Osito de peluche.

“Mañana no hagas planes. Tengo una sorpresa para ti”.

Esas palabras tan intrigantes resonaban una y otra vez en la cabeza de Max, el cual no podía permanecer quieto ni un instante. Esas habían sido las últimas palabras que Liam, su mejor amigo y el chico por el que creía haber empezado a sentir algo, le había dicho el día anterior antes de marcharse. Y, si el chico quería ponerle nervioso, lo había conseguido.

El joven apenas había pegado ojo en toda la noche, desquiciándose durante horas mientras intentaba descubrir qué tipo de sorpresa era la que le podía haber preparado. ¿Y si quería llevarle a comer a alguno de esos restaurantes lujosos del centro? Oh, Dios. No era que a Max no le entusiasmara la idea de pasar el día con él, ¡pero Liam sabía que no se sentía cómodo con ese tipo de cosas! Sin embargo, ¿y si al final era eso? ¿Qué ropa debería ponerse? ¿Tendría algo en su armario?

A pesar de que todavía era pronto, Max se levantó de su cama para ir directo a su armario. Abrió de par en par las dos puertas de este y echó un vistazo a su vestuario. Sus pantalones, camisetas, sudaderas y cazadoras parecieron darle los buenos días, dejando que el chico empezara a elegir unas ropas dignas para la ocasión.

Esa era otra cosa que le estaba poniendo nervioso: la fecha. Ese día se cumplía exactamente medio año desde el día en el que se habían conocido en aquella sala de hospital. Seis meses en los que Max y Liam habían compartido casi de todo. Para su desgracia, la fecha no podía ser más especial.

«¡Piensa, piensa, piensa!», se decía una y otra vez el joven mientras sacaba algunos pantalones del armario para, acto y seguido, tirarlos sobre la cama y volver a sacar otro par.

Estaba nervioso. Estaba muy nervioso. Puede que no tuviera ningún tipo de relación con Liam, aparte de la amistad, pero estaba nervioso. No, eso era decir poco. ¡Estaba histérico! No podía quedarse quieto, tenía que moverse, dar mil y una vueltas por la habitación, todo esto sin dejar de darle vueltas en la cabeza a esas nueve palabras que el chico le había dicho.

Al final, con un grito frustrado en su garganta, se dejó caer de nuevo en su cama, rodeado por toda esa ropa que había sacado del armario. No sabía si tenía ganas de llorar, reír o tirarse de los pelos. Lo único que sabía era que dentro de hora y media, Liam vendría a buscarle a casa.

Algo cansado por no haber dormido demasiado, Max se levantó de la cama para ir al baño y ducharse. ¿Debería hacerse algo en el pelo? No le gustaban demasiado esos rizos que tenía, le daban aspecto de niño pequeño, de “angelito”, como le gustaba llamarle su hermano mayor para hacerle de rabiar.

Salió de la ducha, que más que relajante había sido asfixiante, y volvió a su habitación. Sabía que era hora de vestirse. Se detuvo frente a su cama y, enroscado en la toalla y con las manos en su cadera, miró su ropa. ¿Qué se pondría? Si supiera que no le haría un interrogatorio en toda regla, habría llamado a una de sus amigas para pedirle consejo. ¿Y si le preguntaba a su hermano? No, mejor no. Max sabía que eso solo desencadenaría cientos de risas por parte de este, y no tenía tiempo para bromas. Tendría que decidirse él solo.

 

* * * * *

 

Liam paseaba por las calles de la cuidad a paso tranquilo. Aún quedaban unos veinte minutos para que diera la hora en la que había quedado con Max, así que no tenía mucha prisa. Como siempre, iba silbando una musiquilla, esta vez una de las canciones que había escuchado una vez en casa de su amigo, notando cómo la mirada de todas las mujeres se desviaba hacia él cuando pasaba a su lado. Desde luego, eso le hacía sentirse irresistible. Y la verdad era que lo estaba, o eso era lo que quería creer.

Sonriendo, y sin poder evitar mirarse en el cristal de enfrente, se acercó al portal del edifico donde vivía su amigo. Llamó al timbre e intercambió unas pocas palabras con el joven, el cual le dijo que no tardaría en bajar. Durante ese poco tiempo, Liam decidió echarse un último vistazo. Estaba perfecto. No era que vistiera algo muy diferente de lo que normalmente usaba, era que la ropa que llevaba le quedaba perfecta. Se había vestido para la ocasión y estaba arrebatador.

Porque, aunque Liam era algo olvidadizo con algunas cosas, el joven recordaba perfectamente que ese día se cumplían seis meses desde que Max y él hablaron por primera vez en esa habitación de hospital.

Miró los pantalones azules que llevaba puestos junto a la blanca camisa con los dos primeros botones desabrochados, volteándose un poco para verse bien. Sí, estaba irresistible. Tenía que estarlo si quería que todo saliera bien.

Liam suspiró. A pesar de que habían pasado casi todo ese tiempo juntos y que él estaba completamente enamorado de Max, nunca le había declarado sus sentimientos.

«¡Pero eso se ha acabado! -se juró a sí mismo al mismo tiempo que alzaba el brazo con la mano cerrada en un puño y una sonrisa de satisfacción y total decisión en su rostro-. ¡Hoy le diré lo que siento!».

Un par de chicas que pasaron a su lado empezaron a reírse discretamente de su gesto. Al verlo, no tardó en bajar el brazo y guiñarles pícaramente un ojo, conquistando al instante el corazón de esas dos mujeres.

Sí, aquello tenía que funcionar. Lo tenía todo planeado. Nada podría salir mal ese día. Nada.

La puerta del portal se abrió en ese momento, atrayendo su la atención. Se volvió para ver a Max salir. Sus ojos se abrieron de par en par. El chico estaba vestido con unos pantalones prietos con algunas roturas por los muslos y una camiseta de tirantes blanca que se amoldaba perfectamente a su cuerpo por debajo de una camisa negra que llevaba totalmente desabrochada, dándole un aspecto desenfadado y, sobre todo, extremadamente sexy. ¡Incluso había llegado a alisarse el cabello! Estaba… estaba… ¡Ni siquiera podía pensar con coherencia!

—Estás…

—¿Horrible, verdad? —le interrumpió Max, mirándole entre triste y enojado—. Es que no sabía qué ponerme y…

—Iba a decir que te queda todo muy bien, pero…

—¡¿En serio?! —Los ojos de Max brillaron llenos de ilusión al escucharle—. ¿De veras te gusta cómo voy vestido? ¿Y el pelo? La verdad es que me había cansado de los rizos y, bueno, quería ver qué tal me quedaba liso.

Liam asintió, sin saber muy bien si asustarse por esos brillantinos que podía ver en los ojos del chico o si sentirse alegre.

—Estás perfecto —confesó.

—¡Gracias! —exclamó el otro con una sonrisa.

Oh, sí. Liam sentía que podría pasar por los nueve círculos del infierno si Max volvía a sonreírle de esa manera. Definitivamente, estar enamorado era lo mejor que le había pasado en la vida.

—¿Y a dónde me vas a llevar a comer?

¡¿Comer?! Los ojos de Liam se abrieron de par en par al oír su pregunta. ¿Comer? ¿Quién había hablado de comer?

—¿No ibas a invitarme a comer? —Le oyó interrogarle de nuevo al ver que no contestaba.

¡Mierda, Max quería que le invitara a comer! Liam deseaba que la tierra le tragase en ese instante para no tener que soportar la vergüenza de decirle que no tenía pensado invitarle a comer. ¿Qué podría hacer ahora? Siempre podía variar su plan, pero no quería hacerlo. Primero, porque no tenía dinero para invitarle. Y, segundo, porque realmente le gustaba lo que había planeado para ese día y sabía que su acompañante lo disfrutaría. Aun así, ¿debería aceptar lo de la comida? Decidió dejar que el otro lo decidiera.

—Max, yo… Bueno, yo no… —Liam se pasó una mano por la nuca, repentinamente nervioso y alterado—. Yo no tenía pensado invitarte a comer. ¡Pero podemos hacerlo si tú quieres! —añadió rápidamente para que así no se decepcionase.

Max le miró. Parecía decepcionado ahora, y Liam no pudo más que pegarse una colleja mental por no haber pensado en un plan como ese. Por suerte, y justo cuando iba a ceder, Max habló:

—Entonces, ¿a dónde vamos? —le preguntó, con una sonrisa que hizo que el mayor viera que el asunto estaba olvidado y perdonado.

Liam sonrió más tranquilo ahora al ver que no se había tomado nada mal la noticia y, con aires de superioridad e intriga, se acercó a su oído, susurrándole tres sencillas palabras:

—Es una sorpresa.

Hecho esto, y antes de que Max utilizara sus malas artes para sonsacarle el lugar, le cogió de la mano y empezó a alejarse del edificio, internándose en las calles de la ciudad.

 

* * * * *

 

Max estaba molesto. Odiaba las sorpresas y, como buen amigo suyo que era, Liam debería de saberlo. Pero también estaba intrigado. Con tanto misterio le había entrado la curiosidad, y solo podía esperar que llegasen pronto a donde quiera que fuesen.

—¿Falta mucho?

Habían recorrido ya un par de calles y, aunque Max no sabía por qué, la gente parecía muy animada por los alrededores. Vale que fuera domingo y que la mayoría de la gente no tuviera que trabajar, también servía que hiciera un día estupendo, con una temperatura agradable y más calor que frío; pero ¿qué era lo que pasaba?

—No. Ya falta muy poco —le contestó el chico que, de forma casi inmediata, se puso tras él y le tapó los ojos con las manos.

—¡Liam! ¡Quita tus manos de mis ojos ya! —le ordenó él mientras trataba de quitárselo de encima.

—No, no, no —se negó este mientras se reía—. Es por el bien de la sorpresa. No quiero que lo descubras antes de tiempo.

—Ya verás, ahora voy a tropezar, me voy a caer y me torceré un tobillo y entonces tendrás que llevarme al hospital para que me venden el pie y…

—Y no pasará nada de eso porque yo cuidaré de ti y te protegeré de tal forma que llegarás sano y salvo a nuestro destino —le interrumpió Liam, cortando todo ese rollo fatalista con la que el joven intentaba hacerle cambiar de opinión—. Venga, Max, solo por una vez déjame guiarte, ¿sí?

—Vale —terminó accediendo—. ¡Pero como me pase algo, te juro que desearás no haberme conocido! —le amenazó, alzando un poco el puño.

Aun a pesar de que sabía que estaba hablando en serio, Liam no pudo evitar comenzar a reírse. Y así, caminando el mayor tras el pequeño mientras le tapaba los ojos con sus manos y le guiaba por las calles, se acercaron a la enorme plaza que era su destino. Ahí, se detuvieron.

—¿Ya llegamos?

—¿Recuerdas ese día que me hablaste de lo bien que lo habías pasado en un parque de atracciones y de lo mucho que te gustaría volver? —Max asintió como pudo, curioso—. Bueno, no es un parque de atracciones, pero espero que te guste igualmente.

Dicho esto, las manos se separaron de sus ojos, dejándole ver lo que había ante ellos. Los ojos de Max no sabían muy bien dónde posarse al ver toda esa cantidad de puestos e incluso la carpa de lo que parecía ser un circo. Estaba demasiado ilusionado por todo lo que veía que no podía decir palabra. De todas formas, al ver que su amigo esperaba respuesta, se volvió hacia él.

—Me alegra mucho perderme una comida si era esto lo que habías pensado.

Liam empezó a reírse, siguiéndole cuando Max empezó a ir hacia la feria.

—¿A dónde quieres ir primero?

Max no respondió, simplemente le agarró de la mano y le obligó a ir a su lado. Así de paso evitaba que el otro se perdiera debido a la cantidad de gente que había. La primera parada fue un puesto de tiro al pato. Max acababa de ver un enorme oso de peluche y quería ganarlo como fuera. Lo malo era que igual necesitaba que alguien lo consiguiera por él.

—Oye, Liam, ¿tienes buena puntería?

El mayor se le quedó mirando pensativo unos instantes. Casi parecía estar intentando descubrir qué es lo que se proponía, en vez de pensando en una respuesta. Luego, asintió.

—Creo que puedo valérmelas. ¿Por qué?

—¿Qué te parece una competición sobre quién le da a más blancos? —le preguntó al tiempo que se servía de su carita angelical para que el otro aceptase.

—¡Ja! No me hace falta gastarme el dinero aquí para saber quién va a ganar: yo —repuso el joven.

—¿Tienes miedo de que te gane? Bueno, si crees que no puedes contra mí…

Ya estaba, esas eran las palabras con las que Max sabía que el otro aceptaría la apuesta. Después de todo, Liam odiaba que le tacharan de cobarde.

—De lo que tengo miedo es de dejarte a la altura del betún —le cortó este, empezando a picarse—. ¡Soy demasiado bueno para ti, y si quieres te lo demuestro!

—¡Hecho!

No hizo falta más. Nada más sellar el trato al cogerse de las manos, se volvieron hacia el tipo que llevaba el chiringuito, le pidieron dos rifles y pagaron los perdigones. Y, aunque intentando que Liam no le viera, Max se atrevió a esbozar una sonrisa de antelación. Estaba seguro de que ese oso de peluche iba a ser suyo en muy poco tiempo.

Al final, y como Max había temido, eso de dispararle al pato ni era tan sencillo como lo pintaban, ni se le daba tan bien. Por suerte, Liam parecía tener muy buena puntería, llegando a acertar todos y cada uno de los blancos. Tras esto, Liam se volvió hacia él para mirarle triunfante.

—¡Ajá! ¡Te dije que tenía muy buena puntería! —exclamó orgulloso.

Max empezó a reírse. Y, cuando el tipo del puesto se les acercó para preguntarles qué querían de premio, señaló el peluche que quería antes de que Liam pudiera decir nada. Un peluche al que abrazó nada más tener en sus brazos.

 

* * * * *

 

Con el peluche entre los brazos de Max, Liam por fin entendió lo que este había logrado hacer: le había manipulado. Aun así, no se sentía enfadado ni enojado, solo un poco molesto por la forma en que abrazaba al muñeco.

—Me has engañado para conseguirlo, ¿verdad? —le preguntó solo para confirmar lo que ya sabía.

—¡Sip! Espero que no te moleste. Ya sabes que me encantan los peluches.

La cara de Max quedaba justo encima de la del oso, mientras que sus brazos rodeaban la cintura del peluche. Liam decidió que ese era un buen momento para hacerle una foto, lástima que no tuviera una cámara a mano, aunque había cerca uno de esos fotomatones… quizá podría aprovechar.

—¡Vamos allí!

Antes de que pudiera decir nada, Max le agarró del brazo y tiró de él hacia otro de los puestos. Sabiendo que si se oponía no solo conseguiría perderle de vista, sino que también podría llegar a arrancarle el brazo de tan fuerte que le sujetaba, Liam suspiró para sí y se prometió que después conseguiría una foto como fuera.

Al final, recorrieron casi todos los puestos de la feria, compraron algodón de azúcar y miraron los demás sin volver a participar en los puestos de tiros. En ese momento estaban dentro del famoso fotomatón. Habían metido dinero para hacerse unas cuantas fotos y estaban esperando que este imprimiera las fotos que ya se habían hecho.

—¡Qué ganas de verlas! —repetía una y otra vez Max, dando pequeños saltitos con el oso en brazos.

—Que sepas que te odio. ¡Aún tengo restos del algodón del peluche en la boca! —le dijo Liam, a sabiendas que el otro no le prestaba atención.

—Anda, no mientas. Los tres sabemos lo mucho que te gustó darle un beso al Señor Oso… ¡Mira, ya salieron!

Max cogió las fotos, empezando a mirarlas sin poder evitar las carcajadas al verlas. De todas las que había, solo la última era normal. En la primera ambos salían haciendo el tonto, con Max sacando la lengua y Liam poniendo los ojos en blanco. La siguiente era prácticamente lo mismo, salvo que parecía que los había poseído algún demonio. En la tercera, Liam no salía, ya que Max se había abrazado al Señor Oso y le había conseguido tapar por completo. La cuarta era la foto de la discordia. Liam había querido salir los dos abrazados, pero Max no quiso y, para evitarlo, puso al Señor Oso en medio, haciendo que Liam y el peluche se dieran un beso mientras él se reía de lo que estaba pasando a su lado y, sobre todo, del gesto de decepción y asco que había en la cara de Liam. Al menos, al final había aceptado la propuesta y en la quinta y última foto salían los dos abrazados y sonrientes, con el Señor Oso en medio.

—Me pido quedarme con la última foto —dijo.

—¿No prefieres la cuarta? —le provocó Max—. Con lo guapos que salís el Señor Oso y tú…

—Max, no bromees con eso.

—Creo que voy a tener que regalártelo —continuó hablando este, sin hacerle caso—. Seguro que por las noches te va a echar de menos y no me dejará dormir hasta que no le abrace.

Max empezó a reírse, más al ver el gesto serio de su amigo. Lo malo era que, aunque Max podría creer que esa molestia se debía a su broma, en realidad lo que le pasaba a Liam era que estaba sintiendo celos del estúpido peluche en esos momentos. ¿La razón? Las últimas palabras del chico y una imagen bastante precisa de Max abrazado al oso por la noche.

Vale, era patético. Estaba teniendo celos de un claro objeto inanimado. Casi le parecía estar oyendo a un mini él diciéndole algo como: “Bienvenido al enamoramiento. A la derecha tenemos los quebraderos de cabeza, a su izquierda están los celos por cualquier comentario dicho por alguna persona o sobre algo o alguien. Detrás tienes las peleas por olvidarte de fechas y acontecimientos; y delante están las noches en vela pensando en si él estará pensando en ti en ese mismo instante”. ¡Esto de estar enamorado era un asco!

—Liam, ¿te apetece ir a la casa del terror? He oído que da algo de miedo.

Max se volvió hacia él, poniendo ojitos de cordero degollado y morritos, pues sabía bien que de esa forma no había manera de que se negara a sus caprichos. Y dicho y hecho. Aunque hasta hace apenas un instante Liam se maldecía una y otra vez por haber caído en las garras del amor, ahora daba gracias a todos los dioses existentes por haber conocido a Max. ¿Esto de la personalidad múltiple también estaba asociado con el enamoramiento? Debería preguntárselo a alguien.

—Está bien. Vamos.

—¡¡Sí!!

Casi como si se tratase de un niño pequeño al que le acaban de regalar un nuevo juguete, lo cual podría considerarse como cierto, Max parecía estar totalmente encantado por estar en la feria.

Al final, entraron en la casa del terror y caminaron por el recorrido marcado de antemano por las distintas salas en las que estaba distribuido el lugar. Tras encontrarse con momias con vendajes manchados de sangre y vampiros que salían de sus ataúdes cuando la gente se acercaba, ambos jóvenes entraron en la sala de los espejos, deteniéndose en cada uno y riéndose del reflejo del otro antes de pasar al siguiente.

—¿Y ahora? —inquirió el mayor al salir de la casa, donde más que miedo se habían acabado riendo incluso de la mano ensangrentada que había asustado a la pareja que caminaba delante de ellos.

Max miró a su alrededor, pensativo. Como ya iba siendo la hora de comer, el lugar se veía un poco más vacío que cuando llegaron, mientras que los bares y puestos de comida estaban mucho más llenos de lo acostumbrado. Aun así, y como todavía no tenían hambre, le vio señalar la enorme noria que estaba en el otro lado de la calle.

—¿Podemos subir? ¿Podemos subir? ¡Por fa, por fa! —Le vio suplicar mientras se giraba hacia él.

Liam miró la atracción y luego a Max. Le hacía gracia ver cómo le suplicaba aun a pesar de saber de antemano su respuesta.

—Vale. Y después vamos a comer algo.

Se acercaron a la noria, esperaron la cola que había y, cuando les llegó el turno, subieron a una de las casetas.

—Ten cuidado que no te caiga el peluche, porque no pienso saltar para cogerlo —le advirtió el joven cuando ya se encontraban arriba del todo.

—No es “peluche” es el Señor Oso y te aseguro que no se caerá porque yo le cuido —le dijo Max, sacándole la lengua.

«Los celos son malos, los celos son malos», se repetía una y otra vez Liam, como si se tratase de un mantra. «Es solamente un estúpido peluche que no se entera de nada y que tiene más suerte que tú. ¡Pero los celos son malos!».

En ese momento, allí arriba ellos dos solos, con toda la ciudad a sus pies, Liam se preguntó si era buena idea adelantar su plan y confesarse en ese mismo instante. Después de todo, a Max parecía encantado con el paisaje, ya que no dejaba de mirar a su alrededor, señalando que las personas parecían hormiguitas desde allí arriba.

Sí, quizás era buena idea decírselo ya.

Con esa idea en su mente, Liam carraspeó para atraer la atención del joven y se puso en pie. Sin embargo, justo antes de que una sola palabra pudiera salir de su boca, la noria empezó a moverse y el compartimiento en donde estaban se balanceó, haciéndole caer hacia atrás y golpearse con uno de los hierros en la cabeza.

—¡Maldita noria! ¿Por qué tenías que moverte justo ahora? —maldijo en voz alta a la vez que se llevaba la mano a la herida con gesto de dolor.

Por su parte, Max que había visto lo sucedido, no podía parar de reírse. Algo que acrecentó el enfado del mayor. Al menos, el menor pudo tranquilizarse lo suficiente como para hablar:

—Mira que haberte levantado. El chico nos dijo que teníamos que quedarnos sentados mientras duraba el viaje.

Enfadado y dolorido, Liam maldijo el trasto en el que estaba subido y a todo aquél que había ayudado a montarlo. ¡Habían estropeado su momento! Y ahora que estaban moviéndose, no le parecía que fuera buen momento para declararse.

—¿Aún te duele? —le preguntó su amigo cuando volvían a subir—. Debió de ser un buen golpe si te sigue doliendo. Déjame ver.

Intrigado, Liam vio cómo Max se levantaba con cuidado y se acercaba a él, sentándose a su lado y obligándole a girar la cabeza para ver el lugar dañado. Luego, y con mucha suavidad, acarició su cabeza recitando las palabras que le decía su hermano cuando era pequeño y se hacía alguna herida, aunque eso sí, adaptándolas un poco:

—Sana, sana, cabecita de Liam. Si no sanas hoy, sanarás mañana.

Y, antes de alejarse, le dio un pequeño beso en la herida, volviéndose para mirarle después.

—¡Ya está! Ahora verás cómo se cura dentro de nada.

Definitivamente, Liam se sentía volar. Estaba flotando entre un montón de nubes allá por la estratosfera o más lejos aún. Le había dado un beso, ¡Max le había dado un beso! Sí, había sido en la herida y sí, lo había hecho más por pena que por otra cosa, pero ¡le había dado un beso! Si es que, al final, el paseo en el trasto ese sí que iba a servir para algo después de todo.

Bajaron de la noria un par de minutos después y, tras una pregunta de Liam, ambos se dirigieron hacia un puesto de perritos calientes para comprar algo para almorzar. Comieron sentados en uno de los pocos bancos que estaban desocupados, gastándose bromas el uno a otro como ya era normal entre ellos, salvo que en esta ocasión, había un tercero en discordia. Liam estaba seguro de que el Señor Oso le miraba mal cada vez que se acercaba un poquito a su dueño. Vale, primero lo de la noria y ahora lo del oso; ¡al final iba a resultar que se estaba volviendo paranoico!

Después de la comida, ambos decidieron que era buena idea montar en la montaña rusa mientras esperaban que llegara la hora para la actuación en el circo. Así que fueron hacia la atracción en particular, pidiéndole al encargado que se quedara con el Señor Oso mientras duraba la atracción. Tras numerosos altibajos a toda velocidad e incluso un par de looping, Liam ya no sabía si subía o bajaba, aunque al menos debía de dar las gracias por no marearse tan fácilmente.

—¿Vamos al circo ya? Falta muy poco para que empiece la actuación.

—Sí, así pillamos sitio.

Tras recoger al Señor Oso, ambos jóvenes se dirigieron hacia la carpa del circo. Y, una vez allí, enseñaron las entradas y entraron, sentándose lo más cerca que pudieron de la pista.

—¡Palomitas! ¡Refrescos! ¡Perritos calientes! —gritaba uno de los del circo, enseñando su mercancía mientras paseaba por los espectadores.

Poco a poco, el lugar se fue llenando hasta que, al final, cuando ya estaba prácticamente completo, las luces de los focos se apagaron y la suave música que amenizaba la espera se detuvo.

En ese momento, el que parecía ser el director del circo salió al escenario, saludando a todo su público mientras presentaba al que iba a ser el primer artista.

Acróbatas que hacían saltos espectaculares, domadores de leones que metían la cabeza en las fauces de las bestias o los hacían saltar a través de aros de fuego, encantadores de serpientes, hombres gigantescos, ilusionistas y bailarinas en general fueron desfilando por el escenario uno tras otro, recibiendo salvas de aplausos antes de irse.

Max parecía estar entusiasmado. Liam sabía que no era la primera vez que iba a un circo, pero parecía que esta le estaba gustando de verdad. Lo que nunca supuso era que justo por eso se pudiera ofrecer como voluntario cuando el lanzador de cuchillos buscó a alguien entre el público para que saliera con él.

Al ver el gesto, el rostro de Liam se volvió pálido como la nieve. Susurrando como un loco, trató que Max bajara su mano, pero ya era demasiado tarde. El hombre que estaba en el escenario ya se había fijado en él y le estaba pidiendo que bajara.

—Vengo ahora. Tú cuida del Señor Oso —le pidió Max antes de bajar por las gradas.

Maldiciendo por lo bajo, Liam no pudo hacer otra cosa que aplastar el cuerpo del Señor Oso como medio de descargar su furia y frustración. Puede que confiase en la habilidad de ese hombre con sus cuchillos, tenía que ser bastante bueno para que le dejasen actuar y, si no, más le valía que no le pasase nada a Max si quería seguir de una pieza. Lo que a Liam no le gustaba era las tonterías a las que era propicio Max. ¿Es que si no se arriesgaba al menos una vez al día no estaba contento? ¡Casi parecía que lo hacía solo para ponerle de los nervios!

Por fin, tras presentarse ante el resto del público, Max fue hacia la plataforma, siendo guiado por una de las ayudantes del tipo de los cuchillos. Y, nada más atarle las muñecas y los tobillos para que no se moviera, le dejaron allí.

Liam estaba de los nervios. Se hubiera comido las uñas de todos sus dedos si ese gesto no le asquease. Sabía que en cualquier momento algo podría salir mal y Max podría ser herido por uno de esos cuchillos, con lo cual él no tardaría en perder los pocos nervios que le quedaban mientras llamaba a la ambulancia y…

¡Plam!

El primer cuchillo salió disparado por el aire y se hundió en la madera, a unos centímetros de la cabeza de Max.

Liam soltó aire.

¡Plam!

El segundo cuchillo hizo casi la misma trayectoria que el primero, yendo a parar entre las piernas del joven.

Liam volvió a respirar.

Aún quedaban otros ocho cuchillos.

Una a una, las pequeñas armas se fueron hundiendo en la plataforma de madera a distintas alturas, siempre a unos pocos centímetros del cuerpo de Max, al cual, y contra todo pronóstico, podía ver entusiasmado.

Finalmente, cuando todos los cuchillos estuvieron clavados en la madera y Max fue desatado, Liam pudo volver a respirar tranquilo, obligando a sus nervios a tranquilizarse. Por su parte, Max subió por las gradas hasta él, sentándose nuevamente a su lado y abrazando al Señor Oso mientras le contaba lo excitante que era todo eso y lo bien que lo había pasado.

¿Excitante? Liam conocía mil formas distintas de excitación y podía asegurar que ninguna era tan peligrosa como la que acababa de hacer el joven.

Mientras tanto, un mago había reemplazado al tirador de cuchillos en la pista, empezando con unos trucos tan simples como sacar conejos de la chistera o ramos de flores.

Por suerte, poco a poco los trucos fueron subiendo de nivel, volviéndose cada vez más complicados y difíciles de distinguir el truco. Así, la ayudante del mago desapareció un par de veces, mientras que este era capaz de escapar de un tanque de agua aun teniendo las manos esposadas.

La gente aplaudió como loca al terminar el truco, e incluso Liam tuvo que admitir que lo había hecho bastante bien. Y, tras esto, el director volvió a salir a escena, dando por terminada la función y despidiéndose del público con un último truco.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Liam mientras salían de la carpa. Habían estado allí dentro aproximadamente unas dos horas, así que ya eran casi las seis de la tarde—. ¿Te apetece dar una última vuelta por la feria?

Max asintió, aceptando la propuesta del otro ya que aún era pronto como para volver a casa. Además, ninguno quería despedirse del otro, teniendo en cuenta lo bien que se lo estaban pasando juntos.

—¿Sabes? Hoy mi hermano me dijo que iba a cenar con los amigos y que volvería tarde a casa —le dijo el joven al tiempo que se detenían en uno de los puestos y miraban los diferentes accesorios que se vendían allí—. ¿Te apetece cenar en mi casa y ver alguna película luego?

—Vale. Por mi perfecto. ¿Y qué te apetece ver esta vez?

Max sonrió mientras pensaba una respuesta. Al final, respondió:

—La que tú quieras, hoy te toca elegir a ti.

Liam le miró sorprendido. Normalmente tendría que hacerse el enfadado durante un buen rato para que Max le dejase elegir la película, e incluso así, él acababa por escoger la que este prefería, así que el joven ganaba de las dos formas. Pero, esta vez, parecía que el menor quería de verdad ver la que él quisiese, como si se estuviese disculpando por lo mal que le había hecho pasar cuando lo de los cuchillos.

Sonrió, feliz.

—Ya elegiré cuando estemos en tu casa. Vamos.

 

* * * * *

 

Horas más tarde, después de haber recorrido toda la feria una última vez, montar de nuevo en alguna de las atracciones y dar un pequeño paseo por la ciudad, Liam y Max llegaron a casa del segundo, donde cenaron tranquilamente en la cocina, mientras este le decía lo bien que se lo había pasado ese día.

Liam se alegraba de haberlo planeado todo bien. Estaba contento de que Max se hubiera divertido tanto, aunque a veces fuera a su propia costa, como la foto del beso con el Señor Oso y los nervios de cuando salió en el circo. No obstante, lo cierto era que el joven no se arrepentía de haberle llevado a la feria ese día.

Solo había una única cosa que aún no había podido hacer y, por desgracia, esa cosa era casi la más importante de todas, y el tiempo se le estaba agotando rápidamente.

En ese momento estaban sentados en el sofá del salón de la casa de Max. Liam ya había escogido la película que iban a ver y esta ya iba casi por la mitad. Sin embargo, aunque él mismo la había propuesto, era el que menos caso le hacía, ya que incluso el Señor Oso parecía estar más atento a la pantalla de la televisión que él.

A lo que sí estaba atento Liam era a la cabeza de Max, que estaba apoyada en su brazo derecho, mientras él abrazaba al oso. Además, por supuesto, de todos esos pensamientos que le inundaban.

Tenía que decírselo. Tenía que decirle lo mucho que le gustaba. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Además, ¿qué era lo peor que podía pasarle? Una imagen de Max dándole una patada en el culo y sacándole de su casa se cruzó por su mente. Se obligó a alejarla de su cabeza en el mismo instante en el que apareció. No tenía que ser tan negativo.

Tenía que hacerlo. Ya que no había podido hacerlo en la noria, ni en la montaña rusa justo antes de la primera caída, ni en el circo mientras esperaba que empezara; ahora tenía que hacerlo.

A la de tres.

Uno.

Dos.

Dos y cuarto.

Dos y medio.

Dos y tres cuartos.

Tres menos diez.

Tres menos cinco.

Tres menos cuatro.

Tres menos tres.

Tres menos dos.

Tres menos uno.

Y…

¡Tres!

¡Ahora era el momento! ¡Podía hacerlo!

Liam llenó sus pulmones de aire y, sintiéndose más nervioso de lo que había estado nunca, empezó a hablar, rogando por no trabarse con las palabras:

—Max, yo… quería decirte algo —susurró. No se atrevió a girar la cabeza para mirarle, así que su vista seguía fija en la pantalla de la televisión.

Max se movió un poco, o al menos eso fue lo que el chico sintió, y eso le dio fuerzas para continuar.

—Sé que te parecerá extraño. Más aún cuando te conté lo de todos esos chicos con los que he estado, pero… Pero…

No podía. ¡Maldición, no podía decírselo! No le iba a creer. ¡Max creería que se estaba riendo de él a la cara y se enfadaría y le echaría de casa! ¿Y si después de todo eso no le volvía a hablar?

Liam estaba asustado. No creía que pudiera soportar el rechazo de Max y lo cierto era que estaba pensando dejarlo estar. Mejor ser solo amigos antes que no ser nada.

Sin embargo, ¿y si pasaba otra cosa? ¿Y si Max le confesaba que también sentía lo mismo por él? Tenía que creer que esa opción también era válida. Tenía que creer que eso podría ocurrir. ¡Debía esperar que fuera eso lo que ocurriría! Definitivamente, tenía que confesarse.

—Max, yo… Tú me gustas mucho. Sé que puede sonar infantil pero estoy completamente enamorado de ti desde que nos conocimos hace ya seis meses. —Se hizo el silencio. Nada se escuchaba en esa habitación a parte de las voces de los personajes de la película—. Y bueno, yo… Yo quería saber si tú… Bueno… Si deseas que empecemos a salir juntos, ya sabes, como novios —añadió al recordar el hecho de que durante todo ese tiempo habían salido juntos también—. ¿Qué me dices? ¿Te gustaría que fuéramos… novios?

El silencio se mantuvo. A pesar de que quería ver la cara de Max y el gesto que había puesto al escucharle, Liam se sentía incapaz de girar la cabeza hacia su derecha y mirarle. Además, de todos modos, lo mejor era que le dejara un pequeño tiempo para que pensara sobre todo ello, ¿verdad? Pero ¿cuánto tiempo debía darle?

Pasaron cinco segundos, luego diez, veinte, treinta. Estaba a punto de cumplirse un minuto entero y Max todavía no había dicho nada; es más, ni siquiera se había movido. ¿Habría entrado en shock por su culpa? Liam decidió que ya era hora de mirarle.

Entonces, mientras el chico empezó a girar la cabeza, Max se movió un poco, dejando caer al Señor Oso al suelo y moviéndose para abrazarle por la cintura, todo ello sin decir palabra.

Liam se le quedó mirando, esperando que dijera algo. Sin embargo, al igual que antes, el chico no dijo nada. Al final, más intrigado ya por todo lo que estaba pasando que porque quisiera obtener una respuesta, el joven pasó una mano frente a la cara del chico, el cual ni se inmutó con el movimiento, ya que se encontraba profundamente dormido.

Al darse cuenta de ello, Liam suspiró. No sabía si reír o llorar. Para una vez que había podido declararse, ¡resultaba que Max estaba dormido! Definitivamente, ese día la suerte no estaba de su lado.

Aun así, no pudo evitar esbozar una dulce sonrisa al verle apretarse contra él y abrazarle como si fuera un peluche. Y, orgulloso por este hecho, Liam no tardó en sacarle la lengua al Señor Oso, el cual le miraba desde el suelo con envidia. Eso según él por supuesto.

Y, así, tras pasar un brazo por la cintura del chico para atraerle aún más hacia él, y empezar a acariciarle el cabello, Liam se sintió pletórico de alegría. No importaba que Max no hubiese escuchado su confesión, podría volver a decírsela otro día. Lo que ahora importaba era que el chico parecía querer que se quedara a su lado, y eso era todo lo que Liam necesitaba saber en ese instante.

De momento, se conformaba con ser su osito de peluche particular.

Eat me.

Después de la última guerra mundial, la humanidad empezó a sufrir algunos cambios a consecuencia de las armas químicas y la radiación.

Tras los millones de muertos, los que quedamos vivos descubrimos que casi todos hemos mutado. La gran mayoría de estas alteraciones no se notan a simple vista, otras sí. Y, sin embargo, son las primeras las más peligrosas.

Entre estas, hay un grupo mayoritario comúnmente llamado los Zombis en honor a esas criaturas ficticias que salen en los viejos cómics. Quizá sería más acertado llamarles caníbales, aunque la verdad es que tienen diferencias con ambos.

La primera y más significativa es que no han muerto para luego volver a la vida como una criatura ansiosa de carne humana. Tampoco pueden infectar a nadie con un mordisco o un arañazo, y pueden morir como cualquier otro, no solo si les cortas la cabeza o si les pegas un tiro en ella. Tienen sentimientos, hablan y razonan como cualquier otra persona. Lo que les distingue es que comen carne humana.

Aquí sería quizá cuando podríais decirme que entonces son caníbales en vez de zombis. No obstante, aunque he de admitir que tenéis vuestra parte de razón, también he de deciros que estáis muy equivocados.

Un caníbal es una persona que, por una razón u otra, ha comido carne humana. Quizá le gustó, quizá no. Quizá lo hizo por curiosidad o quizá por verdadera necesidad. Yo he comido carne humana en más de una ocasión. ¿Por qué? Sencillo: para asegurarme seguir vivo al día siguiente en este mundo donde la comida no es fácil de conseguir y es más complicado aún mantenerla.

Y es justo a este punto a donde quiero llegar. Porque habré comido carne humana, sí, pero nunca me he considerado un caníbal y menos aún soy como ellos. ¿Qué nos diferencia? Que tanto los caníbales como yo podemos alimentarnos de otras cosas. Ellos no.

Ellos únicamente comen carne humana. Están locos por ella. Son los grandes superdepredadores aquí y, creedme, harían cualquier cosa para conseguirla; primero porque la necesitan y segundo por el poder que les otorga.

He visto a muchos de estos zombis atrapar y comer a cualquier incauto que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Les he visto darse auténticos festines sin importarles ni quién ni qué era su víctima: hombre, mujer, anciano, adulto, niño…

Y puede estar mal decirlo, pero todas esas veces que he presenciado algo así, no he podido más que asombrarme e incluso excitarme por ello. Pensad que estoy loco si así lo queréis, pero yo os aseguro que vosotros sentiríais lo mismo y, como yo, también desearíais ser ese pobre chico al que se follan mientras se lo comen.

Sí, habéis leído bien. Siempre follan cuando comen, o comen al que se follan, si lo preferís así. Siempre me pareció algo curioso y hasta hace realmente poco no he sabido la razón tras ello. ¿Os gustaría saberla? Es bastante simple, en realidad: la carne sabe mejor cuando la víctima no sabe que va a morir que cuando muere estando tensa y asustada. Por eso lo hacen. Y así, su víctima dice adiós a este cruel y degenerado mundo al sumirse en el mayor éxtasis de su vida. Como veis, no es una mala forma de morir. Os aseguro que las hay mucho peores. Quizá por eso nunca huí de él.

¿Quién es él? Esa respuesta es fácil, y quizás algunos de vosotros ya la conocéis después de lo que acabáis de leer. Sí, él es uno de ellos, un zombi, caníbal o como queráis llamarle. Es uno de los más poderosos entre los suyos (lo que se mide por la cantidad de personas comidas por él) y también uno de los más ricos en lo que queda de “sociedad” en el mundo. Y también fue quien me salvó cuando un par de zombis intentaron comerme hace unos años.

¿Por qué lo hizo? Esa respuesta también sería sencilla si ya os hubiera dicho quién soy yo. Como no lo he hecho, me explicaré.

Si durante estos veintitrés años que llevo vivo siempre he tenido que cuidarme de los zombis, e incluso a veces he escapado de ellos por los pelos, no es porque tenga una mutación que los atraiga. Todo lo contrario. En realidad, soy uno de los pocos humanos puros que siguen vivos, libres de cualquier tipo de mutación pero con la mayor maldición de todas: todos quieren cazarnos.

En este momento en el que los humanos puros estamos casi extintos, cualquiera de los ricachones pagaría una verdadera fortuna por la posibilidad de exponer un trofeo así, de tener un esclavo así. Pero los peores son los zombis. Ellos nos huelen. Hay algo en nuestro olor, en mi olor, que les atrae y les dice que soy distinto a cualquier otro. Por eso los cazadores los usan para encontrarnos. Y por eso también cualquier zombi intentará comerme aunque acabe de darse un festín.

Ahora quizá podáis comprender por qué me salvó de ese par de zombis que a punto estuvieron de comerme hace unos años. No fue un acto caritativo y, por supuesto, no dejó que me fuera tras matar a los otros dos.

Desde entonces he vivido con él en su mansión. Y aunque cuando me trajo pensaba que me comería a la hora de la cena, pronto pude ver que eso no pasaría. Me dio de comer, algo que agradecí ya que estaba famélico tras varios días sin probar bocado; me dejó asearme y me dio nuevas ropas con las que reemplazar las prendas viejas y rotas que llevaba puestas. Y, acto seguido, me dejó dormir todo lo que quise en una habitación que pronto consideré mía.

Sí, era un trofeo, un esclavo o un juguete, como queráis llamarme. Lo sabía tan bien como vosotros y por eso traté de escapar.

Lo intenté muchas veces y en todas fracasé. Si no eran sus guardias los que me pillaban, era él. Una vez incluso me rompí la pierna al caer desde el tejado y, aun así, volví a intentar escapar.

Como podéis suponer, esto no le gustó. A nadie le gusta cuando su nueva mascota desobedece e intenta irse. Llegó un punto en el que me encadenó para evitarlo. Y también llegó el punto en el que me enfrenté a él y le dije que si me iba a comer, que lo hiciera ya.

Él se rió. Su cristalina risa inundó la habitación dejándome confundido. “No voy a comerte –me dijo-. Si quisiera comerte, lo habría hecho en el mismo callejón donde te encontré”.

Y le creí. Le creí porque sabía que decía la verdad. Porque nada era más fácil para él que comerse a un crío moribundo y al que nadie echaría de menos en un callejón. Aun así me enfrenté a él. Porque aunque no quisiera comerme hoy, eso no quería decir que no lo haría mañana. Además, en mis planes no estaba ser el trofeo de nadie.

Le dije que quería irme y él me dijo que no podía ser. Le dije que no pensaba ser su trofeo y me reí con sarcasmo cuando él me respondió que no lo era. No le creí, por supuesto. Había aprendido a no fiarme ni de mi propia madre y menos aún pensaba fiarme de él. Sin embargo, encadenado como estaba no podía seguir con mis intentos de huida, así que intenté escapar de otra forma.

Empecé a no comer. Cada día me tumbaba en la cama y dejaba que las jugosas piezas de fruta y la sabrosa comida que el servicio me traía se enfriaran hasta que eran reemplazadas por la siguiente comida. Y podía sentir a mi estómago gruñir por el hambre, pero más férrea era mi voluntad.

Nada me hizo comer. Ni el hambre, ni las súplicas de la chica del servicio y mucho menos las amenazas de él. Estaría hambriento, pero si comer significaba ser su esclavo, prefería morir de hambre.

A las dos semanas apenas tenía fuerzas ya para levantarme de la cama, menos aún para arrastrarme si quería hasta la bandeja llena de comida que seguían trayéndome con la esperanza vana de que ese día sí comería. Estaba débil, más de lo que nunca he estado, y por eso no levanté la mirada cuando él entró en la habitación.

Esa vez no me amenazó para que comiera. No intentó asustarme como había hecho antes, amenazando con comerme. Supongo que no le había gustado mi respuesta de “Adelante, hazlo. Al menos así seré libre” que le di y, por eso, esa vez probó otra táctica. Por eso y porque, estando yo tan esquelético y enfermo, dudo que pudiera considerarme algo más que un entrante poco apetecible.

Esa vez me lo pidió por favor. Me suplicó que comiera algo. Lo que fuera. Y cuando le dije que solo lo haría si dejaba que me fuera, accedió.

No os negaré que su respuesta me sorprendió, incluso llegué a pensar que era solo un truco para que comiera. No me fiaba de él y sus promesas y juramentos me valían tan poco como los de un muerto.

Aun así, llegamos a un acuerdo: yo volvería a comer y él me dejaría ir cuando hubiera recuperado mis fuerzas. Y he de reconocer que solo acepté porque siempre podía volver a dejar de comer otra vez si él no cumplía su parte.

Así, los días pasaron. Para comprobar que cumplía mi palabra, él venía siempre junto a la chica del servicio y se quedaba hasta que yo había terminado.

Eran comidas silenciosas, con un tenso silencio flotando entre ambos. Los primeros días me forzaba en ignorarle, incluso aunque sentía su mirada clavada en mí, pero los demás días me encontraba mirándole yo también con curiosidad. Primero miradas rápidas y luego con más detenimiento. Aun así, nunca cruzamos palabra.

Y por fin, tras poco más de una semana, no solo había recuperado mis fuerzas, también había cogido ese par de kilos que me faltaban. En general, me encontraba mejor de lo que nunca había estado y, por supuesto, con ganas de irme de allí. Porque podría sentirme agradecido por sus cuidados, pero no por eso pensaba quedarme allí y ser su mascota. Eso iba en contra de lo que me define.

Ese último día no le vi. Supongo que no quiso verme marchar. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Por mi parte, me despedí de la chica del servicio y, con ropas más prácticas para la vida que iba a llevar, me fui de esa mansión sin saber que volvería a ella.

Volví, sí. Pude tardar un par de meses, pero el destino me llevó de vuelta a esa casa. ¿Queréis saber cómo? Sencillo: me traicionaron.

En esos meses que estuve fuera, me junté con un grupo para sobrevivir. No había ningún zombi entre ellos, y por eso me fue fácil esconder mi secreto. Les había contado una mentira. Les dije que mi mutación me hacía ser más ágil que el resto. Se lo creyeron. Estoy acostumbrado a mentir para salvar la vida, y también cuenta que los monos sean conocidos justamente por eso.

Sin embargo, mi mentira no duró mucho tiempo. No porque vieran que no era tan ágil como decía ser, sino por un zombi. Un maldito zombi que descubrió mi olor y decidió seguirme.

Esa noche, el zombi asaltó el lugar donde nos escondíamos con ayuda de otros cuatro de los suyos. Y lo único que nos salvó fue el oído superdesarrollado de uno de los nuestros.

Conseguimos matarlos, pero ya me habían descubierto. Ninguno se creyó que nos habían descubierto por casualidad, y que me hubieran llamado “puro” despejó cualquier duda que hubiera.

Intenté escapar. Sabía que, tras saberse mi secreto, yo ya no estaba a salvo. Por desgracia, ellos eran más y no tardaron mucho en atraparme.

¿Qué hicieron luego? Esa es una pregunta sencilla. Puede que algunos pidieran mi cabeza porque, por mi culpa, los zombis habían matado a un par de los suyos. No obstante, el dinero siempre gana cualquier discusión. Más cuando se trata de la promesa de una fortuna.

Me vendieron, por supuesto. Uno conocía a alguien que conocía a alguien que podía ponerse en contacto con los cazadores y estos, a su vez, con los cuervos, los vendedores de esclavos.

No pienso aburriros con los detalles. Solo os diré que al día siguiente los cuervos llegaron y que los zombis a sus órdenes me reconocieron como un puro.

Me llevaron con ellos, por supuesto. La comitiva era bastante numerosa. Supongo que no querían arriesgarse a que nadie intentara arrebatarles su gran trofeo, ese que tanto dinero les iba a hacer ganar.

Me metieron en una celda. La única ventaja era que estaba solo; la gran desventaja, que me encadenaron a la pared para descartar cualquier intento de fuga por mi parte. Y no creáis que no lo intenté. Incluso hice lo mismo que había hecho con él y me negué a comer esa bazofia que llamaban comida.

Por desgracia, ellos no eran él. Y cuando el aumento del dinero va ligado al aspecto físico del esclavo, no te gusta que este pase hambre, menos si es como forma de rebelarse.

Sabía que no iban a matarme. Sin embargo, eso no les impidió golpearme -eso sí, siempre en sitios que la ropa ocultara-, y forzarme a comer.

Me rendí. Sabía que si tenían que darme una paliza para que comiera, no dudarían en hacerlo. Además, me parecía más sencillo escaparme del imbécil que gastara su fortuna en mí.

No sé exactamente cuánto tiempo estuve en esa celda. Fueron varios días, pero no sé el tiempo exacto. La gran subasta, en la que yo sería la gran atracción, se celebró un par de días después de que los cuervos se aseguraran de que todos los magnates se hubieran enterado de la gran noticia.

Ese día me asearon y me obligaron a ponerme unas ropas más acorde a mi estatus como gran atracción. Ropas que, de todos modos, echaban por tierra el efecto al quedarme demasiado amplias.

Seguía encadenado, ahora de manos y pies, y por si eso fuera poco, tenía un numeroso grupo de guardias rodeándome para evitar tanto mi posible huida como el que alguien intentara llegar hasta mí. La tensión y la expectación eran enormes. Todo el mundo sabía que esa iba a ser la gran noche de sus vidas, pues las veces en las que se vendía a un puro eran casi inexistentes.

Por mi parte, he de decir que me porté bien dentro de las posibilidades. No me opuse a que me vistieran y tampoco a que me dirigieran hacia el escenario donde me expondrían. Estaba más ocupado pensando en cómo podría fugarme de mi más que inminente comprador que en lo que pasaba a mi alrededor. Incluso contemplé la idea de morderme la lengua y esperar que la sangre de la herida fuera suficiente como para ahogarme en ella.

Sin embargo, algo sucedió.

Justo cuando llegó mi turno de subir al escenario, justo en el momento en el que había decidido darles una buena sorpresa a todos al suicidarme frente a ellos, un chico se acercó al hombre que estaba frente a mí para susurrarle algo al oído.

Lo único que pude ver fue la sorpresa en sus ojos; un gesto que me intrigó, pues no sabía qué había podido suscitarlo. ¿Habrían atacado el lugar los zombis como habían intentado hacer días atrás? No escuchaba ningún ruido extraño, así que descarté la única opción que tenía.

Por su parte, el organizador me miró y luego, con voz tajante, ordenó que le siguiera. Con la mano de uno de los fortachones en mi hombro para obligarme a caminar, no pude tratar de desobedecer.

Quería preguntar qué pasaba, a dónde me llevaban, pero sabía que no me responderían. Solo me veían como a una mercancía y la mercancía no tiene derecho a saber nada.

Al final, recorrimos un par de lujosos pasillos antes de detenernos frente a una gran puerta de madera. Escuché algunas palabras, algo que creí reconocer como “quinientos”, pero no estaba seguro.

Mi guía llamó a la puerta y solo la abrió tras recibir respuesta, dejándome ver por fin a los dos hombres que estaban en el despacho: un cuervo y mi comprador. Al primero no tardé en reconocerle como al jefe de ese lugar y líder de los cuervos. Por otra parte, me llevé una gran sorpresa al ver quién era el segundo.

Sí, era él.

Él era mi comprador. Sin saber yo porqué, él me había comprado gastándose quizás esa cifra de quinientos millones que acababa de escuchar. Estaba perplejo, tanto que apenas me salían las palabras a pesar de que mis ansias por saber eran enormes.

Fue cuando le vi venir hacia mí con ese semblante tan serio, cuando me volvió el habla. Le hice la pregunta más obvia de todas y recibí una bofetada de parte de uno de los fortachones como respuesta.

El gesto me pilló desprevenido, girándome el rostro por la fuerza del golpe. Aun así, pude ver la ira de su rostro y noté, tan bien como los demás, la furia que destilaron sus palabras: “Educa a tus hombres, cuervo, o pronto te quedarás sin ellos”. Esas fueron las palabras que dijo. Y si a mí me hicieron temblar, os puedo asegurar que el otro palideció por completo.

Por suerte para él, el cuervo intercedió, entregándole las llaves de mis esposas cuando él las pidió. Así, por fin, pude sentir mis muñecas libres tras varios días con el hierro lacerándolas, igual que mis tobillos. Y puede que el cuervo le aconsejara tomar precauciones para evitar una posible huida de mi parte, pero, como él dijo, sabía que no lo haría. No con toda esa gente que quería atraparme estando tan cerca.

De esa manera, ambos salimos de ese lugar en dirección a la mansión que yo tan bien conocía. Y podría deciros que la cancelación de mi venta cabreó a muchos de los que habían venido, tanto para verme como para comprarme. Sin embargo, creo que eso lo suponéis aunque no os lo dijera. Sí, escuché algunos gritos enfadados mientras nos íbamos por una de las puertas secundarias, pero no les di importancia. Estaba más preocupado pensando en lo que me pasaría ahora.

El viaje fue largo y silencioso. Quería preguntarle por qué, pero me quedé callado cuando musitó un “En casa”. Además, debía admitir que le veía cansado y enfermizo. Quizá por eso obedecí.

Una vez en la casa, me guió hacia la que fue mi habitación. Entré tras él, pudiendo ver que el cuarto estaba tan limpio y ordenado como cuando lo vi por primera vez. Casi parecía que supieran que iba a volver a ocuparlo pronto.

Sacudí la cabeza, sabiendo que eso era imposible, y decidí centrarme en él. Porque podía haberme portado bien durante el trayecto, pero ahora quería mis respuestas.

Me volví hacia él, sorprendiéndome al encontrarle justo a mi espalda. Le miré desconcertado y me quedé quieto al verle alzar sus manos hacia mí. No sabía qué pensar y por eso me sorprendió tanto que me sujetara el rostro. Quería revisar el golpe.

Le dejé hacer. El golpe me había dolido, pero el dolor ahora era mínimo, casi inexistente. Aun así, me sorprendió la suavidad de sus dedos en mi piel. No era lo que me esperaba y contrastaba en gran medida con la seriedad de su rostro.

Acto seguido, se centró en mis muñecas. Me alzó las manos y su gesto se enserió al ver las heridas que tenía, producto de las rozaduras que los grilletes me habían hecho. “Intenté fugarme” le confesé, y él sonrió diciendo lo ofendido que se sentiría de no haberlo intentado.

Sabía que era una broma y por eso sonreí. Luego me senté, como él me dijo, con las manos extendidas sobre mis piernas con las palmas hacia arriba. Durante los siguientes minutos se dedicó a curarme y vendarme las muñecas y los tobillos. Cuando acabó, en vez de separarse, me preguntó si me habían herido en cualquier otro sitio y terminé confesando los golpes que me habían dado.

Me ordenó que se los enseñara y yo obedecí. Así, sus dedos volvieron a posarse en mi piel, acariciando el borde de cada moratón con una delicadeza completamente inesperada en alguien como él.

—¿Por qué? —le pregunté en apenas un susurro—. ¿Por qué gastaste quinientos millones en mí? —La pregunta aún rondaba mi cabeza y no encontraba ninguna respuesta lógica que me satisficiera—. ¿Quieres comerme y por eso pagaste por mí?

No tenía sentido y lo sabía, pero ya no sabía qué pensar. Por su parte, él se rió, divertido.

—¿Quién te ha dicho que he pagado quinientos millones por ti? —me preguntó a su vez.

Sus ojos estaban ahora centrados en los míos, mientras que sus dedos seguían contra mi pecho, y yo no sabía si eso era bueno o malo. Decidí responder:

—Oí la cifra a través de la puerta del despacho.

—¿Y qué te pareció? ¿Mucho o poco?

Le miré desconcertado, sin creerme que acabara de hacerme esa pregunta. ¿Qué pretendía con ello? La sonrisa de sus labios me respondió: solo se estaba divirtiendo a mi costa. El jodido cabrón me había comprado y ahora se estaba riendo de mí en mi cara. Me enfadé.

—Me parece poco. Aprecio mi vida y pienso que vale más que todo el dinero que tengas —le solté con desprecio—. Aunque admito que te salí caro. Sobre todo si tenemos en cuenta que pienso irme de aquí hagas lo que hagas.

La carcajada que dio me cabreó aún más, aunque me mordí la lengua en vez de decirle otras cuatro cosas. En vez de eso, le vi reírse hasta que, al cabo de un minuto, habló:

—Es una suerte que no pagara dinero por ti.

Mi enfado se esfumó, transformándose en incomprensión.

—¿Qué? Pero esos quinientos… —empecé a decir.

Negó con la cabeza.

—No di dinero por ti.

—¿Entonces por qué…? ¿Cómo…?

—¿Cómo es que estás aquí, conmigo? —Asentí—. Porque hay una cosa que cualquiera desea más que el dinero.

Su respuesta me confundió. Por suerte, no me hizo falta preguntar para que se explicara.

—¿Para qué sirve amasar una gran fortuna si en unos veinte años como mucho estarás muerto? El dinero no sirve de nada si no puedes vivir para disfrutarlo, y el cuervo lo sabe.

—No lo entiendo —confesé, interrumpiéndole—. ¿Quieres decir que le diste qué, años? Eso es imposible.

Su sonrisa creció.

—Le di quinientos años por ti.

Mi confusión creció. Intenté creerle, de veras que sí, pero no podía. Sus palabras eran imposibles para mí. Puede haber miles de mutaciones, ¿pero alguien que controle el tiempo? Nunca había escuchado algo parecido.

—No me crees, ¿verdad?

Era una pregunta claramente retórica, pues ambos conocíamos la respuesta. Aun así, su sonrisa no desapareció. Le vi levantarse. Hasta ese momento había estado arrodillado ante mí, pero en ese momento se levantó, sacudió un poco sus ropas y se sentó en el sillón que estaba a un par de pasos de la cama, mirándome desde allí.

—¿Qué sabes de nosotros? —me preguntó.

Le miré sin saber muy bien qué pensar. Me esperaba una explicación, no una nueva pregunta que no creía que nos llevara a nada. Le miré en silencio, planteándome si responder o terminar con esa conversación e irme de allí. Porque, pasara lo que pasara, no tenía ninguna intención de pasar la noche en esa casa.

Al final respondí. Mi curiosidad por saber a qué se refería con haber pagado con años fue más fuerte. Le dije lo obvio: que se alimentaban únicamente de carne humana y que eran los únicos que podían descubrir que era un puro, aunque no sabía bien cómo podían saberlo.

Él asintió.

—¿Y qué hacemos al alimentarnos? ¿Lo sabes?

Al instante, a mi mente acudieron las pocas ocasiones en las que había visto a un zombi comer. Me estremecí. No sabía si de asco o de excitación, sobre todo cuando recordé esa vez que estuvieron a punto de comerme a mí también.

Asentí.

—Lo que no sé es por qué lo hacéis —agregué.

Su sonrisa se acentuó, quizá celebrando esa curiosidad mía que me había hecho pedirle explicaciones. Y aunque pensaba que no me diría nada, me equivoqué.

Fue ahí cuando me dijo esa razón que ya os comenté antes. Fue ahí cuando me dijo que era por el sabor. Y también fue ahí cuando me dijo lo que les ocurría cuando comían carne humana.

Según sus propias palabras, no solo se alimentaban de la carne, también robaban los años de vida que le hubieran quedado a su víctima y los sumaban a los que vivirían ellos.

Me quedé perplejo, lo admito. La idea de que cualquiera de esos desgraciados podía robar los años de vida de sus víctimas y vivir así quizá para siempre me revolvió el estómago. Porque eso significaba que si no acabábamos con ellos, ellos acabarían con nosotros con facilidad.

—¿Y los que se alimentan de cadáveres? —pregunté al recordar las ocasiones en que lo había presenciado o me habían hablado de ello—. ¿También les roban años?

Negó con la cabeza.

—No se puede robar años a los muertos —me dijo, y tuve que darle la razón. Su respuesta era lógica.

—¿Cuántos años tienes? —le interrogué curioso.

—¿Cuántos crees que tengo? —me preguntó a su vez, con una nueva sonrisa en su rostro.

Me quedé mirándole en silencio. Aparentaba unos treinta y muchos o cuarenta y pocos. No obstante, tras esa explicación anterior, ya no estaba tan seguro de si debía fiarme de su aspecto físico.

—¿Cuarenta más o menos? —probé dudoso—. Son los que aparentas, pero dudo que los tengas —afirmé.

—¿Por qué?

—Porque si dices que diste quinientos años por mí, o eres muy viejo o mataste a muchos en poco tiempo para no importarte darlos —me expliqué—. Y siendo esa cantidad de años, deberías haber sido el autor de todas las muertes de los últimos años. ¿Me equivoco? —Negó con la cabeza—. ¿Cuántos años tienes?

—Más de los que sin duda te imaginas.

Arqueé una ceja, mirándole desconcertado. Sí, me había confirmado que era viejo, que sin lugar a dudas tenía muchos más años de los que aparentaba, ¿pero qué clase de respuesta era esa? Yo lo que quería era una cifra, no otro acertijo.

La frustración debió de verse en mi cara, porque recuerdo que él esbozó una sonrisa divertida. Por suerte, siguió hablando antes de que yo mismo pudiera decir algo:

—Nací hace muchos años. Demasiados en realidad. Puedo aparentar los años que dices, pero soy viejo, mucho más viejo que todos con los que te has cruzado. Yo no nací con la mutación —añadió, fijando sus ojos en los míos—. Yo la sufrí.

Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar esa última afirmación. La idea que planteaba era tan descabellada que apenas pude creerla.

Lancé una carcajada. Recuerdo que me reí a mandíbula batiente durante al menos un minuto. Un minuto en el que él solo se mantuvo en silencio, mirándome sin ofenderse por mis risas.

—¿Pretendes hacerme creer que naciste antes de la Gran Guerra? ¿Te crees que soy imbécil? —inquirí, enfrentándome a él y a sus palabras—. Eso fue hace…

—Tenía veintisiete años cuando la guerra empezó, cuando las bombas cayeron y el mundo se convirtió en lo que es hoy en día. Tenía veintisiete años cuando la gente empezó a morir por la radiación y las mutaciones surgieron. Sufrí como todos los demás, y aun a día de hoy no estoy seguro de cómo conseguí sobrevivir. Solo sé que me negaba a morir.

Me quedé sin palabras. Su tono de voz, sus palabras, la forma que tenía de mirarme, todo ello me dejaba claro que me decía la verdad.

—No me estás mintiendo —susurré aún sin poder creérmelo.

—No, no te estoy mintiendo.

Solté el aire que había estado conteniendo sin saberlo. Me sentía mareado. Por supuesto, había oído hablar de los ancianos, ese grupo que solo estaba formado por las diez personas más viejas de todo el mundo. Pero él… él… Si lo pensaba bien, ni ellos podían compararse a él en cuestión de edad. No si lo que decía era cierto. No si había nacido antes de la guerra. Y yo no dudaba de su palabra.

Ahora entendía cómo había podido dar quinientos años por mí. Esa cantidad, tan exageradamente grande para el resto, para él no significaba nada. Y, sin embargo, aún no entendía porqué lo había hecho.

—¿Por qué? —le pregunté finalmente—. ¿Por qué pagaste por mí? ¿Por qué me salvaste ese día?

—Porque me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo.

Alcé la vista hacia él, sorprendido y curioso a partes iguales. Sabía que no había sido solo por ser un puro. De haber sido así, ya me habría comido, y aún seguía vivo. Pese a todo, no me esperaba esa respuesta.

—¿A quién te recuerdo?

Su expresión se endureció, y por un segundo creí que me había pasado con mis preguntas. Pensé en decirle que no importaba, que no hacía falta que respondiera si no quería, pero mi curiosidad era más fuerte. No tanto por saber quién era esa otra persona, sino por saber qué había visto en mí para decidir ayudarme.

—A mi mejor amigo —contestó cuando ya creí que no lo haría—. Como a ti, a él también le conocí el día que le salvé de unos chicos que pretendían darle una paliza una noche en un callejón. Le ayudé, como a ti, y a partir de ahí nos hicimos amigos.

—¿Murió? —Asintió—. ¿Cómo?

—La guerra.

Asentí en silencio, no siéndome necesario preguntar más. Las opciones eran esas: o había muerto en la guerra o luego por la radiación. Al parecer, había sufrido la muerte más rápida.

—No os parecéis físicamente ni tenéis la misma personalidad, pero la situación se me hizo tan parecida que no pude evitar actuar.

—¿Y en la subasta? ¿Por qué me compraste? Dudo que él pasara por algo así.

Esbozó una sonrisa y negó con la cabeza. Parecía divertido ahora, y casi preferí eso que verle serio o enfadado.

—Quizá quería evitarte pensar todos esos planes para escapar del que te comprara —comentó, tras encogerse de hombros.

Sonreí ligeramente. Su comentario me había hecho gracia, pero también me había recordado que, aun con todo lo que acababa de descubrir sobre él y que no había hecho ningún amago de encadenarme, él seguía siendo mi comprador y yo su esclavo.

Miré mis manos y, más concretamente, mis muñecas. Vi las vendas que ocultaban las heridas y me estremecí por el recuerdo del tacto del metal contra mi piel. No iba a dejar que eso volviera a pasar. No iba a permitir que nadie me encadenara jamás. Ni siquiera él.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

El cambio de tema pareció sorprenderle aunque no le pilló del todo desprevenido. Seguro había supuesto que tocaría el tema tarde o temprano, y visto que ya había tenido las respuestas a las preguntas planteadas, era hora de saber qué pasaría conmigo.

—Nada. Puedes quedarte o puedes irte. La elección es tuya.

La sorpresa me inundó. Le miré para intentar saber si estaba bromeando o me mentía solo para reírse de mi reacción, y pude ver que seguía tan serio como cuando me había revelado lo viejo que era.

—Me compraste.

—Sí, pero no lo hice porque necesite o quiera un esclavo. Lo hice porque quise. Porque quiero pensar que no te habrían descubierto de haberte dejado ir el mismo día que te ayudé.

Se levantó del asiento. Sabía que estaba poniendo punto y final a la conversación, y yo me sentía demasiado sorprendido aún como para decir nada.

—Puedes irte o puedes quedarte —agregó—. O puedes irte y volver, o puedes quedarte e irte en unos días, semanas, meses o cuando quieras. La elección es tuya —repitió—. Si estás aquí es como mi invitado, no como alguien que compré en una subasta de esclavos, y te aseguro que serás tratado como tal. Tú decides. Piénsalo y luego dímelo.

Asentí en silencio, aún sin poder creerme esas palabras. Me sentía incapaz de decir nada y, por eso, solo me quedé ahí sentado, viéndole salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.

Al final me quedé. Al principio me dije que solo sería por unos días, que esperaría a que todo lo relativo a la subasta de un puro se hubiera olvidado y luego me iría. Me decía a mí mismo que aprovecharía esos días para recuperar fuerzas, curar las heridas de mis muñecas y ganar algo del peso perdido por el hambre pasado.

Los días fueron convirtiéndose en semanas. Y aunque no quería, aunque intentaba oponerme a ello, cada vez me sentía más cómodo entre esas paredes. Porque allí era fácil olvidarse de los problemas y los peligros del mundo real. Porque allí no tenía que preocuparme por encontrar comida o buscar un lugar donde cobijarme. Porque allí no tenía que mentirle a nadie sobre lo que era para poder pasar desapercibido y que no me traicionaran.

Aun así, reconozco que las primeras semanas intentaba no cruzarme con él o con los pocos miembros que componían el servicio. De él aún no sabía muy bien qué pensar tras lo que me había revelado. Además, tenía miedo de que cambiara de repente de idea y mandara encadenarme para evitar que me fuera.

Por otra parte, no me fiaba mucho del servicio. No sabía cómo reaccionarían al tener que servirme a mí también cuando se suponía que debería ser un esclavo, y por eso no quería tener demasiado trato con ellos.

Pasaba los días en el cuarto que me habían dado o en el tejado. Eran los pocos lugares en los que no me molestaban y podía estar solo, y eso era lo que quería.

Aunque esto no duró demasiado tiempo. La chica que siempre me traía las comidas no se cansaba de darme conversación y al final me dejé atrapar y empezamos a hablar. Luego conocí al cocinero, e incluso a un par de los guardias que en tantas ocasiones habían arruinado mis intentos de fuga.

Empecé a pasar tiempo con ellos. Empecé a conocerles mejor. Les preguntaba sobre ellos, sobre cómo habían acabado en esa casa e incluso les interrogué sobre lo que pensaban de él. Y aunque sus historias fueran diferentes, todos coincidían en que sentían agradecimiento hacia él por darles un sitio donde poder vivir.

A mí también me interrogaron, por supuesto, aunque hubo un par de temas que nunca tocaron: que soy puro y el de la subasta. No estaba seguro de si era porque no lo sabían, no querían hacerme sentir mal o porque él había prohibido hablar de ello, pero se lo agradecí. No quería hablar de ello.

A partir de ese momento, en vez de pasar el tiempo encerrado en el cuarto o mirando hacia el exterior sentado en el tejado, lo que empecé a hacer fue merodear por la casa. Los del servicio me habían indicado las puertas que nunca debería atravesar y que correspondían al despacho y las habitaciones privadas de él, pero me aseguraron que era libre de investigar el resto de la casa.

Fue así como encontré la biblioteca. Cientos de libros se amontonaban en docenas de estanterías bien dispersadas por la sala formando pasillos estrechos. Curioseé un poco e incluso me atreví a sacar algún libro para ojearlo.

Fue en ese momento cuando volví a encontrarme frente a frente con él.

Reconozco que me asustó. Ni siquiera le había oído acercarse y ahora le tenía a apenas un metro de distancia, mirándome con curiosidad. Todavía con el libro en la mano, me mantuve en silencio. No sabía muy bien qué hacer ni qué decir, aunque eso no supuso un problema para él.

Me preguntó si me gustaba el lugar y yo le dije que era impresionante. Me dijo que si quería leer el libro podía llevármelo a mi cuarto y yo le confesé, con algo de vergüenza, que no sabía leer.

Me miró sorprendido, aunque pronto ocultó ese sentimiento. Quizá llegó a la conclusión de que, teniendo una vida como la que yo he tenido, saber leer no era algo tan esencial.

—Puedo enseñarte —me dijo—. Nunca es tarde para aprender.

Le miré dubitativo. Por un lado, la idea de aprender a leer me gustaba, sobre todo porque siempre había sentido una fascinación por los libros, estando entre mis posesiones más valiosas un libro para niños medio roto que había encontrado de pequeño. Por otro lado, la idea de pasar tiempo con él me asustaba porque aún no tenía claro lo que pensaba sobre él.

Terminé aceptando. La curiosidad era más fuerte y siempre ha sido mi gran perdición. Además, decidí que eso podría ayudarme a saber qué pensar sobre él.

Las clases de lectoescritura empezaron al día siguiente tras el desayuno. Me reuní con él en una de las habitaciones de la casa y, allí, empezó a explicarme las nociones más básicas.

¿Fue difícil? Tenía diecinueve años y ningún conocimiento sobre ello. Me frustraban mis lentos avances, aunque él aprendió pronto a calmar mis prisas y reírse de los improperios que soltaba cuando algo no me salía.

Al igual que la primera vez que había estado en la casa, poco a poco la tensión entre nosotros fue desapareciendo. Y si al principio solo hablábamos de letras, sílabas y fonética, pronto empezamos a hablar de otras cosas.

Pasó el tiempo. Las clases de lectoescritura dieron paso a unas de matemáticas y otros tipos de conocimientos. Mi curiosidad era enorme y estaba ávido de aprender. A él parecía gustarle mi entrega, pues no se negaba a enseñarme cualquier cosa que él supiera, o explicarme algo que no comprendiera del libro que estuviera leyendo.

De igual forma, tal y como hablábamos de algún tema que me estuviera enseñando, también empezamos a conocernos mejor. Él me preguntaba cosas sobre cómo había sido mi vida antes de esa noche, y yo le preguntaba, sobre todo, por cómo había sido la vida antes de la guerra.

Nos pasábamos horas hablando. Había noches en las que apenas dormíamos, y todo porque él me contaba cosas sobre cómo era el mundo antes o hablábamos sobre el último libro que había leído.

Reíamos, bromeábamos y discutíamos las veces en que nuestras opiniones sobre un tema cualquiera eran contrarias.

Y sí, quizá fue ahí cuando empecé a sentir algo por él. No lo sé. No estoy seguro. Lo único que sé es que, cuando lo descubrí, me asusté.

No sabía cómo había ocurrido ni porqué había empezado a sentir algo hacia él, pero me asustaba. Primero, porque nunca había sentido algo así por alguien; y segundo, porque por muy educado que fuera y por muy bien que me tratara, él seguía siendo un zombi y yo un puro.

Casi me daban ganas de reír por lo irreal que me parecía la situación. Apenas podía creerme que sintiera algo, nada más y nada menos, que por un zombi de los que yo siempre había intentando mantenerme alejado por mi propia seguridad.

Intenté negármelo, pero unas pocas palabras con él y mi “No puede ser” se transformó en un “Sí lo es”. Traté de mostrarme algo cortante y borde con él; sin embargo, tampoco funcionó. No podía tratarle así. Y las pocas veces que lo conseguía, dejaba de hacerlo cuando él me preguntaba preocupado si me pasaba algo.

Al final, tras unos cuantos días sin saber qué hacer, me decidí. Me iría de allí.

Sabía que era una decisión precipitada. No obstante, tras haberlo probado todo y no conseguir nada, sabía que lo mejor que podía hacer era irme de esa casa. Pensaba, para tratar de convencerme, que ya era hora de irme, que había pasado allí mucho más tiempo del que me había prometido.

No quería irme. Por primera vez en toda mi vida había encontrado un sitio en el que realmente me gustaba estar y era feliz, pero me convencí de que era lo mejor. Y por eso se lo dije esa misma tarde.

Mis palabras le sorprendieron y casi pareció que le dolieron. Sus ojos se abrieron y su sonrisa se congeló para pasar a mostrar una gran seriedad. Una máscara tras la que ocultó sus verdaderos sentimientos.

—¿Puedo preguntarte por qué? —me preguntó con voz calmada, como si estuviera explicándome alguna lección en vez de interrogándome sobre el motivo de mi inminente marcha.

—Creo que es lo mejor —respondí—. Aprecio cada momento que he pasado aquí y todo lo que has hecho por mí, pero creo que es mejor que me vaya ya. He abusado demasiado de tu hospitalidad y ambos sabemos que cuanto más me quede, más tardaré en volver a acostumbrarme a volver fuera.

Sí, podía haber omitido la razón principal por la que quería irme, aun así tampoco había dicho ninguna mentira. Quería quedarme, pero una parte de mí no estaba segura de querer quedarse en esa casa para siempre. Sabía que yo no pertenecía a ese mundo que él me había ofrecido, y por eso lo mejor era irme ya.

—Sabes que no hace falta que vuelvas allí si no quieres. Puedes quedarte aquí tanto tiempo como quieras y nunca te faltará de nada.

—¿Por qué? —le interrogué, tan desconcertado como curioso—. Puedo entender que antes quisieras que me quedara, pero ha pasado casi un año desde aquello, ¿por qué sigues queriendo que me quede?

Para mi gran sorpresa, mis preguntas le hicieron apartar la mirada. Le miré sin saber qué pensar. Le vi suspirar y esperé en silencio a que decidiera hablar. Quería mi respuesta.

—Porque me gusta tenerte aquí —declaró—. Me haces sentir cosas que creía ya olvidadas.

—¿Cosas? —repetí, desconcertado—. ¿Qué cosas?

Él me sonrió. Incluso aprovechó que estaba a un paso de distancia y alzó su mano para acariciarme la mejilla. Me quedé estático. Quitando la vez que me había curado las heridas, nunca me había tocado. Es más, siempre había mantenido la distancia entre nosotros. No sé si porque no quería asustarme o porque creía que podía perder el control. Y ahora me había tocado.

Sus dedos acariciaron mi mejilla con esa suavidad que tan bien recordaba. Y si eso me sorprendió, lo que luego me susurró al oído me dejó sin palabras:

—Amor, sobre todo. Me gustas. Mucho me temo que en este tiempo que has pasado aquí, he terminado enamorándome de ti.

El aire abandonó mis pulmones. La vista se me nubló y las piernas amenazaron con dejar de sostenerme. Me había costado convencerme de que sentía algo por él y que debía irme, pero jamás se me había ocurrido que el sentimiento pudiera ser correspondido.

Parpadeé un par de veces. Sabía que él esperaba una contestación por mi parte; sin embargo era incapaz de decir palabra. ¿Cómo si apenas podía creerme lo que acababa de escuchar?

Por su parte, él me miró preocupado. Incluso me obligó a sentarme al ver que estaba temblando. Supongo que pensó que reaccioné así por miedo, pues se disculpó por lo que había dicho y me aseguró que me dejaría marchar si era lo que deseaba. Luego trató de alejarse de mí. Le detuve.

Le agarré del brazo antes de que pudiera dar un solo paso. Él se giró sorprendido, pero no se apartó. Solo me miraba, esperando que por fin hablara; algo que hice:

—¿Es verdad eso? —le pregunté—. ¿De verdad sientes eso por mí? —Asintió—. ¿Desde cuándo?

—No lo sé. Llamaste mi atención ya desde el primer día. Y fui a esa subasta tanto porque sentía que te lo debía como porque no soportaba la idea de que cualquier otro te tuviera. Les habría matado a todos sin dudar, pero no hizo falta. El cuervo supo que le convenía más pactar conmigo que aceptar el dinero de cualquier otro. Y este último año, con todas esas clases y nuestras conversaciones, cada vez tenía más claro que sentía algo por ti.

Le miré a los ojos. Sabía que no me mentía, pero necesitaba de una última confirmación para poder creerle, para encontrar las fuerzas necesarias para hablar.

—Yo también —confesé—. Por eso te dije de irme, porque siento algo por ti y tengo miedo de que esto sea una locura por lo que somos. Porque nunca imaginé que tú…

—¿Que yo pudiera corresponderte? —terminó por mí. Asentí—. Yo pensé lo mismo.

Me sonrió y yo imité su gesto. Se arrodilló ante mí y yo nada pude hacer, salvo dejar que sus manos se posaran en mis mejillas y ver cómo se inclinaba poco a poco hacia mí.

Incluso cuando sus labios rozaron los míos, apenas pude creer que me estaba besando. Le correspondí, sí, pero creyendo que eso era un sueño, que estaba soñando, porque era imposible que algo así pasase en la realidad.

—No te vayas —me pidió al poner fin al beso—. Quédate conmigo.

Asentí. El beso me había dejado sin fuerzas para hablar, así que mi cabeza lo hizo por mí. Él sonrió y yo lo emulé. No sabía si estaba haciendo bien. Lo único que sabía era que estaba cometiendo la mayor locura de mi vida. Aun así no quería irme. Deseaba estar con él.

Los siguientes meses pasaron con rapidez y sin demasiados cambios. Como antes, pasábamos la mayor parte del día juntos y, como antes también, él mantenía la distancia entre ambos. No me sorprendía. Entendía que tuviera miedo de perder el control; era algo que también me asustaba.

Aun así, aunque al principio sus sonrisas y su más que patente preocupación por mi bienestar fueron suficiente, al final quedó patente que necesitaba más. Una caricia, un beso, un simple abrazo y, si nos íbamos más allá, incluso sexo.

Lo que ahora tenía era una nueva pregunta: ¿cómo te acercas física y sexualmente a un tío cuya bestia interior relaciona el sexo con la comida? No lo sabía, pero tampoco pensaba tardar mucho en averiguarlo.

No era virgen por esa época. En un mundo como este, el sexo es más una moneda de cambio que una expresión de amor. Es un trato simple: tú entregas tu cuerpo y a cambio obtienes protección y comida. Aunque, por supuesto, también tiene sus peligros. Eso lo aprendí rápido. ¿Cuándo? Cuando mi propia madre intentó matarme.

No la culpo, ¿sabéis? Hizo lo que cualquiera hubiera hecho de encontrar a “su hombre” con otro. No era por amor, es supervivencia. ¿Hijos? Siempre puedes tener más, pero tú sigues teniendo una sola vida.

Ahora lo veo así, pero por aquel entonces no lo veía igual. Solo tenía nueve años.

Maté a mi madre la misma noche que ella intentó matarme a mí. Y luego escapé del que había sido mi hogar sabiendo que, si los demás descubrían lo que había hecho, me matarían a mí también.

Huí, como ya he dicho. Sobreviví como pude durante los primeros días y cuando me uní a otro grupo, no dudé en hacer lo mismo que mi madre había hecho: sexo por protección.

Daba igual que fuera un niño o que fuera un hombre. El sexo es sexo, y más en casos así. No sé cómo sería antes, pero os aseguro que aquí nadie se niega a uno del mismo sexo cuando sabes que puede ser el último polvo de tu vida.

Resumiéndolo todo un poco, así pasé mis siguientes años. De tío en tío (y un par de veces alguna mujer), buscando a otro cuando el de ahora se aburría de mí o yo me iba del grupo. Más o menos fue así hasta que crecí y pude valerme por mí mismo. Y aun así, alguna vez volví a caer en el viejo trato.

Así que, como veis, tenía experiencia de sobra en este tema. Sin embargo, no estaba seguro de cómo acercarme a él.

No solo sabía que tendría que ir despacio, también sabía que iba a tener que luchar contra su reticencia a cada paso que quisiera avanzar.

No me rendí. Estaba decidido a conseguirlo.

Empecé por lo más sencillo: las caricias. Me conformaba con romper esa distancia que él imponía sobre ambos y hacer que nuestras manos se rozaran. Él me miraba desconcertado y yo sonreía ligeramente.

Iba despacio. Hacía lo que jamás había hecho solo porque sabía que se alejaría si era más directo con él. Trataba de ser paciente. Sabía que podía decirle un “Quiero hacerlo”, como también sabía que con eso solo conseguiría una negativa y que todos mis avances se esfumaran.

Por eso me conformaba con el lento avance que me había propuesto y disfrutaba de cada roce y, sobre todo, de cada mirada que me lanzaba. Miradas que al principio mostraban su desconcierto y que, poco a poco, me dejaron ver que empezaba a averiguar lo que tramaba.

No era idiota y, por supuesto, no quería ni pretendía engañarle u ocultarle lo que quería. Podía no estar seguro de lo que me diría, pero estaba dispuesto a convencerle.

Sin embargo, no fue una negación a lo que tuve que enfrentarme. No fue un “No deberíamos” lo que me dijo, sino un “¿Estás seguro?”. Y yo asentí, por supuesto. Le dije que eso era lo que quería, que estaba bien saber que correspondía mis sentimientos, pero que necesitaba algo más. Ambos lo necesitábamos.

Él me miró serio, pensativo. Y esa vez fui yo el que se arriesgó y acarició la piel de su mejilla para luego unir nuestros labios en un suave roce.

—Quiero poder besarte cada vez que lo desee —susurré sobre sus labios, con mi mirada fija en la suya—. Poder abrazarte o que me acaricies. No soporto tenerte tan lejos cuando estás tan cerca.

—¿Y si pierdo el control? —me preguntó con la duda en su voz—. Lo último que deseo es hacerte daño.

Era su gran miedo y ambos lo sabíamos, porque también era el mío. Sin embargo, yo confiaba en él y sabía que podíamos lograrlo. Solo tenía que conseguir que confiara en sí mismo.

—No lo harás —respondí—. Iremos despacio, tan despacio como necesites. Sé que esto no será cosa de dos días, que tendremos que ir paso a paso, pero estoy dispuesto a intentarlo. No me importa esperar a que te sientas seguro porque sé que lo conseguirás y que no me harás ningún daño.

Me miró en silencio, pensando en mi propuesta, evaluándola. Y yo esperé con una sonrisa en mi rostro, tratando de conseguir esa aceptación que me permitiría seguir con mi plan.

—¿Lento y seguro?

—Lento y seguro —prometí.

“Lento y seguro”. Fueron esas dos palabras las que marcaron nuestras acciones los días siguientes. “Lento y seguro”.

Solía ser yo quien llevaba la voz cantante, aunque a veces era él quien hacía el primer movimiento. Al principio con algo de recelo, como si creyese que me asustaría con su caricia, y, poco a poco, cada vez con más confianza.

Los besos costaron más. Casi parecía creer que me mordería a la primera oportunidad. Y una parte de mí quizá lo temía y por eso me adecué a su ritmo. Podía morirme por probar de nuevo esos labios, pero no quería que fuera de forma literal. Le dejé hacer.

La primera vez que me besó tras esa conversación, fue durante un almuerzo. Mi almuerzo. Él comía solo, aunque siempre me acompañaba. Decía que le gustaba verme comer. Que, aunque él ya no podía disfrutar de todos esos manjares, le gustaba verme a mí deleitándome con ellos.

Recuerdo que el postre era fruta. Un par de manzanas sacadas del invernadero que había construido tras la casa. Estaba escuchándole hablar sobre cómo era todo antes de la Gran Guerra, cuando de repente se detuvo en mitad de una frase.

Y yo le miré, extrañado. Pensé en llamarle, preguntarle si le pasaba algo, pero mis palabras murieron en mi garganta antes de poder ser pronunciadas.

Me besó. Se inclinó hacia mí y besó mis labios antes de que me diera tiempo a darme cuenta de que eso estaba pasando. Sentí su lengua lamer el jugo de la fruta de mi mentón, y yo gemí por lo bajo. Quería más.

—Lo siento —me dijo al separarse—. No pude resistirme.

Sus dedos acariciaron mi rostro y yo sonreí, disfrutando del gesto tanto como había disfrutado del beso. Me encantaba que tomara la iniciativa.

Los días pasaron. Y cuando las caricias parecían estar a la orden del día y parecía haber perdido el miedo a besarme, intenté algo más.

No estaba demasiado seguro de lo que pasaría, pero pensaba arriesgarme. Quería algo más. Quería llegar al siguiente nivel.

Le pedí que durmiera conmigo. “Solo dormir”, le prometí. Y aunque él me miró desconfiado, aceptó.

Fue la primera noche que pasamos en la misma cama. Y aunque no tenía pensado llegar lejos, tampoco desaproveché la oportunidad.

Me desvestí ante él. El pudor era algo que, tras todas las cosas que había hecho, no existía ya para mí. Aun así, no pude evitar sonrojarme al ver cómo me miraba. Porque no era la típica mirada que puedes dirigirle a un simple polvo de una noche. Literalmente sus ojos me decían lo mucho que deseaba comerme.

—No creo que esto sea una buena idea —susurró.

Sabía que tenía intención de irse, así que le detuve.

—Solo dormir —repetí—. Lo prometo.

Sin estar del todo seguro, asintió. Incluso dejó que le besara. Un pequeño gesto con el que intenté tranquilizarle a la vez que le transmitía mi alegría.

Nos acostamos, ambos en pijama. Él se quedó en uno de los extremos de la enorme cama que ocupaba parte de la que era su habitación, aunque no duró mucho así. Sabía que haría algo así, todo para interponer una distancia de seguridad entre nosotros. Por eso actué.

Salvé esos centímetros que nos separaban y me junté a él todo lo que pude. “Abrázame –le pedí-. Quiero dormir entre tus brazos”. Eso era lo que quería. No quería sexo como él podría haber pensado, solo que me abrazara. Sentirme seguro entre esos brazos que me protegían de todo mal.

Y lo hizo. Me abrazó. Podía sentirse inseguro al respecto, pero me rodeó con sus brazos.

Me acurruqué junto a él, feliz y relajado como hacía tiempo que no estaba. Sonreí contra su pecho y le hablé, todo en un intento de conseguir que la tensión de su cuerpo desapareciera.

“Gracias”, “Esto era lo que quería” y “No me harás daño”. Las palabras salían de mis labios en un susurro tranquilo que dejaba claro lo a gusto que me sentía entre sus brazos. A su vez, también cumplieron su función y pronto pude sentir que se relajaba.

Se acomodó en la cama y yo con él. Tenía la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón y estos eran más efectivos para mí que la mejor de las nanas.

Medio dormido ya, sentí su mano acariciando mi brazo. Incluso le sentí pegar su nariz a mi pelo e inhalar profundamente mi olor. No me asusté. Al contrario. Me quedé dormido con una sonrisa en mis labios.

Cuando desperté, hacía tiempo que había amanecido. Y aunque sabía que él acostumbraba a levantarse temprano, incluso antes que yo, ese día aún seguía en la cama a mi lado.

Me dio los buenos días, y yo alcé la cabeza para mirarle somnoliento. Sus brazos aún me rodeaban, aunque pronto una de sus manos tocó mi rostro, alzándomelo un poco más para poder besarme.

Y podía estar aún más dormido que despierto, o quizá fue por eso mismo, pero no dudé en alargar el beso e incluso profundizarlo. Me estaba dejando llevar por lo que sentía y deseaba y, por eso, no dudé en ponerme sobre él y juntar nuestras caderas.

Un gemido quedo salió de sus labios al igual que de los míos. Trató de romper el beso, pero no se lo permití. Porque me había vuelto adicto y, tras tanto tiempo, necesitaba mi dosis.

Estaba excitado. Podía sentir su erección pulsando junto a la mía. Pero cuando posé mis manos en su cintura, me detuvo.

—No —dijo.

Esa sola palabra y el tono con el que había sido pronunciada, hicieron que el sueño me abandonara del todo por fin. Sorprendido, me fijé en dónde estaba sentado y también en sus manos que sujetaban las mías. Me disculpé.

Negó con la cabeza. Intenté explicarme. Traté de decirle que no era eso lo que quería, que solo lo había hecho porque estaba medio dormido, pero él me acalló al posar un dedo sobre mis labios.

Me callé. Lo único que hice fue mirarle. Y ni siquiera dije nada cuando me alzó para posarme a su lado y, acto seguido, se levantó y salió de la habitación. Sabía que había metido la pata hasta el fondo.

Ese día no le vi. Suponía que no quería verme, así que no le busqué. Me quedé en mi propio cuarto pensando en lo sucedido y maldiciéndome porque, con mi acto, lo había jodido todo.

Fue la noche del día siguiente cuando le volví a ver. Ese día lo pasé de nuevo a solas, comiendo poco y maldiciendo mucho mi estupidez. Sin embargo, eso cambió cuando fue él quien me trajo la cena.

Cuando le vi, no pude evitar levantarme de la cama de un salto. Estaba nervioso y sorprendido. No le esperaba y eso se reflejó en mis actos.

Fue él quien habló primero. Un “¿Puedo? Te traje la cena” acompañado de un “Me dijeron que apenas comiste estos últimos días” que sonó a regañina.

Me sonrojé. Bajé la mirada y, en un susurro, respondí:

—Lo siento.

Me estaba disculpando por no comer y también por lo sucedido el día anterior. Y él lo sabía.

—Yo también. No debí haberme ido así. Perdóname.

Negué con la cabeza. Su marcha podía haberme dolido, pero eso no era lo importante. Además, la culpa había sido solo mía.

—Tenía miedo de hacerte daño.

Sus palabras sonaron más cerca. Y con razón. Tras posar la bandeja, se había acercado a mí hasta que solo un paso nos distanciaba.

Le miré. Posé mi mirada en su rostro y asentí para que viera que lo entendía. No le culpaba.

—No puedo darte eso. No aún —me dijo.

—Lo sé.

Realmente lo sabía. Además, como había tratado de decirle, no era eso lo que había buscado al decirle que quería dormir con él. Podía querer que eso pasara, pero también sabía que él no estaba preparado. Tenía demasiado miedo de dejarse llevar y acabar haciéndome daño.

Por su parte, él sonrió dando por finalizado ese tema de conversación.

—Ahora come. Debes estar hambriento.

Me agarró de la mano y yo me dejé llevar. Me hizo sentarme y colocó la bandeja frente a mí.

Cenamos en silencio. Salvo que esta vez fue él quien me dio de comer. Por mi parte, apenas le miraba. Y él lo notó, por supuesto, pues me preguntó varias veces qué me pasaba.

No contesté. Quería hablar sobre lo que había pasado, pero temía decírselo. ¿Y si volvía a desaparecer otro par de días? No quería eso.

La cena terminó y él todavía no me había sacado una respuesta. Le oí suspirar, seguramente decidiendo dejar así las cosas. Se levantó y, cuando se dispuso a irse, me atreví a hablar:

—Me gustó dormir contigo.

Había bajado la mirada, así que no pude ver su sonrisa. Lo que sí oí fue cómo se volvió hacia mí antes de contestarme.

—A mí también.

Alcé la cabeza y sonreí. Me sentía más confiado ahora que veía que no se arrepentía de haber accedido. Sin embargo, antes de que pudiera continuar y con eso decirle mi mayor deseo, él habló:

—Estaría bien repetirlo, ¿no crees?

Asentí ilusionado. No sabía si realmente pensaba eso, pero acababa de pronunciar las mismas palabras que yo estaba pensado.

—¿Qué te parece hoy? —me interrogó.

—Me encantaría.

Él asintió.

—Déjame llevar esto antes.

En silencio, y con una sonrisa boba en el rostro, le vi coger la bandeja y salir de la habitación con ella.

Me sentía pletórico. Esa misma mañana pensaba que lo había jodido todo y que no querría volver a saber de mí, y esa noche iba a volver a dormir con él. No podía creerlo.

Así fue. Nos acostamos juntos. Además, esa vez no intentó poner distancia entre nosotros, sino que abrió sus brazos, invitándome a pegarme a él.

Lo hice, por supuesto. También dejé que me abrazara como la vez anterior. Y también, como esa vez, él volvió a inhalar mi olor. Me reí.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Me encanta.

—¿A qué huelo? —seguí preguntando.

Sentía curiosidad. Sabía que había algo en mi olor que me identificaba como un puro, pero no sabía qué era o por qué ellos sí podían olerlo cuando los demás no.

—A la brisa otoñal del pueblo donde nací. —Le escuché decir—. A hierba recién cortada. Incluso a la comida casera de mi madre.

—¿A tantas cosas? —inquirí, sorprendido, a la vez que alzaba la cabeza para mirarle.

Él asintió.

—Tu olor me hace recordar cosas que creía ya olvidadas.

—¿Por eso sabes que soy un puro? —le interrogué.

—Supongo que sí. Eso y el hambre —agregó—. Esas ansias irrefrenables a las que tengo que hacer frente para no tocarte.

—Lo siento —me disculpé, escondiendo la cara contra su costado.

Sabía que no era mi culpa haber nacido así, pero sí lo era que él sintiera eso cada vez que estaba cerca.

Negó con la cabeza.

—No lo sientas —me dijo mientras acariciaba mi rostro—. Fue tu olor lo que me llevó al callejón ese día. Si no hubiera sido por eso, jamás te habría conocido.

Asentí sin que el sentimiento de culpa hubiera desaparecido del todo. Aun así, mi curiosidad fue más fuerte, y tenía muchas preguntas en mi cabeza deseosas de ser contestadas. Pregunté:

—¿Te has encontrado con más como yo?

—¿Puros? Sí. No seréis muchos, y cada vez quedáis menos, pero he vivido el tiempo suficiente como para haberme encontrado con unos pocos como tú.

—¿Cuántos?

—No muchos —me respondió tras pensarlo—. Cinco.

Asentí. Que fueran tan pocos daba fe de los pocos puros que quedábamos. Lo malo de preguntar eso era que una nueva pregunta se instaló en mi mente. Y aunque me imaginaba la respuesta, quería escucharla salir de sus labios.

—¿Y qué hiciste? ¿Los… los comiste?

Mi mirada estaba fija en su rostro, y solo por eso pude ver cómo se enseriaba antes de afirmar con la cabeza.

Era la respuesta que había esperado. Incluso así mi cuerpo se estremeció al imaginármelo.

—¿No te causa repulsa? —le pregunté en un susurro.

—¿Te la causa a ti la comida que comes? —me cuestionó él a su vez.

Negué con la cabeza. No era lo mismo. Mi comida ya estaba muerta cuando llegaba a mí. No como la suya.

—Para mí ya no son personas. Son presas —me confesó—. Los veo como mi comida. Nada más.

—¿Y al principio? ¿También lo veías así?

Era la primera vez que le preguntaba sobre ese tema. En nuestras anteriores conversaciones, siempre que le interrogaba era sobre cómo eran las cosas antes de la Gran Guerra. Me fascinaba la vida que habían tenido, tan diferente a como había sido mi propia vida. Sin embargo, ahora quería saber cómo habían sido las cosas justo tras la guerra, cuando las mutaciones empezaron a darse y la gente moría por ellas. Le pregunté.

Él se mantuvo en silencio. Podía ver que estaba tenso, que no quería hablar. Aun así, hizo un esfuerzo por recordar.

—Caos —me dijo finalmente—. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirlo, esa sería caos.

Le miré, curioso. Mis ojos no se apartaban de su rostro mientras escuchaba con total atención.

Fue así como me habló de todas esas ciudades y esos países que desaparecieron tras la guerra. Los muertos que se contaban por millones. La confusión y el miedo cuando las primeras mutaciones se dieron. Cuando la gente empezó a morir a gran escala otra vez.

Sus palabras me transportaron a esa época. Podía imaginármelo tan bien como si realmente estuviera allí. Me estremecí.

—¿Y tú? ¿Cómo lo descubriste tú?

—Fue por la comida —me dijo tras casi un minuto de silencio—. Daba igual lo que comiera, lo vomitaba. Al principio creí que estaba enfermo. Luego, tras días de no comer nada, supe que iba a morir.

—Pero no moriste —le corté—. ¿Por qué?

—Comí.

Esa respuesta tan simple aclaró todas mis dudas. Aun así, él siguió hablando. No le interrumpí. Quería saber más.

—Un día hubo un temblor. A mí no me pasó nada, pero otros no tuvieron la misma suerte. Un chico, el dependiente de la tienda donde solía ir a comprar, quedó atrapado bajo unos escombros. Podría decirte que le encontré por casualidad, pero estaría mintiendo. Si le encontré, fue por su olor.

Se detuvo, titubeante. Y podía quedarme con esa explicación, pero mi curiosidad era más fuerte.

—¿Era como yo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió—. No sé si era un puro o que los cambios no habían empezado a darse en él. Todo lo que sabía era que yo estaba débil, muy débil. Me había arrastrado allí siguiendo mi instinto y mi olfato, y todo lo que quería era comer.

»Me pidió ayuda. Me pidió que, por favor, le ayudase. Yo le dije que tenía hambre. El resto… Eso puedes imaginártelo.

Asentí. No necesitaba de palabras ni confirmaciones para saber lo que había ocurrido. Él mismo lo había dicho antes. Comió. Se alimentó de él.

—¿Qué sentiste?

No necesitaba una explicación sobre lo que había hecho. No la quería. Lo que sí me intrigaba era lo que sintió al darse cuenta de lo que tendría que hacer si quería vivir.

—Sentí que era la carne más deliciosa que había probado en la vida. Mis fuerzas regresaban con cada bocado, así que no dejé de comer. Luego, cuando ya estaba saciado, sentí asco. No hacia lo que había hecho, sino hacia mí mismo porque me había gustado. Había disfrutado.

No me miró al hablar. Sus ojos estaban fijos en el techo de la habitación en vez de en mí. Yo sí le miré. Podía sentir mi cuerpo temblar, y sé que se dio cuenta, porque me preguntó si le temía.

—No —respondí.

Era la verdad. No tenía miedo. Sabía que no me haría nada. Mi temblor se debía más al hecho de ponerme en su lugar en una situación así. Sabía que habría hecho lo mismo.

Me miró con duda y yo le sonreí. Incluso me incliné un poco para poder besarle. Quería que viera que no mentía. Quería que olvidara todas esas dudas y las dejara atrás.

—Aun así, quieres hacerlo. —Le escuché decir al romper el beso.

—Cuando estés preparado.

—¿Y si nunca lo estoy?

—Lo estarás —respondí con una sonrisa con la que trataba de animarle—. Sé que lo conseguirás.

No dijo más, aunque su rostro se tornó pensativo. Por mi parte, me acomodé contra él una vez más y, a los pocos minutos, me había dormido.

Pasaron los días. Las muestras de afecto eran frecuentes e incluso dormíamos juntos, pero nada más. Ambos nos conformábamos con eso. ¿Teníamos erecciones matutinas? Por supuesto. ¿Sueños eróticos? Obvio. Pese a ello, ninguno hacía nada.

Más de una vez le pillé mirándome. O, mejor dicho, mirando el bulto de mi entrepierna. Al igual que yo le miraba a él. Aun así, tuvo que pasar casi una semana antes de que me atreviera a poner en palabras la idea que se había asentado en mi cabeza.

Esa vez lo hablé con él. La idea era peligrosa y sabía que sería una estupidez llevarla a cabo sin avisarle antes. Cualquier cosa podría pasar y yo acabar muerto. Así que decidí hablar con él.

Mi idea era simple. Sabía que no estaba preparado para un contacto más íntimo, pero ¿y si era yo quien se tocaba mientras él me miraba desde la otra punta de la habitación? Era peligroso, pero también podía ayudarnos.

Su rostro se ensombreció al escucharme. Todas sus dudas se reflejaron en su cara y casi pude sentir la negativa en sus labios.

Logré convencerle. Le dije que no haría falta que me tocara ni que se acercara a mí. También le aseguré que me detendría si me lo pedía. Y que lo entendería si salía de la habitación antes de que todo acabara. Seguí viendo la duda en sus ojos pero, tras pensárselo, asintió.

Lo intentamos ese mismo día. Yo estaba sobre la cama y él sentado en un sillón en el extremo opuesto del cuarto. Los nervios y la tensión podían cortarse con un cuchillo, pero me obligué a comenzar. Me empecé a desvestir.

No salió bien. Su mirada fija en mí me excitaba. Al igual que el morbo por lo peligroso de la situación. Él también estaba excitado. La erección en sus pantalones era una prueba innegable. La otra era el ansia en sus ojos.

Por eso se fue. Salió de la habitación cuando sus ganas de comer crecieron demasiado. Era eso o hacerme daño.

No le culpé, por supuesto. Ya había imaginado que eso pasaría. Aun así, no perdí la esperanza. Quería creer que algún día podríamos llegar a estar juntos.

Y, tras semanas de intentos frustrados y algún que otro avance, por fin llegó el día. Esa vez yo estaba sentado sobre sus piernas. Estaba desnudo, por supuesto. Mis manos estrujaban su camisa y mis labios soltaban mi entrecortado aliento contra su cuello. ¿La razón? Esos dedos que me penetraban y la mano que nos masturbaba a ambos.

Estaba exultante. Por fin había conseguido algo más de participación por su parte y ahora apenas podía dejar de gemir su nombre junto a los “Más” y los “No pares. Por favor, no pares”.

La gran sorpresa llegó en ese momento, y fue un movimiento tan rápido, brusco e inesperado que me sacó un grito y me asustó. Porque aunque estaba sentado en sus piernas, al momento siguiente me había lanzado contra la cama, se colocó sobre mí y me penetró.

Mi grito fue más por la sorpresa que por el dolor. Celebraba que fuera más participativo, pero aun así no esperaba que llegáramos a este punto. No me quejé. Respondí a su beso cuando lo inició y moví mis caderas al son de las suyas. Quería disfrutar del momento, y quizá por eso no le di importancia cuando sentí sus labios en mi cuello. Fue un gran error. Puede que al principio solo me besara o se conformara con lamer mi sudor, sin embargo, pronto eso no fue suficiente.

En el momento en el que sentí sus dientes mordisqueando mi cuello y mi hombro, me excité incluso más de lo que ya estaba. El problema vino cuando hundió sus dientes en mi piel, cuando sentí mi propia sangre brotar de la herida y acabar en su boca.

Gemí de dolor y también por la excitación. La idea de alimentarle me excitaba tanto como me asustaba. No temía a la muerte, y quizá por eso en vez de alejarle lo que hice fue acercarle aún más a mí.

Deseaba que me mordiera de nuevo, que me comiera. Mi cuerpo se estremecía y de mi boca solo salía su nombre, siendo de forma entrecortada cuando me mordió de nuevo. Sonreí extasiado y solo me quejé cuando se alejó.

Le miré extrañado. Estaba confundido y desencantado. Sabía por qué se había separado, pero no por ello me gustaba la idea. Le llamé, pero él no me miró. Tenía la cabeza baja, con la sangre manchando su mentón. Estaba serio, tanto como jamás le había visto antes. Traté de acercarme pero se alejó. Le llamé de nuevo, esta vez preocupado, pero él negó con la cabeza y retrocedió aún más, saliendo de la propia habitación cuando intenté detenerle.

En el mismo momento en el que la puerta se cerró, solo pude parpadear sorprendido. La situación se había descontrolado de una forma que nunca me había imaginado y ahora me sentía excitado, confundido y, sobre todo, abandonado.

Me levanté, y el mareo que me sobrevino me obligó a apoyarme en la cama. Cerré los ojos y me llevé la mano al lugar donde me había mordido. Ahora que la excitación había pasado, el dolor era lo único que sentía. Lo peor fue comprobar que el daño era mayor de lo que había creído. Sangraba demasiado para una simple herida, y por eso llegué a la conclusión de que me había sesgado la yugular.

La puerta se abrió en ese instante, dando paso a la chica del servicio. Aunque poco más recuerdo de ese momento, pues no tardé mucho en desmayarme.

Cuando desperté, el dolor de mi cuello casi había desaparecido. Curioso, me llevé la mano al cuello solo para descubrir que me lo habían vendado. Eso era bueno. Explicaba por qué seguía vivo.

No sabía la hora exacta que era, pero pude ver que tenía una bandeja con comida sobre la mesita, al lado de la cama. Comí. Estaba hambriento, así que no dudé en comer la fruta que habían dejado ahí para mí, bebiendo también el vaso que había junto al plato.

Tras eso, no vacilé en levantarme y salir del cuarto. Quería saber qué había pasado, que me dijeran cuánto tiempo había estado inconsciente y, sobre todo, quería verle. Podía haber disfrutado el mordisco, podía haberme excitado por ello, pero estaba preocupado por él. Necesitaba verle.

Recorrí varios de los pasillos. El lugar era grande, aunque no tardé en llegar a la cocina. Allí, la chica y el cocinero no tardaron en volverse hacia mí al verme. La primera intentó que volviera a la cama, diciendo que necesitaba descanso. No obstante, cuando vio que eso no sería posible, accedió a que me quedara con ellos.

Gracias a ellos descubrí que llevaba casi dos días en la cama. Como había supuesto, el mordisco fue más grave de lo que me pareció y la yugular se vio afectada. Fue una suerte que lograran parar la hemorragia a tiempo, y luego el descanso me devolvió las fuerzas perdidas.

También les pregunté por él, quería saber dónde estaba y verle, hablar con él sobre lo ocurrido. Sin embargo, lo único que pude sacar de ellos era que había salido y que no sabían cuándo volvería.

Chasqué la lengua decepcionado. Comí y bebí un poco más, aprovechando la comida que estaban haciendo. En vez de volver a mi cuarto, no quise desperdiciar que ese día no llovía y salí al jardín. Sabía que algo de sol y calor me vendría bien.

Así pasé los siguientes tres días. Me levantaba, desayunaba, le preguntaba a la del servicio por él y, cuando me respondía que aún no había llegado, dedicaba el día a recuperar fuerzas.

Fue al cuarto día cuando supe que había llegado. Me había quedado dormido en el jardín, así que, cuando me desperté y vi que estaba en mi cuarto, supe al instante que él había regresado.

Me levanté de la cama y salí de la habitación. No sabía por dónde empezar a buscar, pero no me hizo falta. Me lo encontré de frente nada más dar unos pasos.

“Iba a buscarte”, le dije, deteniéndome antes de darme de bruces contra él. Asintió en silencio. Dio media vuelta y empezó a caminar. Le seguí. No estaba muy seguro de adónde se dirigía, pero no estaba dispuesto a quedarme atrás. Teníamos que hablar.

Entramos en su despacho. Era la primera vez que entraba en esa habitación, y, a pesar de ello, los libros, muebles, cuadros y la chimenea que en otra ocasión hubieran atraído mi atención, esa vez apenas se llevaron un rápido vistazo por mi parte. Mi atención estaba centrada en otra cosa.

—Lo siento. —Le escuché decir.

Le miré. Se había separado de mí para ir hacia la ventana, donde se había apoyado. Me miraba desde allí con una cara tan seria que en realidad parecía que se había muerto alguien.

Negué con la cabeza. Intenté decirle que no era culpa suya, que yo tuve la culpa al haberle llevado a tal extremo. No me dejó hablar.

—No debí dejarme llevar.

—Y yo debí apartarte —le corté—. No te culpo por lo que pasó. Solo… Solo me hubiera gustado que no hubieras desaparecido.

Lo último lo dije en un susurro. Era lo que más me había dolido. Comprendía por qué había tenido que irse, lo sabía, pero me habría gustado verle a mi lado cuando desperté esa primera vez. No haber tenido que preguntarme dónde estaba durante todos esos días.

Él desvió la mirada. Quería acercarme a él; sin embargo, debido a lo tenso que le veía, temía que me rechazara.

No sabía qué decir. Sabía que debíamos hablar del tema, aclararlo todo, pero las palabras no salían de mi boca. Quedaban atrapadas en mi garganta.

—He estado pensando.

Alcé la vista nada más escucharle. Le miré interrogante, pero él no me miraba a mí. No en ese momento al menos. Sus ojos estaban centrados en lo que sucedía al otro lado de la ventana.

—¿A qué te refieres? —le pregunté, avanzando un paso hacia él.

—No pienso volver a tocarte.

Las palabras me causaron tal impresión que me detuve en mitad de un paso. Le miré. Ahora sí me miraba, y lo único que veía era una enorme seriedad en sus ojos.

—¿Qué? —farfullé, aún sin procesar lo que mis oídos habían escuchado—. ¿Por qué?

—No pienso volver a ponerte en peligro. Todo esto fue una insensatez. Nunca debimos…

—¡Pero tú querías! —exclamé.

Él asintió. Eso era bueno. Al menos no lo negaba, no me echaba toda la culpa a mí. Lo que dijo luego ya no me gustó tanto:

—Fue una estupidez. Debí entender que nunca podría llegar a darte lo que querías. Que lo único que conseguiría con esto sería ponerte en peligro.

Negué con la cabeza. No quería seguir escuchándole decir eso. Podía haber salido mal, pero esa solo había sido una de las muchas veces en las que algo fue mal. Y no entendía por qué quería rendirse ahora.

—Vale, sí, salió mal —acepté. Estaba nervioso y tuve que estrujarme las manos para que dejaran de temblar—. Pero… Pero no hay por qué ser tan negativo. Podemos volver a intentarlo —le dije, esperanzado—. Hacer como antes: esperar a que estés preparado y…

—¡Pude haberte matado!

—¡Pero no lo hiciste! —le rebatí con acierto—. ¡Te controlaste!

—¿Control? —La risa sarcástica que salió de sus labios me hizo callar—. ¿Sabes acaso lo que he estado haciendo estos últimos días? He estado cazando —me confesó—. Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses. ¿Y sabes qué es lo peor? —Negué con la cabeza. Una parte de mí lo presentía, pero no quería confirmarlo. No quería escucharlo—. Que daba igual a cuántas personas comiera. Siempre tenía que luchar contra la idea de volver aquí y matarte.

Mi cuerpo se estremeció. La primera causa era el miedo, la segunda, la excitación. Ahora que se había acercado a mí, ahora que estábamos frente a frente, veía el hambre en sus ojos, veía sus ganas de comerme, y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba.

Abrí la boca. Quería explicarme, decirle algo, cualquier cosa, pero él no me dejó hablar.

—No voy a volver a tocarte —repitió—. Y no hay más que hablar.

La discusión terminó ahí, por supuesto. Sabía que nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Y yo estaba demasiado furioso y asustado como para querer seguir allí con él.

Me fui. Abandoné la habitación tras un portazo y me encerré en mi propio cuarto. No quería volver a saber de él. No hasta que los ánimos se calmaran.

La tensión que hubo en la casa los días siguientes podía cortarse con un cuchillo. No le vi. No quería. Aún estaba enfadado. Me enojaba pensar que quería rendirse solo por un fallo. Sí, podía haber muerto, pero era algo que yo había asumido cuando acepté seguir en esa casa, cuando le dije que necesitaba algo más que solo saber que sentía algo por mí.

Además, todo había acabado en un susto, ¿no? Nada malo me había pasado al final. Él se había reprimido. Se había ido para evitar hacerme más daño. Aunque lo único que había conseguido era que matara a todas esas personas los días que no estuvo en la casa.

El pensamiento no me gustaba, pero estaba ahí. Aun así, más que asustarme o asquearme, mi cuerpo temblaba por otro sentimiento al que no me atreví a poner nombre.

Esos días, en vez de comer con él como iba siendo lo habitual, bajaba a la cocina. No quería verle, pero tampoco quería comer solo. Por eso bajaba, así podía estar con la chica del servicio, el cocinero y, a veces, alguno de los guardias.

Eran ellos los que me entretenían y me hablaban de las cosas que pasaban en el exterior. ¿Cómo se enteraban? Nunca se lo pregunté. No lo vi importante.

Excepto un día. Uno de esos en los que comí junto a ellos. Había pasado ya casi una semana desde la discusión y los ánimos aún no se habían calmado. Y eso se notaba. Incluso ellos lo notaban. Fue ese día cuando la chica decidió preguntarme. Y fue ahí cuando les conté todo lo que había pasado.

Se hizo el silencio. Sabía que estaban al tanto de nuestra relación, pero nunca me preocupé por saber qué opinaban. Por suerte, ninguno parecía creer que en verdad me estaba aprovechando de su jefe. Lo que más pude ver en sus rostros fue la preocupación.

—Chico, si un zombi te dice que te alejes de él por tu propio bien, tú callas y obedeces —empezó a hablar el cocinero, rompiendo con ello el silencio creado—. Si hubiera una lista de seres a los que es mejor hacer caso, te aseguro que él estaría en la primera posición. Los suicidas no viven mucho tiempo, y nunca te tomé por uno.

Traté de explicarme, pero él me acalló al alzar un dedo de su diestra.

—Voy a contarte algo. Llevo mucho tiempo aquí, y eso me ha permitido descubrir cosas sobre los zombis que, de otro modo, jamás habría llegado a saber. ¿Quieres que te diga una de ellas? —Asentí—. Aprendí que el metabolismo de los zombis es más lento que el nuestro. ¿Sabes lo que significa? Significa que no necesitan alimentarse tantas veces como nosotros —se respondió sin darme opción a hablar—. Es la gula lo que les hace comer tanto. El simple acto de cazar y comer. Pero no lo necesitan realmente. En todos los años que llevo aquí he podido confirmarlo. Él, por ejemplo, solo se alimenta una o dos veces al mes. ¿Sabes cuántas veces se alimenta desde que llegaste a esta casa? —Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y supe que la respuesta no me gustaría. Negué con la cabeza—. Una o hasta dos por semana.

La confesión me pilló desprevenido y me hizo pensar. Porque si ahora comía tanto era por mi culpa, para evitar que el hambre pudiera con él y, así, no hacerme daño.

Por otra parte, sus palabras volvieron a mí. Ese “Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses” que me dejó pensando cuántas muertes se habían dado por mi culpa esos días que había pasado fuera.

El resto del día lo pasé pensando en todo ese tema. Sabía que no quería dejarlo, no pensaba rendirme, pero tenía que encontrar una forma con la que llegar a un acuerdo con él. Hacerle ver que, a pesar de que pude haber muerto, eso podría no volver a pasar si teníamos aún más cuidado.

Decidí hablar con él. Quería arreglar las cosas y, además, le echaba de menos.

No estaba seguro de dónde podría estar, así que le busqué primero por fuera y luego por los lugares donde solía estar, como la biblioteca. Después fui a su despacho, pero no estaba allí. Al final, me decidí por buscarle en su cuarto.

Me dirigí hacia la habitación, deseando que estuviera allí. Quería verle. Lo necesitaba. Podía haber estado enfadado, pero ahora ya no lo estaba. Lo único que quería era aclarar las cosas y poder estar con él.

Sin embargo, no llegué a tocar la puerta de su habitación. ¿El motivo? Los sonidos que provenían de la habitación de al lado.

Me detuve en mitad del pasillo. Mi mente centrada en esos sonidos que, al instante, pude definir como gemidos. Miré hacia la puerta. Nunca había estado al otro lado, pero sabía que era una de las habitaciones prohibidas. ¿Qué era lo que hacía allí? No lo sabía, pero tenía mis sospechas.

Inconscientemente, mis pies se movieron y pronto estuve justo frente a ese trozo de madera que me distanciaba de él. Mi mano estaba posada en el pomo, uno que no tardé en girar para poder acceder a la habitación.

Lo que vi allí, me dejó sin palabras. Podía haber visto a zombis alimentándose alguna vez, pero nunca desde tan cerca. Porque eso era lo que estaba haciendo él. Allí, en esa cama que ocupaba la mayor parte de la habitación y que era casi el único mueble en ella. Allí, junto a una chica que le abrazaba y en ese momento le besaba. Los dos cubiertos de sangre, los dos tan juntos que parecían uno… No pude evitarlo. Me excité.

Y algún ruido debí hacer, o quizá fue mi propio olor lo que le advirtió, porque no tardó en distanciarse de ella e, incluso, volverse hacia mí.

Me miró. Susurró mi nombre con unos labios cubiertos de sangre que luego goteaba desde su mentón hasta su pecho desnudo. Me miró y en sus ojos pude ver hambre y sorpresa, pero también miedo.

Se levantó. La chica se quejó por la pérdida de atención, pero él la ignoró. Solo tenía ojos para mí. Igual que yo para él.

Se acercó. Caminó despacio y yo solo podía mirar. Quería hacer algo, pero no estaba seguro de qué. ¿Irme? ¿Quedarme? ¿Acercarme a él? No lo sabía. Mi cuerpo no me obedecía y en mi mente solo se repetía la escena anterior una y otra vez.

Estaba en shock.

Ni siquiera escuchaba. Él decía mi nombre, pero no le oía. La única palabra que finalmente llegó a mí, fue una orden: “Vete”.

Obedecí, por supuesto. Antes de darme cuenta, mis pies me habían sacado de esa habitación y me habían llevado a la mía.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella mientras mi mente trataba de asimilar lo que acababa de ver. No sé cuántos minutos estuve así, solo me separé cuando alguien llamó.

El gesto me hizo dar un pequeño salto al no esperármelo. Miré la puerta. No me hacía falta preguntar para saber que era él quien había llamado. Lo que no sabía era si quería abrirle.

Lo hice.

Tras un minuto sin saber qué hacer, abrí la puerta y le dejé entrar. Él estaba ahí. Salvo que ya no había sangre e iba completamente vestido. No quería asustarme.

Me aparté de él. Me acerqué a la cama, dejando espacio entre nosotros. No estaba seguro de qué decirle ahora que le tenía delante. La discusión había pasado al olvido, siendo suplantada por la imagen de él alimentándose.

—¿Quién es ella? —le pregunté entre celoso y curioso.

Se encogió de hombros. Se había mantenido en silencio hasta ahora, quizá porque tampoco estaba seguro de cómo explicarse ni qué decir, pero no dudó en contestarme:

—No lo sé —me dijo—. Alguien que quiere morir.

Le miré confundido. Y él debió de ver la incomprensión en mi rostro, pues no tardó en explicarse.

Me dijo que era conocido no solo por su poder, sino porque aceptaba a esos que querían morir. De esa manera, muchas personas preferían acercarse a la casa y acceder a ser comidas en vez de suicidarse de alguna otra forma. Él aceptaba, por supuesto. Eso implicaba tener comida gratis todo el año.

—Y los que te comiste esos días que estuviste fuera, ¿también eran gente que quería morir? —le interrogué a sabiendas de la respuesta que me daría.

—Sabes que no.

Asentí en silencio. La respuesta era la prevista, pero eso no lo hacía más fácil. Ni siquiera saber que algunos le buscaban para morir facilitaba las cosas.

Él se mantuvo en silencio. Me dejó mi tiempo y también espacio para procesarlo todo. Aunque había algo más que hacía que no se atreviera a acercárseme. ¿El qué? El miedo a un posible rechazo por mi parte.

Porque a mí podía asustarme la idea de que él se dejara llevar y terminara matándome, pero a él también le asustaba que yo decidiera alejarme de su lado por miedo.

Lo que él no sabía era que no solo había sentido miedo. Lo que él desconocía era que verle en esas condiciones, en vez de asquearme, había conseguido excitarme. Quizá por eso no se esperó las siguientes palabras que pronuncié:

—Quiero estar presente.

La perplejidad se quedó pequeña al lado de lo que sintió al oírme. Sabía a qué me refería. Sabía que lo que quería era estar presente cuando volviera a comer. Se negó.

—Es peligroso —trató de hacerme ver.

—Puede ser —admití—. Pero piénsalo, estabas más calmado ahí que la otra vez que estuvimos solos —le dije—. No me atacaste. Pudiste hacerlo y no me tocaste.

—Fue por la sorpresa. No esperaba que me vieras así.

Negué con la cabeza. No quería escuchar esas excusas con las que intentaría convencerme. Lo que quería era que me escuchara ahora a mí. Me enfrenté a él, serio, tomándome la licencia incluso de señalarle y golpear su pecho con mi dedo al mismo tiempo que hablaba.

—Tu alimentación es parte de lo que eres y no vas a conseguir alejarme de esto. Me da lo mismo que tengas que alimentarte de personas y que las folles mientras te las comes. No pienso quedarme a un lado —declaré—. Quién sabe, quizás así consigas ir aceptándome poco a poco —agregué con una sonrisa ahora.

Él me miró fijamente. Sabía que intentaría negarse, así que le acallé al alzar un dedo. “Si tengo que volver a entrar cuando estés en esas, lo haré”, le aseguré. Y él supo que hablaba en serio. Y por poco que le gustara la idea, aceptó.

—Pero te quedarás al margen —me dijo—. Te quiero en la puerta, no más cerca. Y saldrás si hago el amago de acercarme a ti.

Asentí. Era mucho más de lo que había esperado conseguir en un principio, así que no me negué a ello. Sus condiciones tenían sentido y sabía que solo se preocupaba por mí. Habría aceptado, pero eso no quería decir que se arriesgaría aún más a hacerme daño.

Aclarado todo, sonreí. Por primera vez en ese día, me permití sonreírle. Acto seguido, me acerqué a él y le abracé. Porque, ahora que todo estaba claro, quería que viera no solo que no le temía, también que le extrañaba y que quería estar a su lado como antes.

Le noté tenso, pero pronto respondió a mi gesto. Me rodeó con sus brazos y me estrechó con fuerza. “Prométeme que tendrás cuidado”, me susurró al oído tras aspirar una vez más mi olor. Y yo asentí.

Decidimos intentarlo la próxima vez que él comiera. La víctima era un chico esta vez. Otro más que se había cansado de la vida afuera y quería ponerle fin.

Estaba nervioso, de pie al lado de la puerta. Tenía órdenes de salir de la habitación si veía que algo iba mal. Aunque claro, no podía decirse que quedarme ahí parado mientras veía cómo mi pareja se comía y follaba a un desconocido fuera del todo normal.

¿Qué ocurrió? No voy a daros detalles de cómo le folló o cómo le comió. Os diré que lo vi todo y que no fue asco lo que sentí.

Él me miraba. Parecía estar centrado en el otro, pero en verdad desviaba su mirada hacia mí cada cierto tiempo. ¿Por qué lo hacía? Quizá por ansia o quizá para asegurarse que seguía ahí, inmóvil, viéndole alimentarse.

Fue cuando todo terminó y él se acercó a mí, cuando asimilé totalmente lo que había visto. Solté todo el aire en un exabrupto. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared.

Le pregunté si iba a comerme a mí también, y él negó con la cabeza. Lo que hizo fue sostenerme y llevarme a mi cuarto. Y puede que se hubiera limpiado parte de la sangre y el resto de fluidos, aun así, el olor llegó a mí con más fuerza que antes, inundando mis sentidos.

El resto del día lo pasé en la cama. Él desapareció un tiempo para ducharse y cambiarse, después volvió y permaneció conmigo el resto de la noche. Primero, sentado en el sillón. Luego, cuando le llamé, a mi lado en la cama.

Ninguno habló sobre lo que había pasado. Sabía que no había nada que explicar y yo tampoco tenía nada que decirle. Lo único que me preguntó era si quería seguir con eso. Asentí. Porque podía haber sido difícil, porque podía tener grabados en mi mente los gemidos y luego los gritos del chico, pero no pensaba rendirme. Había elegido ese camino y pensaba recorrerlo hasta el final.

Pasaron los días. Él se alimentaba y yo estaba ahí. Lo veía todo desde la puerta, sin acercarme, sin moverme, escuchándolo y viéndolo todo como un mero espectador más.

Hasta que un día no pude quedarme al margen y me acerqué. Fui hacia él, hacia esa cama de sábanas revueltas y manchadas donde estaba dándose su festín. Caminé hacia ellos y, una vez a su lado, sonreí cuando me miró.

Luego le besé. No le dejé decir nada, no le di tiempo. Uní mis labios a los suyos y saboreé la sangre del otro al mismo tiempo que su boca. “Fóllame”, le dije y él asintió con la lujuria y el hambre brillando en sus ojos.

Me desvistió a toda prisa. Las caras ropas que llevaba puestas no tardaron en convertirse en un amasijo de harapos tirados en el suelo. Su fuerza era amedrentadora, y lo que más morbo me daba era saber que en cualquier momento podía rendirse a su instinto y comerme a mí también.

No lo hizo. No estaría contándoos esto de haber muerto ese día. Pudo morderme con saña, arrancarme algún grito de placer y dolor y saborear mi sangre al hacerme alguna herida, pero nada serio. A mí me folló y al otro le devoró. Y aunque fue a mí a quien llevó al clímax entre sangre y vísceras, no pude evitar sentir cierta envidia por ese chico que le había servido de cena. Porque el chico había muerto por él, porque con ese gesto se lo había dado todo, y a mí no me dejaba hacer lo mismo.

Repetimos esa misma situación muchas veces más. Paradójicamente, esta parecía ser la única manera en la que podía follarme sin temor a convertirme en su almuerzo, así que lo aprovechamos.

Siempre era igual. Yo me quedaba junto a la puerta y, cuando él ya había comido lo suficiente, me acercaba y lo hacíamos rodeados por los restos del otro. A veces sentía trozos de carne pasar a mi boca durante un beso. Otras veces sentía las vísceras reventar bajo el peso de ambos. En el primer caso, tragaba la carne sin darle importancia, y en el segundo, dejaba que él me lamiera hasta quedar satisfecho. La envidia nunca se fue, aunque reconozco que disfrutaba de esas sesiones de sexo desenfrenado como un niño de su juguete nuevo. Era tan excitante como peligroso, y eso me encantaba.

No fue suficiente. Poco a poco empecé a desear más.

La idea de que me mordiera se instaló en mi cabeza. Me excitaba pensar en ser comido por él. No era por el hecho de que me comiera, sino por todo lo que ese gesto significaba. Porque así sería parte de él.

Sin embargo, sabía bien que no aceptaría. No me hacía falta hablar con él para saber cuál sería su respuesta. Me la imaginaba muy bien.

Por ello, lo que hice fue tratar de conformarme con mordiscos. Le pedía que me mordiera. “Más fuerte”, “Hazme sangrar”, le susurraba cada vez que notaba sus dientes en mi piel. Luego fui yo quien le besaba tras hacerme una herida en el labio o la lengua. Quería que se descontrolara y me comiera. Y por eso, cada orgasmo que me provocaba tenía un pequeño regusto a derrota. Seguía vivo.

Se dio cuenta, por supuesto. Puede que al principio pensara que todo se debía a la excitación del momento, pero no tardó en atar cabos. Se enfrentó a mí. Discutimos. Él me decía que estaba loco y yo le replicaba diciéndole que era mi vida y que podía hacer con ella lo que quisiera.

Intentó convencerme. Me dijo que no quería perderme. Y yo le respondí que terminaría perdiéndome igual. Que, de esta forma, al menos formaría parte de él.

No accedió, por supuesto. Me dejó solo en el cuarto tras declarar que no pensaba hacerlo, y me avergüenza decir que destrocé un par de cosas a causa de mi enfado por no conseguir lo que quería.

Más días pasaron. El tema seguía presente y eso se notaba en la tensión entre ambos. Y podía comprender su punto de vista, pero también sabía que eso que teníamos no duraría para siempre. Porque él no envejecía y yo sí. Porque pronto podía cansarse de mí y abandonarme a mi suerte tras cambiarme por otro.

Lo reconozco, ese era mi mayor miedo. Porque podía ser joven, pero eso no duraría para siempre. Y él seguiría ahí, viviendo incluso cuando mis huesos se convirtieran en polvo con el paso de los años. Porque mi vida y todos los momentos compartidos no ocupaban más que un parpadeo si lo comparábamos con el tiempo que él viviría. Algo que terminaría olvidando. Por eso quería que me comiera ahora antes de que eso pasara.

Traté de explicarme, pero no quería escuchar. Me decía que, si quería que eso pasara, más me valdría salir de la casa y buscar a otro zombi, porque él no iba a hacerlo.

No me fui. No quería que otro me comiera, quería que fuera él. Aunque sabía que nunca lo haría.

Al final me rendí. No quería seguir enfadado con él y sabía que jamás aceptaría, así que me rendí. Acepté que él había ganado y me disculpé por pedirle algo así.

Puede que aceptara mis disculpas, pero sé que no me creyó. Al principio pensó que era una treta, y solo me creyó al ver que no volvía a pedírselo ni intentaba nada. De todos modos, nunca bajó la guardia del todo. Sabía que podía haberme rendido, pero también sabía que la idea persistía en mi mente.

Forjó un plan: darme motivos para querer vivir. Retomamos las clases y me contaba cosas sobre cómo era todo antes sin que yo le preguntara. Quería que quisiera vivir. Lo que no entendía era que, a pesar de quererlo, la idea de darle mi vida era más fuerte.

El tiempo pasó. Tantos días que perdí la cuenta. Y todo siguió igual. En realidad, nada cambió hasta esta misma mañana, cuando me despertó el sonido de los gritos.

Abrí los ojos sobresaltado. El sueño no me había abandonado por completo, pero lo hizo cuando escuché el sonido de cristales y cosas rotas. Me levanté al instante. Mi mente trataba de encontrar una explicación, pero no di con ella. Además, no tenía a nadie a quien preguntarle.

Estaba solo en el cuarto. Él había salido hacía un par de días tras decirme que tenía que hacer algo importante, y aún no había vuelto. Por ello, no dudé en salir de la habitación e ir a buscar a los demás. Podía no estar seguro de lo que estaba pasando, pero estaba claro que era algo serio.

Salí al pasillo. Los ruidos se escuchaban con más fuerza ahora, acompañados por gritos. Tragué saliva. No estaba seguro de a dónde ir. ¿Debería tratar de escapar? ¿Debería esconderme? ¿Dónde? Todas esas preguntas inundaban mi cabeza junto a la más importante: “¿Qué está pasando?”. Sin embargo, esta última no tardó en ser respondida.

Cuando me disponía a doblar una esquina, me encontré de frente con uno de los guardias, que corría en mi dirección. Choqué contra él, y no caí al suelo solo porque él me sujetó con fuerza.

—¡Han entrado en la casa! —me dijo antes de que pudiera pronunciar palabra—. ¡Tienes que huir!

Quise preguntarle quién había entrado, pero la pregunta murió en mi garganta cuando escuché su grito de dolor. Mis ojos se abrieron de par en par, todo por la sangre que me había salpicado, producto de la herida que acababan de hacerle al otro al clavarle una daga en el cuello.

Me quedé ahí parado, en shock. Lo único que me hizo volver en sí fue el empujón del guardia y su última orden. Un “¡Vete!” al que no dudé en hacer caso.

Di media vuelta y corrí todo el pasillo sin querer mirar atrás. Sabía que me perseguían, escuchaba sus pisadas, y por eso no dejé de correr, tratando de poner cuantos más obstáculos mejor entre mi perseguidor y yo.

Llegué a la cocina. Había intentado escapar por la puerta principal, pero me había resultado imposible al ver que varios desconocidos estaban en los pasillos cercanos. Por ello, lo intenté por la trasera y para ello necesitaba entrar en la cocina. Además, estaba seguro de que el cocinero y la chica del servicio estarían allí y no quería dejarlos atrás.

No me equivoqué. Tanto el uno como la otra estaban allí, sí, aunque no de la manera que me había esperado.

El olor a sangre, inconfundible a estas alturas para mí, me asaltó nada más entrar en la cocina. Una mueca de asco se dibujó en mi cara y las arcadas no tardaron en aparecer. No cuando vi de dónde procedía el olor.

Tirado en el suelo, con el torso abierto de par en par y las vísceras escapándose de su cuerpo, estaba el cocinero. Estaba muerto. Lo inhumano de su postura y toda la sangre a su alrededor me lo confirmaban. El cuchillo a su lado me decía que había tratado de defenderse, aunque estaba claro que no le había servido de mucho.

Fue un nuevo grito lo que me hizo desviar la mirada. Así fue como vi a la chica del servicio tratando de defenderse como fuera de los tres hombres que la acorralaban contra la pared.

Furioso, agarré el cuchillo y me acerqué a ellos. No sabía quiénes eran ni me importaban. Tenía claro que no deberían estar ahí y que habían sido ellos quienes habían matado al cocinero, y eso era todo lo que necesitaba saber.

No funcionó. No me habían visto entrar y la chica estaba demasiado ocupada llorando y tratando de alejarse de las garras de uno, como para poder hacer más. Sin embargo, eso no impidió que me olieran. Fue así como descubrí que eran zombis.

En el momento en que mi olor llegó hasta ellos, los tres parecieron olvidarse de la chica para centrarse en mí. Tragué saliva. El hambre, ese mismo sentimiento que en él me excitaba, ahora me aterrorizaba al verlo en los ojos de los tres desconocidos.

Retrocedí un paso, asustado, y agarré el cuchillo con fuerza. Podía no haberle servido de mucho al cocinero, pero no por eso pensaba rendirme. Si me rendía, acabaría muerto.

Me enfrenté a ellos a pesar de que mi instinto me decía que debía escapar. Me enfrenté a ellos sabiendo como sabía que lo más seguro era que todo acabara ahí para mí. Y lo único que conseguí fue herir a uno antes de que me dejaran inconsciente.

El dolor de cabeza fue lo primero que sentí cuando desperté. Lo segundo, fue que, al abrir los ojos, pude ver que ya no me encontraba en la cocina de la mansión.

Confundido, traté de levantarme. Y digo “traté” porque hubo dos cosas que me lo impidieron: el mareo que aún sentía por el golpe dado, y el grillete en mi tobillo que me encadenaba al suelo.

Miré a mi alrededor. Estaba en una especie de escenario, donde yo parecía ser el centro de atención. No pude ver a nadie, ni siquiera en las butacas sentado, pero sabía que no estaba solo. Lo sentía.

—Vaya, vaya. ¿Ya te has despertado? Has tardado, puro.

Una voz ajada llegó hasta mí, poniéndome los pelos de punta. Me giré, quedando frente a uno de los pasillos que daban al escenario, donde aparecieron dos hombres. El primero era joven, más o menos como yo. El segundo, por el contrario, era viejo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante y caminaba apoyado en un bastón y en el brazo del otro.

Me quedé observándoles, sin saber quiénes eran y qué podrían tener contra mí.

—¿No me reconoces, puro? —me preguntó al llegar hasta mí.

El odio estaba presente en su voz. Un odio tan visceral que me hizo estremecer. Le miré. Miré su rostro, plagado de arrugas, su cabello, canoso, su ropa, cara; pero nada me hizo saber quién era. No conocía a nadie tan viejo. Nadie vivía tanto tiempo como para envejecer hasta tal punto.

Negué con la cabeza.

—Quizás esto te refresque la memoria…

En un movimiento lento, en el o soy.ba perfectamente con la mirada que me dirigpe arremanga apoyado en un bastina de la mansique quedó patente el esfuerzo que debía hacer, el hombre se arremangó un brazo y me dejó ver lo que en él había: el tatuaje de un cuervo blanco.

Mi corazón se detuvo, todo por la sorpresa. Estaba perplejo. Porque reconocía el tatuaje, porque sabía que el cuervo blanco solo podía llevarlo una persona, y ese era el líder.

—Eres el cuervo.

El susurro salió de mis labios sin que me diera cuenta. Y él rió. Una risa gastada, ronca y llena de malicia que combinaba perfectamente con la mirada que me dirigía.

—Lo soy.

El hombre dio un paso más hacia mí, dirigiéndome una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. Parecía estar riéndose de mi desconcierto y mi perplejidad. Y no era para menos, porque no lo entendía. ¿Cómo, si apenas habían pasado unos años desde que salí de aquí, había podido envejecer tanto? Era imposible. La última vez que le había visto aparentaba unos cuarenta, pocos más. ¿Cómo era que ahora parecía tener más de ochenta? No lo entendía.

—¿Qué…?

—¿Qué me ha pasado? —terminó él por mí. Asentí—. ¡Ese zombi es lo que me ha pasado!

El grito, enfadado, vino acompañado de un movimiento del bastón. Traté de esquivarle, pero la cadena era corta y no me daba mucho movimiento. Por ello, no pude evitar que me golpeara en el costado.

—¡Me engañó! ¡Ese hijo de perra jugó conmigo sabiendo que esto pasaría!

Cada palabra venía acompañada de un nuevo golpe. Unos que yo traté y no conseguí evitar.

El sonido del bastón golpeándome restallaba en el lugar, acompañado por el de mis quejidos. Daba igual lo mucho que, en un principio, quisiera mantenerme firme. El dolor estaba ahí, cada vez que ese palo de madera me alcanzaba. Y los siseos de dolor no tardaron en convertirse en gritos.

Solo se detuvo cuando me tuvo de nuevo en el suelo tirado. Y sé que no fue por mí. El resuello y la pregunta preocupada del otro chico me dieron la confirmación que necesitaba para saber que tanto esfuerzo parecía haberle pasado factura.

Traté de levantarme. Tenía los brazos, los mismos con los que había detenido la mayor parte de los golpes, llenos de moretones. Y el rostro me dolía por haber sido alcanzado también. Igual el torso. El cuerpo me dolía como hacía tiempo que no hacía y la cabeza me seguía dando vueltas. Hacía mucho que no sufría una paliza así, desde antes de ir a la casa por primera vez. Aun así, me levanté y me enfrenté a él. Sabía que de nada me servía permanecer en el suelo. Su mirada me lo dejaba bien claro.

—Pero estate tranquilo —habló tras recuperar el aliento, sus ojos fijos en mí—. Le haré pagar por lo que me ha hecho. ¿Verdad, chicos?

Sus ojos se dirigieron hacia los alrededores y no pude evitar imitarle. Fue así como pude ver a esos cinco hombres que ahora se acercaban con la intención de rodearme. Todos bajo las órdenes del cuervo.

Empecé a temblar. Tiré de la cadena, pero no sirvió de nada. Era gruesa y yo no tenía la fuerza suficiente como para romperla. No tenía escapatoria y lo sabía. Estaba atrapado.

Aun así, no me quedé parado. Podía dolerme el cuerpo, podía saber que no serviría de nada, pero no pensaba quedarme de brazos cruzados. Podría no ser muy ducho en las peleas, pero había vivido casi toda mi vida ahí fuera y eso no se hacía sin pelear de vez en cuando.

Mentiría si dijera que lo tuve fácil. Mentiría si dijera que no me golpearon, que esquivé sus golpes y devolví algunos. ¡Ja! Ya me habría gustado.

El primer golpe lo recibí en el rostro. Un puñetazo que no conseguí esquivar y que por poco me rompe la nariz. Retrocedí por impulso, con un siseo de dolor.

No tuve suerte. El paso solo me llevó a los brazos de otro de los hombres, uno que aprovechó para sujetarme mientras uno de sus compañeros me golpeó.

El golpe me dejó sin aire. Me había alcanzado en el estómago, por lo que mi cuerpo se dobló. O eso habría hecho de no impedírmelo el otro mientras se reía.

Traté de desasirme, pero no tuve mucha suerte. El agarre era fuerte, como suponiéndose lo que iba a hacer. No me quedé quieto. Antes de que otro de los hombres del cuervo pudiera golpearme, fui yo quien le dio una patada en la espinilla al que me sujetaba.

El golpe pudo no ser suficiente para que me soltara, pero sí lo fue el cabezazo que conseguí darle en la nariz. Le escuché soltar una maldición justo cuando sus manos me soltaron. Sonreí.

Mi suerte no duró mucho. Y, al instante, mi sonrisa se convirtió en un gesto de dolor. Grité cuando algo golpeó mi pierna con fuerza. Trastabillé y no pude evitar caer de rodillas. Algo que los otros aprovecharon bien.

Puñetazos, patadas… Los golpes se sucedían sin que yo pudiera hacer algo más que quejarme. El dolor aumentaba a cada segundo, las fuerzas me abandonaban y el sabor de la sangre inundó mi boca.

Traté de protegerme, hacerme un ovillo para así evitar la mayor parte de los golpes, pero no fue posible.

Al final acabé en el suelo, sin que los otros me dieran ni un segundo de tregua. Todo el cuerpo me dolía, la cabeza me daba vueltas y mi visión se había vuelto borrosa. No sabía cuánto más iba a poder aguantar antes de desmayarme. Lo único que sabía era que, cuando eso pasara, podía darme por muerto.

—No… No lo entiendo… —conseguí susurrar con esfuerzo.

Escupí la sangre de mi boca, mientras traté una vez más de proteger mi cabeza con los brazos. Grité cuando una nueva patada me dejó sin aire, al tiempo que una risa sarcástica inundaba el lugar.

—¿No lo entiendes?

Era el cuervo el que hablaba. El hombre chascó los dedos y, al instante, sus hombres se detuvieron. Los golpes cesaron, dejándome por fin respirar tranquilo pero no sin dolor. Cada respiración costaba más que la anterior.

—¿No lo entiendes? —repitió al llegar hasta mí.

Gemí de dolor cuando la punta del bastón se clavó con fuerza en mi vientre. Traté de apartarme, pero uno de sus hombres me pisó la mano con fuerza, dejándome claro cuál era mi lugar. Grité. Dejé de moverme y solo me atreví a respirar cuando el otro por fin me liberó.

—Tu querido zombi me engañó —siguió hablando el líder de los cuervos, con el desprecio en su voz—. ¿Sabes lo que me pagó por ti? ¡Responde!

Un nuevo golpe, un nuevo grito por mi parte. Y mi cabeza cada vez más dispersa aunque yo intentara centrarme.

—A… Años —respondí con esfuerzo, sintiendo de nuevo el sabor de la sangre en mi boca—. Te pagó años.

—Exacto. —Le escuché decir, con una sonrisa siniestra en su rostro—. Me pagó quinientos años por ti, escoria. Y yo, pensando que sería el mejor trato de mi vida, acepté sin dudar.

La risa volvió a escucharse. Sarcástica, cínica, con un punto de locura que era lo que más me asustaba. El cuervo estaba loco.

A un gesto suyo, dos de sus hombres me pusieron de rodillas, uno de ellos obligándome a alzar la cabeza al tirarme del pelo. Así, quedé frente a frente con ese psicópata que me observaba con total desprecio.

—Lo que no me dijo, era que no iba a dejar de envejecer —continuó diciendo—. ¡Lo que no me dijo, era que lo haría aún más rápido!

La bofetada que me dio me volteó la cara. La cabeza me daba vueltas y solo me mantuve porque eran los hombres del otro los que impedían que cayera.

—¿No lo sabes? Es el organismo de los zombis el que les hace dejar de envejecer. ¡Es el hecho de comer carne lo que los mantiene jóvenes! ¡Y yo no soy ningún jodido zombi!

Una nueva bofetada. Un nuevo quejido que salió de mis labios. Quería cerrar los ojos, pero sabía que, si lo hacía, nunca los abriría de nuevo. Iban a matarme. Lo sabía tan bien como sabía que nadie iba a poder impedírselo. Ni siquiera él.

—¡Diles que entren! —Escuché ordenar al cuervo—. ¡Tráelos aquí!

El chico a su lado corrió por uno de los pasillos hasta desaparecer, dispuesto a cumplir la orden que acababan de darle. No tardó mucho en volver, acompañado esta vez por otros tres hombres.

Les miré. Forcé mi vista y la sorpresa se apresó de mí cuando les reconocí: eran los tres zombis a los que me había enfrentado en la casa.

Miré al cuervo. Por supuesto que había supuesto que los zombis trabajaban a sus órdenes, pero no entendía por qué les había llamado ahora. O, mejor dicho, no quería que mi suposición se hiciera realidad.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló ante la sola idea de lo que, suponía, iba a pasar ahora. Traté de soltarme, pero los otros dos me aferraron con más fuerza. “Estate quieto”, me ordenó uno de ellos, tirándome del pelo con la suficiente fuerza como para hacerme sisear por el daño.

Los otros se habían detenido para hablar con el cuervo, y yo solo pensaba en intentar aprovechar esos segundos que tenía en trazar un plan de fuga. Miré a mi alrededor, por desgracia, y como ya sabía, no había nada que pudiera ayudarme. Los hombres no portaban armas y yo aún seguía encadenado.

Oí unos pasos acercándose y temblé. Mi vista se fijó en los tres hombres y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando vi sus dientes, unos que ellos mismos habían afilado, seguramente para poder desgarrar mejor la carne.

Los dos hombres que me sostenían me soltaron, alejándose. Yo mismo intenté retroceder, aunque solo conseguí separarme un mísero paso más. La cadena me impedía distanciarme más. Tiré de ella pero fue en vano. En cambio, vi cómo los tres zombis se reían por mi fallido intento de fuga.

—Por favor… —susurré, mi mirada fija en el cuervo—. No…

Fue en vano. El cuervo solo sonrió, divertido por la súplica que podía identificar en mi voz.

—Empezad.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Todo debido a esa orden. Desvié mi mirada hacia los otros tres. Sus sonrisas no auguraban nada bueno para mí.

No sabía qué hacer. Quería huir. Puede que, con él, el ansia y el hambre me excitaban, pero eso solo me pasaba con él, no con ellos. En ellos, ver ese hambre me asustaba, me aterrorizaba.

—Tranquilo, puro. Solo vamos a devorarte.

Quien habló fue justamente al que yo había conseguido herir en la casa. Y parecía recordarlo bien, pues era el que lideraba el grupo y el que me miraba con más hambre y una pizca de odio.

Se acercó a mí. Intenté apartarme. Sin embargo, él agarró mi brazo y tiró de él con fuerza. Me mordió.

El dolor que sentí cuando sus dientes agujerearon mi piel no tenía nada que ver con los mordiscos que él podría haberme dado alguna vez. Grité. Grité por el dolor, por el miedo. La sangre recorría mi brazo izquierdo y sabía que eso no era nada comparado con lo que iban a hacerme.

Conseguí soltarme. Le golpeé, aunque no pareció sentirlo. Me sonrió. Una sonrisa llena de sangre. Sangre que se deslizaba por sus labios y caía por su mentón.

No me dio tiempo a asquearme. Los otros dos zombis aprovecharon mi distracción para atacarme por detrás. De nuevo, los dientes se hundieron en mi piel. El lugar no les importaba, solo la carne, solo escucharme gritar y verme debatirme mientras ellos me arrancaban trozos de piel sin consideración alguna.

Grité. Supliqué. Quería que se detuvieran. Deseaba que se detuvieran. Me dolía todo el cuerpo y no sabía cuánto tardaría en desmayarme. Sangraba. Tenía heridas por todas partes. Cualquier parte de mi cuerpo era buena para morder, para arrancarme otro trozo más. Para hacerme sangrar.

—Por favor…

Caí al suelo. No tenía fuerzas. Mi vista era cada vez más borrosa, la voz me salía ronca después de tanto grito y mi mente vagaba más y más. Quería pensar que estaba con él. Quería creer que era él quien lo hacía porque había decidido cumplir mi deseo. Pero no era él quien me mordía. No era él quien se estaba alimentando de mí.

Cerré los ojos, perdido entre el dolor. Quería dejarme llevar. Quería rendirme, dormir… Pero lo que más deseaba era volver a verle una vez más.

—¡Esperad!

Nada más escuchar la orden dada, los tres zombis se detuvieron. Suspiré de alivio, aunque algo me decía que mi pequeño descanso no duraría mucho.

—¿Ya está, puro? ¿Eso es todo lo que tienes?

La voz del cuervo rompió el silencio creado. Con esfuerzo, alcé un poco la cabeza para poder mirarle, y vi que se dirigía hacia mí.

—¿Eso es todo? —repitió.

La sonrisa de su rostro daba fe de la locura que se había apoderado de él. De nuevo, me golpeó con el bastón y yo no pude hacer nada más que gemir por lo bajo por culpa del dolor.

—Debió haberte comido el día que te compró. Habría sido mucho más misericordioso de lo que yo seré contigo.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló debido al desprecio y el odio que podía percibir en su voz.

Traté de escapar. A pesar de que apenas podía moverme ya, hice un último esfuerzo. Él se rió, y me golpeó una vez más, esta vez en la espalda. Me quejé por el golpe. Aunque ahí no acabó todo.

Una mano me agarró por el pelo, obligándome a alzarme si no quería que me lo arrancara. Fue así como uno de los cuervos me sujetó, mientras su viejo líder me miraba con una sonrisa en sus labios.

—Tranquilo, puro, no voy a matarte. Eso sería demasiado generoso.

Le escupí. Era el único gesto para el que tenía fuerzas. Escupí la sangre que tenía acumulada en mi boca y sonreí victorioso cuando esta le alcanzó.

No fue una buena idea. Incluso antes de que el cuervo pudiera asimilar lo que había sucedido, el que me sujetaba se vengó por el agravio a su jefe. Primero fue un puño en el rostro que me partió la nariz, luego otro en el estómago que me dejó sin respiración y casi me hace vomitar. Después, conmigo ya en el suelo, empezaron a patearme.

Y debo confesar que agradecí cada golpe. No por el dolor, sino porque cada uno de ellos me acercaba más y más a la inconsciencia. Porque ya no tenía fuerzas para soportarlo más y solo quería que todo acabara de una vez.

—¡Basta! ¡Deteneos!

Lejos de parecerme la salvación, la orden del cuervo significó para mí otro tour por el infierno.

Tosí. Escupí la sangre, pero no traté de moverme. Los oídos me pitaban y estaba mareado. Apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, por lo que moverme estaba fuera de mis posibilidades. No cuando me costaba un gran esfuerzo el simple hecho de identificar las palabras que escuchaba.

—¡Casi le matáis, imbéciles! —exclamó el viejo, enfurecido—. ¡Tú! ¡Haz lo que tengas que hacer y acabemos con esto de una vez!

Uno de los zombis, el mismo al que herí, asintió en señal de sumisión antes de acercarse a mí.

Le miré, a él y al cuervo, sin entender nada de lo que estaba pasando. ¿No iban a matarme? ¿Por qué no? ¿Qué más tenían preparado para mí? ¿Por qué no me dejaban morir de una vez?

—No pienso matarte. Pienso hacerte lo mismo que él me hizo a mí. Así él sufrirá lo que yo estoy sufriendo.

Las palabras llegaron a mí al mismo tiempo que el zombi. Me quejé cuando me alzó el rostro, pero estaba demasiado cansado como para resistirme. No podía más. Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue que el zombi se puso sobre mí y me obligó a tragar algo.

 

* * * * *

 

El sonido de mi nombre llega hasta mí como un eco lejano. El llamado se repite una y otra vez, pero aunque distingo mi nombre, el resto de palabras supone un galimatías para mí.

Aun así, trato de responder. Hay apremio en la voz que escucho, y eso me hace intentar hablar. Sin embargo, mi mente está demasiado dispersa como para poner en palabras mis pensamientos. Y también está el dolor. Ese dolor lacerante que siento en cada parte de mi cuerpo.

Unos dedos me tocan. Unas manos intentan levantarme, pero se separan cuando escuchan mi quejido.

No quiero moverme. Si me muevo, me dolerá más.

Lo único que deseo es dormir.

—Abre los ojos. Vamos, hazlo por mí.

Los dedos vuelven a tocarme, esta vez en mi mejilla. El apremio sigue en su voz, opacada por la preocupación, pero lo que me importa ahora es esa caricia que sus dedos me dejan. Eso y que por fin he reconocido la voz.

Abro los ojos. Tengo que hacer un gran esfuerzo, pero lo consigo. Al principio lo veo todo borroso, pero poco a poco las cosas van perfilándose. Es ahí cuando le veo, arrodillado a mi lado. Y aunque mi primera intención es la de decir su nombre, esta queda en el olvido cuando mis ojos se fijan en la sangre que mancha su rostro, manos y ropa.

—¿Qué… qué te ha pasado?

Mi voz suena ronca, con un deje de dolor que pone en manifiesto el esfuerzo que me supone decir esas míseras palabras. También trato de alzar mi mano hasta su rostro, pero solo lo consigo porque es él quien lo hace por mí.

—No es nada. Yo estoy bien —me asegura—. La sangre no es mía.

Me sonríe para que vea que no me está mintiendo. Y yo le creo. Porque sé que no me mentiría con esto. Y, sobre todo, porque necesito creer que él está bien.

Intento levantarme, pero me es imposible. Todo el cuerpo me duele y apenas tengo fuerzas. Por suerte, él me ayuda, valiéndose de sus brazos para alzarme.

Duele, por supuesto. Cierro los ojos con fuerza mientras un siseo de dolor sale de mis labios. Tengo suerte y pronto me encuentro entre sus brazos, con mi espalda apoyada en su pecho y él abrazándome.

Sonrío. Me gusta estar aquí. A pesar del dolor, a pesar de la sangre en mi boca, el pitido en mis oídos y lo difícil que me resulta el solo hecho de respirar. Abro los ojos para poder mirarle y agradecerle que esté aquí conmigo, pero enmudezco al ver lo que hay ante mí.

Sangre. El suelo del escenario en el que estamos está cubierto de sangre. Los cuerpos de todos los cuervos y los tres zombis que me hicieron esto, se encuentran ahora esparcidos por ahí, algunos desmembrados incluso, con las vísceras y los sesos sobresaliendo de sus cuerpos.

Siento arcadas, aunque las reprimo. No sé por qué no me percaté del olor antes, pero ahora que soy consciente de lo que me rodea, este me asalta.

—¿Lo has…? —Trago saliva—. ¿Lo has hecho tú?

—Ellos te hicieron esto.

Hay ira en sus palabras. Tanta que me hace temblar. Él me abraza, besa mi mejilla y me acaricia el cabello, todo ello buscando calmarme. Me dejo llevar. Puede que no me guste lo que ha hecho o, mejor dicho, que lo hiciera por mí, pero no soy ningún santo y no siento lástima por ellos. En todo caso, sé que, de haber podido, yo mismo habría matado a alguno.

Empiezo a toser. No sé si es por el olor o la postura, y poco me importa en realidad. Mi cuerpo se dobla y mi mano se llena de sangre cuando la llevo a la boca.

—Te pondrás bien. —Oigo que me dice al tiempo que lleva un pañuelo a mis labios, limpiándome—. Te llevaré a casa y te curaré. Allí podrás descansar —me promete.

—No… No estoy tan seguro —susurro entre toses.

Él me mira interrogante.

—¿A qué te refieres?

Le cuento lo que el cuervo me hizo. No la paliza, sino lo último que le ordenó al zombi. Le cuento que recuerdo haber tragado algo, no sé el qué.

Cuando termino, puedo ver su gesto contrito. Hay dolor, tristeza e ira en sus facciones, y puede que ya supusiera que no era nada bueno, pero ahora el temor es mayor.

—¿Qué me pasará? —consigo preguntarle con esfuerzo.

Su mirada esquiva la mía, pero yo insisto. Quiero saberlo, tengo derecho a saberlo, y él lo sabe.

—Envejecerás —responde finalmente—. Rápido, muy rápido. Lo que te hicieron tragar es nuestra carne y nuestra sangre. Y es nuestra sangre lo que hará que tu organismo se acelere y tus células envejezcan más rápidamente.

»Lo que te han hecho ha sido un intento de transformación. Es lo que ocurre cuando les pasamos años a otros. Su organismo se ve afectado por nuestra mutación y, al no ser capaz de mutar, lo que hace es envejecer hasta morir.

—¿Y esos años que me dio?

—Los vivirías si logro curarte. Sin embargo, al envejecer tan rápido, serás incapaz de hacer nada por ti mismo en unos pocos años. Tu piel se arrugará, tus músculos y huesos apenas soportarán tu peso, tus sentidos se irán perdiendo e incluso tu mente se irá perdiendo hasta que no seas más que una carcasa que no puede morir de vejez.

Enmudezco. Sus palabras y el tono pesimista con el que las dice me dejan sin saber qué decir. Lo único que sé es que no quiero que me pase eso, no quiero convertirme en eso. Mi cuerpo tiembla y sé que es por miedo, por el pavor que me da la idea de quedar así.

—Dime lo que quieres. Dime qué quieres que haga y lo haré.

—Cómeme.

No hay duda en mi voz. Antes podía querer que me comiera para ser parte de él, pero ahora no se lo pido por eso. Y él lo sabe. Sabe que, si se lo pido, es porque no quiero que me pase lo que ha dicho. Antes prefiero morir.

Él me mira. Hay dolor en sus ojos, pero sé que comprende por qué se lo pido. Asiente.

—Gracias.

Me acalla con un beso. Sé que no lo quiere oír, pero yo se lo agradezco igual. Porque sé que esto es tan duro para él como lo es para mí. Porque yo no soy el único que va a tener que despedirse del otro.

—Voy a tumbarte. Avísame si te hago daño.

Asiento, dejándome hacer. Realmente me gustaría poder hacer algo más. Sin embargo, prefiero gastar las pocas fuerzas que me quedan en seguir consciente un poco más.

De esta forma, mi espalda vuelve a tocar el suelo una vez más. Me acomodo. Trato de encontrar una postura en la que no me duela todo, pero es difícil por no decir imposible. Aun así, me olvido de esto y sonrío cuando le veo acercarse a mí y juntar nuestros rostros para besarme.

Siseo por lo bajo. Tengo el labio y la nariz rotos, aunque eso es lo que menos me importa ahora que él me besa. El beso sabe a sangre y eso hace aparecer el hambre en sus ojos. Salvo que esta vez no me asusta. Porque es él.

Su mano, esa que no usa para apoyarse, se posa en mi pecho. Sus labios abandonan los míos y lamen la sangre de mi rostro antes de bajar por la mandíbula hasta el mentón. Me estremezco al sentir sus caricias y esos pequeños mordiscos que, aunque no sean para arrancarme la carne, sí me excitan.

Jadeo inconsciente cuando sus labios juegan con el único pezón que me queda. El recuerdo de cómo me arrancaron el otro vuelve a mi mente, aunque me obligo a ignorarlo. Quiero perderme en el aquí y el ahora, no rememorar lo que pasó antes.

—Lo siento. —Le miro interrogante. ¿A qué se refiere?—. Siento no haber estado ahí.

Así que era eso. Niego con la cabeza. No le culpo por lo que pasó. El cuervo buscaba venganza y pensaba obtenerla hoy o cualquier otro día futuro. No es su culpa.

—No pasa nada —le digo. Alzo un poco mi mano y él entiende mi gesto, ya que la acerca a su rostro—. No es tu culpa.

Acaricio su mejilla y él besa mi muñeca sin que sus ojos se separen de los míos. Sonrío.

—Muérdeme.

Sus labios dejan mi mano, aunque no la suelta. Sin dejar de mirarme, baja la cabeza hasta quedar a la altura de mi pecho. Sus ojos me transmiten esa pregunta que ronda su cabeza y que no se atreve a pronunciar. Asiento.

—Hazlo —le digo.

El dolor vuelve a asaltarme en el momento en el que sus dientes se hunden en la piel de mi costado. Mi mano estruja su pelo aunque no le detengo. Quiero que lo haga. Quiero que me coma.

Cuando se aparta, su mentón está cubierto por sangre fresca y en su boca hay lo que era un trozo de mi piel. Me mira y solo por la forma en que lo hace, sé que va a disculparse, así que le interrumpo al hablar yo antes:

—Espero estar bueno.

Mi comentario le saca una ligera carcajada.

—Estás delicioso —me susurra sobre mis labios tras volver a acercarse.

Alzo un poco el rostro, lo suficiente para volver a besarle con un poco más de urgencia esta vez.

Él me responde. Siento el trozo de carne pasar a mi boca y, de forma inconsciente, hago lo mismo que hacía en las otras ocasiones: lo trago sin importarme que fuera mío.

—Tienes razón —le digo cuando por fin nos separamos—, estoy delicioso.

Él sonríe. Sacude la cabeza por el comentario y vuelve a centrarse en mi pecho.

Los siguientes minutos los pasa excitándome a base de caricias, besos y juguetones mordiscos que intercala con algunos de verdad.

Varios gemidos brotan de mi garganta, muchos de placer, otros tantos de dolor. Me duele, claro que me duele. Lo que ya no hay es temor. Porque es él. Y si es él quien lo hace, no me importa morir.

Sus manos me quitan el pantalón, dejándome totalmente desnudo. Sus ojos recorren mi cuerpo como tantas otras veces ha hecho, salvo que esta vez la ira se une a la excitación y el hambre.

Le llamo. No quiero que piense en eso. Ellos ya están muertos y el pasado, al contrario que el futuro, no puede cambiarse.

Haciendo uso de casi todas mis fuerzas, consigo alzarme un poco. Él lo ve y no duda en ayudarme.

—No te esfuerces tanto —me dice, obligándome a recostarme—. Te harás daño.

—Solo si lo olvidas —le prometo.

Sus ojos se clavan en los míos y, aunque sé que le es difícil, asiente. Sonrío feliz, haciéndole un hueco entre mis piernas.

Su boca vuelve a mi cuerpo. Sus dientes se llevan otro trozo de piel, este a la altura de la ingle, y yo hundo mis uñas en sus hombros al tiempo que jadeo por el dolor.

Sus dedos acarician la herida recién hecha, empapándose de la sangre que mana de ella. Así, y mientras su boca se centra en mis muslos, sus dedos se adentran en mi recto.

Gimo. Placer y dolor se entremezclan cuando sus dedos alcanzan mi próstata a la vez que me arranca otro pedazo de piel. Él traga y yo intento recordar cómo respirar sin empezar a toser.

—No —le digo.

Él me mira extrañado.

—Tengo que prepararte. No quiero hacerte más daño.

—No sé si aguantaré mucho más.

Él asiente. Sabe cómo me siento, las pocas fuerzas que me quedan, y sabe que no es así como quiero morir: penetrado por sus dedos mientras me prepara.

Saca los dedos y se baja los pantalones. Está erecto. El hambre y mi olor suelen tener ese efecto en él, lo que en este caso, en el que yo apenas puedo hacer nada, viene muy bien.

Sonrío cuando le veo acomodarse mejor entre mis piernas. Alza mi cadera y, mirándome directamente a los ojos, me penetra.

Su gemido se mezcla con el mío. Siento dolor, por supuesto, pero por suerte mi cuerpo no tarda en acostumbrarse a él.

—Muévete —le pido. Mi voz siendo una mezcla entre dolor y placer.

Me hace caso. Primero de forma lenta, como si no quisiera causarme aún más daño del que ya siento; pero luego más rápido, acomodándose a lo que yo mismo le pido. Me dice que me ama y, antes de que pueda responderle, sus dientes se hunden en mi pecho. Lame mi herida y aún tiene tiempo de pasarse la lengua por los labios antes de que junte nuestras bocas y le bese.

De nuevo, pruebo el sabor de mi propia sangre y carne, y eso, lejos de asquearme, me acerca más a ese orgasmo al que tanto deseo llegar.

—Nunca te olvidaré. —Le escucho prometerme, con la voz cargada de deseo por lo cercano que está al éxtasis.

Sonrío. Giro mi rostro y le beso. Saboreo su boca al igual que él saborea la mía, y solo me separo cuando la falta de aire lo hace necesario.

—Tonto, yo siempre estaré contigo.

La nueva embestida le hace terminar. Le oigo gemir y yo mismo le imito cuando le noto hundir sus dientes en mi cuello. El gesto me lleva al orgasmo. Al placer se le une el dolor y también el mareo, producto de la pérdida de sangre.

—Te amo.

Me encantaría responderle, pero mis fuerzas ya se han agotado. Le sonrío. Sé que entiende mi gesto porque me besa, aunque esta vez yo ya no respondo.

Estoy mareado. Si no estuviera ya acostado, sería lo primero que haría. La cabeza me da vueltas y mis ojos amenazan con cerrarse. Tengo sueño, más de lo que nunca he tenido. Lo único que deseo ahora es dormir.

—Duerme, mi amor, duerme. Y no te preocupes, nunca te olvidaré.

Capítulo 2

Te has ido.

Esas son las primeras palabras que consigo formular en mi cabeza cuando tu hermana me da la noticia. Mi cuerpo se tensa por completo y el aire se niega a entrar en mis pulmones, todo por esas palabras. Esas tres palabras que lo significan todo para mí. Tres palabras que acaban de destrozar mi mundo al completo.

Te has ido.

No puedo creerlo. Soy incapaz de creer que nunca más volveré a verte, que no volveré a escuchar tu voz. No puedo creer que jamás volveré a estrecharte entre mis brazos y beber de tus labios y tu sonrisa.

Te has ido.

Te has ido y me has dejado atrás. Has hecho justamente lo único que prometiste que jamás harías. Rompiste tu promesa para no volver y ahora yo me he quedado aquí solo, atrapado en una vida que nunca pedí ni quise.

La primera pregunta que se me viene a la cabeza es la de cómo, seguida del por qué. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué tú?

Aún recuerdo la primera vez que lo hiciste, la primera vez que me dijiste adiós. Fue hace tantos años… la semana antes de que dejara el internado en mi último año allí. Me dijiste que esto no podía seguir así, que lo mejor era que solo fuéramos amigos porque las cosas no podrían irnos bien, porque era lo mejor para ambos. Y puede que consiguiera que me dijeras que me amabas, pero tú sabes que no conseguí que te quedaras, que no desaparecieras de mi vida durante los siguientes tres años.

¿La verdad? Ese primer día en el que descubrí que ya no estabas, apenas pude creérmelo. Me habías avisado, sí. Me habías advertido pero yo no había querido creerte. Siempre pensé que no serías capaz de hacerlo.

Pero lo hiciste. Te fuiste sin decirme adiós, sin dejarme ni una nota ni mucho menos diciéndome a dónde irías. Y me dolió, no puedo negarlo. Porque creí que lo que compartíamos no había significado nada para ti, que no me querías.

Así que traté de olvidarte. Me centré en mi carrera y en lo que se esperaba de mí en un burdo intento de no pensar más en ti, de sacarte de mi mente. Y debo decir que, aunque no funcionó del todo, conseguí llegar al punto de dejar de esperar tu regreso. Y quizá fue por eso por lo que me quedé sin palabras cuando volví a verte.

Fue en esa cena, ¿recuerdas? Cuando mi padre me llevó donde mi prometida y te presentó a ti como su hermano. Recuerdo que lo primero que sentí al verte fue sorpresa, aunque la alegría, la confusión e incluso la ira por tu abandono no tardaron en sumarse. ¿Y todo para qué? Para desvanecerse en el mismo instante en el que me sonreíste y dijiste mi nombre al saludarme. En ese momento deseé besarte a pesar de todos los presentes, y supe que jamás podría enfadarme contigo por más motivos que pudiera tener.

Volviste a mí ese día tras estar tres años lejos de mí. Y aunque jamás me quisiste decir dónde habías estado ni porqué te habías ido o habías vuelto, que aún seguías amándome y deseándome igual que antes me quedó muy claro cuando te uniste a mí en uno de los baños.

Besarte ese día fue una de las mejores cosas que me han pasado nunca. Estrecharte entre mis brazos, fundirnos en uno tras todo ese tiempo separados fue para mí algo que jamás podré olvidar. Aunque prefiero por mucho ese “Te amo” y esa sonrisa que me dirigiste.

Me pediste perdón, pero yo te acallé no queriendo escuchar. Porque en ese momento eso no era lo importante, porque yo ya te había perdonado en el mismo instante en el que apareciste de nuevo frente a mí, porque lo único que me importaba ahora era que habías vuelto.

Te pregunté si te irías y tú me dijiste que no, que nunca te irías. Fue ahí cuando me prometiste que no volverías a dejarme, que te quedarías conmigo para siempre. Y yo te creí. Te creí porque ya había estado tres años sin ti y no quería que eso volviera a pasar. Porque no quería volver a perderte, porque no quería que volvieras a separarte de mi lado.

Y sí, podríamos tener problemas. Sí, era verdad que en presencia de los demás teníamos que fingir, guardarnos nuestras miradas y nuestro deseo para esas pocas situaciones en las que estábamos solos, pero lo hicimos.

Lo hicimos durante todos esos meses, cuidándonos de que nadie nos descubriera, de que nadie supiera lo que en verdad sentíamos el uno por el otro. Porque no nos entenderían. Porque nadie lo comprendería. Sabíamos que estábamos solos pero no nos importó. No al menos hasta el anuncio de la boda.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Fue el día que ambos vimos que, a pesar de nuestros deseos, el mundo seguía girando en nuestra contra. Recuerdo ese día porque fue el día en el que volviste a decirme que deberíamos dejarlo. Y recuerdo que te acallé con mis labios para luego decirte que si tú me lo pedías, yo lo dejaría todo por ti. Porque el resto no importaba, nada importaba si con ello podía estar contigo.

Esa noche conseguiste que aceptara seguir con la boda porque era lo que se esperaba de mí, y yo conseguí que volvieras a prometerme que te quedarías conmigo, que no me dejarías por más complicado que se pusiera todo.

Cumpliste. Te quedaste conmigo todo ese tiempo. Al menos hasta ese día que, hasta ahora, tomaba como el peor de toda mi vida.

Me dolió. Tu marcha me dolió más de lo que puedes imaginarte. Creí que me habías engañado, que lo nuestro no significaba nada para ti, que habías estado jugando conmigo hasta que te cansaste de mí.

Traté de odiarte, lo admito, y más me odié a mí mismo por tratar de hacerlo, por intentar olvidarte al verme privado de nuevo de tu compañía. ¿Y sabes por lo que más me odiaba? Porque quería ir tras de ti, ir en tu búsqueda y quedarme a tu lado… Pero no podía. Te lo había prometido. Por eso te fuiste, ¿verdad? Porque sabías lo duro que sería de quedarte aquí. Porque sabías que, pese a que lo deseaba, no podía ir en tu busca.

Aunque esos no fueron tus únicos motivos, ¿verdad? Sé que no. Aunque tardé tiempo en descubrirlo, ahora sé que no. Ahora sé que mi padre tuvo mucho que ver en tu decisión. Sé que, pese a nuestros cuidados, terminó descubriendo lo nuestro y sé que te amenazó para alejarte de mí.

Creo que no hace falta que te diga cómo me puse al descubrirlo, ni cómo me puse cuando, al enfrentarme a él, se refiriera a ti como a una vulgar puta que había manipulado a su primogénito a placer. No, no hace falta. Ambos sabemos que me conoces mejor que yo mismo.

No he vuelto a hablar con él más que lo justo, ¿sabes? Ni una palabra más que las necesarias en los últimos siete años. El rencor es demasiado fuerte, porque fue él quien nos separó. Porque por su culpa yo estoy inmerso en esta vida y tú… Tú te has ido de mi lado.

Y pensar que todo habría podido ser tan diferente. Y pensar que podríamos haber pasado todos estos años juntos. ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me lo ocultaste? Me habría enfadado, no contigo, sino con él; y luego te habría dicho de irnos. ¿Fue por eso que no me dijiste nada? ¿Para evitar que “arruinara” mi vida al elegirte? Sí, seguro que sí.

Y yo… ¿Por qué tuve que decirte que sí? ¿Por qué tuve que prometerte que lo haría, que me casaría con tu hermana? Decías que era lo que tenía que hacer, que era mi deber para con mi familia, que era lo que se esperaba de una persona de mi posición, pero… Pero yo habría olvidado mi status por ti, habría abandonado a mi familia solo para poder estar contigo.

No te haces idea de las veces que he maldecido el momento que acepté el compromiso. No puedes imaginarte lo mucho que me odio por haber dicho ese “Sí, quiero” que me ataba a ella. Porque puede que tu hermana sea hermosa, puede que sea la mujer que todo hombre desearía, pero no yo. Yo solo te quería a ti.

¿Sabes las veces que quise ir a buscarte? ¿Abandonarlo todo para ir tras de ti? No había día en el que ese deseo no tomase forma en mi mente y, sin embargo, nunca lo hice. No porque no quisiera, sino por simple obligación.

Y aun así te busqué. Traté de encontrarte aunque solo fuera para saber que estabas bien. Sabía que no podía irme, pero les pedí a otros que te buscaran por mí. Todo para frustrarme cada vez que me decían que no te habían encontrado.

Y mientras, yo no dejaba de preguntarme qué estabas haciendo durante todos estos años. ¿Me extrañabas? ¿Seguirías amándome como yo te sigo amando a ti? ¿O quizás habrías encontrado a otro que consiguiera hacerte feliz? ¿Me habías olvidado? Lo reconozco, tenía miedo de las respuestas a esas preguntas. Nada me aterrorizaba más que el simple pensamiento de que me podías haber olvidado. Incluso ahora lo hace.

Pero no quiero pensar así. Deseo creer que tú también pensabas en mí tanto como yo pensaba en ti. Incluso que algún día habrías decidido volver a mí porque ya no soportabas estar más lejos de mi lado. Desearía que eso hubiera pasado, no sabes cuánto deseo haberte vuelto a ver una vez más.

Y aquí estoy ahora, siete años después del que fue el peor día de mi vida. Estoy a tu lado y aun así apenas me creo lo que ven mis ojos. Lo que eso significa.

Porque hoy has vuelto a mí, pero no como yo quería, no de la forma que he soñado todos estos años. Has vuelto a mí de la única manera que jamás pensé que ocurriría, de la peor de todas las formas.

Y no me lo creo. Me niego a creer que el día que por fin te tengo a mi alcance no pueda abrazarte ni volver a probar el sabor de tus labios o tan siquiera verte sonreír. Porque no puede ser verdad, no puedo creer que te hayan separado de mí de esta manera. Porque es injusto. Es tan injusto… Nosotros solo queríamos ser felices juntos. Yo solo quería pasar el resto de mis días a tu lado. Pero no pudo ser, ¿verdad? Tuve que dejarme convencer por ti y hacer lo que mi padre quería, solo “porque es lo mejor para ti”.

Y ahora estoy aquí y lo único en lo que pienso es que fui un estúpido al perderte. Estoy aquí y lo único que deseo es volver atrás para agarrarte y no soltarte hasta que estuviéramos lejos, muy lejos, todo lo lejos posible.

Pero ya no puede ser, porque tú te has ido. Te has ido a un lugar donde ni yo puedo alcanzarte.

¿Por qué has tenido que morir?

Te miro, grabando una vez más tu rostro en mi mente, contrastando tus facciones con las de ese día hace siete años. Y desearía que abrieras los ojos pero sé que no lo harás. Porque aunque me niegue a aceptarlo, sé que no estás dormido. Porque aunque no quiera creerlo, sé que te he perdido. A ti, y contigo a mí mismo.

—Adiós mi amor —te digo mientras miro esos ojos ahora para siempre cerrados—. Espérame allá donde estés.

Capítulo 1

Las voces se alzan una por encima de la otra más allá del susurro pero sin llegar al grito. Todas ellas nerviosas, algunas rozando la histeria. Y con razón. Que el día de la boda te dé por encerrarte en el baño apenas una hora antes de la ceremonia no es precisamente una llamada a la calma.

¿Y a quién acuden? A mí, por supuesto. Al único que saben que puede hacerte salir. Te conocen, me conocen, nos conocen… No tanto como igual deberían, pero sí lo necesario. Acepto. Miro a mi madre y le dedico una sonrisa para tranquilizarla, para que vea que todo va bien y que no hay porqué alarmarse.

Tu hermano y tu padre están junto a la puerta del baño y ambos me miran nada más escuchar mis pasos. Tu hermano me dirige una sonrisa, pero tu padre se limita a mirarme tan serio como siempre. “Hazle salir” me dice. Y yo solo asiento. Porque es lo que haré. Claro que lo haré.

Toco un par de veces a la puerta, llamándote para que sepas que voy a entrar, que soy yo. Siento el ruido del pestillo al abrirse y giro la manilla, volviéndome hacia tus familiares.

—Ahora salimos.

Dicho esto, entro en el baño cerrando con llave de nuevo tras de mí. Lo que menos quiero es que nos molesten. Eso solo empeoraría las cosas.

Sin poder evitarlo, miro dónde estamos, sin reprimir una sonrisa por ello. Un baño. Siempre un baño. ¿Por qué nos pasa todo siempre en un baño? En un baño nos conocimos. En un baño lo hicimos por primera vez. En un baño nos peleamos. En un baño te me declaraste. En un baño te dije adiós. Y en este baño me enfrento a ti hoy, el día más importante de nuestra vida. Por ti. Solo por ti.

Noto que me miras, así que te sonrío. Tranquilo, calmado, todo eso que tú no estás y que encuentras en mí mientras tratas de descubrir una sola pizca de ese sentimiento que te indique que yo tengo tan pocas ganas de estar aquí como tienes tú.

—Les has asustado —te digo mientras avanzo unos pocos pasos hacia ti, separándome de la puerta para terminar apoyado en el lavamanos.

Desvías la mirada hacia la puerta. Aún estás junto a la pared, pero puedo leer tu deseo de acercarte. Te sonrío y sigo hablando:

—Mi madre estaba casi histérica cuando fue a llamarme, pero la tranquilicé diciéndole que no era nada.

—Solo son nervios —te excusas.

—Eso dije yo —afirmo—. Solo necesitas calmarte un poco. Una boda es algo importante, es normal que estés nervioso.

—Tú no lo pareces —me interrumpes, casi como de si una acusación se tratara.

Me encojo de hombros, sin darle importancia a tu comentario.

—Siempre fui el más calmado de los dos —te recuerdo.

Arqueas la ceja, recordando con toda seguridad todas esas veces en las que fuiste tú quien tuvo que calmarme a mí.

—¿Calmado tú? Yo te recuerdo fogoso —me dices, esbozando una ligera sonrisa.

Me río, sabiendo que no hay cómo negar eso. Ambos recordamos demasiado bien todas esas ocasiones juntos.

—Dejémoslo en que no me hace falta esconderme cada vez que los nervios pueden conmigo —me corrijo para poner paz entre ambos.

—Eso es cierto.

Te sonrío y luego, pensando que quizá necesites una ayuda más, empiezo a buscar algo en los bolsillos del pantalón. Me miras curioso, viéndome sacar una cajetilla de tabaco para luego encenderme uno.

—¿Quieres? —te pregunto, tendiéndote la caja.

Me miras extrañado, aunque no dudas en aceptar. Fumar siempre consigue relajarte.

—No sabía que fumaras —me dices mientras te llevas el cigarro a la boca, esperando que te pase el mechero.

Me acerco por fin a ti, con una sonrisa en mis labios que contradice el desinterés que da a entender que alce los hombros.

—Solo en ocasiones especiales —te confieso a solo unos centímetros de tu rostro.

Me miras nervioso. Amagas con tender tu brazo hacia mí pero te detienes al ver que inclino mi cabeza, haciendo chocar nuestros cigarros para prender el tuyo.

Tras esto, retrocedo un par de pasos. Se supone que vine a calmarte, no a conseguir que te pongas aún más nervioso.

—¿Y esta es una ocasión especial? —no dudas en preguntarme, serio.

—Claro. Toda boda lo es. Incluso esta —sostengo—. Sobre todo esta.

Noto tu mirada, tu intento de ver más allá de lo que te muestro aquí y ahora. Intentas descubrir esa mentira que crees que reflejan mis palabras, pero no la encuentras.

—Hoy es un gran día —te digo, mirándote tan fijamente como tú a mí—. Para ti, para mí.

Continúas en silencio, así que olvido el cigarro y me acerco a ti. Me detengo justo frente a ti, ladeo mi cabeza y te dedico una sonrisa, abrazándote.

—No sé cómo he dejado que me convencieras para hacer esto. —Te escucho murmurar, sintiendo tu brazo rodear mi cintura mientras acercas tu rostro al mío.

—Porque me quieres —te respondo lo más sencillamente que puedo.

—No. Te amo —me susurras sobre mis labios.

Sonrío al escucharte, al ver todo ese fervor, pues sé que lo dices de verdad. Sé que me amas de verdad, que siempre me has amado.

—Lo sé. Ya lo sé.

Me empujas hacia la pared, acorralándome con tu cuerpo con decisión. Presionas tu cuerpo contra el mío y tengo que hacer un esfuerzo para no reírme. Siempre me hace gracia cuando me manejas así al aprovecharte de tu fuerza.

—¿Y tú me amas? —me preguntas de nuevo sobre mis labios, atrapándolos con tus dientes y haciéndome jadear.

—Sabes que sí. Desde siempre, para siempre —te respondo sin dudar—. Por eso estoy aquí.

La ilusión de tus ojos disminuye por mi última frase. Y sé que vas a decirme algo, pero te acallo al posar mi dedo sobre tus labios, consiguiendo que me mires.

—Todo está bien. Estaremos juntos. Siempre —susurro al saber que es lo que necesitas oír.

Siento que te relajas, que vuelves a rodear mi cintura con tu brazo y te pegas a mí todo lo posible, sin querer dejarme ir. Dejas caer el olvidado cigarro al suelo y me alzas el rostro con la mano. Mi mirada vuelve a encontrarse con la tuya y no puedo evitar sonrojarme ligeramente por la intensidad de tu mirada mientras inclinas tu rostro hacia el mío y juntas nuestros labios.

El roce de tus labios con los míos me transporta sin demora a través de todos los besos que nos hemos dado hasta ese primer día en el que nos vimos. ¿Lo recuerdas? Sí, seguro que sí. Fue en el baño del internado masculino en el que ambos estudiamos, cuando apenas teníamos seis y cinco años. Te habías escondido allí y todo porque no querías que te vacunaran, porque le tenías pavor a las agujas. Y, la verdad, me hace gracia, porque, ¿quién diría que ese chiquillo al que me encontré llorando a lágrima viva es el mismo que ahora me está besando impidiéndome que me aleje de su lado? Nadie. Nadie podría decir que protagonizaste una escena así. Porque a nadie le has dejado ver ese aspecto de ti mismo. Solo a mí.

Te conozco. Te conozco tan bien como tú me conoces a mí. Y por ello sabes que no puedo resistirme a tu beso, que siento que me deshago por completo tan solo con un mínimo roce tuyo, que me es imposible no dejarte hacerte con el control de mi boca, de mi cuerpo y de todo mi ser.

Porque puede que los demás estén fuera, puede que todos estén esperándonos, pero aquí solo estamos tú y yo. Este baño se ha convertido en nuestro escondite y eso es lo único que importa ahora.

Por eso, cuando tus labios se separan de los míos para bajar por mi mentón a mi cuello, en vez de alejarte y recordarte lo que hay al otro lado de la puerta, te permito seguir, inclinando mi cabeza hacia atrás solo para dejarte más espacio.

Porque no puedo negarme a ti, no hoy, no ahora. Porque con solo ese beso has conseguido destruir cualquier defensa que tuviera en tu contra. Porque lo único que deseo ahora es que no te alejes de mi lado.

Así que susurro tu nombre, con el deseo impregnado en él. Te miro a los ojos cuando alzas tu rostro y sonrío al ver que tu deseo y tu lujuria compiten con los míos. Dejo caer el cigarro a medio fumar y llevo mis manos hasta tu pecho. Apreso tu chaqueta entre mis dedos y te acerco aún más a mí. Porque quiero sentirte junto a mí, en mí.

—Te deseo.

Mi susurro te hace sonreír encantado, aunque pronto es la picardía lo que predomina en tu rostro.

—Demuéstramelo.

Tu aliento choca contra mi piel y yo sonrío al escucharte. Intentas provocarme y lo sé. Intentas hacer que me olvide de todo lo demás y me centre en ti. Lo sé porque es lo que siempre has hecho. Aquí ahora y también esa primera vez que me besaste. O la primera vez que hicimos el amor.

Y aunque no quiero, desvío mi mirada a la puerta. Y es justamente porque sé lo que tras ella nos espera que vuelvo a mirarte y te respondo con una sonrisa que rivaliza con la tuya.

No respondo, no hace falta. En vez de eso, llevo mis manos hasta los botones de tu chaleco, lo desabrocho y hago lo mismo con la camisa tras desanudar tu corbata. Tú sonríes sin oponerte y yo acallo tu risa al unir nuestros labios con algo más de lujuria que antes.

Muerdo tus labios al mismo tiempo que tiro de tu camiseta interior y cuelo mis manos bajo ella, tocando tu piel. Oigo tu jadeo y noto cómo tus manos no se quedan atrás, tirando de mi corbata y desabotonando mi ropa como has hecho ya docenas de veces. Me río por lo bajo al escuchar tu maldición por los botones de la camisa, y sé que no la abres rompiéndolos solo porque nos tocaría dar explicaciones luego. Por suerte, que mis manos se centren en el cierre de tu pantalón consigue hacerte olvidar el resto, solo centrándote en esto.

—¿Te gusta mi demostración? —te pregunto al mismo tiempo que empiezo a acariciar tu erección.

Sonríes tratando de ahogar el jadeo que te traiciona. Y sé que te gusta, puedo verlo en tus ojos, pero no por eso te quedas callado.

—Puedes hacerlo mejor.

Te miro y no evito la leve risa que me sale, no tanto por tu provocación como por todo ese deseo que puedo notar en tu voz.

—Mucho mejor.

Tu gesto se pronuncia, más aún al ver que, tras alejarte apenas un paso, me arrodillo frente a ti. Sabes lo que haré tan bien como yo sé lo mucho que deseas que lo haga, así que no espero más, solo agarro tu ropa interior y tiro de ella hacia abajo. Tu pene queda ante mí, erecto, necesitado de atención. Alzo mis ojos hacia ti y, con los tuyos sobre mí, lamo primero la punta de tu miembro antes de metérmelo en la boca.

Tu gemido resuena un poco más de lo aconsejado, y por ello no dudas en taparte la boca con la mano. Sonrío para mí, metiéndome ahora todo tu miembro en la boca y empezando a moverme como sé que te gusta. Te conozco bien, y aunque sé podría torturarte al hacerte llegar a las puertas del orgasmo solo para luego negártelo, esta vez las prisas por la situación no me lo permiten.

Por ello, en vez de torturarte como haría otras veces tan solo para poder seguir escuchando tus gemidos o para escuchar cómo dices mi nombre inundado en placer, esta vez me centro en hacerte sentir todo el placer posible con mi boca y mis manos, dejándote marcar el ritmo cuando sé que estás próximo al final y escuchando tu gemido algo más intenso que los anteriores cuando eso pasa.

Sin pensarlo demasiado, trago limpiándome luego los restos con la mano, teniendo cuidado de no manchar la ropa. Hecho esto, me levanto de nuevo, sonriéndote cuando me miras, cuando me abrazas y luego me besas.

Rodeo tu cuello con los brazos y me pego a ti, dejándome hacer cuando me aprisionas contra la pared de nuevo. Río por lo bajo y vuelvo a atrapar tus labios cuando haces el amago de separarte. Porque no quiero dejarte ir. Porque me gusta tenerte así para mí.

—Me gusta esto —te digo apenas en un susurro—. Tú y yo aquí solos, sin nadie más.

Asientes con la cabeza, dejándome ver que piensas igual. Unes de nuevo nuestros labios en apenas un roce y luego juntas nuestras frentes.

—Escapemos. Huyamos juntos.

Me río al saber bien que hablas en serio, que si te dijera que sí, me agarrarías y no me soltarías hasta que estuviéramos lejos de aquí. Alzo la mano, acariciándote la mejilla, y niego con la cabeza mientras te respondo:

—Tonto… Están todos esperándonos fuera. No podemos hacerles eso.

—No me importan los demás. Solo me importas tú.

Uno nuestros labios, sin querer dejarme llevar por lo que tus palabras causan en mí. Porque no quiero pensar, no quiero llegar a ese “Sí” que tanto se repite en mi cabeza. Siento tus manos en mi cintura, la forma en la que me aprietas contra ti, casi como si pensaras que podemos fusionarnos si lo intentas con la suficiente fuerza.

Jadeo necesitado cuando tu cadera se encuentra con la mía, y no puedo evitar rozarme contra ti en un intento de aliviarme un poco, de decirte sin palabras lo que necesito. No me hace falta hacer más, pues pronto comprendes mi acto. Y mientras tus labios bajan a mi cuello y se entretienen en él, tus manos se centran en mi pantalón. No tardas mucho en desabrocharlo y tirar de él hacia abajo y yo celebro tu gesto con un nuevo jadeo cuando tus manos tiran de mi ropa interior liberando mi erección.

Cierro los ojos y tengo que morderme el labio cuando empiezas a masajear mi miembro. Tus caricias me derriten y solo me dejan con ganas de más, de sentirte completamente dentro de mí.

De pronto, me alejas de la pared, acorralándome ahora contra el lavamanos, de espaldas a ti. Noto tus labios en mi cuello, como también tu mano bajando por mi cintura y sonrío expectante al saber muy bien lo que pretendes.

No te separo. No lo hago porque, en este momento, ese pensamiento es impensable. Soy incapaz de negarte nada, no cuando me tocas así, no cuando todo mi ser clama por ti. Así que, en vez de eso, apoyo ambas manos sobre la superficie de mármol, separo un poco mis piernas y te dejo hacer.

Mis ojos, posados en el espejo ante nosotros, captan tu mirada y con ella el deseo y toda esa lujuria que brillan en ella. Me muerdo el labio para evitar que nadie escuche mi leve quejido y sonrío cuando noto tus labios buscando los míos.

Te beso, ahogando mis jadeos y gemidos en tu boca, rozándome contra esa mano tuya que sigue masturbándome y luego contra esos dedos que se internan en mi interior. Y debería odiarte, debería querer matarte por conseguir siempre que me rinda a ti, pero me es imposible. Porque aunque siempre consigues que no te rechace, ya sea esa primera vez o aquí ahora, soy incapaz de odiarte, soy incapaz de sentir cualquier otra cosa que deseo y placer.

Mi cuerpo se tensa y un quejido sale de mis labios en el momento en que empiezas a penetrarme, pero aun así no te detienes. Sabes que no es eso lo que quiero. Cierro los ojos y respiro tratando de relajarme, escuchando tu leve gemido cuando por fin me penetras por completo.

Noto tus labios en mi cuello, ascendiendo hasta mi oído. Tus dientes juguetean con la piel de mi oreja para distraerme y tu mano baja a mi erección para conseguir que me relaje por fin y me distraiga del dolor.

Y lo consigues.

Queriendo más, soy yo mismo quien empieza a moverse, consiguiendo que tú me sigas hasta tomar el control de la situación. Tus manos se posan en mi cintura y pronto consigues alcanzar ese punto que me llena de placer.

Gimo sin poder evitarlo, queriendo más, queriendo que lo repitas. Sin embargo, no quiero que nos escuchen, no quiero que nos descubran, así que me obligo a no hacer ruido aunque lo que más desee en este momento es dejarme llevar por todo esto que siento. Por todo este placer que tus embestidas me provocan.

Tus labios besan mi cuello y yo alzo mi rostro para poder mirarte por el reflejo del espejo, sonriéndote entre gemido y gemido. Murmuro tu nombre con deseo, pidiéndote más, y tú te aferras a mi cintura con más fuerza, aumentando a ese ritmo que tanto me gusta y que tan loco me vuelve.

Me muerdo el labio con fuerza, tratando de reprimir mis gemidos. Cierro los ojos y me aferro mejor al lavamanos con mi mano mientras con la otra sigo masturbándome. Estoy a punto de llegar al orgasmo, y sé que tú también lo estás por la manera en la que me embistes y por tu entrecortada respiración, así que vuelvo a buscar tus ojos en el reflejo del cristal y, cuando ya no puedo más, me vengo diciendo tu nombre.

El placer inunda mi cuerpo por completo, y tengo que hacer un enorme esfuerzo para evitar que se me escuche demasiado. Mi cuerpo se estremece y puedo sentir el momento en el que terminas en mí, no queriendo perdérmelo al ver tu rostro lleno de placer gracias al espejo y escuchando tu agitada respiración cuando posas tu cabeza sobre mi hombro.

—Te amo. —Te oigo murmurar, dejando un nuevo roce de tus labios en mi cuello.

—Y yo a ti.

Sales de mí, me obligas a darme la vuelta y me alzas el rostro para que pueda mirarte.

—Eres mío —susurras entrecortado sobre mis labios, con tus ojos en los míos y tus brazos rodeándome.

Sonrío.

—Soy tuyo —afirmo—. Solo tuyo.

Nuestros labios se encuentran, ya sin toda esa lujuria anterior de por medio. Solo este sentimiento que tanto me asustó esa primera vez que me besaste hace ya tantos años. Y pensar que ese día pensé alejarme de ti y no volver a verte… Y ahora estamos aquí, en este sitio, en este día, después de todo lo que nos ha pasado.

—Debemos salir ya. Nos están esperando.

Haces una mueca al escucharme, pero sabes que tengo razón. No protestas, pero tampoco pareces muy por la labor de hacerme caso, así que al final, te agarro de la mano y tiro de ti hacia uno de los cubículos, donde nos limpio a ambos. Acto seguido, vuelvo a vestirme, viendo que haces lo mismo, lavándonos un poco para borrar cualquier rastro. Te ayudo con el nudo de la corbata, puesto que eres un verdadero desastre con ellas, y luego nos miro fijamente para ver si puedo darnos el visto bueno o si todavía hay alguna prueba que indique lo que acaba de pasar.

—Listo —declaro sonriente—. Ya estamos. Será mejor que salgamos ya.

Me alejo de ti. No obstante, no he dado ni dos pasos en dirección a la puerta cuando noto tu mano agarrándome del brazo, obligándome a voltearme para mirarte de nuevo.

—Te amo —me dices, pegándome otra vez a ti—. Siempre te he amado y siempre te amaré. Da igual lo que pase luego. Nunca dejaré de amarte.

Sonrío. Soy incapaz de hacer otra cosa más que sonreírte como un tonto durante los largos segundos que tus palabras me hechizan. Luego, asiento.

—Lo sé. Siempre lo he sabido.

—Nada cambiará —me prometes una vez más.

—Nada cambiará —te aseguro yo también, acariciándote la mejilla—. Y ahora, es hora de salir.

Te beso en los labios una última vez, y aunque sé que tu primer pensamiento es el de volver a estrecharme entre tus brazos y no dejarme ir, también noto cómo tu lado más racional gana la pelea, dejándome ir cuando retrocedo.

Me alejo de ti, echando un último vistazo en el espejo para comprobar que no hay pruebas de lo sucedido, y me acerco a la puerta. Tú no me sigues. Sé que necesitas otro minuto más, así que no intento que salgas conmigo.

Llego a la puerta, poso mi mano en el pestillo y, antes de abrirla y volver a enfrentarme al mundo, me giro hacia ti al escucharte.

—¿Hoy es un gran día?

—El mejor de todos —te respondo sin duda alguna y con una gran sonrisa en mi rostro.

Giro el pestillo, abro la puerta y salgo por fin de ese baño que ha sido nuestro último refugio. La mirada de tu padre, tu hermano y de mi padre se centran en mí al verme y yo no dudo en acercarme a ellos al caminar por ese corto pasillo que nos distancia.

—Solo eran nervios —te excuso, respondiendo así a su muda pregunta—. Saldrá ahora.

Tu hermano y mi padre asienten complacidos y tranquilos, ignorantes de lo que hemos hecho. No así tu padre, que me mira con el ceño fruncido una vez más. Le sonrío calmado y me vuelvo hacia el mío.

—¿Está todo listo?

—Lo está. Los invitados ya han llegado y el cura solo espera que le digamos cuándo empezar.

Asiento en silencio. Por lo que parece, lo único que falta es que ocupe mi puesto.

—Tu hermana quería verte. Está con tu madre en la habitación.

Asiento de nuevo con la cabeza y me despido de ellos con una sonrisa, disculpándome al decir que iré a verla. Y la verdad es que no me sorprende que quiera verme, lo más seguro es que esté nerviosa, asustada lo más probable. Todo por tu pequeña huida al baño.

Camino hasta la habitación, entro en ella y centro de inmediato mi mirada en mi hermana. Dios, tendrías que verla. Está preciosa entera de blanco con su vestido de novia. Me acerco a ella, esbozando una sonrisa para mitigar la preocupación y el miedo a un posible desplante de su mirada.

—Todo está bien —le digo—. Nervios de última hora. A todos nos pasaría de casarnos con una chica tan hermosa como tú.

Ella sonríe por mi halago, ya mucho más tranquila que antes. La abrazo y la beso en la frente con suavidad.

—Gracias —me susurra.

—Hoy es tu día. Nada puede estropeártelo —le digo, mirándola.

Y aunque sonrío, lo que en verdad hago es tratar de ocultar todo este dolor que siento, encerrarlo para siempre en mi corazón de donde no puede volver a salir jamás.

Porque ella no tiene la culpa. Porque ella no sabe nada sobre nosotros, ella no sabe que me estoy sacrificando por ti. No sabe que estoy viviendo el peor día de mi vida y solo porque no puedo dejar que eches por la borda toda tu vida al ir contra tu padre solo por mí.

Mi hermana no lo sabe ni lo sabrá nunca. Como tampoco lo sabrás tú. No. Ni ella ni tú sabréis jamás de las amenazas de tu padre para que me aleje de ti. De todos esos “Le arruinarás la vida” que me dice una y otra vez cada vez que nos encontramos. No. Nunca lo sabréis, porque nunca os lo diré.

Así que me iré. Cumpliré mi promesa por más que me desgarre hacerlo. Porque, aunque nos duela, ambos sabíamos que esto no era para siempre, que no podía durar. Y me iré. Me iré aunque antes te dije que todo seguiría igual tras esta boda, me iré para no volver a verte. Porque prefiero que me odies por mentirte a que arruines tu vida por estar conmigo. Porque te amo. Te amo más de lo que nunca he amado a nadie y por eso te digo adiós sabiendo que es lo mejor para ti.

«Adiós, mi chico del baño» pienso mientras, minutos después, te escucho decir el “Sí, quiero”, desviando apenas un instante tu mirada hacia mí. Y yo te sonrío, diciéndote en silencio que has hecho bien mientras escondo toda mi tristeza y dolor.

«Adiós -pienso mientras te veo besarla-. Sé feliz».

Los guardianes del príncipe

La primera vez que les vi, fue cuando tenía diez años. Estaba pasando unos días en el pueblo de mis abuelos paternos, un pequeño pueblo perdido entre las montañas al que apenas llegaba la línea telefónica. La casa de mis abuelos era, por supuesto, la más alejada del centro, situada casi en el linde del bosque que cercaba el pueblo por el sur. Un bosque del que mi abuelo siempre me había contado viejas historias. Un bosque del que se decía que estaba embrujado y en el que, según las leyendas, vivían extrañas criaturas que se alimentaban de cualquier desgraciado que se atreviera a molestarles. Un bosque del que incluso se decía que tenía vida y hasta tiempo propio. Un bosque al que, por supuesto, me habían prohibido acercarme y un bosque al que yo no había dudado en acercarme, ansioso de aventuras.

Sabía que si mi madre, la buena de mi madre, descubría que había fingido mi dolor de cabeza para no tener que ir a misa ese domingo por la mañana y quedarme solo en casa, su enfado sería enorme y su castigo aún más terrorífico. Pero eso no me importaba demasiado, no cuando tendría casi una hora para hacer lo que quisiera, no cuando podía dedicar todo ese tiempo en el que, en ese momento, era mi gran sueño: investigar el bosque.

Los carteles de “Cuidado” y “Prohibido el paso” deberían haberme hecho dar media vuelta. El aspecto sobrecogedor y fantasmagórico del bosque tendría que haber minado mis ansias de aventuras haciéndome volver atrás, volver a la casa de mis abuelos y pasar ese tiempo que estaría solo frente a la vieja televisión en blanco y negro que había en el salón. Pero entiéndelo, yo era un niño. Me había criado entre mitos y leyendas, había viajado hasta el centro de la Tierra, había explorado el mundo submarino, había viajado hasta los límites del universo, había vencido a seres que solo existen en los mitos… Todo esto gracias a las historias que mi padre solía contarme antes de irme a dormir.

Así que, como muy bien comprenderás, no di media vuelta para volver a casa, ni siquiera dediqué ni un instante a pensar en los peligros, tanto reales como ficticios, que podría encontrarme. Empecé a avanzar. Pasé al lado de los dos carteles y atravesé no solo el linde del bosque, sino también la frontera entre la fantasía y la realidad.

Y lo reconozco, allí, entre toda esa maleza, entre todos esos viejos árboles que crecían sin ton ni son, yo estaba en mi elemento. Había dejado volar mi imaginación y ahora no estaba en el bosque que había tras la casa de mis abuelos. No. Ahora me encontraba a miles de kilómetros de allí, a cientos de años atrás, en esa época en la que los príncipes rescataban a las princesas que estaban atrapadas en la más alta torre de un castillo en ruinas, custodiado por supuesto por un terrible dragón que el príncipe tenía la obligación de derrotar si quería salvar a la bella princesa.

Y yo, claro está, era el príncipe. Uno que pensaba derrotar al dragón y rescatar a la princesa. Un príncipe que no dudaría en enfrentarse a miles de peligros antes de llegar a las viejas ruinas que suponían el castillo y que yo sabía que estaban justo en el corazón del bosque, pues allí era donde se encontraban las ruinas de las que mi abuelo me había hablado alguna vez.

Decidido a cumplir mi hazaña al hacer todo eso que los príncipes están obligados a hacer, emprendí mi búsqueda con mi espada en una mano y mi escudo en otra, siempre atento a cualquier ruido que me alertara de un peligro aún sin avistar.

Fue así como, en mi recorrido hacia las viejas ruinas, derroté a todo monstruo que encontré a mi paso. Fue así como derroté al enorme hombre-lobo que aterrorizaba a una niña pequeña, fue así como luché contra los animales salvajes que vivían en ese bosque encantado. Así derroté a mantícoras, basiliscos, trolls, orcos y ogros. Volé por los cielos sobre Pegaso, abatiendo a mi paso a todas esas bestias, para mí tan reales como esas rocas y ramas que les daban forma. Te lo recuerdo, no era más que un niño.

Y por fin, tras haber vencido yo solo a más bestias que todos mis héroes favoritos juntos, tras haber pasado no sabía cuánto tiempo luchando contra todos esos seres, llegué a las ruinas. Llegué al castillo donde me esperaba la princesa y, con ella, su guardián: el temible dragón.

Sabía que este último enfrentamiento sería aún más peligroso que todos los anteriores juntos. Un dragón no era algo que todos los príncipes podían vencer, menos aún ese dragón, el cual, según el viejo sabio que me había hablado de él (mi abuelo), era el más terrible y poderoso de los de su raza y ya había logrado comerse a todos los príncipes que se habían atrevido a ir a por él. Pero yo tenía fe en mí mismo y sabía que podría derrotar a tan temido dragón. Lo lograría.

Y así, con mi escudo y mi espada como única compañía, pues de Pegaso ya me había despedido hacía tiempo, crucé las antaño esplendorosas murallas que limitaban el castillo y que ahora no eran más que unos muros rotos, desechos por el inexorable paso del tiempo. Estaba alerta, sabía que en cualquier momento el dragón podría salir de su escondite y abalanzarse sobre mí para comerme.

Pero lo que me encontré allí no fue un dragón. Lo que allí me encontré nada tenía que ver con todos esos seres con los que me había enfrentado en mi camino hacia las ruinas. Lo que allí me encontré fueron unos chicos. Les encontré a ellos.

Eran dos. Dos jóvenes unos años más mayores que yo. ¿Cuántos años? La verdad es que no sabría decirte. Eran mayores, sí, físicamente aparentaban unos diecinueve o veinte años, no más. Pero por más que esos eran los años que parecían tener, algo me decía que esos dos chicos que estaban a un par de metros de distancia eran viejos, muy viejos.

De todos modos, no fue su extraña juventud lo que llamó mi atención. Lo que lo hizo fue esa belleza etérea que ambos poseían. Puede que yo solo tuviera diez años, que fuera un niño que apenas había vivido, pero en esos diez años que sí había vivido, te puedo asegurar que nunca, jamás, había visto a otros dos chicos como ellos dos. Su pálida piel, sus finos y atractivos rasgos, su cuerpo menudo aunque de músculos firmes… Aunque, si he de serte sincero, lo que más me atrajo no fue nada de esto. Más que esa piel, más que su belleza, más que el cabello color castaño rojizo del primero y rubio del segundo, más que esas ropas que parecían sacadas de esas historias fantasiosas que tanto me gustaban; más que todo eso, lo que más me atrajo esa primera vez, y todas las demás veces, fueron sus ojos. Unos ojos que jamás había visto en mi corta vida, unos ojos de penetrantes pupilas negras y de extraños y atrayentes irises rojizos que me llamaban, que parecían decir mi nombre una y otra vez. Unos ojos que parecían ser capaces de ver mi alma. Unos que, por más que deberían haberme asustado, lo que estaban consiguiendo era atraparme por completo.

Debería haberme alejado, sí. Debería haberme ido de ese claro y esas ruinas antes de que ellos me vieran y se percatasen de mi presencia. Y, si lo hubiera hecho, tal vez esta historia acabaría aquí y todo esto se quedaría en una pequeña travesura realizada por el niño pequeño que era yo por aquel entonces. Pero ¿sabes qué? La historia no habría acabado aquí si yo hubiera decidido alejarme y volver a la casa de mis abuelos. ¿Por qué? Porque ellos ya sabían que yo estaba allí. Ellos ya sabían que les estaba mirando completamente extasiado desde un par de metros de distancia.

¿Cómo lo sé? Lo sé por sus sonrisas, esas que adornaban sus atractivos rostros y que dejaban entrever sus perlados y perfectos dientes. Porque, por más que no estuvieran mirándome en ese momento, yo sabía que ellos sabían que yo estaba allí. Incluso, a lo mejor ellos ya estaban al tanto de todas esas aventuras que había vivido desde mi llegada a ese bosque prohibido.

¿Y sabes lo que hice? Pues, aunque sé que te podrá parecer una completa estupidez, te aseguro que no dudé en acercarme a ellos. Eso sí, lo hice aún empuñando mi espada y mi escudo, pues yo no sabía si ellos eran una treta del dragón para poder devorarme.

Así, y como acabo de decirte, me acerqué a esos dos jóvenes desconocidos que, te aseguro, a mí no me parecían ni jóvenes ni desconocidos. Aunque claro, ¿qué podía saber yo por esa época? Nada, te lo aseguro.

Ellos, al sentirme, alzaron sus rostros y se giraron hacia mí, observándome en silencio aún con la sonrisa en su rostro, esperando que fuese yo quien hablara. Sin embargo, aunque a ti pudiera parecerte que estaban tranquilos e imperturbables, yo los noté ansiosos, sorprendidos y, ante todo, esperanzados y alegres. Alegres por algo que yo no entendí en ese momento, por algo que aún tardé mucho en descubrir y comprender.

No obstante, aunque no comprendiera la razón de esos sentimientos, tampoco pensaba quedarme callado. Por el momento, para mí esos dos chicos que había ante mí no eran más que un posible truco del dragón que custodiaba el castillo y a la princesa. Y yo no pensaba dejarme engatusar.

—¿Quiénes sois? ¿Sois los guardianes de la princesa? —les pregunté con una voz para mí solemne, digna del príncipe que era yo.

Recuerdo que, nada más escucharme, los dos chicos cruzaron una mirada entre ellos mientras las sonrisas de sus rostros se ampliaron. Luego, uno de ellos, el del cabello castaño rojizo, se alejó de su compañero al avanzar un solo paso hacia mí.

—Aquí no hay princesa alguna —me dijo—. Y nosotros no la protegeríamos ni aunque la hubiera.

—Entonces, ¿quiénes sois? ¿Sois aliados del dragón? —volví a preguntarles. No quería creerme del todo sus palabras por si solo fueran parte del engaño.

Una suave risa se escapó de los labios de ambos. Y puedo jurarte que, en el momento en el que volvieron a mirarme, pude llegar a ver ternura en sus ojos.

—Mucho me temo que la respuesta sigue siendo negativa —me dijo ahora el del cabello rubio—. ¿Quiénes somos? Somos los guardianes del príncipe.

Debo confesarte que, tras haber escuchado y leído tantas historias sobre príncipes y princesas como había hecho, su respuesta no solo me sorprendió, también me confundió. ¿Los guardianes del príncipe? ¿Cómo podía ser eso posible?

—Los príncipes no tienen guardianes —declaré decidido—. Los príncipes salvan princesas, no tienen guardianes.

—Nuestro príncipe sí los tiene.

—¿Y dónde está vuestro príncipe? ¿Luchando contra el dragón?

Los dos negaron con la cabeza al unísono, con un movimiento totalmente sincronizado, y tras eso volvieron a centrar una vez más su mirada en mi persona como queriendo decirme algo con ese gesto.

De nuevo, sus ojos me atraparon, arrastrándome al fondo de un abismo al que yo no temía, pues sabía que nada me pasaría.

No puedo decirte cuánto tiempo pasé en ese claro esa primera vez en compañía de tan misteriosos jóvenes. El tiempo pasaba lento y muy rápido a la vez. Y mientras ese tiempo pasaba, recuerdo que yo seguí luchando contra los monstruos que habitaban esas ruinas. A veces luchaba solo y otras en compañía de mis dos nuevos aliados. Unos que no dudaban en protegerme. Unos que, estaba seguro, darían su vida para salvarme.

Los minutos pasaban y yo no lo notaba. Pero, aunque esto sea así, puedo jurarte que dudo que pasara más de una hora en aquel bosque en compañía de esos dos chicos. Puedo decirte que, además de luchar, recuerdo haber hablado con ellos, contarles sobre todas esas aventuras que había vivido en mi corta vida y, obviamente, haberles preguntado cosas sobre sus propias vidas.

Lo que no recuerdo, por más que lo intente, es lo que me dijeron. Esas respuestas que no dudaron en darme cuando les interrogué, como si estuvieran obligados a hacerlo o, mejor dicho, como si deseasen que supiera más sobre ellos.

Recuerdo fragmentos vagos, eso no voy a negártelo. Sé que me hablaron de lejanos países, lejanos tanto en el tiempo como en el espacio, y que me contaron hazañas y batallas de las que jamás había oído hablar. Todas sus historias me encandilaron, lo confieso. Ellos me hablaban y yo les escuchaba en completo silencio, con los ojos cerrados, pudiendo ver todas esas cosas de las que me hablaban tal y como si catapultasen las imágenes a mi cabeza. Tal y como si en verdad yo hubiera estado allí.

Pero, para mi desgracia, pronto el hechizo se rompió, pronto mis ojos se abrieron y mi mente volvió al eterno presente al escuchar una sola palabra: hogar. Esa fue la palabra que me hizo recordar que debía volver a casa, que tenía que llegar allí antes de que mis padres y mis abuelos volviesen de la iglesia si quería evitar que me castigaran.

Por ello, no dudé ni un instante en levantarme sabiendo que debía de darme prisa si quería llegar a tiempo. Al verme, recuerdo que mis dos acompañantes me miraron, esperando tranquilos a que me volviera hacia ellos. Y eso hice. Me volví hacia ellos, hacia esos dos chicos con los que había compartido mis últimas aventuras, y les sonreí.

—Tengo que irme —les dije—. Pero volveré pronto.

Y ellos asintieron. Sabían que no les mentía. Sabían que les estaba diciendo lo que, en ese momento, era la verdad más pura que podía decirles.

—Lo sabemos —susurró el primero que me había hablado, el del cabello castaño rojizo—. Tú siempre vuelves.

Podría decirte que sus palabras me confundieron, que le miré sorprendido y que le pregunté qué quería decir con eso, pero te estaría mintiendo. Y, sinceramente, no estoy contándote todo esto ahora para empezar a mentirte y cambiar lo que en verdad sucedió. Si hago esto es por la única razón de que quiero que sepas lo que ocurrió, lo que me sucedió. Cómo el destino cambió para mí y todo por haberme adentrado en ese bosque ese día; por haberles encontrado a ellos, a los guardianes del príncipe como ellos mismos se presentaron. Mis guardianes.

Lo que pasó a continuación fue algo que a mí me sorprendió. Pues aunque me hubieran contado historias, aunque habían contestado a mis preguntas e incluso habían luchado a mi lado, jamás me habían tocado, ni siquiera por pura casualidad. Y, pese a ello, en esa despedida, en ese momento en el que el chico del cabello castaño rojizo dijo ese “Tú siempre vuelves”, este se inclinó hacia mí, acarició mi mejilla con unos dedos extrañamente helados y justo después me sonrió y se inclinó aún más, rozando sus labios con los míos en el que fue mi primer beso.

—Te esperaremos. Siempre te esperamos.

Reconozco que, en ese primero momento en el que sus labios tocaron los míos, mi cuerpo se quedó paralizado, en shock. No entendía por qué me estaba haciendo eso, por qué, si apenas nos conocíamos, si ambos éramos chicos, él me había besado.

Recuerdo que me sonrió, divertido por mi sorpresa, mi expresión y mi desconcierto. Y, al igual que él, su rubio compañero también me sonrió, imitando el gesto del castaño antes de susurrarme una última frase:

—Ahora vete, te esperan.

Tras estas palabras, y por más aturdido que te aseguro que estaba, hice lo que él me dijo. Cumplí esa orden despidiéndome una última vez con una sonrisa nerviosa antes de alejarme por el mismo lugar por el que había llegado hasta allí.

Y me gustaría decirte que conseguí volver a casa antes que mis padres supieran que me había ido. Que después, esa misma tarde, cumplí mi promesa volviendo al bosque y más concretamente a ese claro donde ellos dos habían prometido esperarme, pero no fue así.

Aunque para mí apenas había pasado una hora desde que había salido de la casa de mis abuelos, parecía que no había sido así, que estaba equivocado. La verdad era que cuando por fin salí de ese bosque, más que la claridad del día lo que me recibió fue la oscuridad más propia de la noche.

Miré atrás, hacia el bosque, sin comprender por qué, si para mí apenas había pasado una hora u hora y media como mucho, fuera de este era de noche. ¿Acaso la leyenda que decía que el bosque poseía tiempo propio era verdad? No lo sabía, pero eso era lo que parecía.

Sin entender lo que ocurría, me alejé del bosque en dirección a casa de mis abuelos. Había soltado la rama y el trozo de corteza que fielmente me habían servido de espada y escudo y en ese momento solo me dediqué a correr hacia la casa. Tan solo me detuve al escuchar gritar mi nombre. Y reconocí al instante la voz preocupada de mi padre.

Sin dudar, corrí hacia el lugar del que venía su voz, gritando un “¡Papá, papá!”, que le avisó de mi cercanía. Nada más verme, recuerdo que mi padre me alzó en brazos, estrechándome contra su pecho mientras susurraba mi nombre con alegría y hasta cierto alivio. Recuerdo también que mi madre y mis abuelos hicieron lo mismo, con la primera llorando a lágrima viva mientras me abrazaba, rogándome que no volviera a irme así, que no volviera a desparecer otros dos días.

Sí, has leído bien, he dicho dos días. Te confieso que yo me quedé tan confundido como tú. ¿Cómo podía haber pasado dos días fuera cuando, según yo, solo había estado una hora en el bosque? No lo entendía. No lo entendía porque, si en verdad fuera así, yo habría tenido hambre, sed, lo normal era que tendría que haber dormido. Y, sin embargo, yo no había hecho nada de eso. Pero, por raro que pudiera parecerme en ese entonces, mi madre sí tenía razón con sus palabras. Yo me había pasado casi dos días desaparecido, con mi familia, la policía y todo el pueblo buscándome sin descanso. Y yo ni me había enterado.

Los siguientes días creo que podrás imaginártelos sin problemas. Aunque yo aseguraba estar perfectamente, mi madre nunca se alejaba de mi lado, como si temiera que volviera a desaparecer de nuevo. Y la verdad es que no la culpo. ¿Cómo hacerlo cuando yo solo podía pensar en volver al bosque junto a mis dos nuevos amigos? No, no sería justo culpar a mi madre por no querer separarse de mí sabiendo que, si conseguía volver al bosque y cumplir mi promesa, la historia se repetiría una vez más.

De ese modo, al final mi promesa de volver al bosque quedó sin cumplir, pues además de soportar a mi madre, también tuve que hacer frente a todas esas preguntas que me hicieron. “¿Dónde estuviste?”, “¿Por qué te fuiste de casa sin avisar?”, “¿Te convenció alguien para que salieras y te fueras con él?”. Todas esas preguntas y más eran las que me hacían tanto mi familia como los agentes de policía, médicos y psicólogos que me examinaron en busca de cualquier tipo de problema, ya fuera mental o físico.

“¿Qué les dijiste? ¿Les hablaste de ellos?”. Estoy seguro de que esas son las dos preguntas más importantes que ocupan ahora tu cabeza. Pues bien, para tu tranquilidad te diré que no, no les hablé de ellos. Lo que sí les dije fue que había estado en el bosque, aunque me guardé para mí todas esas aventuras que había vivido en él. Algo me decía que no era buena idea que esas personas lo supieran.

Al único al que reconozco que sí le conté todo fue a mi abuelo. ¿Cómo no hacerlo si había sido él el primero en hablarme sobre el bosque y sus múltiples misterios? ¿Cómo guardarme las cosas para mí cuando había sido mi abuelo el primero en enseñarme todo lo que un buen príncipe debe saber para hacer honor a su título? Estaba claro que no podía ocultarle nada a él, no tenía ese derecho.

Por ello, cuando dos días después de mi regreso nos quedamos solos en el salón de la casa frente a la vieja televisión, mi abuelo aprovechó para preguntarme por lo sucedido y yo no dudé y se lo conté todo, al igual que acabo de contártelo a ti.

Recuerdo que, aunque su rostro estaba tranquilo cuando empecé a contarle mis hazañas, el miedo pareció tomar el control cuando le hablé de mis dos nuevos amigos y cuando le hablé de la promesa que les había hecho sobre que volvería allí a verles. Aunque sí, reconozco que me callé la parte del beso. Aún estaba demasiado sorprendido y confundido al respecto como para contárselo aunque fuera al hombre en el que más confiaba.

Mi abuelo, por su parte, parecía haberse quedado paralizado al escuchar mi relato. El terror pintaba su rostro y le temblaban incluso las manos mientras un sudor frío le cubría la frente y su mirada estaba fija en mí. Y yo no sabía qué hacer, nunca había visto a mi abuelo tan asustado, jamás. Tampoco comprendía por qué lo estaba cuando podía comprobar con sus propios ojos que yo estaba perfectamente, que, incluso, me había divertido y que estaba deseando volver para seguir divirtiéndome con mis nuevos amigos. Y eso fue justamente lo que le dije, buscando calmarle.

—No —dijo él entonces, atrapando mis manos entre las suyas y con su mirada centrada en la mía—. No puedes hacer eso. Prométeme que, pase lo que pase, nunca volverás a entrar en ese bosque.

Le miré confuso. ¿Cómo podía pedirme tal cosa cuando acababa de decirle que tenía a mis dos amigos esperándome allí? Además, yo les había hecho una promesa, les había prometido que volvería. Y yo había crecido bajo la premisa de que las promesas se hacían para cumplirlas.

—Prométeme que no volverás a ese bosque —insistió él sin querer escucharme—. Prométeme que, pase lo que pase, no volverás allí. No irás con ellos. No volverás a verles.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué no puedo volver con mis amigos? ¿Por qué si se lo prometí? —le pregunté yo sin comprender por qué no podía hacer tal cosa.

Y él me miró, empezando a recordarme todos los peligros del bosque de los que ya me había hablado en alguna ocasión. De cómo los niños buenos tenían que obedecer a los mayores por más que no entendieran la razón.

—Porque nosotros solo queremos lo mejor para ti —me aseguró con una sonrisa en su rostro, alzando su arrugada y vieja mano para revolverme el cabello como siempre hacía.

—Pero ¿por qué? —volví a preguntarle aún no muy convencido—. ¿Por qué no puedo volver a verles?

—Hay dragones a los que es mejor dejar en paz, hijo —me dijo, soltando un pequeño suspiro—. Prométeme que no volverás. Júramelo.

Y yo, en mi intento por tranquilizar a mi abuelo, en mi pensamiento de no querer contradecirle y de querer que se sintiera orgulloso de mí, le prometí que no volvería a ese bosque y que no volvería a verles; ganándome con ello una sonrisa más tranquila y cariñosa.

Sí, se lo prometí. Aunque les había prometido a ellos que volvería, le prometí todo lo contrario a mi abuelo, sabiendo que me costaría cumplir mi promesa y sabiendo también que ellos me esperarían por toda la eternidad si hacía falta.

Esta, como ya te dije al principio, fue la primera vez que les vi. Y te aseguro que me sentí como si, a su vez, no fuera la primera. Como si yo ya les conociera de antes, mucho antes.

Pero volvamos a la promesa, a ese momento en el que le prometí a mi abuelo que no volvería a ese bosque, con ellos. Porque aunque pueda parecerte sorprendente, la verdad es que cumplí esa promesa durante muchos años. No porque esa fuera mi decisión, no porque eso fuera lo que yo quería. Cumplí esa promesa porque no me quedó más remedio. ¿Te gustaría saber la razón? La verdad es que es bien simple. Mi madre, que aún no se había repuesto del enorme susto que le había dado, nos obligó a mi padre y a mí a volver a la ciudad donde vivíamos en lugar de quedarnos otra semana más como habían planeado en un principio.

De ese modo fue como nos fuimos de allí, de ese pueblo perdido entre las montañas y cercado por el sur por un bosque encantado en el que ellos me esperaban. Un bosque al que, sin embargo, yo había prometido no volver.

¿Qué puedo decirte de lo que ocurrió después? Puedo decirte que mi madre nunca quiso volver al pueblo, algo comprensible si tenemos en cuenta lo mal que lo pasó allí. Puedo decirte que mi padre, aunque no apoyaba del todo la idea de mi madre, acabó aceptándolo y así ninguno volvió al pueblo de mis abuelos por muchos años.

Sin embargo, también puedo decirte que yo no conseguí olvidarles. Soñaba cada noche con ellos, veía sus ojos en la oscuridad y, por si fuera poco, yo mismo solía buscar esos rojizos ojos que tanto me atraían y que seguían llamándome entre la gente con la que me cruzaba por la calle. Pero no les vi, no les encontré en ninguna de las calles de mi ciudad y, poco a poco, según el tiempo pasaba y yo iba creciendo, los comencé a olvidar.

Así los años pasaron y lo sucedido ese día en el bosque acabó convirtiéndose casi en una anécdota más. Terminé el colegio, la secundaria y hasta el bachiller. Mi meta era estudiar periodismo e incluso ya me habían aceptado en la universidad. Tenía pensado pasar el mejor verano de mi vida junto a mis amigos y mi novia, con la que llevaba varios meses de relación, viajando a Ibiza durante todo un mes. En definitiva, yo había dejado de ser el niño que era antes para pasar a convertirme en un joven que lo que quería era vivir la vida. Pero todo se truncó. El Sino volvió a hacer de las suyas una vez más. Yo nunca hice ese viaje. ¿La razón? La muerte de mi abuelo.

A apenas una semana de que tuviera que coger el avión hacia Ibiza, la llamada de mi abuela en mitad de la noche consiguió poner toda la casa patas arriba. La noticia de la muerte de mi abuelo nos había trastocado a los tres pues, aunque sí era bastante viejo, siempre había gozado de muy buena salud.

Como podrás suponer, mi padre no dudó ni un instante en decir que pensaba volver al pueblo donde había nacido para asistir al funeral y ni siquiera mi madre se atrevió reclamar. En realidad, y a fuerza de ser sincero, creo que el que más trabas puso fui yo.

No era que no quisiera ir al funeral de mi abuelo, no. Compréndeme, solo faltaba una semana para irme de viaje, faltaban solo dos días para mi propio cumpleaños, para cumplir por fin los dieciocho, y ahora tenía que ir a un pueblo perdido entre las montañas en el que apenas tendría cobertura en mi móvil y en el que, por supuesto, no vería ni a mis amigos ni a mi novia.

Por supuesto, acabamos yendo al pueblo. Partimos hacia allí a primera hora de la mañana. Y, tras varias horas de viaje en un tenso silencio, llegamos al pueblo que habíamos dejado atrás hacía casi ocho años.

Nada más llegar frente a la casa de mi abuela e incluso antes de bajarme por fin del coche, mi mirada se centró en el bosque que podía ver por la ventanilla. Sin embargo, y aunque el bosque atraía poderosamente mi atención, tras esos ocho años que habían pasado la verdad era que, más que con ansias de aventuras y alegría por haber vuelto al fin, en ese momento no sentía más que apatía y desinterés pues obviamente tenía un asunto de mayor importancia que ocupaba por entero mi cabeza.

Ese día lo pasé, en su mayor parte, junto a mis padres y mi abuela. Recuerdo a mi padre preguntarle a mi abuela sobre la muerte de mi abuelo y sobre por qué no le habían dicho que estaba mal de salud. Y, a su vez, también recuerdo las respuestas de mi abuela, cómo aseguraba una y otra vez que mi abuelo siempre había tenido buena salud, incluso en sus últimos días.

El funeral fue al día siguiente, justamente el día de mi decimoctavo cumpleaños. Se celebró por la tarde, a las cinco en punto, en el pequeño cementerio que había en el pueblo. Recuerdo que acudieron muchos de los pueblerinos, la mayor parte de ellos de la misma edad que mis abuelos, y también recuerdo varios de los comentarios que pude escucharles decir:

—Obra de los demonios.

—Viejo loco, siempre solía ir al bosque por las noches. Decía que iba a por los demonios.

—Está claro que los demonios le mataron.

—Estúpido viejo, todos saben que no se puede entrar en el bosque. Nadie puede ir contra los demonios.

—Los demonios.

“Los demonios”. Esas dos palabras se repetían en cada comentario que escuchaba, en cada conversación que se iniciaba. Los murmullos de los pueblerinos, aunque tuvieron la decencia de detenerse durante el funeral, continuaron tras este, siempre hablando sobre el bosque, siempre recordando los mitos que había entorno a él y, sobre todo, siempre nombrando a esos “demonios” que todo el mundo parecía temer.

Por lo que pude escuchar esa tarde, muchos de los allí presentes estaban seguros de que, desde hacía unos años atrás, mi abuelo se internaba en el bosque casi todas las noches. Ese comportamiento tan extraño era el que les había hecho preocuparse por él, con algunos temiendo que, si no lo dejaba, sucedería lo peor, como así había sido. Pero lo que más me sorprendió era que todos allí coincidían en que la verdadera causa de su muerte nada tenía que ver con el infarto del que hablaba el médico, sino que había sido por culpa de los demonios.

He de reconocerte que, cuanto más oía hablar del bosque y los terribles demonios que allí vivían, más ganas tenía yo de saber más sobre ellos, de saber la razón de tanto temor hacia ellos y, sobre todo, de descubrir la razón por la que mi abuelo parecía buscarles con tanto ahínco.

Porque yo ya no creía en todas esas historias fantasiosas a las que había sido tan aficionado de pequeño. Y aunque podía llegar a entender que hubiera tantas leyendas sobre ese bosque y que le tuvieran tanto miedo, aún no comprendía por qué mi abuelo se había internado allí si siempre me decía lo peligroso que eso era.

No sé muy bien qué fue lo que me hizo volver a acercarme al bosque esa noche. No sé si la verdadera razón que hay tras mi acción es si quería comprender el motivo que había tenido mi abuelo para entrar allí o si en verdad lo hice porque sentía que eso era lo que tenía que hacer. Lo que esa voz que oía en mi cabeza me decía que hiciera.

El caso es que lo hice, terminé acercándome a ese bosque. Por primera vez en casi ocho años, volví a detenerme justo al linde, justo frente a esos dos viejos carteles de “Cuidado” y “Prohibido el paso” que aún seguían ahí. No pensaba en nada, tenía la mente totalmente en blanco. Ni la muerte de mi abuelo ni los comentarios de los demás sobre lo ocurrido ocupaban ahora mi cabeza. Solo una cosa se repetía una y otra vez y era mi nombre, mi nombre dicho por una voz que yo no debía conocer, que estaba seguro de que no pertenecía a ningún miembro de mi familia, amigo ni conocido. Una voz que, pese a todo, me resultaba enormemente familiar. Una voz a la que te terminé haciendo caso.

No avisé a nadie, no le dije a nadie a donde iba. Empecé a caminar y, como ese domingo por la mañana cuando tenía diez años, pasé al lado de ambos carteles y me adentré una vez más en ese bosque.

Pese a todo, esa vez no dejé a un lado la realidad para meterme de lleno en un mundo de fantasía. Esa vez, en vez de hombres lobos, trolls, orcos y demás criaturas contra las que había luchado aquella primera vez, solo veía las ramas, árboles y rocas que les habían dado forma.

Seguí caminando. Aunque sabía que la noche ya había caído y que mis padres se preocuparían si no volvía pronto a casa. Incluso aunque notaba que la temperatura había descendido un par de grados. No me detuve, no pensaba detenerme. No sabía el camino, es cierto, pero no necesitaba saberlo. Mis pies lo conocían perfectamente, o al menos parecían conocerlo, y yo solo me dejé guiar por ellos, hacia delante, siempre hacia delante, un paso tras otro.

No puedo decirte cuánto tardé en llegar a mi destino, durante cuánto tiempo caminé por ese bosque sin un rumbo marcado de antemano, pero llegué. Lo importante es que, aunque en un instante dado estaba rodeado de maleza, al siguiente acababa de entrar en lo que parecía ser un claro en mitad del bosque.

Creo recordar que antes, cuando te conté sobre la primera vez que había estado allí, no te describí el lugar, así que permíteme malgastar un minuto de tu precioso tiempo para describírtelo ahora aunque sea de forma breve. El claro donde estaba no era muy grande, lo suficiente quizás para albergar una pequeña casa de esas que aparecen siempre en los cuentos de niños. Y había ruinas, sí, pero no las de un castillo como te dije antes. Varias rocas y alguna que otra construcción casi del todo derruida eran en verdad lo que componían esas viejas ruinas que yo, en mi afán de aventuras y con mi fantasiosa mente de niño, había querido creer que pertenecían a un castillo. La hierba infinita crecía por todos lados, cubriendo de verde el que en realidad solo era un paisaje de muerte, pues incluso la hierba parecía mustia y sin brillo ni esplendor, ya que jamás hubo nada vivo allí excepto yo.

Curioso, cansado también por la caminata que esa vez me había parecido eterna, avancé un poco más por ese claro iluminado solamente por los suaves rayos lunares provenientes del cielo oscuro. No sabía qué hora era ni tenía forma de saberlo. La batería de mi móvil hacía tiempo que se había acabado y nunca me había gustado llevar reloj. Porque para mí el tiempo jamás había sido importante. Porque para mí un mísero segundo podía ser más largo que toda la eternidad.

Me acerqué hasta esas ruinas, intentando descubrir lo que habían sido tiempo atrás. Las toqué con mi mano, sintiendo el frío que desprendían. Un frío que, estaba seguro, sentiría también aunque fuese mediodía y el sol calentara como nunca. Pasé por encima de algunas de las rocas, agarrándome tanto a las tallas de la piedra, corroídas ya por el paso del tiempo, como a la hiedra que se había pegado a ellas. Atravesé ese pequeño círculo que formaban las ruinas y llegué, por fin, a ese sitio al que mis pies querían llevarme. Un sitio que me pertenecía por completo. Un lugar en el que, aunque no lo supiera en ese momento, yo ya había estado hacía mucho tiempo.

No era un lugar espectacular, y estaba tan muerto como todo lo demás, pero era mío aunque yo no lo supiera. El suelo estaba cubierto de hierba, una bastante más corta y puede que algo más lustrosa que la que había en el resto del claro, y en el centro se erguía lo que parecía ser una estatua, una que asemejaba a un hombre joven.

La miré, al principio curioso y luego desconcertado. Porque no podía ser, porque lo que estaba ante mí no podía ser cierto. Porque ese joven hecho en piedra era igual que yo. Jamás me sentí tan vulnerable como en ese momento, cuando mirar esa estatua pareció ser lo mismo que mirarse en un espejo. Porque ese rostro pétreo era igualito al mío. Los mismos rasgos, la misma nariz, los ojos sin rasgos de color pero que deberían ser de un azul marino, la barbilla, la forma redondeada de la cara, hasta la misma cicatriz que yo tenía en la frente, de cuando me caí con la bicicleta hacía unos años. ¡Incluso tenía mi mismo corte de pelo! Estaba perplejo. No podía entender por qué el chico de esa estatua se parecía tanto a mí, cómo podía ser eso posible.

Bajé mi mirada, pudiendo ver esas prendas esculpidas que tan poco se parecían a las mías, a ese traje negro que aún no me había quitado, y que se asemejaban más a las típicas prendas que vestían los príncipes de lejanas épocas.

Seguí bajando un poco más la mirada, llegando hasta el suelo, descubriendo algo allí que me llamó la atención. Dos flores posadas frente a la estatua, dos…

—Son orquídeas. Tus favoritas.

Instintivamente, me di la vuelta. En todo ese tiempo había creído que estaba solo, que no había nadie más allí salvo yo. Y ahora acababa de descubrir que no era así.

En ese primer momento en el que quedé frente a frente con el joven que había hablado, ni siquiera tuve en cuenta esas primeras palabras que me había dicho, sino que le miré sorprendido a él y al otro joven que había a su lado, detenidos a un par de metros de distancia. Altos, imponentes, con un aire sombrío que les rodeaba y que aumentaba aún más su misterio; vestidos con esas mismas ropas que acababa de ver en el chico de la estatua, de belleza etérea y unos ojos terriblemente atrayentes.

Les miré. Primero al que estaba al frente, al del cabello rubio que me había hablado, y luego al del cabello castaño que se había quedado atrás y que me miraba con unos ojos más fríos que los de su compañero pero igualmente ansiosos.

—¿Cómo? —logré preguntar, confuso, al procesar por fin sus palabras.

El joven sonrió casi divertido y alzó una de sus manos.

—Las flores —me dijo, señalándolas—. Son orquídeas. Siempre fueron tus favoritas.

La confusión que sentía se hizo más patente aún. ¿Cómo podía saber ese chico tal cosa?

—¿Cómo sabes eso?

—Tú nos lo dijiste, ¿recuerdas? Hace tiempo, mucho tiempo. Nos regalaste una orquídea ese día, ¿recuerdas?

El ansia de su voz, la forma en la que ambos me miraban como si esperasen algo de mí, como si esperasen que esas palabras cobrasen algún sentido especial para mí, me asustó. Inconscientemente retrocedí un paso, mirando ahora al chico castaño al ver que avanzaba hasta quedar a la altura del rubio.

—Déjalo. —Le escuché susurrar con voz firme, autoritaria.

—Pero…

—Le estás asustando.

De mala gana, casi con tristeza, el rubio asintió antes de volver a centrar su mirada, sus ojos rojos, en mí, consiguiendo solo con ello que mi cuerpo se estremeciera por completo.

Por su parte, el castaño, que parecía ser quien llevaba la voz cantante entre ellos, miró un segundo a su alrededor, dejando que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro.

—¿Recuerdas la otra vez que estuviste aquí? —me preguntó entonces—. Fue hace unos ocho años. Apareciste en este claro armado con tu espada y tu escudo, más que dispuesto a enfrentarte al dragón que aquí vivía para salvar a la princesa.

Reconozco que cada una de sus palabras no solo me hizo recordar sino que me atraparon. En vez del tono serio de antes ahora su voz era suave, atrayente, hechizante… Una voz que invitaba a la confianza. Una que yo quería aceptar.

Y, como ya te dije, recordé, sí. Recordé esa primera vez que, con diez años, había pisado ese bosque. Recordé cómo había llegado hasta ese claro y a los dos chicos que allí me había encontrado. Los mismos que en ese momento estaban ante mí y que, para mi gran confusión, seguían igual de jóvenes que esa vez.

—Nunca dije que me gustasen las orquídeas —murmuré ya sin saber qué creer ni qué pensar—. Nunca os di ninguna.

—Lo sabemos —respondió él a su vez—. No fue ahí cuando nos lo dijiste ni cuando nos diste la flor.

—Eso fue cuando nos entregaste tu corazón —agregó el rubio—. Cuando nos prometimos amor eterno.

Parpadeé sorprendido, confundido. ¿Amor eterno? ¿Qué tipo de promesa era esa? Además, yo tenía novia. Llevaba saliendo con ella varios meses y jamás había estado con nadie más y mucho menos le había prometido amor eterno.

Quería preguntar qué tipo de broma pesada era esa pero las palabras parecían no querer salir de mis labios. No hizo falta.

—No es ninguna broma —declaró el castaño—. Aunque tú no lo recuerdes.

Retrocedí otro paso sin darme cuenta. La única explicación que mi mente encontraba para esas palabras tan extrañas era que esos dos chicos se hubiesen dedicado a espiarme y que en verdad estaban locos. Qué equivocado estaba.

Quise irme de allí. Recuerdo que pensé en irme de ese claro y ese bosque y volver a casa, a mi vida. Una vida que sabía que pensaba dejar atrás y que ahora trataba de retenerme con garras y dientes, diciéndome que no escuchara, que no les escuchara.

—Gabriel.

Mi breve intento de huída quedó descartado en el momento en el que escuché mi nombre. No debería haberme sorprendido, ya que si creía que me habían estado espiando no era tan absurdo que también supieran mi nombre. ¿Qué fue lo que me hizo detenerme? Su tristeza, su añoranza, su anhelo… Todos esos sentimientos de los que estaba lleno ese mísero susurro que suponía mi nombre.

—No te vayas —me suplicó el rubio—. No nos dejes. Prometiste que volverías. Te esperamos.

Tragué saliva, aturdido. Sí, recordaba la promesa que les había hecho cuando tenía diez años y sí, una parte de mí me suplicaba también que me quedara, que hiciera caso al chico rubio y me quedase allí con ellos.

Por otro lado, esa parte de mí que aún se aferraba a lo sucedido durante mi vida, me pedía que me fuera, que saliera de ese claro y volviera a casa con mis padres y mi abuela. Que volviera al lugar donde le había prometido a mi abuelo que jamás volvería a entrar a ese bosque maldito en el que estaba en ese momento.

¿Qué hacer? Al volver allí había cumplido la promesa que les había hecho a los dos chicos, rompiendo con ello la que le había hecho a mi propio abuelo. Y ahora estaba allí, en ese bosque. El mismo bosque en el que mi abuelo se internaba en su afán de atrapar a esos demonios de los que todos hablaban.

—¿Quiénes sois? —les interrogué, haciéndoles por fin la pregunta que debería haberles hecho nada más verles—. ¿De dónde sois? ¿Por qué estáis aquí? ¿De qué me conocéis? Y no os atreváis a decirme que vivís en el pueblo porque sé que no es cierto.

En silencio, los dos chicos cruzaron una mirada, puede que comunicándose entre ellos, puede que decidiendo quién iba a hablar, quién respondería, nunca lo supe, nunca se lo pregunté. El caso es que, tras un largo y casi infinito segundo, ambos se volvieron de nuevo hacia mí.

—Ya deberías saberlo —me contestó el castaño—. Te respondimos esas mismas preguntas hace ocho años.

—¿“Los guardianes del príncipe”? —repetí escéptico, diciendo las mismas palabras con las que ellos se habían presentado ese día—. ¿Pretendéis que me crea eso? No soy ningún crío. Ya no creo en todas esas historias fantasiosas.

—¿Para qué mentirte? No tendría sentido.

—Lo tendría si lo que queréis es confundirme —le corté desafiante, impaciente también.

Sentía la mirada de ambos en mí. La súplica de uno, la seriedad del otro y el anhelo de ambos. Y me confundía, la verdad es que sí, porque yo ya no sabía qué pensar, no sabía qué decir, qué hacer. Quería salir de allí, pero también quería respuestas. Unas respuestas de verdad, no esas que decían haberme dado hacía ocho años y que no eran más que historias fantásticas dichas para consentir a un niño pequeño.

—¿Quiénes sois? —repetí, esta vez con voz más firme—. ¿Qué estáis haciendo aquí, en el bosque?

—Te esperamos.

—¿Por ocho años? —interrumpí al rubio con recelo—. ¿En serio pensáis que me voy a creer que habéis estado aquí ocho años esperándome por una promesa que os hice de crío? ¿Que me esperasteis en mitad de un bosque del que lo que menos dicen es que está maldito?

—Pensaba que no creías en historias fantasiosas —me dijo el castaño con tono socarrón—. Y ahora hablas de un bosque maldito.

—Además, tú siempre vuelves —agregó el otro antes de que pudiera decir nada—. Aunque haya veces que no nos recuerdes.

—Habláis como si esta no fuera la segunda vez que nos vemos.

—¿Has considerado la posibilidad de que quizás no lo sea? ¿Qué pasaría si esta no fuera ni la segunda ni la tercera ni tampoco la cuarta vez que nos hemos visto?

Retrocedí un paso, confuso, asustado por esas palabras, por la idea cada vez más fuerte de que los dos chicos que estaban ante mí sólo podían ser unos locos. Eso o que todo fuera una broma.

—¿Qué es esto, una cámara oculta? ¿Es ahora cuando va a salir el cartelito de “inocente”? Porque os aseguro que vuestra broma no tiene ninguna gracia —les advertí.

—Esto no es ninguna broma.

—¿Entonces qué es? —les interrogué. Estaba empezando a cansarme de no obtener nada salvo más interrogantes—. Si no es una broma, ¿qué es? Dímelo.

El castaño suspiró, tal y como si esa fuera su forma de recuperar la paciencia o al menos parte de ella, por lo que fue el rubio quien tomó la palabra.

—¿Por qué viniste? Si dices que el bosque está maldito y que es peligroso, ¿entonces qué haces aquí? ¿Por qué volviste?

Me quedé mirándole, haciéndome esa misma pregunta: “¿Por qué había vuelto al bosque?”. Decidí contestar mal y rápido al no encontrar una respuesta convincente.

—Eso no es asunto tuyo.

—Entraste porque sentiste que era lo que tenías que hacer. Porque algo te decía que no te pasaría nada, que ninguno de esos peligros de los que tanto hablan los del pueblo se atreverían a tocarte. Por eso entraste, por eso estás aquí ahora, porque sabías que nosotros estaríamos aquí, esperándote.

Le miré desconcertado, sin poder creerme tal contestación.

—¿Me estás diciendo que lo hice por vosotros? —le pregunté entre risas sarcásticas y nerviosas.

—No, por supuesto que no —me dijo él, negando con la cabeza—. Lo hiciste por ti.

Mi cuerpo se quedó parado, paralizado al escuchar esas últimas palabras y el resto que las siguieron:

—Lo hiciste por ti. Porque sientes que no perteneces a ese mundo, porque sabes que no perteneces a él. Y necesitas saber quién eres, por qué te sientes así.

—¿Así? ¿Así cómo? —balbucí casi con miedo.

—Perdido. Perdido en un mundo que deberías conocer. Solo en mitad de una multitud de gente, sin nadie que te entienda, sin nadie que te comprenda. Siempre solo, esperando que alguien te encuentre, esperando encontrar a alguien que en verdad te comprenda. Buscándonos a nosotros.

Mi cuerpo temblaba ahora. Sacudí la cabeza queriendo acallar esa voz, hacerla desaparecer. Porque sabía que tenía razón, porque había expresado cómo me sentía desde que tenía uso de razón. Porque sí, tenía novia, pero solo porque no me había atrevido a negarme cuando ella me dijo de salir juntos. Y tenía amigos, sí, pero solo unos a los que nunca les había contado nada, a los que solo les había dejado ver esa parte de mí que no era más que una máscara que ocultaba cómo era en realidad, lo solo que estaba, lo perdido que me sentía.

Solo había habido una persona con la que me sentido bien, en la que siempre había sentido que podía confiar y que podría contarle cualquier cosa… Y me separaron de ella. Y ahora estaba muerta. Había muerto, obra de un infarto, obra de unos demonios… ¿Importaba la razón, la causa? Sí, claro que importaba. Por supuesto que me importaba.

—¿Fuisteis vosotros? —les pregunté, alzando mi mirada hacia ellos—. ¿Vosotros le matasteis? ¿Matasteis a mi abuelo?

Una nueva mirada entre ellos me hizo saber que ambos sabían sobre lo ocurrido, así que seguí insistiendo.

—El médico dijo que murió de un infarto, pero los del pueblo dicen que no es así, que le asesinaron los demonios del bosque. Porque desde hacía años mi abuelo entraba en el bosque, porque buscaba a los demonios en él. Y vosotros estáis aquí —agregué—. No sé quiénes ni qué sois, pero según vuestras propias palabras lleváis esperándome aquí, en este mismo claro, ocho años. Y no habéis cambiado, seguís igual que ese primer día que os vi cuando era un niño. Está claro que no sois personas normales. Lo que no sé aún es si vosotros sois esos demonios de los que hablan tanto o si sois otra cosa.

Ninguno dijo nada. Los dos se mantenían en silencio, como si supusieran que esa era la única forma para que dejara el tema.

—¡Decídmelo! —les pedí más que ordené—. ¡Decidme qué pasó! ¿Venía al bosque?

—Todas y cada una de las noches —respondió el castaño.

—¿Y qué buscaba? ¿Qué era lo que buscaba? —Ambos se encogieron de hombros, aunque estaba seguro de que conocían la respuesta—. ¿Qué le pasó?

—Enfureció a la hidra.

—Se enfrentó al lobo.

—Despertó al troll.

—El ent no le salvó.

Los susurros de ambos me confundían, porque para mí no eran más que sinsentidos, palabras dichas con la única finalidad de confundirme y hacer que dejara el tema, que no siguiera preguntando. Pero yo quería saber y que se inventaran todo eso no iba a hacerme dejar el tema.

—¿Le matasteis? —les interrogué autoritario—. ¿Vosotros le matasteis?

—Él te hizo olvidar —continuó el rubio como única respuesta, atreviéndose a avanzar un par de pasos hacia mí.

—Pero nosotros te haremos recordar.

Les miré. Aunque no fuera esto lo que quería, ambos estaban a menos de medio metro de mí. Mi cuerpo no se movía y yo era incapaz de apartarme o alejarme de ellos. Mi corazón latía con fuerza y mi respiración se había agitado, todo por tenerlos tan cerca, por sentir su mirada fija en mí, por sentir cómo uno de ellos, el del cabello castaño rojizo, se adelantaba un poco más y, tal y como había hecho ocho años atrás, volvía a unir sus labios con los míos.

Me quedé paralizado. En el momento en el que sus labios rozaron los míos, mi mente colapsó, impidiendo a mi cuerpo alejarle de mí. Sentía los brazos del otro rodeando mi cintura, atrayéndome aún más a él; sus labios, anormalmente fríos, contra los míos, moviéndose contra ellos al intentar hacerlos responder.

No intenté apartarle. Estaba tan confundido por lo que estaba sucediendo que mi cuerpo no era capaz de hacerme caso con esa orden tan simple, ni siquiera cuando sentí su lengua lamiendo mis labios. Ni en el momento en el que por fin su lengua se coló en el interior de mi boca yo pude hacer algo más que suspirar.

Pese a todo, pronto pude sentir que algo iba mal, que algo estaba mal. No era el hecho de estar besándome con un chico, no, era otra cosa. Porque sí, estaba besándome con él, con ese chico al que apenas conocía, pero eso no era lo que me parecía extraño. Eran esos dos puntiagudos colmillos más grandes de lo normal que rozaban mis labios y se hundían en ellos, no lo suficiente como para hacerme sangrar pero asustándome de igual modo.

Al final, no dudé. Posé mis manos en su pecho y le aparté ligeramente de mi lado. Él se dejó hacer, dándome un último y pequeño beso antes de alejarse por fin.

Le miré. Sus ojos rojos estaban fijos en mí, luciendo un brillo que yo no supe distinguir. Estaba tranquilo, relajado, todo lo contrario a mí, ya que mi respiración se había vuelto agitada y los nervios me atrapaban, centrando mi vista en esa sonrisa suya que me dirigía.

—Abre la boca —le pedí en apenas un susurro.

Él me miró en silencio, incluso su compañero se quedó callado sosteniendo mi mirada. Y, en el mismo momento en el que ya empezaba a creer que no me haría caso, el castaño abrió lentamente su boca dejando al descubierto lo que tanto me había extrañado antes.

Sus dientes, además de blancos y perfectos, tenían algo que los hacían extraños. Sus colmillos eran más largos que los otros dientes y puede que más afilados que los normales.

Parpadeé incrédulo. Quizás en otro momento habría bromeado sobre alguna tontería de alguna operación para afilar los dientes así, pero algo me decía que esos dientes eran tan naturales como los míos. Pero, si eso era así, ¿en qué nos dejaba eso? ¿Por qué tenían los colmillos así?

—¿Qué…? ¿Qué sois? —conseguí balbucear, asombrado, atónito por lo que podía ver ante mí—. Tenéis los colmillos más grandes de lo normal, vuestra piel es mucho más pálida que la del resto, vuestros ojos son de color rojo y seguís igual que hace ocho años. ¿Qué sois? —repetí—. ¿Quiénes sois?

Ambos se miraron, cruzando una nueva mirada antes de volverse hacia mí una vez más.

—¿Quieres saber quiénes somos? ¿Quieres saber qué somos? —me preguntó el rubio con voz suave. Asentí.

—Somos los guardianes del príncipe. Tus guardianes —empezó a decir el castaño—. Eternamente jóvenes, eternamente hermosos. Criaturas de la noche que no necesitan comida ni agua para sobrevivir, tan solo la sangre de sus víctimas, la sangre de su príncipe. Nuestro reino es la noche, pues no soportamos la luz del sol. Somos lo que los humanos llaman “vampiros”.

Vampiros. Esa simple palabra consiguió que mi cuerpo temblara por completo. Un sudor frío empapó mi frente mientras esa palabra se repetía una y otra vez en mi cabeza.

No podía ser verdad, los vampiros eran seres de leyendas, no existían, no podían existir. Pero había visto los colmillos, sus ojos, les veía a ellos tan jóvenes como esa primera vez hacía ocho años. Eternamente jóvenes, imperturbables al paso del tiempo.

—Pero… la otra vez era de día —susurré sin poder creérmelo aún—. Y vosotros no…

—Este es un bosque oscuro. Un bosque maldito que ni el sol se atreve a iluminar. Podemos salir cuando nos plazca —me explicó el rubio.

—Entonces, ¿todo eso de que el bosque está maldito es cierto? —les pregunté sorprendido, ya que siempre había creído que no era más que una absurda leyenda.

—Todo lo que se cuenta sobre este bosque es verdad —asintió de nuevo el rubio—. Todos sus peligros son ciertos.

—¿Y por qué a mí nunca me ha pasado nada?

—Porque el mayor peligro de este bosque somos nosotros dos. Por eso nada se atreve a tocarte —contestó el castaño, mostrándome una vez más sus puntiagudos colmillos al sonreír de una manera bastante siniestra.

Podría decirte que me asusté, podría decirte que me estremecí de terror al escuchar tales palabras, al ver esa sonrisa que prometía terrores sufrimientos… Pero no fue así. Tragué saliva, sí, y estaba confundido, sorprendido, aún intentaba procesar toda esa información que acababa de obtener, pero no estaba asustado.

Te aseguro que no es que me considere una persona valiente. Puede que me hubiera adentrado en ese bosque y que en ese momento estuviera allí, con ellos; pero jamás me he considerado así. La razón por la que no sentí miedo en ese momento fue por la certeza que tenía que no me pasaría nada, que, pasara lo que pasara, ellos no me harían daño. Después de todo, eran ellos los que se llamaban a sí mismos los guardianes del príncipe. Mis guardianes.

Pese a todo, no por no sentir miedo me quedé ahí quieto cuando ellos volvieron a acercarse. Aún estaba perplejo, demasiado confundido con esa última revelación como para no poder evitar retroceder un paso al verles avanzar.

La idea de que los vampiros existieran, de que ellos fueran vampiros, no cabía en mi cabeza aunque tuviera las pruebas ante mí. Mi mente intentaba encontrar una razón lógica para todas ellas, mientras mi respiración se agitaba y los latidos de mi corazón aumentaban hasta tal ritmo que estaba seguro de que mi corazón no tardaría demasiado en salírseme del pecho.

—Vosotros sois los demonios.

No sé qué me llevó a decir eso. Quizás la idea de que, al poner en palabras algunos de esos pensamientos que se agolpaban en mi mente, estos podrían parecerme más reales. Quizás la creencia de que solo necesitaba decirlo para creerlo.

Por su parte, ellos dos simplemente sonrieron, y avanzaron otro pequeño paso que les acercaba aún más a mí.

—Si eso es lo que nuestro príncipe desea…

—Eso será lo que seremos —concluyó el castaño.

Sentía su aliento entremezclándose con el mío, sus ojos fijos en mi persona, al igual que los del rubio. Y yo no podía moverme. Mi cuerpo permanecía quieto. Mis pies no me obedecían cuando les ordenaba que retrocedieran un nuevo paso y me alejaran de ambos.

El castaño alzó su mano. Sus dedos fríos volvieron a tocar mi mejilla, sujetándome el rostro con delicadeza.

—Déjanos ayudarte a recordar.

Las manos del rubio abrazándome por detrás me asustaron, haciendo que diera un pequeño salto. Sobre todo al notar su respiración en mi cuello, su frío aliento chocando contra mi cálida piel mientras hablaba.

—Déjanos abrir la puerta hacia tus recuerdos.

—¿Mis recuerdos? —conseguí susurrar, confundido.

—Sí. Esos que siempre pierdes al dejarnos. Esos que están encerrados en lo más profundo de tu mente, esperando a que nosotros los rescatemos.

—No entiendo… No…

—Shh —me acalló el rubio al posar un dedo sobre mis labios, volteándome un poco el rostro para que pudiera ver su sonrisa—. Tranquilo, ahora lo entenderás. Confía en nosotros.

No sé exactamente qué fue lo que me hizo asentir. Si fue la súplica y, a la vez, la tranquilidad que transmitía con su voz; la deslumbrante sonrisa que adornaba su rostro pese a esos colmillos; la mirada que el castaño me dirigía o, simplemente, si fue mi propia curiosidad, mi propio deseo por saber lo que me hizo asentir, pero lo hice.

Asentí. Cerré los ojos y me dejé hacer. Sin miedo, sin temor. Porque sabía que ellos no me harían daño y, por lo tanto, no había razón para temer.

De esa forma, volví a sentir los labios de uno de los dos contra los míos. Salvo que ahora, al contrario que antes, el beso era más lento, más cuidadoso, casi como si tuviera miedo de asustarme, lo que me hizo suponer que no era el castaño quien me besaba, sino el rubio.

Con algo de nervios, empecé a corresponder al beso, rozando mis labios contra los suyos, entreabriéndolos incluso al sentir su lengua ávida de contacto, decidiendo unirla a la mía.

Suspiré dentro del beso. Sentía sus colmillos rozando mis labios y mi lengua, pero eso, más que asustarme, me excitaba aún más. Sus manos seguían viajando por mi pecho y hasta pude sentir que el castaño decidía volver a acercarse y unírsenos.

No puedo decirte cuándo empezaron las imágenes. No sé cuándo empecé a sentir el sabor metálico de la sangre en mi boca, cuándo me alarmé pensando que me habían herido para darme cuenta, al escuchar ese “Bebe”, que no era así. No puedo decirte cuándo los labios del castaño ocuparon el lugar de los del rubio para deslizar una nueva gota de sangre hasta mi garganta. Lo que sí puedo decirte es que, lo que hasta ese mismo momento no fueron más que sensaciones, gracias a esas dos gotas de su sangre, se convirtieron en imágenes.

Y pude verme ahí, en otro tiempo, en otro lugar, vestido con extrañas ropas y haciendo justamente todo lo que, en mis fantasías, hacía de pequeño. Pude verme con ellos, con los dos jóvenes que en ese momento estaban a mi lado y que no habían cambiado ni un ápice. Pude verme hablando con ellos, luchando con ellos e incluso, y te confieso que me ruboricé, haciendo el amor con ellos. Me vi muriendo en sus brazos tras entregarles dos orquídeas, tras prometerles amor eterno. Y también me vi volviendo a la vida una y otra y otra vez… Hasta que me vi volviendo a entrar en ese bosque primero con diez y luego con dieciocho años. Y fue en ese momento cuando supe que era como ellos decían, que los conocía, que lo que estaba viendo no eran imágenes sin sentido, que eran mis recuerdos. Que no debía temerles porque ellos me esperaban. Me amaban.

Cuando me separé de sus labios me sentía cansado, más aún que si hubiera corrido durante todo el día. La cabeza me dolía, seguramente por toda esa sobrecarga de información que acababa de sufrir. El cuerpo me temblaba e incluso tenía miedo de que las piernas no pudieran sostenerme. Pero sabía que no caería, ellos me sujetaban.

—Di nuestros nombres —me susurró desde mi espalda el rubio en mi oído, estrechando su abrazo y acariciando mi pecho con sus heladas manos—. Dilos.

Cerré los ojos, aún cansado, temblando. Todas esas imágenes que acababa de ver aún se apelotonaban en mi cabeza, haciéndome imposible pensar en otra cosa. Pese a ello, había dos nombres que se repetían una y otra vez, susurrados por una voz que era igual que la mía. Una voz que había sido mía.

—Uriel.

Pude notar la sonrisa del rubio contra la piel de mi cuello cuando le nombré. La alegría que le inundó al escuchar su nombre salir de mis labios.

—¿Y él? —me preguntó, fijando su mirada en su compañero—. ¿Cómo se llama él? Di su nombre, Gabriel, nómbrale.

Abrí los ojos, centrándolos en él, en el joven de cabello castaño rojizo que estaba ante mí, esperando que le dijera su nombre, que le nombrara. Tragué saliva. Sentía todo mi cuerpo estremecerse, ya no por esas imágenes, sino por los gestos del rubio, por esas caricias y notar sus dientes rozando la piel de mi cuello, algo que me hizo ahogar un leve jadeo.

Aún en silencio, alcé la mano llegando a tocar la mejilla del otro con la punta de mis dedos, y le vi entrecerrar los ojos, dejándose hacer.

—Rowan.

Al igual que había pasado con Uriel, Rowan también dejó que una sonrisa adornara su bello rostro en el mismo momento en el que susurré su nombre. Yo mismo, recuerdo, esbocé una sonrisa, puede que contagiado por esa felicidad que ambos transmitían, o puede que, simplemente, por mi propia felicidad al haberles recordado. Al haberles encontrado.

—He vuelto.

—Has vuelto.

 

Nunca encontraron mi cuerpo. Tras mi desaparición, mi familia llamó a la policía e incluso todo el pueblo se prestó voluntario para ayudar en la búsqueda, pero nunca me encontraron, ni vivo ni muerto.

Jamás supieron lo que me había sucedido y, tras varias semanas de intensa pero inútil búsqueda en la que los más valientes incluso se atrevieron a buscarme en el bosque, terminaron abandonando la búsqueda y dándome por muerto.

Mi familia lloró mi pérdida durante semanas. Mi madre culpaba a mi padre por haber sido él quien dijo de volver a ese pueblo que ya había tratado de robarle a su hijo una vez y que ahora, por fin, lo había conseguido y se lo había arrebatado. Mi padre se culpaba de mi Sino y pasó mucho tiempo hasta que dejó de buscarme, de llamarme una y otra vez hasta quedarse sin voz. Mi abuela cayó en depresión tanto por la muerte de mi abuelo como por mi desaparición. Y los pueblerinos… Ellos tenían muy claro lo que me había pasado. Decían que, al igual que el loco de mi abuelo, yo también me había adentrado en el bosque y que mi muerte se debía a que los demonios del bosque se habían cobrado otra víctima. Algo que, por supuesto, aumentó su temor hacia el propio bosque.

¡Qué equivocados estaban!

Es cierto que desaparecí, sí, y también es cierto que ni mis familiares, amigos o simplemente la gente del pueblo, volvió a verme. Pero no porque estuviera muerto, no porque hubiera muerto en ese claro pues no fue así. Yo seguía tan vivo como cuando había entrado en el bosque.

Y sí, es verdad que supe de todas esas partidas de búsqueda, es cierto que supe de todo el dolor que mi pérdida trajo consigo a mi familia. Y puedo asegurarte que el primero en querer ahorrárselo era yo. Pero no podía ser. Porque eso implicaba volver y yo ya no podía hacer eso. Ya no podía volver con mi familia y hacer como si nunca me hubiera reencontrado con Rowan ni con Uriel, porque yo ya no podía dejarlos y volver a mi vida anterior. Porque esa ya no era mi vida, porque ese ya no era mi mundo. Mi mundo eran ellos dos, Rowan y Uriel, Uriel y Rowan, mis eternos vampiros, mis eternos guardianes, mis eternos amantes.

Así pasé los siguientes días, con ellos, en una casa que había en la zona más recóndita del bosque, la más alejada del pueblo. Una casa que, al igual que ellos, parecía resistir el paso del tiempo sin ningún problema, sin tener que cambiar.

Y allí, en esa vieja casa encantada y junto a ellos, los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Y todo seguía igual, yo seguí igual.

No puedo decirte cuántos años han pasado desde ese día en el que dejé atrás todo ese mundo al que creía pertenecer para volver al mundo al que en verdad pertenezco. No puedo decírtelo porque, como ya te dije antes, el tiempo nunca ha sido algo importante para mí. Pueden haber pasado siglos, milenios enteros o solo un simple instante, no lo sé y tampoco me importa. Lo que sí puedo decirte es que sigo aquí, vivo, que sigo con ellos, viviendo en esa vieja casa, y que, por más sorprendente que pueda parecerte, mi aspecto sigue siendo el mismo que el de esa vez. Solo mis ojos ponen de manifiesto que hace mucho tiempo que dejé atrás esos dieciocho años que tenía cuando vine esa segunda vez y decidí quedarme con ellos.

Reconozco que todo esto puede parecerte una idea estúpida, que dejarlo todo atrás para estar con las dos personas que más amo haya sido quizás la mayor locura que cometí en la vida. Te aseguro que yo también le he dado muchas vueltas al asunto, e incluso ahora, mientras te estoy contando la historia de mi vida, no dejo de pensar en ello.

Sin embargo, no son preguntas tipo “¿Hice bien en dejarlo todo atrás, en irme así?”, las que ocupan mi cabeza, ya que para esa pregunta ya tengo una respuesta clara: un sí rotundo y que no deja lugar a dudas. La pregunta que me hago, después de tantos años y de tanto tiempo como he vivido a su lado, es la de ¿sigue estando bien seguir aceptando esa gota de sangre que diluyen en mi bebida?, ¿esa gota de sangre que me traspasan en uno de sus besos?, ¿esa gota de su propia sangre que yo sé que es la que consigue que siga vivo y que el tiempo no pase para mí?

Porque aunque les siga amando incluso más que ese primer día, que todos esos días anteriores en todas esas vidas pasadas, también sé que ya no puedo más. Sé que, aunque el tiempo no parezca pasar para mí, este ya se ha acabado. Sé que ya ha llegado mi hora, que mi tiempo se ha acabado.

Y las dudas me asaltan, claro que sí. Dudas por lo que va a pasar. Por si seré capaz de hacerlo, de dejarles al abrazar los brazos de la muerte. Esos brazos que me alejarán de los suyos.

¿Sabes? En estos momentos, ahora que estoy aquí, de pie ante esta vidriera de cristal que en realidad da al balcón que hay en mi habitación; lo único que tengo en la cabeza son todos esos momentos que pasé con ellos. Todos esos buenos momentos y también los malos, que te aseguro que no han sido pocos, pero que tras todos estos años han perdido ya toda su importancia, convirtiéndose casi en meras anécdotas si los comparamos con los buenos momentos vividos juntos.

Aquí, ahora, no puedo dejar de pensar en el momento en el que acepté irme con ellos, salir de ese claro y venir a esta casa que, desde ese día hace ya tanto tiempo, se ha convertido en mi hogar. No puedo dejar de pensar en esa nueva primera vez que me entregué a ellos y también en esa vez que les dejé probar mi sangre una nueva primera vez.

Y, pese a todo, aún sigo queriendo morir. Mi decisión no cambia, por más que sé que, si sigo adelante, les dejaré atrás. Pero claro, ¿cómo morir sabiendo que esa gota de sangre que he bebido durante todos estos días hace que ni la enfermedad ni el tiempo me afecte? ¿Cómo ir al encuentro de la muerte cuando puede considerárseme un mortal inmortal? Para eso está él.

Seguro que en estos momentos te estarás preguntando quién es “él”. Dado que nunca se me ha dado bien mantener el misterio, te responderé. Él es mi abuelo… y a la vez no lo es.

¿Te he confundido? Sí, seguro que sí. Después de todo, ya te he dicho que mi abuelo murió, que fue el hecho de volver al pueblo para ir a su entierro la causa de que yo esté ahora aquí. Cálmate, te aseguro que te lo explicaré, pero antes, ¿me dejarías hacerte una pregunta personal? ¿Crees en la reencarnación? Esa creencia que dice que, al morir, el alma se separa momentáneamente del cuerpo y, después de algún tiempo, toma otro cuerpo diferente para volver a nacer.

Yo personalmente debo admitir que jamás he sido una persona religiosa. La muerte, y todo lo que esta conlleva, no me importaba. Para mí, la promesa de ascender al cielo o la maldición de caer al infierno nunca había sido algo que me quitaba el sueño. Y mucho menos me importaba el tema de la reencarnación. Algo en lo que nunca había meditado hasta que me di cuenta que ese tema tenía más que ver conmigo que lo que podría haber imaginado.

¿Recuerdas que te dije que en el momento en el que probé su sangre pude ver miles de imágenes en mi cabeza? ¿Que me vi a mí mismo en diferentes situaciones y en diferentes épocas que yo no recordaba haber vivido? A eso mismo me refiero. Porque sí, la creencia de que el amor puede traspasar incluso las fronteras de la muerte no es una simple creencia, es una realidad.

Y lo mismo le pasa a mi abuelo. Bueno, lo mismo no. Él no vuelve por el amor que le profesa a otra persona, sino por la misión que tiene que hacer, por la importancia de esta. Porque hasta que yo no cumpla mi verdadera misión, porque hasta que yo no sea capaz de realizar la misión que se me encomendó en mi primera vida, hace ya más años de los que puedo contar, él y yo volveremos a la vida una y otra vez.

¿Quieres saber cuál es esa misión tan importante de la que hablo? La de mi abuelo es, por supuesto, la de procurarme un veneno con el que poder morir. Un veneno que elimina todas esas ventajas que la sangre de Rowan y Uriel me da y que hace que el tiempo vuelva a pasar para mí, matándome.

Y la mía… La mía es una que jamás he podido cumplir, que incluso tengo dudas de si podré cumplirla alguna vez. Porque mi misión, la verdadera razón por la que vuelvo a la vida, por la que me reencarno una y otra vez, es la de matarles.

Sí, has leído bien, he dicho matarles. A ellos, a Rowan y a Uriel, a Uriel y a Rowan. A esos dos seres de los que me enamoré profundamente en mi primera vida, a esos dos seres de los que aún sigo profundamente enamorado y que, pese a todo, yo tendría que matar. ¿Cómo? ¿Por qué? Después de tanto tiempo la razón ya no tiene importancia. Ellos lo saben, yo lo sé, y el hombre que una vez fue mi abuelo también lo sabe. Saben que debería matarles. Saben que es la única forma que existe para que mi alma pueda descansar en paz. Pero soy incapaz de hacerlo. Soy incapaz de hacerles mal alguno y todo por este amor que nos profesamos.

Por eso, hace unas horas fui a verle. A él, a ese hombre que una vez fue mi abuelo. Ese hombre que, aunque se ha reencarnado las mismas veces que yo, sí conserva los recuerdos de sus vidas pasadas, no como me pasa a mí. El mismo hombre que guarda la llave de mi muerte.

Salí de esta casa sabiendo que Rowan y Uriel sabían perfectamente cuál era mi destino. Crucé el bosque, ese oscuro y maldito bosque del que, incluso a día de hoy, se siguen contando tantas cosas, y volví una vez más a esa casa que había pertenecido a mis abuelos.

Y le vi allí, sentado en una silla en el porche de la casa, con la mirada fija en el horizonte. Y él oyó mis pasos, desviando al instante su mirada hacia mí. Incluso esbozó una leve sonrisa, no de alegría o felicidad, sino de infinita tristeza. No nos saludamos, no hizo falta. Él sabía a qué había ido allí. Aunque, tras pasar hasta una pequeña cocina, le conté todo esto que acabo de contarte a ti, con él escuchándome hasta el final sin interrumpirme ni una sola vez.

—¿Por eso estás aquí?

Su pregunta, una vez que acabé de contárselo todo, me hizo abrir los ojos y volver a centrarme en él.

—¿Por eso has vuelto? ¿Para que te mate?

En su voz no había juicio ni acusación, simplemente esperaba mi confirmación mientras teñía sus palabras con una súplica.

—Sí.

Él asintió, comprensivo, pues, como ya te he dicho, no hacía falta decir más. Él ya lo sabía todo, ya sabía todo lo que necesitaba saber y era por esa razón por la que comprendía por qué se lo pedía.

—Está bien. Lo haré. Si eso es lo que quieres, te mataré.

—Gracias —susurré, dejándole ver todo ese alivio que sentía con una sonrisa.

Negó con la cabeza. Quizás pensaba que “gracias” era lo último que yo debería decirle, ya que era lo único que no quería escuchar porque, como todas esas veces que había ido a él, él no quiere matarme. No quiere hacerlo, nunca quiere, pero siempre lo hace.

Se levantó de esa silla en la que estaba sentado, obligando a sus viejos huesos a moverse y con mi vista fija en él. Un joven que, pese a todo, era mucho más viejo de lo que era él.

—¿Cómo moriste?

Suspiró, y hasta pude verle desviar la mirada de mí, aunque estoy seguro de que mi pregunta no le extrañó. Supongo que siempre supuso que, cuando fuera a él, se lo preguntaría. Que algún día, en algún momento, tendría que responderme.

—¿Te importa que antes de responder te pregunte yo algo? —Negué con la cabeza, sintiendo su mirada fija de nuevo en mí—. ¿Qué te dijeron?

—Ya te lo dije —respondí sin dudar—. No quisieron responderme. Nunca lo hicieron.

—¿Y qué crees que pasó? ¿Qué pensaste? —me siguió preguntando al volver a darme la espalda—. ¿Pensaste que habían sido ellos?

Se hizo el silencio. Él empezó a trastear entre sus cosas mientras yo meditaba esas últimas preguntas, pensando qué podía decirle. La verdad de las respuestas.

—Al principio creí que sí, que habían sido ellos quienes lo hicieron —confesé en apenas un susurro—. Luego… Luego simplemente me dio igual, no me importó. Dejé de pensar en ello durante mucho tiempo.

—Hasta que decidiste ponerle fin, ¿no es así?

—Sí, exacto. Hasta que decidí morir.

—¿Y qué pasará con ellos? ¿Lo sabes?

—Sí, claro que lo sé —contesté—. Esperarán. Ellos siempre esperan.

—Hasta que te decidas a ponerle fin a todo. Hasta que les mates.

Asentí. Sabía que eso era verdad. Que, como ya te he dicho, esto no parará hasta que termine cumpliendo esa orden y les mate. Suspiré.

—Sabes que no puedo hacerlo. Sabes que no puedo matarles. Nunca podré.

—Lo sé. Siempre lo he sabido.

Otro suspiro se escapó de mis labios al escucharle, junto a una pequeña carcajada vacía de toda gracia. Mi mirada se había quedado fija en la mesa que estaba entre ambos pensando en esa misión, en lo que eso suponía para mí. No más reencarnaciones, sí, pero al precio de perderles para siempre. Un precio que no estoy dispuesto a pagar.

—Me suicidé.

Alcé la mirada, sorprendido por esa confesión. Le miré. Ya no estaba de espaldas a mí, había terminado por volverse y apoyarse en la encimera para mirarme desde allí, pudiendo ver perfectamente la confusión que me invadió en ese momento.

—Querías saber cómo morí, ¿no es así? Esa es la respuesta. Me suicidé.

—¿Por qué?

—Porque sabía que volverías con ellos. Porque sabía que no les matarías. Porque no quería tener que matarte otra vez.

—Y, pese a todo, vas a hacerlo.

Desganado, él asintió.

—Sí, voy a hacerlo. Y ellos te esperarán, te seguirán esperando.

—Lo sé.

No hizo falta decir más. Todo lo necesario ya estaba dicho. Él sabía que no podría hacer nada para hacerme cambiar de opinión y yo ya sabía que, por mucho que le doliera, él me daría lo que quería.

Y así fue. Tras un suspiro, se dio la vuelta abriendo uno de los muchos armarios de la cocina y buscando algo en él. Así, le vi sacar y abrir un pequeño vial, y, tras coger un cuchillo y hacerse un corte en su brazo izquierdo, llenar el frasco con su propia sangre. Tras esto, volvió a acercarse a la mesa, posando el frasco sobre ella.

—Esto es. Bébelo y morirás —me dijo, ignorando el corte superficial que se había hecho.

En silencio, observé el pequeño vial que estaba ante mí, lleno de su sangre. Sabía que era eso lo que me daría la muerte, lo que le daría un pequeño descanso a mi alma. Una nueva oportunidad.

—Si vas a darme las gracias, ahórratelas —me advirtió incluso antes de que pudiera abrir la boca.

—De todos modos, te las daré —le dije para su gran desgracia. Sonreí—. Gracias.

—No las merezco. Y ahora vete. Seguro que estás deseando despedirte.

Asentí, levantándome de esa silla y guardando el vial en uno de los bolsillos de mis pantalones.

—Adiós. Hasta nuestra próxima vida.

—Que espero que sea la última.

—Quien sabe. Quizás en mi próxima vida sea un asesino al que le guste matar a sus amantes —bromeé.

Un amago de sonrisa apareció en su rostro, más como gesto hacia mí que porque mi comentario le hubiera hecho gracia, pues estoy seguro de que sus esperanzas porque esto acabe son bien pocas.

—Estás aquí.

El susurro ronco y suave, su frío aliento entrechocando contra mi cálida piel, sus manos rodeando mi cuerpo… Todo esto logra hacerme volver al eterno presente, dejar a un lado todos estos recuerdos para centrarme en lo que sucede aquí y ahora.

—Sí —murmuro esbozando una sonrisa mientras entrelazo mis dedos con los suyos—. Estoy aquí.

—Mi príncipe. —Le oigo susurrar contra la piel de mi cuello.

—Rowan.

Un estremecimiento sacude mi cuerpo al sentir sus puntiagudos dientes en mi cuello, a la altura de mi yugular. Un leve quejido se escapa de mis labios cuando, finalmente, sus dientes se hunden en mi piel y empieza a succionar. Cierro los ojos, relajo todos los músculos de mi cuerpo y me apoyo por completo en él, sabiendo que no me dejará caer.

Alzo mi mano derecha, llevándola hasta su sedoso cabello castaño e interno mis dedos en él. A su vez, y sabiendo que él espera, alzo mi otra mano, no hacia Rowan, sino hacia mi izquierda, girando también un poco más mi cabeza para mirarle con una sonrisa en el rostro.

—Uriel. Vamos, ven. Ven con tu príncipe, aliméntate de él.

Uriel me mira, fija esos atrayentes y rojizos ojos en los míos y se acerca. Su mano se une a la mía, sus dedos se entrelazan con los míos mientras su zurda acaricia mi mejilla, todo para después inclinarse y besarme.

Cierro los ojos, dejándome llevar por este beso, por el cariño y el amor que siempre transmite. Unos besos lentos, capaces de hacerte olvidarlo todo, de hacerte creer que no existe nada más que ese beso, esos labios que se rozan contra los tuyos, esa lengua que danza y se entrelaza junto a la tuya y esos dientes que te hacen estremecer mientras tus suspiros mueren ahogados en su garganta.

—Nuestro príncipe —me susurra al separarse para dejarme respirar, haciendo rozar nuestros labios.

—Os amo.

Con una enorme sonrisa en su rostro, Uriel vuelve a besarme. Acto seguido, baja por mi mentón hasta mi cuello cuando, henchido de orgullo, Rowan se separa de mi cuello y atrapa mis labios con los suyos, arrastrándome a un beso salvaje y demandante que consigue hacerme temblar por todo ese placer que parece prometer con cada uno de sus roces, sus movimientos y sus mordiscos.

Suspiro cuando por fin sus labios se alejan de los míos, sintiendo el regusto metalizado de mi propia sangre en mi boca, producto del mordisco que me dio antes. Sus manos aún recorren mi pecho, abriéndole paso a Uriel cuando este deja mi cuello para seguir bajando.

Cierro los ojos, dejándole hacer y abandonándome totalmente, dispuesto a entregarme a ellos una última vez. Noto los labios de Rowan en mi cuello y también todas esas caricias que Uriel me regala y que están consiguiendo excitarme con rapidez.

Jadeo al sentir los colmillos de ambos hundirse por mi piel, a veces sin llegar a hacerme sangrar, otras lográndolo y lamiendo mi sangre. No opongo resistencia alguna, sabiendo como sé que es el tener mi sangre lo que hace que no ataquen a otros, que es mi sangre la que los mantiene vivos.

Completamente excitado, ladeo mi rostro atrapando los labios de Rowan con los míos, besándole con lujuria y pasión. Él sonríe contra mis labios correspondiéndome sin dudar y aprovecha el beso para rozarse contra mí, exponiéndome su excitación.

A su vez, las manos de Uriel llegan hasta el borde de mi pantalón, empezando a bajármelo con inusitada lentitud. Poco a poco, la prenda va bajando por mis piernas junto con mi ropa interior, dejándome completamente desnudo. Las manos de Uriel vuelven a ascender por la parte interior de mis piernas mientras su boca, que antes estaba centrada en mi ombligo, baja ahora hasta mi cadera.

Es allí donde me besa primero. Un beso casto y corto que va seguido de otros cuantos más, todos ellos descendiendo poco a poco. Suelto un suspiro, notando por fin su boca llegando a mi entrepierna al mismo tiempo que una de sus manos recorre una y otra vez la piel interior de mis muslos y la otra se centra en mi pene, empezando a masajearlo.

Jadeo. Mi cuerpo se estremece cuando la lengua de Uriel lame la punta de mi pene. Por su parte, Rowan parece haberse decidido por dejar la piel de mi espalda para volver a ascender hasta mi cuello, hundiendo sus dientes allí.

Un leve quejido sale de mis labios, uno entremezclado con el placer al sentir cómo Uriel se mete todo mi sexo en su boca, empezando a hacerme un oral. Lanzo un gemido, enterrando mis dedos en el cabello del rubio, y susurro su nombre junto al de Rowan.

—Te deseamos.

El susurro del castaño me hace estremecer, su lengua recorriendo la piel de mi cuello, sus manos recorriendo mi pecho, estrechándome más contra él mientras su erección se roza contra mí.

Nada más sentirlo, llevo una de mis manos hasta él. Consigo colarla por el interior de su pantalón y empiezo a tocarle, sonsacándole un largo gemido.

Entonces, la boca de Uriel se aleja de mi entrepierna, volviendo a usar su mano para masturbarme. Le miro y puedo ver el hambre en sus ojos, en esa mirada que me dirige arrodillado ante mí, y, sabiendo lo que quiere, asiento. Con una sonrisa de agradecimiento, sus dientes se hunden en la piel de mi muslo, alimentándose directamente de mi femoral.

No sé cuánto estamos así, con Rowan besándome y repartiendo caricias por toda la piel a su alcance y con Uriel alimentándose de mí mientras me masturba. Sin embargo, tal y como se comunicaran entre ellos sin decir palabra alguna, pronto Uriel se separa de mí mientras Rowan estrecha sus brazos en torno a mi cintura, haciéndome retroceder paso a paso hasta la cama.

Una vez allí, entre esas sábanas de seda en las que tantas noches he pasado y entre las que tantas noches he hecho el amor con ellos, Uriel vuelve a besarme, quedando de rodillas sobre la cama justo frente a mí. Pero esa vez, y por más que corresponda a su beso sin dudar, yo mismo voy pasando mis manos por su pecho, desabotonando esa camisa blanca que oculta su piel y deslizándola por sus brazos hasta dejarla caer al suelo.

Uriel sonríe. Sobre todo al sentir mis manos viajando ahora por su cintura, centrándome en el cierre de su pantalón mientras mi boca baja hasta su cuello, devolviéndole todas esas caricias que antes me ha dado. Todo mientras Rowan se desnuda a mi espalda.

Al final, y después de que haya conseguido desnudarle, Uriel se tumba en la cama, quedando yo encima. Nuestros labios están unidos, nuestras lenguas se entrelazan viajando de una boca a otra, sus manos recorren mi espalda y el resto de mi cuerpo sin descanso, al igual que hacen las mías por el suyo.

Es entonces cuando Rowan, que parecía haberse quedado a un lado, vuelve a acercarse y, aprovechando mi postura, se inclina sobre mí y me penetra con su lengua.

Un largo gemido sale de mis labios al sentirlo. Cierro los ojos debido al placer, pero aún así puedo llegar a escuchar la leve risa de ambos. Sin dejar de sonreír, Uriel me besa una vez más, tironeando de mis labios con sus dientes con suavidad, lamiéndolos luego antes de volver a unir sus labios con los míos por completo.

Por mi parte, no puedo hacer más que gemir al sentir esa lengua en mi recto, y ni siquiera notar un dedo penetrándome me hace lanzar ni un pequeño quejido. En vez de eso, me centro más en los labios de Uriel y en las caricias de Rowan, olvidando todo dolor que este pueda causarme mientras me prepara. Después de todo, el dolor de sus mordidas es mayor a este.

Poco a poco, más dedos se van uniendo al primero mientras ambos se encargan de distraerme de cualquier tipo de molestia o dolor. Y, tras varios minutos, soy yo quien se aleja de Rowan y termina sentándose sobre la erección de Uriel.

Los labios del castaño ahogan mi quejido, mientras el rubio reparte caricias y besos por mi cuerpo, susurrándome palabras tranquilizadoras para que me calme. Con algo de esfuerzo, consigo calmar mi respiración y alejar el dolor de mi mente. Tras ello, empiezo a moverme aunque sea lentamente.

Uriel gime, esbozando una sonrisa. Posa sus manos en mi cadera para ayudarme al mismo tiempo que se alza un poco para unir ahora su boca a la mía y arrasa con su lengua en mi cavidad, consiguiendo que me incline hacia él, apoyándome no solo en su pecho sino también en el propio colchón.

—Estamos aquí.

Sonrío al escucharle, asintiendo aunque no haga falta. Gimo por lo bajo al notar su mano en mi erección cuando empieza a masturbarme. Cierro los ojos, volviendo a abrirlos al sentir las manos de Rowan rodeándome. Giro la cabeza, encontrándome de frente con su rostro, con su mirada llena de deseo que consigue que me estremezca. Le sonrío y, en ese mismo momento en el que le noto empezando a penetrarme, me muerdo el labio inferior con fuerza.

Finalmente, Rowan jadea al penetrarme por completo. Otro tanto hace Uriel, aunque él no duda en alzar un poco su rostro hacia el mío, lamiendo mis lágrimas y tratando de infundirme fuerzas con una sonrisa.

Suspiro tratando de alejar el dolor de mí y centrarme solo en que Uriel sigue masturbándome y en los labios de Rowan, que ascienden por mi cuello hasta mis labios.

Jadeo dentro del beso. Entrelazo mi lengua con la suya, llegando a morderle incluso no como venganza, sino en un acto inconsciente. De todos modos, él no se queja, sino que sonríe, empezando a moverse lentamente.

Sin poder evitarlo, hundo mis uñas en el pecho de Uriel, dejando escapar un leve grito más de dolor que de placer que pronto es acallado por los labios primero de uno y luego del otro.

Por suerte, poco a poco ese dolor va quedando atrás, transformándose en placer. Uno que me envuelve, uno que hace que no pueda pensar en nada más que en ellos. Un placer que consigue que nada tenga valor para mí salvo el estar aquí, con ellos, en esta cama, haciendo el amor.

—Estamos aquí. —Oigo susurrar a Rowan en mi oído, haciéndome estremecer.

—Estamos en tus sueños —continúa el rubio, alzando su rostro hacia el mío.

—En tu vida.

—En tu muerte.

—Somos tuyos —murmura el castaño, sin dejar de embestirme.

—Y tú eres nuestro —declara Uriel, lamiendo mis labios con la lujuria brillando en sus ojos.

—Por toda la eternidad —completan ambos.

—Chicos…

Los gemidos de placer salen de mi garganta sin descanso y ni siquiera el dolor que pueden producirme con sus nuevos mordiscos lo hace disminuir. Cierro los ojos al sentir una vez más cómo el placer me inunda cuando sus penes alcanzan mi próstata. Hundo mis uñas en los hombros de Uriel, quien me sonríe, atrapando mis labios con los suyos, arrastrándome a un beso teñido de sangre y mucho más salvaje que todos esos que suele darme.

Aun a pesar de todo, ni el sabor de mi propia sangre en mi boca me hace alejarme. Y sin dudar ni un instante, le correspondo. Uno mi lengua a la suya e invado su boca como antes él invadió la mía.

Por su parte, las manos de Rowan recorren mi cuerpo sin cesar, sacándome gemidos tanto con ellas como con sus embestidas. Además, sus dientes se hunden en la piel de mi cuello en ese momento. Un nuevo gemido de dolor y placer entremezclado sale de mis labios, pudiendo notar perfectamente cómo la sangre sale de mi cuerpo para terminar en sus labios, en su boca, deslizándose por su garganta y dándole la vida.

Inundado en un mar de emociones, susurro los nombres de ambos acercando con una de mis manos aún más el rostro de Rowan, al no querer que se separe de mí; y con la otra enterrada en las hebras rubias de Uriel, que ahora se entretiene besando y mordiendo mi pecho, lamiendo la sangre que mana de mis heridas.

No sé cuánto tiempo estamos así, con los gemidos de los tres inundando la habitación, con ellos embistiéndome y alimentándose de mí mientras yo deseo que no se separen, que este momento no se termine nunca.

—Te amamos.

El susurro de Uriel, los labios de Rowan unidos a los míos, la mano de Uriel masturbándome con decisión y los penes de ambos volviendo a rozar ese punto que me llena de placer… Todo eso consigue hacerme llegar al orgasmo, mientras de mis labios salen sus nombres.

—¡Uriel! ¡Rowan!

Mi cuerpo se estremece, mi espalda se arquea, el aire sale de mis pulmones en un exabrupto mientras el placer me inunda por completo en ese éxtasis que me invade.

—Gabriel.

Oigo la voz de ambos diciendo mi nombre, noto el temblor de sus cuerpos a causa del orgasmo y sus gemidos inundando todos mis sentidos. Casi parece que el tiempo se detenga y se eternice en ese momento, hasta que, finalmente, todo vuelve a su cauce.

Agotado tras el esfuerzo y también por culpa de toda esa sangre que han bebido, me dejo caer sobre Uriel, quien entre besos suaves y cortos, me alza un poco ayudándose de su fuerza. Un leve quejido brota de mis labios al notarles salir de mi interior pero estoy demasiado cansado como para decir nada, así que simplemente me dejo hacer, acomodándome contra el rubio.

—Lo sentimos. Bebimos demasiado. —Le oigo decirme, acariciando mi piel con suavidad y dulzura.

—No importa —susurro a mi vez con una sonrisa en mi rostro—. Es normal.

Sus labios vuelven a unirse a los míos de forma suave, lenta, dejándome sentir una vez más todo ese amor que siente por mí, sí, pero también su súplica, una que no se atreve a poner en palabras aunque eso es lo que desearía.

—¿Estás seguro?

La pregunta de Rowan consigue que desvíe mi mirada hacia él. El castaño está ahora de pie a un lado de la cama, mirándonos desde allí con esa seriedad que siempre le ha caracterizado.

—Lo estoy —respondo, asintiendo—. Ya es hora de irme. Mi tiempo hace mucho que se acabó y ahora solo quiero descansar.

Rowan asiente, aún serio, aunque puedo ver con total facilidad lo mucho que le afecta mi decisión. Por su parte, Uriel me abraza con fuerza como si así pudiera evitar que cumpla mi palabra.

Así los segundos pasan, convirtiéndose en minutos. En silencio, puedo ver a Rowan salir de la habitación para volver a los pocos segundos con una copa de cristal llena de agua, acercándose luego a la mesita de noche para coger el vial con la sangre y mezclarla con el agua antes de volver a acercarse a mí.

En silencio, me siento y cojo la copa que me tiende, viendo la sangre mezclarse poco a poco con el agua dándole un color rojizo. Puedo sentir a Rowan volviendo a subirse a la cama y sentarse a mi lado, pasando un brazo por mi cintura mientras que, como Uriel, espera en silencio.

—¿Me esperaréis?

—Por supuesto —me dice Rowan.

—Siempre te esperamos —agrega Uriel.

—A ti, solo a ti. A nuestro príncipe.

Una sonrisa se forma en mi rostro, porque sí, ese soy yo, su príncipe. Pero no el príncipe de cualquier lugar real o ficticio como solía pensar cuando era pequeño y aún no les conocía, sino su príncipe de la vida. Ese que les ata a la vida. Ese que les permite beber ese líquido tan rojo como sus ojos y para ellos esencial. El príncipe de la sangre.

Y ellos, mis guardianes. Los que me protegen de cualquier peligro, los que darían su vida sin dudar para salvarme, esos que me mantienen así, eternamente vivo, eternamente joven y, pese a todo, mortal.

Sí, mortal. Porque como ya te dije, por más que haya vivido más tiempo del que jamás vivirás, yo sigo siendo mortal. Aunque mi muerte ya está cerca, muy cerca, aguardándome en esta copa de cristal que sostengo en mi mano. Un vaso que acerco a mis labios, bebiendo su contenido y sintiendo esa sangre recorriendo todo mi cuerpo.

Apenas unos segundos más tarde, empiezo a sentir que las fuerzas me rehuyen, que mis ojos se cierran por el cansancio y mi respiración se vuelve cada vez más lenta, al igual que los latidos de mi corazón. Los brazos de ambos me sostienen, sus labios vuelven a los míos, ahora no tan cálidos como siempre han sido, susurrándome palabras de amor en idiomas ya olvidados, diciéndome lo que yo ya sé: que me aman, que me esperarán. Intento unir mis manos a las suyas, intento responder a sus palabras, pero ni mis manos ni mi lengua me responden. Ya no.

Sin dolor, sin resistencia, mi cuerpo va dejando escapar todo rastro de vida que hay en él, dejando que la muerte vaya extendiéndose por cada célula de mi cuerpo.

Pero no te asustes, déjame decirte que no temo a la muerte. Tras todos estos años, tras estos siglos en los que he convivido con dos de sus hijos, la veo ya como una vieja amiga a la que he hecho esperar durante demasiado tiempo. Lo único que me duele es tener que separarme de ellos, de mis guardianes, de Rowan, mi valiente y fuerte Rowan, y de Uriel, mi fiel y compasivo Uriel.

Pese a todo, no es miedo a no volver a verlos lo que siento. Porque ellos siguen aquí, a mi lado, sabiendo que esto es lo que ha de pasar, lo que ya ha pasado varias veces a lo largo de su existencia. Saben que es mi decisión. Y yo sé que ellos me esperarán, que seguirán aquí, en este bosque donde les vi por primera vez en esta vida, en todas las demás; esperándome si es preciso…

—Por toda la eternidad.

La última noche

La música martilleaba sus oídos con unas canciones que muy bien parecían sacadas de ese juego al que tanto se había vuelto adicto esas últimas semanas: The impossible game. En su zurda tenía un vaso que aún estaba medio lleno, mientras que su diestra seguía, junto al resto de su cuerpo, el ritmo de la música.

Podía sentir la mirada de la mayoría de los que le rodeaban fijos en su persona, sin perderse ninguno de sus movimientos, cómo su cuerpo se contorsionaba, mostrando algunos de esos pedacitos de piel que quedaban bajo la ropa, alentando los malos pensamientos de los demás. Sabía que a unos pocos metros, su mejor amigo (¿podía seguir llamándole así?) le observaba fijamente mientras hablaba con uno de sus compañeros de universidad. No le reprochaba que se estuviera exhibiendo de esa forma, que también, si no  que parecía estar comiéndoselo con los ojos y deleitándose con cada uno de sus gestos. Y eso a Andrés le gustaba.

Porque tras esa discusión que habían tenido esa misma tarde, por más que Sergio le había dicho que estaba enamorado de Nerea, él sabía que no era así. Sabía que en verdad al que quería era a él, que solo estaba con la otra por miedo a que sus padres se enteraran de que era gay. Si no, ¿cómo es que habían terminado montándoselo en su habitación hacía menos de dos semanas o el mes pasado en el sofá? Vamos, ¡si había dejado que desvirgara su jodido culo! Y, pese a todo, su “querido” mejor amigo seguía insistiendo que él no era gay. ¡Ja! Sí, claro. ¡Y él era la jodida reina de Francia!

Por todo eso, Andrés había salido esa noche con ganas de olvidar lo ocurrido y había llamado a otro de sus amigos y para proponerle pasar la noche de bar en bar. ¿Lo malo? Que este otro amigo no había dudado en llamar a Sergio y que este se había apuntado. Aunque bueno, no era como si eso fuera a conseguir que se cortara ni un poco, todo lo contrario.

Y esa era la razón por la que Andrés estaba allí bailando en vez de con sus amigos en la mesa. Era esa la razón por la que su cuerpo se movía de esa forma tan sensual que llamaba la atención de muchos. Pues, aunque no estaba de más que los demás le mirasen con la lujuria brillando en sus ojos, lo que en verdad hacía era dejarle muy claro a su amigo lo que se perdía por preferir a su chica en vez de a él.

La canción terminó, aunque acto seguido empezó otra. Y mientras, Andrés seguía bailando, compartiendo roces esporádicos con cualquiera que pasara lo suficientemente cerca. Su copa estaba ya más vacía que llena e incluso había cerrado los ojos, aunque eso no impidió que notara que alguien se acercaba de más a él y que se atrevía a posar sus manos en su cintura.

Abrió los ojos, encontrándose con un joven aparentemente de su edad o, como mucho, uno o dos años más mayor. De cabello rubio claro que llevaba no demasiado corto y aparentemente despeinado, con algunos mechones medio ocultando sus atrayentes y extraños ojos negros. Unos ojos que, junto a sus rasgos masculinos y su cuerpo de infarto con unos músculos donde, Andrés estaba seguro, se podría rallar queso si se quería, aumentaban su más que patente atractivo. Y estaba allí, con él. Sonrió. Desde luego, había hecho muy bien saliendo esa noche.

* * * * *

Apoyado en una de las mesas altas que había al lado de una de las paredes del bar, Sergio no podía dejar de observar todos esos movimientos que hacía su mejor amigo al bailar al ritmo de la música. Estaba hechizado. Sus ojos verdes no podían separarse de la figura de Andrés, de su cabello oscuro y alborotado, de sus ojos marrones que tanta lujuria transmitían, de ese cuello que él tantas veces había besado en esas pocas ocasiones que había tenido la oportunidad, en su lampiño pecho que quedaba oculto por una camiseta ajustada que no dejaba nada a la imaginación, en sus caderas a las que tan bien se había aferrado con sus manos esa primera vez, en su trasero que, sabía, solo él había tenido el placer de penetrar… En ese momento todo en la cabeza de Sergio era Andrés, no había sitio para nada más. Nada.

—No me lo digas, habéis discutido.

La voz de Mario, el chico que estaba a su izquierda, le trajo de vuelta, obligándole a desviar la mirada hacia él. Estaba de pie, como él, apoyado en la mesa donde tenían sus bebidas, mirando también hacia la zona de baile para luego fijar su vista en él mientras esperaba su respuesta.

—No quiero hablar de eso.

Mario rodó los ojos, dándole un trago a su bebida.

—Apenas os habéis dirigido la palabra desde que salimos. Vamos, dime qué pasó. No me obligues a utilizar mi maravilloso don para sonsacártelo.

La mirada escéptica que Sergio le dirigió habló por él. Sin embargo, eso solo hizo que el rubio sonriera altivo y esperara tranquilo, pues sabía que obtendría lo que quería.

—Discutimos por la tarde —empezó a relatar finalmente, con la mirada fija una vez más en Andrés—. Habíamos quedado para comprar unas cosas y al final terminamos discutiendo en mi casa. Me pidió que dejara a Nerea, que le eligiera a él. Y me llamó cobarde cuando le dije que no podía —declaró—. Tras eso se fue de mi casa cabreado, y el resto ya lo sabes.

—Sí, ya lo sé. Y qué quieres que te diga, pero estoy con él. Eres un cobarde.

Los ojos verdes de Sergio se fijaron nuevamente en su amigo, molesto por el comentario y también por esa verdad que encerraba. Sin embargo, antes de que pudiera replicarle, Mario siguió hablando:

—Y yo que tú me apresuraría a arreglar las cosas. Ya sabes cómo es Andrés y lo que le gusta atraer la atención de los demás. Y viendo que ya hay uno que se le acercó, no…

Sergio no escuchó más. Mario podía seguir hablando que él había dejado de escuchar, centrándose solamente en esa última afirmación. Había desviado toda su atención a su mejor amigo nuevamente, sintiendo algo que muy bien podía llamar celos recorriendo todo su cuerpo. Y solo por ver que Mario estaba en lo cierto: un chico estaba tonteando con Andrés.

No pudo más. Sí, le había dicho que estaba enamorado de Nerea, que él no era gay, pero aún así no pensaba dejar que un cualquiera se aprovechara de Andrés. No si él podía evitarlo.

—¿A dónde vas? —le interrogó Mario al verle más que dispuesto a dejarle allí solo.

—A arreglar las cosas.

* * * * *

—Así que te llamas Andrés, ¿eh? —le dijo con una sonrisa pícara en su rostro. El moreno asintió—. Yo soy Hugo.

—Hugo —repitió el menor, casi paladeando el nombre.

Podía sentir las manos del mayor en sus caderas, su rostro a un par de centímetros del suyo, con sus ojos fijos en los suyos y sus alientos entremezclándose con cada una de sus respiraciones, los labios casi rozándose al hablar… Al contrario que antes, cuando se habían besado.

Su cuerpo aún se estremecía al recordar ese beso, los roces entre sus labios, cómo su lengua había entrado en su boca, danzando junto a la suya y causando el caos en su interior. Sí, desde luego había hecho bien en salir esa noche. Muy bien.

—Andrés.

La nueva voz consiguió que los roces y los besos varios entre los dos se detuvieran, y también que ambos se volvieran hacia el joven que se les había acercado.

Curioso, Hugo le miró. El joven que estaba ante él era alto, puede que un par de centímetros más que él, aunque más delgado. Cabello castaño oscuro tirando a negro, ojos verdes, rasgos masculinos, atractivos…  La verdad era que estaba bueno, pero no tanto como el moreno que estaba a su lado.

—¿Qué?

El tono y la mirada despectiva que le dirigió Andrés le hicieron ver que esos dos ya se conocían de antes. La pregunta era, ¿de qué?

—Yo… Es que… —empezó a titubear el recién llegado, consiguiendo que el moreno le mirara aún más fijamente y con más enfado según su punto de vista—. Han llamado los chicos y les hemos dicho que ya íbamos para allá, así que vine a buscarte —habló por fin, más decidido ahora—. ¿Vamos?

—¿Yo? ¿Para qué? ¿Para verte tonteando con tu novia? Paso. Además, Hugo va a invitarme a una copa, ¿verdad?

La mirada de ambos se posó en él. Uno casi suplicándole que aceptara, el otro fulminándole, advirtiéndole que lo mejor que podía hacer era negarlo e irse de allí. Era una lástima que adorase el peligro.

—Sí, claro, todas las que quieras —le aseguró al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa y afianzaba su agarre en torno a la cintura del moreno solo para molestar aún más a su amiguito.

Andrés sonrió. Al contrario que Sergio, que entrecerró los ojos, cabreado.

—¿Ves? Si quieres divertirte llama a tu novia, a mí déjame en paz —declaró con la firme intención de dejarle allí solo al irse con Hugo.

Pero, por más que el rubio estaba muy colaborador, el castaño no parecía nada contento de quedarse allí solo. Por ello, y antes de que pudiera pasar a su lado en dirección a la barra, Sergio se interpuso en su camino.

—Vamos, sabes que no te dejaría tirado así —trató de convencerle.

Porque no le gustaba el otro tío, porque había algo en su cabeza que le gritaba que no podía dejar que Andrés se fuera con él. ¿Celos?

—Ya lo hiciste. Esta tarde, cuando la escogiste a ella, ¿recuerdas? —declaró el moreno en tono mordaz—. Y ahora déjame en paz. No quiero volver a verte.

Tras estas palabras, Hugo pudo ver que Andrés le dirigía una última y furibunda mirada al castaño antes de cogerle de la mano y alejarse con él.

Se dejó llevar. No perdió ni un solo instante en mirar al otro chico pero aun así pudo notar la mirada del castaño fija en su espalda, transmitiendo toda esa rabia y esos celos que sentía solo porque el moreno le había rechazado de esa manera, quedándose con él.

—Siento esto.

La voz del chico le hizo volverse hacia él, le miró. Estaban ya al lado de la barra. No habían pedido nada aún, pero eso a Hugo no le importaba. La bebida no era lo que le había llevado allí.

Se encogió de hombros, quitándole importancia con su gesto.

—Tranquilo, no importa —le aseguró—. ¿Te apetece algo? Yo invito —agregó, señalando las botellas con la cabeza.

—Gracias.

Sonrió, no feliz, no alegre, sino con algo que Andrés no supo cómo definir pero a lo que terminó correspondiendo con otra sonrisa. Acto seguido, ambos pidieron cuando uno de los camareros se les acercó.

Y, tras un par de minutos, con ambos ya con una nueva copa en su haber, a Hugo le parecía que Andrés estaba ya más tranquilo y centrado en él. Incluso había visto todas y cada una de las miradas que el joven le dirigía, deleitándose con su cuerpo, y tampoco se le había pasado desapercibido el deseo en sus ojos… Casi igual que él.

—En serio, siento lo de antes.

—Ya te lo dije, olvídalo, no tiene importancia —le interrumpió—. Todos nos hemos topado con un ex pesado alguna vez —añadió, tras lo cual volvió a encogerse de hombros antes de tomar su vaso para darle un trago.

El bufido del moreno le hizo arquear una ceja, extrañado. Sí, era cierto, debía reconocer que apenas había prestado atención a esa pseudo conversación entre el moreno y el castaño de antes. En su lugar, se había conformado con suponer que era su ex.

—Si fuera mi ex la situación sería más soportable —murmuró el chico por lo bajo, enfurruñado.

Bien, eso echaba por tierra su suposición. Qué pena, ¿verdad?

—Bueno, los amigos pesados también son un problema —afirmó, dándole otro trago a su bebida.

—Ni te lo imaginas.

—Pero ahora estás conmigo. Y yo no soy ningún pesado.

Andrés sonrió e incluso rió por lo bajo con esa afirmación que casi parecía un intento de broma por parte del mayor.

—¿No? Pues tus músculos parecen decir todo lo contrario —bromeó, posando de nuevo su vista en esos músculos que se notaban tan definidos bajo la camiseta que quedaba medio oculta por la camisa blanca del rubio.

—Solo hay un modo de saberlo, ¿no crees?

La pregunta quedó en el aire, junto a la risa del rubio. Andrés le miró fijamente. Desde luego, no podía negarse que Hugo era directo. Que le hubiera preguntado ya en vez de seguirle la broma lo demostraba. Además, estaba bueno, muy bueno, más incluso que Sergio, y negar eso era una estupidez. Y también estaba el hecho de que realmente no quería seguir pensando en Sergio ni en lo que este pudiera estar haciendo con su novia. Y para eso había salido, ¿no? Para evitar quedarse en casa pensando en él, para sacárselo de su cabeza y para probarse que, aunque el chico que le gustaba no quería nada con él, había muchos otros que darían lo que fuera porque se fijara en ellos. Otros como Hugo.

Sonrió. Ladeó un poco su cabeza y le dirigió una pícara sonrisa que conjuntaba con el deseo de sus ojos.

—No sé, no sé. Tengo miedo de perderme entre tanto músculo —bromeó.

Hugo sonrió, más cuando la mano del moreno se posó en su brazo, recorriéndolo entero lentamente y acercándose un poco más a él mientras su mano ascendía hasta su hombro para luego pasar a su pecho.

Entonces, las manos del mayor apresaron las suyas y su cuerpo pasó a estar atrapado entre la barra y el del rubio. Jadeó. No se había esperado esa acción por parte de Hugo, pero no podía negar que había aumentado su excitación. Y eso le gustó.

—Tengo mi coche calle abajo —apuntó el rubio, disminuyendo el espacio entre ambos a la vez que posaba una de sus manos en la cintura del moreno y colaba una de sus piernas entre las de él para rozar su entrepierna, excitándole—. ¿Qué me dices? ¿Te apetece un paseo en coche?

Andrés jadeó, y todo por esos labios que se habían acercado tanto a los suyos, rozándolos con cada palabra dicha. Su aliento se entremezclaba, colándose por sus labios entreabiertos y causando estragos en su mente, dejando solo una respuesta válida para él.

—Sí —dijo finalmente en un susurro entrecortado que ponía de manifiesto lo que sentía—. Vamos.

La sonrisa de Hugo se acentuó. Y sin querer perder más tiempo, agarró al otro del brazo, dispuesto a salir de ese bar con él cuanto antes.

Desde luego, había hecho bien en salir esa noche. Muy bien.

* * * * *

—Ya veo que no te ha ido bien.

Si el bufido de Sergio no le pareció suficiente respuesta, la mirada del castaño y el que le quitara su copa para bebérsela de un trago le resolvió toda duda que pudiera quedarle a Mario. Pese a ello, el joven no dijo más, sabía que no le hacía falta pues ya Sergio se desahogaría cuando quisiera. Solo necesitaba tiempo y él pensaba dárselo.

—Se ha ido con el otro. Me ha dicho que le dejara en paz —continuó con desánimo—. Que… Que no quería volver a verme.

Mario le miró, arqueando una ceja. Bien, le acababa de quedar claro que las cosas habían salido aún peor de lo que había pensado. Suspiró. Ahora era él quien necesitaba un trago, más que nada porque eso le dejaría algo de tiempo para pensar en algunas palabras que pudieran animar a su amigo.

—Sergio… No puedes tomártelo todo a la tremenda. Andrés es muy cabezota y nunca piensa lo que dice cuando está enfadado. Lo sabes. Y quieras que no, decir que hoy está cabreado es decir poco, parece un volcán en erupción.

El pequeño intento de broma se quedó en eso, en un simple intento. Sergio no se lo tomó nada bien y Mario solo suspiró.

—Sí, lo sé, no tenía que haber dicho eso. Perdona —se disculpó.

—No sé qué hacer —le confesó el castaño, sin hacer caso a lo que había dicho. Casi parecía que ni lo había oído.

—Te gusta, ¿verdad? —le preguntó aunque no necesitaba de ninguna respuesta para saber la respuesta.

Sergio no dijo nada, pero su mirada se desvió de inmediato hacia la barra del bar, buscando a Andrés entre toda la gente que allí había tal y como la flor busca al sol para alimentarse de su calor.

Sí, tras eso Mario no necesitaba de ninguna respuesta verbal para confirmar lo que ya sabía, con los gestos ya había quedado claro. Pese a todo, y aunque él ya lo tuviera tan claro, aún quedaba la parte difícil: que Sergio se lo admitiese y que por fin decidiera decírselo a Andrés.

—Deberías decírselo.

—Estoy con Nerea, ¿recuerdas? Y además están mis padres —terció el castaño, con una pequeña mueca en su rostro.

—Pues déjala y enfréntate a ellos. Vamos, Sergio, eres un buen chico, pero ya va siendo hora de que dejes de pensar tanto en tus padres y que empieces a tomar tus propias decisiones en vez de hacer solo lo que ellos quieren y toman como correcto. ¡Tienes veintidós años, joder! ¿Qué más da que te guste un tío y que a tus padres eso no les guste? ¡Ni que siguieras viviendo con ellos! Deja de ser tan cobarde y dile de una vez a Andrés que te gusta y que lo dejarías todo por poder estar con él.

La mirada de Sergio se centró en él, sorprendido por esas palabras tan directas que Mario acababa de soltarle así, a bocajarro. Bufó por lo bajo, divertido.

—Cualquiera diría que quieres que estemos juntos. Es más, siempre creí que te gustaba Andrés —agregó.

El rubio se encogió de hombros.

—Hace mucho que me resigné. Todos sabemos que Andrés nunca se fijará en mí, que solo soy un amigo para él. Tú no.

—Cierto. Más que nada porque ahora no quiere ni verme —le apoyó, volviendo a ser el desánimo el principal sentimiento que se sentía en él.

—Sigo diciendo que deberías hablar con él. Y cuanto antes mucho mejor. Sigue ahí, ¿no? Pues vuelve con él y esta vez dile un “Lo siento, Andrés. He sido un completo imbécil al decirte esta tarde que no te quería porque eso no es verdad” nada más que te vea. Que se note que sabes hacer algo más que meter la pata.

Con la duda y el miedo a un nuevo rechazo muy presentes en su corazón, Sergio miró de nuevo a su amigo mientras sus palabras daban vueltas en su cabeza. Y la verdad, Mario tenía razón y quizás lo que debía hacer era disculparse de una vez con Andrés y decirle todo eso que quería haberle dicho esa tarde en su casa. Sí. Debería dejarse de tonterías y agarrar el toro por los cuernos. Quizás así conseguiría algo.

—Vengo ahora.

La sonrisa en los labios de Mario manifestó la alegría y la satisfacción que sintió el rubio al ver que Sergio se alejaba en dirección a la barra, dispuesto por fin a enfrentarse a sus problemas.

Sin embargo, toda esa alegría le duró poco al rubio, pues su amigo no tardó más que un par de minutos en volver, totalmente apesadumbrado y sin ánimos de nada. ¿Sería que Andrés le había vuelto a rechazar?

—¿Qué…?

—No está —le interrumpió el castaño no dejándole hablar—. He mirado en toda la barra y no está. Andrés no está.

—Quizás esté bailando —tentó buscando animarle aunque fuera con una mentira tan obvia.

El joven bufó, y su gesto no se animó, sino que se volvió más taciturno todavía.

—Venga, Mario, ambos sabemos que no está bailando —le dijo—. Se fue con ese tío, estoy seguro.

—¿Y qué vas a hacer? Podrías llamarle.

—¿Para que me cuelgue o ignore mis llamadas? No, gracias. ¿Sabes lo que te digo? Que si es tan inmaduro como para irse con un completo desconocido solo porque hemos discutido, allá él. Me da igual. Y, ¿sabes? Puede que tenga razón en algo: estoy con Nerea, no con él. No debería importarme lo que haga o deje de hacer. Eso es cosa suya.

—Sergio…

Mario trató de interrumpirle para intentar que dejase de decir todas esas cosas que en verdad no sentía. Porque sabía que no era él quien hablaba, que eran sus celos, que Sergio solo estaba celoso porque Andrés se hubiera ido con otro tío en vez de quedarse con ellos… Con él.

Sin embargo, el castaño no le dejó hablar:

—Déjalo y vámonos —le acalló—. Hemos quedado con los chicos, ¿no? Pues vamos.

—Bien —suspiró, sabiendo que no había nada que hacer—. Como quieras. Vamos.

* * * * *

—Es aquí. Aquí es donde vivo.

Sin demasiada curiosidad por lo que pudiera encontrarse, Hugo echó una leve ojeada al piso de Andrés, lugar donde el moreno había dicho de ir luego de que le hubiera comentado que no tenía dónde quedarse porque estaba en la ciudad de paso. Por suerte para Hugo, Andrés no se había preocupado por esa nimiedad y, así, los dos jóvenes habían terminado en el piso del menor, quien en ese momento avanzaba por el pasillo con él siguiéndole.

—Sí, lo sé, no está muy reluciente, pero te aseguro que es habitable —continuó mientras pasaba por delante de la cocina.

Los ojos del rubio recorrieron la estancia sin entrar en ella, viendo los restos de la cena aún sobre la mesa y algún que otro plato sin fregar. Se encogió de hombros.

—No importa.

—Es que, sinceramente, no he tenido un buen día y no me apetecía limpiar —trató de excusarse, sin querer que se llevara una mala impresión de él. Sí, como si lo que pensara su futuro polvo de una noche al que no volvería a ver fuera importante. ¡Ja!

—Tranquilo, he vivido en sitios mucho peores. A su lado, tu casa es el paraíso. Y además, no he venido aquí por tu casa.

Bien, vale, puede que su opinión no le importara, pero no podía negar que esas palabras le habían subido el ánimo. Sonrió con picardía, dejó todo el asunto de su casa a un lado y se volvió hacia el rubio que estaba tras él. Asintió.

—Cierto. ¿Por qué no dejas esa mochila tuya ahí y pasamos a mi cuarto de una vez? —le preguntó insinuante, acercándose a él para acariciarle el pecho con una de sus manos.

La mochila, curtida ya por todos los años de uso y donde Andrés suponía que el rubio guardaba una muda limpia, fue dejada en el suelo, apoyada contra la pared para que no llegara a caer totalmente. Hecho esto, Hugo se volvió hacia el moreno.

—Te sigo.

Con una sonrisa que dejaba ver esa lujuria que Andrés estaba empezando a sentir, el joven agarró al otro por el brazo y empezó a caminar hacia la habitación más alejada de todas: su cuarto.

Abrió la puerta, mostrando así una habitación que muy pocos habían tenido oportunidad de ver. Las paredes estaban pintadas de un cálido color amarillento, con algún póster de grupos de música que Hugo no reconoció y estanterías llenas de fotos adornándolas; un armario de tres puertas, una mesita y una ventana doble por la que apenas entraba luz debido a las horas que eran.

Pero ninguna de estas cosas poseía interés para el rubio. A él lo que le interesaba era esa cama matrimonial que estaba contra una de las paredes, pues era donde pensaba pasar sus próximas horas.

Avanzó unos pasos. Andrés estaba ya al lado de la cama y él no tardó en unírsele, alzando su rostro con una mano para poder besarle.

Como ya suponía, el moreno no le rechazó cuando unió sus labios, sino que no perdió tiempo en responderle, pegándose aún más a su cuerpo mientras profundizaba el beso, uniendo su lengua a la suya.

A su vez, las manos de ambos se centraron en el cuerpo del contrario sin duda, sin miedo. Así, las manos de Andrés se posaron nuevamente sobre los brazos del rubio, queriendo sentir esos músculos moverse y tensarse bajo sus dedos de la que ascendía luego hacia su pecho, tal y como había hecho antes en el bar.

Por su parte, Hugo no pareció muy dispuesto a perder el tiempo, ya que sus manos se dirigieron directamente hacia el bajo de la camiseta del menor, colando sus manos bajo la ropa y sin esperar más para quitársela.

La prenda cayó al suelo sin que el moreno dijera o hiciera nada por evitarlo, ocupado como estaba besando a un joven que parecía tener más ganas de follar que él.

Sintiendo los pasos del mayor, Andrés empezó a retroceder hasta que, tras agarrarse a la ropa del otro, les hizo caer a ambos sobre la cama. La mano de Hugo sobre el colchón amortiguó bastante la caída e impidió que cayera del todo sobre el moreno, aunque eso también consiguió que Andrés les volteara, y quedara sobre el mayor, aprovechando para sentarse sobre él al apoyar sus rodillas sobre el colchón.

Hugo le miró aunque no dijo nada. Se alzó para besar ahora el cuello del moreno a la vez que posaba sus manos en sus rodillas y subía por sus muslos. Andrés jadeó, sin oponerse. Lo que sí hizo fue aprovechar la posición del otro para comenzar a quitarle por fin la ropa, empezando por su camisa blanca y luego por la oscura camiseta que llevaba debajo.

La lujuria de los ojos de Andrés no se le pasó desapercibida, menos aún cómo recorría todo su torso de arriba abajo para ver esos músculos que tanto parecían atraerle.

—Joder… Creo que voy a empezar a pasarme más por el gimnasio. Sobre todo si hay más tíos como tú.

La carcajada de Hugo se escuchó por toda la habitación, sobreponiéndose a la risa del menor. Unas risas que se cortaron cuando, en un movimiento rápido, volvió a darles la vuelta, quedando de nuevo él arriba.

—Lo siento —le dijo tras acercar su boca a su oído—, no hay más como yo.

La lengua del rubio deslizándose por el interior de su oreja le hicieron jadear junto a las manos de este, que recorrían su cuerpo con caricias que iban por todo su cuerpo, incluidas esas partes que la ropa aún cubría.

Y a Andrés le gustaba, sí. Le excitaba la prisa que parecía tener Hugo, esas caricias rápidas con las que conseguía excitarle, sentir sus cuerpos pegados y el contacto con todos esos músculos. Pero había algo que no le gustaba a Andrés, y era que, al contrario que con los demás chicos con los que solía estar, Hugo no tenía demasiada pinta de pasivo y tampoco parecía muy dispuesto a serlo esa noche. Lo cual era un pequeño problema. Él solo lo había sido con una persona y no estaba seguro de querer serlo ahora. Quizás lo mejor sería pone las cosas claras.

—Soy activo —le dijo intentando volver a tomar el control de la situación.

Hugo sonrió.

—Esta noche no. Esta noche pienso follarme tu culo.

La protesta de Andrés quedó acallada cuando Hugo volvió a besarle, profundizando el beso al instante y dominando su boca sin apenas esfuerzo. Además, el beso no fue todo lo que hizo. Sin duda alguna en ninguno de sus gestos, Hugo deslizó sus manos por las piernas del moreno hasta llegar a la cinturilla de su pantalón, desabrochándolo antes de bajarlo un poco.

Andrés jadeó. En su mente aún perduraban las palabras del otro joven, que pretendiese follarle, pero parecía que su cuerpo había decidido ya por él y parecía dispuesto a cumplir el capricho del rubio. No porque en verdad quisiera serlo, sino como forma de romper con otro de los lazos que le unían a Sergio. Una forma de hacerse ver que el castaño ya no sería el único para él.

—¿Qué pasa? ¿Ahora te arrepientes? —Oyó preguntar al rubio.

Le miró en silencio, contemplándole entero, pero esta vez no para deleitarse con su cuerpo, sino pensando en que, aunque solo le conocía de hacía unas horas, Hugo le parecía un buen tío; un poco parco y bastante directo, pero al fin y al cabo una buena persona que parecía ser de las que no dudan en defender y hacer de todo y más por aquellos que le importan. Incluso enfrentarse a unos padres homofóbicos diciéndoles que le gustaba un hombre. Suspiró preguntándose por qué no había podido enamorarse de alguien como él y finalmente negó con la cabeza. Respondió:

—No. Solo quiero que me folles.

Una de sus cejas se arqueó y una sonrisa sardónica apareció en su rostro al oír tal respuesta de su parte.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tal si me lo demuestras?

Le miró, respondiendo a esa sonrisa con otra y aceptando el desafío sin mediar palabra o gesto alguno.

En vez de eso, le empujó hacia atrás, obligándole a retroceder y dejarle ponerse de rodillas sobre la cama. Tras esto, cubrió la distancia entre ellos con andares felinos e insinuantes, sabiendo bien que el otro no le quitaba el ojo de encima.

Empezó por su cuello. Tenía ganas de besarle pero sabía que, si lo hacía, Hugo no tardaría en tomar el control y él no quería eso. Así que en su lugar se dedicó a lamer, besar y morder levemente el cuello del joven. Y sabía que iba por el buen camino, pues podía notar el aumento de su respiración.

Poco a poco, su boca fue deslizándose hasta la base del cuello y luego hasta llegar a los pectorales, lugar donde sus manos también se unieron al festín, estas empezando desde abajo para ir ascendiendo luego.

Algunos minutos más tarde, la boca y las manos del moreno habían abandonado el torso del mayor y ahora se entretenían con la piel de su vientre. Le había desnudado por completo, gesto en el que el rubio le había ayudado, y ahora su atención estaba centrada en su polla, la misma que estaba masturbando con una de sus manos.

Por su parte, Hugo observaba todos los movimientos del joven, sintiendo lo agitado de su respiración, más cuando se centró en su erección. Sin embargo, si debía de ponerle alguna pega a todo eso, esta sería sin duda la calma y lentitud con la que el moreno le tocaba. Por suerte, tenía fácil arreglo.

La mano que agarró la suya obligándole a aumentar su ritmo le tomó por sorpresa, y también le hizo alzar la mirada hacia el rostro del rubio, sonriendo al ver sus ojos entrecerrados y sus labios entreabiertos, sin duda, por haber aumentado el ritmo.

—Dime, ¿cómo te gusta?

Hugo abrió los ojos, centrando su mirada en él. Y podía ver que le miraba, sí, pero también que no había dejado de besar su piel, cada vez más cerca de su erección.

—Rápido y rudo —respondió sin dudar.

—¿Rudo? ¿Dices con cadenas y eso? —Se rió, mordiendo ligeramente la piel de su cadera mientras aumentaba aún más el ritmo de su mano, sonsacándole un pequeño gemido.

—Puede ser… Pero no para mí.

La sonrisa del moreno se mantuvo, pues con un tío como Hugo ya se había esperado esa respuesta.

—¿Ahora quieres atarme? —El rubio se encogió de hombros sin decir palabra, por lo que siguió hablando—. ¿Debería dejarme?

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?

Los ojos negros de Hugo fijos en su persona le hicieron tragar saliva. Pero más que miedo, lo que se podía ver en los ojos de Andrés era puro deseo. Porque joder, Hugo se lo estaba comiendo con los ojos. Podía ver que estaba deseando que le dijera que le atara y todo para, seguramente, regalarle una noche que no olvidaría jamás.

Asintió.

—Hazlo. Átame.

La sonrisa de Hugo era victoriosa y, desde luego no era para menos.

Olvidándose de que el moreno le estaba masturbando, el rubio se separó de él, levantándose de la cama incluso antes de mirarle.

—Desnúdate.

La seca orden debería haberle alertado de que algo iba mal, más al ver que el rubio salía de su cuarto para aparecer al cabo de un minuto con unas cuerdas. Pero la lujuria y la excitación se habían hecho dueñas de la mente y el cuerpo de Andrés, y este solo había acertado a obedecer esa orden antes de mirarle sentado desde la cama, sorprendido.

—¿Y esas cuerdas? No me digas que eres Houdini y las has hecho aparecer por arte de magia —bromeó, riendo incluso divertido, quizás tratando de paliar esos nervios que estaba empezando a sentir.

Hugo rió también pero no dijo nada. Y así, Andrés pudo verle acercarse a él, tomando su rostro con una de sus manos para alzárselo y besarle.

Como las veces anteriores, todo pensamiento que el moreno tuviera en su cabeza se desvaneció por completo en el momento en el que sus labios se juntaron. Entreabrió los labios, dejando que la lengua del mayor tomara posesión de su boca y marcara el ritmo de la danza entre sus lenguas mientras todos esos gemidos que le provocaban quedaban ahogados entre sus bocas.

Y fue realmente en el momento en el que quiso llevar sus manos hasta el cuerpo del otro cuando se dio cuenta de que el rubio había aprovechado ese beso para maniatarle.

Se separó de él, viéndole volver a ponerse de pie para acercarse ahora al cabecero de la cama donde ató el otro extremo de las cuerdas.

—Túmbate.

Tras un ligero asentimiento, Andrés se tragó sus nervios y obedeció. Se tumbó sobre el colchón, girando su rostro para mirarle mientras hacía los nudos.

—¿También las piernas? —se extrañó al verle, tratando que los nervios no le traicionaran y moviendo un poco sus brazos para acostumbrarse a la sensación de tenerlos atados. Al instante, se dio cuenta de algo—. ¿No están muy apretados? —le preguntó al comprobar que realmente no podía moverlos.

Hugo negó.

—Tranquilo, te acostumbrarás en nada.

Pero los nervios de Andrés habían vuelto y, junto con ellos, la angustia y hasta un sentimiento que no había esperado sentir esa noche: miedo. Porque aunque él no era ningún niñato miedica, no le gustaba que le ataran; y menos aún cuando veía que no podía mover ninguna de sus extremidades por lo fuerte y tirantes que estaban las cuerdas. No cuando veía que quedaba muy expuesto y completamente indefenso a lo que Hugo quisiera hacerle.

—Creo… Creo que esto no es una buena idea —empezó a decir, nervioso—. Será mejor que me desates y…

El dedo índice del rubio sobre sus labios le acalló. Tras comprobar los nudos, Hugo se había acercado de nuevo a él y ahora su rostro estaba justo sobre el suyo, mirándole muy fijamente.

—Shhhh. Querías que te atara antes de follarte, ¿no? Pues eso he hecho. Ahora vamos a por el siguiente paso.

—No…

—He dicho “Shhhh”, Andrés. Y eso significa que debes guardar silencio —le advirtió—. No querrás que me enfade, ¿verdad?

La mano del mayor que viajaba por su pecho pellizcó ahora uno de sus pezones con fuerza, arrancándole un grito de sorpresa, dolor y sobre todo miedo hacia ese joven que tanto había cambiado de repente y del que ahora no podía defenderse.

Y sí, quería tomarse todo eso como una simple actuación del rubio, pero lo que podía ver en sus ojos le dejaba bien claro que eso no era nada fingido, que no era una actuación. Era real, muy real.

En ese momento, los labios de Hugo se unieron a los suyos, salvo que esa vez ya no quedaba rastro del deseo anterior, ya no había pasión, sino dolor. El grito de Andrés al sentir que Hugo mordía sus labios hasta hacerle sangrar quedó ahogado entre sus bocas. Por supuesto, el joven trató de apartarse, pero el rubio le sujetó el rostro con facilidad con una de sus manos, mientras con la otra atacaba sin piedad la piel del chico, pellizcándole con fuerza y hundiendo sus uñas en la carne.

Cuando se separó, Andrés podía sentir el regusto metálico de su propia sangre en la boca. Pero si tuvo intención de decir algo, que Hugo pasara a centrarse en su cuello y el resto de su cuerpo le dejó sin fuerzas como para decir nada.

Durante los minutos siguientes, lo único que se escuchó en la habitación eran los gritos de Andrés cada vez que los dientes de Hugo mordían alguna parte de su cuerpo o sus dedos pellizcaban o arañaban su piel hasta hacerla sangrar. Por supuesto, el moreno había tratado de defenderse, pero los nudos de las cuerdas estaban muy bien hechos y apenas podía mover el resto de su cuerpo, menos aún podía evitarlo.

En ese momento, tenía a Hugo de rodillas a su lado, mirando fijamente su rostro. Y Andrés sabía que podía ver esas lágrimas de dolor, impotencia y odio que no dejaban de salir de sus ojos, pues la sonrisa de total suficiencia del rubio así se lo indicaba. Igual que también podía ver que la mirada de total odio con la que le miraba no le provocaba más que simple diversión.

—¿Qué pasa, Andrés, no te gusta lo que te hago? —le preguntó con burla y sin dejar de sonreír en ningún instante mientras pasaba su mano por su mejilla en lo que antes habría considerado una cariñosa caricia.

—Suéltame —le ordenó.

El mayor solo rió.

—¿Por qué debería?

—Mis amigos saben que estás aquí, conmigo. Nos han visto juntos y si me pasa algo sabrán que fue cosa tuya —contestó amenazante—. Suéltame y vete.

Hugo le miró pensativo. A su parecer, incluso parecía meditar sus palabras. Aunque su respuesta no fue la esperada.

—Chúpamela.

La sorpresa del moreno le hizo abrir los ojos de par en par, pensando que era muy probable que hubiera oído mal.

—Si quieres que te suelte, entonces abre la boca y chúpamela —repitió el mayor.

—¿Y después me soltarás y te irás? —se quiso asegurar. El rubio se encogió de hombros—. Está bien —se decidió—. Lo haré.

Porque, joder, si una mamada era todo lo que tenía que hacer para que esa pesadilla terminara y el rubio desapareciera de su vida, pues se la mamaría a ese hijo de la gran puta y fin del asunto. Mucho mejor eso que seguir atado de manos y pies y completamente indefenso.

Hugo sonrió, acercándose un poco más al rostro del chico mientras le veía abrir la boca y sacar la lengua, muy dispuesto a cumplir su palabra.

Pero lo que no se esperaba Andrés era que el rubio no pensaba esperar que se la chupara así sin más, lo que él quería era follarse esa boca. Y, desde luego, eso era lo que pensaba hacer.

Sin importarle nada el moreno, Hugo le agarró con fuerza el rostro, obligándole a abrir aún más su boca con el pulgar antes de enterrar su pene en ella.

El gemido que salió de sus labios fue la contraparte del quejido de sorpresa del moreno, que no se había esperado algo así. Sin embargo, nada pudo hacer Andrés, pues, perdido entre el deseo, el rubio había cerrado los ojos y movía sus caderas adelante y atrás, empalándose con fuerza contra esa boca, sin importarle siquiera si el otro podía respirar o cualquier otra cosa, solo sujetando su cabeza para evitar que se moviera.

Llorando de ira e impotencia, Andrés trataba de no ahogarse mientras el rubio seguía violando su boca de esa forma. Sentía arcadas y daba gracias por no haber cenado apenas esa noche, porque, de haberlo hecho, sabía que a esas alturas no tendría nada en el estómago.

Cerró los ojos, apretó sus puños hasta hacerse sangre y se obligó a soportar esa humillación repitiéndose mentalmente que tras eso todo acabaría. El rubio le soltaría y se iría.

El que Hugo se empalara cada vez con más fuerza y los gemidos de este cada vez que lo hacía, podían haber alertado a Andrés de lo que iba a suceder dentro de muy poco. Pero, por desgracia, el joven estaba tan concentrado en la tarea de conseguir respirar que solo se dio cuenta de que el mayor había llegado al orgasmo cuando se corrió en su boca.

Sin poder evitarlo, el reflejo de tragar se activó solo, aunque eso no impidió que Andrés comenzara a toser, escupiendo una mezcla de semen y saliva cuando por fin Hugo sacó su pene de su boca.

—¿Satisfecho? Ahora suéltame —le ordenó entre tosidos, tratando de no atragantarse con los restos que quedaban en su boca y que le provocaban arcadas.

—No.

Los ojos castaños de Andrés se centraron en él, sorprendidos y cabreados a partes iguales.

—¿No? ¿Cómo que no? Te la he chupado. Te has follado mi jodida boca, ¡ahora suéltame! —volvió a ordenarle, mirándole iracundo.

Para su desgracia, Hugo solo se rió.

—No. Creo que no —le dijo, colocándose sobre él, aprovechando que no podía impedírselo—. Antes pienso follarte.

Un escupitajo de mezcla de saliva y semen se estrelló contra la mejilla del mayor. Sorprendido por ese gesto, Hugo miró al joven que acababa de escupirle y que ahora le miraba con todo el odio que sus ojos podían albergar. Acto seguido, le pegó un puñetazo.

El quejido de Andrés puso en evidencia el dolor que el otro acababa de provocarle. Había cerrado los ojos presa del dolor, pero tuvo que abrirlos cuando el otro le agarró del pelo, alzándole la cabeza hasta que sus rostros quedaron casi pegados, pudiendo ver la ira en los ojos del mayor.

—Pensaba ser bueno contigo, Andrés, pero estás colmando mi paciencia y te aseguro que eso no es nada bueno —le susurró con ira, escupiendo cada palabra ante la mirada afilada del moreno.

—Que te jodan.

Sus palabras le hicieron ganarse un nuevo puñetazo, pero eso no consiguió borrar la sonrisa desafiante de sus labios y todo por haber conseguido cabrearle. Por haberse superpuesto a ese miedo que antes había sentido y ahora se enfrentase a ese hijo de la gran puta.

Sin embargo, ese gesto había conseguido terminar con la poca paciencia de la que hacía gala el rubio, y eso quedó demostrado en el nuevo beso que le dio, desgarrando sus labios. Y también en los mordiscos que dejó por todo su cuerpo, con los que arrancó incluso trozos de su piel haciendo gritar de dolor al más pequeño.

Minutos más tarde, cuando creyó que ya se había divertido lo suficiente mordiendo y arañando el cuerpo del joven, Hugo se alejó levemente de él, mirando el rostro del menor.

Durante todo ese tiempo se había deleitado con todos esos gritos de dolor que le había sonsacado con sus actos, y estos habían conseguido que su pene volviera a estar erecto, listo para una nueva ronda. Y él pensaba otorgársela, por supuesto. Salvo que esa vez no era la boca del moreno lo que pensaba follarse. Esta vez pensaba sacarle un verdadero alarido de dolor al moreno.

El grito de Andrés fue tan fuerte que le dejó sin aliento. El dolor que sintió cuando Hugo le penetró de una sola estocada y sin ninguna preparación previa fue mayor que todos los que había sentido esa noche por culpa del rubio.

Dolía. Dolía tanto que estaba seguro de que el cabrón del rubio le había desgarrado el ano y que ahora estaba sangrando. Y lo peor era que no podía hacer nada, pues el rubio sujetaba férreamente sus caderas, impidiendo cualquier movimiento por su parte.

Cerró los ojos con fuerza al sentir que unas nuevas lágrimas, estas de humillación, dolor y asco hacia sí mismo, empezaban a surcar sus mejillas. Incluso obligó a su mente a pensar que en verdad no era el rubio quien estaba con él, que en verdad estaba con Sergio, recibiendo sus besos, sus caricias… Que hacía el amor con él.

—Mírame. Quiero que me mires.

El brusco tirón le hizo abrir los ojos, siendo atrapado por la mirada completamente negra de Hugo y por esa sonrisa de victoria y superioridad que le dirigía. Apartó la cara no queriendo verlo, pero que el otro le girara el rostro a la fuerza y le penetrara con más fuerza aún, le hizo volver a mirarle, mientras otro grito de dolor se escapaba de su desgarrada garganta.

—Eso, mírame… Mírame mientras gritas, dedícame tu dolor. Quiero oírte gritar.

Tras estas palabras, bien parecía que Hugo parecía haberse tomado muy en serio lo de hacerle gritar, pues las siguientes estocadas fueron cada vez más fuertes, más profundas, provocándole aún más dolor y haciéndole gritar como nunca había gritado.

Sentir el semen en su ano casi se sintió como una liberación, pues eso quería decir que Hugo ya había terminado de humillarle. Por fin le dejaría ahora que había conseguido violarle.

Sin que las manos del rubio lo impidiesen, Andrés se hundió aún más en el colchón, cerrando los ojos como quien cree que, si no se ve llorar, si no ve lo que le ha pasado, es que nunca ha ocurrido. Por desgracia para él, las imágenes estaban perfectamente grabadas en su memoria y, además, podía sentir perfectamente las lágrimas por su rostro, tan bien como sentía las cuerdas flagelando la piel de sus muñecas y tobillos o la presencia de Hugo a su lado, mirándole en silencio.

Por su parte, una vez satisfecho, Hugo se separó un poco de ese cuerpo, admirando su obra. Pues bien, todo el cuerpo del moreno estaba manchado de sangre de las heridas que le había hecho. Su rostro estaba bañado en lágrimas de odio, ira y vergüenza, y aún podía ver una mezcla de semen y sangre al lado de su boca y manchando su mentón. La misma mezcla que ahora se deslizaba desde el ano del moreno hasta caer en las sábanas. Era tan jodidamente hermoso. Casi parecía un ángel de cabellos negros al que acababan de quitar las alas y al que ahora torturaban por sus malos actos.

Pero la tortura no había terminado. Todavía quedaba lo mejor.

En completo silencio, Hugo se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta de la habitación, saliendo de esta. Estaba hambriento. Hacía días que no comía una buena comida y, ahora que por fin se había liberado de sus deseos carnales, lo que ahora quería era algo para comer.

Y sí, recordaba que la cena del moreno había quedado olvidada sobre la mesa de la cocina, pero no pensaba comer eso. Hugo era algo más exquisito con la comida y un simple plato de pasta no aliviaría en nada su hambre. Él lo que quería era otra cosa. Una que sabía perfectamente cómo obtener.

Tras recoger la mochila que había dejado en el pasillo de la casa, el rubio volvió a la habitación del joven, posándola al lado de la cama. Hecho esto, miró la habitación desde una nueva perspectiva que no había usado antes. Las paredes amarillas, las estanterías con las fotos, los póster, la mesita con la lámpara encima, el suelo exento de alfombra que lo ocultase y, por último, la ventana que daba a una noche ya no tan oscura como se esperaba.

Hizo una mueca. Se le estaba acabando el tiempo. Tendría que darse prisa.

Para alguien como él, que se había criado como se había criado él, tener que saltarse sus propias normas, sus pasos, era algo impensable. El problema de esa noche radicaba en dos cosas: la primera, que Andrés tenía razón al decir que sus amigos les habían visto juntos; y la segunda, que saber eso le había cabreado y, por lo tanto, había alargado de más el tiempo con el que se divirtió con el moreno.

Teniendo en cuenta esos dos puntos, Hugo sabía que tendría que dejar de lado todos sus estrictos pasos por una vez y, por supuesto, irse de esa cuidad lo antes posible. Eso sí, tras confirmar que no había dejado pruebas que le incriminasen, lo que incluía acabar con todos los cabos sueltos.

Su estómago gruñó. Sí, lo mejor era empezar a hacer las cosas.

* * * * *

Demasiado cansado y dolorido como para moverse, y sin tener ya fuerzas para gritar por lo destrozada que había quedado su garganta, Andrés solo pudo gemir quedo al sentir que Hugo se acercaba de nuevo a él.

Quería decirle que le soltara, suplicarle si hacía falta que por favor le dejara, pero ni una sola palabra salió de su maltratada garganta.

Su cuerpo se estremeció por el miedo a más dolor cuando una de las manos del mayor se posó en su brazo. Incluso trató de alejarse pero, como antes, no pudo.

Por suerte para él, el contacto apenas duró unos segundos, tiempo suficiente para que Hugo comprobara que los nudos de la cuerda estaban perfectamente, así que Andrés pudo respirar aliviado unos segundos más.

Fue en el momento en el que el rubio le giró el rostro hasta ponerlo de frente para luego meterle algo en la boca y tapársela con un trozo de cinta aislante cuando se le confirmó que esa pesadilla, que él creía terminada, apenas acababa de empezar.

Con el miedo brillando en sus ojos, Andrés buscó al rubio. Le encontró a un lado de la cama, atando un cabo de una nueva cuerda al somier de la cama para luego ir hacia el punto opuesto.

—No será como yo quería, pero es como me has obligado a hacerlo. —Le escuchó decir mientras ataba el otro cabo tras tensar la cuerda, pasando esta justo por su cintura, usando también de nuevo la cinta aislante como otra pequeña ayuda—. Es tu culpa. Yo lo tenía todo planeado ¡pero tú tuviste que cabrearme y trastocar todos mis planes! Pues ahora no te quejes, porque voy a tener que ir rápido.

El tono vacío de todo sentimiento y profundamente ligado a la locura le hizo temer, más cuando al llegar hasta la mochila le vio sacar un pequeño estuche que abrió sobre su mesita, mostrándole así la colección de bisturís y demás objetos afilados que allí guardaba.

Nada más verlo, Andrés trató de gritar para pedir ayuda. Empezó a moverse tratando de desasirse de esas cuerdas que le apresaban. Porque no quería morir, porque tenía miedo, estaba acojonado, y él no quería morir.

Sin embargo, su pequeño intento no salió nada bien. No solo porque no consiguió gritar o soltarse, sino porque Hugo se volvió hacia él, dándole un golpe en la cara que le giró el rostro y le dejó sin aliento.

—¡Estate quieto! —le ordenó el rubio, autoritario—. No me hagas enfadar de nuevo.

Mareado y aturdido por el golpe, Andrés necesitó un par de segundos para volver a ubicarse. Un tiempo que Hugo supo aprovechar muy bien.

El filo del bisturí cortando su piel fue todo lo que Andrés necesitó para hacer caso omiso a la advertencia del mayor y tratar de alejarse de él y soltarse. Algo que no gustó nada al rubio.

A pesar del calcetín sucio que había metido en su boca y de la cinta aislante, el siguiente alarido de dolor de Andrés cuando Hugo le partió el brazo fue perfectamente audible para este. Muerto de dolor, el moreno cerró los ojos, deseando despertar de esa terrible pesadilla que estaba viviendo.

—¿Te vas a estar quieto ya? —le preguntó el mayor, apretando con fuerza con una mano el lugar por donde acababa de romperle el brazo al moreno—. Dime, ¿vas a dejar de moverte por fin?

El dolor apenas le dejaba pensar, y ni siquiera oía, pues todo para él en ese momento se reducía a ese dolor tan fuerte que sentía. Pese a ello, y aunque apenas inaudibles, las preguntas de Hugo llegaron hasta él, a lo que pronto asintió con la cabeza varias veces seguidas. Sabía que esa era la única manera de alejar un poco el dolor.

El alivio cuando, tras unos largos segundos, Hugo le soltó, fue enorme. En ese momento Andrés por fin se atrevió a respirar. Abrió sus ojos inundados en lágrimas, suplicándole a ese desalmado ser que estaba junto a él que le dejase vivir. Porque él aún tenía muchas cosas que quería hacer antes de morir. Porque aún tenía que disculparse con Sergio y decirle que le amaba.

El dolor volvió cuando el filo del bisturí se hundió en su piel y se abrió paso por la carne. Nada más sentirlo, el primer impulso de Andrés fue empezar a moverse de nuevo para alejar ese dolor de sí, pero la mirada del mayor y el estar seguro de que sería capaz de romperle el otro brazo si se atrevía a moverse, le hicieron desistir en su intento. Aunque no por ello cesó en esa silenciosa súplica que, si Hugo vio, prefirió ignorar por completo.

Así, y con el grito ahogado de Andrés de fondo, el bisturí fue abriéndose paso cortando la carne en dos por todo el torso del joven, desde el esternón hasta el abdomen, dejando salir ese bello líquido carmesí y dador de vida llamado sangre de su inmunda y mortal prisión. Pero, aunque la sangre le atraía, no era eso lo que Hugo quería. No era eso lo que buscaba.

Tras haber terminado con el bisturí, el joven rubio lo limpió concienzudamente en un trozo de sábana blanca antes de posarlo delicadamente junto a los demás instrumentos. Hecho esto, cogió el separador para la piel, dándose cuenta del desmayo evidente del menor al no escuchar los gritos de dolor de Andrés.

Bueno, mejor para él, así se ahorraba el tener que volver a amenazarle para evitar que se moviera. Aunque debía admitir que echaría de menos sus gritos o la forma en que le miraba suplicando por su vida.

Alejando esos pensamientos a un lado y centrándose en lo que estaba haciendo, Hugo sacó un nuevo instrumento de la mochila: una sierra con la que pensaba partir el esternón y las costillas para así poder llegar hasta su objetivo. Preguntándose si el jovencito con el que tanto había disfrutado volvería a despertar antes de que el alcanzara su objetivo, Hugo partió esos huesos que tanto le molestaban, manchando inevitablemente de sangre esa bata verde que se había puesto antes de empezar. Y tras varios minutos en los que no prestó más atención a nada salvo a lo que hacía, Hugo por fin llegó hasta su preciado objetivo: el corazón del joven.

Se quedó parado, extasiado con esa espléndida visión que quedaba ante él: el corazón. Para él, el órgano más importante de todos, el más bello, el más poderoso… Dador de vida, fuente de poder. Para Hugo no existía nada más importante que ese órgano que ahora estaba ante él, al alcance de su mano.

Conteniendo la respiración, se quitó el guante que llevaba puesto y acercó su mano derecha al corazón del joven que, sin duda alguna, había muerto hacía tiempo ya, desangrado. Era tan hermoso, tan perfecto, tan… Sabroso.

Su vacío estómago comenzó a gruñir, recordándole que tenía hambre. Y Hugo, muy consciente de ello, trató de calmar esa sensación al menos unos minutos más, los que le llevarían pinzar las arterias y venas para evitar que la sangre le bañara entero.

Pero tenía tanta hambre, estaba tan hambriento… ¿Qué importaba mancharse un poco más si eso quería decir que podría disfrutar ya de tan suculento manjar? Valía la pena, sí. Porque tenía hambre. Estaba hambriento.

El sonido de la puerta principal al abrirse llegó hasta él, alertándole del peligro. Raudo, Hugo miró hacia la ventana, comprobando por la claridad que veía que aún era temprano y descartando así la posibilidad de que los padres del moreno hubieran llegado. Pero entonces, ¿quién podría ser? ¿Un compañero de piso? Era una posibilidad, sí. Aunque la verdad, a Hugo no le importaba quién fuera. Lo que le ponía furioso era que habían interrumpido su comida. Y eso no se lo perdonaba a nadie.

* * * * *

De camino a casa, Sergio seguía recordando todo lo sucedido ese día. Aún recordaba perfectamente todos y cada uno de los movimientos de Andrés mientras bailaba, al igual que recordaba también la fuerte discusión que habían tenido tan solo unas horas antes. Una en el que le había dicho que no le quería. Una en el que le había mentido al decirle que amaba a Nerea y no a él.

Sí, le había mentido. No quería pero había tenido que hacerlo. Porque le daba miedo, porque por más que sabía cuáles eran sus verdaderos sentimientos, tenía miedo de lo que podrían opinar sus padres.

Y, cómo no, Andrés se lo había tomado todo a la tremenda. Porque sabía que le había mentido, porque, joder, Andrés podía leer su rostro y sus pensamientos como si fuera un libro abierto, y le había llamado cobarde no sin razón, todo para acabar yéndose, dejándole allí con la palabra en la boca y un “¡Joder!” como único pensamiento.

Al igual que había pasado esa noche, cuando estaban en el bar y él se le había acercado para decirle que ya se iban. Nada más ver sus ojos había podido saber que seguía enfadado con él, y pudo comprobarlo cuando Andrés prefirió al otro tipo antes que a él.

Y vale sí, lo confesaba, su enfado con el otro se debía sobre todo a los celos. Porque se había puesto celoso al ver que Andrés prefería pasar la noche follando con un jodido desconocido antes que intentar arreglar las cosas con él. Pero se lo tenía merecido. Él le había hecho lo mismo al escoger a Nerea.

Aunque, la verdad sea dicha, el otro chico seguía sin gustarle, y no solo por sus celos. No le gustó la forma con la que le había mirado al verle hablando con Andrés, y menos aún le gustó la forma con la que había mirado al propio Andrés. Porque no había sido solo lujuria lo que vio en su mirada, sino también sentido de pertenencia e incluso algo que hizo que todas las alarmas de su cabeza saltaran; algo que llegó a asustarle. Había sido por eso por lo que había intentado tanto que Andrés se olvidara de ese tío y se fuera con él, y también había sido esa la razón por la que luego se había pasado toda la noche preocupado por él, reprimiendo sus impulsos por llamarle y, finalmente, cediendo a ellos y llamándole aunque supiera que lo más seguro es que estuviera con el otro y, sobre todo, que no quisiera hablar con él.

Pero ya no podía soportarlo más. Podía haber aguantado toda la noche sin que le cogiera el teléfono y escuchando los “Eres idiota” de Mario y los “Deja el teléfono de una vez y hazme caso” de Nerea, pero sentía que ya no podía soportarlo más, que tenía que decirle que era un estúpido y que estaba enamorado de él. Y eso pensaba hacer.

Se detuvo en mitad de la calle. Creía estar justo frente al portal de su casa, pero, según pudo comprobar al fijarse, sus pasos le habían llevado inconscientemente hasta el edificio donde Andrés vivía desde que había empezado la universidad.

Sonrió internamente. Desde luego, su inconsciente era mucho más listo que la parte racional de su cerebro, tanto que le había llevado justamente a donde quería ir. Sacó las llaves, esas que el mismo Andrés le había dado al poco de mudarse bajo la premisa de “Mi casa es tu casa. Además, paso de tener que levantarme a abrirte la puerta todos los días”, y entró en el portal, subiendo hasta la segunda planta por las escaleras. El ascensor no era lo suficientemente rápido.

Abrió la puerta nada más llegar a ella, llamándole. Ni siquiera le importaba el hecho de que, tal vez, el otro tío, el tal Hugo, pudiera seguir estando allí. Él solo quería decirle a Andrés que quería estar con él, que sería capaz de cualquier cosa por estar con él, porque estaba perdidamente enamorado de él.

Con pasos rápidos, ansiosos, recorrió el pasillo que le alejaba de su destino, sin detenerse ni fijarse en nada más que en esa puerta que podía ver al fondo. La abrió.

Esperaba encontrarse a Andrés en la cama, tapado con las sábanas casi hasta el cuello, tal y como el chico acostumbraba a dormir, él lo sabía bien; quizás profundamente dormido, con lo cual le tocaría despertarle. Y sabía muy bien cómo lo haría: besando cada pedazo de piel que estuviera al descubierto, lamiendo el hueco entre su cuello y la clavícula hasta hacerle estremecer de placer. Y sí, sabía que lo más seguro es que podría escuchar insultos varios saliendo de la hiperactiva boca del moreno, que le oiría maldecirle una y otra vez, pero también sabía que lograría acallarle con un beso, y que, tras esto, harían el amor. Con él sin dejar de decirle lo mucho que le necesitaba y lo mucho que le amaba.

Eso era lo que esperaba encontrarse Sergio, pero no fue lo que se encontró. Porque Andrés estaba en la cama, sí, pero no estaba tapado con las sábanas y mucho menos dormido.

El solo hecho de verle allí, tendido en la cama, cubierto por unas sábanas rojas a causa de toda esa sangre, consiguió dejarle de piedra. Casi pudo sentir cómo su corazón había dejado de latir por un instante, al igual que el aire había desaparecido de sus pulmones. Se sintió mareado. El olor a sangre, a muerte, inundaba su olfato, no dejándole duda alguna de lo que estaba viendo, de lo que había pasado en esa habitación ahora pintada de rojo.

Intentó avanzar, ir hacia la cama tal y como si solo necesitase hacer eso para despertar de esa pesadilla. Sin embargo, era incapaz de moverse. Su tembloroso cuerpo se negaba a moverse mientras las lágrimas surcaban su rostro sin cesar.

Era incapaz de creer lo que estaba viendo, lo que tenía ante sí. Porque no podía ser, porque hacía apenas unas horas que había estado con Andrés en ese bar y ahora no… Andrés no podía estar muerto. No podían haberle hecho eso. No a él. No…

Un fuerte golpe en la cabeza, un dolor penetrante que le recorrió todo el cuerpo desde la parte de atrás de su cabeza. Un golpe que le dejó sin sentido, haciéndole caer al suelo, inconsciente, antes siquiera de saber quién le había golpeado.

Entrando nuevamente en la habitación, Hugo dejó caer el bate con el que había golpeado al castaño al suelo, olvidándose al instante de él para fijar su mirada en el chico.

—Y yo que creía que podría irme de aquí tranquilamente y sin sobresaltos —habló para sí. Chascó la lengua decepcionado, pasando al lado del otro—. Está claro que las cosas nunca salen como las planeas.

Sin muchas ganas realmente, le dio una patada con la que logró darle la vuelta. Así, pudo ver nuevamente el rostro del otro. Sonrió.

—Aunque, pensándolo mejor, me ahorraste tener que buscarte —continuó hablándole, llegando hasta la cama. Allí, se sentó junto a Andrés antes de volverse hacia este—. ¿Ves? Como siempre, el caballero de la brillante armadura llega tarde. Siempre tarde —le dijo acariciando sutilmente su mejilla con los dedos de su zurda—. Pero tranquilo, ya no lo volverá a hacer.

* * * * *

Heartless vuelve a matar.

Se suman dos víctimas más a las diez que ya había asesinado.

El asesino Heartless, apodado así por asesinar y comerse el corazón de sus víctimas, se ha cobrado dos vidas más en la última noche. Las víctimas eran Andrés Vallina Menéndez y Sergio Camino Alonso; dos jóvenes universitarios de veintidós años que fueron encontrados esta misma mañana en el piso de Andrés Vallina por los padres del joven.

Según informan las autoridades, los dos jóvenes fueron encontrados en la cama, desnudos y con el pecho abierto, habiéndoles sido amputado el corazón.

Las familias, consternadas, lloran la pérdida de los dos jóvenes ovetenses, mientras la policía busca cualquier pista que pueda ayudar en el arresto de este despiadado asesino que ya ha matado a doce personas por todo el país.

 

El artículo seguía, pero el joven dejó de leer. Estaba cansado, llevaba ya unas cuantas horas en ese maldito tren que le llevaría hasta Alicante y lo peor era que aún le quedaban unas cuantas horas más. Bostezó. Tenía los cascos puestos, e incluso habían puesto una película para entretener a los pasajeros, pero sinceramente, pasaba de ella.

Además, y al contrario que pasaba con el grupo de amigos con el que viajaba, él estaba sentado solo. Aunque por lo menos su compañero de viaje aún no había aparecido. Solo esperaba que no fuera ningún viejo verde asqueroso.

—Perdona, ¿es tuyo este periódico?

Casi al instante, desvió la mirada, centrándola en el joven veinteañero que le sonreía desde su izquierda. Asintió.

—Pero puedes cogerlo si quieres. No me importa —agregó con rapidez, tendiéndoselo él mismo al verle sentarse en el asiento vacío.

—Gracias.

—No es nada.

Sin poder quitarle los ojos de encima, el chico pudo ver al otro ponerse a leer el periódico. Un tiempo que él aprovechó para observarle aún más fijamente. Alto, con cuerpo de infarto, cabellos rubios que contrastaban con unos ojos oscuros… Desde luego, si la perfección existía, en ese momento él estaba sentado a su lado. Sí que había tenido suerte.

—Vaya… Así que Heartless ha vuelto. —Le escuchó murmurar casi para sí.

—Sí, eso parece —afirmó—. Ha matado a dos más. Creo que ya son once.

—Doce —le corrigió al instante el otro—. El artículo dice que son doce —señaló.

Asintió.

—Sí. Eso. Doce eran. Tienes razón.

El rubio le miró, dirigiéndole una sonrisa que consiguió que su corazón latiera desbocado. Dios, estaba tan bueno…

—De todos modos, estoy seguro de que pronto le cogerán. Mi padre está en ello.

—¿Tu padre?

—Es que es policía y trabaja en el caso —se explicó, ruborizándose ligeramente al ver que el otro volvía a mirarle.

—Quizás no deberías ir diciéndolo por ahí. ¿Y si se enteran los malos? —casi pareció regañarle.

—Sí, lo siento —se disculpó avergonzado, bajando la mirada incluso.

—Eh, tranquilo. Guardaremos el secreto.

El guiño con el que el mayor intentó animarle no solo le subió los ánimos, sino también su excitación. Aún más al darse cuenta de que el rubio había acercado el rostro al suyo, mirándole muy fijamente a los ojos.

—Y dime, ¿a dónde vas? ¿De vacaciones?

—Sí. Voy a Alicante con unos amigos durante unas semanas —afirmó, haciendo un leve gesto con la cabeza para señalar al resto.

—Que coincidencia. Yo también voy a Alicante —le sorprendió—. Quizás puede que volvamos a vernos —agregó. El chico suspiró.

—Me encantaría —susurró inconscientemente, aumentando con ello la sonrisa del rubio.

—Si me dieras tu número, tal vez podría llamarte para quedar —le tentó.

Rápido, el chico volvió a asentir. Acto seguido, escribió su número de teléfono en un pequeño trozo de papel que arrancó del periódico, obteniendo por ello otra sonrisa.

—¿Y cómo dices que te llamas?

—Jorge.

—Encantado Jorge. Yo soy Hugo.

Jorge sonrió, encantado de poder saber el nombre de ese joven que tanto le atraía y que además, y para su gran suerte, no dejaba de comérselo con los ojos.

Por su parte, Hugo solo sonrió tranquilo. Quien sabe, quizás había encontrado a su próxima víctima, la número trece.