Él

Volverá, seguro que volverá

                                                                                     Y sigo sintiendo, te echo de menos

                                                                                    Que acabe mi soledad

                                                                                    Volverá…

                                                                               Volverá. El canto del loco.

 

                                

Oigo pasos, pero no son los suyos. Los distingo porque me he acostumbrado a ellos; una mujer pasa corriendo por detrás de mí. Oigo voces pero ninguna es la suya. Estas voces son muy masculinas para alguien tan delicado como él. Su voz es suave y melódica; dos hombres pasan cerca de mí hablando. Suspiro y miro al horizonte.

Es rojo igual que su sangre, la que derramé aun habiendo prometido que jamás le haría daño. Su visión, lleno de heridas provocadas por mi espada hace que me duela el pecho y se me encoja el corazón tanto que por un momento dejo de respirar. Fijo mi vista en el mar. Él es así: tranquilo e inquieto, suave y travieso. El agua es transparente y me deja ver lo que oculta: las algas del fondo son de varios tonos, unas son verdes y otras parecen azules. Igual que sus ojos; uno de cada color.

Su mirada tierna, serena y limpia aunque en el fondo de ella guarde tristeza, rencor y odio. Siempre amé aquella vez que tenía la mirada tan brillante que sus ojos parecían dos joyas. Nunca le dije que lo amaba. Me arrepiento de ello. Las gaviotas graznan y huyen hacia el cielo; algo las ha asustado.

Miro mis manos, son  grandes comparadas con las de él; chiquitinas y finas. Recuerdo su tacto suave y caliente. En cambio, las mías son enormes y ásperas. En una ocasión me dijo “Tus manos, son ásperas, pero eso solo hace que quiera que me toquen” tras eso hicimos el amor.

Su cuerpo es delgado y alto, tiene bastantes músculos en la zona del abdomen. Tiene una peca en la parte baja de la espalda, justo donde acaba la columna y otras muchas repartidas por el cuerpo que me he encargado de contar y besar. No tiene casi pelo en la piel, sin embargo tiene la cabellera digna de una diosa. Su pelo es del color del trigo, del color del amanecer, largo, suave y liso. En cambio el mío es negro como el carbón, como la oscuridad que amenaza mi corazón. Debería volver a casa pero los recuerdos me lo impiden.

El piso aún conserva su esencia; me lo imagino por las habitaciones solo con la parte de arriba y unos calzoncillos puestos. Si entro en la biblioteca le veo con un libro entre las manos mientras se recuesta en el sofá en busca de una posición más cómoda. Me recuerdo a mí mismo abrazándolo por detrás y susurrándole al oído alguna frase de la novela.

Quiero llorar mas no puedo, todas mis lágrimas han sido consumidas por su ausencia durante estos tres meses. Quiero que vuelvas, mi ángel, para poder ver y tocar tus alas, esas que me dijiste que odiabas antes de que el destino nos separase. Necesito poder abrazarte, Shion. Mi ángel, mi sol, mi salvador.

Quiero oír de tus labios que me quieres, que no vas a abandonarme como yo hice, que me perdonas por haberte dejado solo, que las heridas que nos infringimos el uno al otro no valen nada, que no son importantes, que tu trabajo no era engatusarme para quedarte con el alma de aquella chiquilla y entones yo te diré que te quiero, que siento haberte abandonado, que las heridas que te infringí no valen nada, que no son importantes, que mi trabajo no era engatusarte para poder llegar hasta tu señor y acabar con la maldita guerra que tanto tiempo estaba durando, porque no sabía quién eras, qué eras.

Necesito besar cada parte de tu cuerpo, volver a contar tus pecas por si te ha salido alguna en mi ausencia como aquel día en el que te inventaste esa excusa barata de que tenías una en la espalda. Los recuerdos de aquel día son bastante claros, así como los de los días anteriores y venideros. Tu recuerdo es muy vivido. Nítido. Como un cielo azul sin nubes. Vuelve, Shion, no sé cuánto más podré aguantar sin ti.

Oigo pasos, esta vez son de alguien que conozco y al que hace unos momentos rogaba que regresara. No puede ser, me digo, él no puede estar aquí, no puede haberlos desafiado a todos por un demonio como yo. No me lo merezco. No deseo que se arriesgue por mí.

Empiezo a pensar que ni siquiera soy digno de su amor. No después de haberlo abandonado en aquel estado. Sin embargo, cuando lo siento detrás de mí, cuando su respiración vuelve a su cauce, sé que vale la pena luchar por nuestro amor, que no importa lo que tengamos que arriesgar, que quiero estar junto a él, que lo necesito, que lo amo.

Sé sin necesidad de mirarle que tiene las manos en los costados, el pelo recogido en una coleta alta o tal vez en una trenza, su ojo libre mirando mi espalda, escudriñándome para saber si soy yo aunque sabe perfectamente que es así, por su mente estaban pasando las mismas preguntas que por la mía.

No sé qué voy a decirle ahora que lo tengo a unos pocos metros.

¿Qué le quiero? ¿Qué me perdoné? ¿Qué le necesito? ¿Qué quiero besarlo? ¿Qué necesito abrazarlo para cerciorarme de que es real?

Tal vez haya venido acabar nuestra relación de forma coherente, es decir, clavándome su espada. Pero… cuando pronuncia mi nombre como un susurro que se lleva el viento, mis dudas desaparecen. Me giro con lentitud. Al verle me doy cuenta de que solo he errado en una cosa. Sus dos ojos, uno del color del cielo y el otro el de las hojas en primavera, reflejan ternura, tristeza y suplica. Igual que los míos. Me acercó a él y sin decirle nada, lo llevo de vuelta a casa, la que siempre será nuestra casa.

Una vez dentro lo abrazo para asegurarme de que es real. Lo es. Sonrío de felicidad y sin más preámbulos le beso. Un beso tierno, nada libidinoso. Un beso con el que le demuestro lo mucho que le he echado de menos.

—Tengo que hablar contigo—dice entre jadeos.

—Luego… ahora, necesito tenerte cerca.

Le miro con firmeza y dejo que los recuerdos de nuestra historia nos invadan hasta llegar a la noche que lo cambió todo y como por arte de magia volvemos a estar en el callejón.

La vida es aburrida. Capítulo 12

Los frikis no son bienvenidos al rock

Pasó una hora y el peliazul seguía sin volver. Después de aquel numerito el ambiente dentro de la caravana se había tornado en uno bastante deprimente: Haddock y Mía se habían apartado a un rincón y hablaban en susurros con unas expresiones demasiado serias, Crystal había permanecido refugiada en su litera y Sara y yo… Sara y yo nos quedamos ambos de pie, mirándonos con la misma expresión de preocupación en el rostro. Cuando por fin oímos como alguien llamaba a la puerta de la caravana nos abalanzamos los dos sobre ella, suspirando aliviados, pero Haddock fue más rápido que nosotros y al abrirla se encontró con el revisor que venía a hablar con él. El pobre hombre parecía un poco intimidado y confuso por la gran decepción que se formó en nuestros rostros al verle.

Haddock terminó de intercambiar unas cuantas palabras con el señor y este le dio unas tarjetas para que pudiésemos acceder al festival. Cuando cerró de nuevo nos miró casi como disculpándose. Fue entonces cuando Sara no pudo más. Sobresaltándonos a todos, cogió dos de las tarjetas que aún sostenía un Haddock muy confundido en la mano, avanzó con rapidez hasta la puerta y la abrió de un tirón. Igual que Nay hacía ya casi dos horas.

—Voy a ir a buscarle. Luego nos vemos —Sin decir nada más cerró la puerta antes de darnos tiempo a reaccionar. Me mordí el labio mientras daba unos pasos indecisos hacia la salida. Sara era la mejor amiga de Nay, sabía lo que pensaba, cómo se sentía y estaba segurísimo de ella estaba del todo enterada de la situación en la que se encontraba el chico (Por no decir que seguramente sabía quién era Annie). En cambio yo ni siquiera sabía el apellido del misterio andante. ¿Qué pintaría yo intentando animar al chico? No sabía que decir cuando estaba a su lado y probablemente acabaría dejándole de peor humor que el de antes… pero aún así…

Aún así quería ayudar. Por ello un poco más decidido me dirigí a la puerta de la caravana dispuesto a salir a ayudar a la rubia a buscar a Nay. Al menos eso intenté, porque nada más dar un paso un mano me agarró con fuerza del brazo impidiéndome avanzar. Girando la cabeza vi a Crystal, que me miraba de manera severa.

—¿Adonde crees que vas? —Parpadeé confuso y avergonzado y miré de nuevo hacia la puerta fugazmente.

—Fuera —Mi voz sonó más a pregunta que a afirmación. No pude evitar encogerme al ver la expresión de la pelirroja.

—¿Piensas que te voy a dejar ir con esas pintas a uno de los festivales más famosos del rock? —Me giré del todo, mirándola mientras intentaba zafarme de su mano disimuladamente.

—¿Qué tienen de malo mis pintas? —La chica alzó una ceja.

—¿En serio Dan? Si sales ahí fuera con una camiseta del logo de los “Ramones”, pero que en realidad pone “Raciones” ¡Te van a pegar!

—¿¡Pero qué dices!? ¡Si la camiseta es genial! —Crystal suspiró melodramáticamente.

—Este chico va a morir joven —Antes de que pudiese protestar Crystal me agarró de nuevo y, usando una fuerza que nunca pensé que ella tendría, me arrastró hacia la zona de atrás de la caravana. Desesperado miré a Mía pidiendo algún tipo de ayuda pero la chica sólo me sonrió y se encogió de hombros a modo de disculpa.

—La verdad es que esta vez Crystal tiene razón —Perfecto, todos contra mí. Crystal me lanzó a la cara una camiseta que apenas pude coger al vuelo.

—Eso te servirá —Alcé una ceja mirando la prenda.

—¿Para qué tienes tú ropa de tío? —Crystal bufó.

—¿Acaso no puedo ponerme ropa de tío? —Acto seguido me agarró del brazo de nuevo para obligarme a sentarme en uno de los asientos—. Ahora estáte quietecito que te voy a arreglar el pelo.

“Ah, no, no. Eso sí que no” Inmediatamente pegué un bote asustado y me alejé del asiento.

—¿Qué le pasa a mi pelo? —Mía a mi lado me hizo señas con la mano de que no insistiese, que había perdido la batalla. Creo que el momento en el que realmente desistí fue al ver lo amenazadora que parecía mi amiga pelirroja con unas tijeras de cortar en la mano.

Media hora después Crystal me miraba triunfante mientras salía de la caravana. Chasqueando la lengua me regañó.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de tocarte el pelo? Lo vas a estropear —No pude evitar fulminar a mi amiga con la mirada.

—¡Es que me molesta! Odio los pelos en la cara —En un vano intentó probé a soplar para arriba intentando apartar los cabellos de mis ojos, pero rápidamente Crystal me pegó una colleja para que parase—, y encima estos estúpidos pantalones pitillo son la cosa más incómoda que he probado en la vida ¿Por qué me obligas a llevarlos? —Por no hablar de aquella enorme camiseta de Rammstein que me había dado. “Si a mi ya me queda grande ¿Cómo demonios le quedaría a Crystal!?”

—Anda no seas quejica —No pude evitar mirar a mi amiga frustrado.

—¿Quejica? ¡Has jugado a las muñecas conmigo! —Crystal golpeó su puño derecho en la palma abierta de su otra mano con decisión.

—Era necesario —Hablaba como si llevar el pelo despeinado fuese equivalente al delito de matar a alguien.

—¿Necesario? Deberías ordenar tus prioridades vieja lo… —Haddock apareció por detrás nuestro y se interpuso entre los dos antes de que nos matásemos mutuamente.

—Calma chicos. Lo hecho hecho está. Ahora ¿Por qué no disfrutáis del festival en vez de intentar arrancados la cabeza el uno al otro? —Crystal y yo nos miramos unos instantes y asentimos a la vez de mala gana. Justo en ese momento entramos en la explanada donde se realizaba el festival. En seguida la música invadió el lugar, impidiéndonos seguir hablando. Nada más adentrarnos en la masa de gente distinguimos al grupo de Alex. El ojiazul nos sonrió alegremente e hizo señas para que nos acercásemos a él. Haddock nos hizo unas señas que parecían querer decir que se tenía que ir a trabajar y se marchó,dejándonos al resto atrás.

Alex llegó a nuestro lado y con una sonrisa de oreja a oreja en la cara nos enseñó el vaso de cerveza que tenía en la mano, ofreciéndolo. Fruncí el ceño. “No voy a ser tan tonto como para meter la pata dos veces” Con amabilidad negué con la cabeza. No pensaba emborracharme nunca más en mi vida. Ya había tenido suficientes dolores de cabeza en ese verano. Muy pronto me encontré recorriendo el lugar con la mirada con falso desinterés, obviamente esperando encontrar a cierto idiota de pelo azul que se había ido montando un numerito. Mía pareció darse cuenta de mi nerviosismo porque apoyó una de sus manos con suavidad en mi hombro

—No te preocupes Dan. Va a estar bien —La miré sorprendido unos instantes ¿Ahora resulta que también me puede leer la mente? Increíble y espeluznante a la vez—. ¿Por qué no te relajas y disfrutas del día? Antes parecías muy emocionado por estar aquí —Me mordí el labio pensativo, sin saber muy bien que responder. Tal vez lo mejor sería olvidar el tema un rato como ella decía. Al final acabé por asentir y forzando una extraña sonrisa me obligué a mí mismo a centrarme en el festival.

Milagrosamente mientras intentaba aparentar que me lo pasaba bien al final acabé pasándolo bien. La música era adictiva y Crystal, una vez se le hubo pasado la cara de amargada, acabó por volver a estar de buen humor. Cuando al escenario salió Paramore empezó a gritarme al oído como la maldita fangirl que es, me agarró a mí y a Mía del brazo y tirando de nosotros se adentró en la masa de gente hasta conseguir estar casi al principio de la pista (Donde casi muero aplastado por la muchedumbre)

Así pasaron las horas. Entre canción y canción logré sonreír con naturalidad como siempre lo hacía(bueno, casi siempre) y aunque algo en el fondo de mí me seguía pinchando y preguntándose qué estaría haciendo ese idiota en estos momentos no le hice caso. Sólo cuando ya estaba entrando la noche y se estaba preparando el gran concierto del grupo líder del día me permití darme un respiro. Abriendo paso entre la gente conseguí salir de aquella masa de fans y poder respirar un poco de aire fresco. Aún era demasiado pronto para que todo el cansancio producto de saltar y cantar durante horas me invadiese, pero aún así decidí tirarme sobre el césped de alrededor. Permanecí unos instantes en silencio, contemplando el cielo mientras recobraba un poco del aliento que había perdido gritando. A mi lado noté como alguien se tumbaba junto a mi. Por el rabillo del ojo distinguí la cabellera roja de Crystal.

—Hace una buena noche ¿Eh? —Sonreí a medias y asentí con la cabeza aunque sabía que mi amiga no podría ver el gesto desde donde ella estaba. Casi sin darme cuenta comenté en un susurro.

—Se ven las estrellas —Ahora que habían apagado las luces tan irritantes del escenario se podía ver el cielo oscuro totalmente despejado—. Nunca había visto tantas estrellas —Noté como Crystal se removía a mi lado.

—¿Nunca has salido de una ciudad?

—Sí, pero nunca se me había ocurrido pararme y alzar la cabeza por la noche —Crystal  permaneció en silencio. Sé que alguna gente pensaría que simplemente soy idiota por haber dicho esa frase, pero para mí era más bien una manera de decir que mi manera de ver las cosas habían cambiado y estaba bastante seguro de que mi amiga había pillado el significado.

—Demasiado ocupado mirando abajo hacía el móvil ¿no? —Sonreí con amargura.

—Exacto.

Permanecimos en silencio por un buen rato. Hasta que la chica me preguntó.

—¿Te gustaría dedicarte a la astronomía? —No pude evitar reírme.

—Un trabajo en el que no te mueves de casa y puedes dormir durante todo el día ¿quién no querría eso? —A mi lado la pelirroja me pegó un codazo amistoso mientras reía también.

—No. Ahora en serio —Me mordí el labio pensativo.

—No lo sé. ¿Y tú?¿ A qué te dedicas Crystal? —Acababa de caer en la cuenta de que no tenía ni idea de si mi amiga trabajaba o estudiaba o simplemente se dedicaba a comprarse vestidos raros como deporte oficial. Ella era un año mayor que yo así que ya debería de haber empezado una carrera si es que lo había hecho.

—Estudio segundo de filosofía —Abrí los ojos sorprendido “Bueno… En cierto modo, le pega”

Iba a preguntarle la razón que la había llevado a estudiar esa carrera, pero en ese momento unas risas y voces muy fuertes llegaron hasta nosotros. A mi lado Crystal hizo un quejido de frustración y juraría que susurró.

—Por favor. Otra vez no —Confuso me incorporé ligeramente quedado sentado en el césped y mi amiga de mala gana me imitó para ver de donde provenía el alboroto—. Es Jack —Alcé la ceja sin caer en la cuenta.

—¿Jack?¿Quién es Jack? —Justo en frente de nosotros un grupo de chicos se acercaba. Parecían estar bastante borrachos. Algunos de ellos me sonaban de vista. Creo que ellos habían estado con todo el grupo masivo el día de la discoteca. Uno de ellos, un chico alto y de pelo muy oscuro se acercó a nosotros con paso inestable.

—¡Eh tú, gilipollas! —No pude evitar mirar a ambos lados esperando ver a cualquier otra persona por los al rededores “Creo que se refiere a ti Dan” —. Me acuerdo de ti —Con desconfianza me levanté dispuesto a alejarme de aquel misterioso grupo.

— ¿Te conozco? —Su rostro me sonaba bastante, pero no llegaba a encajar del todo. A mi lado Crystal me agarró de la manga en un gesto silencioso que quería decir claramente “Vámonos de aquí“, pero el chico fue más rápido que ella y me agarró de la camiseta.

—¿Te estás burlando de mi? —Oh, oh, vale. Parece que no quiere hacer amigos. Creo que lo mejor sería largarse” —. ¿Quieres que te parta la cara por lo de la última vez? —A mi lado Crystal me agarró con más fuerza y habló.

—Suelta Jack. Ya nos vamos.

—Nadie te ha preguntado a ti, pelirroja —Mi amiga le dedicó una mirada fulminante que no pareció hacer mella en él. Seguramente fue por lo borracho que estaba. Yo no les prestaba atención. Había caído en por qué me recordaba a alguien. Sin poder evitarlo exclamé

—¡Ildefonso! —Claaaaaro, ¿Cómo me había podido olvidar? ¡Fue el chico que se apiadó de mí en el juego de la bebida! Crystal y el ahora descubierto Ildefonso me miraron como si me hubiesen salido unas orejas de burro.

—No Dan. Se llama Jack —Uh. Mierda. Ya lo había vuelto a hacer otra vez “¿Por qué no aprenderás nunca que no hay que rebautizar a la gente como tú quieras?”. La pelirroja al ver mi cara de “No tengo ni puta idea de quién es Jack” decidió aclararlo—. Mi ex-novio.

Alcé una ceja incrédulo ¿Este era el chico con el que casi me pego a puñetazos?. Inconscientemente volví a recorrerle con la mirada. Me sacaba por lo menos una cabeza, pero corto a lo militar y unos ojos negros que daban bastante miedo “Dios. Si no es por Nay habría muerto ese día” Ahora el chico me sonreía con una insoportable expresión de superioridad en la cara. Sin apartar la mirada de mí le habló a Crystal.

—¿Tan desesperada estás que tienes que salir con un gay? Que bajo caen algunas —Molesto por el comentario le empujé para apartarle de mí, pero Crystal me volvió a agarrar de la mano impidiéndome hacer nada más.

—Vámonos Dan. No hay nada que hacer con la escoria —El chico se rió cruelmente.

—Nadie te ha preguntado tu opinión, puta “Ah, eso sí que no” Esa frase sirvió como la gota que colma el vaso. “Le voy a…”

Antes incluso de que pudiese pensar en la manera más cruel de hacerle sufrir el grito de Crystal nos llamó la atención a todos. Mi amiga ya no nos miraba a nosotros. Sino a nuestras espaldas con la cara más blanca que la cera.

—No se preocupe, agente. ¡Todo va bien! No es lo que parece —Jack y yo pusimos la misma expresión de horror a la vez. ” Mierda. La policía” Ambos giramos la cabeza con la misma rapidez hacia nuestras espaldas. Seguramente cada uno pensando alguna excusa que poder decir para no acabar pasando la noche en las celdas por montar un alboroto en el festival, pero ambos nos quedamos en blanco al ver que detrás solo había un claro totalmente vacío “Un momento…”

Algo me agarró del brazo y de un fuerte tirón me hizo echar a correr en la dirección opuesta a la que estaba mirando.

—¡Corre, Dan, corre! —Jack tardó unos segundos en darse cuenta de lo que estaba pasando, pero cuando su mente borracha por fin unió las piezas del puzzle nosotros ya habíamos corrido muy lejos y nos habíamos internado de nuevo en la marea de gente. Cuando estuvimos totalmente seguros de que no nos seguía empezamos a andar con más tranquilidad hacia la zona del escenario. Yo no podía parar de boquear en busca de aire.

—Pero…Crystal…la… ¿Policía? —Mi amiga me dedicó una sonrisa traviesa entre jadeo y jadeo.

—Algo tenía que inventar para hacer que se diese la vuelta y huir —No pude evitar sonreír.

—Eres realmente tramposa ¿Sabes? —La chica me sacó la lengua.

—La próxima vez dejaré que te den una paliza, a ver si me dices lo mismo —De buen humor negué con la cabeza mientras seguíamos avanzando hacia donde habíamos dejado al grupo. Miré el móvil para comprobar la hora , el siguiente concierto estaba apunto de empezar.

—Debemos darnos prisa y buscar a los de… —La pelirroja frenó en seco y yo que estaba detrás demasiado distraído me choqué con ella, golpeándome la frente. Solté un chasquido molesto mientras me frotaba la zona adolorida con el dorso de la mano—. ¡Crystal! ¿A qué a venido eso? —Moviéndome un poco me asomé por detrás de la chica para ver qué es lo que había delante que había hecho que frenase tan repentinamente. Lo que vi hizo que me olvidase completamente del dolor de cabeza.

Enfrente nuestro, rodeados de un montón de gente ajena a la situación, Sara y Nay se besaban. Sentí como si alguien me hubiese dado una tremenda patada en las tripas, pero no dije nada. Crystal y yo estábamos demasiado sorprendidos como para decir nada. Ellos ni siquiera se dieron cuenta de que estábamos ahí y continuaron a lo suyo. Algo en mi mente me decía que debía apartar la mirada, girarme e irme por otro lado,o al menos debía hacer eso si quería dejar de sentir esas pequeñas punzadas en el pecho, pero mi cuerpo no me respondía. Ni siquiera Crystal reaccionó. Los dos permanecimos parados en silencio.

Hasta que por fin se separaron y entonces fue cuando todo cambio en un abrir y cerrar de ojos. Entre el gentío (Aún sin poder reaccionar) observé como Nay se inclinaba para decir algo al oído de Sara y sin saber que estaba diciendo vi como el rostro de la muchacha se iba descomponiendo de una sonría a una expresión de horror.

La rubia se apartó ligeramente de Nay y le miró a los ojos unos instantes. Por su expresión parecía que acababa de ver un fantasma. Crystal reaccionó cuando empezó a ver las lagrimas que caían de la mejilla de la chica. ¿Qué demonios acababa de pasar?

—¿Sara? —La chica pegó un brinco al escuchar la voz de mi amiga y se giró con rapidez para vernos por primera vez. En cambio Nay apenas reaccionó y cuando nos vio esbozó una sonrisa infantil que no pegaba nada con él ni con la situación. Sara nos observó a Crystal y a mí unos instantes, sorprendida de vernos ahí. Abrió la boca para decir algo, pero luego pareció darse cuenta de sus mejillas mojadas y aún con una expresión devastada en el rostro salió corriendo. A mi lado la pelirroja gritó su nombre de nuevo. Sin mucho éxito. Crystal soltó una palabrota por lo bajo—. Joder. Tengo que ir a buscarla. —Tras echar un vistazo hacia mí de reojo salió corriendo en busca de la rubia. Yo las observé irse, sin aún comprender qué acababa de pasar. Veo a Nay besándose con Sara ¿y al minuto está la chica llorando desconsoladamente como si le hubiesen roto el corazón?

Antes de que pudiese organizar mi menté noté como alguien se apoyaba en mi hombro. Con lentitud giré la cabeza sabiendo que me encontraría al peliazul, pero su sonrisa embobada me descolocó otra vez. Permanecí unos instantes mirándolo sin decir nada, sintiendo como mis tripas se revolvían. No fue hasta que le vi perder el equilibrio que hablé.

—¿Cuánto has bebido? —La sonrisa del chico se ensanchó mientras se agarraba con más fuerza a mí para no caerse.

—Sólo…—El chico hizo una mueca como si le costase mucho esfuerzo concentrarse—, un montón.

No pude evitar suspirar y, aunque aún seguía sintiendo las pequeñas puñaladas en el estomago que me producía recordar la escena de hace unos minutos, agarré a Nay por el brazo para que sujetarle.

—Ven. Te llevaré a un lugar más apartado —Mientras tiraba de un Nay extremadamente pacífico fuera de la marea pude ir pensando en lo que acababa de presenciar. Estaba claro que el peliazul la había liado buena. Intenté recordar cómo me sentía yo el día de mi desgraciada borrachera, pero al igual que las otras veces sólo recordé un par de escenas borrosas. ¿Cómo era posible que el alcohol hiciese hacer a la gente cosas tan estúpidas? Nunca había visto al chico tan borracho ¿Por qué justo hoy había decidido ponerse ciego de alcohol? Un pequeño golpecito en el brazo hizo que el peliazul llamase de nuevo mi atención. Me miraba con una expresión afligida. Recordaba a un niño que mira a su madre cuando sabe que ha hecho algo malo.

—¿Estás enfadado conmigo? —Permanecí unos minutos en silencio.

—¿Acaso los amigos se enfadan porque sus amigos besen a una chica? —Nay pareció pensarlo un momento y al final negó con la cabeza. Y por alguna extraña razón caer en la cuenta de que la frase que acababa de decir era verdadera me deprimió aún más. Eso se supone que era yo ¿No? Un amigo de Nay. No tengo ningún derecho a estar enfadado con él ¿Por qué lo tendría?

Afortunadamente el Nay borracho es bastante más fácil de manejar que el Nay normal. No me costó mucho dejarle en una zona de césped donde la gente aprovechaba para descansar mientras yo iba a comprar agua. La verdad es que mientras menos tuviese que ver al chico menos me vendría a la cabeza la imagen de ellos dos besándose. Aunque en el fondo… ¿Qué más me daba a mi? ¿Acaso no había estado yo en una situación igual hace apenas unos días? Sabía que no era el más indicado para juzgar.

Cuando regresé con la botella de agua Nay estaba tumbado en el césped contemplando en cielo igual a como lo había estado haciendo yo hacía apenas unas horas (Sinceramente, ahora mismo me parecían siglos). Me senté a su lado y le pasé la botella. El chico se quedó mirándola unos instantes y luego me miró con el ceño fruncido.

—Esto es agua —No pude evitar bufar ante su tono.

—Ya veo que cuando bebes te vuelves un Einstein —Nay parpadeó confundido. Tal vez demasiado mareado como para entender mi sarcasmo.

—No quiero agua. Quiero cerveza —Una carcajada seca se escapó de entre mis labios.

—Ya estás lo suficiente borracho —Nay se incorporó para quedar sentado junto a mí y pasó su mano por sus cabellos mientras negaba con la cabeza.

—No. Aún no es suficiente —Miré al chico sorprendido. Su rostro me recordó a la misma expresión de tristeza que había mostrado cuando salió de la caravana.

—Nay —El chico no pareció reaccionar ante su nombre—. ¿Por qué te has emborrachado? —Esperé unos minutos, pero la respuesta no llegó. No pude evitar suspirar agotado. Me giré para contemplar el perfil del peliazul. Mantenía la mirada fija en el césped, como concentrado en algún pensamiento interno. Ahora que las luces del escenario se habían vuelto a encender estas reflejaban en su pelo y lo hacían brillar de muchos tonos diferentes de azul y su perfil parecía resaltar entre los contrastes de luces y sombras. Ni siquiera parecía borracho, parecía totalmente sacado de un cuento. De repente el chico musitó unas palabras que sonaron muy débilmente.

—¿Quieres dejar de hacer eso? —Me tensé en mi sitio y enmudecí, tardando unos minutos en contestar.

—¿Dejar de hacer el qué? —Nay chasqueó la lengua molesto.

—Dejar de mirarme como si fuese perfecto —El chico hundió más la cabeza entre sus manos, repentinamente muy serio—. No soy perfecto —En seguida noté como mi rostro enrojecía. Abrí la boca para replicar, pero después de un instante la cerré. ¿Acaso no había pensado más de una vez que aquel chico no tenía ninguna imperfección? Curiosamente me sentí culpable por algo que ni yo del todo comprendía haber hecho. Notando la garganta seca contesté también en un susurro.

—No creo que seas perfecto —Por fin Nay alzó la cabeza. Me miró a los ojos con una expresión de sorpresa, pero yo estaba demasiado concentrado en decir lo que tenía que decir como para reaccionar ante eso—. Tienes un sentido de la orientación pésimo y encima eres cabezota y no quieres reconocer que te has perdido —Podía notar la mirada de Nay fija en mí, por eso mantuve la mía en el suelo—. Eres mal perdedor, tu capacidad para concentrarte en algo es totalmente nula. Te da miedo enfrentarte a cosas. Acabas de demostrarlo huyendo a emborracharte porque Annie no iba a venir, ¿verdad? —A pesar de mi pregunta no le dejé tiempo para responder. Si me paraba ahora probablemente luego no continuaría—. Te da miedo el compromiso, y los juegos de lucha se te dan mal… pero aún así me gus…

Los labios de Nay silenciaron los míos a mitad de la frase. Demasiado sorprendido por el repentino ataque perdí el equilibrio y caí del todo al suelo con el peliazul encima mío, pero eso no pareció importarle a él. Aprovechando mi confusión metió su lengua entre mis labios y me besó con intensidad mientras que con su mano recorrió mi brazo desnudo causándome un escalofrío. Llegando al final del brazo entrelazó sus dedos con los míos sin dejar de besarme en ningún momento.

Yo estaba completamente en estado shock y no podía reaccionar. Ni para apartarle ni acercarme. Noté como pasaba su lengua por mi labio inferior y la mente se me nubló.

Nay, eso es lo único que en lo que podía pensar: Nay y su olor, Nay y la suavidad de sus labios, Nay besándome. Nay, Nay, Nay. 

Con torpeza levanté el brazo que tenía libre para agarrarle de la camiseta y acercarle más a mi. Él pareció notarlo, porque entre beso y beso juraría que sonrió y entrelazó con más fuerza su mano en la mía.

Al final la falta de aire hizo que nos separásemos. Jadeando aún por el beso, Nay apoyó su frente en la mía obligándome así a mantener el contacto con su mirada. Una mirada tan intensa que sentí que me iba a traspasar. Pasé mi lengua por el mismo labio por la que la suya había pasado apenas unos segundos sin poder creerlo. Entonces el ligero sabor a alcohol me hizo reaccionar. Sintiéndome ligeramente desanimado hablé.

—Mañana no te vas a acordar de esto, ¿verdad? —La mirada de Nay se hizo ausente mientras reflexionaba sobre mis palabras. Al final soltando un suspiro se giró. Dejando de estar encima mío y se tumbó en el césped a mi lado.

—Probablemente no —No pude evitar asentir amargado. Por propia experiencia sabía que al día siguiente lo único que recordaría el chico serían unas imágenes borrosas. “Tal vez sea lo mejor”. De repente el misterio andante se echó a reír con fuerza. Le miré alarmado, pensando que se había vuelto loco, pero él simplemente me dedicó una sonrisa—. Esto es realmente irónico.

Alcé una ceja sin comprender lo que decía.

—No sé de que me hablas —La sonrisa del peliazul pareció ensancharse aún más. ¿Había dicho algo gracioso?

—Por eso precisamente es irónico —Medité unos instantes lo que me acababa de decir, pero al no hallar una explicación lógica acabé por suspirar y mirar a las estrellas de nuevo. Entonces poco a poco una idea me surgió en la mente. Girando ligeramente el rostro contemplé de nuevo a Nay. Parecía totalmente absorto en Dios sabe qué. Tenía entendido que los borrachos normalmente eran más sinceros que la gente sobria. Si no preguntaba ahora podría perder una oportunidad única.

—¿Quién es Annie?

Capitulo 16 – A trompicones

Conseguí que mi lívido se calmara, pero mi mente no ha dejado de darme la tabarra en las restantes horas lectivas. Por si no fuera poco, siento que mi cuerpo cada vez tiene menos fuerzas para mantenerse. Por suerte no tuve que realizar ningún esfuerzo físico en ninguna de las clases y pude hacer vida normal hasta que ha llegado el momento de tener que ir a almorzar.

No os lo voy a negar, me muero de hambre. Mi barriga ya ha dado otros cuantos conciertos molestando en medio de las lecciones. Los profesores me han pedido encarecidamente que cuide mejor mi alimentación, recordándome lo escuálido que estoy. Me he tenido que disculpar como cinco veces, hastiado de ocultar la pesadumbre con la que me he levantado hoy y de seguir tragando comentarios críticos que no me importan sobre mi cuerpo.

La última clase ya ha acabado y, como aún no me encuentro preparado mentalmente para salir al enorme bullicio que hay montado fuera, he ido a hacerle un par de preguntas al profesor Snape sobre cosas que ya sé pero prefiero hacerme el ignorante. Éste, de mala gana, me resuelve todas las dudas que le he hecho y, además, me manda un pequeño trabajo ya que me ve bastante animado con la asignatura. Me gustaría saber si lo ha hecho porque de verdad piensa eso o es un pequeño castigo por haberle hecho perder un poco el tiempo. Al final acaba echándome porque tiene cosas más importantes que atender. No es el mejor profesor con el que poder pasar un poco de tiempo y eso que es el jefe de mi casa.

Por favor, que hoy sea un buen día aunque haya empezado como el culo” deseo con todo mi corazón y pongo el primer pie fuera de la sala. La pena es que ya no hay el bullicio que se cocía al acabar las clases matinales y hasta ahora no he pensado que podría ser un problema. No puedo utilizar la aglomeración para esconderme entre ellos y así poder ir más seguro serpenteando entre los estudiantes. Aún no sé si me está buscando o pasando de mi, aunque mi instinto dice que lo primero ya que no logré terminar los ejercicios antes de que me diera la calentura. No hice lo que se me ordenó y no creo que le haya sentado muy bien. Puede que, además de eso, se haya levantado de muy mal humor al ver que se ha quedado dormido y me he ido sin despertarle.

Todo indica que cosas buenas no van a pasar si me cruzo con el.

–¿Dónde has estado?–cojo aire instintivamente y aguanto la respiración asustado. Un párpado incluso me tiembla.

Lentamente me giro hacia la persona que me ha hablado. Estaba tan metido en mis pensamientos que no he escuchado nada de lo que me ha dicho, solo un ruido de fondo del que se me ha olvidado toda información. “Por favor que no sea él” pienso pidiendo ya un milagro. Siento como las manos me tiemblan de puro terror.

–¿Qué?–respondo en un largo susurro.

–¿Daniel?–Escuchar mi nombre me relaja de una manera que ya consigo enfocar la persona que se está intentando comunicar conmigo. Él jamás lo utilizaría en su vocabulario. Pero como lo primero que me he fijado de ella es que tenía el pelo rubio, no puedo evitar se mi cuerpo reaccione ante una amenaza tensionándose–¿Qué te ocurre?

Es Luna, mi salvadora. Me zarandea para que me centre en el mundo real, mas no soy capaz de quitarme tan rápidamente la sensación tan desagradable que me ahoga cada vez que existe la posibilidad de ser atacado otra vez por esa rata albina. Le sonrío cuando ya me he calmado.

–Lo siento, pensaba que eras otra persona–confieso pues tampoco se me ocurre otra cosa que excuse mi comportamiento tan raro. Sus ojos se clavan en los míos como si me estuviera observando el alma.

–Te pasa algo–declara y yo hago una mueca como aceptando que tiene un poco de razón. Ha sido muy raro ver como su cara cogía una expresión tan seria, para ella no es una broma.

–Tengo demasiados problemas que no logro superar–puede ser que ya sea hora de contárselo a alguien. No creo que vaya a poder empeorar aún más.

Luna se dispone a hablar pero mi barriga decide cortar el momento y rugir como una condenada. Ella se queda mirando hacia el foco del ruido con los ojos como platos pues, para que negarlo, no ha sonado muy buen. Me encojo de hombros ya que mi estómago ha hablado suficiente por mi. Luna me propone ir a comer cuanto antes y luego dar un paseo por los jardines de la escuela mientras charlamos de mis problemas. No opongo resistencia al plan y vamos juntos hacia el comedor sin acordarme que es uno de los lugares donde más probabilidades tengo que encontrarle.

Éste está casi lleno. Nos separamos para ir cada uno a nuestra mesa y, en mi mente, se vuelve a cruzar el pensamiento de que ojalá el sombrero seleccionador hubiera decidido ponerme en otra casa de Hogwarts. Estoy seguro de que mi vida hubiera sido completamente diferente a la de ahora. Quien sabe, a lo mejor podría haber sido de esos típicos estudiantes que me encuentro por el pasillo riéndose en grupo y pasándoselo bien. O a lo mejor hubiera sido un poco más solitario pero con la tranquilidad de que nadie me va a humillar o violar en cualquier momento. Como desearía ser ellos.

–Está ocupado–me responde una chica justo en el momento en el que estoy dejando que mi cuerpo caiga sobre el banco. Resoplo y busco con la mirada otro asiento. No tengo ganas de entrar en conflicto con nadie.

Por suerte hay uno no muy lejos de donde me encuentro y, además, está al lado de uno de los pocos estudiantes de Slytherin con el que tengo contacto y no me odia. Bueno, solo hemos intercambiado saludos que ya es mucho decir para mi la verdad. Me siento a su lado, le saludo y él me lo devuelve. Parece una tontería pero eso me saca una enorme sonrisa porque usualmente lo que primero escucho en cuanto me siento a comer es algún insulto y sonido de asco.

No pierdo ni un segundo más y me lanzo hacia la comida mientras mi estómago me da bocados por tardar tanto en satisfacerle. Le agradezco de que no haya vuelto a sonar estrepitosamente y comienzo a engullir un buen trozo de muslo de pollo alternadolo con cucharadas de puré de patatas. No sé si es el hambre o no, pero hoy la comida está mucho más sabrosa que de costumbre, al igual que la bebida. Decreto que prefiero no pensar en nada y simplemente disfrutar de este ansiado festín.

Poco a poco mi barriga se va llenando y ya no como con la misma rapidez que cuando empecé, a si que voy haciendo pequeñas pausas para que no me siente mal lo que he ingerido. Los que me rodean se encuentran cada uno a lo suyo, algo bastante raro puesto que normalmente suelen estar más pendientes de los demás para reírse un rato que de ellos mismos. ¿Es que he tenido la suerte de sentarme justo en medio de estudiantes normales? Así sí se puede comer.

De pronto, un recuerdo me llega a la mente: las caras de los estudiantes con los que me he topado esta mañana al salir del cuarto de Draco. La mandíbula se me desencaja y busco con los ojos si hay alguna cara conocida en mis alrededores. ¿Qué me pasa en la cabeza? Tardo demasiado en darme cuenta de las posibles amenazas que se ciernen sobre mi. Doy varias pasadas visualizando mi alrededor para cerciorarme de que no están y justamente, cuando giro un poco la cabeza hacia mi derecha, veo que una sobresale de las demás que antes la escondían.

Ahí está esa cabellera ceniza sacándome de quicio otra vez.

Desvío la mirada rápidamente deseando de que no se haya percatado de que le he visto emerger desde las sombras y hago como que estoy comiendo tranquilamente. Agudizo lo máximo posible las orejas por si consigo escuchar algo de lo que pueda decir a sus compañeros o directamente a mi. No percibo nada más que el típico sonido de fondo de compañeros comiendo, riendo y hablando entre ellos de vez en cuando. Nada fuera de lo usual.

Lucho contra las enormes ganas que tiran de mi para que vuelva a clavar mi mirada en él. Puede que justo cuando lo haga me esté acechando con esa cara de odio que tanto le gusta dedicarme. Puede que no se haya dado cuenta de que estoy aquí, a tan pocos metros de distancia, y si lo hago delate mi propia presencia. Quien sabe de lo que sería capaz de hacerme delante de tantas personas si ya me hizo salir desnudo de mi cuarto mientras me llevaba como un perrito faldero.

Todo me anima a que lo haga. Mis ojos, muy limitados por mis deseos, buscan alguna distracción en algún lado porque no saben qué hacer en caso contrario. Temo que no dure logre durar mucho haciendo este paripé, es como si una fuerza superior a mi estuviera tirando de mi para que lo hiciera. Muevo nerviosamente la pierna mientras sigo con la actuación de comer con normalidad.

En un momento de descanso, mis ojos me traicionan y se dirigen hacia mi agresor deseosos de saciar su curiosidad. Me odio a mi mismo por no ser capaz de retener los impulsos, pero lo hecho hecho está y ahora tengo que ver qué es lo que produce mi enorme error.

Me está mirando.

Mi mente se desata y grita internamente. Si tuviera que describirlo de alguna forma, sería como si todas mis neuronas tuvieran forma humanoide y se pusieran a correr como locas o pegándose cabezazos para dejar de existir. Y como buen imbécil que soy, no le aparto la mirada hasta pasados demasiados segundos. Mi cuerpo se llena de sudores fríos al recordar todas las atrocidades que ha sido capaz de hacerme sin remordimiento alguno.

Respiro a trompicones al notar como se me forma, en mitad del pecho, un profundo hoyo de vacío que crece gradualmente. Me aprisiona y ahora el sonido de fondo deja de serlo tanto y se incrementa en volumen, incomodándome aún más. Dejo el tenedor sobre el plato intentando mantener las formas, pero a decir verdad lo he hecho porque no tengo las suficientes fuerzas como para seguir sosteniémndolo. Cojo una buena bocanada de aire y levanto, de nuevo, la cabeza hacia él a ver si ya ha dejado de observarme y ha perdido el interés.

Pero parece que no se ha inmutado en todo este tiempo. “¿Cuánto llevará mirándome?” pienso y me dejo embelesar por sus ojos grises como si ese realmente fuera su objetivo al fijar su completa atención en mi. Siento como me hago pequeñito a cada segundo que paso en este estado. Solo espero que nadie más se haya dado cuenta de lo que está ocurriendo a plena vista de todos porque me da la sensación de que si esto ocurre, todos nuestros secretos serán desvelados.

Percibo como, sin apartar sus orbes de los míos, le responde a uno de sus secuaces que está sentado a su izquierda. “¿Qué es lo que pretende? ¿Se acordará de todo lo que ocurrió ayer e intenta humillarme con un simple contacto visual?” intento darle sentido a todo esto, mas cualquier esfuerzo es en vano. Cualquier pensamiento que viene a mi mente es interferido por un bombardeo de recuerdos de esta noche y mi vista se nubla, aunque sepa perfectamente que la sigo teniendo fija sobre él y recíprocamente.

Mi cuerpo se estremece al tener que soportar de nuevo las intensas corrientes eléctricas que desembocan en mi ya no tan cansado miembro. ¿Puedo tomarme esto como que sí fue testigo de mi perversión y que solo fingió estar dormido? El resto de personas que me rodean desaparecen de mi campo de visión, quedándonos solos él y yo. Animo a mis piernas a moverse para zafarme de Draco, pero es la única parte de mi cuerpo que no está en movimiento ni palpitando.

Lo que más temor me produce es que su faz está tranquila, sin ninguna arruga y labios descansados. Son solo sus ojos son los que me transmiten esta inquietud, el ardor que explotó en todo mi ser. ¿Cuánto tiempo voy a seguir teniendo trazas de esa maldita poción en mi organismo? ¿Qué cojones es lo que le está pasando esta vez por la cabeza?

No sé por cuánto tiempo nos quedamos así, pero os puedo asegurar de que por bastante al parecer. Porque no es hasta que Draco decide excusarse de la mesa cuando miro a mi alrededor y me doy cuenta de que la densidad de estudiantes ha bajado considerablemente, quedando bastantes huecos libres por todo mi alrededor. Miro mi plato de comida sopesando si debería comer algo más puesto que luego lo voy a agradecer bastante.

Ver como Draco, poco a poco y con sus típicos pasos de príncipe millonario, se acerca hasta donde yo estoy sentado. Con la cabeza bien alta y mirando hacia el frente pasa justo enfrente mía, obviándome como si ya no tuviera interés en mi. “¿Ya ha sido suficiente diversión para la hora de comer?” pienso mordiéndome la lengua de rabia a la vez que ansío que siga su camino y no me dirija ninguna palabra. Algo le pasa y no quiero que lo vuelva a pagar conmigo.

Por suerte, lo único que me dedica es su aroma cuando la perturbación de aire llega hasta mi persona. Le persigo con la mirada hasta que le pierdo la pista. Cada músculo de mi cuerpo se relaja y noto como mis músculos se han resentido mucho más por haber mantenido esta tensión por tanto tiempo. Consigo llevarme un poco más de comida a la boca hasta que mi cuerpo me dice basta.

–¿Ya has terminado?–la voz de Luna hace que pegue un respingo y me devuelva otra vez a la realidad. Me he olvidado completamente de ella.

–Si si, perdona, es que me estaba muriendo de hambre–respondo a modo de disculpa por haber tardado tanto aunque sea con una medio mentira.

–Pues ahora un buen paseo te ayudará a bajar toda la comida que has engullido–y ríe ante su propio comentario, pegándomela a mi. No sé, me parece contagiosa.

Salimos del comedor a paso lento mientras ella me cuenta una anécdota que ha vivido hoy en una de sus clases. Sin embargo, no consigue que me evada de la idea de que Draco puede estar esperándome fuera y, cuando saco una de mis piernas, el corazón se me encoje mientras examino la entrada buscando algo demasiado rubio. Mis manos se relajan al no encontrar nada y devuelvo mi atención hacia Luna, habiendo perdido parte del hilo de la historia.

Damos un buen paseo por el interior de la escuela puesto debido a que apenas ponemos mucha atención en seguir la ruta más corta para salir de ella. Hoy hace un sol radiante y un calor muy agradable. Es más, me quito y todo la túnica puesto que tengo un poco de calor con ella puesta. Luna hace exactamente lo mismo que yo. Damos una vuelta inspeccionando los lugares más interesantes de los alrededores mientras mantenemos una conversación bastante interesante sobre qué cosas son las que más me gustan de ser mago. Algo así como primeras impresiones. También se ha interesado en mi vida antes de que lo supiera y cómo es el día a día de una persona “normal” o, como ellos llaman, de un muggle.

Hace que me olvide por completo de toda la ansiedad que llevo encima de mis hombros y que apenas me deja respirar cuando le da por embestirme con toda su fuerza. Creo que es lo que más adoro de esta muchacha porque, a pesar de que muchas veces se comporta de forma muy rara, cuando hablas un rato con ella te limpia por dentro y sabe hacer que pases un buen rato con ella. Decidimos que, después de un gran paseo y para no cansarnos antes de ir a las clases de por la tarde, es buena idea sentarnos un rato bajo el sol y relajarnos.

–Menos mal, pensé que nunca lo ibas a decir–digo con la mano sobre mi barriga fuera porque siento que mi estómago está demasiado revuelto.

Nos sentamos en un claro rodeado de flores rojas y blancas. Yo aprovecho para utilizar mi túnica como almohada y me echo sobre el césped soltando un profundo suspiro de cansancio. El sol me acaricia la cara y la brisa me masajea el resto de lugares. Luna, al final, acaba haciendo lo mismo que yo ya que confiesa de que tengo una cara que de verdad estoy disfrutando el momento. Supongo que después de tanto desasosiego continuado, un descanso así me sienta como un vaso de agua en el desierto. Hoy pienso irme a dormir temprano para descansar todo lo que no he podido.

–Bueno, y cuéntame qué es lo que te ocurre–el silencio se disuelve en sus palabras, al igual que mi serenidad. Pero supongo que me vendrá bien contárselo a alguien, aunque sea por encima. No es bueno guardarse las cosas para uno mismo porque al final te acaba pesando demasiado.

–Tengo un problema–confieso pero sin saber cómo tengo que seguir la conversación.

–¿Sólo uno?–responde intentando romper el hielo, me figuro.

–Si–me río un poco desganado pues aunque solo sea uno, me está amargando la existencia–Solo uno. Hay alguien que no me deja en paz y no entiendo su odio hacia mi persona–me intento explicar pero ponerle palabras es más difícil de lo que había pensado–O sea, yo no le he hecho nada ni queriendo ni sin querer. Simplemente creo que la ha tomado conmigo porque está aburrido o algo así.

–¿Has intentado solucionarlo o hablar con él para ver qué es lo que ocurre?

Varias cinemáticas de yo intentando hablar con él respondiéndome con las decenas de burradas que he tenido que sufrir desde que casi llegué. Es más, ahora que lo recuerdo, fue incluso antes de que me eligieran para la casa Slytherin pues ya en el andén del tren me dedicó sus ácidas palabras.

–No funciona con él.

–¿Quién es? Me tienes en ascuas por no decir su nombre–se queja y yo me quedo pensativo de si debería hacerlo o no. Considero que sería más acertado su lo supiera porque el tipo de persona es bastante importante y a lo mejor le puede conocer bastante bien tras todos estos años en los que han estado en el mismo colegio mientras él llamaba la atención.

–Hummm–quiero decirlo pero admitirlo cuesta, es como si se hiciera aún más realidad solo por decirlo yo–Tengo problemas con Draco.

Luna se queda un buen rato callada, supongo que se habrá quedado muda por conocer quien es el maldito que me está tocando la moral día si y día también. Aguardo a su respuesta con ansias pues espero que ella consiga ayudarme con la misma eficacia con la que me tranquiliza.

–Vaya, no soy capaz de pensar en alguna solución–me lo temía. En cuanto termina su frase, ronroneo de frustración. Al menos me siento un poco más libre al no ser yo el único que sabe que Draco se ha obsesionado conmigo–Lo que he observado todos estos años y que sea eficaz contra él es ignorarle. Porque cuanto más intentes defenderte o le devuelvas las venganzas, más ganas tendrá de seguir con sus juegos.

Nada que no sepa” pienso. Todo lo que ha dicho lo he hecho y comprobado por mi mismo.

REMO I

Lunes 16 de Septiembre
Querido amigo:

¡Hola! Me llamo Remo y, aunque no te lo creas, soy un vampiro. Si, no es que lo hayas leído mal o que te hayas tomado unas copitas de más cuando has salido de fiesta y ahora te bailen las letras, soy un vampiro o un chupasangre. Me la suda como quieras llamarme.

Tengo veinte años, la piel pálida, como ya os habréis imaginado, el pelo castaño y unos ojos negros y profundos. Mido 1,95 de alto y soy bastante fuerte, algo obvio si soy un vampiro.

Soy griego, concretamente ateniense, y me convertí en vampiro, más o menos, haya por el año 415 a.C., durante lo que vosotros conocéis como Guerra del Peloponeso. Ese año la asamblea ateniense decidió enviar una expedición, en la que yo participé, para conquistar la isla de Sicilia, cuyas ciudades eran aliadas de Esparta. La última batalla que libré fue la de Siracusa, cuyos habitantes nos derrotaron muy severamente y los supervivientes nos vimos obligados a sufrir un hacinamiento en las Latomías, unas enormes cuevas.

Una noche que me tocó hacer guardia un hombre de unos cincuenta años, cubierto con una capucha, se acercó hacia mí y se paró delante. Yo estaba muy nervioso porque me encontraba solo y el hombre no se movía. Pensando que se trataba de alguna deidad que venía a decirme algo importante, me acerqué a él muy lentamente y, cuando ya estaba a pocos pasos de él, en menos que canta un pavo… perdón, un gallo, es que al haber vivido tanto me lío con las expresiones y más ahora que tenéis una forma de hablar muy rara, se echó sobre mí y me clavó los colmillos en la yugular.

Antes de darme cuenta, en un parpadeo, lo tenía detrás de mí y noté dos pinchazos en el cuello. Que te muerda un vampiro es muy doloroso, no os podéis ni imaginar cuanto, y lo peor es sentir como la sangre va circulando por todo tu cuerpo hasta tu cuello y de ahí al vampiro. Notas la succión, los ruidos sobrenaturales del vampiro…, además, cuando beben se excitan, a si que, como te tienen abrazado por detrás para poder beber mejor, notas su excitación y no puedes evitar pensar en lo que te pueden hacer después, lo que, como pueden leerte el pensamiento, los excita más todavía.

Tras un par de minutos, los ojos se te cierran cada vez más al mismo tiempo que los músculos se te cansan y pierden su fuerza. Finalmente se te cierran y acabas inconsciente, pero el vampiro sigue bebiendo hasta que casi no te queda sangre.

Cuando estás en el último hálito de vida, el vampiro se corta la muñeca con sus colmillos y te acerca la cabeza a él para que bebas. En cuanto tu boca toca la sangre, sientes como si una bomba estallara dentro de ti y se desata tu sed, por lo que no puedes evitar beber con fuerza. Nada hay comparable a beber la sangre de un vampiro cuando estas al borde de la muerte. ¡Es ambrosía celestial!

A las pocas horas desperté convertido en vampiro y me encontré en un lugar oscuro, húmedo y frío. El vampiro se encontraba delante de mí con la cara descubierta. Jamás imaginaríais quien era. Se trataba de Agamenón, si conocéis la historia de Troya seguro que sabéis de quien os hablo.

Me explicó en lo que me había convertido y me llevó a la isla de Creta. Allí, refugiados en las profundidades del antiguo templo de Cnoso, se encontraban Nínive, compañera mesopotámica de Agamenón, que ahora es mi madre, Inés e Irene, mis hermanas mayores, que son babilónicas, y Osiris, mi hermano mayor egipcio. Los cuatro se quedaron un poco sorprendidos al verme, pero enseguida me recibieron con los brazos abiertos, sobre todo Osiris, que estaba deseando tener un hermano con quien compartir correrías y se ofreció a llevarme a cazar por primera vez, cosa que agradecí, por que en cuanto despiertas del cambio sientes una sed inmensa que te retuerce el estomago. Estamos juntos desde entonces y supongo que no hará falta deciros todo lo que he visto. Ahora vivimos en el sótano de una gigantesca mansión abandonada y hace muchos siglos que dejé de ser el hermano mayor.

Bueno. Ahora que me conocéis un poco mejor y sabéis algo de mi historia os explicaré el verdadero motivo por el que estoy escribiendo esto.

A pesar de ser un vampiro creo que me he enamorado. Y digo creo porque nosotros no sentimos como lo hacéis vosotros, ya que nuestro corazón no late.

¿Y de quién me he enamorado? Os estaréis preguntando. De mi amigo Fernando, al que ya conoceréis más adelante. Pero es un amor imposible que no hace más que provocarme sufrimiento y dolor, sobre todo porque le veo todas las noches cuando nos reunimos. Y anoche hice una gran estupidez por ello.

Sé que ahora mismo estaréis pensando que por amor habéis hecho muchas estupideces, pero no olvidéis que yo soy un vampiro y, como tal, mis estupideces acaban en sangre y muerte para algún inocente.

Anoche, cuando mis compañeros se fueron a sus casas a dormir, yo volví a entrar a la Luna Llena y bajé a los pisos inferiores buscando a mi presa. El lugar estaba lleno de jóvenes, medio desnudos por el ambiente caluroso, que se contoneaban apretados los unos contra los otros al son de la música.

Después de siglos siendo un vampiro, he aprendido a controlar mi sed de sangre, pero anoche ocurrió algo que jamás habría previsto. Entre todos los jóvenes que había allí uno resaltaba por encima del resto y enseguida llamó mi atención. ¿Por qué? Pues porque era muy parecido a Fernando.

Seguro que ya empezáis a sospechar lo que ocurrió. Nada más verle, mis colmillos, contraídos hasta entonces, empezaron a crecer rápidamente, el deseo, manifestándose en mi entrepierna, me invadió y un gruñido de felino empezó a vibrar en mi garganta.

Sin pensar en lo que hacía me fui acercando a él con movimientos seductores, que al instante captaron su atención, y el chico me sonrió lascivamente y con la mirada me recorrió de arriba abajo, parándose un momento entre mis piernas, lo que elevó mi deseo más que nunca.

No necesité utilizar mis poderes hipnóticos para llevarlo a uno de los compartimentos del baño y follármelo como si fuésemos animales en celo. Esta parte estuvo muy bien. Lo malo vino después, cuando, sintiendo que estaba a punto de estallar, no pude contenerme y le clavé los colmillos en la yugular, mientras lo penetraba por detrás con todas mis fuerzas.

En mi mente no era ese chico quien estaba entre mis brazos, sino Fernando y eso hizo que no pudiera parar de beber, hasta que fue demasiado tarde, y el chico se desplomó inconsciente por la pérdida de sangre.

Durante unos segundos me quedé de pie delante de él, respirando como un toro embravecido por la nariz y sin estar saciado del todo, y poco a poco fui recobrando las neuronas y percatándome de lo que había hecho. No hay nada peor para un vampiro, menos quedarse atrapado en la calle cuando va a salir el sol, que darse cuenta de lo que ha hecho mientras está poseído por la bestia. Algunos incluso, llevados por el arrepentimiento y la desesperación, se llegan a suicidar.

Un tanto nervioso llamé a una ambulancia y salí corriendo de allí. Me metí en el callejón que había entre el local y un edificio y me convertí en murciélago. Paré en un local, que suelo frecuentar mucho por la facilidad con la que se puede conseguir a un chico para pasar un buen rato, esta vez controlándome, y regresé a casa, donde me encerré en mi habitación, antes de que alguien de mi familia me preguntara que tal había sido la noche y tuviera que mentirles.

No puedo continuar así. Lo que siento por Fernando es demasiado fuerte y me domina. Tengo miedo de que en cualquier momento la bestia me domine y acabe haciéndole lo que le hice a ese chico anoche. Si eso pasa me suicido saliendo al sol.

Lo peor no es que este enamorado de Fernando, si no que creo que ese amor es correspondido. Las miradas que me lanza, los gestos que me hace… me inducen a pensar que le gusto y no sé como voy a evitar estar con él si en algún momento me lo confiesa.

¿Qué puedo hacer? Decirle, cuando estemos a solas, un día: “Fernando ¿Sabes qué? Me gustas. Un montón. Creo que incluso me he enamorado de ti. Pero has de saber que soy un vampiro y una parte de mí quiere perforarte la yugular. Tranquilo, he vivido tantos siglos que puedo controlarme, a no ser que me excite demasiado y la bestia me domine, porque entonces podría matarte succionándote toda la sangre.”

Lo más probable es que saliese corriendo y no quisiera saber nada más de mí, cosa que comprendería ¿Cómo iba a estar un chico tan perfecto como él con un monstruo como yo? Después yo, con el corazón roto, me suicidaría abriendo los brazos al sol y dejaría este mundo para irme a los infierno con Lucifer.

Ahora tengo que dejarte. Son las nueve y media y, como siempre, he quedado con la tropa a las diez en la Luna Llena. No sé lo que me deparará el futuro pero espero no sufrir mucho, aunque sé que es un deseo que no se va a cumplir.

Un abrazo muy fuerte:
Remo

El mar de Ledinburgo

Mi nombre es Flinn. Vengo de una familia de granjeros al norte de la península de Ragadén. Aunque mi aldea está apartada del Nuevo Imperio es bastante conocida por los pescadores y burgueses que viven en las capitales. Nuestra aldea es una de las mayores suministradoras de pescado del Imperio Zadonio. Una larga tradición de grandes navegantes es lo que constituye nuestra historiay mi familia no es menos. Mi abuelo fundó y reparó el aserradero que proporciona navíos a los pecadores de la aldea, mi padre sostenta el record de atunes zafiro pecados el primer día de temporada con 42 ejemplares, seguido de Ian Frecher con 19. Si mi familia es bastante querida y famosa en nuestro pueblo, sin embargo, yo todavía no soy nadie. Todos me conocen como “el hijo de” o “el nieto de”. Tengo veinte años. Es tradición que a esa edad tu abuelo te conceda un barco propio para comenzar tu vida de pescador.

Cuando fui a levantarme casi tropiezo con la alfombra de mi habitación. Tras recuperar el equilibrio miré por la ventana de mi habitación. El día amaneció fantástico y eso me provocó una gran sonrisa.
-Hoy va a ser un gran día.- me dije en voz baja. Pero mi felicidad duró poco tiempo. Al bajar por las escaleras y salir al porche de mi casa vi a toda mi familia reunida con una gran tristeza en sus rostros. Entonces mi abuela me dijo que mi padre había desaparecido. Unos vecinos habían visto a unos barcos de velas negras merodeando por nuestras costas. Aun así mi abuelo cumplió con la tradición y me enseñó a navegar. Atormentado por lo sucedido la semana siguiente solo tuve pesadillas. Al principio creí que se debían a la desaparición de mi padre. Pero el sueño extraño empezó a ser recurrente y cada vez era más largo y conciso. Apenas descansaba por las noche y mi abuela lo percibía.

-No debes preocuparte cielo. Seguro que tu padre regresa sano y salvo. Es un gran marinero y sabrá como llegar a puerto.- me dijo.
-Lo sé. Es solo que todo esto me está alterando el sueño. Hace ya una semana que solo sueño con lo mismo.- le confesé.
-¿Qué es lo que sueñas?
-Sueño que se abre el mar. Veo como se revuelve desde lo más profundo. También veo como las criaturas del abismo emergen para devastar la superficie. Y unas criaturas enormes parecidas a hombres-pez parecen ser sus líderes.- su mirada estaba un poco ida cuando terminé de contra mi sueño.
-Has soñado con el cabo de Ledinburgo.
-¿Qué es ese lugar?¿Qué significa mi sueño?
-Ledinburgo pertenece a un continente de la antigüedad. Según narra la leyenda, cuando el mar del norte se abra y libere a todos los horrores que se hayan presos en las profundidades, los guerreros escogidos por los dioses se reuniran en el cabo de Ledinburgo para hacer frente a la pesadilla que quiere sumergir el mundo bajo el mar. Nanla te ha elegido a ti para evitar que se produzca tal catástrofe.
-¿Por qué yo?
-No cuestiones la decisión de los dioses.- Me tió la mano en su bolsillo y sacó un trozo de zafiro. -Esta pierda de zafiro me la dio tu abuelo para que me casase con él. “Un anillo hubiese estado bien” le dije. Lo consiguió de un atún zafiro que pesaba cientocincuenta y cuatro kilos. Cuando pesan tanto pueden generar zafiros en sus estómagos.- Me puso la piedra en la mano. -Ten. Dásela a Nanla como ofrenda en el templo y puede que escuche tus plegarias.- Tras decirme aquello se levantó y me dio un beso en la frente.

Tal y como me dijo mi abuela fui al templo de la diosa del mar. Dejando atrás mi aldea de casa de madera, subí la colina que estaba al lado de la playa y entré en el templo de piedra erigido a Nanla. Frente a su estatua se levantaba un altar. Lo limpié un poco y puse el zafiro como ofrenda. Luego me puse de rodillas.

-Nanla, poderosa diosa del mar, ayuda a este pescador y servidor de tus deseos en la tarea que tiene pendiente. Te pido que me guies para poder realizar la misión que me diste en mis sueños. Acepta esta ofrenda y dispersa la niebla que cubre mi camino.- El zafiro brilló de forma intensa casi cegándome y la estatua de la diosa cobró vida.

-Flinn Tyrarses. He oído tus ruegos en tus sueños. Tu suplica ha sido escudhada por el mar y vengo a ti para clarecer tu misión. El mar custodia muchor horrores en su interior, horrores que cada día intentan emerger de nuevo. Aquello que los mantiene presos es un artefacto divino llamado la Lanza de Ozcleeff. El poder de la lanza impide que el mar regurgite todo el mal que guarda en sus profundidades. Pero para que tenga efecto debe estar colocada en la estatua que se encuentra al pie del acantilado de Ledinburgo. Hace una semana que fue robada y algunos horrores menores ya han emergido devastando las costas colindantes. Debes encontrar la lanza Flinn. Y devolverla al lugar que le corresponde.- La voz cesó al igual que aquel destello y la estatua volvía a ser solo piedra.

Me preparé de inmediato y salí al crepúsculo a mar abierto. La noche no estaba de mi parte pues una tormenta me sorprendió. Por un momento creí que me hundiría, pero conseguí vencer la tormenta. Sin embargo, al día siguiente un barco pirata se cruzó en mi camino. Me tomaron como prisionero y hundieron mi barco. Cuando vi al capitán supe quién era. Su fama era grandiosa y el miedo que le tenía todo el mundo más aun. Krent, el grandioso, capitán del navío Calamidad.

-Por tus ropajes intuyo que eres solo un pescador extraviado- dijo mirandome de arriba a bajo. Quise decirle un par de cosas sobre los suyos pero me reprimí un poco. -Pero no puedo evitar preguntarme qué hace un pescador tan lejos de la costa.- continuó.

-Tengo una misión. Debo llegar a Ledinburgo.- Todos se estremecieron al escucharme decir aquello.
-Ledinburgo. ¿Y qué se te ha perdido alli?- Pregunto curioso Krent con su voz ronca y el ceño fruncido.
-Busco la Lanza de Ozcleeff, en nombre de Nanla.
-¿Por qué la diosa del mar enviaría a un simple pescador a por tal reliquia?- dijo algo molesto pero con algo de risa. Supongo que no se creía lo que le contaba.
-Nanla mandó una tormenta anoche, tormenta que vuestro navío ha sufrido.- era evidente ya que los mástiles y las velas mostraban un reciente deterioro. -Nos hemos encontrado gracias a esa tormenta. Quizás no esté destinado a realizar esta tarea yo solo.
-No pienso navegar hasta el fin del mundo por una leyenda. En el norte no hay más que un gran abismo. La costa de la que hablas no existe.
Saqué el zafiro de mi bolsillo -Este zafiro puede guiarme hasta mi destino. Si hay tierra firme en el norte aparecerá un destello verde el el horizonte. La columna de luz indica la ubicación de la reliquia que busco.- Un montón de susurros recorrían la cubierta del barco, pues todo marinero parecía conocer la leyenda de la lanza y de la piedra de mar brillante que marca su posición.
-En el caso de que sea cierto estoy seguro que no marcará el norte señor pescador. En el caso de que marque hacia otro lado servirás de comida para los peces, por mentirnos.- Se acercó un poco -Procede.
Tal como pidió alcé la piedra y el zafiro emitió un destello. A lo lejos, en el horizonte hacia el norte, una columna de luz verda agua se levantó para tocar el cielo y tras estar unos segundos allí, brillando, desapareció. Todos estaban sin aliento.
-El Marak, se avecina el Marak.- Grito uno.
-¡Silencio, sucia rata de alcantarilla! No es momento para que cunda el pánico. Los dioses nos han mandado una misión y no podemos huir de ella, pues si ignoramos lo que se avecina será nuestro fin.
-Entonces cuento con vuestra ayuda.
-Más os vale morir en esas aguas pescador, porque si no sale bien esta aventura lo haré yo mismo. Y yo no conozco la piedad.
-Mi nombre es Flinn Tyrarses.- Le dije.
-Krent Vander Graff.- Sonrió -Bienvenido al Calamidad- Justo al decir eso me encerraron en el calabozo del barco. Pasé tres días alli hasta que por fin me dejaron subir a cubierta. El capitan quiso verme en el timón.
-¿Os gustan vuestros aposentos, señor Tyrarses?
-Estaría mejor en una pocilga.
-Eso me ha dolido. Le daré un consejo Flinn, no ofenda a quien le da cobijo. ¿Cuantos días de viaje nos quedan?
-No lo sé. Pero nos quedan solo tres días para encontrar la lanza.-En ese momento un barco apareció por el horizonte. Su bandera era pirata sin duda. Krent también la vió.
-¿Sabe combatir Flinn?
-Claro que no.
-Entonces vuelva a sus aposentos, a no ser que quiera pedirle a la diosa del mar que le ampare en la lucha.- No me gustó sun tono pero me di la vuelta para volver a dentro. Mientras bajaba podía oír como el capitán daba instrucciones a sus marineros.
-¡Moveos ratas inmundas!¡Izad las velas, praparad la artillería, mandadlos al infierno!

El sonido de los cañones y el olor a pólvora me acompañaron toda la noche. Se podía escuchar también a los hombres luchando. Fue algo impactante pero a la vez emocionante. Al amanecer la batalla acabó y el barco con el que nos cruzamos era solo unas maderas ardiendo en el ancho mar. No tardé en acostumbrarme al vayven del oleaje pero esto era distinto.
-¡Tierra a la vista!- tras escuchar aquello subí corriendo. Aquella costa era esplendida unas rocas formidables conformaban el acantilado y una cueva se hacía ver a lo lejos por su gran tamaño. Entramos en ella pues al parecer el capitan del barco que hundimos nos confeso que había escondido alli un artefacto de gran poder. Cuando llegamos al fondo pudimos ver una estructura de madera. Parecia un fuerte. Toda la tripulación bajo del navío. Tras inspeccionar hasta el último rincón encontramos la lanza envuelta en unas sucias telas. Era algo hermoso. Entera de plata perecida a una aguja enorme. Pero al volver al barco la cosa se complico pues un grupo de hombres-pez habían tomado el barco.
-La lanza humano. Danosla y vuestra muerte será rápida.- dijo uno de ellos con la voz algo distorsionada.
-Nadie me amenaza en mi barco, monstruo- le contestó Krent. Comenzando así una batalla. Todo parecia desmoronarse a mi alrededor. Mi objetivo era volver al barco y el capitan parecía querer cubrirme, pues me abría paso hasta el barco. Una vez en él abandonamos a los que quedaban luchando en el fuerte en llamas. Krent seguía ofendido así que ordenó que bombardeasen la estructura. No me pareció lo correcto pero no quise discutir. Los que quedamos pusimos rumbo a Ledinburgo. Nos lamentamos por los caidos y le rezamos a Valgum para que sus almas encontrasen el descanso que se merecían.

Pasados dos días llegamos al cabo de Ledinburgo. Perdimos un día en la lucha así que no nos sobraba el tiempo. Desembarcamos y nos pusimos a buscar la estatua que debía sostener la lanza. Pero de nuevo los hombres-pez estaban alli para impedirnos nuestro objetivo.

-Corre. Busca la estatua. Coloca la lanza en el pedestal si es necesario, pero detén el Malak.- me dijo el capitan Krent mientras despachaba a dos criaturas del mar con su espada y su pistola.

Yo asentí y encontré lo que buscaba tras sortear a varios enemigos provocando que cayesen al mar. La estatua estaba derruida y no sabía que hacer. Desenvolví la lanza y me defendí con ella de varios hombres-pez que quisieron arrebatarmela. Tras estar así un rato me fije que el sol se ponía y antes de que desapareciese clavé la lanza en el pedestal de la estatua con una mínima eperanza de que eso valiese. Un destello plateado devolvió a aquellas criaturas al mar y la noche pudo acabar bien. Krent me encontró contemplando el anochecer sentado en aquella enorme losa de piedra.
-Lo has logrado, joven pescador, aunque yo lo he pagado con varios de mis hombres.- dijo con una medio sonrisa. -Supongo que volverás a tu hogar.
-No puedo, he descubierto que no quiero ser un pescador, alguien que sigue una tradición familiar. Quiero construir mi propio camino, quiero ser un pirata. Si os parece bien que me una a vustra tripulación.

-Seguir tradiciones no está mal muchacho, siempre y cuando coincidan con tus valores.- Se levantó y me tendió la mano. -Por suerte para usted hay vacantes en mi barco, señor Tyrarses. -Cogí su mano y me levantó y con un tono amigable me dijo -Bienvenido al Calamidad.

Osito de peluche.

“Mañana no hagas planes. Tengo una sorpresa para ti”.

Esas palabras tan intrigantes resonaban una y otra vez en la cabeza de Max, el cual no podía permanecer quieto ni un instante. Esas habían sido las últimas palabras que Liam, su mejor amigo y el chico por el que creía haber empezado a sentir algo, le había dicho el día anterior antes de marcharse. Y, si el chico quería ponerle nervioso, lo había conseguido.

El joven apenas había pegado ojo en toda la noche, desquiciándose durante horas mientras intentaba descubrir qué tipo de sorpresa era la que le podía haber preparado. ¿Y si quería llevarle a comer a alguno de esos restaurantes lujosos del centro? Oh, Dios. No era que a Max no le entusiasmara la idea de pasar el día con él, ¡pero Liam sabía que no se sentía cómodo con ese tipo de cosas! Sin embargo, ¿y si al final era eso? ¿Qué ropa debería ponerse? ¿Tendría algo en su armario?

A pesar de que todavía era pronto, Max se levantó de su cama para ir directo a su armario. Abrió de par en par las dos puertas de este y echó un vistazo a su vestuario. Sus pantalones, camisetas, sudaderas y cazadoras parecieron darle los buenos días, dejando que el chico empezara a elegir unas ropas dignas para la ocasión.

Esa era otra cosa que le estaba poniendo nervioso: la fecha. Ese día se cumplía exactamente medio año desde el día en el que se habían conocido en aquella sala de hospital. Seis meses en los que Max y Liam habían compartido casi de todo. Para su desgracia, la fecha no podía ser más especial.

«¡Piensa, piensa, piensa!», se decía una y otra vez el joven mientras sacaba algunos pantalones del armario para, acto y seguido, tirarlos sobre la cama y volver a sacar otro par.

Estaba nervioso. Estaba muy nervioso. Puede que no tuviera ningún tipo de relación con Liam, aparte de la amistad, pero estaba nervioso. No, eso era decir poco. ¡Estaba histérico! No podía quedarse quieto, tenía que moverse, dar mil y una vueltas por la habitación, todo esto sin dejar de darle vueltas en la cabeza a esas nueve palabras que el chico le había dicho.

Al final, con un grito frustrado en su garganta, se dejó caer de nuevo en su cama, rodeado por toda esa ropa que había sacado del armario. No sabía si tenía ganas de llorar, reír o tirarse de los pelos. Lo único que sabía era que dentro de hora y media, Liam vendría a buscarle a casa.

Algo cansado por no haber dormido demasiado, Max se levantó de la cama para ir al baño y ducharse. ¿Debería hacerse algo en el pelo? No le gustaban demasiado esos rizos que tenía, le daban aspecto de niño pequeño, de “angelito”, como le gustaba llamarle su hermano mayor para hacerle de rabiar.

Salió de la ducha, que más que relajante había sido asfixiante, y volvió a su habitación. Sabía que era hora de vestirse. Se detuvo frente a su cama y, enroscado en la toalla y con las manos en su cadera, miró su ropa. ¿Qué se pondría? Si supiera que no le haría un interrogatorio en toda regla, habría llamado a una de sus amigas para pedirle consejo. ¿Y si le preguntaba a su hermano? No, mejor no. Max sabía que eso solo desencadenaría cientos de risas por parte de este, y no tenía tiempo para bromas. Tendría que decidirse él solo.

 

* * * * *

 

Liam paseaba por las calles de la cuidad a paso tranquilo. Aún quedaban unos veinte minutos para que diera la hora en la que había quedado con Max, así que no tenía mucha prisa. Como siempre, iba silbando una musiquilla, esta vez una de las canciones que había escuchado una vez en casa de su amigo, notando cómo la mirada de todas las mujeres se desviaba hacia él cuando pasaba a su lado. Desde luego, eso le hacía sentirse irresistible. Y la verdad era que lo estaba, o eso era lo que quería creer.

Sonriendo, y sin poder evitar mirarse en el cristal de enfrente, se acercó al portal del edifico donde vivía su amigo. Llamó al timbre e intercambió unas pocas palabras con el joven, el cual le dijo que no tardaría en bajar. Durante ese poco tiempo, Liam decidió echarse un último vistazo. Estaba perfecto. No era que vistiera algo muy diferente de lo que normalmente usaba, era que la ropa que llevaba le quedaba perfecta. Se había vestido para la ocasión y estaba arrebatador.

Porque, aunque Liam era algo olvidadizo con algunas cosas, el joven recordaba perfectamente que ese día se cumplían seis meses desde que Max y él hablaron por primera vez en esa habitación de hospital.

Miró los pantalones azules que llevaba puestos junto a la blanca camisa con los dos primeros botones desabrochados, volteándose un poco para verse bien. Sí, estaba irresistible. Tenía que estarlo si quería que todo saliera bien.

Liam suspiró. A pesar de que habían pasado casi todo ese tiempo juntos y que él estaba completamente enamorado de Max, nunca le había declarado sus sentimientos.

«¡Pero eso se ha acabado! -se juró a sí mismo al mismo tiempo que alzaba el brazo con la mano cerrada en un puño y una sonrisa de satisfacción y total decisión en su rostro-. ¡Hoy le diré lo que siento!».

Un par de chicas que pasaron a su lado empezaron a reírse discretamente de su gesto. Al verlo, no tardó en bajar el brazo y guiñarles pícaramente un ojo, conquistando al instante el corazón de esas dos mujeres.

Sí, aquello tenía que funcionar. Lo tenía todo planeado. Nada podría salir mal ese día. Nada.

La puerta del portal se abrió en ese momento, atrayendo su la atención. Se volvió para ver a Max salir. Sus ojos se abrieron de par en par. El chico estaba vestido con unos pantalones prietos con algunas roturas por los muslos y una camiseta de tirantes blanca que se amoldaba perfectamente a su cuerpo por debajo de una camisa negra que llevaba totalmente desabrochada, dándole un aspecto desenfadado y, sobre todo, extremadamente sexy. ¡Incluso había llegado a alisarse el cabello! Estaba… estaba… ¡Ni siquiera podía pensar con coherencia!

—Estás…

—¿Horrible, verdad? —le interrumpió Max, mirándole entre triste y enojado—. Es que no sabía qué ponerme y…

—Iba a decir que te queda todo muy bien, pero…

—¡¿En serio?! —Los ojos de Max brillaron llenos de ilusión al escucharle—. ¿De veras te gusta cómo voy vestido? ¿Y el pelo? La verdad es que me había cansado de los rizos y, bueno, quería ver qué tal me quedaba liso.

Liam asintió, sin saber muy bien si asustarse por esos brillantinos que podía ver en los ojos del chico o si sentirse alegre.

—Estás perfecto —confesó.

—¡Gracias! —exclamó el otro con una sonrisa.

Oh, sí. Liam sentía que podría pasar por los nueve círculos del infierno si Max volvía a sonreírle de esa manera. Definitivamente, estar enamorado era lo mejor que le había pasado en la vida.

—¿Y a dónde me vas a llevar a comer?

¡¿Comer?! Los ojos de Liam se abrieron de par en par al oír su pregunta. ¿Comer? ¿Quién había hablado de comer?

—¿No ibas a invitarme a comer? —Le oyó interrogarle de nuevo al ver que no contestaba.

¡Mierda, Max quería que le invitara a comer! Liam deseaba que la tierra le tragase en ese instante para no tener que soportar la vergüenza de decirle que no tenía pensado invitarle a comer. ¿Qué podría hacer ahora? Siempre podía variar su plan, pero no quería hacerlo. Primero, porque no tenía dinero para invitarle. Y, segundo, porque realmente le gustaba lo que había planeado para ese día y sabía que su acompañante lo disfrutaría. Aun así, ¿debería aceptar lo de la comida? Decidió dejar que el otro lo decidiera.

—Max, yo… Bueno, yo no… —Liam se pasó una mano por la nuca, repentinamente nervioso y alterado—. Yo no tenía pensado invitarte a comer. ¡Pero podemos hacerlo si tú quieres! —añadió rápidamente para que así no se decepcionase.

Max le miró. Parecía decepcionado ahora, y Liam no pudo más que pegarse una colleja mental por no haber pensado en un plan como ese. Por suerte, y justo cuando iba a ceder, Max habló:

—Entonces, ¿a dónde vamos? —le preguntó, con una sonrisa que hizo que el mayor viera que el asunto estaba olvidado y perdonado.

Liam sonrió más tranquilo ahora al ver que no se había tomado nada mal la noticia y, con aires de superioridad e intriga, se acercó a su oído, susurrándole tres sencillas palabras:

—Es una sorpresa.

Hecho esto, y antes de que Max utilizara sus malas artes para sonsacarle el lugar, le cogió de la mano y empezó a alejarse del edificio, internándose en las calles de la ciudad.

 

* * * * *

 

Max estaba molesto. Odiaba las sorpresas y, como buen amigo suyo que era, Liam debería de saberlo. Pero también estaba intrigado. Con tanto misterio le había entrado la curiosidad, y solo podía esperar que llegasen pronto a donde quiera que fuesen.

—¿Falta mucho?

Habían recorrido ya un par de calles y, aunque Max no sabía por qué, la gente parecía muy animada por los alrededores. Vale que fuera domingo y que la mayoría de la gente no tuviera que trabajar, también servía que hiciera un día estupendo, con una temperatura agradable y más calor que frío; pero ¿qué era lo que pasaba?

—No. Ya falta muy poco —le contestó el chico que, de forma casi inmediata, se puso tras él y le tapó los ojos con las manos.

—¡Liam! ¡Quita tus manos de mis ojos ya! —le ordenó él mientras trataba de quitárselo de encima.

—No, no, no —se negó este mientras se reía—. Es por el bien de la sorpresa. No quiero que lo descubras antes de tiempo.

—Ya verás, ahora voy a tropezar, me voy a caer y me torceré un tobillo y entonces tendrás que llevarme al hospital para que me venden el pie y…

—Y no pasará nada de eso porque yo cuidaré de ti y te protegeré de tal forma que llegarás sano y salvo a nuestro destino —le interrumpió Liam, cortando todo ese rollo fatalista con la que el joven intentaba hacerle cambiar de opinión—. Venga, Max, solo por una vez déjame guiarte, ¿sí?

—Vale —terminó accediendo—. ¡Pero como me pase algo, te juro que desearás no haberme conocido! —le amenazó, alzando un poco el puño.

Aun a pesar de que sabía que estaba hablando en serio, Liam no pudo evitar comenzar a reírse. Y así, caminando el mayor tras el pequeño mientras le tapaba los ojos con sus manos y le guiaba por las calles, se acercaron a la enorme plaza que era su destino. Ahí, se detuvieron.

—¿Ya llegamos?

—¿Recuerdas ese día que me hablaste de lo bien que lo habías pasado en un parque de atracciones y de lo mucho que te gustaría volver? —Max asintió como pudo, curioso—. Bueno, no es un parque de atracciones, pero espero que te guste igualmente.

Dicho esto, las manos se separaron de sus ojos, dejándole ver lo que había ante ellos. Los ojos de Max no sabían muy bien dónde posarse al ver toda esa cantidad de puestos e incluso la carpa de lo que parecía ser un circo. Estaba demasiado ilusionado por todo lo que veía que no podía decir palabra. De todas formas, al ver que su amigo esperaba respuesta, se volvió hacia él.

—Me alegra mucho perderme una comida si era esto lo que habías pensado.

Liam empezó a reírse, siguiéndole cuando Max empezó a ir hacia la feria.

—¿A dónde quieres ir primero?

Max no respondió, simplemente le agarró de la mano y le obligó a ir a su lado. Así de paso evitaba que el otro se perdiera debido a la cantidad de gente que había. La primera parada fue un puesto de tiro al pato. Max acababa de ver un enorme oso de peluche y quería ganarlo como fuera. Lo malo era que igual necesitaba que alguien lo consiguiera por él.

—Oye, Liam, ¿tienes buena puntería?

El mayor se le quedó mirando pensativo unos instantes. Casi parecía estar intentando descubrir qué es lo que se proponía, en vez de pensando en una respuesta. Luego, asintió.

—Creo que puedo valérmelas. ¿Por qué?

—¿Qué te parece una competición sobre quién le da a más blancos? —le preguntó al tiempo que se servía de su carita angelical para que el otro aceptase.

—¡Ja! No me hace falta gastarme el dinero aquí para saber quién va a ganar: yo —repuso el joven.

—¿Tienes miedo de que te gane? Bueno, si crees que no puedes contra mí…

Ya estaba, esas eran las palabras con las que Max sabía que el otro aceptaría la apuesta. Después de todo, Liam odiaba que le tacharan de cobarde.

—De lo que tengo miedo es de dejarte a la altura del betún —le cortó este, empezando a picarse—. ¡Soy demasiado bueno para ti, y si quieres te lo demuestro!

—¡Hecho!

No hizo falta más. Nada más sellar el trato al cogerse de las manos, se volvieron hacia el tipo que llevaba el chiringuito, le pidieron dos rifles y pagaron los perdigones. Y, aunque intentando que Liam no le viera, Max se atrevió a esbozar una sonrisa de antelación. Estaba seguro de que ese oso de peluche iba a ser suyo en muy poco tiempo.

Al final, y como Max había temido, eso de dispararle al pato ni era tan sencillo como lo pintaban, ni se le daba tan bien. Por suerte, Liam parecía tener muy buena puntería, llegando a acertar todos y cada uno de los blancos. Tras esto, Liam se volvió hacia él para mirarle triunfante.

—¡Ajá! ¡Te dije que tenía muy buena puntería! —exclamó orgulloso.

Max empezó a reírse. Y, cuando el tipo del puesto se les acercó para preguntarles qué querían de premio, señaló el peluche que quería antes de que Liam pudiera decir nada. Un peluche al que abrazó nada más tener en sus brazos.

 

* * * * *

 

Con el peluche entre los brazos de Max, Liam por fin entendió lo que este había logrado hacer: le había manipulado. Aun así, no se sentía enfadado ni enojado, solo un poco molesto por la forma en que abrazaba al muñeco.

—Me has engañado para conseguirlo, ¿verdad? —le preguntó solo para confirmar lo que ya sabía.

—¡Sip! Espero que no te moleste. Ya sabes que me encantan los peluches.

La cara de Max quedaba justo encima de la del oso, mientras que sus brazos rodeaban la cintura del peluche. Liam decidió que ese era un buen momento para hacerle una foto, lástima que no tuviera una cámara a mano, aunque había cerca uno de esos fotomatones… quizá podría aprovechar.

—¡Vamos allí!

Antes de que pudiera decir nada, Max le agarró del brazo y tiró de él hacia otro de los puestos. Sabiendo que si se oponía no solo conseguiría perderle de vista, sino que también podría llegar a arrancarle el brazo de tan fuerte que le sujetaba, Liam suspiró para sí y se prometió que después conseguiría una foto como fuera.

Al final, recorrieron casi todos los puestos de la feria, compraron algodón de azúcar y miraron los demás sin volver a participar en los puestos de tiros. En ese momento estaban dentro del famoso fotomatón. Habían metido dinero para hacerse unas cuantas fotos y estaban esperando que este imprimiera las fotos que ya se habían hecho.

—¡Qué ganas de verlas! —repetía una y otra vez Max, dando pequeños saltitos con el oso en brazos.

—Que sepas que te odio. ¡Aún tengo restos del algodón del peluche en la boca! —le dijo Liam, a sabiendas que el otro no le prestaba atención.

—Anda, no mientas. Los tres sabemos lo mucho que te gustó darle un beso al Señor Oso… ¡Mira, ya salieron!

Max cogió las fotos, empezando a mirarlas sin poder evitar las carcajadas al verlas. De todas las que había, solo la última era normal. En la primera ambos salían haciendo el tonto, con Max sacando la lengua y Liam poniendo los ojos en blanco. La siguiente era prácticamente lo mismo, salvo que parecía que los había poseído algún demonio. En la tercera, Liam no salía, ya que Max se había abrazado al Señor Oso y le había conseguido tapar por completo. La cuarta era la foto de la discordia. Liam había querido salir los dos abrazados, pero Max no quiso y, para evitarlo, puso al Señor Oso en medio, haciendo que Liam y el peluche se dieran un beso mientras él se reía de lo que estaba pasando a su lado y, sobre todo, del gesto de decepción y asco que había en la cara de Liam. Al menos, al final había aceptado la propuesta y en la quinta y última foto salían los dos abrazados y sonrientes, con el Señor Oso en medio.

—Me pido quedarme con la última foto —dijo.

—¿No prefieres la cuarta? —le provocó Max—. Con lo guapos que salís el Señor Oso y tú…

—Max, no bromees con eso.

—Creo que voy a tener que regalártelo —continuó hablando este, sin hacerle caso—. Seguro que por las noches te va a echar de menos y no me dejará dormir hasta que no le abrace.

Max empezó a reírse, más al ver el gesto serio de su amigo. Lo malo era que, aunque Max podría creer que esa molestia se debía a su broma, en realidad lo que le pasaba a Liam era que estaba sintiendo celos del estúpido peluche en esos momentos. ¿La razón? Las últimas palabras del chico y una imagen bastante precisa de Max abrazado al oso por la noche.

Vale, era patético. Estaba teniendo celos de un claro objeto inanimado. Casi le parecía estar oyendo a un mini él diciéndole algo como: “Bienvenido al enamoramiento. A la derecha tenemos los quebraderos de cabeza, a su izquierda están los celos por cualquier comentario dicho por alguna persona o sobre algo o alguien. Detrás tienes las peleas por olvidarte de fechas y acontecimientos; y delante están las noches en vela pensando en si él estará pensando en ti en ese mismo instante”. ¡Esto de estar enamorado era un asco!

—Liam, ¿te apetece ir a la casa del terror? He oído que da algo de miedo.

Max se volvió hacia él, poniendo ojitos de cordero degollado y morritos, pues sabía bien que de esa forma no había manera de que se negara a sus caprichos. Y dicho y hecho. Aunque hasta hace apenas un instante Liam se maldecía una y otra vez por haber caído en las garras del amor, ahora daba gracias a todos los dioses existentes por haber conocido a Max. ¿Esto de la personalidad múltiple también estaba asociado con el enamoramiento? Debería preguntárselo a alguien.

—Está bien. Vamos.

—¡¡Sí!!

Casi como si se tratase de un niño pequeño al que le acaban de regalar un nuevo juguete, lo cual podría considerarse como cierto, Max parecía estar totalmente encantado por estar en la feria.

Al final, entraron en la casa del terror y caminaron por el recorrido marcado de antemano por las distintas salas en las que estaba distribuido el lugar. Tras encontrarse con momias con vendajes manchados de sangre y vampiros que salían de sus ataúdes cuando la gente se acercaba, ambos jóvenes entraron en la sala de los espejos, deteniéndose en cada uno y riéndose del reflejo del otro antes de pasar al siguiente.

—¿Y ahora? —inquirió el mayor al salir de la casa, donde más que miedo se habían acabado riendo incluso de la mano ensangrentada que había asustado a la pareja que caminaba delante de ellos.

Max miró a su alrededor, pensativo. Como ya iba siendo la hora de comer, el lugar se veía un poco más vacío que cuando llegaron, mientras que los bares y puestos de comida estaban mucho más llenos de lo acostumbrado. Aun así, y como todavía no tenían hambre, le vio señalar la enorme noria que estaba en el otro lado de la calle.

—¿Podemos subir? ¿Podemos subir? ¡Por fa, por fa! —Le vio suplicar mientras se giraba hacia él.

Liam miró la atracción y luego a Max. Le hacía gracia ver cómo le suplicaba aun a pesar de saber de antemano su respuesta.

—Vale. Y después vamos a comer algo.

Se acercaron a la noria, esperaron la cola que había y, cuando les llegó el turno, subieron a una de las casetas.

—Ten cuidado que no te caiga el peluche, porque no pienso saltar para cogerlo —le advirtió el joven cuando ya se encontraban arriba del todo.

—No es “peluche” es el Señor Oso y te aseguro que no se caerá porque yo le cuido —le dijo Max, sacándole la lengua.

«Los celos son malos, los celos son malos», se repetía una y otra vez Liam, como si se tratase de un mantra. «Es solamente un estúpido peluche que no se entera de nada y que tiene más suerte que tú. ¡Pero los celos son malos!».

En ese momento, allí arriba ellos dos solos, con toda la ciudad a sus pies, Liam se preguntó si era buena idea adelantar su plan y confesarse en ese mismo instante. Después de todo, a Max parecía encantado con el paisaje, ya que no dejaba de mirar a su alrededor, señalando que las personas parecían hormiguitas desde allí arriba.

Sí, quizás era buena idea decírselo ya.

Con esa idea en su mente, Liam carraspeó para atraer la atención del joven y se puso en pie. Sin embargo, justo antes de que una sola palabra pudiera salir de su boca, la noria empezó a moverse y el compartimiento en donde estaban se balanceó, haciéndole caer hacia atrás y golpearse con uno de los hierros en la cabeza.

—¡Maldita noria! ¿Por qué tenías que moverte justo ahora? —maldijo en voz alta a la vez que se llevaba la mano a la herida con gesto de dolor.

Por su parte, Max que había visto lo sucedido, no podía parar de reírse. Algo que acrecentó el enfado del mayor. Al menos, el menor pudo tranquilizarse lo suficiente como para hablar:

—Mira que haberte levantado. El chico nos dijo que teníamos que quedarnos sentados mientras duraba el viaje.

Enfadado y dolorido, Liam maldijo el trasto en el que estaba subido y a todo aquél que había ayudado a montarlo. ¡Habían estropeado su momento! Y ahora que estaban moviéndose, no le parecía que fuera buen momento para declararse.

—¿Aún te duele? —le preguntó su amigo cuando volvían a subir—. Debió de ser un buen golpe si te sigue doliendo. Déjame ver.

Intrigado, Liam vio cómo Max se levantaba con cuidado y se acercaba a él, sentándose a su lado y obligándole a girar la cabeza para ver el lugar dañado. Luego, y con mucha suavidad, acarició su cabeza recitando las palabras que le decía su hermano cuando era pequeño y se hacía alguna herida, aunque eso sí, adaptándolas un poco:

—Sana, sana, cabecita de Liam. Si no sanas hoy, sanarás mañana.

Y, antes de alejarse, le dio un pequeño beso en la herida, volviéndose para mirarle después.

—¡Ya está! Ahora verás cómo se cura dentro de nada.

Definitivamente, Liam se sentía volar. Estaba flotando entre un montón de nubes allá por la estratosfera o más lejos aún. Le había dado un beso, ¡Max le había dado un beso! Sí, había sido en la herida y sí, lo había hecho más por pena que por otra cosa, pero ¡le había dado un beso! Si es que, al final, el paseo en el trasto ese sí que iba a servir para algo después de todo.

Bajaron de la noria un par de minutos después y, tras una pregunta de Liam, ambos se dirigieron hacia un puesto de perritos calientes para comprar algo para almorzar. Comieron sentados en uno de los pocos bancos que estaban desocupados, gastándose bromas el uno a otro como ya era normal entre ellos, salvo que en esta ocasión, había un tercero en discordia. Liam estaba seguro de que el Señor Oso le miraba mal cada vez que se acercaba un poquito a su dueño. Vale, primero lo de la noria y ahora lo del oso; ¡al final iba a resultar que se estaba volviendo paranoico!

Después de la comida, ambos decidieron que era buena idea montar en la montaña rusa mientras esperaban que llegara la hora para la actuación en el circo. Así que fueron hacia la atracción en particular, pidiéndole al encargado que se quedara con el Señor Oso mientras duraba la atracción. Tras numerosos altibajos a toda velocidad e incluso un par de looping, Liam ya no sabía si subía o bajaba, aunque al menos debía de dar las gracias por no marearse tan fácilmente.

—¿Vamos al circo ya? Falta muy poco para que empiece la actuación.

—Sí, así pillamos sitio.

Tras recoger al Señor Oso, ambos jóvenes se dirigieron hacia la carpa del circo. Y, una vez allí, enseñaron las entradas y entraron, sentándose lo más cerca que pudieron de la pista.

—¡Palomitas! ¡Refrescos! ¡Perritos calientes! —gritaba uno de los del circo, enseñando su mercancía mientras paseaba por los espectadores.

Poco a poco, el lugar se fue llenando hasta que, al final, cuando ya estaba prácticamente completo, las luces de los focos se apagaron y la suave música que amenizaba la espera se detuvo.

En ese momento, el que parecía ser el director del circo salió al escenario, saludando a todo su público mientras presentaba al que iba a ser el primer artista.

Acróbatas que hacían saltos espectaculares, domadores de leones que metían la cabeza en las fauces de las bestias o los hacían saltar a través de aros de fuego, encantadores de serpientes, hombres gigantescos, ilusionistas y bailarinas en general fueron desfilando por el escenario uno tras otro, recibiendo salvas de aplausos antes de irse.

Max parecía estar entusiasmado. Liam sabía que no era la primera vez que iba a un circo, pero parecía que esta le estaba gustando de verdad. Lo que nunca supuso era que justo por eso se pudiera ofrecer como voluntario cuando el lanzador de cuchillos buscó a alguien entre el público para que saliera con él.

Al ver el gesto, el rostro de Liam se volvió pálido como la nieve. Susurrando como un loco, trató que Max bajara su mano, pero ya era demasiado tarde. El hombre que estaba en el escenario ya se había fijado en él y le estaba pidiendo que bajara.

—Vengo ahora. Tú cuida del Señor Oso —le pidió Max antes de bajar por las gradas.

Maldiciendo por lo bajo, Liam no pudo hacer otra cosa que aplastar el cuerpo del Señor Oso como medio de descargar su furia y frustración. Puede que confiase en la habilidad de ese hombre con sus cuchillos, tenía que ser bastante bueno para que le dejasen actuar y, si no, más le valía que no le pasase nada a Max si quería seguir de una pieza. Lo que a Liam no le gustaba era las tonterías a las que era propicio Max. ¿Es que si no se arriesgaba al menos una vez al día no estaba contento? ¡Casi parecía que lo hacía solo para ponerle de los nervios!

Por fin, tras presentarse ante el resto del público, Max fue hacia la plataforma, siendo guiado por una de las ayudantes del tipo de los cuchillos. Y, nada más atarle las muñecas y los tobillos para que no se moviera, le dejaron allí.

Liam estaba de los nervios. Se hubiera comido las uñas de todos sus dedos si ese gesto no le asquease. Sabía que en cualquier momento algo podría salir mal y Max podría ser herido por uno de esos cuchillos, con lo cual él no tardaría en perder los pocos nervios que le quedaban mientras llamaba a la ambulancia y…

¡Plam!

El primer cuchillo salió disparado por el aire y se hundió en la madera, a unos centímetros de la cabeza de Max.

Liam soltó aire.

¡Plam!

El segundo cuchillo hizo casi la misma trayectoria que el primero, yendo a parar entre las piernas del joven.

Liam volvió a respirar.

Aún quedaban otros ocho cuchillos.

Una a una, las pequeñas armas se fueron hundiendo en la plataforma de madera a distintas alturas, siempre a unos pocos centímetros del cuerpo de Max, al cual, y contra todo pronóstico, podía ver entusiasmado.

Finalmente, cuando todos los cuchillos estuvieron clavados en la madera y Max fue desatado, Liam pudo volver a respirar tranquilo, obligando a sus nervios a tranquilizarse. Por su parte, Max subió por las gradas hasta él, sentándose nuevamente a su lado y abrazando al Señor Oso mientras le contaba lo excitante que era todo eso y lo bien que lo había pasado.

¿Excitante? Liam conocía mil formas distintas de excitación y podía asegurar que ninguna era tan peligrosa como la que acababa de hacer el joven.

Mientras tanto, un mago había reemplazado al tirador de cuchillos en la pista, empezando con unos trucos tan simples como sacar conejos de la chistera o ramos de flores.

Por suerte, poco a poco los trucos fueron subiendo de nivel, volviéndose cada vez más complicados y difíciles de distinguir el truco. Así, la ayudante del mago desapareció un par de veces, mientras que este era capaz de escapar de un tanque de agua aun teniendo las manos esposadas.

La gente aplaudió como loca al terminar el truco, e incluso Liam tuvo que admitir que lo había hecho bastante bien. Y, tras esto, el director volvió a salir a escena, dando por terminada la función y despidiéndose del público con un último truco.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Liam mientras salían de la carpa. Habían estado allí dentro aproximadamente unas dos horas, así que ya eran casi las seis de la tarde—. ¿Te apetece dar una última vuelta por la feria?

Max asintió, aceptando la propuesta del otro ya que aún era pronto como para volver a casa. Además, ninguno quería despedirse del otro, teniendo en cuenta lo bien que se lo estaban pasando juntos.

—¿Sabes? Hoy mi hermano me dijo que iba a cenar con los amigos y que volvería tarde a casa —le dijo el joven al tiempo que se detenían en uno de los puestos y miraban los diferentes accesorios que se vendían allí—. ¿Te apetece cenar en mi casa y ver alguna película luego?

—Vale. Por mi perfecto. ¿Y qué te apetece ver esta vez?

Max sonrió mientras pensaba una respuesta. Al final, respondió:

—La que tú quieras, hoy te toca elegir a ti.

Liam le miró sorprendido. Normalmente tendría que hacerse el enfadado durante un buen rato para que Max le dejase elegir la película, e incluso así, él acababa por escoger la que este prefería, así que el joven ganaba de las dos formas. Pero, esta vez, parecía que el menor quería de verdad ver la que él quisiese, como si se estuviese disculpando por lo mal que le había hecho pasar cuando lo de los cuchillos.

Sonrió, feliz.

—Ya elegiré cuando estemos en tu casa. Vamos.

 

* * * * *

 

Horas más tarde, después de haber recorrido toda la feria una última vez, montar de nuevo en alguna de las atracciones y dar un pequeño paseo por la ciudad, Liam y Max llegaron a casa del segundo, donde cenaron tranquilamente en la cocina, mientras este le decía lo bien que se lo había pasado ese día.

Liam se alegraba de haberlo planeado todo bien. Estaba contento de que Max se hubiera divertido tanto, aunque a veces fuera a su propia costa, como la foto del beso con el Señor Oso y los nervios de cuando salió en el circo. No obstante, lo cierto era que el joven no se arrepentía de haberle llevado a la feria ese día.

Solo había una única cosa que aún no había podido hacer y, por desgracia, esa cosa era casi la más importante de todas, y el tiempo se le estaba agotando rápidamente.

En ese momento estaban sentados en el sofá del salón de la casa de Max. Liam ya había escogido la película que iban a ver y esta ya iba casi por la mitad. Sin embargo, aunque él mismo la había propuesto, era el que menos caso le hacía, ya que incluso el Señor Oso parecía estar más atento a la pantalla de la televisión que él.

A lo que sí estaba atento Liam era a la cabeza de Max, que estaba apoyada en su brazo derecho, mientras él abrazaba al oso. Además, por supuesto, de todos esos pensamientos que le inundaban.

Tenía que decírselo. Tenía que decirle lo mucho que le gustaba. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Además, ¿qué era lo peor que podía pasarle? Una imagen de Max dándole una patada en el culo y sacándole de su casa se cruzó por su mente. Se obligó a alejarla de su cabeza en el mismo instante en el que apareció. No tenía que ser tan negativo.

Tenía que hacerlo. Ya que no había podido hacerlo en la noria, ni en la montaña rusa justo antes de la primera caída, ni en el circo mientras esperaba que empezara; ahora tenía que hacerlo.

A la de tres.

Uno.

Dos.

Dos y cuarto.

Dos y medio.

Dos y tres cuartos.

Tres menos diez.

Tres menos cinco.

Tres menos cuatro.

Tres menos tres.

Tres menos dos.

Tres menos uno.

Y…

¡Tres!

¡Ahora era el momento! ¡Podía hacerlo!

Liam llenó sus pulmones de aire y, sintiéndose más nervioso de lo que había estado nunca, empezó a hablar, rogando por no trabarse con las palabras:

—Max, yo… quería decirte algo —susurró. No se atrevió a girar la cabeza para mirarle, así que su vista seguía fija en la pantalla de la televisión.

Max se movió un poco, o al menos eso fue lo que el chico sintió, y eso le dio fuerzas para continuar.

—Sé que te parecerá extraño. Más aún cuando te conté lo de todos esos chicos con los que he estado, pero… Pero…

No podía. ¡Maldición, no podía decírselo! No le iba a creer. ¡Max creería que se estaba riendo de él a la cara y se enfadaría y le echaría de casa! ¿Y si después de todo eso no le volvía a hablar?

Liam estaba asustado. No creía que pudiera soportar el rechazo de Max y lo cierto era que estaba pensando dejarlo estar. Mejor ser solo amigos antes que no ser nada.

Sin embargo, ¿y si pasaba otra cosa? ¿Y si Max le confesaba que también sentía lo mismo por él? Tenía que creer que esa opción también era válida. Tenía que creer que eso podría ocurrir. ¡Debía esperar que fuera eso lo que ocurriría! Definitivamente, tenía que confesarse.

—Max, yo… Tú me gustas mucho. Sé que puede sonar infantil pero estoy completamente enamorado de ti desde que nos conocimos hace ya seis meses. —Se hizo el silencio. Nada se escuchaba en esa habitación a parte de las voces de los personajes de la película—. Y bueno, yo… Yo quería saber si tú… Bueno… Si deseas que empecemos a salir juntos, ya sabes, como novios —añadió al recordar el hecho de que durante todo ese tiempo habían salido juntos también—. ¿Qué me dices? ¿Te gustaría que fuéramos… novios?

El silencio se mantuvo. A pesar de que quería ver la cara de Max y el gesto que había puesto al escucharle, Liam se sentía incapaz de girar la cabeza hacia su derecha y mirarle. Además, de todos modos, lo mejor era que le dejara un pequeño tiempo para que pensara sobre todo ello, ¿verdad? Pero ¿cuánto tiempo debía darle?

Pasaron cinco segundos, luego diez, veinte, treinta. Estaba a punto de cumplirse un minuto entero y Max todavía no había dicho nada; es más, ni siquiera se había movido. ¿Habría entrado en shock por su culpa? Liam decidió que ya era hora de mirarle.

Entonces, mientras el chico empezó a girar la cabeza, Max se movió un poco, dejando caer al Señor Oso al suelo y moviéndose para abrazarle por la cintura, todo ello sin decir palabra.

Liam se le quedó mirando, esperando que dijera algo. Sin embargo, al igual que antes, el chico no dijo nada. Al final, más intrigado ya por todo lo que estaba pasando que porque quisiera obtener una respuesta, el joven pasó una mano frente a la cara del chico, el cual ni se inmutó con el movimiento, ya que se encontraba profundamente dormido.

Al darse cuenta de ello, Liam suspiró. No sabía si reír o llorar. Para una vez que había podido declararse, ¡resultaba que Max estaba dormido! Definitivamente, ese día la suerte no estaba de su lado.

Aun así, no pudo evitar esbozar una dulce sonrisa al verle apretarse contra él y abrazarle como si fuera un peluche. Y, orgulloso por este hecho, Liam no tardó en sacarle la lengua al Señor Oso, el cual le miraba desde el suelo con envidia. Eso según él por supuesto.

Y, así, tras pasar un brazo por la cintura del chico para atraerle aún más hacia él, y empezar a acariciarle el cabello, Liam se sintió pletórico de alegría. No importaba que Max no hubiese escuchado su confesión, podría volver a decírsela otro día. Lo que ahora importaba era que el chico parecía querer que se quedara a su lado, y eso era todo lo que Liam necesitaba saber en ese instante.

De momento, se conformaba con ser su osito de peluche particular.

Capítulo 15 – En los baños del colegio

Unas tremendas ganas de ir al servicio son las que consiguen despertarme gradualmente y, aunque al principio me encuentro algo reacio a mover mi dolorido y cansado cuerpo, las leves corrientes de aire que son provocadas por mi respiración hacen que me de cuenta de que me encuentro desnudo en alguna parte de mi habitación. Mi primer error de la mañana, pensar que me había quedado plácidamente dormido en mi cama. El duro y frío suelo hace que pequeños retazos de recuerdos venga a mi mente y me confundan por unos instantes, obligándome a abrir los ojos como platos para conocer el lugar en el que me hallo.

Siento como me retumba todo el cuerpo y el dolor de este hace que me termine de despertar en un santiamén.

Mi segundo error ha sido el perder los nervios y haber hecho una barbaridad de ruido mientras pataleo el suelo para ponerme, al menos, con la columna vertebral perpendicular al suelo. ¿Qué por qué? Porque no estoy solo en esta habitación, ya que ahora puedo ver que claramente no es la mía. Este lujo y la cabellera rubia que hay tumbada en la cama hace que quiera morirme. Es una escena bastante horrorosa. Tampoco me importaría que la tierra me tragase. Ahora mismo ambas opciones me parecen demasiado jugosas.

Afortunadamente, he tenido la enorme suerte de que ninguno de ellos haya logrado despertar a Draco o, al menos, no ha dado señales de que se haya dado cuenta. Mis piernas tardan en responder, pero tras un par de intentos consigo ponerme en pie, tambaleándome, pero de pie. Una fuerte punzada de dolor se clava en mi cabeza, detrás de mi frente, como si me hubieran incrustado un clavo. Lucho por no perder el equilibro ya que mi cuerpo reacciona encorvándose y llevándose ambas manos a la frente, haciendo que ya no esté apoyado en lo único que me mantenía de pie.

Sin poder pensar con claridad, pero con mucha urgencia de salir de aquí echando leches antes de que pueda pasar algo malo, me abalanzo estrepitosamente hacia la puerta olvidándome por completo de las ganas que tengo de ir al baño. Consigo salir, eso está claro, pero es aquí donde meto la pata por tercera vez en la mañana: solo tengo una camisa con la que taparme, la cual se encuentra en un estado deplorable agarrada solo sobre uno de mis brazos, y ni si quiera he comprobado si iba a estar solo en cuanto saliera de la habitación. Imaginaos la cara de imbécil que se me queda cuando veo que una de mis peores pesadillas se hace realidad.

Hay un grupo de personas a pocos metros de mi e, inexplicablemente, es mixto. Sí, ya no solo son chicos los que me ven desnudo y con un aspecto que ni si quiera puedo llegarme a imaginar. Me pregunto si sabrán lo que puede haber pasado ahí dentro. Rezo porque solo piensen que ha sido una de las típicas putadas que hace Draco en su día a día.

Ellos se quedan con la misma cara que yo, incrédulos por lo que están viendo. No tardan mucho en reaccionar ante la situación, de la cual no tardo en huir a la vez intento tapar la mayor superficie de mi cuerpo con la camisa de Draco. Si yo no le he levantado, estoy seguro que los insultos, risas y silbidos que me están dedicando sí lo habrán conseguido.

Mis pies no paran de moverse hasta que llego a mi habitación, la cual extrañamente está vacía, y me tiro hacia mis pertenencias para ponerme algo encima y deshacerme de la húmeda prenda de ropa a la que bautizo como mi premio a la humillación. La escondo debajo de la cama hasta tener idea de cómo me voy a deshacer de ella sin que nadie la pueda relacionar conmigo.

A pesar de que no quiero salir de la habitación por si se han quedado esperándome en la puerta para seguir burlándose de mi los que me han visto, tengo unas ganas horridas de darme una buena ducha y hacer mis necesidades. La vejiga está a punto de estallar y necesito quitarme este olor que va desde sudor a otro líquido mucho más espeso que hace que mi piel, en algunas zonas, se sientan con una textura muy extraña y pegajosa.

Esta vez si que pego la oreja en la puerta antes de salir para confirmar de que han desistido y se han marchado.

~~~~

Me he perdido la dos primeras clases de la mañana gracias a que me he quedado dormido y he tardado mucho en darme cuenta de que la hora de desayunar ya había pasado por bastante tiempo. Eso ha implicado el hecho de que no he tenido el derecho a llenarme la panza con el fin de castigarme y que no me vuelva a ocurrir. Joder, si superan de verdad lo que ha pasado creo que ya estaría de patitas en la calle expulsado por comportamiento… no sé ni qué nombre ponerle la verdad.

Sin embargo, no todo ha sido tan malo. Si hubiera salido al pasillo horas antes, cuando éstos están plagados de estudiantes recién despiertos y ansiosos por comenzar con buen pie, creo que habría sido igual que cavar mi propia tumba. Seguramente se habría convertido una notición que no hubiera tardado más de un par de segundo en conocer toda la escuela.

Al menos la ducha me ha ayudado mucho a despejarme del nubarrón que no me dejaba pensar con claridad por demasiado tiempo. He decidido mantener mi mente ocupada hasta que llegue la hora de mi siguiente clase, ya que no creo que sea el momento de sentirme culpable y como una mierda cuando me queda un día bastante largo por delante de clases. Por ello, he ido a la biblioteca, a ver encuentro algún libro interesante que consiga ocupar mis pensamientos de otra cosa que no sea a mi mismo cantando la primera canción que se me viene a la mente para apagar a esa vocecilla que casi me está gritando ya.

Pero un horrible dolor de huevos está haciendo que esta tarea sea mucho más complicada de llevar a cabo.

Todo va bien hasta que mi barriga ruje de tal forma que varios estudiantes que están a mi alrededor no pueden evitar soltar una risotada. Con la cara roja, no soy capaz ni de sacar la nariz del libro, haciendo como que el ruido no ha provenido de mi. Sin embargo, otro rugido no tarda en llegar, descubriéndome al completo.

Más risas por lo bajo y mis mejillas comienzan a arder, al igual que mi zona íntima más baja por estar demasiado apretujada, doliéndome aún más.

Es en este instante en el que ya no soy consciente de que no estoy impidiendo a esa vocecilla, que tanto me odia, que tenga rienda suelta para ponerse las botas conmigo. A la par de sus palabras, apoyándose en hechos reales, pequeños trozos de vídeo aparecen sobre mis ojos eclipsándolos de la vida real. El estómago se me revuelve, como si hubiera comido algo en mal estado, produciendo que los rugidos cesen, al igual que mis ganas de comer.

Qué decir, no me reconozco. No parece que soy yo. A ver, no niego que haya momentos de la semana en los que sí me apetece darme un poco de amor propio, mas mis actos y lo que siento no se parecen en NADA a lo que han sido mis experiencias anteriores. Lo más cachondo que he llegado a ponerme fue cuando me estuve masturbando mientras dejaba entrever mi silueta iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana. Eso ha sido la locura más grande que he llegado a hacer por satisfacer algunos pensamientos lascivos que se me han pasado por la cabeza.

¿PERO DEJAR QUE ALGUIEN ME VEA EN ESE ESTADO MIENTRAS YO ME MAGREABA DE ESA FORMA CON UNA POSTURA DE LO MÁS INCÓMODA Y SEXUAL? ¿Es que ya se me ha ido la puta cabeza por completo?

Mis piernas comienzan a moverse de los nervios y las letras que estoy intentando leer se emborronan hasta tal punto en el que solo veo manchas homogéneas sin significado alguno. Ni si quiera soy capaz de visualizar correctamente los pocos dibujos que tiene el libro. Apoyo la cabeza sobre mis manos sudorosas y cierro los ojos a la vez que intento controlar y normalizar mi respiración. Creo que no ha sido tan buena idea irme a un sitio en el que tengo que guardar silencio, porque ahora mismo me muero por soltar un buen chillido de rabia.

–¿¡Qué cojones pasa conmigo!?–exclamo en voz demasiado alta y varias personas se vuelven hacia mi para dedicarme su peor cara por haberles desconcentrado, otra vez.

Ya no aguanto más aprisionado en este lugar, a si que agarro mis cosas y salgo corriendo cayéndoseme la cara de vergüenza por el camino. Mi vida es una montaña rusa y ahora mismo estoy cayendo en picado hacia un abismo que me va a engullir por imbécil.

Me dirijo hacia mi próxima clase con mucho cuidad de no tener que toparme con Draco. Ahora si que debo esquivarlo a toda costa hasta que se le olvide lo que pasó ayer. Si es que eso puede suceder. No sé cómo se lo va a tomar, pero yo tengo claro que esto ha llegado a un punto final para mí, porque yo he venido a aprender magia, no a experimentar actos sexuales y menos para que me marquen de esta forma y en contra de mi voluntad.

Además, si me pongo analizar todo esto, las peores cosas que me han pasado desde el primer día que llegué aquí, han ocurrido por las noches. Es caer esta y como que todo se descontrola. Puede que sea por esto por lo que no puedo dormir bien, mi cuerpo sabe que hay muchas posibilidades de que algo malo pueda pasar y prefiere quedarse bien alerta para poder vigilar mi entorno.

Por el camino, a un par de giros para llegar a dicha clase, mi cuerpo se vuelve a sentir pesado y doy un pequeño traspié que obliga a lo que llevaba en mis manos a salir volando. Yo al menos consigo no caerme y pegarme la hostia del siglo. Una chica que pasaba justamente por mi lado en mi momento más álgido del día, decide ayudarme a recoger las cosas esparramadas por el suelo y se lo agradezco con todo mi corazón. Estas cosas siempre me recuerdan de que no todos los alumnos que hay en esta escuela son unos desgraciados conmigo.

Un pinchazo de dolor no tarda en recordarme lo que llevo sintiendo toda la mañana en los huevos.

–¿Te encuentras bien? –me dice ella después de recogerlo todo. Yo me encojo de hombros porque no entiendo su pregunta–Tienes unas buenas chapetas en la cara.

Le sonrío y le vuelvo a agradecer su ayuda diciéndole que si me encuentro bien, mas la verdad es que sí siento algo raro en mi. Parece que la enorme fiebre que he sufrido esta noche no ha abandonado por completo mi cuerpo porque, cuando ha apoyado su mano sobre mi hombro preocupada, he vuelto sentido esas mismas corrientes eléctricas con desembocadura en mi entrepierna. Por suerte no es con la misma intensidad que antes.

Me despido de ella con aprisa y voy hacia el cuarto de baño más cercano para que nadie más se de cuenta de que se me está volviendo a ir la pinza. “Joder, ¿es que no puedo tener ni un puto respiro?” pienso. Tengo ganas de mandarlo todo a la mierda de una vez.

Ahora más que nunca, puesto que mi mente ya puede pensar con claridad, puedo decir que ha sido la poción que me dio a probar Draco. Esa que tanto le defraudó en su momento. Esto solo consigue que afloren muchas más incógnitas en mi cabeza puesto ¿qué es lo que pensaba hacer tras darme esa sustancia? ¿Qué me hubiera pasado si me hubiera afectado instantáneamente? Me da un repelús y todo solo de imaginármelo.

–Ha–pero ese repelús no me ha sentado tan mal como me esperaba, pues ha desencadenado otra respuesta involuntaria en mi entrepierna. Un enorme latido de placer ha estallado en ella.

Entro en el primer excusado que hay abierto y me encierro en el con un buen portazo y los nervios a flor de piel. La tapa del váter está levantada, así que la bajo con la misma prisa y me siento sobre ella como un peso muerto. Los calores bochornosos vuelven a desequilibrar la temperatura de mi cuerpo, obligándome a quitarme la túnica y desabrocharme la corbata. El poco aire fresco que me roza la nuca me alivia por unos instantes.

Lo que vaya a hacer, tiene que ser ya. No quiero llegar tarde o incluso perderme más clases. Ya la he cagado varias veces esta mañana, creo que ya es hora de enderezar el día. Y como sé que esto no se va a acabar por mucho que lo desee -sin hacer nada-, decido que es mejor liberar lo que me está quemando en un momento en la privacidad del cuarto de baño y luego ir cagando leches a clase.

Los minutos pasan sin darme tregua, al igual que la quemazón que crece descontroladamente en mi interior. Mis huevos también me obligan a ello, necesitan aliviarse por lo que veo.

A pesar del asco que me dé, sabiendo lo que sé de esta noche, tengo que librarme de este calvario lo antes posible. Dejo los pergaminos en el suelo al igual que los otros utensilios que llevo encima. No quiero que nada me moleste ni me distraiga de mi cometido si quiero que sea rápido. Me levanto un poco para desabrocharme los pantalones y bajármelos, al igual que hago con los calzoncillos recién limpios que espero no manchar. Solo rezo porque no venga un grupo de estudiantes a tocarme la moral con sus voces o jueguecitos de aporrearte la puerta para joder.

Cierro los ojos para imaginarme a mí mismo en un lugar más tranquilo y acogedor y me pongo manos a la obra. La verdad es que no tengo que hacer ni el esfuerzo de imaginarme nada de lo mucho que se me han subido las hormonas. No niego que no me sienta raro al masturbarme en unos baños que son bastante frecuentados, pero qué coño, seguro que no soy ni el primero ni el último en hacerlo en el día de hoy. Además, el hecho de que jamás lo haya hecho en una situación como esta, hace que me dé un morbo curioso.

Descanso mi cabeza sobre la pared para estar lo más cómodo posible y agarro mi miembro algo indeciso por lo que he aceptado hacer. Ya solo en el primer roce mi cuerpo reacciona exageradamente y siento un notorio tirón en mi barriga el cual ignoro. Siento en mi cabeza vuelve a aparecer esa neblina que logra nublar mi juicio. Solo espero no volver a hacer una tontería.

Me muerdo ambos labios para evitar que en una de mis profundas respiraciones pueda hacer algún ruido que me delate. Poco a poco voy sumergiéndome en mi imaginación dándole rienda suelta a cualquier pensamiento o imagen que tenga ganas de aparecer. En pocos movimientos de muñeca consigo que mi miembro se endurezca tanto que llega a ser un poco incómodo, mas no me paro. Por otro lado, siento una enorme presión en mis huevos que hace que me apresure más a terminar.

Hago que mis dientes se hundan un tanto más pues, aunque me cueste admitirlo, esa pizca de dolor se siente demasiado bien.

Las caderas se me contonean levemente deseosas de conseguir más y el ritmo que marca mi mano se acelera drásticamente. Apenas me queda nada para volver a tocar el cielo, aunque siento que esta vez no va a ser igual de intenso, creo que va a ser suficiente para estar decente en las clases.

Es entonces cuando a mi mente vuelve a llegar otro recuerdo de esta noche y el cual no puedo hacer que desaparezca por mucho que quiera. No quiero que lo que me haga llegar al clímax sea una situación tan bochornosa como la que he vivido. Pero lo hace.

Alargo velozmente mi mano “libre”, la cual me percato que se ha llevado todo el tiempo clavada en mi muslo, hacia el rollo de papel y tiró de el para llevarme un buen trozo. Lo arrugo como puedo y, sin terminar de adaptarlo a como deseo, tengo que llevarlo rápidamente porque ya no aguanto más.

Todo el calor detona en una explosión de placer que me produce contracciones musculares tan bestias que, sin querer, me doy un buen porrazo en la cabeza. La respiración se me corta por un buen rato mientras mi cuerpo secreta más sustancia de la debida. Al menos he tenido la suerte de llegar a tiempo para controlarlo, porque si no, hubiera montado una buena.

Con cuidado, me levanto del váter, subo un tanto la tapa teniendo en cuenta que no puedo rozar el miembro contra la camisa y tiro la bola de papel, si es que aún se le puede llamar así. Luego cojo otro trozo y termino de limpiarme. Antes de volver a sentarme, me subo los calzones y pantalones para no seguir tentando la suerte. Al menos, he conseguido que todo mi cuerpo entre en un estado de alivio muy cómodo.

Me gustaría quedarme unos minutos más descansando, pues aún lo siento algo tenso, pero creo que ya he gastado todo el tiempo que tenía -y puede que más- saciando a mi alterado cuerpo.

Ahora si estoy preparado para hacer vida normal, o eso espero. Mas antes de irme, me cercioro de que no hay ninguna prueba del delito sobre mi persona. Y es gracioso porque, al salir del baño, veo como un chaval está haciendo un bailecito bastante curioso mientras me mira con cara de “ya era hora de que salieras”. Yo miro hacia atrás para darme cuenta de que no he tirado el segundo papel y salgo huyendo antes de que me pueda reconocer.

Otro error más a la lista de hoy. ¿Cuántos llevo ya?

Un cuento oscuro, para noches oscuras

Una tormenta arrecía fuera de la taberna. La lluvia torrencial aporreaba las ventanas con ira mientras truenos resonaban en lo profundo de la noche. El ambiente dentro del local era tranquilo como de costumbre por esa época. Rara vez se escuchaban murmullos o canciones en las noches de invierno. Pero en la tranquilidad del hogar el sonido producido por un forastero al abrir la puerta de repente silenció el gorgoteo de las chispas de la chimenea.

-Bienvenido a la taberna de Shadran forastero, ¿qué desea?- Dijo Targon con una sonrisa y muy alegre.

-Tu alegría no compagina con el ambiente de tu local, tabernero.- contestó el forastero.

-Bueno, prefiero el término juglar, aunque no se me ajuste tanto como tabernero, pero aquí siempre hay ambiente de fiesta señor, incluso en noches como esta solo hace falta encontrar como caldear el ambiente.

-¿Juglar? ¿Cuantas historias tabernero?

-Así es, pero hoy no oiréis ninguna de mis trepidantes historias, hoy el turno es de mi hermana la bardo quien prefiere historias un poco más fantásticas.- El tabernero señalo a una hermosa elfa de cabellos oscuros y ojos esmeralda. Con un vestido verde oscuro y una diadema plateada se montó encima de una mesa.

-Hola damas y caballeros, yo soy Ériube y os doy a todos la bienvenida, a esta nuestra taberna. Hoy mi hermano Targon- señalo al tabernero, un elfo rubio de ojos miel muy esbelto. -Me ha concedido el honor de entreteneros con una historia tan real como las que él os cuenta.

-No vayáis a contar ninguna historia de final feliz mi señora, pues en una noche como esta carecería de argumento alguno.- dijo el forastero, alzando la vista. Debajo de su capucha se podía ver una melena larga blanca acompañada de una mirada fría, seria y profunda. -Las noches oscuras requieren de cuentos oscuros.

-Que así sea.- dijo ella poniéndose de pie e invitando al forastero a tomar asiento. Cuando vio que todos la miraban atentamente empezó su relato.

“Milenios atrás, en el principio de los tiempos después del nacimiento de los bosques, la encarnación del saber y la creación del orden y el caos, se alzó la oscuridad. Tomó la forma de todo lo que nos daba miedo y lo transformó en criaturas feroces. Era lo opuesto a lo que por entonces formaba el mundo. Como una enfermedad fue propagándose por el mundo, buscando cualquier rincón donde esconderse y crecer. Durante años se combatió a la oscuridad, pero muchas razas sucumbieron. Tras siglos de lucha llegó las paz, tan dulce, tan querida, tan… efímera. Pues sin que apenas pasase una semana el suelo del mundo se abrió y de él salieron todas las criaturas de la oscuridad que se habían ocultado en los más sombríos abismos de la tierra. No encontraron resistencia alguna.

Pero entonces el gran dios sol Alistair descendió del firmamento y condenó a todos los seres del inframundo a existir en la oscuridad. Durante años algunos demonios han logrado permanecer bajo la luz del sol. Sin embargo los más antiguos siguen exiliados en las sombras. El más antiguo de los que quedan se esconde tras el amparo de la noche y su gran velo de oscuridad. El ser del que se dice que encarna la misma oscuridad, la gran sombra, Narither.”

Al oir aquel nombre el forastero agachó la vista y se recostó en el respaldo de la silla. Ériube notó el gesto pero decidió seguir con el relato.

“Este ser fue denominado el primer Nullamder por los antiguos habitantes de Kinterfel. Su nombre significa La gran Sombra, y es temida por todos;

Pues se dice que sus garras son largas de verdad,

Su rostro oculto tras un manto de oscuridad.

Posee tanta fuerza como maldad, al más diestro de los guerreros puede derrotar.

La magia común contra él no sirve, pues solo una opción contra él es posible.

Los rayos del sol son su única debilidad, las sombras su morada y su canto letal.

Tiene un gran olfato, no importa la cantidad si sangras él te va a encontrar. Es capaz de condenar tu alma a la más profunda oscuridad. Sin descanso vagando por toda la eternidad.

Según cuanta la leyenda, la sombra vive confinada en el páramo de Wellsrein-deth junto con todos aquellos a los que a condenado vivir en la oscuridad. Pero no os confiéis amigos, pues ya sabéis que ese lugar no es una prisión. En cualquier momento la sombra puede aparecer y consumir toda vuestra cordura.

Rápido y silencioso, se mueve en la noche. Cuando lo ves ya es tarde, la piedad no conoce. Con sus garras como cuchillas tu carne desgarra, de tu sangre se sustenta, de tu dolor se alimenta. No parará jamás, es un ser inmortal. La encarnación del mal. Por eso el paso gris todo el mundo evita pues nadie quiere un destino como ese en su vida.

Sed precavidos por la noche caballeros. No quisiera encontrarme a ninguno de vosotros descuartizado en el establo esta noche.”

Tras su relato hubo un breve silencio interrumpido por aplausos. Ériube había dejado a todo su publico expectante sobre todo por la parte cantada. Su voz era tan hechizante que solo rivalizaba con la de su hermano.

-¡Esas historias son cuentos de niños!- gritó uno entre la multitud.

-Mis historias son muy reales, os lo juro.- contestó indignada, pues siempre le decían lo mismo sobre sus relatos.

-Lo importante es que os haya entretenido- dijo el forastero.

-¿Tú te crees toda esa patraña de demonios y magia?

El forastero alzó la mirada y la dirigió a aquel replicante caballero -No me hace falta creerme una historia para reconocer que es buena o disfrutarla.- se levantó – Pero os aseguro que existen horrores ahí fuera que os helarían los huesos, caballero. Yo mismo los he combatido.- Tras decir aquello pagó su deuda con Targon por la comida y bebida y se marchó levando tras de sí su capa negra deteriorada y corroída.

Capítulo 8 – El dolor que produce la ignorancia

Habían pasado ya 3 días desde que la prueba comenzó y aun nadie, a parte del pequeño grupo que se había formado entre los dos equipos que habían “chocado por accidente”, había dado señales de vida. Estaban solos pero no indefensos. Tara había organizado todo a la perfección: una especie de cueva a modo de refugio, grupos de expedición para encontrar a más equipos a parte de ellos y otros grupos para encontrar agua, comida y otras cosas con utilidad. De momento todo estaba calmado. Algunos de ellos habían tenido ataques de ansiedad por encontrarse en una situación mucho más diferente y difícil de lo que habían imaginado. Por suerte tenían a casi los mejores de cada elementos para hacer su pequeña pesadilla más fácil.

Por la noche de aquel día hicieron una hoguera más grande de lo normal a la entrada del refugio. Sabían perfectamente que aquello llamaría mucho la atención a las criaturas del bosque, pero así también tendrían más posibilidades que los equipos que pasaran por los alrededores de verles. Eran bastantes por lo que no tendrían problemas con la mayoría de criaturas que se asomaran a aquella hora. Estaban todos alrededor del fuego formando una especie de círculo. Seth y Laia estaban juntos al lado de Tara y Garret. No había persona o cosa que los separara, estaban más unidos que nunca. En cambio Vicent estaba en frente de ellos mirándoles con recelo porque estaba entre completos desconocidos. Aunque mirara a aquellos cuatro, su vista siempre se centraba en Seth. Le estaba obsesionando. Por las noches había tenido sueños extraños y algo salidos de tono con el Líder de Fuego. Le deseaba con todo su ser pero éste solo le hablaba cuando tenía que hacerlo. Sentía como una conexión muy fuerte le estaba uniendo a aquella persona que no le veía de la misma forma y le hacía sufrir. Encima se le estaba juntando con su reciente separación que había sufrido de sus padres, los que siempre había confiado para protegerle y le habían dado la patada en el peor momento. A veces, cuando salía con un grupo para encontrar provisiones, se alejaba de sus compañeros y se sentaba bajo un árbol para llorar. Las imágenes de algunas personas trajeadas con uniformes militares irrumpiendo en su casa como si fueran terroristas buscándole a él y las de Seth siendo feliz con Laia, le estaban volviendo loco. Estaban consumiendo su alma lenta y dolorosamente y le quedaba poca ya de ella.

Al finalizar la noche, cuando estaban recogiendo y apagando un trozo de la hoguera para hacerla menor, la idea de ir por su cuenta se estaba haciendo cada vez más fuerte. Desde su punto de vista, él era el único que no cuadraba allí. Todos se conocían y él era un completo extraño con el que nadie parecía confiar. Aunque no les culpaba, ni él mismo sabía si podía confiar en su persona. Vicent se tumbó en el suelo haciéndose el dormido. Después de esperar a que la última persona se tumbara para dormir y un tiempo extra para asegurarse de que estaba en el mundo de los sueños, se levantó con mucho cuidado y, sin hacer ruido, se adentró en la arboleda con lo puesto. Ya se las arreglaría solo cuando necesitara algo, ahora lo importante era salir de allí sin ser visto. Todo iba bien, ya se había alejado unos 5 metros del pequeño campamento y nadie le había pillado. Apretó el paso ya que ahora el ruido no era un problema y empezó a trazar un plan para organizarse. Ahora estaba él solo contra el mundo, otra vez.

Vicent, pensando aun en lo que hacer, no se dio cuenta de que a pocos metros de él había una llama que se acercaba a él. No se percató del inminente peligro hasta que la llama no estaba a pocos pasos de él. Flexionó las rodillas para intentar esconderse pero ya era tarde, le habían visto. Escuchaba como las pisadas se acercaban a él rápidamente pero antes de que pudiera hacer nada alguien le tapó la boca y tiró de su cuerpo hacia uno de los lados por donde procedían las pisadas, alejándose de ellas silenciosamente. Solo podía ver la mano de la persona que le había sorprendido por la espalda y no le sonaba para nada. Apenas podía respirar entre el gran esfuerzo que estaban haciendo por alejarse de las pisadas y del susto que había tomado su cuerpo. Estuvieron alejándose unos 5 minutos y fue entonces cuando le soltó. Vicent cayo al suelo agotado y se dio la vuelta como pudo para ver quien era. Su mirada encontró a Seth mirándole a pocos centímetros de él. ¿Qué estaba haciendo allí? Había visto perfectamente como se había ido a dormir con Laia después de haber empequeñecido la llama de la hoguera. Pero al perecer se había equivocado, él estaba allí mirándole con el ceño fruncido y los labios apretados. Estaba enfadado, muy enfadado. El moreno se dejo caer al suelo aliviado, exhalando una gran cantidad de aire y mirando a la copa del árbol que estaba encima de ellos. Su plan había fracasado completamente pero al menos no había peligro. Seth le había vuelto a salvar, ya le debía demasiadas.

-¿Se puede saber qué estabas haciendo?-preguntó cabreado Seth mientras su ceño se fruncía cada vez más y apretaba sus puños para evitar soltar una guantada al menor. Aunque supiera perfectamente qué era lo que estaba haciendo, quería escucharlo de Vicent. Quería creer que no era real.-Respóndeme-ordenó al ver que no obtenía respuesta alguna. A cada segundo que pasaba sentía más ganas de golpearle.

-Nada, solo estaba dando un paseo-mintió el menor mientras desviaba su mirada hacia la derecha. No podía mentir y mirarle a la cara a la vez. Pero en cuanto terminó de hablar Seth le agarró del brazo y lo apretó con fuerza a modo de aviso para que le dijera la verdad.-Vale, pero suéltame que me haces daño-dijo y en cuanto el agarre cesó, se llevó una mano hacia el dolor. Le había cogido realmente fuerte. Luego tragó saliva y se dispuso a hablar con voz temblorosa-Quería irme. Sabes que yo no pinto nada aquí, soy el único que no encaja en este grupo.

-¿Pero qué cojo…-gritó Seth pero al darse cuenta de la intensidad de su voz la bajó automáticamente. Pero no pudo parar sus impulsos más y agarró el cabello del moreno con una mano y la apretó con furia.-Te juro que si te hubieras llegado a ir te hubiera matado-dijo sin piedad. La ira le estaba dominando y sentía unas ganas terribles de hacer daño a Vicent, pero no podía, una voz interna en su cabeza no le dejaba hacer aquello o no de aquella forma. Se debía controlar como fuera o iban a terminar muy mal.

La disculpa que salió de los temblorosos labios de Vicent no fue suficiente para calmar la ira, la furia, las ansias de hacer daño o recibirlo. Cada vez que recordaba que había intentado largarse después de todo lo que había hecho por él los días anteriores, ya sea por defenderle o por ayudarle a que se integrara en el grupo, su mente perdía un punto más de autocontrol. ¿Qué más debía hacer? ¿Acompañarle a todos lados para que no se marginara como siempre hacía?

-Te hubiera cortado cada uno de tus miembros y te hubiera arrancado la cabeza.-hizo una pausa para crujirse el cuello, pero justo en ese momento su nariz captó su peor pesadilla. Otra vez aquel olor, otra vez el olor de Vicent estaba llenando su mente de locuras.-Menos mal que te he pillado antes, pero aun así no te vas a salvar de un castigo- y el autocontrol se fue. A medida que iban saliendo las palabras por su boca el perdía el control sobre ellas, estaba diciendo cosas que no pasaban por su mente.

Vicent abrió los ojos exageradamente, asustado por las palabras del mayor. Había deseado que éste se centrara más en el y que estuviera más cerca, pero no de aquella manera. La mano de Seth apretaba cada vez más su pelo, tirando de su cabeza hacia un lado. Las piernas le empezaron a temblar y cerró los ojos avergonzados por la situación. Pero para el mayor ya era demasiado tarde para dar marcha atrás, el olor le había atrapado completamente y a eso se le unían las terribles ganas de sentir placer porque hacía bastantes días que no había sentido aquel ansiado calor, aunque fuera con un hombre. Aquel hecho había salido de su cabeza en cuanto sus sensores del olfato fueron bañados por aquel sabroso olor que fabricaba el cuerpo del menor. “Eres mi maldita perdición” susurro en su loca y propia mente.

Sin soltar el pelo castaño y con la otra mano, empezó a subir su camiseta. No se diferenciaba tanto que cuando lo hacía con una mujer. Solo debía estimularle en los sitios indicados y suponía que algunos de ellos podían coincidir. Con la mano libre rozó uno de los pezones del menor para ver si respondían al estímulo y así fue. El menor dejó escapar un pequeño gemido unido a un respingo. Después, en vez de solo rozarlo, lo apretó con sus dedos y otro respingo movió el cuerpo de Vicent aunque esta vez aguanto el sonido. Tentado por provocar más movimientos, llevó su boca al otro pezón y esta vez lo lamió y luego lo mordió. Aquello hizo que el moreno se retorciera por una especie de placer y confusión por lo que sentía con aquellos actos. La respiración de ambos era más caliente de lo normal a la vez que rápida. Seth, con poca sangre en la cabeza por la gran acumulación de ella en la entrepierna, se dejó llevar y subió lentamente por el pecho, cuello y cara del moreno hasta llegar a la boca de éste. Antes de juntar sus labios por segunda vez en su vida, el mayor echó un vistazo a los ojos pardo-rojizos de Vicent para notar, aun siendo en pequeña cantidad, el miedo del contrario.

Entonces sus labios se unieron. Al principio ninguno de los dos los movía pero a medida que pasaba el tiempo Seth empezó a moverlos y a meter su lengua dentro de la boca del menor dominante, mezclando sus salivas. Había veces que le mordía la lengua al moreno, el cual gemía por el dolor que le producía. Al final Vicent acabó también por morderle tímidamente cansado de recibir tanto dolor en tan poco tiempo. Pero aquello fue su perdición. Seth rugió interiormente como un animal peligroso que iba a atacar y le empujó con su cuerpo contra el suelo con la cadera, haciéndole sentir toda su erección en la barriga. Después de aquel movimiento sus labios se despegaron y de un tirón el pelinegro bajó los pantalones de Vicent, al igual que su ropa interior. El menor no pudo reaccionar por la rapidez de la acción y se quedó ahí indefenso, con todas sus partes íntimas expuestas al loco que amaba en el fondo de su corazón. Tenía miedo, mucho miedo por el dolor que iba a sentir, pero a la vez el calor que sentía en su cuerpo y la curiosidad no lo dejaban intentar escapar.

“Seth” dijo en la mente de éste. El mayor vaciló, pero no entró en razón. El olor le había llegado ya hasta el hueco más escondido y profundo de su cuerpo. Era demasiado tarde. Agarró las piernas del menor y las abrió para dejar a la vista su miembro y el culo. Luego chupó su dedo corazón de la mano derecha y lo introdujo dentro del culo de Vicent sin miramientos. El cuerpo de éste se tensó por el repentino dolor en su cavidad anal e intento librarse de él pero Seth le redujo la movilidad fácilmente. Su dedo entraba y salía sin piedad, causándole dolor y algo de placer al menor que no paraba de gemir en la mente del contrario. Cuando notó que había cedido, hundió un segundo dedo en la apertura y volvió a hacer lo mismo hasta tener tres dedos dentro. Ya había dilatado lo suficiente pero sus ganas de jugar con el moreno eran notorias. Sacó sus dedos que estaban dentro del menor y se bajó los pantalones a toda prisa, dejando su erección a la vista del contrario. Vicent la miraba con miedo sabiendo que eso iba a entrar por su ano y que seguramente le iba a doler. Una vez que Seth terminó de bajarse os pantalones, se agarró el miembro y levantó levemente las caderas de su pequeña presa poniendo cada pierna encima de sus hombros. Se echó hacia él para levantarle más la cadera y buscó a ciegas el agujero por donde debería entrar fallando a propósito en cada intento. Quería hacerle suplicar que lo hiciera y no tardó mucho en pedirlo.

“Seth hazlo ya” dijo Vicent en la mente del contrario y acto seguido lo hizo. Su miembro entró sin problemas en el interior del menor haciéndole retorcerse por el dolor que le estaba causando el roce de sus paredes con el intruso. Las embestidas eran rápidas y fuertes , como hacía con las chicas que se había tirado anteriormente. Esa era su forma de aparearse. A cada embestida Seth perdía más la cabeza, el olor no abandonaba su cabeza ni sus fosas nasales. Además el cuerpo Vicent cada vez estaba más y más hundido en la tierra y se estaba adentrando en los matorrales que había a su alrededor. Al final cesó el movimiento porque chocó con unas raíces que sobresalían más de lo normal, quedándose encallado en una postura incómoda. Pero a medida que estaba siendo embestido el dolor se iba mezclando con un placer que nunca había sentido. Le estaba llevando al quinto cielo provocándole unos estruendosos gemidos en la mente del mayor. Este no bajaba la velocidad aunque sintiera miles de rocas pequeñas clavándose en la piel que estaba en contacto en el suelo, rasgándosela y cortándosela. Aunque no lo viera sabía que estaba sangrando y aquel dolor le excitaba aun más. Los gemidos del mayor eran más profundos y pausados por el gran esfuerzo que estaba haciendo por seguir embistiéndole de igual. Se parecían al gruñido de una fiera antes de atacar al intruso que ha entrado en su territorio, que en este caso es Vicent. Aquello más la mirada intensa del mayor hacia él, causó que un trazo de miedo se abriera en su interior. Estaba siendo fuertemente follado por la persona que estaba enamorada pero sabía que no era él. Sus ojos no tenían el mismo brillo que habían tenido cuando le miró furioso al principio. Además se habían vuelto completamente rojos, parecía una bestia.

Siguieron así hasta que Seth supo que era inminente su llegada al orgasmo. Creó una pequeña llama en su mano y la llevó al miembro del moreno para quemarle levemente la piel. Aunque los elementales de fuego no pudieran ser quemados si sentían el dolor en ellos. Aquello aceleró la llegada del orgasmo de ambos y cuando llegó el pelinegro agarró el miembro del contrario, “quemándoselo” por completo, al igual que la mano de éste mismo. Ambos llegaron al éxtasis a la vez. Vicent se llenó el pecho entero de semen hasta casi la cara y el mayor se corrió dentro provocando un enorme gemido del contrario en su cabeza. Tan ruidoso y fuerte fue que le sacó de su estado de posesión por el olor, llevándole de nuevo a la realidad. Jadeantes se miraron pero el menor desvió avergonzado la mirada poniéndose rojo. Había pasado lo que justamente había soñado el día anterior aunque eso no era un notición para él. Ya le había pasado más veces lo de ver el futuro un día antes de que éste pasara.

Los sentidos de Seth se normalizaron. Por fin se estaba dando cuenta de lo que estaba pasando o bueno, de lo que acababa de pasar. Sacó su pene anonadado del interior del menor y, aunque su cuerpo estaba débil y extasiado, se puso los pantalones velozmente y se levantó. Empezó a dar vueltas de un lado a otro y de nuevo la ira empezaba a crecer en su interior. Había sido infiel a Laia y encima con un hombre. Se sentía fatal, se sentía como un monstruo. La furia, en in intento de salir de su cuerpo, golpeó un árbol con el puño mientras soltó un enorme gruñido de enfado.

Vicent de mientras se dedico a ponerse la ropa aunque el miedo y la confusión se apoderaban de él. Al hacer el esfuerzo de ponerse los pantalones, apretando su barriga para flexionar su columna, se dio cuenta de que un líquido viscoso y extraño estaba saliendo su culo. Puso cara de asco y no se demoró en ponerse toda la ropa aun sintiendo aquella zona mojada. Ya había expuesto demasiado su cuerpo. Como pudo, apoyándose en un árbol, levantó su dolorido cuerpo. Las piernas le temblaban pero no se centró en eso, si no en como Seth golpeaba furioso el árbol que había golpeado anteriormente. Sus puños estaban ya llenos de sangre pero no paraba, era como si no sintiera dolor.

-Tranquilo Seth-dijo Vicent con un hilo de voz pero no fue escuchado. Los golpes que proporcionaba el mayor eran más sonoros que sus palabras.-¡Tranquilízate! No diré nada-dijo un tanto más fuerte y esta vez si fue escuchado. Se sentía avergonzado por haber sentido una emoción tan placentera a algo que la gran mayoría tacharía de atrocidad. No podía con la culpa que ello conllevaba y sentía que era toda suya, por haberlo deseado. Aquellas palabras llamaron la atención de Seth, el cual dio otro puñetazo antes de acercarse a éste.

-Eso espero, porque si alguien se entera… Te juro que te degollo-dijo mientras con su dedo pulgar hacía un recorrido por su garganta.-Además si pierdo a Laia… No puedo perder al amor de mi vida-dijo y fue con tanta convicción, aunque en el fondo de su corazón no estuviera tan seguro, que las piernas de Vicent perdieron toda la fuerza y calló al suelo. Poco después y sin importarle la caída del menor, el pelinegro se dio la vuelta y puso rumbo para el refugio donde estaban los demás durmiendo. Pero antes de estar demasiado lejos gritó sin voltear la cabeza-Y si te largas, también te mato-y se fue.

Vicent no puso evitar que una corriente de lágrimas estallara en sus ojos. Haber escuchado al mayor decir tan confiado que ya tenía un amor en su vida y que evidentemente no era él le había causado un dolor comparable a que si una roca enorme se le cayera encima, le aplastara todo su cuerpo y le hundiera hasta el centro de la Tierra. Había compartido algo muy profundo e íntimo con él y este le había dejado como una puta. Cada latido de su corazón dolía, cada célula de su cuerpo sufría por aquellas palabras. Su mente se estaba empezando a colapsar pero ahora no podía huir. No después de las amenazas de muerte que Seth le había hecho minutos atrás. Pero ahora debía volver a sentir como el mayor le ignoraba y hacía de nuevo su vida un infierno. Ahora estaba muy seguro que el mundo estaba en su contra. Nada le salía bien, todo era dolor y más dolor, aunque era consciente que su felicidad era imposible de conseguir desgraciadamente. Las sienes le dolían a cada impulso de sangre que recibían, las piernas no le paraban de temblar y el corazón parecía haber dejado de latir, pero sin saber como consiguió levantarse e ir hacia donde estaban los demás. Ya mañana sería un nuevo día.

Capítulo 7 – Astaroth

Aquella criatura que se alzaba frente de ambos se hacia llamar Astaroth. Según tenía entendido el pelinegro, era uno de los demonios más conocidos sobre todas las ciudades, aunque nadie sabía si de verdad existía. Pero vaya que si existía. Era tan real como el golpe que le había dado hacía pocos minutos atrás. No paraba de mirarles mientras sonreía complacidamente, mostrando sus grandes dientes afilados medio podridos. El aliento fétidos llegaba hacia el moreno y el pelinegro, que tuvieron que luchar por no mostrar arcadas o vomitar. Aquella criatura olía demasiado mal, como si llevara muerta más de un siglo. Seth, en un acto de valentía, se puso entre Astaroth y Vicent, para proteger a este último. Aquella criatura que los atormentaba se salía de lo normal. El cuerpo humanoide era muy corpulento, tenía músculos que jamás había pensado que existían. Tenía cuernos a ambos lados de la cabeza en forma de lira y uno en medio más discreto. Llevaba solo un trapo de color marrón atado a la cintura, aunque por atrás estaba medio levantado por culpa de las dimensiones de la cola. Sus uñas… eran escalofriantes. Eran más largas que sus propios dedos y estaban perfectamente afiladas. El pelinegro sabía que se podían encontrar pequeños seres que dificultarían su camino hacia la meta, pero este de pequeño no tenía nada. Además se había cargado a la gran mayoría de integrantes del equipo de Vicent. Dejando a parte de que eso fuera ya muy raro, estaba el hecho de que no hubiera ningún vigilante o árbitro por los alrededores vigilando que nadie se hiciera daño. Después estudiar detenidamente las características de la situación en la que se encontraban, una corriente eléctrica subió por su espalda, poniéndole el bello de punta. Estaba aterrorizado pero no quería mostrarlo. El orgullo era algo que venía muy fuertemente agarrado a él. Apretó los puños con fuerza concentrándose en el dolor que producía para no dar un paso atrás.

-¿Qué es lo que quieres?-preguntó el pelinegro enfadado. Su cuerpo se tensó a la espera de otro impacto en su cuerpo, pero no llegó. Aquel acto de valentía solo consiguió ensanchar la sonrisa del atacante, provocándole también una pequeña risa. Seth mordió su labio inferior con fuerza para retener sus ganas de atacarle ya que odiaba con todo sus ser que lo menospreciaran. Pero debía pensar antes de actuar y lo más razonable era quedarse quiero a la espera de cualquier movimiento del demonio. Ojalá hubiera echado cuenta los últimos días de clase que había tenido ya que habían tocado varios temas sobre los demonios y como podían enfrentarse a uno.

-¿Por qué has venido?-preguntó Vicent tras de él mientras le agarraba de un brazo para llamar su atención. En el fondo se alegraba de que hubiera venido en su ayuda, pero ahora se había metido en un buen marrón por su culpa. Aquella criatura solo le quería a él según habían dicho antes de que el pelinegro llegara, aunque no supiera muy bien el porqué. El moreno zarandeó el brazo agarrado al ver que no obtenía ninguna respuesta, la curiosidad se estaba apoderando de él. Después de todo lo que le había hecho en los últimos días por evitarle y hacer la vida aun más difícil ahora estaba allí, defendiéndole con su propio cuerpo. No le veía el sentido. Aunque en el fondo se sentía muchísimo mejor ahora porque no se encontraba solo, como de costumbre. Todas las personas que el ha querido o le habían importando en algún momento de su vida se marchaban de su vida sin importarles nada y estaba cansado ya de eso. Un claro ejemplo eran sus padres que, cansados de ocultarle del gobierno elemental y con poco dinero, le entregaron cuando menos se lo esperaba.

-¿No es evidente? Necesitabas mi ayuda y aquí estoy- respondió Seth sin apartar la mirada de Astaroth. Los músculos le estaban empezando a tirar de él por largo tiempo que los ha tenido tensados, pero no bajó su guardia en ningún momento. Prefería lidiar con un tirón a otro coletazo que le enviara de nuevo contra un árbol, dejándole aun más malherido. Poco después de haber respondido al moreno le apretó con la mano el hombro a un modo de darle las gracias.

Mirando aquella tierna escena donde Seth había dejado atrás el resentimiento y el odio hacia el moreno, el atacante se estaba empezando a aburrir por lo que se dispuso a atacar de nuevo. Pero está vez sería con mucha más potencia y fuerza. Flexionó un tanto las rodillas para coger impulso y salió disparado hacia sus presas. El pelinegro reaccionó lo más rápido que pudo y empujó a Vicent hacia un lado para que no le llegara el impacto y se preparó para el golpe. Todo fue muy rápido, hacía un segundo se encontraba en el suelo y después estaba volando de nuevo por los aires aturdido, desorientado y con un puño enorme en su cara. De momento el golpe no le dolía, pero sabía que estaba ahí y que cuando cayera todo el dolor que se acumulaba en el cuerpo iba a estallar. Escuchó como el moreno gritaba su nombre mientras este seguía volando, a casi metro y medio del suelo, y otra vez vio aquella cegadora luz azul. Ésta vez si sabía de dónde provenía, de Vicent. Aunque no pudo ver nada si lo escuchó todo. Astaroth había aullado poco después de que la luz apareciera y un enorme estruendo hizo temblar la tierra. Segundos después de aquello, Seth cayó al suelo a un metro de distancia del moreno. Por suerte no se había chocado contra ningún árbol, cosa que le habría dejado K.O al instante. Consiguió levantar levemente su cuerpo para intentar visualizar qué era lo que había ocurrido pero una gran nube de polvo le dejaba sin visión.

-¡Vicent!-gritó con todas sus fuerzas mirando hacia todos los lados sin ver nada. Apenas podía ver más de medio metro de donde se encontraba. Afortunadamente aquel grito fue el que ayudó al moreno a encontrarle. Se acercó a él y le agarró la cara comprobando de que no estaba tan mal después de todo. Una sonrisa tonta se dibujó en su cara al ver la preocupación del moreno.

Pero todavía no había acabado. Su agresor aun estaba a pocos metros de ellos seguramente esperando a que la nube de polvo bajara para hacer su siguiente ataque. Ésta vez, copiando lo que hizo el pelinegro de igual forma, fue Vicent el que se dispuso entre el herido y donde provenían los ruidos de pisadas. Se estaba acercando y la nube poco a poco se estaba clareando. Un par de pasos más fueron los que faltaban para que pudieran ver ya sus piernas. Más tarde vieron el resto del cuerpo y las alas totalmente abiertas. Empezó a batirlas con fuerza creando un fuerte viendo que les puso el pelo de punta y acabó totalmente con la nube que se había formado. Volvían estar frente a él como antes, solo que ésta vez estaban aun más indefensos. Astaroth sin perder el tiempo, levantó su cola en forma de maza y la dirigió contra el moreno. Seth con las pocas fuerzas que le quedaban, levanto uno de sus brazos y creó un escudo de fuego en la zona en la que iba impactar la cola. Cuando ésta llegó, chocó contra el escudo de llamas haciendo un ruido muy estridente y cayó al suelo creando otro temblor. El pelinegro no pudo evitar vitorear su pequeña victoria y calló al suelo rendido. Crear un escudo así requería mucha energía, más de la que tenía en aquel momento. Pero aquello no bastó para detener a Astaroth, que volvió a subir la cola y la dirigió de nuevo hacia el moreno con más furia. Esta vez Seth no podía hacer nada, ni siquiera podía subir su brazo para intentar canalizar su magia. Estaban acabados.

-¡Largo de aquí!-gritó Laia entrando corriendo en el claro con los demás integrantes de su equipo. Éstos se pusieron entre Vicent y el agresor. Astaroth en el último segundo falló el golpe a propósito impactando contra el suelo. Algunos perdieron el equilibro y cayeron al suelo, pero Laia, Tara y Garret consiguieron mantenerse de pie haciendo frente a aquella criatura. No sabían lo que era, solo sabían que estaba machacando a Seth y eso no era bueno. Si se metían con su líder, se metían también con ellos mismos. Debían defenderle igual que él hubiera hecho por ellos.

Astaroth vaciló por in instante e hizo un rápido movimiento con la cola, pero al final cedió y se dispuso a marcharse. Había demasiado espectadores para su gusto y le habían dicho que cuanto menos supiera la gente de él, mucho mejor le iba a ir. Antes de adentrarse en el bosque, miró hacia Vicent y Seth, que estaban juntos, para decirles “nos volveremos a ver pronto” seguido de una gran risa y se marchó. Laia, en cuanto se cercioro de que se había marchado, corrió hacia el pelinegro y le abrazó con todas sus ganas. Besó cada una de las partes de su cara y lloró mientras lo hacía. Se había llevado un buen susto cuando después de estar buscando a su novio por el bosque, lo había encontrado tirado en el suelo sin moverse apenas y con una enrome criatura atacándole. Vicent se apartó de Seth y fue hacia su equipo incómodo por la escena. Seguían inconscientes. ¿Qué debía hacer? Sin ellos no podía seguir la prueba y al parecer no había nadie que viniera para recogerlos y llevarlos a la enfermería. Tara se acercó al moreno por la espalda y se agachó para estudiar los cuerpos inmóviles. Frotó su barbilla unas cuantas de veces y abrió la boca.

-Esto es demasiado raro-dijo ella aunque no le decía nada nuevo.-¿Cómo puede haber una criatura de rango S en los alrededores de la escuela?-siguió relatando los hechos mientras tocaba a algunos de sus compañeros para ver si sus pupilas respondían.-Además de que no hay nadie que haya vigilado este enfrentamiento. Creo que algo malo está pasando en la escuela-proclamó, pero aun era información que todos sabían o suponían.

Después de mucho meditar Tara sacó una pequeña pistola de bengalas y disparó hacia arriba. La bengala salió disparada y dejó tras de si un rastro de humo azul. Esperaron pero nada pasaba, nada llegaba a socorrerles. La chica peliblanca volvió a disparar otra bengala de las tres que aun le quedaban por si no estaban atentos, pero tampoco tuvo respuesta. Al parecer no había ayuda cualquiera.

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Hasta la mañana siguiente Seth no pudo volver a ser él mismo. Se había llevado una buena y su cuerpo no estaba acostumbrado a la tralla que le había metido aquella criatura el día anterior. A eso se le sumaba un gran miedo: estaban solos. A lo largo de la mañana se fueron despertando los demás integrantes del equipo de Vicent. Estaban mucho peor que él. Algunos cojeaban y a otros les dolía mover ciertas articulaciones. Estaban en muchísima desventaja. Todos tenían la cabeza gacha y miraban hacia la nada esperando que llegara un milagro, pero Tara les sacó de su estado de embobamiento cuando se aclaró la garganta para comenzar un pequeño discurso.

-Creo que lo más razonable y lógico sería buscar a los demás equipos y unirnos todos en uno. Sé que eso sería violar una de las normas que nos han impuesto para ganar esta prueba pero creo que esto siga siendo la prueba-hizo una pausa para mirar a todo el mundo. Algunos rechistaron ante el hecho de tener que violar una de las pocas normas que les habían impuesto pero otros asintieron rápidamente dándole la razón.-Todos sabéis o intuís que aquí está pasando algo raro y aunque seamos los más veteranos en la escuela aun no significa que estemos preparados para esto. No podemos permitirnos la debilidad y en este caso nuestra debilidad es nuestro número reducido-volvió a hacer una leve pausa para ver cómo había influido sus oraciones y poder tragar saliva- Como se suele decir, la unión hace la fuerza.

En cuanto terminó un murmullo empezó a subir de tono entre todos los presentes. Algunos con miedo gritaban que aquello era una locura pero que era mejor quedarse juntos, otros en cambio, cabezones y egocéntricos, negaron su participación en la idea propuesta. Al final decidieron que quienes quisieran se podían ir solos y así lo hicieron. Afortunadamente nadie del grupo de Seth estuvo de acuerdo en marcharse por su cuenta, eran más listos como para no comerse el orgullo por una vez. Tenían que mantenerse unidos si querían sobrevivir y llegar a la escuela de nuevo. Solo cuatro personas del equipo contrario abandonaron el claro. En total eran 14 estudiantes elementales: 4 de Fuego, 3 de Tierra, 4 de Agua y 3 de Aire. Más o menos estaban bien equilibrados. Laia y un integrante de cada elemento empezaron a hacer más pociones para restablecer la energía y ayudar con la fatiga. Tara y Garret se quedaron solos trazando un nuevo plan para el nuevo equipo. Los restantes, menos Vicent y Seth, salieron por los alrededores para encontrar comida u otros elementos que les pudieran servir en su larga travesía. El pelinegro necesitaba hablar con el moreno sobre algo que le preocupaba.

-¿Podemos hablar?-dijo Seth cogiéndole de un brazo para llevárselo hacia un lado del claro donde no había nadie, mientras cojeaba un poco. El moreno sin más remedio tuvo que dejarse llevar por la fuerza del contrario.-Lo siento- confesó el pelinegro y Vicent que arrugó el entrecejo por no ser lo que esperaba. Pensaba que le iba a hacer un repertorio de preguntas por todo lo que había presenciado contra el demonio.-Siento haberme comportado como un estúpido estos días- y era totalmente cierto. Por fin había recapacitado que no ganaba nada haciéndole daño a los demás.-No se que es lo que me pasa y encima te bes…

-No importa- cortó rápidamente Vicent tapándole la boca con ambas manos y mirando hacia su alrededor para cerciorarse que nadie los había visto. No pudo evitar enrojecer ante el recuerdo de su primero beso. Seth realmente le gustaba. Sabía que él podía ser más que el típico tonto de turno que se tira a todas y Laia se lo había confirmado tiempo atrás. En cuanto recordó a Laia y que el pelinegro estaba saliendo con ella se entristeció internamente.-No es nada, no te preocupes- e hizo una sonrisa forzada. No quería mostrarse débil.

-Como quieras-respondió Seth devolviéndole la sonrisa. Estaba realmente aliviado, se había quitado un gran peso muerto de encima, el peso de la culpa. Dio un par de palmadas en el hombro del moreno y se fue con Tara y Garret para enterarse de lo que estaban planeando. En el camino de ida casi se cae un par de veces por no poder apoyar bien una pierna.

Vicent se quedó parado, sin poder moverse, intentando no llorar. Ser adolescente era muy difícil y no lo estaba llevando bien. Demasiados sentimientos en poco tiempo, demasiadas cosas atormentando su joven e inexperta mente. Se llevó una mano hacia su pecho, por la zona donde estaba su corazón, y la apretó contra sí mismo. Dolía, dolía mucho saber que nunca podría tener nada más que aquel beso fugaz con Seth. Era demasiado miedoso como plantarle cara a éste y decirle lo que sentía, lo que pasaba por su mente, lo que ocupaba el 100% de su mente. Pero no era el único secreto que guardaba.