Capítulo 2: El despertar.

EILEEN.

Capítulo 2:

El estruendo de los gritos todavía pesa en mis recuerdos. Es como si fuese incapaz de huir del llanto de mi madre, de los golpes contra los muebles, del odio que rezuma hacia sí misma mientras mi padre sale de casa con un portazo. Así es la vida en mi familia: una tormenta continua que estalla cuando el mar parece en calma.

Ninguno se atreve a decirlo; los dos me culpan a mí. Como si no fuese suficiente castigo la culpa que me corroe por dentro. En mis sueños veo el oscuro bosque que me engulle, revivo la sensación de la tierra húmeda bajo mis pies descalzos, escucho al cielo rugir y noto las últimas gotas de lluvia calando en mi piel. Me estremezco. Ha pasado tanto tiempo desde que se marchó que cada nuevo día sin recibir noticias de él destruye un poco más nuestra esperanza. ¿Cuántas tormentas como está habrá tenido que soportar solo?

El sueño se transforma en pesadilla, mezclando realidad con ficción, y él aparece frente a mí. Su cuerpo menudo tirita de frío con los cabellos rubios empapando su frente, sus ojos están vacíos… Grito. No puedo dejar de gritar cuando los gusanos empiezan a salir de su boca abierta en un gesto inhumano. Lloro y grito y que pare esto por favor. Que me lo devuelvan. Yo no quería. No quería. Fue un error. Lo siento. Lo siento. Lo siento.

Silencio.

Neal se ha ido. En su lugar veo un árbol que habría sido hermoso de no ser por los extraños tentáculos que nacen de su interior buscando atraparme. Sé que no tiene sentido correr; me alcanzará.

~

La bruma del sueño se diluye lentamente dejando tras de sí un sabor agridulce que me encoge el corazón. Me cuesta abrir los ojos y cuando lo hago necesito un par de parpadeos antes de lograr enfocar la vista y asimilar lo que ha ocurrido. Me duele la cabeza, no quiero salir de la cama. ¿Espera? ¿Una cama? Supongo que mis padres debieron encontrarme cuando me desmayé en el bosque. Dios, soy estúpida… lo último que necesitan es preocuparse también por mí.

Cuando por fin logro abrir los ojos y enfocar mi visión… topo directamente con un par de ojos aceitunados que me miran fascinados. El pánico me paraliza.  Esta no es mi casa. Me incorporó de golpe sin lograr reprimir el grito que escapa de mi garganta al ver la figura que se alza ante mí completamente cubierta por una túnica granate y una especie de turbante que solo deja al descubierto sus ojos.

—¿Estás bien?

Su voz es amable con un matiz preocupado, pero eso no hace que el corazón me vaya más despacio. No sé quién es esta persona, dónde estoy o cómo he llegado hasta aquí. Tiemblo. ¿Es agua lo que cae del techo?

La situación no puede parecerme más irreal y decido que lo mejor será preguntar por mi paradero, pero antes de poder abrir la boca una nueva figura se acerca con pasos pesados hasta la cama…

No gritar se me antoja imposible.

Tiene que ser mentira. No puedo estar viendo una vaca con sombrero de copa y moteada de flores. Estoy soñando, estoy soñando, sigo soñando…

—¡Se ha despertado!

Algo cae sobre mí regazo. Grito de nuevo lanzando por los aires a la bota con ojos y bocas que acaba de hablar.

—¡Maxd! —exclama una especie de serpiente— ¡¿Estás bien?!

Dios. Me he vuelto loca. Esto no puede estar pasando.

—¡Descuida, Roth, le tengo! —responde el ser del turbante atrapando la bota en el aire.

Un mugido acalla las voces de las extrañas criaturas que revolotean por el cuarto. La vaca del sombrero se alza sobre sus patas traseras, cruzando las delanteras sobre sus ubres.

—¡Regresad a vuestras tareas inmediatamente! —gruñe—. ¡Aquí no tenéis nada que ver! —resopla—. Más os vale obedecer si no queréis ser pasto de Terrores.

«La vaca habla. La vaca habla. La vaca habla…»

No tengo ni idea de a qué se refiere al mencionar «Terrores», pero la palabra provoca el efecto que desea y las criaturillas salen espantadas por la puerta. Me quedo a solas con el ser del turbante, que no deja de mirarme con el brillo de una sonrisa en los ojos, y con la vaca.

—¿Qué… sois? —pregunto en apenas un hilo de voz.

—¡Somos Oniros! —responde el ser del turbante—. ¡Soy Plat! ¡A tu servicio!

Hace una reverencia. La vaca, a su lado, vuelve a resoplar.

—Mi nombre es Mhu —dice de mala gana—. Estás en la guardería Lumi. Plat te encontró en mitad del campo de Nanas ¿recuerdas cómo llegaste hasta allí?

—¿Qué es… un campo de Nanas?

Plat y Mhu intercambian una mirada que no logro descifrar. Al final es Plat quien toma la palabra.

—Es de dónde nacemos. Las Nanas son unas plantas autóctonas de esta zona… son fecundadas con los sueños de Olvidados y una vez alcanzan la madurez se abren alumbrando a un nuevo Oniro.

Apenas entiendo el vocabulario que utiliza: Nanas, Olvidados, Oniros… Dudo tener tanta imaginación para inventarme estas cosas y, sin embargo, no puede ser más que un sueño. Necesito despertarme.

—Escucha —interviene la vaca que camina a dos patas. No dejan de asombrarme esas manchitas con formas de flores—, tenemos que hacer unos encargos. Espera aquí hasta que regresemos y si ves que corres peligro puedes esconderte en la trampilla que hay debajo de la alfombra.

Parpadeo. Me niego a quedarme atrapada bajo tierra. Una gota cae sobre la punta de mi nariz.

—¿Por qué cae agua del techo? —pregunto señalando sobre mi cabeza. Soy consciente de lo vacua que suena mi voz, cargada de la irrealidad con la que me siento.

Los ojos aceitunados de Plat brillan de manera extraña. Pone los brazos en jarra y gruñe.

—Es el mecanismo de defensa para los cabreos de Hipnos. Las olas de calor que provoca cuando se enfada han llegado a matar a más de un Oniro.

No sé quién es Hipnos ni cómo es posible que genere olas de calor cuando se enfada, pero decido que tampoco quiero saberlo. Me duele la cabeza y el frenético ritmo de mi corazón está empezando a marearme. Todo lo que quiero es quedarme sola, despertar de esta pesadilla y regresar a casa. Así que me quedo callada, esperando que se marchen.

—Voy a ir a por las recomendaciones que se me cayeron. —Plat se rasca la nuca sin apartar la mirada de mí—. Regresaré pronto. No te muevas de aquí, sería muy peligroso.

Asiento despacio, obligándome a fijar la vista en su mirada. Plat hace una reverencia un poco payasa, se ajusta bien el turbante y desaparece tras la puerta.

La soledad me abraza junto al miedo, la angustia y el desconcierto. El corazón me late desbocado en el pecho, aunque eso no impide que me levante de la cama en busca de una salida. Durante segundos me olvido de respirar al ver la persiana de metal que tapa la ventana: mi única vía de escape segura. Siento una nueva punzada en la cabeza que me impide pensar con claridad.

《Está bien. —me digo—. Respira, Eileen, respira. No puedes dejar que una pesadilla te paralice. Tienes que recordar. ¿Qué era lo último que estabas haciendo?》.

Las fuerzas me fallan haciéndome caer de rodillas sobre la alfombra.

Estaba en el bosque. Me escapé de casa para buscar a Neal. Recuerdo la tormenta que estalló sin avisar, perder mis zapatos y caer al suelo. Todavía tengo el vestido vaquero cubierto por el barro seco, mis pies siguen descalzos y magullados. Esto es una locura. Una locura que entrelaza la realidad con la ficción de tal manera que me resulta imposible discernir dónde está la línea que separa una cosa de la otra.

Neal.

Pensar en él me ayuda a levantarme una vez más…

Neal.

… a avanzar con paso firme hacia la salida del cuarto…

Neal.

… a decidir que si no puedo despertar de esta pesadilla, buscaré la forma de afrontarla.

Corro más de lo que nunca he corrido, incluso si me asfixio o me duelen los pies, incluso si me arriesgo a ser vista y aunque no conozca la distribución de la casa en la que estoy. Sigo corriendo hasta dar con la entrada. Salgo al exterior.

He conseguido escapar.

El calor me golpea.

El miedo me encoge el estómago.

Estoy perdida.

~

Aunque mi reloj de muñeca lleva parado desde que desperté en este extraño lugar, estoy segura de que ya han debido de pasar varias horas. Sin embargo, el cielo anaranjado no ha cambiado el ángulo de su luz ni un milímetro, ni siquiera veo sol, luna o estrellas. Es como si fuera una cúpula infinita y brillante que mantuviera todo atrapado en una burbuja.

En mi camino por hallar una respuesta a esta locura me encontré con aquello que llamaban campo de Nanas. Nunca antes algo me había resultado tan bonito y espeluznante al mismo tiempo. La forma de esas plantas, nacidas de una especie de matas, era similar a la de los melocotones. Cada una brillaba con un tono de color diferente alternando entre el celeste, rosa y violeta. Habría sido hermoso de no ser por las extrañas vibraciones que desprendían. Apenas dediqué un par de segundos a contemplarlas.

El tiempo que llevo vagando sin rumbo ha empezado a hacer mella en mí, el calor me asfixia, siento la boca seca y tengo los pies doloridos. Odio el camino interminable que parece llevar a ninguna parte. Después de todo, no he tenido opciones para elegir por dónde ir, pues salvo por la casita de madera y el campo de Nanas, el resto del terreno está rodeado por una cadena montañosa cuyas cimas se pierden en el infinito, allá donde no alcanza mi visión.

Una gota de agua recorre mi mejilla acompañada de una segunda, una tercera, una cuarta… Trato de enjugarlas con el dorso de la manga, consciente de que no voy a ser capaz de retener las lágrimas que escapan de mí sin control. Llevo demasiados días intentando no pensar, fingiendo que todo volvería a la normalidad, que solo era un mal sueño. Días en los que me he prohibido llorar porque el llanto de mi madre ya era suficiente para ahogarnos a todos en la casa. Supongo que por eso puedo permitirme hacerlo ahora, porque ya no estoy en casa y nadie más llora. Ahora puedo gritar para que salga el dolor que destruye mi alma, puedo tirarme al suelo y arañarme los brazos en un vano intento por arrancar de mi piel el picor que me producen los nervios.

Lo hago.

Me araño, grito, lloro, maldigo. Estoy atrapada en mi propia mente, sin saber si algún día podré regresar a casa, si podré encontrarlo. No soy la chica fuerte que mis amigas han creído ver en mí desde que Neal desapareció. Dentro de mí solo queda culpa.

—¡Eh, Wiger, mira esto! —Sorbo los mocos y levanto la cabeza al escuchar la aguda voz a mis espalda—. ¡Me parece que hemos encontrado a la gallina de los huevos de oro!

Se me encoge el corazón al girarme: todo lo que veo es a una pierna desnuda que termina justo donde debería estar la rodilla, y a una muñeca de trapo con los cabellos de lana amarilla y los botones que tiene por ojos observándome fijamente.

La muñeca avanza hacia mí levitando a escasos centímetros del suelo. Retrocedo arrastrándome, demasiado paralizada para levantarme.

—¿Te has perdido? —me pregunta ladeando su cabecita.

Trago saliva. A pesar de su hermoso vestido con volantes celestes, me resulta la muñeca más aterradora que he visto en mi vida. La forma en la que las costuras de su boca se tuercen con una sonrisilla traviesa me produce escalofríos.

—No… —miento—… solo estoy de paso…

Por favor, que no huela mi inseguridad.

La pierna da unos saltitos hacia mí, comenzando a rodearme. Tengo que llevarme una mano a la boca para contener las náuseas.

—¡Genial, podemos acompañarte! —exclama sin boca—. ¿Qué opinas, Wiger? Seguro que Hipnos nos lo agradece.

La muñeca se posa en el suelo con elegancia. La atención con la que me mira hace que sienta ganas de salir corriendo, pero en este tramo del camino no hay más que un llano enorme y unas montañas demasiado rocosas para intentar subir por ellas. Solo podría correr hacia el frente y algo me dice que estas criaturas me alcanzarían sin dificultad.

—No sé, TamTam, el castillo está demasiado lejos. —Wiger se rasca el mentón. La sonrisa se afila en sus costuras cuando saca un silbato amarillo del interior de su vestido—. Será mejor que avisemos a Rihonel. Seguro que también nos recompensarán por entregar a este Olvidado. ¡A ver si nos libramos por fin de este calor espantoso!

No sé quién es Rihonel, pero en el poco tiempo que llevo aquí no he escuchado una buena opinión sobre Hipnos. Me niego a quedarme para averiguar si es un ser agradable o peligroso, así que aprovecho el pequeño debate en el que se han enfrascado los Oniros para levantarme y echar a correr lo más rápido que me lo permiten mis piernas. Enseguida escucho la aguda voz de TamTam que grita ordenándome que me detenga.

Ni loca. Si me quiere tendrá que atraparme y sé que dos piernas son mucho más rápidas que una sola. Claro que… una muñeca de trapo es mucho más ligera que una adolescente de un metro cincuenta y sesenta kilos. Wiger aparece delante de mi cara obligándome a detenerme. Puedo notar el enfado aunque la expresión de su rostro no haya cambiado.

—¿Dónde crees que vas? —Posa el silbato sobre las costuras de su boca. El silbido desgarra el aire con una fuerza estridente que me obliga a taparme los oídos provocándome un fuerte dolor de cabeza—. Vas a esperar aquí hasta que Rihonel llegue.

El corazón va explotarme en el pecho. 《Solo es una muñeca de trapo —me digo—. Puedo con ella, puedo con ella, puedo con ella》. Me aferro a esos pensamientos antes de lanzar un puñetazo con el que logro derribarla. Es increíble la sensación de victoria que se apodera de mí, la adrenalina que palpita en mis venas cuando retomo la carrera pasando sobre la muñeca caída.

Las cosas dan menos miedo si las enfrentas, pero a veces descubres que el monstruo era más poderoso de lo que habías imaginado y que jamás podrás derrotarlo si luchas solo.

Esa certeza me golpea al mismo tiempo que el grito de la muñeca: un golpe seco e invisible que me tira al suelo paralizándome. Apenas soy capaz de girar el rostro para ver lo que ha ocurrido y al conseguirlo desearía no haberlo hecho.

Ante mí se alza la muñeca que ha triplicado su tamaño, las costuras de su boca se han desgarrado en un agujero de oscuridad, los botones de sus ojos convertidos en una espiral de sangre que se derrama manchando todo a su paso. Su grito tira de mí como lo harían unas garras, me arrastra hacia su cuerpo, hacia el vacío de su boca. No importa cuánto clave mis uñas en la tierra: va a engullirme.

—¡Wiger! —grita la irritante vocecilla de la pierna.

La fuerza que tiraba de mí se ha detenido de repente dejándome desmadejada en el suelo con las uñas rotas y los dedos sangrando por el esfuerzo.

Oscuridad.

No me atrevo a abrir los ojos.

Oscuridad.

Quiero despertar.

Oscuridad.

El grito de Wiger me hiela la sangre. Puede que sea eso lo que me haga reaccionar al darme cuenta de que no está canalizando su ira hacia mí. Trato de incorporarme mientras lanzo una mirada a la batalla que tiene lugar a escasos metros. No hay rastro de la media pierna; una túnica granate ondea con cada movimiento de la figura que la porta. Plat. Veo a Wiger retorcerse con las garras sobre el vientre y el destello de algo metálico que busca la tela de la muñeca.

Wiger grita otra vez y la fuerza de su grito hace que la daga de Plat salga despedida por los aires aterrizando a mis pies.

—¡Olvidado! —Creo que me grita a mí—. ¡Estaría bien que me echaras un cable o, en su defecto, una daga!

Casi me parece escuchar diversión en su voz. No sé lo que le habrá hecho a Wiger, pero la muñeca parece debilitada. Por supuesto, eso no impide que estire las garras en busca de su presa. Plat da una voltereta hacia atrás esquivándola justo a tiempo. Tengo que ayudar.

Plat saca unos frasquitos de su cinturón mientras yo recojo la daga dispuesta a lanzarme de cabeza al peligro para poder devolvérsela. Cuando Wiger abre la boca para gritar de nuevo, Plat aprovecha para lanzarle un frasco que entra directo en su interior. Wiger gime, se hace pequeñita y yo, que he llegado junto a Plat, le entrego la daga.

—De todos los Oniros de Nhura… —Recibe la daga sin apartar la mirada de la muñeca. No duda cuando la clava en su vientre—… tenías que topar con un Terror.

Wiger desaparece dejando tras de sí un aura de dolor, miedo y odio, como si hubiera existido un alma encerrada en ese cuerpecito de tela que se ha liberado cuando Plat ha hundido el cuchillo en su interior. La ha matado. Sé que ella iba a matarnos, pero ya estaba debilitada, ya no era peligrosa.

—No tenías porque matarla —murmuro sin saber por qué.

—Si no le mataba nos delataría a Rihonel —Su mano busca la mía obligándome a seguirle el ritmo hasta la rocosa pared de la montaña—. El peligro acaba de empezar.

—¿Qué peligro?

Por un momento el brillo divertido de sus ojos desvían mi atención del dedo con el que señala al cielo anaranjado. Hay algo enorme en el cielo: una figura que avanza en nuestra dirección.

—Pégate a mí, contén la respiración y no te muevas hasta que yo te lo diga.

Me siento tentada a protestar y pedir explicaciones, pero antes de que pueda hacerlo Plat me ha acorralado contra la pared cubriendo nuestros cuerpos con su túnica granate. Algo en mi interior me dice que lo mejor sera obedecer.

Me pregunto cuánto tiempo pasamos así: sin espacio entre nuestras pieles, con el frenético latido de mi corazón palpitando junto al suyo que late calmado, acompasando nuestras respiraciones. En la oscuridad que nos envuelve no puedo ver nada, no sé el tipo de Oniro que se oculta tras su túnica a pesar de lo cerca que estamos ahora mismo y, sin embargo, la calidez de su cuerpo me ayuda a sentirme real por primera vez desde que he despertado.

—Creo que se ha ido —susurra contra mi oído.

Sus palabras son el detonante que necesitaba. Fuera de peligro, me permito romper a llorar aferrándome a sus ropas en un ruego silencioso para que no me deje sola. Para que me sostenga mientras me rompo sin que nadie más pueda verme.

Lo único que quiero es despertar de esta pesadilla.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *