Capítulo 14 – Bebe

La puerta se cierra silenciosamente y yo me aparto todo lo posible de la figura de Draco, el cual se está quitando la túnica para luego colgarla en un perchero que hay detrás de la puerta. Mis manos comienzan a sudar y lo único que me atrevo a hacer es desviar la mirada por la habitación para evitar cualquier contacto visual con él. Solo espero que este silencio incómodo termine pronto, porque incluso del nerviosismo se me ha apagado el cuerpo. Pero, evidentemente, no voy a ser yo el que abra la boca primero puesto que corro el peligro de que me vuelva a levantar la varita.

–Tengo dos ideas en la cabeza, pero no sé cuál de ellas debería hacer realidad–dice con una voz refinada y tranquila a la vez que coge una silla que tiene de decoración y se sienta sobre ella. Lo hace del revés para poder apoyar su barbilla en el respaldo–Puede que como te has portado tan bien te deje elegir el castigo.

No sé si pretende que esté agradecido o contento por su extraordinaria bondad, pero intento no mostrar ningún gesto de asco con mi cuerpo. Quiero que siga así de tranquilo, porque las peores cosas que me han pasado con él han sido cuando se encontraba de los nervios. A sí que mejor mantener su «buen humor» por el momento. Espero a que me cuente sus dos maravillosos planes para tocarme las narices.

–La primera es que me dejas probar una nueva poción que he inventado sobre ti y luego me haces los deberes–bosteza tapándose la boca con una mano. Ahora que me percato, tiene unas ojeras considerables, casi como las mías–O…–se queda un rato alargando la letra–Te pongo una correa y te paseo mañana por la mañana por la sala común y los pasillos de las mazmorras durante un rato–y ríe con ese asqueroso timbre que tiene. Hace una pausa para ver mi reacción, mas no le doy ese deleite–He de admitir que la segunda es más divertida, dará que hablar por bastante tiempo, aunque ambas las tendrías que hacer desnudo. Tu ropa huele mal­–frunzo el ceño ante su insulto.

Tengo bastante claro que no quiero que me pasee como su trofeo para que todo el mundo se ría de mí y, ya que él me ha visto desnudo, quiero que sea el único que lo haga por el momento. Además, la poción no creo que pueda causarme grandes estragos ni matarme y, si me deja en cama por unos días, pues unas pequeñas vacaciones que me habré ganado sin tener que aguantarle.

Draco me mira curioso mientras vuelve a bostezar. Puede que, si aguanto lo suficiente haciendo sus deberes, éste se vaya a dormir y me deje tranquilo por hoy, porque tiene aspecto de estar bastante agotado. Su postura es bastante inusual, está encorvado con los hombros caídos y, además, parpadea más de lo usual. Si no me queda más remedio, voy a aceptar su primer «castigo».

–Prefiero que me des esa poción tuya-mascullo entre dientes y el cuerpo se me paraliza cuando sus ojos me recorren el cuerpo de arriba abajo. Otra maldita corriente candente se hace dueña de mi entrepierna. ¿Por qué me produce eso solo con mirarme? Estoy muy mal de la cabeza, aunque no peor que el.

–Maravillosa elección, Anderson–no puedo evitar mostrarle una cara de confusión al haber sido la primera vez que me ha dedicado unas palabras bonitas, aunque hayan sido dentro de su juego perverso–Voy a prepararla ahora mismo.

Este se levanta de la silla y va hacia un armario muy cercano a mí. Yo rodeo su persona para mantener las distancias. Al menos no ha roto todavía la promesa de no tocarme, pero no quiero confiarme demasiado porque sus palabras no valen mucho para mí.

Draco saca un caldero pequeñito del armario y unos cuantos tarros de cristal llenos de cosas que no se identificar porque jamás las he visto. Con las manos bastante llenas, cierra el armario con una de sus piernas y va cargado hacia el escritorio. Para hacerse hueco, tira con desinterés los pergaminos que me estaban esperando para que los rellenara y pone encima el caldero, ordenando los tarros de manera bastante minuciosa. Podría decirse que hasta obsesiva.

–He de admitir que aún no he probado la poción con nadie porque fue justo ayer cuando di con ella–me explica concentrado en lo que está haciendo–tuve que deshacerme de mi creación porque no nos dejan hacer experimentos que se salen de los libros de texto, pero me guardé la receta para cuando tuviera oportunidad de probarla–no entiendo por qué me está informando, aunque creo que intenta o calmarme o ponerme más de los nervios. La cuestión es que no tengo ganas de escucharle, solo que llegue el momento en el que pueda salir huyendo de esta prisión.

Se tira un buen rato con la poción, echándole bastantes cosas y mascullando otras muchas. Ha sacado incluso otro utensilio del armario, una especie de vaso de decantación. Se le nota que está disfrutando con lo que está haciendo y, lo bueno, es que el olor que desprende la pócima es bastante agradable. Eso me deja más tranquilo, pues tampoco quiero tomarme algo que huele y, seguramente, sepa a muerto. Si siempre fuera así Draco, creo que no sería tan mal chaval como lo aparenta. Me refiero a que si se concentrara más en sus pasiones u objetivos y no tuviera que demostrar continuamente lo genial y poderoso que es, pues a lo mejor se podría incluso tener una amistad con él. Pero ha decidido darle demasiada importancia a cómo le ven y a lo que piensan de su persona como para dejar que eso pase. Me da pena en realidad, tener que ser así, obligándote a ti mismo a tener amigos que solo están contigo porque te temen.

Pero bueno, más pena me doy yo por no haber sabido alejarme y evitar los problemas para no tener que haber caído en las manos de esta arpía.

La verdad es que me encantaría sentarme en este momento porque las piernas ya me están dando tirones, pero he decidido que no voy a dirigirle la palabra hasta que no sea estrictamente necesario.

–¡Ya está! –exclama mientras se da la vuelta para mostrarme un vial que ha conseguido hacer solo para mí. ¿Es que quiere un aplauso? –He conseguido que sea mucho más puro que la otra vez.

Me tiende el pequeño recipiente y yo lo agarro para mirarlo. Dentro hay un líquido entre rojo, naranja y amarillo, cambiando repetidamente la disposición de estos colores. Da la sensación de que es fuego enfrascado en un vial, aunque eso sería muy difícil ya que el frasco está completamente cerrado y un fuego no podría arder si no tiene oxígeno del cual alimentarse. Le miro de reojo para ver su cara.

–Cuando antes te lo tomes, antes podrás empezar a hacerme los ejercicios–se encoje de hombros sin apartar la mirada del vial. Al menos no consigo verle ningún retazo de maldad en su cara, es más bien solo curiosidad de lo que pueda pasar.

–¿Cuándo los termine me voy a poder ir a mi habitación? –le pregunto por si acaso se queda dormido y no sé qué hacer cuando termine este suplicio.

–Por supuesto–dice nervioso y con una tímida sonrisa en su cara.

Trago saliva porque nada de esto me da buena espina. Recuerdo sus palabras cuando me hizo el juramento, esas en las que decía que si hago todo lo que él quiere me va a dejar estudiar aquí y no me va a molestar más de la cuenta. Desearía que no fuera así, pero es lo único que me queda por probar, desgraciadamente.

Destapo el vial y un aroma muy afrutado me embelesa. Ha decir verdad, este olor me resulta bastante familiar, como a uno de estos jarabes que me tomaba cuando era pequeño y estaba malo, aunque seguro que no tendrá los mismos efectos. Cierro los ojos antes de tomármelo. El sabor cae como una cascada por mi garganta, dejándome una de las mejores sensaciones que he sentido en mi vida. La pena es que había muy poco líquido, por lo que se acaba demasiado rápido. Bueno, esto que me llevo.

–¿Cómo te sientes?

–Está muy rico–respondo aún concentrado en lo que acabo de saborear, no puedo quitármelo de la cabeza.

–Me refiero a algo físico–resopla después de hacer especial hincapié en la última palabra–Pensé que la había hecho bien–murmura. La verdad es que doy gracias porque no me haya hecho nada horrible esta pócima. Nada en mi ha cambiado, ni para bien ni para mal. Además, como le veo un poco afectado por su «fallo», decido no hablar hasta que no sea él el que rompa el silencio de nuevo.

Sin embargo, en vez de seguir con su típica cháchara para poder deleitarse con sus propias palabras y voz, éste lo único que hace es hacerme un gesto desganado con la mano en dirección hacia la pila de pergaminos que hay tirados en el suelo para que me ponga manos a la obra. Encima de que tengo que pasar por este puto calvario, tengo que recoger la mesa del laboratorio que ha montado en pocos minutos. Hago un poco de hueco como puedo y recojo todo lo que hay en el suelo.

–¿Me puedo poner algo encima? Me encuentro muy incómodo–digo con un hilo de voz porque me da mucha vergüenza esta situación y aún me siento demasiado humillado como para poder imponerme. Sin embargo, no he podido aguantar más el hecho de tener que estar completamente desnudo a su lado mientras tengo que concentrarme en otra cosa que no sea que no me mire.

–Mmmmmm–se lleva un buen rato «pensando». Rezo porque sea «benevolente» otra vez y tuerza un poco su brazo a mi favor. Después de un eterno minuto, se levanta de la cama y va hacia una pecha que tiene al lado, coge una camisa rallada verde y plateada y me la lanza–Pensaba tirarla dentro de poco, así que no me importa.

Yo se lo agradezco muchísimo, internamente claro, porque paso de arrastrarme más. No pierdo el tiempo, me lo pongo en un par de movimientos ágiles y respiro con algo más de tranquilidad. Al hacerlo, mis fosas nasales se llenan de su fragancia hasta el punto de empalargame. «¿Éste hombre no lava su ropa o es que suda demasiado por las noches?» pienso, pero no le doy mayor importancia y me pongo a hacer sus trabajos.

Draco se vuelve a echar encima de su cama, sin deshacerla, y mira el techo en silencio. Yo le miro de reojo de vez en cuando porque quiero tenerle bien controlado y que no me pille desprevenido.

Los minutos pasan y cada vez se me hace más pesado seguir haciendo la tarea que se me ha encomendado. Progresivamente voy notando como la habitación comienza a ganar temperatura hasta llegar al punto que me resulta desagradable tener la camisa puesta del calor que tengo. Sin embargo, no pienso quitármela porque no tengo ni idea si Draco está dormido, ya que solo tiene cerrados los ojos pensando o haciéndose el dormido. Además, eso haría que estuviera aún más incómodo por volver a estar completamente desnudo ante un chico con problemas mentales.

Decido que es buena idea dejar mis hombros al aire para intentar airearme. Al principio es efectivo, pero el calor que siento sigue aumentando descontroladamente. Mis dedos están tan sudados que apenas soy capaz de escribir muy seguidamente porque se me resbalan por la pluma. Encima no puedo dejar apoyada mi mano en cualquier lado porque ya he dejado varias huellas en pergaminos en los que ya he escrito, haciendo un pequeño borrón apreciable por aguarlos.

Me levanto de la silla silenciosamente ya harto del sofocón que estoy aguantando e intento acercarme hacia la puerta para poder respirar algo de aire fresco. De pronto, noto como el ambiente se ha cargado muchísimo más y, como si no fuera poco, el olor de la camisa de Draco se hace aún más intenso, llegándome a marear un poco. Tropiezo con un zapato que estaba por medio de la habitación y me giro rápidamente hacia atrás para comprobar que no se ha percatado de que me he movido de mi sitio. Afortunadamente no encuentro ninguna respuesta en su cuerpo, aunque no puedo dar por sentado que eso signifique que esté dormido. De él me espero el hecho de que me engañe incluso con eso.

Espero unos segundos a que todo siga normal y sigo caminando hacia la puerta, la cual ya está bastante cerca. Cuando llego, tengo que apoyarme contra ella porque mis piernas han flaqueado levemente porque siento como un profundo calor ardiente vuelve a azotarme la entrepierna y me hace temblar las extremidades. La sangre no tarda en llegar a la zona para endurecer mi miembro en un tiempo récord.

Mi respiración se dificulta y siento un profundo desagrado al inhalar porque el aire caliente que entra en mis pulmones hace que me ahogue mucho más. Creo que jamás había probado un agobio tan potente como el que me está sacudiendo en estos instantes.

Llevo mis temblorosas y sudadas manos hasta el pomo romo de la puerta, el cual no puedo girar porque no soy capaz de que mis manos de adhieran un mínimo. No es hasta varios intentos después, que me doy cuenta de que es mejor que utilice la camisa de Draco para poder lograr mi fin.

El puño por fin gira y, de la ansiedad que me está carcomiendo, realizo un movimiento tan brusco que hace que se escuche por toda la habitación el sonido de que he logrado abrir la puerta. Contengo la respiración y unos sudores fríos florecen por todo mi cuerpo provocándome un malestar aún mayor. «Por favor, espero que estés dormido» deseo con todas mis fuerzas.

Escucho como el cuerpo tumbado de Draco se revuelve por la cama y me temo lo peor. Sopeso si es mejor idea salir corriendo de este horrible sufrimiento o quedarme quieto a ver qué es lo que pasa. Desecho la primera idea puesto que es evidente de que de esta escuela no voy a poder escapar y me va a acabar acorralando, como siempre, tarde o temprano. Un tirón demasiado placentero en mi entrepierna hace que me baile una pierna y caiga al suelo de rodillas. Por suerte, consigo retener el gemido producido por una mezcla de dolor y gozo.

–Ni se te ocurra–escucho tras de mí una voz adormilada y más ronca de lo normal. Trago saliva esperando el inminente ataque que me pueda soltar. No dudo cerrar la puerta lo más rápido posible pues no quiero volver a sentir ese dolor tan agudo de hace unas horas. Ya es lo que me faltaba.

Sin embargo, no hay ninguna respuesta más por su parte. La habitación se vuelve a quedar en silencio, haciendo que pueda escuchar los fuertes latidos que me aporrean el pecho. Giro lentamente la cabeza hacia su cama para ver qué es lo que está ocurriendo y me lo encuentro en el mismo modo que antes con la diferencia de que se ha volteado un poco hacia mi izquierda. ¿Estará hablando en sueños o de verdad me está vigilando de la forma más calmada que conoce?

De pronto un enorme relámpago de placer me sacude todo el cuerpo y esta vez no puedo evitar soltar un gemido ahogado. Me llevo ambas manos a la entrepierna para intentar calmarla, desconcertado por lo que estoy sintiendo. Jamás en mi vida habia experimentado un sentimiento como este. Mi cuerpo se siente débil, mi entrepierna me duele de lo excitada que está y la temperatura de mi cuerpo es similar a cuando me entra un buen resfriado que logra dejarme en la cama por varios días. Menos mal que Draco tiene la pretensión de tirar esta camisa, porque al tocar mi miembro puedo notar como una considerable mancha húmeda se agranda por esa zona.

Miro por los alrededores del cuarto esperando poder encontrar algo que me pueda ayudar, mas con este sofoco y excitación soy incapaz de pensar con claridad. La cabeza me comienzo a dar vueltas e intento gatear para volver al escritorio o ir al armario cercano, a ver si por suerte tiene alguna poción que me pueda hacer algo para sacarme este estado. No sé, tiene la pinta de que este muchacho tiene cosas muy extrañas por aquí.

A pesar de mi enorme empeño, una fuerza mayor consigue derrotarme y me quedo a mitad del camino. Consigo, con lo poco que me queda, apoyarme con la espalda en la pared para no caer redondo en medio del suelo, completamente indefenso. «¿Qué coño me está pasando?» grito en mis adentros porque no soy capaz de comprender nada. ¿Es que se me acaban de revolucionar las hormonas como mis padres me comentaron en una de esas charlas innecesarias sobre sexo o tiene algo que ver lo que me ha dado ese mal nacido?

Mis manos comienzan a moverse solas, tocándome la barriga de forma tan sensual que me replanteo si de verdad soy yo el que lo está haciendo. Miro hacia la cama para observar si Draco se está percatando de las cosas perversas que me estoy haciendo, pero sigue como antes. Su cara está igual de relajada que hace pocas noches atrás y uno de sus mechones rebeldes de pelo le cae por la frente, dándole un toque desarreglado que le queda demasiado bien.

Mierda, no soy capaz ni de controlar mis propios pensamientos.

Sigo rozándome la tripa hasta llegado a mi pecho, rozándome tímidamente los pezones. Inexplicablemente, eso me produce que las corrientes candentes que me están atacando se intensifiquen a cada roce, dejándome claro que puede que sean un punto erógeno de mi cuerpo del que no tenía constancia hasta ahora. Una de mis extensiones sube hasta mis labios para comprobar lo húmedos que los tengo y se introducen un par de dedos en mi boca a la vez que la otra baja hacia abajo para agarrar mi miembro por encima de la camisa que lo cubre.

Los ojos se me ponen en blanco y mi espalda se arquea tanto que siento que se me va a coger de un momento a otro, pero no me importa. Me presiono la lengua hacia abajo sin saber por qué y luego me muerdo los dedos en una de las palpitaciones tan jodidamente penetrantes que me están llevando por un camino demasiado apetecible. Ni si quiera he sido capaz de resistirme a ninguno de los estímulos desde que todo esto empezó.

Mi respiración agita toda la habitación y, aunque tengo miedo de que eso llame más aún la atención de Draco, hace que todo esto sea más excitante. Joder, es que justamente se ha volteado hacia el lado donde me encuentro yo y solo tiene que tener los ojos un poco entreabiertos para que me vea con total claridad. Bueno, si ese mechón indomable le deja claro.

Por mi mente se pasa la sucia idea de que este momento puede mejorar mucho más si me desabrocho cuando antes la camisa, para volver estar desnudo y sentir esa vergüenza de que mi acosador pueda verme en este estado. Me encantaría estar en mis cabales y decirme que no a mí mismo y adecentarme, pues eso sería lo más acertado si tenemos en cuenta mi posición en este juego de mierda. Pero antes de que pueda darme cuenta, la mano que tenía en la entrepierna ha subido un poco para desabrochar los botones con torpeza mientras mis dedos aprietan con mayor fuerza la lengua hasta producirme un agradable dolor. Por suerte, sigo teniendo algo de coherencia y cruzo mis piernas para que no pueda verse mi pene tan fácilmente, adoptando una postura incómoda pero que a la vez aviva más las llamas de mi interior.

A cada botón que consigo desabrochar crecen mis ganas de seguir haciendo locuras. Solo con decir que al final cuento que son diez, ni si quiera soy capaz de pensar las palabras exactas para poder describirlo. Muevo un poco los hombros para que la camisa resbale por mis hombros y caiga al suelo, aunque aún tenga las mangas puestas. Me siento expuesto y muy cachondo a la vez. Una película de sudor recubre todo mi cuerpo y puedo notar como se me han pegado los cabellos a la cabeza de lo mojados que están. Los ojos se me van para todos los lados, impacientes porque siga la fiesta y mis manos, bueno, ellas no han dejado de perder el tiempo desde que comenzaron su ruta.

Me tiembla cada célula de mi cuerpo y un pinchazo en la espalda me recuerda la tensión que estoy soportando. Pero no quiero cambiar de postura por muy incómoda que sea, no sé por qué. Ahora mismo siento que no me arrepiento de nada de lo que pueda hacer, como si las únicas consecuencias que pudieran acarrear de mis actos fueran conseguir ese placer que tanto está ansiando mi cuerpo en estos instantes. Estoy sediento de él, quiero más, mucho más.

Todo lo que pueda conseguir.

Paso la palma de mi mano por mi cara y pelo, dándome igual que los esté llenando de mis propias babas. No puedo manejar este descontrol que me está dominando enteramente. Tiro de mi pelo en mi último intento para volver a un estado racional donde luego no me pueda arrepentir de nada de lo que pueda suceder, mas como todo intento anterior, es en vano.

Es en este momento cuando mando todo al carajo y decido abrir mis piernas a los ojos de Draco, si es que de verdad me está observando, y pueda verme en mi más completa locura. Siento como el aire que me acaricia mis zonas más íntimas, y jamás vistas por otra persona que no fuera por mi familia cuando era pequeño, al hacerlo, me lleva a un nivel superior. El simple hecho de que exista la posibilidad de que todo este tiempo haya estado exclusivamente atento a mi mientras yo he hecho cosas eróticas hace que mi miembro tiemble de placer. Es más, un gruñido considerablemente sonoro sale por mi boca y lo único que soy capaz de hacer es de apretar aún más los cabellos de entre mis dedos y volver a poner los ojos en blanco.

Mi respiración vuelve a crecer y mi mente se nubla de tal forma que lo único que logro entender con claridad es que quiero más. Ya me he encendido del todo.

A pesar del hecho de no haberme quitado la camisa me dificulta los movimientos, adoro lo que produce en mí cuando no consigo llegar a la zona donde deseo que me magreen mis manos. Agarro fuertemente mi miembro, sintiendo como respuesta un mayor endurecimiento (si es que esto puede ser posible) de él. Mi mano comienza a moverse lentamente intentando que esto dure lo máximo posible, porque siento que estoy a las puertas del cielo y esto solo puede significar una cosa.

Por desgracia, se me comienza a cansar el cuerpo y mis piernas ya no son capaces de mantenerse tan abiertas como a mí me gustaría. Por ello, me ayudo con la extremidad que tengo «libre» y me agarro una de ellas para tirarla hacia mí, llegando a apoyármela casi en el hombro.

Es en este momento cuando mi mano se vuelve loca y acelera los movimientos, llevándome a mi límite tanto físico como emocional. No sé cuántos gemidos se escapan de mi boca ni si son lo suficiente sonoros como para armar un buen escándalo, solo puedo concentrarme en lo que está explotando en mi entrepierna y no soy capaz de asimilar. Cierro mis ojos con fuerza desenado que este momento jamás se acabe.

–Hhha

Pero lo hace y por todo lo grande. El diafragma se me congela y aprieto mi barriga hasta el límite de que me hago daño. Pero nada es suficiente para soportar la ola de placer que me acaba de engullir en sus fauces y me desgarra el pecho. Noto como un líquido mucho más caliente que mi cuerpo me mancha parte de la barriga, pecho y cuello victoriosamente. Su calor hace que se intensifique un poco más todo lo que ocurre.

No sé por cuánto tiempo estoy en una especie de limbo divino al que ya quiero volver a visitar, pero cuando se pasa, caigo totalmente rendido y sin la aptitud de mover ni un átomo de mi cuerpo. Ni si quiera mis párpados son capaces de levantarse.

Es como si ahora estuviera flotando sobre lo que casi me ha ahogado de placer y, qué cojones, me dejo llevar.

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