Capítulo 5: Calma incierta

Oliver estaba nervioso. Sabía que, en ese estado, Daniel era capaz de hacer cualquier cosa, y lo peor de todo era que él no había logrado mantenerle a su lado. Después de que el rubio se alejara dejándole solo en esa aula, Oliver había tratado de ir tras él; sin embargo, su profesor de historia le había descubierto y, al ver las motas de sangre en su rostro, no había tardado mucho en suponer que el pelirrojo había tenido algo que ver en esa pelea de la que todos hablaban.

En resumen, Oliver se había pasado el resto del recreo en el despacho del director, tratando de explicar que él no tenía nada que ver con lo sucedido, por mucho que su profesor, de quien estaba más que seguro que le tenía manía, dijera lo contrario. Por suerte, el director parecía haberse decantado a su favor para gran alegría del chico. Y así, Oliver logró volver con sus amigos y contarles lo sucedido justo antes de que el timbre sonara.

Desde ese momento, ya habían pasado casi las tres horas que les quedaban de clase y, por mucho que su hermana le había dicho que había llamado a su madre para contarle lo sucedido, Oliver apenas había sido capaz de concentrarse en las clases. Mucho menos cuando escuchaba algún que otro comentario sobre su mejor amigo y sabía que tenía que quedarse con las ganas de responderles a todos esos que se atrevían a hablar de él sin saber nada.

—¿Ha llamado ya? —le preguntó en un susurro a su hermana, deseando fervientemente que su respuesta fuese “sí”.

En silencio, Natalia sacó su móvil del bolsillo del pantalón y negó con la cabeza tras comprobar que no había nada nuevo.

—Va a estar bien, ya lo verás —trató de tranquilizarle ella.

Oliver bufó. Un par de filas por delante, su “querido” profesor de historia seguía explicando la lección, pero él apenas entendía ni una sola palabra de las que decía. Tenía unas ganas enormes de que terminaran las clases para poder ir de una vez junto a Daniel y disculparse, pero el tiempo parecía pasar cada vez más lentamente.

—Y ahora vamos a hacer un alto en la lección.

Confusos, todos los alumnos miraron a su profesor alejarse de la pizarra para apoyarse en su mesa, de cara a ellos. Sin perder el tiempo, Natalia le dio un pequeño codazo a su hermano. Este no tuvo más opción que sentarse correctamente, justo a tiempo, ya que la mirada del adulto se había ido fijando en las caras de todos y cada uno de sus alumnos.

—Como ya sabréis, dentro de unas semanas, el instituto va a hacer una exposición sobre los personajes más famosos del siglo XX de nuestro país. Estoy seguro de que Ángeles ya os habrá dicho algo sobre esto —añadió refiriéndose a la profesora de lengua y literatura.

Varios de los chicos asintieron, entre ellos Benji, que estaba sentado en primera fila y no dejaba de mirar a su profesor. El moreno recordaba bien que Iván le había dicho esa misma mañana que a este le encantaba mandar trabajos.

—Pues bien, vuestra profesora y yo hemos estado hablando y hemos decidido que a esta clase les tocará los escritores. Podéis elegir entre poetas, ensayistas, dramaturgos, novelistas… Lo único esencial es que la persona que hayáis elegido fuera alguien importante, nada más. El trabajo se hará en parejas —añadió, logrando que todos se miraran entre ellos, escogiendo ya a su compañero—. Parejas que yo elegiré, así que no hace falta que discutan sobre quién lo va a hacer con quién.

El tono serio del hombre logró que todos se desanimaran.

—El trabajo deberá tener un mínimo de ocho páginas. Podéis incluir alguna fotografía, pero no más de tres por trabajo, y con que pongáis un retrato, servirá. Será a ordenador, por supuesto. Y, como podréis suponer, cuenta para nota y se me entregará el jueves veintisiete, dentro de exactamente una semana.

Un murmullo generalizado de protestas empezó a escucharse, pero fue rápidamente acallado con una sola mirada del profesor.

—Bien, ya que está todo dicho, voy a empezar a decir las parejas para el trabajo.

Con una tranquilidad pasmosa, el profesor se volvió hacia su mesa, cogiendo una hoja en la que estaba la lista con todos los nombres de los alumnos y, sin más, empezó a nombrar a las parejas.

Una sonrisa se dibujó en el rostro del pelirrojo al ver que, por el orden que parecía seguir su profesor, las parejas se hacían por orden alfabético. Sabía que tenía dos opciones: o bien le tocaba hacer el trabajo con su hermana, o con Daniel. Era la suerte de que nadie más que su hermana y él tuvieran un apellido que empezara por la letra “G”.

—Adriana Fernández y Natalia García —continuó diciendo el hombre, a lo que Oliver acentuó su sonrisa, sabiendo que ahora diría su nombre y el de Daniel—. Oliver García y Benjamín González…

—¡¿Qué?!

El grito de sorpresa de Oliver y hasta del propio Benji, logró interrumpir al profesor quien, molesto, se volvió hacia sus dos alumnos.

—¿Hay algún problema?

—¡Que a mí me tocaba con Daniel! —exclamó Oliver, al que poco le importaba que toda la clase le estuviera mirando.

—No sé qué tipo de atención habrá puesto a sus clases de lengua, García, pero, que yo sepa, “González” siempre ha ido antes que “Hudson” —respondió el mayor cortante—. Ahora, si me disculpa, seguiré con la lista, ¿o hay algo más que quieran decirme? —preguntó observando alternativamente a Oliver y a Benji.

Derrotados, ambos negaron con la cabeza. Natalia pudo ver a su hermano hundiéndose en el asiento, ocultando su cara entre sus brazos, posados en el pupitre. Trató de animarle con un par de palmaditas, pero el chico no se dio por aludido, demasiado sumido en la mala suerte que había tenido en todo ese día.

Por otra parte, Benji simplemente no podía creerse su suerte. Y lo peor no era que tuviera que hacer el trabajo con el pelirrojo, ya que siempre podían dividirse el trabajo y juntarse el último día para ponerlo en común. La parte negativa, por desgracia, era que aún no tenía instalado internet ni el teléfono en casa, y él no sabía dónde había un ciber o una biblioteca en esa ciudad. ¿Podía tener peor suerte?

—Bien, ahora que ya están todas las parejas hechas, solo decirles que estas se mantendrán para todo el curso. —Un ligero estremecimiento hizo temblar el cuerpo de los dos jóvenes, que centraron su mirada en el profesor, deseando con fuerza despertar de esa pesadilla—. Y ahora, hagan el favor de sentarse con su compañero.

Al instante, la clase se convirtió en un hervidero. Entretanto, al menos la mitad de los alumnos se levantó de sus respectivos asientos para ir junto al que sería su nuevo compañero.

Entre el murmullo de voces y ruido general, las miradas de Benji y de Oliver se encontraron. Les separaban una fila entera de alumnos, pero parecía que ninguno quería apartar la mirada, como si el desviarla significara que ese sería quien tendría que cambiarse de sitio. Ninguno quería ceder. Ninguno tenía pensado levantarse por las buenas de su sitio para ir hacia el otro, a pesar de que casi todos los demás estuvieran ya sentados con sus respectivos compañeros.

—Esto… Oliver.

El pelirrojo, sorprendido por esta nueva voz que escuchaba tan cerca, giró la cabeza y observó a la compañera de clase que se le había acercado.

—¿Podrías dejar que me siente ahí? —le preguntó señalando, cómo no, su sitio.

En silencio, el chico observó a su hermana y a su compañera antes de suspirar resignado.

—Claro, cómo no. Yo tendré que cambiarme —añadió molesto mientras recogía sus cosas y se levantaba.

Adriana esbozó una sonrisa tímida, haciéndose a un lado cuando el pelirrojo se levantó y pasó a su lado en dirección a la primera fila. Benji, que había vuelto su mirada hacia delante, simplemente vio de reojo a su nuevo compañero tirar de mala manera la mochila en el suelo y, acto seguido, sentarse a su derecha.

La tensión entre ambos era palpable. A pesar de que el profesor había seguido explicando cosas sobre el trabajo, escribiendo en la pizarra el esquema que deberían seguir en él, ninguno de los dos chicos se movió y, por más que la mirada de ambos estuviera clavada en la pizarra, no parecía que estuvieran viendo lo que había escrito en ella.

—Bien. Espero que lo hayáis copiado —habló de nuevo el profesor, pasando su mirada por toda la clase—. Y por cierto, quiero que mañana me digáis qué personaje habéis escogido, para evitar que haya algún trabajo repetido.

Todos asintieron, algunos más entusiasmados que otros, discutiendo en murmullos con sus compañeros sobre el personaje del que iban a hacer el trabajo. Benji, por su parte, simplemente suspiró. Nada más había escuchado hablar del trabajo, había pensado en hacerlo sobre Juan Ramón Jiménez, pero ahora tendría que preguntarle al pelirrojo qué le parecía la idea.

El timbre que anunciaba el fin de las clases sonó en ese mismo momento, casi como una bendición. Rápido como el rayo, Oliver recogió sus cosas, dispuesto a irse de allí cuanto antes. Sin embargo, antes de que siquiera pudiera colgarse la mochila al hombro, una mano se cernió sobre su brazo.

—Tenemos que hablar.

Con una mirada que haría temblar al más valiente, Oliver se volvió, deshaciéndose del agarre del moreno de un movimiento.

—¿Sobre?

—¿El trabajo quizás? —le preguntó el moreno, intentando no perder la poca paciencia que tenía al escuchar el tono prepotente del otro.

—Suponía que eso había quedado claro. Yo hago la primera parte, y tú la segunda. Ya lo pondremos en común. ¡Ah! El trabajo lo hacemos de Lorca.

—No.

—¿No? ¿Cómo que no? —le interrogó ahora el pelirrojo, enseriando su tono.

Oliver, que se había cruzado de brazos, miró a Benji completamente serio. Pero él, lejos de amilanarse, no cambió de opinión al igual que no bajó la mirada ni un instante al responder.

—Lo primero, no sé por qué das por sentado que voy a hacer el trabajo de quien tú me digas. Y lo segundo —añadió antes de que el otro le interrumpiese—, yo no tengo internet en casa y, sí, sé perfectamente que existen las bibliotecas, pero no sé dónde hay alguna en esta ciudad. Así que, o lo hacemos juntos o no hago nada —concluyó.

Los dedos de Oliver se crisparon de tanta fuerza con la que había cerrado las manos. Pero, por más que el enfado parecía haber tomado el control, lo primero que salió de su boca fueron unas enormes carcajadas.

—¿De verdad piensas que me voy a creer que no vas a hacer el trabajo? ¿Quieres suspender o qué?

—Piensa lo que quieras. Solo sé que si yo caigo, tú caes conmigo —respondió Benji, encogiéndose de hombros—. Así que piénsatelo y mañana me dices.

Y, tras estas sencillas palabras, Benji cogió su mochila, se la cargó al hombro y salió del aula sin esperar respuesta de un sorprendido pelirrojo que parecía haberse quedado de piedra.

 

* * * * *

 

—¿Daniel?

La voz de mujer rompió el silencio que parecía haberse apoderado de la casa, devolviendo a Daniel a la realidad. Pese a todo, el chico no se volvió. No le hacía falta hacerlo para saber quién estaba tras él. Había reconocido la voz al instante como la de Diana, la madre de Oliver y Natalia.

Conocida por todos por su terrible malhumor cuando se enfadaba, Diana observaba a Daniel desde el marco de la puerta. La mujer, de cuarenta y tres años de edad, compartía el color de cabello de sus hijos y también los ojos marrones que compartía con Oliver, y los rasgos finos y sumamente femeninos que Natalia había heredado.

—¿Quién te llamó?

—Natalia —respondió ella—. Me contó lo de la pelea con Darío. Estaba preocupada. Todos están preocupados.

Una leve sonrisa afloró el rostro del rubio. Pudo escuchar a la mujer avanzando un paso, acercándose más a él, aunque se detuvo a un par de pasos de distancia.

—Pues, como puedes ver, estoy bien.

—No, no estás bien, y lo sabes —le contradijo ella sin alzar en ningún instante su tono de voz.

El chico no dijo nada. Sabía que era imposible engañar a Diana. Sabía que ella, al igual que su mejor amigo, era capaz de leer en él como si se tratase de un libro abierto.

—Y ahora, ¿por qué no sueltas ese cristal?

Una leve carcajada salió de los labios del menor. Y, sin más, hizo lo que Diana le había pedido.

—No pensaba suicidarme —susurró divertido porque la mujer hubiera pensado eso—. No soy tan cobarde… ¿o debería decir tan valiente? Puede que odie haber nacido, pero no tengo fuerzas para quitarme la vida. ¿No es de idiotas?

Diana negó con la cabeza, agachándose al lado del adolescente.

—No lo es. No eres ningún idiota por querer seguir viviendo —habló la mujer, centrando su mirada en la del joven para después desviarla hacia la foto que había ante él.

En silencio, Daniel siguió el curso de su mirada. Acto seguido, la vio coger la fotografía con cuidado de no cortarse y esbozar una sonrisa.

—Recuerdo el día que hicimos esta fotografía —empezó a decir—. Acabábamos de salir del hospital de hacer la primera ecografía. Tu abuela y yo habíamos ido con ella, ya que tu padre estaba de viaje esa semana. Recuerdo que estaba tan contenta que, incluso antes de salir al hospital, le fue enseñando la ecografía a todos los que estaban en la consulta y, después, a casi todas las personas que nos encontramos mientras salíamos y por la calle.

A pesar de no querer escuchar, Daniel bebía todas y cada una de las palabras que Diana pronunciaba con añoranza y muchísimo cariño. Ella había sido la mejor amiga de su madre, a la que había conocido en la escuela, al igual que a su marido y al padre de Daniel. Y, por lo cual, Diana había sido una de las que más había sufrido tras su muerte.

—Puede que tu madre fuera una persona muy delicada en temas de salud, pero ese día fue todo lo contrario. No había forma de que se estuviera quieta —se rió, sacudiendo levemente la cabeza al recordarlo—. Tu abuela y yo tardamos más de quince minutos en conseguir que se metiera en el coche para volver a casa, decía que no quería…

—Lo sé.

Diana se calló, desviando su mirada de la fotografía hacia Daniel.

—¿Lo sabes? —preguntó, confundida. Una parte de su mente le decía que el chico no se refería a lo que había pasado ese día que ella estaba relatando.

Daniel asintió en silencio. Tenía la mirada fija en la fotografía, en la sonrisa que lucía su madre; sin embargo, a pesar de saber que esta era solo para él, eso no hacía que se sintiera mejor.

—Sé lo del cáncer. Sé que mi madre rehusó el tratamiento por los riesgos que podía tener hacia mí —murmuró sintiendo que la mujer que había a su lado se tensaba, enormemente sorprendida.

—¿Cómo… cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo?

El chico se encogió de hombros. Respondió:

—Mi padre no es el único que tiene “amigos”, ¿sabes? —le dijo, levantándose para acercarse a su escritorio. Abrió uno de los cajones y sacó una carpeta—. No me fue difícil hablar con alguien y pedirle que investigara. Y esto fue lo que me dio ayer.

Con el pulso temblándole, Diana cogió el papel que el chico le tendía. No le hacía falta leerlo por completo para saber lo que traía, ya que las palabras “cáncer”, “rehusó”, “tratamiento”, y “bebé” fueron las primeras en las que sus ojos se fijaron. Suspiró. Ella lo sabía, por supuesto. Había estado allí, junto a su marido y el padre de Daniel, cuando su mejor amiga había tomado la decisión de rechazar el tratamiento para su cáncer por los riesgos que podía tener sobre su pequeño.

—Daniel, cariño, esto no…

—¿Por qué no me lo dijisteis? —le interrumpió él, mirándola fijamente.

Diana bajó la mirada. Recordaba el momento en el que el padre de Daniel había decidido no contarle nada a su hijo hasta que fuera más mayor. Y también que, cuando eso sucedió, decidiera decirle que su madre había muerto por una complicación en el parto, nada más.

—Tu padre pensó que sería lo mejor —contestó al fin—. No queríamos destrozarte con la noticia, Daniel. No queríamos que pensaras que era culpa tuya, ya que no lo es.

Los brazos de la mujer rodearon el cuerpo del pequeño, estrechándole entre sus brazos. El cuerpo de Daniel temblaba y sus brazos, férreamente estirados y con los puños apretados, estaban pegados a su cuerpo. Había empezado a llorar, algo que solo notó cuando los dedos de Diana limpiaron sus mejillas de lágrimas, para luego darle un beso en la frente.

Ninguno supo cuánto tiempo estuvieron así, abrazados, con Daniel llorando entre los brazos de Diana y la foto de su madre tirada entre ambos, al lado de ese papel que le había revelado, por fin, toda la verdad respecto a su nacimiento y la muerte de su madre. Pero, al final, Diana se separó unos centímetros del chico, sonriéndole cuando sus miradas se encontraron.

—Venga, vámonos a casa.

—¿A casa? Creía que ya estaba en casa —se extrañó el menor.

—Sí, pero estos días vas a quedarte en la mía —le dijo ella—. Así que será mejor que empieces a recoger lo que quieras llevarte.

Tras asentir una sola vez, Daniel se limpió las lágrimas dispuesto a hacer lo que Diana le había pedido. Pero antes de eso, se agachó y recogió la foto de su madre del suelo, cuidándose de no volver a cortarse, a pesar de que la herida hacía tiempo que había dejado de sangrar.

—Voy a tener que comprar un nuevo marco —susurró sin que hiciera falta.

—Creo que tengo alguno en casa que te puede servir.

Daniel sonrió levemente y, tras esto, posó la fotografía y el marco roto sobre la mesita. Luego fue hacia el armario y sacó una maleta en la que guardar la ropa. Entre ambos no tardaron mucho y, cuando todo estuvo listo, salieron de la habitación del chico para ir a la casa de la mujer.

 

* * * * *

 

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!

Esas fueron las primeras palabras que Oliver le dijo a Daniel, que estaba sentado en uno de los sofás de su casa. El joven pelirrojo, al que la preocupación aún no le había desaparecido, había entrado corriendo al salón de su casa cuando, al abrirles la puerta, su madre les había dicho que Daniel estaba allí viendo un poco la tele. Y, así, Oliver no había tardado mucho en ir hacia el salón, acercarse a su mejor amigo y tirarse sobre él antes de abrazarle con fuerza.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —repetía una y otra vez.

—¡Oliver para! ¡Que me ahogas, estúpido! —gritó Daniel, logrando apartarle al empujarle con ambas manos, una en el pecho y otra en la mitad de la cara.

Oliver por fin se separó del rubio, aunque no se alejó más de medio metro de él, sentándose a su lado. Por otra parte, Natalia, que se había acercado bastante más tranquilamente que su hermano, se detuvo frente a Daniel.

—Te parecerá bonito, ¿no? —le dijo inclinándose levemente hacia él completamente seria y con los brazos en jarras—. ¿Tienes idea de lo mucho que nos hemos preocupado por ti?

—Natalia, no…

—Tú a callar, Oliver —le interrumpió ella, posando un instante la mirada en su hermano—. Y tú, ¿qué tienes que decir al respecto? —añadió mirando ahora, de nuevo, al rubio.

Se hizo el silencio en la sala. Natalia tenía la mirada fija en Daniel, al igual que este la miraba solo a ella. Al mismo tiempo, Oliver pasaba su vista de uno a otro, y hasta parecía que Diana esperaba la contestación del chico, ya que ningún ruido les llegaba en ese momento desde la cocina.

—¿Y bien?

—¿Lo siento? —probó suerte Daniel, poniendo carita de pena.

—¿Que lo sientes? ¡Vaya si lo vas a sentir! —le aseguró la joven, acercándose un paso más al chico—. Nos has tenido a todos muy preocupados desde que huiste de esa forma del instituto, ¿y ahora solo dices “lo siento”?

—Te prometo que no volveré a hacerlo —agregó rápidamente el rubio. Sabía que, cuando quería, Natalia tenía el mismo mal genio que su madre.

La mirada esmeralda de la pelirroja se centró aún más en el joven que había frente a ella, tanto que casi parecía que pudiera leerle todos y cada uno de sus pensamientos. Nadie dijo nada y, durante unos interminables segundos, el silencio volvió a tomar su señorío en el salón, al menos hasta que, tras un suspiro, Natalia volvió a hablar:

—Más te vale —le dijo seria, señalándole con una mano. Acto seguido, esbozó una gran sonrisa—. Me alegro de que estés en casa.

Soltando el aire que había mantenido en sus pulmones, Daniel correspondió al abrazo de su amiga. Luego se volvió hacia el hermano de esta cuando Oliver dijo algo sobre que casi parecía que Natalia iba a saltarle a la yugular al rubio en cualquier instante.

—¡Venga, niños, a comer!

 

* * * * *

 

—¡Oliver, aquí! ¡Pásamela!

El aludido desvió un segundo la mirada hacia Raúl, que era quien le había hablado. Acto seguido, volvió a posar su vista en el joven que estaba ante él, cortándole el paso, y, después, en la canasta, calculando la distancia que había entre ambos. Sonrió.

Haciendo un amago hacia la izquierda, el pelirrojo pudo quitarse de en medio al chico del equipo contrario y le pasó la pelota a su compañero. Este, tras un par de pasos, le lanzó la pelota, permitiendo que fuera él quien lanzara a canasta.

—Y… ¡Sí! ¡20-19! —exclamó triunfante el pelirrojo nada más que el balón cayó al suelo tras pasar por el aro—. ¡Hemos ganado!

Al instante, dos pares de brazos le abrazaron, coreándole por la canasta que acababa de meter que les había permitido ganar el partido. Por otra parte, los tres chicos del equipo contrario se resignaron, acercándose a los ganadores.

—Vale, vale, nos toca invitaros al pincho —habló uno de ellos, cogiendo una botella de agua que tenían cerca del campo de juego, al lado de las mochilas—. Pero antes, un descanso. Estoy muerto.

Los otros cinco jóvenes asintieron a sus palabras y se sentaron en el suelo tras coger la pelota y otra botella de agua, pasándosela entre ellos.

—¿Y cómo es que Daniel no ha venido? —le preguntó uno de los chicos a Oliver.

—Mi hermana y sus amigas le han secuestrado —suspiró el pelirrojo, dándole un largo trago a la botella. Acto seguido, la cerró, ya que era el último en beber.

—¡Ja! Pobre Dani —se rió otro.

—Oye, ¿os dais cuenta de que la semana pasada vino Dani pero no Oliver y esta semana fue al revés? —comentó pensativo uno de ellos—. Y, además, la semana anterior no vino ninguno.

—Eso es porque para la semana que viene vendrán los dos, pero para la próxima no vendrá ninguno, Julio, que no te enteras —bromeó Raúl, dándole una leve colleja a su amigo.

Las risas de los del grupo no se hicieron esperar. Pronto cada uno estaba haciendo comentarios aún más absurdos que el anterior, solo para provocar las risas de los demás.

Sin poder dejar de reír, Oliver se tumbó por completo en el suelo. Después de ese pequeño descanso, ya no estaba tan cansado como antes. A pesar del mes en el que estaban y de que solamente vestía una camiseta de manga corta y unos pantalones cortos, el chico no tenía nada de frío. Por suerte, ese sábado parecía que el tiempo se estaba disculpando por todos esos días anteriores con lluvia, y ahora el sol calentaba casi tanto como en un día de verano.

—Entonces, qué, ¿os apetece otro partidito rápido? —preguntó Julio, con una sonrisa en el rostro.

—¿Una revancha? —tentó Oliver, volviendo a sentarse.

—Los mismos grupos, y quien pierda paga la bebida. ¿Hace?

El pelirrojo miró a sus dos compañeros de equipo y estos asintieron casi al instante, así que estrechó la mano de Julio, aceptando.

—¿Al mejor de diez?

—Vale.

Volviendo a posar las botellas al lado de las mochilas, los jóvenes se pusieron en sus puestos. Y así, y tras decidir a suertes que el equipo de Julio era quien tendría primero la pelota, empezaron otro partido en el que se jugaban quiénes pagarían las bebidas.

 

* * * * *

 

Benji caminaba por la ciudad portando una sola carpeta con algunos folios, un bolígrafo y el esquema que tendrían que seguir guardados en ella. Sabía que iba un poco justo de tiempo. Pronto darían las once y media, hora en la que había quedado con el pelirrojo. Sin embargo, como ya podía ver la cancha de baloncesto de la que este le había hablado, el moreno no apretó el paso, dado que no veía a nadie esperando allí.

Suspiró. Aún no podía creer que hubiera quedado con el pelirrojo para hacer el trabajo de historia juntos. Pero así había sido. Benji recordaba que, tras la rápida conversación del jueves, el viernes Oliver había decidido aceptar el trato que le había ofrecido, accediendo a hacer el trabajo juntos pero con dos condiciones: la primera, que él elegía el escritor, y la segunda, que él decidía dónde quedaban.

Sabiendo que podía haber sido mucho peor, Benji aceptó esas dos condiciones, poniendo especial atención al lugar en el que quedarían al día siguiente, por la mañana, para después ir a una biblioteca.

Unas risas y unos cuantos abucheos le llegaron desde la cancha, a pesar de que llevaba los auriculares puestos. Curioso, Benji desvió su mirada hacia el lugar de donde provenían los sonidos. Enseguida vio que, al contrario de lo que había creído antes, el lugar no estaba vacío. Había seis chicos más o menos de su edad jugando al baloncesto.

A pesar de que nunca le había apasionado ese deporte, pero sabiendo que tenía que esperar por el pelirrojo, Benji decidió acercarse un poco más a la verja. Así, observó a los jugadores y, en especial, al que en ese momento tenía la pelota: un chico castaño que vestía unos pantalones de chándal azules oscuros y una camiseta blanca.

Aburrido, le siguió con la mirada, viéndole ir hacia la canasta pero siendo interceptado por otro chico, este pelirrojo, que logró hacerse con la pelota. Este se la pasó acto seguido a un moreno que había cerca de él. Y, segundos más tarde, Benji pudo ver al pelirrojo de antes metiendo canasta aprovechando que uno de sus compañeros le había pasado la pelota. Además, no contento con esto, el chico hizo el moonwalk, dedicándoselo al castaño del equipo contrario. Las risas de sus compañeros no se hicieron esperar, menos aún los abucheos de los del equipo contrario. Sobre todo cuando el pelirrojo habló, diciendo el marcador:

—¡3-0! ¡La verdad, chicos, es muy fácil venceros! —se rió el pelirrojo, coreado por sus dos compañeros—. Como sigáis así, también pagaréis las bebidas.

Desde la verja, Benji pudo ver cómo el castaño alto de antes cogía la pelota y le susurraba algo al pelirrojo que no pudo llegar a entender que provocó las risas del otro chico. Pero, antes de que el juego se reanudara, uno de los jugadores le descubrió.

Benji le miró. Era el moreno compañero del pelirrojo que acababa de puntuar. Un joven que, ahora que lo miraba mejor, parecía sonarle de algo.

—Oliver. —Le oyó decir señalándole acto seguido—. Creo que te están esperando.

Nada más escuchar el nombre que el otro había dicho, Benji descubrió que ese pelirrojo que había visto jugar era, en realidad, su compañero de clase. Desvió la vista hacia él y vio que este también se había vuelto y le estaba mirando, poniendo una mueca de desilusión al reconocerle.

—¿Ya son las once y media? —preguntó Oliver a pesar de saber que así era.

—¿Quién es? —le interrogó a su vez Julio, que, como todos los demás, observaban al otro chico con curiosidad.

Sin responder, Oliver se alejó del grupo para ir hacia donde había dejado las cosas. No se extrañó al ver que Julio caminaba tras él.

—¿Quién es? —repitió—. ¿Tu último ligue?

La carcajada de Oliver le sirvió al otro para ver que no era así; pero, pese a todo, no cesó con su interrogatorio.

—Es un compañero de clase —respondió al final el pelirrojo, abriendo su mochila para coger la otra camiseta que había traído y quitándose la que llevaba puesta para ponerse la que acababa de sacar—. Tengo que hacer un trabajo con él.

Volviéndose, se encontró con que el chico le observaba con algo demasiado parecido a la lujuria brillando en su rostro. Sonrió. Conocía demasiado bien a Julio como para saber en qué estaba pensando el chico, así que, entre risas, le lanzó la camiseta toda sudada a la cara.

—Que sepas que no me olvido de que me debes un bocadillo —le dijo.

Julio lanzó una carcajada, devolviéndole la camiseta, mientras sacudía un par de veces la cabeza.

—¿Qué te parece si cambiamos el bocadillo por una copa hoy por la noche? —tentó acercándose por detrás—. Porque hoy sales, ¿no? Además, tengo que decirte algo muy importante.

Oliver se mordió el labio inferior y se aguantó un breve suspiro al hacerse una idea sobre qué era esa cosa tan importante que quería contarle el chico.

—Lo siento, pero hoy no salgo —le dijo, volviéndose hacia el castaño tras guardar las cosas y colgarse la mochila de los hombros y el maletín de uno de ellos.

—¿Qué? Venga, Oliver, ¡no me puedes hacer esto! —se quejó el mayor, poniendo incluso un puchero para intentar hacerle cambiar de opinión.

—Le he dicho a Daniel que me quedaba con él en casa viciando, así que lo siento pero no. Bueno, ya nos vemos. ¡Adiós chicos! —se despidió—. ¡Pasáoslo bien sin mí!

—¡Eso ni lo dudes! —se rió uno de ellos.

Oliver sonrió, dio media vuelta y caminó hacia la verja donde esperaba Benjamín; notando perfectamente la mirada de Julio fija en su persona.

No se saludaron. Es más, apenas intercambiaron una breve mirada entre ellos, antes de que el pelirrojo se pusiera en marcha, sin importarle demasiado si el moreno le seguía o no. A ninguno de los dos le hacía mucha gracia haber quedado para hacer el trabajo juntos, pero ninguno quería arriesgarse a las consecuencias de hacerlo por separado.

En silencio, Benji seguía al pelirrojo por las distintas calles de la ciudad. Caminaba un par de pasos por detrás del chico, escuchando música tranquilamente, mientras trataba de memorizar el camino, tanto por si tenía que volver en alguna otra ocasión a la biblioteca, como para después poder volver a casa. Por suerte, el paseo no duró demasiado y, en un par de minutos, ambos chicos se encontraban frente a las puertas de una de las bibliotecas de la ciudad.

—Bueno, cuando antes entremos, antes saldremos —se dijo Benji encaminándose hacia la puerta, abriéndola y pasando seguido del pelirrojo.

 

* * * * *

 

Nada más entrar en la biblioteca, Benji echó un vistazo a su alrededor, notando todas esas casi interminables estanterías llenas de libros que podía ver desde donde se encontraba. A su vez, pudo observar que había muy poca gente, algo que no le extrañó para nada, ya que aún no era época de exámenes y, además, hacía un día perfecto para estar fuera de casa.

En silencio, el moreno empezó a caminar hacia unas mesas que estaban relativamente cerca de donde estaban. Sin embargo, no pudo avanzar mucho, pues el pelirrojo le detuvo al cogerle del brazo.

—Esa es la zona de los niños pequeños —le dijo Oliver, esbozando una sonrisilla al continuar hablando—: Y aunque no dudo que los libros de dibujar sean tus favoritos, si no te importa, yo prefiero ir a la zona de los mayores.

Puesto que no quería hacer ningún escándalo en la biblioteca y, menos aún, con la encargada mirándoles, Benji se calló la posible réplica. En su lugar, empezó a seguir al pelirrojo hacia unas mesas bastante más alejadas en las que pudo ver a unos pocos jóvenes. Así, acabaron por sentarse en la mesa más alejada, Oliver en uno de los extremos y Benji a su izquierda.

—¿Trajiste el esquema?

En vez de responder, Benji simplemente abrió su carpeta, sacó la hoja en el que tenía apuntado todo lo que el profesor había dicho sobre el maldito trabajo, y se la tendió al chico. Nada más tener el papel en sus manos, Oliver le echó un rápido vistazo, constatando las partes que debería tener el trabajo y los apartados dentro de cada parte.

—¿Cómo quieres hacerlo, Wikipedia y ya? —Oyó preguntar a Benji.

Si no hubieran estado en una biblioteca, Oliver le habría respondido con una sonora carcajada vacía de gracia pero llena de sarcasmo. Pero, como allí no debían hacer ruido, se conformó con hablar:

—Si quieres suspender, por mí estupendo.

—¿Suspender? Ni que estuviéramos poniendo cosas que fueran falsas.

—Puede. Pero nuestro querido profesor es conocido en el instituto por ser la Wikipedia andante. Así que no le va a hacer mucha gracia que copiemos sin más —objetó el pelirrojo, buscando la información necesaria en internet.

—En eso se parece a mi anterior profesora de lengua.

—No me interesa tu profesora, así que puedes ahorrarte tu comentario —le cortó bruscamente Oliver, sin apartar la mirada de la pantalla de su portátil.

—¿No? Pues yo creo que sí debería interesarte.

La mirada de Oliver por fin se despegó de la pantalla, centrándose en el moreno. Frunció aún más el ceño al ver la sonrisa llena de satisfacción que este le otorgaba.

—A ver, listillo, ¿y por qué crees que debería interesarme?

—Porque siempre sacaba un diez en todos sus trabajos, y te aseguro que eran mucho peores que los de nuestro profesor. Mira, te propongo algo, tú buscas la información, y yo escribo el trabajo. ¿Hace?

La ceja izquierda del pelirrojo se alzó hasta límites insospechados en el mismo momento en el que el chico escuchaba tales palabras de parte del moreno. En silencio, Oliver miró a Benji durante unos instantes.

—¿Por qué crees que voy a dejarte mi portátil? Además, en el caso de que aceptase, ¿de dónde pretendes que saque la información si tú tienes el ordenador?

Ahora fue el turno de Benji de aguantarse las risas. Aunque no por ello el chico ocultó la sonrisa mientras señalaba a su alrededor.

—Estamos en una biblioteca, ¿no? Pues que yo sepa, aquí debe de haber muchos libros sobre Lorca. Y tranquilo, si es tu primera vez en el sitio de los mayores, la señora que está allí al fondo puede ayudarte a buscar —se burló señalando a la bibliotecaria.

—Mira imbécil, será mejor que te calles si no quieres que me largue de aquí sin hacer nada —le advirtió el pelirrojo, inclinándose amedrentador hacia su compañero.

—Si quieres arriesgarte a hacer el trabajo tú solito, por mí no hay problema. Es un trabajo que me ahorras —replicó Benji, sin perder la sonrisa de su rostro, encogiéndose de hombros.

La mirada de ambos estaba fija en el otro, el pelirrojo furioso y el moreno divertido por haber conseguido sacar al otro de sus casillas con tanta facilidad.

—Está bien —accedió por fin Oliver—. Pero como me entere de que le has hecho algo a mi ordenador o, simplemente, que has estado curioseando un poco, te juro que te mato.

—Siento decírtelo, Oliver, pero no te tengo miedo. Y, además, yo he venido aquí a hacer un trabajo, no a curiosear entre tus cosas, que es lo que menos me interesa.

—Más te vale.

Con esa última advertencia, el pelirrojo se levantó de su asiento, cediéndole el portátil a su compañero de clase mientras él iba a buscar algún que otro libro que pudiera ayudarles con el trabajo.

Nada más quedarse solo, lo primero que hizo Benji fue abrir un documento de Word para empezar a trabajar. Asimismo, también buscó alguna fotografía de Lorca para la portada.

El sonido de una vibración le sacó de lo que estaba haciendo. Despegó la mirada de la pantalla del ordenador para fijarla en el teléfono móvil que estaba encima de la mesa, a su derecha. Era del pelirrojo. La pantalla del móvil estaba alumbrada, dejándole ver el nombre del que llamaba. Un tal “Julio♥♥”, según pudo comprobar el moreno al echarle un rápido vistazo. Tras un suspiro, fijó su vista en el pelirrojo. No sabía si llamarle por si era importante, o si dejarlo pasar; pero, al ver que en ese momento el pelirrojo estaba hablando con la bibliotecaria, lo dejó pasar.

El teléfono siguió vibrando un buen rato más, seguramente porque el tal Corazoncitos, tal y como acababa de bautizarle Benji, había estado llamando un par de veces más. Pero, por fin, la vibración se detuvo, y la pantalla del móvil se apagó nuevamente, dejando de nuevo a Benji concentrarse tranquilamente en su trabajo. Al menos hasta que Oliver volvió con unos cuantos libros en los brazos.

—He pensado que podríamos meter algo sobre la generación del 27 —le dijo sin desviar la mirada hacia el chico—. Y, por cierto, te han llamado.

Oliver alzó una ceja, cogiendo su móvil tras posar los libros encima de la mesa.

—¿Y por qué no me has avisado? —le preguntó mientras miraba quién le había llamado. Esbozó una pequeña sonrisa al ver que se trataba de Julio. Tras esto, le pasó uno de los libros al moreno—. Aquí se habla sobre ella. Creí que podríamos meter algo de eso también.

—¿No decías que no querías que fisgoneara en lo que es tuyo? —preguntó a su vez el moreno, encogiéndose de hombros y algo sorprendido porque ambos hubieran pensado lo mismo sobre la generación del 27—. Pues alégrate, porque no lo he hecho.

Tragándose su posible réplica, Oliver vio que Benji cogía el libro que le había acercado, abriéndolo por una página previamente marcada con un trozo de folio. En silencio, Benji lo leyó por encima, haciéndose una ligera idea de lo que podían poner en el trabajo y lo que no. Mientras tanto, Oliver se había hecho con su portátil de nuevo y estaba mirando lo que el moreno había escrito. La verdad era que no podía quejarse. En el poco tiempo que había estado ausente, su compañero casi había terminado de escribir la biografía del poeta. Eso sí, le falta algo por añadir.

—Te falta una cosa.

Benji desvió la vista, intrigado, mirando lo que el pelirrojo le señalaba: el párrafo que había escrito sobre la muerte de Lorca.

—Te falta poner que era homosexual —explicó el chico.

—Mira, que tú lo seas no hace que tenga que ponerlo en el trabajo. No es importante.

—Teniendo en cuenta que le mataron por ser republicano y abiertamente homosexual, pues más que importante, me parece esencial ponerlo —le replicó Oliver, mordaz—. Ya que dices que escribes tú el trabajo, al menos hazlo bien.

Benji suspiró, tratando de no hacer caso a esa voz interior que le decía que callara al pelirrojo de un puñetazo. Miró la sonrisa de victoria del chico. A cada segundo que pasaba, se le hacía más y más difícil el desobedecer a la voz de su cabeza. Por suerte, antes de que alguno hiciera nada, el móvil del pelirrojo empezó a vibrar de nuevo, atrayendo la atención de su dueño. Este, al ver que se trataba de un mensaje, lo abrió, empezando a leerlo: “Tú y yo, esta noche. No me digas que no”.

—Este tío es tonto —murmuró para sí mismo, sonriendo al ver que el mensaje era de Julio. Y, sin contestar, el chico volvió a posar el teléfono en la mesa, volviéndose hacia el moreno—. ¿Lo has puesto ya?

—Sí. Ya lo he puesto —respondió cansado Benji, girando el portátil para que pudiera comprobarlo por sí mismo.

La sonrisa de Oliver se amplió al verlo y, sin más, ambos se pusieron a hacer el trabajo. Y tan ocupados estaban en lo que hacían, que ninguno se fijó en la figura que se les acercaba con una enorme sonrisa en el rostro.

—¿Quién soy? —canturreó en voz baja, tapándole los ojos al pelirrojo al situarse tras él.

Sorprendido, Benji alzó la mirada, encontrándose con el mismo castaño que había visto en la cancha de baloncesto. Mientras tanto, Oliver simplemente había llevado sus manos hasta las que le tapaban los ojos, tratando de apartarlas.

—Esto no tiene gracia —susurró—. ¡Aparta tus manos de mis ojos, ya!

—No, no, no. Aún no has dicho mi nombre —se rió por lo bajo el recién llegado, inclinándose aún más hacia el pelirrojo, mordiéndole sutilmente la oreja—. Di mi nombre y te libero —prometió.

Oliver, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para tragarse el jadeo que amenazaba con escapar de sus labios, simplemente se mordió el labio inferior con fuerza e hizo caso al otro.

—Julio.

Tal y como había prometido, Julio soltó al pelirrojo, separándose un poco de este. Por su parte, Oliver pronto se volvió hacia él, preguntándole qué hacía allí.

—Me aburría con los chicos y decidí venir a hacerte compañía —respondió con total tranquilidad el castaño. Se sentó a la derecha de su amigo y frente a Benji, al cual miró un instante antes de tenderle la mano—. Hola, soy Julio. ¿Y tú eres…?

En silencio, Benji miró la mano que Corazoncitos le tendía, junto a esa enorme sonrisa tirante que le obsequiaba.

—Benjamín —dijo finalmente, estrechando su mano.

Oliver, que observaba la escena confundido y sorprendido a partes iguales, no pudo evitar preguntarse qué era lo que se le pasaba por la cabecita a Julio en esos momentos. Especialmente al ver la mirada con la que estudiaba al moreno. Pese a todo, no dijo nada, y solo se encogió de hombros, volviendo a centrarse en lo que estaba haciendo.

—¿Has acabado ya con estos? —le preguntó al moreno, señalando un par de libros que este había apartado a un lado de la mesa.

Benji le miró un instante, desvió la mirada acto seguido hacia los libros y asintió.

—Puedes llevártelos si quieres. Ya he apuntado el título y todo —le dijo, centrándose de nuevo en el trabajo—. Y llévate estos dos también, no los necesito. Acabo de encontrar algo en internet que nos ayudará bastante más.

Asintiendo una sola vez, Oliver se levantó, cogiendo los cuatro libros para ir a colocarlos en sus sitios. Julio vio todo esto en silencio, pudiendo notar perfectamente la tensión que había entre los dos jóvenes con los que se había sentado. Miró a Benjamín, y, al ver que este no parecía percibir nada más que lo que había en la pantalla del portátil, decidió aprovechar la ocasión e ir tras el pelirrojo. Con un poco de suerte, quizás hasta podía hacerle cambiar de opinión y lograr que saliera por la noche.

 

* * * * *

 

—Sal esta noche.

La voz de Julio a un par de metros de su lado le hizo detenerse a medio paso de la estantería, donde tenía que colocar uno de los libros que se había llevado.

Se guardó el suspiro resignado. Había pensado que el castaño se quedaría en la mesa en vez de seguirle. Retomó lo que estaba haciendo, colocando el libro en su sitio mientras le respondía:

—No puedo, ya te lo he dicho.

—Venga, Oliver… Además, te debo una copa por lo de antes —insistió el castaño acercándosele.

—Julio, no puedo. Daniel está algo deprimido y no quiero dejarle solo en casa.

El mayor bufó por lo bajo al oír la respuesta del otro. Daniel. Siempre era por Daniel. Daba igual los planes que hubieras hecho con Oliver, si Daniel tenía algún problema, el pelirrojo siempre lo abandonaba todo y a todos por ir junto al rubio. Julio había llegado a pensar que la razón de todo eso era que Oliver estaba enamorado de Daniel, pero tuvo que desechar tal teoría cuando ambos la negaron una vez que uno de sus amigos se lo preguntó en tono de broma, provocando las risas de los dos implicados.

—Venga, Oliver… Solo por una vez deja a Daniel y sal. Tengo que decirte algo importante.

Cansado de las súplicas del castaño, Oliver rodó los ojos, negando de nuevo con la cabeza.

—Lo siento, Julio, pero es Daniel, no pienso abandonarle —declaró con firmeza—. Y respecto a eso que quieres decirme, pues ya me lo dirás en otra ocasión —añadió encogiéndose de hombros sin darle demasiada importancia.

Así, el pelirrojo se alejó de él, dirigiéndose a otra estantería para colocar en su sitio el último libro. Tras esto, empezó a caminar hacia las mesas para terminar con el trabajo. Pese a todo, el chico no pudo caminar mucho, pues Julio le agarró del brazo, obligándole a volverse.

—No insistiría tanto si no fuera importante —le dijo, poco dispuesto a obtener otro “no” por respuesta.

—Ya te lo he dicho. Yo por mí saldría, pero le prometí a Daniel que me quedaría con él en casa —se explicó por enésima vez el pelirrojo—. Ya me dirás eso tan importante otro día que salga.

Ni el puchero de Julio logró que Oliver cambiara de opinión. Por eso, se lo pensó mejor y decidió cambiar de táctica.

—Vale, está bien, adelantaré mi plan un par de horas y te lo diré ahora.

Oliver abrió los ojos de par en par, sorprendido. Creía saber qué era eso que tanto quería decirle Julio y no se esperaba para nada que el castaño fuera a decírselo en ese momento, en ese lugar…

—¿Estás seguro? ¿De veras quieres arruinarme la sorpresa? —le preguntó, escondiendo los nervios como mejor pudo—. Venga, Julio, ahora tengo que terminar un trabajo, mejor déjalo para otro día —tentó.

Pero el mayor simplemente negó con la cabeza, acercándose aún más al pelirrojo con una pícara sonrisa en su rostro.

—Si no te conociera, diría que quieres huir de mí —le dijo riendo por lo bajo, para que nadie más que Oliver le escuchara.

—¿Yo? ¿Huir? Venga, no me fastidies. Es solo que quiero acabar con el trabajo de una vez —trató de excusarse el chico, encogiéndose de hombros.

Oliver trató de separarse del chico. Sin embargo, este no le dejó y, ampliando su sonrisa, siguió hablando.

—Quién lo diría. Casi parece que tengas miedo de quedarte a solas conmigo —le contradijo acercando sus labios a su cuello—.  ¿Me tienes miedo, Oliver? —agregó divertido bajando ahora hasta su nuez.

Mordiéndose el labio inferior con fuerza, Oliver ahogó el gemido que parecía tener intenciones de traicionarle. Sabía que tenía que separar a Julio, pero este conocía perfectamente su punto débil, con lo cual, el simple hecho de moverse se le hacía muy difícil. Pero tenía que intentarlo.

—Julio, no…

—Shhh —le interrumpió el aludido, posando un dedo sobre los labios de Oliver para impedirle continuar.

—Julio, en serio, para.

El castaño rió por lo bajo al ver el poco esfuerzo que el pelirrojo ponía para apartarle de su lado, tal y como si en verdad quisiera que no se fuera, como parecía confirmar el que el chico ladease la cabeza para cederle más espacio. Sonrió, dispuesto a hacer caso no a sus palabras, sino a su gesto, y besó con verdadera adoración el cuello del menor, mientras sus manos bajaban hasta la cintura del chico.

—Me gustas Oliver —le confesó por fin echándole el aliento sobre la piel previamente ensalivada e internando una de sus manos bajo su ropa, consiguiendo que el cuerpo del chico se estremeciera por completo—. Me gustas mucho.

—No…

Los labios del castaño no le dejaron seguir hablando. El joven le besó, poniendo en ese beso todos los sentimientos que guardaba dentro de sí desde hacía tiempo y que no se había atrevido a confesarle hasta ese mismo momento.

—Si vas a estar liándote con cualquiera en vez de hacer el trabajo, podrías avisarme. Al menos así me voy a casa y dejo de perder el tiempo aquí sin hacer nada.

La voz de Benji logró que los dos jóvenes se separasen y se volvieran para mirarle. El chico les miraba a una distancia de un par de metros, con los brazos cruzados y una expresión seria en su rostro.

—No sé tú, pero yo he venido a hacer el trabajo. Y sinceramente, si esperas que lo haga yo todo, ya puedes ir olvidándote —continuó el moreno, dándose la vuelta para alejarse de la parejita—. Me voy.

—Espera. —Aprovechando la ocasión que la aparición del moreno le había brindado, Oliver logró separarse de Julio, volviéndose luego hacia el moreno—. Vamos a terminar eso.

La dura mirada de Benjamín fue la única respuesta que obtuvo el pelirrojo. Así, pudo ver cómo el chico se dirigía hacia la mesa donde habían dejado sus cosas. Oliver suspiró. Puede que odiase al moreno y que no pudiera ni verle; sin embargo, en ese momento, le estaba agradecido por haberse presentado allí, ya que eso le había salvado de tener que contestar al castaño.

Por su parte, Julio, al ver que Oliver se alejaba de su lado, se puso ante él, impidiéndole el paso.

—¿Y qué pasa conmigo? —le preguntó confundido.

—Julio, joder te lo he dicho mil veces. Estoy aquí para hacer un puto trabajo de clase, no para aguantar que me metas mano en cualquier sitio —respondió de mala manera el pelirrojo, buscando terminar esa conversación cuanto antes—. Y si solo quieres follar, pues te esperas a que termine. ¿Queda claro?

Asintiendo de mala gana, Julio vio cómo Oliver se alejaba en dirección a la mesa, se sentaba allí y miraba algo en el portátil mientras escuchaba lo que el moreno le decía. Bufó por lo bajo, maldiciendo al moreno por haberles interrumpido después de que finalmente se confesara al pelirrojo, y tras eso, se acercó a los otros dos.

 

* * * * *

 

—Tenemos ya más de diez páginas y aún nos queda hablar de las adaptaciones que se hicieron de sus obras —seguía diciendo Benji, mientras Oliver terminaba de leer el trabajo—. Yo creo que podemos dejarlo ya.

—Por mí perfecto —murmuró el pelirrojo, sin desviar la mirada al ver que Julio se sentaba a su lado—. Aunque creo que podemos agregar nuestra opinión personal sobre alguna de sus obras. ¿Has leído algo suyo?

Benji negó con la cabeza, mirando interrogante a los dos chicos durante un instante. Le sorprendía la actitud tan fría que había tomado el pelirrojo, algo que distaba bastante de lo que había podido ver respecto a Daniel.

—¿La película de “La casa de Bernarda Alba” cuenta? Porque creo que la vi hace tiempo —respondió con vacilación, ya que apenas recordaba nada sobre ella—. ¿Y tú? ¿Has leído algo?

Una sonrisilla burlona apareció en el rostro de Oliver, que, finalmente, levantó la mirada de la pantalla del portátil.

—¿Escribió Cervantes “Don Quijote”? ¿Escribió Shakespeare “Romeo y Julieta”? ¿Era blanco el caballo blanco de Santiago? —preguntó el chico con retintín.

—Federico García Lorca es uno de los autores favoritos de Oliver —intervino Julio, explicándolo aunque no pareciera hacer falta.

Benji le miró y no se le pasó desapercibida la seriedad con la que el Corazoncitos le miraba. Pese a ello, decidió encogerse de hombros y cortar por lo sano:

—Vale, entonces de la opinión personal te ocupas tú. Yo me pondré a terminar esto.

—Como quieras.

Y así, los dos jóvenes volvieron a repartirse el trabajo. Benji tenía de nuevo el ordenador, ya que la información con la que tenía que trabajar estaba en él y Oliver siempre podría pasar lo escrito más adelante.

Pasó el tiempo, y, pese a que Benji intentaba centrarse en lo que tenía que hacer, las risas entre el castaño y el pelirrojo se lo ponían bastante difícil. Parecía que la tensión entre ellos había desaparecido por completo. En ese momento, Corazoncitos estaba contándole algo al otro sobre un tal Manuel y un tal Sergio a los que Benji ni conocía ni quería conocer.

—Y entonces voy yo, abro la puerta, ¡y me los encuentro follando! ¿Te lo puedes creer? —Julio soltó una pequeña carcajada a lo que Oliver le coreó con sus risas—. Te juro que en un primer momento no me lo podía creer.

—No sé de qué te sorprendes si ya sabes cómo es Manuel —susurró Oliver por lo bajo.

—No, si por Manuel no me sorprendo —replicó el castaño—. ¡Pero es que era Sergio! ¡Ya sabes, Don “yo soy hetero, así que dejadme en paz”!

—Sí, lo sé, lo sé —se rió el otro, sin dejar de escribir en ningún momento, aunque pendiente de la conversación—. Te recuerdo que estuve allí cuando Manuel y Daniel cruzaron apuestas sobre quién se lo tiraba antes.

—Pues al final ha ganado Manuel. Eso te lo…

—¿Podríais callaros de una vez, o al menos hablar más bajo? —les interrumpió Benji de pronto.

Julio alzó un poco el rostro, molesto por la interrupción, y le lanzó una mirada nada halagüeña al moreno.

—¿Nadie te dijo que cuando los mayores están hablando los niños tienen que quedarse calladitos? —le preguntó de malos modos.

—También me enseñaron que es de mala educación interrumpir a alguien cuando está trabajando y eso es exactamente lo que llevas haciendo desde que llegaste —refutó Benjamín, cansado ya de las tonterías de ese tío que estaba sentado frente a él.

Las miradas de ambos se encontraron, soltando chispas. Por su parte, Oliver miraba lo sucedido con una pizca de curiosidad. Suponía o, mejor dicho, sabía que Julio estaba enfadado con el moreno por la interrupción de antes. Y suponía que la verdadera razón tras el enfado de su compañero de clase era porque Julio era gay. Lo que le confirmaba que el tipo era incluso más tonto de lo que se había supuesto en un principio. Ahora la pregunta era, ¿qué haría? ¿Dejaba que los dos se peleasen o intervenía para detenerlos y calmar un poco los ánimos?

Que la pantalla de su móvil se iluminara y que, instantes después, este empezara a vibrar, le dio la respuesta al pelirrojo. Curioso, el chico desvió su mirada hacia el aparato y descubrió, sorprendido, que quien le estaba llamando era María, una de las gemelas. ¿Para qué quería hablar con él?

—Oíd, chicos, yo salgo un momento, que me están llamando —les dijo levantándose y pasándole la hoja con lo que había escrito a Benji—. Ya he terminado con esto. Léelo y cuando vuelva me dices qué te parece.

Dicho esto, el pelirrojo se alejó de los dos jóvenes. Estos ni siquiera se tomaron un instante en mirarle antes de volver a centrarse en ellos y esa pelea de miradas que no parecía tener fin.

—Voy a darte un consejo: métete en tus asuntos y deja de molestar a los demás —le advirtió Julio, inclinándose hacia Benji amedrentador—. Y más te vale alejarte de Oliver, ¿entiendes?

El moreno arqueó una ceja, conteniendo las ganas de lanzar una carcajada para responder a Corazoncitos, más aún cuando este siguió hablando.

—¿Qué te crees, que no he visto cómo le miras?

La sorpresa se abrió paso en el rostro de Benjamín, que apenas podía creer lo que acababa de escuchar. ¿Que había visto cómo le miraba? ¿Pero se podía saber qué se metía ese tío para decir semejante majadería? Sacudió la cabeza, perplejo, y le miró fijamente mientras le respondía:

—¿Como le miro, dices? Es tu problema si confundes el odio y el desprecio con el amor, así que a mí déjame en paz.

—Yo solo te advierto —susurró el castaño en tono seco.

—¿Qué pasa que hoy es el día de “vamos a amenazar todos a Benji” o qué? —preguntó retórico, poniendo los ojos en blanco—. Además, lo que haga o deje de hacer no es asunto tuyo.

Malhumorado, Benji cogió la hoja que el pelirrojo había dejado a su lado antes de salir, decidido a ignorar a Corazoncitos y centrarse en terminar el maldito trabajo de una vez. Pero, nada más su vista se posó en la hoja, sus ojos se abrieron de par en par. ¿Se podía saber en qué idioma había escrito el pelirrojo? ¿Eso era español? ¡Pero si parecían jeroglíficos!

Todavía alucinando, fijó un poco más la vista en lo que había escrito. Teniendo en cuenta que la letra era diminuta y que el pelirrojo casi había escrito una cara entera, Benji estaba más que seguro de que se iba a dejar la vista intentando descifrar lo que tenía delante.

Leyó la primera línea, o al menos eso fue lo que intentó hacer. Descubrió que, además de todas las complicaciones anteriores, se le podía añadir una más: el hecho de que el pelirrojo ni siquiera se hubiera tomado la molestia de escribir correctamente. Ya que, según pudo comprobar Benji, apenas había palabras escritas completamente, convirtiendo el texto, gracias a todas esas abreviaturas, en un auténtico galimatías.

Suspiró, tallándose los ojos distraídamente, ya que habían comenzado a dolerle, y ya iba a darse por vencido cuando el pelirrojo volvió, sentándose en su asiento y volviéndose hacia él acto seguido.

—¿Ya lo leíste?

Benji le miró fijamente, tratando de descubrir si le estaba tomando el pelo.

—¿Cómo quieres que lo lea si ni siquiera puedo descifrarlo y muchos menos verlo? —replicó molesto, dejando caer el folio en la mesa, entre ambos.

—¿Qué? Pero si escribí bastante grande —contestó el menor, chascando la lengua y recogiendo el folio para echarle una ojeada—. ¿No ves? Se ve y se entiende perfectamente.

Benji bufó. Si eso para el pelirrojo era escribir “grande”, no quería ni imaginarse cómo sería si hubiera escrito “pequeño”. Por suerte, no era problema suyo.

—Mira, eso lo pasas tú. Yo ya he acabado aquí, y además, la portada ya está hecha, solo falta que agregues tus apellidos. Además, me he guardado una copia en mi USB —añadió estirando un poco los brazos, ya que los tenía entumecidos—, así que me voy.

El moreno hizo el amago de recoger sus cosas y levantarse, pero tuvo que conformarse solamente con hacer lo primero antes de que Oliver le detuviera.

—¿No se te olvida algo? —le preguntó el pelirrojo algo cortante.

Haciendo memoria, Benji repasó todos los temas del trabajo, constatando lo que ya sabía, que solo faltaba que el pelirrojo pasara a ordenador la opinión personal.

—No creo. ¿Por?

—¿Es que esperas que yo pague la impresión?

—La verdad es que dudo que pagar diez hojas vaya a matarte, menos cuando yo he hecho la mayor parte del trabajo; pero tranquilo, tenía pensado darte la mitad del dinero. Aunque eso sí, espero que no te importe enseñarme la factura. Ya sabes, quiero asegurarme.

Y, ahora sí, Benji se levantó por fin de su asiento. Y, tras ponerse la cazadora vaquera que había dejado en el respaldo de su silla y coger su carpeta, se alejó en dirección a la salida de la biblioteca, con ganas de llegar a casa y comer algo.

En el otro extremo de la sala, Julio observaba cómo el moreno salía del lugar, volviéndose luego hacia su amigo con una gran sonrisa en el rostro.

—¿Te apetece hacer algo?

Oliver le miró, enfadado. Se tragó las ganas de ir tras el gilipollas del moreno y pegarle un puñetazo por el tono que había usado al hablarle, y, con gesto serio, respondió:

—Julio, sinceramente, en este momento lo que más ganas tengo de hacer es darle una paliza al primero que se cruce en mi camino, así que no te aconsejo “hacer algo” conmigo. Además, tengo hambre y seguro que mi madre me llamará pronto para que vaya a casa a comer.

Ocultando su disgusto, el castaño asintió con la cabeza, sonriendo ligeramente para darle a entender que no le importaba, por mucho que no fuera así.

—Nos vemos otro día entonces, ¿de acuerdo?

El pelirrojo asintió, apagando el portátil y guardándolo, junto al folio con su opinión personal, en el maletín. Después, se colgó la mochila y el maletín de los hombros y salió junto a Julio del edificio.

—Pásalo bien esta noche —se despidió haciendo un vago gesto con la mano.

Julio no respondió, no al menos con palabras. Total, ¿qué le diría, que como él no iba a salir prefería quedarse en casa? No, no quería complicar más las cosas, y menos con el pelirrojo de malhumor. Así que, tras asentir sin ganas, el chico se alejó en dirección contraria a la de Oliver.

 

* * * * *

 

Tras haberse pasado toda la tarde junto a Héctor y a Cynthia eligiendo los posibles disfraces para Halloween y recorriendo para ello casi todas las tiendas de la ciudad (cargando además con las bolsas de todo eso que Cindy había comprado), Paolo se había despedido de sus amigos e ido a su casa dispuesto a prepararse, cenar algo, y acudir a la discoteca en la que había quedado con Christian.

Y allí era donde se encontraba el joven en esos mismos instantes: apoyado en la barra, con un cacharro en la mano mientras escuchaba la música que sonaba en ese instante: la versión de Bloswight de la canción Toxic. El chico de las mechas esperaba pacientemente que dieran las diez y cuarto, hora a la que había quedado con el camarero. Pese a todo, Paolo no estaba ni cansado ni aburrido, sino que charlaba tranquilamente con uno de los camareros del local al que ya conocía de antes.

El joven, vestido de manera informal con unos vaqueros negros algo rotos por algunos sitios, y una camiseta que conjuntaba perfectamente con el nuevo color de sus mechas, el rojo, ya se había bebido un par de copas y no había dudado en alegrarse la vista con todos esos muchachos que podía ver en el local. Sabía perfectamente que, si no hubiera quedado de antemano con Christian, ya se habría liado con algún otro. Sin embargo, y por desgracia para él, Paolo había quedado con el camarero en la barra, así que no podía despegarse de esta si pretendía encontrarse con el castaño, por más que el chico ya llegara con más de cinco minutos de retraso.

—Así que estás aquí. —Oyó que le decía alguien por detrás de él—. Ya podíamos estar buscándote en el extremo.

Presto, el chico se giró en su asiento, descubriendo con sorpresa que no era una sola persona la que estaba ahora frente a él, sino dos: Christian y Rafa.

Les miró. Christian estaba justo frente a él, vestido con unos pantalones ajustados conjuntados con una camisa de color claro que llevaba desabotonada, dejando ver la camiseta, con un raro dibujo de líneas sin sentido, que llevaba debajo. Por su parte, Rafa se encontraba a la derecha del camarero, y, aunque tenía una sonrisa en su rostro, se le notaba perfectamente los nervios que sentía, seguramente por estar en ese local en cuestión. Le miró, a pesar de que el chico parecía haberse esforzado en peinarse el pelo, este no parecía haber querido amoldarse, aunque eso más que perjudicarle, le daba un toque más sexy. Al igual que Paolo, el chico vestía unos pantalones negros, estos sin roturas, y un polo de color claro de cuello de pico.

—Vaya, vaya, ¿cómo tú por aquí? —le preguntó, gratamente sorprendido.

—Christian me dijo que si me apuntaba —respondió el moreno más joven, encogiéndose de hombros—. ¿Qué pasa, no quieres verme?

—No es eso —le aseguró el chico de las mechas, negando con la cabeza y riéndose levemente—. Es que no esperaba que vinierais los dos. Creí que hoy solo estaría con Christian —confesó.

—Pues ya ves que no —intervino el castaño en esa ocasión—. Y por cierto, que sepas que te llevábamos esperando casi diez minutos.

Paolo abrió los ojos, extrañado, mirando primero al castaño y luego al moreno.

—Pero si llevo aquí desde las diez en punto y habíamos quedado aquí —les dijo sin entender—. ¿No te dije que nos veíamos hacia la mitad de la barra?

—En realidad me dijiste en uno de los extremos —le confesó Christian, quien, al percatarse de una cosa, se acercó al mayor del grupo, cogiendo un par de mechones de cabello entre sus manos—. ¿Pero tú no tenías mechas azules?

—Sí. Pero me cambié al rojo. Ya llevaba tres semanas con ello azul —contestó despreocupado, dando un nuevo trago a su bebida para luego volverse hacia el otro moreno—. ¿Y debo suponer que estás aquí porque has descubierto tu bisexualidad?

—Estoy aquí, ¿no?

—Sí, pero pudiste haber venido solamente para saldar mi deuda contigo.

—¿Qué quieres que haga para que me creas? —le interrogó el moreno, con una sonrisa en el rostro.

Paolo le miró pensativo durante unos instantes, aunque pronto una idea le vino a la mente, decidiendo ponerla en práctica.

—Bésale —le dijo señalando a Christian.

Tanto Rafa como Christian le miraron sorprendidos; sin embargo, finalmente, el moreno se encogió de hombros y se acercó a su compañero de piso. Y con una sonrisa en su rostro, le agarró por los bordes de la camisa abierta, tirando de él para unir sus labios.

A su vez, el castaño no se quedó atrás y, posando una mano en la cintura de su compañero de piso y otra en su nuca, le acercó aún más a su cuerpo, rozándose contra él mientras profundizaba el beso. Paolo, por su parte, no podía apartar la mirada de los dos jóvenes. A pesar de saber que Rafa le obligaría a cumplir su trato, nunca había llegado a pensar que el chico también se liaría con Christian, no si tenían en cuenta toda esa cháchara sobre su heterosexualidad que habían tenido el primer día.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó finalmente Rafa, separándose un poco del castaño y volviéndose para mirarle—. ¿Ya me crees?

Paolo les miró. Estaba cachondo, eso era algo que no podía negarse a sí mismo. El beso que acababa de presenciar había logrado excitarle por completo. Dispuesto a dar rienda suelta a lo que sentía y a obtener todo eso que quería sentir, se acercó con pasos decididos al menor, le alzó el rostro con una mano y le besó.

No fue un beso lento, ni lleno de amor, es más, ni siquiera contenía una pizca de cariño. Solo había lujuria, deseo y excitación. Las lenguas se encontraron y se batieron entre ellas en una encarnizada lucha para ver quién se proclamaba como dueño de la boca contraria. Y las manos no se quedaron atrás. Mientras las del mayor se colaban dentro de la camiseta de Rafa, las de este se aferraban al pecho del chico de las mechas, haciéndole imposible separarse.

—Me alegra que hayas venido —susurró Paolo en el mismo momento en el que se separaron, lamiéndose los labios sin hacer desaparecer su sonrisa. Tras esto, se volvió hacia Christian, que se les había quedado mirando a su derecha—. Entonces, ¿qué queréis hacer?

—Yo te debo una copa, ¿no? —le recordó el camarero, a lo que el chico de las mechas asintió—. ¿Qué te parece si primero saldo mi deuda y después ya vemos lo que hacemos?

Paolo asintió, después de todo, era una copa gratis. Y viendo que Rafa no se oponía a la idea, los tres pidieron sus bebidas en la barra, caminando luego hacia una pequeña mesa que estaba desocupada donde poder pasar el tiempo hasta que quisieran irse.

 

* * * * *

 

—¿Por qué Julio me ha mandado un mensaje diciéndome que tengo que salir hoy de noche? —le preguntó Daniel al pelirrojo en el mismo momento en el que este entraba en su propia habitación.

Oliver alzó la vista, posándola en su mejor amigo y en su hermana, que estaban tirados en su cama, jugando a la Play Station. Con cuidado, posó el maletín del portátil encima del escritorio, tirando de mala manera la mochila al suelo y sentándose en la silla.

—Le dije que no iba a salir esta noche porque me obligabas a quedarme contigo en casa y que solo salía si tú salías —respondió finalmente encogiéndose levemente de hombros.

Daniel enarcó una ceja, sin comprender la razón de la respuesta de su amigo, sobre todo teniendo en cuenta un pequeño detalle.

—Pero si yo no voy a estar —le dijo, desviando un segundo la mirada de la pantalla para centrarla en el pelirrojo.

—¿Has quedado? —le preguntó ahora Natalia, sin mirarle—. ¿Con quién?

—Con Fran.

—Fran… ¿Ese Fran? —le interrumpió sorprendido Oliver, que no recordaba tal cosa—. ¿El hermano de Darío?

—El mismo —confirmó Daniel, esbozando una sonrisa al adelantar a Natalia, quien empezó a quejarse por lo bajo—. ¡Y así es cómo vuelvo a ir primero! ¡Soy el mejor!

—No cantes victoria tan rápido —murmuró Natalia, apretando uno de los botones del mando.

En silencio, Oliver vio cómo una bola azul salía del coche de su hermana y destruía el de Daniel, quien nada más verlo, lanzó un quejido lastimero seguido de un “¡Eh! ¡Eso no vale!” que no hizo más que aumentar las risas de su hermana.

—Entonces, ¿cómo es que has quedado con él? —le preguntó.

—Ya te lo dije. Me llamó ayer por la noche. Me dijo que se había enterado de que le había roto la nariz a su hermanito, y, de paso, me preguntó si quería quedar con él esta noche —relató el menor, vengándose de la pelirroja al lanzarle unos misiles—. ¡Ajá! ¡Chúpate esa! Espera, ¿qué?

—¡Ja! Te ha salido el tiro por la culata —se rió ella, al protegerse de los misiles con un escudo.

Daniel bufó, mirando a su amigo un segundo al ver que este suspiraba.

—¿Qué ocurre? Si sales con Julio, acabarás tirándotelo. No sé a qué viene esa cara tan larga —comentó.

Oliver negó con la cabeza, centrada su mirada en la pantalla del televisor.

—Va a pedirme que salga con él.

Nada más que las palabras del mayor del grupo llegaron a sus oídos, Daniel dio al pause, girando su cabeza, al igual que Natalia, para mirar al otro.

—¡¿Qué?! —preguntaron ambos, completamente anonadados.

—Eso. Hoy me dijo que tenía que decirme una cosa muy importante, y, además, casi me viola cuando estábamos en la biblioteca y me dijo que le gustaba —suspiró el chico.

—¿Y por eso le dijiste que te quedabas conmigo, para no tener que escuchar su declaración? —intervino Dani, atando cabos. Oliver asintió.

—¿Pero a ti no te gustaba?

—Que me lo haya tirado unas cuantas veces no quiere decir que me guste —declaró el pelirrojo, respondiendo a la pregunta de su hermana.

—Pues está muy bueno —indicó Natalia, volviendo a centrarse en el juego.

—Y nadie ha dicho lo contrario. Lo que pasa es que, sinceramente, no me veo saliendo con nadie, y menos con Julio. ¿Podrías quedarte en casa? Te prometo que hacemos lo que tú quieras.

Daniel suspiró. No le hacía falta mirarle para saber la cara de súplica que Oliver le estaba dedicando. Al igual que sabía que, por mucho que le estuviera fastidiando el plan, haría cualquier cosa por su amigo. Asintió.

—Supongo que puedo mandarle un mensaje a Fran diciéndole que no puedo ir y posponerlo para otro día.

Al instante, un par de brazos rodearon su cintura, mientras el pecho de Oliver tocaba su espalda, aplastándole contra el colchón y haciéndole soltar el mando a causa del susto. Era toda una suerte que ya hubieran acabado la carrera.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—Vale, vale. Ahora quítate de encima si no quieres que cambie de idea —le amenazó.

Al instante, Oliver se separó de su amigo, aunque no se volvió a sentar en la silla, sino que se quedó junto a él en la cama.

—Y yo que me había hecho ilusiones con ser activo por una vez —suspiró Daniel, dándose la vuelta y quedando boca arriba en la cama—. Que sepas que te odio, y mucho.

Las risas del pelirrojo no se hicieron esperar. Por su parte, Natalia se levantó de la cama, dejando los mandos de la consola al lado de esta sobre el escritorio de su hermano. Hecho esto, se volvió, descubriendo que su hermano se había puesto parcialmente sobre Daniel, con las manos apoyadas a ambos lados de la cabeza del rubio.

—Fran no es el único con el que puedes ser activo, ¿sabes? ¿O necesitas que te recuerde todas esas veces en que yo he hecho de pasivo?

—Puede. Pero ambos sabemos que te gusta mi culo más que a un tonto un caramelo, no lo niegues —se rió Daniel, consiguiendo que el mayor frunciera el ceño, haciéndose el ofendido.

—La de cosas que se arreglarían si os decidierais a salir juntos.

El comentario de Natalia logró por sí solo que Oliver se olvidara de la posible contestación para Daniel, y que este echara para atrás un poco más la cabeza para mirarla aunque fuera al revés.

—¿Qué? —preguntó sorprendido, soltando una carcajada—. ¡Tú estás loca! ¿Yo con el pelo zanahoria de tu hermano?

—¿Yo con el enano este? ¿Qué dices? Además, ¿tú me escuchas? Porque acabo de decir que no me veo saliendo con nadie.

Natalia se encogió de hombros, apoyándose en el escritorio para mirarles desde allí.

—La verdad es que teniendo en cuenta todas las tonterías que dices, procuro no hacerlo —le respondió a su hermano—. Y pensad lo que queráis, pero la mayoría de la gente que os conoce piensa que estáis juntos. Es la primera impresión que dais —añadió cruzándose de brazos.

—¡Venga ya! Todos sabemos que este y yo no dudaríamos ni cinco días juntos. Y eso solo si empezamos a salir de domingo.

—Sí —asintió Daniel, dándole la razón a su amigo—. Acabaríamos por ponernos los cuernos en menos que canta un gallo. Es más, la única incógnita sería quién se los pondría antes al otro.

—Esa no sería ninguna incógnita. Todo el mundo sabe que yo sería el primero, tengo muchos más admiradores que tú —habló Oliver mirando fijamente a su mejor amigo.

—¡Ja! ¡Que te crees tú eso! —refutó el rubio con una carcajada—. Yo tengo muchos más admiradores que tú, ¿no ves que estoy más bueno?

—¿Tú bueno? ¡Esa sí que es buena! —se rió el mayor—. ¿No ves que estás demasiado escuálido como para que la gente se fije en ti? Además, eres un enano. Si fueras un poco más alto quizás me lo creería, pero siendo así de enano, como mucho te calificaría como un amante de bolsillo.

Las risas de Oliver ofendieron a Daniel, que pronto frunció el ceño, cruzándose de brazos incluso.

—Así que un amante de bolsillo, ¿eh? —le dijo hablándole casi al oído debido a que el pelirrojo seguía sobre él—. Pues que yo sepa, es este amante de bolsillo el que te tiene loquito por sus huesos.

Oliver se calló en el mismo instante en el que la lengua de Daniel lamió su labio inferior, arrancándole un leve jadeo.

—Vale, vale, ya lo he pillado —habló la chica, alzando un poco las manos, dando a entender que se rendía—. Ahora dejar de liaros frente a mí, por favor. No quiero traumatizarme.

Daniel empezó a reírse al escuchar el último comentario de Natalia. Apartando un poco a Oliver, consiguió sentarse en la cama, tras lo cual apoyó la cabeza en el hombro del pelirrojo.

—No exageres. Como si tú no hicieras lo mismo con Raúl —le dijo sacándole la lengua—. Y, ahora que lo pienso, pillaros a ti y a Raúl sí sería traumático.

—Daniel, no digas chorradas, mi hermana no hace esas cosas —intervino entonces Oliver.

—¡Ja! Vaya, Oliver, y yo que creía que no eras tan inocentón —se carcajeó el rubio, negando con la cabeza.

—Tú cállate. Natalia no es de esas, ¡a que no, Nata! —exclamó el chico, volviéndose hacia su hermana.

La aludida miró a Oliver, alzando una ceja sin poder creerse lo que acababa de escuchar en boca de su hermano.

—Oliver, no seas crío. Sabes perfectamente lo que hago con Raúl.

—¡¿Qué?! ¡Pero tú no puedes! ¡Aún eres muy joven para hacer esas cosas!

La sorpresa de Natalia aumentó, al igual que los esfuerzos de Daniel para no echarse a reír al ver la reacción más que exagerada de su mejor amigo.

—Tenemos la misma edad, Oliver. Y, además, ¿tú puedes hacer lo que quieras y yo no? No cuentes con ello.

El comentario de Natalia logró que Oliver empezara a replicar, sacando su instinto sobreprotector de hermano mayor, a lo que la joven le contestaba diciéndole que era mejor que no se metiera porque él hacía cosas mucho peores, lo que, por supuesto, hizo que el pelirrojo siguiera protestando. Apenas había pasado un minuto y Daniel se encontraba ya completamente perdido, pues ni siquiera esperaban a que el otro terminara las frases antes de replicar. Miraba primero a uno y después a otro, tal y como si, en vez de una discusión, estuviera viendo un partido de tenis.

Al rubio ni siquiera se le había pasado por la cabeza intentar detener la discusión. Sabía bien que, cuando sus dos mejores amigos estaban así, lo mejor que se podía hacer era dejarles en paz. Por ello, y viendo que tenían tema para rato, el chico se separó de Oliver, que estaba ahora sentado en la cama frente a su hermana, y salió de la habitación. Ya se arreglarían ellos solitos, no le necesitaban allí. Y, además, tenía que llamar a Fran para avisarle del cambio de planes.

 

* * * * *

 

Un par de horas y unas cuantas bebidas después, Paolo, Christian y Rafa decidieron que ya era hora de irse del bar. Así que, tras recoger sus cosas, los tres jóvenes salieron a la calle, empezando a caminar hacia el apartamento de Paolo por la simple razón de que era el más cercano. Y, tras casi diez minutos de caminata y subir cincuenta y ocho escalones, contados por Christian mientras Rafa no dejaba de quejarse diciendo que el de las mechas trataba de matarles de cansancio, los chicos entraron por fin en la casa del modelo.

El hall era pequeño y daba casi inmediatamente al salón, donde podía verse sofás y muebles de colores tan dispares como los de las propias paredes. ¿La razón? A Paolo le encantaba mezclar colores hasta el punto de que cada pared era de un color diferente, y a veces, incluso de dos. Christian y Rafa miraban curiosos a su alrededor, posando sus cazadoras sobre uno de los sofás, de un azul eléctrico, que había en la sala.

—¿Qué os parece? —les preguntó, apoyado en el marco de una puerta.

—Que, por lo que veo, no te gustan los colores —bromeó Rafa, mientras el castaño se acercaba a una de las paredes—. Y además, eres bastante ordenado.

—Para nada —se rió el mayor—. Y sí, soy un maniático del orden, lo confieso.

—¿Eso es un sable Jedi? —intervino Christian, señalando algo que había colgado de la pared.

Paolo le miró, desviando la vista al instante hacia el lugar al que señalaba el chico, o, mejor dicho, hacia el objeto. Sonrió.

—No. Es la réplica exacta del sable de un Sith, exactamente del de Darth Vader —le corrigió el de las mechas, prendiéndose un cigarrillo.

—¿Y cómo lo has conseguido? ¿Te lo puedo robar?

El joven de las mechas empezó a reírse, viendo que el otro parecía controlar sus ganas de coger el sable de luz para admirarlo desde más cerca.

—Un conocido me dijo hace tiempo que iban a subastarlo, así que fui con todo lo que tenía a la subasta y me lo traje a casa —relató—. En cuanto a lo de robármelo, tendrás que discutirlo con Cynthia. Es ella la que me asegura una y otra vez que un día acabará por robármelo por mucho que le regalase una figura de Yoda como premio de consolación.

—¿Espera, te refieres a la de Barcelona de hace un par de años?

—Sí, ¿por?

—¡Yo estuve allí! Fui con un par de colegas, pero no pude comprar gran cosa.

—Oh, Dios. Decidme que no vais a poneros a hablar sobre Star Wars —rogó el más pequeño del grupo.

—¿Por? ¿No te gusta? —le interrogó Paolo, volviéndose hacia él.

—Ni sí, ni no. No puede gustarte o no gustarte algo que no has visto —explicó el chico encogiéndose de hombros.

La sorpresa inundó a Paolo, que se quedó mirando perplejo a Rafa.

—¡¿Cómo que no has visto Star Wars?! ¡Pero si es un clásico!

—Pues qué quieres que te diga, pero nunca me ha llamado demasiado la atención.

—¡¿Y yo voy a dejar que tú me rompas el culo?! —continuaba el de las mechas, anonadado.

—¡Eh! Ni que fuera un bicho raro.

—No. Hasta los bichos raros han visto Star Wars, así que no, no lo eres. Eres peor. ¡Si no fuera porque tengo ganas de follar, te obligaría a ver todas las películas ahora mismo, que lo sepas!

La conversación entre ambos morenos seguía, mientras Christian continuaba mirando esa parte que Cindy había bautizado como el “santuario friki” de su amigo, y donde podían verse varias figuras de Star Wars, tanto de personajes, como de las propias naves. Se fijó en todas, ilusionado, aunque pronto echó en falta dos de ellas en particular.

—¿Y el Halcón Milenario y la Estrella de la Muerte? ¿No las tienes? —le preguntó a Paolo, interrumpiendo de nuevo la conversación, mientras miraba una detallada réplica de un caza imperial.

—Sí, los tengo. Pero están en mi cuarto. ¿Quieres verlos?

El nuevo tono de voz no se le pasó desapercibido al castaño que, tras volverse hacia el chico, asintió.

—Entonces, será mejor que me sigáis. Por aquí, señoritos —canturreó el dueño de la casa, cogiéndoles de la mano y obligándoles a seguirle.

—Solo prometedme que no os pondréis a hablar en idiomas raros —continuó Rafa, mientras caminaban por el pasillo.

—Tranquilo, hace años que dejé de hablar en Shyriiwook. Es el idioma de Chewbacca —añadió al ver la cara de auténtico pánico que había puesto Rafa.

La risilla de Christian a causa del desconcierto de su compañero fue perfectamente audible por este. Por su parte, Rafa respondió con una mala mirada en el mismo momento en el que el chico de las mechas abría una puerta.

—Pues bien, este es mi cuarto.

La enorme cama matrimonial que había en el centro de una de las paredes de la habitación; la mesita con un reloj, una fotografía y una lámpara de lava; una estantería en otra de las paredes con las réplicas de la Estrella de la Muerte y el Halcón Milenario; y la ventana oculta ahora por unas nada discretas cortinas multicolores, fueron las primeras cosas en las que las miradas de los dos jóvenes se fijaron. Pero, por muchas ganas que tuviera de verlas desde más cerca, Christian no se acercó a las maquetas, sino que siguió a los otros dos chicos hacia la cama.

—¿No querías verlas? —le preguntó Paolo, señalando con la cabeza las dos naves.

—Sí, pero creo que puedo verlas después o, mejor aún, otro día. Así tendré más tiempo —respondió el castaño, acercándose sutilmente al mayor.

Paolo ladeó la cabeza, divertido. El joven, que había acabado por sentarse al borde de la cama, observó en silencio al camarero inclinarse hacia él, posando ambas manos sobre sus hombros y deslizando una de ellas hacia su nuca, para, acto seguido, obligarle a juntar sus bocas.

Al igual que había pasado con el moreno en la discoteca, el beso no fue suave. Los dos veinteañeros sabían lo que querían y estaban dispuestos a conseguirlo. Por otra parte, Rafa observaba el beso sin saber muy bien qué hacer. Era cierto que no era la primera vez que estaba con ellos, pero los nervios acababan de asaltarle y no parecían dispuestos a irse.

—Ahora tengo ganas de divertirme. —Oyó susurrar a Christian, quien se lamió sensualmente los labios antes de volverse hacia él—. ¿No vienes?

Tragó saliva, asintiendo un par de veces, y avanzó los pasos que les separaban. Christian, por su parte, empujó hacia atrás a Paolo, obligándole a recular, descalzándose para ello, y, además, acercó aún más a Rafa, poniéndole entre ambos.

—No me dirás que quieres echarte atrás, ¿cierto? —le preguntó.

El moreno negó con la cabeza, estremeciéndose sutilmente al sentir las manos de Paolo colándose por debajo de su camiseta, acariciando la piel de su estómago. Un jadeo salió de sus labios a causa del contraste de temperatura, pero no dijo nada. Y, en vez de eso, lo que hizo fue centrarse en su compañero de piso.

Los labios del moreno de las mechas se posaron en su cuello, mientras los del castaño trataban de escabullirse de sus dientes. Las manos de los dos jóvenes recorrían su torso y brazos, provocando placenteras reacciones que le hacían jadear y que se iban volviendo cada vez más atrevidas.

—Descálzate y súbete a la cama. —Escuchó decir a Paolo a su espalda.

Rafa asintió y, sin despegarse del castaño en ningún momento, hizo lo que el mayor le pedía, quedando de rodillas sobre la cama. Tras esto, le hizo espacio a Christian, que también se subió y terminó por separarse de su compañero tras guiñarle un ojo.

Los minutos pasaban, la temperatura aumentaba y la ropa iba desapareciendo, tirada en el suelo de la habitación. Paolo era quien estaba ahora en medio. El moreno de las mechas estaba ya en ropa interior, debido a que los otros dos chicos habían acabado por quitarle todas y cada una de las molestas prendas que ocultaban el cuerpo del mayor. El tatuaje, perfectamente expuesto ahora, estaba siendo lamido por Christian, mientras Rafa mordisqueaba los hombros y el pecho del modelo, sonsacando gemidos varios al otro.

—Una cosa —susurró Christian, alzando ligeramente la cabeza para mirar a Paolo—. No tendrás algo de nata por casualidad, ¿verdad?

Paolo le miró confuso. Y enseguida empezó a reírse al recordar el comentario que él mismo había dicho cuando ambos se encontraron por primera vez en la cafetería.

—Lo siento, pero la respuesta es no.

—En otra ocasión, entonces —murmuró el castaño, chascando la lengua ligeramente disgustado.

Rafa, que al no haber estado allí no comprendía la razón tras el comentario, les miró interrogante. Pero al ver que Christian negaba con la cabeza, simplemente se encogió de hombros, acercándose a este al ver que le hacía un nuevo gesto.

Sin detener sus caricias por el cuerpo de Paolo, Rafa escuchó todas esas palabras que Christian le susurraba al oído, asintiendo una sola vez y haciéndole un poco más de espacio al castaño. El joven, tras una sonrisa juguetona, se centró en el mayor del grupo.

—¿Qué? —le preguntó este nada más ver su rostro.

—Nada —respondió acomodándose entre sus piernas, ladeando ligeramente la cabeza—. Es que creo que tu ropa interior empieza a estorbarme. Espero que no te importe que quiera quitártela —añadió con un tono inocentón que no casaba con su expresión.

—¿Vas a chupármela?

—¿No puedo? ¿O prefieres que lo haga Rafa? —le interrogó a su vez, desviando un momento la mirada hacia el aludido.

—No estaría nada mal, la verdad —se rió Paolo, mirándole también—. ¿Qué me dices, te atreves?

En un acto inconsciente, Rafa centró su mirada en la entrepierna del mayor y tragó saliva, repentinamente nervioso y avergonzado.

—Yo… No sé si es buena idea.

—Oh, vamos, ¿yo voy a dejar que me des por culo y tú no puedes ni chupármela?

—Y añade además que le dejas estar aquí aunque no haya visto Star Wars —intervino Christian, aprovechándose de la ocasión para buscar algo que le ayudase más adelante.

La mirada del moreno fue su mejor respuesta, al menos para el comentario de su compañero de piso. Unos dedos acariciaron su mejilla y, al girar un poco la cabeza, se encontró con que Paolo se le había acercado para poder hablarle al oído:

—No espero que seas todo un experto, pero el solo hecho de pensar en mi polla en tu boca me pone aún más cachondo de lo que ya estoy —le confesó cogiendo su mano y posándola en su entrepierna—. Di que sí.

Rafa jadeó y se lamió los labios resecos al sentir la dureza del otro bajo su mano y los labios de este en su cuello y hombro izquierdo. Asintió.

—E-está bien. Lo intentaré.

Obligándole a girar la cabeza con su otra mano, Paolo le besó como agradecimiento. Se separaron tras un beso rudo y lleno de deseo que logró paliar los nervios del menor. Y, tras esto, Paolo se apartó de su lado, acomodándose en la cama.

—Cuando quieras —le dijo.

Rafa asintió de nuevo, frotándose las manos como medio para tranquilizarse. Miró a Christian, que le sonreía, y se acercó al joven de las mechas despacio, intentando convencerse aún de lo que iba a hacer.

—Imagínate que es un helado —le aconsejó el castaño, que se alejó un poco más, hasta llegar al borde de la cama—. ¿Nunca has comido un Calipo o un Pirulo tropical? Pues esto es lo mismo.

Con la vista fija en Rafa, Paolo le vio acomodarse entre sus piernas. Se notaba demasiado su nerviosismo e inexperiencia, pero era eso mismo lo que excitaba aún más al mayor, que ni siquiera se había percatado de que Christian se le había acercado de nuevo, con algo entre las manos.

Los labios de Rafa se posaron en su vientre y sus manos en su cadera. No dijo nada. En su lugar, se dedicó a sentir sin dejar de mirarle.

Los besos se iban sucediendo, bajando cada vez más por su piel; las manos se habían colado una por el interior del bóxer, mientras la otra empezaba a bajar dicha prenda. La respiración del mayor era agitada, y los jadeos cada vez más sonoros, haciéndole ver al moreno que iba por el buen camino.

Alzó la cadera, dejando que el chico le desnudara por fin al completo, notando la respiración del menor sobre su erección. No le dijo nada. Se limitó a observar cómo, tras unos segundos de indecisión, Rafa se decidía por sí mismo a lamer la punta del pene, sonsacándole un gemido a Paolo, y se animaba un poco más a raíz de ello.

Sabía que no iba a ser la mejor mamada de su vida; pero, sinceramente, la inexperta lengua del moreno estaba consiguiendo excitarle más de lo que, sin duda, lo habría hecho cualquiera de los críos que había visto esa noche en el local. Sintió que algo frío le rozaba el brazo, pero, como la sensación se pasó al instante, y además, Christian empezaba a besuquearle el cuello, no le dio demasiada importancia. Incluso a pesar de que volvió a sentir lo mismo en el otro brazo.

Lo cual fue un grave error, como bien pudo comprobar cuando quiso llevar una de sus manos hasta la cabeza de Rafa para guiarle mejor. Sin embargo, lo más que pudo alzar su brazo fueron unos centímetros, nada más. Extrañado, miró hacia abajo, descubriendo con sorpresa los grilletes que rodeaban sus dos muñecas. Sorprendido, desvió la mirada inmediatamente hacia Christian, que sonreía pícaro.

—Libérame.

Rafa alzó la mirada y se detuvo al percatarse también de lo sucedido al ver las esposas, confirmando que Christian ya había puesto su plan en marcha.

—No es por nada, pero a mí no me va que me aten —continuó el de las mechas al ver que el otro no decía nada.

—¿En serio? Pues es una pena, porque a mí me encanta —le susurró el castaño sentándose a horcajadas sobre él.

El bufido del mayor inundó la habitación cuando, una vez más, Paolo trató de alzar sus manos y liberarse, obteniendo los mismos resultados que la primera vez.

—Christian…

—Oh, venga, no te quejes. No es como si fuera a hacerte nada malo. Rafa también está aquí, ¿cierto? Y has conseguido tu mamada, así que, ¿por qué ahora no te portas como un buen chico y cumples mi deseo también? Es esto o que seamos dos los que disfrutemos de tu lindo culo esta noche.

Paolo resopló frustrado, desvió la mirada del castaño para centrarla ahora en el moreno y lo vio encogerse de hombros. La idea de estar encadenado no le agradaba lo más mínimo, y no solo porque le dejaba a merced de lo que los otros dos quisieran hacer con él, sino porque no le gustaba estar sin hacer nada. A él le gustaba tocar, y las esposas se lo impedían.

—Te recuerdo que a mí me tapasteis los ojos.

—No te habrías dejado de no haberlo hecho —replicó el mayor, sabiendo que su comentario era cierto.

—Bueno, si el que tengas los ojos tapados va a ayudarnos aquí también…

De repente, Christian se puso tras Paolo, posando su bufanda a la altura de los ojos del mayor, atándola por detrás antes de que este tuviera tiempo a resistirse.

—Listo.

—¡Eh! Esto sí que no. Christian quítame esto ahora mismo —le ordenó el de las mechas, con un tono serio que evidenciaba su humor.

El aludido se rió por lo bajo, viendo los intentos del otro por quitarse la prenda. Por suerte, la había atado con firmeza, así que de momento estaba aguantando. Se volvió hacia Rafa y le hizo un leve gesto mientras vocalizaba unas pocas palabras. Acto seguido, se centró de nuevo en el mayor y le detuvo al posar sus dos manos en las mejillas, impidiendo que pudiera seguir moviéndose.

—Vamos, Paolo, déjame hacerlo —le susurró al oído, bajando una de sus manos hasta el pecho del modelo—. Te prometo que no te arrepentirás.

La mano del castaño en uno de sus pezones, los dientes de este mordiendo con suavidad el lóbulo de su oreja y, sobre todo, que a Rafa le hubiera dado por meterse la punta de su pene en la boca, logró que Paolo se quedara sin palabras, olvidando tanto su malhumor como sus ganas de resistirse.

—Está bien —aceptó—. Pero no os paséis.

Aunque no pudo verla, sí intuyó la enorme sonrisa de Christian. Podía sentir al castaño acomodarse a un lado de su cuerpo y empezar a repartir caricias varias por su torso mientras el moreno seguía centrado en su entrepierna. Se relajó un poco más. Sabía perfectamente que nunca le habría dejado a nadie encadenarle a la cama y, además, vendarle los ojos, pero ¿cómo decir que no a esa boquita inexperta que tanto le estaba excitando?

Por su parte, Rafa seguía entre las piernas del mayor, succionando la punta del pene de este mientras masturbaba el resto con una de sus manos. No sabía como lo estaba haciendo, pero suponía por los gemidos de Paolo que tampoco podría estar haciéndolo demasiado mal. Alzó un poco la mirada y se encontró con la de Christian, que le sonreía mientras le pasaba un condón, haciéndole un gesto para que se apartase un poco.

Le hizo espacio. Él mismo terminó de desnudarse y se puso el condón que el otro le había pasado. Le miró y vio al castaño tomar su relevo, poniéndole otro preservativo a Paolo con la boca y sonsacándole un gemido mucho más fuerte que los que él había logrado.

—Yo le preparo, tú sigue —le dijo el chico guiñándole un ojo.

Rafa asintió, alegrándose de la noticia ya que, sinceramente, tenía bastante miedo a que le pidieran que preparase a Paolo. No sabía cómo hacerlo y no quería hacerlo mal.

Por ello, se centró de nuevo en la entrepierna del mayor. Puso el consejo de Christian en práctica al imaginarse que era un helado, chupando y lamiendo tal y como habría hecho en ese caso. Gracias al látex, tenía un ligero sabor a fresa. Pese a todo, su vista siguió centrada en el castaño. El mismo que, en ese momento, doblaba la almohada, alzando la cintura de Paolo para ponerla debajo.

Paolo no dijo nada, sabiendo lo que iba a pasar ahora. En su lugar, trató de relajarse aún más, distrayéndose con lo que Rafa le hacía. Un quejido quedo se entremezcló con sus gemidos al notar ese primer dedo haciéndose paso en su interior. Maldiciendo la hora en la que había dicho que él haría de pasivo, Paolo cerró los ojos con fuerza y le pidió a Rafa que fuera un poco más rápido, sabiendo que eso podría ayudarle a distraerse.

Así, poco a poco, Paolo logró habituarse, hasta el punto de que no tardó demasiado en empezar a moverse para estrellarse contra esos tres dedos que eran los que ahora estaban dentro de su cuerpo. Se quejó ligeramente cuando el castaño se separó por fin. A su vez, Rafa se había separado de su erección, preparándose para lo que vendría ahora.

—Ve despacio —susurró al notar la punta del pene de Rafa rozando su entrada.

Pero el moreno no fue despacio. Siguiendo una orden de Christian, Rafa penetró de una sola vez a Paolo, al mismo tiempo que el castaño se empalaba con el pene de este, paliando el posible dolor que el moreno le habría causado con su acto.

Paolo gritó, no sabía si de dolor o placer, soltando algún que otro insulto mientras trataba de acostumbrarse. Quería liberarse y pegarle dos hostias al castaño, que muy seguramente había sido el autor de tal artimaña; sin embargo, solo cerró con fuerza la mandíbula, respirando por la nariz.

—Os voy a matar —les amenazó entre dientes, obteniendo la leve risa del castaño como respuesta.

—Venga, Paolo, no es para tanto —se rió el chico, empezando a moverse.

El gemido del mayor cortó su posible réplica. Y no tardó en asentir a las palabras de Rafa cuando este le preguntó si podía moverse ya. Y así, hundiendo con fuerza los dedos en las sábanas, Paolo se abandonó a lo que sentía, notando que el dolor iba transformándose poco a poco en más placer.

Los gemidos y los jadeos llenaban la habitación, entremezclándose con los besos que repartían entre ellos y las caricias que tanto Rafa como Christian le prodigaban. Los tres perdieron la noción del tiempo, ya que lo único que en ese momento importaba era todo ese placer que sentían, nada más. Finalmente, Rafa fue el primero en terminar, siguiéndole Christian, y luego el propio Paolo.

Se quedaron en silencio, tratando de tranquilizar su respiración. Rafa acabó por separarse, al igual que Christian. Este, además, le quitó por fin la bufanda de los ojos a Paolo y le liberó también de las esposas.

—¿No ves cómo al final ha valido la pena? —le preguntó sonriente.

La mirada furibunda que esperaba obtener del mayor no se dio, para gran alegría suya. En vez de eso, Paolo se frotó un poco las muñecas, se acomodó sobre la cama y atrajo a Rafa a su lado.

—Podía haber sido peor —concedió viendo al castaño tumbarse a su lado.

—Sí. Y ahora solo queda saber qué día queréis quedar para ver las películas de Star Wars —susurró Christian, mirando sobre todo a Paolo y sonriendo al oír bufar a Rafa.

—Decidme que no me vais a obligar a verlas —suplicó el moreno, ahogando un bostezo.

—Eso por supuesto. Es ver las películas o no follar más conmigo, así que decídete —le instó Paolo, acariciando con las yemas de los dedos la espalda del joven.

Se hizo el silencio durante esos breves instantes en los que Rafa meditó la cuestión. No tardó demasiado en suspirar resignado.

—Vale, anda. Veré las películas.

Publicado por

Judith Salán

Hola a todos, soy una joven española a la que le encanta leer, escribir, el manga y el anime, la música y por supuesto, estar con mis amigos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *