Desaparecido

A lo largo de toda mi vida me han pasado sucesos bastante extraños, ilógicos o surrealistas, mas uno entre todos ellos es el que más destaca. Sucedió hará un par de años ahora y los protagonistas de esta historia son el chico del que llevaba pillada por mucho tiempo y yo, la narradora. Realmente solo viví superficialmente lo que le pasó y aún así me quedé sin palabras, porque pude ver como una persona tan agradable y simpática apareció y desapareció tan rápidamente de mi vida por motivos de salud mental.

Él era un muchacho con el que compartía bastantes cosas en común pero con el que jamás había tenido el valor de acercarme. Era algo así como mi amor platónico de ese entonces, cuando era adolescente. Aún le recuerdo con mucho cariño aunque me gustaría no tener tantos cabos sueltos de esto.

Pasó bastante tiempo desde que empecé con el enamoramiento a cuando, sin ninguna lógica, encontré un mensaje suyo en mi móvil después de años sin hablar. Llevaba tanto tiempo sin acordarme de él ni lo que me había llegado a gustar, que ver su mensaje ahí, en mi pantalla del móvil, fue como un tortazo en la cara y una brisa con olor a rosas a la vez. Evidentemente, no dudé en contestarle pues, al haberme hablado él primero, quería decir que estaba interesado en socializar conmigo y tenía que aprovechar la oportunidad que se me había brindado. Contenta, aunque extrañada por la situación y por la forma en la que me hablaba (como si llevásemos mucho tiempo sin hablar cuando en el pasado apenas intercambiamos un par de palabras), sigo la conversación para saber cómo está y qué ha sido de él.

Como era de esperar, ese enamoramiento tonto e ilógico volvió de sopetón. Había estado ahí, latente todo este tiempo, y solo faltó un par de frases interesantes para volver a activarse. Creo que por eso lo recuerdo como un buen guantazo en la cara con la mano abierta.

Hablando y hablando, al final quedamos al día siguiente de volver a tomar el contacto. Yo estaba anonadada, había estado tanto tiempo fuera de mi rango (o eso era lo que yo pensaba) y, después de mucho tiempo, había quedado con él con tal facilidad, que ni yo misma lo creía real. Era como un sueño de estos donde recuerdas inconscientemente a alguien de tu pasado y lo pasas genial en tu cabeza, con el hecho de que aquello no era el mundo de los sueños, sino un acontecimiento real e inminente. En menos de 24 horas iba a ver a un antiguo, y nuevo a la vez, amor platónico.

Ilusionada y con el corazón bien caliente y acelerado, fui hacia el punto de encuentro con él: una tienda de cómics, que era uno de los muchos hobbies que compartíamos. Todo comenzó genial, ni en mi imaginación habría esperado que aquel chico fuera tan perfecto, tan dulce. Sin embargo, está burbuja no tardo en ser pinchada cuando me empezó a hablar de la “persona que le gustaba”. Fue justo en ese momento cuando me llevé el segundo tortazo de los buenos, en el otro lado de la cara. Pero bueno, igualmente me esperaba algo así porque era demasiado bonito para ser real.

Me describió a esa persona con las mejores palabras que alguien puede utilizar, se le notaba que estaba muy enamorado a la par que confundido porque no conocía su género. No sabía si era una chica o un chico, mas no le importaba ese hecho en absoluto y fue algo que me sorprendió porque no es lo típico que te puede confesar un chaval adolescente influenciado por una sociedad con tantas fobias. Era gracioso ver como hablaba de esa persona poniéndole pronombres, luego los cambiaba de género y terminaba con un “bueno, no me importa. ¡Lo que sea!”. Pasamos un gran día, a pesar de que la mejilla me ardía a rabiar. Esa noche volvimos a pasar mucho tiempo hablando de diferentes cosas. Nuestra relación se estaba estrechando muy rápidamente.

Al final terminó quedando conmigo varias veces a la semana, diría yo que él era la persona que más veía todas las semanas, quitando mi familia. Era extremadamente agradable y siempre había una buena conversación de por medio, suficiente para intentar aceptar de que solo habría una amistad conmigo y conformarme con ello. Me servía, solo iba a necesitar un poco de tiempo para acostumbrarme y calmarme.

Había una cosa en la que yo le ayudaba: quería meterse en el mundo del rol por internet para poder rolear con su persona especial, y yo era la persona indicada por tener bastante experiencia en ese mundo. Como tenía que meterme en el papel y conocer todas las variables, terminé enterándome que su persona especial era de Rusia y que hablaban todos los días (cuando no estaba conmigo hablándome de ello). Cada vez se le veía mucho más enamorado y yo, de mientras, le ayudaba a desenvolverse en el mundo del rol para poder acercarse más a él/ella/elle.

No os voy a negar que me daba un poco de mala pinta, por que ni si quiera le había podido ver por Skype el pobre. Los suplantadores de identidad o timadores están a la orden del día y su situación era demasiado extraña y bonita como para ser verdad. No es lo que suele pasar en el mundo de internet cuando conoces a alguien así. A pesar de ello, decidí apoyarle porque quería creer que de verdad le estaba sucediendo y porque se le veía tan feliz… que no podía romper eso. Y si luego pasaba algo, pues me tenía a mi para poder consolarle y saber que no estaba solo.

Su vida por internet era una locura, cuando me contaba las aventuras que eran los roles que hacían entre ellos dos, me parecían las historias más preciosas que jamás me pudiera haber imaginado o leído. Me narraba que cada vez que se escribían, él le relataba cómo conseguía ir hacia donde vivía y conseguía conocerle, estar juntos por fin. Me decía las cosas que pensaba decirle cuando le viera y todo los sentimientos tan profundos y puros que sentía por esa persona. Incluso lograba llenarme de ilusión y amor a mi, que no era ni si quiera la persona a la que iban dirigidas esas palabras. Pero esos momentos eran tan bonitos, estimulantes e intensos que es que no podía retener que mi corazón latiera con fuerza. Era tan embriagador… Eso me dificultaba mucho mi labor por apagar mis sentimientos.

Pero esto no duró mucho tiempo por desgracia. Había veces que quedábamos con otras personas también porque no siempre éramos un grupo cerrado. La última vez que le vi, estaba también una de mis amigas que, tras haber vuelto todos a casa de la quedada, me dijo que había visto que este chico tenía marcas de cortes en los brazos. Al principio no pude creérmelo porque no le veía el sentido a que pudiera hacer eso cuando estaba viviendo un sueño con esa persona. Aún así me preocupé mucho por él porque, aunque hubiéramos quedado por un corto pero intenso tiempo, había conseguido llegar bastante hondo en mi y tenía que apoyarle en todo lo que pudiera.

Tras varios intentos por contactar con él y miles de mensajes que le dejé en su móvil, no obtuve respuesta. Había desaparecido de un día para otro y ni si quiera habíamos hecho nada diferente que cualquier otro día que nos veíamos. Desapareció sin dejar rastro, llevándose una enorme incógnita con él. Tardé mucho tiempo en olvidarle de nuevo y todo lo que habíamos hecho esta vez juntos. Al principio me enfadé un poco porque después de todo lo que habíamos compartido, no me dijo ni un adiós ni nada por el estilo, pero se me pasó muy rápido porque ya pensaba en cosas peores: que había desaparecido o que ya no le importaba mucho tenerme como amiga. Yo me tiraba más por la segunda debido a mis enormes inseguridades y por haber cortado tan tajantemente nuestra relación de amistad.

Tardé en volver a tener noticias de él y no fue gracias a que seguía, de vez en cuando, intentando volver a iniciar una conversación con él. Fue porque decidí hablar, después de año y medio, con un amigo en común que teníamos los dos, ya un tanto desesperada. La respuesta que obtuve aún no la he podido encajar muy bien. Sigo atando clavos sin creerme que no había podido ver lo que estaba ocurriendo en ese entonces.

A este chico, Pedro, le habían diagnosticado esquizofrenia. Si, habéis leído bien, una enfermedad mental bastante grave que te puede impedir hacer vida normal si no te tratas o es muy grave. Por culpa de ello, se había alejado de todos sus amigos y había desaparecido del mapa en muy poco tiempo. Además, lo que más me impacto fue que cuando este chico me contó el origen de todo esto, las fechas coincidían justamente a cuando Pedro vino a mi sin previo aviso enviándome el mensaje que inició nuestra amistad.

Aún sigo sin saber si la historia de su amor ruso es verdadera o una alteración de su realidad. Tampoco entiendo por qué se tuvo que apartar de todos sus amigos tan drásticamente ni sé qué es lo que le pasó para que llegara a ese punto. Solo sé que de mi vida desapareció alguien que me hubiera gustado mantener cerca de mío. Me hubiera encantado, y me encantaría ahora mismo, saber un poco más de esa enfermedad mental. En los colegios solo te enseñan cosas que muchas veces no necesitas o solo se centran en algunos de los muchos temas que necesitas conocer como el alcohol, las drogas, una especie de intento de explicarte la sexualidad… Pero nada relacionado con enfermedades mentales que te puedan ayudar a como reaccionar ante ellas, qué hacer cuando tienes una persona cercana con esto y un poco de información para no tener tantas incógnitas en la cabeza.

Entiendo, en cierta forma, el miedo o el desprecio que le tienen ahora a Pedro al enterarse de que le habían diagnosticado esquizofrenia, porque no entienden o no saben lo que es y parece que si no eres una persona neurotípica ya no vales la pena. Que es mejor no acercarse a ti o que has caído muy bajo. Hay más que las enfermedades físicas, son reales, pero o las ignoramos, las subestimamos o las repudiamos. Siguen siendo personas a mi parecer.

De alguna forma u otra, le echo de menos. No me parece justo que una persona así entre en tu vida con posibilidades de quedarse por un tiempo y que se escinda así de rápido. Me gustaba hablar con él y escuchar sus historias. Eran fantásticas.

Miradas que no ayudan

Solo unos pocos segundos es lo que tardo en apreciar como su aliento pútrido me roza parte del cuello y nuca por el lado derecho. Mira que había sitio en todo el autobús para elegir, incluso para poder sentarse a solas, pero este señor ha preferido ponerse a mi lado y no consigo comprender el motivo. Ahora maldigo el momento en el que me senté en el asiento de la ventanilla en vez del que da al pasillo para así poder evitar esto. “Tranquila, no pienses mal. Siempre hay personas muy raras por el mundo” me digo a mi misma intentando calmarme y convencerme de que no va a pasar nada malo, todo mientras siento como su aliento sobre mi piel se vuelve mucho más húmedo y caliente. Un retortijón me alarma. Esto no me gusta.

Mi cuerpo entra en tensión lentamente y, como siempre que estoy nerviosa, comienzo a morderme las uñas de forma descontrolada. Luego me voy a sentir mal, si, pero ahora no puedo limitar mis manías. Tengo que concentrarme en otra cosa joder. Encima noto como su mirada no se aparta de mi, está clavada, y eso me incomoda aún más. Por si no fuera poco además, el olor que despide es más que insoportable. “Déjame en paz, no tengo ganas de tonterías” le digo en mi mente aunque sepa que no sirve de mucho. Yo intento ignorarle con todas mis fuerzas, a ver si haciendo esto consigo que me deje en paz y así va a sentarse a otro lado. Pero cuando pasan como 4 minutos y este señor sigue igual, sin haberse movido ni un milímetro, asumo que ya no lo va a hacer hasta que me baje en mi parada o él en la suya. Si es que no es uno de esos locos que deciden seguirte por la calle.

Mis uñas sufren cada vez más y me hago incluso un par de pequeñas heridas por las mordeduras. Miro hacia los varios rincones que tiene este autobús urbano, buscando algo o alguien que me pueda ayudar a salir de esta situación tan espeluznante. Sin embargo, creo que esto le pone en alerta, pensando que es el momento indicado para atacarme con sus palabras, y comienza a hablarme.

-Oye, eres muy bonita-me dice pegándose más a mi.

No le respondo y miro por la ventana o al menos me obligo a hacerlo. A ver si así pilla la indirecta de que no me siento a gusto con su presencia ni quiero hablar con él. Demasiado bonito para ser verdad. El ambiente se vuelve más incómodo y los ojos curiosos comienzan a hacer acto de presencia por su incesante charla a media voz.

-¿Cuantos años tienes, guapa?-parece que me habla a pocos centímetros de mi, dándome un escalofrío del asco. Odio la forma en la que me dice “guapa”, me parece muy despectiva viniendo de él y de muchos más hombres que la utilizan sin saber.

El hombre, por lo poco que he podido observar de él, rondará los cuarenta y muchos o cincuenta y pocos años. Tiene el pelo canoso y creo que la mente un tanto perturbada si se dedica a hacer esto a la gente. Nunca he entendido como alguien puede comportarse así con otra persona, la verdad. A mi me daría vergüenza o me sentiría mal por hacerla sentir incómoda, agobiada y con ganas de salir huyendo o pedir ayuda. ¿Pero este tipo de personas qué debe pensar al respecto? Nada lógico seguro.

Como empiezo a sentirme ya bastante cansada de aguantarle la idea de cambiarme de sitio, aunque eso suponga dirigirle la palabra, se hace demasiado apetecible. Me disculpo, un poco borde porque no se merece más, para que me deje salir al pasillo y así poder sentarme en otro lugar donde poder estar en paz. Afortunadamente, no se opone a que me vaya y pongo rumbo al lugar más lejano del autobús, o sea, en los asientos del fondo. Además, hay varias personas allí, por lo que supongo que evitará que siga con esto. Veo como varias personas comienzan a mirarme aburridas o curiosas por mi reacción y luego sus ojos van hacia el asiento de donde vengo. Cruzo los dedos para que no se haya levantado.

Al llegar ya a mi nuevo asiento, respiro tranquila. Me siento con un largo suspiro y vuelvo a mirar hacia el frente. Un leve tirón en el estómago hace que todas mis esperanzas de vayan al garete. Se ha levantado y viene hacia aquí mientras me mira fijamente, su expresión me repugna. No sé ni como consigo ahogar las tremendas ganas que tengo de gritar. “En la próxima parada me bajo. No puedo aguantar más esto” me digo totalmente convencida aunque aún me queden otras tres paradas para llegar a la mía. Prefiero eso a tener que seguir aguantándole. Le doy al botón de solicitar parada antes de que se vuelva a sentar a mi lado.

-¿Ya te bajas?- dice apenado y se sienta dejando caer todo su peso.

Tengo unas ganas horribles de decirle de todo. “Es que no tienes otra cosa mejor que hacer. Déjame por favor, no me interesan tus sucios deseos” digo cabreada en mi mente mientras el corazón me retumba en el pecho. Me encantaría describir el asco y la ansiedad que me está dando esta persona para poder avisar a esas miradas de lo mal que me lo está haciendo pasar, pero las palabras no me salen. Estoy muda y sola y odio que me pase esto.

No tarda en volver a decir alguna gilipollez que vuelvo a ignorar, sin embargo, esta vez va mucho más lejos y roza con su mano mi pierna derecha. “Por qué cojones tengo que aguantar esto” pienso mientras me entran unas enormes ganas de llorar y salir corriendo. No sé que hacer, miro desesperada a todo el mundo pidiendo ayuda mientras me alejo lo más posible de él con el cuerpo y todo lo que me deja el asiento, pero no es suficiente para que rompa este contacto tan desagradable que ha hecho él sin mi permiso. Mi respiración se acelera y comienzo a tener sudores fríos.

Algunas miradas indiscretas se vuelven hacia nosotros porque este ya comienza a hacer un ruido razonable entre todas las obscenidades que me está gritando sin vergüenza (ninguna de ellas agradable, solo cosificándome como una cosa bonita, delicada, suave, que si quiero pasar un buen rato con él, que seguro que me gustan estas cosas y por eso estoy tan callada…). Les miro con cara de auxilio para que le digan algo a este señor y me deje en paz o que me saquen de aquí, mas lo único que hacen es solo mirar de reojo cuando creen que no les veo. Ni si quiera ninguna mujer ha venido en mi ayuda, cuando seguramente a ellas también les haya pasado algo parecido y hubieran dado cualquier cosa por que les sacaran de este apuro. Incluso, por el espejo del conductor que da a la parte trasera del autobús, he visto como éste nos ha mirado por unos segundos y ni si quiera a hecho o dicho algo. Se supone que tiene que mantener el orden.

Hoy nadie pretende ayudarme, solo ignorarme y observar sin empatía.

Puede que os parezca que está situación no está bien, o eso espero, y es que si no hacéis nada para ayudar a que esto no pase, sois cómplices de este asqueroso señor y de otros muchos más. Si yo no fuera tan tímida y no tuviera problemas para relacionarme y decir lo que quiero por culpa de la ansiedad social, podría haberme librado con él con un simple “no quiero nada con usted, déjeme en paz” seco y un poco violento. Pero no, me tiene que importar no ser desagradable con los demás y que las palabras no me salgan en estas situaciones. Por mucho que me conciencie, cuando estoy en ellas, no soy capaz de hacer nada. Solo aguantar hasta que pueda huir, si es que me dejan.

Pero la culpa no es mía por no saber como manejar estas situaciones y ser cortante. Es culpa de esa persona que decide que es un buen día para molestar a una mujer para su placer. La culpa es de esas personas que dejan que este tipo de personas tengan vía libre para hacerlo en sitios plenamente públicos y con bullicio. Estoy harta de que me diga “¿Y por qué no haces algo para evitarlo?” ¿Y por qué no sería mejor evitar a toda costa que estas personas puedan tratarnos de esta forma, tocarnos sin nuestro permiso y decirnos de todo? Esa es mi pregunta.

La siguiente parada llega ya mismo y la mano del señor sigue rozándome la rodilla con descaro y perversión. Estoy a punto de llorar y consigo decirle un “por favor, déjame en paz” con un hilo de voz aunque creo que hace caso omiso porque ni si quiera aparta su mirada de mi entrepierna. Sigue con sus preguntas personales y suponiendo cosas de mi que no son. Los segundos cada vez van más lentos y yo ya me estoy preparando para salir escopetada del autobús sin mirar hacia atrás. Un minuto más aquí y pierno los nervios totalmente y me echo a llorar.

“Vamos, vamos, vamos…” Ruego de que llegue ya la parada.

En cuanto la consigo ver, me levanto rápidamente y voy, sorteando como puedo, pies y miradas que no ofrecen ninguna ayuda. Quiero mirar hacia atrás para ver si me sigue de nuevo, pero creo que si lo hago no voy a poder controlar la ansiedad monumental que sufro ahora mismo. El autobús para, abre las puertas y salgo con la mirada bien fija en el edificio que tengo delante. Cojo el móvil y marco el número de mi mejor amiga porque necesito hablar con alguien, que se me escuche y saber que no estoy sola en esto.

Cuando escucho que se marcha el autobús es cuando ya me permito girarme para comprobar que no está aquí conmigo, que no me ha seguido. Me muerdo una de las uñas inconscientemente.

-¿Hola? ¿Que te pasa Paula? -pregunta al notar mi agitada respiración y porque aun no he dicho nada, ni un saludo. Sabe que no es lo típico en mi.

No está, ha desaparecido por fin.

-Tía, te tengo que contar algo. Lo he pasado…-mi voz se ahoga en la ansiedad- fatal. Necesito hablar-y comienzo a llorar entre una especie de alivio y porque aún no me creo la situación que he tenido que vivir ahora mismo-ha sido horrible… JODER.

Eres mi espina clavada en el corazón

Queridísima Laia,

hoy, después de casi 8 años, has vuelto a mi mente en forma de déjà vu. Al levantarme repentinamente de un mal sueño, me he dado cuenta de que he soñado contigo de la misma forma en que lo hacía por aquellos tiempos donde tu y yo teníamos algo más bonito y especial que una simple amistad entre dos amigas. No te voy a mentir, ahora que lo veo como algo pasado, ha sido bonito de recordar. Bonito recordar que algún día fuiste alguien muy importante para mí y que consiguió darme cosas buenas, aunque el sueño haya recreado uno de los recuerdos más dolorosos que tengo en mi cabeza. Eres, como dicen, “mi espina clavada en el corazón”. He tardado, más de lo que hubiera deseado, en quitarme el mal cuerpo por el sueño.

Éste tenía lugar justamente el día en el que todo se derrumbó. Ese que con tanto ahínco intente borrar de mi vida por el daño que me producía. Lo que más me dolió fue como te negabas tan fácilmente a ti misma y a mi, por consiguiente. Negabas lo nuestro. Y, si te soy sincera, aún siento algo dentro de mí que me indica que esa herida no ha cicatrizado aún… y, encima, que me dejases de hablar tan abruptamente sin ni si quiera hablar las cosas. Pero hoy no te escribo para echarte nada en cara, ya no siento ese resquemor, tan solo quiero contarte esto porque siento que lo llevo guardando por tanto tiempo dentro de mi que es que me estaba incluso llegando a quemar. Necesito liberarme de este peso aunque solo sea escribiéndolo.

Todo pasó demasiado rápido… o al menos ese es el recuerdo que me queda ahora mismo. El sueño ha sido muy parecido a ese día, con la angustia de no parar de llorar ni un segundo y la sensación de vacío en el pecho. Un día estábamos tu y yo tan felices hablando de nuestras cosas en un parque mientras escuchábamos nuestra música por los altavoces que tú traías y, al siguiente, todo se había acabado. Recuerdo que en el momento en el que entraron tus padres, que se suponía que estaban de viaje y no volvían en un par de días, tu cara palideció tan bruscamente que pensé que se estaba escapando tu alma. Fue horrible presenciar como la cara se te estaba descomponiendo a los pasos de los segundos mientras el incómodo silencio se estaba acabando. Aún me acuerdo de los ojos de tus padres mirándome inquisitivamente mientras me apartaba de ti con nerviosismo. Ojalá hubiera podido salir de allí huyendo sin haber tenido que aguantar esas horribles palabras ni como tú también estabas de acuerdo en todas ellas.

Ahí olvidaste algo muy importante querida Laia, y es que nuestra relación no era solo cosa de una de nosotras.

Realmente yo sabía que, cuando nos decidimos a dar el paso y empezar a llamarnos pareja aunque fuera entre nosotras solo, lo nuestro no tendría mucho futuro. Aunque supiera claramente que ambas estábamos sintiendo algo más que esa amistad que debería haber entre dos amigas. Solo tengo que recordar la cara que ponías o los comentarios que soltabas cuando alguien comentaba que x persona era gay o lesbiana. Pero, aún así, yo me había enamorado tan perdidamente que arriesgarme fue la única opción que me quedaba porque no aguantaba más. Así funcionan los romances adolescentes. Todo es más extremo.

No puedo negar que lo nuestro era fuerte e intenso a la par que gratificante y liberatorio, muchas veces sentía, cuando me sonreías por un instante por solo estar observando, como una tonta, tus rizos marrones, que era capaz de hacer cualquier cosa. Hasta de besarte. Oh Dios, aún recuerdo mi primer beso contigo. Pude sentir, por fin, lo que las demás sentían al besar a un hombre. Me sentí en las nubes al saber que yo también podía llegar a experimentarlo, aunque no fuera de forma “normal”, que me sentí aliviada.

Por desgracia, nunca tuve el valor ni el tiempo de decirte que fuiste mi primer amor y que, gracias a ti, supe que no era como las demás. Resolviste algunas de mis dudas más profundas sobre mi misma, lograste que me llegara a conocer un poquito mejor. Puede que te parezca una tontería, puede que incluso aún sigas pensando que no eres como yo, una aberración contra natura según tus padres, pero darme cuenta de que  me atraían las personas del mi mismo sexo fue un antes y un después para mi. Por qué por fin había descubierto qué era lo que me pasaba. Aunque también, sin querer, me enseñaste que a lo mejor eso no estaba tan bien como yo lo sentía en ese momento y que debía volver atrás, a la normalidad. Bueno, supongo que no todo podía ser tan bonito. Por suerte, conseguí cambiar, hará un par de años, esta visión de mi y pude liberarme de esa carga que, sin querer o queriendo, depositaste sobre mi aquel día en tu casa.

Por último, te deseo de todo corazón que logres, algún día, llegar a conocerte a ti misma como yo lo estoy haciendo. Porque si no te dejas, lo único que consigues es encadenarte y odiarte más a ti misma por lo que eres o puedes ser y no llegarás muy lejos. Recuerdo que me llegaste a confesar varias veces que no eras feliz y que no sabías el por qué. Pero yo sí lo sabía y lo sigo sabiendo: pasabas la mayor parte del día odiándote. No sabes cuánto me dolía verte así. Supongo que debí decírtelo antes pero, qué más da, las cosas que no se aprenden por una misma luego se ignoran porque no sabemos ver su importancia.

No sé si lograré enviarte esta carta porque: uno, te has mudado de la casa en la que vivimos aquella pesadilla y a todo el mundo al que le he preguntado me dice que te han perdido la pista; y dos, no se si otorgarte mis profundos sentimientos del pasado y presente por escritos puede ser una buena idea, pensando que aún puedes seguir recordándome como la muchacha que te destrozó la vida. Además, tampoco quiero traerte malos recuerdos solo por yo querer decirte esto. Me parece un tanto egoísta.

Bueno, al menos ya está escrita y lista para enviar. El próximo momento en el que me sienta a gusto y con las mismas fuerzas que el día en el que te estoy escribiendo esto, te llegará mi carta.

Te deseo lo mejor, C.

La vida es aburrida. Capítulo 1

 

Extraños en un parque

… La vida es aburrida…

La frase apareció clara en mi mente nada más abrir los ojos aquella mañana. Una peculiar manera que tenía mi cerebro de desearme los buenos días. Definitivamente no es la mejor frase para animarte a salir al mundo exterior, ni siquiera creo que sirva para hacerte levantar de la cama, pero por alguna extraña razón algo en mi interior parecía tener interés en recordarla una y otra vez durante el último mes. Con desgana me incorporé y salí de la cama. Hasta seguir durmiendo me parecía aburrido.

Ni siquiera me molesté en mirar por la ventana. Normalmente a los jóvenes de mi edad les pone de buen humor el tiempo típico del verano: sol, un cielo azul perfecto para salir con los amigos, nada de estudios ¿Quién no contaba los días para que llegasen las vacaciones? En cambio yo lo único que hice fue morderme el labio, deseando por un momento que el paisaje de mi ventana fuese un poco diferente al de todos los días… No sé, un diluvio de esos que te calan hasta los huesos, una ventisca que llena el cielo de sombreros, una tormenta de arena… hasta una lluvia de monos, ¡algo diferente!. Sin apartar de mi mente la idea de cómo sería una lluvia de chimpancés (algo realmente guay, pero perturbador si pedís mi opinión) me levanté y empecé a prepararme para salir a trabajar.

Nada más acabar bachillerato había buscado un trabajo cutre en una tienda. He de reconocer que al principio me emocionó un poco la idea de hacer algo diferente, pero al final el sitio resultó igual de monótono que el resto de cosas en la vida humana.

Me duché y vestí en completo silencio y salí de casa sin que nadie me viese. Así evitaría los gritos de mi madre obligándome a tomar el desayuno porque “tenía que crecer y fortalecer yo que se que cosas”. Lo que ella no comprendía es que simplemente no comía porque no tenía hambre, no soy tan estúpido como para morirme de hambre sólo por no querer hacerme el desayuno.

Mi madre era una mujer normal y corriente, era gruñona como todas las madres y se preocupaba mucho como todas las madres, pero siempre lo hacía con cariño y siempre estaba ahí para salvarme de los líos cuando la necesitaba —Osea, siempre—. Mucha gente decía que había heredado su nerviosismo y la manía de complicar siempre las cosas. En cambio de la personalidad tranquila de mi padre poco había cogido. De él me venía el cabello negro y según mi hermana la sonrisa (Cursilerías de esas que suele decir cuando nos hacemos maratón de disney). Últimamente estaban todos muy liados con su viaje a la playa, a la misma playa a la que vamos desde que yo tenía 5 años. Yo me negué en rotundo a ir con ellos, ya tenía suficiente con tener que soportar la vida aburrida de la ciudad como para que mis vacaciones fuesen igual de monótonas que siempre.

Cuando llegué al trabajo Jannet ya estaba abriendo la puerta y me dedicó una sonrisa amable. Jannet sería unos años mayor que yo. Era la típica chica “animadora de california”, o al menos lo era de aspecto: Alta, delgada, pelo rubio, fino y larguísimo, pero era una buena chica. Comprendía mí incapacidad de relacionarme con la gente y me solía dejar tranquilo. Al menos ella era lo único soportable del trabajo.

El día pasó tan lento como el resto de veces y cuando por fin pude anunciar que me iba sentí ganas de saltar y hacer volteretas, pero a quién quiero engañar, no tengo ni idea de hacer volteretas (y no hablemos de hacer el pino). Mientras caminaba por un pequeño parque frondoso que había que cruzar hacia la parada del autobús hice un esquema mental de mis planes para el día y, aunque había salido del trabajo de buen humor, el pensar en lo que me esperaba en casa volvió a dejarme indiferente. ¿Qué sentido tiene alegrarse de acabar el trabajo si lo que espera es lo mismo de siempre? No hacer nada.

Pronto empecé a sentirme mal, como un vacío en el estómago y un repentino mareo que me hizo trastabillar. Incómodo fui a sentarme en un banco, incapaz de dar un paso más, poco a poco un sentimiento de angustia fue invadiendo mi pecho. Notaba como me costaba respirar y cada vez me ponía más nervioso “¿Será esto lo que llaman un ataque de ansiedad?”. Obligándome a respirar con fuerza doblé las piernas y las subí al asiento para poder rodearlas con los brazos y así ocultar el rostro entre ellas. ¿Cuánto tiempo me pasé así? Ni idea, solo recuerdo que cerré los ojos e intenté tranquilizarme contando las inspiraciones y expiraciones. Por mi cabeza no podían dejar de pasar las imágenes de mi día a día y me di cuenta de que no había nada en mi vida que no hubiese predicho con antelación. ¿Acaso no había habido ninguna sorpresa en toda mi vida? Eso si que era realmente…

—Patético —Solté la palabra en un pequeño susurro que provocó que me sobresaltara yo mismo. Suspiré agotado y entonces recordé la frase que me despertaba todas las mañanas—. La vida es aburrida.
Una voz electrizante sonó a mi lado
—Pues cámbiala —Pegué un respingo alarmado y giré la cabeza con tal rapidez que me provoqué un tirón en el cuello. Chasqueando la lengua molesto froté la parte adolorida con la mano sin dejar de mirar a la persona que había invadido mi momento de reflexión a solas. Pronto la molestia por el dolor se vio sustituida por la curiosidad. Contemplé asombrado aquellos ojos grandes y profundos. “Vaya…” Nunca había visto una persona con unos ojos de un gris tan claro que casi parecía blanco o al menos por el centro, porque los bordes se iban oscureciendo hasta ser casi negros “Qué extraño… es original”. Aquellos ojos en cambio no parecían mostrar la curiosidad que tenía yo por ellos.

Su dueño me miraba con el ceño ligeramente fruncido. Tal vez le molestase que le mirase de esa manera, hay que reconocer que me había quedado un buen tiempo mirándole de una manera…extraña, pero no es mi culpa, no todos los días se te acerca un tío tan… raro. Tenía el pelo de un azul de diferentes tonos y su flequillo de lado contrastaba con aquellos ojos magnéticos. En el lado derecho de la boca llevaba un piercing negro de aro sobre el labio inferior. Realmente era curioso. Tragando saliva conseguí pronunciar unas palabras.

—¿Cambiar? ¿Mi vida? —El desconocido acentuó aún más su expresión de molestia.
—No, neuronas ¿Qué sino? —Parpadeé confuso, no es que no supiese distinguir el sarcasmo, pero me parecía increíble que una persona que ni siquiera me conocía pudiese actuar de una manera tan descarada. Inconscientemente me removí ligeramente en el asiento, procurando poner un poco más de distancia entre ambos. Aquel gesto pareció hacerle gracia, porque sonrió con burla.
—¿Perdona? —Como si quisiese anular mi gesto anterior el chico extraño se inclinó hacia mí y me observó con detenimiento. Me tensé de inmediato “¿Acaso este no sabe lo que significa espacio personal?” Sentir aquellos ojos clavados fijamente en ti era como sentir una descarga eléctrica recorriendo tu espina dorsal.
—Has dicho que tú vida era aburrida ¿no? Pues cámbiala. Cambia tu vida —El desconocido se apartó un poco de mi rostro y se encogió los hombros, como si la respuesta fuese simple. Me permití respirar con calma, intentando aclarar mis pensamientos.
—S…Se suponía que nadie estaba escuchándome —Entrecerré los ojos y le miré con aire acusatorio—. ¿Por qué te crees con derecho de juzgar mi vida? —El chico volvió a hacer ese gesto con los hombros, quitándole importancia.
—Puede que me pasase como tú… que estaba aburrido.
—Si estas aburrido no deberías tener derecho a decidir sobre la vida aburrida de otras personas —“Genial. Eso ha sonado TREMENDAMENTE infantil”.

El extraño me volvió a clavar su mirada en mí mientras se mordía el interior del piercing, pensativo. Me quedé helado, tenía la sensación de estar siendo sometido a algún tipo de examen. Al final, sin emitir ningún tipo de sonido, el chico se levantó, metió las manos en sus vaqueros rotos y gastados e hizo un gesto de resignación.

—Tienes razón. Sólo era un consejo. Puedes hacer lo que quieras con tu penosa vida —Con un ligero movimiento de cabeza hizo lo que yo supuse que era una especie de despedida y se fue atravesando el bosque por la mitad “Porque los caminos debían ser demasiado mainstream para él seguramente”. Me quedé ahí paralizado, observando el lugar por donde se había ido aquel curioso elemento hasta que volví la vista al frente mientras me mordisqueaba una uña.
—Cambiar…

– — — – — — –

—¡Qué has dejado ¿Qué?! —Posé la mirada en la taza que tenía entre las manos con aire pasota y murmuré de nuevo las palabras.
—El trabajo mamá, el trabajo —Tal vez debería haber esperado otro momento para contárselo a mi madre… otro momento en el que no hubiese estado sosteniendo la sartén al menos.
—¡Te he oído perfectamente la primera vez!
—¿Entonces para qué pre…? —Mi madre me apuntó con la sartén amenazadora y decidí que lo mejor era callar.
—¿Pero por qué?—Aquellos ojos volvieron a aparecer, grabados en mi retina. Desde hacía unos días mi querida frase para despertarme había sido sustituida por la suya << Cambia tu vida >> Carraspeé intentando concentrarme.
—Ehm… El jefe me acosaba… psicológicamente con …¿patos?—Afortunadamente mi madre me pegó una colleja con la mano libre y no con la que sujetaba el cachivache de metal.
—No estoy de humor para tus bromas. No sabes la oportunidad que acabas de perder. Tú verás lo que haces hijo. No entiendo tus razones, ¡Pero es cosa tuya! —Asentí distraídamente mientras tomaba un sorbo de la extraña bebida que contenía mi taza.

Desde aquel día la lista de la compra, que solía hacer todas las semanas como favor hacia mi madre, había sido sustituida por mí cogiendo a voleo cualquier producto extraño y curioso que viese en las estanterías. Tal vez en un intento muy patético de crear algún cambio en mi rutina. La primera vez mamá pareció extrañarse, pero dado que se iban a ir mañana creo que ya le daba un poco igual. Total, fuese verde o naranja, la bebida seguía siendo bebida. Contuve una mueca al tomar el primer sorbo: Amargo. “Hay que reconocer que mis compras al tuntún a veces tienen más éxito que otras”

Cansado de estar más tiempo sentado ahí sin hacer nada murmuré una despedida y salí fuera de casa, rumbo a cualquier parte. Aunque mi subconsciente sabía perfectamente a donde iba, al parque como siempre. Me gustaba aquel pequeño lugar, la naturaleza es algo que no se puede controlar y eso era divertido.

Tras una larga caminata llegué al pequeño bosque de manera casi automática y me senté en el mismo banco de la otra vez. Me mordí ligeramente un dedo mientras pensaba de nuevo en aquel extraño día. Algo en mi interior me decía que no solo iba a aquel sitio porque me gustase la naturaleza, pero muy convenientemente había optado por ignorar ese algo. De todas maneras él nunca había vuelto a aparecer por ahí. “Tal vez simplemente tuve una alucinación o algo así… por falta de vitaminas o cualquier cosa” ¿Se pueden tener alucinaciones por el hecho de no haber desayunado? Seguramente no.

—Cambiar mi vida… ¿Cómo demonios cambia una persona su vida?
“Puedes hacerte Chamán e irte a las tribus a vivir la vida” Contuve una mueca de molestia.
—¿Chamán?¿No es eso un animal?
“Eso es un Chacal, imbécil” Suspiré. Bien vamos, ahora hasta mi subconsciente me insulta. Pasé allí el resto del día. Leyendo historias que tenía guardadas en el móvil o persiguiendo a las ardillas con la falsa ilusión de que me dejarían tocarlas —Para vuestra información una ardilla cabreada muerde y no es muy agradable—. Al final me acabé haciendo a la idea de que aquel día tampoco vendría y me dirigí a la parada de autobús refunfuñando cosas. No es que aquel extraño chico me hubiese cautivado con su “maravillosa personalidad” haciendo que me muriese de ganas de verle. Era simplemente que necesitaba a alguien que me dijese cómo se suponía que podía cambiar mi vida.
—Idiota… —No se puede decir a una persona que cambie su vida y luego no darle alguna idea de como hacerlo. Eso era antimoral.

Me senté en el banco de la parada a esperar y doble una pierna para poder apoyar la barbilla en mi rodilla, aún sumergido en mis pensamientos. Un ruido me hizo alzar ligeramente la vista para ver a una joven llegar y quedarse apoyada en una de las barras de la parada con aire distraído. Conocía a esa chica… bueno, en realidad nunca había hablado con ella, pero siempre coincidíamos en esta parada.
Era una pelirroja bastante curiosa. Siempre solía llevar ropas extravagantes, maquillajes estrafalarios y unos cascos enormes por los cuales solía escapar música a todo volumen que hasta yo alcanzaba a escuchar. Tenía ese aire punk alocado que la hacía parecer una artista despistada, como solía llamar mi hermana a la gente de ese tipo. Normalmente solo la miraba con curiosidad los primeros segundos, fijándome en la cosa rara que llevaba puesta aquel día, y luego volvía a mi mundo, pero aquel día la miré con más detenimiento. Debía ser aproximadamente de mi edad. Sin darme cuenta mis labios se movieron antes de que pudiese impedirlo.

—Bonita camiseta —Desde donde estaba alcanzaba a ver la camiseta de Babymetal que llevaba. La chica se volvió y me dedicó una sonrisa a modo de agradecimiento. Por el cuello de la camisa alcancé a ver parte de un tatuaje de su espalda… Espera ¿Eso eran plumas? —. Es un grupo bastante raro, pero original.
—¿Lo conoces? —Parecía sorprendida de que alguien como yo pudiese escuchar eso. Me encogí de hombros
—El internet da para mucho. Me habría gustado ir a su concierto, pero no pude—“O más bien no tuviste agallas para ir tú solo” Realmente tengo una subconsciente muy borde. La pelirroja se sentó a mi lado con una sonrisa.
—Yo también quise ir, pero nadie me quería acompañar —Dijo haciendo un puchero. Entonces me di cuenta de que el extraño tatuaje de la espalda no era el único que tenía. En cada muñeca, por la parte interior, tenía tatuadas unas cadenas.
—Oh pues eso tiene fácil arreglo —Ni siquiera pensé mientras hablaba—. A la próxima vamos juntos.
Cualquier persona normal habría salido corriendo si un desconocido se pusiese a hacer planes contigo sin ni siquiera conocer tu nombre, o tal vez podría haber llamado a la policía para que me llevasen a un manicomio. En cambio aquella pelirroja me sonrió distraídamente y asintió.
—Por supuesto.

Así fue como conocí a Crystal. Con el paso de los días nos hicimos realmente amigos. Cada día después de que pasar la tarde vagabundeando por las calles o buscando venganza contra las ardillas de aquel maldito parque nos encontrábamos en la parada y solíamos hablar de cosas sin sentido. Resultó que teníamos bastante en común: nos gustaba la misma música, los videojuegos y ella parecía también estar obsesionada por el hecho de no conseguir que su vida fuese un aburrimiento. Aunque en otras éramos totalmente diferentes. Crystal tenía aquel aire de confianza que hacía que todos se volviesen a mirarla mientras que yo… bueno, digamos que si la saludé aquel día fue porque la ardilla que me mordió era radiactiva o algo por el estilo.
Una vez, mientras estábamos sentados en los asientos de atrás del autobús, con los pies sobre el asiento de delante y totalmente a nuestra bola, agarré con curiosidad su mano y toqué el tatuaje de las cadenas.

—¿Esto es por tu obsesión por Bioshock o tiene otro significado? —Crystal emitió un sonido que me recordó a un bufido de un gato y se soltó de mi agarre.
—Obviamente no, no soy tan friki como otros—Alcé una ceja dándome por aludido—. Simplemente me hace recordar que la vida siempre nos lo va a poner difícil, pero precisamente por eso hay que seguir luchando.
Permanecí unos minutos en silencio mirando por la ventana. Reflexionando sobre lo que había dicho. “Me gusta esa filosofía de vida” Una repentina sensación de deja vu me embargó y una sospecha me vino a la mente, volví el rostro hacia mi amiga, dudoso. Era descabellado, pero… ¿Por qué no? A fin de cuentas no todo el mundo era capaz de hacerte replantear tu forma de ver el mundo con solo una palabra.
— Oye Crys… no conocerás por casualidad a un tipo de pelo extravagantemente azul y ojos casi blancos ¿no?