Capítulo 1: Extraña criatura.

PLAT.

Capítulo 1: Extraña criatura.

 

A veces tengo la sensación de que mis sueños quieren decirme algo, pero para cuando me despierto el mensaje ya se ha diluido en la bruma. Supongo que es mejor así; en un mundo en el que pocos duermen y ninguno sueña lo más acertado es no destacar.

El único Oniro al que una vez hablé sobre esta sensación fue a Mhu. Recuerdo que me miró con los ojillos bien abiertos, y el hocico muy apretado, antes de soltar un mugido que casi me hizo caer al suelo. «No le digas a NADIE que ves cosas mientras duermes me dijo. Nunca le había visto alarmarse de ese modo. Si alguien descubre que sueñas, las cosas se pondrán feas… y bastante complicado es ya mantenerte a salvo de Hipnos».

No tengo ni la más remota idea de cuántos sueños han tenido lugar desde entonces, pero han debido de ser miles de millones. Desde aquel momento nunca más volví a pensar en el asunto… hasta hoy. Hoy, más que nunca, tengo la impresión de estar a punto de rozar un recuerdo, una voz importante que intenta avisarme de algo.

Por culpa de los pensamientos que enredan mi mente apenas me doy cuenta de la nueva flor de Nana que ha germinado en el suelo de la guardería. Sus raíces se enroscan entre mis pies provocando que vaya de bruces contra la hierba mientras me esfuerzo, inútilmente, porque los papeles de los registros no salgan volando de mis manos. Rompo a reír cuando el reguero de hojas se esparce por todo el terreno, incluyendo algunas que caen sobre mi cara como si se burlaran de mi despiste.

¡Plat! ¡¿Qué demonios estás haciendo?! Mhu aparta las pezuñas de la otra Nana color rosado a la que había estado hablando y cruza las patas sobre sus ubres. ¡Los Neonatos están deseando ir a ver a Fifi! ¡Recoge sus recomendaciones inmediatamente y ve a entregarlas!

Una nueva carcajada escapa de mis labios sin que pueda contenerla por culpa de las cosquillas que me provocan las raíces enredadas en mis tobillos. Cuando consigo incorporarme un poco, me centro en la diminuta Nana a mis pies: una bolita de piel suave que asoma entre los matorrales impregnada de una débil luz celeste que la delata como una de las Nanas más jóvenes y recientes del lugar.

¡No ha sido culpa mía! replico al notar la furibunda mirada de Mhu taladrándome la nuca. ¡Parece que este Nana tenía ganas de jugar! Sus raíces apenas tardan en apartarse de mí al escucharme hablar. No quiero que se preocupe, así que gateo hacia la flor de luz acunándola entre mis manos antes de añadir: No te preocupes, peque. En realidad Mhu es bastante agradable… ¡Ya verás cuando nazcas! ¡Aquí tendrás Oniros de sobra para jugar! Por lo menos hasta que tengas tu recomendación para ir a villa Tanathi… ¡lo cual me recuerda que Mhu será la menor de mis preocupaciones si no llevo inmediatamente las recomendaciones!

La Nana responde con un parpadeo que intensifica su luz celeste. No me cabe duda de que será del tipo que alcanzan su madurez en menos de tres sueños. Recojo las hojas apresurándome para que Mhu no pueda regañarme de nuevo y echo a correr campo a través. En realidad, Mhu siempre me ha dicho que debo regresar a la casa siguiendo el camino principal de tierra que está despejado, pero es mucho más bonito cruzar por el campo de Nanas, iluminado bajo sus luces celestes, rosas y violetas. No solo es más hermoso, sino también más corto y, de paso, puede que me encuentre con algún recién nacido; no sería la primera vez.

Son muchos los momentos en los que siento que la monotonía me asfixia y me sepulta en un lugar en el que parezco desencajar. Y es en días como este, en los que sueño sin recordar, cuando pienso que tal vez no estaría mal enfrentarme a Hipnos para cambiar las normas del reino que nos mantiene prisioneros de su juego. Mi vida podría ser, debería ser, mucho más que cuidar de Nanas hasta que maduren, repartir recomendaciones e instruir a los Oniros neonatos para que conozcan el mundo en el que han nacido.

No creo que sea tan malo desear un cambio de vez en cuando… aunque sea uno pequeñito. Me bastaría con que Mhu me dejara salir a explorar más a menudo, pero lo único que sabe hacer es quejarse sobre lo arriesgado que sería ir más allá del mercado de villa Tanathi, y siempre termina con un: «En la guardería Lumi estás a salvo. Hipnos nunca te buscará aquí».

Que te jodan, Hipnos bufo lanzando una patada al aire. Joder, estoy de peor humor de lo que imaginaba. Me apetece gritar: ¡Que te jodan! Cierro los ojos imaginando que su bruma viene a buscarme, que le tengo delante ¡Que te jodan bien! ¡Eres un rey pésimo y maaaalo! ¡Ya verás, un día… ¡mierda!

Abro los ojos de golpe. Por un momento he perdido el contacto con el suelo tras haber tropezado con algo grande que estaba tirado en mitad del campo de Nanas. Otra vez las recomendaciones vuelan por todas partes, vuelvo a aterrizar en el suelo de bruces aunque esta vez el impacto me lo amortigua el bulto blandito contra el que he chocado.

Aish, joder me quejo sobándome la mano mientras me incorporo ¿Qué demonios…

Ante mí, el bulto toma forma y consistencia. Sigue inmóvil en el suelo, salvo por el irregular vaivén de su pecho al respirar. No sé por dónde empezar a analizarlo, así que decido seguir el procedimiento que utilizamos cuando nos encontramos con nuevos Neonatos: hacer un escaneo visual empezando por un extremo y terminando por el otro. Después de todo, si esta cosa está tendida en un campo de Nanas, debe tratarse de un Neonato.

Me acercó, agachándome para poder verle bien. Tiene la cabeza cubierta de un suave pelo del color de la ceniza que no llega más allá de sus hombros. En la cara redondita dos ojos, una nariz respingona, algunas pecas pequeñas y labios finos. Por su estatura parece más peque que yo, aun así se ve más grande debido a su robustez: caderas anchas, piernas gruesas, busto llamativo. Su piel es mucho más clara que la mía y da la sensación de ser bastante tersa. El corazón se me acelera en el pecho al acercarme un poco más. Nunca antes había visto un Oniro tan perfecto.

Eh, despierta. Sacudo suavemente su hombro sin conseguir respuesta.

Una certeza asalta mi mente al darme cuenta de un detalle que había pasado por alto. No puede ser Neonato porque lleva ropa. Y todos saben que los Oniros llegan al mundo desnudos. Frunzo el ceño. Sea como sea, no puedo dejar que se quede aquí y no parece que vaya a despertar pronto, por lo que decido pasar uno de sus brazos por encima de mis hombros antes de retomar el camino a casa. Sonrío al sentir que se remueve un poco apegándose a mí en busca de calor. Definitivamente, las recomendaciones pueden esperar, ya volveré a buscarlas cuando haya acabado con este asunto. ¡Por fin algo interesante que hacer!

~

Mhu no ha parado de dar vueltas por la habitación desde que ha descubierto al Oniro que yace sobre mi cama. Por el tamaño que han adquirido sus ubres no hace falta ser un adivino para percibir su mal genio. Sería mucho más sencillo comprender lo que tanto le afecta si dejara de resoplar mugidos y dijese algo, pero en lugar de eso se ha sentado sobre sus patas traseras con tanta brusquedad que el suelo ha temblado bajo mis pies transmitiéndome su nerviosismo.

—No puede quedarse aquí —dice al fin. Abro los labios para replicar sin éxito; Mhu se me adelanta alzando su pezuña delantera en el aire—. Será mejor que le saques de aquí antes de que despierte. Vuelve a dejarle donde le encontraste.

—¡Me niego! —respondo cruzándome de brazos. Sé que mi grito ha atraído la atención de los Neonatos porque veo la cabecita pelona de Zany asomarse en el umbral de la puerta— ¡Venga, Mhu! ¿A qué le tienes tanto miedo?
Espero por una respuesta que nunca llega, por la duda en sus palabras o algún gesto que me permita dilucidar la verdad tras la preocupación que empaña su mirada. Nada. Mhu ni siquiera tiene tiempo de abrir el hocico antes de que los gritos de los Neonatos inunden la casa. Zany sale corriendo para asomarse a la ventana. La luz anaranjada se filtra en la habitación dañando mis ojos, cegándome. Mi sudor repentino salpica el suelo, noto la boca seca y, aunque busco a Mhu, no soy capaz de ver nada. Hace calor. Demasiado calor.

«Es la furia de Hipnos —pienso en un instante de lucidez mientras corro hacia la entrada de la casa para activar el protocolo de emergencia—. ¿Qué demonios está pasando?».

—¡Zany, Thin, cerrad las ventanas! —grito agarrándome a la palanca lila que está anclada a la pared empapelada de la entradilla.

Está demasiado dura, oxidada por el poco uso que ha recibido, y casi necesito colgarme sobre ella para lograr moverla con el peso de todo mi cuerpo.

—¡Es Rihonel!

El grito de Thin, que sigue con las manitas aferradas al alféizar, hace que se me erice hasta el último vello de mi cuerpo. Una sombra cubre la cegadora luz. El silencio nos invade… y consigo hacer que la palanca baje. Las persianas de metal caen de golpe en todas las ventanas, se abren las cañerías del techo y el agua comienza a regar el suelo rebajando el asfixiante calor que había comenzado a apoderarse de la casa.

Parece que todo ha pasado, que estamos a salvo, hasta que los golpes retumban contra la puerta. Thin y Zany gritan abrazándose, Maxd y Luwer corren a esconderse en el almacén de la comida, Roth enrosca su cuerpo anillado sobre mi pierna sin dejar de sisear a la puerta… y yo… bueno, no puedo dejar que Rihonel eche abajo la puerta con sus embestidas. Así que me ajusto bien el turbante, asegurándome de cubrir mi rostro, y abro lo justo para distinguir al rino-halcón sin dejar que la bofetada de calor nos golpeé a Roth y a mí.

—¿Qué? —espeto de mal humor.

—Se ha detectado la presencia de un Olvidado fuera de palacio —Su voz retumba en mi mente provocándome un fuerte dolor de cabeza—. Es mi obligación recordar que el delito por ofrecer cobijo a un Olvidado es la muerte. Por lo tanto, en el momento de encontrar alguno fuera del castillo es obligatorio notificar la situación. —Sus ojos negros se clavan en mí.

Admito que siempre me ha intimidado el cuerno afilado que crece entre sus ojos, el aspecto robusto de su cuerpo, las gigantescas patas y las grandes alas que en estos momentos se pliegan sobre su lomo. Sin embargo, ahora mismo lo único en lo que pienso es en poder cerrar la dichosa puerta para protegerme del calor.

—Aquí no hemos encontrado a ningún Olvidado —respondo con más tosquedad de la que se le debería hablar al consejero de Hipnos.

—Mi obligación es comprobar que no mientas.

Me aparta de un empujón sin darme tiempo a responder. Roth, todavía en mi pierna, sisea mostrando los colmillos cuando Rihonel pasa a nuestro lado haciendo retumbar el suelo a su paso.

—Está bien, puedes… —enmudezco al recordar la extraña criatura que he encontrado en el campo de Nanas.

¿Y si no es un Oniro? ¿Y si es un Olvidado? Eso explicaría el extraño comportamiento de Mhu. La he pifiado. He traído un Olvidado a casa. Nos he condenado a muerte… a menos que Rihonel nunca regrese para informar a Hipnos de lo ocurrido…

Rihonel se dirige a mi habitación. Yo me preparo para saltar sobre su espalda y atacar, pero antes de hacerlo veo a Mhu sonreír desde el interior de mi cuarto. Me detengo. Pasa algo extraño, así que decido acercarme con cautela al umbral para comprobar lo que está ocurriendo.

—Descuida, si vemos algún Olvidado informaremos de inmediato a las autoridades —escucho decir a Mhu. Mi cama está vacía. Sea lo que sea, lo que he recogido del campo de Nanas ha desaparecido—. Es un peligro que algo así ande libre por el mundo.

—Está bien —responde Rihonel con los ojillos entornados—. Agradezco tu colaboración, Mhu.
Siento la mirada de Rihonel clavarse en mí una vez más. No es un secreto que no le caigo bien. Aunque hacía mucho que no nos veíamos, todavía conservo el vago recuerdo de los enfrentamientos que mantuvimos en más de una ocasión.

Por suerte para todos, Rihonel se marcha sin decir nada más y la casa regresa paulatinamente a la normalidad: los neonatos salen de sus escondrijos y regresan a sus juegos, incluso Roth decide que ya puede separarse de mí pierna y avanza serpenteando hacia el resto del grupo.

Nos quedamos a solas. Toda mi atención recae sobre Mhu.

—¿Dónde está?

Mhu resopla apartando la alfombra para descubrir la trampilla que ocultaba debajo. El corazón se me encoge en el pecho mientras observo como la abre para sacar al Olvidado de su interior.

A veces es doloroso darte cuenta de hasta qué punto la mente te juega malas pasadas haciéndote olvidar cosas que han formado parte de tu vida y es esa la sensación que me golpea al ser consciente de que la trampilla lleva en mi cuarto, debajo de mi alfombra, desde que vivo con Mhu, e incluso han sido innumerables las veces que he tenido que utilizarla… pero no la recordaba.

—Nos hemos librado por suerte —suspira Mhu colocando a la extraña criatura sobre la cama. Es la curiosidad lo que me guía a acercarme para observarla de cerca.

—¿De verdad es un Olvidado? —Mhu asiente en silencio— No sabía que los Olvidados fueran criaturas tan hermosas…

—Será mejor que no te encariñes.

—¿Por qué no? —protesto. Mi mano se mueve por inercia para acariciarle los cabellos cenizas despejándole la frente—. Podría quedarse aquí… después de todo, ya ha pasado el peligro…

—Plat —Odio cuando pronuncia mi nombre de esa forma. Suena a superioridad, como si yo no fuese más que un Neonato que no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas—, madura de una vez. Su presencia nos pone en peligro, además…

Seguramente Mhu siga hablando, pero yo pierdo el sonido de su voz porque los ojos grises más bonitos que jamás haya visto me miran ausentes por el sopor del sueño que permanece en ellos. Pestañea, se revuelve entre las sábanas, pestañea… De repente siento que he encontrado un tesoro al que debo proteger. Pero entonces mi tesoro grita incorporándose en la cama con los ojos desorbitados por la sorpresa, los labios entreabiertos y una mano firmemente agarrada a su pecho.

—Justo lo que faltaba —rezonga Mhu—. Tenía que despertarse.

Nos miramos en silencio. Huele a miedo. Me cuesta imaginar que alguien pueda creer realmente que esta criatura sea peligrosa, que un ser tan frágil haya provocado la ira de Hipnos. El agua que sigue cayendo del techo le adhiere el cabello al rostro.

—¿Estás bien? —pregunto.

Su nuevo grito, cuando Mhu se acerca a la cama, atrae la atención de los neonatos que no tardan en aparecer corriendo con miles de preguntas.

Sonrío porque me encantan las locuras y esta situación acaba de convertirse en una de ellas.

Creo que algo me preocupaba al despertar pero… ¡qué más da! ¡Tenemos un Olvidado en casa!

 

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