Autores: Peridot

Nombre/Nick: “Ariel Williams” / Peridot

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Peridot.

Géneros preferidos:

  • Fantasía. (Alta / Baja / Heroica / Urbana / Realismo Mágico / Sci-fi fantástica).
  • Infantil / Juvenil.
  • Sci-fi. (De momento leer e intentarlo.)
  • Subgénero Romántico.

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Correo de contacto: (profesional) marinacruzchueco@gmail.com / (público) leaderperidot@gmail.com

Miembro del staff: Creadore de contenido.

Información personal:

Neurodivergente, LG[BT], Feminista, Vegana, activista a favor de la Salud Mental y contra toda injusticia cometida en el mundo. Estudiante de Magisterio de la Educación Primaria.

Al parecer, la escritora que me diseñó, decidió que iba a ser una historia triste, solitaria pero llena de esperanza y fuerza. Y yo no soy quién para llevarle la contraria.

Nacida a mitad de los noventa, pronto quedó claro que sería artista.

«¿Qué quieres ser de mayor?» me preguntaron una vez, cuando apenas tenía tres años, bajo la inquisitiva mirada de mi madre, que recriminó a mi interlocutor semejante cuestión. No dudé un momento: «Escritora. Pero no de libros de dibujos, de libros de letras.» Todos rieron.

«¡Mamá, díselo!» susurré pocas semanas después, estirando de la manga de mi madre el primer día de escuela. Estaba hablando con la tutora que iba a tener que aguantarme durante todo el curso y avisándola de que yo era un pelín… especial. Mi madre rió: «Mi hija quiere saber si leeréis muchos libros durante el curso.» La profesora se arrodilló enfrente mío y me sonrió: «Claro, tenemos muchos libros con muchos dibujos». Yo, impaciente, respondí directamente (cosa que nunca hacía): «No, de dibujos no. Quiero leer libros de letras, libros grandes con palabras grandes. Ya he leído todos los libros de dibujos.» Y, aunque no era verdad, yo así lo creía. No leímos libros de letras pero sí que toqué muchos libros con muchos dibujos que nunca antes había visto.

«Vamos, preséntate.» dijo una profesora con cara de pez mientras más de veinte niños permanecían sentados, mirándome con sus ojos enormes, abiertos de par en par, expectantes. Tenía siete años, acababa de mudarme a un pueblo de las afueras donde sólo había árboles y el pánico de ser el centro absoluto de atención me hizo abrazar el libro que llevaba entre manos, quizá fuera El Hobbit o quizá El León, la Bruja y el Armario, ni siquiera puedo recordarlo ya. «Me llamo Marina y me gusta leer». Inocente de mí. Nadie me creyó, las acusaciones de mentirosa y sabionda llegaron pronto y yo sólo pude resignarme a saber que pasaría muchos años sola o con pocos amigos.

«¿Y a ti? ¿Qué te gustaría hacer en el futuro?» fue la pregunta que se formuló delante de mí cuando mi atención estaba centrada en un papel y un lápiz que se movía torpemente sobre él, dibujando sin prestar atención a la clase. No levanté la mirada siquiera: «Voy a cambiar el mundo.» Las risas se hicieron audibles, tenía catorce años, muchas ganas de hacer cosas y una soledad apabullante palpitando en mi pecho. Les miré con odio, resoplé y seguí dibujando. «¿Y cómo vas a hacer eso?» preguntó de nuevo esa horrible mujer que disfrutaba poniéndome en el centro de las burlas. «Escribiendo», murmuré, y arrugué el dibujo, frustrada, antes de esconderlo en la mochila, donde los libros susurraban palabras de consuelo y me prometían mil aventuras cuando, finalmente, pudiera sumergirme en ellos.

«Quiero hacer arte» dije, firme, mirando a los ojos a mis padres. Ambos permanecieron en silencio. Mi madre dejó la cuchara con que removía la olla, mi padre dejó el destornillador y la tensión podía cortarse con un cuchillo. «¿Arte?» preguntó cualquiera de ellos. «Arte» afirmé «ya me he apuntado a la Escola Massana para hacer allí el bachillerato». Ambos querían preguntar mil cosas pero fue mi padre el que elevó su voz: «No vas a hacer arte ¿y la ciencia? Eres demasiado inteligente para hacer arte.» Y, del mismo modo, fue mi madre la que me abrazó: «Si es lo que quieres, yo te apoyo.» Y ahí cambió todo.

«Nos presentaremos en orden de lista» dijo una profesora con una cara espeluznantemente similar a aquella que había preguntado lo mismo nueve años atrás. Cuando me tocó el turno, aclaré mi voz. El pánico había desaparecido y, en su lugar, una fuerza descomunal se abría paso: «Tengo dieciséis años, soy escritora, poeta y voy a hacer arte para cambiar el mundo» y, en esta ocasión, nadie rió ni dudó de mis palabras.

«Lo que escribes está muy bien pero ¿te has planteado reducir el número de páginas?» «Creo que escribir fanfiction no cuenta como escribir ¿sabes a qué me refiero?» «¿Alguna vez te han dicho que tus descripciones son demasiado intensas?» «Repites demasiado las palabras y tu puntuación no es adecuada.» «¿Qué te parecería emular el estilo de este otro autor? Podrías dar más cuerpo a tus historias.» «¿Escribes? ¡Escríbeme algo! ¿Pagarte? Pero qué dices…» «He leído lo que has escrito… Quizá no debas dedicarte a la escritura.» Las palabras se clavaban como puñales en la espalda, dolorosas e imparables, cada cual más cruel. De pronto, ya no podía escuchar nada más. Escondí todos los libros en un cajón y decidí no sacarlos nunca más.

[…]

«Si pudieras pedir cualquier deseo… ¿qué sería?» preguntaron demasiadas personas a partir de entonces. Conforme pasaban los años mi vida se oscurecía, el sufrimiento se intensificaba y las pruebas eran cada vez más duras de superar. El abandono era el pan de cada día y el no entender qué me pasaba en la cabeza se convirtió en el enigma que nadie podría resolver jamás. Quizá por eso la respuesta nunca cambió:  «Ser feliz.»

Así que el día que toqué finalmente fondo, una sonrisa apareció en mi cara:  «Sólo queda nadar hacia la superficie.»

Frecuencia de actualización: Depende de mi salud mental. A menudo, espero.

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