2. Gardenia.

El sonido extravagante del motor de la máquina inundaría la sala por completo si no fuese porque a Ryan no le gusta trabajar en silencio. De unos altavoces ciertamente envejecidos y conectados a un portátil surgía el agradable sonido de The Beatles con su “Lucy in the Sky with Diamonds”. Ryan sostenía el diseño en un atril mientras trazaba con cuidadosa perfección los mismos trazos en la piel blanquecina de su clienta, que apoyaba su torso sobre el respaldo del sillón y llevaba el cabello pelirrojo recogido en un moño muy alto. A Ryan no parecía importarle que se encontrase sin camiseta.
El cuello es una de las zonas más sensibles del cuerpo humano, especialmente recibiendo señales de dolor: un tatuaje en la zona resultaba doloroso. Coronando su espina dorsal, Ryan ya comenzaba a dar color al Hibisco. Su dueña, que a estas alturas debería estar soportando el dolor con los dientes juntos, los ojos cerrados y las lágrimas surgiendo… no dejaba de hablar:

—Y fue entonces cuando escuché la explosión: BAM. Y te juro que Miél no quería girarse, pero yo lo hice y lo que vi… ¡Vaya! Creo que nunca en mi vida habría imaginado que alguien pudiera mancharse de tarta como si fuera una película de humor. Pero ahí estaba: Max, lleno de tarta, de cabeza a pies. Y la fiesta de cumpleaños de Charlotte completamente arruinada. Oh, bueno, lo hubiera estado si no fuese porque a Charlotte y Gaby les encantó la idea de jugar a rebozarse en nata y chocolate en lugar de comérselo. Cualquiera se creería que esas dos son adolescentes cuando parecen crías. Pero a lo que iba, cuando Miél se giró y vio la que Nicolás había montado, te juro que pensaba que iba a matarlo, se empezó a reír y encima le chocó los cinco porque…

Ryan escuchaba distraído mientras daba la primera capa de color naranja al hibisco. La historia era absurda, había derivado de Mirabeth explicándole cómo había conocido a Miél y había acabado con su amigo Max cubierto de tarta en el cumpleaños de un adolescente de dieciséis años. No pudo evitar preguntar:

—¿Por qué hizo Nicolás explotar la tarta?—aunque Ryan no tenía la menor idea de quién era Nicolás.

Mirabeth comenzó a reír:

—¡Él no tenía ni idea de que iba a explotar! Puso fuegos artificiales en la tarta para que Charlotte alucinase y le salió mal y se mezcló la pólvora o algo así…

Ryan mentiría si dijese que estaba prestando atención. Sus guantes hacían que el contraste con la piel blanca bajo sus dedos fuese mayor al que se esperaría habitualmente. Se fijaba en cada detalle, en cada uno de los motivos con los que había adornado el Hibisco bajo sus dedos. Ganó un grito de dolor de la chica en el momento en el que hizo demasiada presión por una distracción que ella misma había causado.

—¡Perdón, perdón! Me ha sorprendido algo que has dicho y se me ha ido la aguja. Tranquila, no dejará marca.—se disculpó, apresurado, limpiando la gota de sangre que estaba surgiendo.—¿Qué estabas diciendo?

Mirabeth giró momentáneamente la cabeza, con una sonrisa pícara y evitando que el tatuador continuase con su trabajo.

—Estaba diciendo que Eric, el mejor amigo de Nicolás, fue quien nos trajo las flores de Azahar para hacer la tarta. Bueno, se las trajo a Miél, no a mí, yo no sé cocinar así de bien.—repitió, sin problema alguno. —Y te aseguro que Eric era como una gran mole de piedra, con esos enormes brazos, plantado delante de la puerta y con un ramillete de Azahar en las manos. ¡No pegaba nada! Pero a Miél no le importaba, claro que no, de hecho lo invitó a pasar. Así es como lo conocí. No tenía la menor idea de que el amor platónico de Max pudiera tener un mejor amigo así de sexy. Claro que yo no me fijo en eso, porque no es lo que me va, pero te aseguro… no, te juro, te juro muchísimo, que ese día fue el día más raro de mi vida…

Ryan continuó trabajando en silencio, mientras The Beatles iban cantando y aportando su particular visión del mundo y la incansable voz de la prima de Max iba haciendo mella en su interior. Sus manos expertas se deslizaban y parecían no producir ningún tipo de dolor en la clienta. Prefería a la gente así frente a los que gritaban y lloraban. Era más sencillo trabajar de este modo. Muchísimo más.

El olor a tinta y la música hicieron que ese pequeño rincón de arte quedase en el punto de mira de nadie en particular.

[…]

Al acabar el trabajo selló el tatuaje con un plástico, pero no apagó la música. Le ofreció las indicaciones pertinentes:

—Recuerda que debes hidratarlo dos veces al día, no lo expongas al sol hasta que esté curado y los primeros dos días utiliza un plástico de cocina, film transparente, pero SÓLO al dormir para que no se te infecte el tatuaje con los pelos del perro.—recomendó tranquilamente, quitándose los guantes y desechando la aguja que había utilizado.

Ella rió quedamente.

—¡Muchísimas gracias!—agradeció mientras sacaba el monedero para pagar al tatuador.

Ryan recogió su dinero y lo guardó mientras la chica salía por la puerta y hacía sonar su móvil de bambú. Lo que no se imaginaba era verla aparecer de nuevo, abrir la puerta escandalosamente, y decirle:

—¡Por cierto, Ryan Novoa!

—Dime.

—¡Estás invitado a la fiesta! Será el sábado al anochecer, sobre las seis. ¡Pregúntale a Eric la dirección, él te llevará!

Y desapareció.

—¿A Eric?—se preguntó, confuso.—¿Por qué a Eric y no a Max?

De pie, en medio de su salón de tatuaje, no cabía en sí de desesperación, confusión y una especie de sensación cálida poblando su pecho. Recordó que Max estaba de viaje. De mucho viaje. Y no tendría sentido absoluto que llamase al extranjero para preguntarle cómo se iba a ¿la fiesta? Ni siquiera le había dicho en qué casa sería, si la suya, la de Miél, la de Nicolás, la de las pequeñas a las que había nombrado antes… Ryan no sabía qué hacer. Para empezar ¿de qué diablos era la fiesta y por qué él estaría invitado? Con un suspiro se dejó caer sobre el sillón y dejó que su diseño floral se deslizase a su lado. Su vista se desplazó hasta encontrar a la joven Mirabeth molestando a Eric, quien sonreía afablemente y no parecía en absoluto desconcertado por la vitalidad de la chica.

Cerró los ojos y decidió que dormiría hasta que el móvil de bambú sonase de nuevo.

[…]

Cuando el bambú sonó, Ryan abrió los ojos, alerta y preparado para enfrentar a cualquier posible cliente o ladrón que se aventurase en sus dominios. No suspiró aliviado al notar que se trataba de Eric, el florista de enfrente. Desde luego que no.

Se limpió la comisura de los labios con gesto rápido y descuidado y se levantó de golpe, haciendo que los tirantes de los pantalones le molestaran enormemente. Trató de sonreír pero nunca supo si fue capaz; se acomodó el cabello y únicamente entonces habló. O lo intentó, porque el hombre frente a él sonreía de esa forma que decía “lo siento” y habló primero:

—Si molesto puedo venir en otro momento.—ofreció. A Ryan le faltó tiempo para negarle el placer.

—¡No! —calló y recuperó la respiración— Quiero decir, no molestas.

Eric rió tranquilamente y señaló el reloj con la mirada.

—Me ha extrañado que no salieses a desayunar hoy, pensé que te habría sucedido algo.—explicó, en absoluto indiferente a la idea de que al tatuador le hubiera pasado alguna desgracia.

Ryan quizá se puso colorado. Quizá. Porque hacía calor y seguramente fuese el calor. Sí. El calor. Por supuesto. Nada que ver con el hombre frente a él, algo sudado y preocupándose por él. Nada que ver.

—Esto… Yo…—comenzó.

No supo qué responder, así que dijo lo obvio:

—Me he quedado dormido.

La carcajada del florista fue severa.

—Creo que eso ya lo he notado.

Esa vez sí se puso colorado.

—¿Querías algo?—preguntó, evitando el tema de su trasposición en el sofá.

Eric se lo pensó, reunió un cierto valor y lo expuso.

—Quería invitarte a desayunar, ya que no lo hiciste por tu cuenta.—pidió, visiblemente nervioso. Trató de disimular, sin demasiado éxito. No podía creer que se estuviera comportando como algún tipo de adolescente.—Quiero decir… sólo si te parece bien.—añadió.

Ryan tuvo que pensárselo durante largo rato. O quizá no. Quizá aceptó directamente. Porque de verdad quería pasar algo de tiempo con el misterioso hombre de las flores, con el hombre que trabajaba día sí y día también en la creación de la naturaleza y cuidaba con ahínco y dedicación a esos seres indefensos y frágiles.

Sí, aceptó directamente.

[…]

Sentados en una cafetería cercana, se miraban cuando creían que el otro no lo hacía. Pidieron café. Y un croissant. Nada del otro mundo. La conversación no parecía querer fluir, tímida y reservada. Cuando, finalmente lo hizo, fue sobre los brazos descubiertos de Ryan.

—Conociendo tu historial con las plantas, me sorprende que tus antebrazos sean rosas.—comentó Eric.

Ryan levantó la mirada de la mesa y lo encaró con total tranquilidad. Ryan era descarado cuando quería, era, simplemente, que le costaba mantener el ritmo y conocer a ese hombre. Menudo hombre.

—Mi madre era una apasionada de la botánica. Le encantaba cuidar las Gardenias de su jardín, y las violetas, las margaritas, las petunias, tiene hiedra que escala la pared, y no recuerdo la mitad de nombres de las cosas que cuida.—comenzó con tranquilidad—pero las que más orgullosa la tenían eran sus rosas. Tenía un jardín lleno de rosas, completamente. Fuera de las macetas, por todas partes. Rosales de rojas rosas, amarillas, e incluso blancas. Me tatué las rosas en los antebrazos cuando ella…

Ryan emitió un sollozo ligero, no pudiendo controlarlo. Agachó la mirada pero no lloró. No lo hizo bajo ningún concepto.
Sin pensarlo, Eric había tomado sus manos sobre la mesa, haciéndole levantar la mirada. La sonrisa que encontró le reconfortó por completo, eliminando cualquier resquicio de muerte o dolor de su mirada, cualquier lágrima guardada que quisiera salir.

—Tranquilo, Ryan.—pidió.

—Cuando a mi madre le diagnosticaron Alzheimer.—completó.— Me tatué las rosas para que cuando ella no pudiese estar cerca de casa y tuviera que permanecer en el hospital, tuviera un jardín siempre a su lado.

Eric sintió la empatía recorriéndole la espina dorsal. No tenía la menor idea de que el tatuador en la acera de enfrente hubiera sufrido eventos dolorosos. El alzheimer es horrible: observar cómo tus seres queridos se olvidan de tu rostro.

Ryan parecía ciertamente roto.

Eric buscó un pequeño cambio de tema.

—Has dicho que tu madre cuidaba flores. ¿Sabías lo que significan?—preguntó, afable.

Ryan negó con la cabeza, interesado.

—Las Gardenias son un deseo, un amor inocente. Representan la pureza del amor platónico y secreto, de un amor inconfesable. Se suelen regalar gardenias cuando existe una confesión que no puede ser dicha en voz alta.—comenzó, con paciencia—las ¿petunias, dijiste?—Ryan asintió— Las petunias representan el alivio de alguien cuya presencia puede reconfortarte y curarte. Las violetas tienen muchos significados y no te preguntaré qué variedad tenía tu madre, pero tienen acepción de sencillez, de una mente calmada y paciente. Mientras que las margaritas también significan la pureza. Tu madre tenía un jardín muy bello, según me cuentas. Esa combinación nace seguramente de un amor enorme, no son flores que suelan juntarse habitualmente.—cumplimentó.

Ryan pareció tomárselo bien y sonrió en respuesta.

—Aún tiene el jardín. Lo está cuidando mi padre, pero a él las plantas se le dan igual de mal que yo. Esperamos que ella se recupere pronto y pueda volver a él.—admitió Ryan.

Eric no lo juzgó, simplemente escuchó.

Y luego habló. Y habló. Y no dejó de hablar hasta que la hora había avanzado peligrosamente. La botánica era su pasión y Ryan fue bombardeado con los métodos de cultivo de algunas plantas.

¿Sinceramente?

No le importó.

[…]

Volviendo a sus respectivas tiendas, en silencio, Eric paró un instante frente a la suya.

—Un momento, Ryan.—pidió, internándose en el lugar y saliendo posteriormente con una flor blanca de bastantes pétalos que colgaba de algún tipo de arbusto pequeño.

Se la dio y el joven tatuador quizá no entendía nada. O quizá sí. No. No lo hacía. Esperó con una ceja enarcada, mirando descaradamente al florista frente a él.

—¿Y esto se supone que es…?

—Un arbusto, Ryan. Con flores blancas. No lo dejes al sol demasiado rato, no es demasiado aficionado a ello. Y riégalo con regularidad.—ofreció consejo.

Ryan, con la maceta en los brazos continuaba estático. No tenía la menor idea de cómo sostenerlo siquiera. Eran unas flores hermosas que recordaba haber visto en alguna otra parte, aunque no ubicaba el lugar.

—¿Y me lo das porque…?

Eric se rió y lo empujó hacia su tienda.

—Cuando tu madre se recupere debes tener práctica para ayudar a revivir el jardín que tu padre se debe estar cargando en estos instantes, si tiene tu habilidad con las plantas.

Ryan no supo qué responder.

De todos modos no importaba.

Eric se despedía con la mano mientras él se dirigía a su rincón de tatuaje particular, con una planta floral entre manos y se preguntaba: ¿Qué diablos acaba de pasar?

La dejó sobre el mostrador y la miró fijamente, sentado tras el mismo mueble, en su taburete. Abrió el bloc de esbozos y comenzó a dibujar esa flor tan familiar y extraña al mismo tiempo, que se suponía que debía cuidar.

Si hubiese prestado atención a sus propios recuerdos, sabría que era un arbusto de gardenias.