Razones

« ¿Qué por qué lo hice? Todos quieren saberlo. Las personas hacen y dicen cosas irracionales continuamente y no siempre están borrachos. La culpa en este caso no fue del alcohol. Fue mía.

¿Por qué? Porque siempre hay una razón. Hay veces en que no o sí, pero son tan rastreras que prefieres ocultarlas y creo que eso hice o simplemente me harté. Esa es la opción correcta. Me harté de verla a ella cabreada contigo por cualquier cosa. 

Por decir «Voy a dejarlo» y no hacerlo. Por no hacernos caso a nosotras. Claro, hablando se entiende la gente. Pues eso parecía con vosotros hasta que tiempo después ella volvía otra vez a quejarse de ti. Y vuelta al principio. Durante los primeros meses deseé que rompierais.

¿Quién no lo haría cuando piensa que está enamorada? Pero entendí que no podía vivir de ilusión y poco a poco fui olvidándome de ti. Tal vez usé a otras personas para ello, no digo que no, y cuando me quise dar cuenta eráis la pareja perfecta. 

La típica de las novelas de amor. Los dos perfectos y llenos de amor. Ella te miraba con sus ojos negros y tú, hacías todo lo que ella quería. Se te notaba que bebías los vientos por ella. Lo sé porque tenías esa mirada que cualquiera quiere para sí. Esa mirada que yo esperaba ver en ti dirigida hacia mí. Porque recordaba cada palabra, cada gesto, cada muestra de amor.

Recuerdo nuestra promesa.

 ¿Y tú? ¿La recuerdas? Creo que no, porque si lo hicieras hubieses tenido el valor de decirme que no me querías como yo no tuve el valor de decírtelo, que no me necesitabas como yo a ti, que me querías como una amiga. Me hice ilusiones que nunca se hicieron posibles. Llegó un momento en el que dejó de importarme que salieras con ella. Un momento en el que decidí que lo mejor era olvidarme de ti.

Pero, ¿cómo te olvidas de una persona de la que una de tus amigas no hace más que hablar? Con paciencia. Mucha. Demasiada. Y con ayuda. Mucha; sobre todo distrayéndote. De esa manera tu cerebro se llena de otra cosa que no sea lo que te trae de cabeza. Suprime conversaciones enteras, muestras de amor, palabras que quedaron resonando en tu mente… lo olvida todo.

Porque de esa manera no se hace daño a sí mismo. Porque evita un mal mayor, aunque a veces crea otro peor. Y este es el caso. ¿Querías el por qué? Lo tienes. Me harté. Me harté de hacerme ilusiones cada vez que discutáis, de oírla decir que te iba a dejar, me harté de falsas esperanzas, de ilusiones rotas. Y estallé. Tal vez no fuera el mejor momento. Ni siquiera el día adecuado.

Pero lo hice y no puedo borrarlo. De hecho ni siquiera pensé en las consecuencias porque estaba hasta las narices de que pareciese de que la única que tenía problemas era ella. Y de que parecía no tener tus sentimientos en cuenta. De que ella no viese el amor que sientes por ella.

Esa es mi respuesta. La aceptas o no. Sé que todo esto te va a sonar a cuento chino pero es la verdad. Las personas se hartan de muchas cosas. Se hartan de que las hagan sufrir y por ello un día deciden cambiarlo. Sé que no fue la manera adecuada. Pagaré las consecuencias, no me importa hacerlo. 

Ni siquiera me importa quedar como «la mala de la película». Asumo que no querrás volver a verme, ni a dirigirme la palabra, ni saber nada de mí. Lo entiendo. Yo tampoco lo haría. Nunca repararé el daño que he hecho. Eso lo sé. Y supongo que nunca más volveremos a ser amigos. Por ello pienso que es mejor no volver a tener contacto con ninguno de vosotros.

Dile a Shai y a Mugen que no me echen de menos, no merezco que lo hagan. Diles a mis padres y mis hermanos que les quiero y que no quiero que me lloren. No deberían hacerlo, no después de haberles complicado la vida de todas las maneras posibles. No quiero que me vayáis a visitar, el lugar al que voy está muy lejos y no podréis alcanzarme nunca.

De esta manera pago mi error y hago que tú puedas recuperarla. Te quise. Y quiero que seas feliz. Sé feliz junto a ella. Te echaré de menos. No lo hagas tú. No me eches de menos, no me necesitáis, ninguno de vosotros, os tenéis los unos a los otros y eso es lo importante. Sed felices.»

Esta es la carta dirigida a un adolescente que los padres de la chica encontraron cuando llegaron a su casa hallando el cuerpo sin vida de su hija; llamaron a los servicios de emergencia pero nada se pudo hacer. La autopsia reveló que se había suicidado tomándose un cóctel de pastillas. Durante el funeral el joven, al que iba dirigida la carta, leyó una respuesta a ésta. La última frase fue:

«Me pides que sea feliz, pero no puedo, ninguno podemos. Ninguno será capaz de olvidarte nunca. Eras nuestra estrella, la que siempre estaba ahí, la que sonreía siempre, no importaba la situación. Fui un capullo y lo reconozco. Viviré, viviremos, y vendremos a visitarte con nuestros hijos. Les contaremos lo buena que eras y les enseñaremos a sonreír. Te echamos de menos.»

* * *

Una niña, de unos 5 años, corría por los pasillos, sus padres, a pocos metros de ella y cogidos de la mano, la observaban. La pequeña movía sus rizos negros de un lado para otro mientras cantaba una canción que desde pequeña sus progenitores le habían enseñado. Se paró delante de una lápida, la miró durante unos minutos hasta que sintió la mano de su padre en el hombro. En la tumba ponía «A la hija, hermana, amiga que nunca dejó de sonreír. Te queremos» debajo estaba escrito el nombre de la difunta: Anaralba Liza Sade. La niña miró a sus acompañantes.

—Papá, mamá, ¿es ella?—preguntó la niña pequeña con inocencia mirando a sus padres.

—Sí, Anaralba, ella es la persona por la que te llamamos así—respondió su padre.

—Ella es la de la sonrisa deslumbrante. La que me habéis enseñado siempre—la niña vuelve a mirar a la lápida y con una sonrisa dice—. Señorita, mis padres sonríen por ti. Espero que tú lo hagas en el cielo.

No muy lejos de allí, una figura transparente, sonrió al recordar que ellos habían cumplido su promesa.

 

 


Genero: Relatos cortos y Cuentos
Subjects: adolescentes, amor, Drama, odio, Oneshot