La vida es aburrida. Capítulo 7

Dormir es love, dormir es life

Mantuve la mirada fija en la oscuridad mientras Crystal seguía parloteando a mi lado. Obviamente no tardó mucho en darse cuenta de que no la hacía ni puto caso y acabé recibiendo una colleja y un par de gritos en la oreja que me obligaron a reaccionar. Desviando la vista miré a mi amiga sin poder evitar ocultar mi mal humor. Si tan solo Crystal hubiese llegado unos minutos después,.. “Tampoco seas así Dan. Aunque Crystal no hubiese aparecido no habrías obtenido una respuesta … o al menos una respuesta que te gustase” Chasqueé la lengua molesto. Estúpida subconsciente sabelotodo. No necesitaba que me dijesen lo obvio. No había sido culpa de Crystal, pero aún así molestaba.

Con un suspiro me dejé llevar a tirones por mi amiga, que había decidido ignorar mi ignoranción (Lo sé, preciosa frase) Sin darme cuenta me encontré sentado en medio del campamento que parecían haber montado en un instante. Rodeando la luz de una mini hoguera estábamos Haddock, Mía, Crystal y yo. De Sara y Nay no había noticias (Sí, ya sé lo que estáis pensando y no, no pienso dejar que mi mente se ponga a divagar sobre dónde demonios se han metido o qué hacen en estos momentos. Creo que mi cerebro explotaría).

Los cuatro nos miramos en silencio unos instantes. Como si fuese una competición para ver quién se atrevía antes a iniciar la conversación. Al final con una lentitud y solemnidad digna de película Haddock sacó una botella vacía de su mochila y la tiró al centro del circulo que habíamos hecho. Una sonrisa traviesa asomó por sus labios y al final habló.

—Prueba o verdad.

Alcé una ceja con desconfianza. “¿En serio pensaba que íbamos a jugar a un juego tan tonto? Pues lo llevaba claro nadie en su sano juicio querría jugar a algo tan…”

—¡Empiezo yo! —Crystal agarró la botella y sonrió infantilmente.

“Mi amiga es idiota”

Fruncí el ceño contrariado y me removí en mi asiento. Muy sutilmente, para que no se percatasen, me giré para quedar ligeramente fuera del círculo.

—Yo paso —murmuré mientras flexionaba las piernas para apoyar mis brazos y la cabeza en las rodillas. Crystal puso los brazos en jarra (O como yo prefiero llamarlo “Pose de la madre cabreada”) y me miró con reproche.

—¡No seas aguafiestas! —Aún así no me amedrenté ante la mirada de la pelirroja. Ya tenía suficiente con hacer el ridículo a todas las horas del día, no pensaba jugar a un juego donde tenía todas las papeletas para la humillación.

—Ni en sueños. Jugad vosotros.

Haddock abrió la boca para protestar, pero Mía se le adelantó con una sonrisa tímida.

—En este juego da igual el número de personas que jueguen. Si no quiere no le vamos a obligar — ¡Oh, bendita Mía! Con eso Haddock pareció convencido (Aunque, entre nosotros, estoy seguro que viniendo de Mía Haddock se habría aceptado hasta que los plátanos son morados y saben a gominola) y Crystal tampoco añadió nada. En cambio optó por ignorarme y giró la botella murmurando algo que oí como Cacho de desgraciao aburrido”.

Yo sin añadir nada le dediqué una sonrisa a Mía a modo de agradecimiento. Está claro que esa chica era mi ángel de la guarda. Debería asegurarme de tenerla al lado siempre que esté con Nay, así me ahorraría muchas humillaciones.

Crystal hizo girar la botella con precisión entre los presentes y esta fue a parar con la punta en Haddock.

Nunca me he alegrado más en toda mi vida de haberme echado atrás en algo que aquella vez. Solo con ver las sonrisas macabras que aparecieron en el rostro de Mía y Crystal cuando Haddock eligió desafío supe que me había salvado de una buena. ¿Cómo es posible que transformen su cara de niña buena a completo diablo en tan poco tiempo?

Mis amigos son retorcidos, dan miedo. No pude hacer otra cosa que mirar a Haddock sufrir los retos más estúpidos y humillantes con pena. Y hay que decir que él a la hora de dictar retos tampoco se quedaba atrás. Sin duda todos eran una panda de cabrones. No había tregua. La botella te elegía y tu destino estaba decidido. Ni siquiera los pucheros de Mía sirvieron para enternecer a Haddock y Crystal cuando la botella la eligió.

Me dediqué a observarles en silencio mientras reían y discutían. La verdad es que no tenía mucho interés en soltar algo que les hiciese recordar que estaba ahí y me hiciesen pasar por algún reto horrible. Poco a poco empezaba a notar como se me cerraban los párpados por el sueño. Cuando empezaba a plantearme la posibilidad de alejarme silenciosamente del corro formado para poder dormir la botella volvió a girar por milésima vez, parando lentamente en Crystal. La chica se mordió el labio y al final habló atrayendo mi atención.

—Elijo verdad —La miré aún soñoliento unos instantes, con curiosidad, luego inconscientemente pregunté algo que llevaba un tiempo cuestionando en mi cabeza.

—¿Por qué tienes un tatuaje de unas alas en la espalda? —Se hizo un repentino silencio en el círculo, la tensión era palpable. Eché una rápida mirada a todos los presentes, incómodo por aquella reacción tan repentina. A mi izquierda pude escuchar como Haddock se quejaba en un susurro a Mía infantilmente.

—¡Pero si él no juega! ¿Puede hacer preguntas?¡No es legal! —La chica le pegó un ligero codazo para que se callase, pero no le miró. Tenía la mirada clavada en Crystal.

—Déjale, que quiero saber la respuesta ¿Por qué tienes ese tatuaje Crystal? Nunca me lo has dicho.

Crystal permanecía quieta en su sitio. Noté sorprendido que se había puesto blanca como la nieve. Torcí el gesto incómodo ¿Acaso había hecho una pregunta comprometida? “Mierda, debería haberme callado la boca…deberías, pero eso es imposible porque eres un bocazas”. Intentando arreglar mi metedura de pata (y por arreglar me refiero a salir por patas de la escena del crimen) me levanté torpemente murmurando unas incoherencias que querían decir “Da igual, mejor dejamos el juego y me voy a dormir, pero más bien sonaron como un “dablububsduiasdha”.

Todo habría quedado ahí de no ser porque yo soy yo, y como yo soy yo y mi existencia es ya de por sí el patetismo no podía pasar otra cosa sino que me chocase de bruces con Sara, que acababa de acercarse al grupo desde Dios sabe dónde.

Todo fue tan rápido y confuso que no tuve tiempo de procesarlo. Acabé en el suelo junto a la chica, con la frente adolorada por el golpe y sin saber muy bien como demonios me había acabado pegando semejante porrazo.

Sara en cambio no parecía muy confundida, más bien me clavaba la mirada como si fuese a matarme. La miré sin comprender unos instantes “¿Por qué se pone así? Debería ser yo el que se… ah no, que ha sido culpa mía” Vale, entonces supongo que sí tiene razones para querer matarme. Una tremenda carcajada me sacó de mis pensamientos. Oh mierda, se me olvidaba que detrás de Sara siempre hay otra persona. “Perfecto”.

Nay se acercó al circulo aún riéndose a mandíbula batiente.

—Ahí tienes la respuesta a tu pregunta de antes Novato. Eres jodidamente torpe y tus meteduras de patas amenizan el día.

Sin darme tiempo a contestar dejó caer una bolsa al centro del corro. Todos los demás (Que parecían demasiado sorprendidos por la pedazo hostia que nos acabábamos de pegar Sara y yo como para reírse) le miraron sin decir nada. Nay se encogió de hombros con su típico aire de superioridad.

—Si vosotros pensabais morir de hambre no es mi problema. Yo quiero cenar.

Con eso todo el mundo pareció olvidar la tensión del ambiente. Haddock y Mía emitieron un grito de alegría totalmente sincronizados y se abalanzaron a por la comida. Pronto las risas y las conversaciones de cosas sin importancia volvieron a llenar el silencio de hacía unos segundos. Sara volvió a dedicarme unas miradas que aterrorizarían a cualquiera y antes de que pudiese decir nada se dirigió al corro para sentarse junto a los demás. No pude evitar suspirar aliviado.

“Bueno, al menos sigo vivo y no me ha arrancado los ojos”

Con todo el lío se me había quitado el apetito para … probablemente toda mi vida. Así que decidí levantarme del suelo e ir a dormir ya. Saqué uno de los sacos de dormir que habían traído y lo extendí como una manta en el suelo. Me tendí encima de ella y contemplé el techo de la estación durante unos minutos. Bueno, mirando el lado positivo, con la caída había conseguido hacer que todos olvidasen la pregunta que le había hecho a Crystal. Me mordí el labio, un poco preocupado por mi amiga. Debería aprender a mantener la boca cerrada y no meterme donde no me llaman.

Suspiré derrotado y cerré los ojos intentando calmarme para así poder dormir. Había sido un día bastante raro…por supuesto que había sido raro, no todos los días un casi desconocido con el cual llevas obsesionado dos meses prácticamente te obliga a irte de viaje a ni sabes dónde con una panda de gente desconocida… pero misteriosamente no me arrepentía de ello “¿Querías experiencias nuevas no? Pues ale, ya las tienes”

Aun estando alejado de donde se encontraban los demás alcanzaba a escuchar retazos de la conversación que mantenían y no podía evitar soltar alguna sonrisa cuando escuchaba alguna estupidez de Haddock o cuando Mía y Crystal le regañaban como si se tratase de un niño pequeño.

Estaba ya en ese momento de mitad dormido mitad despierto cuando unos pasos me hicieron abrir los ojos, alarmado. Crystal se sentó a mi lado en silencio. Algo en la escena me resultó extraño. Esa Crystal era demasiado…normal. ¿Dónde están los gritos a pleno pulmón, las expresiones raras y la música excéntrica que siempre suena de sus cascos? Parpadeé con lentitud mientras giraba el rostro para mirarla. La chica estaba muy seria, hasta pude ver como jugaba con sus manos en un signo de claro nerviosismo.

Una voz en mi interior se preguntó si estaría enfadada conmigo por ser tan bocazas. Tal vez no debería preocuparme por ser degollado por Sara, puede que Crystal me matase a tortazos aquí mismo. Para mi sorpresa mi amiga no me pegó, ni siquiera me miró o me habló. Simplemente posó un libro a su lado como si no quisiese la cosa y tan rápido como había venido se marchó. Extrañado lo cogí con pereza y miré la portada intentando enfocar la vista debido al cansancio.

Parecía una novela normal y corriente. Una tapa totalmente negra con elegantes letras en plata. Miré a ambos lados para darme cuenta de que todos habían optado por irse a dormir también y el lugar estaba oscuro excepto por la luz de una farola que se colaba por la ventana. Chasqueando la lengua me aparté el flequillo de los ojos y lo pensé por unos segundos. Luego en total silencio me levante del suelo y me acerqué a una de las ventanas que daban a la farola de la calle para abrir el libro y comenzar a leer.

 

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El sonido de un golpetazo me despertó. Alarmado pegué un respingo desde el asiento donde hasta hace medio minuto estaba en modo “dormir en postura imposible y que te duele solo de mirarla” y me acabé golpeando la cabeza con la ventanilla de la furgoneta. A mi lado Mía hizo una mueca de culpabilidad mientras recogía la lata de galletas que se le acababa de caer al suelo.

—Lo siento. Se me escapó —Hice un gesto con la mano para quitarle importancia y desvíe la vista para mirar la carretera por la ventanilla. En el fondo ella no tenía la culpa de que yo llevase en modo zombie desde que habíamos retomado el camino hacia la frontera. La muchacha me miró unos instantes con preocupación—. Dan ¿Seguro que estas bien? Pareces agotado

¡Ja! Cómo si tú después de sólo haber dormido dos horas fueses a estar mucho mejor” Intenté reprimir a la subconsciente borde de mi interior y me forcé a esbozar una ligera sonrisa para tranquilizarla.

—No te preocupes. Estoy perfectamente. Puedo conducir la hora que queda a tul usé con Crystal.

Mía se mordió el labio y me miró como si fuese un perrito abandonado.

—En realidad es Toulouse… y son casi 4 horas de viaje, cariño.

Me quedé en silencio un rato mirando fijamente a la mesa sobre la que medio me tumbaba como procesando la información. Al final con voz pastosa pregunté.

—¿Toulouse?….¿ No era ese de los aristogatos? —La risa de la morena me hizo fruncir el ceño y frotarme el oído molesto. ¿Había dicho algo gracioso?

—Será mejor que duermas. Yo puedo ocupar tu puesto.

“¡Ahhh! No, eso sí que no. La pobre chica ya tiene suficiente con aguan… “ los ojos se me cerraron por el sueño y tuve que dar un respingo para despejarme “…¿En qué estaba pensando?” . Vale, tal vez no me encontrase en plenas facultades como para manejar maquinaria pesada, lo mejor sería aceptar la oferta o todos acabaremos en la cuneta volcados. Tapándome los ojos con la manga de la sudadera asentí derrotado. A pesar de no ver pude notar como la chica sonreía y se ponía de pie con un entusiasmo que nunca había visto en ella.

—¡Muy bien! Será mejor que te vayas a dormir. ¡Cuando lleguemos al camping pienso sacados a todos de fiesta! —Solté un quejido de protesta, pero la chica pareció ignorarlo convenientemente ¿Por qué toda la gente que conozco opta por ignorarme en los momentos oportunos? Murmurando palabrotas dirigidas al mundo en general conseguí arrastrarme hasta una de las literas vacías de la caravana para dormirme nada más caer en ella.

Cuando me desperté sería ya por la tarde. La caravana se había parado y estaba vacía, exceptuando a Haddock, que iba de un sitio a otro poniéndolo todo patas arriba. Me incorporé de la litera y le seguí con la mirada en su viaje de aquí para allá. Tras un rato sin lograr comprender por qué demonios hacía decidí preguntar.

—¿Has decidido cambiar la decoración de la furgoneta a la temática “vivo en una pocilga”? —El chico pareció darse cuenta de que estaba despierto. Me sonrió distraídamente mientras seguía sacando cosas y cosas de bolsas que había en los armarios.

—¡Por fin despertó! ¿Qué tal, bella durmiente? ¿Buena siesta? —Bufé a modo de respuesta, dejando claro lo mucho que me importaban sus comentarios de mierda, me levanté para estirarme y me acerqué a él con curiosidad.

—Dejando a un lado los insultos de buenos días ¿Qué demonios haces?

—Buscaba un bañador. Hace un calor insufrible ahí fuera, Novato. Los demás se están bañando y dan una envidia —Lo miré sin comprender.

—¿Bañarse? —Me acerqué a una de las ventanas y miré al exterior. Nos encontrábamos en una especie de descampado/camping lleno de tiendas de campaña y caravanas como la nuestra. A uno de los lados corría un río relativamente grande donde la gente se bañaba— ¿Tan rápido hemos llegado?

A mi lado Haddock bufó imitándome.

—Se habrá pasado rápido para ti. Llevas casi 6 horas durmiendo. Aunque mejor. Hay que tener energías esta tarde. Mía se ha empeñado en que hagamos todos algo por la noche —Fruncí ligeramente el ceño. No me solía gustar salir de fiesta por la noche. Siempre que iba arrastrado por mis amigos del insti acababa siendo yo el que tenía que velar por los borrachos y luego Martín y yo teníamos que llevarlos a sus casas uno por uno. A pesar de eso no comenté nada. En cambio me acerqué hasta la litera y abriendo mi mochila saqué dos bañadores. Cogiendo el que parecía más grande se lo lancé a Haddock, que lo cazó al aire.

—Te dejo uno de los míos, pero más te vale recoger el estropicio que has hecho. Yo no pienso cubrirte —Una amplía sonrisa de esas tan típicas en el chico apareció en su rostro.

—Gracias Novato ¡Me muero de calor!

Una vez la paz volvió a restablecerse en la caravana decidí salir de ahí para ver los alrededores. Me fui acercando a la zona del río. Donde la gente había desplegado mantas y cestas de picnic y se entretenían poniendo música o jugando a juegos de cartas.

De camino a la orilla divisé a Crystal acercandose a mí. Inmediatamente me puse nervioso. No había hablado con ella desde aquella escénica rara en la estación y no sabía muy bien qué decirle. Aún así —milagrosamente—, no salí huyendo cobardemente ni nada humillante, tal vez fue la sonrisa que me dedicaba que, a mi manera de ver, era como una bandera blanca que decía ” Puedes acercarte, hoy no tengo instintos asesinos”. Cuando la pelirroja me alcanzó seguimos andando juntos sin un rumbo fijo, en un silencio ligeramente incómodo. No estaba acostumbrado a esa Crystal silenciosa. Al final fui yo quien tuvo que romper el silencio. Cuando prácticamente habíamos llegado a la orilla del río me atreví a hablar.

—Hay una cosa que no entiendo de la protagonista del libro —Aunque Crystal no dijo nada por el rabillo del ojos pude ver que había captado su atención. Continuamos andando río abajo. Entre las piedras y algún que otro mocoso que correteaba empapado—. ¿Por qué confía tan rápido en un desconocido? En plan. Los niños de ahora no se hacen colegas de un señor del parque así como así. Antes le dan una patada en la espinilla y salen corriendo.

La chica sonrió levemente y dio una patada a una piedrecita del camino.

—Confía tan rápido porque quiere encontrar alguien en confiar. Se siente sola y quiere dejar de estarlo.

Me mordí el labio pensativo.

—No, si eso lo entiendo… pero ¿por qué no recurrir a su familia en vez de a alguien de por ahí?

Incluso sin estar enfrente suya pude notar como mi amiga fruncía el ceño.

—Ya has visto a su padre. No la comprende, no funcionaría

Por alguna extraña razón tuve la sensación de que Crystal no hablaba solo del libro, pero no quería meter el dedo en la llaga. O al menos no quería hasta que un repentino empujón de la pelirroja me hizo caer de lleno en el río.

En mi favor diré que la chica me pilló totalmente de sorpresa y también en mi favor diré que si a vosotros os hubiesen tirado a una piscina llena de agua tan helada como para hacer cubitos de hielo como esta habrías pegado exactamente el mismo bote que yo y habrías soltado exactamente el mismo gritito humillante que solté yo… o bueno, tal vez no lo habrías hecho y es que yo soy el raro. A mi lado Crystal no podía parar de reirse. ¿Antes dije que me resultaba raro ver a la Crystal silenciosa? Pues retiro lo dicho, prefiero mil veces a una Crystal calmadita que a una Crystal toca cojones. Enfadado la miré con reproche

—¡Crystal! —Mi amiga alzó las manos en signo de inocencia, pero que aún estuviese llorando de la risa no le sirvió mucho para ese gesto.

—No es mi culpa que seas tan patoso como para caerte con tan poca cosa —“La mato, yo la mato” Me aparté los mechones mojados de la cara con frustración.

—A mi no me hace gracia ¡Podría haber llevado el móvil encima! —Crystal puso los ojos en blanco y sacándolo de su bolsillo zarandeo mi móvil enfrente de mis narices.

—Tranqui frikazo. Tu amor platónico sigue vivo —“Un momento, ¿Cuándo demonios me ha quitado el móvil?” ¡Encima de despiadada, ladrona! Lo que nos faltaba para el grupo. Rápidamente le quité el móvil de las manos y la observé unos instantes. Había recuperado el brillo divertido en la mirada que la caracterizaba. “Perfecto. Si ha vuelto a ser ella significa que no tengo por qué tener piedad” Esbozando una sonrisa sardónica alcé los brazos hacia la chica.

—¡Qué persona más considerada eres!. Guardando mis pertenencias para evitar que se estropeen con mis caídas —Crystal alzó ligeramente una ceja, pero no la dejé responder—. ¡Un abrazo de buenos amigos! —El rostro de mi amiga se transformó al horror. Inútilmente intentó huir

—¡No!, ¡No! ¡Dan, está muy fría! ¡¡Piedad !! —Tarde. La agarré con fuerza y mientras se dedicaba a pegar grititos típicos de niña pija me aseguraré de restregar bien mi pelo mojado en su mejilla. Cuando me consideré satisfecho dejé que me apartase de un empujón riendo. Fue entonces cuando un un chico de pelo castaño y pecoso se acercó a nosotros y para mi sorpresa nos habló.

—Disculpad …¿Crystal? —Mi amiga dejo de reírse en seguida para mirar al chico sorprendida. Luego acabó apoyando su mano en su hombro como si no diese crédito.

—¿Alex? —El chico le dedicó una cálida sonrisa y sus ojos azules brillaron al hacerlo.

—Hacía meses que no te… —No le dio tiempo a continuar porque Crystal se abalanzó sobre él en un abrazo mientras reía alegre.

—¿Meses? ¡Hace un año que no nos vemos, cabrón! —No pude evitar sonreír al ver el entusiasmo de mi amiga—. Espera un momento… Si estas tú significa…

El chico asintió lentamente con expresión… ¿de culpabilidad? Creo que me he perdido algo. El rostro de Crystal pareció crisparse unos segundos, pero al final acabó sacudiendo la cabeza y sonriendo de nuevo.

—Bueno eso da igual ¡Ya me estas contando ahora mismo todo lo que has hecho en este mes! ¿A cuántas tías te has tirado?

“Ehm… vale, creo que esta conversación está llegando a un nivel del que yo prefiero no pasar” Carraspeando ligeramente me hice notar.

—Crystal… —La chica se volvió hacia mí como si acabase de reparar en que seguía ahí.

—¡Oh! Sí. Alex este es mi amigo Frikazo. Frikazo, este es Alex solíamos tocar en la misma banda —Fruncí ligeramente el ceño ¿Qué diablos tiene en contra de mi nombre esta gente? El ojiazul me dedicó una sonrisa amable. Por como reaccionó con naturalidad a esa extraña presentación supuse que ya estaba más que acostumbrado.

—Sí… Encantado. Sería muy interesante quedarme aquí enterándome de vuestra vida privada, de verdad, pero… creo que tengo un problemilla —Para enfatizar mis palabras señalé el pelo y la ropa mojados que seguían chorreando agua helada. Ambos se rieron alegremente. “Perfecto, ahora hasta los desconocidos se burlan de mí” El recién descubierto Alex me señaló una dirección con el brazo.

—Cerca de aquí están las cabañas de los lavabos. No son gran cosa, pero están ahí para que la gente se duche y esas cosas. Supongo que podrás encontrar toallas por ahí —¡Oh dios mío! Por fin alguien amable y coherente entre esta panda de locos de los que me he rodeado. Crystal asintió a sus indicaciones.

—Sí, por ahí tal vez te encuentres al grupo. Creo que Mía quería prepararse para la tarde —Asintiendo rápidamente me giré hacia ese lugar.

—Bueno… Entonces ha sido un placer. Supongo que luego os veré … cuando deje de ser una fuente andante.

Dicho esto salí rumbo a las cabañas.

Afortunadamente no estaban muy lejos de donde había dejado a la parejita hablando de sus viejas batallitas, así que perderme era prácticamente imposible. Además a esas horas todo el mundo optaba por bañarse en el río de los cubitos de hielo y la cabaña estaba bastante alejada de las miradas divertidas que me echaba la gente al ver mis pintas. Casi suspiré de alivio cuando por fin conseguí entrar en la cabaña de los chicos. La zona por dentro era bastante amplia (Eso o que al estar tan vacío parecía enorme). El típico vestuario de madera al estilo antiguo y unos cuantos compartimentos al fondo que supuse que serían las duchas ya que oía algunas funcionar en el interior. “Mejor, no quiero soportar más miradas raras de la gente por lo que queda del día”

Murmurando palabrotas en contra de todos los pelirrojos del mundo me dediqué a buscar en los armarios del vestuario por toallas para secarme. O al menos estaba en ello cuando una voz me paralizó por completo.

—¿Por qué siempre que te veo pareces haber sufrido una desgracia de la naturaleza?

“No. Esa voz no. No, no , no, no, no, no, no, no , no, no” Lentamente me giré en mi sitio para afrontar la realidad… y sí. Al lado de una de las puertas de las duchas Nay me observaba con diversión. Nay recién salido de la ducha, con una toalla al rededor de la cintura y otra en su mano mientras se intentaba secar el pelo. “En serio Dios ¿Qué tienes contra mi? ¿QUÉ LEÑES HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?

Noté como las palabras se atragantaban en mi garganta y hasta pude jurar que me apareció un tic nervioso en la ceja. Nay me miró con una expresión totalmente indescifrable excepto por la ligera ceja encarnada.

—¿Qué te pasa ahora? ¿Te has quedado mudo? —Totalmente tenso abrí la boca para intentar decir algo, pero al final acabé cerrándola de nuevo. Solamente cuando el chico empezó a avanzar por el vestuario conseguí reaccionar dando un ligero bote.

—¿Quieres hacer el favor de ponerte algo? —Desvié la mirada de su rostro cobardemente cuando noté que el posó la suya en el mío. Nay se paró unos segundos, pero al final retomó su camino. Sólo que ahora se acercaba a mí.

—No me digas…—Inconscientemente retrocedí todo lo que pude hasta que noté los casilleros de la pared golpear con mi espalda. La sonrisa burlona de Nay se hizo más grande— Qué te da cosa verme desnudo—Automáticamente gruñí, solo que estaba demasiado nervioso y el gruñido más bien sonó como una cabra histérica.

Nay avanzó con naturalidad y se apoyó en los casilleros junto a mí. Desde donde estaba podía ver las gotas recorriendo su marcada mandíbula, tuve que desviar la mirada, confuso por las extrañas sensaciones de mi cuerpo.

—¿Acaso nunca has estado en un vestuario con más gente? ¿Sabes lo que significa la palabra “Deporte”? —Me mordí el labio sin atreverme a mirarle aún. Nay se carcajeó acercandose un poco más a mí. Inclinando ligeramente el torso acercó su rostro al mío peligrosamente. Tan cerca que podía sentir su aliento rozar mi cara—. Vale, se me olvidaba con quién estaba hablando. Por supuesto que no sabes lo que significa.

—¡Por supuesto que lo sé! He estado miles de veces en los vestuarios —Bueno. En realidad eso no era del todo una mentira… si entendemos un par veces como miles, claro (¿Qué? La Eduacion Física del colegio era insufrible ¿Vale? Es normal que me la saltase unas cuantas… decenas de veces)

—¿Estás seguro de eso?—La voz de Nay me hizo cosquillas en el oído que me causaron un estremecimiento—, porque no pareces muy convencido —El chico volvió a sonreír malévolamente—. Vaya… sabía que era guapo, pero no pensaba que tanto como para excitar a un hetero.

—¡Serás cabrón! —Nay se rió de nuevo.

—Oh vamos. Mírate, si estas tan tenso como si fuesen a sacarte las muelas del juicio. Deberías aprender a soltarte un poco ¿Sabes? O sino acabarás siendo un viejo aburrido con una vida aburrida.

¿Se estaba burlando de mí de nuevo?. Sacando fuerzas de Dios sabe donde conseguí alejarle un poco de mí. Al menos lo suficiente como para que me dejase pensar.

—Toallas… Yo venía a por toallas —Hasta yo mismo me sorprendí de lo firmé que sonó mi voz. Nay me observó unos instantes con sus electrizantes ojos mientras se mordía el interior del piercing. Odiaba cuando hacía eso, siempre me parecía como si me estuviese examinando y nunca entendía que era lo que pasaba por su cabeza. Al final el chico se terminó de alejar de mi y yendo hasta un viejo armario sacó una toalla que me lanzó a la cabeza.

—Anda. Sécate, San inocencia —Fruncí el ceño ante el último mote, pero decidí que lo mejor era salir corriendo del lugar cuanto antes. Así me evitaría nuevos ataques al corazón. Por ello una vez agarré la toalla me dirigí a uno de los compartimentos privados intentando con todas mis fuerzas ignorar al personaje que aún seguía en el vestuario, pero frené antes de entrar del todo. Me volví hacia el peliazul en silencio, notando una repentina ansiedad que invadía todo mi cuerpo, se había sentado de en un banco y parecía secarse el pelo con dejadez.

—Nay —dije en voz alta para atraer su atención, pero cuando sus ojos se posaron en mi con curiosidad no pude evitar desviar la mirada. Apreté con más fuerza la toalla entre mis manos—, y-yo nunca dije que fuese hetero…ni que no lo fuese.

Aunque no miraba podía sentir sus ojos clavados en mi ser, aumentando mi nerviosismo. Cuando habló la voz de Nay sonaba mucho más sosegada y amable.

—No tienes por qué decirle a nadie lo que eres, solo depende de ti —De reojo pude notar como se encogía de hombros—, ni siquiera tienes por qué saberlo tú — una pequeña sonrisa asomó por mis labios, hasta que continuó hablando esta vez con el tono de burla retomado—, y si quieres salir de dudas siempre podemos pedirle a Haddock que se ofrezca voluntario para un pico.

— ¡Idiota!

Aún con la puerta del compartimento cerrada pude escuchar sus carcajadas inundando la habitación.

– — — – — — –

Una vez completamente seco salí de la cabaña con la moral por los suelos ¿Cómo es posible que siempre que hable con él acabe todo mal para mí?

Intentando buscar algo para mejorar mi humor anduve hasta la cabaña de nuevo, para encontrarme ahí a un grupo de gente que se había sentado en el césped formando un corro gigante. Entre ellos pude distinguir a Crystal, al chico ojiazul de antes y a Mía. Estos al verme me hicieron señas para que me acercase. Alex alzó una botella vacía para que la viese

—Vamos a jugar ¿Te unes? —Pasé la mirada por el corro distraídamente mientras negaba ligeramente con la cabeza.

—En realidad a mi no me van mucho los… —Fue entonces cuando crucé la mirada con aquellos ojos grises que misteriosamente hicieron que mi rabia anterior retornase— … espera. Mejor sí. Me uno

Día 520 – Simon Walker

Hay una pena que no se puede siquiera ser nombrada, todo porque es demasiado grande, real y dolorosa como para abarcarla con una sola palabra. Hay un dolor que continúa y continúa sin piedad alguna, imposibilitándote el tomar un solo respiro.

Ya ha pasado mucho tiempo. Su nombre debería haber dejado ya de ser capaz de hacerme pedazos pequeños con los que yo mismo me corto. Con los que sangro.

Últimamente no paro de sangrar. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero es mentira. El tiempo solo coge las heridas y las da más de sí, las hace más grandes y reales. El tiempo solo crea y crea nuevos daños en compensación con las cicatrices que hace desaparecer. El tiempo es un gran cabrón. El único del que no puedes escapar, me temo. Y la conclusión es que su nombre sigue siendo el mayor y más desgarrador de los suplicios. Ethan, Ethan. Ya no siento ni recuerdo el tacto de sus manos. Ya no me veo capaz de enfocar su recuerdo. Ya no me veo capaz de seguir viviendo sin ti. ¿Quién me habría dicho que mi vida no iba a ser más que otra de esas tragedias, que yo iba a ser el villano de mi propia historia?

Me llamo Simon, soy Simon. Tengo 18 años y nací en Japón. Mis padres se llaman Margaret y John”. Tengo que recordarme quién soy. Carece de sentido, la verdad. Pero no quiero olvidarlo. Olvidar el asco que doy. Olvidar lo que Simon Walker hizo. Tengo que repudiarme, debo odiarme. No puedo olvidarme de cuanto me aborrezco. De cuánto merezco todo este vacío, estas continuas ganas de vomitar. Ojalá pudiera no ser yo para darme una paliza y tirarme desde ese puente de unas calles más abajo. Realmente me reconfortaría. Ahogarme en algo más que en recuerdos.

A veces me busco dentro de mí mismo. Al que solía ser, quiero decir. Grito dentro de mi cabeza hasta desgastar cada una de mis células. Me grito que soy un cobarde por no limitarme a dar la cara. Me grito de todo y a la vez no digo una sola palabra. Aún no ha habido suerte. Me pregunto qué haré cuando me encuentre. Veo dos opciones muy claras: estrangularme o caer de rodillas ante lo que un día fui y echarme a llorar sin consuelo ni final. El tiempo lo dirá, supongo. Ese maldito y estúpido tiempo, siempre metido en todo.

No pienso sumarme a esa legión de idiotas que resumen un dolor tan grande con la expresión ”tener el corazón roto”. Yo estoy un paso más allá.

Yo tengo los ojos opacos de…¿tanto llorar? Aunque yo diría que es de tanto no poder verle. Tengo las pupilas incapaces de filtrar la luz con claridad y mi cristalino no puede enfocar ya imagen alguna. Tengo los ojos secos de echarlo de menos y, aun así, nunca será suficiente. Jamás. Nunca pagaré la deuda, no conseguiré salir de este bucle de dolor. Y aunque lo hiciera, al final sé que volvería a tirarme de cabeza. Porque así son los remordimientos. Son un salto que se repite hasta la perdición del alma. Es lo peor, sin duda. Saber que merezco hasta el más mínimo ardor de pecho.

Yo tengo las articulaciones oxidadas. ¿Para qué ejercer un solo movimiento más, si solo voy a conseguir hundirme más profundamente en el lodo de mi memoria?

Yo tengo la corteza cerebral reseca y cansada de tanto remordimiento. Cansada de intentar evocar su recuerdo. Cansada de tanto demonio, de tantas voces que proponen soluciones, cada una más horrible que la anterior.

Yo tengo alguna parte de mí que ni siquiera puedo señalar hecha pedazos afilados que no dejan de clavarse por todos lados y dios. Duele mucho más de lo que puedo intentar explicar por medio de palabras. Supongo que el infierno debe ser parecido a esto. No imagino nada peor.

Yo tengo los labios en carne viva y la laringe rota de gritar su nombre. Podéis sumarlo a la lista de cosas que están dejando de funcionar dentro de mí.

Yo no tengo el corazón roto; eso sería demasiado abstracto, demasiado simple, demasiado leve castigo. Yo tengo hasta la última célula de mi organismo pincelada de un gris que no se decide a marcharse.

El dolor me está quemando por dentro de la manera más destructiva que jamás he presenciado. Huesos, músculos, venas y arterias. El dolor está acabando con todo. Yo me limito a dejarlo arder mientras camino y camino dirigiéndome a no sé dónde para hacer no sé qué.

Solo quiero que acabe todo esto de una vez.

Mis piernas trabajan por sí solas. Me llevo las manos a las sienes, que no dejan de palpitar. Palpitaciones, retortijones, dolor, sudor, sollozos, dolor, vacío, abismo. Definitivamente tengo que hacer que todo esto termine.

Ya no pienso en nada, habré desgastado el cupo de auto-odio. Mis piernas se mueven solas, mis brazos las siguen. Está saliendo el sol, no puedo recordar la última vez que vi amanecer antes de que él se fuera. No puedo recordar nada antes de que él se fuera.

Me dirijo a mi casa. Paso a paso, lentamente. El sudor baña mis sienes. ¿Cuánto tiempo llevo vagando? Acabo de recordar que tengo hambre y me muero de sueño. Nada de eso importa, pero es molesto sentir algo que no sea odio hacia mi persona. Creo que me he cruzado con alguien. El saludo llega a mis tímpanos difuso, resonando como si me encontrara debajo de una gran masa de agua y alguien de fuera estuviera tratando de llamarme. Ni siquiera alzo la cabeza. No quiero, no puedo. No lo merezco. Abro la puerta de casa con las manos temblorosas y un sudor frío bañando toda mi espalda. El hedor es lo primero que noto. Realmente huele como un estercolero, he descuidado mucho mi casa en estos últimos días. ¿Será así como huele también dentro de mí? Es lo más probable. Avanzo todo lo resuelto que puedo estar en este estado hacia el cuarto de baño, sorteando por el camino prendas de ropa que llevan siglos sin lavarse, botellas de cerveza cuya función es coger polvo y envoltorios de comida rápida. En un descuido, me miro en el espejo del recibidor. ”Un cadáver”, es lo primero que pienso. Mis ojos están hundidos y brillan con el ardor de un alma rota, mi cabello puede pasar por una fregona vieja con facilidad, mis labios presentan varias costras y no hablemos de las condiciones en las que se encuentra el resto de mi cuerpo. Aparto la vista con rapidez. Es suficiente. Terminaría rápido.

He llegado al baño. Actúo como un autómata, apenas sé cómo ni por qué se mueven mis manos, pero veo con dificultad que trabajan sobre una cuchilla de afeitar. Comienzo a llorar sin saber por qué, pero esto ya se ha hecho rutinario, así que tampoco trato de hallar una respuesta que se que no llegará.

Lo siguiente que recuerdo es mi sangre cayendo a borbotones sobre la bañera. Me sorprendió la cantidad de ella que había, al fin y al cabo, no estaba vació del todo. El rojo lo cubría absolutamente todo. El suelo era rojo, el grifo era rojo, los azulejos eran rojos. Dolía. Me alegré de localizar el dolor en un lugar que pudiera señalar con el dedo. Dejé de llorar y me desmayé con su rostro en mi cabeza.

~~~~~~

Han pasado un par de días desde mi intento fallido de suicidio. Ni siquiera conseguí quitarme la vida, patético, ¿verdad? La vía que tengo en el brazo me molesta, los murmullos que oigo en el pasillo me molestan. ¿Por qué no puede callarse todo el mundo de una vez? Mis células siguen grises, el sufrimiento sigue ahí. Pero ahora todo se ve más confuso con toda esta cantidad de luz –no sé qué tienen los hospitales con poner todos los muebles blancos- y ante todo, con los miles de analgésicos que me han hecho engullir los médicos.

Una vecina me trajo aquí, según me han contado. Al parecer, en el estado tan lejano de la realidad en el que me encontraba, olvidé cerrar correctamente mi puerta y la pobre mujer entró para darme algo de comida, pues muchos vecinos ya habían reparado en mi lamentable estado. Me encontró tirado en la bañera, desangrándome. Pero eso no importa, en realidad. Estoy tan sedado que solo alcanzo a ver como los colores del amanecer bañan la habitación. Es el quingentésimo segundo amanecer que veo desde que Ethan se fue. No sé cuantos más seré capaz de ver. Susurro su nombre y cierro los ojos, sumiéndome en un profundo sueño. No sé cuántos más tendré fuerza para ver…

¿Por qué le te tuve que decir eso? ¿Por qué esas fueron mis últimas palabras hacia él? Cuando en realidad, en el fondo de mi ser, pensaba todo lo contrario.

Soy deplorable, detestable y digno de odiar.

Aunque a pesar de todo esto, seré suyo para siempre.

Día 19 – El último

Aquella mañana Ethan fue despertado de nuevo por unos gritos. En cuanto abrió los ojos, le dio una especie de deja vu, creyendo que iba a volver a vivir el día anterior una vez más, pero cuando vio entrar a su padre en su cuarto, se dio cuenta de que aquello no se iba a volver a repetir. Aunque no sabía si iba a ser para bien o para mal.

Su madre agarrada del brazo de su marido y tirando de él para que no se acercara al menor, entraron en el cuarto pegando un portazo. Aquella bestia volvía a tener la misma cara que años atrás cuando salió del hospital. Ni los gritos de su madre y ni sus constantes tirones hacia atrás conseguían que su padre cediera.

-¡Levántate ahora mismo!-le ordenó y en cuanto consiguió ponerle la mano encima a Ethan, le sacó de la cama de un manotazo-Ahora mismo vamos a hablar al salón. Estoy harto de que tu madre me coma la cabeza con que te deje en paz. ¡TIENES QUE APRENDER DE UNA VEZ POR TODAS!

El peliazul no había estado tan asustado en su vida. Había presenciado ya varias veces los ataques de ira de su padre, mas aquel se podía catalogar como el peor hasta el momento. La vena de la frente nunca había estado tan hinchada y su cara se encontraba enteramente roja. Sus brazos temblaban de toda la ira que estaba conteniendo en su cuerpo. Parecía que iba a explotar. En ese instante Ethan deseaba no estar en su cuerpo.

Cuando pasaron por el pasillo, su hermana medio somnolienta se asomó para ver qué estaba pasando pues le habían despertado. Corriendo, la madre la volvió a meter en la habitación y le pidió que no saliera hasta que ella no le diera permiso. Antes de irse, miró a su hermano con tristeza e intento transmitirle calma con una sonrisa forzada. Sintió pena por ella.

-¿Por qué nos haces esto?-gritó enfadado su padre en cuanto llegaron al salón. Ethan, cohibido y en pijama, se empezó a pellizcar los codos con nerviosismo. ¿En serio iba a tener que aguantar aquello otra vez?

-Yo no he hecho nada…-susurra con la voz quebrada. El ojo del huracán se había desplazado y ahora iba a sentir la fiereza de éste en toda su magnitud.

-¿Qué he hecho yo mal?¿Es que no podrías ser como los demás chicos de tu edad?-sigue preguntando retóricamente. La espina que llevaba clavada desde hacía varios años en el corazón de su padre por saber que su hijo no está interesado en deportes y demás cosas de “hombres”, se seguía hincando sin cesar-¿Tan difícil es hacer como eres normal? ¿Es tanto lo que te pido?

Otra vez, de nuevo estaba intentando hacerle ver como que era mejor ser un completo desconocido ante el espejo a dejar ser como él se siente. Ethan lo había intentado, pero desistió a los pocos días pues su vida había pasado de ser una pesadilla a un completo infierno. Si se le hubiera dado bien la interpretación, a lo mejor no hubiera llegado a este extremo y habría conseguido llegar hasta el punto en el que se podría haber ido de casa a vivir a la suya propia.

-¡Respóndeme!-imperó-Yo he hecho todo lo posible, pero tu no pones nada de ti-criticó. Cuando vio que su hijo no le estaba mirando a la cara, si no que miraba al suelo asustado, un retortijón le tiró del estómago y le pegó una guantada al menor-¡MIRAME CUANDO TE HABLO!

-Yo no puedo ser de otra forma-respondió entre lágrimas y con un hilo de voz.

En ese momento, su madre rompió a llorar. Ella también había sentido la especie de Deja vu de su hijo y deseaba con todas sus ganas que aquello parase de una vez, aunque no sabía cómo. Su marido no le iba a hacer caso -como cuando había intentado detener su avance hasta el cuarto de su hijo- y ella seguía sin tener voz en cuanto estaba su marido cerca. Al menos quería intentar el diálogo, era lo único que le quedaba. No iba a permitirse de nuevo no luchar por Ethan.

-Por favor, John, para-dijo suplicante hacia su marido-A lo mejor no habría que obligarle a ser otra persona que no es.

Pero aquello solo sirvió para que él se enfadara aun más y para que también le pegara a ella para callarla. La situación se estaba yendo de las manos y, como siguiera así, el padre de Ethan no iba a parar de abusar por la fuerza de ellos. Eran sus coballas aunque no lo quisieran. Siempre lo habían sido.

-No te soporto-dijo Ethan estupefacto por ver cómo su padre pegaba a su madre por intentar defenderle a él. Aquello le había dolido aun más que cuando él le había pegado hacía pocos minutos atrás-Si tanto me odias, me iré. Pero deja a mamá en paz-siempre había deseado decirle aquellas palabras a la cara y, por fin, había sacado el valor para hacerlo.

Pero estaba hablando sin pensar. Necesitaba que aquella situación terminara y la única opción que veía viable Ethan era la de huir de nuevo. Su padre no iba a cambiar ni en un millón de años por mucho que lo intentara. Pero no era culpa de él en cierto modo, si no que estaba demasiado condicionado a qué pensaban los demás, que quería parecer perfecto. Además, la sociedad le había dado tantos poderes sobre las demás personas de su familia, que ya estaba cegado por sus propios deseos y objetivos.

En ese momento salir de aquella casa era lo mejor. Así su madre dejaba de luchar por él y dejaba de salir perdiendo. Así su hermana podría llevar una vida normal sin tener que aguantar violencia en su propia casa.

Y así Ethan dejaría de estar presionado para dejar de ser él.

-¡TU NO ME DICES QUÉ TENGO QUE HACER, NIÑATO!-su padre, aun más descontrolado, volvió a alzar su mano hacia el menor.

Mas antes de que pudiera hacerle nada, salió huyendo hacia su cuarto para coger de nuevo la mochila que no había desecho ayer y salir pitando de su casa. Por mucha fuerza que hubo sacado para decirle lo que pensaba, se le había ido toda al ver como su mano se levantaba. Por suerte, su padre no estaba muy en forma -tenía una buena barriga y unos cuantos kilos de más- y pudo sacarle la ventaja necesaria para salir de su casa intacto.

-¡Eso, tu corre! Huye. Huye, que eso es lo único que sabes hacer-decía él mientras intentaba alcanzarle-Me das asco, siempre me lo has dado. No sabes la de veces que he pasado vergüenza por tu culpa mientras los demás padres hablaban de sus hijos.

El corazón de Ethan parecía que se iba a salir de su pecho. Aquello era tan irreal que parecía sacado de una película llena de drama sobreactuado. Su cabeza estaba rebosando de ansiedad y apenas podía respirar en condiciones.

-¡Ni se te ocurra volver!-dijo antes de no poder seguir más el ritmo de su hijo y quedarse antes de que éste bajara casi volando los primeros escalones.

Ethan, sin mirar atrás, se jugaba la vida mientras los bajaba. Sabía perfectamente que con la poca capacidad de coordinación que tenía, no iba a poder bajar las escaleras una a una sin tropezarse. Por esto, bajó casi todos los pisos saltando la gran mayoría de escalones. Le dolían los tobillos y las rodillas porque cada vez que llegaba al suelo después de un salto, no resistía de pie y caía al suelo. Pero aquello no era importante.

Sus manos estaban sangrando pues se había clavado alguna astilla del pasamanos, pero no dejó su objetivo de salir de allí hasta que ya se encontraba a unas calles de distancia de su edificio. En ese momento sintió de nuevo la culpabilidad de haber abandonado su casa después de haberle prometido a aquel hombre del día anterior volver a ella.

“Lo he intentado” dijo para intentar sentirse mejor.

Dejó caer su cuerpo en el primer banco que vislumbró y, sin moverse, se quedó mirando al infinito hasta que le dejaron de doler todas sus extremidades. Volvía a estar en el mismo punto que terminó el día anterior, solo que ahora no tenía la única opción que se le ocurrió en aquel momento. Su cuerpo estaba lleno de sudor y, en comparación con la temperatura de la calle, salía humo de su piel.

Se dice que el orgullo es algo que hace que las personas se cieguen y no puedan ver la realidad. Mas Ethan no podía evitarlo de nuevo, esta vez no había podido comérselo para que los demás pudieran seguir alimentando el suyo y dejarle en paz. Escogió la opción de luchar por lo que era. No sabía si estaba ciego o no como suelen decir, pero le daba igual. Si nadie le iba a querer, que fuera de la forma en la que más cómodo se sintiera él.

Su vacío interior se expandió aun más.

Intentaba asimilar todas las cosas que le acababa de decir su padre y todas las demás que le había dicho Simon recientemente. Rondaban en su cabeza, se la golpeaban con furia y le dejaban moribundo. Le costaba mantener los ojos abiertos, pues le escocían más que nunca y el corazón, a cada latido, le hacía saber que estaba roto.

-¡EH! Es él- gritó alguien detrás suya.

Ethan giró rápidamente la cabeza para ver de dónde venía aquel grito y, sin más que una leve mirada, supo quienes eran. Los de aquella mañana de hace dos días. Si, los que habían estado abusando del pobre mendigo que hizo todo lo posible por ayudarle. Cinco chicos montados en bicicleta. Al parecer le habían estado buscando desde entonces para devolverle lo que le había hecho a su cabecilla, el cual iba el primero de todos y muy frustrado por su pasada derrota.

Al menor se le encogió el corazón y no se le ocurrió otra idea que salir corriendo aunque las piernas le siguieran doliendo. No hacía más que salir de una guerra para meterse en otra sin quererlo ni beberlo. ¿Es que no le iba a dejar vivir en paz? Deseó que su yo del pasado no hubiera hecho aquella tontería, pues así podrían haber salido las cosas mejor.

Mas ya era tarde.

Corrió con todas sus ganas. El pecho le quemaba y la boca estaba más que seca, pero él no se paraba por nada del mundo. Sentía las voces de los chavales en su espalda, pisándole ya los talones. Al cabo de un tiempo, dejó de sentir sus doloridas piernas y empezó a marearse pero, aun así, no paró de de moverlas. No le iban a coger, no lo iba a permitir. A veces oía alguna caída de uno de ellos, pues iban como animales.

A ellos si que les estaba cegando el orgullo. Necesitaban aplastar al que una vez les ganó para sentirse de nuevo importantes y poderosos. Así es el mundo.

-¡No puedes escapar!-dijo uno de ellos, entrecortadamente.

-¡Te cogeremos y te mataremos! No lo dudes- dijo otro también con el mismo aliento. Llevaban demasiado tiempo dándolo todo sobre los pedales.

Aquellos comentarios solo consiguieron que Ethan se llenara de adrenalina y siguiera corriendo como si de una gacela se tratara. Tiró su mochila pues le estaba incordiando y tampoco es que llevara algo de interés.

Al final, después de mucho correr, llegó a una pequeña arbolada a no más de 4 manzanas de donde se encontraba en un principio. Aunque allí no habría nadie que le pudiera salvar, sabía perfectamente que ningún transeúnte iba a perder su tiempo en ayudarle. El suelo estaba lleno de raíces que sobresalían, de hoyos de diferentes tamaños que le obligaban a estar atento al suelo y la pendiente cada vez era más y más empinada.

Todo esto contribuyó a que se obligara a dar un descanso después de unos minutos. Pero justo en el momento que iba a hacerlo, vislumbró un puente. Un enorme puente que se elevaba encima de un caudaloso río -aunque no veía el agua, si podía oírla-. ¿Y si esa era su salida? ¿Y si realmente todos se habían puesto de acuerdo para llevarle allí para que por fin huyera de verdad de todo? Sus ojos se llenaban de lágrimas y la nariz le empezaba a gotear.

Ya había agotado todas las opciones: Simon, su familia, vivir en la calle… Todo lo que había probado era demasiado doloroso para él y, como sabéis, no lo sabía llevar bien.

Llegando ya a su límite físico, se fue hacia ese puente lentamente. Miró hacia atrás y vio como solo quedaban un par de aquellos chicos persiguiéndole -evidentemente, el de la cara arañada seguía ahí-. Al parecer, no tenían otra cosa mejor que hacer que perseguirle. Pero afortunadamente, al igual que él, estaban bastante cansados.

Tardó bastante tiempo en llegar a su nuevo objetivo y, cuando lo hizo, volvió a notar la presencia de sus acosadores muy cerca de él. ¿Y si saltaba? Así todo aquello se acabaría. Así no molestaría a nadie más y él dejaría de sufrir. Así nadie le haría más daño.

Así podría ser libre.

Con las piernas temblándose por completo y casi sin respiración, fue hacia la mitad del puente y miró hacia abajo. Su corazón palpitaba con fuerza y apenas podía ver con claridad. El agua se movía furiosamente por toda la superficie del río. Ya estaba, ahí se acababa de todo. Sabía perfectamente que su vida iba a ser siempre huir de todo, como había estado haciendo recientemente. Nadie le iba a aceptar como era. Él no estaba hecho para ese mundo, para aquella era. Debía darse prisa y hacerlo antes de que perdiera el sentido. Debía mantenerse orgulloso de qué era y cómo era y aquella era la única forma de mantenerlo.

Hubiera deseado que en aquel momento hubiera aparecido Simon por arte de magia y le hubiera defendido de aquellos chicos decididos a devolverle los golpes que él había dado a uno de ellos. Que le hubiera convencido que vivir era la respuesta a todas sus preguntas y que él iba a estar siempre a su lado. Pero después de un segundo esperando con fuerza aquel deseo, nada pasó y no tenía tiempo para esperar más.

Miró hacia los chicos que apenas estaban a dos metros de él, sonriente. Ya no le podían coger. Ahora iba a ser libre. ¿Locura? Podía ser una pero… ¿qué otra opción tenía? ¿Ser agredido de nuevo? No gracias. La culpa iba a pesar sobre aquellos chicos durante el tiempo, pero se lo tenían merecido. Se sorbió la nariz por última vez.

A lo mejor así aprendían a valorar más a las personas.

-¿Pero qué estás haciendo?-dijo uno de ellos mientras se daba prisa por alcanzarle.

-¡NO SALTES!-dijo el otro, aunque ya era demasiado tarde.

Ethan, como pudo, había sorteado el pasamanos de seguridad y ya se encontraba volando hacia su final.

En sus últimos segundos de vida antes de caer al río, golpearse con el fondo de éste y ahogarse, su mente se inundó de millones de imágenes. Toda su vida pasó por delante de sus ojos y no paró hasta que las últimas imágenes de él y Simon aparecieron, pues los recuerdos restantes ya no eran de su vida. Si no de su descenso hacia la muerte.

Su vida terminó en el momento que su fuente de felicidad dijo aquellas palabras y su padre las corroborara.

Me das asco” dijo Simon

Me das asco” dijo su padre

-Si, yo también me daba asco- susurró Ethan en el agua mientras decenas de burbujas salían de su boca y escapaban hasta la superficie.

Día 19 y el último

Dia 18 – Colapso

Aquella mañana Ethan no se levantó con la claridad del día, pues aun no había amanecido, sino con la baja temperatura que se dio antes del sol salir. Le costó recordar que aquel día no había vuelto a casa y que se encontraba en la calle. Ya todas las cartas estaban echadas. ¿Era aquello lo que se merecía?

Abrió los ojos y estos se empañaron en cuanto comprendieron dónde se encontraba el muchacho. Bajo un puente, apenas transitado, y con más personas desdichadas como él a su alrededor durmiendo entre cartones. Al menos ellos habían sido listos y tenían algo con lo que arroparse o interponer entre sus cuerpos y el suelo. Él solo había traído cosas innecesarias como: un peine, un muñeco que le regaló su hermana cuando cumplió 10 años, unos calcetines y una cartera sin dinero en ella. Aquella cartera solo tenía sus tarjetas de identificación y algunas fotos de su familia y la de él y Simon. Se arrepintió enseguida de no haberse traído cosas con más utilidad, aunque los calcetines los utilizó como guantes porque tenía las manos congeladas. Apenas podía mover los dedos.

¿Ahora qué debía hacer? ¿Volvía a casa como si no hubiera pasado nada y se enfrentaba a la ira de sus padres o se quedaba vagando hasta el infinito por las calles más malolientes de aquella ciudad?

Todo estaba tan nublado en su mente que no le dejaba pensar con claridad, con lógica. Aunque lo que si veía claro era que Simon ya le había dejado claro que no quería verle y le daba miedo enfrentarse de nuevo a aquellas hirientes palabras que podrían volver a salir de su boca si aparecía de nuevo por donde éste vivía. “Mierda” pensó, pues aquel recuerdo le había hecho estremecerse en el suelo de dolor emocional. Como si se tratara de un enorme retortijón en su barriga, aunque con más fuerza, en su corazón.

¿Y quedarse aquí? A saber si era una buena idea. Pero no quería seguir viviendo en aquella mentira donde él intentaba hacerse pasar por una persona normal solo para no avergonzar a sus padres. Quería que le trataran tal y como es y, aunque sus gustos no fueran como los de la gran mayoría de personas, eso no le hacía una peor persona. Una a la que pueden humillar de la manera en la que lo han estado haciendo toda su vida. No iba a aguantarlo por más tiempo.

Y si para ser como él se sentía debía estar solo, pues lo haría sin dudarlo. No más mentiras, no más miedos, no más pesadumbre por intentar ser quien querían que fuera. Y al parecer, aquellas personas que le rodeaban en su nuevo nido, iban a ser su nueva “familia”. Seguramente cada una tendría una historia que contar y sus sombras en su cabeza, pero seguían siendo personas después de todo. Como él. Seguro que ellos si tendrían la amabilidad de aceptarle. “No estoy tan solo después de todo” intentó convencerse mientras cerraba de nuevo los ojos, cansado. Apenas había dormido unas horas aunque no sabía definir cuantas, pues un reloj no estaba entre sus cosas inútiles. No tardó mucho en llegar a los brazos de Morfeo, que le esperaban con ansias.

No volvió a despertarse hasta que escuchó unas estridentes risas que bañaron toda la parte interior del puente. Las personas que emitían aquellos ruidos se reían sin ganas, solo por pura maldad. Ethan abrió los ojos alertado y, sin apenas moverse mucho para no llamar la atención por seguridad, levantó la cabeza para ver qué pasaba: un grupo de niñatos de, seguramente, su edad, le estaban pegando patadas a un mendigo que, por evidencias, hasta hacía poco dormía plácidamente entre sus cartones. Eran cinco chicos liderados por el más corpulento y alto de todos ellos, quien era el más activo en la acción de herir a aquella pobre persona que solo quería un poco de tranquilidad en su infravalorada vida.

Al poco de seguir contemplando aquella injusticia, Ethan levantó todo su cuerpo con decisión y se dirigió hacia ellos para ahuyentarlos. Lo que no pensó es que aquello era una gran mala idea. ¿Ir hacia el peligro cuando estaba huyendo de él y solo por salvar una persona que tenía lo mismo que él, nada?

Pero ya cansado de aguantar a tantos sabuesos aprovecharse de personas indefensas, sacó fuerzas de donde no las tenía. Hacía bastantes horas que no había comido un bocado de nada, pero su fuerza de voluntad no se vio afectada por eso. Gritó a los agresores que se marcharan a pleno pulmón mientras se acercaba más hacia ellos.

-¡Cállate!-dijo el líder mientras se le acercaba también con el puño en alto y el entrecejo fruncido. Estaba molesto porque alguien les interrumpiera. Era la típica personas que jamás ha cumplido una norma que no la hubiera puesto él mismo. El menor, por infortunio, no vio como se acercaba éste, pues había cerrado los ojos para sacar todo su descontento del interior. Fue otra muy mala idea.

Solo supo que estaba cerca de él cuando recibió el golpe en la cara. Le hizo perder rápidamente el equilibrio y cayó de bruces en el suelo. Sentía como su cara se hinchaba, pero aun no le dolía. Harto de tener que aguantar siempre la misma mierda, se levantó de nuevo y, esta vez, con los ojos bien abiertos, se abalanzó contra el que le había golpeado. Por inercia, abrió su boca y clavó sus dientes en el hombro del contrario, sin piedad. Solo por el placer de hacer daño en vez de recibirlo. Ahora se sentía poderoso. Notaba ese poder que todas las personas sentían cuando eran superiores a alguien -o eso es lo que ellos piensan-. En cuanto lo hizo, un enorme gemido salió de la garganta del musculoso chico que lo acarreaba encima. Luego, aprovechando su desconcierto, Ethan clavó sus uñas en la cara de éste y se la rasgó. Había perdido totalmente la cordura.

Pero eso le hacía sentirse vivo, por fin había llegado el momento en el que él era el cazador y no la presa.

Todos los chicos de alrededor se asustaron. Veían como Ethan no tenía límites y sus ojos lo podían corroborar. Estaban más que abiertos y miraban hacia el infinito mientras seguía rasgando la cara del contrario con locura. Al final los “secuaces” del chico fornido salieron huyendo pavorosamente. Nunca nadie les había plantado cara de aquella manera y no supieron como manejar la situación.

-¡Para!-gritó el mendigo, levantándose de su cama de cartón a trompicones por el dolor que le causaban las heridas. Se acercó hacia los dos chavales y posó una de sus manos sobre el hombro de Ethan-He dicho que pares, por favor. Ya es suficiente.

Y, sin saber por qué, eso fue lo único necesario para que el menor volviera en si y dejara de atacar. Paró de agarrar al chico fornido y se tiró al suelo desconcertado, mirándose con odio sus manos.

-¡Me las pagarás!-dijo el chico con la cara llena de arañazos sangrantes mientras se alejaba corriendo por una de las grandes salidas del puente. Su voz había sonado como un gemido de dolor unido a una rabia tremenda.

Ethan no podía creer lo que acababa de ocurrir. Nunca había sido una persona violenta ni aunque le hubieran hecho cosas que la gran mayoría no hubiera aguantado ni un minuto. El mendigo que al había “salvado” estuvo con él hasta que el menor abrió la pompa en la que se había sumergido. Poco a poco le fue obligando a entablar conversación con él para calmarle.

“¿Por qué estás aquí? ¿Y tus padres? ¿Crees que eso es tan malo como para irse de casa? ¿Cómo te llamas?” fueron algunas de las preguntas con las que le bombardeó en poco tiempo. Estaba agradecido, si, pero también asustado y preocupado por Ethan. Nunca había visto a una persona comportarse de aquella manera siendo tan pasivo de normal.

Estuvieron así hasta que la tarde les llegó. El pobre hombre le había dado un poco de su comida para que Ethan pudiera seguir sobreviviendo y le había contado la historia de cómo acabó en las calles. “Yo era un hombre honrado, con familia incluso. Trabajé durante años de albañil en diferentes obras y, aunque no me iba excesivamente bien, tenía de todo un poco y por eso no me quejaba. Pero un día, sin previo aviso, todo se derrumbó: me despidieron y al cabo del tiempo, mi esposa me dijo que no quería estar con una persona que no podía mantener ni a sus propios hijos y ésta, para que no me los pudiera quedar después del divorcio, me acusó de haber intentado abusar de ellos sexualmente. Imagínate, fui repudiado hasta por mi madre. Yo, una persona que ha querido más a sus hijos que a su propia vida. Que les he dado todo lo que tenía, aunque me quedara sin nada.Encima, después de todo esto, no encontré trabajo en nada, pues nadie quería contratar a una persona tan “asquerosa” como yo. La única opción que vi, fue la de irme a vivir a las calles pues sin dinero, acusado por cosas que no has hecho y sin trabajo, no eres nada para esta sociedad. Ojalá pudiera ver de nuevo a mis hijos, es lo que más deseo”.

Escuchar aquella historia provocó que a Ethan se le partiera el corazón. Su vida no se podía comparar a la de aquel hombre. Pero no fueron aquellas palabras las que más le marcaron, si no otras que le siguieron después de ver la reacción que tuvo Ethan ante lo que le había contado aquél hombre.

-Yo ya estoy perdido pero tú… Vuelve con tu familia. Un padre siempre va a querer a su hijo aunque le cueste un poco aceptar como es. Vivir en la calle no es para nada bonito. Yo creo que ni si quiera se le puede llamar vida. Si tienes opción, no escojas esta. Hazlo por mi, no le desearía a nadie estar en el lugar en el que estoy. Y más un chico como tú, con tanta vida por delante y con tantas cosas felices por vivir (aunque tampoco te digo que todas lo sean).

Ahora, Ethan, ya no pintaba nada en ese lugar. Después de despedirse del mendigo con mucha emoción, le tuvo que prometer que volvería a su casa pese a lo que pudiera pasar después. Lo hizo porque se sintió culpable aunque aun no tenía claro si de verdad lo iba a hacer. Ahora, la opción de quedarse vagando por las calles eternamente, tampoco era una idea viable. ¿Qué debía hacer? Si hacía caso a su cabeza, volvería corriendo a su casa a rogar su perdón. Pero si hacía caso a su corazón, quería soledad, pues nadie podía curarle las heridas. Éstas sangraban sin cesar y lo único que iba a conseguir si seguía en contacto con la gente, era agrandarlas y sufrir más dolor.

Se alejó del puente, de nuevo, sin rumbo fijo. Estuvo andando hasta que las piernas le empezaron a doler y le pidieron un descanso. Hacía ya casi un día que estaba perdido por la ciudad en la que había nacido. Puede que no fuera muy grande, pero tampoco es que hubiera visitado mucho de ella. Lo único que veía era como la densidad de edificios estaba acabando y como una gran arbolada se abría cerca de ellos. La noche estaba empezando a amenazar desde casi el horizonte y la luz empezó a ser más tenue por momentos. Otro día más. Otro día más que se apaga y deja paso a otro suplicio. Se acercó hacia los árboles de la entrada del bosque y siguió caminando por el pequeño sendero que había por ahí, sin esperanzas de nada. ¿Es que no había tocado suficientemente el fondo del abismo? ¿Por qué nadie le podía guiar para salir de él?

Al final, sin saber cómo, acabo en uno de los edificios cercanos al suyo.

-Lo haré por ti-susurró antes de disponerse a volver hacia su casa. Las palabras de aquél mendigo habían causado mayor repercusión de lo que hubiera querido el menor. Debía hacerlo por él, pues si no, se iba a sentir aun más culpable.

Si una persona puede llegar a amar tanto a sus hijos, a lo mejor había un poco de esperanza en el que el suyo también pudiera quererle después de todo. Debía darle otra oportunidad más, por él y por sí mismo.

El corazón, a cada paso que daba, se le aceleraba mil pulsaciones más. Intentaba confeccionar frases de excusas y perdones para sus padres e intentaba hacerse la idea de que tan malo no podía ser volver con su familia. Tenía la esperanza que su madre, después de cómo había intentado ayudarle otras veces con su padre porque se sentía culpable, le hiciera la vuelta un tanto más fácil.

Sacó las llaves del bolsillo, abrió la puerta de su portal y, lentamente, subió las escaleras hasta su piso. Miraba cada escalón con miedo. Pronto tendría que afrontar uno de los momentos más duros en su vida y aun no sabía si estaba preparado. “Un piso más” se dijo, intentando alentarse. Pero antes de que llegara a éste último, una voz femenina le desbarató todos los planes.

-¿Hermano?-dijo Lillie mientras se frotaba los ojos. A Ethan se le hizo un nudo en el pecho, pues no se esperaba a su hermana allí-¿Eres tu, verdad?-volvió a preguntar y, sin esperar la respuesta, se abalanzó contra él y le abrazó con todas sus ganas.

-Hola Lillie-respondió Ethan al saludo y al abrazo contadamente.

-Nos tenías preocupados. Papá incluso ha salido a buscarte después de que la noche anterior no llegaras a casa. ¿Dónde has estado?

-No tengo ganas de hablar de ello-mintió. No es que no tuviera ganas, sino que para nada se esperaba que su padre saliera a buscarle por la ciudad. Él se esperaba que su padre siguiera con su vida normal aunque su hijo desapareciera. Total, era lo mismo que hacía cuando él estaba en casa.

-Bueno, ya lo harás. Entremos a casa. Mamá está de los nervios por tu culpa.

Aquella cálida bienvenida por parte de su hermana, le dio las fuerzas suficientes para afrontar los posibles obstáculos que se pudieran interponer en aquella tarde-noche.

~~~~~

La noche llegó y, después de haberle explicado todo lo que había pasado -quitando ciertos momentos- a su madre y a su hermana y haberles dicho y repetido que estaba bien, su padre llegó. Cuando éste se acercó a Ethan, ni le miró a la cara y ni se digno a saludarle. Parecía enfadado a la vez que exhausto y fue el primero que se fue a dormir diciendo “mañana hablaremos”.

Después de aquello fue una noche bastante incómoda y el peliazul decidió irse a dormir lo más temprano posible para así no tener que seguir con el silencio que se producía entre él y su madre. Sabía que si seguía cerca de ella, iba a hacer más preguntas sobre qué había pasado y qué le había empujado a hacer semejante estupidez. Y no se sentía con las fuerzas suficientes para confesarle a su madre que sufría por amor. Amor por una persona de su mismo sexo.

Igualmente, al día siguiente, sería cuando hablarían más seriamente del tema y donde resolverían todos los problemas. Hasta entonces, Ethan solo pensaba en poder descansar por fin en un sitio cómodo y caliente. En ese momento se encontraba en el ojo del huracán y había que aprovecharlo al máximo.

No tardó mucho en caer dormido, aunque se levantó varias veces por la noche por la agonía y el agobio de no saber qué iba a pasar al siguiente día.

Día 18 terminado

Día 17 – Enfermedad

Ethan tardó bastantes horas en volver en si. Su madre, quien le había recibido, fue la que se ocupó de él.

Nada fuera de lo normal, el padre, en cuanto vio en el estado en el que se encontraba el peliazul, pasó de él completamente. “Ese no es mi hijo” le dijo a su esposa antes de marcharse a hacer cosas más importantes -según él-.

Ella fue quien le bañó con todo el esmero del mundo y le quitó toda la suciedad que éste llevaba encima. Aunque le hubiera llovido a rabiar, el barro se había agarrado bien a su cabello, a sus uñas y a otras zonas del cuerpo que era mejor no nombrar. También fue quien le llevó a la cama, le arropó y le dio las buenas noches, aun sin saber si le estaba escuchando.

La culpabilidad que ya le azotaba desde que su hijo empezó a cambiar -palabras textuales de su marido- se hizo más poderosa. Durante todo el proceso de limpieza y acomodación, intentó aguantar las lágrimas que le quemaban los ojos y, sorprendentemente, no salió ninguna. Al menos no hasta que cerró la puerta de la habitación de Ethan y se derrumbó. Sus piernas fallaron en el momento que salió.

Se estaba temiendo lo peor y, a decir verdad, no iba mal encaminada. Ademas, saber que su hijo estaba tan cerca de ella pero a la vez tan lejos. Tan distante, tan irreconocible, lo agravaba todo. Después de todo, no había sido para nada una madre ejemplar.

Su hermana se interesó por el estado del menor, mas evidentemente, su madre le quitó importancia diciendo: “es que se ha caído por la calle”. Al menos ella sería la única persona de la familia que no estaba salpicada por un pasado angustioso. Tal vez por eso -y por lo fuerte que era- siempre podía tener una gran sonrisa en su cara. Ella sería la única normal de todos ellos. La que saldría adelante y, llegado a su momento, podría hacer una vida normal fuera de su nido.

A la mañana siguiente, bien entrado el medio día, Ethan por fin abrió los ojos. Estaba realmente dolorido y sentía como los músculos le pedían a gritos que no les hicieran moverse. Al principio, el menor se asustó pues no recordaba mucho del día anterior. Pero cuando vio dónde estaba, su corazón empezó a calmarse.

“Al menos estoy en mi habitación” dijo en su mente. Mas se quedó en una frase vacía.

Miró con los ojos bien abiertos por la sala, esperando encontrar algo fuera de lo normal pero, lo que no se dio cuenta en ese momento, es que lo que no estaba normal allí era él mismo. Pero si lo hizo cuando las millones de imágenes de los recuerdos del día anterior empezaron a bombardearle la mente. Cada retazo de memoria parcialmente borrada por el shock se hizo notar con un doloroso pinchazo en sus sienes. Hubiera preferido vivir en una mentira, no tener que recordar lo que pasó hacía menos de 24 horas, mas ya era tarde. Su mente no podía controlar la llegada de esos recuerdos. Barro, más barro, golpes, sangre, lluvia y alguien encima suya metiéndole algo indeseable por una zona que le daba vergüenza imaginar en aquel instante.

Si ayer no fue un buen día para Ethan, este no estaba mejor encaminado. Le costó asimilar toda la nueva información. ¿Es que alguien puede aceptar así, sin más, que el día de ayer fue violado por un enfermo mental?

Norman

Ese muchacho acababa de romper cualquier esperanza en el menor para ser normal -o al menos intentarlo-. Le había cogido y humillado como un trozo de mierda. Había perdido algo que, en su momento, le habría gustado corromper con la persona indicada. Persona que podría haber sido Simon, quien sabe. Pero no, ya era demasiado tarde. Su cuerpo, que antes no le parecía mejor, estaba rozando unos límites de asco jamás pensados por él. Además, a lo mejor, aquello solo era el principio de algo peor. ¿Quién le podía jurar a Ethan que Norman no volvería a meterse en su vida? Debía acabar con aquello.

El corazón del menor sufría. Le dolía en cada latido que hacía, involuntariamente. En cada inspiración y expiración. En cada segundo que él seguía viviendo en aquel mundo de mierda donde o comes o eres comido y Ethan estaba siendo devorado por miles de carroñeros a la vez. Encima, éstos se peleaban por tener los mejores trozos de carne de su cuerpo.

¿Cómo había dejado que aquello pasara? Debió haberle echado más valentía a todo y andarse con mucho más cuidado. Aunque quien sabe, a lo mejor era su destino acabar así. A lo mejor todo ya estaba planeado para que por fin explotase la bomba en su interior.

Tardó bastante tiempo en convencerse a si mismo que debía de salir de la cama. Pero no era porque el estómago le rugiera ni porque su vejiga estuviera a punto de estallar. Sino porque necesitaba estar con alguien. Necesitaba ver a Simon. Su cuerpo le requería estar cerca de él. Le urgía que él fuera su ángel de la guarda.

Era la persona que ahuyentaba a los depredadores que se alimentaban de él sin piedad. Él era la única persona que tenía posibilidad de salvarle de su desesperación. Debía volverle a ver cuanto antes. Sabía que el peliblanco no quería que fuera así, mas Ethan pensaba que si le explicaba las razones, le ayudaría sin dudarlo. Eso es lo que le había demostrado los pocos días que habían estado juntos.

Cuando por fin salió de la cama, se dirigió hacia la puerta y la abrió un poco para ver quién había por el pasillo. Al no percibir ninguna señal de vida en él, se fue directo al cuarto de baño para darse una ducha. Aunque su cuerpo oliera bien, no podía evitar sentirse sucio. Se bañó relativamente rápido y, con una esponja algo rasposa, se “quitó” la capa de mugre que él sentía en la piel.

Al salir de la ducha, se miró al espejo y pudo ver su cuerpo lleno de marcas rojas de lo fuerte que se había dado con la esponja. También pudo contemplar los miles de cardenales que se hacían evidentes en su cara, recordándole de nuevo como los consiguió. Intentó restarle importancia -aunque sea a lo primero- y volvió a su cuarto para vestirse, no si antes comprobar de nuevo si había alguien por el pasillo. No quería mirar a nadie a la cara. Aunque más que no quisiera, es que seguramente no podría hacerlo. Cogió ropa completamente aleatoria de su armario y en menos de un minuto ya estaba completamente vestido con una camiseta verde y unos pantalones negros.

Ahora tocaba peinarse. Le costó varios tirones de cepillo, pero al final lo consiguió. Luego, como siempre, se recogió el cabello con un coletero y puso los mechones que se le caían por la cara detrás de las orejas. Al hacerlo, pudo ver como una enorme raja viajaba desde uno de sus bordes del labio hasta el interior. No se había dado cuenta hasta ahora. Intentó tocarla pero, parecía tan profunda y delicada, que le daba miedo que se abriera con un simple toque. Inspeccionó el resto de su cara para ver si había más marcas y, en efecto, había un par más repartidas por su nariz y frente. Se veía realmente mal, pues a esas heridas se le sumaban unos ojos taciturnos y apagados, rodeados de una leve sombra morada en las ojeras, y los moretones que ya había visto antes.

Fue a morder su labio de la rabia, pero en cuanto sintió un pinchazo de dolor, se sintió imbécil por no acordarse de la herida que hacía pocos segundos había encontrado. Al final, agarró una mochila, metió cosas innecesarias en ella y salió de su habitación rumbo hacia la puerta. Por suerte, no se topó con nadie y consiguió salir fuera. Siguió andando hasta que ya tenía su casa a bastante distancia y se arrepintió de no haber dejado una nota a su madre diciendo que salía fuera y que luego volvía. Aunque de lo último no estaba muy seguro.

Tragó saliva y no miró hacia atrás. Intentó recordar el camino hacia la casa de Simon, aunque vagamente le venía aquel recuerdo. ¿Y sabéis por qué? Porque si Norman no les hubiera seguido, había aprendido alegremente el camino hacia la casa del mayor. Pero como hizo acto de presencia, todo se oscureció y hacer aquel simple hecho se le olvidó hacerlo por completo. “Maldita sea, ¿por qué todo gira alrededor de ese imbécil?” dijo en su mente con ira. Acto seguido echó a correr con ansias y poca orientación. Llegaría a casa de Simon fuera como fuera.

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Cuando el sol estaba intentando esconderse por el oeste -aunque hubiera nubes que lo taparan con esmero- Ethan consiguió encontrar la escondida casa de Simon -o al menos eso pensaba él-. Puede que fuera una casa llamativa y poco común, pero no se veía desde ningún lado pues está rodeada de unos grandes edificios que solo la dejan ver desde las vías del tren.

Su corazón palpitaba de nerviosismo y su boca se quedaba seca. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo se iba a tomar la noticia? Y lo más importante ¿Sería el menor capaz de articular palabra sin echar a llorar o tartamudear?

A los pocos segundos de haber llegado ya se estaba replanteando irse de allí, pues todo le daba a entender que no pintaba nada en ese lugar. Pero Simon era la única persona en todo el mundo que le podía ayudar de alguna manera. Él era el que le podía curar de las enormes sombras que le estaban arrastrando hacia la desesperación, pues desde varios días atrás no las puede retener. Debía de armarse valor, debía plantarle cara a la vida y conseguir, de una vez por todas, lo que él quería. Lo que le hacía feliz.

Llamó a la puerta decidido la primera vez y, a la segunda, aquella fuerza, se había esfumado y el golpe apenas se había escuchado. Pero, al parecer, había sido suficiente pues, al poco tiempo, se escuchó ruidos al otro lado. Simon abrió la puerta lentamente, desganado. Cuando sus ojos se encontraron con los de Ethan, apretó su mandíbula con furia.

En aquel momento, las palabras sobraron. El menor pudo ver el cuerpo demacrado de Simon. En su cara se asomaban unos pelos de dejadez y unas ojeras bastante vistosas. Su cabello estaba completamente alborotado y sus cansados ojos estaban bañados en sangre. Todos los músculos de su cuerpo se encontraban en tensión mientras apuñalaba con su mirada a Ethan. Al parecer, no era le único que lo había pasado mal.

-¿A qué has venido?-preguntó Simon con una voz ronca. Como si llevara mucho tiempo sin hablar con nadie y sin beber agua. El mayor se puso delante de la puerta para no dejarle pasar e, imponente, cruzó sus musculosos brazos por encima de su barriga -aunque hubieran perdido algo anchura-. A parte de la palabra demacrado, irritación también le venía como anillo al dedo.

-Yo…-empezó dubitativo el menor mientras se pellizcaba una de las piernas con nerviosismo. Muchas palabras le estaban bombardeando la cabeza, mas ninguna salía por sus labios. Verle en aquel estado le había hecho enmudecer por completo. Había cambiado tanto de un día a otro. No le esperaba para nada en aquel estado-Yo… es que…

-Tú nada-respondió rápidamente, cortando las pocas palabras a Ethan. Sus cejas se fruncieron y sus ojos se volvieron aun más penetrantes, si es que aquello podía suceder- Te dije que no quería verte en un tiempo. ¿Es que no me puedes en respetar eso?-dijo sin piedad. Como si las palabras no fueran flechas que se clavaban en el pobre y dolorido corazón del menor.

-Si pero… es que…-volvió a intentar Ethan, pero aun seguía sin poder enunciar una oración con sentido y larga. Su labio le bailaba, al igual que las cejas. Se iba a derrumbar si Simon no era más piadoso con él.

Y en ese momento fue cuando Simon pronunció unas palabras que nunca debió haber dicho. Al principio, los oídos de Ethan, hicieron como si no las hubieran oído. Pero tiempo al tiempo. El sonido de la puerta al cerrarse hizo que perdiera el equilibrio y eso, a su vez, hizo que cayera al vació.

-Me das asco- resonó en la cabeza de Ethan minutos después de que hubieran sido pronunciadas por la persona que más había querido en todo el mundo. Además, el tono de repugnancia con las que fueron entonadas, hizo que se sintiera el doble de peor dentro de él.

Estaba solo, de nuevo. Aunque estaba vez era diferente. Empezó teniendo nada y sin nada que perder. Ahora sigue en las mismas pero habiendo perdido algo. Había caído a un escalón aun más profundo. Además no se había desvanecido algo sin importancia, sino algo que le mantenía vivo, algo que le daba ganas de luchar contra los carroñeros que se estaban alimentando de él.

Consiguió levantarse en un acto de locura, pues no podía aceptar el hecho de que Simon ya no le quisiera como le había dicho que le quería tiempo atrás. No podía aceptar su pérdida, su vació, sus palabras.

Aporreó la puerta con todas sus ganas. Le daba igual las hirientes miradas de los transeúntes que pasaban asustados a su lado. Le daba igual el hecho de que ya no sintiera sus manos. Le daba igual que estuviera roto, pues si conseguía lo que pretendía, podía ser arreglado.

Pero las horas le enseñaron que su sanador no iba a volver. Y fue en ese momento cuando empezó a vagar por las calles de su ciudad, con la mirada perdida en el horizonte -aunque este estuviera tapado por las edificaciones-.

No supo por cuantas horas estuvo así, ni tampoco sabía dónde había llegado a parar. Solo encontró un refugio que le protegía de la lluvia que había vuelto para llorarle. Se tumbó entre dos grandes columnas que le arropaban del frío y cerró sus ojos esperando que todo esto no hubiera pasado. Tardó bastante tiempo en dormirse, pues su estómago rugía con fiereza y la humedad se le estaba calando hasta los huesos. La imagen de su madre y de su hermana también le quitaban el sueño. Solo sabía darles disgustos después de todo.

“Perdonadme” susurró a nadie.

Día 17 completado

Día 16 – Plaga

Un nuevo día se alzaba a medida que la luz entraba por la persiana medio abierta de Ethan. Apenas había podido dormir aquella noche, pues a las horas de haberlo conseguido, su sueño terminó abruptamente. El saber que Simon lo estaba pasando igual o peor que él le quemaba la garganta y hacía que sus ojos se bañaran en ácido. Nada nunca le podía salir bien, ni por asomo. Todo era tan repetitivo y monótono. Ya estaba cansado. No se podía librar de su pésima mala suerte. ¿Cuanto tiempo llevaba sin poder dormir bien? Aunque tuviera sueño, no pudo llegar a conciliarlo de nuevo después de abrir un poco los ojos.

No te preocupes, él es el que vendrá a mi” recordó en ese instante. Ese maldito rubio le estaba llevando por un camino aun más oscuro y lleno de sombras que le engullían sin piedad. Como si no tuviera suficiente ya con sus problemas, viene otra persona para ponérselo aun más difícil.

¿Por qué iba a ir él tras ese cabrón? Estaba harto de que le tratara así. Después de tantos años de abusos por parte de él. Sabía perfectamente, aunque no desde el principio, que estaba completamente obsesionado con él. Sin ir más allá, lo supo cuando los abusos se volvieron demasiado seguidos, hasta que algunos empezaron a sospechar y tuvo que alejarse durante un tiempo. ¿Es que alguien le había echado un mal de ojo u algo? Él no hacía daño a nadie o, al menos, no lo hacía intencionadamente.

De pronto y cortándole todos sus pensamientos, su móvil empezó a sonar. Avisándole de que tenía un nuevo mensaje en su bandeja de entrada. Al principio, dudó si leerlo o no, por lo que podía contener. Pero al final la curiosidad mató al gato, como siempre. ¿Y si era…?

Asunto: (Sin asunto).

Lo siento, pero no puedo verte en un tiempo“.

Ethan tuvo que leer varias veces el mensaje. Esta vez no era porque estaba somnoliento, sino porque no podía creer lo que sus ojos acababan de leer. Simon le acababa de pedir que no se vieran en un tiempo y eso solo podía significar una cosa: estaba peor de lo que esperaba. Él, que parecía la persona más fuerte que jamás ha conocido, había caído en las garras de algo que él estaba más que acostumbrado. La oscuridad. Una viscosa oscuridad que, si se engancha a ti, es muy difícil desprenderte de ella.

Pero ahora lo único que podía hacer era aceptar su decisión. Muy a su pesar, pues se moría de ganas por hablar con él y ayudarle en ese bache. Además, si mal no deducía, el que no se vieran significaba que alguno de los dos debía de faltar a la escuela. Y lo peor de todo, es que iba a ser Simon el que faltara. Todo iba de mal en peor. Su único apoyo se había roto.

Desganado, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para darse la ducha más fría que jamas se había dado. Necesitaba penitenciarse de alguna manera y, aunque no era nada en comparación con lo de Simon, le servía aquel dolor. Cuando hubo terminado, el cuerpo lo tenía totalmente entumecido. Dolía mover cada extremidad. Luego, con las mismas ganas con las que fue hacia la ducha, volvió de nuevo a su habitación para vestirse y coger las cosas necesarias para la escuela.

Antes de salir, se miró al pequeño espejo de su cuarto y peleó contra su pelo, pues estaba indomable aquel día. Después de algunos tirones y palabrotas, con el modo automático puesto en su cuerpo, fue hacia la puerta de salida sin despedirse de nadie. Hoy no era su día.

El camino hacia la escuela fue más que desesperante, pues buscaba en cada cara de todas las personas que le rodeaban, la de Simon. Sin embargo, ninguna de ellas era, ni por asomo. Desesperante, era más que desesperante no encontrarlo. Necesitaba verle. Los ojos le escocían por las pocas horas de sueño y sabía perfectamente que la gente se le quedaba mirando por la cara de muerto viviente que tenía. Hasta un par de chicas sentadas al lado de él dijeron en voz baja: “mira, este ya va fumado a clase”.

Si hubiera sido un día normal, hubiera pasado del comentario pues la vergüenza siempre ha podido con él. Pero ese día era diferente, ese día no iba a dejar que le pisotearan más. Miró fijamente a las dos chicas y, con los ojos entrecerrados, les echó la mirada más fría que tenía.

-¿Es que te parezco gracioso?-dijo irritado. Ethan no era desagradable nunca, pero como os he dicho, eran circunstancias especiales.

Ambas chicas se asustaron. No tardaron más que unos pocos segundos en levantarse de donde estaban y sentarse en otro de los vagones. Después de que esto ocurriera, los demás ocupantes de su vagón se giraron hacia él, con cara de incrédulos. Pues le veían con una cara demasiado angelical como para soltar ese comentario por la boca. A Ethan le parecía gracioso que se quedaran mirándole a él, por lo que acababa de decir, y no las chicas irrespetuosas e impertinentes. Como siempre, la sociedad es demasiado traicionera.

“A la mierda lo que piensen de mi. Esta vez de verdad” pensó.

Cuando llegó a su parada, se bajó con la cabeza bien alta y pasó olímpicamente de sus compañeros. Ni si quiera les miró. Notaba sus miradas clavándose en su espalda, como miles de agujas. El camino hacia la escuela lo pasó solo, a paso bastante rápido, y llegó 10 minutos antes de que empezaran las clases. Se sentó en su recortado espacio y deseó que aquella mañana se acabara ya, aunque varias horas de clases le decían que no con una gran sonrisa.

Consiguió aguantar la primera hora bien. Sorprendentemente le había resultado una clase interesante y estuvo atento todo el tiempo. Sin embargo, cuando la segunda empezó, su cuerpo empezó a sentirse incómodo. A medida que pasaban los minutos, los ojos se le cerraban y su ira iba en aumento. No paraba de mirar hacia la mesa de Simon, vacía, e intentaba mantenerse despierto. Estaba empezando a notar las horas perdidas de sueño

Al sentir que ya no podía más, pues sus ojos se cerraban y su cuerpo se relajaba involuntariamente, decidió pedirle salir a la profesora a la enfermería. Ella, ante tales ojeras y ojos inyectados en sangre, le dejó sin dudarlo. Sin embargo, esas no eran las intenciones de Ethan, ya que prefería meterse en un baño y encerrarse allí dentro.

Salió de la clase con el mal genio que había adquirido aquella mañana de manera especial y se dirigió directamente hacia los servicios más cercanos. Afortunadamente, como estaban los demás estudiantes en clase, no había nadie. Igualmente inspeccionó por si acaso para evitar males mayores. No iba a tropezar de nuevo con la misma piedra, lo tenía muy claro.

Las horas pasaron y Ethan estaba sentado en la taza del lavabo bajada, con la cabeza apoyada en una de las paredes laterales. Estaba mirando todas las pintadas que había en las paredes que le rodeaban, llenas de insultos y de órganos reproductores (tanto masculinos como femeninos). El menor no entendía esa afición por pintar esas cosas pues, en vez de dedicarse a ello, podrían haber hecho un hermoso dibujo.

Había veces que el baño se llenaba de ruidos y de chavales hablando de cosas sin importancia -lo típico de la juventud-. Según había supuesto Ethan, apenas quedaban un par de horas para que toda esa angustia y desesperación pudieran moverse hacia su casa. Además, durante todo ese tiempo, estuvo tramando en su mente algún plan para que su madre le dejara quedarse en casa. No quería volver a pasar otro día como el de hoy.

Todo estaba tranquilo, había pasado otra hora y Ethan ya se estaba impacientando. Había estado bastante tiempo desde que los estudiantes visitaron de nuevo el cuarto de baño, por lo que estaba solo. O eso era lo que pensaba, pues por el suelo, una nota se deslizó hasta quedar a su vista. Incrédulo, se quedó mirando hacia ella y dudó si de verdad la debía coger. “Seguro que se le ha caído a alguien” pensó como excusa. Apoyó ambos pies en el suelo y, lentamente, se fue acercando a aquella nota blanca en el suelo. Estaba algo arrugada y el color de la tinta azul se transparentaba un poco si lo mirabas lo suficientemente cerca. Una vez que la hubo agarrado, llevó de nuevo sus pies encima de la taza y la abrió.

<<Creo que tu y yo tenemos algo pendiente. Algo que hace tiempo no pudimos ni empezar, pero ambos sabemos que queríamos hacer. Nos vemos en el pequeño jardín para los del club de botánica, cuando terminen todas las clases.

Si decides no ir, vas a ser famoso por internet.>>

Si, no debía haberla ni tocado. Aunque si no lo hubiera hecho, no se hubiera enterado de la amenaza y, a lo mejor, su vídeo ya estaría colgado en 300.000.000 webs. Ya está, ya nada le podía ir peor. De la rabia, pegó un fuerte puñetazo a su pared derecha y un gran estruendo se hace escuchar por todo el cuarto de baño. “Con que con eso te referías a que yo iba a ir hacia ti” pensó mientras se agarraba el puño dolorido con la otra mano.

Por qué.

Por qué.

Por qué.

Por qué seguía viviendo.

Por qué parecía que todo el mundo estaba en su contra.

Por qué le pasaban esas cosas solo a él.

Esperó hasta que la última campana de la mañana avisaba el fin de las clases. Salió del cuarto de baño e, irritado, bajó las escaleras hasta el patio. Le rodeaban cientos de estudiantes ajenos a su dolor. Había gente que, aun teniendo cara de pocos amigos, se reía de él. Todo le daba vueltas y miles de sonidos se colaron en sus conductos auditivos, llevándole a la desesperación. ¿Debería ir y enfrentarse contra Norman, aun sabiendo sus nulas posibilidades, o pasaba de él y hacía lo que fuera por abandonar este mundo? Quería huir pero a la vez plantarle cara a su sufrimiento. ¿Qué hacer? Una cosa era tan contraria a la otra. Debía elegir.

Si.

No.

Si.

No.

Puede.

A lo mejor.

Podría ser.

Vale.

El día se había apagado completamente, pues amenazaba con lanzarle lluvia. “Debo hacerlo, no puedo volver a caer” se dijo. Cogió bastante cantidad de aire y, acomodando la mochila a su espalda, salió corriendo de la escuela. Huir fue la mejor opción en su cabeza. ¿Podría haberlo intentado? Puede, pero seguro que Norman se saldría con la suya, aunque fuera por las buenas o por las malas. Y no tenía ganas de aguantar ninguna de las dos. Bueno, ni ganas ni cuerpo para ello. Seguro que el rubio ya había perdido la cabeza por completo y esa idea, le aterraba. Imaginaos lo que era capaz una vez ya haya perdido toda cordura.

Y aunque Ethan tuviera mucho odio retenido aquel día, no sería el suficiente para derrotar a Norman con sus propias manos.

Corrió hacia la entrada de la estación, mas antes de entrar, se percató del enorme error que iba a cometer. Aquella acción era la que hacía todos los días y si Norman esperaba verle, sabía perfectamente que en la estación era el lugar para hacerlo. Debía hacer cosas inusuales para que aquel loco no pudiera ni seguirle la pista. Le dio la espalda a la estación y cogió la primera calle que tenía a su derecha, ya luego pensaría la ruta que iba a coger para llegar a su casa. Lo malo es que la hora y media no se la quitaba nadie andando. Sin embargo eso era mejor que tener la mala suerte de ser cazado por su antiguo depredador.

A medio camino, el cielo, que anteriormente estaba amenazando con llorar, empezó a hacerlo. Y vaya que si lo estaba haciendo. En apenas unos minutos, Ethan ya estaba completamente mojado. “¿Algo más, mundo?” preguntó retóricamente aun más irritado. Era gracioso pensar que si, podía empeorar su día a pesar de todo. La gente corría de un lado a otro para poder resguardarse de la lluvia, mas el menor pasaba de ello.

Andaba con rumbo fijo, pero a trompicones y cabizbajo. El agua empezó a calarle hasta los huesos y el viento comenzó a helarle. Ya solo le faltaba que le cayera un rayo y se muriera allí, en medio de nadie, pues ya todos habían huido. Siguió caminando hasta que en medio de su recorrido apareció un enorme parque con un río que llevaba bastante caudal en ese instante y con el agua brava. Ethan circulaba a su lado. Media hora más y ya estaría en frente de su casa, mojado, esperando a que le abran la puerta.

El río, de la fuerza que estaba adquiriendo, estaba empezando a desbordarse por algunas partes. Apretó el paso para darse algo más de prisa por llegar a su destino. Pero en cuanto lo hizo, uno sonido de chapoteo empezó a hacerse notable tras de si.

Ethan giró sobre sus talones rápidamente, curioso de aquellas pisadas y algo le embistió a toda velocidad. Salió volando, agarrado por las manos de otra persona, hacia el césped que había hacia un lado. Aunque más que césped era barro. Su cara se incrustó entre el terreno fangoso y, lo que hubiera sido lo que le había embestido, cayó a su lado y le clavó algo en la espalda. Se retorció de dolor e intentó levantar la cabeza para poder respirar, mas una mano no le dejó hacerlo.

-Hola, ¿me esperabas?-dijo una desquiciada voz a pocos centímetros de su oreja embarrada. La mano le apretaba cada vez más y la necesidad de coger aire, se le hacía cada vez más importante. Se estaba ahogando. Intentaba coger aire, mas solo conseguía llenarse la boca de barro-¿Qué es lo que quieres?-preguntó mientras le subía la cabeza para dejarle hablar.

En cuanto Ethan consiguió ver la cara de la persona que le había hecho caer al barro, no pudo evitar escupirle el barro que había comido segundos antes. La bola le cayó justamente en la cara a Norman, la cual estaba extrañamente tensa y no paraba de enseñar los dientes. Una de sus cejas bailó ante el impacto y, sin miramientos, le propinó un fuerte puñetazo en la mandíbula al menor. Si no le hubiera estado agarrando por el pelo, éste hubiera caído en redondo al suelo. Ethan sintió un enorme dolor en su cara y cerró los ojos por inercia. Dolía, dolía demasiado. Además, estaba tan asustado que ningún miembro de su cuerpo respondía a los estímulos.

¿Dónde se había metido toda la rabia que antes le embriagaba?

Norman volvió a lanzar su puño y, esta vez, se lo clavó en uno de sus pómulos. Después de hacerlo, el menor notó como un gran chorreón se sangre salió de su boca. No sentía los labios, a si que supuso que en el primer impacto, el rubio le había partido uno. Ésta vez, Norman si soltó la cabeza de Ethan y ésta cayó al suelo, llenándose de más barro de nuevo. Afortunadamente, cayó de manera que solo una parte de la cara estaba inundada por el fango, ya que si no hubiera sido así, seguramente no habría tenido las fuerzas para moverla y no podría haber respirado.

-Creo que me debes algo- declaró Norman y acto seguido, llevó ambas manos hacia el cuerpo inerte del menor. Con violencia, bajó sus pantalones y su ropa interior. Ethan sintió todas las gotas de agua que impactaban contra la piel de aquella zona. Por mucho que intentaba huir de allí, su cuerpo aun seguía sin responder. Demasiado dolor en tan poco tiempo. No era una persona que lo aguantara bien.

El peliazul intentaba levantarse y zafarse del agarre de Norman, mas era un esfuerzo en vano. Lo único que conseguía era escarbar en la tierra que se hundía aun más por su peso. Los dedos se le llenaron de trozos de césped y grandes trombos de fango.

Las manos de norman fueron acariciando los glúteos del contrario con perversión y malicia. Por fin tenía ante sí lo que le había estado atormentando todos los días. Por fin podía acabar con la impotencia que, según él, era por culpa de Ethan. Apretó con ambas manos la poca carne del culo de su presa, deseoso por poder hacerlo suyo. Acercó su zona íntima hacia él y refregó sus pantalones en la piel de su presa. Gracias a la gran cantidad de agua que estaba cayendo, el roce era bastante bueno y solo le producía dolor al menor, ya que los botones y la cremallera se le estaban clavando.

Norman pensaba que todos aquellos pensamientos y deseos estaban causados por el peliazul. Tenía la errónea idea en la cabeza de que él no tenía ninguna culpa de aquellos impulsos hacia alguien de su mismo sexo, sino que era el contrario el que quería provocárselos. Había estado tanto tiempo luchando contra su parte lasciva y alimentándola sin límites que, si no hacía aquello de una vez, no conseguiría librarse de ello.

-P-para, por favor-suplicó Ethan con un hilo de voz, pues apenas tenía fuerzas para más. Pero aquello fue su perdición, ya que Norman no iba a tolerar que éste estuviera lloriqueando todo el rato. Le cogió por el pelo de nuevo, con ira, y lo estiró hasta que le pudo ver la cara llorosa. Verle así hizo que tuviera aun más ganas de hacer que siguiera llorando. Le estampó de nuevo la cara sobre el barró y abrió las piernas del menor-HIJO DE PUTA, SUELTAME.

-Sé que esto te gusta, puta-escupió junto a algunos perdigones de saliva-Lo estás deseando, tu cuerpo me lo está pidiendo.

Después de abrirle las piernas, escupió en la zona indicada y, con una mano, bajó levemente sus pantalones y dejó al aire su prominente erección. Pasó completamente de ayudar a dilatarse a su presa y acercó su miembro a la entrada del contrario. Ethan se retorcía como podía, pero apenas podía causar movimiento. Lloraba con todas sus ganas y se sentía completamente incapaz de hacer algo. Una impotencia atroz se abría paso por su interior y le quemaba cada rincón de su cuerpo. Quería morir antes de que pasara lo que Norman estaba a punto de hacer.

-Ahí va-dijo con diversión el mayor, antes de coger impulso para penetrarle.

Poco a poco, el miembro duro del rubio se abría paso por el interior de su presa. Notaba una tensión placentera por parte de él, pero eso hacía que le gustara más. Y hasta que no la hubo metido entera, no paró de incarle el pene. La lluvia apretaba cada vez más y algunos truenos disipaban alguno de los gritos desgarradores de Ethan. Si antes había sentido dolor, este no se podía ni comparar. Algo le estaba entrando por un sitio que jamas había sido penetrado. Su cuerpo no paraba de convulsionar por el dolor, pero eso no era suficiente para deshacerse de su atacante.

Impaciente, Norman empezó a moverse dentro del menor, sintiendo un gran placer por ello. Se sentía poderoso, estaba logrando su objetivo. Por fin, después de aquello, podría sentir éstas cosas con otras chicas -que era lo que siempre había querido- y no con Ethan. Aunque siendo sinceros, podía acostumbrarse a ese dulce placer que le proporcionaba.

Las embestidas se fueron haciendo más fuertes y profundas, aunque también desgarradoras. El menor sentía como su interior se resentía a cada roce y emitía un líquido aun más caliente que su piel. Ese no era el placer que había sentido en aquel sueño donde Simon le iba a penetrar con uno de sus dedos. Además, ese maldito se estaba llevando su virginidad como si nada. Esa que le hubiera gustado guardarse para el peliblanco.

Su pecho le empezó a doler y su cara a hincharse hasta límites inimaginables. Si no paraba ya de embestirle, se iba a desmayar. Su cuerpo se estaba hundiendo entre el barro y desplazándose varios centímetros cada vez que sentía que el miembro de Norman había llegado a lo más profundo de su ser.

Pero Norman siguió hasta que consiguió alcanzar el clímax e irse dentro del menor, victorioso. Ethan notó como, a parte de la sangre que él estaba emitiendo en su interior, algo más le estaba bañando. Algo asqueroso que se movía por su zona íntima sin permiso. Notaba como el miembro del mayor se endurecía y no dentro de él. Si hubiera comido, habría vomitado en ese momento.

-Pues si que te ha gustado, maricón-dijo alegre Norman, mientras sacaba su miembro flácido del interior de Ethan y se subía los pantalones.

Se levantó satisfecho de lo que acababa de ocurrir y, como regalo, le pegó una patada en un costado al menor. Ya no le servia de nada, o eso pensaba.

~~~~

Ethan tardó de levantarse del suelo y conseguir subirse los pantalones. Apenas podía mover bien sus piernas, pues se habían dormido. Apenas podía sentir su parte trasera. La cabeza le latía con fuerza, sobre todo en las heridas. Apenas le quedaba unos 10 minutos para llegar a casa. El cielo aun seguía lanzando agua con fuerza.

Cuando consiguió llegar a su puerta, después de haber tardado una eternidad en subir las escaleras, llamó al timbre. Su madre apenas tardó unos segundos en abrir la puerta y abalanzarse sobre su hijo, aunque se lo pensó después de ver cómo se encontraba éste de manchado. Había llegado, al menos.

En ese instante, perdió el conocimiento y su cuerpo se abalanzó alarmantemente hacia el suelo.

Día 16 completado… o no

Día 14 y 15 – Tallo

Domingo, otra vez volvía a ser domingo. Ese día que a nadie le gustaba porque el regreso del lunes y del trabajo eran demasiado inminentes. Pero para Ethan era uno de los mejores días de la semana en el que podía estar tranquilo y hacer lo que le diera la gana porque no había nadie que se lo pudiera estropear. Ni si quiera su padre ya que trabajaba todo ese día hasta tarde, para poner al día la tienda que llevaba para la nueva semana que se avecinaba. Aquel día era suyo y de nadie más. Pero aunque parecía que era un final de semana más, igual que todos los demás que a habido en su vida, éste no lo fue en absoluto. Todo empezó con un mensaje que le despertó de sopetón a las 7 de la mañana.

Asunto: Buenos días bello durmiente.

Hola Ethan, ¿qué tal estás? Sé que es muy temprano y puede que te entren ganas de estrangularme por haberte levantado, pero necesitaba hablar contigo“.

Podéis adivinar quien era, Simon. Ethan tuvo que leer un par de veces el mensaje para poder asimiliar lo que decía y darse cuenta de lo que ponía en el asunto, pero acabó sonriendo. Sonrió como un chico tonto que por fin tenía lo que más deseaba. Como cuando crees que has perdido algo pero al final estaba al lado tuya. Como cuando la persona que te gusta siente lo mismo por ti. Las manos le empezaron a temblar y la boca a salivar. Los nervios se apoderaron de su cuerpo en pocos segundos y casi se ahoga con su propia saliva. No le gustaba que le despertaran tan temprano un día en el que podía dormir hasta cuando quisiera, mas si era él el que lo hacía, todo cambiaba.

Agarró el móvil con las dos manos y le respondió.

Asunto: De bello durmiente nada.

Tranquilo no me has despertado, aunque lo de estrangularte no es mala idea, oye. ¿Qué es lo que necesitas hablar conmigo con tanta urgencia?

Dudó antes de enviarlo por el contenido de la respuesta y por no haber tardado mucho en responder, pero al final lo hizo. Después se quedó mirando la pantalla de su móvil esperando el próximo mensaje de Simon, pero tardó tanto en llegar que volvió a dormirse. El ruido de la notificación le despertó de nuevo, pero aun así, no le importaba. Era una bonita manera de despertarse. Si hubiera sido otra persona habría tirado el móvil por la ventana, pero las cosquillas que le causaban el saber que el peliblanco le necesitaba para algo eran tan placenteras que ansiaba su permanencia.

Asunto: Pues a mi me pareces bastante guapo.

Solo quiero saber si te parecería bien venir mañana a comer conmigo después de la escuela. Quiero pasar más tiempo contigo, quiero recuperar el tiempo que hemos perdido durante todos estos años. Llámame loco, pero es que te quiero“.

Ethan tragó saliva y desvió la mirada avergonzado fuera del móvil. Menos mal que estaba solo y que nadie podía ver aquella tonta reacción, pero le había pillado totalmente desprevenido con esa declaración. Otra vez. Su cuerpo temblaba entre una especie de emoción y curiosidad por la invitación a su casa. La sonrisa que había aflorado en su cara era tan intensa que le estaba doliendo por no poder cortarla. Saltó de la cama, dio una vuelta por su cama y se tiró de nuevo a esta en plancha en un intento de apagar, sin éxito, aquella esperanza de poder ser feliz. Le estaba visitando por fin. Tanto tiempo sin poder sonreír, sin poder sentir nada en su interior por lo que vivir, sin saber por qué seguía viviendo habían hecho aquel momento uno de los más emocionantes de su vida.

Asunto: Mejor no te digo mi opinión.

Solo si me haces algo rico que me convenza. Algo como macarrones con queso o carne con patatas. Ya sabes, cosas elegantes para un invitado especial“.

Respondió haciéndose el desinteresado. Desgraciadamente, el orgullo no le dejaba decir lo que verdad sentía, aunque era lo mejor porque así no mostraba lo desesperado que estaba. El mensaje de Simon tardó segundos en llegarle con un mensaje de afirmación.

Aquella mañana la pasó entera caminando de un lado a otro de su casa como un niño pequeño que no para por la hiperactividad. El resto de día fue casi igual aunque un par de horas las dedicó al estudio para no atrasarse con ello. La esperanza estaba inundando por completo su cuerpo. Ya los comentarios hirientes de su padre no le afectaban, ni los recuerdos que siempre le hacían caer al gran vacío de su interior. Todo entraba por un oído y salía por el otro. Hoy era un día diferente y le estaba encantando que así fuera. Estaba contento y sentía que a lo mejor esta vez era él el que se iba a comer el mundo y no el mundo a él.

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Simon agarró por la cintura a Ethan y le empujó contra la mesa más cercana que había en la clase. Deslizó una de sus manos en sentido ascendente rozando el pecho desnudo del menor, causándole la erización de su bello. Cuando llegó a su cuello lo apretó levemente para luego acercar su cabeza, provocando que sus bocas volvieran al unirse después de tanto tiempo. Aquellos labios le habían echado de menos, añoraban volver a ser queridos. 

El mayor, cansado de controlar su cuerpo por los impulsos tan fuertes que sentía, levantó a Ethan con ambas manos y éste le rodeó la cintura con las piernas para agarrarse. No sabían como habían llegado allí pero ahora mismo eran ellos dos y nadie más importaba. Cada roce, cada mirada o cada sonido hacía que sus cuerpos ansiaran más sentir el calor del contrario. Sentir como cada uno estaba dispuesto a dar lo más preciado e íntimo que tenían. Simon apoyó al menor encima de la mesa pero sin soltar éste su atadura que había hecho con sus piernas. No quería alejarse de él ni un milímetro.

Entre besos, Ethan tiró de la camisa del contrario y se la quitó para admirar su precioso cuerpo atlético. Con una de sus manos empezó a tocar cada uno de los recovecos de su torso y espalda. Aquello era todo suyo. Podía sentir como su cuerpo se moría de ganas por besar y morder algunos lugares del mayor. Los pantalones del peliazul no duraron más de tres besos y dos caricias, al igual que su ropa interior. El mayor le tumbó sobre la superficie de la mesa y, como pudo, siguió besándole. Pero cuando uno de sus dedos amenazaba por entrar en la apertura anal del menor, pensó que sería más relajante para éste el besar su barriga. Daba dos besos para acercar un poco más su dedo al objetivo, haciendo desesperar al menor.

Pero Ethan no aguantaba más. La cabeza y todo el cuerpo le ardía. Estaba sudando, más que nunca, y su cuerpo pedía cosas que jamás había sentido. Quería que siguiera, quería que le hiciera lo que estaba a punto de hacer. Su cuerpo lo necesitaba, lo pedía gritos. Quería que Simon le penetrara. A la mierda lo bien visto socialmente“.

La alarma sonaba estridentemente causando que su sueño se quedara ahí, en un sueño. Aunque la excitación que había sentido durante éste aun estaba en su cuerpo. Emanaba un calor insoportable y tuvo que salir rápidamente de la cama para darse una ducha fría y bajar un poco la temperatura tan extrema que había alcanzado. Las gotas frías hacían que su cuerpo se estremeciera por la diferencia de temperatura. Su cabeza daba vueltas y la confusión ocupó por completo sus pensamientos. ¿Por qué su cuerpo había reaccionado de aquella forma? Se sentía sucio y desconcertado pero a la vez curioso por aquel descubrimiento. Quien iba a decir que le atraía la idea de que alguien o algo le penetrara. Había parecido tan real… que a lo mejor era verdad que quería que le hicieran aquello.

Ethan no tardó mucho en salir de su casa porque Simon le había enviado un mensaje para avisarle que le estaba esperando abajo para ir juntos a la escuela. En esta ocasión, el viaje fue más divertido que incómodo ya que habían perdido un poco el miedo de hablarse y los recuerdos del sábado les dejaron de agobiar. El resto de la mañana transcurrió como siempre: profesores dando clase como si les fuera la vida en ello, un examen sorpresa para comprobar si estaban estudiando en casa y las típicas bromas que le hacían algunos compañeros al menor. Nada fuera de lo normal.

Cuando sonó la campana, Ethan buscó impaciente la mirada de Simon entre la primera fila de pupitres. Éste se la devolvió y se levantaron casi a la par para salir juntos de la escuela, aun a sabiendas que la gente ya estaba empezando a crear rumores sobre ellos. Habían decidido no dejarse coaccionar por el pensamiento de los demás y que lo único que importaba era ellos dos, lo que sentía el uno por el otro. De camino a casa de Simon, éste se paró en seco y echó la vista hacia atrás alarmado. Como cuando un perro olfatea el peligro.

-Creo que alguien nos está siguiendo- declaró sin dudarlo. Ethan miró hacia atrás, también curioso por ver quien les estaba siguiendo, pero no vio a nadie. Confuso echó la vista hacia el mayor, esperando que le explicara algo, pero éste echo a correr hacia atrás como un poseso. Tenía los puños muy apretados, casi blancos.

Ethan sin enterarse de lo que pasaba, echo a correr tras de Simon e intentó alcanzarle, pero se estaba haciendo evidente la diferencia atlética entre ellos dos. Cuando llegó al sitio donde había perdido la silueta del mayor, escuchó gritos que provenían de una callejuela pequeña cercana a él. Se acercó lentamente por el miedo de no ser quien pensaba que era y asomó su cabeza por la esquina. Por su suerte o desgracia era Simon, que estaba agarrando a un chico por el cuello de la camisa y lo tenía acorralado contra la pared. Tenía la cara muy contraída y mostraba los dientes furioso.

-¿NOS ESTABAS SIGUIENDO?- preguntó gritando con muchísima ira. Su cuerpo estaba temblando y apenas parpadeaba. Estaba muy concentrado en vigilar al chico que tenía entre sus puños. Ethan se acercó al peliblanco y le tocó el hombro para intentar calmarle pero cuando vio quien era la persona que había hecho enfadar tanto al mayor, pegó un respingo y dio dos pasos atrás. Era Norman. Al parecer ,no se había cansado de hacerle la vida imposible. Estaba ahí y como siempre, en el momento que menos indicado y esperado.

-¿Y qué? Aquí lo importante es que vosotros sois unos malditos homosexuales y merecéis que todo el mundo lo sepa y os den vuestro merecido. Aunque bueno, ya hay muchos rumores de vosotros y no me costará mucho-dijo sonriendo mientras miraba intensamente a Ethan. Se le estaba yendo la cabeza. La obsesión que sentía ya por Ethan era una enfermedad.

El menor volvió a dar otros dos pasos hacia atrás, hasta chocarse con la otra pared. El miedo estaba volviendo a él, sus piernas estaban flaqueando y el caer al suelo era algo inminente. No podía luchar contra aquello. Otra vez se le echaba encima el mundo. ¿Qué había pasado con lo de a la mierda lo que la gente pensara de él?

-Me tienes harto-declaró Simon y en un abrir y cerrar de ojos, había levantado el puño que tenía libre y lo envió directamente a la cara de Norman. El rubio cayó al suelo de culo y se llevó una mano hacia el golpe que le acaban de propinar. Echó un leve quejido por el dolor y al mirarse la mano, encontró que tenía un pequeño rastro de sangre-¡Y ni se te ocurra acercarte a Ethan otra vez o te juro…-hizo una pausa para intentar normalizar su respiración, estaba casi hiperventilando-…QUE TE MATO!-aquellas palabras sonaron en la mente de Ethan más veces de las que hubiera deseado, golpeándole las sienes de vez en cada repetición.

Aquella amenaza solo provocó que la sonrisa de Norman se ensanchara aun más. Susurró algo que ninguno de los dos consiguió oír pero si que Ethan pudo leerle los labios: “Tranquilo que yo no me voy a acercar, va a ser él quien lo haga”. Un nudo cerró su garganta y el pánico se apoderó de él. Simon, cegado por la furia, le propinó una patada en el costado y agarró a Ethan para llevárselo de allí. Le había agarrado por la muñeca y, a medida que iban avanzando hasta la casa del mayor, éste le agarraba con más fuerza.

Sentía como su mano se estaba hinchando y como la sangre no le llegaba a los dedos. Pero le daba miedo decirle algo y que la pagara con él. Estaba aterrorizado y si no fuera porque estaban tirando de él, estaría quieto como una estatua. Era tonto pero sabía perfectamente cuando callarse para no salir peor parado. Además, nunca había visto a Simon de aquella manera.

Estuvieron andando así unos diez minutos más hasta que el mayor se paró en seco en frente de un portal bastante antiguo, de madera. Al ir a abrir la puerta por fin soltó la atadura que le había hecho en la muñeca. Fue una sensación extraña ya que se le había dormido la mano y apenas sentía tacto con ella. Pero cuando Simon abrió la puerta, se olvidó completamente de su mano y de lo que acababa de pasar. Era la típica casa antigua japonesa con un jardín increíblemente hermoso. Pero eso no fue lo que más le llamó la atención, sino el recuerdo de que hace un par de semanas la había visto desde el tren. Era ese jardín rosado y verdoso que tanto había envidiado en aquel instante. Miró al mayor, asombrado, y le sonrió.

-Es hermoso-consiguió decir. Poco a poco entró y se quedó en el pequeño camino de piedras que llevaba a la puerta de la casa, admirando los colores tan vivos y especiales de las plantas que les rodeaban. Estaba lleno de rosas de color rosa y blanco y algunos árboles en flor.

Pero Simon no le correspondió la sonrisa sino que entró dentro de la casa dejándole atrás, con prisas de llegar a un sitio seguro y conocido. Aquello no pintaba bien. Por culpa de Norman la “cita” iba a ser bastante incómoda. Comieron sin apenas hablarse y el mayor había tenido el ceño fruncido todo el rato. Algo estaba pasando por su mente que no le dejaba comportarse normal, algo le estaba atormentando.

Ethan lo miraba preocupado ya que no comprendía el grado de su enfado y el por qué aun no le había dirigido ni una mirada después de el percance con el rubio. Todo iba mal. “No sé por que me hago ilusiones si al final nunca me pasa nada bueno” pensó y era verdad, cada vez que algo parecía ir bien otra cosa lo estropeaba. Toda la ilusión y la esperanza que se habían hecho hueco en su interior, se estaba escapando rápidamente en cada segundo que pasaba, llenándose todo otra vez de miedo. Además, la culpa de saber que el contrario estaba en ese estado por él, aunque no supiera lo que le molestaba, le estaba empezando a ahogar. Apretaba su garganta haciendo que no pudiera ni tragar saliva.

-Será mejor que me vaya-dijo Ethan mientras se levantaba de la mesa con el plato y el vaso en la mano para llevarlos al fregadero-Mis padres quieren que esté temprano en casa y creo que voy a tardar bastante en llegar-puso de excusa para no sentirse tan mal por querer irse, mas sabía que allí no pintaba por más tiempo.

No obtuvo respuesta sonora, solo un leve asentimiento por parte del mayor. Cogió todas sus pertenencias y salió de la casa como había entrado: aterrado. Esta vez no admiró el hermoso jardín de Simon, no quería arrepentirse de la decisión que había tomado. Todo sería más fácil si solo miraba al frente.

Antes de pasar por la última puerta de su casa, el peliblanco llamó su atención. Con paso poco decidido y con los puños aun blancos, se le acercó e intentó besarle. La ilusión volvió a Ethan, toda esa que se le había escapado minutos atrás. Mas se quedó en eso, en un intento. Pues lo que le estuviera atormentando se hizo más poderoso y no le dejó llegar a darlo.

-Si, será mejor que te vayas Ethan-proclamó cerca de su cara y con los ojos cerrados. Ahora que lo tenía tan cerca podía ver cómo unas pequeñas ojeras se abrían paso en su perfecta cara-hasta mañana.

El peliazul se desinfló y salió de aquel sitio con el paso más rápido que podía mantener hasta llegar a su casa.

Cuando llegó, saludó desganadamente a los inquilinos que había en ella -menos a su padre- y fue hacia su habitación para comenzar de nuevo su antiguo ritual: mirar el pequeño universo que había creado en su techo. Pasó horas y horas así, pensando en lo que podía haber pasado si el gilipollas de Norman no les hubiera seguido y muy a su pesar, le deseó la muerte. Quería que le dejara en paz, aunque aquello era muy improbable. El mundo estaba en contra suya y lo estaba devorando mientras el no podía ni defenderse. “Ojalá no siguiera viviendo en este maldito sufrimiento al que algunos llaman vida” grabó en su mente casi a fuego. A partir de ahora lo debería tener más presente para no tener falsas esperanzas de que la vida es algo bonito.

Había tenido lo que tanto ansiaba tan cerca que, el haberlo perdido así, ha sido el golpe más doloroso que se podía haber llevado.

Podréis llamar a Ethan loco, pero otra vez la idea de no seguir con esa vida se hacía tentadora en su cabeza a medida que iba avanzando hacia los brazos de Morfeo.

Días 14 y 15 completados

[Evento] Escritores invisibles

Este es el resultado del primer evento de la plataforma: “Escritores invisibles”. El evento, anunciado por redes, ha tardado un poco más de lo planeado en salir ¡pero aquí está! Cada autor ha dado una frase y otra persona ha escrito un relato con ella, ¿podrán descubrir quién ha escrito qué?

Lista de participantes:
Mar
Spica
Zeusdehera
Catblack
Stephie
Peridot
Angy
Mrs Caulfield
Samuel Garcia Maldonado

¡Muchas gracias por participar!

Puedes encontrar la lista de relatos en este enlace.
Esperemos que disfrutes de la lectura tanto como nosotro/as este evento.

Fuego

Me despierto con la cara mojada y la respiración agitada. He tenido una pesadilla. En realidad, es la misma de siempre. Suspiro y me levanto de la cama, el olor a tortitas llega desde la cocina, observo a Morgan intentando no quemarse mientras las pone en un plato. Abrazo su espalda y deposito un beso en su hombro, me recompensa con una sonrisa y besa mis labios.

—¿Otra vez la misma pesadilla?—asiento—¿Sin variaciones? —Esta vez, me disparaba durante el juicio.

Mi pareja aprieta una de mis manos y me dice que no debo preocuparme ya que es solo un sueño y esa persona está encarcelada. Me siento en la mesa y desayunamos a la par que vemos las noticias en el telediario. No hay nada nuevo que nos sorprenda; solo es el mundo matándose a sí mismo. Recogemos los cacharros y nos vestimos para ir al trabajo.

El palacio de justicia es un ir y venir de gente, muchos de mis compañeros me saludan y viceversa. Al llegar a mi despacho me encuentro a Nina fumando en la ventana. No se la ve muy feliz.

—¿Qué pasa?

—Han demandado a Nuria y al abogado que llevó su divorcio, eso es lo que pasa—escupe con rabia. Nuria es una de mis mejores amigas, alzo una ceja—. Ese tío es gilipollas de verdad.

—¿Quién ha sido?—pregunto con curiosidad aunque empiezo a sospechar la respuesta.

—Sam Herrero.

—¿No el metí a la cárcel por maltratador?—corto con rapidez. Sam Herrero es el ex de nuestra amiga y alguien a quién no te gustaría cruzarte. Nina me mira unos segundos y luego chasquea lo dedos. Supongo que acaba de acordarse de que yo dirigí la defensa.

—Ha salido esta mañana con la condicional—contesta Nina preocupada y yo le digo que es raro de que nadie me haya informado—. Tal vez lo hagan ahora—en ese momento entra Mike, mi secretario con una documento que leo por encima que viene a ser lo que me acaban de contar—. Sabemos que tiene una orden de alejamiento contra Nuria pero aun así…—sus ojos se cierran un segundo—Su abogado defensor dice que el trato que sufrió por nuestra parte durante el juicio fue denigrante, le causó secuelas psicológicas y que por eso nos ha demandado.

—¿Me ha demandado a mí también?—pregunto con curiosidad.

—No—dice tras una calada—. Nadie osaría demandarte. Eres fiscal, por favor, tienen la batalla perdida antes de empezarla.

Sonrío. Nina siempre tiene unas palabras mágicas capaces de levantarte el ánimo tras un largo día o un suceso nefasto. Ella es así, con su pelo de colores al viento y sus pintas de haber salido de un cuadro vanguardista mas cuando ha de ponerse seria, es la abogada más inteligente de todas. Nunca la vi tan formal como en su primer juicio, llevaba unos pantalones negros anchos, una camisa blanca y una americana, se había puesto una peluca de color marrón y había encandilado a todos con su labia. La jueza no pudo sino darle la razón.

Actualmente trabaja para el bufete de abogados de Nuria, una compañera de carrera que se dedica a defender a los colectivos minoritarios que no pueden pagarse un abogado. La queremos mucho y que Sam haya salido de la cárcel supondrá un duro golpe para ella.

—Bueno—dice cogiendo una bolsa del suelo—, te dejo trabajar.

—Suerte en el juicio y si hay alguna novedad de Nuria, avísame.

Me hace el saludo militar antes de irse y yo me entierro en la maraña de papeles que supone el caso en el que llevo varios meses trabajando. Cuanto más lo leo, más mala sangre me hago. Nunca entenderé cómo alguien puede hacerle cosas tan horribles a alguien tan joven; soy incapaz de ver las fotos por lo que las separo en una montaña a parte y me centro en las declaraciones de los implicados y en preparar una buena defensa para que el acusado vaya de por vida a la cárcel aunque conociendo el sistema judicial saldrá dentro de tres años por buen comportamiento.

Se me hace de noche sin darme cuenta. Me masajeo las sienes y salgo del despacho tras mandarle un mensaje a Morgan para su tranquilidad y que no piense que he muerto porque una montaña de papeles se me ha caído encima. Las calles están desiertas y llego sin ningún contratiempo.

La casa huele a chipirones y mi pareja tiene todos los dedos manchados de negro. Deposito un beso en su mejilla y voy a dejar las cosas en la habitación, al volver la cena está lista.

—Tengo que marcharme de viaje de negocios a Barcelona unos días. Parto mañana a primera hora.

—¿Cuándo vuelves?—pregunto agarrando su mano limpia.
—El vienes a la tarde—dice con rabia—. Me sabe muy mal no estar en el juicio que

llevas meses preparando, siempre es precioso verte defender a las víctimas.

—No te preocupes—respondo sonriendo— mientras estés conmigo para siempre el resto no importa.

Sonríe de lado y sé que he conseguido bajarle el enfado. Tras la cena nos sentamos en el sofá a ver cualquier película de la televisión en la que no salgan abogados o empresarios pues tenemos de sobra en nuestro día a día.

———

La cama se siente muy vacía sin Morgan. Suspiro y me levanto para ir al trabajo. Por fin ha llegado el juicio. He estado trabajando en él durante tanto tiempo que hasta me sé de memoria los pequeños detalles. Llego con un gran margen de antelación a los juzgados y paso por mi despacho para recoger las notas; siempre las dejo en allí porque una vez me las olvidé en casa y casi pierdo el juicio, por fortuna mi pareja llegó a tiempo y me las dio antes de que el jurado emitiese un veredicto.

Me dirijo hacia las salas destinadas a juzgar a los acusados y me encuentro con Nina y Nuria. Me acerco a charlar con ellas porque me sobran unos minutos. Me comentan que están esperando la resolución de un caso en el que llevan meses trabajando, que Sam ha vuelto a la cárcel por quebrantar la orden de alejamiento y me desean suerte. Les devuelvo el gesto con una sonrisa y me despido de ellas.

Me acerco a la sala en la que se realiza y me siento en mi lado. Deposito mis papeles ordenados y miro hacia el lugar del acusado, aún no han llegado ni él ni su abogado defensor, suspiro y consulto el reloj; solo quedan veinte minutos para que comience. Me siento a esperar y repaso las notas que he tomado. La sala se va llenando de gente lo que no me extraña pues ha sido un proceso muy mediático al tratarse de un asunto entre las dos familias más ricas del país.

Comienzo a ponerme de los nervios, porque acaba de pasarse la hora de inicio del juicio y no han aparecido ni el abogado defensor ni el acusado ni la jueza. Suspiro y le pregunto al alguacil si sabe el motivo del retraso, niega con la cabeza y me insta a esperar. Cuando las puertas de la sala se abren y entra otro de los trabajadores armados comunica en alto que los tres que faltan han sufrido un imprevisto y el juicio se aplaza hasta el lunes.

Bufo y comienzo a recoger mis cosas a la par que la gente abandona la sala. El oficial me comenta en peti comité lo que ha ocurrido: la jueza ha encontrado un atasco producido por un accidente en la carretera, el abogado defensor está ingresado en el hospital por comer ostras en mal estado y al acusado le han apuñalado en la cárcel y no puede salir de la enfermería. Le doy las gracias y salgo de allí.

Llego a mi despacho y recibo una llamada de Morgan. —¿Qué tal el juicio?

—No se ha podido celebrar—contesto con pesar—. La jueza, el abogado y el acusado han tenido problemas personales y no han podido acudir a la cita. Se ha retrasado hasta el lunes.

—Lo siento mucho, cariño—le digo que no pasa nada—. Yo también tengo malas noticias, me ha pillado un temporal y no voy a poder viajar hasta el lunes por la tarde.

—Yo que contaba con celebrar San Valentín a tu lado con una cena en el restaurante italiano cercano a casa.

—Prometo llamarte el domingo para celebrarlo—me dice con alegría—¿Qué vas a hacer todo el fin de semana sin mí?

—Echarte de menos—contesto en un susurro, noto su risa a través del teléfono—. Llamaré a alguien de nuestros amigos y quedaré con ellos.

—Me parece bien—se hace el silencio en la línea—. Yo también voy a echarte mucho de menos. Te quiero.

—Y yo a ti.

Cuelgo y me froto la cara con las manos. Comienzo a revisar otros casos y lo alterno con mensajes a mis amigos recibiendo la misma respuesta; todos están ocupados para los dos días siguientes porque se van a celebrar San Valentín con sus familias o parejas. Suspiro y asumo va a tocarme quedarme en casa viendo una película o leyendo cerca de la chimenea.

———

El lunes llega sin previo aviso y esta vez soy yo quien llega tarde el juicio. Anoche me dormí al lado de la chimenea, que aún tiene fuego, con un libro de John Steinbeck y me desperté gracias al panadero que pasa por nuestra casa; corrí a cambiarme y salí de casa sin comprobar que todo estuviera en orden.

Abro las puertas de par en par y me disculpo por mi tardanza, no recibo más que una mirada severa por parte de la jueza y una altiva del abogado defensor al que ignoro. El proceso judicial comienza y al cabo de dos horas hacemos un descanso de media hora en el que aprovecho para mandarle un mensaje a Morgan y tomar un café intentando evitar a la prensa que no hace más que acosarme con preguntas sobre las pruebas del caso. Les aclaro que no me es imposible darles esa información pues el caso está bajo secreto de sumario y que una vez finalizado el juicio obtendrán todo lo que deseen.

Les dejo con el micrófono en la boca y me marcho a continuar con la acusación que se alarga hasta las seis de la tarde. Salgo un poco triste porque el jurado aún no ha llegado a ningún veredicto y recibo una llamada de la vecina de la casa de al lado. Al principio no entiendo lo que quiere decir pues habla muy rápido. Logro tranquilizarla y me pide con urgencia que vuelva cuanto antes. Y eso hago.

Por el camino encuentro la calle llena de gente que me impide avanzar con el coche por lo que le dejo en mitad y salgo de él sin darme cuenta de la corriente de aire que soplaba

fuera. Escucho con atención los murmullos que dicen que el edificio de al lado de la señora Even se está quemando. Mi cabeza reacciona en seguida y corro hacia el lugar.

Cuando llego, encuentro mi casa ardiendo y el viento soplando con ira. Es en ese momento cuando, con tristeza, sé que mi vida cambiará. Un montón de camiones de bomberos intentan apagar el fuego mientras que la policía vigila a los vecinos he impide que traspasen la barrera policial que yo me salto para intentar llegar hasta mi vivienda. Un agente de la ley me agarra y no me deja seguir, le repito que esa es mi casa mientras las sirenas de los bomberos se me clavan en el cerebro, no puedo pensar en otra cosa que en todos los recuerdos que se consumen con ella; los más preciados sin duda son lo que he vivido con Morgan. De repente mi cabeza conecta fichas y la idea de que estuviera dentro de la casa cuando ha empezado el incendio me carcome por dentro. Le pregunto a uno de los bomberos si había alguien en la casa y él contesta que no; siento un gran alivio pero a la vez no porque no sé cómo voy a explicarle esto.

Oigo mi nombre entre la multitud y veo asomarse a Morgan que corre a abrazarme y me pregunta repetidas veces si estoy bien. Contesto que sí y que acabo de llegar. Los bomberos nos preguntan si el edificio es nuestro y respondemos que sí, uno de ellos nos dice que el incendio ha sido causado por un petardo que han tirado dentro de nuestra casa y que ha caído dentro de la chimenea que estaba encendida. Morgan se cabrea con los adolescentes irresponsables del barrio y yo comienzo a llorar cuando la estructura de la casa se derrumba.

—¿Qué vamos a hacer ahora?—le pregunto en un mar de lágrimas sintiéndome culpable por haberme dejado la chimenea encendida.

—Seguir hacia delante—contesta con una bella sonrisa—Mira—dice señalando las llamas—¿No es un bonito espectáculo?

Miro en la dirección del fuego.
—Lo es—afirmo abrazándole más fuerte—. Tendremos que buscar una nueva casa.

—¿Y crear nuevos recuerdos?—asiento—. Me parece un maravilloso plan de vida.

Nos quedamos contemplando el fuego hasta que se extingue y con él una etapa de nuestras vidas.

Suprimir

Una gota sobre su nariz, otra sobre su párpado.

Hazel despertó tanteando con la mano en busca del interruptor de la luz. Donde debería haber estado la pared no halló más que una superficie rugosa y fría; el corazón le dio un vuelco.

Oscuridad.

La oscuridad siempre traía consigo sus peores pesadillas, el terror de no recordar, el vacío que la hacía sentir incompleta. Aun con los ojos abiertos era incapaz de ver nada, envuelta en un denso silencio interrumpido únicamente por el repiqueteo de las gotas que caían sobre su rostro.

Qué fácil habría sido levantarse y echar a andar si sus piernas le hubieran respondido, si el temblor no la hubiera paralizado. Pero sabía que no importaba la dirección que tomase pues el resultado sería el mismo: iba a morir. El motivo por el que estaba tan convencida de aquella idea ni siquiera ella lo sabía.

Los pulmones le quemaban en el pecho, jadeaba deprisa tratando de conseguir un oxígeno que se le escapaba. Lo prefería así, casi hasta lo agradecía, estar concentrada en respirar la ayudaba a no pensar en cómo había acabado en aquel extraño lugar. Sin ser consciente de que, con cada exhalación, una parte de su ser se perdía para siempre en la oscuridad.

—¿De qué tienes miedo? —susurró una voz invisible… familiar.

Las lágrimas acudieron a sus ojos, boqueó y el aire entró a trompicones en su interior. Podía sentir la presencia rondar en cada rincón, cerca y lejos al mismo tiempo, filtrándose en su mente, controlando sus pensamientos. Estaba en todas partes, necesitaba arrancarla de su cuerpo.

Que la dejara.

Fuera. Fuera. Fuera. Que se fuera.

—Si sigues arañándote así te harás daño.

—Vete… —Su propia voz le sonó gutural como el gruñido de un animal salvaje.

—Estás sangrando.

No le importaba sangrar, tampoco sentir los restos de su propia carne que poco a poco iban incrustándosele en las uñas. Le picaba la piel, necesitaba sacarlo fuera.

¿Cuál era su nombre? Ya no lo recordaba. El corazón… ¿por qué le dolía el corazón? Le faltaba algo y era importante. ¿Acaso se lo había arrebatado la misma presencia que estaba acabando con su cordura?

—No me has respondido —Volvió a decir la voz— ¿De qué tienes miedo?

—¡¿QUIÉN ERES?!

—Vaya, no es necesario que me grites. Estamos solos, no hay ruido, puedo escucharte claramente.

El siguiente grito fue de dolor… tan desgarrador como la angustia que la apresaba. Apretó los dientes dejándose vencer, la sangre goteando de sus dedos hasta perderse en el suelo.

Una gota sobre su nariz, otra sobre su párpado.

La historia comenzaba de nuevo. En otro lugar, en otro espacio, en otro tiempo, Hazel despertaba tanteando con la mano en busca del interruptor de la luz, pero lo que sus dedos tocaban era una superficie rugosa y fría.

—¿Te gustaría que encienda la luz? —Ella no respondió—. Supongo que eso es un <<sí>>

Hazel odiaba la oscuridad, pero en el momento en el que sus ojos se adaptaron a la luz deseó que fuera de noche para siempre y comprendió que la pesadilla acababa de empezar.

Atrapada en una cueva sin salida, los brazos desgarrados, el burdeos de la sangre predominando sobre cualquier color. Ninguna de esas cosas la hizo gritar… hasta que una nueva gota cayó sobre su nariz y al alzar la vista al techo la vio… se vio.

Una réplica exacta a ella, salvo por la ausencia de vida que desprendía su mirada, atrapada en una cueva de suelo invisible, con los brazos desgarrados y la sangre goteando de sus dedos.

—Con luz todo parece menos peligroso ¿verdad que sí? Oh, no, por favor, no vomites.

Aunque sin fuerzas, Hazel contuvo la arcada que le provocó comprobar que su propio suelo era invisible y que, debajo de ella, una nueva Hazel abría los ojos desperezada por las gotas que caían sobre su cara.

—¿Quién… eres…? —pregunto a la nada. Los ojos se le cerraban. Se preguntaba cuánta sangre había perdido.

¿Nunca has escuchado hablar del Grinch? Pues digamos que tenemos gustos afines. Solo que yo odio San Valentín y no me conformo con robar regalos o hacer jugarretas.

La vida de Hazel terminó antes de poder preguntarle por qué hacía eso. Por qué a ella.

~

—¡¿QUIÉN ERES?!

—Vaya, no es necesario que me grites. Estamos solos, no hay ruido, puedo escucharte claramente.

Púdrete, te lo mereces. Mereces morir una y mil veces. Grita. Grita todo lo que quieras. Te aseguro que nunca me cansaré de verte agonizar. Eres parte de esta historia, agradeceme que te haya convertido en mi pequeña protagonista. Es una lástima que nunca llegues con vida hasta al final para escuchar mis motivos, pero la tentación de matarte y dejarte con la duda es demasiado agradable para no hacerlo.

Ya solo necesito sellar este cuento, atraparte conmigo para siempre con el punto y final. Vamos a ello, pero antes:

—¿Te gustaría que encienda la luz?… Supongo que eso es un <<sí>>.

Y de esta forma, Hazel permaneció atrapada para siemp…

—¡Hazel! ¡Hazel, aguanta!

No… a ti no te he incluído… tú no puedes estar en esta historia…

—¡TÚ NO PUEDES ESTAR AQUÍ! ¡TE HE BORRADO!

Esa estúpida sonrisa.

—¿Rose…?

Cállate, Hazel, no te permito hablar. Labios cosidos.

—¡Hazel! ¡Maldito! ¡Déjala en paz! —Tú no estás aquí, Rose. Suprim— ¡No puedes borrarme! ¡Devuélveme a Hazel, devuélvenos nuestro cuento! ¡Estúpido escritor!

—No. Se acabaron los finales felices.

—Tienes razón. —No me gusta la seriedad de su tono—. Se acabaron los finales felices… para ti.

—¿Qué dices, niñata?

—Digo que esta pesadilla ya ha llegado demasiado lejos. —Otra vez esa sonrisa—. Suprimir.