Nos violan

Os voy a contar, tras mucho tiempo dándole vueltas a si recordarlo y soltarlo ya de una vez por todas o seguir callada, la primera vez que fui violada. Porque por desgracia no solo ha sido una vez.

Puede que a algunas de las mujeres que lean esto se sientan identificadas porque, desafortunadamente, les haya pasado en algún momento de su vida e, incluso, más de una vez como a mí. También puede ser que estéis en el otro lado y no hayáis visto que en verdad habéis hecho algo horrible a una persona, porque cuando alguien no quiere practicar relaciones sexuales y le obligas, es una violación en toda regla. Aunque hayas visto que había momentos en los que sentía placer, no es motivo para pensar que no has hecho nada malo. Aunque al final hayamos cedido a las incesantes súplicas por hacerlo aunque no tuviéramos ganas.

Nos has violado.

La primera vez que me violaron fue con mi primer novio, un chico dos años mayor que yo aparentemente normal que, al principio, me trataba como una reina. La verdad es que yo estaba muy enamorada, apenas tenía 12 años cuando empecé a salir con él, tras haber estado muy unidos y compartiendo mucho de nosotros por alrededor de un año. Era como un sueño hecho realidad porque siempre había fantaseado con encontrar una persona que me quisiera y, encima, era con un chico que me gustaba ya desde hacía mucho tiempo. Estaba correspondida y eso me cegaba, por lo que era evidente de que haría cualquier cosa por seguir a su lado o conseguir su aprobación. Además de que llegué al punto de ser tan tonta de pensar que iba a ser el único hombre de mi vida y lo tenía que mantener a mi lado a toda costa, a pesar de que me doliera.

Realmente eso era un poco lo que había sacado en conclusión en mi corto tiempo en esta sociedad.

Ya llevaba varios días, cuando quedábamos, con las intenciones de que quería que le tocara el paquete y, como me daba muchísima vergüenza y tampoco era algo que me llamara la atención, era él mismo el que me cogía la mano para acercarla a su miembro. Yo estaba muy incómoda cuando eso ocurría y quitaba la mano rápidamente por ello. Creo que él jamás se dio cuenta de que no me parecía excitante ni me daba curiosidad como a él. Encima, como yo era muy tímida, prefería no molestar con mis cosas y me lo callaba.

No pasó mucho tiempo hasta que un día de tantos en los que estábamos dándonos unos cuantos besos en su habitación, comienza a meterme mano lentamente, mas sin ir demasiado lejos. Como no me sentía invadida y no me molestaba para nada, dejé que siguiera con sus pretensiones de curiosear mi cuerpo. Apenas llevaríamos un mes de esto que os estoy contando. Todo iba bien, yo estaba disfrutando de él y él de mi. Pero llegó el momento donde quiso que yo también le tocara en sus zonas íntimas, otra vez, y yo pues acabé cediendo a manosearle con mucho cuidado y sin interés. Al final le supo a poco y quería llegar a más, por lo que me preguntó:

-¿Quieres hacerlo?-dijo inocentemente cortándome aún más el rollo. Quería que dejara el tema y que se diera cuenta de que estábamos en un momento bastante bueno y podíamos seguir disfrutando si no tuviera en la mente el ir tan rápido con nuestra relación.

Yo negué rápidamente con la cabeza y mi corazón empezó a latir mucho más fuerte. Éste parecía que se me iba a salir del pecho y el cuerpo se me medio congeló porque no me esperaba esa proposición para nada, bueno, más bien no quería escucharla aún. Tenía 12 años y no era una cosa que tuviera muchas ganas de probar en ese momento. Siempre me había dicho que sobre los 16 ya me lo pensaría porque ya tendría una edad con la que poder tomar decisiones más maduras. Era una maldita cría, joder.

-¿Pero por qué? Puede estar bien, solo déjate llevar. Esto puede ponerse incluso mejor-intenta presionarme con una voz calmada y aterciopelada mientras me mira directamente a los ojos. Me sentía muy desnuda aunque mi ropa aún estuviera puesta.

Esos orbes fijos sobre mi, me hicieron quedarme ya totalmente paralizada y solo podía decir un no con un hilo de voz. Aquella segunda negativa no le sentó muy bien y su cejo se frunció un poco. Yo quería salir corriendo de esa habitación porque había algo dentro de mí que me lo pedía a gritos, pero a la vez confiaba en él y esperaba que no fuera a hacer nada que me pudiera dañar. Ojala hubiera salido de allí en vez tener fe en lo segundo.

-Vamos, inténtalo. No te haré daño, iré muy despacito y si te molesta, la saco-ya su voz sonaba un tanto más asalvajada-Solo será la puntita, no te la meteré entera para que no te duela-Yo seguía negando y él sabía que no me iba a dejar influenciar por que a él sí le apeteciera. Siempre he sido muy tozuda con lo que quiero y lo que no.

-Es mi primera vez y no estoy segura de querer hacerlo. ¿No podemos esperar un poco más?-conseguí decir porque vi que la situación se estaba descontrolando y quería hacerle entrar en razón, aunque seguía sin tener mucha intensidad de voz-Aún tengo 12 años. Soy muy pequeña para esto.

Él pareció replantearse el hecho de que también debía mirar por mi y no por lo que le decía su polla. Al menos eso era lo que pensaba, porque luego, con lo que me respondió, me di cuenta de que había otra cosa más a parte de sus propios deseos carnales.

-Todo el mundo de mi clase ya lo ha hecho y soy el único que aún es virgen.

No voy a negar que no entendía su situación, estaba presionado por lo que sus compañeros habían hecho y él aún estaba tras de ellos en la competición. Pero debía hacerle entender que por mucho que hubieran hecho los demás, no tenía que hacerlo él también al mismo tiempo. No era motivo para obligarse a uno mismo a adelantar las cosas. Sin embargo, yo sabía que decirle aquello no iba a dar resultado porque ya me había pasado otras veces con el simple hecho de cómo era de cuidadoso con su apariencia y otras cosas por el simple hecho del qué dirán. Decidí seguir su misma estrategia para contraatacar.

-Sí, pero los de la mía aún no lo han hecho-qué mejor que devolverla con la misma lógica con la que te han intentado tumbar-Esperemos un poco más, no tenemos prisa en hacer esto. Podemos hacer otras muchas cosas que si tengo ganas de hacer. Pero esto no me apetece aún, quiero esperar.

Además, llevamos solo un mes.

Pero él no atendía en ese momento a razones porque su plan maestro por perder la virginidad esa tarde-noche se estaba echando por tierra. No consiguió convencerme de hacerlo. Sin embargo, eso no le paró. Él tenía pensado hacerlo si o si, con o sin mi consentimiento. Y ya lo había intentando por las buenas conmigo. Ahora tocaba por las malas.

Se negó a aceptar la realidad y quiso seguir a pesar de mis incesantes súplicas de que lo dejara para otro día. Para cuando estuviera preparada a dar aquel paso, uno que era muy importante para mi. Además, él jamás me había visto desnuda y tampoco tenía la intención de que lo hiciera en ese entonces, porque me sentía muy incómoda con el simple hecho de que me pudiera ver así. Tenía demasiados complejos también con mi cuerpo como para ni si quiera, quitarme los pantalones. Poco a poco, se estaba formando una bola enorme de nieve que iba creciendo descontroladamente en tamaño y se estaba acercando alarmantemente a mi sin yo poder moverme.

Tras más charla inútil, terminó agarrándome de los hombros y tumbándome en la cama a pesar de que yo luchaba para que no lo hiciera. Me hubiera gustado haber utilizado todas mis fuerzas por haber evitado ese momento, porque estaba bastante fuerte gracias a que hacía mucho deporte, pero llevarle la contraria me daba miedo y seguía paralizada por como se estaba comportando conmigo. Él aprovechó eso, se aprovechó de mi, y me empezó a quitar la camisa a pesar de que yo le daba manotazos. Luego fueron los pantalones que ni si quiera agarrándolos pude evitar que me los bajara. Por último, el sujetador y de mala manera, por que ni me lo quitó por la parte de atrás.

Mi única reacción a esto fue coger la sábana de su cama y ponérmela por encima del torso y de la cara para esconderme y que no me pudiera ver cómo me estaba rompiendo por dentro. Dejé de ofrecer resistencia y esperé, con los ojos bien cerrados, a que aquel horror por fin pasara. Por mucho que luchara sentía que el me ganaba en fuerza física y mental.

-Por favor, para-decía por debajo de las mantas y con la voz llorosa, como mis ojos.

Él no paraba de decirme que estuviera tranquila, que aquello no me iba a doler. Me empezó a quitar las bragas y yo hundí los puños en la cama, aprentándola entre mis dedos y esperando que aquello no me doliera mucho. El inminente dolor no tardo en venir y ahí intensifiqué los gemidos de dolor de que parara de una vez, que me estaba doliendo (puesto que él mismo me había dicho que si me dolía, iba a parar). Ni si quiera fue para dilatarme un poco, estaba ciego por meterla solo que no pensó que podía ser una mejor idea ayudarme a que no fuera tan doloroso.

Comencé a gritar mientras me ahogaba en mi llanto. Quería que pasara ya, cuanto antes. Lo estaba pasando fatal y por mucho que le dijera que me dolía demasiado, el siguió hasta que se corrió poco después. Fue interminable. Oía sus gemidos y me producían un asco inmenso. Cuando ya alejó sus asquerosas manos de mi para quitarse el condón, que por suerte se había puesto, yo me tiré hacia mi ropa y me la puse lo más rápido posible. Ni me fijé si había sangrado, si me seguía doliendo ni nada, solo me concentré en vestirme lo antes posible para poder salir de allí.

Realmente ya no me acuerdo de las palabras que me dijo cuanto todo se acabó ni cómo de rápido pude irme de esa habitación del horror. Solo sé que cuando conseguí llegar a mi casa, pude ver una pequeña mancha de sangre en mis bragas, muestra de lo que acababa de vivir. Sentía algo muy desagradable en mi pecho y en mi zona íntima, pero tuve que actuar con normalidad lo que me quedaba de día para no levantar sospechas. Ya por la noche aproveché para martirizarme con varias imágenes que se me habían quedado grabadas en la mente y que me costó la vida olvidar. Me sentía como un juguete al que no se le han tomado en cuenta sus emociones ni decisiones.

Lo más horrible de todo, a parte de la violación en si, es que no supe que había sido violada hasta 8 años más tarde. Cuando conocí el feminismo.

Porque al día siguiente de lo sucedido, me llegué a ver a mi mejor amiga de ese entonces porque necesitaba contárselo a alguien. Alguien me tenía que escuchar y aconsejar sobre lo que me acababa de pasar. Sobre el horror que tuve que vivir. Se lo conté y ella hizo la broma de que tenía mucha suerte porque al final la había perdido yo antes que ella, cuando ella era un año mayor que yo. Le conté lo horrible que había sido y que mi novio me había forzado. Todo lo que recibí a cambio es que era normal que la primera vez con un chico doliera y que no pasaba nada con lo que me había hecho. Lo estaba normalizando, haciéndome parecer una paranoica con lo que había sufrido. Encima, me dijo que realmente eso no era lo más importante, si no que vigilara que no estuviera embarazada porque me iba a caer una muy buena si lo estaba. Porque la culpa había sido mía por no haber comprobado si se había puesto condón y si se lo había hecho bien.

Ocho años me ha costado sacarlo de dentro y saber que he sido violada. Ocho malditos años de mi vida en los que él me ha hecho sufrir por lo que me hizo y a saber si tiene algo en su conciencia sobre mi. Pero seguro que no, porque fui yo la mala por haber roto con el nueve meses más tarde, aunque por suerte no estaba embarazada. Todas esas noches done sabía que algo dentro de mi estaba mal, que me quemaba y me hacía daño, no son comparables al sufrimiento que tuvo que pasar él porque le dejé al darme cuenta de que nuestra relación era muy tóxica.

Me encantaría que, al menos, esta persona, después de todos estos años, me hablara y me pidiera perdón. Que se arrepiente de haberme jodido la infancia y de haberme violado como lo hizo.

De haberme dejado una secuela que jamás podré borrar de mi memoria.

Mi cárcel está en casa

Os voy a contar algo muy importante y es que para mi el infierno no está ni en la escuela ni en la calle, está en mi propia casa donde tengo que pasar la gran mayoría del tiempo encerrada, con miedo y ansiedad. Y es que cada vez que hago un intento de contar qué es lo que me pasa ahí dentro, en mi cárcel, lo único que recibo son comentarios relacionados con que «la familia es lo primero» y «pase lo que pase, siempre van a estar a tu lado así que no te quejes». Lo que no entienden es que la familia es solo una simple palabra y no tiene por qué conllevar nada con ello. Que la sangre no siempre une a las personas ni hace que se quieran, amen o simplemente se traten bien. Puede que la de otros si les ayude y estén ahí para apoyar y cuidar, pero la mía no. Que su entorno familiar sea cómodo es estupendo, pero eso no significa que el mío también deba serlo. NO podéis ignorar, silenciar o invisibilidad que la mía esta haciendo que mi existencia sea un completo infierno y que la convivencia, poco a poco, se está haciendo más insostenible.

No sé cuánto más lograré aguantar la verdad.

Hay veces que este sufrimiento se expande a la calle, cuando tengo que ir acompañada de mis padres. No les parece suficiente lo que me hacen en casa, que encima necesitan destrozarme aún más fuera de ella. Incluso, me han llegado a humillar tantas veces que, aunque me siguen afectando porque no soy de piedra, ahora puedo ignorarles sin perder tanto los nervios. Es solo abrir la boca para hablar de mi y los insultos, adjetivos despectivos y mi vida privada salen a borbotones de sus afiladas bocas disparados hacia personas que ni si quiera conozco y puede que ellos tampoco mucho. La cosa es dejarme mal delante de todo el mundo, humillarme y reírse de mi cuanto más puedan, mejor. Esto sin contar de las incesantes charlas que tienen entre ellos haciendo lo mismo. Creo que ese es su sino en esta vida.

Lo que os acabo de contar es una de las cosas que le he contado al psicólogo al que voy porque mis padres creen que soy muy irascible y que les molesta mucho mi comportamiento hacia ellos. Me he atrevido a hacerlo para saber si de verdad el problema lo causo yo. Lo que no entienden es que estoy así por su culpa, porque incluso la psicóloga me ha dado la razón en cuanto le he contado solo una ínfima parte de lo que tengo que sufrir cada día de mi existencia. Al menos hay alguien que me escucha. Intenta que yo luche contra ellos para hacerles saber lo que me están haciendo, ser asertiva, pero es que no sirve de nada y yo ya estoy cansada. A parte de que en sus sesiones particulares tampoco son capaces de parar de soltar bilis por la boca ni de escuchar a la especialista ni un solo segundo. Solo cuento los días que me faltan para salir huyendo de esta casa aunque sea para dormir bajo de un puente. Donde sea me vale, pero bien lejos de aquí.

Si lo de la calle ya os ha parecido desagradable o insoportable, esperad a que os cuente alguna de las cosas que ocurren en casa, porque las voces, los gritos y los llantos están a la orden del día. No hay ni uno solo donde no se escuche barullo aquí dentro. Llevo años sin hablar con ellos con normalidad, sin que me escuchen ni me traten como una hija. Solo saben reprenderme por cosas sin sentido común como: poner los zapatos en una balda que, según ellos, no me corresponde; mover algún objeto de sitio; o simplemente mostrar mi persona delante de ellos. Ya no me acuerdo ni de la última vez que mi madre me dijo algo bonito ni ni si quiera un alago de que haya hecho algo bien, todo lo que recibo de ellos es negativo. Solo soy alguien que se dedica a meter la pata a posta, a hacerlo todo mal y a intentar joderles.

Es más, cuando es uno de esos fines de semana donde no les pillo de tan mal humor, porque los astros se han alineado, y me dejan salir un par de horas a ver las pocas amistades que me quedan por culpa de ellos, tengo que estar cada media hora enviándoles algún mensaje diciendo que estoy bien y cual es mi paradero. También tengo que estar atenta a que me sus llamadas por si me ha pasado algo o simplemente por escuchar mi voz. Me tienen que tener controlada a cada minuto que paso fuera de casa porque “se preocupan por mi”.

Si os digo la verdad, apenas puedo disfrutar de ese tiempo que puedo pasar fuera, porque sigo sintiendo las cadenas que me ahorcan y no me dejan ser libre. Sigo sintiendo su presencia alrededor mía y no puedo librarme de ese infierno ni un solos segundo. Solo ser yo misma y tener mi propia vida. Como siga así, al final me quedaré sola. No me dejan tener a nadie medianamente importante en mi vida, que se preocupe de mi, porque ni si quiera puedo mantener mucho el contacto ni estar cuando se me necesita.

Todo esto teniendo en cuenta de que si no tengo la aprobación de mis padres, no puedo verme con esa persona porque “ellos saben qué es lo mejor para mi”.

Si claro, como si vosotros supierais ni un 1% de lo que es lo mejor para mi.

Pero no os voy a negar, les tengo miedo. Normalmente no suelen pasar del continuo maltrato psicológico, que es una tortura, pero han habido varios momentos puntuales donde si han pasado al físico, llegándome a acorralar en una esquina de la casa mientras huía de ellos por miedo y me han pegado guantazos y puñetazos. Hay veces que incluso me pellizcan con tanta fuerza que el moratón me dura semanas en las brazos, nalgas o piernas. Ha habido, en alguno de esas situaciones, donde he temido por mi integridad física. Aunque aguanto mucho peor el maltrato psicológico que me hacen, porque duele y perdura mucho más en el tiempo.

Y la gota que colma el vaso de todo esto es que hay veces que vienen haciéndose las víctimas de aquí. Que soy yo la que les está arruinando la vida y la que les está dejando sin dinero. Que no aprecio todo lo que hacen por mí y que no soy capaz de aguantar que, a veces, me exijan cosas. Que realmente me quieren y hacen todo lo posible por darme lo mejor para mi. Que soy yo la que hace que la convivencia sea imposible y encima, que sea la única que deba cambiar para que esto mejore. Dicen que están sufriendo mucho por mí culpa y que por eso están muchas veces enfadados conmigo por tonterías. Cuando llegan estos momentos, me derrumbo porque no lo aguanto más. Parece que todo está metido en mi cabeza y que realmente son ellos los que tienen razón. Me manipulan, aunque no sé si queriendo o sin querer. Pero me da igual. Tardo en recordarme a mi misma de lo que son capaces de hacer, pero es en ese momento donde me mantengo firme en que no soy yo la causante de todo los males de esta casa.

Por suerte tengo una persona a mi lado que me ayuda a sobrellevar esto como puede. La única persona que me apoya tanto que me da ganas de seguir hacia delante solo para poder tener un futuro juntos. Espero que ese día llegue ya.

Evidentemente tengo prohibido verle.

Salud mental vs salud física

No sé cuantas veces en mi vida habré escuchado las siguientes frases “anímate anda”, “no es para tanto, hay personas que lo pasan peor que tú y no están así”, “estás exagerando”, “no eres la única que tiene problemas”, “verás como todo mejora”, “eres demasiado joven, no puedes estar así de triste”, “¿por qué dices que te quieres morir pero luego te veo riéndote y pasando un buen rato?”, “tus problemas no son para tanto, soluciónalos y ya está”, “estás desperdiciando tus años de juventud con pensamientos pesimistas y destructivos, deberías pensar en cosas mejores, aprovechar el tiempo”, “no es tan difícil”, “te entiendo, yo también he estado así de mal, solo tienes que ponerte mejor”, “seguro que sientes algo y no quieres decírmelo”… y millones de cosas más. ¿Te suenan de algo? Puede que las hayas escuchado como yo o, en cambio, hayas sido la persona que las ha disparado.

Porque parece que si no tienes ninguna herida física, no duele. Que no está ahí y que no necesitas el mismo tratamiento que se te brindaría para curar una física, para “ponerte mejor”. Me temo que el tiempo no cura todas las heridas querido lector, la solución no es tratarlo como algo secundario y sin importancia. Es algo real y muy duro de sufrir. Existe la creencia, bastante extendida, de que realmente esto no es para tanto, que solo es que no queremos salir de la cama, hacer cosas durante el día, que solo queremos llorar todo el día cuando ni si quiera tienes ganas, como si quisiéramos estar en este constante estado de ansiedad, cansancio, desorientación, pena… Aunque, en cierto modo, llega un momento en que acostumbramos a estar en este pozo de desesperación, dolor y tristeza no queremos salir porque aunque estemos sufriendo aquí abajo, subir hacia la superficie a veces significa aun más dolor y ya estamos un poco cansados de él. Muy cansados.

Ha habido taaaantos días en los que no he podido salir de la cama. No es porque no quisiera, es que solo levantar mi torso de la cama ya era una tarea de titanes. Ese vacío que había en mi pecho pesaba tanto que no me permitía hacer algo más pasar el tiempo sin hacer nada con mi cuerpo en horizontal. Otras veces me obligaba a intentar llenarlo de comida, con toda la que pudiera aunque luego me encontrara fatal o, todo lo contrario, a no poder probar ni un gramo en mucho tiempo. Muchas veces no puedo dormir por la noche, me quedo dando vueltas y vueltas en la cama. Es horrible porque estás cansada pero no puedes dormirte y al final necesitas alejarte de ella porque te agobia y desespera. Otras muchas me paso casi todas las horas del día durmiendo como una marmota, desperdiciándolas.

Sé que puede ser difícil hablar con una persona que sufre depresión, pero que nos digan y nos repitan que a lo mejor nuestros problemas no son tan importantes porque hay otras personas que lo están pasando peor, pues no ayuda. Que sí, que también sabemos que estamos desperdiciando nuestra vida y eso nos hace sentir mucho peor y más cuando nos lo recordáis eternamente. Lo único que conseguís es que sea aún más duro el seguir hacia delante. Hay veces que es que no ves un camino al que seguir, estas perdido y desorientado en un lugar que no conoces para nada. Quieres seguir caminando pero no sabes hacia donde y ni si vas por buen camino. Muchas veces nos acabamos haciendo daño o perdiéndonos aún más en nosotros mismos. Es horrible cuando te llegas incluso cuestionas tu propia existencia, el por qué estás en este mundo, y todo se agrava cuando las ideas suicidas te visitan la mente.

O dios, cuántas veces habrán rondado por mi cabeza esos pensamientos de que todo sería mejor si dejara de sentir, de sufrir. Pero siempre vienen esas personas a mi cabeza que, a lo mejor, podrían verse muy afectadas si yo me fuera de esta manera. Dicen que el suicidio es un acto de cobardes y están muy lejos de la verdad. Decidir tú tu el momento de tu muerte y saber que es gracias a ti, es algo que requiere mucho valor para hacerlo y conseguirlo. Estar a solas con ese peso encima es muy complicado. Es una decisión de la que no hay marcha atrás, no puedes decir en medio del proceso que ya no quieres seguir con el plan. Es un viaje de no retorno.

Debéis comprender que las enfermedades y los trastornos mentales también pueden ser mortales como algunas enfermedades físicas lo son.

Además, cuando intentas llevar una vida normal cuando padeces esto, puede llegar a ser un completo y enorme suplicio. Si vivir el día a día, a una persona normal ya le puede costar, imaginaros si ya os cuesta vivir en general. Que os pesa vuestra propia existencia. Todo se dificulta. Y más cuando sabes que no te puedes curar en un futuro cercano, que solo puedes aprender a vivir con ello e intentar mejorar MUY poco a poco. Hacer la vida de una persona neurotípica cuando no lo eres es… enormemente complicado. Cada día es igual, una lucha monótona por no caerte, no derrumbarte y seguir hacia delante a pesar de que todo lo que te rodea intenta tumbarte. Evidentemente siempre hay rachas buenas y rachas malas, mas siempre nos cuesta algo, por poco que sea.

Pero bueno, estoy aquí para abriros un poco los ojos y así poder ayudarnos, o al menos entendernos un poco más. Para ello te voy a dar un ejemplo un tanto fantasioso. Imagínate a ti misme en soledad, en un lugar oscuro y sin sonido alguno. No tienes ninguna luz con la que buscar un camino ni ningún ruido al que poder seguir. Así es imposible encontrar tu camino, solo vas a dar palos en ciego hasta que, por suerte, encuentres algo que te pueda ayudar. Normalmente solo das tumbos por quien sabe done. Pero ahora imagínate que una persona te apoya, te escucha y te ayuda en lo que necesitas. Esa persona te está dando desde una vela o hasta una enorme linterna, depende del grado en que lo haga, con la que puedes empezar a buscar esa vía de escape que tanto ansías. Ahora súmale el hecho de que puedas confiar en ella, que te deja que te apoyes sobre ella y tu te sientes segure. Le estás dando una voz a la que seguir y en la que sabes que si lo haces, vas a llegar, como mínimo, a un lugar mejor del que estás ahora. ¿Entiendes un poco ahora cómo va la cosa?

La solución no es intentar dar consejos de lo que podríamos hacer o dejad de hacer. Son simples especulaciones, pero estar ahí, escucharnos, entendernos y apoyarnos para que seamos nosotres les que tengamos todo lo necesario para intentar salir, es lo que verdaderamente puede marcar un antes y un después.

Antes de terminar con esta breve narración, también me gustaría hablar de otra palabra muy incomprendida como es la ansiedad. La gente cree que la ansiedad es morderse las uñas, darse atracones de comida, estar nerviose o simplemente irascible. Hay más aparte de eso, mucho más. Solo es un pequeño porcentaje de todo lo que puede causarte esa maldita palabra. La ansiedad es un estado permanente en el tiempo en el que tu cuerpo se encuentra en alerta aunque no haya ningún peligro inminente y se puede manifestar de miles de formas. Todo depende de la persona que lo sufre y, normalmente, en silencio, como lo anterior.

Mis síntomas han llegado a ser bastante variados, os voy a poner algunos ejemplos: un ataque de ansiedad en el que no podía parar de temblar, hasta tener todo el cuerpo entumecido, dificultándome el poder levantarme de la cama y con el plus de desagradables dolores de espalda; taquicardias que me hacen retumbar todo mi pecho; sensación de hormigueo; que al hablar, aunque no me pase nada, sentir la sensación de que no me llega el suficiente aire, provocándome un habla ahogada y pausada; tener unas ganas tremendas de gritar; morderme descontrolada y hirientemente las uñas; estar muy irritable; preocuparme tan exageradamente por cosas variadas que me causa aun más ansiedad…

Es que son tantas cosas y tan pocas de ellas comprendidas por los demás. No soy una borde, no soy una estúpida ni nada de lo que piensas, tienes que ver más allá de ello, de qué es lo que me puede estar pasando para estar así.

Puede que estés pensado “qué es lo que me está contando esta tía”. Te estoy contando la realidad de muchas personas que te pueden rodear en tu día a día y que no te estás dando cuenta o estás ignorando. Abre los ojos, por favor, comprende que la salud mental no debe ser menospreciada como lo está siendo.

A lo mejor incluso nos podemos ayudar mutuamente en un futuro si todos aceptáramos la realidad.

Desaparecido

A lo largo de toda mi vida me han pasado sucesos bastante extraños, ilógicos o surrealistas, mas uno entre todos ellos es el que más destaca. Sucedió hará un par de años ahora y los protagonistas de esta historia son el chico del que llevaba pillada por mucho tiempo y yo, la narradora. Realmente solo viví superficialmente lo que le pasó y aún así me quedé sin palabras, porque pude ver como una persona tan agradable y simpática apareció y desapareció tan rápidamente de mi vida por motivos de salud mental.

Él era un muchacho con el que compartía bastantes cosas en común pero con el que jamás había tenido el valor de acercarme. Era algo así como mi amor platónico de ese entonces, cuando era adolescente. Aún le recuerdo con mucho cariño aunque me gustaría no tener tantos cabos sueltos de esto.

Pasó bastante tiempo desde que empecé con el enamoramiento a cuando, sin ninguna lógica, encontré un mensaje suyo en mi móvil después de años sin hablar. Llevaba tanto tiempo sin acordarme de él ni lo que me había llegado a gustar, que ver su mensaje ahí, en mi pantalla del móvil, fue como un tortazo en la cara y una brisa con olor a rosas a la vez. Evidentemente, no dudé en contestarle pues, al haberme hablado él primero, quería decir que estaba interesado en socializar conmigo y tenía que aprovechar la oportunidad que se me había brindado. Contenta, aunque extrañada por la situación y por la forma en la que me hablaba (como si llevásemos mucho tiempo sin hablar cuando en el pasado apenas intercambiamos un par de palabras), sigo la conversación para saber cómo está y qué ha sido de él.

Como era de esperar, ese enamoramiento tonto e ilógico volvió de sopetón. Había estado ahí, latente todo este tiempo, y solo faltó un par de frases interesantes para volver a activarse. Creo que por eso lo recuerdo como un buen guantazo en la cara con la mano abierta.

Hablando y hablando, al final quedamos al día siguiente de volver a tomar el contacto. Yo estaba anonadada, había estado tanto tiempo fuera de mi rango (o eso era lo que yo pensaba) y, después de mucho tiempo, había quedado con él con tal facilidad, que ni yo misma lo creía real. Era como un sueño de estos donde recuerdas inconscientemente a alguien de tu pasado y lo pasas genial en tu cabeza, con el hecho de que aquello no era el mundo de los sueños, sino un acontecimiento real e inminente. En menos de 24 horas iba a ver a un antiguo, y nuevo a la vez, amor platónico.

Ilusionada y con el corazón bien caliente y acelerado, fui hacia el punto de encuentro con él: una tienda de cómics, que era uno de los muchos hobbies que compartíamos. Todo comenzó genial, ni en mi imaginación habría esperado que aquel chico fuera tan perfecto, tan dulce. Sin embargo, está burbuja no tardo en ser pinchada cuando me empezó a hablar de la «persona que le gustaba». Fue justo en ese momento cuando me llevé el segundo tortazo de los buenos, en el otro lado de la cara. Pero bueno, igualmente me esperaba algo así porque era demasiado bonito para ser real.

Me describió a esa persona con las mejores palabras que alguien puede utilizar, se le notaba que estaba muy enamorado a la par que confundido porque no conocía su género. No sabía si era una chica o un chico, mas no le importaba ese hecho en absoluto y fue algo que me sorprendió porque no es lo típico que te puede confesar un chaval adolescente influenciado por una sociedad con tantas fobias. Era gracioso ver como hablaba de esa persona poniéndole pronombres, luego los cambiaba de género y terminaba con un “bueno, no me importa. ¡Lo que sea!”. Pasamos un gran día, a pesar de que la mejilla me ardía a rabiar. Esa noche volvimos a pasar mucho tiempo hablando de diferentes cosas. Nuestra relación se estaba estrechando muy rápidamente.

Al final terminó quedando conmigo varias veces a la semana, diría yo que él era la persona que más veía todas las semanas, quitando mi familia. Era extremadamente agradable y siempre había una buena conversación de por medio, suficiente para intentar aceptar de que solo habría una amistad conmigo y conformarme con ello. Me servía, solo iba a necesitar un poco de tiempo para acostumbrarme y calmarme.

Había una cosa en la que yo le ayudaba: quería meterse en el mundo del rol por internet para poder rolear con su persona especial, y yo era la persona indicada por tener bastante experiencia en ese mundo. Como tenía que meterme en el papel y conocer todas las variables, terminé enterándome que su persona especial era de Rusia y que hablaban todos los días (cuando no estaba conmigo hablándome de ello). Cada vez se le veía mucho más enamorado y yo, de mientras, le ayudaba a desenvolverse en el mundo del rol para poder acercarse más a él/ella/elle.

No os voy a negar que me daba un poco de mala pinta, por que ni si quiera le había podido ver por Skype el pobre. Los suplantadores de identidad o timadores están a la orden del día y su situación era demasiado extraña y bonita como para ser verdad. No es lo que suele pasar en el mundo de internet cuando conoces a alguien así. A pesar de ello, decidí apoyarle porque quería creer que de verdad le estaba sucediendo y porque se le veía tan feliz… que no podía romper eso. Y si luego pasaba algo, pues me tenía a mi para poder consolarle y saber que no estaba solo.

Su vida por internet era una locura, cuando me contaba las aventuras que eran los roles que hacían entre ellos dos, me parecían las historias más preciosas que jamás me pudiera haber imaginado o leído. Me narraba que cada vez que se escribían, él le relataba cómo conseguía ir hacia donde vivía y conseguía conocerle, estar juntos por fin. Me decía las cosas que pensaba decirle cuando le viera y todo los sentimientos tan profundos y puros que sentía por esa persona. Incluso lograba llenarme de ilusión y amor a mi, que no era ni si quiera la persona a la que iban dirigidas esas palabras. Pero esos momentos eran tan bonitos, estimulantes e intensos que es que no podía retener que mi corazón latiera con fuerza. Era tan embriagador… Eso me dificultaba mucho mi labor por apagar mis sentimientos.

Pero esto no duró mucho tiempo por desgracia. Había veces que quedábamos con otras personas también porque no siempre éramos un grupo cerrado. La última vez que le vi, estaba también una de mis amigas que, tras haber vuelto todos a casa de la quedada, me dijo que había visto que este chico tenía marcas de cortes en los brazos. Al principio no pude creérmelo porque no le veía el sentido a que pudiera hacer eso cuando estaba viviendo un sueño con esa persona. Aún así me preocupé mucho por él porque, aunque hubiéramos quedado por un corto pero intenso tiempo, había conseguido llegar bastante hondo en mi y tenía que apoyarle en todo lo que pudiera.

Tras varios intentos por contactar con él y miles de mensajes que le dejé en su móvil, no obtuve respuesta. Había desaparecido de un día para otro y ni si quiera habíamos hecho nada diferente que cualquier otro día que nos veíamos. Desapareció sin dejar rastro, llevándose una enorme incógnita con él. Tardé mucho tiempo en olvidarle de nuevo y todo lo que habíamos hecho esta vez juntos. Al principio me enfadé un poco porque después de todo lo que habíamos compartido, no me dijo ni un adiós ni nada por el estilo, pero se me pasó muy rápido porque ya pensaba en cosas peores: que había desaparecido o que ya no le importaba mucho tenerme como amiga. Yo me tiraba más por la segunda debido a mis enormes inseguridades y por haber cortado tan tajantemente nuestra relación de amistad.

Tardé en volver a tener noticias de él y no fue gracias a que seguía, de vez en cuando, intentando volver a iniciar una conversación con él. Fue porque decidí hablar, después de año y medio, con un amigo en común que teníamos los dos, ya un tanto desesperada. La respuesta que obtuve aún no la he podido encajar muy bien. Sigo atando clavos sin creerme que no había podido ver lo que estaba ocurriendo en ese entonces.

A este chico, Pedro, le habían diagnosticado esquizofrenia. Si, habéis leído bien, una enfermedad mental bastante grave que te puede impedir hacer vida normal si no te tratas o es muy grave. Por culpa de ello, se había alejado de todos sus amigos y había desaparecido del mapa en muy poco tiempo. Además, lo que más me impacto fue que cuando este chico me contó el origen de todo esto, las fechas coincidían justamente a cuando Pedro vino a mi sin previo aviso enviándome el mensaje que inició nuestra amistad.

Aún sigo sin saber si la historia de su amor ruso es verdadera o una alteración de su realidad. Tampoco entiendo por qué se tuvo que apartar de todos sus amigos tan drásticamente ni sé qué es lo que le pasó para que llegara a ese punto. Solo sé que de mi vida desapareció alguien que me hubiera gustado mantener cerca de mío. Me hubiera encantado, y me encantaría ahora mismo, saber un poco más de esa enfermedad mental. En los colegios solo te enseñan cosas que muchas veces no necesitas o solo se centran en algunos de los muchos temas que necesitas conocer como el alcohol, las drogas, una especie de intento de explicarte la sexualidad… Pero nada relacionado con enfermedades mentales que te puedan ayudar a como reaccionar ante ellas, qué hacer cuando tienes una persona cercana con esto y un poco de información para no tener tantas incógnitas en la cabeza.

Entiendo, en cierta forma, el miedo o el desprecio que le tienen ahora a Pedro al enterarse de que le habían diagnosticado esquizofrenia, porque no entienden o no saben lo que es y parece que si no eres una persona neurotípica ya no vales la pena. Que es mejor no acercarse a ti o que has caído muy bajo. Hay más que las enfermedades físicas, son reales, pero o las ignoramos, las subestimamos o las repudiamos. Siguen siendo personas a mi parecer.

De alguna forma u otra, le echo de menos. No me parece justo que una persona así entre en tu vida con posibilidades de quedarse por un tiempo y que se escinda así de rápido. Me gustaba hablar con él y escuchar sus historias. Eran fantásticas.

Miradas que no ayudan

Solo unos pocos segundos es lo que tardo en apreciar como su aliento pútrido me roza parte del cuello y nuca por el lado derecho. Mira que había sitio en todo el autobús para elegir, incluso para poder sentarse a solas, pero este señor ha preferido ponerse a mi lado y no consigo comprender el motivo. Ahora maldigo el momento en el que me senté en el asiento de la ventanilla en vez del que da al pasillo para así poder evitar esto. «Tranquila, no pienses mal. Siempre hay personas muy raras por el mundo» me digo a mi misma intentando calmarme y convencerme de que no va a pasar nada malo, todo mientras siento como su aliento sobre mi piel se vuelve mucho más húmedo y caliente. Un retortijón me alarma. Esto no me gusta.

Mi cuerpo entra en tensión lentamente y, como siempre que estoy nerviosa, comienzo a morderme las uñas de forma descontrolada. Luego me voy a sentir mal, si, pero ahora no puedo limitar mis manías. Tengo que concentrarme en otra cosa joder. Encima noto como su mirada no se aparta de mi, está clavada, y eso me incomoda aún más. Por si no fuera poco además, el olor que despide es más que insoportable. «Déjame en paz, no tengo ganas de tonterías» le digo en mi mente aunque sepa que no sirve de mucho. Yo intento ignorarle con todas mis fuerzas, a ver si haciendo esto consigo que me deje en paz y así va a sentarse a otro lado. Pero cuando pasan como 4 minutos y este señor sigue igual, sin haberse movido ni un milímetro, asumo que ya no lo va a hacer hasta que me baje en mi parada o él en la suya. Si es que no es uno de esos locos que deciden seguirte por la calle.

Mis uñas sufren cada vez más y me hago incluso un par de pequeñas heridas por las mordeduras. Miro hacia los varios rincones que tiene este autobús urbano, buscando algo o alguien que me pueda ayudar a salir de esta situación tan espeluznante. Sin embargo, creo que esto le pone en alerta, pensando que es el momento indicado para atacarme con sus palabras, y comienza a hablarme.

-Oye, eres muy bonita-me dice pegándose más a mi.

No le respondo y miro por la ventana o al menos me obligo a hacerlo. A ver si así pilla la indirecta de que no me siento a gusto con su presencia ni quiero hablar con él. Demasiado bonito para ser verdad. El ambiente se vuelve más incómodo y los ojos curiosos comienzan a hacer acto de presencia por su incesante charla a media voz.

-¿Cuantos años tienes, guapa?-parece que me habla a pocos centímetros de mi, dándome un escalofrío del asco. Odio la forma en la que me dice «guapa», me parece muy despectiva viniendo de él y de muchos más hombres que la utilizan sin saber.

El hombre, por lo poco que he podido observar de él, rondará los cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años. Tiene el pelo canoso y creo que la mente un tanto perturbada si se dedica a hacer esto a la gente. Nunca he entendido como alguien puede comportarse así con otra persona, la verdad. A mi me daría vergüenza o me sentiría mal por hacerla sentir incómoda, agobiada y con ganas de salir huyendo o pedir ayuda. ¿Pero este tipo de personas qué debe pensar al respecto? Nada lógico seguro.

Como empiezo a sentirme ya bastante cansada de aguantarle la idea de cambiarme de sitio, aunque eso suponga dirigirle la palabra, se hace demasiado apetecible. Me disculpo, un poco borde porque no se merece más, para que me deje salir al pasillo y así poder sentarme en otro lugar donde poder estar en paz. Afortunadamente, no se opone a que me vaya y pongo rumbo al lugar más lejano del autobús, o sea, en los asientos del fondo. Además, hay varias personas allí, por lo que supongo que evitará que siga con esto. Veo como varias personas comienzan a mirarme aburridas o curiosas por mi reacción y luego sus ojos van hacia el asiento de donde vengo. Cruzo los dedos para que no se haya levantado.

Al llegar ya a mi nuevo asiento, respiro tranquila. Me siento con un largo suspiro y vuelvo a mirar hacia el frente. Un leve tirón en el estómago hace que todas mis esperanzas de vayan al garete. Se ha levantado y viene hacia aquí mientras me mira fijamente, su expresión me repugna. No sé ni como consigo ahogar las tremendas ganas que tengo de gritar. «En la próxima parada me bajo. No puedo aguantar más esto» me digo totalmente convencida aunque aún me queden otras tres paradas para llegar a la mía. Prefiero eso a tener que seguir aguantándole. Le doy al botón de solicitar parada antes de que se vuelva a sentar a mi lado.

-¿Ya te bajas?- dice apenado y se sienta dejando caer todo su peso.

Tengo unas ganas horribles de decirle de todo. “Es que no tienes otra cosa mejor que hacer. Déjame por favor, no me interesan tus sucios deseos” digo cabreada en mi mente mientras el corazón me retumba en el pecho. Me encantaría describir el asco y la ansiedad que me está dando esta persona para poder avisar a esas miradas de lo mal que me lo está haciendo pasar, pero las palabras no me salen. Estoy muda y sola y odio que me pase esto.

No tarda en volver a decir alguna gilipollez que vuelvo a ignorar, sin embargo, esta vez va mucho más lejos y roza con su mano mi pierna derecha. «Por qué cojones tengo que aguantar esto» pienso mientras me entran unas enormes ganas de llorar y salir corriendo. No sé que hacer, miro desesperada a todo el mundo pidiendo ayuda mientras me alejo lo más posible de él con el cuerpo y todo lo que me deja el asiento, pero no es suficiente para que rompa este contacto tan desagradable que ha hecho él sin mi permiso. Mi respiración se acelera y comienzo a tener sudores fríos.

Algunas miradas indiscretas se vuelven hacia nosotros porque este ya comienza a hacer un ruido razonable entre todas las obscenidades que me está gritando sin vergüenza (ninguna de ellas agradable, solo cosificándome como una cosa bonita, delicada, suave, que si quiero pasar un buen rato con él, que seguro que me gustan estas cosas y por eso estoy tan callada…). Les miro con cara de auxilio para que le digan algo a este señor y me deje en paz o que me saquen de aquí, mas lo único que hacen es solo mirar de reojo cuando creen que no les veo. Ni si quiera ninguna mujer ha venido en mi ayuda, cuando seguramente a ellas también les haya pasado algo parecido y hubieran dado cualquier cosa por que les sacaran de este apuro. Incluso, por el espejo del conductor que da a la parte trasera del autobús, he visto como éste nos ha mirado por unos segundos y ni si quiera a hecho o dicho algo. Se supone que tiene que mantener el orden.

Hoy nadie pretende ayudarme, solo ignorarme y observar sin empatía.

Puede que os parezca que está situación no está bien, o eso espero, y es que si no hacéis nada para ayudar a que esto no pase, sois cómplices de este asqueroso señor y de otros muchos más. Si yo no fuera tan tímida y no tuviera problemas para relacionarme y decir lo que quiero por culpa de la ansiedad social, podría haberme librado con él con un simple «no quiero nada con usted, déjeme en paz» seco y un poco violento. Pero no, me tiene que importar no ser desagradable con los demás y que las palabras no me salgan en estas situaciones. Por mucho que me conciencie, cuando estoy en ellas, no soy capaz de hacer nada. Solo aguantar hasta que pueda huir, si es que me dejan.

Pero la culpa no es mía por no saber como manejar estas situaciones y ser cortante. Es culpa de esa persona que decide que es un buen día para molestar a una mujer para su placer. La culpa es de esas personas que dejan que este tipo de personas tengan vía libre para hacerlo en sitios plenamente públicos y con bullicio. Estoy harta de que me diga “¿Y por qué no haces algo para evitarlo?” ¿Y por qué no sería mejor evitar a toda costa que estas personas puedan tratarnos de esta forma, tocarnos sin nuestro permiso y decirnos de todo? Esa es mi pregunta.

La siguiente parada llega ya mismo y la mano del señor sigue rozándome la rodilla con descaro y perversión. Estoy a punto de llorar y consigo decirle un «por favor, déjame en paz» con un hilo de voz aunque creo que hace caso omiso porque ni si quiera aparta su mirada de mi entrepierna. Sigue con sus preguntas personales y suponiendo cosas de mi que no son. Los segundos cada vez van más lentos y yo ya me estoy preparando para salir escopetada del autobús sin mirar hacia atrás. Un minuto más aquí y pierno los nervios totalmente y me echo a llorar.

«Vamos, vamos, vamos…» Ruego de que llegue ya la parada.

En cuanto la consigo ver, me levanto rápidamente y voy, sorteando como puedo, pies y miradas que no ofrecen ninguna ayuda. Quiero mirar hacia atrás para ver si me sigue de nuevo, pero creo que si lo hago no voy a poder controlar la ansiedad monumental que sufro ahora mismo. El autobús para, abre las puertas y salgo con la mirada bien fija en el edificio que tengo delante. Cojo el móvil y marco el número de mi mejor amiga porque necesito hablar con alguien, que se me escuche y saber que no estoy sola en esto.

Cuando escucho que se marcha el autobús es cuando ya me permito girarme para comprobar que no está aquí conmigo, que no me ha seguido. Me muerdo una de las uñas inconscientemente.

-¿Hola? ¿Que te pasa Paula? -pregunta al notar mi agitada respiración y porque aun no he dicho nada, ni un saludo. Sabe que no es lo típico en mi.

No está, ha desaparecido por fin.

-Tía, te tengo que contar algo. Lo he pasado…-mi voz se ahoga en la ansiedad- fatal. Necesito hablar-y comienzo a llorar entre una especie de alivio y porque aún no me creo la situación que he tenido que vivir ahora mismo-ha sido horrible… JODER.

Eres mi espina clavada en el corazón

Queridísima Laia,

hoy, después de casi 8 años, has vuelto a mi mente en forma de déjà vu. Al levantarme repentinamente de un mal sueño, me he dado cuenta de que he soñado contigo de la misma forma en que lo hacía por aquellos tiempos donde tu y yo teníamos algo más bonito y especial que una simple amistad entre dos amigas. No te voy a mentir, ahora que lo veo como algo pasado, ha sido bonito de recordar. Bonito recordar que algún día fuiste alguien muy importante para mí y que consiguió darme cosas buenas, aunque el sueño haya recreado uno de los recuerdos más dolorosos que tengo en mi cabeza. Eres, como dicen, «mi espina clavada en el corazón». He tardado, más de lo que hubiera deseado, en quitarme el mal cuerpo por el sueño.

Éste tenía lugar justamente el día en el que todo se derrumbó. Ese que con tanto ahínco intente borrar de mi vida por el daño que me producía. Lo que más me dolió fue como te negabas tan fácilmente a ti misma y a mi, por consiguiente. Negabas lo nuestro. Y, si te soy sincera, aún siento algo dentro de mí que me indica que esa herida no ha cicatrizado aún… y, encima, que me dejases de hablar tan abruptamente sin ni si quiera hablar las cosas. Pero hoy no te escribo para echarte nada en cara, ya no siento ese resquemor, tan solo quiero contarte esto porque siento que lo llevo guardando por tanto tiempo dentro de mi que es que me estaba incluso llegando a quemar. Necesito liberarme de este peso aunque solo sea escribiéndolo.

Todo pasó demasiado rápido… o al menos ese es el recuerdo que me queda ahora mismo. El sueño ha sido muy parecido a ese día, con la angustia de no parar de llorar ni un segundo y la sensación de vacío en el pecho. Un día estábamos tu y yo tan felices hablando de nuestras cosas en un parque mientras escuchábamos nuestra música por los altavoces que tú traías y, al siguiente, todo se había acabado. Recuerdo que en el momento en el que entraron tus padres, que se suponía que estaban de viaje y no volvían en un par de días, tu cara palideció tan bruscamente que pensé que se estaba escapando tu alma. Fue horrible presenciar como la cara se te estaba descomponiendo a los pasos de los segundos mientras el incómodo silencio se estaba acabando. Aún me acuerdo de los ojos de tus padres mirándome inquisitivamente mientras me apartaba de ti con nerviosismo. Ojalá hubiera podido salir de allí huyendo sin haber tenido que aguantar esas horribles palabras ni como tú también estabas de acuerdo en todas ellas.

Ahí olvidaste algo muy importante querida Laia, y es que nuestra relación no era solo cosa de una de nosotras.

Realmente yo sabía que, cuando nos decidimos a dar el paso y empezar a llamarnos pareja aunque fuera entre nosotras solo, lo nuestro no tendría mucho futuro. Aunque supiera claramente que ambas estábamos sintiendo algo más que esa amistad que debería haber entre dos amigas. Solo tengo que recordar la cara que ponías o los comentarios que soltabas cuando alguien comentaba que x persona era gay o lesbiana. Pero, aún así, yo me había enamorado tan perdidamente que arriesgarme fue la única opción que me quedaba porque no aguantaba más. Así funcionan los romances adolescentes. Todo es más extremo.

No puedo negar que lo nuestro era fuerte e intenso a la par que gratificante y liberatorio, muchas veces sentía, cuando me sonreías por un instante por solo estar observando, como una tonta, tus rizos marrones, que era capaz de hacer cualquier cosa. Hasta de besarte. Oh Dios, aún recuerdo mi primer beso contigo. Pude sentir, por fin, lo que las demás sentían al besar a un hombre. Me sentí en las nubes al saber que yo también podía llegar a experimentarlo, aunque no fuera de forma «normal», que me sentí aliviada.

Por desgracia, nunca tuve el valor ni el tiempo de decirte que fuiste mi primer amor y que, gracias a ti, supe que no era como las demás. Resolviste algunas de mis dudas más profundas sobre mi misma, lograste que me llegara a conocer un poquito mejor. Puede que te parezca una tontería, puede que incluso aún sigas pensando que no eres como yo, una aberración contra natura según tus padres, pero darme cuenta de que  me atraían las personas del mi mismo sexo fue un antes y un después para mi. Por qué por fin había descubierto qué era lo que me pasaba. Aunque también, sin querer, me enseñaste que a lo mejor eso no estaba tan bien como yo lo sentía en ese momento y que debía volver atrás, a la normalidad. Bueno, supongo que no todo podía ser tan bonito. Por suerte, conseguí cambiar, hará un par de años, esta visión de mi y pude liberarme de esa carga que, sin querer o queriendo, depositaste sobre mi aquel día en tu casa.

Por último, te deseo de todo corazón que logres, algún día, llegar a conocerte a ti misma como yo lo estoy haciendo. Porque si no te dejas, lo único que consigues es encadenarte y odiarte más a ti misma por lo que eres o puedes ser y no llegarás muy lejos. Recuerdo que me llegaste a confesar varias veces que no eras feliz y que no sabías el por qué. Pero yo sí lo sabía y lo sigo sabiendo: pasabas la mayor parte del día odiándote. No sabes cuánto me dolía verte así. Supongo que debí decírtelo antes pero, qué más da, las cosas que no se aprenden por una misma luego se ignoran porque no sabemos ver su importancia.

No sé si lograré enviarte esta carta porque: uno, te has mudado de la casa en la que vivimos aquella pesadilla y a todo el mundo al que le he preguntado me dice que te han perdido la pista; y dos, no se si otorgarte mis profundos sentimientos del pasado y presente por escritos puede ser una buena idea, pensando que aún puedes seguir recordándome como la muchacha que te destrozó la vida. Además, tampoco quiero traerte malos recuerdos solo por yo querer decirte esto. Me parece un tanto egoísta.

Bueno, al menos ya está escrita y lista para enviar. El próximo momento en el que me sienta a gusto y con las mismas fuerzas que el día en el que te estoy escribiendo esto, te llegará mi carta.

Te deseo lo mejor, C.