[Evento] Escritores invisibles

Este es el resultado del primer evento de la plataforma: “Escritores invisibles”. El evento, anunciado por redes, ha tardado un poco más de lo planeado en salir ¡pero aquí está! Cada autor ha dado una frase y otra persona ha escrito un relato con ella, ¿podrán descubrir quién ha escrito qué?

Lista de participantes:
Mar
Spica
Zeusdehera
Catblack
Stephie
Peridot
Angy
Mrs Caulfield
Samuel Garcia Maldonado

¡Muchas gracias por participar!

Puedes encontrar la lista de relatos en este enlace.
Esperemos que disfrutes de la lectura tanto como nosotro/as este evento.

Fuego

Me despierto con la cara mojada y la respiración agitada. He tenido una pesadilla. En realidad, es la misma de siempre. Suspiro y me levanto de la cama, el olor a tortitas llega desde la cocina, observo a Morgan intentando no quemarse mientras las pone en un plato. Abrazo su espalda y deposito un beso en su hombro, me recompensa con una sonrisa y besa mis labios.

—¿Otra vez la misma pesadilla?—asiento—¿Sin variaciones? —Esta vez, me disparaba durante el juicio.

Mi pareja aprieta una de mis manos y me dice que no debo preocuparme ya que es solo un sueño y esa persona está encarcelada. Me siento en la mesa y desayunamos a la par que vemos las noticias en el telediario. No hay nada nuevo que nos sorprenda; solo es el mundo matándose a sí mismo. Recogemos los cacharros y nos vestimos para ir al trabajo.

El palacio de justicia es un ir y venir de gente, muchos de mis compañeros me saludan y viceversa. Al llegar a mi despacho me encuentro a Nina fumando en la ventana. No se la ve muy feliz.

—¿Qué pasa?

—Han demandado a Nuria y al abogado que llevó su divorcio, eso es lo que pasa—escupe con rabia. Nuria es una de mis mejores amigas, alzo una ceja—. Ese tío es gilipollas de verdad.

—¿Quién ha sido?—pregunto con curiosidad aunque empiezo a sospechar la respuesta.

—Sam Herrero.

—¿No el metí a la cárcel por maltratador?—corto con rapidez. Sam Herrero es el ex de nuestra amiga y alguien a quién no te gustaría cruzarte. Nina me mira unos segundos y luego chasquea lo dedos. Supongo que acaba de acordarse de que yo dirigí la defensa.

—Ha salido esta mañana con la condicional—contesta Nina preocupada y yo le digo que es raro de que nadie me haya informado—. Tal vez lo hagan ahora—en ese momento entra Mike, mi secretario con una documento que leo por encima que viene a ser lo que me acaban de contar—. Sabemos que tiene una orden de alejamiento contra Nuria pero aun así…—sus ojos se cierran un segundo—Su abogado defensor dice que el trato que sufrió por nuestra parte durante el juicio fue denigrante, le causó secuelas psicológicas y que por eso nos ha demandado.

—¿Me ha demandado a mí también?—pregunto con curiosidad.

—No—dice tras una calada—. Nadie osaría demandarte. Eres fiscal, por favor, tienen la batalla perdida antes de empezarla.

Sonrío. Nina siempre tiene unas palabras mágicas capaces de levantarte el ánimo tras un largo día o un suceso nefasto. Ella es así, con su pelo de colores al viento y sus pintas de haber salido de un cuadro vanguardista mas cuando ha de ponerse seria, es la abogada más inteligente de todas. Nunca la vi tan formal como en su primer juicio, llevaba unos pantalones negros anchos, una camisa blanca y una americana, se había puesto una peluca de color marrón y había encandilado a todos con su labia. La jueza no pudo sino darle la razón.

Actualmente trabaja para el bufete de abogados de Nuria, una compañera de carrera que se dedica a defender a los colectivos minoritarios que no pueden pagarse un abogado. La queremos mucho y que Sam haya salido de la cárcel supondrá un duro golpe para ella.

—Bueno—dice cogiendo una bolsa del suelo—, te dejo trabajar.

—Suerte en el juicio y si hay alguna novedad de Nuria, avísame.

Me hace el saludo militar antes de irse y yo me entierro en la maraña de papeles que supone el caso en el que llevo varios meses trabajando. Cuanto más lo leo, más mala sangre me hago. Nunca entenderé cómo alguien puede hacerle cosas tan horribles a alguien tan joven; soy incapaz de ver las fotos por lo que las separo en una montaña a parte y me centro en las declaraciones de los implicados y en preparar una buena defensa para que el acusado vaya de por vida a la cárcel aunque conociendo el sistema judicial saldrá dentro de tres años por buen comportamiento.

Se me hace de noche sin darme cuenta. Me masajeo las sienes y salgo del despacho tras mandarle un mensaje a Morgan para su tranquilidad y que no piense que he muerto porque una montaña de papeles se me ha caído encima. Las calles están desiertas y llego sin ningún contratiempo.

La casa huele a chipirones y mi pareja tiene todos los dedos manchados de negro. Deposito un beso en su mejilla y voy a dejar las cosas en la habitación, al volver la cena está lista.

—Tengo que marcharme de viaje de negocios a Barcelona unos días. Parto mañana a primera hora.

—¿Cuándo vuelves?—pregunto agarrando su mano limpia.
—El vienes a la tarde—dice con rabia—. Me sabe muy mal no estar en el juicio que

llevas meses preparando, siempre es precioso verte defender a las víctimas.

—No te preocupes—respondo sonriendo— mientras estés conmigo para siempre el resto no importa.

Sonríe de lado y sé que he conseguido bajarle el enfado. Tras la cena nos sentamos en el sofá a ver cualquier película de la televisión en la que no salgan abogados o empresarios pues tenemos de sobra en nuestro día a día.

———

La cama se siente muy vacía sin Morgan. Suspiro y me levanto para ir al trabajo. Por fin ha llegado el juicio. He estado trabajando en él durante tanto tiempo que hasta me sé de memoria los pequeños detalles. Llego con un gran margen de antelación a los juzgados y paso por mi despacho para recoger las notas; siempre las dejo en allí porque una vez me las olvidé en casa y casi pierdo el juicio, por fortuna mi pareja llegó a tiempo y me las dio antes de que el jurado emitiese un veredicto.

Me dirijo hacia las salas destinadas a juzgar a los acusados y me encuentro con Nina y Nuria. Me acerco a charlar con ellas porque me sobran unos minutos. Me comentan que están esperando la resolución de un caso en el que llevan meses trabajando, que Sam ha vuelto a la cárcel por quebrantar la orden de alejamiento y me desean suerte. Les devuelvo el gesto con una sonrisa y me despido de ellas.

Me acerco a la sala en la que se realiza y me siento en mi lado. Deposito mis papeles ordenados y miro hacia el lugar del acusado, aún no han llegado ni él ni su abogado defensor, suspiro y consulto el reloj; solo quedan veinte minutos para que comience. Me siento a esperar y repaso las notas que he tomado. La sala se va llenando de gente lo que no me extraña pues ha sido un proceso muy mediático al tratarse de un asunto entre las dos familias más ricas del país.

Comienzo a ponerme de los nervios, porque acaba de pasarse la hora de inicio del juicio y no han aparecido ni el abogado defensor ni el acusado ni la jueza. Suspiro y le pregunto al alguacil si sabe el motivo del retraso, niega con la cabeza y me insta a esperar. Cuando las puertas de la sala se abren y entra otro de los trabajadores armados comunica en alto que los tres que faltan han sufrido un imprevisto y el juicio se aplaza hasta el lunes.

Bufo y comienzo a recoger mis cosas a la par que la gente abandona la sala. El oficial me comenta en peti comité lo que ha ocurrido: la jueza ha encontrado un atasco producido por un accidente en la carretera, el abogado defensor está ingresado en el hospital por comer ostras en mal estado y al acusado le han apuñalado en la cárcel y no puede salir de la enfermería. Le doy las gracias y salgo de allí.

Llego a mi despacho y recibo una llamada de Morgan. —¿Qué tal el juicio?

—No se ha podido celebrar—contesto con pesar—. La jueza, el abogado y el acusado han tenido problemas personales y no han podido acudir a la cita. Se ha retrasado hasta el lunes.

—Lo siento mucho, cariño—le digo que no pasa nada—. Yo también tengo malas noticias, me ha pillado un temporal y no voy a poder viajar hasta el lunes por la tarde.

—Yo que contaba con celebrar San Valentín a tu lado con una cena en el restaurante italiano cercano a casa.

—Prometo llamarte el domingo para celebrarlo—me dice con alegría—¿Qué vas a hacer todo el fin de semana sin mí?

—Echarte de menos—contesto en un susurro, noto su risa a través del teléfono—. Llamaré a alguien de nuestros amigos y quedaré con ellos.

—Me parece bien—se hace el silencio en la línea—. Yo también voy a echarte mucho de menos. Te quiero.

—Y yo a ti.

Cuelgo y me froto la cara con las manos. Comienzo a revisar otros casos y lo alterno con mensajes a mis amigos recibiendo la misma respuesta; todos están ocupados para los dos días siguientes porque se van a celebrar San Valentín con sus familias o parejas. Suspiro y asumo va a tocarme quedarme en casa viendo una película o leyendo cerca de la chimenea.

———

El lunes llega sin previo aviso y esta vez soy yo quien llega tarde el juicio. Anoche me dormí al lado de la chimenea, que aún tiene fuego, con un libro de John Steinbeck y me desperté gracias al panadero que pasa por nuestra casa; corrí a cambiarme y salí de casa sin comprobar que todo estuviera en orden.

Abro las puertas de par en par y me disculpo por mi tardanza, no recibo más que una mirada severa por parte de la jueza y una altiva del abogado defensor al que ignoro. El proceso judicial comienza y al cabo de dos horas hacemos un descanso de media hora en el que aprovecho para mandarle un mensaje a Morgan y tomar un café intentando evitar a la prensa que no hace más que acosarme con preguntas sobre las pruebas del caso. Les aclaro que no me es imposible darles esa información pues el caso está bajo secreto de sumario y que una vez finalizado el juicio obtendrán todo lo que deseen.

Les dejo con el micrófono en la boca y me marcho a continuar con la acusación que se alarga hasta las seis de la tarde. Salgo un poco triste porque el jurado aún no ha llegado a ningún veredicto y recibo una llamada de la vecina de la casa de al lado. Al principio no entiendo lo que quiere decir pues habla muy rápido. Logro tranquilizarla y me pide con urgencia que vuelva cuanto antes. Y eso hago.

Por el camino encuentro la calle llena de gente que me impide avanzar con el coche por lo que le dejo en mitad y salgo de él sin darme cuenta de la corriente de aire que soplaba

fuera. Escucho con atención los murmullos que dicen que el edificio de al lado de la señora Even se está quemando. Mi cabeza reacciona en seguida y corro hacia el lugar.

Cuando llego, encuentro mi casa ardiendo y el viento soplando con ira. Es en ese momento cuando, con tristeza, sé que mi vida cambiará. Un montón de camiones de bomberos intentan apagar el fuego mientras que la policía vigila a los vecinos he impide que traspasen la barrera policial que yo me salto para intentar llegar hasta mi vivienda. Un agente de la ley me agarra y no me deja seguir, le repito que esa es mi casa mientras las sirenas de los bomberos se me clavan en el cerebro, no puedo pensar en otra cosa que en todos los recuerdos que se consumen con ella; los más preciados sin duda son lo que he vivido con Morgan. De repente mi cabeza conecta fichas y la idea de que estuviera dentro de la casa cuando ha empezado el incendio me carcome por dentro. Le pregunto a uno de los bomberos si había alguien en la casa y él contesta que no; siento un gran alivio pero a la vez no porque no sé cómo voy a explicarle esto.

Oigo mi nombre entre la multitud y veo asomarse a Morgan que corre a abrazarme y me pregunta repetidas veces si estoy bien. Contesto que sí y que acabo de llegar. Los bomberos nos preguntan si el edificio es nuestro y respondemos que sí, uno de ellos nos dice que el incendio ha sido causado por un petardo que han tirado dentro de nuestra casa y que ha caído dentro de la chimenea que estaba encendida. Morgan se cabrea con los adolescentes irresponsables del barrio y yo comienzo a llorar cuando la estructura de la casa se derrumba.

—¿Qué vamos a hacer ahora?—le pregunto en un mar de lágrimas sintiéndome culpable por haberme dejado la chimenea encendida.

—Seguir hacia delante—contesta con una bella sonrisa—Mira—dice señalando las llamas—¿No es un bonito espectáculo?

Miro en la dirección del fuego.
—Lo es—afirmo abrazándole más fuerte—. Tendremos que buscar una nueva casa.

—¿Y crear nuevos recuerdos?—asiento—. Me parece un maravilloso plan de vida.

Nos quedamos contemplando el fuego hasta que se extingue y con él una etapa de nuestras vidas.

Suprimir

Una gota sobre su nariz, otra sobre su párpado.

Hazel despertó tanteando con la mano en busca del interruptor de la luz. Donde debería haber estado la pared no halló más que una superficie rugosa y fría; el corazón le dio un vuelco.

Oscuridad.

La oscuridad siempre traía consigo sus peores pesadillas, el terror de no recordar, el vacío que la hacía sentir incompleta. Aun con los ojos abiertos era incapaz de ver nada, envuelta en un denso silencio interrumpido únicamente por el repiqueteo de las gotas que caían sobre su rostro.

Qué fácil habría sido levantarse y echar a andar si sus piernas le hubieran respondido, si el temblor no la hubiera paralizado. Pero sabía que no importaba la dirección que tomase pues el resultado sería el mismo: iba a morir. El motivo por el que estaba tan convencida de aquella idea ni siquiera ella lo sabía.

Los pulmones le quemaban en el pecho, jadeaba deprisa tratando de conseguir un oxígeno que se le escapaba. Lo prefería así, casi hasta lo agradecía, estar concentrada en respirar la ayudaba a no pensar en cómo había acabado en aquel extraño lugar. Sin ser consciente de que, con cada exhalación, una parte de su ser se perdía para siempre en la oscuridad.

—¿De qué tienes miedo? —susurró una voz invisible… familiar.

Las lágrimas acudieron a sus ojos, boqueó y el aire entró a trompicones en su interior. Podía sentir la presencia rondar en cada rincón, cerca y lejos al mismo tiempo, filtrándose en su mente, controlando sus pensamientos. Estaba en todas partes, necesitaba arrancarla de su cuerpo.

Que la dejara.

Fuera. Fuera. Fuera. Que se fuera.

—Si sigues arañándote así te harás daño.

—Vete… —Su propia voz le sonó gutural como el gruñido de un animal salvaje.

—Estás sangrando.

No le importaba sangrar, tampoco sentir los restos de su propia carne que poco a poco iban incrustándosele en las uñas. Le picaba la piel, necesitaba sacarlo fuera.

¿Cuál era su nombre? Ya no lo recordaba. El corazón… ¿por qué le dolía el corazón? Le faltaba algo y era importante. ¿Acaso se lo había arrebatado la misma presencia que estaba acabando con su cordura?

—No me has respondido —Volvió a decir la voz— ¿De qué tienes miedo?

—¡¿QUIÉN ERES?!

—Vaya, no es necesario que me grites. Estamos solos, no hay ruido, puedo escucharte claramente.

El siguiente grito fue de dolor… tan desgarrador como la angustia que la apresaba. Apretó los dientes dejándose vencer, la sangre goteando de sus dedos hasta perderse en el suelo.

Una gota sobre su nariz, otra sobre su párpado.

La historia comenzaba de nuevo. En otro lugar, en otro espacio, en otro tiempo, Hazel despertaba tanteando con la mano en busca del interruptor de la luz, pero lo que sus dedos tocaban era una superficie rugosa y fría.

—¿Te gustaría que encienda la luz? —Ella no respondió—. Supongo que eso es un <<sí>>

Hazel odiaba la oscuridad, pero en el momento en el que sus ojos se adaptaron a la luz deseó que fuera de noche para siempre y comprendió que la pesadilla acababa de empezar.

Atrapada en una cueva sin salida, los brazos desgarrados, el burdeos de la sangre predominando sobre cualquier color. Ninguna de esas cosas la hizo gritar… hasta que una nueva gota cayó sobre su nariz y al alzar la vista al techo la vio… se vio.

Una réplica exacta a ella, salvo por la ausencia de vida que desprendía su mirada, atrapada en una cueva de suelo invisible, con los brazos desgarrados y la sangre goteando de sus dedos.

—Con luz todo parece menos peligroso ¿verdad que sí? Oh, no, por favor, no vomites.

Aunque sin fuerzas, Hazel contuvo la arcada que le provocó comprobar que su propio suelo era invisible y que, debajo de ella, una nueva Hazel abría los ojos desperezada por las gotas que caían sobre su cara.

—¿Quién… eres…? —pregunto a la nada. Los ojos se le cerraban. Se preguntaba cuánta sangre había perdido.

¿Nunca has escuchado hablar del Grinch? Pues digamos que tenemos gustos afines. Solo que yo odio San Valentín y no me conformo con robar regalos o hacer jugarretas.

La vida de Hazel terminó antes de poder preguntarle por qué hacía eso. Por qué a ella.

~

—¡¿QUIÉN ERES?!

—Vaya, no es necesario que me grites. Estamos solos, no hay ruido, puedo escucharte claramente.

Púdrete, te lo mereces. Mereces morir una y mil veces. Grita. Grita todo lo que quieras. Te aseguro que nunca me cansaré de verte agonizar. Eres parte de esta historia, agradeceme que te haya convertido en mi pequeña protagonista. Es una lástima que nunca llegues con vida hasta al final para escuchar mis motivos, pero la tentación de matarte y dejarte con la duda es demasiado agradable para no hacerlo.

Ya solo necesito sellar este cuento, atraparte conmigo para siempre con el punto y final. Vamos a ello, pero antes:

—¿Te gustaría que encienda la luz?… Supongo que eso es un <<sí>>.

Y de esta forma, Hazel permaneció atrapada para siemp…

—¡Hazel! ¡Hazel, aguanta!

No… a ti no te he incluído… tú no puedes estar en esta historia…

—¡TÚ NO PUEDES ESTAR AQUÍ! ¡TE HE BORRADO!

Esa estúpida sonrisa.

—¿Rose…?

Cállate, Hazel, no te permito hablar. Labios cosidos.

—¡Hazel! ¡Maldito! ¡Déjala en paz! —Tú no estás aquí, Rose. Suprim— ¡No puedes borrarme! ¡Devuélveme a Hazel, devuélvenos nuestro cuento! ¡Estúpido escritor!

—No. Se acabaron los finales felices.

—Tienes razón. —No me gusta la seriedad de su tono—. Se acabaron los finales felices… para ti.

—¿Qué dices, niñata?

—Digo que esta pesadilla ya ha llegado demasiado lejos. —Otra vez esa sonrisa—. Suprimir.

Viana y Marlot

Como la mayoría de las brujas, Viana era una mujer bella. Su piel canela era perfectamente lisa, perfectamente uniforme, carente de cualquier defecto. Si se acariciara el rostro lo sentiría aterciopelado y suave. Su pelo rubio era sedoso y brillante y hundir los dedos en él era parecido a hundirlos en muselina. Sus pestañas eran largas;  su mirada, sagaz. Sin duda, era hermosa.

Todo eso pensaba mientras contemplaba con atención su reflejo. Con el tiempo Viana había desarrollado cierta aversión a los espejos, pero últimamente no podía evitar mirarse continuamente. No era diferente a mirar un cuadro. El ciclo de su crecimiento parecía haberse congelado en una eterna crisálida. Viana estaba viva, y como tal debería seguir creciendo. Pero en su longeva vida, no recordaba la última vez que se vio distinta, que percibió algún cambio en ella. Llevaba medio siglo teniendo la apariencia de una joven de quince años. Sus pechos aún no se habían terminado de desarrollar, su cara era más de niña que de mujer y su cuerpo no había adquirido la curvatura de la madurez. Y así seguiría, congelada.

La diferencia entre ambas incrementaría cada vez más, tan rápido como el pasar de un suspiro. Quizá ella algún día muriera, y Viana continuaría teniendo exactamente la misma apariencia. Eso era si las cosas seguían como hasta entonces. Sabía que era ingenuo esperar que no se produjera ningún cambio.

En esto pensaba mientras se miraba y sentía cómo la presencia de Marlot se hacía más fuerte. Podía oír sus pasos impacientes y rápidos, su corazón latiendo vivaz. Desprendía la energía fresca propia de la juventud. Rebosaba de vida, una vida más auténtica que la de Viana.  Y en ese momento subía las escaleras al segundo piso.

Viana sabía exactamente qué era lo que quería. Siguió contemplando calmadamente su reflejo hasta que las puertas del estudio se abrieron de par en par con un pequeño estruendo. Parecía que había entrado un tornado.

—¡Viana! Te traigo tu ración de Edén.

La bruja soltó un exagerado suspiro y, sin dejar de mirar el espejo, musitó:

—Sé que te cuesta aprender las cosas, pero llama a la puerta antes de entrar.

Marlot le ignoró completamente y se acercó a ella. Le tendió una copa de cristal con un líquido negro en su interior. Finalmente, Viana se giró. Era bastante más baja que la otra joven.

—¿Es que parecer mayor que yo ha hecho que me pierdas por completo el respeto? ¿Ahora me tratas como a una niña?

Ella frunció el ceño.

—No es mi intención, Viana. Pero debes tomar tu ración.

—No te he pedido que me traigas —caminó hasta el escritorio y se sentó—. No me apetece ahora mismo.

—No seas irresponsable. Sé que llevas sin beber Edén semanas.

—¿Y qué? Puedo decidir por mí misma.

—Si no quieres que te trate como a una niña, no actúes como tal.

—Vaya, la pequeña Marlot ha crecido insolente.

Ella se acercó y se sentó a su lado. Dejó la copa en la mesa con un ruido seco.

—No sé qué te pasa, pero es tu salud de lo que estamos hablando. De hecho, debe de estar doliéndote muchísimo. No sé cómo lo estás aguantando.

Marlot tomó su mano entre las suyas. Su contacto era cálido y reconfortante.

—Te tiemblan las manos —murmuró—. Viana, por favor… bebe.

La hechicera miró la copa largo rato. Las brujas necesitaban Edén para vivir. No tenían definida una cantidad ni una frecuencia concreta, pero tras cierto tiempo sin beber podían notar los efectos de su carencia. Este tiempo era diferente para cada bruja como también lo eran los síntomas de su abstinencia. Podía darse en forma de debilidad, de náuseas o de dolor como en el caso de Viana. Eventualmente, la falta de Edén les conducía a la muerte.

Viana debía tomar como mínimo una copa a la semana si quería mantenerse en plenas facultades. Sin embargo, intentaba minimizar el consumo todo lo que podía y solo bebía lo justo para sobrevivir.

Era irónico. El Edén era necesario para que su corazón siguiese latiendo pero con cada trago su pulso se ralentizaba, sus palpitaciones se debilitaban y su cuerpo se volvía más frío. Cada vez la hacía menos viva. Y a cada trago, su crecimiento era más lento.

Cogió la copa y bebió su contenido. Sintió un estremecimiento al notar cómo el maná penetraba en su cuerpo y en unos segundos, para su inmenso alivio, el dolor remitió.

—Todo el mundo dice que beber Edén es increíblemente placentero.

Viana dejó la copa vacía sobre la mesa.

— Te convierte poco a poco en una muñeca vacía, impulsada por maná. Sentir dolor no es tan malo en comparación. Significa que estás viva.

—¿Qué hay de malo en ser una bruja? Obtienes poder, alargas tu vida —jugueteó con algunos de sus mechones mientras bajaba la voz—. Los humanos debemos de ser una existencia efímera para vosotros. Dejamos una impresión fugaz antes de desaparecer.

—¿Eso piensas?

Marlot siguió mirando su desgreñado pelo castaño. Trató de peinarse con los dedos.

—No lo sé. Supongo que no quiero que me olvides. No debo de ser más que un parpadeo en tu historia, pero tú eres mi vida entera. ¿No es un poco injusto?

—Marlot, ¿has bebido?

—Vino de cereza. Pero solo fueron un par de copas.

Viana la miró a los ojos con seriedad.

—No te olvidaré.

La joven parecía a punto de llorar.

—Me dijiste que llevas el pelo corto para tener una apariencia más madura.

—La gente parece olvidar a menudo que tengo 300 años.

—Lo cierto es que te hace la cara más aniñada.

Viana se quedó perpleja. Se incorporó de la silla y se acercó de nuevo al alto espejo. El corte recto a la altura de la barbilla era el peinado de moda de las damas de la época, y Viana siempre lo había llevado con convicción bajo sus lustrosos sombreros de tul y terciopelo.

—¿Por qué nunca me lo habías dicho?

Marlot se encogió de hombros.

—Te hace mona.

La bruja caminó de nuevo hacia ella con los brazos cruzados.

—Marlot, sé que cumpliste hace poco la mayoría de edad y estás entrando en una etapa más… “adulta”. ¿Pero no te estás pasando? Sigo siendo tu maestra y dado que te adopté cuando aún eras una criaja de medio metro también podría ser tu madre.

Ella rió como respuesta.

—Es algo perturbador pensar en ti como “madre”. Muchos ya me toman por tu hermana mayor cuando salimos juntas.

Al contrario que Viana, Marlot al crecer había desarrollado un cuerpo voluptuoso. Tenía caderas anchas y pechos generosos aparte de una altura mayor que la media. Su ondulado pelo castaño y sus brillantes y rasgados ojos avellana la hacían una mujer preciosa. Siempre tenía las mejillas coloradas y una sonrisa en los labios. Aparentaba una edad mayor de la que tenía y últimamente muchos pretendientes trataban de cortejarla.

—Oye, Viana… llevo ya diez años siendo tu aprendiz.

Allí estaba. El temido tema que la bruja esperaba.

—El tiempo desde luego pasa rápido.

—Como gané en la última competición contra las otras novicias, el Círculo ha propuesto… tú sabes. Ha planteado la posibilidad de un ritual.

Viana lo sabía.

—¿Y cuál es tu respuesta?

Marlot cogió la copa vacía y comenzó a darle vueltas entre sus dedos.

—He pensado que quizás podría intentarlo.

La bruja se sentó de nuevo a su lado.

—“Quizás” y “podría” no son palabras adecuadas para un asunto de este cariz.

—Quiero intentarlo.

Se quedaron un buen rato en silencio. Finalmente, Viana habló:

—Piénsalo bien. No es un juego de niños.

—Lo sé. Nunca lo he tomado como uno. Pero llevo ya muchos años estudiando magia y mi cuerpo está acostumbrado al maná. Creo que podría correr el riesgo.

—¿De verdad te merece la pena? —la bruja no pudo ocultar un tono crispado en su voz—. Pocas tienen éxito, lo sabes. Y una vez lo haces… ya no hay marcha atrás.

—Lo sé. Lo sé bien.

—¿De verdad? ¿En serio lo has pensado con calma?

—¡Te he dicho que sí! Llevo años pensando en esto, no hagas como si no lo supieras. Pero no entiendo qué te pasa siempre que saco este tema.

Viana se masajeó con cansancio la sien.

—Ser una bruja no es tan agradable como crees. Aprovecha tu vida. Tu cuerpo aún es cálido, tu sangre corre con fuerza por tus venas. Es algo que pierdes una vez que pasas al otro lado. Tienes aún mucho tiempo, no tengas tanta prisa.

Marlot negó con la cabeza y ocultó la cara bajo su cabello.

—Ya no soy una niña. Cada día que pasa la diferencia entre nosotras se hace más grande. Quizá para ti es poco tiempo, pero mientras tú sigues igual yo crezco, cambio. No quiero… que esta brecha aumente. No quiero hacerme vieja a tu lado.

Cuando se quiso dar cuenta, la copa ya estaba en el suelo. Empezó a llorar. Viana se agachó frente a ella y la abrazó.

—Perdón —balbuceó Marlot entre lágrimas.

Trató de levantarse y de recoger los trozos de vidrio desperdigados por el suelo, pero Viana no la dejó.

—A veces pienso si no quieres estar conmigo —siguió diciendo—. Eres una bruja poderosa, sé que una palabra tuya al Círculo hubiera bastado para que me ofrecieran un ritual mucho antes, pero nunca lo has hecho. Me pregunto si soy un estorbo para ti. Si siempre lo he sido. Si no quieres que siga contigo.

A aquellas alturas empezó a hipar. Viana le acarició el pelo.

—Es el vino—le dijo—. Siempre acabas llorando cuando bebes. No tienes remedio.

—Quiero seguir a tu lado —insistió.

—Lo sé —susurró.

—¿Por qué entonces no quieres que me convierta en una bruja?

Viana tardó un rato en responder.

—Porque te quiero. Y porque daría lo que fuera por cambiar y crecer contigo. Porque soy egoísta y no quiero que pierdas tu calidez. No quiero que dejes de ser tú. Tengo miedo de perderte, Marlot. No quiero que te conviertas en lo que soy yo. No quiero que dependas del Edén.

Pero Marlot no contestó. Se había dormido en sus brazos.

—Te quiero —repitió Viana. Le besó la frente.

La chica encima de mi cama

Los nenúfares del jardín están floreciendo. Este año son de color azul, su color favorito. La señora siempre las ha puesto rosas porque ella es «una dama» y el mejor color que va con «las damas» es el rosa así que ella ha tenido que luchar mucho para lograr este cambio. Todos los años la escuchaba discutir y entrar dando un portazo, gritando que ella odia el rosa, que nunca llevaría nada de ese color. Todos los años me escondía más bajo la cama, observándola llorar sin consuelo porque sus deseos no eran tomados en cuenta. Todos los años sentía la misma impotencia por no poder ayudarla.

El mundo de los jóvenes cada vez es más estresante y nadie hace nada para solucionarlo. Los adultos creen que se ha de seguir un camino concreto para llevar «una buena vida» ¿Pero qué significa una buena vida? ¿Renunciar a los sueños? ¡Eso es horrible! Puedo diferenciar perfectamente a los niños que se han rendido de los que no con solo mirar sus ojos. Es terriblemente triste ver cómo pierden el brillo de su mirada ¿Por qué nadie hace nada?

Ella también perdió ese destello. Llegó un punto en el que incluso las noches en las que acariciaba su pie para asustarla o me escondía en el armario para jugar no decía nada, sólo se daba la vuelta y se tapaba con la manta. Tedy siempre me regañaba así que dejé de hacerlo pero aún así… ambos estábamos preocupados.

Todo cambió este año cuando alguien tiró una carta por la ventana. El envoltorio era extraño, estaba lleno de pintura fluorescente y su remitente se llamaba «Kids in the dark». No me parecía de fiar así que intenté comérmelo pero Tedy no me dejó. Ella llegó por la tarde. Recuerdo su mirada confusa al encontrar la misiva en el suelo, cómo le dio varias vueltas al sobre antes de decidirse por abrirlo, cómo después de leerlo dejó la carta sobre la mesa y saltó por la ventana. Recuerdo mi propia sonrisa al ver ese pequeño acto de rebeldía.

Regresó con una sonrisa enorme en la cara y el pelo lleno de pinturas de colores que brillaban en la oscuridad. Por primera vez en años parecía haber pasado un buen rato. A partir de entonces se empezó a escapar más a menudo. Primero era una vez a la semana, luego era casi cada día. A pesar de que siempre volvía feliz, Tedy y yo estábamos preocupados por su seguridad así que ideamos un plan: siempre que ella fuese a coger su mochila para saltar por la ventana, metería al osito de peluche en un bolsillo con mis largos brazo sin que se diera cuenta.

El primer día que lo hicimos Tedy volvió con un lacito al cuello. Me dijo que había una fábrica abandonada llena de adolescentes que jugaban y hablaban sin las presiones de los adultos. Ellos se organizaban para arreglar las zonas peligrosas e invitar a nuevos miembros. Me contó que había un jardín y que allí se cayó al suelo. Pensó que estaba perdido pero una chica con un gorro rojo le cogió y se lo devolvió a ella. Ambas hablaron todo el día sentadas en la azotea.

— ¡Sus ojos brillaban! — repetía una y otra vez moviendo sus bracitos — Me puso un lazo azul

Decidimos que Tedy siempre iría con ella y por las noches me contaría lo que veía. A mí no me gusta la luz, por eso siempre estoy agazapado en la oscuridad, así que el plan era perfecto. Poco a poco me fui enterando de más y más cosas, por ejemplo en San Valentín Dalia, la chica del gorro, le regaló una polaroid que había encontrado en el desván de su casa y en su cumpleaños su familia le regaló un álbum que no tardó en llenar de fotos de sus amigos y sobre todo de aquella amiga suya. Para evitar sospechas escondió el álbum debajo de su cama; de esa forma yo, el monstruo de debajo de la cama, me convertí en el guardián de su tesoro y siempre que alguien que no fuera ella intentaba cogerlo le arañaba y le echaba las culpas al gato. Los buenos momentos se multiplicaban sin parar.

Hace dos meses trajo a Dalia a su habitación por primera vez y estuvieron pintando y riendo todo el día. Hace uno se dieron el primer beso y durmieron juntas. Estoy tan orgulloso de ella… y de todos los niños en general. Están logrando salvarse entre ellos. Es maravilloso. Verlos crecer sin duda es mi parte favorita de la vida, aunque ellos me tengan miedo.

Hoy la señora las has visto cogidas de la mano y la ha castigado encerrándola en su cuarto. No le ha gustado nada verlas tan unidas y para evitar que escape, ha cerrado la ventana con llave. La estoy escuchando llorar desconsolada abrazando el álbum y su polaroid, sus dos tesorors. Tedy ha dicho que la tormenta llegaría al amanecer, cuando el señor haya llegado de su viaje y la señora se levante, cuando le pidan explicaciones y ella no pueda ocultarlo más.

No quiero ver cómo pierde otra vez su brillo, no quiero que sus días se vuelvan monótonos y tristes, sin sueños, otra vez. Quiero que vuelva a sonreír, que pinte y se pinte el pelo, las uñas, lo que quiera. Quiero que ría y duerma acurrucada o que escuche música hasta cansarse de las canciones. Quiero que sea feliz pero la señora y la mayoría de adultos no la dejarán. Sé que matarán sus sueños y ese amor que palpita en su corazón, todo porque no es un chico quien ama.

Tedy y yo intercambiamos miradas. Es medianoche. Respiro hondo y cierro los ojos para tranquilizarme. Lo único que sé seguro es que no quiero que la tempestad apague su corazón, no quiero que vuelva a esa vida gris y triste ahora que está tan cerca de encontrar su color. No quiero que su mirada se debilite otra vez.

Tras contar hasta cinco, comienzo a salir bajo la cama lentamente. Primero apoyo mis garras y luego voy saliendo poco a poco para no alterarla al verme de repente. Veo como ella se asusta, cómo se encoge aferrada a sus dos tesoros, cómo me mira con miedo y a la vez sorpresa. Noto cómo su niña interior le dice que el monstruo era cierto, que estaba ahí, que no mentía y no puedo evitar sonreír con cierta ternura. En silencio, espero a que el osito de peluche se ponga de pie y se coloque delante de mí. Durante unos minutos todos nos miramos y Tedy se coloca el lazo con cuidado antes de mirarla.

— Vamos a llevarte con Dalia.

Les Pride

—¿Te imaginas que un día donde tu y yo podamos cogernos la mano por la calle mientras la gente que camina por ella le importa una mierda que dos personas del mismo sexo se amen como lo pueden hacer ellos?—medio escupo las palabras con rabia, apretando los puños a la vez. No he sentido jamás en mi vida mayor impotencia que la de ahora—Poder besarte cuando me de la gana en el sitio que me de la gana y como me de la real gana—Hago mucha énfasis en lo importante, sin reparo a repetirme-Simplemente cuando me apetezca, poder hacerlo y que no le moleste a nadie—Intento retener las lágrimas que tantas ganas tienen de caer por mi cara. Me duele tener que ver cómo su cara angelical ha quedado reventada por unos recientes golpes en el labio y ceja. Ojalá solo me hubieran pegado a mi.

Me siento horrible al reconocer que la culpa ha sido mía. Por un descuido muy tonto e inocente por mi parte, ella ha acabado así. Todo porque un par de homófobos les ha dado por cotillear en nuestra conversación mientras estábamos caminando relajadamente por la calle. No nos estábamos agarrando la mano, ni si quiera nos llegamos a tocar bajo sus miradas. NADA. Solo ha sido porque se me ha escapado un maldito “me encantas” cuando ella ha sonreído de la forma más dulce que conoce. Podría haber sido por cualquier cosa mi comentario, no da tampoco a pie a que tenemos algo más que una amistad ella y yo. Pero, como siempre hacen, malinterpretan todo y, esta vez, si que han acertado. Como están deseosos de hacer cualquier caza de brujas, están a la espera con los ojos y oídos bien abiertos. No te puedes fiar de nadie.

Ya no solo tengo que cuidar mi forma de andar, cómo miro a las chicas que provocan algo en mi, cómo les hablo y qué es lo que hago con ellas cuando no estoy asegurada de que es una zona sin peligro, sino que ahora ya estoy coaccionada a vigilar cada una de las palabras que salgan de mi boca en casi cualquier lugar. Por si acaso a alguien no le da por espiar y malinterpretar todo lo que digo. Pronto ya no podremos ninguna mujer salir con nuestras amigas solas sin que nos acompañe un guardia que nos vigile, por si acaso estamos pensando en algo más.

—Seguimos viviendo en una mierda de mundo-una lágrima consigue asomarse y la voz me baila en la segunda palabra-La lucha de nuestros antepasados, hace 70 años, no ha servido de nada. Me pregunto que pensarán de lo que está ocurriendo en la actualidad—A la mente se me viene una breve imagen de una enorme cabalgata reivindicando el antiguo orgullo LGTB, prohibido ahora bajo pena de cárcel o, incluso, muerte—Quien iba a pensar que tanto odio basado en el miedo de lo nuevo iba a desembocar en este estado de terror para los que no son “normales”— Mi voz se a apagado hasta llegas a ser un susurro porque las imágenes del primer atentado en contra de la libertad y la variedad sexual y de géneros fue, ni más ni menos, en una de aquellas fiestas del orgullo. Nosotros jamás hemos sido los agresivos y violentos, pero al parecer nos tenían que combatir con la fuerza.

Han muerto miles de personas desde aquel ataque hasta hoy en día. Miles de personas que solo eran culpables de amar o de no identificarse con el género que se les asignaba a nacer. Personas que solo querían sentirse aceptadas sin ánimo de violencia ni maldad. Querían que se les tratara de personas, no de monstruos. Como nosotras, porque no hacemos daño a nadie y las excusas

de que si la homosexualidad hubiera avanzado más en la sociedad hubiéramos sufrido un enorme descenso de la población, porque no tendríamos hijos, no me sirve de una mierda.

Estoy harta de tener que callarme, de sufrir constantes burlas e indirectas hacia mi condición sexual y la de mi novia aunque los demás no sepan que es lo que realmente siento. Ellos son los que están haciendo daño, ellos son los que nos están matando por cosas ilógicas, son los que crean este estado de terror basado en el suyo propio. ¿Era tan difícil aprender a escuchar a los demás y a comprender de que no todo el mundo somos iguales ni los mismos gustos?

Pero a pesar de esto, nunca podré perdonarme haber provocado este incidente, debería haberme llevado yo las hostias al menos, me las merezco. Así aprendo la lección de que aún queda mucho tiempo para que la gente no “normal” no tenga que cuidar cada gesto, cada mirada, cada palabra… Y cada vez nos estamos alejando más de esa utopía.

—Deja de darle vueltas, Cénit. No es nada, solo un par de golpes-eleva su mano y la lleva hacia mi mejilla para acariciármela. Sé que no está bien, solo quiere que me calme. Mi cara debe ser un poema ahora mismo— Si te digo la verdad, me duele más lo que ahora mismo estás sintiendo tú. Odio verte así, esa mirada de profunda tristeza que me llevas a veces…— Yo sonrío con pocas ganas. Ella siempre me ha dicho que cuando siento pena se me nota mucho porque, aunque no sabe realmente cómo, se la consigo contagiar a cualquiera que se encuentre cerca de mío.

—Lo siento—digo con un hilo de voz porque no quiero hacerla sentirse peor. Parece que todo lo que haga hoy me va a salir mal.

Intento alegrar la cara un poco, pienso que al menos seguimos juntas y ella, afortunadamente, no ha huido de mi por el hecho de que ésta no será ni la primera ni la última vez que tengamos que soportar algo así. Que prefiere estar conmigo a pesar de todo lo que nos pueda tronar encima y yo se lo agradezco mucho porque no sé qué hubiera hecho si no hubiera encontrado una persona que siente lo mismo que yo. Porque digamos que no es fácil toparte con una y que encima sea capaz de confiar de esa forma en ti, porque básicamente se juega la vida. He sido muy afortunada, no lo puedo negar. Encontrar un alma gemela en esta sociedad de locura, es un milagro.

Sin embargo, el calor tranquilizante que se estaba formando en mi pecho rápidamente se apaga cuando recuerdo que estamos escondidas detrás de un cubo de basura en una calle sin salida sucia, lúgubre y pestosa. Que estamos sin aliento por la reciente huida a trompicones de nuestros agresores y, en mi pelo, tengo un enorme gargajo, “cortesía de la casa” según uno de ellos. No sé cómo vamos a salir de aquí sin llamar la atención de más indeseables hasta llegar a nuestras casas. Porque nuestras pintas van a llamar demasiado la atención.

—Cenit, ¿por qué te disculpas? No has hecho nada malo, cariño…—vuelve a rozarme con la palma de su mano la mejilla y luego hace el ademán de querer besármela, pero recuerda que esto le puede provocar mucho dolor, así que lleva la otra mano por mi oreja contraria y parte de la mejilla—Jamás me arrepentiré de lo que hemos construido juntas. Seguiré luchando, mientras pueda, por un futuro conmigo.

Joder, si ahora mismo no estuviera sintiendo su apoyo y amor, estaría tumbada en el suelo llorando sin control. “Maldita sea, es que me haces tan feliz… CÓMO COÑO PUEDE SER ESTO UN PECADO” pienso con rabia puesto que ahora mismo las palabras entre nosotras sobran. Nuestras miradas lo dicen todo. Me acerco lentamente, y con cuidado, hacia sus labios y le doy un beso suave para intentar hacerle el menor daño posible. No he podido retenerme la verdad. Ahora si que mis lágrimas salen a borbotones.

—Maldita sea Cénit, no llores. Que— se le quiebra la voz- me vas a hacer llorar a mi…—oigo como un pequeño gimoteo sale de su pecho.

Realmente ya no lloro solo por la impotencia, la rabia y la tristeza, si no que se me ha juntado con ese soplo de felicidad que es para mi Helena. Ni si quiera llevamos un año juntas y creo que ha sido la primera persona con la que he conectado de forma tan profunda y verdadera. Sabe cómo manejarme, cómo mejorar las peores situaciones. Yo tengo que luchar por esto.

—¿Te acuerdas lo que te propuse hace mes y medio?—me sorbo los mocos y le pregunto a la vez que clavo mi mirada decidida sobre la suya. Sé que no se la tomó a bien porque era algo muy arriesgado y a ella le gusta la vida lo más tranquila posible, pero creo que ahora es el momento de pensárselo muy seriamente.

—Cénit, eso sería perder todo lo que tenemos ahora para tomar parte en una lucha que está muy perdida. Piden sus cabezas e incluso ofrecen recompensas por ellas para que la gente no tenga reparo en venderles por el bien común—su respiración se intensifica y comienza a mirar hacia arriba. Como no sepa manejar esta situación bien, le va a dar un ataque de ansiedad-Tendríamos que decirles adiós a todos nuestros seres queridos, moriríamos para la sociedad.

—Tienes toda la razón en lo que has dicho-ahora soy yo quien le acaricia la mejilla con dulzura— Pero yo al menos quiero luchar por tener un futuro contigo sin que tengamos miedo a que nos descubran y nos maten-Le agarro la mano y me seco con la manga de la sudadera los ojos— Quiero formar una familia contigo, vivir en la misma casa que tú y la única manera es luchando. Lo haré por nosotras dos. Sé que tu no estás hecha para estas cosas o al menos no estás segura si merece la pena, pero yo sí lo tengo claro. No podemos seguir quedándonos en las sombras, tenemos que luchar por nosotros, por nuestros antepasados y por las futuras personas que serán perseguidas por lo mismo. Quiero vivir en un mundo tolerante.

—Mierda Cénit, no sé qué decir-Puedo ver como una sonrisa tímida asoma su devastada cara-Me has dejado sin palabras—se muerde el labio y hace una mueca de dolor porque se ha olvidado de la herida que tiene— No puedo decirte que no a un discurso tan puro e infundado en un amor hacia mi persona y, aunque no me hace mucha gracia unirme a les pride, creo que jamás podría dejarte sola. Más cuando hay posibilidades de perderte—ella se seca las lágrimas, las mías y me agarra la otra mano—No estás sola pequeña.

—No estamos solas, lucharemos por la libertad. No queremos seguir muriendo. —Yo te creo.

—Ahora salgamos de aquí cuando antes y volvamos a nuestras casas. Queda mucho por hacer—le doy otro suave beso.

Me quito mi bufanda y se la pongo a ella intentando tapar lo máximo posible su cara. Ella coge uno de los extremos y lo restriega por donde tengo el escupitajo. En pocos segundos más, ya hemos salido de allí a paso ligero y llenas de poder.

Me gusta oírte hablar en Kailiri

Echaba de menos esos tiempos en los que los días se sucedían uno tras otro en una amalgama de colores y sensaciones, de temperaturas y cielos cambiantes. Echaba de menos el aroma del mar colándose en su piel y la sal del agua infiltrándose en todos sus poros, acompañándola durante días cuando debía alejarse de sus amadas mareas y los habitantes misteriosos que en ellas se escondían. Cerró los ojos y respiró profundamente, llenando sus pulmones de un vapor tan abrasador que provocó un ataque de tos desenfrenada y la obligó a parar en seco y aferrarse al muro de piedra caliente para evitar caer. Sus manos callosas no se resintieron lo más mínimo. Se dio cuenta de que no podía continuar su descenso como había hecho hasta el momento así que, en cuanto se recompuso, cubrió su boca con el pañuelo que llevaba anudado alrededor del cuerpo y recogió su largo cabello rizado en un moño rápido sobre su cabeza dejando libres las plumas decorativas a las que no había renunciado.

Se incorporó totalmente y observó el entorno: parecía hallarse en una caverna solitaria pero sabía perfectamente que las apariencias eran engañosas. Tras el espejismo de calma y seguridad se encontraba el peligro tangible de las entrañas de la tierra, como el calor que la rodeaba bien indicaba. No podía verlo con sus ojos mortales pero estaba absolutamente convencida de que no eran simples supersticiones, que en las cavernas se ocultaban los monstruos que acechaban en la noche.

El musgo luminoso de las paredes que la había acompañado hasta entonces comenzaba a morir y deshacerse, dando paso a la oscuridad más absoluta. El camino se estrechaba ante ella y tuvo que contener una maldición. Volvió sobre sus pasos, desgarró parte de su camisola y, usando la tela como cesta, la llenó del musgo vivo de las paredes. No tardó en retomar su camino hacia las profundidades.

Un gruñido de su estómago incrementó su mal humor, presente desde hacía días. Tenía hambre pero estaba totalmente prohibido comer durante el descenso si quería volver con vida a su hogar. La oscuridad la engulló y la leve iluminación del musgo servía únicamente para evitar las paredes que, a estas alturas, desprendían tanto calor como para quemar sus manos si las tocase. Sin embargo apenas lo notaba en los pies gracias a las zapatillas de yute.

Un gruñido un poco más alto la sobresaltó.
—Eso no ha sido mi estómago.—murmuró, inquieta.

Trató de caminar más rápido, olvidando sus propios consejos de seguridad. La oscuridad era cada vez más profunda y el calor más intenso. De pronto, perdió el equilibrio, la tela llena de musgo salió despedida y apenas tuvo tiempo para aferrarse a la pared más cercana para no caerse al vacío. Un grito desgarró su garganta al quemar su mano y se separó inmediatamente de la roca. Un nudo en su garganta amenazaba con desatar el llanto. Estaba aterrorizada y, por mucho que intentó controlarse, comenzó a hiperventilar, llenando de nuevo sus pulmones de más calor que el que podían regular.

Estaba al borde de un precipicio pero no sabía cuánto espacio abarcaba éste ni dónde comenzaba para esquivarlo. No sabía si podía esquivarlo siquiera, si había otra forma de continuar descendiendo. La desesperación se acumulaba en su pecho, los gruñidos estaban cada vez más cerca, a su espalda. Si se quedaba quieta no sobreviviría, ese algo la atraparía y no quedaría absolutamente nada para recordar su sacrificio.

—Tienes que seguir bajando, Nur.—se dijo a sí misma, lágrimas cayendo por sus mejillas y evaporándose al instante. Se sentó en el suelo e intentó ignorar el dolor al notar la ardiente piedra a través de la tela de sus pantalones anchos. Tocó el suelo con las manos quemadas hasta encontrar el borde y se arrastró para palpar el máximo espacio posible, calibrando sus posibilidades.

No pudo pensar demasiado pues el gruñido se convirtió en pisadas ardientes, resonando por las cavernas y, todo seguido, sintió cómo su espalda se partía en dos, desgarrada. El monstruo debía ser temible, gigantesco y, aunque no pudiera verlo, horripilante. Delirante de dolor, se giró, desesperada, arañando el aire vacío, pretendiendo que la muerte no la alcanzara pasiva.

Entonces cayó al vacío.

El aroma del mar inundaba sus fosas nasales y la fresca brisa del amanecer hacía ondear su cabello. La embarcación se balanceaba y la mecía en su sueño apacible. Flotaba sobre las olas y se sentía en paz con el universo. El sonido de unas gaviotas amenazaba con volver a dormirla, la música familiar de los graznidos y aleteos, el burbujear de los peces a su alrededor. Abrió los ojos de repente cuando escuchó la erupción del volcán.

Se incorporó, desorientada, únicamente para ver que no estaba en el mar, sino en la maldita caverna. Inmediatamente después el dolor de la herida gigante de su espalda la hizo caer sobre la superficie curiosamente blanda en la que se encontraba, gimiendo, abrumada. Se permitió descansar unos minutos u horas más, perdiendo la cuenta del tiempo.

Abrió los ojos lentamente. Aún se encontraba en la caverna pero la oscuridad había dejado paso a una iluminación suave y cálida que provenía de algún lugar más allá de donde alcanzaba su vista. El color rojo de las paredes y el techo delataban su situación: Había llegado a su destino. Gruñó y cerró los ojos, exhausta.

—Maldito seas, Klabat.—murmuró, notando la garganta desgarrada de gritar.
—Me gusta oírte hablar en Kailiri. Tienes una voz preciosa.—contestó una voz difusa. — Kaili .—corrigió.
—¿Disculpa?—Al notar a su interlocutor ofendido se le escapó una sonrisa malhumorada. —Mi lengua. —añadió, tosiendo para aclarar su voz.—Se llama Kaili , no Kailiri. —Nadie me había corregido antes.—murmuró.

Varias plumas de colores revolotearon a su alrededor, aún enredadas en sus rizos, cuando levantó la cabeza y se incorporó. Pudo observar mejor su entorno: Una caverna amplia con mobiliario hecho de piedra. Supuso que sería incluso acogedora si no fuera por el imperante bochorno que acosaba a su cuerpo, proveniente de un pozo de magma situado fuera de su vista. Frente a ella se encontraba su anfitrión. Era gigante, un hombre bestia con patas de león y dos cuernos rizados saliendo de sus sienes. Llevaba una larga melena negra recogida en una coleta baja y la piel oscura brillaba bajo la luz del magma.

—Pues llevas siglos haciendo el ridículo. —¿Me lo estás diciendo en serio?

—Sí. Ahora ¿me haces el favor de calmar al volcán y perdonarle la vida a mi pueblo cincuenta años más o preferiblemente para siempre?—replicó ella.

—… Kaili.

Vecinos

Se despertó, como todas las mañanas, cuando a las siete su despertador comenzó a sonar con su insistente pitido. Bostezó, se levantó. Se puso su pijama y salió de la pequeña habitación para dirigirse al salón- cocina.

Vivía en un pequeño apartamento de una residencia estudiantil, pagado por sus padres, mientras durasen sus estudios universitarios. Ese era su primer año en la carrera de Historia y esperaba terminarla con todas las asignaturas aprobadas, aunque, con los primeros exámenes recién terminados, había suspendido dos y sus ánimos se habían visto mermados.

Terminó de desayunar, dejó la taza y el platito en el fregadero, regresó al cuarto para coger la ropa que llevaría ese día, y se metió al baño para ducharse. Nada más hacerlo, el espejo que colgaba en la pared, justo enfrente de la puerta, le devolvió su reflejo: Era un chico de dieciocho años, de pelo corto, liso y oscuro, y ojos de un hermoso color avellana; un metro ochenta de estatura y, aunque estuviera en su peso ideal, con la musculatura poco desarrollada. Enseguida apartó la mirada cabizbajo (nunca se había gustado físicamente), dejó la ropa sobre la tapa del bidé, abrió la ducha y, dejando calentarse el agua, se desvistió.

Dos minutos después se metía bajo el tibio chorro y, a la vez que se ponía el champú en las manos y se jabonaba el pelo, hizo lo que más le gustaba: cantar. En esta ocasión, escogió “Triunfará el amor” de “El Rey León II: El Tesoro de Simba”; le gustaba mucho Disney y siempre aprovechaba el tiempo que estaba en la ducha para poder cantar sus canciones, con una voz muy dulce y aguda, lo que durante años le había granjeado las burlas de sus compañeros. Al terminar la estrofa, la que en la película cantaba Kiara, se quitó del agua para jabonarse por segunda vez y fue cuando oyó otra voz. Desde el otro lado de la pared le llegó la voz grave de su vecino, cuyo baño quedaba pegado al de él, continuando con la estrofa que cantaba Kobu, algo que siempre hacía cada vez que daba la casualidad que se duchaban a la misma hora; le encantaba el sonido de esa voz tan cerca de su oído. Por ello, sonriendo como un tonto, se enjabonó el pelo y empezó a cantar la misma estrofa ya que le daba mucha vergüenza que el otro se enterara de que lo oía. Le gustaría conocerle, es más, lo deseaba, pero no se atrevía a llamar a su puerta y presentarse.

Una vez duchado, salió y se vistió con una camisa blanca, una sudadera blanca y amarilla con la imagen de la calavera pirata de Trafalgar Law, un personaje del anime One Piece, unos pantalones azulados y unas playeras azules y naranjas. Regresó a su cuarto, donde hizo la cartera para el día, y se dispuso a salir, sin embargo su mano se quedó posada en la manecilla de la puerta sin atreverse a abrirla. Podía escuchar cómo su vecino salía de su apartamento y tenía miedo de cruzarse con él.

Hacía un par de años se había hecho una promesa: no volver a sentir nada. Los años que había pasado en el instituto habían sido un infierno: menospreciado, marginado, insultado, objetivo de todas las risas, humillado, perseguido, golpeado… Un día infernal detrás del otro, sin darle tregua. Seis horas al día, cinco a la semana, cuatro semanas al mes, nueve meses al año, lo que hacían, más o menos, cincuenta y cuatro meses, 216 semanas, 1080 días y 6480 horas de pura tortura, agonía, dolor y soledad, que lo habían terminado dañando seriamente física, psicológica y emocionalmente. Lo peor se había producido cuando, a tres meses de terminar cuarto de la ESO, el chico que peor lo había tratado y su pandilla de perritos falderos habían terminado con su virginidad en las duchas de los vestuarios de la manera más brutal posible. Cuando al llegar a casa se pasó toda la tarde llorando abrazado a su gata, Perla, la única amiga de verdad que había tenido, y tenía, se había prometido a sí mismo endurecerse e intentar dejar de sentir para no volver a sufrir.

Inspirando profundamente, cuando escuchó a su vecino cruzar el pasillo y llamar al ascensor, abrió la puerta y se fue a asistir a las clases universitarias de ese cinco de noviembre. Las horas pasaron con normalidad, sentado en la parte de atrás del aula, en la esquina derecha, sin hablar con nadie y manteniéndose lo más oculto posible, hasta que sonó la sirena del final de la última hora y salió de la clase a toda velocidad… Cruzándose de frente con su vecino, contra el que se chocó.

Una vez, desde la esquina que había entre el ascensor y el pasillo en el que estaba su apartamento, le había visto cuando entraba y su corazón había palpitado como nunca antes lo había hecho haciendo añicos su promesa: Pelo castaño algo largo, ojos color ámbar, unos centímetros más alto, musculoso y vestido con camisa, chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y botas, todo ello de color negro, la misma ropa que llevaba en esos momentos.

Cuando se quedaron mirándose, sintió como sus orejas aumentaban de temperatura y se ponían rojas.

-Lo… Lo… Lo siento- se disculpó azorado antes de salir disparado por el pasillo y, al llegar al final, se giró y descubrió avergonzado que el otro no le había quitado la vista de encima.

Más deprisa de lo que tenía por costumbre, logró llegar al apartamento en un tiempo record para encontrarse con una sorpresa. Pegada a la puerta había una carta que, entre extrañado y curioso, procedió a leer: “¡Hola! Ya sé que solo somos vecinos y nunca te he visto, pero nuestros baños están pared con pared y a veces coincidimos en la ducha, así que hacemos duetos– al leer esto su corazón golpeó con fuerza dentro de su pecho antes de detenerse y sintió que se quedaba sin aire-. Por ello sé que tienes la voz más hermosa que he escuchado en mi vida y me gustaría conocerte en persona. Te espero a las tres en el bar de abajo. Si vienes me sentiré muy alagado, si no, lo entenderé.”

Miró su reloj de pulsera y vio que le quedaba media hora, tiempo suficiente para dejar las cosas, arreglarse un poco y bajar, pero, ¿quería hacerlo? Bueno. Claro que quería. Sin embargo tenía miedo. No sería la primera vez que le gastaban una broma semejante para reírse de él y el temor a que pasara de nuevo era demasiado fuerte. ¡No! No podía seguir viviendo con miedo. Bajaría y que pasase lo que tuviera que pasar.

Cuando bajó, se le encontró esperándolo en la puerta. Se acercó, y el otro no tardó en verlo y recorrerle con la mirada de abajo arriba. Al encontrarse sus ojos, su vecino dijo:

-¡Hey! Eres el de antes, ¿verdad?

-Sí- respondió enrojeciendo y bajando la mirada-. Siento si te hice daño.

-No lo hiciste. No pasa nada-. Luego vino un pequeño silencio que de nuevo rompió el otro-. Me llamo Perseo. Mis abuelos son de origen griego- explicó luego.

-Yo me llamo Paris. A mi madre le gustaba mucho la mitología griega- respondió.

-Bonito nombre- dijo Perseo con una impresionante sonrisa, que lo hizo enrojecer más, antes de abrir la puerta del bar-. Tú primero.

Cada vez más rojo, entró delante de él y se sentó en una de las mesas más alejadas, donde enseguida escogieron la comida de la carta. Mientras lo hacían, Perseo intentó entablar conversación (así se enteró de que su vecino tenía ya 19 años y estaba en el primer año de Magisterio, razón por la que no se habían visto antes), pero Paris tenía tanto miedo de decir algo que le hiciera reírse o de un comentario sobre sus gestos, pensamientos o aspecto, que solo se limitaba a responderle escuetamente y eso le estaba haciendo tener ganas de llorar porque sentía que estaba perdiendo la oportunidad de dar un cambio a su vida. Aguantó, y la comida finalizó, por lo que regresaron a sus apartamentos.

-Bueno- dijo Perseo delante de la puerta del suyo-. Ha sido un pacer conocerte.

Él lo miró a los ojos. Era su última oportunidad de arreglar su silencio durante la comida y, aunando valor, dijo:

-Siento haber estado tan silencioso. Soy muy tímido y me gustas.

Nada más terminar de decir eso, miró al suelo completamente avergonzado y esperando las risas de Perseo, pero lo que pasó fue que este colocó su mano bajo su barbilla y le levantó con delicadeza la cabeza para poder mirarlo a los ojos.

-No eres tímido, Paris.

-¿Cómo lo sabes?- preguntó intentando desviar la mirada, pero esos ojos lo mantenían hipnotizado.

-Porque veo en tus ojos el mismo dolor cruel que veo en los míos cada vez que me miro en un espejo.

Se quedaron mirándose y, antes de poder analizar lo que ocurría, Perseo movió un poco la cabeza y posó los labios sobre los suyos dándole un pequeño y cálido beso, que paralizó su pecho durante el segundo que duró. Cuando se apartó y se quedó esperando su respuesta, dijo tristemente:

-No creo que hayas pasado por lo mismo que yo y deberías buscarte a alguien que no tenga una barrera tan grande a su alrededor- añadió con dos lágrimas saliendo de sus ojos-. Hace algún tiempo que renuncié a ser feliz.

-Nadie debería renunciar a eso, Paris- contestó Perseo quitándole una de las lágrimas con un dedo-. Además. Tengo muchísima paciencia y, si tengo que pasarme una eternidad picando para echar abajo esa barrera y pasar al otro lado, lo haré encantado, porque tengo la sensación de que todo ese esfuerzo valdrá la pena.

Al oír eso, ya no pudo aguantar las lágrimas y Perseo lo abrazó con fuerza, rodeando su cintura. En cuanto paró de llorar y lo miró a los ojos avergonzado, el castaño lo besó y Paris, por primera vez en muchísimos años, sintió algo que hacía tiempo que había olvidado: Lo que era sentirse protegido.

Para Oliver

Esteban estaba sentado en su escritorio escribiendo una carta. Las primeras frases decían:

“Sé que no se me da bien las emociones y tiendo a confundirlas, pero desde que te conozco he tenido la misma sensación siempre que te veo. Un torbellino apoderándose de mi alma. Mi corazón girando en una espiral que no parece tener fin. Ahora estas a medio mundo de mí, pero soy incapaz de seguir con mi vida sin ponerle un punto y final a lo que empezamos hace quince años. Siento que te debo tantas cosas. Te debo una disculpa, te debo mi corazón, te debo mi vida y también te debo una explicación. Mereces saber que siento de verdad, pero soy incapaz de decírtelo directamente. Por ello te pido que leas hasta la última palabra y el último punto de esta carta, pues en ella he puesto el reflejo que percibí de aquellos años en los que nos conocimos.”

Le había costado mucho escoger esas palabras, pero tras varias horas sentado en su mesa aquel veinte de julio por fin había conseguido arrancar. Ahora solo tenía que llevar al lector de aquella carta a través de una historia ya conocida. Al recordar Esteban no pudo contener las lágrimas y algunas cayeron cerca del papel. Se apresuró a secarlas y comenzó su relato por el principio, su infancia. Hace quince años.

Esteban era un niño de seis años por aquel entonces. De pelo oscuro y ojos marrones, ambos heredados de su padre, al igual que su esbelta figura. Sin embargo el carácter recio y distante lo heredó de su madre. Esteban fue un niño con problemas para hacer amigos ya que tendía a rechazar a aquellos que sobrepasaban los límites que el creía inviolables, como por ejemplo el contacto físico. No soportaba que la gente le tocase lo más mínimo sin apenas conocerse. Esteban era hijo único de una familia adinerada y conservadora, lo que le traía muchos disgustos y problemas. Por norma general, Esteban había empezado a obedecer de forma ciega las estrictas normas y ordenes de su padre, pero las misas en la nueva iglesia no eran de su agrado, ya que el padre Michel tendía a tomarse mucha confianza con él como para tirarle de la mejilla durante bastante rato.

Un día decidió escabullirse de la misa semanal y de la bronca de su padre por no llevar bien puesta la ropa de los domingos y el destino le puso un ángel en su camino. Nada más salir del recinto chocó con un niño que contemplaba la fuente en medio de la plaza. Sus ropas no eran elegantes, ni siquiera eran nuevas. Probablemente fuesen de un hermano mayor. Pero lo que inmovilizó a Esteban no fueron los ropajes del infante si no la mirada despreocupada con la que le observaba. Aquel niño rubio de ojos verdosos se giró en cuanto notó a Esteban chocarse con él. Hubo un breve silencio y un grito cruzó la plaza desde dentro de la iglesia. Esteban se volvió con cara de preocupación y notó como alguien le agarraba la mano y tiraba de ella. Sin darse cuenta estaba corriendo de la mano de un niño desconocido. Entonces se paró en seco y aquel niño le soltó sin que él le dijese nada. Volvió a mirarle y le sonrió. Esteban seguía un poco confundido y enfadado por la reacción de aquel niño pero se le pasó en seguida.

-Si nos quedamos aquí tardará un rato en encontrarte.- le dijo.

-En realidad debería volver. Si tardo podría enfadarse más.

-Como quieras. Pero ese no es un buen lugar para estar un domingo por la mañana. Sobre todo si no sientes que deberías estar allí.- Dijo dispuesto a marcharse -Por cierto, me llamo Oliver- Dijo sonriente.

-Yo soy Esteban- contestó con la mirada en el suelo. -Soy nuevo en la cuidad y no sé hacer amigos.

-Bueno, pues ya tienes uno. Conserva lo bien.- Fue la primera vez que Esteban sonrió en mucho tiempo.

Aunque se alegraba de haber conocido a Oliver, su padre le regañó de lo lindo. Sabía que se lo merecía en parte por saltarse las normas, pero luego pensó en aquello que le dijo su nuevo amigo y se empezó a cuestionar muchas cosas. Esas cuestiones fueron madurando junto a Esteban a medida que pasaban los años. En el colegio volvió a ver a Oliver y hablaron de muchas cosas. Sus preferencias, sus familias, sus manías… Eran muy distintos. Oliver venía de una familia de pobres inmigrantes de procedencia inglesa. Sin embargo gracias a que su padre era de el mismo país que Esteban el idioma no era un problema. Cuando su amistad fue avanzando, Oliver le empezó a enseñar a Esteban algo de inglés. Esto le venía bien para el colegio y sus notas. Se podían pasar horas hablando y aunque discutiesen, que lo hacían, Oliver nunca perdía la sonrisa.

Un día estaban los dos jugando en la plaza y dos niñas se acercaron a jugar con ellos. Esteban se mostró algo hostil. Se sentía cómodo con su amigo, pero la gente extraña era otro asunto. Fue la facilidad de Oliver para hacer amigos lo que hizo que él se sintiese menos tenso. Con el paso del tiempo el grupo fue creciendo y esas niñas fueron las primeras en entrar. Cintia y Jannet. Hermanas mellizas. Muy parecidas, tanto en carácter como en apariencia. Pero Jannet tendía a ser más amigable que su hermana y más rubia. A pesar de las diferencias entre ellos llegaron a hacer muy buenas migas. Jugando al escondite una tarde de invierno, Oliver y Esteban coincidieron en el mismo escondrijo. Ambos hicieron un gesto de silencio y una risilla. Se levantó viento y para colmo le tocaba a Cintia buscarlos. Esteban podía escuchar como los dientes de su amigo chocaban repetidamente a causa del frío, así que para evitar que enfermara o cogiese un resfriado lo abrazó, poniéndole también su abrigo por encima.

-Mucho mejor así, ¿no?

-Si, mucho mejor. Ojalá pudiese comprarme un abrigo como ese.

-La verdad es que es muy bonito.

Tras ver que Cintia pasaba por delante de ellos sin verles salieron del escondite corriendo. Cintia dejó de jugar alegando que siempre perdía por que los demás hacían trampas.

Los años pasaron de nuevo y Jannet buscó empezar un romance con Esteban. Oliver dejó muy claro que no le interesaban ninguna de las dos así que Esteban aceptó. Pero a pesar de de parecer conforme con todo aquello Esteban notó que algo no iba bien. Al principio Oliver se distanciaba de Jannet, luego de él cuando estaba junto a ella y no entendía muy bien el por qué. Hasta que un día empezó a alejarse de él. Oliver mantenía siempre su sonrisa cuando decía que estaba bien pero era una sonrisa distinta. Esta parecía esconder algo. Esteban no aguantó más y acabaron discutiendo. Él pensaba que sería como una de sus muchas discusiones. En cuanto terminase todo volvería a estar bien, pero no fue así. Esteban perdió los nervios e insulto a su amigo por ser pobre, se metió con sus ropas prestadas y ante eso Oliver sonrió, no dijo nada más y con los ojos cristalizados se fue. Buscó refugio en Jannet. Ella le dijo lo mismo que su madre le diría luego. Eran adolescentes, con las emociones a flor de piel, era normal que las peleas fuesen más duras y las personas más sensibles. Pero esas palabras no reconfortaron a Esteban. Ambos estaban sentados en un banco bajo la lluvia que disimulaban muy bien las lágrimas del muchacho. Aunque la lluvia cesó el frío vino a arremeter con fuerza. El joven ignoraba que su novia se congelaba hasta que escuchó como temblaba y le cedió su abrigo. Luego se levantó dio dos pasos, se despidió y se marchó a su casa.

Los meses pasaron y Esteban seguía sin tener noticias de su mejor amigo. El romance con Jannet terminó junto con la primavera y el verano se le antojaba como otro otoño frío y desierto. Tirado en la cama mirando al techo Esteban pensaba en las palabras que dijo aquella noche. Luego recordó todo lo que Oliver hizo por él. La vez que le animó a perseguir a Jannet, solo por que se enteró de que él le gustaba y ella a él. Cuando jugando en la plaza, corriendo sin mirar Oliver se tiró encima suyo para evitar que pasase por la carretera, justo cuando pasaba un camión. En aquel momento esa acción pasó inadvertida pero echando la mirada atrás se dio cuenta que le debía mucho. Como cuando le ayudó a enfrentarse a su padre el invierno pasado, para conseguir estudiar literatura como él quería y no medicina como su padre. Estar con él le hacía sentir valor, seguridad, alegría, felicidad, al mismo tiempo que también le hizo sentir dolor, tristeza, enfado e ira. ¿Cómo una persona podía evocarle tantas emociones distintas? Cuando estuvo con Jannet, todo era más sencillo. ¿Por qué? Si era más sencillo, ¿por qué no era más feliz? Las preguntas no tenían respuesta. Su madre lo llamó para cenar y mientras comían se enteró que la familia de Oliver regresaba a Inglaterra. Un pozo parecía haberse abierto en su pecho, un pozo lleno de pena que dio paso a la agonía.

Salió de casa corriendo como el viento y se presentó delante de la puerta del que fue su mejor amigo. Llamó con ansiedad y tardaron en abrirle. Pero cuando la puerta se abrió su corazón se encogió por un instante. Por fin, después de siete meses, lo tenía delante, con sus ojos verdes brillantes mirándole fijamente. Su sonrisa no estaba. En su lugar había una expresión seria.

-Esteban, ¿qué haces aquí?- dijo un poco confundido.

-I heard that you’re leaving.

-That’s right. I’m going to my homeland.

-Will you be back?

-I don’t know. Why are you here, Esteban?

-I can’t stand that you’re not going back.- Sentía como si la pena le subiese por la garganta.

-You’ll be fine without me.- Dijo con su sonrisa. De nuevo parecía esconder algo.

-No. I’m not fine. We’re not fine. I see in this smile that you are suffering and if you suffer I suffer too.- Oliver empezó a notar que a Esteban se le hacia difícil el hablar y quiso volver la conversación al español, pero no pudo. -I have to tell something, but it’s so hard. -Prosiguió Esteban y comenzó a llorar.

-But, you didn’t get this far to giving up, did you? I know it’s not easy for you come here and talk about your feelings. We are friends for a long time ago and you never said what you think about me or even about Jannet. But you have to think that you came here for a reason. Without thinking.

-I have to think to talk… -Fue interrumpido por Oliver.

-Pues habla en español, te entenderé igual. Da igual como lo digas si es sincero. Ya te lo dije una vez.

-Pero nunca supe interpretar tu señales. Tu sonrisa siempre puesta, tu mirada fija en mí, siempre animándome a ser yo mismo y a no escuchar las críticas de los demás. Nunca me dijiste nada sobre lo que sentías por que no te hacía falta, pero ahora soy yo el que necesita decirlas. Se que no puedo retenerte así que espero al menos que leas esta carta. Llevo meses intentando dártela, pero no me atrevía a venir. Quiero que la leas cada vez que me eches de menos. -Y así fue. Cada vez que Oliver extrañaba a su moreno de ojos oscuros leía aquella carta, encontrando cada vez una sensación distinta. Entre sus muchas palabras encontró arrepentimiento, amistad, agradecimiento… Notó que le transmitía todas aquellas sensaciones y se alegro de que al fin encontrase la forma de hacerlo.

La carta terminaba diciendo:

“Sé que te echaré de menos pero espero que puedas perdonar a este confuso corazón. Ahora veo con claridad lo que quiero, pero por desgracia está fuera de mi alcance. He comprendido al fin que amar no es sencillo. El amor es complicado por que no es un sentimiento simple. Es la unión de todas las emociones que uno puede abarcar. Se trata de resistir el dolor, de compartir la alegría, de mitigar el sufrimiento y regalar felicidad. Tú me has enseñado todo esto y ahora no es justo que no pueda compartirlo contigo. No me di cuenta que eras él único que consiguió llegar hasta el fondo de mi corazón solo con mirar en él y ahora lo pago caro. Espero poder verte de nuevo. I hope you are fine wherever you are. I love you Oliver, because you are the only one that makes me feel all that I can and more.”

Pasaron tres años desde que Esteban le dio su carta a Oliver. El tiempo empezó a desvanecer las imágenes de la infancia. Ahora vivía solo y cada vez costaba más recordar los años felices. Pero de repente su puerta sonó. No se dio mucha prisa pero el que llamaba parecía tenerla. Mientras aceleraba el ritmo al que bajaba las escaleras Esteban se rascaba la barba. Entonces abrió la puerta y su cara mostró una sonrisa que no tenía desde aquel día que se escapó de misa cuando era niño.

La vela

Las manos de aquella persona fueron, quizá, la sensación más cálida que había sentido jamás. Debo decir que me decepcioné un poco cuando vi que, en vez de encenderme, me envolvía en un papel de regalo. Quizá estaba demasiado impaciente, necesitaba calmarme. Pero no podía, simplemente no podía. ¿Meses y hasta años encerrada en una caja de plástico para ahora seguir esperando? No, no podía esperar más.

—Listo—susurró aquella persona, con una suave sonrisa sobre sus labios y repasando mi perfil con sus dedos—. Le va a encantar…

Antes de que pudiera darme cuenta estábamos de nuevo en la calle. No sabía a dónde me llevaba, pero iría hasta el fin del mundo si con eso conseguía quemarme. El timbre de una puerta se oyó, y alguien la abrió.

—¡Feliz cumpleaños! —ahí estaba de nuevo la voz de aquella persona que me había comprado, y después vino la otra.

—¿Javi? No… no te esperaba. Anda, pasa, pasa, estaba haciendo unas cosillas pero…—aquel hombre se vio interrumpido cuando, al girarse, se golpeó con un mueble—. ¡Joder!

—¿Dónde está tu bastón? —el chico me dejó sobre aquel mueble para ayudar a su amigo, cerrando la puerta y acompañándolo hasta un sillón—. Espera, voy a traértelo…

—¡No! —el grito del hombre detuvo los pasos de Javi—. No, no te muevas. No necesito ese bastón, ¿de acuerdo? Estoy… estoy bien. No necesito nada.

—Mario…—el chico soltó un pequeño suspiro y se sentó al lado de su amigo, sujetándole firmemente las manos—. No tiene nada de malo necesitar un poco de ayuda.

—Pero es que no necesito ayuda—se soltó de aquel agarre, frotándose la cara—. No necesito nada, ya te lo he dicho. Soy ciego, vale, ¡ay pobre de mí!—dijo en un tono burlón, haciendo una mueca desagradable—. ¿Estaba mejor antes del accidente? Sí, joder, claro que sí. Pero esto es lo que hay, y punto. Y no necesito la lástima de nadie.

Durante un momento toda la estancia se sumió en un espeso silencio. Javi parecía un poco incómodo, sin saber muy bien cómo actuar. A decir verdad, hasta a mí me puso nerviosa aquella situación. Yo solo quería que me encendieran, ¿iban a seguir discutiendo por mucho tiempo más? Javi inspiró una bocanada de aire profundamente, poniendo su espalda recta y se rascó la frente, sin saber a dónde mirar.

—Yo…—carraspeó un poco, sacudiendo la cabeza—. Joder, lo siento. Es que no me esperaba que te pusieras así… El accidente fue una putada, pero… no sé. Es tu cumpleaños, deberías intentar animarte—chasqueó la lengua contra el paladar y se levantó de aquel sofá, caminando hasta el mueble de la entrada y recogiéndome en sus cálidas manos—. Te he traído un regalo—con mi base golpeó suavemente la palma de su mano un par de veces, y luego caminó hasta Mario, entregándome—. Espero que te guste.

El ciego rasgó el papel de regalo y recorrió toda mi superficie con sus manos, con una expresión de extraño.

—Es… una vela.

El chico que me había traído esbozó una suave sonrisa y se agachó para estar a la altura de su amigo.

—Sí. He pensado que… bueno, podría darte algo de luz en los momentos de oscuridad.

—Una puta vela—casi pude escuchar cómo el corazón de Javi se ponía a mil—. Es una broma, ¿verdad?

—A ver, Mario…

—¡¿Para qué coño quiero yo una vela?! —se levantó de golpe del sofá, aferrándome con fuerza en su mano, demasiada fuerza—. ¡Soy ciego!

—Pero a ver, déjame hablar, es que…

—¡¿En serio es la mejor idea que has tenido?! ¡¿De verdad me estás diciendo que lo mejor que se te ha ocurrido para regalarme en una vela?! Oh, gracias, muchas gracias. ¿Me puedes decir al menos el color? Es que, mira, soy ciego ¡y no puedo ver ni si quiera el color de la puta vela!

—¿Vas a dejarme hablar o no? —el tono de Javi sonó seco, dolido.

—¡No! ¡No quiero que digas nada! Lo único que quiero ahora es que te vayas de mi casa.

—Mario—esta vez su voz sonó un poco más calmada, como si intentara razonar con su amigo—. Creo que estás exagerando un poco.

—Por favor, Javi, vete ya.

Después de otro momento de silencio, mucho más espeso que el anterior, tal y como había venido, el chico se fue. Aunque, quizá, con el alma un poco más rota. Dentro de aquella casa todo se quedó en silencio, y yo seguía en la mano del hombre. Suspiró pesadamente y, con desgana, me dejó sobre la estantería.

En aquel momento, todas mis emociones cayeron al suelo. ¿De verdad había tenido la mala suerte de caer en manos de un ciego? ¿Para qué necesita un ciego una vela? De hecho, no sabía quién estaba más decepcionado, si el ciego o yo.

***

Las semanas pasaron y seguí en lo alto de aquella estantería. De vez en cuando, el ciego pasaba justo frente a mí. Siempre tenía la pequeña esperanza de que, en aquel momento, se acordase de mí. Y no solo de mí, sino de su amigo y de que se había merecido un mejor trato. Seguía esperando a que cambiara de opinión y, a pesar de todo, decidiera encenderme. Así que cada vez que le veía cerca, me preparaba para el gran momento.

Pero nada.

Nunca nada pasaba. Con el paso del tiempo la esperanza se fue apagando, poco a poco. ¿Era así cómo iba a acabar? ¿Olvidada en una polvorienta estantería? Sentía cómo mi interior se volvía hueco, y me dolía hasta el último centímetro de cera. Y el ciego seguía sin acordarse de mí.

Después de un par de meses los dos amigos se reconciliaron. Javi volvió a visitarle con más frecuencia de la que me esperaba, y a pesar de su mal humor, Mario parecía más animado. Me encantaba cuando venía a visitarle, la casa se llenaba de música, que casi parecía salpicar las paredes de vivos colores. El ambiente era cálido, y era casi como estar encendida. Pero cuando se iba todo volvía a ser gris. Mario, las paredes… Y aquella ilusión de llama se apagaba con un soplido de aire frío. Alguna vez me llegué a preguntar si valía la pena seguir esperando, en lo alto de aquella estantería.

El tiempo, inevitablemente, siguió pasando. Fue una mañana, de un otoño tardío, en la que Mario se decidió a ordenar y limpiar la casa a fondo. Lo hacía muy de vez en cuando, puesto que le suponía un esfuerzo que, a veces, no estaba dispuesto a hacer. La casa estaba silenciosa y tranquila, pero quizá un poco menos gris que otras veces. Llevaba un trapo viejo en la mano, e iba repasando todos los muebles, quitando el polvo. Pasó por delante de mí, deteniéndose, y sentí que mi corazón también paraba —si es que tengo, claro—. Con aquel trapo fue repasando la madera, mientras que la mano libre iba paseando por encima de los objetos, para reconocerlos. Entonces llegó a mí, y de nuevo se detuvo. Me aferró con un poco más de fuerza y me sacó de la estantería. Por un momento, solo por un momento, pensé que iba a encenderme. Al fin. Caer en manos de aquel ciego y haber quedado en el olvido en aquella estantería había sido el peor golpe de mala suerte, pero ya está. Había tocado fondo, ya solo quedaba ir hacia arriba, ¿no?

Cuando pensaba que nada más podía ir a peor, ocurrió lo que más me temía en el mundo.

Escuché a Mario mascullar algo que no logré entender, mientras chasqueaba la lengua contra el paladar. Me apretó un poco más fuerte, clavando sus uñas en mi cera, y todas mis ilusiones por ser encendida se volvieron miedo. Le escuché mencionar a Javi, otra vez entre murmullos, y abrió de un manotazo uno de los cajones de la cómoda. Me echó dentro del cajón con una rabia que no supe comprender, y antes de que pudiera darme cuenta el cajón volvía a estar cerrado. Si alguna vez pensé que iba a ser olvidada en la estantería, estaba muy equivocada. Ahí, dentro de aquel oscuro cajón, iba a caer al olvido para siempre.

***

Javi, como de costumbre, venía a visitarle de vez en cuando. Pero ahora era todo tan diferente… Ya no podía ver cómo la casa se llenaba de colores, y su voz se perdía en la distancia, junto a la música. Además, hacía tanto frío… Si al menos pudiera encenderme, para dar algo de calor. Pero cada día que pasaba me dejaba más y más olvidada en aquel helado cajón. Perdí la esperanza, la poca que aún quedaba, y me resigné a no ser encendida jamás.

—¿Qué tal estás hoy? ¿Has ido a la revisión? —de nuevo, la voz lejana de Javi.

—Sí, bueno… no. Iré luego. No sé. No me apetece hacer nada.

Javi suspiró, suavemente, y hubo un pequeño silencio.

—Voy a acompañarte, ¿de acuerdo? Así que anímate y vamos a la revisión. Es importante.

—Sí, sí. Pero luego.

Quería verles. Sus expresiones, sus gestos. Pero no podía, así que agudicé un poco más el oído, escuchando atentamente. No quería perderme ni una palabra de lo que decían, eso era lo único que me quedaba.

—Está bien, luego…—suspiró un poco más pesado, levantándose del sofá—. ¿Quieres un té? Te preparo uno.

—No hace falta—la voz de Mario sonó, sorprendentemente, suave.

—Claro que sí. ¿Té negro? —supongo que Mario asintió con la cabeza, porque no pude escuchar ninguna respuesta—. Lo tienes aquí, ¿no? —de nuevo no escuché nada más, y cuando estaba más concentrada en la conversación, el cajón se abrió.

Por un momento la luz me molestó, pero pude sentir el aire en mi cera, que se sintió tan bien… No fue hasta aquel momento que me di cuenta que, en aquel cajón, me estaba asfixiando poco a poco.

—La vela—el tono de Javi era casi de sorpresa. Me recogió, en aquellas manos tan cálidas, tan reconfortantes—. Pensé que la habías tirado…—Mario no dijo ni una sola palabra, no se movió, nada—. No dejaste que te lo explicara—empezó a caminar hacia el sofá, sin soltarme.

—No necesito que me expliques nada. Es una vela, no la necesito y no la quiero. Puedes llevártela.

Javi rió, muy suavemente, y sujetó con firmeza la mano de su amigo. Me pregunté si, quizá, Mario también pensaba que sus manos eran cálidas y gentiles.

—Es una vela perfumada, con un aroma muy, muy especial…—el rostro de Mario se contrajo, como de dolor, y afirmó el agarre de sus manos—. ¿Por qué no pruebas a encenderla?

El hombre se levantó del sofá, con su bastón, y fue hasta la cajonera para recoger uno de los mecheros. Cuando volvió a sentarse, sus manos temblaban.

—¿De qué color es? —preguntó casi en un susurro, acariciando mi cera. Era la primera vez que Mario me tocaba con tanta delicadeza.

—Verde, como una manzana—sujetó la mano de Mario, que temblaba, y le ayudó a encender el mechero.

Pude sentir el calor de la llama, cerca de mí. No parecía real. Tanto tiempo esperando… La mecha empezó a arder, todo mi cuerpo se llenó de una cálida sensación, como nunca antes lo había sentido. Empecé a derretirme, muy poco a poco, llenando la estancia de un dulce aroma.

—El verano del 97…—la voz de Mario, esta vez, sonó rota. Pude ver unas lágrimas rodar por su mejilla.

Javi limpió sus lágrimas, acercándose un poco más a él.

—Lo recuerdas, ¿verdad?

—Nunca pude olvidarlo…

Sellado con un beso, los chicos revivieron el recuerdo al que aquel aroma les había trasportado. Y yo por fin conseguí lo que más quería, arder.

Mario me dejó encendida todo el día, disfrutado de la calidez de la llama. Fue cuando empezó a atardecer que bebí la última gota de oxígeno. Y en compañía de la música, y aquellas paredes salpicadas de los colores más vibrantes, me extinguí.