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Osito de peluche.

“Mañana no hagas planes. Tengo una sorpresa para ti”.

Esas palabras tan intrigantes resonaban una y otra vez en la cabeza de Max, el cual no podía permanecer quieto ni un instante. Esas habían sido las últimas palabras que Liam, su mejor amigo y el chico por el que creía haber empezado a sentir algo, le había dicho el día anterior antes de marcharse. Y, si el chico quería ponerle nervioso, lo había conseguido.

El joven apenas había pegado ojo en toda la noche, desquiciándose durante horas mientras intentaba descubrir qué tipo de sorpresa era la que le podía haber preparado. ¿Y si quería llevarle a comer a alguno de esos restaurantes lujosos del centro? Oh, Dios. No era que a Max no le entusiasmara la idea de pasar el día con él, ¡pero Liam sabía que no se sentía cómodo con ese tipo de cosas! Sin embargo, ¿y si al final era eso? ¿Qué ropa debería ponerse? ¿Tendría algo en su armario?

A pesar de que todavía era pronto, Max se levantó de su cama para ir directo a su armario. Abrió de par en par las dos puertas de este y echó un vistazo a su vestuario. Sus pantalones, camisetas, sudaderas y cazadoras parecieron darle los buenos días, dejando que el chico empezara a elegir unas ropas dignas para la ocasión.

Esa era otra cosa que le estaba poniendo nervioso: la fecha. Ese día se cumplía exactamente medio año desde el día en el que se habían conocido en aquella sala de hospital. Seis meses en los que Max y Liam habían compartido casi de todo. Para su desgracia, la fecha no podía ser más especial.

«¡Piensa, piensa, piensa!», se decía una y otra vez el joven mientras sacaba algunos pantalones del armario para, acto y seguido, tirarlos sobre la cama y volver a sacar otro par.

Estaba nervioso. Estaba muy nervioso. Puede que no tuviera ningún tipo de relación con Liam, aparte de la amistad, pero estaba nervioso. No, eso era decir poco. ¡Estaba histérico! No podía quedarse quieto, tenía que moverse, dar mil y una vueltas por la habitación, todo esto sin dejar de darle vueltas en la cabeza a esas nueve palabras que el chico le había dicho.

Al final, con un grito frustrado en su garganta, se dejó caer de nuevo en su cama, rodeado por toda esa ropa que había sacado del armario. No sabía si tenía ganas de llorar, reír o tirarse de los pelos. Lo único que sabía era que dentro de hora y media, Liam vendría a buscarle a casa.

Algo cansado por no haber dormido demasiado, Max se levantó de la cama para ir al baño y ducharse. ¿Debería hacerse algo en el pelo? No le gustaban demasiado esos rizos que tenía, le daban aspecto de niño pequeño, de “angelito”, como le gustaba llamarle su hermano mayor para hacerle de rabiar.

Salió de la ducha, que más que relajante había sido asfixiante, y volvió a su habitación. Sabía que era hora de vestirse. Se detuvo frente a su cama y, enroscado en la toalla y con las manos en su cadera, miró su ropa. ¿Qué se pondría? Si supiera que no le haría un interrogatorio en toda regla, habría llamado a una de sus amigas para pedirle consejo. ¿Y si le preguntaba a su hermano? No, mejor no. Max sabía que eso solo desencadenaría cientos de risas por parte de este, y no tenía tiempo para bromas. Tendría que decidirse él solo.

 

* * * * *

 

Liam paseaba por las calles de la cuidad a paso tranquilo. Aún quedaban unos veinte minutos para que diera la hora en la que había quedado con Max, así que no tenía mucha prisa. Como siempre, iba silbando una musiquilla, esta vez una de las canciones que había escuchado una vez en casa de su amigo, notando cómo la mirada de todas las mujeres se desviaba hacia él cuando pasaba a su lado. Desde luego, eso le hacía sentirse irresistible. Y la verdad era que lo estaba, o eso era lo que quería creer.

Sonriendo, y sin poder evitar mirarse en el cristal de enfrente, se acercó al portal del edifico donde vivía su amigo. Llamó al timbre e intercambió unas pocas palabras con el joven, el cual le dijo que no tardaría en bajar. Durante ese poco tiempo, Liam decidió echarse un último vistazo. Estaba perfecto. No era que vistiera algo muy diferente de lo que normalmente usaba, era que la ropa que llevaba le quedaba perfecta. Se había vestido para la ocasión y estaba arrebatador.

Porque, aunque Liam era algo olvidadizo con algunas cosas, el joven recordaba perfectamente que ese día se cumplían seis meses desde que Max y él hablaron por primera vez en esa habitación de hospital.

Miró los pantalones azules que llevaba puestos junto a la blanca camisa con los dos primeros botones desabrochados, volteándose un poco para verse bien. Sí, estaba irresistible. Tenía que estarlo si quería que todo saliera bien.

Liam suspiró. A pesar de que habían pasado casi todo ese tiempo juntos y que él estaba completamente enamorado de Max, nunca le había declarado sus sentimientos.

«¡Pero eso se ha acabado! -se juró a sí mismo al mismo tiempo que alzaba el brazo con la mano cerrada en un puño y una sonrisa de satisfacción y total decisión en su rostro-. ¡Hoy le diré lo que siento!».

Un par de chicas que pasaron a su lado empezaron a reírse discretamente de su gesto. Al verlo, no tardó en bajar el brazo y guiñarles pícaramente un ojo, conquistando al instante el corazón de esas dos mujeres.

Sí, aquello tenía que funcionar. Lo tenía todo planeado. Nada podría salir mal ese día. Nada.

La puerta del portal se abrió en ese momento, atrayendo su la atención. Se volvió para ver a Max salir. Sus ojos se abrieron de par en par. El chico estaba vestido con unos pantalones prietos con algunas roturas por los muslos y una camiseta de tirantes blanca que se amoldaba perfectamente a su cuerpo por debajo de una camisa negra que llevaba totalmente desabrochada, dándole un aspecto desenfadado y, sobre todo, extremadamente sexy. ¡Incluso había llegado a alisarse el cabello! Estaba… estaba… ¡Ni siquiera podía pensar con coherencia!

—Estás…

—¿Horrible, verdad? —le interrumpió Max, mirándole entre triste y enojado—. Es que no sabía qué ponerme y…

—Iba a decir que te queda todo muy bien, pero…

—¡¿En serio?! —Los ojos de Max brillaron llenos de ilusión al escucharle—. ¿De veras te gusta cómo voy vestido? ¿Y el pelo? La verdad es que me había cansado de los rizos y, bueno, quería ver qué tal me quedaba liso.

Liam asintió, sin saber muy bien si asustarse por esos brillantinos que podía ver en los ojos del chico o si sentirse alegre.

—Estás perfecto —confesó.

—¡Gracias! —exclamó el otro con una sonrisa.

Oh, sí. Liam sentía que podría pasar por los nueve círculos del infierno si Max volvía a sonreírle de esa manera. Definitivamente, estar enamorado era lo mejor que le había pasado en la vida.

—¿Y a dónde me vas a llevar a comer?

¡¿Comer?! Los ojos de Liam se abrieron de par en par al oír su pregunta. ¿Comer? ¿Quién había hablado de comer?

—¿No ibas a invitarme a comer? —Le oyó interrogarle de nuevo al ver que no contestaba.

¡Mierda, Max quería que le invitara a comer! Liam deseaba que la tierra le tragase en ese instante para no tener que soportar la vergüenza de decirle que no tenía pensado invitarle a comer. ¿Qué podría hacer ahora? Siempre podía variar su plan, pero no quería hacerlo. Primero, porque no tenía dinero para invitarle. Y, segundo, porque realmente le gustaba lo que había planeado para ese día y sabía que su acompañante lo disfrutaría. Aun así, ¿debería aceptar lo de la comida? Decidió dejar que el otro lo decidiera.

—Max, yo… Bueno, yo no… —Liam se pasó una mano por la nuca, repentinamente nervioso y alterado—. Yo no tenía pensado invitarte a comer. ¡Pero podemos hacerlo si tú quieres! —añadió rápidamente para que así no se decepcionase.

Max le miró. Parecía decepcionado ahora, y Liam no pudo más que pegarse una colleja mental por no haber pensado en un plan como ese. Por suerte, y justo cuando iba a ceder, Max habló:

—Entonces, ¿a dónde vamos? —le preguntó, con una sonrisa que hizo que el mayor viera que el asunto estaba olvidado y perdonado.

Liam sonrió más tranquilo ahora al ver que no se había tomado nada mal la noticia y, con aires de superioridad e intriga, se acercó a su oído, susurrándole tres sencillas palabras:

—Es una sorpresa.

Hecho esto, y antes de que Max utilizara sus malas artes para sonsacarle el lugar, le cogió de la mano y empezó a alejarse del edificio, internándose en las calles de la ciudad.

 

* * * * *

 

Max estaba molesto. Odiaba las sorpresas y, como buen amigo suyo que era, Liam debería de saberlo. Pero también estaba intrigado. Con tanto misterio le había entrado la curiosidad, y solo podía esperar que llegasen pronto a donde quiera que fuesen.

—¿Falta mucho?

Habían recorrido ya un par de calles y, aunque Max no sabía por qué, la gente parecía muy animada por los alrededores. Vale que fuera domingo y que la mayoría de la gente no tuviera que trabajar, también servía que hiciera un día estupendo, con una temperatura agradable y más calor que frío; pero ¿qué era lo que pasaba?

—No. Ya falta muy poco —le contestó el chico que, de forma casi inmediata, se puso tras él y le tapó los ojos con las manos.

—¡Liam! ¡Quita tus manos de mis ojos ya! —le ordenó él mientras trataba de quitárselo de encima.

—No, no, no —se negó este mientras se reía—. Es por el bien de la sorpresa. No quiero que lo descubras antes de tiempo.

—Ya verás, ahora voy a tropezar, me voy a caer y me torceré un tobillo y entonces tendrás que llevarme al hospital para que me venden el pie y…

—Y no pasará nada de eso porque yo cuidaré de ti y te protegeré de tal forma que llegarás sano y salvo a nuestro destino —le interrumpió Liam, cortando todo ese rollo fatalista con la que el joven intentaba hacerle cambiar de opinión—. Venga, Max, solo por una vez déjame guiarte, ¿sí?

—Vale —terminó accediendo—. ¡Pero como me pase algo, te juro que desearás no haberme conocido! —le amenazó, alzando un poco el puño.

Aun a pesar de que sabía que estaba hablando en serio, Liam no pudo evitar comenzar a reírse. Y así, caminando el mayor tras el pequeño mientras le tapaba los ojos con sus manos y le guiaba por las calles, se acercaron a la enorme plaza que era su destino. Ahí, se detuvieron.

—¿Ya llegamos?

—¿Recuerdas ese día que me hablaste de lo bien que lo habías pasado en un parque de atracciones y de lo mucho que te gustaría volver? —Max asintió como pudo, curioso—. Bueno, no es un parque de atracciones, pero espero que te guste igualmente.

Dicho esto, las manos se separaron de sus ojos, dejándole ver lo que había ante ellos. Los ojos de Max no sabían muy bien dónde posarse al ver toda esa cantidad de puestos e incluso la carpa de lo que parecía ser un circo. Estaba demasiado ilusionado por todo lo que veía que no podía decir palabra. De todas formas, al ver que su amigo esperaba respuesta, se volvió hacia él.

—Me alegra mucho perderme una comida si era esto lo que habías pensado.

Liam empezó a reírse, siguiéndole cuando Max empezó a ir hacia la feria.

—¿A dónde quieres ir primero?

Max no respondió, simplemente le agarró de la mano y le obligó a ir a su lado. Así de paso evitaba que el otro se perdiera debido a la cantidad de gente que había. La primera parada fue un puesto de tiro al pato. Max acababa de ver un enorme oso de peluche y quería ganarlo como fuera. Lo malo era que igual necesitaba que alguien lo consiguiera por él.

—Oye, Liam, ¿tienes buena puntería?

El mayor se le quedó mirando pensativo unos instantes. Casi parecía estar intentando descubrir qué es lo que se proponía, en vez de pensando en una respuesta. Luego, asintió.

—Creo que puedo valérmelas. ¿Por qué?

—¿Qué te parece una competición sobre quién le da a más blancos? —le preguntó al tiempo que se servía de su carita angelical para que el otro aceptase.

—¡Ja! No me hace falta gastarme el dinero aquí para saber quién va a ganar: yo —repuso el joven.

—¿Tienes miedo de que te gane? Bueno, si crees que no puedes contra mí…

Ya estaba, esas eran las palabras con las que Max sabía que el otro aceptaría la apuesta. Después de todo, Liam odiaba que le tacharan de cobarde.

—De lo que tengo miedo es de dejarte a la altura del betún —le cortó este, empezando a picarse—. ¡Soy demasiado bueno para ti, y si quieres te lo demuestro!

—¡Hecho!

No hizo falta más. Nada más sellar el trato al cogerse de las manos, se volvieron hacia el tipo que llevaba el chiringuito, le pidieron dos rifles y pagaron los perdigones. Y, aunque intentando que Liam no le viera, Max se atrevió a esbozar una sonrisa de antelación. Estaba seguro de que ese oso de peluche iba a ser suyo en muy poco tiempo.

Al final, y como Max había temido, eso de dispararle al pato ni era tan sencillo como lo pintaban, ni se le daba tan bien. Por suerte, Liam parecía tener muy buena puntería, llegando a acertar todos y cada uno de los blancos. Tras esto, Liam se volvió hacia él para mirarle triunfante.

—¡Ajá! ¡Te dije que tenía muy buena puntería! —exclamó orgulloso.

Max empezó a reírse. Y, cuando el tipo del puesto se les acercó para preguntarles qué querían de premio, señaló el peluche que quería antes de que Liam pudiera decir nada. Un peluche al que abrazó nada más tener en sus brazos.

 

* * * * *

 

Con el peluche entre los brazos de Max, Liam por fin entendió lo que este había logrado hacer: le había manipulado. Aun así, no se sentía enfadado ni enojado, solo un poco molesto por la forma en que abrazaba al muñeco.

—Me has engañado para conseguirlo, ¿verdad? —le preguntó solo para confirmar lo que ya sabía.

—¡Sip! Espero que no te moleste. Ya sabes que me encantan los peluches.

La cara de Max quedaba justo encima de la del oso, mientras que sus brazos rodeaban la cintura del peluche. Liam decidió que ese era un buen momento para hacerle una foto, lástima que no tuviera una cámara a mano, aunque había cerca uno de esos fotomatones… quizá podría aprovechar.

—¡Vamos allí!

Antes de que pudiera decir nada, Max le agarró del brazo y tiró de él hacia otro de los puestos. Sabiendo que si se oponía no solo conseguiría perderle de vista, sino que también podría llegar a arrancarle el brazo de tan fuerte que le sujetaba, Liam suspiró para sí y se prometió que después conseguiría una foto como fuera.

Al final, recorrieron casi todos los puestos de la feria, compraron algodón de azúcar y miraron los demás sin volver a participar en los puestos de tiros. En ese momento estaban dentro del famoso fotomatón. Habían metido dinero para hacerse unas cuantas fotos y estaban esperando que este imprimiera las fotos que ya se habían hecho.

—¡Qué ganas de verlas! —repetía una y otra vez Max, dando pequeños saltitos con el oso en brazos.

—Que sepas que te odio. ¡Aún tengo restos del algodón del peluche en la boca! —le dijo Liam, a sabiendas que el otro no le prestaba atención.

—Anda, no mientas. Los tres sabemos lo mucho que te gustó darle un beso al Señor Oso… ¡Mira, ya salieron!

Max cogió las fotos, empezando a mirarlas sin poder evitar las carcajadas al verlas. De todas las que había, solo la última era normal. En la primera ambos salían haciendo el tonto, con Max sacando la lengua y Liam poniendo los ojos en blanco. La siguiente era prácticamente lo mismo, salvo que parecía que los había poseído algún demonio. En la tercera, Liam no salía, ya que Max se había abrazado al Señor Oso y le había conseguido tapar por completo. La cuarta era la foto de la discordia. Liam había querido salir los dos abrazados, pero Max no quiso y, para evitarlo, puso al Señor Oso en medio, haciendo que Liam y el peluche se dieran un beso mientras él se reía de lo que estaba pasando a su lado y, sobre todo, del gesto de decepción y asco que había en la cara de Liam. Al menos, al final había aceptado la propuesta y en la quinta y última foto salían los dos abrazados y sonrientes, con el Señor Oso en medio.

—Me pido quedarme con la última foto —dijo.

—¿No prefieres la cuarta? —le provocó Max—. Con lo guapos que salís el Señor Oso y tú…

—Max, no bromees con eso.

—Creo que voy a tener que regalártelo —continuó hablando este, sin hacerle caso—. Seguro que por las noches te va a echar de menos y no me dejará dormir hasta que no le abrace.

Max empezó a reírse, más al ver el gesto serio de su amigo. Lo malo era que, aunque Max podría creer que esa molestia se debía a su broma, en realidad lo que le pasaba a Liam era que estaba sintiendo celos del estúpido peluche en esos momentos. ¿La razón? Las últimas palabras del chico y una imagen bastante precisa de Max abrazado al oso por la noche.

Vale, era patético. Estaba teniendo celos de un claro objeto inanimado. Casi le parecía estar oyendo a un mini él diciéndole algo como: “Bienvenido al enamoramiento. A la derecha tenemos los quebraderos de cabeza, a su izquierda están los celos por cualquier comentario dicho por alguna persona o sobre algo o alguien. Detrás tienes las peleas por olvidarte de fechas y acontecimientos; y delante están las noches en vela pensando en si él estará pensando en ti en ese mismo instante”. ¡Esto de estar enamorado era un asco!

—Liam, ¿te apetece ir a la casa del terror? He oído que da algo de miedo.

Max se volvió hacia él, poniendo ojitos de cordero degollado y morritos, pues sabía bien que de esa forma no había manera de que se negara a sus caprichos. Y dicho y hecho. Aunque hasta hace apenas un instante Liam se maldecía una y otra vez por haber caído en las garras del amor, ahora daba gracias a todos los dioses existentes por haber conocido a Max. ¿Esto de la personalidad múltiple también estaba asociado con el enamoramiento? Debería preguntárselo a alguien.

—Está bien. Vamos.

—¡¡Sí!!

Casi como si se tratase de un niño pequeño al que le acaban de regalar un nuevo juguete, lo cual podría considerarse como cierto, Max parecía estar totalmente encantado por estar en la feria.

Al final, entraron en la casa del terror y caminaron por el recorrido marcado de antemano por las distintas salas en las que estaba distribuido el lugar. Tras encontrarse con momias con vendajes manchados de sangre y vampiros que salían de sus ataúdes cuando la gente se acercaba, ambos jóvenes entraron en la sala de los espejos, deteniéndose en cada uno y riéndose del reflejo del otro antes de pasar al siguiente.

—¿Y ahora? —inquirió el mayor al salir de la casa, donde más que miedo se habían acabado riendo incluso de la mano ensangrentada que había asustado a la pareja que caminaba delante de ellos.

Max miró a su alrededor, pensativo. Como ya iba siendo la hora de comer, el lugar se veía un poco más vacío que cuando llegaron, mientras que los bares y puestos de comida estaban mucho más llenos de lo acostumbrado. Aun así, y como todavía no tenían hambre, le vio señalar la enorme noria que estaba en el otro lado de la calle.

—¿Podemos subir? ¿Podemos subir? ¡Por fa, por fa! —Le vio suplicar mientras se giraba hacia él.

Liam miró la atracción y luego a Max. Le hacía gracia ver cómo le suplicaba aun a pesar de saber de antemano su respuesta.

—Vale. Y después vamos a comer algo.

Se acercaron a la noria, esperaron la cola que había y, cuando les llegó el turno, subieron a una de las casetas.

—Ten cuidado que no te caiga el peluche, porque no pienso saltar para cogerlo —le advirtió el joven cuando ya se encontraban arriba del todo.

—No es “peluche” es el Señor Oso y te aseguro que no se caerá porque yo le cuido —le dijo Max, sacándole la lengua.

«Los celos son malos, los celos son malos», se repetía una y otra vez Liam, como si se tratase de un mantra. «Es solamente un estúpido peluche que no se entera de nada y que tiene más suerte que tú. ¡Pero los celos son malos!».

En ese momento, allí arriba ellos dos solos, con toda la ciudad a sus pies, Liam se preguntó si era buena idea adelantar su plan y confesarse en ese mismo instante. Después de todo, a Max parecía encantado con el paisaje, ya que no dejaba de mirar a su alrededor, señalando que las personas parecían hormiguitas desde allí arriba.

Sí, quizás era buena idea decírselo ya.

Con esa idea en su mente, Liam carraspeó para atraer la atención del joven y se puso en pie. Sin embargo, justo antes de que una sola palabra pudiera salir de su boca, la noria empezó a moverse y el compartimiento en donde estaban se balanceó, haciéndole caer hacia atrás y golpearse con uno de los hierros en la cabeza.

—¡Maldita noria! ¿Por qué tenías que moverte justo ahora? —maldijo en voz alta a la vez que se llevaba la mano a la herida con gesto de dolor.

Por su parte, Max que había visto lo sucedido, no podía parar de reírse. Algo que acrecentó el enfado del mayor. Al menos, el menor pudo tranquilizarse lo suficiente como para hablar:

—Mira que haberte levantado. El chico nos dijo que teníamos que quedarnos sentados mientras duraba el viaje.

Enfadado y dolorido, Liam maldijo el trasto en el que estaba subido y a todo aquél que había ayudado a montarlo. ¡Habían estropeado su momento! Y ahora que estaban moviéndose, no le parecía que fuera buen momento para declararse.

—¿Aún te duele? —le preguntó su amigo cuando volvían a subir—. Debió de ser un buen golpe si te sigue doliendo. Déjame ver.

Intrigado, Liam vio cómo Max se levantaba con cuidado y se acercaba a él, sentándose a su lado y obligándole a girar la cabeza para ver el lugar dañado. Luego, y con mucha suavidad, acarició su cabeza recitando las palabras que le decía su hermano cuando era pequeño y se hacía alguna herida, aunque eso sí, adaptándolas un poco:

—Sana, sana, cabecita de Liam. Si no sanas hoy, sanarás mañana.

Y, antes de alejarse, le dio un pequeño beso en la herida, volviéndose para mirarle después.

—¡Ya está! Ahora verás cómo se cura dentro de nada.

Definitivamente, Liam se sentía volar. Estaba flotando entre un montón de nubes allá por la estratosfera o más lejos aún. Le había dado un beso, ¡Max le había dado un beso! Sí, había sido en la herida y sí, lo había hecho más por pena que por otra cosa, pero ¡le había dado un beso! Si es que, al final, el paseo en el trasto ese sí que iba a servir para algo después de todo.

Bajaron de la noria un par de minutos después y, tras una pregunta de Liam, ambos se dirigieron hacia un puesto de perritos calientes para comprar algo para almorzar. Comieron sentados en uno de los pocos bancos que estaban desocupados, gastándose bromas el uno a otro como ya era normal entre ellos, salvo que en esta ocasión, había un tercero en discordia. Liam estaba seguro de que el Señor Oso le miraba mal cada vez que se acercaba un poquito a su dueño. Vale, primero lo de la noria y ahora lo del oso; ¡al final iba a resultar que se estaba volviendo paranoico!

Después de la comida, ambos decidieron que era buena idea montar en la montaña rusa mientras esperaban que llegara la hora para la actuación en el circo. Así que fueron hacia la atracción en particular, pidiéndole al encargado que se quedara con el Señor Oso mientras duraba la atracción. Tras numerosos altibajos a toda velocidad e incluso un par de looping, Liam ya no sabía si subía o bajaba, aunque al menos debía de dar las gracias por no marearse tan fácilmente.

—¿Vamos al circo ya? Falta muy poco para que empiece la actuación.

—Sí, así pillamos sitio.

Tras recoger al Señor Oso, ambos jóvenes se dirigieron hacia la carpa del circo. Y, una vez allí, enseñaron las entradas y entraron, sentándose lo más cerca que pudieron de la pista.

—¡Palomitas! ¡Refrescos! ¡Perritos calientes! —gritaba uno de los del circo, enseñando su mercancía mientras paseaba por los espectadores.

Poco a poco, el lugar se fue llenando hasta que, al final, cuando ya estaba prácticamente completo, las luces de los focos se apagaron y la suave música que amenizaba la espera se detuvo.

En ese momento, el que parecía ser el director del circo salió al escenario, saludando a todo su público mientras presentaba al que iba a ser el primer artista.

Acróbatas que hacían saltos espectaculares, domadores de leones que metían la cabeza en las fauces de las bestias o los hacían saltar a través de aros de fuego, encantadores de serpientes, hombres gigantescos, ilusionistas y bailarinas en general fueron desfilando por el escenario uno tras otro, recibiendo salvas de aplausos antes de irse.

Max parecía estar entusiasmado. Liam sabía que no era la primera vez que iba a un circo, pero parecía que esta le estaba gustando de verdad. Lo que nunca supuso era que justo por eso se pudiera ofrecer como voluntario cuando el lanzador de cuchillos buscó a alguien entre el público para que saliera con él.

Al ver el gesto, el rostro de Liam se volvió pálido como la nieve. Susurrando como un loco, trató que Max bajara su mano, pero ya era demasiado tarde. El hombre que estaba en el escenario ya se había fijado en él y le estaba pidiendo que bajara.

—Vengo ahora. Tú cuida del Señor Oso —le pidió Max antes de bajar por las gradas.

Maldiciendo por lo bajo, Liam no pudo hacer otra cosa que aplastar el cuerpo del Señor Oso como medio de descargar su furia y frustración. Puede que confiase en la habilidad de ese hombre con sus cuchillos, tenía que ser bastante bueno para que le dejasen actuar y, si no, más le valía que no le pasase nada a Max si quería seguir de una pieza. Lo que a Liam no le gustaba era las tonterías a las que era propicio Max. ¿Es que si no se arriesgaba al menos una vez al día no estaba contento? ¡Casi parecía que lo hacía solo para ponerle de los nervios!

Por fin, tras presentarse ante el resto del público, Max fue hacia la plataforma, siendo guiado por una de las ayudantes del tipo de los cuchillos. Y, nada más atarle las muñecas y los tobillos para que no se moviera, le dejaron allí.

Liam estaba de los nervios. Se hubiera comido las uñas de todos sus dedos si ese gesto no le asquease. Sabía que en cualquier momento algo podría salir mal y Max podría ser herido por uno de esos cuchillos, con lo cual él no tardaría en perder los pocos nervios que le quedaban mientras llamaba a la ambulancia y…

¡Plam!

El primer cuchillo salió disparado por el aire y se hundió en la madera, a unos centímetros de la cabeza de Max.

Liam soltó aire.

¡Plam!

El segundo cuchillo hizo casi la misma trayectoria que el primero, yendo a parar entre las piernas del joven.

Liam volvió a respirar.

Aún quedaban otros ocho cuchillos.

Una a una, las pequeñas armas se fueron hundiendo en la plataforma de madera a distintas alturas, siempre a unos pocos centímetros del cuerpo de Max, al cual, y contra todo pronóstico, podía ver entusiasmado.

Finalmente, cuando todos los cuchillos estuvieron clavados en la madera y Max fue desatado, Liam pudo volver a respirar tranquilo, obligando a sus nervios a tranquilizarse. Por su parte, Max subió por las gradas hasta él, sentándose nuevamente a su lado y abrazando al Señor Oso mientras le contaba lo excitante que era todo eso y lo bien que lo había pasado.

¿Excitante? Liam conocía mil formas distintas de excitación y podía asegurar que ninguna era tan peligrosa como la que acababa de hacer el joven.

Mientras tanto, un mago había reemplazado al tirador de cuchillos en la pista, empezando con unos trucos tan simples como sacar conejos de la chistera o ramos de flores.

Por suerte, poco a poco los trucos fueron subiendo de nivel, volviéndose cada vez más complicados y difíciles de distinguir el truco. Así, la ayudante del mago desapareció un par de veces, mientras que este era capaz de escapar de un tanque de agua aun teniendo las manos esposadas.

La gente aplaudió como loca al terminar el truco, e incluso Liam tuvo que admitir que lo había hecho bastante bien. Y, tras esto, el director volvió a salir a escena, dando por terminada la función y despidiéndose del público con un último truco.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Liam mientras salían de la carpa. Habían estado allí dentro aproximadamente unas dos horas, así que ya eran casi las seis de la tarde—. ¿Te apetece dar una última vuelta por la feria?

Max asintió, aceptando la propuesta del otro ya que aún era pronto como para volver a casa. Además, ninguno quería despedirse del otro, teniendo en cuenta lo bien que se lo estaban pasando juntos.

—¿Sabes? Hoy mi hermano me dijo que iba a cenar con los amigos y que volvería tarde a casa —le dijo el joven al tiempo que se detenían en uno de los puestos y miraban los diferentes accesorios que se vendían allí—. ¿Te apetece cenar en mi casa y ver alguna película luego?

—Vale. Por mi perfecto. ¿Y qué te apetece ver esta vez?

Max sonrió mientras pensaba una respuesta. Al final, respondió:

—La que tú quieras, hoy te toca elegir a ti.

Liam le miró sorprendido. Normalmente tendría que hacerse el enfadado durante un buen rato para que Max le dejase elegir la película, e incluso así, él acababa por escoger la que este prefería, así que el joven ganaba de las dos formas. Pero, esta vez, parecía que el menor quería de verdad ver la que él quisiese, como si se estuviese disculpando por lo mal que le había hecho pasar cuando lo de los cuchillos.

Sonrió, feliz.

—Ya elegiré cuando estemos en tu casa. Vamos.

 

* * * * *

 

Horas más tarde, después de haber recorrido toda la feria una última vez, montar de nuevo en alguna de las atracciones y dar un pequeño paseo por la ciudad, Liam y Max llegaron a casa del segundo, donde cenaron tranquilamente en la cocina, mientras este le decía lo bien que se lo había pasado ese día.

Liam se alegraba de haberlo planeado todo bien. Estaba contento de que Max se hubiera divertido tanto, aunque a veces fuera a su propia costa, como la foto del beso con el Señor Oso y los nervios de cuando salió en el circo. No obstante, lo cierto era que el joven no se arrepentía de haberle llevado a la feria ese día.

Solo había una única cosa que aún no había podido hacer y, por desgracia, esa cosa era casi la más importante de todas, y el tiempo se le estaba agotando rápidamente.

En ese momento estaban sentados en el sofá del salón de la casa de Max. Liam ya había escogido la película que iban a ver y esta ya iba casi por la mitad. Sin embargo, aunque él mismo la había propuesto, era el que menos caso le hacía, ya que incluso el Señor Oso parecía estar más atento a la pantalla de la televisión que él.

A lo que sí estaba atento Liam era a la cabeza de Max, que estaba apoyada en su brazo derecho, mientras él abrazaba al oso. Además, por supuesto, de todos esos pensamientos que le inundaban.

Tenía que decírselo. Tenía que decirle lo mucho que le gustaba. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Además, ¿qué era lo peor que podía pasarle? Una imagen de Max dándole una patada en el culo y sacándole de su casa se cruzó por su mente. Se obligó a alejarla de su cabeza en el mismo instante en el que apareció. No tenía que ser tan negativo.

Tenía que hacerlo. Ya que no había podido hacerlo en la noria, ni en la montaña rusa justo antes de la primera caída, ni en el circo mientras esperaba que empezara; ahora tenía que hacerlo.

A la de tres.

Uno.

Dos.

Dos y cuarto.

Dos y medio.

Dos y tres cuartos.

Tres menos diez.

Tres menos cinco.

Tres menos cuatro.

Tres menos tres.

Tres menos dos.

Tres menos uno.

Y…

¡Tres!

¡Ahora era el momento! ¡Podía hacerlo!

Liam llenó sus pulmones de aire y, sintiéndose más nervioso de lo que había estado nunca, empezó a hablar, rogando por no trabarse con las palabras:

—Max, yo… quería decirte algo —susurró. No se atrevió a girar la cabeza para mirarle, así que su vista seguía fija en la pantalla de la televisión.

Max se movió un poco, o al menos eso fue lo que el chico sintió, y eso le dio fuerzas para continuar.

—Sé que te parecerá extraño. Más aún cuando te conté lo de todos esos chicos con los que he estado, pero… Pero…

No podía. ¡Maldición, no podía decírselo! No le iba a creer. ¡Max creería que se estaba riendo de él a la cara y se enfadaría y le echaría de casa! ¿Y si después de todo eso no le volvía a hablar?

Liam estaba asustado. No creía que pudiera soportar el rechazo de Max y lo cierto era que estaba pensando dejarlo estar. Mejor ser solo amigos antes que no ser nada.

Sin embargo, ¿y si pasaba otra cosa? ¿Y si Max le confesaba que también sentía lo mismo por él? Tenía que creer que esa opción también era válida. Tenía que creer que eso podría ocurrir. ¡Debía esperar que fuera eso lo que ocurriría! Definitivamente, tenía que confesarse.

—Max, yo… Tú me gustas mucho. Sé que puede sonar infantil pero estoy completamente enamorado de ti desde que nos conocimos hace ya seis meses. —Se hizo el silencio. Nada se escuchaba en esa habitación a parte de las voces de los personajes de la película—. Y bueno, yo… Yo quería saber si tú… Bueno… Si deseas que empecemos a salir juntos, ya sabes, como novios —añadió al recordar el hecho de que durante todo ese tiempo habían salido juntos también—. ¿Qué me dices? ¿Te gustaría que fuéramos… novios?

El silencio se mantuvo. A pesar de que quería ver la cara de Max y el gesto que había puesto al escucharle, Liam se sentía incapaz de girar la cabeza hacia su derecha y mirarle. Además, de todos modos, lo mejor era que le dejara un pequeño tiempo para que pensara sobre todo ello, ¿verdad? Pero ¿cuánto tiempo debía darle?

Pasaron cinco segundos, luego diez, veinte, treinta. Estaba a punto de cumplirse un minuto entero y Max todavía no había dicho nada; es más, ni siquiera se había movido. ¿Habría entrado en shock por su culpa? Liam decidió que ya era hora de mirarle.

Entonces, mientras el chico empezó a girar la cabeza, Max se movió un poco, dejando caer al Señor Oso al suelo y moviéndose para abrazarle por la cintura, todo ello sin decir palabra.

Liam se le quedó mirando, esperando que dijera algo. Sin embargo, al igual que antes, el chico no dijo nada. Al final, más intrigado ya por todo lo que estaba pasando que porque quisiera obtener una respuesta, el joven pasó una mano frente a la cara del chico, el cual ni se inmutó con el movimiento, ya que se encontraba profundamente dormido.

Al darse cuenta de ello, Liam suspiró. No sabía si reír o llorar. Para una vez que había podido declararse, ¡resultaba que Max estaba dormido! Definitivamente, ese día la suerte no estaba de su lado.

Aun así, no pudo evitar esbozar una dulce sonrisa al verle apretarse contra él y abrazarle como si fuera un peluche. Y, orgulloso por este hecho, Liam no tardó en sacarle la lengua al Señor Oso, el cual le miraba desde el suelo con envidia. Eso según él por supuesto.

Y, así, tras pasar un brazo por la cintura del chico para atraerle aún más hacia él, y empezar a acariciarle el cabello, Liam se sintió pletórico de alegría. No importaba que Max no hubiese escuchado su confesión, podría volver a decírsela otro día. Lo que ahora importaba era que el chico parecía querer que se quedara a su lado, y eso era todo lo que Liam necesitaba saber en ese instante.

De momento, se conformaba con ser su osito de peluche particular.

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