menor, extrañado.

—Sí. Me voy. Mañana por la mañana cogeré un vuelo hacia Nueva York. Ya lo he hablado con Carla —le dijo—. Volveré yo solo. Ella y tus hermanos se quedarán aquí hasta el domingo, pero yo me iré dentro de unas horas.

Daniel se detuvo, girando la cabeza lo suficiente para mirar a su padre.

—¿Qué?

—Has ganado, Daniel. Dijiste que no me querías en tu vida y eso es lo que voy a hacer, salir de ella, dejarte en paz. Ya que tras todos mis intentos por hacerte feliz no lo he conseguido, creo que esto es lo mejor que puedo hacer por ti.

—Eres idiota.

Sorprendido no ya por el insulto en sí, sino porque Daniel le hubiera interrumpido cuando él le estaba diciendo que haría lo que quería, Gael fijó su mirada en su hijo, confundido.

—Eres un completo imbécil —continuó el pequeño, girándose ahora para encararle—. ¿Esta es tu idea de arreglar las cosas? ¿Marchándote sin más? ¿Huyendo como un cobarde a la otra puta punta del mundo? Dime, ¿esta es tu maldita idea?

—Si esto es lo que necesitas para ser feliz, sí, eso es lo que pienso hacer —le aseguró el actor.

Daniel bufó exasperado, tiró sobre la cama uno de los libros de clase que tenía en ese momento en sus manos y, acto seguido, se encaminó hacia a la puerta de su cuarto, abriéndola.

—Bien. Perfecto. Vete —le dijo molesto, cruzándose de brazos incluso—. Huye como siempre haces.

—Daniel…

—Ya debería estar acostumbrado, ¿no crees? —continuó el chico sin hacerle caso—. Después de todo, tú nunca estabas. No sé por qué me sorprendo de que ahora quieras irte, abandonarme como siempre has hecho.

—¿Crees que eso es lo que quiero? ¿Crees que la idea de dejarte aquí, de no volver a verte, me hace feliz? —estalló el adulto, levantándose de su asiento para quedar frente a frente con su hijo.

—Sí, ¿vale? Eso es exactamente lo que creo —respondió el chico sin amilanarse—. ¿Por qué si no estabas siempre lejos? ¿Por qué si no nunca estabas en casa? ¡Porque no querías verme! ¡Porque te recordaba a mi madre!

Los gritos del rubio resonaron por todo el pasillo. Ninguno de sus hermanos, ni siquiera los más pequeños, se acercaron para ver qué pasaba. Todos sabían que no debían intervenir en esa conversación, que era hora de que Gael y Daniel arreglaran todas sus diferencias por mucho que el resultado de todo aquello pudiera ser peor que la situación actual.

Por su parte, en la habitación, Gael se acercó a la cama y terminó por sentarse en ella, apoyando sus codos en las piernas y escondiendo su rostro en las manos durante unos breves segundos.

—Te fuiste de casa, te busqué por todos lados y, al final, cuando por fin descubrí que estabas aquí, no hice nada. Después, cuando Diana me llamó porque querías que te inscribiera en el instituto, lo hice porque sabía que eso era lo que querías. ¿Qué más quieres que haga?

—Que empieces a comportarte como mi padre estaría bien —propuso con la vista centrada en el suelo.

Gael alzó la mirada, centrándola en su hijo.

—Nunca estabas en casa. Siempre andabas viajando de uno a otro lado —susurraba Daniel, de pie al lado de la puerta, con los brazos tensos y las manos apretadas en puños—. Podían pasar semanas hasta volver a tener noticias tuyas y, cuando llamabas por teléfono, apenas hablábamos. ¿Era por eso? ¿Era porque te recuerdo a ella?

La voz llorosa de su hijo, las lágrimas que caían por su mejilla unidas a esas palabras, tuvieron el mismo efecto que una puñalada certera en su corazón. Al instante, Gael se levantó, se acercó a él y le estrechó entre sus brazos.

Por una vez, Dani no se opuso y, en vez de alejarse, lo único que hizo fue esconder el rostro en el pecho de su padre y estrujar su camisa con fuerza entre sus manos, ahogando los sollozos como podía.

—No, claro que no —murmuró el actor, negando con la cabeza.

—¿Entonces? ¿Por qué nunca estabas? ¿Por qué…?

—No lo sé, pequeño, no lo sé —suspiró Gael, abrazándole con más fuerza—. Temía derrumbarme frente a ti, contarte que Carla no era tu madre, ya que no quería que pensaras que te culpaba de lo ocurrido. No quiero que pienses eso, Daniel —le dijo, alzándole un poco el rostro para que le mirara.

Y Daniel le miró. Por mucho que apartase la mirada rápidamente, por mucho que volviese a esconder su rostro contra el pecho de su padre, supo que Gael no le estaba mintiendo, que no le odiaba ni le culpaba por la muerte de su madre.

—No quiero que te vayas —confesó en un susurro, con la voz ahogada por la ropa del actor—. No quiero volver a estar solo.

El corazón de Gael dio un vuelco. Una felicidad inmensa le invadió por completo al escuchar esa confesión. Sabía que tenía una nueva oportunidad de hacer las cosas bien.

—No me iré si tú no quieres —le aseguró.

—Quédate.

 

* * * * *

 

Siguiendo el consejo de Iván, Benji decidió que estaría bien pedirle ayuda a Daniel para aprobar matemáticas. Se había pasado la mayor parte de la noche sopesando los pros y los contras. Al final, parecía que el hecho de aprobar la asignatura y no tener que soportar el regaño de su madre pesaba más que el tener que aguantar a Daniel por un rato. Por ello, nada más llegar al instituto esa mañana, buscó al rubio entre toda la marabunta de alumnos que había en los pasillos y el edificio en sí.

Pero, por más que buscó, Benji no encontró a Daniel. Al menos no hasta que tuvo que entrar en clase, que fue cuando le pudo ver entrando junto al pelirrojo y su hermana, sentándose los tres juntos al fondo de la clase, donde acostumbraban. Suspirando, el moreno se tuvo que conformar con esperar a que terminara la clase para poder hablar con el rubio. Pero, para su desgracia, parecía que este estaba demasiado ocupado. Antes de que pudiera siquiera terminar de recoger sus cosas y levantarse, Daniel había salido del aula teléfono en mano.

Finalmente, le había tocado esperar al final de la tercera hora para poder hablar con el chico. Antes de que pudiera salir de clase junto a los pelirrojos, le llamó consiguiendo que el rubio se quedara parado y le mirase sorprendido.

—¿Sí? —le preguntó, haciéndose a un lado para dejar que los demás compañeros salieran de la clase, sentándose en uno de los pupitres.

—Necesito hablar contigo.

La sorpresa de Daniel aumentó. No sabía por qué el moreno le había llamado, y menos aún sabía sobre qué quería hablar con él.

—¿Es que estás celoso porque hoy no te he prestado atención? —bromeó, esbozando una sonrisilla y ladeando un poco la cabeza.

Benji bufó.

—No. Te aseguro que eso no me importa —le dijo, viendo que la sonrisa del menor se transformaba en un gesto de pena—. Es sobre el examen de matemáticas.

—¿El examen? —le preguntó extrañado—. ¿Qué pasa con él?

—Necesito que me ayudes, ya sabes, a aprobar.

—¿Me estás pidiendo que te dé clases? —dudó el rubio, sorprendido y confundido a partes iguales.

—Si quieres puedo pagarte o invitarte a comer para compensarte —tentó Benji, nervioso.

La mirada de Daniel se centró en él, pensativo. Sabía que al chico se le daban bastante mal las matemáticas, como también sabía que la asignatura se le daría mucho mejor con un par de consejos. Además, quizás no estaría tan mal eso de darle clases. Sonrió.

—Puedes quedarte tu dinero, no lo quiero —le aseguró—. Y será mejor que hagas lo mismo con esa comida a la que me piensas invitar —añadió.

—¿Eso es un no?

—No. Es un sí —le respondió—. Te daré clases, Benjamín. Te enseñaré a hacer límites y hasta matrices con los ojos cerrados. Pero aunque no quiera ni tu dinero ni que me invites a comer, por más que esto último sea por el bien de tu economía, sí quiero una cosa a cambio —le dijo, alzando un dedo de la mano.

—¿El qué? —le preguntó Benji intrigado.

—Un beso.

—¿Un beso?

—Un beso —le confirmó el pequeño, asintiendo.

—Ni lo sueñes.

Al instante, el moreno se levantó de su silla, con la firme intención de irse de allí sin escuchar nada más y, por supuesto, sin aceptar el trato.

Por su parte, Daniel solo sonrió, se acomodó sobre la mesa y se cruzó de brazos, viéndole empezar a alejarse.

—Como quieras. Total, no soy yo quien tiene problemas para aprobar ni al que reñirán por suspender.

Benji se detuvo. Las palabras del rubio habían calado hondo en su mente. Sobre todo porque, para su eterna desgracia, sabía que el chico tenía razón.

Ya era demasiado tarde para buscar algún sitio donde ir a clases particulares, y sabía que si decidía pasar de todo y estudiar por su cuenta, suspendería el examen. Como muy bien había dicho Iván, Daniel era la elección perfecta, pero lo que le pedía a cambio era…

—Bueno, dime, ¿tenemos un trato?

La vida es aburrida. Capítulo 6

Todos los caminos llevan a Canfranc

-¿¡PERO QUÉ COÑO HACES, DESGRACIADO!?

Chasqueé la lengua molesto y aparté la mirada de la pantalla de mi móvil para asomar ligeramente la cabeza por el hueco de la litera en la que me había refugiado. Sara movía los brazos exaltada desde su asiento de copiloto. A su lado podía ver la melena azul de Nay sentado al volante. Por su postura parecía que la chica le acababa de pegar una colleja.

-¡Qué no es por ahí, Nay! Vuelve, vuelve.

El chico se encogió de hombros y siguió conduciendo.

-Seguro que por aquí también se puede ir.

-¡Qué dices idiota! Sí aún quedan 30 kilómetros para la salida.

Me mordí el labio sintiendo una repentina preocupación. Odiaba admitirlo, pero probablemente Sara tuviese razón. El aire pasota de un tío tan raro como Nay no parecía lo mejor a la hora de manejarse con un mapa. Aún así él siguió a lo suyo y habló con voz calmada.

-Todos los caminos llevan a Roma.

-A Roma, no a un pueblo de las montañas, imbécil -Sara volvió a pegarle en la cabeza con la mano como para reafirmar lo dicho. Nay soltó una palabrota entre dientes y se llevó una mano a la coronilla, molesto.

-¡Quieres hacer el favor de dejar de pegarme!

-No hasta que des la vuelta.

-Te he dicho que por aquí se puede ir también.

-¡Admítelo! Tu sentido de la orientación es pésimo.

Una figura me tapó la vista del espectáculo que estaba montando la pareja. Aunque sus gritos siguieron sonando por toda la caravana. Alcé la vista para toparme con los ojos verdes de Crystal. Mi amiga hizo un gesto con la mano para que la hiciese un hueco en la litera. Frunciendo el ceño me eché a un lado permitiendo tumbarse a mi lado.

-No te preocupes. Nay nos podría llevar al mismísimo abismo sin darse cuenta, pero Sara sabe controlarle.

Me limité a asentir levemente sin muchas ganas de aportar algo a su comentario. Conteniendo las ganas de mirar de reojo de nuevo hacia la pelea clavé la vista en la litera de arriba. “Hacen una buena pareja”. Vaya que si la hacían, solo con mirarles podías notar los años de confianza que debía existir entre ellos. Y además los dos pegaban con sus apariencias…eh… curiosas. Un capirotazo en la cabeza me alejó de mis pensamientos. Miré a Crystal confuso mientras me frotaba la frente en el lugar donde me había golpeado.

-Eres bastante fácil de leer ¿sabes?

Fruncí el ceño al no comprenderla. ¿Ahora me había convertido en un libro o qué? Crystal siguió hablando como si nada.

-No te rayes con cosas estúpidas -Centré mi atención en el móvil mientras jugueteaba con él entre mis manos.

-No sé de que me estas hablando -Crystal suspiró, pero no añadió nada más. Tras unos minutos en silencio acabó quitándome el móvil de las manos y se puso a cotillear lo que tenía. Fue entonces cuando recordé que tenía una conversación pendiente con ella.

-Oye, pelo zanahoria -La chica alzó una ceja sin apartar la vista de la pantalla del móvil, indicándome que había oído el apodo-, lo hiciste aposta, ¿no? -Crystal dejó escapar una sonrisa torcida.

-No sé de que me hablas -bufé mientras intentaba quitarle el móvil de las manos.

-Los niños que mienten reciben carbón en navidades, ¿sabías?

-Entonces ya sé que regalarte el próximo año -La risa de Crystal me hizo sonreír, pero aún así ignoré su intento de cambiar de tema.

-Sabías que Tarón era el tutor de Nay. Y que si trabajaba ahí me encontraría con él sí o sí -Solo me faltaba señalarla con el dedo acusatoriamente-. Si tanto querías pasar las vacaciones en una caravana conmigo podrías haberlo pedido -Bromeé con aire desenfadado-. eres retorcida -Crystal volvió a reirse.

-Me gusta la idea de pasar las vacaciones con mi amigo friki, pero yo no le pedí a Nay que te trajese -Aquel dato me sorprendió. Si Crystal no se lo había pedido ¿Por qué demonios me había llevado con él? De nuevo un golpe en la cabeza me hizo volver al mundo real-. No intentes comprender la mente de ese chico. Nadie lo consigue. Aunque si quieres mi opinión yo creo que le agradas.

Bufé por acto reflejo, aunque en mi interior notaba el estómago hecho un nudo.

-Lo que en realidad le agrada es meterse conmigo. Seguro que pensó que sin un pardillo del que burlarse el viaje sería aburrido. Crystal se encogió de hombros.

-Piensa lo que quieras.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que durante la conversación Crystal se había dedicado a escribir mensajes comprometidos a mis conocidos y la charla amigo-amiga fue sustituida por un montón de gritos y forcejeo en un intento de recuperar el aparato.

Una hora más tarde (Habría sido media si Nay no se hubiese empeñado en coger el camino através de montañas en vez del normal) estábamos en los Pirineos a punto de llegar a la frontera del país. Me estiré en el asiento que había ocupado mientras contemplaba la oscuridad de la carretera desde la ventana. Habíamos tardado más de 6 horas en llegar hasta ahí y obviamente la noche había ganado al día. El paisaje de fuera se veía bastante tétrico con el bosque tan oscuro. La verdad es que nunca me ha gustado mucho la oscuridad. Puede que los hipsters digáis que la noche es alternativa y no sé qué chorradas, pero a mí el hecho de no poder ver a dos palmos de mi cara me pone de los nervios.

Poco a poco empezamos a divisar las casas que nos indicaban que estábamos entrando al pueblo que estaba al lado de la frontera. Parecía el típico pueblo preparado para la nieve y el invierno. Si te imaginas el pueblo de “Papa Noel” probablemente te imagines algo que se asemeje bastante a esto… solo que este está estropeado por los turistas.

Cuando paramos el coche suspiré aliviado. Pensar que al menos pararíamos a descansar aquí erá un alivio. Fue entonces cuando la cabeza de Haddock asomó sonriente desde la litera de arriba.

-¿Listos para la acampada?

-¿Acampada? ¡Eso no estaba en el contrato! –“pero qué contrato si prácticamente te han traído a la fuerza”. Haddock se río de mi expresión incrédula.

-¿Qué gracia tendría viajar por el mundo si vamos a dormir encerrados en una vieja caravana? No seas vago y coge tu mochila, Novato -Dicho esto bajó de un salto la litera y como si fuese el mandamás salió de la caravana con paso decidido.

Curioso por saber dónde tenían pensado dormir seguí a los demás al exterior. Fuera la noche era fresca (Algo bastante normal si se trataba de un pueblo del Pirineo), pero sinceramente agradecí el cambio comparado con la ciudad.

Haddock y la compañía ya habían iniciado la marcha a dios sabe dónde. Al distinguir una cabellera azul en la oscuridad me apresuré a seguirles el ritmo. (No es por nada, pero a mi no me agrada la idea de perderme solo en mitad de la montaña por la noche). Cuando llegué hasta Nay él ni siquiera pareció notar que caminaba a su lado, pero esta vez no dejaría que me intimidase su aire de “Todo me importa una mierda” Carraspeando ligeramente me hice notar.

-Oye ¿Tú tienes idea de a dónde vamos? -Nay volvió la cabeza hacia mí y para mi sorpresa me sonrió. Sí, sonreír, ningún comentario sarcástico y despectivo, ni siquiera una de sus cejas encarnadas como si fuese totalmente obvio… definitivamente este tío es bipolar. Con amabilidad me agarró del hombro y señaló con la otra mano algo a lo lejos.

-¿Ves ese edificio de ahí?

-Ehm… sí –“Mentira. Perdiste el hilo de la conversación nada más te puso un dedo encima” Queriendo llevarle la contraria a mi subconsciente me obligué a mí mismo a olvidarme del escalofrío que me recorría todo el cuerpo y parecía nacer de su mano e intenté enfocar la vista hacia la gran sombra que había al final de la calle.

-Hace un siglo era una estación internacional de trenes. La hicieron a lo grande para quedar bien con el resto de los países, típico de políticos. Ahora está abandonada. Con el A.V.E. a nadie le interesa una estación antigua. Así que no es más que un edificio enorme y destrozado que antes servía para algo.

-Muy bonito… ¿y…?-murmuré automáticamente. Aunque en realidad seguía luchando con mi maldito cerebro para conseguir despejarme la mente. Tragué saliva notando la boca más seca que nunca. Al notar el repentino silencio me atreví a alzar ligeramente la vista para encontrarme con el rostro de Nay mirándome (esta vez sí) con una ceja encarnada. Permanecí unos minutos en silencio hasta que por fin caí en la cuenta-, ¡¿Vamos a dormir ahí?!

Nay se limitó a suspirar derrotado por mi estupidez. La mano que aún seguía en mi hombro me aferró con más fuerza, causándome un respingo y que de nuevo mi mente atontada ganase la batalla contra la mente despejada.

Para mi sorpresa no nos dirigimos directamente a la estación. La pasamos de largo desde la carretera y continuamos el camino por la montaña, subiendo hasta que llegamos a una zona que quedaba por encima de la valla que recorría el muro y pasaba por encima del túnel donde antes debían estar las vías del tren. Desde ahí era fácil entrar al recinto de la estación sin tener que trepar la valla, porque esta quedaba por debajo de nosotros.

Miré de reojo a los demás, meditando si eso sería legal o no. Aún así, consciente de que la mirada de Nay estaba clavada en mí me forcé por no mostrar indecisión. Con rapidez me subí a la valla de piedra y salté desde ahí para entrar al recinto. El imponente edificio de la estación era rectangular. Al estilo de las estaciones del siglo XX. Con una especie de cúpula en medio. Con la oscuridad de la noche parecía ligeramente siniestra y un sentimiento de respeto me invadió. Ese sentimiento que sientes cuando estas ante algo que eres consciente que es valioso, o que al menos lo fue. El resto del recinto estaba ocupado por vagones antiguos, carretas que habían sido abandonadas junto con la estación y estaban oxidadas y pintarrajeadas.

A mi lado noté la presencia de alguien, y aunque ya sabía quién era me giré para ver a Nay contemplar el lugar con la misma expresión inmersa que tenía yo. Como muchas otras veces me pregunté que estaría pasando por su cabeza en esos instantes, pero no pregunté. A nuestra espalda se oían los chillidos de Crystal y Mía intentando saltar la valla, a Sara partiéndoselo de risa al verlas y a un desesperado Haddock que les aseguraba que él las cogería para tranquilizarlas, sin mucho éxito.

Me tensé cuando Nay dejó de contemplar el recinto para centrar la atención en mí. Con un ligero movimiento de cabeza señaló la estación e inició el camino hacia esta. En silencio le seguí apresuradamente (Tropezándome unas cuantas veces en el intento… menos mal que él estaba de espaldas, si no probablemente me habría ganado un par de nuevos motes)

Llegamos hasta el edificio, pero Nay en vez de dirigirse a la entrada puso rumbo a la parte trasera del edificio. La fachada por detrás tenía el mismo aspecto que por delante. Un edificio de madera y hierro que aún se mantiene firme a pesar del tiempo y el abandono. Pocas ventanas permanecían intactas. La mayoría habían perdido el cristal y ahora eran tapadas por tablones de madera que algún guardía habría puesto por ahí. Nay se acercó a uno de los tablones y lo palpó con las manos, juzgando si era resistente o no. Fue entonces cuando pareció volver a fijarse en mí.

-¿Vas a ayudarme o qué? -Sobresaltado me apresuré a acercarme al mismo tablón intentando que no se viesen lo mucho que me temblaban las manos. Entre los dos conseguimos sacar el tablón dejando a la vista el agujero de la antigua ventana. Sonriendo con satisfacción Nay se coló por el hueco seguido de mí.

El interior del edificio era igual de imponente que el exterior. No sé cómo, pero simplemente un sitio tan enorme y tan vacío tenía un aura que literalmente acojonaba. Te hacía sentir pequeño e insignificante.

Tiré al suelo mi mochila y avancé por la sala vacía. El techo era altísimo y se podían ver las vigas que cruzaban de un lado a otro, sosteniéndolo pasase lo que pasase. Aunque en algún lugar había un agujero que dejaba pasar la luz de la luna permitiéndome ver algo, lo cual agradezco ¿He mencionado ya que no me gusta la oscuridad? ¿Sí? Bueno, pues lo digo de nuevo, la detesto. Ahora que lo pienso tampoco me gusta la luz exagerada. Debo ser rarito, no me gusta nada.

A los lados había cabinas de madera. No resultaba muy difícil imaginarse ese lugar unos años atrás lleno de gente. A pesar de estar abandonado seguía manteniendo la esencia de estación. En medio de la sala había un hueco de una escalera que supuse que llevaría a los andenes o algo parecido, pero al asomarme por ahí estaba todo tan oscuro que no pude ver nada.

Suspirando me senté en los escalones que descendían clavando la vista en la inmensa oscuridad del fondo. Nay se sentó a mi lado en silencio y los dos permanecimos mirando al mismo punto unos instantes. Unos instantes que obviamente yo tuve que romper. “Sí señores, siempre tengo que fastidiar los momentos solemnes”. Con voz baja (No sé por qué consideraba que hablar con voz normal en aquel sitio sería una falta de respeto) murmuré unas palabras.

-Ni siquiera le he mencionado a Tarón que iba faltar al trabajo unos días -Por el rabillo del ojo pude distinguir la sonrisa torcida de Nay… o tal vez fuesen imaginaciones mías, no sé.

-Es gracioso. Piensas antes en Tarón que en tus padres -Parpadeé unos segundos confundido.

-¿Mis padres? -Poco a poco mi semblante se heló-. Mierda, mis padres -Me golpeé la frente con la palma de la mano-. ¡Mi madre me va a matar!

Ahora sí que puedo decir que la risa del peliazul no me la había imaginado. El chico pasó su mano por mi cabello, despeinándolo.

-Eres raro -Arrugué la nariz “¿Raro? ¡Mira quién habló, señor misterio andante!”, pero no dije nada al respecto y me limité a cambiar de tema.

-¿Los padres de los demás les dejan irse de viaje? -Nay dejó de reirse y se encogió de hombros.

-Si quieres saber eso preguntaselo a ellos no a mí -Lo miré unos instantes recordando la conversación en mi habitación.

-¿Tarón te deja irte por tu cuenta todo el verano? -A pesar de la oscuridad pude sentir la mirada acerada que me dedicó, pero no me dejé intimidar y no aparte los ojos de él. Al final Nay chasqueó la lengua

-Cuando eres mayor de edad un tutor deja de tener poder sobre ti -Por su tono supuse que no me iba a contar mucho más sobre él, ni aunque ahora me preguntase internamente cuál era su edad, así que volví a guardar silencio … hasta que como no me surgió otra duda (Sí chicos, está claro que soy un pesado en toda regla)

-Nay -El aludido no me miró, pero por alguna razón supe que me estaba prestando atención-. ¿Por qué me has traído a este viaje?.

El peli azul frunció el ceño y pareció que le costaba encontrar una respuesta. Esperé paciente y curioso, pero la respuesta no llegó. En cambio lo que si que llegó fue una pelirroja loca que se lanzó encima mío gritando lo cabrón que era por haberla dejado sola en su intento de saltar la valla. Cuando volví a mirar Nay ya no se encontraba sentado a mi lado.

Capítulo 7: Halloween.

—¡Estoy enamorado! —exclamó Paolo, dejándose caer en uno de los sofás del salón de la casa de Cynthia.

Era lunes, cinco y media de la tarde, y Héctor y él habían ido allí para empezar a prepararse para la fiesta de Halloween que empezaba a las nueve de esa misma noche.

—¿Tú enamorado? Venga, Paolo, no nos mientas. Todos sabemos que cuando eso suceda será el fin del mundo. Y por muy mal que vaya el mundo, el Apocalipsis aún no ha empezado —se reía Héctor, que en ese momento estaba ayudando a Cindy a pintarse la cara interna del brazo derecho de negro.

Paolo, al oírle, le dedicó una furibunda mirada. Pero antes de que pudiera replicarle, Cindy tomó la palabra:

—¿Y se puede saber quién es el pobre que ha tenido la desgracia de que te enamores de él? —le preguntó entre risas mientras intentaba terminar de peinarse con una sola mano—. Porque no me dirás que es Christian o Rafa, ¿verdad?

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Por supuesto que no! —la tranquilizó el chico—. Lo único que hay entre nosotros tres, además de unas ganas increíbles de vengarme de Christian por lo de la última vez, es sexo. Nada más.

—Entonces, ¿quién es el pobre del que te has enamorado? —intervino de nuevo Héctor, intrigado aunque no quisiese. Debía reconocer que, en todos esos años que habían pasado desde que se conocieron, nunca había oído decir algo semejante a su amigo.

—Gael Agnelli.

Nada más oír semejante afirmación, todo pensamiento sobre que igual deberían tomarse en serio las palabras de su amigo desapareció de la mente de los otros dos veinteañeros. Incluso lanzaron un suspiro de resignación al seguir escuchándole.

—Es que es tan guapo y está tan bueno. Y mirad que yo le he visto muchísimas veces en todas sus películas, pero os aseguro que ese cuerpo de infarto que tiene se aprecia mucho mejor en persona —aseveró el de las mechas, lamiéndose los labios al recordarlo.

—¿Y se puede saber dónde y cuándo le viste en persona? —le interrogó curiosa la rubia, ya que el chico no le había comentado nada. Además, aunque el actor había llegado hacía un par de días a la ciudad, apenas se le había visto.

—En el preestreno de su última película, por supuesto —respondió él sin comprender por qué la rubia no lo había supuesto por sí misma—. Mi madre consiguió dos entradas en no sé qué concurso radiofónico y, como sabe que me encanta ese actor, me las dio. Es más, os llamé para ver si queríais veniros conmigo pero no me lo cogisteis —añadió ahora molesto por el desplante.

—Es que estaba en casa de mis padres y me había dejado olvidado el móvil aquí —se excusó Cynthia, poniendo un puchero para que Paolo no se enfadase con ella—. Lo siento.

El chico hizo un gesto con la mano para quitarle importancia para, acto seguido, volverse hacia su amigo.

—¿Y tú, Héctor? ¿Por qué no me lo cogías?

El chico suspiró. No tenía muchas ganas de hablar, pero tenía claro que Paolo no se conformaría con una excusa tonta.

—Pues porque mi madre me llamó para decirme que al final tienen que operar a mi hermana de apendicitis y que mi querido hermanito ha decidido venir a pasar aquí estos días.

Cynthia y Paolo se miraron sin saber muy bien qué decir, Héctor no solía hablar mucho sobre su familia. No era que tuviera algún problema con ellos, al menos que ellos supieran. Además, el castaño se llevaba perfectamente con Roxanne y adoraba a su hermana. Lo que pasaba era que tenía algún tipo de rencilla con su hermano por algo sobre lo que no había hablado con nadie. Ni siquiera con ellos.

—Bueno, si es por eso, te perdono —habló al final el otro chico, logrando sacarle una leve sonrisa al más mayor quien, en ese mismo momento, se separó de su amiga.

—Esto ya está. Solo queda pintarte los huesos.

—Vamos, que me toca, ¿no? —señaló Paolo, apagando el cigarro que estaba fumando en el cenicero que había sobre la mesa.

El chico llevaba puestos unos pantalones negros junto a una camiseta de manga corta que, como quedaría por debajo del disfraz, poco importaba que fuera de un azul chillón. Ninguno se había empezado a vestir, dado que tenían que ayudar a Cynthia a pintarse y no querían mancharse la ropa.

—¿Te hago también las costillas? —le preguntó, ya con la pintura blanca en la mano, sentándose al lado de la rubia.

—Vale. Sería por esta zona —le dijo ella señalándose una zona del costado izquierdo—, pero aunque lo hagas un poco más grande no pasa nada.

El chico asintió, poniéndose manos a la obra. Parecía que haber estudiado bellas artes le serviría para algo. Si hubiera sido Héctor el que tuviese que dibujar los huesos, Cindy se suicidaría.

—Bueno, vamos allá.

—Una cosa, ¿la pintura azul y la purpurina las vas a usar ahora o después de vestirte? —le preguntó Héctor.

—Después. Como tampoco voy a echar mucho, prefiero hacerlo cuando ya esté vestida —respondió la joven—. Déjalas ahí encima y ya las cojo yo luego.

El castaño hizo lo que le dijo y sacó el móvil del bolsillo cuando este empezó a sonar, advirtiéndole de que tenía un mensaje.

Curioso, el chico lo abrió, leyéndolo antes de volverse hacia sus amigos.

—Es de mi tía —les dijo—. Dice que nos veremos en la entrada del edificio a las nueve menos cuarto.

—Por mí perfecto —les avisó Paolo—. Para esa hora la única que estará aún sin terminar será Cindy —bromeó.

—Si hubierais venido a las cuatro como os dije, yo ya estaría más que pintada —se enfadó la rubia, reprimiendo el impulso de cruzarse de brazos—. Pero claro, teníais que venir casi a las cinco.

—¡Eh! ¡Ni que fuera culpa mía que el coche se decidiera por dejarme tirado precisamente hoy! —exclamó el de las mechas—. Tuviste suerte de que mi madre me dejó el suyo, porque si no, ya nos veo atravesando media ciudad a pie para llegar a la fiesta.

—Pues teniendo en cuenta nuestros disfraces, estoy seguro de que causaríamos sensación —se rió Héctor, desviando la vista hacia los trajes en cuestión.

—Tú no tanto, pero Cindy y yo por supuesto —señaló el otro chico—. Sobre todo yo.

—Para lo único que se acercará la gente a ti será para que les repitas la frasecilla de “Luke, yo soy tu padre” —le atacó la joven, imitando la voz de Darth Vader que, cómo no, era de lo que pensaba disfrazarse Paolo.

—Yo que tú tendría cuidado con lo que dices —le advirtió el chico, alejando la mirada de lo que hacía para mirarla a ella—. Recuerda quién te está pintando el brazo.

Cindy se encogió de hombros mientras se reía levemente y le revolvió el pelo al tiempo que respondía:

—Sintiéndolo mucho, cielo, la frase que se conoce es la de “Luke, yo soy tu padre”, no la original que dice solamente “Yo soy tu padre”. Así que será mejor que no te pongas tiquismiquis o acabarás matando al tercero que te pida que lo digas.

Paolo chasqueó la lengua con disgusto, sabiendo que tenía razón.

—Bueno, yo creo que voy a vestirme —les avisó Héctor, levantándose y cogiendo su traje, muy bien guardado en una larga bolsa de tintorería para que no se le estropeara.

—¿El fantasmito ya va a aparecer? —le preguntó el de las mechas entre risas.

—Y dinos —continuó la rubia—, ¿piensas tocarnos algo?

—Que vaya del fantasma de la ópera no quiere decir que sepa tocar —contestó el mayor sin volverse para mirarles—. Tú vas a ir de novia cadáver y yo te veo tan viva como siempre. ¿O estás muerta y no nos lo has dicho?

Y, sin esperar respuesta, el chico se encerró en la habitación de su amiga para poder vestirse tranquilo.

Por otra parte, en el salón, Paolo ya había terminado de hacer el contorno de todos los huesos del brazo y hasta de las costillas de la joven, que tuvo que levantarse y subirse la camiseta de tirantes que llevaba puesta para que pudiera hacerlo. Ahora solo le quedaba colorearlo por dentro, lo cual le llevaría su tiempo, ya que no podía dejarlo de blanco puro.

—Que sepas que me merezco una recompensa por esto —habló, sumiéndose nuevamente en su trabajo.

—Si consigues que quede como te dije, para tu cumpleaños te regalo ese diorama de la lucha entre Anakin y Obi Wan que tanto andabas buscando, o sino el de Yoda contra el Conde Dooku.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —le preguntó el chico sabiendo lo que costaban ambas cosas.

—Sí, estoy hablando en serio. Así que si las quieres, más te vale hacerlo perfecto.

 

* * * * *

 

La casa de Oliver era un completo caos. Era cierto que Natalia había podido escaquearse fácilmente al decir el día anterior que había hablado con Ainoa y las gemelas para dormir todas juntas en casa de las dos últimas, pero Diana y Toño no lo habían tenido tan fácil.

Con el cuento de que Daniel no podía enterarse de la fiesta, y sabiendo que ella y su marido necesitaban prepararse, Diana había acabado por echar a los dos adolescentes, dándoles dinero para que pasaran la tarde en el centro comercial. Eso sí, no sin antes recordarle a Oliver que a las diez menos cuarto llegaría el coche a buscarlos a casa, y que, por tanto, para esa hora deberían estar ya preparados.

De esa forma, Daniel y Oliver habían acabado en el centro comercial. A pesar de ser lunes y que la gente trabajaba, el lugar estaba atestado de gente, sobre todo la zona de tiendas, aunque la zona de ocio –y más particularmente el cine-, no se quedaba muy atrás. Hombres y mujeres iban de un lado a otro cargados de bolsas, tal y como si estuvieran en plenas rebajas o como si las tiendas fueran a desaparecer de un momento a otro.

Daniel caminaba al lado del pelirrojo, con las manos metidas en los bolsillos, y apenas parecía advertir todo lo que pasaba a su alrededor. Cuando Diana les había echado excusándose con que quería hacer limpieza y no los quería molestando por ahí, había tenido que morderse la lengua para no decirle que no hacía falta que le mintiera, que sabía lo de la fiesta. Por suerte, se mantuvo callado, sabiendo que, si lo hubiera dicho, Diana no habría tardado en interrogarle sobre por qué lo sabía y, más importante aún, habría llamado a su padre para avisarle. Y Daniel no quería eso.

Su linda cabecita ya había fraguado un plan de venganza magnífico contra su padre, y ni Oliver, por mucho empeño que pusiera, iba a lograr hacerle cambiar de parecer. Lo mejor de todo era que el plan era muy simple. Tanto que era imposible que algo saliera mal. Y teniendo en cuenta todos los periodistas y las cámaras que habría en la fiesta o sus alrededores, estaba seguro de que la noticia no tardaría ni un suspiro en propagarse. Y quién sabe, quizás con un poco de suerte saldría como titular de los periódicos al día siguiente.

Sonrió. ¿No quería ser noticia? Él le haría noticia.

—¿Pasa algo? —le interrogó Oliver al notar su mutismo y, sobre todo, su sonrisa.

—No, nada —respondió con tranquilidad, negando con la cabeza—. Oye, ¿te apetece ir al cine? Total no hay otra cosa que podamos hacer por aquí y aún nos quedan unas cuantas horas muertas.

El pelirrojo se encogió de hombros. Sacó su móvil para confirmar las palabras del rubio al decir que les sobraba tiempo para ver una película y hasta para dar otra vuelta tras ello.

—¿Y qué te apetece ver? ¿Alguna en particular o elegimos al azar? —le preguntó dando media vuelta, para ir ahora en dirección al cine.

—Podemos ir a ver la de Gael —respondió el chico.

Oliver se detuvo en seco, incapaz de creerse lo que sus oídos acababan de escuchar.

—¿Qué? Dime que no acabo de oírte decir que podemos ir a ver la película de tu padre —le pidió traumado.

—Pues sí, lo he hecho. ¿Qué? —exclamó al ver la mirada del otro—. Se supone que tengo que ser un buen hijo, ¿no? Pues los buenos hijos van a ver las películas de sus padres —añadió sonriente.

La boca de Oliver se abrió y se cerró varias veces seguidas, mas ninguna palabra fue pronunciada. En ese mismo momento, el pelirrojo estaba demasiado perplejo como para decir nada.

Lentamente, el joven se acercó a su amigo, posando una mano en su frente.

—Definitivamente estás enfermo. ¡Ya hasta deliras!

Daniel suspiró, apartando de un manotazo la mano del mayor.

—Estoy perfectamente, gracias —le dijo enseriando su tono, ya que, al parecer, era la única forma que tenía para que le tomara en serio—. Y ahora, ¿vamos o no?

El pelirrojo le miró, estudiándole. Sabía que, a pesar de todo, el rubio no había perdonado a su padre. Lo que no sabía era si el ir a ver la película entraba dentro de su plan de venganza o no. Decidió arriesgarse.

—Vale, haremos lo que tú quieras —terminó aceptando al final—. Además, hoy es tu cumpleaños, así que se supone que tengo que obedecerte —añadió abrazando al chico para revolverle el pelo juguetón.

—Vuelve a decir que es mi cumpleaños y te mato —le advirtió el mencionado cumpleañero, con muy malhumor.

Oliver se rió, esquivando por los pelos el golpe que el otro pretendía darle en el vientre con el codo.

—Vale, vale, no digo nada más sobre tu cumpleaños —dijo alzando un poco las manos, aparentemente rindiéndose—. ¡Feliz cumpleaños!

—Te mato.

Sin esperar nada más, e igual que si hubieran dado el pistoletazo de salida, Oliver empezó a correr hacia el cine, todo por alejarse del rubio, que le seguía de cerca con intenciones asesinas.

 

* * * * *

 

—¿Ya estáis todos?

La pregunta del hombre provocó diferentes respuestas. Desde los contundentes “Sí”, hasta los suplicantes “¡Me queda una cosa!” o “¡Cinco minutos más!”, pasando incluso por los incongruentes “¿Alguien sabe dónde está mi móvil?”, “¡Hasta el infinito y más allá!” o “¡Quiero mi muñeca!”.

La casa era un verdadero hervidero, teniendo en cuenta a todas esas personas que subían y bajaban corriendo por las escaleras y hasta se peleaban por los cuartos de baño. Por suerte, y aunque normalmente no todos compartían la misma casa, Carla estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones. Y dado que ella ya había terminado de prepararse, a ella y a los pequeños, dio un par de palmadas y se puso al mando.

—Vanessa, ahora subo a ayudarte con el vestido. Alexa, tienes la espada aquí abajo, acuérdate de cogerla. Ethan, tu móvil está aquí; pero tranquilo, no te ha llamado nadie —seguía diciendo mientras se acercaba a las escaleras y empezaba a subirlas—. Gael, cuida de que Will no se tire del sofá o se hará daño. Y David, devuélvele la muñeca a tu hermana.

La mujer, que llevaba puesto un hermoso vestido rojo con cuello de pico, se había recogido el cabello en un elegante moño, dejando caer algunos mechones sueltos que no ocultaban el precioso colgante, regalo de su marido, que se había puesto. Iba disfrazada de Mina Harker, la protagonista femenina de la novela Drácula de Bram Stoker.

En realidad, a petición de Gael, quien había sido a quien se le había ocurrido la idea, todos habían acabado vistiéndose de algo relacionado con los vampiros, siendo Gael el propio Drácula. Así, Vanessa y David se habían disfrazado de vampiros. Por otra parte, Alexa e Ethan iban de cazadores de vampiros, exactamente de Anna Valerious, la protagonista femenina de la película Van Helsing, y de Van Helsing. A decir verdad, los únicos que habían roto ese esquema eran Will y Nayra, los pequeños de la casa. Pues, a pesar de lo mucho que había tratado de convencerles su padre, incluyendo sobornos de viajes a Disneylandia y muchas tartas de chocolate y chucherías, ninguno de los niños había dado su brazo a torcer. Y, así, Will había obtenido su disfraz de Buzz Lightyear, el guardián espacial de la película Toy Story; y Nayra estaba encantada con su disfraz de Bella, la protagonista de La Bella y la Bestia.

Tras subir un tramo de escaleras, Carla se acercó a la habitación que ocupaban las gemelas, aunque se detuvo primero en la de Ethan, que estaba como loco buscando algo en la habitación.

—Te dije que lo tienes abajo, en el salón —le dijo.

Sorprendido por la voz, ya que no la había oído acercarse, Ethan pegó un pequeño salto, golpeándose la cabeza con la parte de debajo de la cama al estar buscando algo bajo esta.

—¡Mierda! —exclamó el joven en su lengua materna—. No busco el móvil, sino el cinturón. No sé dónde lo puse —se explicó.

—Déjame ver…

Carla entró en la habitación, pasando al lado del joven que, tras haberse levantado, se acomodaba la ropa: unos pantalones de tela oscuros junto a un jersey de cuello vuelto y un chaleco azulado por encima y, por calzado, unas botas negras.

—Aquí está —le dijo, sacando el mencionado cinturón de cuero negro y hebilla plateada de uno de los cajones de la cómoda—. No debiste de haberlo sacado ayer.

Ethan le dio las gracias, cogiendo el cinturón y empezando a ponérselo.

—Coge el abrigo, el sombrero y la ballesta y ve bajando. Nos tenemos que ir —le pidió Carla, dirigiéndose hacia la puerta—. Yo voy a ayudar a tus hermanas.

Carla salió de la habitación del joven, yendo hacia la siguiente. Nada más entrar, pudo ver a Vanessa apartar a su hermana para poder entrar en el baño, todo ello mientras maldecía en italiano.

Sonrió. Mal debían de estar las cosas para que Vanessa usara el italiano. Como ella sabía bien, tanto Gael como Vanessa, Alexa y hasta Ethan, solo lo usaban cuando estaban muy cabreados.

—Carla, ¿me ayudas con el corsé?

Tras asentir una sola vez, Carla se acercó a la primogénita de su marido, dispuesta a ayudar. Alexa, a la que sólo le quedaba abrocharse el corsé y ponerse la torera de terciopelo rojo, era la viva imagen de Kate Beckinsale, la actriz que había dado vida a Anna Valerious en la película Van Helsing. Las ropas que llevaban eran, además, una copia perfecta de las que la actriz había usado. Por lo que Carla sabía, había sido la madre de la joven y primera esposa de Gael, quien se las había hecho, al igual que los trajes del resto.

—¿Qué le pasa? —le preguntó en un susurro, atando el corsé por encima de la blusa blanca con adornos en rojo.

Alexa suspiró, fijando un segundo la mirada en la puerta cerrada del cuarto de baño, desde donde podían escucharse perfectamente las maldiciones de su gemela.

—Lo mismo de siempre —le dijo en el mismo tono de voz—. Vestido y tacones.

Carla ahogó la risilla que estaba por salir, sabiendo perfectamente que Vanessa odiaba los vestidos y los zapatos de tacón con toda su alma. Se separó de Alexa cuando terminó y se acercó a la puerta del baño.

—Vanessa, cielo, ¿necesitas ayuda? —le preguntó tras llamar un par de veces a la puerta.

¡Dile a la ladrona de mi hermana que me devuelva MI traje! —gritó furiosa la joven desde el otro lado, todo en italiano.

—Ya te dije que mamá mandó este traje para mí, que no te lo robé —trató de hacerla entender su gemela. Lo que, por supuesto, provocó más maldiciones en italiano intercalados con las palabras “tacones” y “vestido”, siendo dichas tal y como si fueran el peor insulto de todos.

—Venga, cielo, no es para tanto —trató de tranquilizarla la mujer, entrando en el baño y encontrándose con Vanessa dando vueltas—. Además, estás preciosa con ese vestido.

La joven morena le dirigió una mirada fulminante, no queriendo escuchar nada sobre el vestido que, pese a todo, tenía puesto.

—Vas a ir de vampiresa, ¡no puedes ir con pantalones de chándal! —añadió su hermana, apoyada en el marco de la puerta.

—Puedo ir como Selene —respondió la otra mordaz, refiriéndose a la protagonista de Underworld—. Traje de cuero, pistolas, abrigo largo… Además tenemos el mismo corte de pelo.

—Sí, pero vuestro padre se ha decidido por un estilo más clásico —le dijo la mujer—. Y si fueras así, no podrías ponerte el colgante de tu madre —añadió cogiendo la gargantilla que estaba sobre el lavabo y avanzando hacia la joven.

Vanessa se quedó quieta, dejando que Carla le pusiera el collar, para después sonreírle a través del reflejo del espejo.

—Estás preciosa.

Suspiró. Era cierto que el vestido le quedaba perfecto, resaltando todos sus atributos, y estaba segura de que su madre lo había hecho con todo el cariño del mundo. Pero, simplemente, la idea de andar en tacones y llevar vestido durante toda la noche la aterrorizaba.

—Ya verás, cuando Daniel te vea se te lanzará al cuello para decirte lo preciosa que estás —habló Alexa.

—Está bien, iré así —accedió finalmente Vanessa, suspirando de nuevo—. ¡Pero que conste que solo lo hago por Daniel!

Las otras dos mujeres sonrieron complacidas. Y al escuchar la nueva llamada de Gael diciendo que iban a llegar tarde, las tres salieron del baño y de la habitación para ir hacia el hall.

 

* * * * *

 

—Y entonces, ¿a dónde decís que vamos? —preguntó Benji mientras caminaba por una de las calles de la ciudad junto a Darío y Pablo.

Eran casi las nueve de la noche y hacía menos de cinco minutos que había salido de casa tras despedirse de su madre y recordarle que volvería tarde.

Al final, y tras muchos quebraderos de cabeza para elegir un disfraz, había acabado por vestirse del Joker, el archienemigo de Batman. Y así, con ayuda de Pablo, había comprado el maquillaje para la cara y la ropa: una camisa azul, un chaleco verde y un abrigo y unos pantalones morados.

—He quedado con los del equipo en una de las discotecas del centro —respondió Darío, disfrazado de Jason Voorhess, el asesino de las películas Viernes 13, habiendo usado ropa vieja, la máscara de hockey que ocultaba su rostro y un machete de plástico.

Benji asintió. La idea de tomarse unas copas con sus amigos le llamaba bastante.

—Pero antes nos pasamos por el otro lado, ¿eh? —le recordó Pablo, disfrazado de Freddy Krueger, con un jersey a rayas rojas y negras, unos pantalones y un sombrero negros y el guante con las cuchillas de plástico.

—¿El otro lado? —le interrogó Benji curioso.

—Sí, donde la fiesta. ¿No te has enterado? ¡En el instituto no se hablaba de otra cosa! —contestó Pablo.

—Sí, sí, me enteré. Sería raro no hacerlo —añadió el moreno—. Entonces, ¿vamos?

Los dos chicos asintieron. Bajaron por una calle, encontrándose ya con bastante gente disfrazada, tanto jóvenes como adultos, que parecían ir en su misma dirección. Iban hablando entre ellos, comentando sobre los posibles invitados de la fiesta y teorizando sobre sus disfraces.

No tardaron demasiado en llegar al edificio donde se daría la fiesta del actor. Lo difícil fue buscar algún lugar desde donde poder ver a los invitados. Por suerte, pudieron encaramarse a un muro cercano, sentándose sobre él.

—¡Hey! ¡Mirad eso de ahí! —les señaló Pablo, entre risas—. ¿Qué cojones es eso?

Tanto Benji como Darío miraron en la dirección en la que el chico les señalaba. Se encontraron con que los primeros invitados (al menos que ellos supieran), ya habían llegado y, sobre todo, que sus disfraces eran un tanto extravagantes.

De la enorme limusina había salido un hombre que, por el disfraz que llevaba, había atraído la atención de todos los periodistas y curiosos que había allí. El hombre era bastante alto y musculoso, e iba vestido de lo que parecía ser una mano, siendo su propio cuerpo la muñeca y quedando los cinco dedos sobre su cabeza.

A su lado, bajó una mujer algo más baja que el hombre que iba vestida de lo que parecía ser una mujer decapitada. Iba con un vestido amarillento cubierto de sangre por la parte delantera y lo que sería el cuello del disfraz, y parecía que llevaba la cabeza, cortada, en una de sus manos.

—¿Quiénes son esos? —preguntó Benji que no era capaz de reconocerlos, menos aún en la distancia.

—Creo que es el director de la película y su mujer, pero no estoy seguro —respondió Darío, encogiéndose de hombros—. Mirad, ahí vienen más.

Y era cierto. La primera limusina había desaparecido dando paso a otra, de la que siguieron saliendo distintos invitados de la fiesta. Hombres y mujeres que, tras saludar a la gente y a los medios tal y como si estuvieran en la mismísima alfombra roja con sus mejores galas en vez de con sus disfraces de Halloween, entraban en el edificio.

Momias, hombres lobos, zombis, fantasmas, esqueletos… Podían verse toda clase de seres fantásticos y típicos de las películas de terror en el lugar. Incluso un hombre invisible con un sombrero sujeto por un alambre. Y entre los invitados había actores, modelos, diseñadores y políticos entre otros.

—¡Eh! ¿Ese no es Iván? —les preguntó Pablo, refiriéndose a uno de los que acababan de llegar.

Benji fijó un poco la vista, descubriendo que Pablo tenía razón y que era Iván el que estaba allí. Y no sólo él, también sus amigos: las gemelas, la morena esa tan rarita, y la hermana del idiota pelirrojo junto a su novio. Todos ellos disfrazados.

—¿Qué estará haciendo aquí? Si me dijo que iban a hacerle una fiesta a Daniel —murmuró para sí, extrañado y curioso a partes iguales.

—¿Una fiesta a la Niñita? —le interrogó Darío, girándose para mirarle. Benji asintió—. Y entonces, ¿qué hacen en esta?

Se encogió de hombros, ya que no tenía la más mínima idea.

—Igual van a intentar colarse —tentó Pablo, dudoso.

—Lo dudo. ¿O no has visto que han venido en limusina? —terció el moreno, negando con la cabeza—. Además, colarse ahí debe ser imposible. Seguro que te piden la invitación antes de entrar y que habrá guardias de seguridad.

—Pues no estaría nada mal colarse —susurró Darío, sin escucharle.

Pablo y Benji le miraron, sorprendidos.

—¿Tú me escuchas? Acabo de decir que es imposible, ¿o no te has fijado en la seguridad?

—No digo por la puerta principal. Conozco el edificio y hay otra puerta en uno de los laterales. O sino, siempre podemos intentar colarnos por una de las ventanas del primer piso —propuso el castaño.

—¿Y si nos pillan? Dudo mucho que la excusa de “es que me he perdido” sirva de algo —expuso Benji sin dejarse convencer.

Darío sonrió.

—Por intentarlo no pasa nada, ¿cierto?

Sentía la mirada de Darío y Pablo fija en su persona esperando su respuesta, y sabía bien que, dijera lo que dijera, ellos iban a intentar colarse igualmente. Y, la verdad, estaba demasiado intrigado por saber por qué estaban allí Iván y los demás como para esperar y preguntárselo en clase u otro día.

—Vale. Pero como nos pillen te la cargas —le advirtió a Darío.

El aludido empezó a reírse, diciéndole que no se preocupase, que no les iban a pillar. Y tras un salto, los tres chicos se bajaron del muro en el que estaban sentados para intentar colarse en la fiesta.

 

* * * * *

 

La enorme sala donde se celebraba la fiesta -y en realidad todo el interior del edificio en sí-, estaba magníficamente decorada con todo tipo de cosas de Halloween. El lugar había sido decorado para la ocasión, pasando a convertirse en una auténtica casa del terror.

Los corredores estaban tenuemente iluminados con las luces de unas pocas velas eléctricas. Algunos de los muebles estaban tapados con sábanas. Otros estaban a simple vista, dejando ver algunos armarios, puestos ahí para la ocasión, y guardaban frascos con lo que parecían ser huesos, órganos e incluso fetos dentro.

La música que sonaba por todos los lados por igual tampoco ayudaba demasiado a tranquilizarse. En todo caso, conseguía ponerte los nervios de punta con todas esas risas siniestras. Y las telas de araña que colgaban del techo, puertas y lámparas, obstaculizaban el camino junto a las calabazas de siniestras sonrisas y las calaveras que había esparcidas por el suelo, iluminadas desde abajo por una tenue luz que lograba hacerlas aún más fantasmagóricas.

Sonidos de aleteos y chillidos de murciélagos conseguían que casi todos los invitados dieran pequeños saltos debido al susto y que se giraran para descubrir de dónde provenía la amenaza. Los puntos rojos de los ojos de los animales lograban lo mismo, y varios chillidos podían escucharse cuando las arañas de plástico o incluso la cabeza enganchada a un gancho caían frente a los invitados.

Espejos en los que podían verse formas fantasmales, ataúdes abiertos, manos que salían de diferentes puntos del lugar para agarrarte… Todo estaba hecho para que ninguno pudiera mantenerse indiferente frente a lo que veía. Y nada de esto podía compararse con la enorme sala en donde se daría la fiesta.

Tras firmar docenas de autógrafos y posar para cientos de fotos, ya fuera solo o junto a su familia, Gael Agnelli y los suyos pudieron entrar por fin en el edificio. Sabían que eran los últimos en llegar, que todos sus invitados estarían esperándolos, ya que era así como lo habían planeado.

Y, por ello, ninguno se dio demasiada prisa en atravesar los corredores y las salas que estaban marcadas como recorrido obligatorio, disfrutando tanto de los sustos de sus hijos más mayores, como de los comentarios de los pequeños. Como ese de Nayra al ver al esqueleto que había sido puesto para asustarles. Nada más verlo, y a pesar del susto que se había llevado Ethan, al que prácticamente el esqueleto le había saltado encima, la más pequeña de la familia se había vuelto hacia su madre y, con gesto de súplica en su encantador rostro le había preguntado lo siguiente:

—¿Podemos llevárnoslo, mami?

Por desgracia para la niña, la respuesta que había obtenido era negativa. Aunque, por detrás del gesto de su madre, Nayra había podido ver cómo su padre asentía con la cabeza guiñándole un ojo y pidiéndole que lo mantuviera en secreto al llevarse un dedo a los labios.

Por fin, los ocho miembros de la familia llegaron ante una de las dos puertas que daban a la sala donde era la fiesta. Desde allí podían oír perfectamente el murmullo de las conversaciones de los invitados, que seguramente esperaban que el actor y su familia entraran por la puerta grande. Sin embargo, Gael había pensado en todo, incluida su particular entrada.

—Que comience el show.

* * * * *

 

Vestida de Sally, Natalia observaba a su alrededor intentando, por un lado, encontrar a sus padres (disfrazados de Morticia y Gómez Addams), y por otro, reconocer a alguna de las personas que había en la fiesta.

Le estaba resultando difícil. Aunque sabía que conocería algunos, sobre todo a los amigos de su padre, que todos estuvieran disfrazados dificultaba bastante la acción. Desde donde estaba, podía ver perfectamente a un grupo de cuatro personas en las que había una novia muerta, un Darth Vader, lo que parecía ser el fantasma de la ópera, y hasta una mujer atacada por los cuervos, pero lo cierto es que no reconocía a ninguno.

—¿Reconocéis a alguien? —preguntó María, vestida, al igual que su gemela, de las hermanas Exorsister. Llevaba un vestido morado y una peluca negra con el pelo en punta y una mecha a un lado de distinto color, María en morado y Marta en blanco.

—A nadie —les confirmó Iván. Vestía como el doctor Sidney Granudo, con unos pantalones normales, una camisa blanca, un chaleco negro de botones naranjas y una pajarita roja. El chico, con ayuda de sus amigas, se había pintado la cara de blanco y puesto una verruga enorme en la nariz y, además, cargaba con el peluche del Conejito Zombie.

Raúl negó con la cabeza. El chico estaba seguro de que reconocer a alguien, para él, era imposible. Vestido con un traje a rayas negras y blancas, con una pajarita con cabeza de gato, el chico se había puesto guantes blancos y una careta, ya que la perspectiva de tener que pintarse toda la cara de blanco no le había gustado nada.

—¿Esos de ahí no son tus padres? —le preguntó Ainoa a la pelirroja, señalando a una pareja que estaba a un par de metros de distancia. La joven, que iba de Lydia Deetz, vestía solamente un poncho rojo con rayas negras en forma de telas de araña por encima de unos pantalones y una camiseta de manga larga, todo de color negro. Además, llevaba el pelo recogido en una pequeña coleta, dejando la parte del flequillo y varios mechones sueltos.

Después de que la pelirroja asintiera, los seis chicos se acercaron a los padres de Natalia. Llegaron hasta ellos en el mismo momento en el que las luces, que iluminaban solamente el centro de la sala, se apagaron. Una niebla salió desde las paredes mientras una macabra voz empezaba a hablar:

—Hace miles de años, los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus, tanto benévolos como malévolos, pasar a través. —Todas las conversaciones terminaron. Hubo muchos que trataron de descubrir de dónde procedía la voz. Sin embargo, por más que miraban a todos los lados, no pudieron, pues el sonido llegaba de todas partes por igual—. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados. Por su parte, los espíritus dañinos eran alejados con los trajes y las máscaras que usaban los humanos, cuyo propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañados.

»Más adelante, los romanos mezclaron esta tradición celta con la suya propia de la “fiesta de la cosecha” en honor a Pomona, la diosa de los árboles frutales. Tras esto, los Papas Gregorio III y Gregorio IV intentaron suplantar esta tradición por una festividad cristiana: la del Día de Todos los Santos, que fue trasladada de mayo a noviembre.

»Pero no sería hasta su llegada a Estados Unidos durante la Gran hambruna irlandesa, cuando sería fuertemente arraigada. Ya que fueron ellos quienes difundieron la costumbre de tallar las calabazas o Jack-o’-lantern, inspiradas en la leyenda de “Jack el Tacaño”. Y desde 1921, año en el que se celebró el primer desfile de Halloween en Minnesota, esta fiesta comenzó a celebrarse masivamente, internacionalizándose a finales de los 70 y principios de los 80 gracias al cine y la televisión.

La voz por fin parecía haberse centrado en un mismo punto. Las tenues luces de unos focos alumbraron el escenario atrayendo las miradas de todos. La niebla cubría todo el suelo del escenario, risas perversas y gritos espeluznantes llenaron la sala por completo mientras la voz seguía hablando:

—Hoy es un día para honrar a los muertos, pero tampoco debemos olvidarnos de los vivos. —Un ataúd apareció de repente provocando exclamaciones ahogadas de algunos de los presentes y sustos de otros—. Hoy estamos aquí para honrar la vida y, sobre todo, para divertirnos en esta noche en la que los vivos y los muertos caminan juntos por las calles.

El ataúd se abrió. La niebla ocultó por un instante a las dos figuras que salieron de él, pero pronto comenzó a disiparse y todos pudieron admirar a Gael Agnelli y a su esposa.

Elegantemente vestido con un frac negro hecho a medida, al actor no le hacía falta ni la larga capa ni los colmillos, ya que su sola presencia imponía respeto, temor e incluso adoración. A su lado, Carla observaba a todos esos cuya mirada estaba centrada en ellos, pudiendo reconocer a Diana y Toño entre otros.

—Sed bienvenidos a mi fiesta.

La sala entera estalló en aplausos cuando Gael puso fin a esa pequeña presentación. Pero, por mucho que el actor y su mujer agradecieran los aplausos con un par de reverencias, ninguno se bajó del escenario. De ese modo, Gael esperó a que los aplausos cesaran antes de seguir hablando:

—Ahora que ya estamos todos, o al menos casi todos, me gustaría daros las gracias por venir a esta fiesta a pesar de que a algunos de vosotros os quedara bastante lejos —añadió, mirando a la actriz que, junto a él, protagonizaba la última película, al marido de esta, al director y su mujer, y después a alguno de sus otros amigos y/o conocidos—. Es un verdadero honor para mí poder contar con todos vosotros en esta fiesta. Gracias.

Una nueva salva de aplausos llenó toda la sala, y Gael esperó pacientemente a que terminara antes de continuar.

—Dar las gracias también a mi esposa Carla y a mi amiga Diana por tomarse la molestia de organizarlo todo, y a las industrias Menéndez por tan maravillosa comida que nos han preparado. —Otra salva de aplausos, que tardó un poco en desvanecerse—. Y ahora, antes de dejaros por fin emborracharos tranquilos, solo recordaros la única regla de la fiesta —dijo alzando un dedo de su diestra—. Obligatorio pasárselo bien y disfrutar de la velada. Y ahora sí, ¡feliz Halloween a todos!

Tras estas palabras, el actor dio una sola palmada y, al instante, toda la sala quedó perfectamente iluminada, permitiendo a los asistentes descubrir lo que había al fondo y a ambos lados de esta.

Fue así como vieron los murciélagos que colgaban del techo, las calaveras y esqueletos que decoraban las paredes. Y lo más importante, las grandes mesas donde estaban las bebidas y la comida.

Este hecho no habría llamado especialmente la atención de no ser porque el mantel parecía estar completamente manchado de sangre, porque las fuentes de comida estaban decoradas con calaveras, los vasos parecían ser verdaderos cráneos y, sobre todo, porque toda la comida parecía ser restos humanos, teniendo el propio pastel el aspecto de un torso.

La gente estaba extasiada y había algunos que parecían cuestionarse sinceramente si valdría la pena quedarse en ayunas toda la noche antes que acercarse a las mesas. Gael, por su parte, sonrió feliz por haber logrado su propósito. Estaba muy seguro de que pasarían semanas y todavía se hablaría de su fiesta. Desde luego, había valido la pena tanto el esfuerzo como el dinero invertido en ella.

Bajó junto a su mujer del escenario y fue hacia sus hijos que habían acabado por juntarse a Diana y Toño. Saludaron a estos a pesar de que los hubieran visto el día anterior, antes de ser asaltados por otro de los invitados:

—Espectacular entrada —le felicitó un hombre disfrazado de mano y acompañado de una mujer decapitada—. Yo quizás lo hubiera hecho de otra manera, poniendo más efectos especiales, pero debo admitir que me ha encantado.

—¡Sigfried! —exclamó el vampiro al reconocerle—. Me alegra que al final pudieras venir.

Mientras el actor rodeaba, como podía, los hombros de su amigo y empezaba a hablar con él, Natalia se había alejado un poco de la zona para llamar por teléfono.

Acababa de darse cuenta de que se había dejado una cosa en casa y, como era obvio que no podía ir a por ella, solo le quedaba la posibilidad de llamar a su hermano y que fuera él quien se la trajera.

Por ello, tras avisar a sus amigos de que volvería en un par de minutos, la joven pelirroja se alejó del variopinto grupo, acercándose a una de las ventanas suponiendo que allí podría escuchar mejor a su hermano cuando este le respondiera.

Pasó al lado de las mesas, admirando la decoración y sabiendo que, si no supiera de antemano de que toda esa comida era en realidad alimentos muertos y no brazos y piernas humanas, no probaría bocado en toda la noche. Desde luego Gael se había pasado con ese detalle, pues estaba tan bien hecho que parecían los restos de una verdadera matanza. Sobre todo el pastel, que por mucho que estuviera hecho de chocolate y tortas de distintas clases, parecía en verdad la caja torácica de cualquier adulto.

Aguantándose la risa al ver la cara de la gente, que prácticamente había sido la misma que la suya cuando su madre le dijo cómo iba a ser la comida de la fiesta, Natalia se acercó a una de las ventanas. Apartó un poco al fantasma que colgaba de ella para ocultarse detrás y poder llamar tranquila.

Nadie contestó.

 

* * * * *

 

Después de ver la entrada del actor, Paolo estaba completamente extasiado y solo la presencia de Roxanne le impedía empezar a dar saltitos y palmaditas como un niño pequeño. El joven había acabado por quitarse la máscara debido al calor que hacía, aunque la llevaba bajo el brazo, y había decidido refrescarse con las bebidas que los camareros (vestidos de sirvientes sangrientos y llenos de vendas) llevaban de un lado a otro en bandejas.

—Decidme que esto no es sangre —les pidió Cynthia, a quien la visión de la “comida” le había revuelto el estómago.

—Creo que es sangría —comentó Héctor observando con verdadero detenimiento la bebida de su copa. Y, decidiendo que lo mejor era no pensárselo demasiado, le dio un trago—. Sí, es sangría. Puedes beber, tranquila.

Cindy le miró fijamente. Y al ver que el gesto de su amigo no cambiaba, se decidió por tomar un trago, confirmando que lo que tenía en la mano era sangría por mucho que estuviese servida en un vaso-cráneo.

—Dios, nunca me imaginé que la fiesta sería algo así —murmuró, no pudiendo evitar mirar a todos lados.

—Y no has visto nada —intervino Roxanne, que tuvo que apartar un poco uno de los cuervos que llevaba pegados al vestido para poder beber—. La fiesta de hace tres años sí fue espectacular. Aún se me pone la piel de la gallina siempre que la recuerdo.

—¿Cómo fue? ¿Cómo fue? —la interrogó Paolo, con los ojos llenos de brillantitos debido a la ilusión.

—Nos hizo ir a un pueblo perdido en una montaña donde había alquilado una mansión presuntamente abandonada, decorándola por completo para la ocasión —les empezó a relatar la mujer—. Recuerdo que tuvimos que atravesar, completamente a oscuras, todo el jardín lleno de tumbas abiertas, zombis que trataban de asustarte y demás horrores. Es más —añadió antes de que la interrumpieran—, recuerdo que hubo una actriz que amenazó con irse de allí si no salía el propio Gael a buscarla.

Los tres jóvenes empezaron a reírse al imaginarse la reacción de la actriz, aunque pronto la risa se le atragantó a Paolo al ver quién se acercaba a ellos.

—¿Una actriz? —susurró una voz justo detrás de Roxanne—. Yo recuerdo que fuiste tú quien tuvo tan exagerada reacción.

A pesar del pequeño susto que acababa de llevarse, Roxanne no tardó en volverse, descubriendo que había sido el propio actor quien había hablado.

—¡Gael! —exclamó con deslumbrante alegría, abrazando al italiano—. ¡Qué alegría volver a verte! ¡Hacía años de eso!

—Sí. Es lo que pasa cuando estás hasta arriba de trabajo —se excusó el hombre, correspondiendo a su abrazo para después volverse hacia los tres jóvenes que estaban con ella—. Y dime, ¿cuál de estos dos chicos tan apuestos es tu sobrino? Porque debo de suponer que no es esta chica tan hermosa —añadió, posando su vista en Cynthia y hasta guiñándole un ojo.

Entre risas, Roxanne señaló a Héctor, presentándole.

—Este es mi sobrino: Héctor. Es el hijo de mi hermana. —El chico avanzó un paso hacia el actor, estrechándole la mano—. Y ellos dos son unos amigos suyos.

Ligeramente sonrojada aunque con la pintura no pudiera notarse, Cindy se acercó al hombre quien le cogió la mano y se la besó a la antigua usanza. Por otra parte, Paolo, muerto de nervios al ver por fin a su ídolo y, más recientemente, amor platónico, tan cerca, tuvo que recordarse cómo se respiraba cuando el hombre le estrechó la mano.

—Es un placer conoceros —les dijo Gael, volviéndose acto seguido hacia Roxanne—. Y ahora confiesa, ¿son tus chicos, verdad?

La mujer empezó a reírse con algo más de fuerza, acabando por asentir con la cabeza.

—Sí, ellos son tres de mis modelos más prometedores. El cuarto no ha podido venir. Está trabajando en Londres —confesó.

—Pues será mejor que aproveches la fiesta. Sé de muy buena tinta que varios de los diseñadores que han venido hoy están buscando modelos para sus colecciones. Y seguramente estos chicos estarán interesados, ¿cierto?

Como si fueran una sola persona, los tres modelos asintieron. Lo cierto era que les interesaba conseguir un trabajo como el que Gael hablaba.

Siguieron hablando un rato más, pero, cuando el actor vio que se acercaba la hora en la que tendría que aparecer su hijo, se despidió de Roxanne y los tres jóvenes. Acto seguido, se dirigió hacia el escenario, subiéndose de nuevo y atrayendo la atención de todos al dar una sola palmada:

—Me gustaría que me prestarais atención un momento. Gracias —añadió al ver que todas las conversaciones cesaban—. Lo primero, la comida se puede comer. Es todo comestible y os aseguro que no hemos matado a nadie. Si se lo preguntáis a los camareros, ellos os dirán de qué está hecha cada cosa.

Risas nerviosas se escucharon perfectamente en la sala. Por lo que podía verse, ninguno había probado tan suculento manjar.

—Y ahora, como sin duda ya he dicho, hoy os he reunido aquí no sólo para celebrar esta fiesta, sino para celebrar la vida. No sé si todos los que estáis aquí lo sabréis, pero hoy, exactamente a las diez de la noche, se cumplen dieciséis años de la muerte de la que fue mi segunda mujer: Audrey Hudson.

Hubo algunos murmullos entre los invitados, tanto de los que conocían la noticia como de los que no. Sin embargo, todos fueron acallados por la voz del actor al seguir hablando:

—Pero aunque su muerte supuso un gran dolor para mí, no es de ella de quien quiero hablaros ahora, sino del único hijo que tuve con Audrey y al que muy pocos conocéis. Su nombre es Daniel Agnelli y lo cierto es que esta fiesta es para él. Pues hoy mi hijo cumple la difícil edad de dieciséis años. Y por eso os pido que, cuando Daniel entre por esa puerta dentro de dos minutos exactamente, nos pongamos todos a cantarle el cumpleaños feliz. Pues, aunque él no esté enterado de esta fiesta, no dudo que le encantará este tipo de recibimiento.

—Y yo no dudo que eso solo servirá para que Dani salte directo a la yugular de nuestro querido padre —murmuró Ethan, siendo perfectamente escuchado tanto por su familia como por Natalia y los demás.

Todos sin excepción soltaron una risilla por lo bajo. Sabían que, por mucho que le durase el shock a Daniel, lo último que el joven haría en cuanto se repusiera sería dar las gracias a todos por la fiesta.

Gael no había bajado aún del escenario y casi todos los invitados esperaban ansiosos a que la puerta por donde entraría el joven Agnelli se abriera. Se quedaron completamente en silencio al sentir los pasos de alguien acercándose.

 

* * * * *

 

Completamente disfrazados, Oliver y Daniel esperaban frente al edificio del primero a que el taxi que debería llevarles a la fiesta llegara por fin. La noche no era especialmente fría ese día, y eso había evitado que los dos jóvenes tuvieran que cargar con sendos abrigos. Además, también ayudaba el hecho de que ambos llevasen otra capa de ropa bajo sus disfraces.

—¿Se puede saber cuánto más me vas a tener esperando? —preguntó un aburridísimo Daniel que, a falta de algo mejor, había acabado por sentarse en el escalón que daba al edificio.

—En teoría ya debería haber llegado —murmuró el pelirrojo—. Igual se ha retrasado por cosa del tráfico —señaló.

La mirada que el rubio le dedicó en ese momento le dejó bien claro que lo mejor que podía hacer era dejar de excusar al taxista. Por ello, y sabiendo que era una tontería enfadar a su amigo por eso, se encogió de hombros decidiendo guardar silencio.

—Y encima, vamos en taxi —siguió quejándose el rubio, solo por el mero hecho de hacerlo—. ¿No podríais haber alquilado una limusina al menos?

—Se supone que era una fiesta que nosotros te preparábamos, ¿cómo quieres que gastemos el dinero en limusinas?

Daniel bufó. Y murmuró algo por lo bajo que, pese a todo, fue perfectamente entendible para el pelirrojo:

—Ni que no tuvierais dinero para ello. Y dime —añadió, alzando un poco la cabeza para mirarle—, ¿no deberías ponerme una venda o algo así? Se supone que es una fiesta sorpresa, ¿no?

—También se supone que tú no deberías conocer ese dato y lo sabes —apuntó Oliver sin demasiado tacto.

Daniel sonrió, guardándose las risas para sí mismo al ver lo tenso y nervioso que parecía su amigo.

Le miró. Oliver estaba visiblemente cambiado ese día. No solo era cosa de la ropa que se había puesto por culpa del disfraz, sino sobre todo por el hecho de que esa noche no era pelirrojo. Porque sí, Oliver se había teñido el pelo de negro para poder parecerse aún más al personaje del que se había disfrazado.

—No vas a decirme qué vas a hacer, ¿verdad? —Le oyó preguntar sin mirarle.

—Eso arruinaría la sorpresa, ¿no crees?

Oliver suspiró. Sabía que el rubio tenía más que preparada su venganza, pero la verdad es que contaba con que se la contaría y así él podría desbaratar sus planes. Pero, para su enorme desgracia, Daniel no había dicho nada en todos esos días, manteniendo en completa ignorancia al pelirrojo respecto a su plan.

—Daniel…

—No vas a hacerme cambiar de opinión así que ahórrate el esfuerzo —le interrumpió el menor, sabiendo perfectamente que eso era lo que pretendía.

Oliver chascó la lengua, decepcionado y también algo intrigado. Sentía curiosidad por el plan de su amigo, por mucho que no se lo confesaría ni a sí mismo.

—Como quieras.

La sonrisa de Daniel se hizo más amplia y, al ver que un taxi se aproximaba hasta detenerse frente a ellos, se puso en pie, sacudió un poco su ropa y entró al taxi tras su amigo. Era hora de poner en marcha su plan.

 

* * * * *

 

Nada más Gael Agnelli terminó con su discurso, el silencio se adueñó de la sala. Todos los invitados se miraban entre ellos, algunos sorprendidos por la noticia de este hijo “secreto” del actor. Otros, los que ya le conocían de hacía tiempo, alegrados quizás por la noticia de ver de nuevo al hijo de Agnelli y de Audrey Hudson que, según decían, era igualito que su madre.

Hubo algunos murmullos, pero todos fueron acallados cuando los gritos de los pasillos que llevaban hasta la fiesta empezaron a oírse, alertándoles de que alguien se acercaba. En un acto reflejo, todo el mundo se volteó para quedar de cara a la puerta doble que les separaba de este último invitado y, sin embargo, verdadero protagonista de la fiesta.

Con un chirrido digno de una de esas puertas que salen en las películas de miedo, la puerta empezó a abrirse. Los sonidos llegaban mucho más claros ahora y la expectación había subido. Todos estaban ansiosos por conocer al hijo de actor, por verle por fin.

Desde el escenario, Gael pudo distinguir una cabecita rubia en el espacio que acababa de abrirse. Sonrió. Tenía unas ganas enormes de ver a su hijo, le había echado muchísimo de menos durante todo ese tiempo que Daniel no había estado a su lado. Pero hoy por fin podría volver a verle y abrazarle, a pesar de que estaba seguro de que su hijo trataría por todos los medios de alejarle de su lado. Sí. Hoy, después de casi dos años sin saber de él, volvería a verle por fin.

—Pero ¿qué…?

El gesto de felicidad del actor desapareció completamente al ver al hombre que acababa de entrar en la sala. Hombre, no niño ni adolescente, sino hombre.

La incertidumbre y la confusión se extendieron como una mecha, quemándolo todo a su paso y afectando a todos los invitados, quienes no podían evitar preguntarse si esto era una broma más del actor o si estaba pasando de verdad. Porque el tipo que acababa de entrar no se parecía en nada al chico que todos esperaban. Ni siquiera agregándole unos cuantos años de más.

—D-Disculpen —susurró el hombre, notablemente nervioso y asustado al ver que todas las miradas estaban fijas en su persona—. ¿El señor… el señor Agnelli? Creo que t-tengo un… una carta para él.

Los murmullos aumentaron. Todos los invitados hablaban entre ellos, observando primero al desconocido que acababa de hablar y luego al actor que, perplejo, no se había movido del escenario.

Por suerte para el hombre, dos mujeres se separaron de la multitud, acercándose a él. Las miró, una iba vestida con un precioso vestido rojo y con el pelo recogido en un elegante peinado, y la otra iba entera de negro. Las dos estaban serias y se acercaban a él con pasos firmes.

—¿Y usted es…? —le preguntó la mujer que iba vestida de negro.

—A-Alfonso —tartamudeó el hombre, intimidado por la mirada de esta—. Soy taxista —añadió en un desesperado intento de lograr que la mujer dejara de mirarle así.

Nada más escuchar esa última frase, Diana y Carla cruzaron una mirada entre ellas que, aunque breve, les hizo ver que ambas habían pensado lo mismo.

—Por casualidad no acabaría de recoger usted a dos jóvenes adolescentes, ¿verdad? —le interrogó ahora la del vestido rojo con un leve acento francés.

Alfonso asintió unas cuantas veces seguidas, alegrado de poder ayudar en algo si eso significaba que podía irse de allí pronto, muy pronto. Porque sí, a Alfonso le gustaban los famosos, verlos por la televisión en algún programa, en sus películas o incluso leer alguna noticia sobre ellos en esas revistas del corazón a las que tan aficionada era su mujer. Pero una cosa era eso y otra muy distinta era saberse el centro de atención de todos esos famosos que, para más inri, estaban vestidos como auténticos muertos vivientes.

—¿Y se puede saber dónde están esos dos jóvenes? —habló de nuevo la primera mujer, con un tono que dejaba muy claro que estaba comenzando a enfadarse y que nadie quería eso.

—P-Pues… Se fueron —balbució con un ápice de miedo—. El chico más bajito me obligó a parar el taxi y luego él y el otro chico se fueron —susurró, bajando paulatinamente el tono de voz según la seriedad crecía en el rostro de la mujer.

—¿Le obligó? ¿Cómo?

La pregunta esta vez se la había hecho un hombre, un hombre que parecía ir disfrazado de vampiro y que, además de resultarle familiar, estaba seguro de que era el mismo que había estado en el escenario cuando él había llegado.

—Me… Me sobornó, señor —confesó, teniendo al menos la decencia de agachar la cabeza y centrar la mirada en el suelo—. Me prometió sesenta euros si accedía a parar el coche para dejar que se bajaran.

Gael, que por fin parecía haber reaccionado, sintió que el enfado y la incomprensión recorrían cada rincón de su cuerpo. Podía escuchar los murmullos tras él, pero en ese momento le daban igual. Lo único que quería saber era cómo su hijo se había enterado de la fiesta sorpresa.

Miró a Diana, interrogante, pero ella simplemente negó con la cabeza. Era cierto que esos últimos días Daniel había estado algo más frío que de costumbre, pero lo había achacado a la fecha, creyendo que el joven estaba así por los años que se cumplían y no por la fiesta que le habían organizado. Y lo peor era que se había equivocado por completo.

—Disculpe… Esto… El chico rubio también me dio algo, una carta —dijo Alfonso sacando un sobre de uno de los bolsillos de su abrigo—. Dijo que era…

Se detuvo un momento, temeroso de repetir las palabras exactas que el chico le había dicho. Por desgracia para él, la perspectiva de mantenerse en silencio parecía que no iba a tener muy buena acogida por los otros tres adultos.

—Dijo que era para “el subnormal y ególatra que no sabe ni hacer la O con un canuto” —citó encogiéndose visiblemente, temiendo que toda la furia que sus palabras habían desatado cayera sobre él en cualquier instante.

Gael frunció el ceño pero no dijo nada. Solo adelantó su mano para coger el sobre que el taxista sostenía. Lo abrió y empezó a leer ese mensaje que su hijo le había dejado:

“No te enfades con el hombre. Él no tiene la culpa de que seas tan inútil como para dejar que me enterase de lo de la fiesta por una llamada de los del catering. La próxima vez que vayas a darme una sorpresa ten más cuidado.

Daniel Hudson”

Una vez leída la nota, Gael la dobló varias veces y la guardó en uno de sus bolsillos.

Bien, al menos ya sabía cómo se había enterado Daniel del asunto de la fiesta. Lo malo era que, con su maldito acto, su hijo acababa de dejarle en ridículo frente a centenares de personas.

Oh, sí. Gael podía ser el perfecto ángel cuando se lo proponía, pero también sabía ser un formidable demonio cuando la situación lo requería. Y desde luego, esta lo estaba pidiendo a gritos.

Ahora lo único que le quedaba por saber era dónde estaba su hijo.

 

* * * * *

 

—Tu padre nos va a matar.

Con esa sencilla frase, que albergaba una verdad que Oliver veía muy cierta y cercana, el pelirrojo expresaba todos sus temores.

Iban caminando por una de las calles de la ciudad. Habían salido del taxi. Ese que, en teoría, debía de haberles llevado a donde se daba la fiesta, pero que, en verdad, les había llevado a otra zona de la ciudad.

A pesar de que en un principio Daniel había dicho que irían a la fiesta y se vengaría allí de su padre, a la hora de la verdad el rubio parecía haber cambiado de opinión. Pues, como pudo ver el pelirrojo, poco después de que el taxi se pusiera en marcha, Daniel le había ordenado al conductor que se detuviera. Oliver le había mirado sorprendido, por supuesto, casi sin comprender a qué venía tal orden pero temiendo ya lo peor. Y poco pudo hacer cuando al rubio le dio por sobornar al taxista para que les llevase a otro lado.

—Tu padre nos va a matar —repitió, reprimiendo las ganas que tenía de darse de cabezazos contra la pared más cercana.

—Anda, no exageres. No es para tanto —rebatió el rubio, mirándole con una sonrisa en el rostro.

—¿Que no es para tanto? ¿Has sobornado al taxista para que nos trajese aquí en vez de a la fiesta y dices que no es para tanto? ¿Es que no sabes cómo se va a poner tu padre? ¿Y mi madre? ¿Tienes idea de lo que me hará nada más que me vea? ¡Me matará!

La risa suave y tranquila de Daniel contrastaba con los gritos histéricos de Oliver, quien fulminó con la mirada a su amigo, muy dispuesto a hacerle caso a su voz interior.

—Eso, tú ríete. Como no nos estamos jugando el cuello por esta estúpida idea tuya… —refunfuñó, cruzándose de brazos—. ¡Dios! ¡Debería dejarte inconsciente, llamar a un taxi y cargar contigo hasta la fiesta!

—¿De verdad harías eso? —le preguntó el chico, riéndose con más ganas ahora—. Además —añadió antes de que el otro respondiera—, la idea fue mía, ¿no? Fui yo quien sobornó al viejo ese para que no nos llevara a la fiesta, ¿cierto? Pues échame la culpa a mí —propuso, encogiéndose de hombros.

—Ah, ¿pero acaso creías que no tengo pensado hacerlo? —le interrogó el mayor, mirándole con una pizca de sorpresa—. Porque vas listo si crees que pienso cargar yo con toda la culpa.

Al contrario de lo esperado, Daniel empezó a reírse con más fuerza que antes, sacudiendo la cabeza mientras seguía caminando. En ese momento estaban encima de uno de los puentes de la ciudad. Si se asomaban a la barandilla, ambos podrían ver el río que había a más de veinte metros. Las farolas alumbraban la calle, iluminando los bancos que había en el paseo, todos ellos vacíos ya que, en esa noche tan especial, solo ellos dos paseaban por allí.

—Eres idiota —habló Oliver, viendo que, tras un salto, el chico se subía a uno de los bancos, empezando a caminar sobre él—. ¿Y ahora qué te pasa?

—Nada —respondió el chico, saltando de nuevo al suelo y volviendo a repetir el proceso con el siguiente banco.

—¿Nada? Y entonces, ¿por qué estás tan contento, pequeño saltamontes? —le interrogó—. Y yo que creía que ibas de sombrerero loco.

Y era verdad. El disfraz de Daniel era justamente de sombrero loco, salvo que este no tenía nada que ver con el hombrecillo que salía en el libro de Alicia en el País de las Maravillas.

El traje de Daniel era algo diferente. Vestía enteramente de blanco, incluido el sombrero, salvo algún que otro adorno en negro y en rojo, como una cruz roja en la parte derecha de su camisa y otra en negro en la parte central. Las mangas eran enormes y terminaban en punta, pudiendo abrocharse al pecho con todos esos cinturones que llevaba enganchadas a ellas. Por otra parte, los pantalones tenían algunas manchas rojizas que imitaban a la sangre, con alguna que otra rotura. Y, por supuesto, el sombrero que, además de estar adornado con otro par de cintos, también tenía alguna que otra aguja y hasta las gemelas le habían añadido el dibujo de un ojo.

Sí, más que un sombrerero loco, Daniel parecía un enfermo mental que se acababa de escapar de una clínica. Y eso parecía encantarle.

—Aclárate, o pequeño saltamontes o sombrerero loco —le dijo, girando un poco el rostro para mirarle y saltando del banco para quedar ante él—. Y estoy contento porque me estoy imaginando la reacción de mi padre.

Oliver bufó, poniendo los ojos en blanco. Se detuvo justo frente al chico y se cruzó de brazos.

—Esto es serio, ¿sabes? Ya verás mañana, van a rodar cabezas. Nuestras cabezas —especificó.

Daniel rió y alzó un poco la mano para posarla en el sombrero de su amigo, bajándoselo un par de centímetros.

—No me irás a decir que el gran Alucard tiene miedo —le dijo con retintín, aludiendo al disfraz del mayor: Alucard, el vampiro protagonista del manga Hellsing.

Vestido con un traje completamente negro, botas altas también negras, una camisa blanca y una corbata y un abrigo largo de color rojo, el pelirrojo (ahora moreno), llevaba también dos pistolas, una blanca y otra negra, unos guantes blancos con un símbolo pintado en ellos, unas gafas de sol y un sombrero rojo. Al final había conseguido vestirse de vampiro, sí, aunque no se había dejado llevar por el estilo clásico al igual que Gael y los suyos.

—Sabes perfectamente que mi madre da más miedo que un aquelarre de vampiros —le recordó el chico—. Y ahora, dime, ¿qué planes tienes?

En un gesto totalmente infantil, Daniel se llevó un dedo a los labios, pensativo, hasta que, tras un par de minutos, empezó a hablar:

—Divertirme. Ya sabes: salir, beber; el rollo de siempre —respondió entonando una de las frases de la canción “Salir, beber” de Extremoduro—. ¿No te gusta la idea? —añadió ahora triste al ver el hastío del mayor.

Oliver se encogió de hombros.

—Sabes perfectamente que cuando se den cuenta de que no vamos a ir a la fiesta, mandarán a buscarnos —le dijo—. Y teniendo en cuenta que Natalia sabe los lugares a los que solemos ir…

—Pues no iremos a ninguno de esos —le interrumpió el rubio con simpleza—. Me hablaron hace poco de un nuevo lugar al que podemos ir.

—Daniel, en serio, si no nos encuentran nos llamarán al móvil, así que, de todos modos, tu pequeña aventura durará poco.

—¿Eso crees?

No supo por qué pero, en el instante en el que vio la mirada y, más aún, la sonrisa que Daniel le dirigió, Oliver supo que su amigo ya estaba tramando algo.

—¿Qué has hecho ya?

—Bueno… —empezó a hablar el rubio, dándose media vuelta y alejándose a grandes y tranquilos pasos de su amigo, estirando del todo las piernas mientras tenía los brazos completamente separados del cuerpo—. Dijiste que lo más seguro es que nos llamen al móvil, ¿cierto? —Oliver asintió—. Y como sabía que si eso pasaba tú te rendirías al instante y les dirías dónde estamos, tomé medidas.

—¿Qué medidas? —le interrogó el pelirrojo, empezando a molestarse.

Daniel se detuvo. Estaba a unos cinco pasos de distancia de Oliver y este pudo ver, cuando el chico se volvió hacia él, que su sonrisa se había ampliado hasta límites insospechados.

—Medidas —respondió—. Algo tipo esto.

El rubio abrió su mano, mostrándole lo que tenía en ella: el teléfono móvil del pelirrojo.

—Daniel dame eso —le ordenó el chico, empezando a ir hacia él con la mano alzada.

—No —contestó el otro, retrocediendo según el otro avanzaba.

—Dame mi teléfono.

—Solo si me prometes que no les dirás nada —prometió.

—Ni en sueños. Y ahora dámelo.

—No. No pienso hacerlo.

Escabulléndose por poco de los brazos del mayor y sin dejar de reírse mientras tanto, Daniel se acercó un poco más al pequeño muro que les separaba del río, hasta que su espalda tocó la piedra.

—No tienes a dónde huir, así que dámelo —le ordenó por última vez el pelirrojo, sabiendo que el chico no podría escapársele.

—¿Estás seguro? ¿Y qué tal si hago… esto?

Sin borrar la sonrisa de su rostro, Daniel dejó caer el teléfono al agua. Acto seguido, se hizo a un lado al ver que su amigo intentaba coger el teléfono y que, al no conseguirlo, se volvía hacia él furioso, muy furioso.

—¿Eres idiota? ¿Sabes que el móvil era nuevo? ¡Me lo compré hace tres días! Yo te mato.

—¡Oh, vamos, Oliver, tampoco es para tanto! —trató de hacerle ver el rubio, retrocediendo un par de pasos y poniendo su mejor carita de inocencia—. Además, solo nos hemos quitado un problema de encima. Ahora ya no podrán encontrarnos.

Los ojos del pelirrojo parecían lanzar dagas aunque, por suerte para Daniel, eso no parecía afectarle. Estaba más que acostumbrado a los enfados de su amigo.

—Venga, te invito a una copa —le dijo.

Y, tras decir esto, el chico cogió al mayor del brazo, obligándole a caminar hacia ese bar del que le habían hablado.

—Está bien, voy contigo —aceptó finalmente el pelirrojo—. Pero al menos prométeme que no será peor que lo de la última vez.

—No prometo nada.

 

* * * * *

 

Tras intentar colarse en la fiesta con resultados completamente nefastos, Benji se sentía algo alicaído. Además, su cabeza no podía dejar de mostrarle lo sucedido hacía casi una hora y media, cuando un par de guardias les habían encontrado merodeando por uno de los pasillos del primer piso.

Nada más sentirse descubiertos, tanto Darío como Pablo trataron de escapar, siendo perseguidos por uno de los guardias. No así Benji. El joven, aunque hubiera acabado por colarse junto a ellos, sabía perfectamente que sería peor si, además de lo ya hecho, trataba de escabullirse de mala manera. Por ello, el moreno simplemente se había quedado parado, viendo que al cabo de un par de minutos aparecían otros dos guardias junto a Darío y Pablo.

Por supuesto, las preguntas no se habían hecho esperar. Pero, antes de que pudieran pensar en una excusa con la que salvarse, una figura más se acercó a ellos, mirándoles completamente desconcertada.

Había sido el mismísimo Iván quien se les había acercado. Y aunque no negó que los conocía cuando uno de los guardias le preguntó al ver que Darío le nombraba con cierto alivio y quizás una creciente esperanza de que ahora pudieran quedarse, Iván no se había negado a la idea de que les sacaran del edificio inmediatamente.

Por supuesto, este hecho había enfadado a Darío y a Pablo, quienes no se quedaron callados. En vez de eso, comenzaron a insultar al castaño por, según ellos, venderles de esa manera a pesar de ser amigos.

Benji, por su parte, se había conformado con mirar al castaño, intentando transmitirle con esa mirada todas esas preguntas que se agolpaban dentro de su cabeza: por qué estaba en esa fiesta, de qué conocía él al actor y, sobre todo, por qué le había mentido al decirle que iba a pasar Halloween en una fiesta sorpresa para Daniel cuando estaba claro que eso no era cierto.

Al final, y aunque se libraron de que les pasara algo más grave como que avisaran a sus padres o hasta a la policía, los de seguridad les escoltaron hasta la puerta de atrás (esa que ellos mismos habían usado para colarse en un descuido de uno de los guardias), asegurándoles que como volvieran a verles rondando por allí cerca esa noche, avisarían a la policía para denunciarles.

Tras ese desastre, ninguno de los chicos conservaba el buen humor que habían tenido cuando se juntaron. E incluso Benji pudo escuchar perfectamente como Darío prometía vengarse de Iván por no haberles ayudado, siendo inmediatamente apoyado por Pablo.

Desde eso, como Benji sabía perfectamente, habían pasado casi noventa minutos. Ahora ya no estaban en la calle dando vueltas por ahí, sino que habían ido a la discoteca donde, desde un principio, habían quedado con algunos chicos del equipo y otros amigos de ellos.

Y ahí era donde estaba Benji, sentado junto a otros cuantos chicos de los cuales no conocía ni a la mitad. Tenía una bebida frente a él, pero apenas la había probado. Por mucho que no quisiera, su cabeza todavía estaba dándole vueltas a lo sucedido y el mensaje que había recibido del castaño, ese “te lo explicaré todo mañana”, no parecía hacer más que aumentar sus dudas.

El golpe en el costado por parte de uno de los chicos logró sacarle de sus pensamientos. Intrigado, Benji alzó la mirada, desviándola por fin de su vaso para centrarla en el chico que había a su derecha, el mismo que acababa de golpearle.

—¿Qué? —le preguntó con un tono cortante que el chico pasó por alto.

En vez de responderle inmediatamente, el chico señaló la barra del bar con la cabeza con un gesto nada sutil que evidenciaba su estado de embriaguez. A su vez, Benji miró hacia allí, encontrándose con una joven disfrazada de arlequín que tenía centrada su vista en él.

—No ha dejado de mirarte desde que llegaste —le susurró el chico con esfuerzo y una sonrisa boba en su rostro.

Benji la miró. La joven tenía, al igual que él, la cara pintada de blanco, con los labios en rojo, una graciosa peca en la mejilla derecha y un antifaz. Llevaba puesto un vestido de arlequín de colores rojo y negro, calzando también unas botas del mismo color (la derecha negra y la izquierda roja). Además, según pudo ver el chico desde su asiento, parecía llevar dos pistolas, algo que, a decir verdad, no casaba del todo con el conjunto y que le hizo pensar que quizás la chica no fuera de un simple arlequín, sino de Harley Quinn, la eterna enamorada del Joker.

Al ver que la miraba, la chica le sonrió, guiñándole un ojo e incluso haciéndole un gesto para que se acercase. Benji se sonrojó ligeramente. No tenía pensado ligar esa noche. Solo había salido para pasárselo bien con sus amigos. Pero, ahora que lo pensaba, quizás eso le serviría para dejar de pensar en cierto tema.

Al final, e importándole poco lo que el chico que estaba a su lado le estuviera diciendo en ese momento, Benji se levantó, cogió su vaso y avanzó hacia la chica que, nada más verle, amplió su sonrisa.

 

* * * * *

 

Varias horas después de lo sucedido en el paseo del puente, y tras haber pasado por numerosos pubs de la ciudad con la única intención de emborracharse, Daniel había acabado arrastrando a Oliver a otro local de ambiente. Al parecer, ya se había aburrido del último.

Al igual que el resto de bares de la ciudad, este estaba lleno. De hecho, casi parecía que no entraría ni un simple alfiler. Pero a pesar de la enorme cola que había, ninguno de los dos tuvo que esperar para poder entrar; pues, nada más ver al rubio, los dos porteros que custodiaban la entrada al local le dieron paso saludándole incluso con un leve gesto de cabeza.

—¿Alguna vez me vas a contar cómo haces para que nos dejen entrar en todos los bares sin esperar cola o enseñar el DNI? —le interrogó el pelirrojo ya que era algo que nunca comprendía y que siempre le sorprendía.

Daniel se encogió de hombros.

—Secreto profesional —gritó para que le escuchara aun por encima de la música que inundaba al local—. Ven, vamos a la barra.

—Daniel… —empezó a decir el mayor, quien no veía con buenos ojos que el rubio siguiera bebiendo, menos aún si tenían en cuenta todo lo que se había bebido ya y su embriaguez.

—Te prometo que te lo digo si me invitas a una copa —le aseguró el chico.

Oliver suspiró y, aunque sabía que estaba mal, terminó asintiendo. La curiosidad era una mala amiga y parecía que Oliver acababa de descubrirlo.

Así, ambos chicos se acercaron a la barra, pidiendo sus bebidas al primer camarero que se les acercó. Pero antes de que Oliver tuviera tiempo de saciar su curiosidad al interrogar a su amigo, una figura familiar se acercó a ellos.

—Vaya, vaya. ¿Cómo es que estáis vosotros dos aquí? —les preguntó Julio que era quien se les había acercado.

Oliver, que ni siquiera le había visto venir, tragó saliva, aliviado porque Daniel estuviera a su lado ya que eso impediría que Julio se le declarara o empezara a interrogarle.

—Hola, Julio —le saludó finalmente—. ¿Cómo tú por aquí?

El chico le sonrió, sin que se le pasara desapercibido el que Daniel solo le había dirigido una leve sonrisa como saludo antes de centrar la vista en algunos de los jóvenes que bailaban a un par de metros.

—Vine con un par de amigos —se explicó el castaño, que iba disfrazado de gánster con un traje a rayas—. ¿Y vosotros? Raúl me dijo que teníais una fiesta o algo así.

—Sí, pero nos escapamos —mintió Oliver, poco dispuesto a contar lo que había pasado en realidad.

Julio asintió, pensando en la suerte que había tenido de que Oliver y él se hubieran encontrado. Sobre todo teniendo en cuenta que no se habían vuelto a ver desde lo de la biblioteca.

—Tengo que hablar contigo —le dijo, pronunciando exactamente las mismas palabras que Oliver había esperado no tener que escuchar—. ¿Por qué no coges mis llamadas ni respondes a mis mensajes? —le interrogó el castaño, algo molesto por tal suceso.

Oliver suspiró. Sabía que había actuado como un cobarde al hacer precisamente lo que el chico acababa de decirle, pero también sabía que el momento de hacer frente a la situación había llegado, para su eterna desgracia.

—Julio, yo… —comenzó a decir, aguantándose las ganas de pasar el pelo tras la oreja, como acostumbraba a hacer siempre que estaba nervioso—. Yo…

La verdad era que no tenía ni idea de qué iba a decirle. Y eso debió de concluir el castaño ya que, tras esbozar una pequeña sonrisa al ver así de titubeante al chico, se acercó aún más a él, pegando casi sus cuerpos e inclinándose un poco para poder hablarle al oído:

—El negro te sienta bien —le dijo, cogiendo un mechón de pelo entre sus dedos—. Pero prefiero el rojo. Estás mucho más sexy.

Al igual que el otro día en la biblioteca, el cuerpo de Oliver tembló al sentir los dientes del castaño en la piel de su cuello y sus manos posadas en su cintura. Pero, al contrario que esa vez, Oliver no se quedó quieto.

Sabiendo que tenía que acabar con todo ese asunto cuanto antes, Oliver posó sus manos en el pecho del mayor, alejándole de su lado.

—Esto tiene que acabar —le dijo, mirándole fijamente y completamente serio.

Julio enarcó una ceja, sorprendido por la acción del pelirrojo.

—¿Acabar? —preguntó—. ¿Qué es lo que tiene que acabar?

—Todo —respondió el otro, cruzándose de brazos—. Sí, no he cogido ninguna de tus llamadas ni he contestado a tus mensajes.

—¿Y por qué no lo has hecho? —le interrogó Julio.

—Porque no quería responderte —le confesó.

—¿Responderme? —repitió el chico sorprendido—. ¿Quieres decir que ya sabías lo que quería preguntarte y por eso me has estado evitando todo este tiempo? —Oliver asintió—. ¿Por qué?

El pelirrojo suspiró. Había llegado la hora de confesar, de decirle lo que en verdad pensaba por mucho que eso pudiera herir los sentimientos de su amigo. Porque eso era, su amigo, y sabía que nunca sería nada más para él.

—Sé que querías pedirme salir, Julio —empezó a decir—. Pero también sé que por mucho que lo intente, nunca podré verte como algo más —confesó—. Lo siento.

Julio parpadeó, sorprendido. Sabía que no las tenía todas consigo, que lo más seguro era que el pelirrojo le dijera que no. Pero una cosa era pensarlo, y otra muy distinta acabar de escucharlo de sus propios labios.

—¿Es por Daniel? —le preguntó, ahora serio.

—¿Daniel? —repitió el pelirrojo, enarcando una ceja, confundido.

—Sí, Daniel. ¿Es por él? ¿Por eso me rechazas?

Oliver negó con la cabeza. No tenía ni idea de porqué Julio pensaba que Daniel tenía algo que ver en toda esa situación, pero no era así.

—Esto no tiene nada que ver con Daniel —le aseguró—. No sé por qué me lo preguntas.

Sin poder evitarlo, el castaño lanzó una pequeña carcajada, sin creérselo.

—No me lo creo —le dijo—. No me creo que esto no tenga que ver nada con Daniel. Siempre rechazas a todos los que te lo piden y casi siempre rompes todo contacto con ellos. Pero con Daniel no. Daniel siempre está el primero de tu lista. Él es la única persona por la que abandonarías a todos y a todo con tal de ayudarle. ¿Crees que no me he dado cuenta de que estás enamorado de él? Además —añadió sin dejarle hablar—, ¿a qué estás esperando, Oliver? ¿A un príncipe azul?

Perplejo, Oliver escuchó todas y cada una de las palabras del chico que estaba ante él, sin poder creerse lo que escuchaba. Era cierto que había rechazado a todos los que le pedían salir. También lo era que hasta con alguno de ellos tuvo que romper todo contacto, pero eso solo había sido por la actitud del otro, no por voluntad propia. Y, por supuesto, era cierto que siempre estaba dispuesto a ayudar a Daniel a cualquier costa, aunque para ello tuviera que cancelar sus planes. ¿Pero de ahí a que estuviera enamorado de Daniel? ¡Por favor! El sólo pensarlo le provocaba un ataque de risa. Sobre todo si tenían en cuenta las dos últimas preguntas del castaño.

—No, Julio, no estoy enamorado de Daniel. Él solo es mi mejor amigo, nada más —le aclaró—. Y ¿un príncipe azul? —El chico sonrió, negando con la cabeza—. Yo paso de eso. Los príncipes azules no saben hacer más que salvar princesitas en apuros, y yo para eso no necesito ayuda de nadie. Yo lo que quiero es un lobo feroz —añadió—. Te ve mejor, te oye mejor, y, sobre todo, te la come mejor. ¡Es un chollo!

Oliver sacudió la cabeza, riéndose por lo bajo, aunque volviendo a enseriarse al mirar al castaño.

—Lo siento, Julio, pero no puedo salir contigo.

Dicho esto, el pelirrojo se dispuso a separarse del castaño, volviéndose hacia su izquierda, lugar donde debería estar Daniel. Debería, sí. Porque como acaba de descubrir, el rubio había desaparecido.

 

* * * * *

 

Aprovechando que Oliver parecía muy entretenido hablando con Julio, y puesto que quedarse aburrido en la barra no le parecía un buen plan, Daniel se separó del pelirrojo dispuesto a pasárselo bien.

Con la copa en la mano y andares un poco torpes debido a su estado, el chico llegó hasta la muchedumbre que bailaba al ritmo que les ponía el DJ que pinchaba esa noche, sin importarle nada que alguno de los chicos del lugar se le acercaran nada más verle, pegándose a su cuerpo.

Sonrió. Le encantaba bailar, cerrar los ojos y dejar que la música le inundara, sin importarle demasiado que la gente le mirara y se le acercara. Los minutos pasaban. No sabía nada de Oliver y estaba mucho mejor así. La bebida iba desapareciendo poco a poco, mientras el chico se divertía intercambiando algunos besos atrevidos con los dos chicos que estaban a su lado. Todo ello sin dejar de bailar.

Pero, en el mismo momento en el que sintió que los dos chicos se alejaban de él, el rubio no pudo evitar mirar confundido a su alrededor, sin comprender por qué habían hecho eso, ya que no veía la cara de malas pulgas de Oliver por ningún lado.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.

La voz en su oído le hizo detenerse un instante, volviéndose luego hacia el joven que se le había acercado y acababa de hablarle. Era mayor que él. Probablemente tendría unos veinte años, no muchos más; era moreno, alto y estaba bastante bueno. Sin mucho músculo, pero sin llegar a ser un enclenque. Los rasgos de su cara estaban bastante marcados, y sus ojos, de un verde botella, estaban fijos en su persona, sonriéndole lujuriosamente.

—¿Te conozco? —le preguntó, ya que no recordaba al chico, disfrazado de diablo, que estaba ante él.

El desconocido asintió. Se acercó aún más a su lado, dejándole ver, al inclinarse un poco, los dos cuernecillos rojos que, junto a su vestimenta completamente negra salvo el chaleco y la capa roja, hacían recordar a un diablo con su tridente.

Sissignore —le respondió, hablando en italiano—. ¿No te acuerdas de mí?

Daniel le miró fijamente, intentando recordar. Pero, por mucho que lo intentaba, ningún nombre le venía a su memoria.

—No. Lo cierto es que no. ¿Quién eres?

El mayor chascó la lengua, disgustado, y ladeó un poco la cabeza mientras empezaba a hablar:

—Nos conocimos el año pasado en Roma. Estabas con tu padre —le dijo sin dejar de mirar el rostro del chico, buscando alguna reacción que le dijera que le había recordado—. Es más, tu padre y el mío se conocen. Digamos que el mío le ayudó a preparar su papel para su última película.

A pesar de que Daniel acababa de recordar por fin al chico, nada en su rostro parecía demostrar tal cosa y, por supuesto, el rubio no estaba dispuesto a ponérselo tan fácil. Tenía ganas de jugar un poco más con él.

—Recuerdo que fui con Gael a Roma el año pasado, y también recuerdo que me llevó con él a ver al mafioso que le estaba ayudando a preparar su papel, pero… Lo siento pero no, a ti no te recuerdo. ¿Quién eres?

El otro frunció el ceño, sin saber si el chiquillo que estaba frente a él le estaba mintiendo o si era cierto que no le recordaba.

—Soy Ángelo, el hijo de Dominique —se presentó por fin, a lo que Daniel sonrió internamente al ver que no se había equivocado en su suposición—. Nos conocimos cuando tu padre te llevó con él uno de esos días, y terminamos acostándonos ese mismo día. ¿Me recuerdas ya?

Con gesto pensativo, Daniel fingió ponerse a pensar, aunque en verdad le recordara perfectamente. Sí, había sido tal y como Ángelo acababa de decirle. Su padre le había convencido para ir a Roma con él durante una semana, diciendo que así podrían aprovechar para pasar algo más de tiempo juntos. Y él había acabado aceptando, aunque solo fuera para dejar de escuchar las estúpidas súplicas de su padre.

Había sido así como Gael le había llevado a conocer a Dominique, uno de los mafiosos más poderosos de Italia. Este, muy amablemente, había accedido a ayudar a Gael con su papel, pues al parecer los dos adultos parecían conocerse de antes y, además, el mafioso era un gran fan de su padre.

Allí era donde había conocido a Dominique, y, por supuesto, al hijo de este: Ángelo. Un joven que le había llamado la atención nada más verle. Y, aprovechando que el joven tampoco le quitaba la mirada de encima, Daniel había dejado que el chico le siguiera hasta el jardín de la mansión en la que estaban, acabando por follar con él detrás de un par de matos.

Lo que nunca había pensado era que volvería a ver al chico. Menos aún que este le reconocería, ya que apenas se habían visto ese día y únicamente por un par de horas. Muy bien aprovechadas, eso sí.

—No. Lo siento pero no, sigo sin recordarte —mintió—. Quizás si me das un beso…

El tono inocente del crío le estaba excitando aún más de lo que ya estaba, y poco le importaba ya a Ángelo que el chico no le recordase o le estuviera mintiendo. Así que, aprovechando una columna que había cerca de ellos, empujó al rubio hacia ella, cercándole entre su cuerpo y la columna, pasando a comerle la boca con tanta lujuria como desesperación.

Daniel no dijo nada al ver que el otro le obligaba a retroceder. Y, nada más sentir los labios de él uniéndose a los suyos, respondió con la misma intensidad que la del mayor, pasando sus brazos alrededor de su cuello y rozando su cuerpo contra el de este.

Se había acostado con él por la atrayente idea de hacerlo con un mafioso, pero no podía negar que el chico estaba bueno. Y tras ese último año, estaba aún mejor.

—¿Sabes? Creo que ya te recuerdo —le dijo cuando el mayor puso fin al beso.

—¿Ah sí? Eso está mejor, mucho mejor.

Sin borrar la sonrisa de su rostro, Ángelo volvió a acercarse al chico, tomando posesión de sus labios nuevamente y, quizás, de algo más. Poco le importaba al joven que estuvieran en mitad del bar y que todo el mundo podría descubrirles. Solo sabía que iba a tener lo que quería, y lo que quería era el cuerpo de ese chico.

Sin embargo, antes de que pudieran pasar de unos simples besos y algunas caricias atrevidas, alguien agarró a Ángelo del brazo, empujándole hacia atrás.

Sorprendido, el joven miró a los dos chicos que acababan de aparecer a su lado, uno moreno y otro castaño. Se fijó más en el moreno que, en ese mismo instante, estaba gritándole al rubio.

—¡Llevo buscándote casi media hora! ¡Me despisto cinco segundos y te pierdo!

—Eh, tú, será mejor que te pierdas —le dijo Ángelo, cogiéndole del brazo para obligarle a mirarle, empezando a enfadarse.

—¡Estoy hablando con mi novio, déjanos en paz! —le contestó mordaz el moreno.

Las palabras de Oliver provocaron dos cosas: la primera que Ángelo le mirara con odio, no sólo porque le acabara de joder un polvo, sino por las palabras que acababa de escuchar. Y la segunda, que Julio, que había accedido a ayudarle a buscar a Daniel, entrara en shock al escuchar esas palabras que el chico había pronunciado y que negaban todo lo que este le había dicho antes, afirmando todas sus sospechas.

—Pero… —trató de quejarse Daniel, intentando deshacerse del agarre del otro.

—¡Nos vamos!

—¡Oliver!

Sin soltar ni un instante la mano de Daniel, el pelirrojo cruzó la marea de gente que se interponía entre ellos y la puerta del local, ignorando por completo a Julio, que le miraba perplejo, y a alguno de los otros chicos que conocía.

Estaba cabreado. Lo único en lo que pensaba en ese momento era en salir de ese bar y volver a casa, y le daba igual si tenía que ir cargando con el rubio todo el camino.

Por su parte, Daniel intentaba desasirse del agarre de su amigo, balbuciendo palabras que ni siquiera parecían tener sentido en su cabeza. Porque sí, estaba borracho; demasiado, a decir verdad. Sin poder evitarlo, Daniel se vio arrastrado por la calle, hasta llegar a un pequeño parque infantil que quedaba a dos calles de donde habían estado.

—¡Joder, Oliver, suéltame! —logró exclamar por fin el pequeño.

El pelirrojo se detuvo, mirándole iracundo pero sin hacer caso a sus palabras.

—¿Se puede saber qué coño fue eso? —le gritó furioso, a lo que el rubio enarcó una ceja—. ¡Un poco más y acabáis montándooslo en mitad del bar!

—¿Desde cuándo te molesta que folle o dónde folle? —le preguntó Daniel, confundido, ya que lo que menos se esperaba era un ataque de celos por parte de Oliver.

—Me importa una mierda que folles o donde folles —le aclaró el mayor, sin relajar el tono—. Pero joder, Daniel, me prometiste que esta vez te comportarías. ¡Y mira cómo has acabado! —añadió, señalándole.

—Mentí.

—¿En serio? Y yo que no me había dado ni cuenta —ironizó el pelirrojo poniendo los ojos en blanco.

Daniel empezó a reírse cada vez más fuerte, intentando librarse de los brazos de Oliver, a pesar de que eran estos los que le mantenían en pie.

—Pues ahora, nos vamos a casa.

—¿Qué?

La risa del rubio cesó al instante, pasando a una cara triste, morritos y ojos suplicantes.

—No puedes hablar en serio.

—Hablo muy en serio, Daniel. Me prometiste que te comportarías y…

—¡No quiero volver a casa! —exclamó Daniel, ofuscado, tal y como si fuese un niño pequeño, y empezó a forcejear dentro del abrazo del otro.

—Me da igual lo que quieras. Ahora mismo cogemos un taxi y volvemos a casa… ¡Daniel!

Molesto y enfadado a partes iguales, Oliver no pudo hacer nada cuando el rubio consiguió zafarse de su agarre, empezando a correr para alejarse de su lado.

—¡A que no me pillas! —Le oyó reír, tratando de mantener el equilibrio mientras seguía corriendo.

El pelirrojo suspiró. Estaba acostumbrado a que Daniel le armara alguna cuando salían, pero sabía perfectamente que esa ocasión no era como las demás. Puede que Daniel quisiera vengarse de su padre por no contarle lo de la fiesta, pero esa no era la única razón por la que el rubio se había resistido a acudir a ella. La verdadera razón era otra y Oliver la conocía de sobra.

—Daniel, venga, deja de correr de una vez —le gritó, empezando a ir tras él.

Las risas del rubio y el que el chico le sacara la lengua, fue la única respuesta que obtuvo el pelirrojo. ¿Lo malo? Que para hacerle ese gesto, el menor había tenido que girar la cabeza, perdiendo el equilibrio al chocarse contra un joven que pasaba por ahí en ese mismo instante.

Debido al golpe, Daniel empezó a caer; pero, por suerte para él, el joven le cogió antes de que tocara el suelo.

—¿Estás bien? —le preguntó este.

Daniel le miró, asintiendo. El chico parecía unos cuantos años mayor que él, y era bastante sexy. Estaba seguro de que había salido esa noche a ligar, ya que su ropa, un disfraz de vaquero bastante revelador, así se lo demostraba. Sonrió.

—Sí. Lo siento.

—No pasa nada.

Oliver llegó en ese mismo momento, agarrando a su amigo y separándole del otro, quien solamente les miró.

—Bonito disfraz —le dijo—. Alucard, ¿cierto?

El pelirrojo asintió, sorprendido de que le hubieran reconocido. Por su parte, el otro joven solo sonrió, centrando su mirada ahora en Daniel.

—Parece que se ha pasado con la bebida ¿eh?

—Sí, más bien. Bueno, adiós.

Sin esperar respuesta alguna, Oliver empezó a andar, alejándose del joven por más que Daniel se resistiera a caminar. Sentía la mirada del otro en ellos, pero pronto salieron de su campo de visión al tomar un desvío por una zona de hierba.

—Nos vamos a casa —habló, volviéndose hacia Daniel—. Y ni se te ocurra protestar.

—¡No quiero irme! —protestó igualmente el chico, sin dejar de forcejear—. Es pronto aún, y no quiero ir a casa.

—Me da igual qué hora sea. Nos vamos ya —replicó el mayor, afianzando el agarre. Sabía que si Daniel se soltaba, no tardaría en caerse al suelo—. Estás borracho y apenas te tienes en pie.

—¡No! —exclamó el menor, consiguiendo por fin soltarse.

Pero, por mucho que ahora estuviera libre del agarre del pelirrojo, el equilibrio del rubio seguía siendo igual de malo que antes. Peor ahora que, por culpa del esfuerzo, había acabado retrocediendo más pasos de los que debería, empezando a caer.

En un intento desesperado, se agarró a Oliver, con la mala suerte de que este también empezó a caer, acabando en el suelo encima del rubio.

—¡Auch! —se quejó Daniel, sobándose la cabeza varias veces, todavía agarrado a Oliver.

El pelirrojo suspiró. Se había hecho algo de daño en las manos, pero tampoco demasiado, ya que había caído sobre blando. Intentó levantarse, pero el agarre del otro se lo impedía. Miró al rubio, descubriendo que este le miraba fijamente.

—¿Daniel?

Los labios del rubio se unieron a los suyos antes de que pudiera seguir hablando. Enormemente sorprendido por esta acción, Oliver notó los brazos del rubio rodeando su cuello, intentando atraerle aún más.

Los dientes mordían sus labios y la lengua intentaba adentrarse en su boca, todo mientras el chico se rozaba contra él.

—Da-Daniel…

Apoyándose solamente en sus piernas, Oliver cogió las manos del menor, obligándole a separarse de sí y mirándole extrañado.

—¿Qué haces?

Daniel arqueó una ceja, mirándole sin comprender.

—Creo que eso está claro, ¿no? —susurró, alzando un poco la cabeza para atrapar el labio inferior de Oliver entre sus dientes.

Oliver se apartó, girando un poco el rostro para impedir que el otro le besara de nuevo.

—Oliver…

—Esto no está bien —le interrumpió él, negando con la cabeza para acabar mirándole a los ojos—. Deberíamos irnos.

De nuevo, el chico hizo el amago de levantarse pero, rápido como el rayo, Daniel de detuvo.

—¿Por qué? —Le oyó preguntar—. ¿Por qué dices que no está bien? ¿Por qué si yo sí quiero?

Suspiró. El aliento del rubio chocaba contra la piel de su cuello, sus labios dejaban pequeños besos en esa zona, mientras sus manos recorrían su pecho aún por encima de la ropa, bajando hasta la cintura.

—Daniel esto no está bien —repitió, sujetándole de nuevo las manos con las suyas—. Es tarde, estás borracho y no…

—¿Y desde cuándo importa que esté o no esté borracho? —le cortó el menor, hablándole al oído.

—Podría vernos alguien —trató de resistirse, cerrando los ojos al sentir una de las manos del rubio, esa que había escapado de su prisión, colándose por debajo de su ropa hasta llegar a su piel.

—Oliver, son más de las cinco de la mañana. ¿Quién podría vernos?

El aludido suspiró de nuevo. Desde luego, las caricias y los besos del otro no le estaban ayudando con la idea de que tendrían que irse de allí. En todo caso, parecían invitarle a quedarse y abandonarse al placer.

—Por favor —suplicó el pequeño, cuyos labios habían bajado de nuevo hasta la garganta del pelirrojo, centrándose en su nuez sabiendo que ese era su punto débil—. Oliver.

Un jadeo salió de los labios del mayor. Oliver cada vez se veía más incapaz de decirle que no al rubio, de negarse a lo que este le hacía y le prometía con sus gestos.

Sabía por qué lo hacía, por supuesto. Sabía que no era el hecho de follar lo que quería, sino el alivio de olvidar. Lo sabía porque, desde que había descubierto lo de su madre hacía tres años, todos sus cumpleaños habían sido iguales, con Daniel completamente borracho y buscándole, suplicándole para que aceptase y le ayudara a olvidar.

Y él lo hacía. Lo hacía porque no podía negárselo, porque sabía que era lo mejor que podía hacer para ayudarle por mucho que después su conciencia le echara en cara su gesto.

Y, sabiendo esto, Oliver giró el rostro, atrapando los labios del rubio con los suyos, mordiéndolos con furia y abriéndose paso con su lengua a la fuerza. Sabía bien que eso era lo que Daniel quería, que no eran mimos ni caricias lo que el chico buscaba, sino algo bastante más rudo, mucho más.

Daniel gimió. Ahora que había conseguido que Oliver aceptara, no pensaba perder la oportunidad y, por supuesto, no pensaba conformarse con ese ritmo tan sumamente lento. Por ello, y ayudándose de su otra mano, el chico sacó la camisa de Oliver de debajo de sus pantalones, colando sus manos por ese pequeño espacio que acababa de abrir al mismo tiempo que rozaba su cuerpo contra el de este.

A su vez, las manos del propio Oliver habían bajado hasta su cintura, centrándose en apartar de mala manera la ropa que le estorbaba y desabrochar los pantalones del rubio. Los cuerpos se rozaban, los dientes mordían la piel y las uñas se hundían en el cuerpo del contrario. Todos los movimientos eran bruscos. No parecía haber ni una pizca de cariño en ellos, y, aun así, ambos chicos estaban excitados.

Separándose un poco de Daniel, Oliver se quitó el abrigo dejándolo a un lado, junto a los sombreros de ambos y las gafas que se les habían caído antes. Justo después, se volvió a juntar a Daniel, comiéndole la boca con la misma desesperación que el menor parecía tener, mientras sus manos bajaban hasta las piernas del chico, tirando de su pantalón hacia abajo. Daniel alzó las caderas para facilitarle la acción, todo esto mientras desabrochaba el pantalón de Oliver y colaba una de sus manos por dentro de la ropa interior del chico.

El gemido del pelirrojo fue fácilmente audible entre todo el silencio que les rodeaba. El chico había cerrado los ojos al notar la mano de Daniel empezar a masturbarle, pero volvió a abrirlos, acercando su rostro al del rubio para preguntarle una sola palabra:

—¿Dónde?

—Bolsillo trasero —respondió el chico con una pícara sonrisa.

Oliver asintió, agarrando con sus manos los brazos del chico, alejándole de su lado sólo para obligarle a voltearse. Daniel se dejó hacer, terminando arrodillado sobre la hierba, con los pantalones y la ropa interior por las rodillas y la cabeza ladeada hacia el mayor.

—Hazlo —le ordenó más que pidió al ver que el pelirrojo ya se había puesto el condón.

Así, sin ninguna delicadeza, Oliver cogió su miembro con una mano, acercándose al rubio para embestirle de una sola estocada.

Daniel gritó, e incluso alguna que otra lágrima rebelde salió de sus ojos. Pese a todo, no se detuvo a esperar a que el dolor se mitigase. Sabía lo que quería y lo quería ya.

Empezó a moverse, arrastrando con él a Oliver. Se sujetó con uno de sus brazos mientras se masturbaba con la otra mano, dejando que todos esos gemidos que el otro le provocaba salieran libres de su boca.

—Más. Oliver, más —murmuró.

El aludido hizo lo que le pedían. Aumentó el ritmo, embistiéndole cada vez con más fuerza, notando que el cuerpo del rubio temblaba por sus actos y oyendo los gemidos que ninguno podía acallar. Y al cabo de unos minutos, ambos terminaron.

Agotado, Daniel se dejó caer sobre la hierba, sin importarle el poder mancharse. Por otra parte, Oliver se separó de su amigo. Y, tras reponerse mínimamente, se quitó el condón y se abrochó los pantalones, volviéndose luego hacia Daniel para ayudarle a levantarse y vestirse.

El chico se levantó, y, con gestos algo torpes, se subió la ropa y se la acomodó. Acto seguido, se volvió hacia el pelirrojo, le abrazó por la cintura y apoyó la cabeza en el pecho de este.

—Oliver… —le llamó en apenas un susurro.

—¿Sí?

—Gracias. —Oliver no dijo nada. La culpa ya estaba empezando a acuciarle—. Y ahora, vámonos a casa, por favor.

—Claro.

Cansado de andar

Aún me acuerdo de esa fecha: 31 de Octubre de 1981. Mentiría si dijera que no me atormenta cada mísero día de mi vida. Cada segundo que sigo respirando, el rostro de aquella mujer que amé con locura se aparece en mi mente una y otra vez. A veces me hace daño, cada latido de mi corazón es como un puñal en mi ser y me debilita sin piedad. Sin embargo, hay otras veces que, a pesar de todo, recuerdo los buenos momentos que pude pasar con ella. Aunque, si os digo la verdad, fueron pocos para los que yo hubiera deseado. Yo si que la hubiera hecho feliz y, seguramente, si me hubiese elegido, no habría acabado así.

Ella fue la única persona que me comprendió y que, de alguna forma, me quiso tal y como soy. Pues no soy una persona muy normal que se pueda decir. Algunos incluso me han llegado a tachar de vampiro o de alguna otra criatura mágica tenebrosa solo por mi aspecto y personalidad.

El día que ocurrió todo sabía que algo malo iba a pasar. Lo sentía desde hacía bastante tiempo en mi cuerpo. Era como una especie de tirantez, una bocanada incompleta. Para el señor oscuro, las promesas no son nada. Letras que el viento se puede llevar fácilmente y sin ninguna fuerza opositora. Ante mi desconfianza, salí corriendo hacia el lugar donde se escondía ella desde hacía tiempo: el Valle de Godric. No se si yo me encontraba cerca o lejos de aquel sitio, eso ya no tiene mayor interés. Lo único que me importa es que cuando conseguí llegar, fue demasiado tarde. Ella ya estaba inerte en el suelo, sin vida. Y maldita sea, nunca he sentido un pinchazo tan fuerte en el pecho. Ese momento fue como si un enorme trol me golpeara con una de sus mazas astillosas sobre todo mi cuerpo. Sobre mi alma. Pues ella era la única persona que consiguió iluminármela de alguna forma. Esos preciosos ojos causaban ese efecto en mi y, realmente, me encantaba que lo hicieran.

Al principio mi llanto, mis gritos, mi desagradable locura, no salían por mi garganta. Me quedé totalmente en shock. “Ella no, ella no” dije mil veces en mi mente intentando saber cómo reaccionar. Agarré su cuerpo en un intento desesperado de “levantarla”. Como si no estuviera muerta y solo se encontrara dormida en un plácido sueño. La comencé a mecer sobre mi cuerpo. Como si no hubiera pasado nada. Como si ella me hubiera elegido a mi en vez de ese arrogante James Potter, mas no abría los ojos. He de admitir que mis lágrimas caían sobre su cara, empapándosela, y mi llanto apagaba los chillidos de su hijo: Harry Potter. No suelo llorar, pero en ese momento sentí la necesidad de ello, pues la impotencia me presionaba para soltar la tormenta de sentimientos que se había desatado en mi interior.

La balanceaba de un lado a otro, con todo mi cuerpo. Ella estaba muerta y en mi mente, aquella verdad universal, no tenía cabida. Mi alma, mi cuerpo y mi vida, rotos en más de mil pedazos y desparramados por toda la habitación del crimen. Nadie conseguiría curarme y, puedo decir que hasta el día de hoy, nadie lo ha podido hacer. Pues la única persona que hubiera podido, se perdió en el pasado.

Seguramente, entre su hijo y yo, armamos un gran jaleo y, puede, que más de una persona se diera cuenta de lo que había pasado, si es que quien no debe ser nombrado había dejado vida por los alrededores. Todo el mundo mágico no tardaría en saber lo que pasó aquella noche, aunque ellos, los muy imbéciles, celebraron lo que no se debía celebrar. No sé cuanto tiempo tardé en poder mover mi  cuerpo a mi voluntad sin la dificultad de mi tristeza. Pesaba tanto aquel maldito sentimiento intangible. Lo único que sé es que fue el suficiente para darme cuenta de que debía proteger a aquel chico que, casi desde que llegué, había estado compitiendo contra mi en cuanto a gritos y gemidos se trataba. Era lo único que me quedaba, era lo único que Lilly me había dejado para recordarla. El pequeño era parte de ella innegablemente.

Por sus ojos, hazlo por sus ojos” me dije en cuanto se los vi al chico. “Ella hubiera querido que tú le ayudaras a convertirse en un adulto honorable, aunque sea en las sombras“.

Y, desde aquel momento, he velado por la protección de Harry Potter. ¿Irónico verdad? Pues la mayoría de sus rasgos son los de su padre. De ese maldito hombre que me hizo la vida imposible cuando era aún un joven buscando mi lugar. Pero ya que mi vida dejó de tener sentido aquel día, decidí cambiar. Porque ahora soy miembro de la orden aunque nadie lo sepa y, desde poco después de su trágica muerte, me convertí en mejor persona. Aunque por dentro solo hubiera podredumbre. Una asquerosa podredumbre que me acompañará hasta el día de mi muerte. He sido, o he intentado, ser mejor persona por ella, para honrarle, pues era lo que hubiera querido. Tenía mucha fe en mi.

Y es gracioso pensar que el día de mi muerte es hoy… No se a que fecha estamos, aunque hace unos pocos minutos si rondaba por mi mente. Mis saberes se van escapando por cada poro de mi piel, al igual que mi vitalidad. Pero por fin voy a lograr volver a estar con ella. Por fin la voy a poder volver a ver y hablarle. A abrazarle si ella me deja. Mas no me voy a ir sin antes darle mis pocos recuerdos a alguien que seguramente los utilizará con sabiduría. Pues para eso le hemos estado educando todo este tiempo. Él es elegido después de todo y yo… su simple guardián, aunque él nunca me hubiera visto de esta forma. Claro, todo el mundo ve a Severus Snape como alguien malvado, alguien a quien temer y odiar, el artífice de todas los planes para acabar con el mundo mágico. Pero no sabían nada de mi. Aunque ese fuera el plan desde un principio.

He de decir adiós, pues mi camino ha acabado hoy, en este instante. Y la verdad, ya estaba cansado de tanto andar. Ahora tengo mi merecido descanso.

Día 12 – Festival de flores

-Júrame que siempre seremos amigos, que no nos distanciaremos por nada del mundo. Pase lo que pase- dijo Simon mientras le sostenía una mano a Ethan con dos de las suyas. Se encontraban en la habitación del peliblanco. Acababan de terminar una película con una historia emotiva entre dos amigos que lo dejaban todo para poder seguir juntos, pese a que habían pasado grandes dificultades- cosa que les condujo a aquella situación-.

-Claro que siempre seremos amigos, no podría vivir sin ti Simon- dijo el peliazul sin mayor dificultad y era verdad, lo sentía en el fondo de su ser. Una mueca se hizo hueco en su cara. Era su mejor amigo, quería estar con él hasta el fin del mundo. Habían pasado tanta recuerdos juntos, habían hecho multitud de cosas que le era muy difícil imaginarse la vida sin él- Te lo juro Simon, siempre estaré a tu lado, pase lo que pase-repitió las mismas palabras que le había dicho Simon para dar más importancia a su juramento. Su voz se tambaleaba y solo había salido un hilo ya que en su garganta se estaba formando un gran nudo.

Ethan no pudo aguantar más y empezó a llorar de la emoción, haciendo que su amigo no pudiera evitar también su llanto. Habían hecho bastantes planes de futuro: como ir a vivir solos en una casa, comprarse un perrito, envejecer juntos… Algo usual que suelen hacer los mejores amigos cuando llevan un tiempo siéndolo. Aunque ya se habían dicho muchas veces aquellas palabras, aquella vez fue especial o por lo menos para Simon. Porque Ethan, después de que le respondiera, le besó en la mejilla dulcemente, algo que llevaba mucho tiempo esperando y le quitó el sueño las noches siguientes. Puede que por ese simple acto, él se dio cuenta de lo que de verdad sentía por su mejor amigo.

-Gracias Ethan- le respondió Simon entre sollozos y se abrazaron fuertemente. Llorando cada uno en el hombro del contrario, añadiendo otro momento nostálgico a su historia. Estaba claro que su amistad daría de sí mucho más y podría haber sido maravillosa, sino fuera por lo que ocurrió pocas semanas después de aquel día“.

Ethan, sobresaltado, cayó de la cama estampándose contra el suelo de bruces. Apenas había podido dormir aquella noche por culpa de sus nervios por el festival, sus ganas de volver a ver a Simon y la inquietud del vídeo. Estaba empapado en sudor, había tenido un sueño demasiado intenso, aunque había olvidado más de la mitad de él. Lo único que conseguía recordar era que había hecho una promesa al peliblanco y que la había roto sin saberlo. Pues tenía claro casi toda seguridad que por fin había podido recordar algo de su infancia con Simon.

Aún en el suelo llevó sus piernas al pecho y se puso en posición fetal, aguantándolas con sus brazos y hundiendo la cabeza entre ellas. El corazón le estaba empezando a doler. Unas punzadas insoportables le apuñalaban rítmicamente en cada impulso de sangre. No duraría mucho más con aquel dolor en el cuerpo. Necesitaba librarse de él.

¿De verdad le había hecho aquello a Simon? ¿Cómo podía haber sido tan mala persona? “No me lo puedo perdonar, debo pedirle perdón cuanto antes” pensó. Débilmente se levantó. Notaba su cuerpo demasiado delgado, incluso más de lo normal. No había comido nada bien los últimos días y aquello le iba a pasar factura durante todo el día. Fue hacia el cuarto de baño, se desnudó con impudicia. Odiaba su cuerpo y más cuando llegaba a aquellos extremos -porque no era la primera vez que estaba tan delgado-. Miró al espejo su imagen reflejada. La piel se introducía por los recovecos de sus huesos, las clavículas estaban grotescamente marcadas y sus pómulos nunca habían estado más afilados. El labio le bailó en un intento por contraerse y soltar algún insulto hacia su persona mas… ¿De qué serviría? Si la felicidad no le hallaba ya, acabaría consumiéndose mientras miraba su pequeño universo montado en el techo de su habitación. Además, una pregunta aun le seguía atormentando.

“¿Qué es la felicidad para mi?” ¡ESA MALDITA PREGUNTA SIN RESPUESTA ALGUNA!

Ojalá la pudiera contestar ipso facto, necesitaba conocer la respuesta lo más rápido posible y poder crecer como persona. Se había quedado demasiado rezagado de todo el mundo, estancado en un bucle sin poder salir de el. Todos se daban cuenta aunque fingiera por ocultarlo. Ethan deseaba con todas sus fuerzas que alguien llegara a su vida y la cambiara, que le diera un giro. ¿Aquello era una reacción del karma por haber dejado solo a Simon tiempo atrás? ¿Era ahora él el que debía estar solo por un largo tiempo como castigo?

Agachó la mirada avergonzado y entró en la ducha. En cuanto abrió el grifo y empezó a salir agua caliente, se metió bajo el chorro e intentó olvidarse de aquello, de su oscuridad. Las gotas de agua rozaban cada recoveco de su cuerpo, quemándolo levemente por la alta temperatura que tenían. Sabía que aquello le mareaba, pero le ayudaba a combatir los pensamientos tan pesados que le atormentaban algunas veces por las mañanas. Después de la ducha y haberse vestido con el uniforme, bajó al comedor para desayunar. Aunque aun no había visto qué hora era, sabía que no debía de ser muy temprano ya que entraba algo de luz por las ventanas y había ruido en la casa. Al entrar en la cocina vio a su madre preparando el desayuno, la saludó con un “hola” y se sentó en la mesa a la espera de que le diera el plato con su desayuno. Hoy iba a ser un día demasiado largo.

-Hola cariño, pareces cansado-dijo su madre mientras le tendía el desayuno con una sonrisa de oreja a oreja. Ethan cogió el plato, lo puso delante suya y empezó a comer despacio. El hambre aun no le había visitado.

¿Iba Simon a recogerle hoy? Le había dicho que iban a ir juntos a partir de aquel día a la escuela pero el día anterior no le había venido a recoger. Ojalá viniera, así podría decirle todo lo que sentía por haberse olvidado de él después de aquella promesa que pareciera importante para ambos.

Absorto en sus pensamientos, Ethan no se dio cuenta de que su padre había entrado en la cocina y se había sentado frente a él. Éste, como se había dado cuenta de que su hijo estaba en Babia, aclaró su garganta de forma exagerada.

-Hijo, deberías cortarte ya ese pelo, pareces una chica así-dijo imperativo. Lo había dicho como una propuesta, pero se veía a la legua la orden indirecta en aquellas palabras.

Ethan bajó de la luna y miró a su padre con odio en sus ojos. Sabía perfectamente que lo decía para atormentarlo. Su padre era un completo homófobo y le reprimía todo lo posible. Jamás le había dejado comprarse nada que llevara el color rosa o algo que no fuera completamente masculino. Aparte de que tenía que aguantar comentarios hirientes hacia su persona por como se movía, actuaba o lucía. Le había dicho tantas veces que ojalá hubiera tenido un hijo que se hubiera dedicado al fútbol, que hubiera sido un gran atleta y que hubiera traído a muchas chicas a su casa… “Así habría estado orgulloso de mi hijo” decía.

Sabía perfectamente que él no era el hijo ideal en esa sociedad y en este tiempo, mas no quería dejar de ser como era. Ser una persona completamente diferente para caer bien a la gente, le parecía la manera más hipócrita de vivir la vida. Prefería ser odiado por algunos y amado por quienes de verdad le querían por como era, a ser un propio desconocido para si mismo. Aunque de momento algo iba mal y era que nadie le quería tal y como era.

Pasó completamente del comentario de su padre y salió de casa sin apenas haber desayunado nada, pese a que su madre le había amenazado con castigarle si no se comía todo el desayuno que le había preparado. Le cansaba tener que aguantar aquello. Que su padre le tratara de aquella manera y que su madre intentara arreglar lo que había roto hacía tanto tiempo.

Cuando llegó a su portal, vio que Simon aun no había llegado. Se sentó en uno de los lados apoyando su cuerpo contra la pared, intentando no presionar ninguno de los porterillos y diciéndose mentalmente que si no venía a recogerle, él no iba a ir a clase. Echó su mirada al cielo, estaba lleno de colores rosados, anaranjados y violetaceos. ¿Cómo un simple elemento químico podía crear esos raros cuadros pintados en el cielo? Le parecía asombroso. Aunque más asombroso sería que aparecie…

-Baja de las nubes que ya van a salir los pájaros y a ver si vas a querer salir volando tras ellos- dijo Simon mientras llegaba al portal con una sonrisa tímida en su cara. ¿Podía él amar a algo más que cuando Ethan se perdía en sus pensamientos y se quedaba más quieto que una estatua? Bueno, amaba todo de él.

-¡Eh! Hola S-Simon- dijo Ethan mientras recobraba la compostura y apretaba su coleta, ya que se había aflojado un poco al haberla apoyado en la pared. No pudo evitar sonreír también cuando se percató de la leve sonrisa que había en la cara del peliblanco-Tenía que hablar contigo- Notó como llamó la atención de Simon, haciendo que este se acercara hacia él hasta quedarse a una distancia muy corta-Veras…-dijo con nerviosismo mientras se frotaba las manos, las cuales estaban empezando a sudar-Lo siento tanto Simon. Hoy he soñado que nos hicimos una promesa y yo…bueno parecía muy real-tuvo que parar para coger aire- La rompí. ¿Es cierto, verdad?-y la voz se le quebró en la última palabra. Sabía que le iba a costar decir todo aquello, pero le estaba resultado más difícil.

-No importa, eso ya da igual- dijo como si no le importara. Recolocó su mochila sobre el hombro, ya que la llevaba colgada de uno solo, y empezó a andar hacia la estación.

Ethan, aun peor de lo que estaba, le siguió a pocos paso tras de él. Sabía que con un simple “lo siento” no bastaba por todo el daño que le había causado a Simon. Impotente, agachó la cabeza y miró todo el trayecto hacia el suelo y a los pies de su amigo para no perderse.

Aquel día era el día del festival. Normalmente, los estudiantes llevaban una pareja para la fiesta que había por la noche dedicada a ellos, pero al peliazul nadie le parecía el candidato perfecto -sin mencionar que ninguna candidata le había pedido ir-. Sabía perfectamente que debería ir con una chica -a pesar de lo que él prefería- pero ¿para qué? ¿Para aburrirse mientras ella se divierte sola? Prefería quedarse mirando a las parejas felices.

Además, tampoco es que pudiera llevar a un chico, pues sería su destrucción como persona. Por suerte había podido terminar su puesto a tiempo. Aunque aun no sabía si Simon le iba a ayudar o no, pues todavía no le había dicho nada aunque se suponía que él debía jugar unos partidos con su equipo de baloncesto. En cuanto llegaron, cada uno se fue por su lado: el peliblanco, no muy hablador aquél día, se fue hacia las pistas de basquet; y el peliazul hacia su puesto. Ethan nunca había notado una atmósfera tan cargada de silencio incómodo como la que habían tenido que soportar.

Ambos querían hablar pero ninguno de ellos dio el paso para hacerlo.

~~~~

La mañana transcurrió muy tranquila. Apenas había gente interesada en la tómbola ya que los premios no eran de lo mejor y casi todo el mundo sabía las pocas posibilidades de que les tocara algo bueno. No eran tan tontos como había pensado Ethan en un principio. El peliazul se moría de ganas por ver a Simon, lo de aquella mañana le había dejado muy mal sabor de boca y necesitaba más respuestas. Además, con otro perdón podía venir algo mejor. Al menos ya sabía que ellos habían sido grandes amigos, hasta el punto de hacer planes para el futuro, mas hasta ahí llegaba. “Seguro que tiene que haber algo más importante” dijo en sus adentros muy seguro.

Mirando al reloj nerviosamente, esperaba a que le dieran sus horas libres para comer y tener algo de ocio. Los minutos se le estaban convirtiendo en horas, aquello era inaguantable ya y sus uñas peligraban por desaparecer. Al cabo de una eternidad vino la presidenta del festival y le dio vía libre para sus cosas.

-¡BIEN!- exclamó alegre y empezó a correr hacia las pistas donde se debería encontrar el peliblanco jugando. Tardó alrededor de 10 minutos por el bullicio de gente que había en su camino, en un día normal hubiera llegado en 3 minutos. Tampoco quería ir corriendo como un descosido, pues llamaría demasiado la atención.

80-95 indicaba el marcador aunque el equipo de su escuela no estaba jugando. Se maldijo por dentro, ¿podría tener tan mala suerte que las pocos minutos que tenía libres no los podría emplear en ver a Simon? Buscó con la mirada al peliblanco por los alrededores de las gradas y de las pistas no utilizadas en el partido y…¡BINGO! Estaba en un rincón calentando con el resto de su equipo, seguramente preparándose para cuando terminara el que se estaba jugando.

Ethan no pudo reprimir una leve sonrisa cuando los ojos de Simon y los suyos se encontraron por segunda vez aquella mañana. Aquellos hermosos ojos pardo-rojizos. Simon no pareció inmutarse por la mirada del peliazul y apartó sus ojos de una forma que daba a entender que le importaba poco que estuviera allí. Eso dejó descolocado al peliazul, avergonzándose de la reacción tan tonta que había tenido delante de todos e, incómodo, se acomodó en su asiento a la espera de que empezara el partido. Al final ganó el equipo visitante por más de 15 puntos, aunque los dos equipos marcaron bastantes puntos.

Después de que ambos equipos hubieran abandonado la pista y que el personal hubiera sido reemplazado para el nuevo partido, entraron los estudiantes de su equipo a la cancha para calentar con los balones. La equipación era negra con los bordes en verde aguacate. En la parte superior de la camiseta, por la parte trasera, tenían el nombre de su escuela, “Seikun”, que también estaba en verde. Simon llevaba el número 10.

Transcurridos unos pocos minutos moviendo el balón para calentar, el equipo contrario entró en chancha también. La escuela “Aoku”. Todos sus componentes parecían hombres que les habían dado de comer de manera exagerada cuando eran pequeños, de lo fornidos que eran en comparación con los de su escuela. Además de tener a bastantes integrantes altísimos. ¿De verdad aquellos chicos tenían entre 15 y 18 años? Lo dudaba, mas así estaba la cosa. Estuvieron calentando hasta que pasados los 10 minutos, el árbitro pitó que el inicio del partido iba a ser próximo.

Ethan se imaginaba cómo sería él en aquel equipo lleno de chicos con bastante musculatura, altura y agilidad. En comparación con ellos sería un palo y seguramente se lo podrían llevar de un solo golpe, pero aún así, fantaseaba con estar jugando al lado del peliblanco. Había algo en todo aquel sueño que le producía estremecimiento.

Ambos equipos se apelotonaron alrededor de sus banquillos trazando las estrategias que iban a utilizar en el primer cuarto y cuales de los integrantes iban a tener el honor de estar jugando en él. Ethan no podía apartar la mirada de Simon, la equipación dejaba demasiados músculos al descubierto y le estaban embobando.

Cuando el árbitro tocó de nuevo el silbato, 5 integrantes de cada equipo, incluyendo a Simon, se acercaron al centro del campo y dos de ellos se colocaron a cada lado para saltar a por la pelota cuando fuera lanzada. Ethan se quedó atónito cuando el peliblanco se puso en frente de su contrario, el cual le sacaba dos cabezas. No sabía que él era el que saltaba ya que había chicos casi más altos que él en su equipo. Al tercer pitido el árbitro lanzó la pelota al aire y el chico del equipo contrario saltó, dejando atrás a Simon. Tras esperar un par de segundos, este cogió tal impulso que salió disparado hacia el aire, llegando mucho más alto que el contrario. Consiguió el balón y se lo lanzó a un compañero que lo estaba esperando dentro de la zona contraria para meter una canasta fácil. Cuando marcaron, la grada se quedó en completo silencio, nadie se creía lo que acababa de pasar.

-UAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHH Mirad que bueno es el numero 10- gritaron algunos, mientras que otros estallaron en júbilo y empezaron a tararear todos juntos el nombre de Simon. Ver aquella escena le hizo perder la vergüenza y se unió a los miembros de su escuela en los gritos de ánimo a su equipo. Se sentía orgulloso de él, en cierto modo. Aunque también avergonzado por no haberse dado cuenta de lo bueno que era Simon hasta entonces. También escuchó algunos comentarios femeninos que le hicieron chirriar los dientes, mas intentó ignorarlos lo máximo posible.

Después de un par de canastas rápidas, gracias a que Seikun estaba moviendo el balón velozmente, los del equipo contrario empezaron a enfadarse e hicieron una falta bastante desagradable, mientras entraba uno de ellos a canasta. Éste tiró al que le estaba defendiendo al suelo. Aquello se estaba poniendo muy feo. Desde atrás suyo, Ethan escuchó el comentario de un chico, el cual parecía aficionado al baloncesto de aquellas escuelas: “El equipo de Aokun es muy conocido por machacar al equipo contrario, literalmente. Espero que los de Seikun consigan hacerle frente y darles por fin lo que se merecen: perder por tramposos”. Después de analizar lo que había dicho, una corriente eléctrica pasó por su espalda, en presentimiento de que iba a pasar algo malo.

Los minutos pasaban y el marcador apenas se movía, 12-9 para los de Seikun. A apenas 2 minutos del final del primer cuarto, los jugadores de su escuela estaban molidos. Algunos hasta escupían fuera de la pista la sangre que tenían acumulada en la boca. Se les veía enfadados, les estaban acribillando y como los de Aokun lo hacían tan bien, no eran pillados por el árbitro ni aunque le avisaran de lo que les estaban haciendo.

La pelota había entrado poniéndose 12-11 y les tocaba sacar a ellos. Aunque cansados de aguantar tal presión, movieron el balón muy rápidamente de un lado al otro, recibiendo Simon. El número 10 estaba esperando en la línea de triple para lanzar en cuanto le llegara. Una vez que la tuvo en sus manos levantó su cuerpo como si pudiera volar, como había hecho en el salto inicial. El balón salió de sus manos decidido a entrar a canasta limpiamente, dándole 3 puntos a su equipo y ganando distancia. Pero por culpa de aquello, a Simon se le avecinaba un nubarrón. El más fortachón del equipo contrario, el número 7, se estaba abalanzando sobre él por su espalda. No le había dado mucho tiempo a llegar a taponar y un instante después de que el balón hubiera salido de las manos del peliblanco, los dos chocaron en el aire, mientras el número 7 le propinaba un codazo con el brazo que llevaba levantado, dándole en toda la cabeza.

Con el corazón encogido, vio como el cuerpo de Simon se desplomaba sobre el suelo mientras que el del atacante pegaba un zapatazo en el suelo, imponiendo respeto y autoridad sobre los demás miembros que se hallaban en la pista. La grada de nuevo enmudeció, ¿de verdad había pasado lo que había visto con sus malditos ojos? Los de su equipo fueron a socorrer al número 10 -que no se movía- mientras la grada procesaba lo que había pasado. Una vez que lo hubo hecho, empezaron a abuchear las malas artes del equipo visitante. Sus compañeros gritaban que trajeran personal médico ya que no parecía estar muy bien.

-¡Simon!- dijo a todo pulmón Ethan con los ojos empañados en lágrimas y salió corriendo hacia la pista, saltando habilidosamente -cosa que ni creía cuando lo hizo- la valla pequeña que les separaba. Se agacho al lado del pelibranco y pegó al suelo como si él tuviera la culpa-S-Simon, mírame- pidió entre sollozos esperando ansiosamente una respuesta-¡MIRAME!-gritó con furia.

Notó como el peliblanco intentó abrir los ojos, pero no pudo hacerlo. Luego lo apartaron para que los auxiliares que se acercaban pudieran atenderlo.
“Yo quiero hallar la felicidad no más dolor” se decía Ethan continuamente agarrándose la parte de la camisa cercana a su corazón. Le estaban apartando de él. Aquello le superaba, no se había sentido tan roto desde que sus padres le empezaron a tratar como una persona completamente diferente. Las lágrimas caían por sus afiladas mejillas formando dos pequeñas cascadas a cada lado. Los labios le temblaban y se contraían llenándole la barbilla de pequeños agujeros. A Simon se lo estaban llevando en una camilla.

Para fortuna de Ethan no se lo iban a llevar en ambulancia, si no que lo llevarían a la enfermería para atenderle mejor allí. El peliazul no podía apartar la mirada del cuerpo del peliblanco mientras se lo llevaban, necesitaba verle los ojos para poder seguir respirando . “Abrelos por favor, abre los ojos por mi” pidió y como si se le hubiese concedido un maravilloso deseo, los ojos de Simon se abrieron levemente. Un suspiro de esperanza salió de su boca. Cuando los ojos del contrario se posaron sobre los suyos, una sonrisa tonta se dibujó en su cara, contagiando la misma reacción a éste. Para Ethan, en aquel mismo instante, el mundo solo giraba entre ellos dos. No había nadie más en él.

-Simon-dijo con los labios, sin emitir ningún sonido, hacia el peliblanco. Éste le respondió de igual manera pero diciendo su nombre haciendo que su sonrisa se ensanchara muchísimo más. Siempre le habían dicho que la gente que sonreía tontamente por aquellos actos, es que estaba enamorada pero, ¿eso era aplicable para su situación? pensó. Poco después de susurrar su nombre cerró los ojos cansado por el esfuerzo. Al menos había conseguido lo que necesitaba, aunque ahora quería más de él.

Ethan al darse cuenta de que estaba en un lugar público borró su sonrisa y miró su alrededor buscando a alguien que se hubiera percatado de la estupidez que acababa de hacer, o por lo menos así lo veía. Aunque hay que aclarar que a él le encantaban las estupideces.

Por suerte nadie los había visto. Ahora el mundo había empezado a ensancharse y ya no estaban ellos dos solos ¿Por qué había hecho eso? preguntaréis, ya que Ethan es muy tímido y reservado. Pues bueno ,le había salido sin pensar, como si los ojos del contrario le hubieran pedido, o más bien rogado, que le llamara por su nombre. El peliazul empezó a darle vueltas a lo que acababa de pasar, a cómo había actuado ante Simon y unas mariposas danzantes en su barriga empezaron a hacerle cosquillas. Tragó un gran cúmulo de saliva para intentar que se fueran, mas no lo hacían, no se irían hasta que fuera a la enfermería. Ellas querían saber cómo estaba el número 10. Querían que le volviera a besar como lo hizo aquella vez en esa sala de estudios. Necesitaban volver a probar el sabor de sentirse querido y deseado por alguien.

Al final decidió que esperaría al descanso de mitad del partido para ir a ver a Simon, ya que no quería levantar sospechas. Sabía perfectamente que nadie les había hecho caso, pero le era necesario dejar un tiempo entre medias para no parecer desesperado. Desesperado y patético para si mismo por ser la primera vez que sentía algo tan fuerte por alguien.

El segundo cuarto terminó 29-35 para Aoku, estaban perdiendo por muy poco los de su escuela. Lo único bueno que habían sacado sus compañeros de aquel desastre era más coraje para ganar aquel partido y humillar al equipo contrario por haber jugado tan sucio al haber dejado K.O a uno de sus integrantes.

Ethan fue andando rápidamente hasta el interior de la escuela. Evitó los pasillos más transitados y en ocasiones se escondió para que no le vieran. ¿Que por qué hacía eso? Se moría de la vergüenza cada vez que se cruzaba con alguien porque parecía como si esa persona supiera perfectamente sus intenciones, que se estaba riendo de él mentalmente por sentir algo por alguien de su mismo sexo. Bueno aquello le pasaba cada segundo de su vida que lo pasaba fuera de su casa, cada vez que oía como alguien se reía pensaba que lo estaba haciendo de él. Cada vez que alguien cuchicheaba con sus amigos de algo, pensaba que estaban hablando mal de él. Cada vez que alguien se le quedaba mirando más de la cuenta imaginaba que se estaba dando cuenta de lo imperfecto que era. Cada vez que escuchaba su nombre por la calle, aunque no fuera a él a quien estuvieran llamando, apretaba el paso para huir de aquel sitio.

El adjetivo de persona segura de si misma no iba nada con Ethan, más bien se veía ahuyentado por su persona como cuando dos imanes del mismo polo se repelen entre sí.

Después de un angustioso y largo camino por los pasillos, llegó por fin a la puerta que daba a la enfermería. Pensaba si tendría el valor de abrirla. “Hazlo” se pidió mentalmente. Llevó una de sus manos al pomo de la puerta y lo agarró con fuerza, ya solo le faltaba girarlo y empujar hacia adelante, mas su cuerpo no respondía. Su brazo estaba temblando de nervios.

-Me alegro de que ya estés mejor-escuchó decir desde el interior de la sala. Era una voz masculina y se estaba acercando a la puerta ya que Ethan podía ver su silueta por el cristal translúcido que había en medio ella. “Mierda mierda mierda” maldijo. La puerta se abrió y el peliazul se echó a un lado para dejarle pasar. Era el entrenador del equipo de Simon, que había ido corriendo con los auxiliares para cuidar y acompañar al peliblanco.

-¡Oh! ¿Vienes a ver a Simon?-le preguntó sorprendido. El menor, abrumado por el incremento de vergüenza, solo pudo asentir con la cabeza mientras tocaba sus manos nerviosamente tras la espalda. Sus mejillas se estaban coloreando de un carmín intenso y sintió como toda la sangre de su cuerpo subía a su cabeza y la calentaba-Pasa pasa, solo ha sido un gran susto, gracias a Dios.

Obedientemente Ethan pasó hacia el interior de la sala y echó un vistazo hacia atrás. El entrenador amablemente se despidió con una gran sonrisa y cerró la puerta dejándoles solos. Movió rápidamente sus ojos escudriñando cada rincón de la sala buscando al peliblanco y lo encontró tumbado en una de las camillas de al lado de la ventana. Estaba lleno de vendajes. Normal, se había comido el suelo de hormigón con la piel casi desnuda. En algunos de ellos incluso había restos de sangre por no haber parado aun la salida de líquido rojo.

Se acercó a él rápidamente y le agarró de una mano para llamar su atención. La respiración de Simon era muy silenciosa y había girado la cara en cuanto se había percatado de la nueva presencia. Llevó la otra mano a la cara de éste y la giró levemente para saciar su enorme curiosidad por ver de nuevo aquellos hermosos ojos. Aquellos mismos que se habían convertido en su droga en aquellos últimos días. La mirada llorosa y cristalina del peliblanco se posó en la suya. Simon estaba llorando. “¡Está llorando!” se repitió en su mente. Llevó su mirada a uno ojo, luego a otro y repitió lo mismo cinco veces. Aquella maraña de sentimientos que le parecía imposible de desenredar, se estaba deshaciendo sola.

Esos ojos que no paraban de mirarle, le estaban llevando a su pequeña parcela de universo. Aquellos ojos eran la solución a la pregunta que no podía responder por si solo. Debían de ser suyos.

-Pensaba que no ibas a venir-confesó Simon mientras agarraba la mano que le estaba tocando la cara y la apretó contra sí. Una enorme lágrima le calló por la mejilla y se estampó contra la mano de Ethan. Éste negó con la cabeza y sorbió sus mocos. Era demasiado sentimental para estos momentos y no los podía aguantar, no al menos sereno. Se rió exageradamente provocándole una salida masiva de lágrimas. Necesitaba expulsar la tristeza de su cuerpo.

-Y yo pensaba que te iba a perder- dijo Ethan mientas se sentaba en la camilla para poder estar más cerca. Necesitaba sentir su calor, le necesitaba a él.

-Ethan-susurró Simon de la misma forma que lo hizo mientras se lo llevaban en camilla de la cancha. Aquel mismo suspiro que se había escapado de sus labios cuando veía alejarse a la persona con la que quería estar-Ethan, te necesito-dijo el peliblanco con angustia. Le tenía ahí, a su lado, como siempre lo había soñado tener. Agarró por los mofletes al peliazul, limpió sus lágrimas y se sentó -pues estaba recostado- acercándose más a Ethan.

Aquella escena le estaba recordando a Ethan al sueño que tuvo el día anterior. Cuando se prometieron que siempre iban a estar juntos y cuando luego empezaron a llorar como dos niños pequeños, aunque en aquel tiempo si lo eran.

Ethan mordió su labio inferior con fuerza reprimiendo las ganas de sostenerlo entre sus brazos por miedo a causarle daño en sus heridas. Pero a Simon aquello no le importó y le abrazó fuertemente. En aquel momento pudo sentir calor, amor, alegría, alivio y …¿felicidad? ¿Era aquello a lo que comúnmente llaman felicidad?

Se quedó atónito cuando lo sintió por primera vez. Todo lo que necesitaba para no seguir hundido en su miseria estaba ahí, se lo estaba proporcionando Simon. El peliazul, sin dudarlo un segundo, le devolvió el abrazo y hundió su cara en el hombro llenándolo de lágrimas. Quería más, necesitaba más. Absorbió todo su aroma con una ruidosa inhalación de aire y lo saboreó. Olía a … ¿rosas? Si a rosas, confirmó con una segunda inhalación. Las lágrimas no dejaban de asomarse por sus ojos. Ya no estaba triste, ¿por qué seguía llorando?

-No te alejes de mi, no podría soportarlo otra vez-dijo Simon apartándose levemente de Ethan para poder mirarle directamente a los ojos. Éste quedó, de nuevo, enmudecido al verse reflejado en ellos. Negó con la cabeza seguro de si mismo. Aquella vez no le haría lo mismo, tenía más que seguro que se quedaría a su lado hasta el final de los tiempos. El peliblanco, aliviado, tiró de la cara de éste para poder besarle.

Sus labios se encontraron ansiosos por tocarse, por sentirse, por comerse. Ambos empezaron a respirar fuertemente dominados por la gran conexión que los unía y que les iba a llevar a la lujuria en pocos instantes. Simon salvajemente empezó a mover su cabeza de un lado a otro mientras movía los labios dulcemente contra el inexperto menor. Agarró el largo pelo de Ethan, le quitó la coleta y entrelazó sus dedos en el cabello de éste. El pelo cayó como una cascada por la cara del peliazul, tapándosela.

La melena le llegaba hasta por debajo de los omoplatos. Aquello avivó aun más la llama que ardía en el interior de Simon y empezó a mover su lengua por el interior de la boca del contrario, lamiéndola y, más tarde, mordiendo sus labios. Ninguno de los dos quería parar pero lo que les pareció segundos en realidad fueron casi tres cuartos de hora. Se escucharon pasos cercanos a la sala y ambos se separaron rápidamente, jadeando. Tenían la boca algo roja y llena de babas, sin mencionar las notables erecciones que ambos poseían en sus pantalones. Los pasos se hacían cada vez más intensos y Ethan empezó a agobiarse. Tenía que salir de ahí, no había hecho todo lo posible por que nadie le viera como para que ahora le pillaran así, en aquel estado tan íntimo. Echó una rápida mirada a Simon y este le observó curioso.

-No te vayas, aún no-pidió, mas Ethan negó con la cabeza rápidamente. Los pasos sonaban cada vez más fuertes dentro de su cabeza, haciéndole daño. Tenía que salir corriendo ya, pero una punzada de culpabilidad le retenía. No podía dejarle así como así después de todo.

-Mañana recógeme por la mañana, vayamos al cine y/o a comer juntos-dijo avergonzado por el hecho de que le estaba pidiendo una especie de cita.

Sin esperar respuesta salió corriendo de la enfermería, sin ni siquiera pararse a mirar a la persona que se estaba acercando. Corría mientras ocultaba con sus dos manos la erección que llevaba.

-¡Espera! Quiero ir al baile de primavera pero no tengo ninguna pareja. ¿Querrías ir conmigo?-preguntó con algo de vergüenza Simon, mas no pudo recibir respuesta pues Ethan -aunque le había escuchado- ya estaba fuera de la sala.

Demasiada emoción por un día. Eran casi las cinco de la tarde y Ethan debía volver a su puesto – aunque ya se le había hecho tarde-. En cuanto llegó, vio a la presidenta muy enfadada esperándole donde debería estar él. Pidió disculpas por haberse retrasado y empezó con su deber. Sorprendentemente las siguientes horas se le pasaron más rápido de lo que había imaginado. No paraba de venirle a la cabeza trozos de recuerdos de aquel mismo medio día. Simon le estaba ocupando por completo su cabeza y no le importaba lo más mínimo.

Cuando por fin llegaron las 8 de la tarde, le dieron permiso para dejar el puesto y se fue hacia su casa. Aunque las ganas por ver de nuevo al peliblanco y besarle eran abrumadoras, luchó contra ellas hasta que se montó en el tren, aunque eso significaba que ya no habría vuelta atrás. Pues si se montaba en aquel vagón quería decir que no iba a ir con Simon al baile y que se lo iba a perder pero, ¿cómo lograrían ir los dos juntos sin que nadie les dijera nada -en el mejor de los casos-?

Se quedó parado dentro del tren, dándole vueltas a si debía salir por la puerta que tenía justamente delante o ir a su casa y no hacer ninguna locura y estar a salvo. Era obvio que a idea le atraía y mucho, quería tener su primera experiencia en un baile con Simon, lo sentía con todas sus ganas, pero el miedo era poderoso. Muy poderoso.

“Pi Pi Pi, las puertas se están cerrando”

“No, no no. Tengo que ir” se dijo a si mismo al final. Movió su cuerpo más rápido de lo que él pensaba que lo podía hacer y salió casi rozándose con ambas puertas en los hombros. Ahora el tren ya se estaba yendo y el se había quedado.

“A por el baile” declaró.

~~~~

Ya estaba anocheciendo y Ethan, después de dar un par de vueltas por la zona comercial que no estaba muy lejos de su escuela, volvió a ella. Ya mismo iba a comenzar el baile y las farolas se encendieron cuando llegó con los nervios a flor de piel. Había muchas parejas caminando por la calle con ropajes tradicionales para aquellos bailes. Se les veía contentos y el peliazul los envidiaba con toda su alma. Ellos si que podían mostrar públicamente lo que sentían por la otra persona y nadie les rechazaba por aquello. ¡Qué más, todo lo contrario! Les miraban con dulzura y todos se hablaban amablemente.

Cuando entró, se sintió de lo más incómodo porque era la única persona que no iba acompañada. Se pellizcaba los dobladillos de los pantalones que se le formaban por su extrema delgadez y buscaba impaciente la figura de Simon. Pensó en ir de nuevo a la enfermería por si aun se encontraba por allí, cuando alguien le tocó el hombro y tiró de él.

-Andas perdido-rió el peliblanco ante la cara de desconcierto de Ethan. Éste le pegó un puñetazo flojo en el hombro por la broma y luego se arrepintió al acordarse que hacía nada había salido de la enfermería.

-Perdona-dijo disculpándose.

-No pasa nada. Vente, es mejor no estar entre tanta gente-dijo guiñándole el ojo y empezó a andar hacia el edificio donde estudiaban ambos.

Subieron varias escaleras y luego se metieron en una de las clases que daba hacia el patio donde se iba a celebrar el baile. Ethan no paraba de tocarse ambas manos y de morderse el labio. Quería que aquello pasara -y estaba sucediendo- pero no sabía qué hacer ni cómo reaccionar ante aquella situación. El corazón parecía que se le iba a salir por la garganta y sentía un enorme calor en el cuello.

-Tranquilízate Ethan-dijo Simon y apoyó una de sus manos en el hombro. Éste le miró perdido y le obligó a reír-Pareces un pez fuera del agua.

-¿Cómo te encuentras?-respondió el peliazul evadiendo la afirmación que acababa de hacer. Ambos se sentaron en uno de los pupitres que daba hacia las ventanas, uno enfrente del otro.

-Bien, me duele un poco la cabeza como es de esperar. Pero estoy mejor de lo que parece-dijo mientras se llevaba una mano a la cabeza y peinaba su pelo un tanto alborotado. Seguía teniendo alguno de los vendajes, pero la gran mayoría ya no estaban.

Las palabras no siguieron fluyendo entre ambos pues estaban absortos en el espectáculo de fuegos artificiales que poco segundos después se desencadenó, a pocos metros de ellos. Sus caras eran iluminadas por diferentes colores de cada artefacto que llegaba a su punto más álgido y explotaba. A decir verdad, Ethan estaba encantado por cómo se estaba desarrollando la fiesta. En su mente había imaginado cómo al final no lo iban a poder presenciar por infinitos motivos, mas nunca pensó en meterse dentro del edificio para no ser vistos. Con cada explosión él conseguía deshacer un nudo en su pecho.

En aquel instante se odiaba a sí mismo por ser tan pesimista y cegarse con ello, aunque se alegraba de haber hecho la locura de no haberse subido al tren que le llevaba a casa y habérsela jugado solo para estar unas horas con Simon.

Una vez que terminó el espectáculo, se dio paso a el baile de primavera con una música bastante alegre. Las chicas entraron primero al gran círculo que habían creado con macetas floridas en el perímetro de éste y empezaron a danzar felices de poder asistir y darlo todo en la pista. Luego se unieron los chicos, que buscaban a su pareja ansiosos por poder bailar al menos una canción con ellas. Era todo un ritual de apareamiento digno de un documental.

-¿Bailamos nosotros también?-preguntó Simon tendiéndole la mano con una gran sonrisa. Ésta le temblaba, pues él apena sabía bailar y los nervios le estaban carcomiendo también, pero con tal de tener un baile con Ethan, danzaría patosamente durante horas.

El peliazul aceptó sin creerse lo que le acababa de pedir. Se cogieron de las manos y empezaron a moverse como hacían los que estaban en el patio. Se pisaron unas cuantas de veces los pies y casi se caen también, pero de nuevo, aquel instante era suyo y lo demás desaparecía de sus mentes.

Era como si todo hubiera perdido el color menos ellos dos y el aura que los envolvía.

Afortunadamente nadie les interrumpió y no pararon hasta que todas y cada una de las parejas pararon de bailar. Se dieron prisa para no quedarse encerrados en la escuela y, a hurtadillas, salieron de ella cogidos de la mano. La adrenalina que les producía aquella tontería les hacía cometer locuras. Todo salió tan bien que ya nada podía apagar la intensa luz que se había encendido en el interior del peliazul.

Aquella noche fue la primera de contadas, en las que los sentimientos buenos de Ethan predominaban sobre los oscuros. Fue capaz de mirar sin miedo a aquel universo que por fin se iba aclarando, pudiendo ver algo más tras de él: su felicidad. Por fin se había dado cuenta de que necesitaba apartar todo lo que le cegaba de la verdad. Tenía que echar a un lado todo lo que odiaba y le hacía daño para abrazar lo bueno, lo que le hacía sentirse bien. “Ojalá todas las noches fueran así” pidió. ¿Por qué no? Había pedido ya un deseo y se había sido cumplido, ¿por qué no intentarlo de nuevo?

Aquella noche pudo dormir con una sonrisa de oreja a oreja, una que no se dibujaba en su cara desde hacía años, era la sonrisa que tenía reservada solo para Simon.

Día 12 completado

Eat me.

Después de la última guerra mundial, la humanidad empezó a sufrir algunos cambios a consecuencia de las armas químicas y la radiación.

Tras los millones de muertos, los que quedamos vivos descubrimos que casi todos hemos mutado. La gran mayoría de estas alteraciones no se notan a simple vista, otras sí. Y, sin embargo, son las primeras las más peligrosas.

Entre estas, hay un grupo mayoritario comúnmente llamado los Zombis en honor a esas criaturas ficticias que salen en los viejos cómics. Quizá sería más acertado llamarles caníbales, aunque la verdad es que tienen diferencias con ambos.

La primera y más significativa es que no han muerto para luego volver a la vida como una criatura ansiosa de carne humana. Tampoco pueden infectar a nadie con un mordisco o un arañazo, y pueden morir como cualquier otro, no solo si les cortas la cabeza o si les pegas un tiro en ella. Tienen sentimientos, hablan y razonan como cualquier otra persona. Lo que les distingue es que comen carne humana.

Aquí sería quizá cuando podríais decirme que entonces son caníbales en vez de zombis. No obstante, aunque he de admitir que tenéis vuestra parte de razón, también he de deciros que estáis muy equivocados.

Un caníbal es una persona que, por una razón u otra, ha comido carne humana. Quizá le gustó, quizá no. Quizá lo hizo por curiosidad o quizá por verdadera necesidad. Yo he comido carne humana en más de una ocasión. ¿Por qué? Sencillo: para asegurarme seguir vivo al día siguiente en este mundo donde la comida no es fácil de conseguir y es más complicado aún mantenerla.

Y es justo a este punto a donde quiero llegar. Porque habré comido carne humana, sí, pero nunca me he considerado un caníbal y menos aún soy como ellos. ¿Qué nos diferencia? Que tanto los caníbales como yo podemos alimentarnos de otras cosas. Ellos no.

Ellos únicamente comen carne humana. Están locos por ella. Son los grandes superdepredadores aquí y, creedme, harían cualquier cosa para conseguirla; primero porque la necesitan y segundo por el poder que les otorga.

He visto a muchos de estos zombis atrapar y comer a cualquier incauto que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Les he visto darse auténticos festines sin importarles ni quién ni qué era su víctima: hombre, mujer, anciano, adulto, niño…

Y puede estar mal decirlo, pero todas esas veces que he presenciado algo así, no he podido más que asombrarme e incluso excitarme por ello. Pensad que estoy loco si así lo queréis, pero yo os aseguro que vosotros sentiríais lo mismo y, como yo, también desearíais ser ese pobre chico al que se follan mientras se lo comen.

Sí, habéis leído bien. Siempre follan cuando comen, o comen al que se follan, si lo preferís así. Siempre me pareció algo curioso y hasta hace realmente poco no he sabido la razón tras ello. ¿Os gustaría saberla? Es bastante simple, en realidad: la carne sabe mejor cuando la víctima no sabe que va a morir que cuando muere estando tensa y asustada. Por eso lo hacen. Y así, su víctima dice adiós a este cruel y degenerado mundo al sumirse en el mayor éxtasis de su vida. Como veis, no es una mala forma de morir. Os aseguro que las hay mucho peores. Quizá por eso nunca huí de él.

¿Quién es él? Esa respuesta es fácil, y quizás algunos de vosotros ya la conocéis después de lo que acabáis de leer. Sí, él es uno de ellos, un zombi, caníbal o como queráis llamarle. Es uno de los más poderosos entre los suyos (lo que se mide por la cantidad de personas comidas por él) y también uno de los más ricos en lo que queda de “sociedad” en el mundo. Y también fue quien me salvó cuando un par de zombis intentaron comerme hace unos años.

¿Por qué lo hizo? Esa respuesta también sería sencilla si ya os hubiera dicho quién soy yo. Como no lo he hecho, me explicaré.

Si durante estos veintitrés años que llevo vivo siempre he tenido que cuidarme de los zombis, e incluso a veces he escapado de ellos por los pelos, no es porque tenga una mutación que los atraiga. Todo lo contrario. En realidad, soy uno de los pocos humanos puros que siguen vivos, libres de cualquier tipo de mutación pero con la mayor maldición de todas: todos quieren cazarnos.

En este momento en el que los humanos puros estamos casi extintos, cualquiera de los ricachones pagaría una verdadera fortuna por la posibilidad de exponer un trofeo así, de tener un esclavo así. Pero los peores son los zombis. Ellos nos huelen. Hay algo en nuestro olor, en mi olor, que les atrae y les dice que soy distinto a cualquier otro. Por eso los cazadores los usan para encontrarnos. Y por eso también cualquier zombi intentará comerme aunque acabe de darse un festín.

Ahora quizá podáis comprender por qué me salvó de ese par de zombis que a punto estuvieron de comerme hace unos años. No fue un acto caritativo y, por supuesto, no dejó que me fuera tras matar a los otros dos.

Desde entonces he vivido con él en su mansión. Y aunque cuando me trajo pensaba que me comería a la hora de la cena, pronto pude ver que eso no pasaría. Me dio de comer, algo que agradecí ya que estaba famélico tras varios días sin probar bocado; me dejó asearme y me dio nuevas ropas con las que reemplazar las prendas viejas y rotas que llevaba puestas. Y, acto seguido, me dejó dormir todo lo que quise en una habitación que pronto consideré mía.

Sí, era un trofeo, un esclavo o un juguete, como queráis llamarme. Lo sabía tan bien como vosotros y por eso traté de escapar.

Lo intenté muchas veces y en todas fracasé. Si no eran sus guardias los que me pillaban, era él. Una vez incluso me rompí la pierna al caer desde el tejado y, aun así, volví a intentar escapar.

Como podéis suponer, esto no le gustó. A nadie le gusta cuando su nueva mascota desobedece e intenta irse. Llegó un punto en el que me encadenó para evitarlo. Y también llegó el punto en el que me enfrenté a él y le dije que si me iba a comer, que lo hiciera ya.

Él se rió. Su cristalina risa inundó la habitación dejándome confundido. “No voy a comerte –me dijo-. Si quisiera comerte, lo habría hecho en el mismo callejón donde te encontré”.

Y le creí. Le creí porque sabía que decía la verdad. Porque nada era más fácil para él que comerse a un crío moribundo y al que nadie echaría de menos en un callejón. Aun así me enfrenté a él. Porque aunque no quisiera comerme hoy, eso no quería decir que no lo haría mañana. Además, en mis planes no estaba ser el trofeo de nadie.

Le dije que quería irme y él me dijo que no podía ser. Le dije que no pensaba ser su trofeo y me reí con sarcasmo cuando él me respondió que no lo era. No le creí, por supuesto. Había aprendido a no fiarme ni de mi propia madre y menos aún pensaba fiarme de él. Sin embargo, encadenado como estaba no podía seguir con mis intentos de huida, así que intenté escapar de otra forma.

Empecé a no comer. Cada día me tumbaba en la cama y dejaba que las jugosas piezas de fruta y la sabrosa comida que el servicio me traía se enfriaran hasta que eran reemplazadas por la siguiente comida. Y podía sentir a mi estómago gruñir por el hambre, pero más férrea era mi voluntad.

Nada me hizo comer. Ni el hambre, ni las súplicas de la chica del servicio y mucho menos las amenazas de él. Estaría hambriento, pero si comer significaba ser su esclavo, prefería morir de hambre.

A las dos semanas apenas tenía fuerzas ya para levantarme de la cama, menos aún para arrastrarme si quería hasta la bandeja llena de comida que seguían trayéndome con la esperanza vana de que ese día sí comería. Estaba débil, más de lo que nunca he estado, y por eso no levanté la mirada cuando él entró en la habitación.

Esa vez no me amenazó para que comiera. No intentó asustarme como había hecho antes, amenazando con comerme. Supongo que no le había gustado mi respuesta de “Adelante, hazlo. Al menos así seré libre” que le di y, por eso, esa vez probó otra táctica. Por eso y porque, estando yo tan esquelético y enfermo, dudo que pudiera considerarme algo más que un entrante poco apetecible.

Esa vez me lo pidió por favor. Me suplicó que comiera algo. Lo que fuera. Y cuando le dije que solo lo haría si dejaba que me fuera, accedió.

No os negaré que su respuesta me sorprendió, incluso llegué a pensar que era solo un truco para que comiera. No me fiaba de él y sus promesas y juramentos me valían tan poco como los de un muerto.

Aun así, llegamos a un acuerdo: yo volvería a comer y él me dejaría ir cuando hubiera recuperado mis fuerzas. Y he de reconocer que solo acepté porque siempre podía volver a dejar de comer otra vez si él no cumplía su parte.

Así, los días pasaron. Para comprobar que cumplía mi palabra, él venía siempre junto a la chica del servicio y se quedaba hasta que yo había terminado.

Eran comidas silenciosas, con un tenso silencio flotando entre ambos. Los primeros días me forzaba en ignorarle, incluso aunque sentía su mirada clavada en mí, pero los demás días me encontraba mirándole yo también con curiosidad. Primero miradas rápidas y luego con más detenimiento. Aun así, nunca cruzamos palabra.

Y por fin, tras poco más de una semana, no solo había recuperado mis fuerzas, también había cogido ese par de kilos que me faltaban. En general, me encontraba mejor de lo que nunca había estado y, por supuesto, con ganas de irme de allí. Porque podría sentirme agradecido por sus cuidados, pero no por eso pensaba quedarme allí y ser su mascota. Eso iba en contra de lo que me define.

Ese último día no le vi. Supongo que no quiso verme marchar. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Por mi parte, me despedí de la chica del servicio y, con ropas más prácticas para la vida que iba a llevar, me fui de esa mansión sin saber que volvería a ella.

Volví, sí. Pude tardar un par de meses, pero el destino me llevó de vuelta a esa casa. ¿Queréis saber cómo? Sencillo: me traicionaron.

En esos meses que estuve fuera, me junté con un grupo para sobrevivir. No había ningún zombi entre ellos, y por eso me fue fácil esconder mi secreto. Les había contado una mentira. Les dije que mi mutación me hacía ser más ágil que el resto. Se lo creyeron. Estoy acostumbrado a mentir para salvar la vida, y también cuenta que los monos sean conocidos justamente por eso.

Sin embargo, mi mentira no duró mucho tiempo. No porque vieran que no era tan ágil como decía ser, sino por un zombi. Un maldito zombi que descubrió mi olor y decidió seguirme.

Esa noche, el zombi asaltó el lugar donde nos escondíamos con ayuda de otros cuatro de los suyos. Y lo único que nos salvó fue el oído superdesarrollado de uno de los nuestros.

Conseguimos matarlos, pero ya me habían descubierto. Ninguno se creyó que nos habían descubierto por casualidad, y que me hubieran llamado “puro” despejó cualquier duda que hubiera.

Intenté escapar. Sabía que, tras saberse mi secreto, yo ya no estaba a salvo. Por desgracia, ellos eran más y no tardaron mucho en atraparme.

¿Qué hicieron luego? Esa es una pregunta sencilla. Puede que algunos pidieran mi cabeza porque, por mi culpa, los zombis habían matado a un par de los suyos. No obstante, el dinero siempre gana cualquier discusión. Más cuando se trata de la promesa de una fortuna.

Me vendieron, por supuesto. Uno conocía a alguien que conocía a alguien que podía ponerse en contacto con los cazadores y estos, a su vez, con los cuervos, los vendedores de esclavos.

No pienso aburriros con los detalles. Solo os diré que al día siguiente los cuervos llegaron y que los zombis a sus órdenes me reconocieron como un puro.

Me llevaron con ellos, por supuesto. La comitiva era bastante numerosa. Supongo que no querían arriesgarse a que nadie intentara arrebatarles su gran trofeo, ese que tanto dinero les iba a hacer ganar.

Me metieron en una celda. La única ventaja era que estaba solo; la gran desventaja, que me encadenaron a la pared para descartar cualquier intento de fuga por mi parte. Y no creáis que no lo intenté. Incluso hice lo mismo que había hecho con él y me negué a comer esa bazofia que llamaban comida.

Por desgracia, ellos no eran él. Y cuando el aumento del dinero va ligado al aspecto físico del esclavo, no te gusta que este pase hambre, menos si es como forma de rebelarse.

Sabía que no iban a matarme. Sin embargo, eso no les impidió golpearme -eso sí, siempre en sitios que la ropa ocultara-, y forzarme a comer.

Me rendí. Sabía que si tenían que darme una paliza para que comiera, no dudarían en hacerlo. Además, me parecía más sencillo escaparme del imbécil que gastara su fortuna en mí.

No sé exactamente cuánto tiempo estuve en esa celda. Fueron varios días, pero no sé el tiempo exacto. La gran subasta, en la que yo sería la gran atracción, se celebró un par de días después de que los cuervos se aseguraran de que todos los magnates se hubieran enterado de la gran noticia.

Ese día me asearon y me obligaron a ponerme unas ropas más acorde a mi estatus como gran atracción. Ropas que, de todos modos, echaban por tierra el efecto al quedarme demasiado amplias.

Seguía encadenado, ahora de manos y pies, y por si eso fuera poco, tenía un numeroso grupo de guardias rodeándome para evitar tanto mi posible huida como el que alguien intentara llegar hasta mí. La tensión y la expectación eran enormes. Todo el mundo sabía que esa iba a ser la gran noche de sus vidas, pues las veces en las que se vendía a un puro eran casi inexistentes.

Por mi parte, he de decir que me porté bien dentro de las posibilidades. No me opuse a que me vistieran y tampoco a que me dirigieran hacia el escenario donde me expondrían. Estaba más ocupado pensando en cómo podría fugarme de mi más que inminente comprador que en lo que pasaba a mi alrededor. Incluso contemplé la idea de morderme la lengua y esperar que la sangre de la herida fuera suficiente como para ahogarme en ella.

Sin embargo, algo sucedió.

Justo cuando llegó mi turno de subir al escenario, justo en el momento en el que había decidido darles una buena sorpresa a todos al suicidarme frente a ellos, un chico se acercó al hombre que estaba frente a mí para susurrarle algo al oído.

Lo único que pude ver fue la sorpresa en sus ojos; un gesto que me intrigó, pues no sabía qué había podido suscitarlo. ¿Habrían atacado el lugar los zombis como habían intentado hacer días atrás? No escuchaba ningún ruido extraño, así que descarté la única opción que tenía.

Por su parte, el organizador me miró y luego, con voz tajante, ordenó que le siguiera. Con la mano de uno de los fortachones en mi hombro para obligarme a caminar, no pude tratar de desobedecer.

Quería preguntar qué pasaba, a dónde me llevaban, pero sabía que no me responderían. Solo me veían como a una mercancía y la mercancía no tiene derecho a saber nada.

Al final, recorrimos un par de lujosos pasillos antes de detenernos frente a una gran puerta de madera. Escuché algunas palabras, algo que creí reconocer como “quinientos”, pero no estaba seguro.

Mi guía llamó a la puerta y solo la abrió tras recibir respuesta, dejándome ver por fin a los dos hombres que estaban en el despacho: un cuervo y mi comprador. Al primero no tardé en reconocerle como al jefe de ese lugar y líder de los cuervos. Por otra parte, me llevé una gran sorpresa al ver quién era el segundo.

Sí, era él.

Él era mi comprador. Sin saber yo porqué, él me había comprado gastándose quizás esa cifra de quinientos millones que acababa de escuchar. Estaba perplejo, tanto que apenas me salían las palabras a pesar de que mis ansias por saber eran enormes.

Fue cuando le vi venir hacia mí con ese semblante tan serio, cuando me volvió el habla. Le hice la pregunta más obvia de todas y recibí una bofetada de parte de uno de los fortachones como respuesta.

El gesto me pilló desprevenido, girándome el rostro por la fuerza del golpe. Aun así, pude ver la ira de su rostro y noté, tan bien como los demás, la furia que destilaron sus palabras: “Educa a tus hombres, cuervo, o pronto te quedarás sin ellos”. Esas fueron las palabras que dijo. Y si a mí me hicieron temblar, os puedo asegurar que el otro palideció por completo.

Por suerte para él, el cuervo intercedió, entregándole las llaves de mis esposas cuando él las pidió. Así, por fin, pude sentir mis muñecas libres tras varios días con el hierro lacerándolas, igual que mis tobillos. Y puede que el cuervo le aconsejara tomar precauciones para evitar una posible huida de mi parte, pero, como él dijo, sabía que no lo haría. No con toda esa gente que quería atraparme estando tan cerca.

De esa manera, ambos salimos de ese lugar en dirección a la mansión que yo tan bien conocía. Y podría deciros que la cancelación de mi venta cabreó a muchos de los que habían venido, tanto para verme como para comprarme. Sin embargo, creo que eso lo suponéis aunque no os lo dijera. Sí, escuché algunos gritos enfadados mientras nos íbamos por una de las puertas secundarias, pero no les di importancia. Estaba más preocupado pensando en lo que me pasaría ahora.

El viaje fue largo y silencioso. Quería preguntarle por qué, pero me quedé callado cuando musitó un “En casa”. Además, debía admitir que le veía cansado y enfermizo. Quizá por eso obedecí.

Una vez en la casa, me guió hacia la que fue mi habitación. Entré tras él, pudiendo ver que el cuarto estaba tan limpio y ordenado como cuando lo vi por primera vez. Casi parecía que supieran que iba a volver a ocuparlo pronto.

Sacudí la cabeza, sabiendo que eso era imposible, y decidí centrarme en él. Porque podía haberme portado bien durante el trayecto, pero ahora quería mis respuestas.

Me volví hacia él, sorprendiéndome al encontrarle justo a mi espalda. Le miré desconcertado y me quedé quieto al verle alzar sus manos hacia mí. No sabía qué pensar y por eso me sorprendió tanto que me sujetara el rostro. Quería revisar el golpe.

Le dejé hacer. El golpe me había dolido, pero el dolor ahora era mínimo, casi inexistente. Aun así, me sorprendió la suavidad de sus dedos en mi piel. No era lo que me esperaba y contrastaba en gran medida con la seriedad de su rostro.

Acto seguido, se centró en mis muñecas. Me alzó las manos y su gesto se enserió al ver las heridas que tenía, producto de las rozaduras que los grilletes me habían hecho. “Intenté fugarme” le confesé, y él sonrió diciendo lo ofendido que se sentiría de no haberlo intentado.

Sabía que era una broma y por eso sonreí. Luego me senté, como él me dijo, con las manos extendidas sobre mis piernas con las palmas hacia arriba. Durante los siguientes minutos se dedicó a curarme y vendarme las muñecas y los tobillos. Cuando acabó, en vez de separarse, me preguntó si me habían herido en cualquier otro sitio y terminé confesando los golpes que me habían dado.

Me ordenó que se los enseñara y yo obedecí. Así, sus dedos volvieron a posarse en mi piel, acariciando el borde de cada moratón con una delicadeza completamente inesperada en alguien como él.

—¿Por qué? —le pregunté en apenas un susurro—. ¿Por qué gastaste quinientos millones en mí? —La pregunta aún rondaba mi cabeza y no encontraba ninguna respuesta lógica que me satisficiera—. ¿Quieres comerme y por eso pagaste por mí?

No tenía sentido y lo sabía, pero ya no sabía qué pensar. Por su parte, él se rió, divertido.

—¿Quién te ha dicho que he pagado quinientos millones por ti? —me preguntó a su vez.

Sus ojos estaban ahora centrados en los míos, mientras que sus dedos seguían contra mi pecho, y yo no sabía si eso era bueno o malo. Decidí responder:

—Oí la cifra a través de la puerta del despacho.

—¿Y qué te pareció? ¿Mucho o poco?

Le miré desconcertado, sin creerme que acabara de hacerme esa pregunta. ¿Qué pretendía con ello? La sonrisa de sus labios me respondió: solo se estaba divirtiendo a mi costa. El jodido cabrón me había comprado y ahora se estaba riendo de mí en mi cara. Me enfadé.

—Me parece poco. Aprecio mi vida y pienso que vale más que todo el dinero que tengas —le solté con desprecio—. Aunque admito que te salí caro. Sobre todo si tenemos en cuenta que pienso irme de aquí hagas lo que hagas.

La carcajada que dio me cabreó aún más, aunque me mordí la lengua en vez de decirle otras cuatro cosas. En vez de eso, le vi reírse hasta que, al cabo de un minuto, habló:

—Es una suerte que no pagara dinero por ti.

Mi enfado se esfumó, transformándose en incomprensión.

—¿Qué? Pero esos quinientos… —empecé a decir.

Negó con la cabeza.

—No di dinero por ti.

—¿Entonces por qué…? ¿Cómo…?

—¿Cómo es que estás aquí, conmigo? —Asentí—. Porque hay una cosa que cualquiera desea más que el dinero.

Su respuesta me confundió. Por suerte, no me hizo falta preguntar para que se explicara.

—¿Para qué sirve amasar una gran fortuna si en unos veinte años como mucho estarás muerto? El dinero no sirve de nada si no puedes vivir para disfrutarlo, y el cuervo lo sabe.

—No lo entiendo —confesé, interrumpiéndole—. ¿Quieres decir que le diste qué, años? Eso es imposible.

Su sonrisa creció.

—Le di quinientos años por ti.

Mi confusión creció. Intenté creerle, de veras que sí, pero no podía. Sus palabras eran imposibles para mí. Puede haber miles de mutaciones, ¿pero alguien que controle el tiempo? Nunca había escuchado algo parecido.

—No me crees, ¿verdad?

Era una pregunta claramente retórica, pues ambos conocíamos la respuesta. Aun así, su sonrisa no desapareció. Le vi levantarse. Hasta ese momento había estado arrodillado ante mí, pero en ese momento se levantó, sacudió un poco sus ropas y se sentó en el sillón que estaba a un par de pasos de la cama, mirándome desde allí.

—¿Qué sabes de nosotros? —me preguntó.

Le miré sin saber muy bien qué pensar. Me esperaba una explicación, no una nueva pregunta que no creía que nos llevara a nada. Le miré en silencio, planteándome si responder o terminar con esa conversación e irme de allí. Porque, pasara lo que pasara, no tenía ninguna intención de pasar la noche en esa casa.

Al final respondí. Mi curiosidad por saber a qué se refería con haber pagado con años fue más fuerte. Le dije lo obvio: que se alimentaban únicamente de carne humana y que eran los únicos que podían descubrir que era un puro, aunque no sabía bien cómo podían saberlo.

Él asintió.

—¿Y qué hacemos al alimentarnos? ¿Lo sabes?

Al instante, a mi mente acudieron las pocas ocasiones en las que había visto a un zombi comer. Me estremecí. No sabía si de asco o de excitación, sobre todo cuando recordé esa vez que estuvieron a punto de comerme a mí también.

Asentí.

—Lo que no sé es por qué lo hacéis —agregué.

Su sonrisa se acentuó, quizá celebrando esa curiosidad mía que me había hecho pedirle explicaciones. Y aunque pensaba que no me diría nada, me equivoqué.

Fue ahí cuando me dijo esa razón que ya os comenté antes. Fue ahí cuando me dijo que era por el sabor. Y también fue ahí cuando me dijo lo que les ocurría cuando comían carne humana.

Según sus propias palabras, no solo se alimentaban de la carne, también robaban los años de vida que le hubieran quedado a su víctima y los sumaban a los que vivirían ellos.

Me quedé perplejo, lo admito. La idea de que cualquiera de esos desgraciados podía robar los años de vida de sus víctimas y vivir así quizá para siempre me revolvió el estómago. Porque eso significaba que si no acabábamos con ellos, ellos acabarían con nosotros con facilidad.

—¿Y los que se alimentan de cadáveres? —pregunté al recordar las ocasiones en que lo había presenciado o me habían hablado de ello—. ¿También les roban años?

Negó con la cabeza.

—No se puede robar años a los muertos —me dijo, y tuve que darle la razón. Su respuesta era lógica.

—¿Cuántos años tienes? —le interrogué curioso.

—¿Cuántos crees que tengo? —me preguntó a su vez, con una nueva sonrisa en su rostro.

Me quedé mirándole en silencio. Aparentaba unos treinta y muchos o cuarenta y pocos. No obstante, tras esa explicación anterior, ya no estaba tan seguro de si debía fiarme de su aspecto físico.

—¿Cuarenta más o menos? —probé dudoso—. Son los que aparentas, pero dudo que los tengas —afirmé.

—¿Por qué?

—Porque si dices que diste quinientos años por mí, o eres muy viejo o mataste a muchos en poco tiempo para no importarte darlos —me expliqué—. Y siendo esa cantidad de años, deberías haber sido el autor de todas las muertes de los últimos años. ¿Me equivoco? —Negó con la cabeza—. ¿Cuántos años tienes?

—Más de los que sin duda te imaginas.

Arqueé una ceja, mirándole desconcertado. Sí, me había confirmado que era viejo, que sin lugar a dudas tenía muchos más años de los que aparentaba, ¿pero qué clase de respuesta era esa? Yo lo que quería era una cifra, no otro acertijo.

La frustración debió de verse en mi cara, porque recuerdo que él esbozó una sonrisa divertida. Por suerte, siguió hablando antes de que yo mismo pudiera decir algo:

—Nací hace muchos años. Demasiados en realidad. Puedo aparentar los años que dices, pero soy viejo, mucho más viejo que todos con los que te has cruzado. Yo no nací con la mutación —añadió, fijando sus ojos en los míos—. Yo la sufrí.

Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar esa última afirmación. La idea que planteaba era tan descabellada que apenas pude creerla.

Lancé una carcajada. Recuerdo que me reí a mandíbula batiente durante al menos un minuto. Un minuto en el que él solo se mantuvo en silencio, mirándome sin ofenderse por mis risas.

—¿Pretendes hacerme creer que naciste antes de la Gran Guerra? ¿Te crees que soy imbécil? —inquirí, enfrentándome a él y a sus palabras—. Eso fue hace…

—Tenía veintisiete años cuando la guerra empezó, cuando las bombas cayeron y el mundo se convirtió en lo que es hoy en día. Tenía veintisiete años cuando la gente empezó a morir por la radiación y las mutaciones surgieron. Sufrí como todos los demás, y aun a día de hoy no estoy seguro de cómo conseguí sobrevivir. Solo sé que me negaba a morir.

Me quedé sin palabras. Su tono de voz, sus palabras, la forma que tenía de mirarme, todo ello me dejaba claro que me decía la verdad.

—No me estás mintiendo —susurré aún sin poder creérmelo.

—No, no te estoy mintiendo.

Solté el aire que había estado conteniendo sin saberlo. Me sentía mareado. Por supuesto, había oído hablar de los ancianos, ese grupo que solo estaba formado por las diez personas más viejas de todo el mundo. Pero él… él… Si lo pensaba bien, ni ellos podían compararse a él en cuestión de edad. No si lo que decía era cierto. No si había nacido antes de la guerra. Y yo no dudaba de su palabra.

Ahora entendía cómo había podido dar quinientos años por mí. Esa cantidad, tan exageradamente grande para el resto, para él no significaba nada. Y, sin embargo, aún no entendía porqué lo había hecho.

—¿Por qué? —le pregunté finalmente—. ¿Por qué pagaste por mí? ¿Por qué me salvaste ese día?

—Porque me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo.

Alcé la vista hacia él, sorprendido y curioso a partes iguales. Sabía que no había sido solo por ser un puro. De haber sido así, ya me habría comido, y aún seguía vivo. Pese a todo, no me esperaba esa respuesta.

—¿A quién te recuerdo?

Su expresión se endureció, y por un segundo creí que me había pasado con mis preguntas. Pensé en decirle que no importaba, que no hacía falta que respondiera si no quería, pero mi curiosidad era más fuerte. No tanto por saber quién era esa otra persona, sino por saber qué había visto en mí para decidir ayudarme.

—A mi mejor amigo —contestó cuando ya creí que no lo haría—. Como a ti, a él también le conocí el día que le salvé de unos chicos que pretendían darle una paliza una noche en un callejón. Le ayudé, como a ti, y a partir de ahí nos hicimos amigos.

—¿Murió? —Asintió—. ¿Cómo?

—La guerra.

Asentí en silencio, no siéndome necesario preguntar más. Las opciones eran esas: o había muerto en la guerra o luego por la radiación. Al parecer, había sufrido la muerte más rápida.

—No os parecéis físicamente ni tenéis la misma personalidad, pero la situación se me hizo tan parecida que no pude evitar actuar.

—¿Y en la subasta? ¿Por qué me compraste? Dudo que él pasara por algo así.

Esbozó una sonrisa y negó con la cabeza. Parecía divertido ahora, y casi preferí eso que verle serio o enfadado.

—Quizá quería evitarte pensar todos esos planes para escapar del que te comprara —comentó, tras encogerse de hombros.

Sonreí ligeramente. Su comentario me había hecho gracia, pero también me había recordado que, aun con todo lo que acababa de descubrir sobre él y que no había hecho ningún amago de encadenarme, él seguía siendo mi comprador y yo su esclavo.

Miré mis manos y, más concretamente, mis muñecas. Vi las vendas que ocultaban las heridas y me estremecí por el recuerdo del tacto del metal contra mi piel. No iba a dejar que eso volviera a pasar. No iba a permitir que nadie me encadenara jamás. Ni siquiera él.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

El cambio de tema pareció sorprenderle aunque no le pilló del todo desprevenido. Seguro había supuesto que tocaría el tema tarde o temprano, y visto que ya había tenido las respuestas a las preguntas planteadas, era hora de saber qué pasaría conmigo.

—Nada. Puedes quedarte o puedes irte. La elección es tuya.

La sorpresa me inundó. Le miré para intentar saber si estaba bromeando o me mentía solo para reírse de mi reacción, y pude ver que seguía tan serio como cuando me había revelado lo viejo que era.

—Me compraste.

—Sí, pero no lo hice porque necesite o quiera un esclavo. Lo hice porque quise. Porque quiero pensar que no te habrían descubierto de haberte dejado ir el mismo día que te ayudé.

Se levantó del asiento. Sabía que estaba poniendo punto y final a la conversación, y yo me sentía demasiado sorprendido aún como para decir nada.

—Puedes irte o puedes quedarte —agregó—. O puedes irte y volver, o puedes quedarte e irte en unos días, semanas, meses o cuando quieras. La elección es tuya —repitió—. Si estás aquí es como mi invitado, no como alguien que compré en una subasta de esclavos, y te aseguro que serás tratado como tal. Tú decides. Piénsalo y luego dímelo.

Asentí en silencio, aún sin poder creerme esas palabras. Me sentía incapaz de decir nada y, por eso, solo me quedé ahí sentado, viéndole salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.

Al final me quedé. Al principio me dije que solo sería por unos días, que esperaría a que todo lo relativo a la subasta de un puro se hubiera olvidado y luego me iría. Me decía a mí mismo que aprovecharía esos días para recuperar fuerzas, curar las heridas de mis muñecas y ganar algo del peso perdido por el hambre pasado.

Los días fueron convirtiéndose en semanas. Y aunque no quería, aunque intentaba oponerme a ello, cada vez me sentía más cómodo entre esas paredes. Porque allí era fácil olvidarse de los problemas y los peligros del mundo real. Porque allí no tenía que preocuparme por encontrar comida o buscar un lugar donde cobijarme. Porque allí no tenía que mentirle a nadie sobre lo que era para poder pasar desapercibido y que no me traicionaran.

Aun así, reconozco que las primeras semanas intentaba no cruzarme con él o con los pocos miembros que componían el servicio. De él aún no sabía muy bien qué pensar tras lo que me había revelado. Además, tenía miedo de que cambiara de repente de idea y mandara encadenarme para evitar que me fuera.

Por otra parte, no me fiaba mucho del servicio. No sabía cómo reaccionarían al tener que servirme a mí también cuando se suponía que debería ser un esclavo, y por eso no quería tener demasiado trato con ellos.

Pasaba los días en el cuarto que me habían dado o en el tejado. Eran los pocos lugares en los que no me molestaban y podía estar solo, y eso era lo que quería.

Aunque esto no duró demasiado tiempo. La chica que siempre me traía las comidas no se cansaba de darme conversación y al final me dejé atrapar y empezamos a hablar. Luego conocí al cocinero, e incluso a un par de los guardias que en tantas ocasiones habían arruinado mis intentos de fuga.

Empecé a pasar tiempo con ellos. Empecé a conocerles mejor. Les preguntaba sobre ellos, sobre cómo habían acabado en esa casa e incluso les interrogué sobre lo que pensaban de él. Y aunque sus historias fueran diferentes, todos coincidían en que sentían agradecimiento hacia él por darles un sitio donde poder vivir.

A mí también me interrogaron, por supuesto, aunque hubo un par de temas que nunca tocaron: que soy puro y el de la subasta. No estaba seguro de si era porque no lo sabían, no querían hacerme sentir mal o porque él había prohibido hablar de ello, pero se lo agradecí. No quería hablar de ello.

A partir de ese momento, en vez de pasar el tiempo encerrado en el cuarto o mirando hacia el exterior sentado en el tejado, lo que empecé a hacer fue merodear por la casa. Los del servicio me habían indicado las puertas que nunca debería atravesar y que correspondían al despacho y las habitaciones privadas de él, pero me aseguraron que era libre de investigar el resto de la casa.

Fue así como encontré la biblioteca. Cientos de libros se amontonaban en docenas de estanterías bien dispersadas por la sala formando pasillos estrechos. Curioseé un poco e incluso me atreví a sacar algún libro para ojearlo.

Fue en ese momento cuando volví a encontrarme frente a frente con él.

Reconozco que me asustó. Ni siquiera le había oído acercarse y ahora le tenía a apenas un metro de distancia, mirándome con curiosidad. Todavía con el libro en la mano, me mantuve en silencio. No sabía muy bien qué hacer ni qué decir, aunque eso no supuso un problema para él.

Me preguntó si me gustaba el lugar y yo le dije que era impresionante. Me dijo que si quería leer el libro podía llevármelo a mi cuarto y yo le confesé, con algo de vergüenza, que no sabía leer.

Me miró sorprendido, aunque pronto ocultó ese sentimiento. Quizá llegó a la conclusión de que, teniendo una vida como la que yo he tenido, saber leer no era algo tan esencial.

—Puedo enseñarte —me dijo—. Nunca es tarde para aprender.

Le miré dubitativo. Por un lado, la idea de aprender a leer me gustaba, sobre todo porque siempre había sentido una fascinación por los libros, estando entre mis posesiones más valiosas un libro para niños medio roto que había encontrado de pequeño. Por otro lado, la idea de pasar tiempo con él me asustaba porque aún no tenía claro lo que pensaba sobre él.

Terminé aceptando. La curiosidad era más fuerte y siempre ha sido mi gran perdición. Además, decidí que eso podría ayudarme a saber qué pensar sobre él.

Las clases de lectoescritura empezaron al día siguiente tras el desayuno. Me reuní con él en una de las habitaciones de la casa y, allí, empezó a explicarme las nociones más básicas.

¿Fue difícil? Tenía diecinueve años y ningún conocimiento sobre ello. Me frustraban mis lentos avances, aunque él aprendió pronto a calmar mis prisas y reírse de los improperios que soltaba cuando algo no me salía.

Al igual que la primera vez que había estado en la casa, poco a poco la tensión entre nosotros fue desapareciendo. Y si al principio solo hablábamos de letras, sílabas y fonética, pronto empezamos a hablar de otras cosas.

Pasó el tiempo. Las clases de lectoescritura dieron paso a unas de matemáticas y otros tipos de conocimientos. Mi curiosidad era enorme y estaba ávido de aprender. A él parecía gustarle mi entrega, pues no se negaba a enseñarme cualquier cosa que él supiera, o explicarme algo que no comprendiera del libro que estuviera leyendo.

De igual forma, tal y como hablábamos de algún tema que me estuviera enseñando, también empezamos a conocernos mejor. Él me preguntaba cosas sobre cómo había sido mi vida antes de esa noche, y yo le preguntaba, sobre todo, por cómo había sido la vida antes de la guerra.

Nos pasábamos horas hablando. Había noches en las que apenas dormíamos, y todo porque él me contaba cosas sobre cómo era el mundo antes o hablábamos sobre el último libro que había leído.

Reíamos, bromeábamos y discutíamos las veces en que nuestras opiniones sobre un tema cualquiera eran contrarias.

Y sí, quizá fue ahí cuando empecé a sentir algo por él. No lo sé. No estoy seguro. Lo único que sé es que, cuando lo descubrí, me asusté.

No sabía cómo había ocurrido ni porqué había empezado a sentir algo hacia él, pero me asustaba. Primero, porque nunca había sentido algo así por alguien; y segundo, porque por muy educado que fuera y por muy bien que me tratara, él seguía siendo un zombi y yo un puro.

Casi me daban ganas de reír por lo irreal que me parecía la situación. Apenas podía creerme que sintiera algo, nada más y nada menos, que por un zombi de los que yo siempre había intentando mantenerme alejado por mi propia seguridad.

Intenté negármelo, pero unas pocas palabras con él y mi “No puede ser” se transformó en un “Sí lo es”. Traté de mostrarme algo cortante y borde con él; sin embargo, tampoco funcionó. No podía tratarle así. Y las pocas veces que lo conseguía, dejaba de hacerlo cuando él me preguntaba preocupado si me pasaba algo.

Al final, tras unos cuantos días sin saber qué hacer, me decidí. Me iría de allí.

Sabía que era una decisión precipitada. No obstante, tras haberlo probado todo y no conseguir nada, sabía que lo mejor que podía hacer era irme de esa casa. Pensaba, para tratar de convencerme, que ya era hora de irme, que había pasado allí mucho más tiempo del que me había prometido.

No quería irme. Por primera vez en toda mi vida había encontrado un sitio en el que realmente me gustaba estar y era feliz, pero me convencí de que era lo mejor. Y por eso se lo dije esa misma tarde.

Mis palabras le sorprendieron y casi pareció que le dolieron. Sus ojos se abrieron y su sonrisa se congeló para pasar a mostrar una gran seriedad. Una máscara tras la que ocultó sus verdaderos sentimientos.

—¿Puedo preguntarte por qué? —me preguntó con voz calmada, como si estuviera explicándome alguna lección en vez de interrogándome sobre el motivo de mi inminente marcha.

—Creo que es lo mejor —respondí—. Aprecio cada momento que he pasado aquí y todo lo que has hecho por mí, pero creo que es mejor que me vaya ya. He abusado demasiado de tu hospitalidad y ambos sabemos que cuanto más me quede, más tardaré en volver a acostumbrarme a volver fuera.

Sí, podía haber omitido la razón principal por la que quería irme, aun así tampoco había dicho ninguna mentira. Quería quedarme, pero una parte de mí no estaba segura de querer quedarse en esa casa para siempre. Sabía que yo no pertenecía a ese mundo que él me había ofrecido, y por eso lo mejor era irme ya.

—Sabes que no hace falta que vuelvas allí si no quieres. Puedes quedarte aquí tanto tiempo como quieras y nunca te faltará de nada.

—¿Por qué? —le interrogué, tan desconcertado como curioso—. Puedo entender que antes quisieras que me quedara, pero ha pasado casi un año desde aquello, ¿por qué sigues queriendo que me quede?

Para mi gran sorpresa, mis preguntas le hicieron apartar la mirada. Le miré sin saber qué pensar. Le vi suspirar y esperé en silencio a que decidiera hablar. Quería mi respuesta.

—Porque me gusta tenerte aquí —declaró—. Me haces sentir cosas que creía ya olvidadas.

—¿Cosas? —repetí, desconcertado—. ¿Qué cosas?

Él me sonrió. Incluso aprovechó que estaba a un paso de distancia y alzó su mano para acariciarme la mejilla. Me quedé estático. Quitando la vez que me había curado las heridas, nunca me había tocado. Es más, siempre había mantenido la distancia entre nosotros. No sé si porque no quería asustarme o porque creía que podía perder el control. Y ahora me había tocado.

Sus dedos acariciaron mi mejilla con esa suavidad que tan bien recordaba. Y si eso me sorprendió, lo que luego me susurró al oído me dejó sin palabras:

—Amor, sobre todo. Me gustas. Mucho me temo que en este tiempo que has pasado aquí, he terminado enamorándome de ti.

El aire abandonó mis pulmones. La vista se me nubló y las piernas amenazaron con dejar de sostenerme. Me había costado convencerme de que sentía algo por él y que debía irme, pero jamás se me había ocurrido que el sentimiento pudiera ser correspondido.

Parpadeé un par de veces. Sabía que él esperaba una contestación por mi parte; sin embargo era incapaz de decir palabra. ¿Cómo si apenas podía creerme lo que acababa de escuchar?

Por su parte, él me miró preocupado. Incluso me obligó a sentarme al ver que estaba temblando. Supongo que pensó que reaccioné así por miedo, pues se disculpó por lo que había dicho y me aseguró que me dejaría marchar si era lo que deseaba. Luego trató de alejarse de mí. Le detuve.

Le agarré del brazo antes de que pudiera dar un solo paso. Él se giró sorprendido, pero no se apartó. Solo me miraba, esperando que por fin hablara; algo que hice:

—¿Es verdad eso? —le pregunté—. ¿De verdad sientes eso por mí? —Asintió—. ¿Desde cuándo?

—No lo sé. Llamaste mi atención ya desde el primer día. Y fui a esa subasta tanto porque sentía que te lo debía como porque no soportaba la idea de que cualquier otro te tuviera. Les habría matado a todos sin dudar, pero no hizo falta. El cuervo supo que le convenía más pactar conmigo que aceptar el dinero de cualquier otro. Y este último año, con todas esas clases y nuestras conversaciones, cada vez tenía más claro que sentía algo por ti.

Le miré a los ojos. Sabía que no me mentía, pero necesitaba de una última confirmación para poder creerle, para encontrar las fuerzas necesarias para hablar.

—Yo también —confesé—. Por eso te dije de irme, porque siento algo por ti y tengo miedo de que esto sea una locura por lo que somos. Porque nunca imaginé que tú…

—¿Que yo pudiera corresponderte? —terminó por mí. Asentí—. Yo pensé lo mismo.

Me sonrió y yo imité su gesto. Se arrodilló ante mí y yo nada pude hacer, salvo dejar que sus manos se posaran en mis mejillas y ver cómo se inclinaba poco a poco hacia mí.

Incluso cuando sus labios rozaron los míos, apenas pude creer que me estaba besando. Le correspondí, sí, pero creyendo que eso era un sueño, que estaba soñando, porque era imposible que algo así pasase en la realidad.

—No te vayas —me pidió al poner fin al beso—. Quédate conmigo.

Asentí. El beso me había dejado sin fuerzas para hablar, así que mi cabeza lo hizo por mí. Él sonrió y yo lo emulé. No sabía si estaba haciendo bien. Lo único que sabía era que estaba cometiendo la mayor locura de mi vida. Aun así no quería irme. Deseaba estar con él.

Los siguientes meses pasaron con rapidez y sin demasiados cambios. Como antes, pasábamos la mayor parte del día juntos y, como antes también, él mantenía la distancia entre ambos. No me sorprendía. Entendía que tuviera miedo de perder el control; era algo que también me asustaba.

Aun así, aunque al principio sus sonrisas y su más que patente preocupación por mi bienestar fueron suficiente, al final quedó patente que necesitaba más. Una caricia, un beso, un simple abrazo y, si nos íbamos más allá, incluso sexo.

Lo que ahora tenía era una nueva pregunta: ¿cómo te acercas física y sexualmente a un tío cuya bestia interior relaciona el sexo con la comida? No lo sabía, pero tampoco pensaba tardar mucho en averiguarlo.

No era virgen por esa época. En un mundo como este, el sexo es más una moneda de cambio que una expresión de amor. Es un trato simple: tú entregas tu cuerpo y a cambio obtienes protección y comida. Aunque, por supuesto, también tiene sus peligros. Eso lo aprendí rápido. ¿Cuándo? Cuando mi propia madre intentó matarme.

No la culpo, ¿sabéis? Hizo lo que cualquiera hubiera hecho de encontrar a “su hombre” con otro. No era por amor, es supervivencia. ¿Hijos? Siempre puedes tener más, pero tú sigues teniendo una sola vida.

Ahora lo veo así, pero por aquel entonces no lo veía igual. Solo tenía nueve años.

Maté a mi madre la misma noche que ella intentó matarme a mí. Y luego escapé del que había sido mi hogar sabiendo que, si los demás descubrían lo que había hecho, me matarían a mí también.

Huí, como ya he dicho. Sobreviví como pude durante los primeros días y cuando me uní a otro grupo, no dudé en hacer lo mismo que mi madre había hecho: sexo por protección.

Daba igual que fuera un niño o que fuera un hombre. El sexo es sexo, y más en casos así. No sé cómo sería antes, pero os aseguro que aquí nadie se niega a uno del mismo sexo cuando sabes que puede ser el último polvo de tu vida.

Resumiéndolo todo un poco, así pasé mis siguientes años. De tío en tío (y un par de veces alguna mujer), buscando a otro cuando el de ahora se aburría de mí o yo me iba del grupo. Más o menos fue así hasta que crecí y pude valerme por mí mismo. Y aun así, alguna vez volví a caer en el viejo trato.

Así que, como veis, tenía experiencia de sobra en este tema. Sin embargo, no estaba seguro de cómo acercarme a él.

No solo sabía que tendría que ir despacio, también sabía que iba a tener que luchar contra su reticencia a cada paso que quisiera avanzar.

No me rendí. Estaba decidido a conseguirlo.

Empecé por lo más sencillo: las caricias. Me conformaba con romper esa distancia que él imponía sobre ambos y hacer que nuestras manos se rozaran. Él me miraba desconcertado y yo sonreía ligeramente.

Iba despacio. Hacía lo que jamás había hecho solo porque sabía que se alejaría si era más directo con él. Trataba de ser paciente. Sabía que podía decirle un “Quiero hacerlo”, como también sabía que con eso solo conseguiría una negativa y que todos mis avances se esfumaran.

Por eso me conformaba con el lento avance que me había propuesto y disfrutaba de cada roce y, sobre todo, de cada mirada que me lanzaba. Miradas que al principio mostraban su desconcierto y que, poco a poco, me dejaron ver que empezaba a averiguar lo que tramaba.

No era idiota y, por supuesto, no quería ni pretendía engañarle u ocultarle lo que quería. Podía no estar seguro de lo que me diría, pero estaba dispuesto a convencerle.

Sin embargo, no fue una negación a lo que tuve que enfrentarme. No fue un “No deberíamos” lo que me dijo, sino un “¿Estás seguro?”. Y yo asentí, por supuesto. Le dije que eso era lo que quería, que estaba bien saber que correspondía mis sentimientos, pero que necesitaba algo más. Ambos lo necesitábamos.

Él me miró serio, pensativo. Y esa vez fui yo el que se arriesgó y acarició la piel de su mejilla para luego unir nuestros labios en un suave roce.

—Quiero poder besarte cada vez que lo desee —susurré sobre sus labios, con mi mirada fija en la suya—. Poder abrazarte o que me acaricies. No soporto tenerte tan lejos cuando estás tan cerca.

—¿Y si pierdo el control? —me preguntó con la duda en su voz—. Lo último que deseo es hacerte daño.

Era su gran miedo y ambos lo sabíamos, porque también era el mío. Sin embargo, yo confiaba en él y sabía que podíamos lograrlo. Solo tenía que conseguir que confiara en sí mismo.

—No lo harás —respondí—. Iremos despacio, tan despacio como necesites. Sé que esto no será cosa de dos días, que tendremos que ir paso a paso, pero estoy dispuesto a intentarlo. No me importa esperar a que te sientas seguro porque sé que lo conseguirás y que no me harás ningún daño.

Me miró en silencio, pensando en mi propuesta, evaluándola. Y yo esperé con una sonrisa en mi rostro, tratando de conseguir esa aceptación que me permitiría seguir con mi plan.

—¿Lento y seguro?

—Lento y seguro —prometí.

“Lento y seguro”. Fueron esas dos palabras las que marcaron nuestras acciones los días siguientes. “Lento y seguro”.

Solía ser yo quien llevaba la voz cantante, aunque a veces era él quien hacía el primer movimiento. Al principio con algo de recelo, como si creyese que me asustaría con su caricia, y, poco a poco, cada vez con más confianza.

Los besos costaron más. Casi parecía creer que me mordería a la primera oportunidad. Y una parte de mí quizá lo temía y por eso me adecué a su ritmo. Podía morirme por probar de nuevo esos labios, pero no quería que fuera de forma literal. Le dejé hacer.

La primera vez que me besó tras esa conversación, fue durante un almuerzo. Mi almuerzo. Él comía solo, aunque siempre me acompañaba. Decía que le gustaba verme comer. Que, aunque él ya no podía disfrutar de todos esos manjares, le gustaba verme a mí deleitándome con ellos.

Recuerdo que el postre era fruta. Un par de manzanas sacadas del invernadero que había construido tras la casa. Estaba escuchándole hablar sobre cómo era todo antes de la Gran Guerra, cuando de repente se detuvo en mitad de una frase.

Y yo le miré, extrañado. Pensé en llamarle, preguntarle si le pasaba algo, pero mis palabras murieron en mi garganta antes de poder ser pronunciadas.

Me besó. Se inclinó hacia mí y besó mis labios antes de que me diera tiempo a darme cuenta de que eso estaba pasando. Sentí su lengua lamer el jugo de la fruta de mi mentón, y yo gemí por lo bajo. Quería más.

—Lo siento —me dijo al separarse—. No pude resistirme.

Sus dedos acariciaron mi rostro y yo sonreí, disfrutando del gesto tanto como había disfrutado del beso. Me encantaba que tomara la iniciativa.

Los días pasaron. Y cuando las caricias parecían estar a la orden del día y parecía haber perdido el miedo a besarme, intenté algo más.

No estaba demasiado seguro de lo que pasaría, pero pensaba arriesgarme. Quería algo más. Quería llegar al siguiente nivel.

Le pedí que durmiera conmigo. “Solo dormir”, le prometí. Y aunque él me miró desconfiado, aceptó.

Fue la primera noche que pasamos en la misma cama. Y aunque no tenía pensado llegar lejos, tampoco desaproveché la oportunidad.

Me desvestí ante él. El pudor era algo que, tras todas las cosas que había hecho, no existía ya para mí. Aun así, no pude evitar sonrojarme al ver cómo me miraba. Porque no era la típica mirada que puedes dirigirle a un simple polvo de una noche. Literalmente sus ojos me decían lo mucho que deseaba comerme.

—No creo que esto sea una buena idea —susurró.

Sabía que tenía intención de irse, así que le detuve.

—Solo dormir —repetí—. Lo prometo.

Sin estar del todo seguro, asintió. Incluso dejó que le besara. Un pequeño gesto con el que intenté tranquilizarle a la vez que le transmitía mi alegría.

Nos acostamos, ambos en pijama. Él se quedó en uno de los extremos de la enorme cama que ocupaba parte de la que era su habitación, aunque no duró mucho así. Sabía que haría algo así, todo para interponer una distancia de seguridad entre nosotros. Por eso actué.

Salvé esos centímetros que nos separaban y me junté a él todo lo que pude. “Abrázame –le pedí-. Quiero dormir entre tus brazos”. Eso era lo que quería. No quería sexo como él podría haber pensado, solo que me abrazara. Sentirme seguro entre esos brazos que me protegían de todo mal.

Y lo hizo. Me abrazó. Podía sentirse inseguro al respecto, pero me rodeó con sus brazos.

Me acurruqué junto a él, feliz y relajado como hacía tiempo que no estaba. Sonreí contra su pecho y le hablé, todo en un intento de conseguir que la tensión de su cuerpo desapareciera.

“Gracias”, “Esto era lo que quería” y “No me harás daño”. Las palabras salían de mis labios en un susurro tranquilo que dejaba claro lo a gusto que me sentía entre sus brazos. A su vez, también cumplieron su función y pronto pude sentir que se relajaba.

Se acomodó en la cama y yo con él. Tenía la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón y estos eran más efectivos para mí que la mejor de las nanas.

Medio dormido ya, sentí su mano acariciando mi brazo. Incluso le sentí pegar su nariz a mi pelo e inhalar profundamente mi olor. No me asusté. Al contrario. Me quedé dormido con una sonrisa en mis labios.

Cuando desperté, hacía tiempo que había amanecido. Y aunque sabía que él acostumbraba a levantarse temprano, incluso antes que yo, ese día aún seguía en la cama a mi lado.

Me dio los buenos días, y yo alcé la cabeza para mirarle somnoliento. Sus brazos aún me rodeaban, aunque pronto una de sus manos tocó mi rostro, alzándomelo un poco más para poder besarme.

Y podía estar aún más dormido que despierto, o quizá fue por eso mismo, pero no dudé en alargar el beso e incluso profundizarlo. Me estaba dejando llevar por lo que sentía y deseaba y, por eso, no dudé en ponerme sobre él y juntar nuestras caderas.

Un gemido quedo salió de sus labios al igual que de los míos. Trató de romper el beso, pero no se lo permití. Porque me había vuelto adicto y, tras tanto tiempo, necesitaba mi dosis.

Estaba excitado. Podía sentir su erección pulsando junto a la mía. Pero cuando posé mis manos en su cintura, me detuvo.

—No —dijo.

Esa sola palabra y el tono con el que había sido pronunciada, hicieron que el sueño me abandonara del todo por fin. Sorprendido, me fijé en dónde estaba sentado y también en sus manos que sujetaban las mías. Me disculpé.

Negó con la cabeza. Intenté explicarme. Traté de decirle que no era eso lo que quería, que solo lo había hecho porque estaba medio dormido, pero él me acalló al posar un dedo sobre mis labios.

Me callé. Lo único que hice fue mirarle. Y ni siquiera dije nada cuando me alzó para posarme a su lado y, acto seguido, se levantó y salió de la habitación. Sabía que había metido la pata hasta el fondo.

Ese día no le vi. Suponía que no quería verme, así que no le busqué. Me quedé en mi propio cuarto pensando en lo sucedido y maldiciéndome porque, con mi acto, lo había jodido todo.

Fue la noche del día siguiente cuando le volví a ver. Ese día lo pasé de nuevo a solas, comiendo poco y maldiciendo mucho mi estupidez. Sin embargo, eso cambió cuando fue él quien me trajo la cena.

Cuando le vi, no pude evitar levantarme de la cama de un salto. Estaba nervioso y sorprendido. No le esperaba y eso se reflejó en mis actos.

Fue él quien habló primero. Un “¿Puedo? Te traje la cena” acompañado de un “Me dijeron que apenas comiste estos últimos días” que sonó a regañina.

Me sonrojé. Bajé la mirada y, en un susurro, respondí:

—Lo siento.

Me estaba disculpando por no comer y también por lo sucedido el día anterior. Y él lo sabía.

—Yo también. No debí haberme ido así. Perdóname.

Negué con la cabeza. Su marcha podía haberme dolido, pero eso no era lo importante. Además, la culpa había sido solo mía.

—Tenía miedo de hacerte daño.

Sus palabras sonaron más cerca. Y con razón. Tras posar la bandeja, se había acercado a mí hasta que solo un paso nos distanciaba.

Le miré. Posé mi mirada en su rostro y asentí para que viera que lo entendía. No le culpaba.

—No puedo darte eso. No aún —me dijo.

—Lo sé.

Realmente lo sabía. Además, como había tratado de decirle, no era eso lo que había buscado al decirle que quería dormir con él. Podía querer que eso pasara, pero también sabía que él no estaba preparado. Tenía demasiado miedo de dejarse llevar y acabar haciéndome daño.

Por su parte, él sonrió dando por finalizado ese tema de conversación.

—Ahora come. Debes estar hambriento.

Me agarró de la mano y yo me dejé llevar. Me hizo sentarme y colocó la bandeja frente a mí.

Cenamos en silencio. Salvo que esta vez fue él quien me dio de comer. Por mi parte, apenas le miraba. Y él lo notó, por supuesto, pues me preguntó varias veces qué me pasaba.

No contesté. Quería hablar sobre lo que había pasado, pero temía decírselo. ¿Y si volvía a desaparecer otro par de días? No quería eso.

La cena terminó y él todavía no me había sacado una respuesta. Le oí suspirar, seguramente decidiendo dejar así las cosas. Se levantó y, cuando se dispuso a irse, me atreví a hablar:

—Me gustó dormir contigo.

Había bajado la mirada, así que no pude ver su sonrisa. Lo que sí oí fue cómo se volvió hacia mí antes de contestarme.

—A mí también.

Alcé la cabeza y sonreí. Me sentía más confiado ahora que veía que no se arrepentía de haber accedido. Sin embargo, antes de que pudiera continuar y con eso decirle mi mayor deseo, él habló:

—Estaría bien repetirlo, ¿no crees?

Asentí ilusionado. No sabía si realmente pensaba eso, pero acababa de pronunciar las mismas palabras que yo estaba pensado.

—¿Qué te parece hoy? —me interrogó.

—Me encantaría.

Él asintió.

—Déjame llevar esto antes.

En silencio, y con una sonrisa boba en el rostro, le vi coger la bandeja y salir de la habitación con ella.

Me sentía pletórico. Esa misma mañana pensaba que lo había jodido todo y que no querría volver a saber de mí, y esa noche iba a volver a dormir con él. No podía creerlo.

Así fue. Nos acostamos juntos. Además, esa vez no intentó poner distancia entre nosotros, sino que abrió sus brazos, invitándome a pegarme a él.

Lo hice, por supuesto. También dejé que me abrazara como la vez anterior. Y también, como esa vez, él volvió a inhalar mi olor. Me reí.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Me encanta.

—¿A qué huelo? —seguí preguntando.

Sentía curiosidad. Sabía que había algo en mi olor que me identificaba como un puro, pero no sabía qué era o por qué ellos sí podían olerlo cuando los demás no.

—A la brisa otoñal del pueblo donde nací. —Le escuché decir—. A hierba recién cortada. Incluso a la comida casera de mi madre.

—¿A tantas cosas? —inquirí, sorprendido, a la vez que alzaba la cabeza para mirarle.

Él asintió.

—Tu olor me hace recordar cosas que creía ya olvidadas.

—¿Por eso sabes que soy un puro? —le interrogué.

—Supongo que sí. Eso y el hambre —agregó—. Esas ansias irrefrenables a las que tengo que hacer frente para no tocarte.

—Lo siento —me disculpé, escondiendo la cara contra su costado.

Sabía que no era mi culpa haber nacido así, pero sí lo era que él sintiera eso cada vez que estaba cerca.

Negó con la cabeza.

—No lo sientas —me dijo mientras acariciaba mi rostro—. Fue tu olor lo que me llevó al callejón ese día. Si no hubiera sido por eso, jamás te habría conocido.

Asentí sin que el sentimiento de culpa hubiera desaparecido del todo. Aun así, mi curiosidad fue más fuerte, y tenía muchas preguntas en mi cabeza deseosas de ser contestadas. Pregunté:

—¿Te has encontrado con más como yo?

—¿Puros? Sí. No seréis muchos, y cada vez quedáis menos, pero he vivido el tiempo suficiente como para haberme encontrado con unos pocos como tú.

—¿Cuántos?

—No muchos —me respondió tras pensarlo—. Cinco.

Asentí. Que fueran tan pocos daba fe de los pocos puros que quedábamos. Lo malo de preguntar eso era que una nueva pregunta se instaló en mi mente. Y aunque me imaginaba la respuesta, quería escucharla salir de sus labios.

—¿Y qué hiciste? ¿Los… los comiste?

Mi mirada estaba fija en su rostro, y solo por eso pude ver cómo se enseriaba antes de afirmar con la cabeza.

Era la respuesta que había esperado. Incluso así mi cuerpo se estremeció al imaginármelo.

—¿No te causa repulsa? —le pregunté en un susurro.

—¿Te la causa a ti la comida que comes? —me cuestionó él a su vez.

Negué con la cabeza. No era lo mismo. Mi comida ya estaba muerta cuando llegaba a mí. No como la suya.

—Para mí ya no son personas. Son presas —me confesó—. Los veo como mi comida. Nada más.

—¿Y al principio? ¿También lo veías así?

Era la primera vez que le preguntaba sobre ese tema. En nuestras anteriores conversaciones, siempre que le interrogaba era sobre cómo eran las cosas antes de la Gran Guerra. Me fascinaba la vida que habían tenido, tan diferente a como había sido mi propia vida. Sin embargo, ahora quería saber cómo habían sido las cosas justo tras la guerra, cuando las mutaciones empezaron a darse y la gente moría por ellas. Le pregunté.

Él se mantuvo en silencio. Podía ver que estaba tenso, que no quería hablar. Aun así, hizo un esfuerzo por recordar.

—Caos —me dijo finalmente—. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirlo, esa sería caos.

Le miré, curioso. Mis ojos no se apartaban de su rostro mientras escuchaba con total atención.

Fue así como me habló de todas esas ciudades y esos países que desaparecieron tras la guerra. Los muertos que se contaban por millones. La confusión y el miedo cuando las primeras mutaciones se dieron. Cuando la gente empezó a morir a gran escala otra vez.

Sus palabras me transportaron a esa época. Podía imaginármelo tan bien como si realmente estuviera allí. Me estremecí.

—¿Y tú? ¿Cómo lo descubriste tú?

—Fue por la comida —me dijo tras casi un minuto de silencio—. Daba igual lo que comiera, lo vomitaba. Al principio creí que estaba enfermo. Luego, tras días de no comer nada, supe que iba a morir.

—Pero no moriste —le corté—. ¿Por qué?

—Comí.

Esa respuesta tan simple aclaró todas mis dudas. Aun así, él siguió hablando. No le interrumpí. Quería saber más.

—Un día hubo un temblor. A mí no me pasó nada, pero otros no tuvieron la misma suerte. Un chico, el dependiente de la tienda donde solía ir a comprar, quedó atrapado bajo unos escombros. Podría decirte que le encontré por casualidad, pero estaría mintiendo. Si le encontré, fue por su olor.

Se detuvo, titubeante. Y podía quedarme con esa explicación, pero mi curiosidad era más fuerte.

—¿Era como yo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió—. No sé si era un puro o que los cambios no habían empezado a darse en él. Todo lo que sabía era que yo estaba débil, muy débil. Me había arrastrado allí siguiendo mi instinto y mi olfato, y todo lo que quería era comer.

»Me pidió ayuda. Me pidió que, por favor, le ayudase. Yo le dije que tenía hambre. El resto… Eso puedes imaginártelo.

Asentí. No necesitaba de palabras ni confirmaciones para saber lo que había ocurrido. Él mismo lo había dicho antes. Comió. Se alimentó de él.

—¿Qué sentiste?

No necesitaba una explicación sobre lo que había hecho. No la quería. Lo que sí me intrigaba era lo que sintió al darse cuenta de lo que tendría que hacer si quería vivir.

—Sentí que era la carne más deliciosa que había probado en la vida. Mis fuerzas regresaban con cada bocado, así que no dejé de comer. Luego, cuando ya estaba saciado, sentí asco. No hacia lo que había hecho, sino hacia mí mismo porque me había gustado. Había disfrutado.

No me miró al hablar. Sus ojos estaban fijos en el techo de la habitación en vez de en mí. Yo sí le miré. Podía sentir mi cuerpo temblar, y sé que se dio cuenta, porque me preguntó si le temía.

—No —respondí.

Era la verdad. No tenía miedo. Sabía que no me haría nada. Mi temblor se debía más al hecho de ponerme en su lugar en una situación así. Sabía que habría hecho lo mismo.

Me miró con duda y yo le sonreí. Incluso me incliné un poco para poder besarle. Quería que viera que no mentía. Quería que olvidara todas esas dudas y las dejara atrás.

—Aun así, quieres hacerlo. —Le escuché decir al romper el beso.

—Cuando estés preparado.

—¿Y si nunca lo estoy?

—Lo estarás —respondí con una sonrisa con la que trataba de animarle—. Sé que lo conseguirás.

No dijo más, aunque su rostro se tornó pensativo. Por mi parte, me acomodé contra él una vez más y, a los pocos minutos, me había dormido.

Pasaron los días. Las muestras de afecto eran frecuentes e incluso dormíamos juntos, pero nada más. Ambos nos conformábamos con eso. ¿Teníamos erecciones matutinas? Por supuesto. ¿Sueños eróticos? Obvio. Pese a ello, ninguno hacía nada.

Más de una vez le pillé mirándome. O, mejor dicho, mirando el bulto de mi entrepierna. Al igual que yo le miraba a él. Aun así, tuvo que pasar casi una semana antes de que me atreviera a poner en palabras la idea que se había asentado en mi cabeza.

Esa vez lo hablé con él. La idea era peligrosa y sabía que sería una estupidez llevarla a cabo sin avisarle antes. Cualquier cosa podría pasar y yo acabar muerto. Así que decidí hablar con él.

Mi idea era simple. Sabía que no estaba preparado para un contacto más íntimo, pero ¿y si era yo quien se tocaba mientras él me miraba desde la otra punta de la habitación? Era peligroso, pero también podía ayudarnos.

Su rostro se ensombreció al escucharme. Todas sus dudas se reflejaron en su cara y casi pude sentir la negativa en sus labios.

Logré convencerle. Le dije que no haría falta que me tocara ni que se acercara a mí. También le aseguré que me detendría si me lo pedía. Y que lo entendería si salía de la habitación antes de que todo acabara. Seguí viendo la duda en sus ojos pero, tras pensárselo, asintió.

Lo intentamos ese mismo día. Yo estaba sobre la cama y él sentado en un sillón en el extremo opuesto del cuarto. Los nervios y la tensión podían cortarse con un cuchillo, pero me obligué a comenzar. Me empecé a desvestir.

No salió bien. Su mirada fija en mí me excitaba. Al igual que el morbo por lo peligroso de la situación. Él también estaba excitado. La erección en sus pantalones era una prueba innegable. La otra era el ansia en sus ojos.

Por eso se fue. Salió de la habitación cuando sus ganas de comer crecieron demasiado. Era eso o hacerme daño.

No le culpé, por supuesto. Ya había imaginado que eso pasaría. Aun así, no perdí la esperanza. Quería creer que algún día podríamos llegar a estar juntos.

Y, tras semanas de intentos frustrados y algún que otro avance, por fin llegó el día. Esa vez yo estaba sentado sobre sus piernas. Estaba desnudo, por supuesto. Mis manos estrujaban su camisa y mis labios soltaban mi entrecortado aliento contra su cuello. ¿La razón? Esos dedos que me penetraban y la mano que nos masturbaba a ambos.

Estaba exultante. Por fin había conseguido algo más de participación por su parte y ahora apenas podía dejar de gemir su nombre junto a los “Más” y los “No pares. Por favor, no pares”.

La gran sorpresa llegó en ese momento, y fue un movimiento tan rápido, brusco e inesperado que me sacó un grito y me asustó. Porque aunque estaba sentado en sus piernas, al momento siguiente me había lanzado contra la cama, se colocó sobre mí y me penetró.

Mi grito fue más por la sorpresa que por el dolor. Celebraba que fuera más participativo, pero aun así no esperaba que llegáramos a este punto. No me quejé. Respondí a su beso cuando lo inició y moví mis caderas al son de las suyas. Quería disfrutar del momento, y quizá por eso no le di importancia cuando sentí sus labios en mi cuello. Fue un gran error. Puede que al principio solo me besara o se conformara con lamer mi sudor, sin embargo, pronto eso no fue suficiente.

En el momento en el que sentí sus dientes mordisqueando mi cuello y mi hombro, me excité incluso más de lo que ya estaba. El problema vino cuando hundió sus dientes en mi piel, cuando sentí mi propia sangre brotar de la herida y acabar en su boca.

Gemí de dolor y también por la excitación. La idea de alimentarle me excitaba tanto como me asustaba. No temía a la muerte, y quizá por eso en vez de alejarle lo que hice fue acercarle aún más a mí.

Deseaba que me mordiera de nuevo, que me comiera. Mi cuerpo se estremecía y de mi boca solo salía su nombre, siendo de forma entrecortada cuando me mordió de nuevo. Sonreí extasiado y solo me quejé cuando se alejó.

Le miré extrañado. Estaba confundido y desencantado. Sabía por qué se había separado, pero no por ello me gustaba la idea. Le llamé, pero él no me miró. Tenía la cabeza baja, con la sangre manchando su mentón. Estaba serio, tanto como jamás le había visto antes. Traté de acercarme pero se alejó. Le llamé de nuevo, esta vez preocupado, pero él negó con la cabeza y retrocedió aún más, saliendo de la propia habitación cuando intenté detenerle.

En el mismo momento en el que la puerta se cerró, solo pude parpadear sorprendido. La situación se había descontrolado de una forma que nunca me había imaginado y ahora me sentía excitado, confundido y, sobre todo, abandonado.

Me levanté, y el mareo que me sobrevino me obligó a apoyarme en la cama. Cerré los ojos y me llevé la mano al lugar donde me había mordido. Ahora que la excitación había pasado, el dolor era lo único que sentía. Lo peor fue comprobar que el daño era mayor de lo que había creído. Sangraba demasiado para una simple herida, y por eso llegué a la conclusión de que me había sesgado la yugular.

La puerta se abrió en ese instante, dando paso a la chica del servicio. Aunque poco más recuerdo de ese momento, pues no tardé mucho en desmayarme.

Cuando desperté, el dolor de mi cuello casi había desaparecido. Curioso, me llevé la mano al cuello solo para descubrir que me lo habían vendado. Eso era bueno. Explicaba por qué seguía vivo.

No sabía la hora exacta que era, pero pude ver que tenía una bandeja con comida sobre la mesita, al lado de la cama. Comí. Estaba hambriento, así que no dudé en comer la fruta que habían dejado ahí para mí, bebiendo también el vaso que había junto al plato.

Tras eso, no vacilé en levantarme y salir del cuarto. Quería saber qué había pasado, que me dijeran cuánto tiempo había estado inconsciente y, sobre todo, quería verle. Podía haber disfrutado el mordisco, podía haberme excitado por ello, pero estaba preocupado por él. Necesitaba verle.

Recorrí varios de los pasillos. El lugar era grande, aunque no tardé en llegar a la cocina. Allí, la chica y el cocinero no tardaron en volverse hacia mí al verme. La primera intentó que volviera a la cama, diciendo que necesitaba descanso. No obstante, cuando vio que eso no sería posible, accedió a que me quedara con ellos.

Gracias a ellos descubrí que llevaba casi dos días en la cama. Como había supuesto, el mordisco fue más grave de lo que me pareció y la yugular se vio afectada. Fue una suerte que lograran parar la hemorragia a tiempo, y luego el descanso me devolvió las fuerzas perdidas.

También les pregunté por él, quería saber dónde estaba y verle, hablar con él sobre lo ocurrido. Sin embargo, lo único que pude sacar de ellos era que había salido y que no sabían cuándo volvería.

Chasqué la lengua decepcionado. Comí y bebí un poco más, aprovechando la comida que estaban haciendo. En vez de volver a mi cuarto, no quise desperdiciar que ese día no llovía y salí al jardín. Sabía que algo de sol y calor me vendría bien.

Así pasé los siguientes tres días. Me levantaba, desayunaba, le preguntaba a la del servicio por él y, cuando me respondía que aún no había llegado, dedicaba el día a recuperar fuerzas.

Fue al cuarto día cuando supe que había llegado. Me había quedado dormido en el jardín, así que, cuando me desperté y vi que estaba en mi cuarto, supe al instante que él había regresado.

Me levanté de la cama y salí de la habitación. No sabía por dónde empezar a buscar, pero no me hizo falta. Me lo encontré de frente nada más dar unos pasos.

“Iba a buscarte”, le dije, deteniéndome antes de darme de bruces contra él. Asintió en silencio. Dio media vuelta y empezó a caminar. Le seguí. No estaba muy seguro de adónde se dirigía, pero no estaba dispuesto a quedarme atrás. Teníamos que hablar.

Entramos en su despacho. Era la primera vez que entraba en esa habitación, y, a pesar de ello, los libros, muebles, cuadros y la chimenea que en otra ocasión hubieran atraído mi atención, esa vez apenas se llevaron un rápido vistazo por mi parte. Mi atención estaba centrada en otra cosa.

—Lo siento. —Le escuché decir.

Le miré. Se había separado de mí para ir hacia la ventana, donde se había apoyado. Me miraba desde allí con una cara tan seria que en realidad parecía que se había muerto alguien.

Negué con la cabeza. Intenté decirle que no era culpa suya, que yo tuve la culpa al haberle llevado a tal extremo. No me dejó hablar.

—No debí dejarme llevar.

—Y yo debí apartarte —le corté—. No te culpo por lo que pasó. Solo… Solo me hubiera gustado que no hubieras desaparecido.

Lo último lo dije en un susurro. Era lo que más me había dolido. Comprendía por qué había tenido que irse, lo sabía, pero me habría gustado verle a mi lado cuando desperté esa primera vez. No haber tenido que preguntarme dónde estaba durante todos esos días.

Él desvió la mirada. Quería acercarme a él; sin embargo, debido a lo tenso que le veía, temía que me rechazara.

No sabía qué decir. Sabía que debíamos hablar del tema, aclararlo todo, pero las palabras no salían de mi boca. Quedaban atrapadas en mi garganta.

—He estado pensando.

Alcé la vista nada más escucharle. Le miré interrogante, pero él no me miraba a mí. No en ese momento al menos. Sus ojos estaban centrados en lo que sucedía al otro lado de la ventana.

—¿A qué te refieres? —le pregunté, avanzando un paso hacia él.

—No pienso volver a tocarte.

Las palabras me causaron tal impresión que me detuve en mitad de un paso. Le miré. Ahora sí me miraba, y lo único que veía era una enorme seriedad en sus ojos.

—¿Qué? —farfullé, aún sin procesar lo que mis oídos habían escuchado—. ¿Por qué?

—No pienso volver a ponerte en peligro. Todo esto fue una insensatez. Nunca debimos…

—¡Pero tú querías! —exclamé.

Él asintió. Eso era bueno. Al menos no lo negaba, no me echaba toda la culpa a mí. Lo que dijo luego ya no me gustó tanto:

—Fue una estupidez. Debí entender que nunca podría llegar a darte lo que querías. Que lo único que conseguiría con esto sería ponerte en peligro.

Negué con la cabeza. No quería seguir escuchándole decir eso. Podía haber salido mal, pero esa solo había sido una de las muchas veces en las que algo fue mal. Y no entendía por qué quería rendirse ahora.

—Vale, sí, salió mal —acepté. Estaba nervioso y tuve que estrujarme las manos para que dejaran de temblar—. Pero… Pero no hay por qué ser tan negativo. Podemos volver a intentarlo —le dije, esperanzado—. Hacer como antes: esperar a que estés preparado y…

—¡Pude haberte matado!

—¡Pero no lo hiciste! —le rebatí con acierto—. ¡Te controlaste!

—¿Control? —La risa sarcástica que salió de sus labios me hizo callar—. ¿Sabes acaso lo que he estado haciendo estos últimos días? He estado cazando —me confesó—. Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses. ¿Y sabes qué es lo peor? —Negué con la cabeza. Una parte de mí lo presentía, pero no quería confirmarlo. No quería escucharlo—. Que daba igual a cuántas personas comiera. Siempre tenía que luchar contra la idea de volver aquí y matarte.

Mi cuerpo se estremeció. La primera causa era el miedo, la segunda, la excitación. Ahora que se había acercado a mí, ahora que estábamos frente a frente, veía el hambre en sus ojos, veía sus ganas de comerme, y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba.

Abrí la boca. Quería explicarme, decirle algo, cualquier cosa, pero él no me dejó hablar.

—No voy a volver a tocarte —repitió—. Y no hay más que hablar.

La discusión terminó ahí, por supuesto. Sabía que nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Y yo estaba demasiado furioso y asustado como para querer seguir allí con él.

Me fui. Abandoné la habitación tras un portazo y me encerré en mi propio cuarto. No quería volver a saber de él. No hasta que los ánimos se calmaran.

La tensión que hubo en la casa los días siguientes podía cortarse con un cuchillo. No le vi. No quería. Aún estaba enfadado. Me enojaba pensar que quería rendirse solo por un fallo. Sí, podía haber muerto, pero era algo que yo había asumido cuando acepté seguir en esa casa, cuando le dije que necesitaba algo más que solo saber que sentía algo por mí.

Además, todo había acabado en un susto, ¿no? Nada malo me había pasado al final. Él se había reprimido. Se había ido para evitar hacerme más daño. Aunque lo único que había conseguido era que matara a todas esas personas los días que no estuvo en la casa.

El pensamiento no me gustaba, pero estaba ahí. Aun así, más que asustarme o asquearme, mi cuerpo temblaba por otro sentimiento al que no me atreví a poner nombre.

Esos días, en vez de comer con él como iba siendo lo habitual, bajaba a la cocina. No quería verle, pero tampoco quería comer solo. Por eso bajaba, así podía estar con la chica del servicio, el cocinero y, a veces, alguno de los guardias.

Eran ellos los que me entretenían y me hablaban de las cosas que pasaban en el exterior. ¿Cómo se enteraban? Nunca se lo pregunté. No lo vi importante.

Excepto un día. Uno de esos en los que comí junto a ellos. Había pasado ya casi una semana desde la discusión y los ánimos aún no se habían calmado. Y eso se notaba. Incluso ellos lo notaban. Fue ese día cuando la chica decidió preguntarme. Y fue ahí cuando les conté todo lo que había pasado.

Se hizo el silencio. Sabía que estaban al tanto de nuestra relación, pero nunca me preocupé por saber qué opinaban. Por suerte, ninguno parecía creer que en verdad me estaba aprovechando de su jefe. Lo que más pude ver en sus rostros fue la preocupación.

—Chico, si un zombi te dice que te alejes de él por tu propio bien, tú callas y obedeces —empezó a hablar el cocinero, rompiendo con ello el silencio creado—. Si hubiera una lista de seres a los que es mejor hacer caso, te aseguro que él estaría en la primera posición. Los suicidas no viven mucho tiempo, y nunca te tomé por uno.

Traté de explicarme, pero él me acalló al alzar un dedo de su diestra.

—Voy a contarte algo. Llevo mucho tiempo aquí, y eso me ha permitido descubrir cosas sobre los zombis que, de otro modo, jamás habría llegado a saber. ¿Quieres que te diga una de ellas? —Asentí—. Aprendí que el metabolismo de los zombis es más lento que el nuestro. ¿Sabes lo que significa? Significa que no necesitan alimentarse tantas veces como nosotros —se respondió sin darme opción a hablar—. Es la gula lo que les hace comer tanto. El simple acto de cazar y comer. Pero no lo necesitan realmente. En todos los años que llevo aquí he podido confirmarlo. Él, por ejemplo, solo se alimenta una o dos veces al mes. ¿Sabes cuántas veces se alimenta desde que llegaste a esta casa? —Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y supe que la respuesta no me gustaría. Negué con la cabeza—. Una o hasta dos por semana.

La confesión me pilló desprevenido y me hizo pensar. Porque si ahora comía tanto era por mi culpa, para evitar que el hambre pudiera con él y, así, no hacerme daño.

Por otra parte, sus palabras volvieron a mí. Ese “Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses” que me dejó pensando cuántas muertes se habían dado por mi culpa esos días que había pasado fuera.

El resto del día lo pasé pensando en todo ese tema. Sabía que no quería dejarlo, no pensaba rendirme, pero tenía que encontrar una forma con la que llegar a un acuerdo con él. Hacerle ver que, a pesar de que pude haber muerto, eso podría no volver a pasar si teníamos aún más cuidado.

Decidí hablar con él. Quería arreglar las cosas y, además, le echaba de menos.

No estaba seguro de dónde podría estar, así que le busqué primero por fuera y luego por los lugares donde solía estar, como la biblioteca. Después fui a su despacho, pero no estaba allí. Al final, me decidí por buscarle en su cuarto.

Me dirigí hacia la habitación, deseando que estuviera allí. Quería verle. Lo necesitaba. Podía haber estado enfadado, pero ahora ya no lo estaba. Lo único que quería era aclarar las cosas y poder estar con él.

Sin embargo, no llegué a tocar la puerta de su habitación. ¿El motivo? Los sonidos que provenían de la habitación de al lado.

Me detuve en mitad del pasillo. Mi mente centrada en esos sonidos que, al instante, pude definir como gemidos. Miré hacia la puerta. Nunca había estado al otro lado, pero sabía que era una de las habitaciones prohibidas. ¿Qué era lo que hacía allí? No lo sabía, pero tenía mis sospechas.

Inconscientemente, mis pies se movieron y pronto estuve justo frente a ese trozo de madera que me distanciaba de él. Mi mano estaba posada en el pomo, uno que no tardé en girar para poder acceder a la habitación.

Lo que vi allí, me dejó sin palabras. Podía haber visto a zombis alimentándose alguna vez, pero nunca desde tan cerca. Porque eso era lo que estaba haciendo él. Allí, en esa cama que ocupaba la mayor parte de la habitación y que era casi el único mueble en ella. Allí, junto a una chica que le abrazaba y en ese momento le besaba. Los dos cubiertos de sangre, los dos tan juntos que parecían uno… No pude evitarlo. Me excité.

Y algún ruido debí hacer, o quizá fue mi propio olor lo que le advirtió, porque no tardó en distanciarse de ella e, incluso, volverse hacia mí.

Me miró. Susurró mi nombre con unos labios cubiertos de sangre que luego goteaba desde su mentón hasta su pecho desnudo. Me miró y en sus ojos pude ver hambre y sorpresa, pero también miedo.

Se levantó. La chica se quejó por la pérdida de atención, pero él la ignoró. Solo tenía ojos para mí. Igual que yo para él.

Se acercó. Caminó despacio y yo solo podía mirar. Quería hacer algo, pero no estaba seguro de qué. ¿Irme? ¿Quedarme? ¿Acercarme a él? No lo sabía. Mi cuerpo no me obedecía y en mi mente solo se repetía la escena anterior una y otra vez.

Estaba en shock.

Ni siquiera escuchaba. Él decía mi nombre, pero no le oía. La única palabra que finalmente llegó a mí, fue una orden: “Vete”.

Obedecí, por supuesto. Antes de darme cuenta, mis pies me habían sacado de esa habitación y me habían llevado a la mía.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella mientras mi mente trataba de asimilar lo que acababa de ver. No sé cuántos minutos estuve así, solo me separé cuando alguien llamó.

El gesto me hizo dar un pequeño salto al no esperármelo. Miré la puerta. No me hacía falta preguntar para saber que era él quien había llamado. Lo que no sabía era si quería abrirle.

Lo hice.

Tras un minuto sin saber qué hacer, abrí la puerta y le dejé entrar. Él estaba ahí. Salvo que ya no había sangre e iba completamente vestido. No quería asustarme.

Me aparté de él. Me acerqué a la cama, dejando espacio entre nosotros. No estaba seguro de qué decirle ahora que le tenía delante. La discusión había pasado al olvido, siendo suplantada por la imagen de él alimentándose.

—¿Quién es ella? —le pregunté entre celoso y curioso.

Se encogió de hombros. Se había mantenido en silencio hasta ahora, quizá porque tampoco estaba seguro de cómo explicarse ni qué decir, pero no dudó en contestarme:

—No lo sé —me dijo—. Alguien que quiere morir.

Le miré confundido. Y él debió de ver la incomprensión en mi rostro, pues no tardó en explicarse.

Me dijo que era conocido no solo por su poder, sino porque aceptaba a esos que querían morir. De esa manera, muchas personas preferían acercarse a la casa y acceder a ser comidas en vez de suicidarse de alguna otra forma. Él aceptaba, por supuesto. Eso implicaba tener comida gratis todo el año.

—Y los que te comiste esos días que estuviste fuera, ¿también eran gente que quería morir? —le interrogué a sabiendas de la respuesta que me daría.

—Sabes que no.

Asentí en silencio. La respuesta era la prevista, pero eso no lo hacía más fácil. Ni siquiera saber que algunos le buscaban para morir facilitaba las cosas.

Él se mantuvo en silencio. Me dejó mi tiempo y también espacio para procesarlo todo. Aunque había algo más que hacía que no se atreviera a acercárseme. ¿El qué? El miedo a un posible rechazo por mi parte.

Porque a mí podía asustarme la idea de que él se dejara llevar y terminara matándome, pero a él también le asustaba que yo decidiera alejarme de su lado por miedo.

Lo que él no sabía era que no solo había sentido miedo. Lo que él desconocía era que verle en esas condiciones, en vez de asquearme, había conseguido excitarme. Quizá por eso no se esperó las siguientes palabras que pronuncié:

—Quiero estar presente.

La perplejidad se quedó pequeña al lado de lo que sintió al oírme. Sabía a qué me refería. Sabía que lo que quería era estar presente cuando volviera a comer. Se negó.

—Es peligroso —trató de hacerme ver.

—Puede ser —admití—. Pero piénsalo, estabas más calmado ahí que la otra vez que estuvimos solos —le dije—. No me atacaste. Pudiste hacerlo y no me tocaste.

—Fue por la sorpresa. No esperaba que me vieras así.

Negué con la cabeza. No quería escuchar esas excusas con las que intentaría convencerme. Lo que quería era que me escuchara ahora a mí. Me enfrenté a él, serio, tomándome la licencia incluso de señalarle y golpear su pecho con mi dedo al mismo tiempo que hablaba.

—Tu alimentación es parte de lo que eres y no vas a conseguir alejarme de esto. Me da lo mismo que tengas que alimentarte de personas y que las folles mientras te las comes. No pienso quedarme a un lado —declaré—. Quién sabe, quizás así consigas ir aceptándome poco a poco —agregué con una sonrisa ahora.

Él me miró fijamente. Sabía que intentaría negarse, así que le acallé al alzar un dedo. “Si tengo que volver a entrar cuando estés en esas, lo haré”, le aseguré. Y él supo que hablaba en serio. Y por poco que le gustara la idea, aceptó.

—Pero te quedarás al margen —me dijo—. Te quiero en la puerta, no más cerca. Y saldrás si hago el amago de acercarme a ti.

Asentí. Era mucho más de lo que había esperado conseguir en un principio, así que no me negué a ello. Sus condiciones tenían sentido y sabía que solo se preocupaba por mí. Habría aceptado, pero eso no quería decir que se arriesgaría aún más a hacerme daño.

Aclarado todo, sonreí. Por primera vez en ese día, me permití sonreírle. Acto seguido, me acerqué a él y le abracé. Porque, ahora que todo estaba claro, quería que viera no solo que no le temía, también que le extrañaba y que quería estar a su lado como antes.

Le noté tenso, pero pronto respondió a mi gesto. Me rodeó con sus brazos y me estrechó con fuerza. “Prométeme que tendrás cuidado”, me susurró al oído tras aspirar una vez más mi olor. Y yo asentí.

Decidimos intentarlo la próxima vez que él comiera. La víctima era un chico esta vez. Otro más que se había cansado de la vida afuera y quería ponerle fin.

Estaba nervioso, de pie al lado de la puerta. Tenía órdenes de salir de la habitación si veía que algo iba mal. Aunque claro, no podía decirse que quedarme ahí parado mientras veía cómo mi pareja se comía y follaba a un desconocido fuera del todo normal.

¿Qué ocurrió? No voy a daros detalles de cómo le folló o cómo le comió. Os diré que lo vi todo y que no fue asco lo que sentí.

Él me miraba. Parecía estar centrado en el otro, pero en verdad desviaba su mirada hacia mí cada cierto tiempo. ¿Por qué lo hacía? Quizá por ansia o quizá para asegurarse que seguía ahí, inmóvil, viéndole alimentarse.

Fue cuando todo terminó y él se acercó a mí, cuando asimilé totalmente lo que había visto. Solté todo el aire en un exabrupto. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared.

Le pregunté si iba a comerme a mí también, y él negó con la cabeza. Lo que hizo fue sostenerme y llevarme a mi cuarto. Y puede que se hubiera limpiado parte de la sangre y el resto de fluidos, aun así, el olor llegó a mí con más fuerza que antes, inundando mis sentidos.

El resto del día lo pasé en la cama. Él desapareció un tiempo para ducharse y cambiarse, después volvió y permaneció conmigo el resto de la noche. Primero, sentado en el sillón. Luego, cuando le llamé, a mi lado en la cama.

Ninguno habló sobre lo que había pasado. Sabía que no había nada que explicar y yo tampoco tenía nada que decirle. Lo único que me preguntó era si quería seguir con eso. Asentí. Porque podía haber sido difícil, porque podía tener grabados en mi mente los gemidos y luego los gritos del chico, pero no pensaba rendirme. Había elegido ese camino y pensaba recorrerlo hasta el final.

Pasaron los días. Él se alimentaba y yo estaba ahí. Lo veía todo desde la puerta, sin acercarme, sin moverme, escuchándolo y viéndolo todo como un mero espectador más.

Hasta que un día no pude quedarme al margen y me acerqué. Fui hacia él, hacia esa cama de sábanas revueltas y manchadas donde estaba dándose su festín. Caminé hacia ellos y, una vez a su lado, sonreí cuando me miró.

Luego le besé. No le dejé decir nada, no le di tiempo. Uní mis labios a los suyos y saboreé la sangre del otro al mismo tiempo que su boca. “Fóllame”, le dije y él asintió con la lujuria y el hambre brillando en sus ojos.

Me desvistió a toda prisa. Las caras ropas que llevaba puestas no tardaron en convertirse en un amasijo de harapos tirados en el suelo. Su fuerza era amedrentadora, y lo que más morbo me daba era saber que en cualquier momento podía rendirse a su instinto y comerme a mí también.

No lo hizo. No estaría contándoos esto de haber muerto ese día. Pudo morderme con saña, arrancarme algún grito de placer y dolor y saborear mi sangre al hacerme alguna herida, pero nada serio. A mí me folló y al otro le devoró. Y aunque fue a mí a quien llevó al clímax entre sangre y vísceras, no pude evitar sentir cierta envidia por ese chico que le había servido de cena. Porque el chico había muerto por él, porque con ese gesto se lo había dado todo, y a mí no me dejaba hacer lo mismo.

Repetimos esa misma situación muchas veces más. Paradójicamente, esta parecía ser la única manera en la que podía follarme sin temor a convertirme en su almuerzo, así que lo aprovechamos.

Siempre era igual. Yo me quedaba junto a la puerta y, cuando él ya había comido lo suficiente, me acercaba y lo hacíamos rodeados por los restos del otro. A veces sentía trozos de carne pasar a mi boca durante un beso. Otras veces sentía las vísceras reventar bajo el peso de ambos. En el primer caso, tragaba la carne sin darle importancia, y en el segundo, dejaba que él me lamiera hasta quedar satisfecho. La envidia nunca se fue, aunque reconozco que disfrutaba de esas sesiones de sexo desenfrenado como un niño de su juguete nuevo. Era tan excitante como peligroso, y eso me encantaba.

No fue suficiente. Poco a poco empecé a desear más.

La idea de que me mordiera se instaló en mi cabeza. Me excitaba pensar en ser comido por él. No era por el hecho de que me comiera, sino por todo lo que ese gesto significaba. Porque así sería parte de él.

Sin embargo, sabía bien que no aceptaría. No me hacía falta hablar con él para saber cuál sería su respuesta. Me la imaginaba muy bien.

Por ello, lo que hice fue tratar de conformarme con mordiscos. Le pedía que me mordiera. “Más fuerte”, “Hazme sangrar”, le susurraba cada vez que notaba sus dientes en mi piel. Luego fui yo quien le besaba tras hacerme una herida en el labio o la lengua. Quería que se descontrolara y me comiera. Y por eso, cada orgasmo que me provocaba tenía un pequeño regusto a derrota. Seguía vivo.

Se dio cuenta, por supuesto. Puede que al principio pensara que todo se debía a la excitación del momento, pero no tardó en atar cabos. Se enfrentó a mí. Discutimos. Él me decía que estaba loco y yo le replicaba diciéndole que era mi vida y que podía hacer con ella lo que quisiera.

Intentó convencerme. Me dijo que no quería perderme. Y yo le respondí que terminaría perdiéndome igual. Que, de esta forma, al menos formaría parte de él.

No accedió, por supuesto. Me dejó solo en el cuarto tras declarar que no pensaba hacerlo, y me avergüenza decir que destrocé un par de cosas a causa de mi enfado por no conseguir lo que quería.

Más días pasaron. El tema seguía presente y eso se notaba en la tensión entre ambos. Y podía comprender su punto de vista, pero también sabía que eso que teníamos no duraría para siempre. Porque él no envejecía y yo sí. Porque pronto podía cansarse de mí y abandonarme a mi suerte tras cambiarme por otro.

Lo reconozco, ese era mi mayor miedo. Porque podía ser joven, pero eso no duraría para siempre. Y él seguiría ahí, viviendo incluso cuando mis huesos se convirtieran en polvo con el paso de los años. Porque mi vida y todos los momentos compartidos no ocupaban más que un parpadeo si lo comparábamos con el tiempo que él viviría. Algo que terminaría olvidando. Por eso quería que me comiera ahora antes de que eso pasara.

Traté de explicarme, pero no quería escuchar. Me decía que, si quería que eso pasara, más me valdría salir de la casa y buscar a otro zombi, porque él no iba a hacerlo.

No me fui. No quería que otro me comiera, quería que fuera él. Aunque sabía que nunca lo haría.

Al final me rendí. No quería seguir enfadado con él y sabía que jamás aceptaría, así que me rendí. Acepté que él había ganado y me disculpé por pedirle algo así.

Puede que aceptara mis disculpas, pero sé que no me creyó. Al principio pensó que era una treta, y solo me creyó al ver que no volvía a pedírselo ni intentaba nada. De todos modos, nunca bajó la guardia del todo. Sabía que podía haberme rendido, pero también sabía que la idea persistía en mi mente.

Forjó un plan: darme motivos para querer vivir. Retomamos las clases y me contaba cosas sobre cómo era todo antes sin que yo le preguntara. Quería que quisiera vivir. Lo que no entendía era que, a pesar de quererlo, la idea de darle mi vida era más fuerte.

El tiempo pasó. Tantos días que perdí la cuenta. Y todo siguió igual. En realidad, nada cambió hasta esta misma mañana, cuando me despertó el sonido de los gritos.

Abrí los ojos sobresaltado. El sueño no me había abandonado por completo, pero lo hizo cuando escuché el sonido de cristales y cosas rotas. Me levanté al instante. Mi mente trataba de encontrar una explicación, pero no di con ella. Además, no tenía a nadie a quien preguntarle.

Estaba solo en el cuarto. Él había salido hacía un par de días tras decirme que tenía que hacer algo importante, y aún no había vuelto. Por ello, no dudé en salir de la habitación e ir a buscar a los demás. Podía no estar seguro de lo que estaba pasando, pero estaba claro que era algo serio.

Salí al pasillo. Los ruidos se escuchaban con más fuerza ahora, acompañados por gritos. Tragué saliva. No estaba seguro de a dónde ir. ¿Debería tratar de escapar? ¿Debería esconderme? ¿Dónde? Todas esas preguntas inundaban mi cabeza junto a la más importante: “¿Qué está pasando?”. Sin embargo, esta última no tardó en ser respondida.

Cuando me disponía a doblar una esquina, me encontré de frente con uno de los guardias, que corría en mi dirección. Choqué contra él, y no caí al suelo solo porque él me sujetó con fuerza.

—¡Han entrado en la casa! —me dijo antes de que pudiera pronunciar palabra—. ¡Tienes que huir!

Quise preguntarle quién había entrado, pero la pregunta murió en mi garganta cuando escuché su grito de dolor. Mis ojos se abrieron de par en par, todo por la sangre que me había salpicado, producto de la herida que acababan de hacerle al otro al clavarle una daga en el cuello.

Me quedé ahí parado, en shock. Lo único que me hizo volver en sí fue el empujón del guardia y su última orden. Un “¡Vete!” al que no dudé en hacer caso.

Di media vuelta y corrí todo el pasillo sin querer mirar atrás. Sabía que me perseguían, escuchaba sus pisadas, y por eso no dejé de correr, tratando de poner cuantos más obstáculos mejor entre mi perseguidor y yo.

Llegué a la cocina. Había intentado escapar por la puerta principal, pero me había resultado imposible al ver que varios desconocidos estaban en los pasillos cercanos. Por ello, lo intenté por la trasera y para ello necesitaba entrar en la cocina. Además, estaba seguro de que el cocinero y la chica del servicio estarían allí y no quería dejarlos atrás.

No me equivoqué. Tanto el uno como la otra estaban allí, sí, aunque no de la manera que me había esperado.

El olor a sangre, inconfundible a estas alturas para mí, me asaltó nada más entrar en la cocina. Una mueca de asco se dibujó en mi cara y las arcadas no tardaron en aparecer. No cuando vi de dónde procedía el olor.

Tirado en el suelo, con el torso abierto de par en par y las vísceras escapándose de su cuerpo, estaba el cocinero. Estaba muerto. Lo inhumano de su postura y toda la sangre a su alrededor me lo confirmaban. El cuchillo a su lado me decía que había tratado de defenderse, aunque estaba claro que no le había servido de mucho.

Fue un nuevo grito lo que me hizo desviar la mirada. Así fue como vi a la chica del servicio tratando de defenderse como fuera de los tres hombres que la acorralaban contra la pared.

Furioso, agarré el cuchillo y me acerqué a ellos. No sabía quiénes eran ni me importaban. Tenía claro que no deberían estar ahí y que habían sido ellos quienes habían matado al cocinero, y eso era todo lo que necesitaba saber.

No funcionó. No me habían visto entrar y la chica estaba demasiado ocupada llorando y tratando de alejarse de las garras de uno, como para poder hacer más. Sin embargo, eso no impidió que me olieran. Fue así como descubrí que eran zombis.

En el momento en que mi olor llegó hasta ellos, los tres parecieron olvidarse de la chica para centrarse en mí. Tragué saliva. El hambre, ese mismo sentimiento que en él me excitaba, ahora me aterrorizaba al verlo en los ojos de los tres desconocidos.

Retrocedí un paso, asustado, y agarré el cuchillo con fuerza. Podía no haberle servido de mucho al cocinero, pero no por eso pensaba rendirme. Si me rendía, acabaría muerto.

Me enfrenté a ellos a pesar de que mi instinto me decía que debía escapar. Me enfrenté a ellos sabiendo como sabía que lo más seguro era que todo acabara ahí para mí. Y lo único que conseguí fue herir a uno antes de que me dejaran inconsciente.

El dolor de cabeza fue lo primero que sentí cuando desperté. Lo segundo, fue que, al abrir los ojos, pude ver que ya no me encontraba en la cocina de la mansión.

Confundido, traté de levantarme. Y digo “traté” porque hubo dos cosas que me lo impidieron: el mareo que aún sentía por el golpe dado, y el grillete en mi tobillo que me encadenaba al suelo.

Miré a mi alrededor. Estaba en una especie de escenario, donde yo parecía ser el centro de atención. No pude ver a nadie, ni siquiera en las butacas sentado, pero sabía que no estaba solo. Lo sentía.

—Vaya, vaya. ¿Ya te has despertado? Has tardado, puro.

Una voz ajada llegó hasta mí, poniéndome los pelos de punta. Me giré, quedando frente a uno de los pasillos que daban al escenario, donde aparecieron dos hombres. El primero era joven, más o menos como yo. El segundo, por el contrario, era viejo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante y caminaba apoyado en un bastón y en el brazo del otro.

Me quedé observándoles, sin saber quiénes eran y qué podrían tener contra mí.

—¿No me reconoces, puro? —me preguntó al llegar hasta mí.

El odio estaba presente en su voz. Un odio tan visceral que me hizo estremecer. Le miré. Miré su rostro, plagado de arrugas, su cabello, canoso, su ropa, cara; pero nada me hizo saber quién era. No conocía a nadie tan viejo. Nadie vivía tanto tiempo como para envejecer hasta tal punto.

Negué con la cabeza.

—Quizás esto te refresque la memoria…

En un movimiento lento, en el o soy.ba perfectamente con la mirada que me dirigpe arremanga apoyado en un bastina de la mansique quedó patente el esfuerzo que debía hacer, el hombre se arremangó un brazo y me dejó ver lo que en él había: el tatuaje de un cuervo blanco.

Mi corazón se detuvo, todo por la sorpresa. Estaba perplejo. Porque reconocía el tatuaje, porque sabía que el cuervo blanco solo podía llevarlo una persona, y ese era el líder.

—Eres el cuervo.

El susurro salió de mis labios sin que me diera cuenta. Y él rió. Una risa gastada, ronca y llena de malicia que combinaba perfectamente con la mirada que me dirigía.

—Lo soy.

El hombre dio un paso más hacia mí, dirigiéndome una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. Parecía estar riéndose de mi desconcierto y mi perplejidad. Y no era para menos, porque no lo entendía. ¿Cómo, si apenas habían pasado unos años desde que salí de aquí, había podido envejecer tanto? Era imposible. La última vez que le había visto aparentaba unos cuarenta, pocos más. ¿Cómo era que ahora parecía tener más de ochenta? No lo entendía.

—¿Qué…?

—¿Qué me ha pasado? —terminó él por mí. Asentí—. ¡Ese zombi es lo que me ha pasado!

El grito, enfadado, vino acompañado de un movimiento del bastón. Traté de esquivarle, pero la cadena era corta y no me daba mucho movimiento. Por ello, no pude evitar que me golpeara en el costado.

—¡Me engañó! ¡Ese hijo de perra jugó conmigo sabiendo que esto pasaría!

Cada palabra venía acompañada de un nuevo golpe. Unos que yo traté y no conseguí evitar.

El sonido del bastón golpeándome restallaba en el lugar, acompañado por el de mis quejidos. Daba igual lo mucho que, en un principio, quisiera mantenerme firme. El dolor estaba ahí, cada vez que ese palo de madera me alcanzaba. Y los siseos de dolor no tardaron en convertirse en gritos.

Solo se detuvo cuando me tuvo de nuevo en el suelo tirado. Y sé que no fue por mí. El resuello y la pregunta preocupada del otro chico me dieron la confirmación que necesitaba para saber que tanto esfuerzo parecía haberle pasado factura.

Traté de levantarme. Tenía los brazos, los mismos con los que había detenido la mayor parte de los golpes, llenos de moretones. Y el rostro me dolía por haber sido alcanzado también. Igual el torso. El cuerpo me dolía como hacía tiempo que no hacía y la cabeza me seguía dando vueltas. Hacía mucho que no sufría una paliza así, desde antes de ir a la casa por primera vez. Aun así, me levanté y me enfrenté a él. Sabía que de nada me servía permanecer en el suelo. Su mirada me lo dejaba bien claro.

—Pero estate tranquilo —habló tras recuperar el aliento, sus ojos fijos en mí—. Le haré pagar por lo que me ha hecho. ¿Verdad, chicos?

Sus ojos se dirigieron hacia los alrededores y no pude evitar imitarle. Fue así como pude ver a esos cinco hombres que ahora se acercaban con la intención de rodearme. Todos bajo las órdenes del cuervo.

Empecé a temblar. Tiré de la cadena, pero no sirvió de nada. Era gruesa y yo no tenía la fuerza suficiente como para romperla. No tenía escapatoria y lo sabía. Estaba atrapado.

Aun así, no me quedé parado. Podía dolerme el cuerpo, podía saber que no serviría de nada, pero no pensaba quedarme de brazos cruzados. Podría no ser muy ducho en las peleas, pero había vivido casi toda mi vida ahí fuera y eso no se hacía sin pelear de vez en cuando.

Mentiría si dijera que lo tuve fácil. Mentiría si dijera que no me golpearon, que esquivé sus golpes y devolví algunos. ¡Ja! Ya me habría gustado.

El primer golpe lo recibí en el rostro. Un puñetazo que no conseguí esquivar y que por poco me rompe la nariz. Retrocedí por impulso, con un siseo de dolor.

No tuve suerte. El paso solo me llevó a los brazos de otro de los hombres, uno que aprovechó para sujetarme mientras uno de sus compañeros me golpeó.

El golpe me dejó sin aire. Me había alcanzado en el estómago, por lo que mi cuerpo se dobló. O eso habría hecho de no impedírmelo el otro mientras se reía.

Traté de desasirme, pero no tuve mucha suerte. El agarre era fuerte, como suponiéndose lo que iba a hacer. No me quedé quieto. Antes de que otro de los hombres del cuervo pudiera golpearme, fui yo quien le dio una patada en la espinilla al que me sujetaba.

El golpe pudo no ser suficiente para que me soltara, pero sí lo fue el cabezazo que conseguí darle en la nariz. Le escuché soltar una maldición justo cuando sus manos me soltaron. Sonreí.

Mi suerte no duró mucho. Y, al instante, mi sonrisa se convirtió en un gesto de dolor. Grité cuando algo golpeó mi pierna con fuerza. Trastabillé y no pude evitar caer de rodillas. Algo que los otros aprovecharon bien.

Puñetazos, patadas… Los golpes se sucedían sin que yo pudiera hacer algo más que quejarme. El dolor aumentaba a cada segundo, las fuerzas me abandonaban y el sabor de la sangre inundó mi boca.

Traté de protegerme, hacerme un ovillo para así evitar la mayor parte de los golpes, pero no fue posible.

Al final acabé en el suelo, sin que los otros me dieran ni un segundo de tregua. Todo el cuerpo me dolía, la cabeza me daba vueltas y mi visión se había vuelto borrosa. No sabía cuánto más iba a poder aguantar antes de desmayarme. Lo único que sabía era que, cuando eso pasara, podía darme por muerto.

—No… No lo entiendo… —conseguí susurrar con esfuerzo.

Escupí la sangre de mi boca, mientras traté una vez más de proteger mi cabeza con los brazos. Grité cuando una nueva patada me dejó sin aire, al tiempo que una risa sarcástica inundaba el lugar.

—¿No lo entiendes?

Era el cuervo el que hablaba. El hombre chascó los dedos y, al instante, sus hombres se detuvieron. Los golpes cesaron, dejándome por fin respirar tranquilo pero no sin dolor. Cada respiración costaba más que la anterior.

—¿No lo entiendes? —repitió al llegar hasta mí.

Gemí de dolor cuando la punta del bastón se clavó con fuerza en mi vientre. Traté de apartarme, pero uno de sus hombres me pisó la mano con fuerza, dejándome claro cuál era mi lugar. Grité. Dejé de moverme y solo me atreví a respirar cuando el otro por fin me liberó.

—Tu querido zombi me engañó —siguió hablando el líder de los cuervos, con el desprecio en su voz—. ¿Sabes lo que me pagó por ti? ¡Responde!

Un nuevo golpe, un nuevo grito por mi parte. Y mi cabeza cada vez más dispersa aunque yo intentara centrarme.

—A… Años —respondí con esfuerzo, sintiendo de nuevo el sabor de la sangre en mi boca—. Te pagó años.

—Exacto. —Le escuché decir, con una sonrisa siniestra en su rostro—. Me pagó quinientos años por ti, escoria. Y yo, pensando que sería el mejor trato de mi vida, acepté sin dudar.

La risa volvió a escucharse. Sarcástica, cínica, con un punto de locura que era lo que más me asustaba. El cuervo estaba loco.

A un gesto suyo, dos de sus hombres me pusieron de rodillas, uno de ellos obligándome a alzar la cabeza al tirarme del pelo. Así, quedé frente a frente con ese psicópata que me observaba con total desprecio.

—Lo que no me dijo, era que no iba a dejar de envejecer —continuó diciendo—. ¡Lo que no me dijo, era que lo haría aún más rápido!

La bofetada que me dio me volteó la cara. La cabeza me daba vueltas y solo me mantuve porque eran los hombres del otro los que impedían que cayera.

—¿No lo sabes? Es el organismo de los zombis el que les hace dejar de envejecer. ¡Es el hecho de comer carne lo que los mantiene jóvenes! ¡Y yo no soy ningún jodido zombi!

Una nueva bofetada. Un nuevo quejido que salió de mis labios. Quería cerrar los ojos, pero sabía que, si lo hacía, nunca los abriría de nuevo. Iban a matarme. Lo sabía tan bien como sabía que nadie iba a poder impedírselo. Ni siquiera él.

—¡Diles que entren! —Escuché ordenar al cuervo—. ¡Tráelos aquí!

El chico a su lado corrió por uno de los pasillos hasta desaparecer, dispuesto a cumplir la orden que acababan de darle. No tardó mucho en volver, acompañado esta vez por otros tres hombres.

Les miré. Forcé mi vista y la sorpresa se apresó de mí cuando les reconocí: eran los tres zombis a los que me había enfrentado en la casa.

Miré al cuervo. Por supuesto que había supuesto que los zombis trabajaban a sus órdenes, pero no entendía por qué les había llamado ahora. O, mejor dicho, no quería que mi suposición se hiciera realidad.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló ante la sola idea de lo que, suponía, iba a pasar ahora. Traté de soltarme, pero los otros dos me aferraron con más fuerza. “Estate quieto”, me ordenó uno de ellos, tirándome del pelo con la suficiente fuerza como para hacerme sisear por el daño.

Los otros se habían detenido para hablar con el cuervo, y yo solo pensaba en intentar aprovechar esos segundos que tenía en trazar un plan de fuga. Miré a mi alrededor, por desgracia, y como ya sabía, no había nada que pudiera ayudarme. Los hombres no portaban armas y yo aún seguía encadenado.

Oí unos pasos acercándose y temblé. Mi vista se fijó en los tres hombres y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando vi sus dientes, unos que ellos mismos habían afilado, seguramente para poder desgarrar mejor la carne.

Los dos hombres que me sostenían me soltaron, alejándose. Yo mismo intenté retroceder, aunque solo conseguí separarme un mísero paso más. La cadena me impedía distanciarme más. Tiré de ella pero fue en vano. En cambio, vi cómo los tres zombis se reían por mi fallido intento de fuga.

—Por favor… —susurré, mi mirada fija en el cuervo—. No…

Fue en vano. El cuervo solo sonrió, divertido por la súplica que podía identificar en mi voz.

—Empezad.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Todo debido a esa orden. Desvié mi mirada hacia los otros tres. Sus sonrisas no auguraban nada bueno para mí.

No sabía qué hacer. Quería huir. Puede que, con él, el ansia y el hambre me excitaban, pero eso solo me pasaba con él, no con ellos. En ellos, ver ese hambre me asustaba, me aterrorizaba.

—Tranquilo, puro. Solo vamos a devorarte.

Quien habló fue justamente al que yo había conseguido herir en la casa. Y parecía recordarlo bien, pues era el que lideraba el grupo y el que me miraba con más hambre y una pizca de odio.

Se acercó a mí. Intenté apartarme. Sin embargo, él agarró mi brazo y tiró de él con fuerza. Me mordió.

El dolor que sentí cuando sus dientes agujerearon mi piel no tenía nada que ver con los mordiscos que él podría haberme dado alguna vez. Grité. Grité por el dolor, por el miedo. La sangre recorría mi brazo izquierdo y sabía que eso no era nada comparado con lo que iban a hacerme.

Conseguí soltarme. Le golpeé, aunque no pareció sentirlo. Me sonrió. Una sonrisa llena de sangre. Sangre que se deslizaba por sus labios y caía por su mentón.

No me dio tiempo a asquearme. Los otros dos zombis aprovecharon mi distracción para atacarme por detrás. De nuevo, los dientes se hundieron en mi piel. El lugar no les importaba, solo la carne, solo escucharme gritar y verme debatirme mientras ellos me arrancaban trozos de piel sin consideración alguna.

Grité. Supliqué. Quería que se detuvieran. Deseaba que se detuvieran. Me dolía todo el cuerpo y no sabía cuánto tardaría en desmayarme. Sangraba. Tenía heridas por todas partes. Cualquier parte de mi cuerpo era buena para morder, para arrancarme otro trozo más. Para hacerme sangrar.

—Por favor…

Caí al suelo. No tenía fuerzas. Mi vista era cada vez más borrosa, la voz me salía ronca después de tanto grito y mi mente vagaba más y más. Quería pensar que estaba con él. Quería creer que era él quien lo hacía porque había decidido cumplir mi deseo. Pero no era él quien me mordía. No era él quien se estaba alimentando de mí.

Cerré los ojos, perdido entre el dolor. Quería dejarme llevar. Quería rendirme, dormir… Pero lo que más deseaba era volver a verle una vez más.

—¡Esperad!

Nada más escuchar la orden dada, los tres zombis se detuvieron. Suspiré de alivio, aunque algo me decía que mi pequeño descanso no duraría mucho.

—¿Ya está, puro? ¿Eso es todo lo que tienes?

La voz del cuervo rompió el silencio creado. Con esfuerzo, alcé un poco la cabeza para poder mirarle, y vi que se dirigía hacia mí.

—¿Eso es todo? —repitió.

La sonrisa de su rostro daba fe de la locura que se había apoderado de él. De nuevo, me golpeó con el bastón y yo no pude hacer nada más que gemir por lo bajo por culpa del dolor.

—Debió haberte comido el día que te compró. Habría sido mucho más misericordioso de lo que yo seré contigo.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló debido al desprecio y el odio que podía percibir en su voz.

Traté de escapar. A pesar de que apenas podía moverme ya, hice un último esfuerzo. Él se rió, y me golpeó una vez más, esta vez en la espalda. Me quejé por el golpe. Aunque ahí no acabó todo.

Una mano me agarró por el pelo, obligándome a alzarme si no quería que me lo arrancara. Fue así como uno de los cuervos me sujetó, mientras su viejo líder me miraba con una sonrisa en sus labios.

—Tranquilo, puro, no voy a matarte. Eso sería demasiado generoso.

Le escupí. Era el único gesto para el que tenía fuerzas. Escupí la sangre que tenía acumulada en mi boca y sonreí victorioso cuando esta le alcanzó.

No fue una buena idea. Incluso antes de que el cuervo pudiera asimilar lo que había sucedido, el que me sujetaba se vengó por el agravio a su jefe. Primero fue un puño en el rostro que me partió la nariz, luego otro en el estómago que me dejó sin respiración y casi me hace vomitar. Después, conmigo ya en el suelo, empezaron a patearme.

Y debo confesar que agradecí cada golpe. No por el dolor, sino porque cada uno de ellos me acercaba más y más a la inconsciencia. Porque ya no tenía fuerzas para soportarlo más y solo quería que todo acabara de una vez.

—¡Basta! ¡Deteneos!

Lejos de parecerme la salvación, la orden del cuervo significó para mí otro tour por el infierno.

Tosí. Escupí la sangre, pero no traté de moverme. Los oídos me pitaban y estaba mareado. Apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, por lo que moverme estaba fuera de mis posibilidades. No cuando me costaba un gran esfuerzo el simple hecho de identificar las palabras que escuchaba.

—¡Casi le matáis, imbéciles! —exclamó el viejo, enfurecido—. ¡Tú! ¡Haz lo que tengas que hacer y acabemos con esto de una vez!

Uno de los zombis, el mismo al que herí, asintió en señal de sumisión antes de acercarse a mí.

Le miré, a él y al cuervo, sin entender nada de lo que estaba pasando. ¿No iban a matarme? ¿Por qué no? ¿Qué más tenían preparado para mí? ¿Por qué no me dejaban morir de una vez?

—No pienso matarte. Pienso hacerte lo mismo que él me hizo a mí. Así él sufrirá lo que yo estoy sufriendo.

Las palabras llegaron a mí al mismo tiempo que el zombi. Me quejé cuando me alzó el rostro, pero estaba demasiado cansado como para resistirme. No podía más. Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue que el zombi se puso sobre mí y me obligó a tragar algo.

 

* * * * *

 

El sonido de mi nombre llega hasta mí como un eco lejano. El llamado se repite una y otra vez, pero aunque distingo mi nombre, el resto de palabras supone un galimatías para mí.

Aun así, trato de responder. Hay apremio en la voz que escucho, y eso me hace intentar hablar. Sin embargo, mi mente está demasiado dispersa como para poner en palabras mis pensamientos. Y también está el dolor. Ese dolor lacerante que siento en cada parte de mi cuerpo.

Unos dedos me tocan. Unas manos intentan levantarme, pero se separan cuando escuchan mi quejido.

No quiero moverme. Si me muevo, me dolerá más.

Lo único que deseo es dormir.

—Abre los ojos. Vamos, hazlo por mí.

Los dedos vuelven a tocarme, esta vez en mi mejilla. El apremio sigue en su voz, opacada por la preocupación, pero lo que me importa ahora es esa caricia que sus dedos me dejan. Eso y que por fin he reconocido la voz.

Abro los ojos. Tengo que hacer un gran esfuerzo, pero lo consigo. Al principio lo veo todo borroso, pero poco a poco las cosas van perfilándose. Es ahí cuando le veo, arrodillado a mi lado. Y aunque mi primera intención es la de decir su nombre, esta queda en el olvido cuando mis ojos se fijan en la sangre que mancha su rostro, manos y ropa.

—¿Qué… qué te ha pasado?

Mi voz suena ronca, con un deje de dolor que pone en manifiesto el esfuerzo que me supone decir esas míseras palabras. También trato de alzar mi mano hasta su rostro, pero solo lo consigo porque es él quien lo hace por mí.

—No es nada. Yo estoy bien —me asegura—. La sangre no es mía.

Me sonríe para que vea que no me está mintiendo. Y yo le creo. Porque sé que no me mentiría con esto. Y, sobre todo, porque necesito creer que él está bien.

Intento levantarme, pero me es imposible. Todo el cuerpo me duele y apenas tengo fuerzas. Por suerte, él me ayuda, valiéndose de sus brazos para alzarme.

Duele, por supuesto. Cierro los ojos con fuerza mientras un siseo de dolor sale de mis labios. Tengo suerte y pronto me encuentro entre sus brazos, con mi espalda apoyada en su pecho y él abrazándome.

Sonrío. Me gusta estar aquí. A pesar del dolor, a pesar de la sangre en mi boca, el pitido en mis oídos y lo difícil que me resulta el solo hecho de respirar. Abro los ojos para poder mirarle y agradecerle que esté aquí conmigo, pero enmudezco al ver lo que hay ante mí.

Sangre. El suelo del escenario en el que estamos está cubierto de sangre. Los cuerpos de todos los cuervos y los tres zombis que me hicieron esto, se encuentran ahora esparcidos por ahí, algunos desmembrados incluso, con las vísceras y los sesos sobresaliendo de sus cuerpos.

Siento arcadas, aunque las reprimo. No sé por qué no me percaté del olor antes, pero ahora que soy consciente de lo que me rodea, este me asalta.

—¿Lo has…? —Trago saliva—. ¿Lo has hecho tú?

—Ellos te hicieron esto.

Hay ira en sus palabras. Tanta que me hace temblar. Él me abraza, besa mi mejilla y me acaricia el cabello, todo ello buscando calmarme. Me dejo llevar. Puede que no me guste lo que ha hecho o, mejor dicho, que lo hiciera por mí, pero no soy ningún santo y no siento lástima por ellos. En todo caso, sé que, de haber podido, yo mismo habría matado a alguno.

Empiezo a toser. No sé si es por el olor o la postura, y poco me importa en realidad. Mi cuerpo se dobla y mi mano se llena de sangre cuando la llevo a la boca.

—Te pondrás bien. —Oigo que me dice al tiempo que lleva un pañuelo a mis labios, limpiándome—. Te llevaré a casa y te curaré. Allí podrás descansar —me promete.

—No… No estoy tan seguro —susurro entre toses.

Él me mira interrogante.

—¿A qué te refieres?

Le cuento lo que el cuervo me hizo. No la paliza, sino lo último que le ordenó al zombi. Le cuento que recuerdo haber tragado algo, no sé el qué.

Cuando termino, puedo ver su gesto contrito. Hay dolor, tristeza e ira en sus facciones, y puede que ya supusiera que no era nada bueno, pero ahora el temor es mayor.

—¿Qué me pasará? —consigo preguntarle con esfuerzo.

Su mirada esquiva la mía, pero yo insisto. Quiero saberlo, tengo derecho a saberlo, y él lo sabe.

—Envejecerás —responde finalmente—. Rápido, muy rápido. Lo que te hicieron tragar es nuestra carne y nuestra sangre. Y es nuestra sangre lo que hará que tu organismo se acelere y tus células envejezcan más rápidamente.

»Lo que te han hecho ha sido un intento de transformación. Es lo que ocurre cuando les pasamos años a otros. Su organismo se ve afectado por nuestra mutación y, al no ser capaz de mutar, lo que hace es envejecer hasta morir.

—¿Y esos años que me dio?

—Los vivirías si logro curarte. Sin embargo, al envejecer tan rápido, serás incapaz de hacer nada por ti mismo en unos pocos años. Tu piel se arrugará, tus músculos y huesos apenas soportarán tu peso, tus sentidos se irán perdiendo e incluso tu mente se irá perdiendo hasta que no seas más que una carcasa que no puede morir de vejez.

Enmudezco. Sus palabras y el tono pesimista con el que las dice me dejan sin saber qué decir. Lo único que sé es que no quiero que me pase eso, no quiero convertirme en eso. Mi cuerpo tiembla y sé que es por miedo, por el pavor que me da la idea de quedar así.

—Dime lo que quieres. Dime qué quieres que haga y lo haré.

—Cómeme.

No hay duda en mi voz. Antes podía querer que me comiera para ser parte de él, pero ahora no se lo pido por eso. Y él lo sabe. Sabe que, si se lo pido, es porque no quiero que me pase lo que ha dicho. Antes prefiero morir.

Él me mira. Hay dolor en sus ojos, pero sé que comprende por qué se lo pido. Asiente.

—Gracias.

Me acalla con un beso. Sé que no lo quiere oír, pero yo se lo agradezco igual. Porque sé que esto es tan duro para él como lo es para mí. Porque yo no soy el único que va a tener que despedirse del otro.

—Voy a tumbarte. Avísame si te hago daño.

Asiento, dejándome hacer. Realmente me gustaría poder hacer algo más. Sin embargo, prefiero gastar las pocas fuerzas que me quedan en seguir consciente un poco más.

De esta forma, mi espalda vuelve a tocar el suelo una vez más. Me acomodo. Trato de encontrar una postura en la que no me duela todo, pero es difícil por no decir imposible. Aun así, me olvido de esto y sonrío cuando le veo acercarse a mí y juntar nuestros rostros para besarme.

Siseo por lo bajo. Tengo el labio y la nariz rotos, aunque eso es lo que menos me importa ahora que él me besa. El beso sabe a sangre y eso hace aparecer el hambre en sus ojos. Salvo que esta vez no me asusta. Porque es él.

Su mano, esa que no usa para apoyarse, se posa en mi pecho. Sus labios abandonan los míos y lamen la sangre de mi rostro antes de bajar por la mandíbula hasta el mentón. Me estremezco al sentir sus caricias y esos pequeños mordiscos que, aunque no sean para arrancarme la carne, sí me excitan.

Jadeo inconsciente cuando sus labios juegan con el único pezón que me queda. El recuerdo de cómo me arrancaron el otro vuelve a mi mente, aunque me obligo a ignorarlo. Quiero perderme en el aquí y el ahora, no rememorar lo que pasó antes.

—Lo siento. —Le miro interrogante. ¿A qué se refiere?—. Siento no haber estado ahí.

Así que era eso. Niego con la cabeza. No le culpo por lo que pasó. El cuervo buscaba venganza y pensaba obtenerla hoy o cualquier otro día futuro. No es su culpa.

—No pasa nada —le digo. Alzo un poco mi mano y él entiende mi gesto, ya que la acerca a su rostro—. No es tu culpa.

Acaricio su mejilla y él besa mi muñeca sin que sus ojos se separen de los míos. Sonrío.

—Muérdeme.

Sus labios dejan mi mano, aunque no la suelta. Sin dejar de mirarme, baja la cabeza hasta quedar a la altura de mi pecho. Sus ojos me transmiten esa pregunta que ronda su cabeza y que no se atreve a pronunciar. Asiento.

—Hazlo —le digo.

El dolor vuelve a asaltarme en el momento en el que sus dientes se hunden en la piel de mi costado. Mi mano estruja su pelo aunque no le detengo. Quiero que lo haga. Quiero que me coma.

Cuando se aparta, su mentón está cubierto por sangre fresca y en su boca hay lo que era un trozo de mi piel. Me mira y solo por la forma en que lo hace, sé que va a disculparse, así que le interrumpo al hablar yo antes:

—Espero estar bueno.

Mi comentario le saca una ligera carcajada.

—Estás delicioso —me susurra sobre mis labios tras volver a acercarse.

Alzo un poco el rostro, lo suficiente para volver a besarle con un poco más de urgencia esta vez.

Él me responde. Siento el trozo de carne pasar a mi boca y, de forma inconsciente, hago lo mismo que hacía en las otras ocasiones: lo trago sin importarme que fuera mío.

—Tienes razón —le digo cuando por fin nos separamos—, estoy delicioso.

Él sonríe. Sacude la cabeza por el comentario y vuelve a centrarse en mi pecho.

Los siguientes minutos los pasa excitándome a base de caricias, besos y juguetones mordiscos que intercala con algunos de verdad.

Varios gemidos brotan de mi garganta, muchos de placer, otros tantos de dolor. Me duele, claro que me duele. Lo que ya no hay es temor. Porque es él. Y si es él quien lo hace, no me importa morir.

Sus manos me quitan el pantalón, dejándome totalmente desnudo. Sus ojos recorren mi cuerpo como tantas otras veces ha hecho, salvo que esta vez la ira se une a la excitación y el hambre.

Le llamo. No quiero que piense en eso. Ellos ya están muertos y el pasado, al contrario que el futuro, no puede cambiarse.

Haciendo uso de casi todas mis fuerzas, consigo alzarme un poco. Él lo ve y no duda en ayudarme.

—No te esfuerces tanto —me dice, obligándome a recostarme—. Te harás daño.

—Solo si lo olvidas —le prometo.

Sus ojos se clavan en los míos y, aunque sé que le es difícil, asiente. Sonrío feliz, haciéndole un hueco entre mis piernas.

Su boca vuelve a mi cuerpo. Sus dientes se llevan otro trozo de piel, este a la altura de la ingle, y yo hundo mis uñas en sus hombros al tiempo que jadeo por el dolor.

Sus dedos acarician la herida recién hecha, empapándose de la sangre que mana de ella. Así, y mientras su boca se centra en mis muslos, sus dedos se adentran en mi recto.

Gimo. Placer y dolor se entremezclan cuando sus dedos alcanzan mi próstata a la vez que me arranca otro pedazo de piel. Él traga y yo intento recordar cómo respirar sin empezar a toser.

—No —le digo.

Él me mira extrañado.

—Tengo que prepararte. No quiero hacerte más daño.

—No sé si aguantaré mucho más.

Él asiente. Sabe cómo me siento, las pocas fuerzas que me quedan, y sabe que no es así como quiero morir: penetrado por sus dedos mientras me prepara.

Saca los dedos y se baja los pantalones. Está erecto. El hambre y mi olor suelen tener ese efecto en él, lo que en este caso, en el que yo apenas puedo hacer nada, viene muy bien.

Sonrío cuando le veo acomodarse mejor entre mis piernas. Alza mi cadera y, mirándome directamente a los ojos, me penetra.

Su gemido se mezcla con el mío. Siento dolor, por supuesto, pero por suerte mi cuerpo no tarda en acostumbrarse a él.

—Muévete —le pido. Mi voz siendo una mezcla entre dolor y placer.

Me hace caso. Primero de forma lenta, como si no quisiera causarme aún más daño del que ya siento; pero luego más rápido, acomodándose a lo que yo mismo le pido. Me dice que me ama y, antes de que pueda responderle, sus dientes se hunden en mi pecho. Lame mi herida y aún tiene tiempo de pasarse la lengua por los labios antes de que junte nuestras bocas y le bese.

De nuevo, pruebo el sabor de mi propia sangre y carne, y eso, lejos de asquearme, me acerca más a ese orgasmo al que tanto deseo llegar.

—Nunca te olvidaré. —Le escucho prometerme, con la voz cargada de deseo por lo cercano que está al éxtasis.

Sonrío. Giro mi rostro y le beso. Saboreo su boca al igual que él saborea la mía, y solo me separo cuando la falta de aire lo hace necesario.

—Tonto, yo siempre estaré contigo.

La nueva embestida le hace terminar. Le oigo gemir y yo mismo le imito cuando le noto hundir sus dientes en mi cuello. El gesto me lleva al orgasmo. Al placer se le une el dolor y también el mareo, producto de la pérdida de sangre.

—Te amo.

Me encantaría responderle, pero mis fuerzas ya se han agotado. Le sonrío. Sé que entiende mi gesto porque me besa, aunque esta vez yo ya no respondo.

Estoy mareado. Si no estuviera ya acostado, sería lo primero que haría. La cabeza me da vueltas y mis ojos amenazan con cerrarse. Tengo sueño, más de lo que nunca he tenido. Lo único que deseo ahora es dormir.

—Duerme, mi amor, duerme. Y no te preocupes, nunca te olvidaré.

Capítulo 4 – La casa Slytherin

Me miran. Aun no he descubierto si es con curiosidad, ira o desprecio, pero estoy seguro que es con alguna de esas emociones la que se reflejada en sus ojos. Es raro, ¿por qué no me han recibido como los demás que han entrado en esta casa? Tantos aplausos y tantos gritos que les han dado. Que yo sepa también soy un mago, por lo que no me diferencio en nada con ellos. ¡Solo soy nuevo y un poquito más mayor de la cuenta! ¿Será por eso? Aunque, pensándolo mejor, también puede haber alguna cosa de la cual yo no esté al corriente. Debo tener en cuenta que aun no se mucho de este mundo.

El director, un hombre con bastantes años en su pellejo, con una enorme barba y una vestimenta bastante llamativa, da paso a la cena muy cordialmente. Escucho su voz de fondo pero yo lo único en lo que puedo pensar es en poder llegar a mi nueva habitación y que el día de mañana llegue, trayendo mejores noticias y eventos. Luego, una enorme cantidad de comida aparece delante de mis narices. No puedo negar el hecho de que parece bastante apetitosa pero creo se me han quitado todas las ganas de comer. Estoy sentado al lado de los de primer año que han “entrado” a la misma vez que yo e incluso hasta ellos me miran raro. ¿Qué es lo que he hecho mal? Ahora mismo me gustaría no estar en mi pellejo para no vivir esta agonía de no saber nada.

-Vuélvete a tu casa, maldito sangre sucia-dice alguien con veneno en sus palabras. Realmente no se si va para mi o no hasta que veo que todas las cabezas de la mesa se giran hacia donde yo estoy. Intento tragar saliva, mas no puedo. Tengo la boca completamente seca. ¿A qué vendrá lo de sangre sucia? Tengo que preguntárselo a Luna.-Te vas arrepentir de haber entrado en nuestra pura casa-El comentario me achanta y el corazón me pega un vuelco. No entiendo qué quieren decir con la pureza de su casa, pero me da a mi que pronto lo averiguaré, aunque espero que no sea por las malas. Los de mi antiguo colegio tenían unas formas de decir las cosas no bastante apetitosas y espero que los magos no sean así. Los veo más nobles y no tan preocupados por estas tonterías.

Acto seguido, después de este agresivo comentario, algunos murmullos de aceptación y risitas llenan el ambiente que me rodea. Intento solo mirar hacia el plato que tengo delante, con el desesperado propósito de pasar de ellos y hacer oídos sordos a lo que me están diciendo. No puedo venirme abajo, al menos no en mi primer día de escuela. He ansiado tanto este momento (no el de ser mago, si no que se produzca un enorme cambio en mi vida) que no lo voy a dejar por nada del mundo. No quiero volver a mi antigua y aburrida vida. Yo ya no soy más ese chico que se tiraba las horas muertas (que era casi todo el día) en el ordenador. Me abriré paso como pueda entre mis nuevos compañeros y haré que me respeten. Puede existir la posibilidad de que, al ser nuevo y algo más raro, todos se hayan puesto de acuerdo para atacarme a la vez. Puede…

-¡Qué los nuevos me sigan!-dice una voz en la lejanía, imponente, y hace que todos mis pensamientos se borren rápidamente de mi mente. “Hey, que yo soy nuevo” digo para mi mismo, recordándome lo obvio.

Espero a que los de primer curso se levanten para hacer yo lo mismo y seguirles desde atrás. Como he estado mirando el plato no se a quien debo imitar y bueno, si no aprovecho esta oportunidad, estoy más que seguro que me voy a quedar a dormir esta noche en este enorme comedor. ¿Y por qué lo digo? Creo que puedo sacar la conclusión que con esta cálida bienvenida nadie tiene la idea de ayudarme en su cabeza.

Las miradas me siguen en todo mi recorrido hasta que salgo por una gigantesca puerta. Según parece, me voy a tener que acostumbrar a ellas o si no la llevo clara. Nunca en mi vida había sido tan observado.

El castillo parece realmente antiguo. Hay bastantes cuadros que se mueven, en los cuales me quedo maravillado porque aun no me acostumbro a ellos. Estoy atendiendo al camino que estamos cogiendo pero ni aun así consigo acordarme por dónde hemos girado antes de volver a girar por otro pasillo y haber bajado escaleras. Lo único que puedo notar es que estamos en una zona más sombría y fría de lo habitual. Después de unos minutos más caminando, nos topamos con un fantasma. Evidentemente, yo me asusto. ¿Quién ha visto un fantasma en su vida? Pues si, al parecer todos ellos menos yo. Él único tonto que pega un chillido y los demás empiezan a reírse a carcajadas. No estoy empezando con muy buen pie pero quién lo haría sin tener nada que lo guíe. Ojalá me hubieran puesto con Luna, al menos ella me podría ayudar a no hacer tanto el tonto. Ahora mismo parezco una rata en un laberinto buscando el queso.

Seguimos paseando y, como era de esperar, los murmullos siguen. Yo estoy todo el rato pegándome pellizcos en las piernas de lo incómodo que me siento. Más y más miradas furtivas hacen que mi corazón se acelere. Incluso a veces, alguno de los de primero u otros alumnos que están por el pasillo, se acerca a mi rápidamente para asustarme como el fantasma. Las dos primeras veces caí, pero no más. No puedo darles ese gusto.

Después de otros varios minutos (como no tengo reloj, no se cuantos) nos paramos enfrente de un muro de piedra. De pronto la piel se me eriza porque siento que algo malo va a pasar. No es normal que un grupo de personas se paren en frente de nada y más conmigo al lado. El chico del que no han parado de burlarse por todo el camino. Pellizco aun más fuerte mis piernas esperando lo que tenga que pasar, aunque para mi alivio, solo se escucha una voz.

-Sangre pura- Abro los ojos, porque con la tensión los había cerrado y busco a la persona que lo ha dicho.Y para que lo hago. Es el chico que fue desagradable conmigo al preguntarle por dónde se iba al andén 9 y 3/4. Genial, no podría tener yo más suerte.  Además han vuelto a decir algo sobre la sangre noseque. ¿Es que esta gente solo sabe pensar en eso?

Pero mis pensamientos se ven estorbados por el hecho de que de la pared donde no había nada, sale una entrada hacia un salón. Los demás empiezan a entrar y yo no me atraso, a ver si me van a dejar fuera. Menos mal que al final no ha pasado nada malo. He sido demasiado paranoico.

Entro y una enorme sala un tanto sombría me entra por todos mis sentidos. Unos cuantos sofás negros, sillas y mesas de madera con muchísima decoración y unas lámparas en el techo de un color verdoso son los objetos que amueblan la sala. Se nota muchísimo de qué casa es solo por el color que predomina. También hay una chimenea, aunque parece más de decoración porque no calienta para nada.

A los pocos pasos más, siento que la temperatura del ambiente ha bajado. Dentro hay bastantes más estudiantes de la casa de Slytherin y con eso puedo deducir en que estamos en su zona específica.

Esta vez parece que no llamo tanto la atención y solo consigo ver un par de miradas de reojo de algunos mientras nos dirigimos hacia las habitaciones. Yo, ahora mismo, solo puedo desear que no sean conjuntas para así poder tener un respiro y mi propio espacio.

-Aquí dormiréis este año-dice el mismo chico con una sonrisa picarona en la cara. Ahora no se si asustarme o qué.

Los de primero entran antes que yo. Desde mi altura solo consigo ver que es una habitación con unas cuantas de camas, por lo que mi ansiada habitación solitaria no va a poder ser. ¿Qué voy a hacer? ¿Voy a tener que compartir cuarto con estudiantes a los que le saco unos cuantos de años y que encima no paran de reírse de mi? Creo que prefiero estar en el infierno antes.

-A donde piensas que vas tú-escupe el chico rubio que nos ha estado enseñando el camino. Yo miro hacia todos los lados esperando que alguien venga a mi rescate y le diga que yo también tengo que entrar en mi nueva habitación. Pero nadie lo hace.-¿Qué miras? ¿Es que tengo monos en la cara?

Intento de nuevo entrar pero éste me cierra la puerta en las narices. “Mierda, mierda, mierda” pienso. No sé qué está pasando. Seguro que era esto lo que presentí antes.

-Yo… ehh… debo entrar, es mi habitación. Soy nuevo- Aclaro intentando ser lo más firme posible aunque, evidentemente, eso no pasa. El rubio, como respuesta, niega con la cabeza divertido.

-Tú no eres uno de nosotros por lo que no puedes dormir aquí- su sonrisa se vuelve aun más ancha y sus ojos se clavan sobre los míos. Ahora que lo veo, tiene una mirada muy sombría e imponente. Además, sus ojos grises no ayudan a mejorarlo, si no que parece que envenena más su punzante mirada.-Ahora mismo te enseñaré cual es tu cuarto.

Realmente ya no se qué decir. Todo esto se me está escapando de las manos y nadie me puede ayudar. ¿Debería defenderme por la fuerza? Pues la única manera que de momento sé. ¿Sería una buena idea intentar pegarle? Si no intento algo ya, a saber qué hechizos va a usar contra mi. ¿Y si me hace desaparecer? ¿O me convierte en algo? Por un puñetazo no creo que me vaya a pasar nada.

Petrificus totalus!-grita en cuanto yo alzo el puño.

De repente, una enorme fuerza tira de mis brazos y hace que se me peguen en el torso. En las piernas me pasa algo similar, solo que ambas se quedan totalmente unidas. Intento moverme pero ningún músculo de mi cuerpo lo hace. Incluso no puedo hablar, solo mover los ojos y respirar. Con esto no contaba yo.

-Ahora, con tu permiso, te voy a llevar a tu habitación.

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Me han puesto una tela sobre la cabeza y no puedo ver dónde estoy. Solo escucho pasos de, al menos, tres personas. Creo que me están llevando hacia algún lado, además, de forma muy acelerada. Yo intento gritar, pero nada. Aun sigo sin poder mover ni un músculo de mi maldito cuerpo. Ojalá hablaran, así podría saber qué es lo que están pensando hacerme. Tengo miedo si os soy sincero. Yo pensaba que los magos no iban a ser tan desagradables y malévolos como las personas con las que me he topado en mi vida Muggle (espero que se diga así).

-Ya hemos llegado-dice el rubio y me sueltan. Caigo y no puedo hacer nada para remediarlo, solo prepararme mentalmente para el golpe. Éste llega inminentemente y por todo mi cuerpo. Escucho un ruido sordo y luego un gran dolor por toda mi cabeza, espalda, culo y piernas que me deja atontado.-Ya os podéis ir.

Algunas pisadas se alejan en cuanto él lo ordena. Después de un par de minutos, éste por fin me quita lo que tenía en la cabeza y ya puedo ver dónde me encuentro. Estoy en una sala llena de espejos sucios por las paredes, suelo y techo y nada más. Bueno, algún que otro muro por medio pero ya está. Verdaderamente, esto me alivia. Me esperaba estar en los cuartos de baño y que allí me iban a meter la cabeza en el agua para “darme un escarmiento”.

-Ya mañana veré qué es lo que hago contigo-me dice mientras levanta su pierna derecha y me propina una patada en toda la boca del estómago.-Hasta entonces, deberás pensar una buena excusa para largarte de este colegio. Tú no eres uno de los nuestros.

Acto seguido, me da otra patada en la cara y siento como mi nariz se rompe en mil pedazos. La sangre se empieza a desparramar por mi cara e, intuyo, que es eso lo que le hace tanta gracia, porque se empieza a reír. Estaría llorando ahora mismo si pudiera. “¿Por qué se está portando tan mal conmigo? ¿Qué es lo que he hecho?” me gustaría preguntarle. Mi nariz empieza a palpitar.

-Hasta mañana-dice el rubio antes de cerrar la puerta.

Me acaba de dejar solo en quien sabe donde y sin poder moverme y pedir ayuda. ¿Se puede empezar de mejor manera tu primer día en una escuela de magos? Debí haberles hecho caso a mis padres y haberme quedado con mi vida de mierda. Porque estoy seguro que esto no es ni lo más mínimo que voy a tener que aguantar, pues mis años de experiencia me dicen que si se empieza así, se acaba peor.

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No he conseguido dormir ni un poco. Estoy completamente a oscuras y no se si ya ha amanecido o si aun es de noche. Es irritante el hecho de que solo pueda escuchar el sonido de mi acompasada respiración y el latir de mi corazón. Creo que me estoy volviendo loco. El chico me dijo que buscara una excusa para marcharme de esta escuela y eso es lo que hice poco después de que me abandonara en esa sala. Pero más tarde me di cuenta de que no debo sucumbir a sus deseos, si no a los míos. No puedo dejar que me pisoteen. Debo aprender magia y a ser alguien respetable en este mundo para así poderles dar una lección a todos aquellos que me han tratado tan mal en mi bienvenida.

Me haré más fuerte y, en un futuro muy cercano (espero), les plantaré cara a todos. Estoy más que seguro, solo tengo que trabajar duro.

-Como cuentes algo de lo que ha pasado a alguien, ya te puedes dar por muerto-escucho una voz resonando por toda la sala. Pensando y pensando, no me había percatado del sonido de la puerta que se ha abierto. Miro hacia ella, esperando poder lanzarle una mirada de odio al chico de ayer. Pero no es él. Es otro con la tez muy morena que no había visto aun-La profesora McGonagall te está buscando. Sube las escaleras que hay aquí al lado y luego guíate un poco hasta llegar a la entrada, allí te está esperando. Espero que te hayas pensado qué decirle para volver a casa-quiero negar con la cabeza, mas sigo sin poder.-¡Ah! Es verdad, que no puedes moverte-ríe malvadamente y saca su varita-Finite Incantatem.

Cada fibra muscular se tensa a la vez y yo hago un pequeño espasmo. Hacía tanto tiempo que no podía hacer nada que ahora me resulta muy difícil controlar mis movimientos. El chaval se sigue partiendo el culo conmigo pues, cuando muevo la cara, puedo sentir como se ha secado la sangre que me salió de la nariz ayer y un intenso dolor de la nariz. Espero no tener nada serio.

-Que os jodan- grito enfadado y salgo corriendo de la sala, empujando al chico con el hombro. Cuando salgo, no hay nadie en el pasillo y hago lo que me ha dicho, subir por las escaleras.

Debería ir a un lavabo y lavarme la cara.

~~~~

-¿Se puede saber dónde estaba usted, señor Anderson?-medio chilla la profesora con su fino tono de voz cuando me ve llegar.

Hubiera sido genial haber encontrado el camino a la primera y no haber dado una vuelta completa (o más de una) al colegio. También hubiera sido genial el haberme encontrado con algún alumno o profesor que me hubiera guiado hacia donde debía ir, mas no he tenido esa suerte. Aunque no me puedo quejar del todo pues conseguí encontrar un cuarto de baño para borrar las huellas de aquel macabro rubio de anoche.

-Me perdí, lo siento profesora-digo arrepentido pues técnicamente he dicho la verdad, aunque no toda. Ella me mira de arriba abajo y luego me hace un gesto con la mano para que la siga.

Ésta vez me lleva por pasillos que ya más o menos conozco y al poco tiempo acabamos enfrente de una puerta de madera. Minerva llama y de ella sale un hombre bastante bajito, con el pelo blanco y con una voz chillona.

-¡Llegas tarde!- y antes de que pudiera decir o hacer nada, Minerva me empuja hacia adentro de la sala donde está el hombrecito.

-Soy Filius Flitwick y voy a ser tu profesor de encantamientos a partir de ahora. Espero que trabajes duro para poder coger a tus compañeros de tu misma edad y poder dar clases normales-me empieza a decir mientras anda por la sala que, ahora que la veo, parece una clase con sus pupitres y pizarra.-Siéntate ahí. ¡Si no hubieras llegado tarde no tendríamos tanta prisa ahora! Vamos vamos, comencemos con tu primera clase.

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Para ser el primer día de escuela, ha sido bastante movido. Después de la clase de encantamientos con el profesor Flitwick (que al final ha resultado ser bastante entretenida) he tenido que ir a otras cuantas más. Solo me han dejado descansar para ir a comer, aunque he tenido menos tiempo para ello que los demás.

En la comida me han estado, de nuevo, mirando todos los estudiantes de Slytherin y algunos se han reído de mi porque dicen que me voy a ir esta semana de aquí. Yo no les he seguido la gracia y en cuanto he terminado de comer, he salido corriendo para la siguiente clase. Ya estoy bastante mosqueado con mi dolor de nariz para que vengan ellos y joderme más.

Me han tenido que hacer un pequeño mapa para encontrar a todos los profesores, pues no me atienden en sus clases normales sino en unas más pequeñas. De momento ya he dado Encantamientos, Transformaciones, Pociones y Vuelo y lo único que se me ha dado “bien”, ha sido lo último que he nombrado. Va entre comillas porque casi me meto LA hostia aunque haya conseguido volar. En las demás apenas he podido hacer un cuarto de lo que me han pedido. Es raro tener que depender de tu varita para todo. Incluso más cuando no tienes ni idea ni de como cogerla ni de como canalizar tu magia. Igualmente, mañana me pienso poner aun más las pilas e intentaré evadirme de todos los posibles problemas que pueda tener hoy con los de mi casa para que nadie me pare.

He de decir que los profesores se han portado muy bien conmigo a pesar de ser un completo desastre. La verdad es que ahora doy gracias de haber estado solo dándolas, pues si no, me hubiera muerto de vergüenza. Parezco un niño de pequeño intentando aprender a hablar.

Ahora solo queda cenar y dormir, por fin, en mi cuarto.

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He terminado de comer y, lleno, voy hacia donde me enseñaron ayer que estaba la zona de los Slytherin. Tardo un poco y doy bastantes vueltas por los pasillos aunque, gracias a eso, me encuentro a Luna por uno de ellos y me enseña el camino.

-¿Cómo te ha ido el día?-me pregunta casi al llegar. Yo hago una mueca. ¿Debo decirle la verdad?

-Creo que me podría haber ido mejor, sinceramente. Ojalá estuviera en tu casa, creo que todo sería mejor-le digo mientras me paso una mano por mis alocados pelos y echo una gran bocanada de aire. Estoy realmente cansado y la nariz me sigue palpitando.

-Bueno, seguro que mañana será uno mejor-dice alegre. Siento envidia de ella. Parece que no le importa nada y… es tan feliz.-¿Quieres que te ayude con esa nariz?-Me pregunta aun más sonriente que antes.

-¿Puedes hacer algo? Me duele muchísimo y te lo agradecería.

-¡Claro! Quédate quiero-se aclara la voz y saca su varita-¡Episkey!-y después de un crujido, mi nariz deja de doler. Le doy las gracias y ella se quita el mérito.-Mañana nos vemos, buenas noches- y se va danzando por el pasillo. Yo me quedo embobado. Luna es una chica muy rara pero de momento, es la maga más simpática que he conocido y le debo una -¡Debes decir la contraseña para que se abra la puerta!-grita desde lejos al ver que no me he movido ni un milímetro. Ahora le debo dos.

Asiento con la cabeza aunque ella no me vea y miro hacia el muro de piedra que tengo enfrente mía. Susurro “sangre pura”, pues es lo que dijo el rubio antes de que la puerta se abriera y así lo hace de nuevo. Echo una mirada hacia el interior y parece que no hay mucha gente. Entro medio de puntillas para no llamar la atención de los estudiantes que hay sentados en los sillones y voy hacia el dormitorio. Supongo que ahí estará mi cama aunque ayer no me hubieran dejado dormir en ella. Mi corazón empieza a latir con fuerza porque de momento va todo bien. “A lo mejor se han olvidado de mi” pienso. También me cuesta respirar. Estoy intentando hacer el menor ruido posible y eso implica no respirar mucho.

No me cuesta llegar a la habitación donde ayer entraron los de primer año y la abro lentamente. No hay nadie. Miro hacia atrás para cerciorarme de que no me sigue nadie indeseado y me meto en la habitación cerrando la puerta tras de mi. Hoy es mi día de suerte. Ningún percance, todo bien.

Apenas veo en la casi completa oscuridad del cuarto. Más o menos veo unas siete camas y todas menos una de ellas, desechas y con cosas encima. Supongo que en la que no hay nada es la mía y voy hacia ella. Desgraciadamente está entre medio de las demás y eso significa que hay más posibilidades de que se percaten de mi existencia.

-¡AUCH!-grito. Acabo de darle una enorme patada a algo muy duro.

Después de cojear por unos instantes y decir algunas palabras malsonantes con odio, empiezo a palpar el objeto al que he golpeado. Parece un baúl. Mi baúl. Saco la llave del bolsillo para ver si de verdad es el mío y cuando veo que se abre, resoplo de alegría. Pensé que lo había perdido o que ellos lo habían tirado a algún lado para que yo jamás lo pudiera encontrar. No todo está perdido aun aquí.

-Hora de dormir Dani, mañana ya repasas lo que has traído-me digo. Lo hubiera mirado ahora pero no veo un pimiento.

Abro la cama y me tumbo en ella con la ropa que llevo puesta. No pienso cambiarme en una habitación donde no se si alguien va a venir y a pillarme medio desnudo. Paso. Prefiero dormir con la ropa sucia y ya mañana me cambio en algún lavabo.

Paso varios minutos cerrando los ojos abriéndolos, esperando dormirme. Mas no hay nada que hacer. Estoy demasiado inquieto por la posible llegada de los demás estudiantes a la habitación. ¿Qué van a hacerme cuando me vean? Tengo que hacer algo para que no…

-Ey-susurro. Acabo de encontrar algo que me puede solucionar ese problema.

La cama tiene una especie de cortinas por los lados. Evidentemente las echo rápidamente y me acomodo mejor. Ahora si que puedo estar un poco más relajado. Seguro que nadie se percatará de que las cortinas están echadas.

Y en efecto, cuando los demás llegan a la habitación, ninguno se da cuenta. Incluso ni hablan para decirse las buenas noches. Al poco tiempo apagan la luz y empiezan a roncar sin problemas. Esto es lo bueno de compartir el cuarto con unos mocosos, apenas duran despiertos.

Ahora yo ya puedo dormir tranquilo.

~~~~

Un enorme zarandeo me despierta de mis dulces sueños. Cuando veo a quien tengo delante, quiero gritar, pero me tapa la boca. Yo abro los ojos todo lo que puedo y él lo único que hace es llevarse un dedo su boca y pedirme silencio. Asiento con la cabeza. A este chico le gusta demasiado mandar.

 Yo ya que pensaba que iba a tener una noche tranquila y ahora viene de nuevo el rubio a incordiarme.

-Espero que mañana ya estés cogiendo el expreso hacia tu casa por que si no… atente a las consecuencias Anderson-me dice echándome todo su caliente aliento por mi cara. Realmente está haciendo que se me erice el bello de los brazos.

Mierda, ¿es que no puedo escapar de él?

Días 6, 7, 8, 9, 10 y 11 – Raíces

-Ethan, cariño, son la una de la tarde ya. Toca levantarse- dijo su madre, sentada en el borde de la cama, acariciando el largo y oscuro cabello de éste con cariño. Lo tenía completamente enredado y lo estaba intentando alisar.

Ella miraba la pálida cara que tenía su hijo con preocupación. Estaba peor que nunca y encima él no hablaba de nada con ella, aunque hiciera el intento de ello. Odiaba que su hijo le hiciera eso, que se cerrara ante ella sin poder remediarlo. Pero no le culpaba a él, no después de cómo se pusieron ella y su marido cuando Ethan era pequeño. Aquello lo llevaría toda su vida grabado en su corazón y como peso en la espalda.

Si le hubiera apoyado como debía, si le hubiera dado todo el ánimo en aquel momento que más necesitaba… Cuando todos le odiaban por ser diferente… Pero no, su marido le obligó a seguir su linea. No hacía falta decir que su marido es un completo homófobo. Los padres de los niños de la clase de Ethan hablaban con ellos con aires de grandeza por la condición de su hijo y eso cabreaba aun más a su marido. Si no le hubiera metido tanta presión con aquel tema, a lo mejor ahora podrían hablar con total libertad, madre e hijo juntos, riendo.

A lo mejor todo podría ir un poquito mejor si hubiera puesto de su parte cuando tocaba.

Se lo lamentaría por el resto de su vida. Era por ello que actualmente trataba con tanto cariño a su hijo, para intentar cerrar aquellas heridas que fueron hechas hace años. Aunque sabía claramente que no iba a funcionar, ella tenía la esperanza de que aquello cambiara. De que Ethan, por la razón que fuera, le perdonara.

Aunque solo fuera un poco.

~~~~

Aquella mañana no pintaba mal. Por fin tendría Ethan tiempo para estar solo sin ningún riesgo a encontrarse con sus dos acosadores -aunque uno era más deseado que el otro-. Ethan se convenció a si mismo de que aquel fin de semana no iba a salir ni al balcón. Tumbado en la cama, empezó a recordar lo que ocurrió el día anterior. En como besaba embelesadamente a Simon, dejando llevar su cuerpo por la pasión y la locura del momento. Luego recordó el vídeo que le grabó Norman, el cual salía humillado ¿Cómo podía haberle hecho? ¿Por qué estaba tan obsesionado con él? Parecía que disfrutaba haciéndole la vida imposible. También se le vino a la mente la idea de la muerte, aunque en aquel momento ya no le parecía tan buena solución como el día anterior. Estaba demasiado triste horas antes y no podía pensar con claridad.

La angustia empezó a ser más notoria en su interior a medida que pasaba la mañana. ¿Qué iba a hacer si aquel vídeo se viralizaba en la escuela o en su ciudad? Sería el fin para él. Aunque ya le habían hecho cosas parecidas en el pasado, no tenía ni punto de comparación con este hecho. Nunca había mostrado aquella cara ante él, aquella cara de depredador rabioso. Le daba miedo, siempre le había dado miedo. Y si su padre se enteraba de todo lo que había ocurrido el día anterior…

A partir de aquel instante no podría actuar de la misma forma delante de él, aunque éste no supiera nada. Eso se le sumaba que sentía algo fuerte por Simon en su interior. Aquellos besos. Aquella pasión que se desató en su interior con violencia.

Llevó una de sus manos a los labios. Aun tenían el recuerdo en ellos, del sabor de su saliva. Una bola ardiente empezó a subirle por el pecho, desembocando en su boca. Volvía a sentir el placer que le había producido aquel beso. El corazón se le aceleraba más y más por momentos. Necesitaba una ducha para despejarse. No podía tropezar de nuevo con la misma piedra.

Después de haberse duchado, Ethan visitó el cuarto de su hermana Lillie. Hacía tanto tiempo que no hablaba con ella, que lo estaba echando de menos en lo más profundo de su ser y se sentía demasiado culpable por haberla “abandonado” por unos días. Pero habían sido unos días demasiados alocados.

Ella era la única de la casa con la que podía hablar, la que le comprendía en cierta medida. Llamó a la puerta con los nudillos, ansioso por que le dejara molestar.

-Hola Lillie, soy yo- dijo el peliazul esperando a que ella le abriera, no le gustaba entrar sin que le diera permiso. Escuchó como se arrastraba una silla, pasos y luego la puerta se abrió.

-Buenas tardes dormilón- rió su hermana. Ella siempre estaba alegre, con una gran sonrisa en la cara. Era una de las cosas que le encantaba de ella, conseguía mantener la sonrisa aunque no tuviera ganas de ello. Lillie hizo un gesto a su hermano para que entrara en su habitación y se sentó en la cama.
-¿Qué tal estás?- preguntó Ethan con una sonrisa en la cara, su hermana siempre conseguía contagiárselas.

-Pues muy bien hermanito. Estaba estudiando un poco porque ya mismo tengo exámenes y no quiero suspenderlos- dijo alegremente mientras hacía una mueca y dirigía la vista hacia la pila de libros de su mesa de estudio.

-Necesito que me distraigas, ¿tienes tiempo?- confesó directamente sin andarse por las ramas. No podía aguantar un minuto más el infierno que se estaba desatando en su interior.

-Claro, podríamos hacer alguna manualidad. Antes hacíamos un montón- dijo señalando una estantería, la cual estaba llena de objetos hechos a mano por ellos dos. Había dinosaurios hechos de arcilla, dibujos, muñecos de tela… Ethan ya ni se acordaba de cuantos años tenían aquellas cosas.

El resto del día lo pasaron entero haciendo manualidades. Su hermana consiguió hacerle olvidar por largas horas todas sus preocupaciones, que era lo que más necesitaba. Al día siguiente se levantó temprano para terminar lo que habían dejado ayer secando. Después de una larga jornada terminando las manualidades, habían creado una especie de planetas, los cuales se podían colgar del techo. A partir de aquel momento aquellos planetas le recordarían qué no todo era destrucción, siempre se podría construir algo y que no debía ser un alma en pena durante toda su vida. O al menos esperaba que le inspiraran aquello cuando estuviera de nuevo engullido por la oscuridad y las sombras de su vida, mirando el techo de su habitación.

Por la tarde colgaron unos cuantos planetas en el cuarto de Ethan, junto a las estrellas que le había regalado su madre, y el resto en el cuarto de Lillie. El techo de su cuarto ya parecía una recreación del espacio, era hermoso. Hasta la hora de comer, él y su hermana se quedaron mirando el techo, maravillados por lo bien que les había quedado. Aquel día pudo dormir con toda normalidad, sin miedos que azotaran su cabeza. Aquel invento funcionaba bien, de momento.

~~~~

Lunes, el infierno había llegado a su habitación otra vez. Su madre acababa de entrar para levantarle y este, desganado, se sentó encima de la cama. El miedo volvió a su cuerpo después de día y medio. No quería ir a la escuela, no quería ver ni a Simon ni a Norman y sabía perfectamente que si iba, pasaría lo inevitable.

-¿Qué es lo que te pasa Ethan? Se te ve aun más pálido de lo que ya eres- dijo la madre con preocupación desde la puerta. Ethan miró a su madre, con el corazón en un puño, e intentó convencerla de no tener que ir a clase porque no se encontraba bien. Después de mucho suplicar, su madre accedió a que se quedara en casa.

Aquel día lo pasó entero en su cama, aburrido, sin tener nada que hacer, llorando sus penas interiormente. Los planetas le ayudaban, pero no parecían hacerle el mismo efecto que el día anterior.

Martes y miércoles fueron más de lo mismo. Volvió a convencer a su madre para no tener que ir a la escuela, con la excusa de que aun no se sentía en condiciones. Sin embargo, la tarde del Miércoles, alguien fue a visitarle perturbando la calma monotonía que había tenido días atrás.

Alguien llamó a la puerta de su habitación. El corazón se le encogió ya que no esperaba a nadie. El sujeto aun no identificado, sin esperar una respuesta por parte de Ethan, abrió la puerta lentamente. Era Simon. ¿Qué hacía allí?

-Hola, Ethan- dijo serio. ¿Cómo le habían dejado sus padres pasar a su habitación? Simon cerró la puerta tras de sí y se acercó a la cama- ¿Cómo estás? Me han dicho que no te encontrabas bien, he venido a traerte los deberes- dijo el peliblanco. Ethan sabía la verdad, que no había venido por los deberes, sino a verle a él.

Saltó de su cama y cogió las cosas que el peliblanco le había traído. Las dejó sobre la mesa, dándole la espalda al contrario. Si le miraba volvería a caer en su tela de araña.

-Ethan, una cosa- dijo Simon más serio aun. La voz le bailaba, como si estuviera muy enfadado por dentro pero no lo quisiera mostrar. Éste sacó su móvil del bolsillo y se acercó al peliazul mostrando la pantalla del dispositivo-¿Me puedes explicar esto?

Ethan dirigió la mirada hacia la pantalla -aunque se lo había pensado varias veces antes si hacerlo o no- esperando a que le pusiera lo que le “tenía que explicar”. Un vídeo se empezó a reproducir: era él en el cuarto de baño cuando Norman le estaba grabando. ¿Cómo tenía él el vídeo? Las manos de Simon empezaron a temblar de ira. Ninguno de los dos quería seguir viendo el vídeo.

-P-páralo- dijo avergonzado el peliazul dando un manotazo al móvil. La mirada de Simon se le clavaba en la nuca, no era capaz de mirarle. Simon le zarandeó, cogiéndole por los hombros. “Esto no puede ser real” susurró. Simon, harto de que no le dirigiera la mirada Ethan, cogió la barbilla de éste con una mano y le levantó la cara. Sus ojos estaba llorosos, a punto de descargarlo todo.

-Que hijo de puta- logró decir Simon entre tanta ira acumulada.

Ethan empezó a soltar las lágrimas contenidas en sus ojos, avergonzado. ¿A cuantas más personas les habría enviado el vídeo? Su mundo empezó a desmoronarse, como su cuerpo. Las piernas se le doblaron solas, haciéndole caer. Simon, como pudo, le cogió por los brazos emitiendo un gruñido. Acercó su cuerpo hasta el suyo, quedándose pegados mientras le sostenía con un brazo por la cintura y le volvió a besar.
Un beso fugaz, un roce de ambos labios. Ethan, aturdido, parpadeó y dejó de lagrimear. Con cara de tonto, se puso de puntillas y se acercó esta vez él a su cara para devolverle el beso, deseoso de sus labios. Pero Simon le echo hacia atrás.

-Hasta mañana, Ethan- dijo y se fue por la puerta como había entrado. Le acababa de devolver lo que él le hizo la primera vez que intentó besarle.

Ethan, buscando cual era el fallo que había cometido para que Simon le apartada de su lado, se quedó de pie, mirando al horizonte. ¿Por qué le había rechazado? El peliblanco se estaba dejando desear hasta límites insospechables. ¿No era él el que le quería? Ya no podía negar el hecho de que sentía algo por él. Además su cuerpo le pedía estar con él.

Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas. No entendía nada de lo que pasaba, solo que tenía ganas de besarle, rellenar ese beso que no había sido correspondido. Aquella noche el pequeño universo que había creado en su techo, era su nuevo vacío por el que no paraba de caer. ¿Era posible tocar un fondo más profundo que en el que se encontraba Ethan?

Al día siguiente tuvo que ir a la escuela obligado por su madre, ya no le permitía quedarse un día más en la cama. A decir verdad, Ethan ya se había cansado de esconderse. Debía afrontar ya la salida de su casa y volver a retomar su vida. Esperaba con todas sus fuerzas que Norman no hubiera difundido el vídeo. No podría aguantar las miradas penetrantes de las personas que lo hubieran visto, ni sus comentarios hirientes hacia su persona, ni sus obscenas risas al verle y al señalarle como si fuera escoria. Había soñado tantas veces con aquellas pesadillas que, si se hicieran realidad, el acabaría con su vida.

Aún no le cabía en su cabeza el por qué Norman lo había hecho y, encima, que le pidiera un beso después de todo. ¿Cómo una persona que te humilla te pide un beso? Supuestamente lo hace para reírse de ti porque no le caes bien o porque te odia, pero pedir un beso…No era normal. Eso le daba un leve indicio de esperanza, pues el también se había expuesto con aquel comentario en el vídeo.

Aquella mañana Simon no fue a buscarlo y tampoco fue a la escuela, algo que le puso triste. Era la única persona con la que quería hablar en aquel momento, le había dejado tan trastocado que el día anterior se fuera de su casa de aquella manera, que necesitaba verle y saber que no se había enfadado con él. Otra vez se sentía solo, como en un principio.

Evitó durante el resto de día todo contacto con cualquier humano, igual que ellos con él. Lo único que pudo hacer es terminar su puesto saltándose todas las clases que aquel día le tocaban. Cuando el final de la tarde se acercaba, volvió a su casa. En su cama, rezaba con todas sus fuerzas para que mañana le fuera a buscar Simon. Necesitaba verle, pedirle disculpas por todo. Aunque eso le hacía sentir tonto y más cuando en su estómago miles de mariposas le hacían cosquillas, haciéndole sonreír cada vez que pensaba en él. ¿Qué le pasaba? Debería estar preocupado por el vídeo, no por Simon.

Días 6, 7, 8, 9, 10 y 11 completados

Capítulo 7 – ¿Salida?

-Porque una vez tu me salvaste sin importar quien yo fuera y lo que te costara-dice Nadir con una gran sonrisa ladina en su cara mientras echa la mirada hacia atrás por el espejo retrovisor. Suenan tan bien las palabras que salen por su boca, me embelesan y hacen que pierda el sentido del tiempo, espacio y mis preocupaciones.

Debo decir que aun soy débil a su sonrisa y no puedo evitar devolvérsela. La respuesta ejerce una presión fuerte sobre mi corazón y siento como late con fuerza y violencia. Sé que es una reacción extraña de hombre a hombre, pero no puedo evitarlo para nada, me atrae hacia él con cada cosa que hace sin poder poner yo resistencia alguna -o más bien no quiero hacerlo-. Además, tengo unas terribles ganas de llevar mi mano a su mejilla y acariciarla. Ha pasado tanto tiempo… han pasado tantas cosas desde que se fue.

Su rostro se ha endurecido, ha dejado de tener esa cara aniñada con la que le conocí aquel día que revolucionó por completo toda mi vida… y pensar que solo ha pasado un mísero año de nuestras vidas. Se le nota muchísimo más maduro y algunas cicatrices en su cara ayudan a ello. Debería preguntarle dónde ha estado, por qué no contactó conmigo en ningún momento, por qué tiene tantas heridas o simplemente como está. Pero me siento demasiado abrumado como para ello.

He de reconocer que pasados los dos meses de perderle de vista pensé que ya no volvería a verle -aunque muy a mi pesar- pero por lo que veo fallé con esa predicción, para mi fortuna. Llevo una de mis manos cerca del corazón e intento que se calme. Los latidos impactan sobre mi extremidades notablemente. Aparte de eso, tampoco consigo retener la emoción que sale directamente de mis ojos. Me estoy volviendo un llorón.

-Gracias- susurro. Ese gracias no es por haberme salvado de ir a la cárcel, sino de haberme redimido como persona. Si él no hubiera aparecido hubiera seguido con mi vida de lujos y ceguera aplastando a los que me sustentaban-Estoy en deuda contigo-consigo decir un tanto más fuerte, intentando hacer como no me cuesta hablar bien.

-Veo que no has cambiado nada, Gabriel-y ríe dulzonamente-Me gustas tal que así.

Mas nuestro pequeño reencuentro no dura felizmente por mucho más tiempo. Unas sirenas empiezan a sonar tras de nosotros y si pongo más atención, oigo como se están acercando a bastante velocidad.

Echo la mirada hacia atrás y veo un grupo de coches que se nos acerca. Agarro el hombro de Nadir para avisarle pero él ni se inmuta. Sin embargo, aprieta el acelerador velozmente y yo salgo disparado hacia atrás, sentándome en el asiento algo incómodo por culpa de los cinturones que se me clavan. La cabeza también se me va hacia atrás y con la poca fuerza que tengo, no consigo llevarla a una posición normal.

Las sirenas cada vez se escuchan más cercanas de nosotros y Nadir no para de acelerar. No se cuanta velocidad puede llegar a alcanzar el coche pero puedo suponer que no mucha más. Después de varios intentos por ponerme en una buena postura, lo consigo y miro por la ventana. Estamos pasando un puente que cruza de un lado a otro un enorme lago salado que seguramente utilizan como almacén para la filtración del agua salada y convertirla en agua de consumo. Vuelvo la mirada hacia delante y una fila entera de coches, como en el que estamos montados, nos cierra el paso al final del puente. Apenas quedarán unos 10 segundos para llegar allí y atrás nuestra, unos 5 coches nos están pisando los talones.

-¡Estamos acorralados!-grito desesperadamente y un agobio horrible me apaga la voz en la última vocal que suelto. Demasiadas emociones para mi en menos de un día. Odio, sediento de violencia, apenado, confuso, triste, asustado, feliz, agobiado, acorralado, medio muerto… Adiós días normales.

Nadir sigue sin inmutarse y tiene la mirada clavada delante nuestro. Maldita sea, ¿qué le pasa? ¿Es que no se da cuenta de lo que está pasando? Muchos gritos empiezan a salir de mi boca hacia él estrepitosamente y empiezo a temblar de nerviosismo.

Mierda, hasta aquí hemos llegado. Otra vez me voy a tener que despedir de él, aunque ahora si puedo hacerlo despierto. Después de un par de segundos esperando a que Nadir hiciera algo -cosa que no pasa-, me echo hacia delante, agarro su cara y beso una de sus mejillas. Así es como se despidió él en su día y así es como lo voy a hacer yo hoy. Parece estar todo perdido.

-No seas tan dramático-dice él tranquilamente. Su voz suena tan serena que me desconcierta y me deja con cara de tonto. Nos quedarán unos 15 metros aproximadamente antes de estrellarnos con ellos pero bueno… lo mejor es no pensar en eso. Siempre sufres menos si no lo haces.

Nadir gira su mirada hacia mi y con una sonrisa, su típica y dulce sonrisa, me rodea la cintura con sus largos brazos y tira de mi hacia el asiento del copiloto. Mi pecho lentamente se hincha de unos sentimientos que jamás he experimentado y siento como mi cara de llena de sangre. ¿Aun tengo que añadir más al repertorio? Es extraño estar tan pegado a un chico que, en realidad, aun no sé mucho de él. Pero es como si él fuera el polo negativo y yo el positivo.

-Agárrate a mi-dice imperante pero manteniendo aun su serena voz. Yo, obedientemente, hago lo que me pide y siento como su agarre se vuelve un tanto más agresivo.

Estamos completamente pegados el uno al otro. Ahora todo pasa muy rápido. El coche sigue su camino rápidamente hasta los demás que nos esperan al final del puente. Nosotros aun estamos dentro, aunque que no por mucho tiempo.

Veo como Nadir lleva una de sus manos hacia la puerta y la abre levemente. Yo le miro confuso pero él me guiña el ojo. Se que me pide con esa acción que vuelva a confiar ciegamente en él de nuevo y no creo que pase nada malo por intentarlo. Aun no me ha decepcionado.

Los dedos de su otra mano se clavan en mis caderas y de un segundo a otro siento como mi cuerpo empieza a volar. Bueno, mejor dicho, empezamos los dos a volar. Nadir nos tapa con su enorme capa y se aprieta más contra mi. Es una sensación muy singular el caer hacia algún sitio que no sabes bien a cuanta altura está ni lo doloroso que va a ser la caída.

Todo se me viene para arriba y grito con todas mis fuerzas. No estoy asustado, pero he tenido ese grito tan retenido dentro de mi cuerpo que ahora es el mejor momento de soltarlo y ha salido sin impedimento alguno. En cierto modo me he liberado de él.

-Coge aire-pide Nadir y éste lo hace. Yo tardo un poco en darme cuenta de por qué tengo que coger aire, pero lo hago.

Me aferro a su pecho con todas mis fuerzas y espero la inminente llegada al agua. Llevamos mucha velocidad ya que íbamos muy rápido con el coche y nos hemos lanzado al vacío. Imaginad… ¿a cuánto podíamos ir? ¿150-160 km/h? Miedo me da solo pensar el impacto.

-¡SE ESCAPAN!-grita uno de Seguridad.

-¡DISPARAD!-grita otra persona con furia.

Mas ya es tarde. Cierro los ojos con fuerza esperando lo que tenga que pasar. Chocamos contra la superficie del agua y nos adentramos un par de metros oblicuamente. Nadir se ha encargado de entrar lo más limpiamente para no hacernos daño.

Al principio siento un leve impacto sobre mi nuca, pero luego es como si me dejara caer sobre agua -aunque es literal-. Pocos segundos después de habernos mojado, una gran explosión perturba notoriamente el agua. Debe ser la colisión de nuestro coche con los que nos acorralaban al final del puente.

Y si os digo la verdad, ahora mismo me dan igual las posibles víctimas que eso pueda haber causado. ¡Me querían meter en la cárcel y a saber qué cosas más!

Ya sumergidos, mi salvador me suelta y abro los ojos para orientarme. No estamos ni muy lejos de la superficie ni muy cerca del fondo. Puedo ver como algunas balas -o eso me parece- se abren paso por el agua pero pierden fuerza unos centímetros encima nuestro. Nadir empieza a hacerme señas para que le siga y yo sin demorarme mucho le sigo.

Lo gracioso es que ya sentía que me faltaba aire antes de entrar y ahora lo siento con aun más fuerza. Esto es peor que cuando salgo fuera a trabajar recogiendo basura. Al menos allí empiezo con una buena dosis de oxígeno y no se termina en las horas de trabajo.

Como puedo, voy empujando con mis manos y pies el agua para moverme en la dirección que me indica, sin embargo voy muy lento. Si os digo la verdad, estoy asombrado de saber nadar aun sin haberlo hecho nunca.

Me siento muy impotente por no poder moverme todo lo rápido que me gustaría y encima siento unas tremendas ganas de tomar aire. La garganta se me contrae y me pide oxígeno. Quedo parado completamente entre la lluvia de balas que llegan sin fuerza y la mirada de Nadir. Mierda, no puedo más, tengo que subir a tomar aire. Empiezo a hacerle señas a Nadir de auxilio. Éste rueda los ojos como si no le importara nada y yo sin poder aguantarlo más, empiezo a subir hacia la superficie. Aire, aire.

Torpemente voy subiendo. Necesito aire. Apenas quedan dos metros para llegar pero algo me impide seguir subiendo, él. ¡QUIERO AIRE! Me está mirando con cara de querer matarme pero mis pulmones están ardiendo deseosos de tener aire nuevo. Pataleo para intentar librarme de su agarre pero este tiene mucha más fuerza que yo y lo único que consigo es perder energías y tiempo. Si, ese que poco me queda. Aire…

Al final, pega un tirón hacia abajo, lo que me hace descender -aunque intente lo contrario-y éste sale disparado hacia la superficie como si no le costara ni el más mínimo esfuerzo hacerlo. No tarda nada en llegar a ella y tal como lo ha hecho baja lo más rápido posible porque la lluvia de balas se ha intensificado notablemente al, seguramente, ver su figura emerger del agua.

Afortunadamente ninguna es capaz ni de rozarle y baja majestuoso hasta donde yo me encuentro, perdiendo la vida. ¿Cuanto llevaré así sin poder moverme? Me he estado centrado en él para no pensar que me estoy muriendo ahogado. Encima de mí se puede ver un gran conjunto de burbujas intentan alcanzar el final para salir fuera de está jungla de agua.

Además, la angustia que siento es imposible de relatar. Por mi mente se pasar imágenes de los bonitos bosques que tanto me gusta ver en los libros de botánica o yo tomando una gran bocanada de aire cuando estoy rodeado por los pocos árboles que hay en Luna. La cabeza se me cae hacia atrás sin yo poder evitarlo -no se si es por pérdida de fuerza o algo lo ha provocado- y miro indirectamente hacia la superficie. Pero antes de cerrar mis ojos por completo agotamiento, veo como Nadir viene nadando rápidamente hacia mi y junta sus labios con los míos. Tira de mi barbilla hacia abajo para abrírmela y me pasa aire. Mis pulmones se llenan de nuevo, aunque la sensación de ahogamiento no se ha ido para nada.

Después de haberme dado una cantidad considerable de su aire me agarra de la mano y tira de mi hacia su objetivo. Me cuesta alejarme de sus labios. Nunca los he ansiado, pero ahora es como su hubiera estado ciego de ello. Me lleva a rastras. A lo mejor si me hubiera contado algo hubiera dado algo más de mi -aunque quien sabe, soy demasiado débil-.

El tiempo se pasa lentamente. Ya debería haberme ahogado pero Nadir no pierde las esperanzas en mi. ¿Cómo este chico puede seguir nadando después de todo esto? No solo se lleva a si mismo, si no que me carga. Ojalá fuera más fuerte y algo más atlético, así podría ayudarle a llevarme. La corriente de agua choca contra todo mi cuerpo creando un rozamiento notable, mas aun así Nadir sigue con una gran velocidad. Es como si tuviera los pies y las manos palmeadas.

La eterna espera se termina cuando llegamos a una pequeña orilla donde él me deja en ésta boca arriba.

Toso, toso todo lo que nunca he tosido y grandes borbotones de agua salen de mi boca. Sabe mal, muy mal. Creo que en mi vida volveré a comer sal. A mi lado, tendido también, está Nadir intentando recuperar el aliento. Yo, cuando consigo sacar todo el agua posible de mi interior, me dejo caer hacia atrás y cierro los ojos.

-¡Hey! Despierta-grita el pelibonito meciéndome de un lado a otro considerablemente y al final consigue su cometido.

Abro los ojos confundido. No me he dormido, hacía menos de un segundo que había cerrado los ojos, no me puedo haber dormido. Me siento sobre la arena mojada que hay a nuestro alrededor. La cabeza me empieza a dar punzadas de dolor y la agarro con una mano. Vale, me he quedado dormido.

-No podemos quedarnos aquí por mucho tiempo, Gabri-dice mirando hacia todas las direcciones en posición defensiva. Se le nota tenso y muy concentrado en buscar cualquier evidencia de cualquier ser humano que nos persiga. Yo me quedo K.O al escuchar el diminutivo que me ha designado de un momento a otro.

Asiento con la cabeza y trato de levantarme. Primero me apoyo sobre mis piernas y palmas para comprobar la estabilidad de mi cuerpo. Luego flexiono las rodillas para subir en altura mientras, con ambos brazos, intento no caerme. Al final, consigo levantarme sin problemas, aunque aun no he dado ningún paso. Miro hacia mis piernas buscando alguna herida o sangre, mas no encuentro nada parecido.

-Date la vuelta-me ordena Nadir. Enarco una ceja desconcertado por ese mandato y niego con la cabeza. Ya me he cerciorado bien de que no me pasa nada-¡Hazme caso!-grita perdiendo los nervios y ahí es cuando si le hago caso.

Doy una vuelta de 180 grados y me quedo de espaldas a él. Siento como sus fríos dedos recorren la tela de mi camisa que está totalmente pegada a mi piel, humedecida por el reciente baño que nos hemos dado. Luego, noto como un trozo de ella se desgarra y una corriente de aire me hace saber en que zona ha sido: por mi omoplato.

Él vuelve a posar sus robustas pero finas manos, ahora sobre mi piel desnuda, y llega a un sitio donde dejo de tener sensibilidad alguna. Éste empieza a rascar esa zona mas sigo sin sentir nada. Molesto, empiezo a mover la espalda por si siento dolor en ésta, sin embargo, sigo sin sentir nada de nada.

-¿Qué me pasa?-pregunto sofocado mientras llevo una de mis manos hacia la zona e intento tocar el foco de incertidumbre. Nadir no tarda en golpear mi mano para alejarla-Auch.

-Es mejor que no te lo toques-responde, aunque no de la manera que me hubiera gustado. Me he quedado igual o peor que cuando he hecho la pregunta.

-¿Qué es?-me giro para volver a mirarlo y ahí es cuando me doy cuenta de que sus hermosos ojos oceánicos están abiertos como platos y su boca parece que se va a desencajar. Esa reacción solo puede significar que nada bueno tengo en la espalda. Mis dos manos agarran mechones aleatorios de mi pelo y empiezo a estirarlo. Pierdo el control, no. No.

-Eso…-intenta decir mas la voz se le quiebra y tiene que tragar saliva para poder seguir hablando- eso es el menor de nuestros problemas ahora.

Y en cuanto lo dice, como si lo hubiera predicho, un disparo rebota en la arena muy cerca de donde nos encontramos. En cuanto escucho el tiro fallido me agacho y cubro mi cabeza con las manos. Nadir hace lo mismo y me hace señales para que le siga.

Él echa a correr, aunque más lento porque mantiene la forma evasiva, siguiendo la orilla del lago. Yo le sigo sin problemas alguno, aunque mis músculos a los 5 pasos empiezan de nuevo a resentirse. El mundo se está riendo de mi por cuando dije que no iba a correr más en mi vida.

Seguimos corriendo por un cuarto de hora. Los pies se han convertido en una especie de rocas muy pesadas que cada vez me cuesta más levantar. Mis brazos están completamente desconectados de mi sistema funcional y están colgados moviéndose por la fuerza de inercia. Mi boca reseca ansía respirar con menor dificultad y mis ojos necesitan hacer un parón para poder descansar. Nadir no para ni un minuto, parece una máquina hecha para correr y nadar a la perfección. Los disparos ya cesaron, ahora solo corremos para distanciarnos lo más posible de ellos e intentar escondernos en cualquier lado.

1, 2, 5, 10, 15 minutos más pasan. En verdad creo que ya he perdido la cuenta de cuantos de ellos, pero se clavan en mi sin piedad. El sudor me cae por las cejas y a veces algunas gotas me entran en los ojos distrayéndome de mi camino. Me he comido un par de hoyos y rocas, en donde me he caído, pero Nadir siempre ha estado ahí para tenderme la mano y ayudarme a seguir corriendo.

A cada paso que doy, más cosas empiezan a perder el sentido. Mi vida, todo lo que he luchado por conseguir, mis estudios, mi casa, mis amistades, las fiestas de conmemoración, las caricias, mi padre… Mi mente se sumerge en un estado de depresión viscosa que tira de ella hacia una zona más profunda. ¿Por qué correr? ¿Para qué hacerlo? Todo está perdido por mucho que intente negarlo.

-Creo que ese puede ser un buen lugar donde refugiarnos por hoy-dice súbitamente mi compañero, señalando un gran tubo medio enterrado en el suelo.

Ahora es cuando debería ilusionarme por haber encontrado algo en lo que aferrarme, mas ya estoy cansado de ello. Decelero mi paso y voy hacia donde él va, aunque desganado. Ya me da igual que las piernas me tiemblen por el sobre-esfuerzo casi inhumano que he hecho. Ya me da igual que mi cabeza de vueltas, al igual que todo el paisaje que me rodea. Ya me da igual ver la cara borrosa de Nadir que se acerca velozmente hasta donde me encuentro.

Ya me da igual la oscuridad.