Osito de peluche.

“Mañana no hagas planes. Tengo una sorpresa para ti”.

Esas palabras tan intrigantes resonaban una y otra vez en la cabeza de Max, el cual no podía permanecer quieto ni un instante. Esas habían sido las últimas palabras que Liam, su mejor amigo y el chico por el que creía haber empezado a sentir algo, le había dicho el día anterior antes de marcharse. Y, si el chico quería ponerle nervioso, lo había conseguido.

El joven apenas había pegado ojo en toda la noche, desquiciándose durante horas mientras intentaba descubrir qué tipo de sorpresa era la que le podía haber preparado. ¿Y si quería llevarle a comer a alguno de esos restaurantes lujosos del centro? Oh, Dios. No era que a Max no le entusiasmara la idea de pasar el día con él, ¡pero Liam sabía que no se sentía cómodo con ese tipo de cosas! Sin embargo, ¿y si al final era eso? ¿Qué ropa debería ponerse? ¿Tendría algo en su armario?

A pesar de que todavía era pronto, Max se levantó de su cama para ir directo a su armario. Abrió de par en par las dos puertas de este y echó un vistazo a su vestuario. Sus pantalones, camisetas, sudaderas y cazadoras parecieron darle los buenos días, dejando que el chico empezara a elegir unas ropas dignas para la ocasión.

Esa era otra cosa que le estaba poniendo nervioso: la fecha. Ese día se cumplía exactamente medio año desde el día en el que se habían conocido en aquella sala de hospital. Seis meses en los que Max y Liam habían compartido casi de todo. Para su desgracia, la fecha no podía ser más especial.

«¡Piensa, piensa, piensa!», se decía una y otra vez el joven mientras sacaba algunos pantalones del armario para, acto y seguido, tirarlos sobre la cama y volver a sacar otro par.

Estaba nervioso. Estaba muy nervioso. Puede que no tuviera ningún tipo de relación con Liam, aparte de la amistad, pero estaba nervioso. No, eso era decir poco. ¡Estaba histérico! No podía quedarse quieto, tenía que moverse, dar mil y una vueltas por la habitación, todo esto sin dejar de darle vueltas en la cabeza a esas nueve palabras que el chico le había dicho.

Al final, con un grito frustrado en su garganta, se dejó caer de nuevo en su cama, rodeado por toda esa ropa que había sacado del armario. No sabía si tenía ganas de llorar, reír o tirarse de los pelos. Lo único que sabía era que dentro de hora y media, Liam vendría a buscarle a casa.

Algo cansado por no haber dormido demasiado, Max se levantó de la cama para ir al baño y ducharse. ¿Debería hacerse algo en el pelo? No le gustaban demasiado esos rizos que tenía, le daban aspecto de niño pequeño, de “angelito”, como le gustaba llamarle su hermano mayor para hacerle de rabiar.

Salió de la ducha, que más que relajante había sido asfixiante, y volvió a su habitación. Sabía que era hora de vestirse. Se detuvo frente a su cama y, enroscado en la toalla y con las manos en su cadera, miró su ropa. ¿Qué se pondría? Si supiera que no le haría un interrogatorio en toda regla, habría llamado a una de sus amigas para pedirle consejo. ¿Y si le preguntaba a su hermano? No, mejor no. Max sabía que eso solo desencadenaría cientos de risas por parte de este, y no tenía tiempo para bromas. Tendría que decidirse él solo.

 

* * * * *

 

Liam paseaba por las calles de la cuidad a paso tranquilo. Aún quedaban unos veinte minutos para que diera la hora en la que había quedado con Max, así que no tenía mucha prisa. Como siempre, iba silbando una musiquilla, esta vez una de las canciones que había escuchado una vez en casa de su amigo, notando cómo la mirada de todas las mujeres se desviaba hacia él cuando pasaba a su lado. Desde luego, eso le hacía sentirse irresistible. Y la verdad era que lo estaba, o eso era lo que quería creer.

Sonriendo, y sin poder evitar mirarse en el cristal de enfrente, se acercó al portal del edifico donde vivía su amigo. Llamó al timbre e intercambió unas pocas palabras con el joven, el cual le dijo que no tardaría en bajar. Durante ese poco tiempo, Liam decidió echarse un último vistazo. Estaba perfecto. No era que vistiera algo muy diferente de lo que normalmente usaba, era que la ropa que llevaba le quedaba perfecta. Se había vestido para la ocasión y estaba arrebatador.

Porque, aunque Liam era algo olvidadizo con algunas cosas, el joven recordaba perfectamente que ese día se cumplían seis meses desde que Max y él hablaron por primera vez en esa habitación de hospital.

Miró los pantalones azules que llevaba puestos junto a la blanca camisa con los dos primeros botones desabrochados, volteándose un poco para verse bien. Sí, estaba irresistible. Tenía que estarlo si quería que todo saliera bien.

Liam suspiró. A pesar de que habían pasado casi todo ese tiempo juntos y que él estaba completamente enamorado de Max, nunca le había declarado sus sentimientos.

«¡Pero eso se ha acabado! -se juró a sí mismo al mismo tiempo que alzaba el brazo con la mano cerrada en un puño y una sonrisa de satisfacción y total decisión en su rostro-. ¡Hoy le diré lo que siento!».

Un par de chicas que pasaron a su lado empezaron a reírse discretamente de su gesto. Al verlo, no tardó en bajar el brazo y guiñarles pícaramente un ojo, conquistando al instante el corazón de esas dos mujeres.

Sí, aquello tenía que funcionar. Lo tenía todo planeado. Nada podría salir mal ese día. Nada.

La puerta del portal se abrió en ese momento, atrayendo su la atención. Se volvió para ver a Max salir. Sus ojos se abrieron de par en par. El chico estaba vestido con unos pantalones prietos con algunas roturas por los muslos y una camiseta de tirantes blanca que se amoldaba perfectamente a su cuerpo por debajo de una camisa negra que llevaba totalmente desabrochada, dándole un aspecto desenfadado y, sobre todo, extremadamente sexy. ¡Incluso había llegado a alisarse el cabello! Estaba… estaba… ¡Ni siquiera podía pensar con coherencia!

—Estás…

—¿Horrible, verdad? —le interrumpió Max, mirándole entre triste y enojado—. Es que no sabía qué ponerme y…

—Iba a decir que te queda todo muy bien, pero…

—¡¿En serio?! —Los ojos de Max brillaron llenos de ilusión al escucharle—. ¿De veras te gusta cómo voy vestido? ¿Y el pelo? La verdad es que me había cansado de los rizos y, bueno, quería ver qué tal me quedaba liso.

Liam asintió, sin saber muy bien si asustarse por esos brillantinos que podía ver en los ojos del chico o si sentirse alegre.

—Estás perfecto —confesó.

—¡Gracias! —exclamó el otro con una sonrisa.

Oh, sí. Liam sentía que podría pasar por los nueve círculos del infierno si Max volvía a sonreírle de esa manera. Definitivamente, estar enamorado era lo mejor que le había pasado en la vida.

—¿Y a dónde me vas a llevar a comer?

¡¿Comer?! Los ojos de Liam se abrieron de par en par al oír su pregunta. ¿Comer? ¿Quién había hablado de comer?

—¿No ibas a invitarme a comer? —Le oyó interrogarle de nuevo al ver que no contestaba.

¡Mierda, Max quería que le invitara a comer! Liam deseaba que la tierra le tragase en ese instante para no tener que soportar la vergüenza de decirle que no tenía pensado invitarle a comer. ¿Qué podría hacer ahora? Siempre podía variar su plan, pero no quería hacerlo. Primero, porque no tenía dinero para invitarle. Y, segundo, porque realmente le gustaba lo que había planeado para ese día y sabía que su acompañante lo disfrutaría. Aun así, ¿debería aceptar lo de la comida? Decidió dejar que el otro lo decidiera.

—Max, yo… Bueno, yo no… —Liam se pasó una mano por la nuca, repentinamente nervioso y alterado—. Yo no tenía pensado invitarte a comer. ¡Pero podemos hacerlo si tú quieres! —añadió rápidamente para que así no se decepcionase.

Max le miró. Parecía decepcionado ahora, y Liam no pudo más que pegarse una colleja mental por no haber pensado en un plan como ese. Por suerte, y justo cuando iba a ceder, Max habló:

—Entonces, ¿a dónde vamos? —le preguntó, con una sonrisa que hizo que el mayor viera que el asunto estaba olvidado y perdonado.

Liam sonrió más tranquilo ahora al ver que no se había tomado nada mal la noticia y, con aires de superioridad e intriga, se acercó a su oído, susurrándole tres sencillas palabras:

—Es una sorpresa.

Hecho esto, y antes de que Max utilizara sus malas artes para sonsacarle el lugar, le cogió de la mano y empezó a alejarse del edificio, internándose en las calles de la ciudad.

 

* * * * *

 

Max estaba molesto. Odiaba las sorpresas y, como buen amigo suyo que era, Liam debería de saberlo. Pero también estaba intrigado. Con tanto misterio le había entrado la curiosidad, y solo podía esperar que llegasen pronto a donde quiera que fuesen.

—¿Falta mucho?

Habían recorrido ya un par de calles y, aunque Max no sabía por qué, la gente parecía muy animada por los alrededores. Vale que fuera domingo y que la mayoría de la gente no tuviera que trabajar, también servía que hiciera un día estupendo, con una temperatura agradable y más calor que frío; pero ¿qué era lo que pasaba?

—No. Ya falta muy poco —le contestó el chico que, de forma casi inmediata, se puso tras él y le tapó los ojos con las manos.

—¡Liam! ¡Quita tus manos de mis ojos ya! —le ordenó él mientras trataba de quitárselo de encima.

—No, no, no —se negó este mientras se reía—. Es por el bien de la sorpresa. No quiero que lo descubras antes de tiempo.

—Ya verás, ahora voy a tropezar, me voy a caer y me torceré un tobillo y entonces tendrás que llevarme al hospital para que me venden el pie y…

—Y no pasará nada de eso porque yo cuidaré de ti y te protegeré de tal forma que llegarás sano y salvo a nuestro destino —le interrumpió Liam, cortando todo ese rollo fatalista con la que el joven intentaba hacerle cambiar de opinión—. Venga, Max, solo por una vez déjame guiarte, ¿sí?

—Vale —terminó accediendo—. ¡Pero como me pase algo, te juro que desearás no haberme conocido! —le amenazó, alzando un poco el puño.

Aun a pesar de que sabía que estaba hablando en serio, Liam no pudo evitar comenzar a reírse. Y así, caminando el mayor tras el pequeño mientras le tapaba los ojos con sus manos y le guiaba por las calles, se acercaron a la enorme plaza que era su destino. Ahí, se detuvieron.

—¿Ya llegamos?

—¿Recuerdas ese día que me hablaste de lo bien que lo habías pasado en un parque de atracciones y de lo mucho que te gustaría volver? —Max asintió como pudo, curioso—. Bueno, no es un parque de atracciones, pero espero que te guste igualmente.

Dicho esto, las manos se separaron de sus ojos, dejándole ver lo que había ante ellos. Los ojos de Max no sabían muy bien dónde posarse al ver toda esa cantidad de puestos e incluso la carpa de lo que parecía ser un circo. Estaba demasiado ilusionado por todo lo que veía que no podía decir palabra. De todas formas, al ver que su amigo esperaba respuesta, se volvió hacia él.

—Me alegra mucho perderme una comida si era esto lo que habías pensado.

Liam empezó a reírse, siguiéndole cuando Max empezó a ir hacia la feria.

—¿A dónde quieres ir primero?

Max no respondió, simplemente le agarró de la mano y le obligó a ir a su lado. Así de paso evitaba que el otro se perdiera debido a la cantidad de gente que había. La primera parada fue un puesto de tiro al pato. Max acababa de ver un enorme oso de peluche y quería ganarlo como fuera. Lo malo era que igual necesitaba que alguien lo consiguiera por él.

—Oye, Liam, ¿tienes buena puntería?

El mayor se le quedó mirando pensativo unos instantes. Casi parecía estar intentando descubrir qué es lo que se proponía, en vez de pensando en una respuesta. Luego, asintió.

—Creo que puedo valérmelas. ¿Por qué?

—¿Qué te parece una competición sobre quién le da a más blancos? —le preguntó al tiempo que se servía de su carita angelical para que el otro aceptase.

—¡Ja! No me hace falta gastarme el dinero aquí para saber quién va a ganar: yo —repuso el joven.

—¿Tienes miedo de que te gane? Bueno, si crees que no puedes contra mí…

Ya estaba, esas eran las palabras con las que Max sabía que el otro aceptaría la apuesta. Después de todo, Liam odiaba que le tacharan de cobarde.

—De lo que tengo miedo es de dejarte a la altura del betún —le cortó este, empezando a picarse—. ¡Soy demasiado bueno para ti, y si quieres te lo demuestro!

—¡Hecho!

No hizo falta más. Nada más sellar el trato al cogerse de las manos, se volvieron hacia el tipo que llevaba el chiringuito, le pidieron dos rifles y pagaron los perdigones. Y, aunque intentando que Liam no le viera, Max se atrevió a esbozar una sonrisa de antelación. Estaba seguro de que ese oso de peluche iba a ser suyo en muy poco tiempo.

Al final, y como Max había temido, eso de dispararle al pato ni era tan sencillo como lo pintaban, ni se le daba tan bien. Por suerte, Liam parecía tener muy buena puntería, llegando a acertar todos y cada uno de los blancos. Tras esto, Liam se volvió hacia él para mirarle triunfante.

—¡Ajá! ¡Te dije que tenía muy buena puntería! —exclamó orgulloso.

Max empezó a reírse. Y, cuando el tipo del puesto se les acercó para preguntarles qué querían de premio, señaló el peluche que quería antes de que Liam pudiera decir nada. Un peluche al que abrazó nada más tener en sus brazos.

 

* * * * *

 

Con el peluche entre los brazos de Max, Liam por fin entendió lo que este había logrado hacer: le había manipulado. Aun así, no se sentía enfadado ni enojado, solo un poco molesto por la forma en que abrazaba al muñeco.

—Me has engañado para conseguirlo, ¿verdad? —le preguntó solo para confirmar lo que ya sabía.

—¡Sip! Espero que no te moleste. Ya sabes que me encantan los peluches.

La cara de Max quedaba justo encima de la del oso, mientras que sus brazos rodeaban la cintura del peluche. Liam decidió que ese era un buen momento para hacerle una foto, lástima que no tuviera una cámara a mano, aunque había cerca uno de esos fotomatones… quizá podría aprovechar.

—¡Vamos allí!

Antes de que pudiera decir nada, Max le agarró del brazo y tiró de él hacia otro de los puestos. Sabiendo que si se oponía no solo conseguiría perderle de vista, sino que también podría llegar a arrancarle el brazo de tan fuerte que le sujetaba, Liam suspiró para sí y se prometió que después conseguiría una foto como fuera.

Al final, recorrieron casi todos los puestos de la feria, compraron algodón de azúcar y miraron los demás sin volver a participar en los puestos de tiros. En ese momento estaban dentro del famoso fotomatón. Habían metido dinero para hacerse unas cuantas fotos y estaban esperando que este imprimiera las fotos que ya se habían hecho.

—¡Qué ganas de verlas! —repetía una y otra vez Max, dando pequeños saltitos con el oso en brazos.

—Que sepas que te odio. ¡Aún tengo restos del algodón del peluche en la boca! —le dijo Liam, a sabiendas que el otro no le prestaba atención.

—Anda, no mientas. Los tres sabemos lo mucho que te gustó darle un beso al Señor Oso… ¡Mira, ya salieron!

Max cogió las fotos, empezando a mirarlas sin poder evitar las carcajadas al verlas. De todas las que había, solo la última era normal. En la primera ambos salían haciendo el tonto, con Max sacando la lengua y Liam poniendo los ojos en blanco. La siguiente era prácticamente lo mismo, salvo que parecía que los había poseído algún demonio. En la tercera, Liam no salía, ya que Max se había abrazado al Señor Oso y le había conseguido tapar por completo. La cuarta era la foto de la discordia. Liam había querido salir los dos abrazados, pero Max no quiso y, para evitarlo, puso al Señor Oso en medio, haciendo que Liam y el peluche se dieran un beso mientras él se reía de lo que estaba pasando a su lado y, sobre todo, del gesto de decepción y asco que había en la cara de Liam. Al menos, al final había aceptado la propuesta y en la quinta y última foto salían los dos abrazados y sonrientes, con el Señor Oso en medio.

—Me pido quedarme con la última foto —dijo.

—¿No prefieres la cuarta? —le provocó Max—. Con lo guapos que salís el Señor Oso y tú…

—Max, no bromees con eso.

—Creo que voy a tener que regalártelo —continuó hablando este, sin hacerle caso—. Seguro que por las noches te va a echar de menos y no me dejará dormir hasta que no le abrace.

Max empezó a reírse, más al ver el gesto serio de su amigo. Lo malo era que, aunque Max podría creer que esa molestia se debía a su broma, en realidad lo que le pasaba a Liam era que estaba sintiendo celos del estúpido peluche en esos momentos. ¿La razón? Las últimas palabras del chico y una imagen bastante precisa de Max abrazado al oso por la noche.

Vale, era patético. Estaba teniendo celos de un claro objeto inanimado. Casi le parecía estar oyendo a un mini él diciéndole algo como: “Bienvenido al enamoramiento. A la derecha tenemos los quebraderos de cabeza, a su izquierda están los celos por cualquier comentario dicho por alguna persona o sobre algo o alguien. Detrás tienes las peleas por olvidarte de fechas y acontecimientos; y delante están las noches en vela pensando en si él estará pensando en ti en ese mismo instante”. ¡Esto de estar enamorado era un asco!

—Liam, ¿te apetece ir a la casa del terror? He oído que da algo de miedo.

Max se volvió hacia él, poniendo ojitos de cordero degollado y morritos, pues sabía bien que de esa forma no había manera de que se negara a sus caprichos. Y dicho y hecho. Aunque hasta hace apenas un instante Liam se maldecía una y otra vez por haber caído en las garras del amor, ahora daba gracias a todos los dioses existentes por haber conocido a Max. ¿Esto de la personalidad múltiple también estaba asociado con el enamoramiento? Debería preguntárselo a alguien.

—Está bien. Vamos.

—¡¡Sí!!

Casi como si se tratase de un niño pequeño al que le acaban de regalar un nuevo juguete, lo cual podría considerarse como cierto, Max parecía estar totalmente encantado por estar en la feria.

Al final, entraron en la casa del terror y caminaron por el recorrido marcado de antemano por las distintas salas en las que estaba distribuido el lugar. Tras encontrarse con momias con vendajes manchados de sangre y vampiros que salían de sus ataúdes cuando la gente se acercaba, ambos jóvenes entraron en la sala de los espejos, deteniéndose en cada uno y riéndose del reflejo del otro antes de pasar al siguiente.

—¿Y ahora? —inquirió el mayor al salir de la casa, donde más que miedo se habían acabado riendo incluso de la mano ensangrentada que había asustado a la pareja que caminaba delante de ellos.

Max miró a su alrededor, pensativo. Como ya iba siendo la hora de comer, el lugar se veía un poco más vacío que cuando llegaron, mientras que los bares y puestos de comida estaban mucho más llenos de lo acostumbrado. Aun así, y como todavía no tenían hambre, le vio señalar la enorme noria que estaba en el otro lado de la calle.

—¿Podemos subir? ¿Podemos subir? ¡Por fa, por fa! —Le vio suplicar mientras se giraba hacia él.

Liam miró la atracción y luego a Max. Le hacía gracia ver cómo le suplicaba aun a pesar de saber de antemano su respuesta.

—Vale. Y después vamos a comer algo.

Se acercaron a la noria, esperaron la cola que había y, cuando les llegó el turno, subieron a una de las casetas.

—Ten cuidado que no te caiga el peluche, porque no pienso saltar para cogerlo —le advirtió el joven cuando ya se encontraban arriba del todo.

—No es “peluche” es el Señor Oso y te aseguro que no se caerá porque yo le cuido —le dijo Max, sacándole la lengua.

«Los celos son malos, los celos son malos», se repetía una y otra vez Liam, como si se tratase de un mantra. «Es solamente un estúpido peluche que no se entera de nada y que tiene más suerte que tú. ¡Pero los celos son malos!».

En ese momento, allí arriba ellos dos solos, con toda la ciudad a sus pies, Liam se preguntó si era buena idea adelantar su plan y confesarse en ese mismo instante. Después de todo, a Max parecía encantado con el paisaje, ya que no dejaba de mirar a su alrededor, señalando que las personas parecían hormiguitas desde allí arriba.

Sí, quizás era buena idea decírselo ya.

Con esa idea en su mente, Liam carraspeó para atraer la atención del joven y se puso en pie. Sin embargo, justo antes de que una sola palabra pudiera salir de su boca, la noria empezó a moverse y el compartimiento en donde estaban se balanceó, haciéndole caer hacia atrás y golpearse con uno de los hierros en la cabeza.

—¡Maldita noria! ¿Por qué tenías que moverte justo ahora? —maldijo en voz alta a la vez que se llevaba la mano a la herida con gesto de dolor.

Por su parte, Max que había visto lo sucedido, no podía parar de reírse. Algo que acrecentó el enfado del mayor. Al menos, el menor pudo tranquilizarse lo suficiente como para hablar:

—Mira que haberte levantado. El chico nos dijo que teníamos que quedarnos sentados mientras duraba el viaje.

Enfadado y dolorido, Liam maldijo el trasto en el que estaba subido y a todo aquél que había ayudado a montarlo. ¡Habían estropeado su momento! Y ahora que estaban moviéndose, no le parecía que fuera buen momento para declararse.

—¿Aún te duele? —le preguntó su amigo cuando volvían a subir—. Debió de ser un buen golpe si te sigue doliendo. Déjame ver.

Intrigado, Liam vio cómo Max se levantaba con cuidado y se acercaba a él, sentándose a su lado y obligándole a girar la cabeza para ver el lugar dañado. Luego, y con mucha suavidad, acarició su cabeza recitando las palabras que le decía su hermano cuando era pequeño y se hacía alguna herida, aunque eso sí, adaptándolas un poco:

—Sana, sana, cabecita de Liam. Si no sanas hoy, sanarás mañana.

Y, antes de alejarse, le dio un pequeño beso en la herida, volviéndose para mirarle después.

—¡Ya está! Ahora verás cómo se cura dentro de nada.

Definitivamente, Liam se sentía volar. Estaba flotando entre un montón de nubes allá por la estratosfera o más lejos aún. Le había dado un beso, ¡Max le había dado un beso! Sí, había sido en la herida y sí, lo había hecho más por pena que por otra cosa, pero ¡le había dado un beso! Si es que, al final, el paseo en el trasto ese sí que iba a servir para algo después de todo.

Bajaron de la noria un par de minutos después y, tras una pregunta de Liam, ambos se dirigieron hacia un puesto de perritos calientes para comprar algo para almorzar. Comieron sentados en uno de los pocos bancos que estaban desocupados, gastándose bromas el uno a otro como ya era normal entre ellos, salvo que en esta ocasión, había un tercero en discordia. Liam estaba seguro de que el Señor Oso le miraba mal cada vez que se acercaba un poquito a su dueño. Vale, primero lo de la noria y ahora lo del oso; ¡al final iba a resultar que se estaba volviendo paranoico!

Después de la comida, ambos decidieron que era buena idea montar en la montaña rusa mientras esperaban que llegara la hora para la actuación en el circo. Así que fueron hacia la atracción en particular, pidiéndole al encargado que se quedara con el Señor Oso mientras duraba la atracción. Tras numerosos altibajos a toda velocidad e incluso un par de looping, Liam ya no sabía si subía o bajaba, aunque al menos debía de dar las gracias por no marearse tan fácilmente.

—¿Vamos al circo ya? Falta muy poco para que empiece la actuación.

—Sí, así pillamos sitio.

Tras recoger al Señor Oso, ambos jóvenes se dirigieron hacia la carpa del circo. Y, una vez allí, enseñaron las entradas y entraron, sentándose lo más cerca que pudieron de la pista.

—¡Palomitas! ¡Refrescos! ¡Perritos calientes! —gritaba uno de los del circo, enseñando su mercancía mientras paseaba por los espectadores.

Poco a poco, el lugar se fue llenando hasta que, al final, cuando ya estaba prácticamente completo, las luces de los focos se apagaron y la suave música que amenizaba la espera se detuvo.

En ese momento, el que parecía ser el director del circo salió al escenario, saludando a todo su público mientras presentaba al que iba a ser el primer artista.

Acróbatas que hacían saltos espectaculares, domadores de leones que metían la cabeza en las fauces de las bestias o los hacían saltar a través de aros de fuego, encantadores de serpientes, hombres gigantescos, ilusionistas y bailarinas en general fueron desfilando por el escenario uno tras otro, recibiendo salvas de aplausos antes de irse.

Max parecía estar entusiasmado. Liam sabía que no era la primera vez que iba a un circo, pero parecía que esta le estaba gustando de verdad. Lo que nunca supuso era que justo por eso se pudiera ofrecer como voluntario cuando el lanzador de cuchillos buscó a alguien entre el público para que saliera con él.

Al ver el gesto, el rostro de Liam se volvió pálido como la nieve. Susurrando como un loco, trató que Max bajara su mano, pero ya era demasiado tarde. El hombre que estaba en el escenario ya se había fijado en él y le estaba pidiendo que bajara.

—Vengo ahora. Tú cuida del Señor Oso —le pidió Max antes de bajar por las gradas.

Maldiciendo por lo bajo, Liam no pudo hacer otra cosa que aplastar el cuerpo del Señor Oso como medio de descargar su furia y frustración. Puede que confiase en la habilidad de ese hombre con sus cuchillos, tenía que ser bastante bueno para que le dejasen actuar y, si no, más le valía que no le pasase nada a Max si quería seguir de una pieza. Lo que a Liam no le gustaba era las tonterías a las que era propicio Max. ¿Es que si no se arriesgaba al menos una vez al día no estaba contento? ¡Casi parecía que lo hacía solo para ponerle de los nervios!

Por fin, tras presentarse ante el resto del público, Max fue hacia la plataforma, siendo guiado por una de las ayudantes del tipo de los cuchillos. Y, nada más atarle las muñecas y los tobillos para que no se moviera, le dejaron allí.

Liam estaba de los nervios. Se hubiera comido las uñas de todos sus dedos si ese gesto no le asquease. Sabía que en cualquier momento algo podría salir mal y Max podría ser herido por uno de esos cuchillos, con lo cual él no tardaría en perder los pocos nervios que le quedaban mientras llamaba a la ambulancia y…

¡Plam!

El primer cuchillo salió disparado por el aire y se hundió en la madera, a unos centímetros de la cabeza de Max.

Liam soltó aire.

¡Plam!

El segundo cuchillo hizo casi la misma trayectoria que el primero, yendo a parar entre las piernas del joven.

Liam volvió a respirar.

Aún quedaban otros ocho cuchillos.

Una a una, las pequeñas armas se fueron hundiendo en la plataforma de madera a distintas alturas, siempre a unos pocos centímetros del cuerpo de Max, al cual, y contra todo pronóstico, podía ver entusiasmado.

Finalmente, cuando todos los cuchillos estuvieron clavados en la madera y Max fue desatado, Liam pudo volver a respirar tranquilo, obligando a sus nervios a tranquilizarse. Por su parte, Max subió por las gradas hasta él, sentándose nuevamente a su lado y abrazando al Señor Oso mientras le contaba lo excitante que era todo eso y lo bien que lo había pasado.

¿Excitante? Liam conocía mil formas distintas de excitación y podía asegurar que ninguna era tan peligrosa como la que acababa de hacer el joven.

Mientras tanto, un mago había reemplazado al tirador de cuchillos en la pista, empezando con unos trucos tan simples como sacar conejos de la chistera o ramos de flores.

Por suerte, poco a poco los trucos fueron subiendo de nivel, volviéndose cada vez más complicados y difíciles de distinguir el truco. Así, la ayudante del mago desapareció un par de veces, mientras que este era capaz de escapar de un tanque de agua aun teniendo las manos esposadas.

La gente aplaudió como loca al terminar el truco, e incluso Liam tuvo que admitir que lo había hecho bastante bien. Y, tras esto, el director volvió a salir a escena, dando por terminada la función y despidiéndose del público con un último truco.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó Liam mientras salían de la carpa. Habían estado allí dentro aproximadamente unas dos horas, así que ya eran casi las seis de la tarde—. ¿Te apetece dar una última vuelta por la feria?

Max asintió, aceptando la propuesta del otro ya que aún era pronto como para volver a casa. Además, ninguno quería despedirse del otro, teniendo en cuenta lo bien que se lo estaban pasando juntos.

—¿Sabes? Hoy mi hermano me dijo que iba a cenar con los amigos y que volvería tarde a casa —le dijo el joven al tiempo que se detenían en uno de los puestos y miraban los diferentes accesorios que se vendían allí—. ¿Te apetece cenar en mi casa y ver alguna película luego?

—Vale. Por mi perfecto. ¿Y qué te apetece ver esta vez?

Max sonrió mientras pensaba una respuesta. Al final, respondió:

—La que tú quieras, hoy te toca elegir a ti.

Liam le miró sorprendido. Normalmente tendría que hacerse el enfadado durante un buen rato para que Max le dejase elegir la película, e incluso así, él acababa por escoger la que este prefería, así que el joven ganaba de las dos formas. Pero, esta vez, parecía que el menor quería de verdad ver la que él quisiese, como si se estuviese disculpando por lo mal que le había hecho pasar cuando lo de los cuchillos.

Sonrió, feliz.

—Ya elegiré cuando estemos en tu casa. Vamos.

 

* * * * *

 

Horas más tarde, después de haber recorrido toda la feria una última vez, montar de nuevo en alguna de las atracciones y dar un pequeño paseo por la ciudad, Liam y Max llegaron a casa del segundo, donde cenaron tranquilamente en la cocina, mientras este le decía lo bien que se lo había pasado ese día.

Liam se alegraba de haberlo planeado todo bien. Estaba contento de que Max se hubiera divertido tanto, aunque a veces fuera a su propia costa, como la foto del beso con el Señor Oso y los nervios de cuando salió en el circo. No obstante, lo cierto era que el joven no se arrepentía de haberle llevado a la feria ese día.

Solo había una única cosa que aún no había podido hacer y, por desgracia, esa cosa era casi la más importante de todas, y el tiempo se le estaba agotando rápidamente.

En ese momento estaban sentados en el sofá del salón de la casa de Max. Liam ya había escogido la película que iban a ver y esta ya iba casi por la mitad. Sin embargo, aunque él mismo la había propuesto, era el que menos caso le hacía, ya que incluso el Señor Oso parecía estar más atento a la pantalla de la televisión que él.

A lo que sí estaba atento Liam era a la cabeza de Max, que estaba apoyada en su brazo derecho, mientras él abrazaba al oso. Además, por supuesto, de todos esos pensamientos que le inundaban.

Tenía que decírselo. Tenía que decirle lo mucho que le gustaba. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Además, ¿qué era lo peor que podía pasarle? Una imagen de Max dándole una patada en el culo y sacándole de su casa se cruzó por su mente. Se obligó a alejarla de su cabeza en el mismo instante en el que apareció. No tenía que ser tan negativo.

Tenía que hacerlo. Ya que no había podido hacerlo en la noria, ni en la montaña rusa justo antes de la primera caída, ni en el circo mientras esperaba que empezara; ahora tenía que hacerlo.

A la de tres.

Uno.

Dos.

Dos y cuarto.

Dos y medio.

Dos y tres cuartos.

Tres menos diez.

Tres menos cinco.

Tres menos cuatro.

Tres menos tres.

Tres menos dos.

Tres menos uno.

Y…

¡Tres!

¡Ahora era el momento! ¡Podía hacerlo!

Liam llenó sus pulmones de aire y, sintiéndose más nervioso de lo que había estado nunca, empezó a hablar, rogando por no trabarse con las palabras:

—Max, yo… quería decirte algo —susurró. No se atrevió a girar la cabeza para mirarle, así que su vista seguía fija en la pantalla de la televisión.

Max se movió un poco, o al menos eso fue lo que el chico sintió, y eso le dio fuerzas para continuar.

—Sé que te parecerá extraño. Más aún cuando te conté lo de todos esos chicos con los que he estado, pero… Pero…

No podía. ¡Maldición, no podía decírselo! No le iba a creer. ¡Max creería que se estaba riendo de él a la cara y se enfadaría y le echaría de casa! ¿Y si después de todo eso no le volvía a hablar?

Liam estaba asustado. No creía que pudiera soportar el rechazo de Max y lo cierto era que estaba pensando dejarlo estar. Mejor ser solo amigos antes que no ser nada.

Sin embargo, ¿y si pasaba otra cosa? ¿Y si Max le confesaba que también sentía lo mismo por él? Tenía que creer que esa opción también era válida. Tenía que creer que eso podría ocurrir. ¡Debía esperar que fuera eso lo que ocurriría! Definitivamente, tenía que confesarse.

—Max, yo… Tú me gustas mucho. Sé que puede sonar infantil pero estoy completamente enamorado de ti desde que nos conocimos hace ya seis meses. —Se hizo el silencio. Nada se escuchaba en esa habitación a parte de las voces de los personajes de la película—. Y bueno, yo… Yo quería saber si tú… Bueno… Si deseas que empecemos a salir juntos, ya sabes, como novios —añadió al recordar el hecho de que durante todo ese tiempo habían salido juntos también—. ¿Qué me dices? ¿Te gustaría que fuéramos… novios?

El silencio se mantuvo. A pesar de que quería ver la cara de Max y el gesto que había puesto al escucharle, Liam se sentía incapaz de girar la cabeza hacia su derecha y mirarle. Además, de todos modos, lo mejor era que le dejara un pequeño tiempo para que pensara sobre todo ello, ¿verdad? Pero ¿cuánto tiempo debía darle?

Pasaron cinco segundos, luego diez, veinte, treinta. Estaba a punto de cumplirse un minuto entero y Max todavía no había dicho nada; es más, ni siquiera se había movido. ¿Habría entrado en shock por su culpa? Liam decidió que ya era hora de mirarle.

Entonces, mientras el chico empezó a girar la cabeza, Max se movió un poco, dejando caer al Señor Oso al suelo y moviéndose para abrazarle por la cintura, todo ello sin decir palabra.

Liam se le quedó mirando, esperando que dijera algo. Sin embargo, al igual que antes, el chico no dijo nada. Al final, más intrigado ya por todo lo que estaba pasando que porque quisiera obtener una respuesta, el joven pasó una mano frente a la cara del chico, el cual ni se inmutó con el movimiento, ya que se encontraba profundamente dormido.

Al darse cuenta de ello, Liam suspiró. No sabía si reír o llorar. Para una vez que había podido declararse, ¡resultaba que Max estaba dormido! Definitivamente, ese día la suerte no estaba de su lado.

Aun así, no pudo evitar esbozar una dulce sonrisa al verle apretarse contra él y abrazarle como si fuera un peluche. Y, orgulloso por este hecho, Liam no tardó en sacarle la lengua al Señor Oso, el cual le miraba desde el suelo con envidia. Eso según él por supuesto.

Y, así, tras pasar un brazo por la cintura del chico para atraerle aún más hacia él, y empezar a acariciarle el cabello, Liam se sintió pletórico de alegría. No importaba que Max no hubiese escuchado su confesión, podría volver a decírsela otro día. Lo que ahora importaba era que el chico parecía querer que se quedara a su lado, y eso era todo lo que Liam necesitaba saber en ese instante.

De momento, se conformaba con ser su osito de peluche particular.

Capítulo 8: Causa y efecto.

Los rayos del sol se colaban por las pequeñas rendijas que la persiana mal bajada había dejado. Las cortinas estaban echadas, pero eso no impedía demasiado que la luz se filtrara hasta llegar a la cama, alcanzando al joven rubio que dormía completamente tapado por las sábanas hasta el punto de que solamente se le podían ver unos pocos mechones de pelo.

Eran ya las once y media de la mañana. Hacía menos de seis horas que el joven había llegado a la casa junto a Oliver, acostándose nada más llegar en la cama del pelirrojo con este. Pese a todo, en ese momento solo Daniel seguía durmiendo. Oliver se había despertado hacía poco más de diez minutos, saliendo de la habitación para bajar a la cocina a por algo de beber.

Nunca supo si fue por el hecho de que acababa de despertarse y aún estaba medio dormido, o porque en ese momento estaba demasiado centrado en calmar su sed. Pero cuando bajó las escaleras que separaban los dos pisos de su casa y entró en el salón y encontró a su madre mirándole desde uno de los sillones con una seriedad extrema, el joven pelirrojo recordó no solo qué día era ese, sino todo lo que había sucedido la noche anterior.

—Oh, oh —murmuró con el temor creciendo dentro de sí.

—Sí, Oliver. Oh, oh.

 

* * * * *

 

Aún dormido, Daniel empezó a revolverse en la cama cuando unas voces familiares llegaron hasta él, terminando por despertarle. Estaba agotado y le dolía todo el cuerpo. Con un gruñido, el chico ni siquiera abrió los ojos antes de taparse de nuevo con las sábanas con la firme intención de volver a dormirse.

Para su desgracia, esas voces que habían logrado despertarle se escuchaban ahora cada vez más cerca y le sonaban terriblemente familiares.

Estando aún más dormido que despierto, Daniel creyó distinguir por fin a quién pertenecía esa voz. Sonrió. Era su padre, por supuesto, y teniendo en cuenta que hablaba en italiano, estaba realmente furioso.

La puerta de la habitación se abrió en ese instante, haciendo un estruendo al chocar contra la pared debido a la fuerza con la que la habían abierto. Sin dar ninguna muestra de que estaba despierto, ya que lo que más quería era seguir durmiendo, Daniel oyó más que vio cómo su padre se acercaba a la cama y le cogía las sábanas, tirando de ellas hacia atrás.

—¡Eh! —exclamó molesto y ahora también con frío—. ¡Joder, estaba durmiendo!

La mirada que Gael le dirigió haría temblar al más valiente, pero Daniel simplemente no le hizo caso, pues estaba tratando de recuperar las sábanas para volver a taparse. Por ello, el actor volvió a agarrarlas, apartándolas aún más de su hijo.

Con un bufido de protesta, Daniel se volvió hacia su padre.

—¿Se puede saber qué quieres?

¿Que qué quiero? —preguntó el actor, alzando cada vez más la voz—. ¿Quizás saber dónde estuviste ayer?

Daniel suspiró. Vale, sí, sabía que no se iba a librar del enfado de su padre; pero, sinceramente, en esos momentos no estaba para tonterías de ese estilo.

—Mira, Gael, me duele todo el cuerpo, tengo una resaca enorme y, además, tengo sueño. Ya hablamos luego, ¿sí? Ahora déjame dormir tranquilo.

Y, antes de que el actor pudiera siquiera procesar tales palabras, el chico agarró las sábanas y volvió a taparse con ellas, dispuesto a hacer, justamente, lo que había dicho.

Por desgracia para él, Gael estaba lo suficientemente enfadado como para no dejarle tranquilo. Y sin dejar pasar ni un segundo, volvió a apartar las sábanas, le cogió del brazo y le obligó a levantarse de la cama y enfrentarse a él.

No voy a dejarte en paz, jovencito —le aseguró el mayor sin soltarle—. Quiero saber qué significa esto.

Aún furioso, el actor tiró los periódicos que tenía en la mano encima de la cama para después cruzarse de brazos y mirar a su hijo, esperando respuestas.

Curioso, Daniel cogió uno de los periódicos. No le hacía falta buscar la noticia, ya que su padre le había tirado justamente la hoja en la que se hablaba de ello. Así, cogió una cualquiera y empezó a leer:

 

Calabazas para Gael Agnelli.

 

Daniel Agnelli, hijo del conocido actor Gael Agnelli, ha dejado plantado a su padre al no presentarse en la fiesta que este le había organizado este Halloween con motivo de su cumpleaños.

 

La que se suponía que iba a ser la mejor fiesta de este Halloween y de la que más se hablaría en la ciudad durante días, ha acabado cumpliendo esa expectativa pero de una forma en la que nadie había pensado.

La fiesta, a la que acudieron grandes conocidos del mundo del cine, incluyendo también a diseñadores influyentes, varios modelos y algunos políticos y empresarios, fue perfecta hasta el momento en el que Gael Agnelli pensaba dar a conocer a su cuarto hijo: Daniel Agnelli, hijo del actor y de la ya fallecida Audrey Hudson. Al parecer, el joven cumpleañero debió pensar que estaría bien dejar en ridículo a su padre, ya que decidió no acudir a la fiesta, para gran sorpresa y decepción de todos los invitados y familiares que allí le esperaban.

Por suerte, el actor supo reaccionar a tiempo, decidiendo tomarse este altercado como una pequeña broma de Halloween por parte de su hijo…

 

La noticia seguía, por supuesto, pero el resto era algo que a Daniel no le interesaba en absoluto. Así que, en vez de seguir leyendo, alzó un poco la mirada para mirar a su padre.

—Es mejor que el título que había pensado yo —confesó, volviendo a leer, esta vez en voz alta, el titular de la noticia—. Me gusta el doble sentido que le dieron a las calabazas. No había pensado en eso.

Gael se mordió la lengua para no empezar de nuevo a maldecir, diciéndose a sí mismo que debía mantener la calma. Algo que se le hizo imposible cuando siguió escuchando a su hijo:

—Bueno, al menos lo conseguiste ¿no? Querías que la gente hablase de tu fiesta durante días, ¿cierto? Pues mira, lo has conseguido —habló sonriente, señalando los periódicos con una mano—. Deberías estar contento. Pasarán semanas e incluso puede que meses antes de que la gente se olvide de tu fiesta.

Pero no era precisamente alegría lo que sentía el adulto. Era enfado, ira, furia… Más aún al ver la sonrisa arrogante de su hijo.

Vas a decirme ahora mismo qué se supone que hiciste ayer y por qué no viniste a tu fiesta —le ordenó, agarrándole del brazo nuevamente para hacer que le mirara.

—¿Mi fiesta? —El tono de Daniel se agravó, sus ojos se entrecerraron y el enojo pudo apreciarse perfectamente en todo su cuerpo—. ¿Mi fiesta? —repitió, soltándose del agarre de su padre con un movimiento brusco—. Esa no era mi fiesta —le dijo, alzando un poco su tono de voz—. Esa fue solo una de tus patéticas excusas para volver a ser el centro de atención, así que no me vengas ahora con que era mi fiesta.

Hice esa fiesta por ti, para darte una sorpresa al ver que habíamos venido todos a celebrar tu decimosexto cumpleaños —murmuró aún furioso el actor—. Y tú me lo pagas no viniendo a la fiesta. ¡A tu fiesta!

—¡Si en verdad fuera mi puta fiesta no habrías invitado a todos tus amigos y conocidos! ¡Si en verdad me conocieras y te preocuparas por mí, sabrías que no me gustan tus malditas sorpresas, que odio celebrar mi cumpleaños y que, por supuesto, odio que me hagan una fiesta! —le atacó—. Pero claro, como el señorito en lo único que piensa es en su persona, no…

La bofetada de su padre le hizo callar. Sorprendido por ese gesto, Daniel retrocedió un paso, llevándose una mano a la mejilla mientras sus ojos se centraban en su padre, perplejo. Nunca, en toda su vida, le habían pegado. Sí, le habían castigado alguna vez, sobre todo en esos últimos años, pero nunca, jamás, su padre le había puesto la mano encima.

Le miró. Gael respiraba agitado y, por la sorpresa que podía verse en su rostro, se podía ver perfectamente que el gesto no había sido premeditado.

—Duele, ¿verdad? —le dijo en apenas un susurro, con la mirada del adulto fija en él—. La verdad, me refiero. Duele escucharla, ¿cierto? —Los ojos de Daniel se entrecerraron. Por otra parte, Gael no sabía por qué todas las alarmas de su cuerpo acababan de saltar—. ¿Pero sabes qué duele más? Que te mientan. Que te oculten las cosas porque, según los demás, aún eres muy joven para entenderlas, porque es lo mejor para ti.

El odio estaba muy presente en todas y cada una de las palabras del adolescente. Sus brazos, ahora completamente pegados a ambos lados de su cuerpo, estaban tensos, y sus manos eran ahora puños fuertemente cerrados. Su cuerpo temblaba y no precisamente por frío o miedo, sino de ira.

No sé de qué me hablas —habló Gael, cruzándose de brazos y reponiéndose por completo.

—¿Ah, no? Sí, seguro que no. Seguro que no tienes ni idea de lo que estoy hablando —decía el chico, alejándose de su padre para empezar a dar paseos por la habitación, manía que tenía cuando estaba furioso—. Después de todo, tú nunca me mentirías, ¿cierto? “Nada de secretos entre nosotros” esa era tu máxima si mal no recuerdo. ¿Verdad? —le preguntó, girando un poco la cabeza para mirarle, pero sin detenerse.

Gael no dijo nada, se conformó con mirar a su hijo en silencio, sin saber por qué el nudo de su estómago crecía cada vez más.

—Tú nunca me has mentido, ¿cierto? Jamás me has ocultado nada. Incluso me contaste lo de mi madre, por más que tardases trece putos años en hacerlo —susurró el joven con odio, deteniéndose ahora frente a él y fijando su mirada en la suya—. ¿Qué me dijiste? ¡Ah, sí! Me dijiste que había muerto. “Una complicación en el parto”, esas fueron exactamente tus palabras.

Gael escuchaba sin intervenir, ya que se sentía incapaz de decir nada. No entendía porqué su hijo había sacado a coalición la muerte de su segunda mujer, pero estaba seguro de que no sería para nada bueno.

—Me dijiste que había muerto, sí, pero no me dijiste nada sobre el cáncer, sobre que se había negado a tratarse por mi culpa.

Las palabras de su hijo, la sorpresa que le suponía el que Daniel supiera sobre la enfermedad, lograron que el cuerpo le temblara y hasta que sus piernas amenazaran con no sostenerle. Así, el actor retrocedió ese paso que le separaba de la cama, terminando por sentarse en ella.

¿Cómo sabes tú eso? ¿Quién te lo dijo? —consiguió preguntar, mirándole sin comprender.

—¿Qué importa eso? Lo importante es que lo sé, que tú me mentiste, ¡que me ocultaste lo del cáncer! Que a pesar de decirme siempre que nunca habría secretos entre nosotros, tú eres el primero en mentirme. ¿Y aún me preguntas por qué me negué a ir a tu estúpida fiesta? ¿Será porque siempre me estás mintiendo, quizás?

»¿Qué va a ser lo próximo que descubriré? ¿Que no soy tu hijo? ¿Que me adoptaste por alguna extraña razón de las tuyas? —Daniel lanzó una carcajada—. Supongo que no tendré tanta suerte, ¿verdad? Ya me gustaría a mí no ser hijo tuyo.

Una segunda bofetada acalló de nuevo al rubio. Sorprendido por el golpe pero sin arrepentirse de nada de lo que había dicho, el chico miró a Gael, quien se había levantado de la cama y ahora le miraba iracundo por todas esas palabras.

No te dije lo de tu madre porque, a pesar de todo lo que crees, te conozco perfectamente y sabía cual sería tu reacción. Porque en eso eres igual a como era ella y sabía que ibas a culparte de lo ocurrido y no quería eso. No quiero que pienses que tú eres el culpable de su muerte porque eso no es cierto —habló serio pero sin alzar el tono de voz más allá del susurro—. En cuanto a mí, no te permito que me hables de esa manera. Eres mi hijo, Daniel, y eso no cambiará por mucho que intentes esconderte al venir aquí.

—¿Crees que por eso me fui? ¿Crees que fue para olvidarme de que soy tu hijo? —le interrogó Daniel, soltando una nueva carcajada—. No lo hice por eso. Sé que soy tu hijo, Gael, y que eso no cambiará tanto si estoy aquí como en Nueva York o hasta si me da por mudarme a Japón.

¿Entonces?

Daniel le miró, esbozando una sonrisa al ver la confusión en los ojos de su padre.

—Me fui por ti, papá —le dijo, poniendo todo su desprecio en esa última palabra—. Porque no te soportaba, porque te aborrezco. No soportaba pasar un solo día más en esa casa, a tu lado —confesó—. Por eso me escapé de casa. Por eso guardé algunas de mis cosas en una mochila, cogí el dinero que tenía ahorrado y me fui al aeropuerto tirando el móvil en la primera papelera que encontré. Porque quería escapar de ti, de tus estupideces y tonterías, de tus aires de grandeza. ¿Y sabes qué es lo mejor de todo?

Gael no respondió. Cada una de las palabras de su hijo había sido como una puñalada directa a su corazón, sobre todo si tenía en cuenta la mirada llena de arrogancia y de desprecio con la que el chico le observaba.

—Lo mejor… —empezó a decir el joven, sin perderse ninguna de las reacciones de su padre—. Lo mejor es que no me arrepiento, que sería capaz de volver a hacerlo solo para huir de ti. —El dolor volvió a hacerse presente en el rostro del actor, pero aun así, Daniel no se calló—. Volvería a coger mis cosas e irme de esa casa sin avisar. ¿Sabes qué es lo único de lo que me arrepiento? De que al venir aquí lograras encontrarme gracias a Diana y Toño, nada más.

»Te odio, papá. Estos dos años que han pasado desde que me fui han sido los mejores de mi vida. Así que, sinceramente, la próxima vez que quieras hacerme una fiesta o simplemente venir a visitarme, haznos un favor a ambos y ahórrate el viaje, porque te aseguro que ni iré a la fiesta ni hablaré contigo.

Y, tras esta declaración, Daniel se dio la vuelta, saliendo de la habitación del pelirrojo, sin importarle todo el dolor que sus palabras le habían causado a su padre.

 

* * * * *

 

Era martes por la mañana, casi medio día. Hacía escasos minutos que Cynthia se había despertado y levantado. Menos minutos aún habían pasado desde que la chica había salido de la ducha, había vuelto a su habitación para vestirse y, acto seguido, fue hacia la cocina a preparar algo de comer.

La joven modelo estaba contenta. A pesar del plantón del hijo de Gael Agnelli y del asco que le había provocado la comida al verla por primera vez, la fiesta había sido fabulosa y no se arrepentía de haber ido. Ni siquiera de haber probado bocado de algo que parecía una costilla humana pero que, en verdad, había resultado ser chocolate blanco.

Habían estado allí casi toda la noche. Hasta que, a eso de las seis o siete de la mañana, los invitados habían acabado por marcharse a sus respectivas casas u hoteles. Aunque al final, Héctor, Paolo y ella habían acabado por acudir a un bar para tomar esa “última copa” que tanto había pedido Paolo.

Sonrió al recordarlo. Más que una última copa, habían sido unas cuantas hasta que, al darse cuenta de que eran más de las ocho de la mañana, decidieron ir a desayunar los tres juntos antes de separarse por fin.

—Y bueno, dime, ¿qué quieres para comer? —preguntó la joven al pasar por el salón, donde estaba su hermano.

La modelo no recibió respuesta alguna, algo que la extrañó demasiado. Según había podido ver antes de entrar en la ducha, su hermano, aunque estaba tirado en el sofá, estaba despierto. Al final, se detuvo justo tras el sofá, se inclinó un poco para poder ver al castaño y chascó los dedos frente a su rostro.

—Si te estás durmiendo será mejor que vuelvas a la cama, ya sabes que yo no voy a reñirte —le dijo, sabiendo perfectamente que su hermano había llegado tarde. Después de todo, había sido esa la razón por la que le había pedido que le dejara dormir en su casa en vez tener que volver a la de sus padres.

—No tengo sueño —murmuró el castaño en tono hosco y desganado.

—Pues quién lo diría viéndote ahí tirado —le rebatió ella con una pequeña sonrisa—. ¿O será que tienes resaca? —le preguntó, empezando a rodear el sofá—. Ya sabes que no me gusta que bebas. No es bueno para tu salud.

—No bebí nada —la acalló el chico, apartando de un manotazo la mano de su hermana que le estaba revolviendo el pelo.

—Vale, vale —murmuró ella, posando las manos en su cadera—. Pues sí que estamos de malhumor hoy.

Cynthia chascó la lengua y, tras un suspiro de resignación, empezó a alejarse del chico.

—Yo voy a preparar algo de comer, que tengo hambre. Tú haz lo que quieras.

En silencio, Julio vio a su hermana alejarse de su lado en dirección a la cocina. Todavía sumido en sus pensamientos, el chico volvió a centrar su vista en la televisión. Pero, a pesar de que la película que estaban poniendo era una de sus favoritas, sabía que apenas le estaba prestando atención. Tenía muchas cosas en las que pensar. O, mejor dicho, estaba intentando no pensar en todas esas cosas que habían pasado.

—Cindy…

El llamado de Julio, que no sobrepasaba el susurro, logró que la aludida se detuviera justo a mitad de camino.

—¿Sí? —le preguntó, esperando que continuara hablando.

El chico se mantuvo en silencio, sin saber muy bien qué decir. A pesar de no saber si quería hablarlo con alguien, sus labios se habían movido solos para llamar a su hermana, pidiendo una ayuda que él no sabía si quería.

—Vale, si no quieres responder, no respondas —habló la mayor al ver que el silencio se mantenía.

—Espera —le pidió antes de que pudiera seguir alejándose—. Es que… Yo…

Al oír la voz titubeante del chico, Cynthia se volvió hacia él, mirándole fijamente. El castaño ya no estaba tirado en el sofá, sino que se había sentado en él y ahora tenía la mirada fija en su persona. Parecía desganado, triste, las ojeras bajo sus ojos parecían estar ahí no sólo por haber salido hasta tarde, sino casi por no haber conseguido dormir nada, algo que parecía confirmarle los ojos rojizos del chico.

—Julio, ¿qué pasa? —le preguntó, acercándose a él. Se sentó a su lado y le alzó su rostro con una de sus manos, acariciándole la mejilla—. Tienes mala cara.

El aludido desvió la mirada, sin responder aún. Sabía que tenía mala cara. Había podido mirarse al espejo al levantarse, y la verdad era que su hermana tenía razón sobre su aspecto.

—¿Te sientes mal? ¿Es eso? —probó con duda y preocupación en su voz, a la vez que alejó su mano con temor a hacerle daño—. ¿Te traigo la medicación?

Julio negó con la cabeza, buscando tranquilizarla antes de que hablase sobre llamar al médico o, peor aún, a sus padres.

—Estoy bien. No es eso.

—Pues si no es por eso y dices que no bebiste nada, ¿qué te pasa?

Mordiéndose el labio con saña, Julio debatía consigo mismo sobre si responder o no a esa pregunta. Quería decirlo, quería que su hermana le ayudara a sentirse mejor de alguna forma, pero tampoco quería dejar ver lo mucho que le había afectado lo sucedido. Pese a que eso pudiera verse a simple vista.

—Me rechazó —acabó susurrando, con la vista fija en la funda del sofá—. Oliver me rechazó.

Cynthia le miró sorprendida. No se esperaba tal respuesta, por mucho que eso explicase a la perfección que su hermano estuviera así. Suspiró, terminando por acomodarse mejor en el sofá, y rodeó el cuerpo de su hermano con un brazo para instarle a apoyarse en ella.

—Creía que no ibas a verle —le dijo, mesándole el cabello con cariño.

—Sí, eso pensaba —confesó el chico a su vez—. Pero al parecer él y Daniel se escaparon de la fiesta a la que deberían haber ido. O eso fue lo que me dijo cuando me lo encontré en un bar.

Cynthia asintió, esperando que el menor siguiera hablando, algo que no se hizo esperar.

—Le pregunté por qué no me devolvía los mensajes ni las llamadas, y me dijo que era porque ya sabía lo que sentía por él y que no quería responderme. Que él no sentía nada por mí. Pero eso no fue todo —añadió antes de que la rubia pudiera decir algo—. Me mintió. Le pregunté si es que estaba enamorado de Daniel, y me dijo que no; pero más tarde, cuando encontramos a Daniel liándose con un chico, Oliver le dijo que se apartara de su novio. Me mintió —repitió el chico, incrédulo—. Sabía que estaba detrás, que acababa de decirme que no le gustaba Daniel y, a pesar de todo, dijo que era su novio. Me confirmó que me había mentido antes.

Sabiendo todo eso por lo que su hermano estaba pasando, Cynthia le acercó aún más a ella, dándole un beso en la sien para intentar tranquilizarle.

—Bueno, al menos tú sabes que el chico es gay, como tú.

Julio alzó un poco la mirada, mirándola extrañado.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó.

—¿No te lo conté nunca? —preguntó ella a su vez—. Hace unos años me enamoré de un chico homosexual.

Los ojos del menor se abrieron de par en par, más aún al percatarse de un pequeño detalle.

—¿Del chico ese que estuvo aquí el otro día?

La risa cristalina de la rubia inundó el lugar cuando ella asintió.

—Sí. De Paolo —le confirmó—. Tenía diecisiete años, hacía poco que había comenzado a modelar y él era uno de mis compañeros. Recuerdo que me enamoré de él al instante —le contó—. Además, se portaba tan bien conmigo que no pude evitar enamorarme aún más.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —la interrumpió el castaño, incapaz de creer lo que oía.

—Muy en serio. Es más, recuerdo que hasta me declaré.

La sorpresa estaba patente en el rostro del menor, quien era incapaz de decir algo por mucho que su boca se abriera y cerrara sin parar.

—¿Y qué pasó? —pudo preguntarle tras varios intentos.

—Que me rechazó, por supuesto.

La respuesta tan directa de la joven contrastaba enormemente con el tono jocoso que había utilizado. Algo que, por supuesto, logró que su hermano empezara a preguntarse si realmente le estaba diciendo la verdad.

—Recuerdo —continuó la modelo—, que cuando me dijo que lo sentía mucho pero que él era gay y que no podía salir conmigo, empecé a llorar e incluso me fui de la sesión en la que estaba para acabar encerrándome el resto del día en casa.

—Menudo cabrón —masculló el chico por lo bajo, sumamente enfadado.

—¿Tú crees?

—Sí. Te rechaza de mala manera y encima no le importa que te fueras sin más.

Cynthia empezó a reírse, acallando con ello a su hermano, que la vio negar con la cabeza.

—¿No?

—No —contestó ella—. Vino a verme. Apareció a eso de las once de la noche en casa. Cuando abrí la puerta me lo encontré con un ramo de rosas rojas en una mano, un enorme peluche de Chewbacca en la otra e implorando mi perdón con la mirada —le relató la joven—. Me dijo que había venido a disculparse y que hasta había tenido que sobornar a Roxanne para que le diera mi dirección.

—Espera, espera. ¿Dices que estuvo en casa? ¿Y por qué yo no le recuerdo?

—Porque eso fue un fin de semana que tú te fuiste con nuestros padres de viaje —explicó la chica con un vago gesto de la mano.

Julio asintió y, al ver que su hermana seguía hablando, prestó atención a sus palabras:

—Recuerdo que cuando le dejé pasar, me abrazó con fuerza y me entregó el ramo y el peluche. Luego, se arrodilló ante mí y, con mis manos entre las suyas, me dijo: “Te prometo todo mi amor hetero, pero hasta que tenga de eso, ¿te gustaría ser mi hermanita?”. —Cynthia se detuvo, empezando a reírse al recordarlo—. Te aseguro que esa es la única ocasión desde que le conozco, en la que ha tenido un detalle romántico con alguien.

El castaño miró a su hermana. Estaba seguro de que no le mentía al decirle todo eso, pero tampoco se podía imaginar la situación por mucho que el peluche fuera una prueba irrefutable.

—¿Y qué pasó? —la interrogó no solo por la curiosidad que sentía, sino por si podría ayudarle de alguna forma con el asunto de Oliver.

—Pues que desde ese día, desde ese trece de abril del 2002, nos convertimos en lo que ahora somos —respondió la joven.

—¿Y ya está? —preguntó el otro, sorprendido—. ¿Te diste por vencida sin más? ¿No sentiste celos ni nada?

—¡Claro que sentí celos! —exclamó la rubia como si fuera obvio—. Al principio, cuando todavía sentía algo por él, me hacía ilusiones pensando que un día cercano Paolo se me declararía. ¡Y por supuesto que me ponía celosa! —repitió—. Tanto de las chicas como de los chicos que trabajaban con nosotros. Incluso, empecé a celarme de uno de nuestros compañeros al ver que le gustaba a Paolo. Pero luego me di cuenta de que era una estupidez, Héctor no tenía la culpa de gustarle al tonto de Paolo. Y ahora ya ves, los tres somos inseparables.

Julio estaba perplejo. Él también estaba celoso, en su caso de Daniel. Sentía que si el rubito no estuviera, Oliver no le habría rechazado y él no estaría así, sintiéndose engañado por Oliver. Por eso no podía entender como su hermana había podido dejar los celos a un lado tan fácilmente, pues él estaba seguro de no poder conseguirlo.

—Todos hemos pasado por una situación así, Julio. —Escuchó decir a su hermana—. Y por mucho que ahora lo veas todo negro, te aseguro que eso pasa.

—¿Ahora es cuando vas a decirme que él no es lo suficientemente bueno para mí? —le preguntó, esbozando una sonrisa triste.

—No. Yo no soy mamá. Yo solo voy a darte un consejo: no permitas que tu amistad con ese chico se pierda por esto o acabarás arrepintiéndote toda la vida.

Y, dicho esto, Cynthia le dio un nuevo beso en la sien a su hermano para después levantarse del sofá y ponerse a hacer la comida.

 

* * * * *

 

—¡Daniel!

Con esa palabra fue con la que los hijos del actor se abalanzaron sobre su hermano nada más verle entrar en el salón. Con gran esfuerzo, Daniel logró mantenerse en pie y respirar en ese maxi-abrazo en el que había acabado.

Aún estaba furioso, pero con ese gesto sus hermanos habían logrado que dejara de pensar en su padre y la discusión que había mantenido con él para centrarse en el reencuentro con sus hermanos, a quienes sí había echado mucho de menos.

—Me estáis ahogando —logró decir, intentando separarse de todos esos cuerpos.

—Venga, niños, apartaos un poco y dejadle respirar —les pidió Carla, quien se había quedado un poco apartada, sentada en uno de los sillones de la sala.

Uno a uno, los chicos fueron separándose de Daniel, hasta el punto de que sólo Nayra quedó abrazándole, pues parecía que la pequeña se negaba a separarse de su hermano. Por ello, el rubio simplemente la alzó en brazos, dándole un beso en la mejilla para después volverse hacia Carla, que al fin se había acercado a saludarle.

—Me alegra mucho volver a verte —le dijo ella, abrazándole con cariño—. ¿Qué tal la charla con tu padre?

—Digamos que hemos aclarado las cosas —respondió el chico, encogiéndose de hombros.

—Me alegro. No te puedes imaginar las ganas que tenía de venir a verte —añadió la mujer, esbozando una sonrisa.

Daniel respondió a su gesto pero no contestó. No quería pensar en su padre, así que se volvió hacia la única hermana que no le había saludado: Vanessa.

—¿Y tú qué? ¿No me saludas? —le preguntó, acercándose a ella con una sonrisa sincera en el rostro.

—No —respondió la joven con seriedad—. Estoy muy enfadada contigo por no haber venido a la fiesta, así que no hay saludo.

Sorprendido por esa respuesta, Daniel la vio cruzarse de brazos e incluso girar la cara para no verle.

—Es que se puso un vestido —le explicó Alexa.

—¡Y tacones! ¡No te olvides de los malditos tacones! —exclamó Vanessa, aún sin girarse.

—Y tacones —concedió su gemela—. Le dijimos que nada más verla en la fiesta, seguro que le dirías lo preciosa que estaba…

—Pero no viniste —terminó Vanessa—. No viniste a la fiesta y no me viste. Por eso estoy enfadada.

Perplejo por el hecho de que Vanessa se hubiera puesto un vestido, Daniel posó a Nayra en el suelo y, tras prometerle que después volvería a auparla, se acercó a su otra hermana.

—Seguro que estabas preciosa —le aseguró, abrazándola y dejando un beso en su frente—. Te aseguro que si lo hubiera sabido, habría sido el primero en llegar para poder verte. ¿Me perdonas?

Vanessa le miró seria, muy seria. Sus ojos estaban fijos en los de Daniel, y ciertamente, parecían capaces de leer todos y cada uno de sus pensamientos y, por supuesto, saber si mentía o no.

Por suerte para el chico, el gesto serio de la joven desapareció, convirtiéndose en una enorme sonrisa.

—Por supuesto que sí —respondió, abrazándole—. Anda ven aquí. Te he echado mucho de menos.

Daniel se dejó envolver por esos dos brazos tan confortables, correspondiendo sin dudar el abrazo de su hermana. Por mucho que tuviera que separarse cuando alguien empezó a revolverle el pelo para llamar su atención.

—Y a nosotros que nos habían dicho que habías cambiado tanto en estos dos últimos años que ni podríamos reconocerte… —habló Ethan, mirándole de arriba abajo—. Y mírate, sigues siendo el mismo enano esmirriado de siempre —se rió.

El rubio endureció su mirada, más aún al oír el siguiente comentario:

—Es que tu hermano no crece ni tirándole de las orejas y los tobillos a la vez —objetó Oliver, quien se había librado de la reprimenda de su madre gracias a la llegada de Gael y demás.

—He crecido —les dijo serio el rubio—. No mucho, pero sí un poco.

Las risas de los dos jóvenes le hicieron enojarse más, terminando por cruzarse de brazos.

—Ya veréis cuando pegue el estirón. Estoy seguro de que os pasaré a ambos.

—Eso espero, enano. Porque si no, hasta David va a terminar pasándote —le dijo Ethan, señalando a su hermano de diez años.

Con un bufido, Daniel terminó por sentarse al lado de Vanessa en el sofá, abrazándola mientras se quejaba de lo “malos” que eran Oliver y Ethan con él. Sabía bien que su hermana saldría en su defensa sin dudarlo ni un instante. Y así fue.

—¡Eh! Vosotros dos, más os vale dejar a mi querido hermanito en paz si no queréis que me enfade —les advirtió a los dos chicos, señalándoles con el dedo—. He aprendido un par de llaves nuevas el mes pasado y estoy deseando ponerlas en práctica.

Al instante, los dos chicos alzaron un poco sus manos, dando a entender que se rendían. Ninguno quería que Vanessa cumpliera su amenaza.

—Mimado —insultó Ethan por lo bajo a su hermano, al ver como este les sacaba la lengua protegido por su hermana.

Lo que ninguno se esperaba era que los mellizos se acercaran a Vanessa y a Daniel y que, tras agarrar a la mayor del brazo, la separaran de su hermano mientras la reñían.

—Dani es nuestro, déjale —hablaron al mismo tiempo los pequeños, abrazándose a su hermano y dirigiendo malas miradas al resto de los presentes.

Sorprendido por tal repentina acción, Daniel no pudo evitar empezar a reírse a carcajadas, alzando a los mellizos para sentarles en su regazo.

—¿Qué es eso de que soy vuestro? —les dijo—. ¿Y cómo es que yo no lo sabía?

—Eres nuestro —repitieron posesivos los dos niños, logrando que Vanessa interviniera.

—¡Ah, no! Eso sí que no. En todo caso, Daniel es mío —clamó la joven, abrazando a su hermano aún por encima de los dos pequeños, quienes intentaban apartarla a toda costa—. Para eso soy la que más le consiente. A que sí, Daniel.

Viéndose atrapado entre los mellizos y Vanessa, Daniel era incapaz de moverse apenas, y menos aún dijo nada, puesto que no quería meterse en más problemas. En vez de eso, suplicó a los demás que le ayudaran, observando que estos parecían divertirse demasiado mirándoles, por mucho que la situación se complicara aún más cuando Oliver decidió meter baza.

—Lo siento chicos, pero estáis todos equivocados. Daniel es mío —afirmó—. Soy quien pasa más tiempo con él, le consiento al darle todos los mimos que quiere y hasta dormimos juntos alguna vez. ¿No veis? Es una clara victoria a mi favor.

No mucho más pudo decir el pelirrojo. Al instante, los mellizos y Vanessa se miraron y parecieron ponerse de acuerdo para ir contra Oliver, quien pronto pudo darse cuenta del error que había cometido al meterse en la conversación.

—Entonces, ¿todo bien por aquí? —le preguntó Alexa, aprovechando que ahora Daniel estaba libre para sentarse a su lado.

—Sí, todo bien —aseguró el chico, asintiendo.

—Es bueno saberlo —intervino ahora Ethan, sentándose a su otro lado—. ¿Deberíamos ayudarle? —añadió, señalando al pelirrojo.

Daniel le miró. Oliver estaba ahora en el suelo, con los mellizos encima haciéndole cosquillas mientras Vanessa y Natalia, que también parecía haberse unido, se encargaban de que el chico no pudiera moverse.

—Déjale. Él se lo ha buscado solito —contestó al final y, al recordar un pequeño detalle, añadió—. Por cierto, Oliver, recuérdame que después te devuelva tu móvil.

—¿Qué? —preguntó el chico, pidiendo tiempo muerto con las manos—. ¿No lo habías tirado al río? —agregó extrañado.

El rubio empezó a reírse, negando con la cabeza.

—Eso era una piedra. El móvil lo tenía guardado junto al mío en uno de los bolsillos. Simplemente di el cambiazo sin que te dieras cuenta —se explicó.

—¡Serás cabrón! ¡Mira que hacerme pensar que me habías tirado el móvil! ¡Mi madre casi me asesina cuando se lo dije! —exclamó furioso.

—¡Eh! ¿Qué he dicho sobre insultar a Daniel? —habló Vanessa, volviéndose luego hacia sus hermanos—. Venga, niños, ¡a por él!

De nuevo, Oliver tuvo que vérselas con los mellizos, quienes habían seguido la orden de su hermana sin dudar.

—Oye, ¿qué os parece si salimos a dar una vuelta? Aún es pronto para comer y yo paso de quedarme aquí encerrado —propuso Ethan.

—Podríamos ir al centro comercial —opinó Natalia, que se había cansado de vengarse de su hermano.

Daniel asintió, encantado por la idea, por mucho que eso quisiera decir que tendría que ducharse y vestirse.

—Por mí perfecto. Incluso podríamos comer allí. Conozco un restaurante donde hacen una comida riquísima —les dijo.

—Vale. Yo aviso a Diana y a los demás —intervino Alexa, levantándose y dando un par de palmadas para atraer la atención del resto—. Bueno, chicos, nos vamos a comer al centro comercial, así que Oliver, más te vale ir arriba a ducharte, y tú, Daniel, lo mismo.

—¿Y nosotros? —preguntó David, que había estado mirando divertido el combate que se había dado en la alfombra.

—Vendréis con nosotros si prometéis portaros bien, ¿vale?

Al instante, los tres pequeños de la familia asintieron varias veces seguidas, como si supieran que con una no sería suficiente.

—Bien. Entonces, en veinte minutos nos vamos, así que más os vale estar preparados.

 

* * * * *

 

—¿Por qué estás aquí?

Con esa pregunta era con la que Héctor había recibido a su hermano en su casa. Ambos se encontraban en el salón de la casa del castaño, con este de pie apoyado contra el marco de una de las ventanas, observando a su hermano menor desde allí.

Le sacaba casi tres años. Era moreno, alto, no tanto como lo era él pero sí más que la media; y bastante fuerte, por más que por su físico no lo pareciera. Sus rasgos estaban fuertemente marcados dándole un aspecto aún más duro, siendo coronados por unos ojos verdes que parecían lanzar dagas cuando se enfadaba. Vestía un suéter negro junto a unos tejanos algo más claros pero no mucho más, y se encontraba sentado en uno de los sillones de la sala, con una petulante sonrisa en su rostro.

—¿Qué pasa, Héctor? ¿Estás de malhumor? —le preguntó, ladeando un poco la cabeza—. ¿No te lo pasaste bien anoche?

Héctor le miró. Estaba de malhumor, sí, pero no tenía nada que ver con lo sucedido la noche anterior en la fiesta. Ni siquiera con la resaca que tenía por culpa de haberse pasado con la bebida. No. Se debía a él, a su hermano. A que hacía ya cuatro años en los que no se veían más que en las fechas puntuales en las que se reunían todos los de la familia, intercambiando palabras sólo para saludarse y, a veces, ni siquiera eso. Se debía a que no tenía ni idea de por qué ahora su hermano había ido a visitarle y hasta le hablaba como si nada hubiera pasado entre ellos, como si esos últimos cuatro años no hubieran existido.

—Sí, Omino, estoy de malhumor —le respondió al final—. Y ahora dime a qué has venido.

La sonrisa del más joven se convirtió en un gesto tirante al escuchar como le había llamado: Omino. Héctor había usado deliberadamente el mote cariñoso con el que le llamaba cuando eran pequeños sabiendo que ahora odiaba que se refirieran a él de esa forma.

Pensó en contraatacar, después de todo, él también sabía dar en donde más dolía. Pero se lo pensó mejor, decidiendo dejarlo pasar ya que no quería empezar una discusión. No cuando tenía asuntos importantes sobre los que tratar con él.

—He venido a darte la buena noticia —le dijo, acomodándose mejor en el sillón para después inclinarse ligeramente hacia él—. Padre se jubila, va a dejar el negocio —añadió, mirando fijamente al mayor, esperando por su reacción.

Para su desgracia, Héctor ni siquiera arqueó una ceja al escuchar tales palabras. En vez de eso, se mantuvo fijo en su postura de brazos cruzados y mirada al frente.

—¿No me crees? —le interrogó al ver que la reacción que esperaba no se producía.

—Sinceramente, llevo cinco años escuchando esas mismas palabras una y otra vez —confesó el castaño con tono cansado—. Y no, Omino, no te creo. Dejé de hacerlo el día que empezaste a hablar.

El menor bufó. La poca paciencia que tenía se estaba escurriendo con rapidez de su cuerpo; todo por las palabras de su hermano. Por ese descaro y esa altivez con la que lo miraba, como diciéndole que él lo sabía todo, que debería sentirse honrado de que le cediera algunos minutos de su precioso tiempo.

Esa actitud tan arrogante le recordaba perfectamente a su padre y la verdad era que odiaba que Héctor se pareciera tanto a este.

—Además, en el caso de que fuera verdad, no veo en qué puede interesarme —continuó el mayor—. No estoy metido en ello, así que no entiendo por qué has venido.

—Estoy seguro de que padre no piensa igual —le contradijo su hermano.

—¿Qué es lo que quieres, Omino? Dímelo de una vez para que puedas irte cuanto antes —le cortó Héctor, poco dispuesto a dar más rodeos al asunto.

El chico sonrió. Estaba nervioso, podía verse en la forma en que se frotaba las manos, o en ese tic que le hacía dar pequeños golpecitos al suelo con el pie izquierdo. Sabía que las próximas palabras que pronunciaría eran cruciales, que de ellas dependía la futura decisión de Héctor y, por lo tanto, su sueño.

—He pensado que, cuando se jubile, padre tendrá que dejar el negocio en manos de alguien de su entera confianza —empezó, a lo que el castaño le interrumpió.

—¿Qué quieres, que le diga que me lo deje a mí? —le preguntó, confundido y enormemente sorprendido.

—No, por supuesto que no.

—¿Entonces? ¿Qué quieres de mí?

—Que intercedas por mí.

Esa respuesta tan directa consiguió sorprender aún más a Héctor. Perplejo, el modelo centró su mirada en su hermano, viendo que este se la devolvía fijamente.

Estaba pensando a toda velocidad, dándole vueltas en silencio a todo lo que su hermano acababa de contarle. Sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba encontrarle el sentido a una cosa en especial.

—¿Por qué me pides eso a mí? ¿Qué eres, el tercero?

—Soy el cuarto, Héctor.

El mayor asintió.

—Estoy seguro de que Flavio es el segundo, pero ¿y el tercero?

—Flavio es el tercero —le corrigió el menor logrando que la confusión apareciera en el rostro del castaño. Por mucho que lo intentaba, no sabía quién podría haberle quitado el puesto a Flavio como mano derecha de su padre, menos aún después de todos los años que había estado a su lado—. Tú eres el segundo.

Los ojos de Héctor se abrieron de par en par. Incapaz de creer lo que sus oídos acababan de escuchar, el castaño fijó la vista en su hermano, pudiendo ver que no mentía respecto a eso.

Con paso vacilante, se separó de la ventana, avanzando un par de pasos hasta llegar a otro de los sillones, teniendo que apoyarse en él.

—Tú eres el segundo, Héctor. Padre quiere dejarte el negocio a ti —siguió hablando su hermano, sin quitarle la vista de encima—. Por eso quiero que intercedas por mí, que me cedas el puesto, que le digas a padre que estoy preparado para ocupar su lugar.

—Lo que dices no tiene sentido —habló Héctor, negando con la cabeza—. Ambos sabemos que padre no se jubilará. No hasta que le atrape. Y menos aún me pasará el negocio a mí.

—¡Yo le atraparé! —afirmó el menor, atrayendo la atención del castaño—. Te prometo que yo le atraparé. Por padre, por nuestra hermana, por todos…

La risa sarcástica de Héctor le interrumpió.

—¿Y cómo piensas hacerlo si puede saberse? ¿Cómo vas a atrapar a un hombre que ha conseguido poner en jaque a nuestro padre? —le interrogó el castaño, divertido—. Ya no estás en Kansas, Dorothy. Deja ya de soñar con un imposible y céntrate en la realidad.

—¿Y qué debería hacer entonces, eh? ¿Debería huir como hiciste tú? —le atacó, levantándose del sillón para enfrentarse a él—. ¿Debería olvidarme de todo como llevas haciendo tú todo este tiempo? ¿Actuar como un puto cobarde? ¿Es eso lo que debería hacer, Héctor?

Puede que el moreno estuviera furioso, pero eso no era nada comparado con toda esa ira que empezó a recorrer el cuerpo de Héctor al escucharle.

Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, el mayor de los hermanos avanzó hacia el otro, agarrándole del cuello del suéter y haciéndole retroceder hasta estamparle contra la pared.

—Nunca, jamás, te atrevas a tacharme de cobarde —le susurró con la ira destilando de cada una de sus palabras y el rostro a escasos centímetros del suyo—. No tienes ni idea de lo que ocurrió en verdad ese día, así que no te atrevas a decirme nada, ¿me has entendido?

Asustado por mucho que quisiera ocultarlo, el moreno asintió incapaz de apartar la mirada de los ojos de su hermano ni de impedir que el cuerpo le temblase.

—Bien. Ahora vete.

Con un solo gesto, Héctor le soltó, dándose la vuelta y alejándose de su hermano para tratar de calmarse. Hacía falta mucho para enfadarle y mucho más para que perdiera la paciencia tal y como acababa de pasarle. Sin embargo, su hermano era todo un experto en enfadarle y agotar su paciencia. Más aún cuando se trataba de un tema tan delicado como era ese.

Por su parte, una vez libre del agarre de su hermano, el joven moreno se colocó las ropas, tratando de ocultar lo mucho que le había asustado esa reacción que acababa de tener el castaño. Pero, a pesar de que este le había dicho que se fuera, no le hizo caso y, en vez de eso, sacó una carpeta del maletín que había traído consigo.

—Estos son los papeles que tienes que firmar —le dijo, posando la carpeta encima de la mesa de cristal que se hallaba entre ambos—. El trato sería que, a cambio de que intercedieras por mí ante nuestro padre, yo te cedería las acciones de la empresa.

—Puedes llevártelos. No pienso firmar nada.

Una mueca de disgusto apareció en el rostro del más joven que, pese a todo, insistió:

—Voy a estar un par de días más en la ciudad. Tengo que hacer unos negocios por aquí —le dijo—. Tú piénsalo y llámame.

—Ya lo he pensado y no pienso cederte nada.

—¡Oh, vamos Héctor, ambos sabemos que soy la mejor opción! Flavio es muy viejo y tú no…

—¿Crees que no sé lo que haces? ¿Crees que no me enteré de lo de la última vez? —le cortó el mayor, girando la cabeza para mirarle—. ¿Crees que no sé lo que le hiciste a esa pobre familia? Lo sé todo, Omino. Nuestro padre me lo contó. Sé que los torturaste, que a pesar de que prometieron pagar la deuda tú seguiste torturándoles sin descanso hasta que se te fue de las manos y la niña murió.

Héctor se detuvo un instante, disfrutando de toda esa confusión que podía verse en el rostro de su hermano pequeño.

—Dime, Omino —continuó, rodeando la mesa para acercarse a él—, ¿qué sentiste al ver que habías matado a la niña? ¿Qué pensaste al ver que te habías convertido justo en ese tipo de persona que siempre juraste no ser? ¿Cómo puedes mirarte al espejo sabiendo que has hecho lo mismo que él intentó hacerle a nuestra hermana?

—Yo…

—Me das asco —declaró Héctor, sin dejarle hablar—. No sé cómo tienes el descaro de presentarte frente a nuestra hermana sabiendo que eres igual que ese que la violó e intentó matarla. No sé cómo puedes actuar como si nada hubiera ocurrido cuando todos sabemos lo que has hecho.

El joven retrocedía un paso según avanzaba el otro, incapaz de hablar o de defenderse de toda esa culpabilidad y ese odio que veía en los ojos de su hermano.

—Puede que no me importe el negocio, pero no pienso dejar que caiga en tus manos. No si puedo evitarlo —afirmó el mayor, sin apartar la mirada de su persona—. Y ahora, vete.

Sabiendo que era lo mejor que podía hacer, por mucho que al final no hubiera conseguido su propósito, el moreno cogió su maletín y su cazadora y se alejó de su hermano yendo hacia la puerta. Pero, antes de salir por fin de la casa, se detuvo, volviéndose hacia el mayor para decirle unas últimas palabras:

—Por cierto, dale recuerdos a Yulissa cuando la veas. No dudo que venga a visitarte dentro de un par de días.

Y, dicho esto, el joven salió, cerrando la puerta de un portazo, prometiéndose a sí mismo que conseguiría lo que quería de una u otra forma.

Por su parte, nada más quedarse solo, Héctor suspiró. Estaba furioso, muy furioso. Tenía unas ganas enormes de golpear algo y eso no era nada bueno. Sabía que la única razón por la que no había golpeado a su hermano era porque este había sido lo suficientemente inteligente como para no seguir insistiendo y dejarle en paz de una vez.

Se giró, centrando la mirada en esa carpeta que había quedado encima de la mesa. Sabiendo lo que había dentro, Héctor ni siquiera perdió el tiempo en echarle un vistazo a los papeles antes de romperlos y tirarlos a la basura. No estaba dispuesto a hacer lo que su hermano le había pedido. Menos aún si tenía en cuenta lo que su padre le había contado.

Su padre. La noticia de que al final acabaría jubilándose no le había sorprendido, ya que no la había tomado como cierta, pero que pensara dejarle el negocio a él… ¿Acaso se había vuelto loco? ¿No veía que no le interesaba nada esa vida, que él ya tenía la suya propia? ¿Por qué ahora intentaba meterle de nuevo en ese mundillo? No entendía nada. Y si ya metía a Yulissa en todo esto… Dios, la cosa se iba complicando cada vez más y más.

Frustrado por todo lo descubierto y, además, con un dolor de cabeza que amenazaba con aumentar si no hacía algo, Héctor avanzó hacia la nevera, abriéndola con la idea de prepararse o bien un desayuno tardío o un almuerzo temprano. Pero, antes de que se decidiera, el timbre de su móvil le distrajo, obligándole a alejarse de la nevera y atenderlo.

—Vaya, ¿cómo tú despierto a estas horas? —preguntó gratamente sorprendido al ver que era Paolo quien le había llamado.

—¿Dónde estás? Ven al centro comercial ahora mismo. Acabo de ver a tu rubito, el del probador.

 

* * * * *

 

Aprovechando que los chicos estaban demasiado ocupados con Daniel y que Diana había tenido que salir de allí para ayudar a Toño, Carla salió del salón y se dirigió directa a las escaleras, avanzando luego hasta la habitación donde estaba su marido. Con suavidad, la mujer abrió la puerta y centró, al instante, su mirada en el hombre que estaba sentado en la cama, destrozado.

—¿Gael? —le llamó, acercándose a él preocupada.

El aludido alzó un poco la cabeza, mirando a su mujer y saludándola con una falsa sonrisa con la que intentaba demostrar que todo iba bien.

—Creí que estarías abajo con… los chicos —le dijo, sintiéndose incapaz de pronunciar el nombre de su hijo.

—Ya he estado con Daniel. Y como me dijo que habíais aclarado las cosas, venía a ver por qué tardabas tanto en bajar.

Una sonrisa triste apareció en el rostro del actor al escuchar esa frase.

—Sí, es cierto que hemos aclarado las cosas. Desde luego, no podía habérmelo dejado más claro ni intentándolo —añadió, lanzando una carcajada exenta de gracia que no hizo más que aumentar la preocupación de la mujer.

—¿Qué ha pasado, Gael? —le preguntó, llegando hasta él y sentándose a su lado en la cama.

—Que me odia, Carla. Que me ha dicho que la idea de ser mi hijo le asquea, que se escapó de casa porque no soportaba la idea de seguir viviendo conmigo. Que pese a todo lo que he hecho por él, para hacerle feliz, le he perdido. Eso es lo que pasa.

Sorprendida por tales palabras, Carla miró a su marido. Pero antes de que pudiera decirle nada para animarle, Alexa se asomó por la puerta.

—Oíd, no contéis con nosotros para comer —les dijo la joven—. Nos vamos a dar una vuelta al centro comercial y de paso comeremos allí —se explicó, extrañándose al notar el aura depresiva que podía sentirse—. ¿Pasa algo?

Los dos adultos centraron su mirada en ella, negando con la cabeza.

—¿Necesitáis dinero? —le preguntó Gael, buscando su cartera en uno de los bolsillos.

—No, tranquilo, tengo yo —respondió la chica, negando con la cabeza—. Y por cierto, nos llevamos a los peques con nosotros.

—Como queráis —aceptó Carla—. Pasáoslo bien, y si necesitáis algo, llamadnos.

Con un asentimiento y una sonrisa, Alexa se despidió de su padre y de Carla, alejándose en el mismo momento en el que Oliver llegaba junto a Daniel quien, entre risas, trataba de alejarse de su amigo.

Al oír la risa de su hijo, Gael desvió la mirada hacia este. Sin embargo, en el mismo momento en que Daniel sintió la mirada de su padre, su gesto se enserió por completo, desviando su vista hacia Oliver.

—Yo me voy a la ducha, que estos no esperan y no quiero quedarme aquí solo.

Sin percatarse de nada, Oliver asintió, deteniéndose a la entrada de su cuarto al ver que Gael y Carla estaban ahí.

—Esto…

—Tranquilo, Oliver, ahora te dejamos —le sonrió Carla, sabiendo lo que quería el chico.

El pelirrojo le devolvió el gesto, asintiendo. Y así, los dos adultos se levantaron de la cama y salieron de la habitación para dejar solo al chico.

—Voy a hacerlo —susurró entonces Gael.

Carla le miró confundida, sin entender a qué se refería.

—¿Hacer qué? —le interrogó.

—Dejarle. Desaparecer de su vida tal y como desea —respondió el actor con tono cansado y derrotado—. Nos iremos de aquí mañana por la mañana y, desde ese momento, Daniel no tendrá que preocuparse más por mí.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella, sumamente sorprendida por tal decisión—. Gael, lo más seguro es que Daniel solo haya dicho esas cosas por impulso, no porque en verdad lo piense —trató de convencerle—. Deberías volver a hablar con él y, esta vez, arreglar las cosas.

El actor negó con la cabeza. Quería arreglar las cosas, por supuesto que sí, pero sabía que Daniel se negaría a hablar con él o a escucharle siquiera.

—Gael…

—Carla, tú sabes que haría cualquier cosa para que mis hijos sean felices. —Ella asintió—. Pues si el que yo desaparezca de su vida es lo que Daniel necesita, eso es lo que pienso hacer.

Sin decir nada más, Gael siguió caminando, empezando a bajar las escaleras bajo la atenta mirada de su mujer, quien no pudo evitar suspirar, sin entender cómo la situación había empeorado tanto ni qué hacer para arreglarla.

 

* * * * *

 

Tras darse una ducha rápida, Daniel salió del cuarto de baño para ir directamente al dormitorio del pelirrojo, ya que era ahí donde tenía toda su ropa. Y así, con solo una toalla cubriendo su cuerpo, el rubio entró en la habitación y se encontró con que su amigo le esperaba con los brazos cruzados y expresión seria.

—¿Sabes que Alexa nunca espera? —le preguntó jocoso al ver que seguía en pijama—. Y yo que pensaba que ya te habrías duchado en el baño de tus padres…

—¿Qué le dijiste a tu padre, Dani? —le cortó el mayor en tono serio.

El aludido le miró confundido, sin entender a qué venía esa pregunta.

—Solo la verdad, ni más ni menos —decidió responder finalmente, encogiéndose de hombros y pasando a su lado para poder vestirse—. ¿Por qué lo preguntas? —añadió mientras se ponía la ropa interior y cogía sus vaqueros.

—Porque acabo de escuchar a tu padre decir que desde mañana te dejará en paz para siempre, por eso —respondió el otro.

Daniel, que estaba abrochándose los vaqueros, se detuvo sorprendido por esas palabras que acababa de escuchar. «¿Qué?».

—¿Qué le has dicho, Daniel?

—Ya te lo he dicho: la verdad —repitió el rubio, ya repuesto y hasta algo molesto por la noticia.

Con un bufido, Oliver agarró a su amigo del brazo, obligándole a volverse hacia él y mirarle.

—¡Eh! ¿Se puede saber qué coño haces? ¿No ves que casi me tiras?

—¿Qué verdad? —le interrogó Oliver, ignorando sus protestas—. Mira, Daniel, conozco de primera mano lo hiriente que puedes llegar a ser si te lo propones, y también sé lo mucho que odias a tu padre por ocultarte lo de tu madre y luego mentirte sobre ello —añadió ya que el chico ya le había contado lo del cáncer—. Pero, sinceramente, Gael es un buen padre y está dispuesto a hacer cualquier cosa para que tú seas feliz, por mucho que eso le haga infeliz a él. Así que dime, ¿tanto vale tu maldita venganza como para saber que le has hecho decidir que lo mejor que puede hacer es salir de tu vida para siempre?

Se hizo el silencio. Oliver observaba a Daniel. Este, simplemente, esbozó una sonrisa antes de responder:

—¿Sinceramente? El mejor favor que Gael podría hacerme sería morirse —susurró con odio el chico, sin desviar ni un instante la mirada de los ojos del pelirrojo para que viera que hablaba en serio—. Así que comprenderás que el que me digas que haya decidido dejarme en paz por fin, me parezca la mejor idea que ha tenido en su vida.

Sin poder creerse las palabras de su mejor amigo, Oliver le soltó, enseriando aún más su rostro.

—Eres un hijo de puta.

—No, Oliver —negó el pequeño, ampliando su sonrisa—. Él es el hijo de puta, no yo.

Dicho esto, Daniel se dio la vuelta, dando la conversación por terminada. Y así fue ya que, furioso por todo lo dicho, Oliver no había tardado en coger su ropa y salir de su cuarto, cerrando la puerta de un portazo.

Sabiéndose solo, Daniel dejó caer la camiseta que tenía en las manos. El cuerpo le temblaba de forma incontrolada, por lo que terminó sentándose al borde de la cama.

Su cabeza no dejaba de repetirle esas dos conversaciones que acababa de tener, tanto la de su padre como la de Oliver. Mientras una voz, seguramente la de su conciencia, le repetía una y otra vez esa frase que tanto había conseguido alterarle: “Porque acabo de escuchar a tu padre decir que desde mañana te dejará en paz para siempre”.

Su padre se iba.

Sin darse cuenta, el rubio retrocedió un poco, subiendo las piernas a la cama para rodearlas con sus brazos, escondiendo el rostro en las rodillas.

Su padre se iba.

Después de todo lo que había pasado esa mañana, de todo lo que había dicho, esa debería ser la mejor noticia que podrían haberle dado. Ya no tendría que soportar sus tonterías, ya no tendría que aguantarle, ya no…

Su padre se iba. Le pensaba dejar allí, solo.

Daniel tembló al pensar en esa posibilidad. Cerró los ojos con fuerza, tratando que las lágrimas no salieran.

Su padre se…

—¿Daniel?

Sobresaltado, el chico alzó el rostro descubriendo que Oliver había vuelto y que se encontraba, ya vestido, a un par de pasos de distancia.

—¿Qué te pasa? —Le oyó preguntar, preocupado.

El rubio se quedó en silencio, volviendo a esconder su rostro entre sus brazos y, en apenas un susurro, respondió:

—Mi padre se va, Oliver —dijo casi como si no pudiera creérselo—. Y yo no quiero que se vaya… No quiero volver a estar solo.

Los brazos del pelirrojo rodeándole le acallaron. Sorprendido por esa acción, Daniel giró la cabeza para mirar a su amigo, confundido.

—No estás solo —le aseguró este, mirándole a los ojos—. Tienes a tus hermanos y también nos tienes a nosotros: Natalia, Iván, Noa, María, Marta, Raúl… y, por supuesto, a mí —añadió, señalándose—. Así que no digas que estás solo porque no es cierto.

—Pero…

—No estás solo, Daniel —repitió Oliver sin dejarle continuar—. No importa lo que hagas, nunca te abandonaremos. Ya verás, vas a tener que seguir aguantándome toda tu vida.

Una pequeña sonrisa fue abriéndose paso en el rostro del rubio, quien terminó por asentir.

—Gracias. Y siento lo de antes, en serio.

Sentado al lado del chico, Oliver se encogió de hombros, haciendo un ademán con la mano para que viera que no tenía importancia.

—Yo también lo siento. Incluso lo de llamarte hijo de puta. Es cierto que a veces lo eres, pero tampoco era plan de decírtelo así.

La sonrisa de Daniel se ensanchó, e incluso pudo escucharse perfectamente la risa de ambos. Aunque la preocupación volvió a hacerse patente al darse cuenta de una cosa.

—¿Qué voy a hacer con mi padre?

Oliver le miró, pensando en algo, y al cabo de un minuto, contestó:

—Habla con él. Intenta arreglar las cosas —propuso—. Dile que no quieres que se vaya.

Pensativo, Daniel asintió. Quería arreglar las cosas y la idea de Oliver era bastante buena.

—¿Todavía estáis así?

La voz de Vanessa, que había subido para saber porqué tardaban tanto, atrajo la atención de los dos jóvenes.

—¡Venga! ¿Se puede saber a qué estáis esperando para terminar de prepararos? ¡Alexa está que trina y todo porque ya han pasado dos minutos más de los veinte que os había dado! —les avisó.

—Vale, vale, ahora bajamos —la tranquilizó Oliver, calzándose mientras Daniel cogía la camiseta del suelo y se la ponía—. ¿Ves? Ya estamos listos. No hace falta que nos amenaces con arrojarnos a Alexa.

Vanessa frunció el ceño pero no dijo nada. Por su parte, Oliver cogió una de sus sudaderas, el móvil y la cartera y se encaminó hacia la puerta.

—Oliver…

El aludido se volvió al oír el llamado del rubio. Pero antes de que pudiera preguntarle qué quería, Daniel se acercó a él y, por mucho que su hermana aún estuviera en la puerta observándoles desde allí, le besó.

—¿Y esto? —le interrogó el pelirrojo, sin comprender.

—Por estar ahí —respondió el rubio, encogiéndose de hombros sin dejar de sonreír.

Y, tras esto, el chico salió de la habitación, pasando junto a una asombrada Vanessa y escuchando el comentario de Oliver sin problemas:

—¿No ves? Os dije que Daniel era mío —se rió el pelirrojo, victorioso.

—¡Ah, no! ¡Eso no vale! —protestó la mayor—. ¡Daniel es mío y pobre del que intente quitármelo! —exclamó mientras bajaba por las escaleras junto a ellos.

 

* * * * *

 

Después de una noche bastante movidita y de haber dormido solo un par de horas, Benji no podía más.

Tras haberse pasado la mayor parte de la noche en el bar donde había conocido a Irene, la chica que iba disfrazada de Harley Quinn, había llegado a casa a las siete de la mañana. Había tenido que levantarse temprano para ir con su madre a misa a la iglesia en donde Juan, su tío, oficiaba.

No solo había tenido que soportar la reprimenda de su madre por haber llegado tan tarde y, lo peor de todo, oliendo a alcohol y tabaco, sino que también tenía que aguantarse sus ganas de bostezar. Más aún cuando, al salir de la iglesia, se enteró de que no iba a poder dormir por la tarde, ya que iban a tener comida familiar en su casa.

Suspiró. En ese momento eran casi las cuatro de la tarde y estaba en casa, más concretamente en su cuarto, junto a su primo. Hacía escasos minutos que habían terminado de comer pero ellos habían logrado escaquearse del salón, que era donde estaban los adultos, para refugiarse en su habitación.

—¡Estoy molido! —suspiró el moreno dejándose caer sobre la cama.

Su primo le miró y se rió por lo bajo mientras se sentaba en la silla que había frente al escritorio, dándole la vuelta para mirar al moreno.

—No te quejes. Tú al menos has podido dormir algo —le dijo—. Yo estoy aquí de doblete.

Sorprendido, Benji alzó un poco la cabeza para mirarle.

—¿En serio?

—Sí, en serio —le confirmó, asintiendo—. Apenas llegué a casa, tuve que darme una ducha para prepararme y venir aquí —comentó el mayor, acomodándose en la silla—. Lo peor es que mis padres no saben nada. Tuve que decirles que había vuelto a eso de las tres de la mañana para que no me dijeran nada.

—Yo no tuve tanta suerte. Mi madre se despertó cuando llegué a las siete, así que no pude inventarme nada.

La risa de Adán pudo escucharse perfectamente en toda la habitación, e incluso logró que su primo le acompañara.

—Bueno, ya dormirás hoy toda la noche —le dijo.

—Sí, eso espero —le aseguró Benji, asintiendo—. Si no fuera porque mañana tengo clase, te juro que me pasaba todo el día durmiendo.

—Anda, anda, no exageres —se rió Adán, desechando sus palabras con un gesto—. Tú nunca fuiste de dormir mucho. Todavía recuerdo que cuando te quedabas en mi casa a dormir, acababas despertándome a las ocho de la mañana.

Las risas aumentaron. Poco a poco, los dos jóvenes se pusieron a recordar anécdotas de años atrás y se echaron las culpas de cosas ocurridas hacía años, tanto de cuando eran apenas unos niños por culpa de un jarrón roto, como alguna de las cosas que habían sucedido cuando ambos iban al mismo instituto.

Entonces, el móvil del moreno empezó a sonar. La pantalla se iluminó mientras el timbre que anunciaba la llegada de un mensaje lograba que los dos jóvenes centraran su atención en él.

Curioso, Benji se estiró para coger el teléfono, mirando la pantalla y leyendo el nombre que aparecía en ella: Iván. Arqueó una ceja, extrañado, ya que no se esperaba un mensaje de parte del castaño. Abrió y lo empezó a leer: “¿Nos vemos donde mi portal en una hora?”.

—¿Pasa algo? —le interrogó su primo al verle tan entretenido escribiendo una respuesta.

—No.

—¿Quién era? ¿Alguno de los chicos?

—No —volvió a negar el moreno—. Un nuevo amigo, del instituto.

Adán arqueó una ceja, intrigado no solo por ese nuevo amigo de su primo, sino por otra cosa que acababa de darse cuenta.

—¿Sigues sin hablarles?

Benji alzó la cabeza, mirándole fijamente. Sabía a quiénes se estaba refiriendo su primo. Lo sabía perfectamente, como también sabía que no quería hablar sobre ese tema.

—¿No quieres hablar? —le preguntó el castaño al ver que el silencio se mantenía.

—No, Adán, no quiero hablar —respondió en tono cansado—. Accedí a venir aquí para olvidarme de ello, así que comprenderás que no me apetece nada hablar sobre lo que pasó.

—Vale, vale —le tranquilizó el mayor, alzando un poco sus manos, dando a entender que se rendía—. No vuelvo a preguntar, ¿contento? Además, solo te lo decía porque estoy cansado de que me lleguen miles de mails y mensajes preguntándome por qué no les contestas ni les coges las llamadas.

Benji volvió a suspirar, sin sorprenderse lo más mínimo por las palabras de su primo. Pero, antes de que pudiera decirle que les ignorase o les dijera que no sabía nada, la puerta de la habitación se abrió.

—¿Adán? Venga, hijo, coge tus cosas que nos vamos.

El aludido se volvió hacia su madre, que era quien acababa de hablar, y tras asentir despreocupadamente, se levantó de la silla.

—Bueno, primito, ya hablaremos por Messenger otro día —se despidió el chico, revolviéndole el pelo.

Benji bufó, intentando apartarse de su primo a la vez que se levantaba de la cama para despedirse de sus tíos. Además, con eso de que había quedado con Iván, sabía que lo mejor sería darse una ducha y cambiarse de ropa.

 

* * * * *

 

—Pues qué quieres que te diga, pero está bueno —le dijo Paolo, dando otro trago a su cerveza y mirando al chico rubio que estaba a un par de mesas de distancia—. Es más, si no vas tú, creo que iré yo.

Héctor se encogió de hombros y, tras echarle una nueva ojeada al chico, habló:

—Ya te lo dije antes. Haz lo que quieras.

El moreno de las mechas giró un poco la cabeza para mirar a su amigo, sacándole infantilmente la lengua antes de volver a hablar:

—Oh, vamos, Héctor, no me puedes negar que está bueno. Y el moreno que está sentado a su lado también.

El castaño suspiró y volvió a mirar en dirección a la mesa donde estaban el chico rubio y el moreno de los que tan bien acababa de hablar Paolo.

—No me interesa, ya te lo he dicho —habló, dándole un sorbo al café que había pedido, aunque solo fuera para ayudarse a despejarse—. Está bueno, sí, pero no es mi tipo.

Paolo bufó al oír esas últimas palabras, enseriando su gesto al fruncir un poco el ceño.

—¿Tu tipo? —le preguntó con retintín—. Tú no tienes tipo así que déjate de cuentos —le recriminó.

—Que no te haya dicho cuál es, no quiere decir que no lo tenga —le rebatió el mayor con tono cansado—. Además, te aseguro que en mi tipo no entran los heteros, y ese rubito lo es. ¿No ves cómo flirtea con la chica?

Sorprendido, Paolo buscó con la mirada al rubio y a la chica de la que su amigo le hablaba. Pero, a pesar de que lo que pudo ver podía considerarse como flirteo, no se rindió.

—Yo también lo hago con Cynthia y no soy hetero —le recordó.

—Pero es que lo tuyo con Cindy es distinto —objetó el otro, negando con la cabeza—. No puedes compararlo con lo de esos dos.

—¡Por supuesto que no! Lo mío por mi hermanita es un amor sincero y pasional que nada tiene que ver con todo eso que piensas hacerle al rubito —sentenció el de las mechas, ofendido por tales palabras.

—¿Cómo que con todo eso que pienso hacerle al rubio? —repitió perplejo el castaño—. Primero tendré que encontrarle, ¿no crees? Porque si tengo que fiarme de ti…

—¡Eh! Yo te encontré a un rubio —protestó Paolo molesto—. El hecho de que haya resultado no ser tu rubito del probador, no quiere decir nada —añadió, levantando un poco las manos en actitud inocente—. En mi defensa, debo alegar que solo he visto la foto una vez y que cuando vi a este rubito, creí que era el mismo.

Sin poder evitarlo, Héctor empezó a reírse, sacudiendo un par de veces la cabeza mientras buscaba su móvil en el bolsillo.

—Dime —le dijo tras encontrar la foto y tenderle el teléfono a Paolo—, ¿en qué se parecen el chico de la foto y el que está ahí sentado? Porque la verdad, yo no les encuentro ningún parecido.

—Bueno, ambos son rubios —titubeó el de las mechas tras echarle un nuevo vistazo al rubito del probador, como le había bautizado.

Un bufido del mayor cortó su respuesta.

—Ni siquiera en eso. Este tiene el pelo de un rubio claro, y el de la foto lo tiene más oscuro.

—Vale, vale, lo que tú digas —le interrumpió Paolo—. ¡Pero en el blanco de los ojos sí se parecen! —exclamó empeñado en tener razón.

—No voy mirándole el blanco de los ojos a la gente, Paolo. Se da por hecho que ese es un rasgo que todos compartimos.

El chico de las mechas chascó la lengua, haciendo un vago gesto con la mano, dando a entender que a él no le interesaban ese tipo de nimiedades. Luego, volvió a coger su cerveza, dándole un buen trago.

—Pues yo me lo tiraría —aseguró.

—Tú te tirarías hasta a una piedra si creyeras que te está tirando los tejos —le cortó el mayor sin dejar de reírse.

—¡Eh! ¿Por quién me tomas? ¡Ni que fuera ninfómano! Porque vamos, lo dices como si me hubiera tirado a todo el mundo —añadió ligeramente ofendido por el comentario.

Héctor se encogió de hombros. Sabía que no era así; pero, sinceramente, ya que Paolo le había casi obligado a ducharse, vestirse e ir hasta esa cafetería en tiempo récord, pensaba al menos divertirse un rato a su costa.

—A todos, todos, no —le concedió—. Ni Martín ni Cindy ni yo hemos caído en tus redes, ¿pero qué me dices de ese camarero y su compañero de piso? —le preguntó, esbozando una sonrisilla—. Porque vamos, al menos antes ibas de uno en uno, pero ahora vas a pares, chico.

—¿Celoso?

—¿Yo? Tú sueñas.

—Entonces, ¿por qué lo parece? —insistió el menor, ampliando su sonrisa—. Y de todos modos, ¿por qué conformarme con uno solo cuando puedo tenerlos a ambos sin que haya ningún tipo de problema?

—Solo te he preguntado para divertirme un rato a tu costa, Paolo, no porque esté celoso —se explicó, e ignorando la pregunta del chico, añadió—: Además, no sé si lo recordarás, pero fui yo quien te rechazó.

El moreno de las mechas asintió. A pesar de todo el tiempo que había pasado desde entonces, aún lo recordaba con total nitidez.

—Me rompiste el corazón ese día —dramatizó—. Nunca más volví a ser el de siempre.

—¿El corazón? ¿Qué corazón si tú no tienes de eso? —se burló el mayor con una carcajada—. Lo que querías era follarme, pero te jodí los planes.

—Sí. Cuando me dijiste que tenías novia, casi me da un ataque.

Paolo empezó a reírse al recordarlo. No así Héctor, quien, en vez de reírse por ello, enserió su gesto. Algo que no se le pasó desapercibido al moreno.

—¿Ocurre algo?

El castaño negó con la cabeza pero, al ver que Paolo no iba a dejar de insistir, decidió responder:

—Hoy vino a verme mi hermano.

El moreno le miró sorprendido y confundido a partes iguales. A pesar de conocer a Héctor desde hacía casi cuatro años, el chico casi nunca le había hablado sobre su familia. Vale, sí, sabía que Roxanne era su tía, pero eso lo había descubierto en una sesión por un comentario de ella. Héctor era bastante reservado en lo que a su pasado se refería y no le gustaba contar demasiado sobre esos asuntos que él consideraba privados.

—¿Y? ¿Qué quería? —le preguntó tentando a la suerte.

—Nada, hablarme sobre unos asuntos —desechó el mayor con un gesto—. Pero antes de irse me dijo una cosa. Me pidió que saludara a Yulissa de su parte cuando viniera.

Los ojos de Paolo se abrieron de par en par al escuchar ese nombre que tantos recuerdos le traía.

—Espera, espera… ¿Yulissa? ¿Tu ex?

—Sí, mi ex —respondió el otro cansado.

—¿Y qué va a venir a hacer aquí? —Héctor se encogió de hombros, pues no lo sabía—. ¿Y cuándo se supone que llega?

—Ni idea. Aún no he hablado con ella así que no lo sé.

Todavía sin poder creérselo, Paolo sacudió la cabeza, intentando calmar sus nervios. La noticia le había sorprendido, sí. Aún recordaba a Yulissa de la única vez que se habían visto, y lo cierto era que no recordaba ese momento con demasiado entusiasmo.

—Y supongo que no sabrás cuánto tiempo se va a quedar, ¿cierto?

—Ya te lo he dicho. Solo sé que va a venir porque mi hermano me lo dijo, nada más. No sé ni a qué viene ni cuándo llega ni cuánto tiempo pensará quedarse ni en dónde.

El chico suspiró, asintiendo con la cabeza, y resistió de nuevo a las ganas de fumar.

—De todos modos, yo no me sé de memoria cómo es tu rubito —volvió a la carga, dejando ese tema de lado en su intento de animar al otro—. No soy yo quien se masturba todas las noches con su foto.

—No —le concedió Héctor, esbozando una leve sonrisa sin sorprenderse demasiado por el cambio de tema—. Tú eres el que se folla al primero que se le cruce por delante.

—Si está bueno, ¿por qué no? —objetó el de las mechas, encogiéndose de hombros—. Y que sepas que no se me ha pasado por alto que no lo has negado.

Riéndose sonoramente, el castaño sacudió la cabeza.

—No es cosa tuya lo que haga o deje de hacer por las noches, Paolo —le dijo.

—Así que es cierto —murmuró el chico con una sonrisita—. El perfecto Héctor se masturba todas las noches con la foto del rubito —canturreó feliz.

—¡Ja! Para tu enorme decepción, te diré que no lo hago. Y aunque así fuera, no te lo diría porque no te incumbe.

—¿Que no me incumbe? ¿Cómo que no me incumbe? —le interrogó el menor, perplejo—. Soy tu mejor amigo. Si no me lo cuentas a mí, ¿a quién se lo vas a contar?

—Fácil. A nadie. No tengo porqué contaros mis intimidades solo para alimentar vuestras mentes enfermas.

—Que sepas que ese comentario me ha dolido —señaló el moreno—. Encima de que me preocupo por ti, vas tú y me tratas como a un enfermo mental.

El chico chascó la lengua, disgustado, y bebió otro trago de su cerveza antes de volverse hacia su amigo, ahora con una siniestra sonrisa en el rostro.

—Y ahora confiesa. Estoy seguro de que lo has hecho, aunque solo fuera ese primer día.

Héctor no dijo nada. Pero por cómo desvió la mirada y sus mejillas se sonrojaron, Paolo pudo ver que había acertado.

—¡Sí! ¡Lo sabía! —exclamó triunfante—. ¿Ves? Yo nunca me equivoco.

—Vale, vale, reconozco que lo hice, pero solo fue una vez. Y ahora deja de hacer el tonto, no hace falta que todo el mundo se entere —añadió.

Paolo, que seguía regodeándose en su victoria, se detuvo al percatarse de que había varias personas que se habían vuelto para mirarles divertidos.

—Ya ni regodearme a gusto puedo —se quejó, chascando la lengua con disgusto—. Ya verás cuando se lo cuente a Cindy, no me va a creer.

Al momento, Héctor se volvió hacia él, mirándole fijamente.

—Ni una palabra a Cynthia de esto, ¿me has oído?

—¡Oh, vamos, Héctor! Ni que fuera tan malo que Cindy lo supiera —le refutó, haciendo un gesto desinteresado con la mano.

—Ni una palabra, Paolo, te lo advierto —repitió el mayor, señalándole—. Ni a ella ni a nadie. Que tú lo sepas no quiere decir que quiero que lo sepa todo el mundo.

—Está bien, está bien. Te prometo que mantendré la boquita cerrada —le tranquilizó Paolo, rindiéndose—. Aunque no entiendo por qué no quieres que lo sepa.

—Como se entere, le diré que fuiste tú quien arruinó su cita con el chico del conservatorio.

Paolo tragó saliva al oír la amenaza. Sabía todo lo que Cindy le haría si se enteraba de eso.

—¡Pero es que era gay! —trató de excusarse—. ¡Le vi liándose con uno en un bar! ¡Y hasta me tiró los tejos!

Extrañado, Héctor miró al moreno sin saber a quién se estaba refiriendo. Por suerte, pronto se hizo la luz en su cabeza.

—¿El batería, dices? —El chico asintió—. No me refería a él, pero está bien saber que también le fastidiaste esa cita.

—Entonces, ¿a quién te referías? —le interrogó confuso.

—Al guitarrista, por supuesto. El chico ese por el que estaba tan pillada hace un par de meses —añadió al ver que el otro no le recordaba.

—¡Ah! Vale, ya sé quién me dices. Y que sepas que menos mal que arruiné su cita —agregó ahora serio—. El tío ese era un cabrón. Uno de sus amigos, al que por cierto me tiré, me dijo que su anterior novia había acabado dejándole porque la pegaba. Y, como comprenderás, no voy a dejar que mi hermanita salga con tíos así. No, no, no. El chico que quiera salir con Cindy primero tiene que obtener mi consentimiento —declaró.

Sin poder evitarlo, Héctor empezó a reírse, provocando con ello que Paolo le mirara con el ceño fruncido.

—Ahora me dirás que no te importa con quién salga —le dijo.

—No es eso. Pero es que yo no soy tan sobreprotector como lo eres tú —se defendió el castaño—. Más que su mejor amigo, pareces su novio.

—Soy su hermano, así que debo asegurarme de que esté bien —habló Paolo con firmeza, deteniéndose al darse cuenta de algo—. Y ahora que me acuerdo, tengo que mirar una cosa, así que si has acabado, ¿podríamos irnos?

Héctor le miró extrañado, asintiendo tras terminarse el café.

—¿Y qué pasa con el chico? —le preguntó, señalándole con la cabeza—. ¿No decías que ibas a acercarte a él?

Paolo miró al rubio, pero no tardó demasiado en encogerse de hombros.

—Nah, paso. Demasiado crío para mi gusto —agregó, haciendo que el mayor le mirara perplejo.

—Vale, ¿quién eres y qué has hecho con Paolo?

El aludido le miró, empezando a reírse acto seguido.

—Ni que fuera el primer chico al que rechazo —dijo—. Además, lo que tengo que hacer es más importante. ¿Vienes?

Todavía sorprendido, el castaño asintió, imitándole al levantarse de la silla y empezar a alejarse de la terraza de la cafetería.

—¿Y qué es eso que tienes que mirar? —le interrogó curioso.

—Un viaje. Ya sabes, para Cindy y para mí.

Héctor le miró extrañado, más aún al darse cuenta de un detalle.

—¿Me estás diciendo que estás mirando un viaje para abril?

—Sí, justamente. Es por todo esto de “resérvalo ahora y te ahorrarás el tanto por ciento” —se explicó el moreno, poniendo tono de vendedor.

—¿Y a dónde se supone que vais a ir?

—Pues yo había pensado en algún sitio en el que hiciera calor. Ya sabes, para ir a la playa, salir de marcha…

—Tirarse a algún que otro tío bueno… —agregó el mayor, riendo levemente.

—Sí, exacto, para qué mentir —le confirmó Paolo—. Pero bueno, el caso es que se lo comenté a Cynthia y ella se negó.

—¿Se negó?

—Sí. Y no te imaginas lo que me dijo cuando le pregunté a dónde quería ir.

—¿A dónde? —le preguntó, esperándose casi cualquier cosa.

—A Rusia. ¡Rusia! —exclamó perplejo el moreno—. ¿Se puede saber qué coño pinto yo en Rusia?

—Pues aunque igual te sorprenda, Moscú, por ejemplo, es una ciudad muy bonita. Y el metro es sencillamente impresionante. Las vidrieras que hay en la estación Novoslobódskaya son preciosas, como el resto de las estaciones. Y además, como iréis en abril ya no hará tanto frío allí y…

—Espera, espera —le cortó el de las mechas al tiempo que hacía un gesto con las manos pidiendo tiempo—. ¿Cómo sabes tú todo eso?

Héctor se encogió de hombros. No era muy dado a hablar de su vida privada o de su familia con nadie, así que la pregunta no le sorprendía demasiado.

—Mi tía vive allí —respondió—. Y estuve viviendo con ella unos meses.

Paolo parpadeó sorprendido al no esperarse una respuesta así. Pero en vez de centrarse en ese nuevo descubrimiento sobre la vida de su amigo, se centró en otro detalle que le interesaba aún más.

—Y dime, ¿tu tía tiene hijos? —le preguntó como si tal cosa, como si la respuesta no importara.

Héctor sonrió. Sabía por qué le hacía la pregunta, y aunque podía mentir, decidió responder:

—Sí, uno. Tiene tu edad.

El gesto de Paolo permaneció inalterable, pero Héctor le conocía lo suficiente como para saber que estaba interesado.

—¿Y ese primo tuyo que dices que tiene mi edad, está bueno?

La carcajada casi le traicionó, pero logró controlarla a tiempo.

—¿Adrián? Sí, no está mal.

—Mejor. Así podré pedirle que me haga un tour privado por la ciudad.

—¿No vas a preguntarme si es gay? —le preguntó, riendo por lo bajo.

—¿Desde cuándo importa eso? Ni que fuera el primer hetero con el que estaría.

La risa del castaño aumentó tras esas palabras, incluso sacudió la cabeza, nada sorprendido. Hablaban de Paolo.

—Estás loco —le dijo.

—Lo sé.

—Y dime, ¿cuánto tiempo vais a estar allí?

—Entre una y dos semanas. Todo depende de si al final me llaman para ese trabajito en Londres.

Héctor asintió comprensivo, empezando a bajar las escaleras para bajar a la segunda planta.

—Entonces, ¿qué vamos a buscar, viajes a Rusia?

Derrotado, Paolo se encogió de hombros, sabiendo que cuando se le metía algo en la cabeza a Cynthia era imposible hacerla cambiar de opinión.

—Qué remedio —masculló, aumentando las risas del mayor.

Y así, ambos chicos llegaron a la zona de las tiendas, encaminándose a la primera tienda de viajes que encontraron; aunque tuvieron que detenerse cuando una niña chocó contra ellos.

Al instante, Héctor agarró a la niña, impidiendo que esta cayera al suelo al sujetarla del brazo.

—¡Nayra! —Escuchó decir a un chico que se les acercaba corriendo, deteniéndose al lado de la niña con expresión enfadada—. ¿Qué te he dicho sobre lo de salir corriendo, eh? —la riñó.

—Pero…

—¡Nada de peros! Ahora mismo me das la muñeca y te disculpas con la chica de la tienda —le ordenó el rubio, volviéndose hacia los dos modelos después de que la pequeña le diera la muñeca robada y asintiera con la cabeza—. Lo siento.

—No pasa nada —le tranquilizó Paolo con una sonrisa seductora.

El chico le devolvió el gesto, pero no dijo nada más. En vez de eso, el rubio aupó a su hermana y se alejó mientras seguía riñéndola, entrando en una de las jugueterías cercanas, la misma en la que había saltado la alarma.

—Menudo elemento, ¿no crees? —se rió Paolo, empezando nuevamente a andar—. A ese sí le ataba yo a la cama con tal de que me ladrara un poquito.

El joven se detuvo al ver que su amigo no estaba a su lado. Desconcertado, el moreno se volvió, pudiendo ver que Héctor seguía parado en el mismo sitio y que parecía enormemente sorprendido por algo.

—¿Pasa algo? —le preguntó, volviendo a su lado.

—Era él —susurró el castaño sin poder creérselo.

—¿Él? —repitió extrañado Paolo—. ¿A quién te refieres?

Héctor parpadeó y centró por fin su mirada en el de las mechas, logrando con sus palabras que los ojos de este se abrieran de par en par.

—Era él. Era el chico del probador.

 

* * * * *

 

Sentado en el escalón que había en el portal de su edificio, Iván fumaba un cigarro mientras esperaba pacientemente a que el moreno llegara. A pesar de que pasaban de las cinco de la tarde, la verdad era que solo habían pasado un par de horas desde que Iván se había levantado. ¿La razón? La hora a la que había llegado, casi las ocho de la mañana.

Por suerte, no había tenido ningún tipo de problemas con sus padres. Después de todo, estos también habían acudido a la fiesta, así que habían acabado por volver los tres juntos a casa.

Bostezó. Estaba cansado y tenía sueño. La única razón por la que había salido de su cuarto era por esa conversación que le debía a Benji, nada más. Miró el reloj. Habían quedado hacía cinco minutos, así que quizás debería ir a picarle a casa.

—Siento la tardanza. Mi madre no quería dejarme salir hasta que no terminara de recoger mi cuarto.

Iván, que nada más escuchar esa nueva voz se había vuelto hacia ella, solo pudo confirmar que se trataba del moreno, ya que un nuevo bostezo le sobrevino impidiéndole decir nada.

—Parece que hay sueño, ¿eh?

—No sabes cuánto —le aseguró, levantándose del escalón—. Y tranquilo, como ves estaba ocupado —añadió mostrándole el cigarro.

—Y a punto de quedarte dormido —se rió el moreno.

Iván se encogió de hombros, sin negar lo evidente. Junto a Benji, empezó a andar hacia un parque cercano. El parque estaba lleno de gente; pero, por suerte, lograron encontrar un banco vacío, donde se sentaron sin dudar.

—Y entonces, ¿qué tal ayer? —le preguntó Benji, decidiéndose por fin a entrar en el tema—. ¿Se canceló lo de Dani y os cambiasteis de fiesta o qué?

El castaño negó con la cabeza. Y, antes de que el otro pudiera seguir preguntándole, sacó una hoja de periódico de la chaqueta, tendiéndosela.

—Lee.

Sorprendido, Benji cogió la hoja, centró su vista en ella y empezó a leer la noticia para sí.

—Estás de coña —le dijo nada más terminar.

—No. No lo estoy —le aseguró él, negando con la cabeza.

—¿Daniel es el hijo del actor? Venga, no me jodas, eso no es…

—¿Posible? —terminó por él—. Hay veces que la realidad supera la ficción, y esta es una de esas veces. Te dije que su madre había muerto en el parto, ¿verdad? —Benjamín asintió—. Pues bien, me refería por supuesto a Audrey Hudson.

—Pero… ¿Gael Agnelli? —preguntó aún sin poder creérselo.

—Sí, Benji, Gael Agnelli.

Benji sacudió la cabeza, todavía perplejo. No sabía si creérselo o si pensar solamente que Iván se estaba aprovechando de la noticia por el desplante de ayer.

—¿Y si es su padre, por qué no vive con él? ¿Por qué vive aquí? —le interrogó.

—Me temo que eso no puedo decírtelo. Hay varias razones, por supuesto, pero yo no las sé. Eso es cosa de Dani, no mía.

Resignado, Benji asintió. Volvió a posar sus ojos en la noticia, más concretamente en la foto en la que podía verse a toda la familia Agnelli. «No toda –se recordó-. No si lo que dice Iván es verdad».

—Mira, la cuestión es esta —empezó a decir Iván, atrayendo de nuevo su atención—. Aprovechando su cumpleaños y el estreno de su película, Gael decidió que sería una buena idea hacerle una fiesta sorpresa de cumpleaños a Daniel y trajo a toda su familia con él. Pues bien, Daniel se debió de enterar de alguna forma porque, como has podido leer, al final ni él ni Oliver, que era el encargado de traerle, vinieron a la fiesta.

—¿Y lo nuestro? ¿Por qué parecía que los guardias te conocían?

—Porque me conocen.

La sorpresa volvió a aparecer en el rostro del moreno. Sin esperar la consabida pregunta, Iván se explicó:

—Mi padre es el fundador y presidente de una de las mayores empresas de seguridad del país, así que, como podrás entender, fue él quien se encargó de la seguridad de la fiesta. Y por lo tanto, esa es la razón por la que los guardias parecían conocerme. Porque saben que soy el hijo de su jefe.

—Pues si es así, ¡bien podrías haberles convencido para dejar que nos quedáramos! —se quejó Benji, bufando por lo bajo.

—¿Y exponerme a la ira de mi padre? No, gracias. Se toma esto muy en serio, ¿sabes? Es más, deberíais estarme agradecidos. Si los guardias hubieran llamado a mi padre, habríais pasado la noche en comisaría.

—Ni que estuviera prohibido entrar en un edificio público —murmuró el otro, contrariado.

—Lo está. Al menos si dentro hay tantas personas famosas como las que hubo anoche.

—Vale, vale. Está bien. Parece que no voy a poder enfadarme contigo ni queriendo —habló el chico, suspirando frustrado—. No si además, al parecer hasta debo de darte las gracias por salvarnos el culo.

Iván empezó a reírse, especialmente cuando el moreno continuó hablando.

—¡Pues no pienso dártelas, que lo sepas!

—¿No vas a agradecérmelo? Pues que sepas que con eso añadiré diez euros más a mi oferta de hacerte de celestino —le advirtió.

Las risas de los dos chicos aumentaron, hasta que al final, Benji negó con la cabeza.

—Creo que no va a hacerme falta contratarte —le dijo—. Ayer ligué por mi cuenta.

El castaño le miró fijamente, empezando a interrogarle acto seguido. Pese a todo, y quizás por hacerle de rabiar un poco, Benji se hizo el loco durante un par de minutos antes de acceder a contarle lo ocurrido.

—Pues verás, después de que los chicos de tu padre nos arrojaran de mala manera a la calle por la puerta trasera, decidimos ir a dar una vuelta, y acabamos por ir al bar donde Darío y Pablo habían quedado con unos amigos suyos —le relató—. Allí uno de los chicos me señaló a una chica que estaba apoyada en la barra y que, según él, no había dejado de mirarme. Así que bueno, decidí acercarme.

—¿Y qué pasó? —le interrogó curioso el castaño—. Venga, Benji, más te vale empezar a contar o le diré a mi padre que baje para arrestar a uno de los idiotas que se atrevió a colarse en la fiesta.

—¡Eh! ¡Ya te he dicho que no me llames idiota! —protestó Benji, dándole un ligero empujón—. Si sigues así, se me va a quedar de mote y hasta voy a empezar a creérmelo.

—Pues créetelo, créetelo —se rió Iván, esquivando por poco un nuevo empujón de su amigo—. Bueno, entonces qué, ¿qué pasó con esa chica?

Tras una mirada fulminante, con la que lo único que logró fue que el castaño se riera con más fuerza, Benji siguió hablando:

—No mucho más —confesó—. Empezamos a hablar, tomamos un par de copas juntos y hasta bailamos un par de canciones. Pero al final acabó apareciendo un chico, su hermano, si mal no recuerdo, y la obligó a irse con él.

—¿Qué? Vamos, ¡tú sí que estás de coña! —exclamó el castaño perplejo—. Me dices que conociste a una chica guapa y divertida, que estuviste un tiempo con ella, ¿y que ni siquiera os besasteis? ¿En serio no eres gay?

—Oye, yo no tengo la culpa de que el otro apareciese y se tuviera que ir, ¿vale? —trató de excusarse el moreno—. Además, nunca he dicho que no la besara, ni que no me diera su número de teléfono y su correo —añadió con una sonrisilla.

Ahora sí, la risa del castaño se convirtió en estruendosas carcajadas.

—Vale, me lo tengo merecido por no esperar a que acabes de contar —admitió—. Y entonces, qué, ¿piensas llamarla?

—Sí, pero no sé cuándo. Mi madre está enfadada por haber llegado tan tarde, y además, con todo esto del examen de matemáticas, sé que si no me pongo a estudiar todo el día a todas horas, no aprobaré.

Iván chascó la lengua, dándole unos ligeros golpecitos al moreno en el hombro como gesto de comprensión.

—Bueno, esperemos que a tu madre se le pase el enfado pronto. Al menos hoy te ha dejado salir de casa —añadió—. Y en cuanto a lo del examen… Yo ya te dije lo que podrías hacer.

—¿Pedirle ayuda a Daniel? —recordó dudoso Benji.

—Sí, exactamente.

—No estoy muy seguro de que fuera a aceptar si se lo pido, ¿sabes?

—Teniendo en cuenta que se pasa todo el día molestándote, no creo que le importe ayudarte. Seguro que piensa que así podrá molestarte un rato más —se rió Iván, logrando con sus palabras que el otro le mirara mal—. Vale, vale, fuera bromas. En serio, no creo que se niegue. Le encantan las matemáticas y siempre está dispuesto a ayudar a alguien, sea quien sea y con lo que sea.

—¿Me estás diciendo que en el hipotético caso de que Darío o Pablo le pidieran ayuda él se la concedería? —le preguntó el moreno, escéptico.

—Bueno, vale, admito que siempre hay excepciones —contestó el castaño, alzando un poco las manos—. ¡Pero alegra esa cara! Por suerte, tú no eres ni Darío ni Pablo.

Benji suspiró, sin saber qué hacer.

—¿Y no podrías ayudarme tú?

—¿Yo? —preguntó el chico sorprendido—. ¡Qué va! Teniendo en cuenta que consigo aprobar con un cinco raspado, más que una ayuda, lo único que haría sería confundirte más —le aseguró—. Por eso te digo que se lo pidas a Daniel. Además, él va a tu clase, así que sabe lo que estáis dando.

Pensativo, el moreno fijó su mirada en los columpios del parque, sopesando la propuesta de Iván.

—Me lo pensaré —prometió finalmente.

—Con eso me sirve —le aseguró el castaño—. Entonces, ¿te apetece ir a tomar algo? No sé tú, pero te aseguro que si no me tomo un café bien cargado ya mismo, acabaré durmiéndome.

Riéndose a costa de su amigo, el moreno asintió. Tras devolverle la hoja del periódico para que Iván la guardase, ambos se alejaron del banco en dirección a una de las cafeterías más cercanas.

 

* * * * *

 

Tras pasarse todo el día en el centro comercial, Daniel, sus hermanos y los dos pelirrojos, volvieron a casa de estos últimos poco antes de la hora de la cena, solo para descubrir que Gael y Carla se habían ido a casa hacía unas pocas horas. Así, y por mucho que Daniel no tuviera pensado pasar la noche en casa, al final entre Vanessa y los mellizos acabaron por convencerle para volver junto a ellos.

Por ello, después de hacer las maletas rápidamente, ya que sabía que Alexa no le perdonaría si tardaba ni un solo segundo más del tiempo que le había dado, Daniel acabó despidiéndose de sus dos amigos y los padres de estos, asegurándoles que volverían a verse al día siguiente, en clase.

Minutos más tarde, los siete hijos del actor cruzaban el umbral de su casa y se quitaban los abrigos mientras los más pequeños corrían hasta la cocina, lugar donde Carla, ayudada por la cocinera, preparaba la cena.

—¿Ya habéis vuelto? —preguntó sin que hiciera verdadera falta, abrazando a sus tres hijos.

Los tres pequeños asintieron, cada uno enseñándole las cosas que habían comprado, como la famosa muñeca de Nayra que tantos problemas había causado.

—Que te cuente lo que ha pasado —le dijo Daniel, señalando con la cabeza a la pequeña de la familia. Esta, inmediatamente, bajó la cabeza toda sonrojada—. Yo voy a dejar mis cosas arriba —añadió el chico, alejándose de la puerta.

Con la mochila a la espalda y arrastrando la maleta, Daniel subió las escaleras que daban al primer piso, dispuesto a dejar sus cosas en su cuarto. Así, el chico abrió la puerta, dejó caer la mochila encima de la cama y dejó la maleta a un lado de la habitación. No tenía ganas de deshacerla ahora.

El sonido de alguien llamando a la puerta y el de esta abriéndose lentamente hizo que se girara, sorprendiéndose al ver que se trataba de su padre.

—¿Puedo pasar? —le preguntó este antes de traspasar el umbral.

—Es tu casa, ¿no? No necesitas mi permiso —respondió él, encogiéndose de hombros.

Con un suspiro, Gael entró en la habitación, cerrando de nuevo la puerta tras él. Hecho esto, fijó la mirada en su hijo, quien acababa de decidir que ese era momento perfecto para empezar a desempaquetar las cosas.

—Espero que os lo pasarais bien en el centro comercial —empezó a decir, a lo que Daniel simplemente se volvió.

—¿Has venido a preguntarme eso? ¿Si lo pasamos bien? Venga, Gael, por favor; sabes perfectamente que odio los rodeos y la charla insustancial, así que, ¿te importaría ir al grano y dejar esto para después?

Derrotado por el tono frío de su hijo, Gael se pasó una mano por la cara para después asentir.

—Solo quería decirte que has ganado —susurró.

—¿Que he ganado? —repitió el menor, extrañado.

—Sí. Me voy. Mañana por la mañana cogeré un vuelo hacia Nueva York. Ya lo he hablado con Carla —le dijo—. Volveré yo solo. Ella y tus hermanos se quedarán aquí hasta el domingo, pero yo me iré dentro de unas horas.

Daniel se detuvo, girando la cabeza lo suficiente para mirar a su padre.

—¿Qué?

—Has ganado, Daniel. Dijiste que no me querías en tu vida y eso es lo que voy a hacer, salir de ella, dejarte en paz. Ya que tras todos mis intentos por hacerte feliz no lo he conseguido, creo que esto es lo mejor que puedo hacer por ti.

—Eres idiota.

Sorprendido no ya por el insulto en sí, sino porque Daniel le hubiera interrumpido cuando él le estaba diciendo que haría lo que quería, Gael fijó su mirada en su hijo, confundido.

—Eres un completo imbécil —continuó el pequeño, girándose ahora para encararle—. ¿Esta es tu idea de arreglar las cosas? ¿Marchándote sin más? ¿Huyendo como un cobarde a la otra puta punta del mundo? Dime, ¿esta es tu maldita idea?

—Si esto es lo que necesitas para ser feliz, sí, eso es lo que pienso hacer —le aseguró el actor.

Daniel bufó exasperado, tiró sobre la cama uno de los libros de clase que tenía en ese momento en sus manos y, acto seguido, se encaminó hacia a la puerta de su cuarto, abriéndola.

—Bien. Perfecto. Vete —le dijo molesto, cruzándose de brazos incluso—. Huye como siempre haces.

—Daniel…

—Ya debería estar acostumbrado, ¿no crees? —continuó el chico sin hacerle caso—. Después de todo, tú nunca estabas. No sé por qué me sorprendo de que ahora quieras irte, abandonarme como siempre has hecho.

—¿Crees que eso es lo que quiero? ¿Crees que la idea de dejarte aquí, de no volver a verte, me hace feliz? —estalló el adulto, levantándose de su asiento para quedar frente a frente con su hijo.

—Sí, ¿vale? Eso es exactamente lo que creo —respondió el chico sin amilanarse—. ¿Por qué si no estabas siempre lejos? ¿Por qué si no nunca estabas en casa? ¡Porque no querías verme! ¡Porque te recordaba a mi madre!

Los gritos del rubio resonaron por todo el pasillo. Ninguno de sus hermanos, ni siquiera los más pequeños, se acercaron para ver qué pasaba. Todos sabían que no debían intervenir en esa conversación, que era hora de que Gael y Daniel arreglaran todas sus diferencias por mucho que el resultado de todo aquello pudiera ser peor que la situación actual.

Por su parte, en la habitación, Gael se acercó a la cama y terminó por sentarse en ella, apoyando sus codos en las piernas y escondiendo su rostro en las manos durante unos breves segundos.

—Te fuiste de casa, te busqué por todos lados y, al final, cuando por fin descubrí que estabas aquí, no hice nada. Después, cuando Diana me llamó porque querías que te inscribiera en el instituto, lo hice porque sabía que eso era lo que querías. ¿Qué más quieres que haga?

—Que empieces a comportarte como mi padre estaría bien —propuso con la vista centrada en el suelo.

Gael alzó la mirada, centrándola en su hijo.

—Nunca estabas en casa. Siempre andabas viajando de uno a otro lado —susurraba Daniel, de pie al lado de la puerta, con los brazos tensos y las manos apretadas en puños—. Podían pasar semanas hasta volver a tener noticias tuyas y, cuando llamabas por teléfono, apenas hablábamos. ¿Era por eso? ¿Era porque te recuerdo a ella?

La voz llorosa de su hijo, las lágrimas que caían por su mejilla unidas a esas palabras, tuvieron el mismo efecto que una puñalada certera en su corazón. Al instante, Gael se levantó, se acercó a él y le estrechó entre sus brazos.

Por una vez, Dani no se opuso y, en vez de alejarse, lo único que hizo fue esconder el rostro en el pecho de su padre y estrujar su camisa con fuerza entre sus manos, ahogando los sollozos como podía.

—No, claro que no —murmuró el actor, negando con la cabeza.

—¿Entonces? ¿Por qué nunca estabas? ¿Por qué…?

—No lo sé, pequeño, no lo sé —suspiró Gael, abrazándole con más fuerza—. Temía derrumbarme frente a ti, contarte que Carla no era tu madre, ya que no quería que pensaras que te culpaba de lo ocurrido. No quiero que pienses eso, Daniel —le dijo, alzándole un poco el rostro para que le mirara.

Y Daniel le miró. Por mucho que apartase la mirada rápidamente, por mucho que volviese a esconder su rostro contra el pecho de su padre, supo que Gael no le estaba mintiendo, que no le odiaba ni le culpaba por la muerte de su madre.

—No quiero que te vayas —confesó en un susurro, con la voz ahogada por la ropa del actor—. No quiero volver a estar solo.

El corazón de Gael dio un vuelco. Una felicidad inmensa le invadió por completo al escuchar esa confesión. Sabía que tenía una nueva oportunidad de hacer las cosas bien.

—No me iré si tú no quieres —le aseguró.

—Quédate.

 

* * * * *

 

Siguiendo el consejo de Iván, Benji decidió que estaría bien pedirle ayuda a Daniel para aprobar matemáticas. Se había pasado la mayor parte de la noche sopesando los pros y los contras. Al final, parecía que el hecho de aprobar la asignatura y no tener que soportar el regaño de su madre pesaba más que el tener que aguantar a Daniel por un rato. Por ello, nada más llegar al instituto esa mañana, buscó al rubio entre toda la marabunta de alumnos que había en los pasillos y el edificio en sí.

Pero, por más que buscó, Benji no encontró a Daniel. Al menos no hasta que tuvo que entrar en clase, que fue cuando le pudo ver entrando junto al pelirrojo y su hermana, sentándose los tres juntos al fondo de la clase, donde acostumbraban. Suspirando, el moreno se tuvo que conformar con esperar a que terminara la clase para poder hablar con el rubio. Pero, para su desgracia, parecía que este estaba demasiado ocupado. Antes de que pudiera siquiera terminar de recoger sus cosas y levantarse, Daniel había salido del aula teléfono en mano.

Finalmente, le había tocado esperar al final de la tercera hora para poder hablar con el chico. Antes de que pudiera salir de clase junto a los pelirrojos, le llamó consiguiendo que el rubio se quedara parado y le mirase sorprendido.

—¿Sí? —le preguntó, haciéndose a un lado para dejar que los demás compañeros salieran de la clase, sentándose en uno de los pupitres.

—Necesito hablar contigo.

La sorpresa de Daniel aumentó. No sabía por qué el moreno le había llamado, y menos aún sabía sobre qué quería hablar con él.

—¿Es que estás celoso porque hoy no te he prestado atención? —bromeó, esbozando una sonrisilla y ladeando un poco la cabeza.

Benji bufó.

—No. Te aseguro que eso no me importa —le dijo, viendo que la sonrisa del menor se transformaba en un gesto de pena—. Es sobre el examen de matemáticas.

—¿El examen? —le preguntó extrañado—. ¿Qué pasa con él?

—Necesito que me ayudes, ya sabes, a aprobar.

—¿Me estás pidiendo que te dé clases? —dudó el rubio, sorprendido y confundido a partes iguales.

—Si quieres puedo pagarte o invitarte a comer para compensarte —tentó Benji, nervioso.

La mirada de Daniel se centró en él, pensativo. Sabía que al chico se le daban bastante mal las matemáticas, como también sabía que la asignatura se le daría mucho mejor con un par de consejos. Además, quizás no estaría tan mal eso de darle clases. Sonrió.

—Puedes quedarte tu dinero, no lo quiero —le aseguró—. Y será mejor que hagas lo mismo con esa comida a la que me piensas invitar —añadió.

—¿Eso es un no?

—No. Es un sí —le respondió—. Te daré clases, Benjamín. Te enseñaré a hacer límites y hasta matrices con los ojos cerrados. Pero aunque no quiera ni tu dinero ni que me invites a comer, por más que esto último sea por el bien de tu economía, sí quiero una cosa a cambio —le dijo, alzando un dedo de la mano.

—¿El qué? —le preguntó Benji intrigado.

—Un beso.

—¿Un beso?

—Un beso —le confirmó el pequeño, asintiendo.

—Ni lo sueñes.

Al instante, el moreno se levantó de su silla, con la firme intención de irse de allí sin escuchar nada más y, por supuesto, sin aceptar el trato.

Por su parte, Daniel solo sonrió, se acomodó sobre la mesa y se cruzó de brazos, viéndole empezar a alejarse.

—Como quieras. Total, no soy yo quien tiene problemas para aprobar ni al que reñirán por suspender.

Benji se detuvo. Las palabras del rubio habían calado hondo en su mente. Sobre todo porque, para su eterna desgracia, sabía que el chico tenía razón.

Ya era demasiado tarde para buscar algún sitio donde ir a clases particulares, y sabía que si decidía pasar de todo y estudiar por su cuenta, suspendería el examen. Como muy bien había dicho Iván, Daniel era la elección perfecta, pero lo que le pedía a cambio era…

—Bueno, dime, ¿tenemos un trato?

Capítulo 7: Halloween.

—¡Estoy enamorado! —exclamó Paolo, dejándose caer en uno de los sofás del salón de la casa de Cynthia.

Era lunes, cinco y media de la tarde, y Héctor y él habían ido allí para empezar a prepararse para la fiesta de Halloween que empezaba a las nueve de esa misma noche.

—¿Tú enamorado? Venga, Paolo, no nos mientas. Todos sabemos que cuando eso suceda será el fin del mundo. Y por muy mal que vaya el mundo, el Apocalipsis aún no ha empezado —se reía Héctor, que en ese momento estaba ayudando a Cindy a pintarse la cara interna del brazo derecho de negro.

Paolo, al oírle, le dedicó una furibunda mirada. Pero antes de que pudiera replicarle, Cindy tomó la palabra:

—¿Y se puede saber quién es el pobre que ha tenido la desgracia de que te enamores de él? —le preguntó entre risas mientras intentaba terminar de peinarse con una sola mano—. Porque no me dirás que es Christian o Rafa, ¿verdad?

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Por supuesto que no! —la tranquilizó el chico—. Lo único que hay entre nosotros tres, además de unas ganas increíbles de vengarme de Christian por lo de la última vez, es sexo. Nada más.

—Entonces, ¿quién es el pobre del que te has enamorado? —intervino de nuevo Héctor, intrigado aunque no quisiese. Debía reconocer que, en todos esos años que habían pasado desde que se conocieron, nunca había oído decir algo semejante a su amigo.

—Gael Agnelli.

Nada más oír semejante afirmación, todo pensamiento sobre que igual deberían tomarse en serio las palabras de su amigo desapareció de la mente de los otros dos veinteañeros. Incluso lanzaron un suspiro de resignación al seguir escuchándole.

—Es que es tan guapo y está tan bueno. Y mirad que yo le he visto muchísimas veces en todas sus películas, pero os aseguro que ese cuerpo de infarto que tiene se aprecia mucho mejor en persona —aseveró el de las mechas, lamiéndose los labios al recordarlo.

—¿Y se puede saber dónde y cuándo le viste en persona? —le interrogó curiosa la rubia, ya que el chico no le había comentado nada. Además, aunque el actor había llegado hacía un par de días a la ciudad, apenas se le había visto.

—En el preestreno de su última película, por supuesto —respondió él sin comprender por qué la rubia no lo había supuesto por sí misma—. Mi madre consiguió dos entradas en no sé qué concurso radiofónico y, como sabe que me encanta ese actor, me las dio. Es más, os llamé para ver si queríais veniros conmigo pero no me lo cogisteis —añadió ahora molesto por el desplante.

—Es que estaba en casa de mis padres y me había dejado olvidado el móvil aquí —se excusó Cynthia, poniendo un puchero para que Paolo no se enfadase con ella—. Lo siento.

El chico hizo un gesto con la mano para quitarle importancia para, acto seguido, volverse hacia su amigo.

—¿Y tú, Héctor? ¿Por qué no me lo cogías?

El chico suspiró. No tenía muchas ganas de hablar, pero tenía claro que Paolo no se conformaría con una excusa tonta.

—Pues porque mi madre me llamó para decirme que al final tienen que operar a mi hermana de apendicitis y que mi querido hermanito ha decidido venir a pasar aquí estos días.

Cynthia y Paolo se miraron sin saber muy bien qué decir, Héctor no solía hablar mucho sobre su familia. No era que tuviera algún problema con ellos, al menos que ellos supieran. Además, el castaño se llevaba perfectamente con Roxanne y adoraba a su hermana. Lo que pasaba era que tenía algún tipo de rencilla con su hermano por algo sobre lo que no había hablado con nadie. Ni siquiera con ellos.

—Bueno, si es por eso, te perdono —habló al final el otro chico, logrando sacarle una leve sonrisa al más mayor quien, en ese mismo momento, se separó de su amiga.

—Esto ya está. Solo queda pintarte los huesos.

—Vamos, que me toca, ¿no? —señaló Paolo, apagando el cigarro que estaba fumando en el cenicero que había sobre la mesa.

El chico llevaba puestos unos pantalones negros junto a una camiseta de manga corta que, como quedaría por debajo del disfraz, poco importaba que fuera de un azul chillón. Ninguno se había empezado a vestir, dado que tenían que ayudar a Cynthia a pintarse y no querían mancharse la ropa.

—¿Te hago también las costillas? —le preguntó, ya con la pintura blanca en la mano, sentándose al lado de la rubia.

—Vale. Sería por esta zona —le dijo ella señalándose una zona del costado izquierdo—, pero aunque lo hagas un poco más grande no pasa nada.

El chico asintió, poniéndose manos a la obra. Parecía que haber estudiado bellas artes le serviría para algo. Si hubiera sido Héctor el que tuviese que dibujar los huesos, Cindy se suicidaría.

—Bueno, vamos allá.

—Una cosa, ¿la pintura azul y la purpurina las vas a usar ahora o después de vestirte? —le preguntó Héctor.

—Después. Como tampoco voy a echar mucho, prefiero hacerlo cuando ya esté vestida —respondió la joven—. Déjalas ahí encima y ya las cojo yo luego.

El castaño hizo lo que le dijo y sacó el móvil del bolsillo cuando este empezó a sonar, advirtiéndole de que tenía un mensaje.

Curioso, el chico lo abrió, leyéndolo antes de volverse hacia sus amigos.

—Es de mi tía —les dijo—. Dice que nos veremos en la entrada del edificio a las nueve menos cuarto.

—Por mí perfecto —les avisó Paolo—. Para esa hora la única que estará aún sin terminar será Cindy —bromeó.

—Si hubierais venido a las cuatro como os dije, yo ya estaría más que pintada —se enfadó la rubia, reprimiendo el impulso de cruzarse de brazos—. Pero claro, teníais que venir casi a las cinco.

—¡Eh! ¡Ni que fuera culpa mía que el coche se decidiera por dejarme tirado precisamente hoy! —exclamó el de las mechas—. Tuviste suerte de que mi madre me dejó el suyo, porque si no, ya nos veo atravesando media ciudad a pie para llegar a la fiesta.

—Pues teniendo en cuenta nuestros disfraces, estoy seguro de que causaríamos sensación —se rió Héctor, desviando la vista hacia los trajes en cuestión.

—Tú no tanto, pero Cindy y yo por supuesto —señaló el otro chico—. Sobre todo yo.

—Para lo único que se acercará la gente a ti será para que les repitas la frasecilla de “Luke, yo soy tu padre” —le atacó la joven, imitando la voz de Darth Vader que, cómo no, era de lo que pensaba disfrazarse Paolo.

—Yo que tú tendría cuidado con lo que dices —le advirtió el chico, alejando la mirada de lo que hacía para mirarla a ella—. Recuerda quién te está pintando el brazo.

Cindy se encogió de hombros mientras se reía levemente y le revolvió el pelo al tiempo que respondía:

—Sintiéndolo mucho, cielo, la frase que se conoce es la de “Luke, yo soy tu padre”, no la original que dice solamente “Yo soy tu padre”. Así que será mejor que no te pongas tiquismiquis o acabarás matando al tercero que te pida que lo digas.

Paolo chasqueó la lengua con disgusto, sabiendo que tenía razón.

—Bueno, yo creo que voy a vestirme —les avisó Héctor, levantándose y cogiendo su traje, muy bien guardado en una larga bolsa de tintorería para que no se le estropeara.

—¿El fantasmito ya va a aparecer? —le preguntó el de las mechas entre risas.

—Y dinos —continuó la rubia—, ¿piensas tocarnos algo?

—Que vaya del fantasma de la ópera no quiere decir que sepa tocar —contestó el mayor sin volverse para mirarles—. Tú vas a ir de novia cadáver y yo te veo tan viva como siempre. ¿O estás muerta y no nos lo has dicho?

Y, sin esperar respuesta, el chico se encerró en la habitación de su amiga para poder vestirse tranquilo.

Por otra parte, en el salón, Paolo ya había terminado de hacer el contorno de todos los huesos del brazo y hasta de las costillas de la joven, que tuvo que levantarse y subirse la camiseta de tirantes que llevaba puesta para que pudiera hacerlo. Ahora solo le quedaba colorearlo por dentro, lo cual le llevaría su tiempo, ya que no podía dejarlo de blanco puro.

—Que sepas que me merezco una recompensa por esto —habló, sumiéndose nuevamente en su trabajo.

—Si consigues que quede como te dije, para tu cumpleaños te regalo ese diorama de la lucha entre Anakin y Obi Wan que tanto andabas buscando, o sino el de Yoda contra el Conde Dooku.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —le preguntó el chico sabiendo lo que costaban ambas cosas.

—Sí, estoy hablando en serio. Así que si las quieres, más te vale hacerlo perfecto.

 

* * * * *

 

La casa de Oliver era un completo caos. Era cierto que Natalia había podido escaquearse fácilmente al decir el día anterior que había hablado con Ainoa y las gemelas para dormir todas juntas en casa de las dos últimas, pero Diana y Toño no lo habían tenido tan fácil.

Con el cuento de que Daniel no podía enterarse de la fiesta, y sabiendo que ella y su marido necesitaban prepararse, Diana había acabado por echar a los dos adolescentes, dándoles dinero para que pasaran la tarde en el centro comercial. Eso sí, no sin antes recordarle a Oliver que a las diez menos cuarto llegaría el coche a buscarlos a casa, y que, por tanto, para esa hora deberían estar ya preparados.

De esa forma, Daniel y Oliver habían acabado en el centro comercial. A pesar de ser lunes y que la gente trabajaba, el lugar estaba atestado de gente, sobre todo la zona de tiendas, aunque la zona de ocio –y más particularmente el cine-, no se quedaba muy atrás. Hombres y mujeres iban de un lado a otro cargados de bolsas, tal y como si estuvieran en plenas rebajas o como si las tiendas fueran a desaparecer de un momento a otro.

Daniel caminaba al lado del pelirrojo, con las manos metidas en los bolsillos, y apenas parecía advertir todo lo que pasaba a su alrededor. Cuando Diana les había echado excusándose con que quería hacer limpieza y no los quería molestando por ahí, había tenido que morderse la lengua para no decirle que no hacía falta que le mintiera, que sabía lo de la fiesta. Por suerte, se mantuvo callado, sabiendo que, si lo hubiera dicho, Diana no habría tardado en interrogarle sobre por qué lo sabía y, más importante aún, habría llamado a su padre para avisarle. Y Daniel no quería eso.

Su linda cabecita ya había fraguado un plan de venganza magnífico contra su padre, y ni Oliver, por mucho empeño que pusiera, iba a lograr hacerle cambiar de parecer. Lo mejor de todo era que el plan era muy simple. Tanto que era imposible que algo saliera mal. Y teniendo en cuenta todos los periodistas y las cámaras que habría en la fiesta o sus alrededores, estaba seguro de que la noticia no tardaría ni un suspiro en propagarse. Y quién sabe, quizás con un poco de suerte saldría como titular de los periódicos al día siguiente.

Sonrió. ¿No quería ser noticia? Él le haría noticia.

—¿Pasa algo? —le interrogó Oliver al notar su mutismo y, sobre todo, su sonrisa.

—No, nada —respondió con tranquilidad, negando con la cabeza—. Oye, ¿te apetece ir al cine? Total no hay otra cosa que podamos hacer por aquí y aún nos quedan unas cuantas horas muertas.

El pelirrojo se encogió de hombros. Sacó su móvil para confirmar las palabras del rubio al decir que les sobraba tiempo para ver una película y hasta para dar otra vuelta tras ello.

—¿Y qué te apetece ver? ¿Alguna en particular o elegimos al azar? —le preguntó dando media vuelta, para ir ahora en dirección al cine.

—Podemos ir a ver la de Gael —respondió el chico.

Oliver se detuvo en seco, incapaz de creerse lo que sus oídos acababan de escuchar.

—¿Qué? Dime que no acabo de oírte decir que podemos ir a ver la película de tu padre —le pidió traumado.

—Pues sí, lo he hecho. ¿Qué? —exclamó al ver la mirada del otro—. Se supone que tengo que ser un buen hijo, ¿no? Pues los buenos hijos van a ver las películas de sus padres —añadió sonriente.

La boca de Oliver se abrió y se cerró varias veces seguidas, mas ninguna palabra fue pronunciada. En ese mismo momento, el pelirrojo estaba demasiado perplejo como para decir nada.

Lentamente, el joven se acercó a su amigo, posando una mano en su frente.

—Definitivamente estás enfermo. ¡Ya hasta deliras!

Daniel suspiró, apartando de un manotazo la mano del mayor.

—Estoy perfectamente, gracias —le dijo enseriando su tono, ya que, al parecer, era la única forma que tenía para que le tomara en serio—. Y ahora, ¿vamos o no?

El pelirrojo le miró, estudiándole. Sabía que, a pesar de todo, el rubio no había perdonado a su padre. Lo que no sabía era si el ir a ver la película entraba dentro de su plan de venganza o no. Decidió arriesgarse.

—Vale, haremos lo que tú quieras —terminó aceptando al final—. Además, hoy es tu cumpleaños, así que se supone que tengo que obedecerte —añadió abrazando al chico para revolverle el pelo juguetón.

—Vuelve a decir que es mi cumpleaños y te mato —le advirtió el mencionado cumpleañero, con muy malhumor.

Oliver se rió, esquivando por los pelos el golpe que el otro pretendía darle en el vientre con el codo.

—Vale, vale, no digo nada más sobre tu cumpleaños —dijo alzando un poco las manos, aparentemente rindiéndose—. ¡Feliz cumpleaños!

—Te mato.

Sin esperar nada más, e igual que si hubieran dado el pistoletazo de salida, Oliver empezó a correr hacia el cine, todo por alejarse del rubio, que le seguía de cerca con intenciones asesinas.

 

* * * * *

 

—¿Ya estáis todos?

La pregunta del hombre provocó diferentes respuestas. Desde los contundentes “Sí”, hasta los suplicantes “¡Me queda una cosa!” o “¡Cinco minutos más!”, pasando incluso por los incongruentes “¿Alguien sabe dónde está mi móvil?”, “¡Hasta el infinito y más allá!” o “¡Quiero mi muñeca!”.

La casa era un verdadero hervidero, teniendo en cuenta a todas esas personas que subían y bajaban corriendo por las escaleras y hasta se peleaban por los cuartos de baño. Por suerte, y aunque normalmente no todos compartían la misma casa, Carla estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones. Y dado que ella ya había terminado de prepararse, a ella y a los pequeños, dio un par de palmadas y se puso al mando.

—Vanessa, ahora subo a ayudarte con el vestido. Alexa, tienes la espada aquí abajo, acuérdate de cogerla. Ethan, tu móvil está aquí; pero tranquilo, no te ha llamado nadie —seguía diciendo mientras se acercaba a las escaleras y empezaba a subirlas—. Gael, cuida de que Will no se tire del sofá o se hará daño. Y David, devuélvele la muñeca a tu hermana.

La mujer, que llevaba puesto un hermoso vestido rojo con cuello de pico, se había recogido el cabello en un elegante moño, dejando caer algunos mechones sueltos que no ocultaban el precioso colgante, regalo de su marido, que se había puesto. Iba disfrazada de Mina Harker, la protagonista femenina de la novela Drácula de Bram Stoker.

En realidad, a petición de Gael, quien había sido a quien se le había ocurrido la idea, todos habían acabado vistiéndose de algo relacionado con los vampiros, siendo Gael el propio Drácula. Así, Vanessa y David se habían disfrazado de vampiros. Por otra parte, Alexa e Ethan iban de cazadores de vampiros, exactamente de Anna Valerious, la protagonista femenina de la película Van Helsing, y de Van Helsing. A decir verdad, los únicos que habían roto ese esquema eran Will y Nayra, los pequeños de la casa. Pues, a pesar de lo mucho que había tratado de convencerles su padre, incluyendo sobornos de viajes a Disneylandia y muchas tartas de chocolate y chucherías, ninguno de los niños había dado su brazo a torcer. Y, así, Will había obtenido su disfraz de Buzz Lightyear, el guardián espacial de la película Toy Story; y Nayra estaba encantada con su disfraz de Bella, la protagonista de La Bella y la Bestia.

Tras subir un tramo de escaleras, Carla se acercó a la habitación que ocupaban las gemelas, aunque se detuvo primero en la de Ethan, que estaba como loco buscando algo en la habitación.

—Te dije que lo tienes abajo, en el salón —le dijo.

Sorprendido por la voz, ya que no la había oído acercarse, Ethan pegó un pequeño salto, golpeándose la cabeza con la parte de debajo de la cama al estar buscando algo bajo esta.

—¡Mierda! —exclamó el joven en su lengua materna—. No busco el móvil, sino el cinturón. No sé dónde lo puse —se explicó.

—Déjame ver…

Carla entró en la habitación, pasando al lado del joven que, tras haberse levantado, se acomodaba la ropa: unos pantalones de tela oscuros junto a un jersey de cuello vuelto y un chaleco azulado por encima y, por calzado, unas botas negras.

—Aquí está —le dijo, sacando el mencionado cinturón de cuero negro y hebilla plateada de uno de los cajones de la cómoda—. No debiste de haberlo sacado ayer.

Ethan le dio las gracias, cogiendo el cinturón y empezando a ponérselo.

—Coge el abrigo, el sombrero y la ballesta y ve bajando. Nos tenemos que ir —le pidió Carla, dirigiéndose hacia la puerta—. Yo voy a ayudar a tus hermanas.

Carla salió de la habitación del joven, yendo hacia la siguiente. Nada más entrar, pudo ver a Vanessa apartar a su hermana para poder entrar en el baño, todo ello mientras maldecía en italiano.

Sonrió. Mal debían de estar las cosas para que Vanessa usara el italiano. Como ella sabía bien, tanto Gael como Vanessa, Alexa y hasta Ethan, solo lo usaban cuando estaban muy cabreados.

—Carla, ¿me ayudas con el corsé?

Tras asentir una sola vez, Carla se acercó a la primogénita de su marido, dispuesta a ayudar. Alexa, a la que sólo le quedaba abrocharse el corsé y ponerse la torera de terciopelo rojo, era la viva imagen de Kate Beckinsale, la actriz que había dado vida a Anna Valerious en la película Van Helsing. Las ropas que llevaban eran, además, una copia perfecta de las que la actriz había usado. Por lo que Carla sabía, había sido la madre de la joven y primera esposa de Gael, quien se las había hecho, al igual que los trajes del resto.

—¿Qué le pasa? —le preguntó en un susurro, atando el corsé por encima de la blusa blanca con adornos en rojo.

Alexa suspiró, fijando un segundo la mirada en la puerta cerrada del cuarto de baño, desde donde podían escucharse perfectamente las maldiciones de su gemela.

—Lo mismo de siempre —le dijo en el mismo tono de voz—. Vestido y tacones.

Carla ahogó la risilla que estaba por salir, sabiendo perfectamente que Vanessa odiaba los vestidos y los zapatos de tacón con toda su alma. Se separó de Alexa cuando terminó y se acercó a la puerta del baño.

—Vanessa, cielo, ¿necesitas ayuda? —le preguntó tras llamar un par de veces a la puerta.

¡Dile a la ladrona de mi hermana que me devuelva MI traje! —gritó furiosa la joven desde el otro lado, todo en italiano.

—Ya te dije que mamá mandó este traje para mí, que no te lo robé —trató de hacerla entender su gemela. Lo que, por supuesto, provocó más maldiciones en italiano intercalados con las palabras “tacones” y “vestido”, siendo dichas tal y como si fueran el peor insulto de todos.

—Venga, cielo, no es para tanto —trató de tranquilizarla la mujer, entrando en el baño y encontrándose con Vanessa dando vueltas—. Además, estás preciosa con ese vestido.

La joven morena le dirigió una mirada fulminante, no queriendo escuchar nada sobre el vestido que, pese a todo, tenía puesto.

—Vas a ir de vampiresa, ¡no puedes ir con pantalones de chándal! —añadió su hermana, apoyada en el marco de la puerta.

—Puedo ir como Selene —respondió la otra mordaz, refiriéndose a la protagonista de Underworld—. Traje de cuero, pistolas, abrigo largo… Además tenemos el mismo corte de pelo.

—Sí, pero vuestro padre se ha decidido por un estilo más clásico —le dijo la mujer—. Y si fueras así, no podrías ponerte el colgante de tu madre —añadió cogiendo la gargantilla que estaba sobre el lavabo y avanzando hacia la joven.

Vanessa se quedó quieta, dejando que Carla le pusiera el collar, para después sonreírle a través del reflejo del espejo.

—Estás preciosa.

Suspiró. Era cierto que el vestido le quedaba perfecto, resaltando todos sus atributos, y estaba segura de que su madre lo había hecho con todo el cariño del mundo. Pero, simplemente, la idea de andar en tacones y llevar vestido durante toda la noche la aterrorizaba.

—Ya verás, cuando Daniel te vea se te lanzará al cuello para decirte lo preciosa que estás —habló Alexa.

—Está bien, iré así —accedió finalmente Vanessa, suspirando de nuevo—. ¡Pero que conste que solo lo hago por Daniel!

Las otras dos mujeres sonrieron complacidas. Y al escuchar la nueva llamada de Gael diciendo que iban a llegar tarde, las tres salieron del baño y de la habitación para ir hacia el hall.

 

* * * * *

 

—Y entonces, ¿a dónde decís que vamos? —preguntó Benji mientras caminaba por una de las calles de la ciudad junto a Darío y Pablo.

Eran casi las nueve de la noche y hacía menos de cinco minutos que había salido de casa tras despedirse de su madre y recordarle que volvería tarde.

Al final, y tras muchos quebraderos de cabeza para elegir un disfraz, había acabado por vestirse del Joker, el archienemigo de Batman. Y así, con ayuda de Pablo, había comprado el maquillaje para la cara y la ropa: una camisa azul, un chaleco verde y un abrigo y unos pantalones morados.

—He quedado con los del equipo en una de las discotecas del centro —respondió Darío, disfrazado de Jason Voorhess, el asesino de las películas Viernes 13, habiendo usado ropa vieja, la máscara de hockey que ocultaba su rostro y un machete de plástico.

Benji asintió. La idea de tomarse unas copas con sus amigos le llamaba bastante.

—Pero antes nos pasamos por el otro lado, ¿eh? —le recordó Pablo, disfrazado de Freddy Krueger, con un jersey a rayas rojas y negras, unos pantalones y un sombrero negros y el guante con las cuchillas de plástico.

—¿El otro lado? —le interrogó Benji curioso.

—Sí, donde la fiesta. ¿No te has enterado? ¡En el instituto no se hablaba de otra cosa! —contestó Pablo.

—Sí, sí, me enteré. Sería raro no hacerlo —añadió el moreno—. Entonces, ¿vamos?

Los dos chicos asintieron. Bajaron por una calle, encontrándose ya con bastante gente disfrazada, tanto jóvenes como adultos, que parecían ir en su misma dirección. Iban hablando entre ellos, comentando sobre los posibles invitados de la fiesta y teorizando sobre sus disfraces.

No tardaron demasiado en llegar al edificio donde se daría la fiesta del actor. Lo difícil fue buscar algún lugar desde donde poder ver a los invitados. Por suerte, pudieron encaramarse a un muro cercano, sentándose sobre él.

—¡Hey! ¡Mirad eso de ahí! —les señaló Pablo, entre risas—. ¿Qué cojones es eso?

Tanto Benji como Darío miraron en la dirección en la que el chico les señalaba. Se encontraron con que los primeros invitados (al menos que ellos supieran), ya habían llegado y, sobre todo, que sus disfraces eran un tanto extravagantes.

De la enorme limusina había salido un hombre que, por el disfraz que llevaba, había atraído la atención de todos los periodistas y curiosos que había allí. El hombre era bastante alto y musculoso, e iba vestido de lo que parecía ser una mano, siendo su propio cuerpo la muñeca y quedando los cinco dedos sobre su cabeza.

A su lado, bajó una mujer algo más baja que el hombre que iba vestida de lo que parecía ser una mujer decapitada. Iba con un vestido amarillento cubierto de sangre por la parte delantera y lo que sería el cuello del disfraz, y parecía que llevaba la cabeza, cortada, en una de sus manos.

—¿Quiénes son esos? —preguntó Benji que no era capaz de reconocerlos, menos aún en la distancia.

—Creo que es el director de la película y su mujer, pero no estoy seguro —respondió Darío, encogiéndose de hombros—. Mirad, ahí vienen más.

Y era cierto. La primera limusina había desaparecido dando paso a otra, de la que siguieron saliendo distintos invitados de la fiesta. Hombres y mujeres que, tras saludar a la gente y a los medios tal y como si estuvieran en la mismísima alfombra roja con sus mejores galas en vez de con sus disfraces de Halloween, entraban en el edificio.

Momias, hombres lobos, zombis, fantasmas, esqueletos… Podían verse toda clase de seres fantásticos y típicos de las películas de terror en el lugar. Incluso un hombre invisible con un sombrero sujeto por un alambre. Y entre los invitados había actores, modelos, diseñadores y políticos entre otros.

—¡Eh! ¿Ese no es Iván? —les preguntó Pablo, refiriéndose a uno de los que acababan de llegar.

Benji fijó un poco la vista, descubriendo que Pablo tenía razón y que era Iván el que estaba allí. Y no sólo él, también sus amigos: las gemelas, la morena esa tan rarita, y la hermana del idiota pelirrojo junto a su novio. Todos ellos disfrazados.

—¿Qué estará haciendo aquí? Si me dijo que iban a hacerle una fiesta a Daniel —murmuró para sí, extrañado y curioso a partes iguales.

—¿Una fiesta a la Niñita? —le interrogó Darío, girándose para mirarle. Benji asintió—. Y entonces, ¿qué hacen en esta?

Se encogió de hombros, ya que no tenía la más mínima idea.

—Igual van a intentar colarse —tentó Pablo, dudoso.

—Lo dudo. ¿O no has visto que han venido en limusina? —terció el moreno, negando con la cabeza—. Además, colarse ahí debe ser imposible. Seguro que te piden la invitación antes de entrar y que habrá guardias de seguridad.

—Pues no estaría nada mal colarse —susurró Darío, sin escucharle.

Pablo y Benji le miraron, sorprendidos.

—¿Tú me escuchas? Acabo de decir que es imposible, ¿o no te has fijado en la seguridad?

—No digo por la puerta principal. Conozco el edificio y hay otra puerta en uno de los laterales. O sino, siempre podemos intentar colarnos por una de las ventanas del primer piso —propuso el castaño.

—¿Y si nos pillan? Dudo mucho que la excusa de “es que me he perdido” sirva de algo —expuso Benji sin dejarse convencer.

Darío sonrió.

—Por intentarlo no pasa nada, ¿cierto?

Sentía la mirada de Darío y Pablo fija en su persona esperando su respuesta, y sabía bien que, dijera lo que dijera, ellos iban a intentar colarse igualmente. Y, la verdad, estaba demasiado intrigado por saber por qué estaban allí Iván y los demás como para esperar y preguntárselo en clase u otro día.

—Vale. Pero como nos pillen te la cargas —le advirtió a Darío.

El aludido empezó a reírse, diciéndole que no se preocupase, que no les iban a pillar. Y tras un salto, los tres chicos se bajaron del muro en el que estaban sentados para intentar colarse en la fiesta.

 

* * * * *

 

La enorme sala donde se celebraba la fiesta -y en realidad todo el interior del edificio en sí-, estaba magníficamente decorada con todo tipo de cosas de Halloween. El lugar había sido decorado para la ocasión, pasando a convertirse en una auténtica casa del terror.

Los corredores estaban tenuemente iluminados con las luces de unas pocas velas eléctricas. Algunos de los muebles estaban tapados con sábanas. Otros estaban a simple vista, dejando ver algunos armarios, puestos ahí para la ocasión, y guardaban frascos con lo que parecían ser huesos, órganos e incluso fetos dentro.

La música que sonaba por todos los lados por igual tampoco ayudaba demasiado a tranquilizarse. En todo caso, conseguía ponerte los nervios de punta con todas esas risas siniestras. Y las telas de araña que colgaban del techo, puertas y lámparas, obstaculizaban el camino junto a las calabazas de siniestras sonrisas y las calaveras que había esparcidas por el suelo, iluminadas desde abajo por una tenue luz que lograba hacerlas aún más fantasmagóricas.

Sonidos de aleteos y chillidos de murciélagos conseguían que casi todos los invitados dieran pequeños saltos debido al susto y que se giraran para descubrir de dónde provenía la amenaza. Los puntos rojos de los ojos de los animales lograban lo mismo, y varios chillidos podían escucharse cuando las arañas de plástico o incluso la cabeza enganchada a un gancho caían frente a los invitados.

Espejos en los que podían verse formas fantasmales, ataúdes abiertos, manos que salían de diferentes puntos del lugar para agarrarte… Todo estaba hecho para que ninguno pudiera mantenerse indiferente frente a lo que veía. Y nada de esto podía compararse con la enorme sala en donde se daría la fiesta.

Tras firmar docenas de autógrafos y posar para cientos de fotos, ya fuera solo o junto a su familia, Gael Agnelli y los suyos pudieron entrar por fin en el edificio. Sabían que eran los últimos en llegar, que todos sus invitados estarían esperándolos, ya que era así como lo habían planeado.

Y, por ello, ninguno se dio demasiada prisa en atravesar los corredores y las salas que estaban marcadas como recorrido obligatorio, disfrutando tanto de los sustos de sus hijos más mayores, como de los comentarios de los pequeños. Como ese de Nayra al ver al esqueleto que había sido puesto para asustarles. Nada más verlo, y a pesar del susto que se había llevado Ethan, al que prácticamente el esqueleto le había saltado encima, la más pequeña de la familia se había vuelto hacia su madre y, con gesto de súplica en su encantador rostro le había preguntado lo siguiente:

—¿Podemos llevárnoslo, mami?

Por desgracia para la niña, la respuesta que había obtenido era negativa. Aunque, por detrás del gesto de su madre, Nayra había podido ver cómo su padre asentía con la cabeza guiñándole un ojo y pidiéndole que lo mantuviera en secreto al llevarse un dedo a los labios.

Por fin, los ocho miembros de la familia llegaron ante una de las dos puertas que daban a la sala donde era la fiesta. Desde allí podían oír perfectamente el murmullo de las conversaciones de los invitados, que seguramente esperaban que el actor y su familia entraran por la puerta grande. Sin embargo, Gael había pensado en todo, incluida su particular entrada.

—Que comience el show.

* * * * *

 

Vestida de Sally, Natalia observaba a su alrededor intentando, por un lado, encontrar a sus padres (disfrazados de Morticia y Gómez Addams), y por otro, reconocer a alguna de las personas que había en la fiesta.

Le estaba resultando difícil. Aunque sabía que conocería algunos, sobre todo a los amigos de su padre, que todos estuvieran disfrazados dificultaba bastante la acción. Desde donde estaba, podía ver perfectamente a un grupo de cuatro personas en las que había una novia muerta, un Darth Vader, lo que parecía ser el fantasma de la ópera, y hasta una mujer atacada por los cuervos, pero lo cierto es que no reconocía a ninguno.

—¿Reconocéis a alguien? —preguntó María, vestida, al igual que su gemela, de las hermanas Exorsister. Llevaba un vestido morado y una peluca negra con el pelo en punta y una mecha a un lado de distinto color, María en morado y Marta en blanco.

—A nadie —les confirmó Iván. Vestía como el doctor Sidney Granudo, con unos pantalones normales, una camisa blanca, un chaleco negro de botones naranjas y una pajarita roja. El chico, con ayuda de sus amigas, se había pintado la cara de blanco y puesto una verruga enorme en la nariz y, además, cargaba con el peluche del Conejito Zombie.

Raúl negó con la cabeza. El chico estaba seguro de que reconocer a alguien, para él, era imposible. Vestido con un traje a rayas negras y blancas, con una pajarita con cabeza de gato, el chico se había puesto guantes blancos y una careta, ya que la perspectiva de tener que pintarse toda la cara de blanco no le había gustado nada.

—¿Esos de ahí no son tus padres? —le preguntó Ainoa a la pelirroja, señalando a una pareja que estaba a un par de metros de distancia. La joven, que iba de Lydia Deetz, vestía solamente un poncho rojo con rayas negras en forma de telas de araña por encima de unos pantalones y una camiseta de manga larga, todo de color negro. Además, llevaba el pelo recogido en una pequeña coleta, dejando la parte del flequillo y varios mechones sueltos.

Después de que la pelirroja asintiera, los seis chicos se acercaron a los padres de Natalia. Llegaron hasta ellos en el mismo momento en el que las luces, que iluminaban solamente el centro de la sala, se apagaron. Una niebla salió desde las paredes mientras una macabra voz empezaba a hablar:

—Hace miles de años, los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus, tanto benévolos como malévolos, pasar a través. —Todas las conversaciones terminaron. Hubo muchos que trataron de descubrir de dónde procedía la voz. Sin embargo, por más que miraban a todos los lados, no pudieron, pues el sonido llegaba de todas partes por igual—. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados. Por su parte, los espíritus dañinos eran alejados con los trajes y las máscaras que usaban los humanos, cuyo propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañados.

»Más adelante, los romanos mezclaron esta tradición celta con la suya propia de la “fiesta de la cosecha” en honor a Pomona, la diosa de los árboles frutales. Tras esto, los Papas Gregorio III y Gregorio IV intentaron suplantar esta tradición por una festividad cristiana: la del Día de Todos los Santos, que fue trasladada de mayo a noviembre.

»Pero no sería hasta su llegada a Estados Unidos durante la Gran hambruna irlandesa, cuando sería fuertemente arraigada. Ya que fueron ellos quienes difundieron la costumbre de tallar las calabazas o Jack-o’-lantern, inspiradas en la leyenda de “Jack el Tacaño”. Y desde 1921, año en el que se celebró el primer desfile de Halloween en Minnesota, esta fiesta comenzó a celebrarse masivamente, internacionalizándose a finales de los 70 y principios de los 80 gracias al cine y la televisión.

La voz por fin parecía haberse centrado en un mismo punto. Las tenues luces de unos focos alumbraron el escenario atrayendo las miradas de todos. La niebla cubría todo el suelo del escenario, risas perversas y gritos espeluznantes llenaron la sala por completo mientras la voz seguía hablando:

—Hoy es un día para honrar a los muertos, pero tampoco debemos olvidarnos de los vivos. —Un ataúd apareció de repente provocando exclamaciones ahogadas de algunos de los presentes y sustos de otros—. Hoy estamos aquí para honrar la vida y, sobre todo, para divertirnos en esta noche en la que los vivos y los muertos caminan juntos por las calles.

El ataúd se abrió. La niebla ocultó por un instante a las dos figuras que salieron de él, pero pronto comenzó a disiparse y todos pudieron admirar a Gael Agnelli y a su esposa.

Elegantemente vestido con un frac negro hecho a medida, al actor no le hacía falta ni la larga capa ni los colmillos, ya que su sola presencia imponía respeto, temor e incluso adoración. A su lado, Carla observaba a todos esos cuya mirada estaba centrada en ellos, pudiendo reconocer a Diana y Toño entre otros.

—Sed bienvenidos a mi fiesta.

La sala entera estalló en aplausos cuando Gael puso fin a esa pequeña presentación. Pero, por mucho que el actor y su mujer agradecieran los aplausos con un par de reverencias, ninguno se bajó del escenario. De ese modo, Gael esperó a que los aplausos cesaran antes de seguir hablando:

—Ahora que ya estamos todos, o al menos casi todos, me gustaría daros las gracias por venir a esta fiesta a pesar de que a algunos de vosotros os quedara bastante lejos —añadió, mirando a la actriz que, junto a él, protagonizaba la última película, al marido de esta, al director y su mujer, y después a alguno de sus otros amigos y/o conocidos—. Es un verdadero honor para mí poder contar con todos vosotros en esta fiesta. Gracias.

Una nueva salva de aplausos llenó toda la sala, y Gael esperó pacientemente a que terminara antes de continuar.

—Dar las gracias también a mi esposa Carla y a mi amiga Diana por tomarse la molestia de organizarlo todo, y a las industrias Menéndez por tan maravillosa comida que nos han preparado. —Otra salva de aplausos, que tardó un poco en desvanecerse—. Y ahora, antes de dejaros por fin emborracharos tranquilos, solo recordaros la única regla de la fiesta —dijo alzando un dedo de su diestra—. Obligatorio pasárselo bien y disfrutar de la velada. Y ahora sí, ¡feliz Halloween a todos!

Tras estas palabras, el actor dio una sola palmada y, al instante, toda la sala quedó perfectamente iluminada, permitiendo a los asistentes descubrir lo que había al fondo y a ambos lados de esta.

Fue así como vieron los murciélagos que colgaban del techo, las calaveras y esqueletos que decoraban las paredes. Y lo más importante, las grandes mesas donde estaban las bebidas y la comida.

Este hecho no habría llamado especialmente la atención de no ser porque el mantel parecía estar completamente manchado de sangre, porque las fuentes de comida estaban decoradas con calaveras, los vasos parecían ser verdaderos cráneos y, sobre todo, porque toda la comida parecía ser restos humanos, teniendo el propio pastel el aspecto de un torso.

La gente estaba extasiada y había algunos que parecían cuestionarse sinceramente si valdría la pena quedarse en ayunas toda la noche antes que acercarse a las mesas. Gael, por su parte, sonrió feliz por haber logrado su propósito. Estaba muy seguro de que pasarían semanas y todavía se hablaría de su fiesta. Desde luego, había valido la pena tanto el esfuerzo como el dinero invertido en ella.

Bajó junto a su mujer del escenario y fue hacia sus hijos que habían acabado por juntarse a Diana y Toño. Saludaron a estos a pesar de que los hubieran visto el día anterior, antes de ser asaltados por otro de los invitados:

—Espectacular entrada —le felicitó un hombre disfrazado de mano y acompañado de una mujer decapitada—. Yo quizás lo hubiera hecho de otra manera, poniendo más efectos especiales, pero debo admitir que me ha encantado.

—¡Sigfried! —exclamó el vampiro al reconocerle—. Me alegra que al final pudieras venir.

Mientras el actor rodeaba, como podía, los hombros de su amigo y empezaba a hablar con él, Natalia se había alejado un poco de la zona para llamar por teléfono.

Acababa de darse cuenta de que se había dejado una cosa en casa y, como era obvio que no podía ir a por ella, solo le quedaba la posibilidad de llamar a su hermano y que fuera él quien se la trajera.

Por ello, tras avisar a sus amigos de que volvería en un par de minutos, la joven pelirroja se alejó del variopinto grupo, acercándose a una de las ventanas suponiendo que allí podría escuchar mejor a su hermano cuando este le respondiera.

Pasó al lado de las mesas, admirando la decoración y sabiendo que, si no supiera de antemano de que toda esa comida era en realidad alimentos muertos y no brazos y piernas humanas, no probaría bocado en toda la noche. Desde luego Gael se había pasado con ese detalle, pues estaba tan bien hecho que parecían los restos de una verdadera matanza. Sobre todo el pastel, que por mucho que estuviera hecho de chocolate y tortas de distintas clases, parecía en verdad la caja torácica de cualquier adulto.

Aguantándose la risa al ver la cara de la gente, que prácticamente había sido la misma que la suya cuando su madre le dijo cómo iba a ser la comida de la fiesta, Natalia se acercó a una de las ventanas. Apartó un poco al fantasma que colgaba de ella para ocultarse detrás y poder llamar tranquila.

Nadie contestó.

 

* * * * *

 

Después de ver la entrada del actor, Paolo estaba completamente extasiado y solo la presencia de Roxanne le impedía empezar a dar saltitos y palmaditas como un niño pequeño. El joven había acabado por quitarse la máscara debido al calor que hacía, aunque la llevaba bajo el brazo, y había decidido refrescarse con las bebidas que los camareros (vestidos de sirvientes sangrientos y llenos de vendas) llevaban de un lado a otro en bandejas.

—Decidme que esto no es sangre —les pidió Cynthia, a quien la visión de la “comida” le había revuelto el estómago.

—Creo que es sangría —comentó Héctor observando con verdadero detenimiento la bebida de su copa. Y, decidiendo que lo mejor era no pensárselo demasiado, le dio un trago—. Sí, es sangría. Puedes beber, tranquila.

Cindy le miró fijamente. Y al ver que el gesto de su amigo no cambiaba, se decidió por tomar un trago, confirmando que lo que tenía en la mano era sangría por mucho que estuviese servida en un vaso-cráneo.

—Dios, nunca me imaginé que la fiesta sería algo así —murmuró, no pudiendo evitar mirar a todos lados.

—Y no has visto nada —intervino Roxanne, que tuvo que apartar un poco uno de los cuervos que llevaba pegados al vestido para poder beber—. La fiesta de hace tres años sí fue espectacular. Aún se me pone la piel de la gallina siempre que la recuerdo.

—¿Cómo fue? ¿Cómo fue? —la interrogó Paolo, con los ojos llenos de brillantitos debido a la ilusión.

—Nos hizo ir a un pueblo perdido en una montaña donde había alquilado una mansión presuntamente abandonada, decorándola por completo para la ocasión —les empezó a relatar la mujer—. Recuerdo que tuvimos que atravesar, completamente a oscuras, todo el jardín lleno de tumbas abiertas, zombis que trataban de asustarte y demás horrores. Es más —añadió antes de que la interrumpieran—, recuerdo que hubo una actriz que amenazó con irse de allí si no salía el propio Gael a buscarla.

Los tres jóvenes empezaron a reírse al imaginarse la reacción de la actriz, aunque pronto la risa se le atragantó a Paolo al ver quién se acercaba a ellos.

—¿Una actriz? —susurró una voz justo detrás de Roxanne—. Yo recuerdo que fuiste tú quien tuvo tan exagerada reacción.

A pesar del pequeño susto que acababa de llevarse, Roxanne no tardó en volverse, descubriendo que había sido el propio actor quien había hablado.

—¡Gael! —exclamó con deslumbrante alegría, abrazando al italiano—. ¡Qué alegría volver a verte! ¡Hacía años de eso!

—Sí. Es lo que pasa cuando estás hasta arriba de trabajo —se excusó el hombre, correspondiendo a su abrazo para después volverse hacia los tres jóvenes que estaban con ella—. Y dime, ¿cuál de estos dos chicos tan apuestos es tu sobrino? Porque debo de suponer que no es esta chica tan hermosa —añadió, posando su vista en Cynthia y hasta guiñándole un ojo.

Entre risas, Roxanne señaló a Héctor, presentándole.

—Este es mi sobrino: Héctor. Es el hijo de mi hermana. —El chico avanzó un paso hacia el actor, estrechándole la mano—. Y ellos dos son unos amigos suyos.

Ligeramente sonrojada aunque con la pintura no pudiera notarse, Cindy se acercó al hombre quien le cogió la mano y se la besó a la antigua usanza. Por otra parte, Paolo, muerto de nervios al ver por fin a su ídolo y, más recientemente, amor platónico, tan cerca, tuvo que recordarse cómo se respiraba cuando el hombre le estrechó la mano.

—Es un placer conoceros —les dijo Gael, volviéndose acto seguido hacia Roxanne—. Y ahora confiesa, ¿son tus chicos, verdad?

La mujer empezó a reírse con algo más de fuerza, acabando por asentir con la cabeza.

—Sí, ellos son tres de mis modelos más prometedores. El cuarto no ha podido venir. Está trabajando en Londres —confesó.

—Pues será mejor que aproveches la fiesta. Sé de muy buena tinta que varios de los diseñadores que han venido hoy están buscando modelos para sus colecciones. Y seguramente estos chicos estarán interesados, ¿cierto?

Como si fueran una sola persona, los tres modelos asintieron. Lo cierto era que les interesaba conseguir un trabajo como el que Gael hablaba.

Siguieron hablando un rato más, pero, cuando el actor vio que se acercaba la hora en la que tendría que aparecer su hijo, se despidió de Roxanne y los tres jóvenes. Acto seguido, se dirigió hacia el escenario, subiéndose de nuevo y atrayendo la atención de todos al dar una sola palmada:

—Me gustaría que me prestarais atención un momento. Gracias —añadió al ver que todas las conversaciones cesaban—. Lo primero, la comida se puede comer. Es todo comestible y os aseguro que no hemos matado a nadie. Si se lo preguntáis a los camareros, ellos os dirán de qué está hecha cada cosa.

Risas nerviosas se escucharon perfectamente en la sala. Por lo que podía verse, ninguno había probado tan suculento manjar.

—Y ahora, como sin duda ya he dicho, hoy os he reunido aquí no sólo para celebrar esta fiesta, sino para celebrar la vida. No sé si todos los que estáis aquí lo sabréis, pero hoy, exactamente a las diez de la noche, se cumplen dieciséis años de la muerte de la que fue mi segunda mujer: Audrey Hudson.

Hubo algunos murmullos entre los invitados, tanto de los que conocían la noticia como de los que no. Sin embargo, todos fueron acallados por la voz del actor al seguir hablando:

—Pero aunque su muerte supuso un gran dolor para mí, no es de ella de quien quiero hablaros ahora, sino del único hijo que tuve con Audrey y al que muy pocos conocéis. Su nombre es Daniel Agnelli y lo cierto es que esta fiesta es para él. Pues hoy mi hijo cumple la difícil edad de dieciséis años. Y por eso os pido que, cuando Daniel entre por esa puerta dentro de dos minutos exactamente, nos pongamos todos a cantarle el cumpleaños feliz. Pues, aunque él no esté enterado de esta fiesta, no dudo que le encantará este tipo de recibimiento.

—Y yo no dudo que eso solo servirá para que Dani salte directo a la yugular de nuestro querido padre —murmuró Ethan, siendo perfectamente escuchado tanto por su familia como por Natalia y los demás.

Todos sin excepción soltaron una risilla por lo bajo. Sabían que, por mucho que le durase el shock a Daniel, lo último que el joven haría en cuanto se repusiera sería dar las gracias a todos por la fiesta.

Gael no había bajado aún del escenario y casi todos los invitados esperaban ansiosos a que la puerta por donde entraría el joven Agnelli se abriera. Se quedaron completamente en silencio al sentir los pasos de alguien acercándose.

 

* * * * *

 

Completamente disfrazados, Oliver y Daniel esperaban frente al edificio del primero a que el taxi que debería llevarles a la fiesta llegara por fin. La noche no era especialmente fría ese día, y eso había evitado que los dos jóvenes tuvieran que cargar con sendos abrigos. Además, también ayudaba el hecho de que ambos llevasen otra capa de ropa bajo sus disfraces.

—¿Se puede saber cuánto más me vas a tener esperando? —preguntó un aburridísimo Daniel que, a falta de algo mejor, había acabado por sentarse en el escalón que daba al edificio.

—En teoría ya debería haber llegado —murmuró el pelirrojo—. Igual se ha retrasado por cosa del tráfico —señaló.

La mirada que el rubio le dedicó en ese momento le dejó bien claro que lo mejor que podía hacer era dejar de excusar al taxista. Por ello, y sabiendo que era una tontería enfadar a su amigo por eso, se encogió de hombros decidiendo guardar silencio.

—Y encima, vamos en taxi —siguió quejándose el rubio, solo por el mero hecho de hacerlo—. ¿No podríais haber alquilado una limusina al menos?

—Se supone que era una fiesta que nosotros te preparábamos, ¿cómo quieres que gastemos el dinero en limusinas?

Daniel bufó. Y murmuró algo por lo bajo que, pese a todo, fue perfectamente entendible para el pelirrojo:

—Ni que no tuvierais dinero para ello. Y dime —añadió, alzando un poco la cabeza para mirarle—, ¿no deberías ponerme una venda o algo así? Se supone que es una fiesta sorpresa, ¿no?

—También se supone que tú no deberías conocer ese dato y lo sabes —apuntó Oliver sin demasiado tacto.

Daniel sonrió, guardándose las risas para sí mismo al ver lo tenso y nervioso que parecía su amigo.

Le miró. Oliver estaba visiblemente cambiado ese día. No solo era cosa de la ropa que se había puesto por culpa del disfraz, sino sobre todo por el hecho de que esa noche no era pelirrojo. Porque sí, Oliver se había teñido el pelo de negro para poder parecerse aún más al personaje del que se había disfrazado.

—No vas a decirme qué vas a hacer, ¿verdad? —Le oyó preguntar sin mirarle.

—Eso arruinaría la sorpresa, ¿no crees?

Oliver suspiró. Sabía que el rubio tenía más que preparada su venganza, pero la verdad es que contaba con que se la contaría y así él podría desbaratar sus planes. Pero, para su enorme desgracia, Daniel no había dicho nada en todos esos días, manteniendo en completa ignorancia al pelirrojo respecto a su plan.

—Daniel…

—No vas a hacerme cambiar de opinión así que ahórrate el esfuerzo —le interrumpió el menor, sabiendo perfectamente que eso era lo que pretendía.

Oliver chascó la lengua, decepcionado y también algo intrigado. Sentía curiosidad por el plan de su amigo, por mucho que no se lo confesaría ni a sí mismo.

—Como quieras.

La sonrisa de Daniel se hizo más amplia y, al ver que un taxi se aproximaba hasta detenerse frente a ellos, se puso en pie, sacudió un poco su ropa y entró al taxi tras su amigo. Era hora de poner en marcha su plan.

 

* * * * *

 

Nada más Gael Agnelli terminó con su discurso, el silencio se adueñó de la sala. Todos los invitados se miraban entre ellos, algunos sorprendidos por la noticia de este hijo “secreto” del actor. Otros, los que ya le conocían de hacía tiempo, alegrados quizás por la noticia de ver de nuevo al hijo de Agnelli y de Audrey Hudson que, según decían, era igualito que su madre.

Hubo algunos murmullos, pero todos fueron acallados cuando los gritos de los pasillos que llevaban hasta la fiesta empezaron a oírse, alertándoles de que alguien se acercaba. En un acto reflejo, todo el mundo se volteó para quedar de cara a la puerta doble que les separaba de este último invitado y, sin embargo, verdadero protagonista de la fiesta.

Con un chirrido digno de una de esas puertas que salen en las películas de miedo, la puerta empezó a abrirse. Los sonidos llegaban mucho más claros ahora y la expectación había subido. Todos estaban ansiosos por conocer al hijo de actor, por verle por fin.

Desde el escenario, Gael pudo distinguir una cabecita rubia en el espacio que acababa de abrirse. Sonrió. Tenía unas ganas enormes de ver a su hijo, le había echado muchísimo de menos durante todo ese tiempo que Daniel no había estado a su lado. Pero hoy por fin podría volver a verle y abrazarle, a pesar de que estaba seguro de que su hijo trataría por todos los medios de alejarle de su lado. Sí. Hoy, después de casi dos años sin saber de él, volvería a verle por fin.

—Pero ¿qué…?

El gesto de felicidad del actor desapareció completamente al ver al hombre que acababa de entrar en la sala. Hombre, no niño ni adolescente, sino hombre.

La incertidumbre y la confusión se extendieron como una mecha, quemándolo todo a su paso y afectando a todos los invitados, quienes no podían evitar preguntarse si esto era una broma más del actor o si estaba pasando de verdad. Porque el tipo que acababa de entrar no se parecía en nada al chico que todos esperaban. Ni siquiera agregándole unos cuantos años de más.

—D-Disculpen —susurró el hombre, notablemente nervioso y asustado al ver que todas las miradas estaban fijas en su persona—. ¿El señor… el señor Agnelli? Creo que t-tengo un… una carta para él.

Los murmullos aumentaron. Todos los invitados hablaban entre ellos, observando primero al desconocido que acababa de hablar y luego al actor que, perplejo, no se había movido del escenario.

Por suerte para el hombre, dos mujeres se separaron de la multitud, acercándose a él. Las miró, una iba vestida con un precioso vestido rojo y con el pelo recogido en un elegante peinado, y la otra iba entera de negro. Las dos estaban serias y se acercaban a él con pasos firmes.

—¿Y usted es…? —le preguntó la mujer que iba vestida de negro.

—A-Alfonso —tartamudeó el hombre, intimidado por la mirada de esta—. Soy taxista —añadió en un desesperado intento de lograr que la mujer dejara de mirarle así.

Nada más escuchar esa última frase, Diana y Carla cruzaron una mirada entre ellas que, aunque breve, les hizo ver que ambas habían pensado lo mismo.

—Por casualidad no acabaría de recoger usted a dos jóvenes adolescentes, ¿verdad? —le interrogó ahora la del vestido rojo con un leve acento francés.

Alfonso asintió unas cuantas veces seguidas, alegrado de poder ayudar en algo si eso significaba que podía irse de allí pronto, muy pronto. Porque sí, a Alfonso le gustaban los famosos, verlos por la televisión en algún programa, en sus películas o incluso leer alguna noticia sobre ellos en esas revistas del corazón a las que tan aficionada era su mujer. Pero una cosa era eso y otra muy distinta era saberse el centro de atención de todos esos famosos que, para más inri, estaban vestidos como auténticos muertos vivientes.

—¿Y se puede saber dónde están esos dos jóvenes? —habló de nuevo la primera mujer, con un tono que dejaba muy claro que estaba comenzando a enfadarse y que nadie quería eso.

—P-Pues… Se fueron —balbució con un ápice de miedo—. El chico más bajito me obligó a parar el taxi y luego él y el otro chico se fueron —susurró, bajando paulatinamente el tono de voz según la seriedad crecía en el rostro de la mujer.

—¿Le obligó? ¿Cómo?

La pregunta esta vez se la había hecho un hombre, un hombre que parecía ir disfrazado de vampiro y que, además de resultarle familiar, estaba seguro de que era el mismo que había estado en el escenario cuando él había llegado.

—Me… Me sobornó, señor —confesó, teniendo al menos la decencia de agachar la cabeza y centrar la mirada en el suelo—. Me prometió sesenta euros si accedía a parar el coche para dejar que se bajaran.

Gael, que por fin parecía haber reaccionado, sintió que el enfado y la incomprensión recorrían cada rincón de su cuerpo. Podía escuchar los murmullos tras él, pero en ese momento le daban igual. Lo único que quería saber era cómo su hijo se había enterado de la fiesta sorpresa.

Miró a Diana, interrogante, pero ella simplemente negó con la cabeza. Era cierto que esos últimos días Daniel había estado algo más frío que de costumbre, pero lo había achacado a la fecha, creyendo que el joven estaba así por los años que se cumplían y no por la fiesta que le habían organizado. Y lo peor era que se había equivocado por completo.

—Disculpe… Esto… El chico rubio también me dio algo, una carta —dijo Alfonso sacando un sobre de uno de los bolsillos de su abrigo—. Dijo que era…

Se detuvo un momento, temeroso de repetir las palabras exactas que el chico le había dicho. Por desgracia para él, la perspectiva de mantenerse en silencio parecía que no iba a tener muy buena acogida por los otros tres adultos.

—Dijo que era para “el subnormal y ególatra que no sabe ni hacer la O con un canuto” —citó encogiéndose visiblemente, temiendo que toda la furia que sus palabras habían desatado cayera sobre él en cualquier instante.

Gael frunció el ceño pero no dijo nada. Solo adelantó su mano para coger el sobre que el taxista sostenía. Lo abrió y empezó a leer ese mensaje que su hijo le había dejado:

“No te enfades con el hombre. Él no tiene la culpa de que seas tan inútil como para dejar que me enterase de lo de la fiesta por una llamada de los del catering. La próxima vez que vayas a darme una sorpresa ten más cuidado.

Daniel Hudson”

Una vez leída la nota, Gael la dobló varias veces y la guardó en uno de sus bolsillos.

Bien, al menos ya sabía cómo se había enterado Daniel del asunto de la fiesta. Lo malo era que, con su maldito acto, su hijo acababa de dejarle en ridículo frente a centenares de personas.

Oh, sí. Gael podía ser el perfecto ángel cuando se lo proponía, pero también sabía ser un formidable demonio cuando la situación lo requería. Y desde luego, esta lo estaba pidiendo a gritos.

Ahora lo único que le quedaba por saber era dónde estaba su hijo.

 

* * * * *

 

—Tu padre nos va a matar.

Con esa sencilla frase, que albergaba una verdad que Oliver veía muy cierta y cercana, el pelirrojo expresaba todos sus temores.

Iban caminando por una de las calles de la ciudad. Habían salido del taxi. Ese que, en teoría, debía de haberles llevado a donde se daba la fiesta, pero que, en verdad, les había llevado a otra zona de la ciudad.

A pesar de que en un principio Daniel había dicho que irían a la fiesta y se vengaría allí de su padre, a la hora de la verdad el rubio parecía haber cambiado de opinión. Pues, como pudo ver el pelirrojo, poco después de que el taxi se pusiera en marcha, Daniel le había ordenado al conductor que se detuviera. Oliver le había mirado sorprendido, por supuesto, casi sin comprender a qué venía tal orden pero temiendo ya lo peor. Y poco pudo hacer cuando al rubio le dio por sobornar al taxista para que les llevase a otro lado.

—Tu padre nos va a matar —repitió, reprimiendo las ganas que tenía de darse de cabezazos contra la pared más cercana.

—Anda, no exageres. No es para tanto —rebatió el rubio, mirándole con una sonrisa en el rostro.

—¿Que no es para tanto? ¿Has sobornado al taxista para que nos trajese aquí en vez de a la fiesta y dices que no es para tanto? ¿Es que no sabes cómo se va a poner tu padre? ¿Y mi madre? ¿Tienes idea de lo que me hará nada más que me vea? ¡Me matará!

La risa suave y tranquila de Daniel contrastaba con los gritos histéricos de Oliver, quien fulminó con la mirada a su amigo, muy dispuesto a hacerle caso a su voz interior.

—Eso, tú ríete. Como no nos estamos jugando el cuello por esta estúpida idea tuya… —refunfuñó, cruzándose de brazos—. ¡Dios! ¡Debería dejarte inconsciente, llamar a un taxi y cargar contigo hasta la fiesta!

—¿De verdad harías eso? —le preguntó el chico, riéndose con más ganas ahora—. Además —añadió antes de que el otro respondiera—, la idea fue mía, ¿no? Fui yo quien sobornó al viejo ese para que no nos llevara a la fiesta, ¿cierto? Pues échame la culpa a mí —propuso, encogiéndose de hombros.

—Ah, ¿pero acaso creías que no tengo pensado hacerlo? —le interrogó el mayor, mirándole con una pizca de sorpresa—. Porque vas listo si crees que pienso cargar yo con toda la culpa.

Al contrario de lo esperado, Daniel empezó a reírse con más fuerza que antes, sacudiendo la cabeza mientras seguía caminando. En ese momento estaban encima de uno de los puentes de la ciudad. Si se asomaban a la barandilla, ambos podrían ver el río que había a más de veinte metros. Las farolas alumbraban la calle, iluminando los bancos que había en el paseo, todos ellos vacíos ya que, en esa noche tan especial, solo ellos dos paseaban por allí.

—Eres idiota —habló Oliver, viendo que, tras un salto, el chico se subía a uno de los bancos, empezando a caminar sobre él—. ¿Y ahora qué te pasa?

—Nada —respondió el chico, saltando de nuevo al suelo y volviendo a repetir el proceso con el siguiente banco.

—¿Nada? Y entonces, ¿por qué estás tan contento, pequeño saltamontes? —le interrogó—. Y yo que creía que ibas de sombrerero loco.

Y era verdad. El disfraz de Daniel era justamente de sombrero loco, salvo que este no tenía nada que ver con el hombrecillo que salía en el libro de Alicia en el País de las Maravillas.

El traje de Daniel era algo diferente. Vestía enteramente de blanco, incluido el sombrero, salvo algún que otro adorno en negro y en rojo, como una cruz roja en la parte derecha de su camisa y otra en negro en la parte central. Las mangas eran enormes y terminaban en punta, pudiendo abrocharse al pecho con todos esos cinturones que llevaba enganchadas a ellas. Por otra parte, los pantalones tenían algunas manchas rojizas que imitaban a la sangre, con alguna que otra rotura. Y, por supuesto, el sombrero que, además de estar adornado con otro par de cintos, también tenía alguna que otra aguja y hasta las gemelas le habían añadido el dibujo de un ojo.

Sí, más que un sombrerero loco, Daniel parecía un enfermo mental que se acababa de escapar de una clínica. Y eso parecía encantarle.

—Aclárate, o pequeño saltamontes o sombrerero loco —le dijo, girando un poco el rostro para mirarle y saltando del banco para quedar ante él—. Y estoy contento porque me estoy imaginando la reacción de mi padre.

Oliver bufó, poniendo los ojos en blanco. Se detuvo justo frente al chico y se cruzó de brazos.

—Esto es serio, ¿sabes? Ya verás mañana, van a rodar cabezas. Nuestras cabezas —especificó.

Daniel rió y alzó un poco la mano para posarla en el sombrero de su amigo, bajándoselo un par de centímetros.

—No me irás a decir que el gran Alucard tiene miedo —le dijo con retintín, aludiendo al disfraz del mayor: Alucard, el vampiro protagonista del manga Hellsing.

Vestido con un traje completamente negro, botas altas también negras, una camisa blanca y una corbata y un abrigo largo de color rojo, el pelirrojo (ahora moreno), llevaba también dos pistolas, una blanca y otra negra, unos guantes blancos con un símbolo pintado en ellos, unas gafas de sol y un sombrero rojo. Al final había conseguido vestirse de vampiro, sí, aunque no se había dejado llevar por el estilo clásico al igual que Gael y los suyos.

—Sabes perfectamente que mi madre da más miedo que un aquelarre de vampiros —le recordó el chico—. Y ahora, dime, ¿qué planes tienes?

En un gesto totalmente infantil, Daniel se llevó un dedo a los labios, pensativo, hasta que, tras un par de minutos, empezó a hablar:

—Divertirme. Ya sabes: salir, beber; el rollo de siempre —respondió entonando una de las frases de la canción “Salir, beber” de Extremoduro—. ¿No te gusta la idea? —añadió ahora triste al ver el hastío del mayor.

Oliver se encogió de hombros.

—Sabes perfectamente que cuando se den cuenta de que no vamos a ir a la fiesta, mandarán a buscarnos —le dijo—. Y teniendo en cuenta que Natalia sabe los lugares a los que solemos ir…

—Pues no iremos a ninguno de esos —le interrumpió el rubio con simpleza—. Me hablaron hace poco de un nuevo lugar al que podemos ir.

—Daniel, en serio, si no nos encuentran nos llamarán al móvil, así que, de todos modos, tu pequeña aventura durará poco.

—¿Eso crees?

No supo por qué pero, en el instante en el que vio la mirada y, más aún, la sonrisa que Daniel le dirigió, Oliver supo que su amigo ya estaba tramando algo.

—¿Qué has hecho ya?

—Bueno… —empezó a hablar el rubio, dándose media vuelta y alejándose a grandes y tranquilos pasos de su amigo, estirando del todo las piernas mientras tenía los brazos completamente separados del cuerpo—. Dijiste que lo más seguro es que nos llamen al móvil, ¿cierto? —Oliver asintió—. Y como sabía que si eso pasaba tú te rendirías al instante y les dirías dónde estamos, tomé medidas.

—¿Qué medidas? —le interrogó el pelirrojo, empezando a molestarse.

Daniel se detuvo. Estaba a unos cinco pasos de distancia de Oliver y este pudo ver, cuando el chico se volvió hacia él, que su sonrisa se había ampliado hasta límites insospechados.

—Medidas —respondió—. Algo tipo esto.

El rubio abrió su mano, mostrándole lo que tenía en ella: el teléfono móvil del pelirrojo.

—Daniel dame eso —le ordenó el chico, empezando a ir hacia él con la mano alzada.

—No —contestó el otro, retrocediendo según el otro avanzaba.

—Dame mi teléfono.

—Solo si me prometes que no les dirás nada —prometió.

—Ni en sueños. Y ahora dámelo.

—No. No pienso hacerlo.

Escabulléndose por poco de los brazos del mayor y sin dejar de reírse mientras tanto, Daniel se acercó un poco más al pequeño muro que les separaba del río, hasta que su espalda tocó la piedra.

—No tienes a dónde huir, así que dámelo —le ordenó por última vez el pelirrojo, sabiendo que el chico no podría escapársele.

—¿Estás seguro? ¿Y qué tal si hago… esto?

Sin borrar la sonrisa de su rostro, Daniel dejó caer el teléfono al agua. Acto seguido, se hizo a un lado al ver que su amigo intentaba coger el teléfono y que, al no conseguirlo, se volvía hacia él furioso, muy furioso.

—¿Eres idiota? ¿Sabes que el móvil era nuevo? ¡Me lo compré hace tres días! Yo te mato.

—¡Oh, vamos, Oliver, tampoco es para tanto! —trató de hacerle ver el rubio, retrocediendo un par de pasos y poniendo su mejor carita de inocencia—. Además, solo nos hemos quitado un problema de encima. Ahora ya no podrán encontrarnos.

Los ojos del pelirrojo parecían lanzar dagas aunque, por suerte para Daniel, eso no parecía afectarle. Estaba más que acostumbrado a los enfados de su amigo.

—Venga, te invito a una copa —le dijo.

Y, tras decir esto, el chico cogió al mayor del brazo, obligándole a caminar hacia ese bar del que le habían hablado.

—Está bien, voy contigo —aceptó finalmente el pelirrojo—. Pero al menos prométeme que no será peor que lo de la última vez.

—No prometo nada.

 

* * * * *

 

Tras intentar colarse en la fiesta con resultados completamente nefastos, Benji se sentía algo alicaído. Además, su cabeza no podía dejar de mostrarle lo sucedido hacía casi una hora y media, cuando un par de guardias les habían encontrado merodeando por uno de los pasillos del primer piso.

Nada más sentirse descubiertos, tanto Darío como Pablo trataron de escapar, siendo perseguidos por uno de los guardias. No así Benji. El joven, aunque hubiera acabado por colarse junto a ellos, sabía perfectamente que sería peor si, además de lo ya hecho, trataba de escabullirse de mala manera. Por ello, el moreno simplemente se había quedado parado, viendo que al cabo de un par de minutos aparecían otros dos guardias junto a Darío y Pablo.

Por supuesto, las preguntas no se habían hecho esperar. Pero, antes de que pudieran pensar en una excusa con la que salvarse, una figura más se acercó a ellos, mirándoles completamente desconcertada.

Había sido el mismísimo Iván quien se les había acercado. Y aunque no negó que los conocía cuando uno de los guardias le preguntó al ver que Darío le nombraba con cierto alivio y quizás una creciente esperanza de que ahora pudieran quedarse, Iván no se había negado a la idea de que les sacaran del edificio inmediatamente.

Por supuesto, este hecho había enfadado a Darío y a Pablo, quienes no se quedaron callados. En vez de eso, comenzaron a insultar al castaño por, según ellos, venderles de esa manera a pesar de ser amigos.

Benji, por su parte, se había conformado con mirar al castaño, intentando transmitirle con esa mirada todas esas preguntas que se agolpaban dentro de su cabeza: por qué estaba en esa fiesta, de qué conocía él al actor y, sobre todo, por qué le había mentido al decirle que iba a pasar Halloween en una fiesta sorpresa para Daniel cuando estaba claro que eso no era cierto.

Al final, y aunque se libraron de que les pasara algo más grave como que avisaran a sus padres o hasta a la policía, los de seguridad les escoltaron hasta la puerta de atrás (esa que ellos mismos habían usado para colarse en un descuido de uno de los guardias), asegurándoles que como volvieran a verles rondando por allí cerca esa noche, avisarían a la policía para denunciarles.

Tras ese desastre, ninguno de los chicos conservaba el buen humor que habían tenido cuando se juntaron. E incluso Benji pudo escuchar perfectamente como Darío prometía vengarse de Iván por no haberles ayudado, siendo inmediatamente apoyado por Pablo.

Desde eso, como Benji sabía perfectamente, habían pasado casi noventa minutos. Ahora ya no estaban en la calle dando vueltas por ahí, sino que habían ido a la discoteca donde, desde un principio, habían quedado con algunos chicos del equipo y otros amigos de ellos.

Y ahí era donde estaba Benji, sentado junto a otros cuantos chicos de los cuales no conocía ni a la mitad. Tenía una bebida frente a él, pero apenas la había probado. Por mucho que no quisiera, su cabeza todavía estaba dándole vueltas a lo sucedido y el mensaje que había recibido del castaño, ese “te lo explicaré todo mañana”, no parecía hacer más que aumentar sus dudas.

El golpe en el costado por parte de uno de los chicos logró sacarle de sus pensamientos. Intrigado, Benji alzó la mirada, desviándola por fin de su vaso para centrarla en el chico que había a su derecha, el mismo que acababa de golpearle.

—¿Qué? —le preguntó con un tono cortante que el chico pasó por alto.

En vez de responderle inmediatamente, el chico señaló la barra del bar con la cabeza con un gesto nada sutil que evidenciaba su estado de embriaguez. A su vez, Benji miró hacia allí, encontrándose con una joven disfrazada de arlequín que tenía centrada su vista en él.

—No ha dejado de mirarte desde que llegaste —le susurró el chico con esfuerzo y una sonrisa boba en su rostro.

Benji la miró. La joven tenía, al igual que él, la cara pintada de blanco, con los labios en rojo, una graciosa peca en la mejilla derecha y un antifaz. Llevaba puesto un vestido de arlequín de colores rojo y negro, calzando también unas botas del mismo color (la derecha negra y la izquierda roja). Además, según pudo ver el chico desde su asiento, parecía llevar dos pistolas, algo que, a decir verdad, no casaba del todo con el conjunto y que le hizo pensar que quizás la chica no fuera de un simple arlequín, sino de Harley Quinn, la eterna enamorada del Joker.

Al ver que la miraba, la chica le sonrió, guiñándole un ojo e incluso haciéndole un gesto para que se acercase. Benji se sonrojó ligeramente. No tenía pensado ligar esa noche. Solo había salido para pasárselo bien con sus amigos. Pero, ahora que lo pensaba, quizás eso le serviría para dejar de pensar en cierto tema.

Al final, e importándole poco lo que el chico que estaba a su lado le estuviera diciendo en ese momento, Benji se levantó, cogió su vaso y avanzó hacia la chica que, nada más verle, amplió su sonrisa.

 

* * * * *

 

Varias horas después de lo sucedido en el paseo del puente, y tras haber pasado por numerosos pubs de la ciudad con la única intención de emborracharse, Daniel había acabado arrastrando a Oliver a otro local de ambiente. Al parecer, ya se había aburrido del último.

Al igual que el resto de bares de la ciudad, este estaba lleno. De hecho, casi parecía que no entraría ni un simple alfiler. Pero a pesar de la enorme cola que había, ninguno de los dos tuvo que esperar para poder entrar; pues, nada más ver al rubio, los dos porteros que custodiaban la entrada al local le dieron paso saludándole incluso con un leve gesto de cabeza.

—¿Alguna vez me vas a contar cómo haces para que nos dejen entrar en todos los bares sin esperar cola o enseñar el DNI? —le interrogó el pelirrojo ya que era algo que nunca comprendía y que siempre le sorprendía.

Daniel se encogió de hombros.

—Secreto profesional —gritó para que le escuchara aun por encima de la música que inundaba al local—. Ven, vamos a la barra.

—Daniel… —empezó a decir el mayor, quien no veía con buenos ojos que el rubio siguiera bebiendo, menos aún si tenían en cuenta todo lo que se había bebido ya y su embriaguez.

—Te prometo que te lo digo si me invitas a una copa —le aseguró el chico.

Oliver suspiró y, aunque sabía que estaba mal, terminó asintiendo. La curiosidad era una mala amiga y parecía que Oliver acababa de descubrirlo.

Así, ambos chicos se acercaron a la barra, pidiendo sus bebidas al primer camarero que se les acercó. Pero antes de que Oliver tuviera tiempo de saciar su curiosidad al interrogar a su amigo, una figura familiar se acercó a ellos.

—Vaya, vaya. ¿Cómo es que estáis vosotros dos aquí? —les preguntó Julio que era quien se les había acercado.

Oliver, que ni siquiera le había visto venir, tragó saliva, aliviado porque Daniel estuviera a su lado ya que eso impediría que Julio se le declarara o empezara a interrogarle.

—Hola, Julio —le saludó finalmente—. ¿Cómo tú por aquí?

El chico le sonrió, sin que se le pasara desapercibido el que Daniel solo le había dirigido una leve sonrisa como saludo antes de centrar la vista en algunos de los jóvenes que bailaban a un par de metros.

—Vine con un par de amigos —se explicó el castaño, que iba disfrazado de gánster con un traje a rayas—. ¿Y vosotros? Raúl me dijo que teníais una fiesta o algo así.

—Sí, pero nos escapamos —mintió Oliver, poco dispuesto a contar lo que había pasado en realidad.

Julio asintió, pensando en la suerte que había tenido de que Oliver y él se hubieran encontrado. Sobre todo teniendo en cuenta que no se habían vuelto a ver desde lo de la biblioteca.

—Tengo que hablar contigo —le dijo, pronunciando exactamente las mismas palabras que Oliver había esperado no tener que escuchar—. ¿Por qué no coges mis llamadas ni respondes a mis mensajes? —le interrogó el castaño, algo molesto por tal suceso.

Oliver suspiró. Sabía que había actuado como un cobarde al hacer precisamente lo que el chico acababa de decirle, pero también sabía que el momento de hacer frente a la situación había llegado, para su eterna desgracia.

—Julio, yo… —comenzó a decir, aguantándose las ganas de pasar el pelo tras la oreja, como acostumbraba a hacer siempre que estaba nervioso—. Yo…

La verdad era que no tenía ni idea de qué iba a decirle. Y eso debió de concluir el castaño ya que, tras esbozar una pequeña sonrisa al ver así de titubeante al chico, se acercó aún más a él, pegando casi sus cuerpos e inclinándose un poco para poder hablarle al oído:

—El negro te sienta bien —le dijo, cogiendo un mechón de pelo entre sus dedos—. Pero prefiero el rojo. Estás mucho más sexy.

Al igual que el otro día en la biblioteca, el cuerpo de Oliver tembló al sentir los dientes del castaño en la piel de su cuello y sus manos posadas en su cintura. Pero, al contrario que esa vez, Oliver no se quedó quieto.

Sabiendo que tenía que acabar con todo ese asunto cuanto antes, Oliver posó sus manos en el pecho del mayor, alejándole de su lado.

—Esto tiene que acabar —le dijo, mirándole fijamente y completamente serio.

Julio enarcó una ceja, sorprendido por la acción del pelirrojo.

—¿Acabar? —preguntó—. ¿Qué es lo que tiene que acabar?

—Todo —respondió el otro, cruzándose de brazos—. Sí, no he cogido ninguna de tus llamadas ni he contestado a tus mensajes.

—¿Y por qué no lo has hecho? —le interrogó Julio.

—Porque no quería responderte —le confesó.

—¿Responderme? —repitió el chico sorprendido—. ¿Quieres decir que ya sabías lo que quería preguntarte y por eso me has estado evitando todo este tiempo? —Oliver asintió—. ¿Por qué?

El pelirrojo suspiró. Había llegado la hora de confesar, de decirle lo que en verdad pensaba por mucho que eso pudiera herir los sentimientos de su amigo. Porque eso era, su amigo, y sabía que nunca sería nada más para él.

—Sé que querías pedirme salir, Julio —empezó a decir—. Pero también sé que por mucho que lo intente, nunca podré verte como algo más —confesó—. Lo siento.

Julio parpadeó, sorprendido. Sabía que no las tenía todas consigo, que lo más seguro era que el pelirrojo le dijera que no. Pero una cosa era pensarlo, y otra muy distinta acabar de escucharlo de sus propios labios.

—¿Es por Daniel? —le preguntó, ahora serio.

—¿Daniel? —repitió el pelirrojo, enarcando una ceja, confundido.

—Sí, Daniel. ¿Es por él? ¿Por eso me rechazas?

Oliver negó con la cabeza. No tenía ni idea de porqué Julio pensaba que Daniel tenía algo que ver en toda esa situación, pero no era así.

—Esto no tiene nada que ver con Daniel —le aseguró—. No sé por qué me lo preguntas.

Sin poder evitarlo, el castaño lanzó una pequeña carcajada, sin creérselo.

—No me lo creo —le dijo—. No me creo que esto no tenga que ver nada con Daniel. Siempre rechazas a todos los que te lo piden y casi siempre rompes todo contacto con ellos. Pero con Daniel no. Daniel siempre está el primero de tu lista. Él es la única persona por la que abandonarías a todos y a todo con tal de ayudarle. ¿Crees que no me he dado cuenta de que estás enamorado de él? Además —añadió sin dejarle hablar—, ¿a qué estás esperando, Oliver? ¿A un príncipe azul?

Perplejo, Oliver escuchó todas y cada una de las palabras del chico que estaba ante él, sin poder creerse lo que escuchaba. Era cierto que había rechazado a todos los que le pedían salir. También lo era que hasta con alguno de ellos tuvo que romper todo contacto, pero eso solo había sido por la actitud del otro, no por voluntad propia. Y, por supuesto, era cierto que siempre estaba dispuesto a ayudar a Daniel a cualquier costa, aunque para ello tuviera que cancelar sus planes. ¿Pero de ahí a que estuviera enamorado de Daniel? ¡Por favor! El sólo pensarlo le provocaba un ataque de risa. Sobre todo si tenían en cuenta las dos últimas preguntas del castaño.

—No, Julio, no estoy enamorado de Daniel. Él solo es mi mejor amigo, nada más —le aclaró—. Y ¿un príncipe azul? —El chico sonrió, negando con la cabeza—. Yo paso de eso. Los príncipes azules no saben hacer más que salvar princesitas en apuros, y yo para eso no necesito ayuda de nadie. Yo lo que quiero es un lobo feroz —añadió—. Te ve mejor, te oye mejor, y, sobre todo, te la come mejor. ¡Es un chollo!

Oliver sacudió la cabeza, riéndose por lo bajo, aunque volviendo a enseriarse al mirar al castaño.

—Lo siento, Julio, pero no puedo salir contigo.

Dicho esto, el pelirrojo se dispuso a separarse del castaño, volviéndose hacia su izquierda, lugar donde debería estar Daniel. Debería, sí. Porque como acaba de descubrir, el rubio había desaparecido.

 

* * * * *

 

Aprovechando que Oliver parecía muy entretenido hablando con Julio, y puesto que quedarse aburrido en la barra no le parecía un buen plan, Daniel se separó del pelirrojo dispuesto a pasárselo bien.

Con la copa en la mano y andares un poco torpes debido a su estado, el chico llegó hasta la muchedumbre que bailaba al ritmo que les ponía el DJ que pinchaba esa noche, sin importarle nada que alguno de los chicos del lugar se le acercaran nada más verle, pegándose a su cuerpo.

Sonrió. Le encantaba bailar, cerrar los ojos y dejar que la música le inundara, sin importarle demasiado que la gente le mirara y se le acercara. Los minutos pasaban. No sabía nada de Oliver y estaba mucho mejor así. La bebida iba desapareciendo poco a poco, mientras el chico se divertía intercambiando algunos besos atrevidos con los dos chicos que estaban a su lado. Todo ello sin dejar de bailar.

Pero, en el mismo momento en el que sintió que los dos chicos se alejaban de él, el rubio no pudo evitar mirar confundido a su alrededor, sin comprender por qué habían hecho eso, ya que no veía la cara de malas pulgas de Oliver por ningún lado.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.

La voz en su oído le hizo detenerse un instante, volviéndose luego hacia el joven que se le había acercado y acababa de hablarle. Era mayor que él. Probablemente tendría unos veinte años, no muchos más; era moreno, alto y estaba bastante bueno. Sin mucho músculo, pero sin llegar a ser un enclenque. Los rasgos de su cara estaban bastante marcados, y sus ojos, de un verde botella, estaban fijos en su persona, sonriéndole lujuriosamente.

—¿Te conozco? —le preguntó, ya que no recordaba al chico, disfrazado de diablo, que estaba ante él.

El desconocido asintió. Se acercó aún más a su lado, dejándole ver, al inclinarse un poco, los dos cuernecillos rojos que, junto a su vestimenta completamente negra salvo el chaleco y la capa roja, hacían recordar a un diablo con su tridente.

Sissignore —le respondió, hablando en italiano—. ¿No te acuerdas de mí?

Daniel le miró fijamente, intentando recordar. Pero, por mucho que lo intentaba, ningún nombre le venía a su memoria.

—No. Lo cierto es que no. ¿Quién eres?

El mayor chascó la lengua, disgustado, y ladeó un poco la cabeza mientras empezaba a hablar:

—Nos conocimos el año pasado en Roma. Estabas con tu padre —le dijo sin dejar de mirar el rostro del chico, buscando alguna reacción que le dijera que le había recordado—. Es más, tu padre y el mío se conocen. Digamos que el mío le ayudó a preparar su papel para su última película.

A pesar de que Daniel acababa de recordar por fin al chico, nada en su rostro parecía demostrar tal cosa y, por supuesto, el rubio no estaba dispuesto a ponérselo tan fácil. Tenía ganas de jugar un poco más con él.

—Recuerdo que fui con Gael a Roma el año pasado, y también recuerdo que me llevó con él a ver al mafioso que le estaba ayudando a preparar su papel, pero… Lo siento pero no, a ti no te recuerdo. ¿Quién eres?

El otro frunció el ceño, sin saber si el chiquillo que estaba frente a él le estaba mintiendo o si era cierto que no le recordaba.

—Soy Ángelo, el hijo de Dominique —se presentó por fin, a lo que Daniel sonrió internamente al ver que no se había equivocado en su suposición—. Nos conocimos cuando tu padre te llevó con él uno de esos días, y terminamos acostándonos ese mismo día. ¿Me recuerdas ya?

Con gesto pensativo, Daniel fingió ponerse a pensar, aunque en verdad le recordara perfectamente. Sí, había sido tal y como Ángelo acababa de decirle. Su padre le había convencido para ir a Roma con él durante una semana, diciendo que así podrían aprovechar para pasar algo más de tiempo juntos. Y él había acabado aceptando, aunque solo fuera para dejar de escuchar las estúpidas súplicas de su padre.

Había sido así como Gael le había llevado a conocer a Dominique, uno de los mafiosos más poderosos de Italia. Este, muy amablemente, había accedido a ayudar a Gael con su papel, pues al parecer los dos adultos parecían conocerse de antes y, además, el mafioso era un gran fan de su padre.

Allí era donde había conocido a Dominique, y, por supuesto, al hijo de este: Ángelo. Un joven que le había llamado la atención nada más verle. Y, aprovechando que el joven tampoco le quitaba la mirada de encima, Daniel había dejado que el chico le siguiera hasta el jardín de la mansión en la que estaban, acabando por follar con él detrás de un par de matos.

Lo que nunca había pensado era que volvería a ver al chico. Menos aún que este le reconocería, ya que apenas se habían visto ese día y únicamente por un par de horas. Muy bien aprovechadas, eso sí.

—No. Lo siento pero no, sigo sin recordarte —mintió—. Quizás si me das un beso…

El tono inocente del crío le estaba excitando aún más de lo que ya estaba, y poco le importaba ya a Ángelo que el chico no le recordase o le estuviera mintiendo. Así que, aprovechando una columna que había cerca de ellos, empujó al rubio hacia ella, cercándole entre su cuerpo y la columna, pasando a comerle la boca con tanta lujuria como desesperación.

Daniel no dijo nada al ver que el otro le obligaba a retroceder. Y, nada más sentir los labios de él uniéndose a los suyos, respondió con la misma intensidad que la del mayor, pasando sus brazos alrededor de su cuello y rozando su cuerpo contra el de este.

Se había acostado con él por la atrayente idea de hacerlo con un mafioso, pero no podía negar que el chico estaba bueno. Y tras ese último año, estaba aún mejor.

—¿Sabes? Creo que ya te recuerdo —le dijo cuando el mayor puso fin al beso.

—¿Ah sí? Eso está mejor, mucho mejor.

Sin borrar la sonrisa de su rostro, Ángelo volvió a acercarse al chico, tomando posesión de sus labios nuevamente y, quizás, de algo más. Poco le importaba al joven que estuvieran en mitad del bar y que todo el mundo podría descubrirles. Solo sabía que iba a tener lo que quería, y lo que quería era el cuerpo de ese chico.

Sin embargo, antes de que pudieran pasar de unos simples besos y algunas caricias atrevidas, alguien agarró a Ángelo del brazo, empujándole hacia atrás.

Sorprendido, el joven miró a los dos chicos que acababan de aparecer a su lado, uno moreno y otro castaño. Se fijó más en el moreno que, en ese mismo instante, estaba gritándole al rubio.

—¡Llevo buscándote casi media hora! ¡Me despisto cinco segundos y te pierdo!

—Eh, tú, será mejor que te pierdas —le dijo Ángelo, cogiéndole del brazo para obligarle a mirarle, empezando a enfadarse.

—¡Estoy hablando con mi novio, déjanos en paz! —le contestó mordaz el moreno.

Las palabras de Oliver provocaron dos cosas: la primera que Ángelo le mirara con odio, no sólo porque le acabara de joder un polvo, sino por las palabras que acababa de escuchar. Y la segunda, que Julio, que había accedido a ayudarle a buscar a Daniel, entrara en shock al escuchar esas palabras que el chico había pronunciado y que negaban todo lo que este le había dicho antes, afirmando todas sus sospechas.

—Pero… —trató de quejarse Daniel, intentando deshacerse del agarre del otro.

—¡Nos vamos!

—¡Oliver!

Sin soltar ni un instante la mano de Daniel, el pelirrojo cruzó la marea de gente que se interponía entre ellos y la puerta del local, ignorando por completo a Julio, que le miraba perplejo, y a alguno de los otros chicos que conocía.

Estaba cabreado. Lo único en lo que pensaba en ese momento era en salir de ese bar y volver a casa, y le daba igual si tenía que ir cargando con el rubio todo el camino.

Por su parte, Daniel intentaba desasirse del agarre de su amigo, balbuciendo palabras que ni siquiera parecían tener sentido en su cabeza. Porque sí, estaba borracho; demasiado, a decir verdad. Sin poder evitarlo, Daniel se vio arrastrado por la calle, hasta llegar a un pequeño parque infantil que quedaba a dos calles de donde habían estado.

—¡Joder, Oliver, suéltame! —logró exclamar por fin el pequeño.

El pelirrojo se detuvo, mirándole iracundo pero sin hacer caso a sus palabras.

—¿Se puede saber qué coño fue eso? —le gritó furioso, a lo que el rubio enarcó una ceja—. ¡Un poco más y acabáis montándooslo en mitad del bar!

—¿Desde cuándo te molesta que folle o dónde folle? —le preguntó Daniel, confundido, ya que lo que menos se esperaba era un ataque de celos por parte de Oliver.

—Me importa una mierda que folles o donde folles —le aclaró el mayor, sin relajar el tono—. Pero joder, Daniel, me prometiste que esta vez te comportarías. ¡Y mira cómo has acabado! —añadió, señalándole.

—Mentí.

—¿En serio? Y yo que no me había dado ni cuenta —ironizó el pelirrojo poniendo los ojos en blanco.

Daniel empezó a reírse cada vez más fuerte, intentando librarse de los brazos de Oliver, a pesar de que eran estos los que le mantenían en pie.

—Pues ahora, nos vamos a casa.

—¿Qué?

La risa del rubio cesó al instante, pasando a una cara triste, morritos y ojos suplicantes.

—No puedes hablar en serio.

—Hablo muy en serio, Daniel. Me prometiste que te comportarías y…

—¡No quiero volver a casa! —exclamó Daniel, ofuscado, tal y como si fuese un niño pequeño, y empezó a forcejear dentro del abrazo del otro.

—Me da igual lo que quieras. Ahora mismo cogemos un taxi y volvemos a casa… ¡Daniel!

Molesto y enfadado a partes iguales, Oliver no pudo hacer nada cuando el rubio consiguió zafarse de su agarre, empezando a correr para alejarse de su lado.

—¡A que no me pillas! —Le oyó reír, tratando de mantener el equilibrio mientras seguía corriendo.

El pelirrojo suspiró. Estaba acostumbrado a que Daniel le armara alguna cuando salían, pero sabía perfectamente que esa ocasión no era como las demás. Puede que Daniel quisiera vengarse de su padre por no contarle lo de la fiesta, pero esa no era la única razón por la que el rubio se había resistido a acudir a ella. La verdadera razón era otra y Oliver la conocía de sobra.

—Daniel, venga, deja de correr de una vez —le gritó, empezando a ir tras él.

Las risas del rubio y el que el chico le sacara la lengua, fue la única respuesta que obtuvo el pelirrojo. ¿Lo malo? Que para hacerle ese gesto, el menor había tenido que girar la cabeza, perdiendo el equilibrio al chocarse contra un joven que pasaba por ahí en ese mismo instante.

Debido al golpe, Daniel empezó a caer; pero, por suerte para él, el joven le cogió antes de que tocara el suelo.

—¿Estás bien? —le preguntó este.

Daniel le miró, asintiendo. El chico parecía unos cuantos años mayor que él, y era bastante sexy. Estaba seguro de que había salido esa noche a ligar, ya que su ropa, un disfraz de vaquero bastante revelador, así se lo demostraba. Sonrió.

—Sí. Lo siento.

—No pasa nada.

Oliver llegó en ese mismo momento, agarrando a su amigo y separándole del otro, quien solamente les miró.

—Bonito disfraz —le dijo—. Alucard, ¿cierto?

El pelirrojo asintió, sorprendido de que le hubieran reconocido. Por su parte, el otro joven solo sonrió, centrando su mirada ahora en Daniel.

—Parece que se ha pasado con la bebida ¿eh?

—Sí, más bien. Bueno, adiós.

Sin esperar respuesta alguna, Oliver empezó a andar, alejándose del joven por más que Daniel se resistiera a caminar. Sentía la mirada del otro en ellos, pero pronto salieron de su campo de visión al tomar un desvío por una zona de hierba.

—Nos vamos a casa —habló, volviéndose hacia Daniel—. Y ni se te ocurra protestar.

—¡No quiero irme! —protestó igualmente el chico, sin dejar de forcejear—. Es pronto aún, y no quiero ir a casa.

—Me da igual qué hora sea. Nos vamos ya —replicó el mayor, afianzando el agarre. Sabía que si Daniel se soltaba, no tardaría en caerse al suelo—. Estás borracho y apenas te tienes en pie.

—¡No! —exclamó el menor, consiguiendo por fin soltarse.

Pero, por mucho que ahora estuviera libre del agarre del pelirrojo, el equilibrio del rubio seguía siendo igual de malo que antes. Peor ahora que, por culpa del esfuerzo, había acabado retrocediendo más pasos de los que debería, empezando a caer.

En un intento desesperado, se agarró a Oliver, con la mala suerte de que este también empezó a caer, acabando en el suelo encima del rubio.

—¡Auch! —se quejó Daniel, sobándose la cabeza varias veces, todavía agarrado a Oliver.

El pelirrojo suspiró. Se había hecho algo de daño en las manos, pero tampoco demasiado, ya que había caído sobre blando. Intentó levantarse, pero el agarre del otro se lo impedía. Miró al rubio, descubriendo que este le miraba fijamente.

—¿Daniel?

Los labios del rubio se unieron a los suyos antes de que pudiera seguir hablando. Enormemente sorprendido por esta acción, Oliver notó los brazos del rubio rodeando su cuello, intentando atraerle aún más.

Los dientes mordían sus labios y la lengua intentaba adentrarse en su boca, todo mientras el chico se rozaba contra él.

—Da-Daniel…

Apoyándose solamente en sus piernas, Oliver cogió las manos del menor, obligándole a separarse de sí y mirándole extrañado.

—¿Qué haces?

Daniel arqueó una ceja, mirándole sin comprender.

—Creo que eso está claro, ¿no? —susurró, alzando un poco la cabeza para atrapar el labio inferior de Oliver entre sus dientes.

Oliver se apartó, girando un poco el rostro para impedir que el otro le besara de nuevo.

—Oliver…

—Esto no está bien —le interrumpió él, negando con la cabeza para acabar mirándole a los ojos—. Deberíamos irnos.

De nuevo, el chico hizo el amago de levantarse pero, rápido como el rayo, Daniel de detuvo.

—¿Por qué? —Le oyó preguntar—. ¿Por qué dices que no está bien? ¿Por qué si yo sí quiero?

Suspiró. El aliento del rubio chocaba contra la piel de su cuello, sus labios dejaban pequeños besos en esa zona, mientras sus manos recorrían su pecho aún por encima de la ropa, bajando hasta la cintura.

—Daniel esto no está bien —repitió, sujetándole de nuevo las manos con las suyas—. Es tarde, estás borracho y no…

—¿Y desde cuándo importa que esté o no esté borracho? —le cortó el menor, hablándole al oído.

—Podría vernos alguien —trató de resistirse, cerrando los ojos al sentir una de las manos del rubio, esa que había escapado de su prisión, colándose por debajo de su ropa hasta llegar a su piel.

—Oliver, son más de las cinco de la mañana. ¿Quién podría vernos?

El aludido suspiró de nuevo. Desde luego, las caricias y los besos del otro no le estaban ayudando con la idea de que tendrían que irse de allí. En todo caso, parecían invitarle a quedarse y abandonarse al placer.

—Por favor —suplicó el pequeño, cuyos labios habían bajado de nuevo hasta la garganta del pelirrojo, centrándose en su nuez sabiendo que ese era su punto débil—. Oliver.

Un jadeo salió de los labios del mayor. Oliver cada vez se veía más incapaz de decirle que no al rubio, de negarse a lo que este le hacía y le prometía con sus gestos.

Sabía por qué lo hacía, por supuesto. Sabía que no era el hecho de follar lo que quería, sino el alivio de olvidar. Lo sabía porque, desde que había descubierto lo de su madre hacía tres años, todos sus cumpleaños habían sido iguales, con Daniel completamente borracho y buscándole, suplicándole para que aceptase y le ayudara a olvidar.

Y él lo hacía. Lo hacía porque no podía negárselo, porque sabía que era lo mejor que podía hacer para ayudarle por mucho que después su conciencia le echara en cara su gesto.

Y, sabiendo esto, Oliver giró el rostro, atrapando los labios del rubio con los suyos, mordiéndolos con furia y abriéndose paso con su lengua a la fuerza. Sabía bien que eso era lo que Daniel quería, que no eran mimos ni caricias lo que el chico buscaba, sino algo bastante más rudo, mucho más.

Daniel gimió. Ahora que había conseguido que Oliver aceptara, no pensaba perder la oportunidad y, por supuesto, no pensaba conformarse con ese ritmo tan sumamente lento. Por ello, y ayudándose de su otra mano, el chico sacó la camisa de Oliver de debajo de sus pantalones, colando sus manos por ese pequeño espacio que acababa de abrir al mismo tiempo que rozaba su cuerpo contra el de este.

A su vez, las manos del propio Oliver habían bajado hasta su cintura, centrándose en apartar de mala manera la ropa que le estorbaba y desabrochar los pantalones del rubio. Los cuerpos se rozaban, los dientes mordían la piel y las uñas se hundían en el cuerpo del contrario. Todos los movimientos eran bruscos. No parecía haber ni una pizca de cariño en ellos, y, aun así, ambos chicos estaban excitados.

Separándose un poco de Daniel, Oliver se quitó el abrigo dejándolo a un lado, junto a los sombreros de ambos y las gafas que se les habían caído antes. Justo después, se volvió a juntar a Daniel, comiéndole la boca con la misma desesperación que el menor parecía tener, mientras sus manos bajaban hasta las piernas del chico, tirando de su pantalón hacia abajo. Daniel alzó las caderas para facilitarle la acción, todo esto mientras desabrochaba el pantalón de Oliver y colaba una de sus manos por dentro de la ropa interior del chico.

El gemido del pelirrojo fue fácilmente audible entre todo el silencio que les rodeaba. El chico había cerrado los ojos al notar la mano de Daniel empezar a masturbarle, pero volvió a abrirlos, acercando su rostro al del rubio para preguntarle una sola palabra:

—¿Dónde?

—Bolsillo trasero —respondió el chico con una pícara sonrisa.

Oliver asintió, agarrando con sus manos los brazos del chico, alejándole de su lado sólo para obligarle a voltearse. Daniel se dejó hacer, terminando arrodillado sobre la hierba, con los pantalones y la ropa interior por las rodillas y la cabeza ladeada hacia el mayor.

—Hazlo —le ordenó más que pidió al ver que el pelirrojo ya se había puesto el condón.

Así, sin ninguna delicadeza, Oliver cogió su miembro con una mano, acercándose al rubio para embestirle de una sola estocada.

Daniel gritó, e incluso alguna que otra lágrima rebelde salió de sus ojos. Pese a todo, no se detuvo a esperar a que el dolor se mitigase. Sabía lo que quería y lo quería ya.

Empezó a moverse, arrastrando con él a Oliver. Se sujetó con uno de sus brazos mientras se masturbaba con la otra mano, dejando que todos esos gemidos que el otro le provocaba salieran libres de su boca.

—Más. Oliver, más —murmuró.

El aludido hizo lo que le pedían. Aumentó el ritmo, embistiéndole cada vez con más fuerza, notando que el cuerpo del rubio temblaba por sus actos y oyendo los gemidos que ninguno podía acallar. Y al cabo de unos minutos, ambos terminaron.

Agotado, Daniel se dejó caer sobre la hierba, sin importarle el poder mancharse. Por otra parte, Oliver se separó de su amigo. Y, tras reponerse mínimamente, se quitó el condón y se abrochó los pantalones, volviéndose luego hacia Daniel para ayudarle a levantarse y vestirse.

El chico se levantó, y, con gestos algo torpes, se subió la ropa y se la acomodó. Acto seguido, se volvió hacia el pelirrojo, le abrazó por la cintura y apoyó la cabeza en el pecho de este.

—Oliver… —le llamó en apenas un susurro.

—¿Sí?

—Gracias. —Oliver no dijo nada. La culpa ya estaba empezando a acuciarle—. Y ahora, vámonos a casa, por favor.

—Claro.

Eat me.

Después de la última guerra mundial, la humanidad empezó a sufrir algunos cambios a consecuencia de las armas químicas y la radiación.

Tras los millones de muertos, los que quedamos vivos descubrimos que casi todos hemos mutado. La gran mayoría de estas alteraciones no se notan a simple vista, otras sí. Y, sin embargo, son las primeras las más peligrosas.

Entre estas, hay un grupo mayoritario comúnmente llamado los Zombis en honor a esas criaturas ficticias que salen en los viejos cómics. Quizá sería más acertado llamarles caníbales, aunque la verdad es que tienen diferencias con ambos.

La primera y más significativa es que no han muerto para luego volver a la vida como una criatura ansiosa de carne humana. Tampoco pueden infectar a nadie con un mordisco o un arañazo, y pueden morir como cualquier otro, no solo si les cortas la cabeza o si les pegas un tiro en ella. Tienen sentimientos, hablan y razonan como cualquier otra persona. Lo que les distingue es que comen carne humana.

Aquí sería quizá cuando podríais decirme que entonces son caníbales en vez de zombis. No obstante, aunque he de admitir que tenéis vuestra parte de razón, también he de deciros que estáis muy equivocados.

Un caníbal es una persona que, por una razón u otra, ha comido carne humana. Quizá le gustó, quizá no. Quizá lo hizo por curiosidad o quizá por verdadera necesidad. Yo he comido carne humana en más de una ocasión. ¿Por qué? Sencillo: para asegurarme seguir vivo al día siguiente en este mundo donde la comida no es fácil de conseguir y es más complicado aún mantenerla.

Y es justo a este punto a donde quiero llegar. Porque habré comido carne humana, sí, pero nunca me he considerado un caníbal y menos aún soy como ellos. ¿Qué nos diferencia? Que tanto los caníbales como yo podemos alimentarnos de otras cosas. Ellos no.

Ellos únicamente comen carne humana. Están locos por ella. Son los grandes superdepredadores aquí y, creedme, harían cualquier cosa para conseguirla; primero porque la necesitan y segundo por el poder que les otorga.

He visto a muchos de estos zombis atrapar y comer a cualquier incauto que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Les he visto darse auténticos festines sin importarles ni quién ni qué era su víctima: hombre, mujer, anciano, adulto, niño…

Y puede estar mal decirlo, pero todas esas veces que he presenciado algo así, no he podido más que asombrarme e incluso excitarme por ello. Pensad que estoy loco si así lo queréis, pero yo os aseguro que vosotros sentiríais lo mismo y, como yo, también desearíais ser ese pobre chico al que se follan mientras se lo comen.

Sí, habéis leído bien. Siempre follan cuando comen, o comen al que se follan, si lo preferís así. Siempre me pareció algo curioso y hasta hace realmente poco no he sabido la razón tras ello. ¿Os gustaría saberla? Es bastante simple, en realidad: la carne sabe mejor cuando la víctima no sabe que va a morir que cuando muere estando tensa y asustada. Por eso lo hacen. Y así, su víctima dice adiós a este cruel y degenerado mundo al sumirse en el mayor éxtasis de su vida. Como veis, no es una mala forma de morir. Os aseguro que las hay mucho peores. Quizá por eso nunca huí de él.

¿Quién es él? Esa respuesta es fácil, y quizás algunos de vosotros ya la conocéis después de lo que acabáis de leer. Sí, él es uno de ellos, un zombi, caníbal o como queráis llamarle. Es uno de los más poderosos entre los suyos (lo que se mide por la cantidad de personas comidas por él) y también uno de los más ricos en lo que queda de “sociedad” en el mundo. Y también fue quien me salvó cuando un par de zombis intentaron comerme hace unos años.

¿Por qué lo hizo? Esa respuesta también sería sencilla si ya os hubiera dicho quién soy yo. Como no lo he hecho, me explicaré.

Si durante estos veintitrés años que llevo vivo siempre he tenido que cuidarme de los zombis, e incluso a veces he escapado de ellos por los pelos, no es porque tenga una mutación que los atraiga. Todo lo contrario. En realidad, soy uno de los pocos humanos puros que siguen vivos, libres de cualquier tipo de mutación pero con la mayor maldición de todas: todos quieren cazarnos.

En este momento en el que los humanos puros estamos casi extintos, cualquiera de los ricachones pagaría una verdadera fortuna por la posibilidad de exponer un trofeo así, de tener un esclavo así. Pero los peores son los zombis. Ellos nos huelen. Hay algo en nuestro olor, en mi olor, que les atrae y les dice que soy distinto a cualquier otro. Por eso los cazadores los usan para encontrarnos. Y por eso también cualquier zombi intentará comerme aunque acabe de darse un festín.

Ahora quizá podáis comprender por qué me salvó de ese par de zombis que a punto estuvieron de comerme hace unos años. No fue un acto caritativo y, por supuesto, no dejó que me fuera tras matar a los otros dos.

Desde entonces he vivido con él en su mansión. Y aunque cuando me trajo pensaba que me comería a la hora de la cena, pronto pude ver que eso no pasaría. Me dio de comer, algo que agradecí ya que estaba famélico tras varios días sin probar bocado; me dejó asearme y me dio nuevas ropas con las que reemplazar las prendas viejas y rotas que llevaba puestas. Y, acto seguido, me dejó dormir todo lo que quise en una habitación que pronto consideré mía.

Sí, era un trofeo, un esclavo o un juguete, como queráis llamarme. Lo sabía tan bien como vosotros y por eso traté de escapar.

Lo intenté muchas veces y en todas fracasé. Si no eran sus guardias los que me pillaban, era él. Una vez incluso me rompí la pierna al caer desde el tejado y, aun así, volví a intentar escapar.

Como podéis suponer, esto no le gustó. A nadie le gusta cuando su nueva mascota desobedece e intenta irse. Llegó un punto en el que me encadenó para evitarlo. Y también llegó el punto en el que me enfrenté a él y le dije que si me iba a comer, que lo hiciera ya.

Él se rió. Su cristalina risa inundó la habitación dejándome confundido. “No voy a comerte –me dijo-. Si quisiera comerte, lo habría hecho en el mismo callejón donde te encontré”.

Y le creí. Le creí porque sabía que decía la verdad. Porque nada era más fácil para él que comerse a un crío moribundo y al que nadie echaría de menos en un callejón. Aun así me enfrenté a él. Porque aunque no quisiera comerme hoy, eso no quería decir que no lo haría mañana. Además, en mis planes no estaba ser el trofeo de nadie.

Le dije que quería irme y él me dijo que no podía ser. Le dije que no pensaba ser su trofeo y me reí con sarcasmo cuando él me respondió que no lo era. No le creí, por supuesto. Había aprendido a no fiarme ni de mi propia madre y menos aún pensaba fiarme de él. Sin embargo, encadenado como estaba no podía seguir con mis intentos de huida, así que intenté escapar de otra forma.

Empecé a no comer. Cada día me tumbaba en la cama y dejaba que las jugosas piezas de fruta y la sabrosa comida que el servicio me traía se enfriaran hasta que eran reemplazadas por la siguiente comida. Y podía sentir a mi estómago gruñir por el hambre, pero más férrea era mi voluntad.

Nada me hizo comer. Ni el hambre, ni las súplicas de la chica del servicio y mucho menos las amenazas de él. Estaría hambriento, pero si comer significaba ser su esclavo, prefería morir de hambre.

A las dos semanas apenas tenía fuerzas ya para levantarme de la cama, menos aún para arrastrarme si quería hasta la bandeja llena de comida que seguían trayéndome con la esperanza vana de que ese día sí comería. Estaba débil, más de lo que nunca he estado, y por eso no levanté la mirada cuando él entró en la habitación.

Esa vez no me amenazó para que comiera. No intentó asustarme como había hecho antes, amenazando con comerme. Supongo que no le había gustado mi respuesta de “Adelante, hazlo. Al menos así seré libre” que le di y, por eso, esa vez probó otra táctica. Por eso y porque, estando yo tan esquelético y enfermo, dudo que pudiera considerarme algo más que un entrante poco apetecible.

Esa vez me lo pidió por favor. Me suplicó que comiera algo. Lo que fuera. Y cuando le dije que solo lo haría si dejaba que me fuera, accedió.

No os negaré que su respuesta me sorprendió, incluso llegué a pensar que era solo un truco para que comiera. No me fiaba de él y sus promesas y juramentos me valían tan poco como los de un muerto.

Aun así, llegamos a un acuerdo: yo volvería a comer y él me dejaría ir cuando hubiera recuperado mis fuerzas. Y he de reconocer que solo acepté porque siempre podía volver a dejar de comer otra vez si él no cumplía su parte.

Así, los días pasaron. Para comprobar que cumplía mi palabra, él venía siempre junto a la chica del servicio y se quedaba hasta que yo había terminado.

Eran comidas silenciosas, con un tenso silencio flotando entre ambos. Los primeros días me forzaba en ignorarle, incluso aunque sentía su mirada clavada en mí, pero los demás días me encontraba mirándole yo también con curiosidad. Primero miradas rápidas y luego con más detenimiento. Aun así, nunca cruzamos palabra.

Y por fin, tras poco más de una semana, no solo había recuperado mis fuerzas, también había cogido ese par de kilos que me faltaban. En general, me encontraba mejor de lo que nunca había estado y, por supuesto, con ganas de irme de allí. Porque podría sentirme agradecido por sus cuidados, pero no por eso pensaba quedarme allí y ser su mascota. Eso iba en contra de lo que me define.

Ese último día no le vi. Supongo que no quiso verme marchar. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Por mi parte, me despedí de la chica del servicio y, con ropas más prácticas para la vida que iba a llevar, me fui de esa mansión sin saber que volvería a ella.

Volví, sí. Pude tardar un par de meses, pero el destino me llevó de vuelta a esa casa. ¿Queréis saber cómo? Sencillo: me traicionaron.

En esos meses que estuve fuera, me junté con un grupo para sobrevivir. No había ningún zombi entre ellos, y por eso me fue fácil esconder mi secreto. Les había contado una mentira. Les dije que mi mutación me hacía ser más ágil que el resto. Se lo creyeron. Estoy acostumbrado a mentir para salvar la vida, y también cuenta que los monos sean conocidos justamente por eso.

Sin embargo, mi mentira no duró mucho tiempo. No porque vieran que no era tan ágil como decía ser, sino por un zombi. Un maldito zombi que descubrió mi olor y decidió seguirme.

Esa noche, el zombi asaltó el lugar donde nos escondíamos con ayuda de otros cuatro de los suyos. Y lo único que nos salvó fue el oído superdesarrollado de uno de los nuestros.

Conseguimos matarlos, pero ya me habían descubierto. Ninguno se creyó que nos habían descubierto por casualidad, y que me hubieran llamado “puro” despejó cualquier duda que hubiera.

Intenté escapar. Sabía que, tras saberse mi secreto, yo ya no estaba a salvo. Por desgracia, ellos eran más y no tardaron mucho en atraparme.

¿Qué hicieron luego? Esa es una pregunta sencilla. Puede que algunos pidieran mi cabeza porque, por mi culpa, los zombis habían matado a un par de los suyos. No obstante, el dinero siempre gana cualquier discusión. Más cuando se trata de la promesa de una fortuna.

Me vendieron, por supuesto. Uno conocía a alguien que conocía a alguien que podía ponerse en contacto con los cazadores y estos, a su vez, con los cuervos, los vendedores de esclavos.

No pienso aburriros con los detalles. Solo os diré que al día siguiente los cuervos llegaron y que los zombis a sus órdenes me reconocieron como un puro.

Me llevaron con ellos, por supuesto. La comitiva era bastante numerosa. Supongo que no querían arriesgarse a que nadie intentara arrebatarles su gran trofeo, ese que tanto dinero les iba a hacer ganar.

Me metieron en una celda. La única ventaja era que estaba solo; la gran desventaja, que me encadenaron a la pared para descartar cualquier intento de fuga por mi parte. Y no creáis que no lo intenté. Incluso hice lo mismo que había hecho con él y me negué a comer esa bazofia que llamaban comida.

Por desgracia, ellos no eran él. Y cuando el aumento del dinero va ligado al aspecto físico del esclavo, no te gusta que este pase hambre, menos si es como forma de rebelarse.

Sabía que no iban a matarme. Sin embargo, eso no les impidió golpearme -eso sí, siempre en sitios que la ropa ocultara-, y forzarme a comer.

Me rendí. Sabía que si tenían que darme una paliza para que comiera, no dudarían en hacerlo. Además, me parecía más sencillo escaparme del imbécil que gastara su fortuna en mí.

No sé exactamente cuánto tiempo estuve en esa celda. Fueron varios días, pero no sé el tiempo exacto. La gran subasta, en la que yo sería la gran atracción, se celebró un par de días después de que los cuervos se aseguraran de que todos los magnates se hubieran enterado de la gran noticia.

Ese día me asearon y me obligaron a ponerme unas ropas más acorde a mi estatus como gran atracción. Ropas que, de todos modos, echaban por tierra el efecto al quedarme demasiado amplias.

Seguía encadenado, ahora de manos y pies, y por si eso fuera poco, tenía un numeroso grupo de guardias rodeándome para evitar tanto mi posible huida como el que alguien intentara llegar hasta mí. La tensión y la expectación eran enormes. Todo el mundo sabía que esa iba a ser la gran noche de sus vidas, pues las veces en las que se vendía a un puro eran casi inexistentes.

Por mi parte, he de decir que me porté bien dentro de las posibilidades. No me opuse a que me vistieran y tampoco a que me dirigieran hacia el escenario donde me expondrían. Estaba más ocupado pensando en cómo podría fugarme de mi más que inminente comprador que en lo que pasaba a mi alrededor. Incluso contemplé la idea de morderme la lengua y esperar que la sangre de la herida fuera suficiente como para ahogarme en ella.

Sin embargo, algo sucedió.

Justo cuando llegó mi turno de subir al escenario, justo en el momento en el que había decidido darles una buena sorpresa a todos al suicidarme frente a ellos, un chico se acercó al hombre que estaba frente a mí para susurrarle algo al oído.

Lo único que pude ver fue la sorpresa en sus ojos; un gesto que me intrigó, pues no sabía qué había podido suscitarlo. ¿Habrían atacado el lugar los zombis como habían intentado hacer días atrás? No escuchaba ningún ruido extraño, así que descarté la única opción que tenía.

Por su parte, el organizador me miró y luego, con voz tajante, ordenó que le siguiera. Con la mano de uno de los fortachones en mi hombro para obligarme a caminar, no pude tratar de desobedecer.

Quería preguntar qué pasaba, a dónde me llevaban, pero sabía que no me responderían. Solo me veían como a una mercancía y la mercancía no tiene derecho a saber nada.

Al final, recorrimos un par de lujosos pasillos antes de detenernos frente a una gran puerta de madera. Escuché algunas palabras, algo que creí reconocer como “quinientos”, pero no estaba seguro.

Mi guía llamó a la puerta y solo la abrió tras recibir respuesta, dejándome ver por fin a los dos hombres que estaban en el despacho: un cuervo y mi comprador. Al primero no tardé en reconocerle como al jefe de ese lugar y líder de los cuervos. Por otra parte, me llevé una gran sorpresa al ver quién era el segundo.

Sí, era él.

Él era mi comprador. Sin saber yo porqué, él me había comprado gastándose quizás esa cifra de quinientos millones que acababa de escuchar. Estaba perplejo, tanto que apenas me salían las palabras a pesar de que mis ansias por saber eran enormes.

Fue cuando le vi venir hacia mí con ese semblante tan serio, cuando me volvió el habla. Le hice la pregunta más obvia de todas y recibí una bofetada de parte de uno de los fortachones como respuesta.

El gesto me pilló desprevenido, girándome el rostro por la fuerza del golpe. Aun así, pude ver la ira de su rostro y noté, tan bien como los demás, la furia que destilaron sus palabras: “Educa a tus hombres, cuervo, o pronto te quedarás sin ellos”. Esas fueron las palabras que dijo. Y si a mí me hicieron temblar, os puedo asegurar que el otro palideció por completo.

Por suerte para él, el cuervo intercedió, entregándole las llaves de mis esposas cuando él las pidió. Así, por fin, pude sentir mis muñecas libres tras varios días con el hierro lacerándolas, igual que mis tobillos. Y puede que el cuervo le aconsejara tomar precauciones para evitar una posible huida de mi parte, pero, como él dijo, sabía que no lo haría. No con toda esa gente que quería atraparme estando tan cerca.

De esa manera, ambos salimos de ese lugar en dirección a la mansión que yo tan bien conocía. Y podría deciros que la cancelación de mi venta cabreó a muchos de los que habían venido, tanto para verme como para comprarme. Sin embargo, creo que eso lo suponéis aunque no os lo dijera. Sí, escuché algunos gritos enfadados mientras nos íbamos por una de las puertas secundarias, pero no les di importancia. Estaba más preocupado pensando en lo que me pasaría ahora.

El viaje fue largo y silencioso. Quería preguntarle por qué, pero me quedé callado cuando musitó un “En casa”. Además, debía admitir que le veía cansado y enfermizo. Quizá por eso obedecí.

Una vez en la casa, me guió hacia la que fue mi habitación. Entré tras él, pudiendo ver que el cuarto estaba tan limpio y ordenado como cuando lo vi por primera vez. Casi parecía que supieran que iba a volver a ocuparlo pronto.

Sacudí la cabeza, sabiendo que eso era imposible, y decidí centrarme en él. Porque podía haberme portado bien durante el trayecto, pero ahora quería mis respuestas.

Me volví hacia él, sorprendiéndome al encontrarle justo a mi espalda. Le miré desconcertado y me quedé quieto al verle alzar sus manos hacia mí. No sabía qué pensar y por eso me sorprendió tanto que me sujetara el rostro. Quería revisar el golpe.

Le dejé hacer. El golpe me había dolido, pero el dolor ahora era mínimo, casi inexistente. Aun así, me sorprendió la suavidad de sus dedos en mi piel. No era lo que me esperaba y contrastaba en gran medida con la seriedad de su rostro.

Acto seguido, se centró en mis muñecas. Me alzó las manos y su gesto se enserió al ver las heridas que tenía, producto de las rozaduras que los grilletes me habían hecho. “Intenté fugarme” le confesé, y él sonrió diciendo lo ofendido que se sentiría de no haberlo intentado.

Sabía que era una broma y por eso sonreí. Luego me senté, como él me dijo, con las manos extendidas sobre mis piernas con las palmas hacia arriba. Durante los siguientes minutos se dedicó a curarme y vendarme las muñecas y los tobillos. Cuando acabó, en vez de separarse, me preguntó si me habían herido en cualquier otro sitio y terminé confesando los golpes que me habían dado.

Me ordenó que se los enseñara y yo obedecí. Así, sus dedos volvieron a posarse en mi piel, acariciando el borde de cada moratón con una delicadeza completamente inesperada en alguien como él.

—¿Por qué? —le pregunté en apenas un susurro—. ¿Por qué gastaste quinientos millones en mí? —La pregunta aún rondaba mi cabeza y no encontraba ninguna respuesta lógica que me satisficiera—. ¿Quieres comerme y por eso pagaste por mí?

No tenía sentido y lo sabía, pero ya no sabía qué pensar. Por su parte, él se rió, divertido.

—¿Quién te ha dicho que he pagado quinientos millones por ti? —me preguntó a su vez.

Sus ojos estaban ahora centrados en los míos, mientras que sus dedos seguían contra mi pecho, y yo no sabía si eso era bueno o malo. Decidí responder:

—Oí la cifra a través de la puerta del despacho.

—¿Y qué te pareció? ¿Mucho o poco?

Le miré desconcertado, sin creerme que acabara de hacerme esa pregunta. ¿Qué pretendía con ello? La sonrisa de sus labios me respondió: solo se estaba divirtiendo a mi costa. El jodido cabrón me había comprado y ahora se estaba riendo de mí en mi cara. Me enfadé.

—Me parece poco. Aprecio mi vida y pienso que vale más que todo el dinero que tengas —le solté con desprecio—. Aunque admito que te salí caro. Sobre todo si tenemos en cuenta que pienso irme de aquí hagas lo que hagas.

La carcajada que dio me cabreó aún más, aunque me mordí la lengua en vez de decirle otras cuatro cosas. En vez de eso, le vi reírse hasta que, al cabo de un minuto, habló:

—Es una suerte que no pagara dinero por ti.

Mi enfado se esfumó, transformándose en incomprensión.

—¿Qué? Pero esos quinientos… —empecé a decir.

Negó con la cabeza.

—No di dinero por ti.

—¿Entonces por qué…? ¿Cómo…?

—¿Cómo es que estás aquí, conmigo? —Asentí—. Porque hay una cosa que cualquiera desea más que el dinero.

Su respuesta me confundió. Por suerte, no me hizo falta preguntar para que se explicara.

—¿Para qué sirve amasar una gran fortuna si en unos veinte años como mucho estarás muerto? El dinero no sirve de nada si no puedes vivir para disfrutarlo, y el cuervo lo sabe.

—No lo entiendo —confesé, interrumpiéndole—. ¿Quieres decir que le diste qué, años? Eso es imposible.

Su sonrisa creció.

—Le di quinientos años por ti.

Mi confusión creció. Intenté creerle, de veras que sí, pero no podía. Sus palabras eran imposibles para mí. Puede haber miles de mutaciones, ¿pero alguien que controle el tiempo? Nunca había escuchado algo parecido.

—No me crees, ¿verdad?

Era una pregunta claramente retórica, pues ambos conocíamos la respuesta. Aun así, su sonrisa no desapareció. Le vi levantarse. Hasta ese momento había estado arrodillado ante mí, pero en ese momento se levantó, sacudió un poco sus ropas y se sentó en el sillón que estaba a un par de pasos de la cama, mirándome desde allí.

—¿Qué sabes de nosotros? —me preguntó.

Le miré sin saber muy bien qué pensar. Me esperaba una explicación, no una nueva pregunta que no creía que nos llevara a nada. Le miré en silencio, planteándome si responder o terminar con esa conversación e irme de allí. Porque, pasara lo que pasara, no tenía ninguna intención de pasar la noche en esa casa.

Al final respondí. Mi curiosidad por saber a qué se refería con haber pagado con años fue más fuerte. Le dije lo obvio: que se alimentaban únicamente de carne humana y que eran los únicos que podían descubrir que era un puro, aunque no sabía bien cómo podían saberlo.

Él asintió.

—¿Y qué hacemos al alimentarnos? ¿Lo sabes?

Al instante, a mi mente acudieron las pocas ocasiones en las que había visto a un zombi comer. Me estremecí. No sabía si de asco o de excitación, sobre todo cuando recordé esa vez que estuvieron a punto de comerme a mí también.

Asentí.

—Lo que no sé es por qué lo hacéis —agregué.

Su sonrisa se acentuó, quizá celebrando esa curiosidad mía que me había hecho pedirle explicaciones. Y aunque pensaba que no me diría nada, me equivoqué.

Fue ahí cuando me dijo esa razón que ya os comenté antes. Fue ahí cuando me dijo que era por el sabor. Y también fue ahí cuando me dijo lo que les ocurría cuando comían carne humana.

Según sus propias palabras, no solo se alimentaban de la carne, también robaban los años de vida que le hubieran quedado a su víctima y los sumaban a los que vivirían ellos.

Me quedé perplejo, lo admito. La idea de que cualquiera de esos desgraciados podía robar los años de vida de sus víctimas y vivir así quizá para siempre me revolvió el estómago. Porque eso significaba que si no acabábamos con ellos, ellos acabarían con nosotros con facilidad.

—¿Y los que se alimentan de cadáveres? —pregunté al recordar las ocasiones en que lo había presenciado o me habían hablado de ello—. ¿También les roban años?

Negó con la cabeza.

—No se puede robar años a los muertos —me dijo, y tuve que darle la razón. Su respuesta era lógica.

—¿Cuántos años tienes? —le interrogué curioso.

—¿Cuántos crees que tengo? —me preguntó a su vez, con una nueva sonrisa en su rostro.

Me quedé mirándole en silencio. Aparentaba unos treinta y muchos o cuarenta y pocos. No obstante, tras esa explicación anterior, ya no estaba tan seguro de si debía fiarme de su aspecto físico.

—¿Cuarenta más o menos? —probé dudoso—. Son los que aparentas, pero dudo que los tengas —afirmé.

—¿Por qué?

—Porque si dices que diste quinientos años por mí, o eres muy viejo o mataste a muchos en poco tiempo para no importarte darlos —me expliqué—. Y siendo esa cantidad de años, deberías haber sido el autor de todas las muertes de los últimos años. ¿Me equivoco? —Negó con la cabeza—. ¿Cuántos años tienes?

—Más de los que sin duda te imaginas.

Arqueé una ceja, mirándole desconcertado. Sí, me había confirmado que era viejo, que sin lugar a dudas tenía muchos más años de los que aparentaba, ¿pero qué clase de respuesta era esa? Yo lo que quería era una cifra, no otro acertijo.

La frustración debió de verse en mi cara, porque recuerdo que él esbozó una sonrisa divertida. Por suerte, siguió hablando antes de que yo mismo pudiera decir algo:

—Nací hace muchos años. Demasiados en realidad. Puedo aparentar los años que dices, pero soy viejo, mucho más viejo que todos con los que te has cruzado. Yo no nací con la mutación —añadió, fijando sus ojos en los míos—. Yo la sufrí.

Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar esa última afirmación. La idea que planteaba era tan descabellada que apenas pude creerla.

Lancé una carcajada. Recuerdo que me reí a mandíbula batiente durante al menos un minuto. Un minuto en el que él solo se mantuvo en silencio, mirándome sin ofenderse por mis risas.

—¿Pretendes hacerme creer que naciste antes de la Gran Guerra? ¿Te crees que soy imbécil? —inquirí, enfrentándome a él y a sus palabras—. Eso fue hace…

—Tenía veintisiete años cuando la guerra empezó, cuando las bombas cayeron y el mundo se convirtió en lo que es hoy en día. Tenía veintisiete años cuando la gente empezó a morir por la radiación y las mutaciones surgieron. Sufrí como todos los demás, y aun a día de hoy no estoy seguro de cómo conseguí sobrevivir. Solo sé que me negaba a morir.

Me quedé sin palabras. Su tono de voz, sus palabras, la forma que tenía de mirarme, todo ello me dejaba claro que me decía la verdad.

—No me estás mintiendo —susurré aún sin poder creérmelo.

—No, no te estoy mintiendo.

Solté el aire que había estado conteniendo sin saberlo. Me sentía mareado. Por supuesto, había oído hablar de los ancianos, ese grupo que solo estaba formado por las diez personas más viejas de todo el mundo. Pero él… él… Si lo pensaba bien, ni ellos podían compararse a él en cuestión de edad. No si lo que decía era cierto. No si había nacido antes de la guerra. Y yo no dudaba de su palabra.

Ahora entendía cómo había podido dar quinientos años por mí. Esa cantidad, tan exageradamente grande para el resto, para él no significaba nada. Y, sin embargo, aún no entendía porqué lo había hecho.

—¿Por qué? —le pregunté finalmente—. ¿Por qué pagaste por mí? ¿Por qué me salvaste ese día?

—Porque me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo.

Alcé la vista hacia él, sorprendido y curioso a partes iguales. Sabía que no había sido solo por ser un puro. De haber sido así, ya me habría comido, y aún seguía vivo. Pese a todo, no me esperaba esa respuesta.

—¿A quién te recuerdo?

Su expresión se endureció, y por un segundo creí que me había pasado con mis preguntas. Pensé en decirle que no importaba, que no hacía falta que respondiera si no quería, pero mi curiosidad era más fuerte. No tanto por saber quién era esa otra persona, sino por saber qué había visto en mí para decidir ayudarme.

—A mi mejor amigo —contestó cuando ya creí que no lo haría—. Como a ti, a él también le conocí el día que le salvé de unos chicos que pretendían darle una paliza una noche en un callejón. Le ayudé, como a ti, y a partir de ahí nos hicimos amigos.

—¿Murió? —Asintió—. ¿Cómo?

—La guerra.

Asentí en silencio, no siéndome necesario preguntar más. Las opciones eran esas: o había muerto en la guerra o luego por la radiación. Al parecer, había sufrido la muerte más rápida.

—No os parecéis físicamente ni tenéis la misma personalidad, pero la situación se me hizo tan parecida que no pude evitar actuar.

—¿Y en la subasta? ¿Por qué me compraste? Dudo que él pasara por algo así.

Esbozó una sonrisa y negó con la cabeza. Parecía divertido ahora, y casi preferí eso que verle serio o enfadado.

—Quizá quería evitarte pensar todos esos planes para escapar del que te comprara —comentó, tras encogerse de hombros.

Sonreí ligeramente. Su comentario me había hecho gracia, pero también me había recordado que, aun con todo lo que acababa de descubrir sobre él y que no había hecho ningún amago de encadenarme, él seguía siendo mi comprador y yo su esclavo.

Miré mis manos y, más concretamente, mis muñecas. Vi las vendas que ocultaban las heridas y me estremecí por el recuerdo del tacto del metal contra mi piel. No iba a dejar que eso volviera a pasar. No iba a permitir que nadie me encadenara jamás. Ni siquiera él.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

El cambio de tema pareció sorprenderle aunque no le pilló del todo desprevenido. Seguro había supuesto que tocaría el tema tarde o temprano, y visto que ya había tenido las respuestas a las preguntas planteadas, era hora de saber qué pasaría conmigo.

—Nada. Puedes quedarte o puedes irte. La elección es tuya.

La sorpresa me inundó. Le miré para intentar saber si estaba bromeando o me mentía solo para reírse de mi reacción, y pude ver que seguía tan serio como cuando me había revelado lo viejo que era.

—Me compraste.

—Sí, pero no lo hice porque necesite o quiera un esclavo. Lo hice porque quise. Porque quiero pensar que no te habrían descubierto de haberte dejado ir el mismo día que te ayudé.

Se levantó del asiento. Sabía que estaba poniendo punto y final a la conversación, y yo me sentía demasiado sorprendido aún como para decir nada.

—Puedes irte o puedes quedarte —agregó—. O puedes irte y volver, o puedes quedarte e irte en unos días, semanas, meses o cuando quieras. La elección es tuya —repitió—. Si estás aquí es como mi invitado, no como alguien que compré en una subasta de esclavos, y te aseguro que serás tratado como tal. Tú decides. Piénsalo y luego dímelo.

Asentí en silencio, aún sin poder creerme esas palabras. Me sentía incapaz de decir nada y, por eso, solo me quedé ahí sentado, viéndole salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.

Al final me quedé. Al principio me dije que solo sería por unos días, que esperaría a que todo lo relativo a la subasta de un puro se hubiera olvidado y luego me iría. Me decía a mí mismo que aprovecharía esos días para recuperar fuerzas, curar las heridas de mis muñecas y ganar algo del peso perdido por el hambre pasado.

Los días fueron convirtiéndose en semanas. Y aunque no quería, aunque intentaba oponerme a ello, cada vez me sentía más cómodo entre esas paredes. Porque allí era fácil olvidarse de los problemas y los peligros del mundo real. Porque allí no tenía que preocuparme por encontrar comida o buscar un lugar donde cobijarme. Porque allí no tenía que mentirle a nadie sobre lo que era para poder pasar desapercibido y que no me traicionaran.

Aun así, reconozco que las primeras semanas intentaba no cruzarme con él o con los pocos miembros que componían el servicio. De él aún no sabía muy bien qué pensar tras lo que me había revelado. Además, tenía miedo de que cambiara de repente de idea y mandara encadenarme para evitar que me fuera.

Por otra parte, no me fiaba mucho del servicio. No sabía cómo reaccionarían al tener que servirme a mí también cuando se suponía que debería ser un esclavo, y por eso no quería tener demasiado trato con ellos.

Pasaba los días en el cuarto que me habían dado o en el tejado. Eran los pocos lugares en los que no me molestaban y podía estar solo, y eso era lo que quería.

Aunque esto no duró demasiado tiempo. La chica que siempre me traía las comidas no se cansaba de darme conversación y al final me dejé atrapar y empezamos a hablar. Luego conocí al cocinero, e incluso a un par de los guardias que en tantas ocasiones habían arruinado mis intentos de fuga.

Empecé a pasar tiempo con ellos. Empecé a conocerles mejor. Les preguntaba sobre ellos, sobre cómo habían acabado en esa casa e incluso les interrogué sobre lo que pensaban de él. Y aunque sus historias fueran diferentes, todos coincidían en que sentían agradecimiento hacia él por darles un sitio donde poder vivir.

A mí también me interrogaron, por supuesto, aunque hubo un par de temas que nunca tocaron: que soy puro y el de la subasta. No estaba seguro de si era porque no lo sabían, no querían hacerme sentir mal o porque él había prohibido hablar de ello, pero se lo agradecí. No quería hablar de ello.

A partir de ese momento, en vez de pasar el tiempo encerrado en el cuarto o mirando hacia el exterior sentado en el tejado, lo que empecé a hacer fue merodear por la casa. Los del servicio me habían indicado las puertas que nunca debería atravesar y que correspondían al despacho y las habitaciones privadas de él, pero me aseguraron que era libre de investigar el resto de la casa.

Fue así como encontré la biblioteca. Cientos de libros se amontonaban en docenas de estanterías bien dispersadas por la sala formando pasillos estrechos. Curioseé un poco e incluso me atreví a sacar algún libro para ojearlo.

Fue en ese momento cuando volví a encontrarme frente a frente con él.

Reconozco que me asustó. Ni siquiera le había oído acercarse y ahora le tenía a apenas un metro de distancia, mirándome con curiosidad. Todavía con el libro en la mano, me mantuve en silencio. No sabía muy bien qué hacer ni qué decir, aunque eso no supuso un problema para él.

Me preguntó si me gustaba el lugar y yo le dije que era impresionante. Me dijo que si quería leer el libro podía llevármelo a mi cuarto y yo le confesé, con algo de vergüenza, que no sabía leer.

Me miró sorprendido, aunque pronto ocultó ese sentimiento. Quizá llegó a la conclusión de que, teniendo una vida como la que yo he tenido, saber leer no era algo tan esencial.

—Puedo enseñarte —me dijo—. Nunca es tarde para aprender.

Le miré dubitativo. Por un lado, la idea de aprender a leer me gustaba, sobre todo porque siempre había sentido una fascinación por los libros, estando entre mis posesiones más valiosas un libro para niños medio roto que había encontrado de pequeño. Por otro lado, la idea de pasar tiempo con él me asustaba porque aún no tenía claro lo que pensaba sobre él.

Terminé aceptando. La curiosidad era más fuerte y siempre ha sido mi gran perdición. Además, decidí que eso podría ayudarme a saber qué pensar sobre él.

Las clases de lectoescritura empezaron al día siguiente tras el desayuno. Me reuní con él en una de las habitaciones de la casa y, allí, empezó a explicarme las nociones más básicas.

¿Fue difícil? Tenía diecinueve años y ningún conocimiento sobre ello. Me frustraban mis lentos avances, aunque él aprendió pronto a calmar mis prisas y reírse de los improperios que soltaba cuando algo no me salía.

Al igual que la primera vez que había estado en la casa, poco a poco la tensión entre nosotros fue desapareciendo. Y si al principio solo hablábamos de letras, sílabas y fonética, pronto empezamos a hablar de otras cosas.

Pasó el tiempo. Las clases de lectoescritura dieron paso a unas de matemáticas y otros tipos de conocimientos. Mi curiosidad era enorme y estaba ávido de aprender. A él parecía gustarle mi entrega, pues no se negaba a enseñarme cualquier cosa que él supiera, o explicarme algo que no comprendiera del libro que estuviera leyendo.

De igual forma, tal y como hablábamos de algún tema que me estuviera enseñando, también empezamos a conocernos mejor. Él me preguntaba cosas sobre cómo había sido mi vida antes de esa noche, y yo le preguntaba, sobre todo, por cómo había sido la vida antes de la guerra.

Nos pasábamos horas hablando. Había noches en las que apenas dormíamos, y todo porque él me contaba cosas sobre cómo era el mundo antes o hablábamos sobre el último libro que había leído.

Reíamos, bromeábamos y discutíamos las veces en que nuestras opiniones sobre un tema cualquiera eran contrarias.

Y sí, quizá fue ahí cuando empecé a sentir algo por él. No lo sé. No estoy seguro. Lo único que sé es que, cuando lo descubrí, me asusté.

No sabía cómo había ocurrido ni porqué había empezado a sentir algo hacia él, pero me asustaba. Primero, porque nunca había sentido algo así por alguien; y segundo, porque por muy educado que fuera y por muy bien que me tratara, él seguía siendo un zombi y yo un puro.

Casi me daban ganas de reír por lo irreal que me parecía la situación. Apenas podía creerme que sintiera algo, nada más y nada menos, que por un zombi de los que yo siempre había intentando mantenerme alejado por mi propia seguridad.

Intenté negármelo, pero unas pocas palabras con él y mi “No puede ser” se transformó en un “Sí lo es”. Traté de mostrarme algo cortante y borde con él; sin embargo, tampoco funcionó. No podía tratarle así. Y las pocas veces que lo conseguía, dejaba de hacerlo cuando él me preguntaba preocupado si me pasaba algo.

Al final, tras unos cuantos días sin saber qué hacer, me decidí. Me iría de allí.

Sabía que era una decisión precipitada. No obstante, tras haberlo probado todo y no conseguir nada, sabía que lo mejor que podía hacer era irme de esa casa. Pensaba, para tratar de convencerme, que ya era hora de irme, que había pasado allí mucho más tiempo del que me había prometido.

No quería irme. Por primera vez en toda mi vida había encontrado un sitio en el que realmente me gustaba estar y era feliz, pero me convencí de que era lo mejor. Y por eso se lo dije esa misma tarde.

Mis palabras le sorprendieron y casi pareció que le dolieron. Sus ojos se abrieron y su sonrisa se congeló para pasar a mostrar una gran seriedad. Una máscara tras la que ocultó sus verdaderos sentimientos.

—¿Puedo preguntarte por qué? —me preguntó con voz calmada, como si estuviera explicándome alguna lección en vez de interrogándome sobre el motivo de mi inminente marcha.

—Creo que es lo mejor —respondí—. Aprecio cada momento que he pasado aquí y todo lo que has hecho por mí, pero creo que es mejor que me vaya ya. He abusado demasiado de tu hospitalidad y ambos sabemos que cuanto más me quede, más tardaré en volver a acostumbrarme a volver fuera.

Sí, podía haber omitido la razón principal por la que quería irme, aun así tampoco había dicho ninguna mentira. Quería quedarme, pero una parte de mí no estaba segura de querer quedarse en esa casa para siempre. Sabía que yo no pertenecía a ese mundo que él me había ofrecido, y por eso lo mejor era irme ya.

—Sabes que no hace falta que vuelvas allí si no quieres. Puedes quedarte aquí tanto tiempo como quieras y nunca te faltará de nada.

—¿Por qué? —le interrogué, tan desconcertado como curioso—. Puedo entender que antes quisieras que me quedara, pero ha pasado casi un año desde aquello, ¿por qué sigues queriendo que me quede?

Para mi gran sorpresa, mis preguntas le hicieron apartar la mirada. Le miré sin saber qué pensar. Le vi suspirar y esperé en silencio a que decidiera hablar. Quería mi respuesta.

—Porque me gusta tenerte aquí —declaró—. Me haces sentir cosas que creía ya olvidadas.

—¿Cosas? —repetí, desconcertado—. ¿Qué cosas?

Él me sonrió. Incluso aprovechó que estaba a un paso de distancia y alzó su mano para acariciarme la mejilla. Me quedé estático. Quitando la vez que me había curado las heridas, nunca me había tocado. Es más, siempre había mantenido la distancia entre nosotros. No sé si porque no quería asustarme o porque creía que podía perder el control. Y ahora me había tocado.

Sus dedos acariciaron mi mejilla con esa suavidad que tan bien recordaba. Y si eso me sorprendió, lo que luego me susurró al oído me dejó sin palabras:

—Amor, sobre todo. Me gustas. Mucho me temo que en este tiempo que has pasado aquí, he terminado enamorándome de ti.

El aire abandonó mis pulmones. La vista se me nubló y las piernas amenazaron con dejar de sostenerme. Me había costado convencerme de que sentía algo por él y que debía irme, pero jamás se me había ocurrido que el sentimiento pudiera ser correspondido.

Parpadeé un par de veces. Sabía que él esperaba una contestación por mi parte; sin embargo era incapaz de decir palabra. ¿Cómo si apenas podía creerme lo que acababa de escuchar?

Por su parte, él me miró preocupado. Incluso me obligó a sentarme al ver que estaba temblando. Supongo que pensó que reaccioné así por miedo, pues se disculpó por lo que había dicho y me aseguró que me dejaría marchar si era lo que deseaba. Luego trató de alejarse de mí. Le detuve.

Le agarré del brazo antes de que pudiera dar un solo paso. Él se giró sorprendido, pero no se apartó. Solo me miraba, esperando que por fin hablara; algo que hice:

—¿Es verdad eso? —le pregunté—. ¿De verdad sientes eso por mí? —Asintió—. ¿Desde cuándo?

—No lo sé. Llamaste mi atención ya desde el primer día. Y fui a esa subasta tanto porque sentía que te lo debía como porque no soportaba la idea de que cualquier otro te tuviera. Les habría matado a todos sin dudar, pero no hizo falta. El cuervo supo que le convenía más pactar conmigo que aceptar el dinero de cualquier otro. Y este último año, con todas esas clases y nuestras conversaciones, cada vez tenía más claro que sentía algo por ti.

Le miré a los ojos. Sabía que no me mentía, pero necesitaba de una última confirmación para poder creerle, para encontrar las fuerzas necesarias para hablar.

—Yo también —confesé—. Por eso te dije de irme, porque siento algo por ti y tengo miedo de que esto sea una locura por lo que somos. Porque nunca imaginé que tú…

—¿Que yo pudiera corresponderte? —terminó por mí. Asentí—. Yo pensé lo mismo.

Me sonrió y yo imité su gesto. Se arrodilló ante mí y yo nada pude hacer, salvo dejar que sus manos se posaran en mis mejillas y ver cómo se inclinaba poco a poco hacia mí.

Incluso cuando sus labios rozaron los míos, apenas pude creer que me estaba besando. Le correspondí, sí, pero creyendo que eso era un sueño, que estaba soñando, porque era imposible que algo así pasase en la realidad.

—No te vayas —me pidió al poner fin al beso—. Quédate conmigo.

Asentí. El beso me había dejado sin fuerzas para hablar, así que mi cabeza lo hizo por mí. Él sonrió y yo lo emulé. No sabía si estaba haciendo bien. Lo único que sabía era que estaba cometiendo la mayor locura de mi vida. Aun así no quería irme. Deseaba estar con él.

Los siguientes meses pasaron con rapidez y sin demasiados cambios. Como antes, pasábamos la mayor parte del día juntos y, como antes también, él mantenía la distancia entre ambos. No me sorprendía. Entendía que tuviera miedo de perder el control; era algo que también me asustaba.

Aun así, aunque al principio sus sonrisas y su más que patente preocupación por mi bienestar fueron suficiente, al final quedó patente que necesitaba más. Una caricia, un beso, un simple abrazo y, si nos íbamos más allá, incluso sexo.

Lo que ahora tenía era una nueva pregunta: ¿cómo te acercas física y sexualmente a un tío cuya bestia interior relaciona el sexo con la comida? No lo sabía, pero tampoco pensaba tardar mucho en averiguarlo.

No era virgen por esa época. En un mundo como este, el sexo es más una moneda de cambio que una expresión de amor. Es un trato simple: tú entregas tu cuerpo y a cambio obtienes protección y comida. Aunque, por supuesto, también tiene sus peligros. Eso lo aprendí rápido. ¿Cuándo? Cuando mi propia madre intentó matarme.

No la culpo, ¿sabéis? Hizo lo que cualquiera hubiera hecho de encontrar a “su hombre” con otro. No era por amor, es supervivencia. ¿Hijos? Siempre puedes tener más, pero tú sigues teniendo una sola vida.

Ahora lo veo así, pero por aquel entonces no lo veía igual. Solo tenía nueve años.

Maté a mi madre la misma noche que ella intentó matarme a mí. Y luego escapé del que había sido mi hogar sabiendo que, si los demás descubrían lo que había hecho, me matarían a mí también.

Huí, como ya he dicho. Sobreviví como pude durante los primeros días y cuando me uní a otro grupo, no dudé en hacer lo mismo que mi madre había hecho: sexo por protección.

Daba igual que fuera un niño o que fuera un hombre. El sexo es sexo, y más en casos así. No sé cómo sería antes, pero os aseguro que aquí nadie se niega a uno del mismo sexo cuando sabes que puede ser el último polvo de tu vida.

Resumiéndolo todo un poco, así pasé mis siguientes años. De tío en tío (y un par de veces alguna mujer), buscando a otro cuando el de ahora se aburría de mí o yo me iba del grupo. Más o menos fue así hasta que crecí y pude valerme por mí mismo. Y aun así, alguna vez volví a caer en el viejo trato.

Así que, como veis, tenía experiencia de sobra en este tema. Sin embargo, no estaba seguro de cómo acercarme a él.

No solo sabía que tendría que ir despacio, también sabía que iba a tener que luchar contra su reticencia a cada paso que quisiera avanzar.

No me rendí. Estaba decidido a conseguirlo.

Empecé por lo más sencillo: las caricias. Me conformaba con romper esa distancia que él imponía sobre ambos y hacer que nuestras manos se rozaran. Él me miraba desconcertado y yo sonreía ligeramente.

Iba despacio. Hacía lo que jamás había hecho solo porque sabía que se alejaría si era más directo con él. Trataba de ser paciente. Sabía que podía decirle un “Quiero hacerlo”, como también sabía que con eso solo conseguiría una negativa y que todos mis avances se esfumaran.

Por eso me conformaba con el lento avance que me había propuesto y disfrutaba de cada roce y, sobre todo, de cada mirada que me lanzaba. Miradas que al principio mostraban su desconcierto y que, poco a poco, me dejaron ver que empezaba a averiguar lo que tramaba.

No era idiota y, por supuesto, no quería ni pretendía engañarle u ocultarle lo que quería. Podía no estar seguro de lo que me diría, pero estaba dispuesto a convencerle.

Sin embargo, no fue una negación a lo que tuve que enfrentarme. No fue un “No deberíamos” lo que me dijo, sino un “¿Estás seguro?”. Y yo asentí, por supuesto. Le dije que eso era lo que quería, que estaba bien saber que correspondía mis sentimientos, pero que necesitaba algo más. Ambos lo necesitábamos.

Él me miró serio, pensativo. Y esa vez fui yo el que se arriesgó y acarició la piel de su mejilla para luego unir nuestros labios en un suave roce.

—Quiero poder besarte cada vez que lo desee —susurré sobre sus labios, con mi mirada fija en la suya—. Poder abrazarte o que me acaricies. No soporto tenerte tan lejos cuando estás tan cerca.

—¿Y si pierdo el control? —me preguntó con la duda en su voz—. Lo último que deseo es hacerte daño.

Era su gran miedo y ambos lo sabíamos, porque también era el mío. Sin embargo, yo confiaba en él y sabía que podíamos lograrlo. Solo tenía que conseguir que confiara en sí mismo.

—No lo harás —respondí—. Iremos despacio, tan despacio como necesites. Sé que esto no será cosa de dos días, que tendremos que ir paso a paso, pero estoy dispuesto a intentarlo. No me importa esperar a que te sientas seguro porque sé que lo conseguirás y que no me harás ningún daño.

Me miró en silencio, pensando en mi propuesta, evaluándola. Y yo esperé con una sonrisa en mi rostro, tratando de conseguir esa aceptación que me permitiría seguir con mi plan.

—¿Lento y seguro?

—Lento y seguro —prometí.

“Lento y seguro”. Fueron esas dos palabras las que marcaron nuestras acciones los días siguientes. “Lento y seguro”.

Solía ser yo quien llevaba la voz cantante, aunque a veces era él quien hacía el primer movimiento. Al principio con algo de recelo, como si creyese que me asustaría con su caricia, y, poco a poco, cada vez con más confianza.

Los besos costaron más. Casi parecía creer que me mordería a la primera oportunidad. Y una parte de mí quizá lo temía y por eso me adecué a su ritmo. Podía morirme por probar de nuevo esos labios, pero no quería que fuera de forma literal. Le dejé hacer.

La primera vez que me besó tras esa conversación, fue durante un almuerzo. Mi almuerzo. Él comía solo, aunque siempre me acompañaba. Decía que le gustaba verme comer. Que, aunque él ya no podía disfrutar de todos esos manjares, le gustaba verme a mí deleitándome con ellos.

Recuerdo que el postre era fruta. Un par de manzanas sacadas del invernadero que había construido tras la casa. Estaba escuchándole hablar sobre cómo era todo antes de la Gran Guerra, cuando de repente se detuvo en mitad de una frase.

Y yo le miré, extrañado. Pensé en llamarle, preguntarle si le pasaba algo, pero mis palabras murieron en mi garganta antes de poder ser pronunciadas.

Me besó. Se inclinó hacia mí y besó mis labios antes de que me diera tiempo a darme cuenta de que eso estaba pasando. Sentí su lengua lamer el jugo de la fruta de mi mentón, y yo gemí por lo bajo. Quería más.

—Lo siento —me dijo al separarse—. No pude resistirme.

Sus dedos acariciaron mi rostro y yo sonreí, disfrutando del gesto tanto como había disfrutado del beso. Me encantaba que tomara la iniciativa.

Los días pasaron. Y cuando las caricias parecían estar a la orden del día y parecía haber perdido el miedo a besarme, intenté algo más.

No estaba demasiado seguro de lo que pasaría, pero pensaba arriesgarme. Quería algo más. Quería llegar al siguiente nivel.

Le pedí que durmiera conmigo. “Solo dormir”, le prometí. Y aunque él me miró desconfiado, aceptó.

Fue la primera noche que pasamos en la misma cama. Y aunque no tenía pensado llegar lejos, tampoco desaproveché la oportunidad.

Me desvestí ante él. El pudor era algo que, tras todas las cosas que había hecho, no existía ya para mí. Aun así, no pude evitar sonrojarme al ver cómo me miraba. Porque no era la típica mirada que puedes dirigirle a un simple polvo de una noche. Literalmente sus ojos me decían lo mucho que deseaba comerme.

—No creo que esto sea una buena idea —susurró.

Sabía que tenía intención de irse, así que le detuve.

—Solo dormir —repetí—. Lo prometo.

Sin estar del todo seguro, asintió. Incluso dejó que le besara. Un pequeño gesto con el que intenté tranquilizarle a la vez que le transmitía mi alegría.

Nos acostamos, ambos en pijama. Él se quedó en uno de los extremos de la enorme cama que ocupaba parte de la que era su habitación, aunque no duró mucho así. Sabía que haría algo así, todo para interponer una distancia de seguridad entre nosotros. Por eso actué.

Salvé esos centímetros que nos separaban y me junté a él todo lo que pude. “Abrázame –le pedí-. Quiero dormir entre tus brazos”. Eso era lo que quería. No quería sexo como él podría haber pensado, solo que me abrazara. Sentirme seguro entre esos brazos que me protegían de todo mal.

Y lo hizo. Me abrazó. Podía sentirse inseguro al respecto, pero me rodeó con sus brazos.

Me acurruqué junto a él, feliz y relajado como hacía tiempo que no estaba. Sonreí contra su pecho y le hablé, todo en un intento de conseguir que la tensión de su cuerpo desapareciera.

“Gracias”, “Esto era lo que quería” y “No me harás daño”. Las palabras salían de mis labios en un susurro tranquilo que dejaba claro lo a gusto que me sentía entre sus brazos. A su vez, también cumplieron su función y pronto pude sentir que se relajaba.

Se acomodó en la cama y yo con él. Tenía la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón y estos eran más efectivos para mí que la mejor de las nanas.

Medio dormido ya, sentí su mano acariciando mi brazo. Incluso le sentí pegar su nariz a mi pelo e inhalar profundamente mi olor. No me asusté. Al contrario. Me quedé dormido con una sonrisa en mis labios.

Cuando desperté, hacía tiempo que había amanecido. Y aunque sabía que él acostumbraba a levantarse temprano, incluso antes que yo, ese día aún seguía en la cama a mi lado.

Me dio los buenos días, y yo alcé la cabeza para mirarle somnoliento. Sus brazos aún me rodeaban, aunque pronto una de sus manos tocó mi rostro, alzándomelo un poco más para poder besarme.

Y podía estar aún más dormido que despierto, o quizá fue por eso mismo, pero no dudé en alargar el beso e incluso profundizarlo. Me estaba dejando llevar por lo que sentía y deseaba y, por eso, no dudé en ponerme sobre él y juntar nuestras caderas.

Un gemido quedo salió de sus labios al igual que de los míos. Trató de romper el beso, pero no se lo permití. Porque me había vuelto adicto y, tras tanto tiempo, necesitaba mi dosis.

Estaba excitado. Podía sentir su erección pulsando junto a la mía. Pero cuando posé mis manos en su cintura, me detuvo.

—No —dijo.

Esa sola palabra y el tono con el que había sido pronunciada, hicieron que el sueño me abandonara del todo por fin. Sorprendido, me fijé en dónde estaba sentado y también en sus manos que sujetaban las mías. Me disculpé.

Negó con la cabeza. Intenté explicarme. Traté de decirle que no era eso lo que quería, que solo lo había hecho porque estaba medio dormido, pero él me acalló al posar un dedo sobre mis labios.

Me callé. Lo único que hice fue mirarle. Y ni siquiera dije nada cuando me alzó para posarme a su lado y, acto seguido, se levantó y salió de la habitación. Sabía que había metido la pata hasta el fondo.

Ese día no le vi. Suponía que no quería verme, así que no le busqué. Me quedé en mi propio cuarto pensando en lo sucedido y maldiciéndome porque, con mi acto, lo había jodido todo.

Fue la noche del día siguiente cuando le volví a ver. Ese día lo pasé de nuevo a solas, comiendo poco y maldiciendo mucho mi estupidez. Sin embargo, eso cambió cuando fue él quien me trajo la cena.

Cuando le vi, no pude evitar levantarme de la cama de un salto. Estaba nervioso y sorprendido. No le esperaba y eso se reflejó en mis actos.

Fue él quien habló primero. Un “¿Puedo? Te traje la cena” acompañado de un “Me dijeron que apenas comiste estos últimos días” que sonó a regañina.

Me sonrojé. Bajé la mirada y, en un susurro, respondí:

—Lo siento.

Me estaba disculpando por no comer y también por lo sucedido el día anterior. Y él lo sabía.

—Yo también. No debí haberme ido así. Perdóname.

Negué con la cabeza. Su marcha podía haberme dolido, pero eso no era lo importante. Además, la culpa había sido solo mía.

—Tenía miedo de hacerte daño.

Sus palabras sonaron más cerca. Y con razón. Tras posar la bandeja, se había acercado a mí hasta que solo un paso nos distanciaba.

Le miré. Posé mi mirada en su rostro y asentí para que viera que lo entendía. No le culpaba.

—No puedo darte eso. No aún —me dijo.

—Lo sé.

Realmente lo sabía. Además, como había tratado de decirle, no era eso lo que había buscado al decirle que quería dormir con él. Podía querer que eso pasara, pero también sabía que él no estaba preparado. Tenía demasiado miedo de dejarse llevar y acabar haciéndome daño.

Por su parte, él sonrió dando por finalizado ese tema de conversación.

—Ahora come. Debes estar hambriento.

Me agarró de la mano y yo me dejé llevar. Me hizo sentarme y colocó la bandeja frente a mí.

Cenamos en silencio. Salvo que esta vez fue él quien me dio de comer. Por mi parte, apenas le miraba. Y él lo notó, por supuesto, pues me preguntó varias veces qué me pasaba.

No contesté. Quería hablar sobre lo que había pasado, pero temía decírselo. ¿Y si volvía a desaparecer otro par de días? No quería eso.

La cena terminó y él todavía no me había sacado una respuesta. Le oí suspirar, seguramente decidiendo dejar así las cosas. Se levantó y, cuando se dispuso a irse, me atreví a hablar:

—Me gustó dormir contigo.

Había bajado la mirada, así que no pude ver su sonrisa. Lo que sí oí fue cómo se volvió hacia mí antes de contestarme.

—A mí también.

Alcé la cabeza y sonreí. Me sentía más confiado ahora que veía que no se arrepentía de haber accedido. Sin embargo, antes de que pudiera continuar y con eso decirle mi mayor deseo, él habló:

—Estaría bien repetirlo, ¿no crees?

Asentí ilusionado. No sabía si realmente pensaba eso, pero acababa de pronunciar las mismas palabras que yo estaba pensado.

—¿Qué te parece hoy? —me interrogó.

—Me encantaría.

Él asintió.

—Déjame llevar esto antes.

En silencio, y con una sonrisa boba en el rostro, le vi coger la bandeja y salir de la habitación con ella.

Me sentía pletórico. Esa misma mañana pensaba que lo había jodido todo y que no querría volver a saber de mí, y esa noche iba a volver a dormir con él. No podía creerlo.

Así fue. Nos acostamos juntos. Además, esa vez no intentó poner distancia entre nosotros, sino que abrió sus brazos, invitándome a pegarme a él.

Lo hice, por supuesto. También dejé que me abrazara como la vez anterior. Y también, como esa vez, él volvió a inhalar mi olor. Me reí.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Me encanta.

—¿A qué huelo? —seguí preguntando.

Sentía curiosidad. Sabía que había algo en mi olor que me identificaba como un puro, pero no sabía qué era o por qué ellos sí podían olerlo cuando los demás no.

—A la brisa otoñal del pueblo donde nací. —Le escuché decir—. A hierba recién cortada. Incluso a la comida casera de mi madre.

—¿A tantas cosas? —inquirí, sorprendido, a la vez que alzaba la cabeza para mirarle.

Él asintió.

—Tu olor me hace recordar cosas que creía ya olvidadas.

—¿Por eso sabes que soy un puro? —le interrogué.

—Supongo que sí. Eso y el hambre —agregó—. Esas ansias irrefrenables a las que tengo que hacer frente para no tocarte.

—Lo siento —me disculpé, escondiendo la cara contra su costado.

Sabía que no era mi culpa haber nacido así, pero sí lo era que él sintiera eso cada vez que estaba cerca.

Negó con la cabeza.

—No lo sientas —me dijo mientras acariciaba mi rostro—. Fue tu olor lo que me llevó al callejón ese día. Si no hubiera sido por eso, jamás te habría conocido.

Asentí sin que el sentimiento de culpa hubiera desaparecido del todo. Aun así, mi curiosidad fue más fuerte, y tenía muchas preguntas en mi cabeza deseosas de ser contestadas. Pregunté:

—¿Te has encontrado con más como yo?

—¿Puros? Sí. No seréis muchos, y cada vez quedáis menos, pero he vivido el tiempo suficiente como para haberme encontrado con unos pocos como tú.

—¿Cuántos?

—No muchos —me respondió tras pensarlo—. Cinco.

Asentí. Que fueran tan pocos daba fe de los pocos puros que quedábamos. Lo malo de preguntar eso era que una nueva pregunta se instaló en mi mente. Y aunque me imaginaba la respuesta, quería escucharla salir de sus labios.

—¿Y qué hiciste? ¿Los… los comiste?

Mi mirada estaba fija en su rostro, y solo por eso pude ver cómo se enseriaba antes de afirmar con la cabeza.

Era la respuesta que había esperado. Incluso así mi cuerpo se estremeció al imaginármelo.

—¿No te causa repulsa? —le pregunté en un susurro.

—¿Te la causa a ti la comida que comes? —me cuestionó él a su vez.

Negué con la cabeza. No era lo mismo. Mi comida ya estaba muerta cuando llegaba a mí. No como la suya.

—Para mí ya no son personas. Son presas —me confesó—. Los veo como mi comida. Nada más.

—¿Y al principio? ¿También lo veías así?

Era la primera vez que le preguntaba sobre ese tema. En nuestras anteriores conversaciones, siempre que le interrogaba era sobre cómo eran las cosas antes de la Gran Guerra. Me fascinaba la vida que habían tenido, tan diferente a como había sido mi propia vida. Sin embargo, ahora quería saber cómo habían sido las cosas justo tras la guerra, cuando las mutaciones empezaron a darse y la gente moría por ellas. Le pregunté.

Él se mantuvo en silencio. Podía ver que estaba tenso, que no quería hablar. Aun así, hizo un esfuerzo por recordar.

—Caos —me dijo finalmente—. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirlo, esa sería caos.

Le miré, curioso. Mis ojos no se apartaban de su rostro mientras escuchaba con total atención.

Fue así como me habló de todas esas ciudades y esos países que desaparecieron tras la guerra. Los muertos que se contaban por millones. La confusión y el miedo cuando las primeras mutaciones se dieron. Cuando la gente empezó a morir a gran escala otra vez.

Sus palabras me transportaron a esa época. Podía imaginármelo tan bien como si realmente estuviera allí. Me estremecí.

—¿Y tú? ¿Cómo lo descubriste tú?

—Fue por la comida —me dijo tras casi un minuto de silencio—. Daba igual lo que comiera, lo vomitaba. Al principio creí que estaba enfermo. Luego, tras días de no comer nada, supe que iba a morir.

—Pero no moriste —le corté—. ¿Por qué?

—Comí.

Esa respuesta tan simple aclaró todas mis dudas. Aun así, él siguió hablando. No le interrumpí. Quería saber más.

—Un día hubo un temblor. A mí no me pasó nada, pero otros no tuvieron la misma suerte. Un chico, el dependiente de la tienda donde solía ir a comprar, quedó atrapado bajo unos escombros. Podría decirte que le encontré por casualidad, pero estaría mintiendo. Si le encontré, fue por su olor.

Se detuvo, titubeante. Y podía quedarme con esa explicación, pero mi curiosidad era más fuerte.

—¿Era como yo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió—. No sé si era un puro o que los cambios no habían empezado a darse en él. Todo lo que sabía era que yo estaba débil, muy débil. Me había arrastrado allí siguiendo mi instinto y mi olfato, y todo lo que quería era comer.

»Me pidió ayuda. Me pidió que, por favor, le ayudase. Yo le dije que tenía hambre. El resto… Eso puedes imaginártelo.

Asentí. No necesitaba de palabras ni confirmaciones para saber lo que había ocurrido. Él mismo lo había dicho antes. Comió. Se alimentó de él.

—¿Qué sentiste?

No necesitaba una explicación sobre lo que había hecho. No la quería. Lo que sí me intrigaba era lo que sintió al darse cuenta de lo que tendría que hacer si quería vivir.

—Sentí que era la carne más deliciosa que había probado en la vida. Mis fuerzas regresaban con cada bocado, así que no dejé de comer. Luego, cuando ya estaba saciado, sentí asco. No hacia lo que había hecho, sino hacia mí mismo porque me había gustado. Había disfrutado.

No me miró al hablar. Sus ojos estaban fijos en el techo de la habitación en vez de en mí. Yo sí le miré. Podía sentir mi cuerpo temblar, y sé que se dio cuenta, porque me preguntó si le temía.

—No —respondí.

Era la verdad. No tenía miedo. Sabía que no me haría nada. Mi temblor se debía más al hecho de ponerme en su lugar en una situación así. Sabía que habría hecho lo mismo.

Me miró con duda y yo le sonreí. Incluso me incliné un poco para poder besarle. Quería que viera que no mentía. Quería que olvidara todas esas dudas y las dejara atrás.

—Aun así, quieres hacerlo. —Le escuché decir al romper el beso.

—Cuando estés preparado.

—¿Y si nunca lo estoy?

—Lo estarás —respondí con una sonrisa con la que trataba de animarle—. Sé que lo conseguirás.

No dijo más, aunque su rostro se tornó pensativo. Por mi parte, me acomodé contra él una vez más y, a los pocos minutos, me había dormido.

Pasaron los días. Las muestras de afecto eran frecuentes e incluso dormíamos juntos, pero nada más. Ambos nos conformábamos con eso. ¿Teníamos erecciones matutinas? Por supuesto. ¿Sueños eróticos? Obvio. Pese a ello, ninguno hacía nada.

Más de una vez le pillé mirándome. O, mejor dicho, mirando el bulto de mi entrepierna. Al igual que yo le miraba a él. Aun así, tuvo que pasar casi una semana antes de que me atreviera a poner en palabras la idea que se había asentado en mi cabeza.

Esa vez lo hablé con él. La idea era peligrosa y sabía que sería una estupidez llevarla a cabo sin avisarle antes. Cualquier cosa podría pasar y yo acabar muerto. Así que decidí hablar con él.

Mi idea era simple. Sabía que no estaba preparado para un contacto más íntimo, pero ¿y si era yo quien se tocaba mientras él me miraba desde la otra punta de la habitación? Era peligroso, pero también podía ayudarnos.

Su rostro se ensombreció al escucharme. Todas sus dudas se reflejaron en su cara y casi pude sentir la negativa en sus labios.

Logré convencerle. Le dije que no haría falta que me tocara ni que se acercara a mí. También le aseguré que me detendría si me lo pedía. Y que lo entendería si salía de la habitación antes de que todo acabara. Seguí viendo la duda en sus ojos pero, tras pensárselo, asintió.

Lo intentamos ese mismo día. Yo estaba sobre la cama y él sentado en un sillón en el extremo opuesto del cuarto. Los nervios y la tensión podían cortarse con un cuchillo, pero me obligué a comenzar. Me empecé a desvestir.

No salió bien. Su mirada fija en mí me excitaba. Al igual que el morbo por lo peligroso de la situación. Él también estaba excitado. La erección en sus pantalones era una prueba innegable. La otra era el ansia en sus ojos.

Por eso se fue. Salió de la habitación cuando sus ganas de comer crecieron demasiado. Era eso o hacerme daño.

No le culpé, por supuesto. Ya había imaginado que eso pasaría. Aun así, no perdí la esperanza. Quería creer que algún día podríamos llegar a estar juntos.

Y, tras semanas de intentos frustrados y algún que otro avance, por fin llegó el día. Esa vez yo estaba sentado sobre sus piernas. Estaba desnudo, por supuesto. Mis manos estrujaban su camisa y mis labios soltaban mi entrecortado aliento contra su cuello. ¿La razón? Esos dedos que me penetraban y la mano que nos masturbaba a ambos.

Estaba exultante. Por fin había conseguido algo más de participación por su parte y ahora apenas podía dejar de gemir su nombre junto a los “Más” y los “No pares. Por favor, no pares”.

La gran sorpresa llegó en ese momento, y fue un movimiento tan rápido, brusco e inesperado que me sacó un grito y me asustó. Porque aunque estaba sentado en sus piernas, al momento siguiente me había lanzado contra la cama, se colocó sobre mí y me penetró.

Mi grito fue más por la sorpresa que por el dolor. Celebraba que fuera más participativo, pero aun así no esperaba que llegáramos a este punto. No me quejé. Respondí a su beso cuando lo inició y moví mis caderas al son de las suyas. Quería disfrutar del momento, y quizá por eso no le di importancia cuando sentí sus labios en mi cuello. Fue un gran error. Puede que al principio solo me besara o se conformara con lamer mi sudor, sin embargo, pronto eso no fue suficiente.

En el momento en el que sentí sus dientes mordisqueando mi cuello y mi hombro, me excité incluso más de lo que ya estaba. El problema vino cuando hundió sus dientes en mi piel, cuando sentí mi propia sangre brotar de la herida y acabar en su boca.

Gemí de dolor y también por la excitación. La idea de alimentarle me excitaba tanto como me asustaba. No temía a la muerte, y quizá por eso en vez de alejarle lo que hice fue acercarle aún más a mí.

Deseaba que me mordiera de nuevo, que me comiera. Mi cuerpo se estremecía y de mi boca solo salía su nombre, siendo de forma entrecortada cuando me mordió de nuevo. Sonreí extasiado y solo me quejé cuando se alejó.

Le miré extrañado. Estaba confundido y desencantado. Sabía por qué se había separado, pero no por ello me gustaba la idea. Le llamé, pero él no me miró. Tenía la cabeza baja, con la sangre manchando su mentón. Estaba serio, tanto como jamás le había visto antes. Traté de acercarme pero se alejó. Le llamé de nuevo, esta vez preocupado, pero él negó con la cabeza y retrocedió aún más, saliendo de la propia habitación cuando intenté detenerle.

En el mismo momento en el que la puerta se cerró, solo pude parpadear sorprendido. La situación se había descontrolado de una forma que nunca me había imaginado y ahora me sentía excitado, confundido y, sobre todo, abandonado.

Me levanté, y el mareo que me sobrevino me obligó a apoyarme en la cama. Cerré los ojos y me llevé la mano al lugar donde me había mordido. Ahora que la excitación había pasado, el dolor era lo único que sentía. Lo peor fue comprobar que el daño era mayor de lo que había creído. Sangraba demasiado para una simple herida, y por eso llegué a la conclusión de que me había sesgado la yugular.

La puerta se abrió en ese instante, dando paso a la chica del servicio. Aunque poco más recuerdo de ese momento, pues no tardé mucho en desmayarme.

Cuando desperté, el dolor de mi cuello casi había desaparecido. Curioso, me llevé la mano al cuello solo para descubrir que me lo habían vendado. Eso era bueno. Explicaba por qué seguía vivo.

No sabía la hora exacta que era, pero pude ver que tenía una bandeja con comida sobre la mesita, al lado de la cama. Comí. Estaba hambriento, así que no dudé en comer la fruta que habían dejado ahí para mí, bebiendo también el vaso que había junto al plato.

Tras eso, no vacilé en levantarme y salir del cuarto. Quería saber qué había pasado, que me dijeran cuánto tiempo había estado inconsciente y, sobre todo, quería verle. Podía haber disfrutado el mordisco, podía haberme excitado por ello, pero estaba preocupado por él. Necesitaba verle.

Recorrí varios de los pasillos. El lugar era grande, aunque no tardé en llegar a la cocina. Allí, la chica y el cocinero no tardaron en volverse hacia mí al verme. La primera intentó que volviera a la cama, diciendo que necesitaba descanso. No obstante, cuando vio que eso no sería posible, accedió a que me quedara con ellos.

Gracias a ellos descubrí que llevaba casi dos días en la cama. Como había supuesto, el mordisco fue más grave de lo que me pareció y la yugular se vio afectada. Fue una suerte que lograran parar la hemorragia a tiempo, y luego el descanso me devolvió las fuerzas perdidas.

También les pregunté por él, quería saber dónde estaba y verle, hablar con él sobre lo ocurrido. Sin embargo, lo único que pude sacar de ellos era que había salido y que no sabían cuándo volvería.

Chasqué la lengua decepcionado. Comí y bebí un poco más, aprovechando la comida que estaban haciendo. En vez de volver a mi cuarto, no quise desperdiciar que ese día no llovía y salí al jardín. Sabía que algo de sol y calor me vendría bien.

Así pasé los siguientes tres días. Me levantaba, desayunaba, le preguntaba a la del servicio por él y, cuando me respondía que aún no había llegado, dedicaba el día a recuperar fuerzas.

Fue al cuarto día cuando supe que había llegado. Me había quedado dormido en el jardín, así que, cuando me desperté y vi que estaba en mi cuarto, supe al instante que él había regresado.

Me levanté de la cama y salí de la habitación. No sabía por dónde empezar a buscar, pero no me hizo falta. Me lo encontré de frente nada más dar unos pasos.

“Iba a buscarte”, le dije, deteniéndome antes de darme de bruces contra él. Asintió en silencio. Dio media vuelta y empezó a caminar. Le seguí. No estaba muy seguro de adónde se dirigía, pero no estaba dispuesto a quedarme atrás. Teníamos que hablar.

Entramos en su despacho. Era la primera vez que entraba en esa habitación, y, a pesar de ello, los libros, muebles, cuadros y la chimenea que en otra ocasión hubieran atraído mi atención, esa vez apenas se llevaron un rápido vistazo por mi parte. Mi atención estaba centrada en otra cosa.

—Lo siento. —Le escuché decir.

Le miré. Se había separado de mí para ir hacia la ventana, donde se había apoyado. Me miraba desde allí con una cara tan seria que en realidad parecía que se había muerto alguien.

Negué con la cabeza. Intenté decirle que no era culpa suya, que yo tuve la culpa al haberle llevado a tal extremo. No me dejó hablar.

—No debí dejarme llevar.

—Y yo debí apartarte —le corté—. No te culpo por lo que pasó. Solo… Solo me hubiera gustado que no hubieras desaparecido.

Lo último lo dije en un susurro. Era lo que más me había dolido. Comprendía por qué había tenido que irse, lo sabía, pero me habría gustado verle a mi lado cuando desperté esa primera vez. No haber tenido que preguntarme dónde estaba durante todos esos días.

Él desvió la mirada. Quería acercarme a él; sin embargo, debido a lo tenso que le veía, temía que me rechazara.

No sabía qué decir. Sabía que debíamos hablar del tema, aclararlo todo, pero las palabras no salían de mi boca. Quedaban atrapadas en mi garganta.

—He estado pensando.

Alcé la vista nada más escucharle. Le miré interrogante, pero él no me miraba a mí. No en ese momento al menos. Sus ojos estaban centrados en lo que sucedía al otro lado de la ventana.

—¿A qué te refieres? —le pregunté, avanzando un paso hacia él.

—No pienso volver a tocarte.

Las palabras me causaron tal impresión que me detuve en mitad de un paso. Le miré. Ahora sí me miraba, y lo único que veía era una enorme seriedad en sus ojos.

—¿Qué? —farfullé, aún sin procesar lo que mis oídos habían escuchado—. ¿Por qué?

—No pienso volver a ponerte en peligro. Todo esto fue una insensatez. Nunca debimos…

—¡Pero tú querías! —exclamé.

Él asintió. Eso era bueno. Al menos no lo negaba, no me echaba toda la culpa a mí. Lo que dijo luego ya no me gustó tanto:

—Fue una estupidez. Debí entender que nunca podría llegar a darte lo que querías. Que lo único que conseguiría con esto sería ponerte en peligro.

Negué con la cabeza. No quería seguir escuchándole decir eso. Podía haber salido mal, pero esa solo había sido una de las muchas veces en las que algo fue mal. Y no entendía por qué quería rendirse ahora.

—Vale, sí, salió mal —acepté. Estaba nervioso y tuve que estrujarme las manos para que dejaran de temblar—. Pero… Pero no hay por qué ser tan negativo. Podemos volver a intentarlo —le dije, esperanzado—. Hacer como antes: esperar a que estés preparado y…

—¡Pude haberte matado!

—¡Pero no lo hiciste! —le rebatí con acierto—. ¡Te controlaste!

—¿Control? —La risa sarcástica que salió de sus labios me hizo callar—. ¿Sabes acaso lo que he estado haciendo estos últimos días? He estado cazando —me confesó—. Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses. ¿Y sabes qué es lo peor? —Negué con la cabeza. Una parte de mí lo presentía, pero no quería confirmarlo. No quería escucharlo—. Que daba igual a cuántas personas comiera. Siempre tenía que luchar contra la idea de volver aquí y matarte.

Mi cuerpo se estremeció. La primera causa era el miedo, la segunda, la excitación. Ahora que se había acercado a mí, ahora que estábamos frente a frente, veía el hambre en sus ojos, veía sus ganas de comerme, y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba.

Abrí la boca. Quería explicarme, decirle algo, cualquier cosa, pero él no me dejó hablar.

—No voy a volver a tocarte —repitió—. Y no hay más que hablar.

La discusión terminó ahí, por supuesto. Sabía que nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Y yo estaba demasiado furioso y asustado como para querer seguir allí con él.

Me fui. Abandoné la habitación tras un portazo y me encerré en mi propio cuarto. No quería volver a saber de él. No hasta que los ánimos se calmaran.

La tensión que hubo en la casa los días siguientes podía cortarse con un cuchillo. No le vi. No quería. Aún estaba enfadado. Me enojaba pensar que quería rendirse solo por un fallo. Sí, podía haber muerto, pero era algo que yo había asumido cuando acepté seguir en esa casa, cuando le dije que necesitaba algo más que solo saber que sentía algo por mí.

Además, todo había acabado en un susto, ¿no? Nada malo me había pasado al final. Él se había reprimido. Se había ido para evitar hacerme más daño. Aunque lo único que había conseguido era que matara a todas esas personas los días que no estuvo en la casa.

El pensamiento no me gustaba, pero estaba ahí. Aun así, más que asustarme o asquearme, mi cuerpo temblaba por otro sentimiento al que no me atreví a poner nombre.

Esos días, en vez de comer con él como iba siendo lo habitual, bajaba a la cocina. No quería verle, pero tampoco quería comer solo. Por eso bajaba, así podía estar con la chica del servicio, el cocinero y, a veces, alguno de los guardias.

Eran ellos los que me entretenían y me hablaban de las cosas que pasaban en el exterior. ¿Cómo se enteraban? Nunca se lo pregunté. No lo vi importante.

Excepto un día. Uno de esos en los que comí junto a ellos. Había pasado ya casi una semana desde la discusión y los ánimos aún no se habían calmado. Y eso se notaba. Incluso ellos lo notaban. Fue ese día cuando la chica decidió preguntarme. Y fue ahí cuando les conté todo lo que había pasado.

Se hizo el silencio. Sabía que estaban al tanto de nuestra relación, pero nunca me preocupé por saber qué opinaban. Por suerte, ninguno parecía creer que en verdad me estaba aprovechando de su jefe. Lo que más pude ver en sus rostros fue la preocupación.

—Chico, si un zombi te dice que te alejes de él por tu propio bien, tú callas y obedeces —empezó a hablar el cocinero, rompiendo con ello el silencio creado—. Si hubiera una lista de seres a los que es mejor hacer caso, te aseguro que él estaría en la primera posición. Los suicidas no viven mucho tiempo, y nunca te tomé por uno.

Traté de explicarme, pero él me acalló al alzar un dedo de su diestra.

—Voy a contarte algo. Llevo mucho tiempo aquí, y eso me ha permitido descubrir cosas sobre los zombis que, de otro modo, jamás habría llegado a saber. ¿Quieres que te diga una de ellas? —Asentí—. Aprendí que el metabolismo de los zombis es más lento que el nuestro. ¿Sabes lo que significa? Significa que no necesitan alimentarse tantas veces como nosotros —se respondió sin darme opción a hablar—. Es la gula lo que les hace comer tanto. El simple acto de cazar y comer. Pero no lo necesitan realmente. En todos los años que llevo aquí he podido confirmarlo. Él, por ejemplo, solo se alimenta una o dos veces al mes. ¿Sabes cuántas veces se alimenta desde que llegaste a esta casa? —Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y supe que la respuesta no me gustaría. Negué con la cabeza—. Una o hasta dos por semana.

La confesión me pilló desprevenido y me hizo pensar. Porque si ahora comía tanto era por mi culpa, para evitar que el hambre pudiera con él y, así, no hacerme daño.

Por otra parte, sus palabras volvieron a mí. Ese “Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses” que me dejó pensando cuántas muertes se habían dado por mi culpa esos días que había pasado fuera.

El resto del día lo pasé pensando en todo ese tema. Sabía que no quería dejarlo, no pensaba rendirme, pero tenía que encontrar una forma con la que llegar a un acuerdo con él. Hacerle ver que, a pesar de que pude haber muerto, eso podría no volver a pasar si teníamos aún más cuidado.

Decidí hablar con él. Quería arreglar las cosas y, además, le echaba de menos.

No estaba seguro de dónde podría estar, así que le busqué primero por fuera y luego por los lugares donde solía estar, como la biblioteca. Después fui a su despacho, pero no estaba allí. Al final, me decidí por buscarle en su cuarto.

Me dirigí hacia la habitación, deseando que estuviera allí. Quería verle. Lo necesitaba. Podía haber estado enfadado, pero ahora ya no lo estaba. Lo único que quería era aclarar las cosas y poder estar con él.

Sin embargo, no llegué a tocar la puerta de su habitación. ¿El motivo? Los sonidos que provenían de la habitación de al lado.

Me detuve en mitad del pasillo. Mi mente centrada en esos sonidos que, al instante, pude definir como gemidos. Miré hacia la puerta. Nunca había estado al otro lado, pero sabía que era una de las habitaciones prohibidas. ¿Qué era lo que hacía allí? No lo sabía, pero tenía mis sospechas.

Inconscientemente, mis pies se movieron y pronto estuve justo frente a ese trozo de madera que me distanciaba de él. Mi mano estaba posada en el pomo, uno que no tardé en girar para poder acceder a la habitación.

Lo que vi allí, me dejó sin palabras. Podía haber visto a zombis alimentándose alguna vez, pero nunca desde tan cerca. Porque eso era lo que estaba haciendo él. Allí, en esa cama que ocupaba la mayor parte de la habitación y que era casi el único mueble en ella. Allí, junto a una chica que le abrazaba y en ese momento le besaba. Los dos cubiertos de sangre, los dos tan juntos que parecían uno… No pude evitarlo. Me excité.

Y algún ruido debí hacer, o quizá fue mi propio olor lo que le advirtió, porque no tardó en distanciarse de ella e, incluso, volverse hacia mí.

Me miró. Susurró mi nombre con unos labios cubiertos de sangre que luego goteaba desde su mentón hasta su pecho desnudo. Me miró y en sus ojos pude ver hambre y sorpresa, pero también miedo.

Se levantó. La chica se quejó por la pérdida de atención, pero él la ignoró. Solo tenía ojos para mí. Igual que yo para él.

Se acercó. Caminó despacio y yo solo podía mirar. Quería hacer algo, pero no estaba seguro de qué. ¿Irme? ¿Quedarme? ¿Acercarme a él? No lo sabía. Mi cuerpo no me obedecía y en mi mente solo se repetía la escena anterior una y otra vez.

Estaba en shock.

Ni siquiera escuchaba. Él decía mi nombre, pero no le oía. La única palabra que finalmente llegó a mí, fue una orden: “Vete”.

Obedecí, por supuesto. Antes de darme cuenta, mis pies me habían sacado de esa habitación y me habían llevado a la mía.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella mientras mi mente trataba de asimilar lo que acababa de ver. No sé cuántos minutos estuve así, solo me separé cuando alguien llamó.

El gesto me hizo dar un pequeño salto al no esperármelo. Miré la puerta. No me hacía falta preguntar para saber que era él quien había llamado. Lo que no sabía era si quería abrirle.

Lo hice.

Tras un minuto sin saber qué hacer, abrí la puerta y le dejé entrar. Él estaba ahí. Salvo que ya no había sangre e iba completamente vestido. No quería asustarme.

Me aparté de él. Me acerqué a la cama, dejando espacio entre nosotros. No estaba seguro de qué decirle ahora que le tenía delante. La discusión había pasado al olvido, siendo suplantada por la imagen de él alimentándose.

—¿Quién es ella? —le pregunté entre celoso y curioso.

Se encogió de hombros. Se había mantenido en silencio hasta ahora, quizá porque tampoco estaba seguro de cómo explicarse ni qué decir, pero no dudó en contestarme:

—No lo sé —me dijo—. Alguien que quiere morir.

Le miré confundido. Y él debió de ver la incomprensión en mi rostro, pues no tardó en explicarse.

Me dijo que era conocido no solo por su poder, sino porque aceptaba a esos que querían morir. De esa manera, muchas personas preferían acercarse a la casa y acceder a ser comidas en vez de suicidarse de alguna otra forma. Él aceptaba, por supuesto. Eso implicaba tener comida gratis todo el año.

—Y los que te comiste esos días que estuviste fuera, ¿también eran gente que quería morir? —le interrogué a sabiendas de la respuesta que me daría.

—Sabes que no.

Asentí en silencio. La respuesta era la prevista, pero eso no lo hacía más fácil. Ni siquiera saber que algunos le buscaban para morir facilitaba las cosas.

Él se mantuvo en silencio. Me dejó mi tiempo y también espacio para procesarlo todo. Aunque había algo más que hacía que no se atreviera a acercárseme. ¿El qué? El miedo a un posible rechazo por mi parte.

Porque a mí podía asustarme la idea de que él se dejara llevar y terminara matándome, pero a él también le asustaba que yo decidiera alejarme de su lado por miedo.

Lo que él no sabía era que no solo había sentido miedo. Lo que él desconocía era que verle en esas condiciones, en vez de asquearme, había conseguido excitarme. Quizá por eso no se esperó las siguientes palabras que pronuncié:

—Quiero estar presente.

La perplejidad se quedó pequeña al lado de lo que sintió al oírme. Sabía a qué me refería. Sabía que lo que quería era estar presente cuando volviera a comer. Se negó.

—Es peligroso —trató de hacerme ver.

—Puede ser —admití—. Pero piénsalo, estabas más calmado ahí que la otra vez que estuvimos solos —le dije—. No me atacaste. Pudiste hacerlo y no me tocaste.

—Fue por la sorpresa. No esperaba que me vieras así.

Negué con la cabeza. No quería escuchar esas excusas con las que intentaría convencerme. Lo que quería era que me escuchara ahora a mí. Me enfrenté a él, serio, tomándome la licencia incluso de señalarle y golpear su pecho con mi dedo al mismo tiempo que hablaba.

—Tu alimentación es parte de lo que eres y no vas a conseguir alejarme de esto. Me da lo mismo que tengas que alimentarte de personas y que las folles mientras te las comes. No pienso quedarme a un lado —declaré—. Quién sabe, quizás así consigas ir aceptándome poco a poco —agregué con una sonrisa ahora.

Él me miró fijamente. Sabía que intentaría negarse, así que le acallé al alzar un dedo. “Si tengo que volver a entrar cuando estés en esas, lo haré”, le aseguré. Y él supo que hablaba en serio. Y por poco que le gustara la idea, aceptó.

—Pero te quedarás al margen —me dijo—. Te quiero en la puerta, no más cerca. Y saldrás si hago el amago de acercarme a ti.

Asentí. Era mucho más de lo que había esperado conseguir en un principio, así que no me negué a ello. Sus condiciones tenían sentido y sabía que solo se preocupaba por mí. Habría aceptado, pero eso no quería decir que se arriesgaría aún más a hacerme daño.

Aclarado todo, sonreí. Por primera vez en ese día, me permití sonreírle. Acto seguido, me acerqué a él y le abracé. Porque, ahora que todo estaba claro, quería que viera no solo que no le temía, también que le extrañaba y que quería estar a su lado como antes.

Le noté tenso, pero pronto respondió a mi gesto. Me rodeó con sus brazos y me estrechó con fuerza. “Prométeme que tendrás cuidado”, me susurró al oído tras aspirar una vez más mi olor. Y yo asentí.

Decidimos intentarlo la próxima vez que él comiera. La víctima era un chico esta vez. Otro más que se había cansado de la vida afuera y quería ponerle fin.

Estaba nervioso, de pie al lado de la puerta. Tenía órdenes de salir de la habitación si veía que algo iba mal. Aunque claro, no podía decirse que quedarme ahí parado mientras veía cómo mi pareja se comía y follaba a un desconocido fuera del todo normal.

¿Qué ocurrió? No voy a daros detalles de cómo le folló o cómo le comió. Os diré que lo vi todo y que no fue asco lo que sentí.

Él me miraba. Parecía estar centrado en el otro, pero en verdad desviaba su mirada hacia mí cada cierto tiempo. ¿Por qué lo hacía? Quizá por ansia o quizá para asegurarse que seguía ahí, inmóvil, viéndole alimentarse.

Fue cuando todo terminó y él se acercó a mí, cuando asimilé totalmente lo que había visto. Solté todo el aire en un exabrupto. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared.

Le pregunté si iba a comerme a mí también, y él negó con la cabeza. Lo que hizo fue sostenerme y llevarme a mi cuarto. Y puede que se hubiera limpiado parte de la sangre y el resto de fluidos, aun así, el olor llegó a mí con más fuerza que antes, inundando mis sentidos.

El resto del día lo pasé en la cama. Él desapareció un tiempo para ducharse y cambiarse, después volvió y permaneció conmigo el resto de la noche. Primero, sentado en el sillón. Luego, cuando le llamé, a mi lado en la cama.

Ninguno habló sobre lo que había pasado. Sabía que no había nada que explicar y yo tampoco tenía nada que decirle. Lo único que me preguntó era si quería seguir con eso. Asentí. Porque podía haber sido difícil, porque podía tener grabados en mi mente los gemidos y luego los gritos del chico, pero no pensaba rendirme. Había elegido ese camino y pensaba recorrerlo hasta el final.

Pasaron los días. Él se alimentaba y yo estaba ahí. Lo veía todo desde la puerta, sin acercarme, sin moverme, escuchándolo y viéndolo todo como un mero espectador más.

Hasta que un día no pude quedarme al margen y me acerqué. Fui hacia él, hacia esa cama de sábanas revueltas y manchadas donde estaba dándose su festín. Caminé hacia ellos y, una vez a su lado, sonreí cuando me miró.

Luego le besé. No le dejé decir nada, no le di tiempo. Uní mis labios a los suyos y saboreé la sangre del otro al mismo tiempo que su boca. “Fóllame”, le dije y él asintió con la lujuria y el hambre brillando en sus ojos.

Me desvistió a toda prisa. Las caras ropas que llevaba puestas no tardaron en convertirse en un amasijo de harapos tirados en el suelo. Su fuerza era amedrentadora, y lo que más morbo me daba era saber que en cualquier momento podía rendirse a su instinto y comerme a mí también.

No lo hizo. No estaría contándoos esto de haber muerto ese día. Pudo morderme con saña, arrancarme algún grito de placer y dolor y saborear mi sangre al hacerme alguna herida, pero nada serio. A mí me folló y al otro le devoró. Y aunque fue a mí a quien llevó al clímax entre sangre y vísceras, no pude evitar sentir cierta envidia por ese chico que le había servido de cena. Porque el chico había muerto por él, porque con ese gesto se lo había dado todo, y a mí no me dejaba hacer lo mismo.

Repetimos esa misma situación muchas veces más. Paradójicamente, esta parecía ser la única manera en la que podía follarme sin temor a convertirme en su almuerzo, así que lo aprovechamos.

Siempre era igual. Yo me quedaba junto a la puerta y, cuando él ya había comido lo suficiente, me acercaba y lo hacíamos rodeados por los restos del otro. A veces sentía trozos de carne pasar a mi boca durante un beso. Otras veces sentía las vísceras reventar bajo el peso de ambos. En el primer caso, tragaba la carne sin darle importancia, y en el segundo, dejaba que él me lamiera hasta quedar satisfecho. La envidia nunca se fue, aunque reconozco que disfrutaba de esas sesiones de sexo desenfrenado como un niño de su juguete nuevo. Era tan excitante como peligroso, y eso me encantaba.

No fue suficiente. Poco a poco empecé a desear más.

La idea de que me mordiera se instaló en mi cabeza. Me excitaba pensar en ser comido por él. No era por el hecho de que me comiera, sino por todo lo que ese gesto significaba. Porque así sería parte de él.

Sin embargo, sabía bien que no aceptaría. No me hacía falta hablar con él para saber cuál sería su respuesta. Me la imaginaba muy bien.

Por ello, lo que hice fue tratar de conformarme con mordiscos. Le pedía que me mordiera. “Más fuerte”, “Hazme sangrar”, le susurraba cada vez que notaba sus dientes en mi piel. Luego fui yo quien le besaba tras hacerme una herida en el labio o la lengua. Quería que se descontrolara y me comiera. Y por eso, cada orgasmo que me provocaba tenía un pequeño regusto a derrota. Seguía vivo.

Se dio cuenta, por supuesto. Puede que al principio pensara que todo se debía a la excitación del momento, pero no tardó en atar cabos. Se enfrentó a mí. Discutimos. Él me decía que estaba loco y yo le replicaba diciéndole que era mi vida y que podía hacer con ella lo que quisiera.

Intentó convencerme. Me dijo que no quería perderme. Y yo le respondí que terminaría perdiéndome igual. Que, de esta forma, al menos formaría parte de él.

No accedió, por supuesto. Me dejó solo en el cuarto tras declarar que no pensaba hacerlo, y me avergüenza decir que destrocé un par de cosas a causa de mi enfado por no conseguir lo que quería.

Más días pasaron. El tema seguía presente y eso se notaba en la tensión entre ambos. Y podía comprender su punto de vista, pero también sabía que eso que teníamos no duraría para siempre. Porque él no envejecía y yo sí. Porque pronto podía cansarse de mí y abandonarme a mi suerte tras cambiarme por otro.

Lo reconozco, ese era mi mayor miedo. Porque podía ser joven, pero eso no duraría para siempre. Y él seguiría ahí, viviendo incluso cuando mis huesos se convirtieran en polvo con el paso de los años. Porque mi vida y todos los momentos compartidos no ocupaban más que un parpadeo si lo comparábamos con el tiempo que él viviría. Algo que terminaría olvidando. Por eso quería que me comiera ahora antes de que eso pasara.

Traté de explicarme, pero no quería escuchar. Me decía que, si quería que eso pasara, más me valdría salir de la casa y buscar a otro zombi, porque él no iba a hacerlo.

No me fui. No quería que otro me comiera, quería que fuera él. Aunque sabía que nunca lo haría.

Al final me rendí. No quería seguir enfadado con él y sabía que jamás aceptaría, así que me rendí. Acepté que él había ganado y me disculpé por pedirle algo así.

Puede que aceptara mis disculpas, pero sé que no me creyó. Al principio pensó que era una treta, y solo me creyó al ver que no volvía a pedírselo ni intentaba nada. De todos modos, nunca bajó la guardia del todo. Sabía que podía haberme rendido, pero también sabía que la idea persistía en mi mente.

Forjó un plan: darme motivos para querer vivir. Retomamos las clases y me contaba cosas sobre cómo era todo antes sin que yo le preguntara. Quería que quisiera vivir. Lo que no entendía era que, a pesar de quererlo, la idea de darle mi vida era más fuerte.

El tiempo pasó. Tantos días que perdí la cuenta. Y todo siguió igual. En realidad, nada cambió hasta esta misma mañana, cuando me despertó el sonido de los gritos.

Abrí los ojos sobresaltado. El sueño no me había abandonado por completo, pero lo hizo cuando escuché el sonido de cristales y cosas rotas. Me levanté al instante. Mi mente trataba de encontrar una explicación, pero no di con ella. Además, no tenía a nadie a quien preguntarle.

Estaba solo en el cuarto. Él había salido hacía un par de días tras decirme que tenía que hacer algo importante, y aún no había vuelto. Por ello, no dudé en salir de la habitación e ir a buscar a los demás. Podía no estar seguro de lo que estaba pasando, pero estaba claro que era algo serio.

Salí al pasillo. Los ruidos se escuchaban con más fuerza ahora, acompañados por gritos. Tragué saliva. No estaba seguro de a dónde ir. ¿Debería tratar de escapar? ¿Debería esconderme? ¿Dónde? Todas esas preguntas inundaban mi cabeza junto a la más importante: “¿Qué está pasando?”. Sin embargo, esta última no tardó en ser respondida.

Cuando me disponía a doblar una esquina, me encontré de frente con uno de los guardias, que corría en mi dirección. Choqué contra él, y no caí al suelo solo porque él me sujetó con fuerza.

—¡Han entrado en la casa! —me dijo antes de que pudiera pronunciar palabra—. ¡Tienes que huir!

Quise preguntarle quién había entrado, pero la pregunta murió en mi garganta cuando escuché su grito de dolor. Mis ojos se abrieron de par en par, todo por la sangre que me había salpicado, producto de la herida que acababan de hacerle al otro al clavarle una daga en el cuello.

Me quedé ahí parado, en shock. Lo único que me hizo volver en sí fue el empujón del guardia y su última orden. Un “¡Vete!” al que no dudé en hacer caso.

Di media vuelta y corrí todo el pasillo sin querer mirar atrás. Sabía que me perseguían, escuchaba sus pisadas, y por eso no dejé de correr, tratando de poner cuantos más obstáculos mejor entre mi perseguidor y yo.

Llegué a la cocina. Había intentado escapar por la puerta principal, pero me había resultado imposible al ver que varios desconocidos estaban en los pasillos cercanos. Por ello, lo intenté por la trasera y para ello necesitaba entrar en la cocina. Además, estaba seguro de que el cocinero y la chica del servicio estarían allí y no quería dejarlos atrás.

No me equivoqué. Tanto el uno como la otra estaban allí, sí, aunque no de la manera que me había esperado.

El olor a sangre, inconfundible a estas alturas para mí, me asaltó nada más entrar en la cocina. Una mueca de asco se dibujó en mi cara y las arcadas no tardaron en aparecer. No cuando vi de dónde procedía el olor.

Tirado en el suelo, con el torso abierto de par en par y las vísceras escapándose de su cuerpo, estaba el cocinero. Estaba muerto. Lo inhumano de su postura y toda la sangre a su alrededor me lo confirmaban. El cuchillo a su lado me decía que había tratado de defenderse, aunque estaba claro que no le había servido de mucho.

Fue un nuevo grito lo que me hizo desviar la mirada. Así fue como vi a la chica del servicio tratando de defenderse como fuera de los tres hombres que la acorralaban contra la pared.

Furioso, agarré el cuchillo y me acerqué a ellos. No sabía quiénes eran ni me importaban. Tenía claro que no deberían estar ahí y que habían sido ellos quienes habían matado al cocinero, y eso era todo lo que necesitaba saber.

No funcionó. No me habían visto entrar y la chica estaba demasiado ocupada llorando y tratando de alejarse de las garras de uno, como para poder hacer más. Sin embargo, eso no impidió que me olieran. Fue así como descubrí que eran zombis.

En el momento en que mi olor llegó hasta ellos, los tres parecieron olvidarse de la chica para centrarse en mí. Tragué saliva. El hambre, ese mismo sentimiento que en él me excitaba, ahora me aterrorizaba al verlo en los ojos de los tres desconocidos.

Retrocedí un paso, asustado, y agarré el cuchillo con fuerza. Podía no haberle servido de mucho al cocinero, pero no por eso pensaba rendirme. Si me rendía, acabaría muerto.

Me enfrenté a ellos a pesar de que mi instinto me decía que debía escapar. Me enfrenté a ellos sabiendo como sabía que lo más seguro era que todo acabara ahí para mí. Y lo único que conseguí fue herir a uno antes de que me dejaran inconsciente.

El dolor de cabeza fue lo primero que sentí cuando desperté. Lo segundo, fue que, al abrir los ojos, pude ver que ya no me encontraba en la cocina de la mansión.

Confundido, traté de levantarme. Y digo “traté” porque hubo dos cosas que me lo impidieron: el mareo que aún sentía por el golpe dado, y el grillete en mi tobillo que me encadenaba al suelo.

Miré a mi alrededor. Estaba en una especie de escenario, donde yo parecía ser el centro de atención. No pude ver a nadie, ni siquiera en las butacas sentado, pero sabía que no estaba solo. Lo sentía.

—Vaya, vaya. ¿Ya te has despertado? Has tardado, puro.

Una voz ajada llegó hasta mí, poniéndome los pelos de punta. Me giré, quedando frente a uno de los pasillos que daban al escenario, donde aparecieron dos hombres. El primero era joven, más o menos como yo. El segundo, por el contrario, era viejo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante y caminaba apoyado en un bastón y en el brazo del otro.

Me quedé observándoles, sin saber quiénes eran y qué podrían tener contra mí.

—¿No me reconoces, puro? —me preguntó al llegar hasta mí.

El odio estaba presente en su voz. Un odio tan visceral que me hizo estremecer. Le miré. Miré su rostro, plagado de arrugas, su cabello, canoso, su ropa, cara; pero nada me hizo saber quién era. No conocía a nadie tan viejo. Nadie vivía tanto tiempo como para envejecer hasta tal punto.

Negué con la cabeza.

—Quizás esto te refresque la memoria…

En un movimiento lento, en el o soy.ba perfectamente con la mirada que me dirigpe arremanga apoyado en un bastina de la mansique quedó patente el esfuerzo que debía hacer, el hombre se arremangó un brazo y me dejó ver lo que en él había: el tatuaje de un cuervo blanco.

Mi corazón se detuvo, todo por la sorpresa. Estaba perplejo. Porque reconocía el tatuaje, porque sabía que el cuervo blanco solo podía llevarlo una persona, y ese era el líder.

—Eres el cuervo.

El susurro salió de mis labios sin que me diera cuenta. Y él rió. Una risa gastada, ronca y llena de malicia que combinaba perfectamente con la mirada que me dirigía.

—Lo soy.

El hombre dio un paso más hacia mí, dirigiéndome una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. Parecía estar riéndose de mi desconcierto y mi perplejidad. Y no era para menos, porque no lo entendía. ¿Cómo, si apenas habían pasado unos años desde que salí de aquí, había podido envejecer tanto? Era imposible. La última vez que le había visto aparentaba unos cuarenta, pocos más. ¿Cómo era que ahora parecía tener más de ochenta? No lo entendía.

—¿Qué…?

—¿Qué me ha pasado? —terminó él por mí. Asentí—. ¡Ese zombi es lo que me ha pasado!

El grito, enfadado, vino acompañado de un movimiento del bastón. Traté de esquivarle, pero la cadena era corta y no me daba mucho movimiento. Por ello, no pude evitar que me golpeara en el costado.

—¡Me engañó! ¡Ese hijo de perra jugó conmigo sabiendo que esto pasaría!

Cada palabra venía acompañada de un nuevo golpe. Unos que yo traté y no conseguí evitar.

El sonido del bastón golpeándome restallaba en el lugar, acompañado por el de mis quejidos. Daba igual lo mucho que, en un principio, quisiera mantenerme firme. El dolor estaba ahí, cada vez que ese palo de madera me alcanzaba. Y los siseos de dolor no tardaron en convertirse en gritos.

Solo se detuvo cuando me tuvo de nuevo en el suelo tirado. Y sé que no fue por mí. El resuello y la pregunta preocupada del otro chico me dieron la confirmación que necesitaba para saber que tanto esfuerzo parecía haberle pasado factura.

Traté de levantarme. Tenía los brazos, los mismos con los que había detenido la mayor parte de los golpes, llenos de moretones. Y el rostro me dolía por haber sido alcanzado también. Igual el torso. El cuerpo me dolía como hacía tiempo que no hacía y la cabeza me seguía dando vueltas. Hacía mucho que no sufría una paliza así, desde antes de ir a la casa por primera vez. Aun así, me levanté y me enfrenté a él. Sabía que de nada me servía permanecer en el suelo. Su mirada me lo dejaba bien claro.

—Pero estate tranquilo —habló tras recuperar el aliento, sus ojos fijos en mí—. Le haré pagar por lo que me ha hecho. ¿Verdad, chicos?

Sus ojos se dirigieron hacia los alrededores y no pude evitar imitarle. Fue así como pude ver a esos cinco hombres que ahora se acercaban con la intención de rodearme. Todos bajo las órdenes del cuervo.

Empecé a temblar. Tiré de la cadena, pero no sirvió de nada. Era gruesa y yo no tenía la fuerza suficiente como para romperla. No tenía escapatoria y lo sabía. Estaba atrapado.

Aun así, no me quedé parado. Podía dolerme el cuerpo, podía saber que no serviría de nada, pero no pensaba quedarme de brazos cruzados. Podría no ser muy ducho en las peleas, pero había vivido casi toda mi vida ahí fuera y eso no se hacía sin pelear de vez en cuando.

Mentiría si dijera que lo tuve fácil. Mentiría si dijera que no me golpearon, que esquivé sus golpes y devolví algunos. ¡Ja! Ya me habría gustado.

El primer golpe lo recibí en el rostro. Un puñetazo que no conseguí esquivar y que por poco me rompe la nariz. Retrocedí por impulso, con un siseo de dolor.

No tuve suerte. El paso solo me llevó a los brazos de otro de los hombres, uno que aprovechó para sujetarme mientras uno de sus compañeros me golpeó.

El golpe me dejó sin aire. Me había alcanzado en el estómago, por lo que mi cuerpo se dobló. O eso habría hecho de no impedírmelo el otro mientras se reía.

Traté de desasirme, pero no tuve mucha suerte. El agarre era fuerte, como suponiéndose lo que iba a hacer. No me quedé quieto. Antes de que otro de los hombres del cuervo pudiera golpearme, fui yo quien le dio una patada en la espinilla al que me sujetaba.

El golpe pudo no ser suficiente para que me soltara, pero sí lo fue el cabezazo que conseguí darle en la nariz. Le escuché soltar una maldición justo cuando sus manos me soltaron. Sonreí.

Mi suerte no duró mucho. Y, al instante, mi sonrisa se convirtió en un gesto de dolor. Grité cuando algo golpeó mi pierna con fuerza. Trastabillé y no pude evitar caer de rodillas. Algo que los otros aprovecharon bien.

Puñetazos, patadas… Los golpes se sucedían sin que yo pudiera hacer algo más que quejarme. El dolor aumentaba a cada segundo, las fuerzas me abandonaban y el sabor de la sangre inundó mi boca.

Traté de protegerme, hacerme un ovillo para así evitar la mayor parte de los golpes, pero no fue posible.

Al final acabé en el suelo, sin que los otros me dieran ni un segundo de tregua. Todo el cuerpo me dolía, la cabeza me daba vueltas y mi visión se había vuelto borrosa. No sabía cuánto más iba a poder aguantar antes de desmayarme. Lo único que sabía era que, cuando eso pasara, podía darme por muerto.

—No… No lo entiendo… —conseguí susurrar con esfuerzo.

Escupí la sangre de mi boca, mientras traté una vez más de proteger mi cabeza con los brazos. Grité cuando una nueva patada me dejó sin aire, al tiempo que una risa sarcástica inundaba el lugar.

—¿No lo entiendes?

Era el cuervo el que hablaba. El hombre chascó los dedos y, al instante, sus hombres se detuvieron. Los golpes cesaron, dejándome por fin respirar tranquilo pero no sin dolor. Cada respiración costaba más que la anterior.

—¿No lo entiendes? —repitió al llegar hasta mí.

Gemí de dolor cuando la punta del bastón se clavó con fuerza en mi vientre. Traté de apartarme, pero uno de sus hombres me pisó la mano con fuerza, dejándome claro cuál era mi lugar. Grité. Dejé de moverme y solo me atreví a respirar cuando el otro por fin me liberó.

—Tu querido zombi me engañó —siguió hablando el líder de los cuervos, con el desprecio en su voz—. ¿Sabes lo que me pagó por ti? ¡Responde!

Un nuevo golpe, un nuevo grito por mi parte. Y mi cabeza cada vez más dispersa aunque yo intentara centrarme.

—A… Años —respondí con esfuerzo, sintiendo de nuevo el sabor de la sangre en mi boca—. Te pagó años.

—Exacto. —Le escuché decir, con una sonrisa siniestra en su rostro—. Me pagó quinientos años por ti, escoria. Y yo, pensando que sería el mejor trato de mi vida, acepté sin dudar.

La risa volvió a escucharse. Sarcástica, cínica, con un punto de locura que era lo que más me asustaba. El cuervo estaba loco.

A un gesto suyo, dos de sus hombres me pusieron de rodillas, uno de ellos obligándome a alzar la cabeza al tirarme del pelo. Así, quedé frente a frente con ese psicópata que me observaba con total desprecio.

—Lo que no me dijo, era que no iba a dejar de envejecer —continuó diciendo—. ¡Lo que no me dijo, era que lo haría aún más rápido!

La bofetada que me dio me volteó la cara. La cabeza me daba vueltas y solo me mantuve porque eran los hombres del otro los que impedían que cayera.

—¿No lo sabes? Es el organismo de los zombis el que les hace dejar de envejecer. ¡Es el hecho de comer carne lo que los mantiene jóvenes! ¡Y yo no soy ningún jodido zombi!

Una nueva bofetada. Un nuevo quejido que salió de mis labios. Quería cerrar los ojos, pero sabía que, si lo hacía, nunca los abriría de nuevo. Iban a matarme. Lo sabía tan bien como sabía que nadie iba a poder impedírselo. Ni siquiera él.

—¡Diles que entren! —Escuché ordenar al cuervo—. ¡Tráelos aquí!

El chico a su lado corrió por uno de los pasillos hasta desaparecer, dispuesto a cumplir la orden que acababan de darle. No tardó mucho en volver, acompañado esta vez por otros tres hombres.

Les miré. Forcé mi vista y la sorpresa se apresó de mí cuando les reconocí: eran los tres zombis a los que me había enfrentado en la casa.

Miré al cuervo. Por supuesto que había supuesto que los zombis trabajaban a sus órdenes, pero no entendía por qué les había llamado ahora. O, mejor dicho, no quería que mi suposición se hiciera realidad.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló ante la sola idea de lo que, suponía, iba a pasar ahora. Traté de soltarme, pero los otros dos me aferraron con más fuerza. “Estate quieto”, me ordenó uno de ellos, tirándome del pelo con la suficiente fuerza como para hacerme sisear por el daño.

Los otros se habían detenido para hablar con el cuervo, y yo solo pensaba en intentar aprovechar esos segundos que tenía en trazar un plan de fuga. Miré a mi alrededor, por desgracia, y como ya sabía, no había nada que pudiera ayudarme. Los hombres no portaban armas y yo aún seguía encadenado.

Oí unos pasos acercándose y temblé. Mi vista se fijó en los tres hombres y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando vi sus dientes, unos que ellos mismos habían afilado, seguramente para poder desgarrar mejor la carne.

Los dos hombres que me sostenían me soltaron, alejándose. Yo mismo intenté retroceder, aunque solo conseguí separarme un mísero paso más. La cadena me impedía distanciarme más. Tiré de ella pero fue en vano. En cambio, vi cómo los tres zombis se reían por mi fallido intento de fuga.

—Por favor… —susurré, mi mirada fija en el cuervo—. No…

Fue en vano. El cuervo solo sonrió, divertido por la súplica que podía identificar en mi voz.

—Empezad.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Todo debido a esa orden. Desvié mi mirada hacia los otros tres. Sus sonrisas no auguraban nada bueno para mí.

No sabía qué hacer. Quería huir. Puede que, con él, el ansia y el hambre me excitaban, pero eso solo me pasaba con él, no con ellos. En ellos, ver ese hambre me asustaba, me aterrorizaba.

—Tranquilo, puro. Solo vamos a devorarte.

Quien habló fue justamente al que yo había conseguido herir en la casa. Y parecía recordarlo bien, pues era el que lideraba el grupo y el que me miraba con más hambre y una pizca de odio.

Se acercó a mí. Intenté apartarme. Sin embargo, él agarró mi brazo y tiró de él con fuerza. Me mordió.

El dolor que sentí cuando sus dientes agujerearon mi piel no tenía nada que ver con los mordiscos que él podría haberme dado alguna vez. Grité. Grité por el dolor, por el miedo. La sangre recorría mi brazo izquierdo y sabía que eso no era nada comparado con lo que iban a hacerme.

Conseguí soltarme. Le golpeé, aunque no pareció sentirlo. Me sonrió. Una sonrisa llena de sangre. Sangre que se deslizaba por sus labios y caía por su mentón.

No me dio tiempo a asquearme. Los otros dos zombis aprovecharon mi distracción para atacarme por detrás. De nuevo, los dientes se hundieron en mi piel. El lugar no les importaba, solo la carne, solo escucharme gritar y verme debatirme mientras ellos me arrancaban trozos de piel sin consideración alguna.

Grité. Supliqué. Quería que se detuvieran. Deseaba que se detuvieran. Me dolía todo el cuerpo y no sabía cuánto tardaría en desmayarme. Sangraba. Tenía heridas por todas partes. Cualquier parte de mi cuerpo era buena para morder, para arrancarme otro trozo más. Para hacerme sangrar.

—Por favor…

Caí al suelo. No tenía fuerzas. Mi vista era cada vez más borrosa, la voz me salía ronca después de tanto grito y mi mente vagaba más y más. Quería pensar que estaba con él. Quería creer que era él quien lo hacía porque había decidido cumplir mi deseo. Pero no era él quien me mordía. No era él quien se estaba alimentando de mí.

Cerré los ojos, perdido entre el dolor. Quería dejarme llevar. Quería rendirme, dormir… Pero lo que más deseaba era volver a verle una vez más.

—¡Esperad!

Nada más escuchar la orden dada, los tres zombis se detuvieron. Suspiré de alivio, aunque algo me decía que mi pequeño descanso no duraría mucho.

—¿Ya está, puro? ¿Eso es todo lo que tienes?

La voz del cuervo rompió el silencio creado. Con esfuerzo, alcé un poco la cabeza para poder mirarle, y vi que se dirigía hacia mí.

—¿Eso es todo? —repitió.

La sonrisa de su rostro daba fe de la locura que se había apoderado de él. De nuevo, me golpeó con el bastón y yo no pude hacer nada más que gemir por lo bajo por culpa del dolor.

—Debió haberte comido el día que te compró. Habría sido mucho más misericordioso de lo que yo seré contigo.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló debido al desprecio y el odio que podía percibir en su voz.

Traté de escapar. A pesar de que apenas podía moverme ya, hice un último esfuerzo. Él se rió, y me golpeó una vez más, esta vez en la espalda. Me quejé por el golpe. Aunque ahí no acabó todo.

Una mano me agarró por el pelo, obligándome a alzarme si no quería que me lo arrancara. Fue así como uno de los cuervos me sujetó, mientras su viejo líder me miraba con una sonrisa en sus labios.

—Tranquilo, puro, no voy a matarte. Eso sería demasiado generoso.

Le escupí. Era el único gesto para el que tenía fuerzas. Escupí la sangre que tenía acumulada en mi boca y sonreí victorioso cuando esta le alcanzó.

No fue una buena idea. Incluso antes de que el cuervo pudiera asimilar lo que había sucedido, el que me sujetaba se vengó por el agravio a su jefe. Primero fue un puño en el rostro que me partió la nariz, luego otro en el estómago que me dejó sin respiración y casi me hace vomitar. Después, conmigo ya en el suelo, empezaron a patearme.

Y debo confesar que agradecí cada golpe. No por el dolor, sino porque cada uno de ellos me acercaba más y más a la inconsciencia. Porque ya no tenía fuerzas para soportarlo más y solo quería que todo acabara de una vez.

—¡Basta! ¡Deteneos!

Lejos de parecerme la salvación, la orden del cuervo significó para mí otro tour por el infierno.

Tosí. Escupí la sangre, pero no traté de moverme. Los oídos me pitaban y estaba mareado. Apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, por lo que moverme estaba fuera de mis posibilidades. No cuando me costaba un gran esfuerzo el simple hecho de identificar las palabras que escuchaba.

—¡Casi le matáis, imbéciles! —exclamó el viejo, enfurecido—. ¡Tú! ¡Haz lo que tengas que hacer y acabemos con esto de una vez!

Uno de los zombis, el mismo al que herí, asintió en señal de sumisión antes de acercarse a mí.

Le miré, a él y al cuervo, sin entender nada de lo que estaba pasando. ¿No iban a matarme? ¿Por qué no? ¿Qué más tenían preparado para mí? ¿Por qué no me dejaban morir de una vez?

—No pienso matarte. Pienso hacerte lo mismo que él me hizo a mí. Así él sufrirá lo que yo estoy sufriendo.

Las palabras llegaron a mí al mismo tiempo que el zombi. Me quejé cuando me alzó el rostro, pero estaba demasiado cansado como para resistirme. No podía más. Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue que el zombi se puso sobre mí y me obligó a tragar algo.

 

* * * * *

 

El sonido de mi nombre llega hasta mí como un eco lejano. El llamado se repite una y otra vez, pero aunque distingo mi nombre, el resto de palabras supone un galimatías para mí.

Aun así, trato de responder. Hay apremio en la voz que escucho, y eso me hace intentar hablar. Sin embargo, mi mente está demasiado dispersa como para poner en palabras mis pensamientos. Y también está el dolor. Ese dolor lacerante que siento en cada parte de mi cuerpo.

Unos dedos me tocan. Unas manos intentan levantarme, pero se separan cuando escuchan mi quejido.

No quiero moverme. Si me muevo, me dolerá más.

Lo único que deseo es dormir.

—Abre los ojos. Vamos, hazlo por mí.

Los dedos vuelven a tocarme, esta vez en mi mejilla. El apremio sigue en su voz, opacada por la preocupación, pero lo que me importa ahora es esa caricia que sus dedos me dejan. Eso y que por fin he reconocido la voz.

Abro los ojos. Tengo que hacer un gran esfuerzo, pero lo consigo. Al principio lo veo todo borroso, pero poco a poco las cosas van perfilándose. Es ahí cuando le veo, arrodillado a mi lado. Y aunque mi primera intención es la de decir su nombre, esta queda en el olvido cuando mis ojos se fijan en la sangre que mancha su rostro, manos y ropa.

—¿Qué… qué te ha pasado?

Mi voz suena ronca, con un deje de dolor que pone en manifiesto el esfuerzo que me supone decir esas míseras palabras. También trato de alzar mi mano hasta su rostro, pero solo lo consigo porque es él quien lo hace por mí.

—No es nada. Yo estoy bien —me asegura—. La sangre no es mía.

Me sonríe para que vea que no me está mintiendo. Y yo le creo. Porque sé que no me mentiría con esto. Y, sobre todo, porque necesito creer que él está bien.

Intento levantarme, pero me es imposible. Todo el cuerpo me duele y apenas tengo fuerzas. Por suerte, él me ayuda, valiéndose de sus brazos para alzarme.

Duele, por supuesto. Cierro los ojos con fuerza mientras un siseo de dolor sale de mis labios. Tengo suerte y pronto me encuentro entre sus brazos, con mi espalda apoyada en su pecho y él abrazándome.

Sonrío. Me gusta estar aquí. A pesar del dolor, a pesar de la sangre en mi boca, el pitido en mis oídos y lo difícil que me resulta el solo hecho de respirar. Abro los ojos para poder mirarle y agradecerle que esté aquí conmigo, pero enmudezco al ver lo que hay ante mí.

Sangre. El suelo del escenario en el que estamos está cubierto de sangre. Los cuerpos de todos los cuervos y los tres zombis que me hicieron esto, se encuentran ahora esparcidos por ahí, algunos desmembrados incluso, con las vísceras y los sesos sobresaliendo de sus cuerpos.

Siento arcadas, aunque las reprimo. No sé por qué no me percaté del olor antes, pero ahora que soy consciente de lo que me rodea, este me asalta.

—¿Lo has…? —Trago saliva—. ¿Lo has hecho tú?

—Ellos te hicieron esto.

Hay ira en sus palabras. Tanta que me hace temblar. Él me abraza, besa mi mejilla y me acaricia el cabello, todo ello buscando calmarme. Me dejo llevar. Puede que no me guste lo que ha hecho o, mejor dicho, que lo hiciera por mí, pero no soy ningún santo y no siento lástima por ellos. En todo caso, sé que, de haber podido, yo mismo habría matado a alguno.

Empiezo a toser. No sé si es por el olor o la postura, y poco me importa en realidad. Mi cuerpo se dobla y mi mano se llena de sangre cuando la llevo a la boca.

—Te pondrás bien. —Oigo que me dice al tiempo que lleva un pañuelo a mis labios, limpiándome—. Te llevaré a casa y te curaré. Allí podrás descansar —me promete.

—No… No estoy tan seguro —susurro entre toses.

Él me mira interrogante.

—¿A qué te refieres?

Le cuento lo que el cuervo me hizo. No la paliza, sino lo último que le ordenó al zombi. Le cuento que recuerdo haber tragado algo, no sé el qué.

Cuando termino, puedo ver su gesto contrito. Hay dolor, tristeza e ira en sus facciones, y puede que ya supusiera que no era nada bueno, pero ahora el temor es mayor.

—¿Qué me pasará? —consigo preguntarle con esfuerzo.

Su mirada esquiva la mía, pero yo insisto. Quiero saberlo, tengo derecho a saberlo, y él lo sabe.

—Envejecerás —responde finalmente—. Rápido, muy rápido. Lo que te hicieron tragar es nuestra carne y nuestra sangre. Y es nuestra sangre lo que hará que tu organismo se acelere y tus células envejezcan más rápidamente.

»Lo que te han hecho ha sido un intento de transformación. Es lo que ocurre cuando les pasamos años a otros. Su organismo se ve afectado por nuestra mutación y, al no ser capaz de mutar, lo que hace es envejecer hasta morir.

—¿Y esos años que me dio?

—Los vivirías si logro curarte. Sin embargo, al envejecer tan rápido, serás incapaz de hacer nada por ti mismo en unos pocos años. Tu piel se arrugará, tus músculos y huesos apenas soportarán tu peso, tus sentidos se irán perdiendo e incluso tu mente se irá perdiendo hasta que no seas más que una carcasa que no puede morir de vejez.

Enmudezco. Sus palabras y el tono pesimista con el que las dice me dejan sin saber qué decir. Lo único que sé es que no quiero que me pase eso, no quiero convertirme en eso. Mi cuerpo tiembla y sé que es por miedo, por el pavor que me da la idea de quedar así.

—Dime lo que quieres. Dime qué quieres que haga y lo haré.

—Cómeme.

No hay duda en mi voz. Antes podía querer que me comiera para ser parte de él, pero ahora no se lo pido por eso. Y él lo sabe. Sabe que, si se lo pido, es porque no quiero que me pase lo que ha dicho. Antes prefiero morir.

Él me mira. Hay dolor en sus ojos, pero sé que comprende por qué se lo pido. Asiente.

—Gracias.

Me acalla con un beso. Sé que no lo quiere oír, pero yo se lo agradezco igual. Porque sé que esto es tan duro para él como lo es para mí. Porque yo no soy el único que va a tener que despedirse del otro.

—Voy a tumbarte. Avísame si te hago daño.

Asiento, dejándome hacer. Realmente me gustaría poder hacer algo más. Sin embargo, prefiero gastar las pocas fuerzas que me quedan en seguir consciente un poco más.

De esta forma, mi espalda vuelve a tocar el suelo una vez más. Me acomodo. Trato de encontrar una postura en la que no me duela todo, pero es difícil por no decir imposible. Aun así, me olvido de esto y sonrío cuando le veo acercarse a mí y juntar nuestros rostros para besarme.

Siseo por lo bajo. Tengo el labio y la nariz rotos, aunque eso es lo que menos me importa ahora que él me besa. El beso sabe a sangre y eso hace aparecer el hambre en sus ojos. Salvo que esta vez no me asusta. Porque es él.

Su mano, esa que no usa para apoyarse, se posa en mi pecho. Sus labios abandonan los míos y lamen la sangre de mi rostro antes de bajar por la mandíbula hasta el mentón. Me estremezco al sentir sus caricias y esos pequeños mordiscos que, aunque no sean para arrancarme la carne, sí me excitan.

Jadeo inconsciente cuando sus labios juegan con el único pezón que me queda. El recuerdo de cómo me arrancaron el otro vuelve a mi mente, aunque me obligo a ignorarlo. Quiero perderme en el aquí y el ahora, no rememorar lo que pasó antes.

—Lo siento. —Le miro interrogante. ¿A qué se refiere?—. Siento no haber estado ahí.

Así que era eso. Niego con la cabeza. No le culpo por lo que pasó. El cuervo buscaba venganza y pensaba obtenerla hoy o cualquier otro día futuro. No es su culpa.

—No pasa nada —le digo. Alzo un poco mi mano y él entiende mi gesto, ya que la acerca a su rostro—. No es tu culpa.

Acaricio su mejilla y él besa mi muñeca sin que sus ojos se separen de los míos. Sonrío.

—Muérdeme.

Sus labios dejan mi mano, aunque no la suelta. Sin dejar de mirarme, baja la cabeza hasta quedar a la altura de mi pecho. Sus ojos me transmiten esa pregunta que ronda su cabeza y que no se atreve a pronunciar. Asiento.

—Hazlo —le digo.

El dolor vuelve a asaltarme en el momento en el que sus dientes se hunden en la piel de mi costado. Mi mano estruja su pelo aunque no le detengo. Quiero que lo haga. Quiero que me coma.

Cuando se aparta, su mentón está cubierto por sangre fresca y en su boca hay lo que era un trozo de mi piel. Me mira y solo por la forma en que lo hace, sé que va a disculparse, así que le interrumpo al hablar yo antes:

—Espero estar bueno.

Mi comentario le saca una ligera carcajada.

—Estás delicioso —me susurra sobre mis labios tras volver a acercarse.

Alzo un poco el rostro, lo suficiente para volver a besarle con un poco más de urgencia esta vez.

Él me responde. Siento el trozo de carne pasar a mi boca y, de forma inconsciente, hago lo mismo que hacía en las otras ocasiones: lo trago sin importarme que fuera mío.

—Tienes razón —le digo cuando por fin nos separamos—, estoy delicioso.

Él sonríe. Sacude la cabeza por el comentario y vuelve a centrarse en mi pecho.

Los siguientes minutos los pasa excitándome a base de caricias, besos y juguetones mordiscos que intercala con algunos de verdad.

Varios gemidos brotan de mi garganta, muchos de placer, otros tantos de dolor. Me duele, claro que me duele. Lo que ya no hay es temor. Porque es él. Y si es él quien lo hace, no me importa morir.

Sus manos me quitan el pantalón, dejándome totalmente desnudo. Sus ojos recorren mi cuerpo como tantas otras veces ha hecho, salvo que esta vez la ira se une a la excitación y el hambre.

Le llamo. No quiero que piense en eso. Ellos ya están muertos y el pasado, al contrario que el futuro, no puede cambiarse.

Haciendo uso de casi todas mis fuerzas, consigo alzarme un poco. Él lo ve y no duda en ayudarme.

—No te esfuerces tanto —me dice, obligándome a recostarme—. Te harás daño.

—Solo si lo olvidas —le prometo.

Sus ojos se clavan en los míos y, aunque sé que le es difícil, asiente. Sonrío feliz, haciéndole un hueco entre mis piernas.

Su boca vuelve a mi cuerpo. Sus dientes se llevan otro trozo de piel, este a la altura de la ingle, y yo hundo mis uñas en sus hombros al tiempo que jadeo por el dolor.

Sus dedos acarician la herida recién hecha, empapándose de la sangre que mana de ella. Así, y mientras su boca se centra en mis muslos, sus dedos se adentran en mi recto.

Gimo. Placer y dolor se entremezclan cuando sus dedos alcanzan mi próstata a la vez que me arranca otro pedazo de piel. Él traga y yo intento recordar cómo respirar sin empezar a toser.

—No —le digo.

Él me mira extrañado.

—Tengo que prepararte. No quiero hacerte más daño.

—No sé si aguantaré mucho más.

Él asiente. Sabe cómo me siento, las pocas fuerzas que me quedan, y sabe que no es así como quiero morir: penetrado por sus dedos mientras me prepara.

Saca los dedos y se baja los pantalones. Está erecto. El hambre y mi olor suelen tener ese efecto en él, lo que en este caso, en el que yo apenas puedo hacer nada, viene muy bien.

Sonrío cuando le veo acomodarse mejor entre mis piernas. Alza mi cadera y, mirándome directamente a los ojos, me penetra.

Su gemido se mezcla con el mío. Siento dolor, por supuesto, pero por suerte mi cuerpo no tarda en acostumbrarse a él.

—Muévete —le pido. Mi voz siendo una mezcla entre dolor y placer.

Me hace caso. Primero de forma lenta, como si no quisiera causarme aún más daño del que ya siento; pero luego más rápido, acomodándose a lo que yo mismo le pido. Me dice que me ama y, antes de que pueda responderle, sus dientes se hunden en mi pecho. Lame mi herida y aún tiene tiempo de pasarse la lengua por los labios antes de que junte nuestras bocas y le bese.

De nuevo, pruebo el sabor de mi propia sangre y carne, y eso, lejos de asquearme, me acerca más a ese orgasmo al que tanto deseo llegar.

—Nunca te olvidaré. —Le escucho prometerme, con la voz cargada de deseo por lo cercano que está al éxtasis.

Sonrío. Giro mi rostro y le beso. Saboreo su boca al igual que él saborea la mía, y solo me separo cuando la falta de aire lo hace necesario.

—Tonto, yo siempre estaré contigo.

La nueva embestida le hace terminar. Le oigo gemir y yo mismo le imito cuando le noto hundir sus dientes en mi cuello. El gesto me lleva al orgasmo. Al placer se le une el dolor y también el mareo, producto de la pérdida de sangre.

—Te amo.

Me encantaría responderle, pero mis fuerzas ya se han agotado. Le sonrío. Sé que entiende mi gesto porque me besa, aunque esta vez yo ya no respondo.

Estoy mareado. Si no estuviera ya acostado, sería lo primero que haría. La cabeza me da vueltas y mis ojos amenazan con cerrarse. Tengo sueño, más de lo que nunca he tenido. Lo único que deseo ahora es dormir.

—Duerme, mi amor, duerme. Y no te preocupes, nunca te olvidaré.

Capítulo 6: Gael Agnelli

Tras pasarse la tarde jugando a la consola junto a Natalia, Oliver y Daniel se encontraban en el cuarto del primero. Estaban solos en casa. Los padres del pelirrojo se habían ido a cenar con unos amigos, así que los dos jóvenes habían acabado por atrincherarse en la habitación de Oliver, cenando allí la pizza casera que les había preparado Diana.

—Al final no me dijiste qué tal te fue con las gemelas —habló el pelirrojo aprovechando que la película que estaban viendo acababa de ponerse en anuncios.

A su lado, Daniel puso los ojos en blanco al recordarlo, pero decidió responder.

—Solo les faltó atarme a la cama para poder tomarme las medidas —suspiró—. Pero al final llegamos a un trato: yo me disfrazo pero, a cambio, lo hago de lo que yo quiera.

—¿En serio? ¿Y de qué vas? —le interrogó Oliver, curioso. Daniel alzó los hombros, sin responder—. ¡Oh, venga, no me digas que no vas a decirme nada! ¡Tú sabes de lo que me voy a disfrazar!

—Sé de lo que pensaban disfrazarte, nada más —respondió el pequeño cogiendo otro trozo de pizza—. Además, no es gran cosa. Fue lo primero que se me ocurrió, la verdad.

—Pero aun así, puedes decirme —tentó el pelirrojo.

Daniel le miró. El pelirrojo estaba acostado a su lado, sobre la cama, con el último trozo de pizza en una de sus manos y la mirada fija ahora en su persona. Negó con la cabeza, esbozando una sonrisa al notar el disgusto de su mejor amigo.

—Ya lo verás en Halloween —le dijo—. Y, por cierto, ¿sabes qué han planeado estas? Porque no querrás que me crea que están haciendo todo esto solo para salir a tomar algo a cualquier discoteca sin más.

Oliver, que acababa de darle el último mordisco a la pizza, miró a su amigo recordando la última conversación que había tenido con su hermana sobre el tema. Se encogió de hombros.

—A mí no me preguntes. Ya sabes que cuando idean algo, yo soy de los últimos que se enteran —le recordó.

—Ya, sí, pero creí que Natalia podría haberte dicho algo.

—Nada de nada —repitió el pelirrojo, limpiándose las manos con una servilleta—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes pensado algo?

—No. Ya sabes que Halloween no me gusta. Y, la verdad, si no supiera que iríais a buscarme, me encerraría en mi casa y no saldría en todo el día —le aseguró.

—Podrías intentarlo, pero te recuerdo que tus perros me conocen. Y si no, siempre puedo chantajearles con algo de comida —apuntó.

Daniel bufó, lanzándole una mala mirada a su mejor amigo, y se giró hasta quedar boca arriba en el colchón.

—Venga, Daniel, no puede ser tan malo —habló el mayor, recogiendo los platos y demás y dejándolos encima del escritorio—. Piénsalo. Lo más seguro es que vayamos a cualquier discoteca, con lo cual beberemos, bailaremos, nos liaremos, te daremos los regalos…

—¿Regalos? ¿Qué regalos? —le interrogó el rubio, alzándose un poco para mirarle.

—¿Cuáles van a ser? ¡Los tuyos! —exclamó el pelirrojo, con una pequeña carcajada.

—Ya sabes que no quiero regalos.

El tono cortante y serio del menor solo hizo que la sonrisa de Oliver se hiciera más amplia.

—Vamos, Daniel, no van a ser gran cosa. Y además, nos da igual que no quieras regalos. Vas a tenerlos igualmente y lo sabes.

—No voy a celebrar mi cumpleaños, así que no quiero nada.

—Sigue siendo tu cumpleaños —le dijo—. Una cosa es que no lo celebres y otra muy distinta, que te dejemos sin regalos.

Resignado, Daniel cerró los ojos, frotándose el puente de la nariz con una mano. Sabía que era una idiotez seguir insistiendo, que sus amigos acabarían por hacer lo que quisieran por más que él protestase. Pese a todo, eso no quería decir que tuviera que rendirse tan fácilmente.

Así, el pequeño se giró, se puso de lado sobre la cama y le dio la espalda a Oliver, haciéndose el enfadado por mucho que ya hubiese aceptado su derrota. Al verlo, Oliver le miró extrañado, negando con la cabeza al saber que su amigo parecía seguir molesto. Por suerte, él sabía muy bien cómo hacer desaparecer tal sentimiento.

—Venga, Daniel, te prometo que te van a gustar —le susurró, acercándose lentamente al chico.

Daniel no dijo nada, ni siquiera al sentir los labios del pelirrojo rozando su cuello para dejar un pequeño beso en ese lugar.

El chico había cerrado los ojos, sí, e incluso había ladeado un poco el rostro para dejarle más espacio al mayor, pero se mantuvo en silencio dejando que fuese el otro quien siguiera hablando:

—Además, si quieres, te puedo dar mi regalo ahora.

Nada más oír esas palabras, y pese a su intención de mantenerse firme, Daniel se volvió hacia Oliver, mirándole interrogante.

—¿Ya lo has comprado?

—No he comprado nada —negó el chico con la cabeza.

—¿Entonces…?

—Entonces, ¿qué?

Los labios de Oliver rozaban ahora los suyos. El joven había acabado por acomodarse sobre él, apoyándose en sus manos y rodillas para no aplastarle.

—¿Qué es lo que piensas regalarme?

—No sé. ¿Qué quieres que te regale? —le preguntó a su vez el pelirrojo, sonriendo.

—Eso no vale. Yo te he preguntado primero. No vale que me devuelvas la pregunta —protestó el menor, cruzándose de brazos, ofendido.

Oliver rió al ver el gesto del otro. Ladeó un poco la cabeza y se inclinó hacia él para hablarle al oído mientras una de sus manos iba hacia el pecho del chico.

—¿Ropa? —le preguntó, mordisqueando el lóbulo del menor—. ¿Quieres ropa?

Daniel cerró los ojos, aguantándose el jadeo y las ganas de moverse a causa del cosquilleo que el pelirrojo acababa de provocarle.

—Ya me has regalado ropa —le recordó—. Me la compraste la semana pasada.

—Cierto, ya lo había olvidado —confesó el mayor—. Además, no te regalaría ropa —añadió, bajando ahora con su boca por el mentón del rubio, intercalando pequeños besos con suaves mordiscos que hacían estremecer al pequeño—. Eres muy pijo respecto a la ropa. Seguro que me dejaría todo el dinero en tu regalo.

La sorpresa de Daniel se reflejó tanto en su rostro como en la carcajada que soltó al escuchar a su amigo.

—¿Pijo yo? —preguntó sin saber si sentirse ofendido—. Anda, no digas bobadas.

—Ahora me negarás que siempre vistes de marca.

—Ambos compramos en los mismos sitios, así que si yo soy pijo, lo mismo puede decirse de ti —le interrumpió Daniel, a lo que Oliver negó con la cabeza.

—Puede ser —admitió—. Pero no me refería a esa ropa.

Daniel arqueó una ceja, confundido ahora. No sabía a qué se estaba refiriendo su amigo.

—A ver, déjame pensar. —Separándose un poco del rubio, Oliver se sentó sobre él y empezó a levantar los dedos de sus manos mientras iba diciendo nombres—. En todos estos años desde que te conozco, he visto en tu armario ropa de Armani, Gucci, Calvin Klein, pantalones de Dolce & Gabbana, un traje de Versace… Es más, estoy por apostar que la camiseta que llevas puesta es de Armani —añadió, señalando la prenda en cuestión.

—Y eso lo sabes por… ¡Ah, sí! Porque estabas presente el día en que me la regaló mi padre, ¿quizás? —cuestionó el rubio irónico. Suspiró—. Sabes perfectamente que yo no he comprado toda esa ropa. Que son regalos de mi padre como prueba de su amor y cariño hacia mi persona —agregó dándole un tono sarcástico a las palabras “amor y cariño”.

—Pues qué quieres que te diga, pero yo te quiero y no te regalo todas esas cosas.

—Tú no eres mi padre.

—¿En serio? ¿Qué dices? ¡Y yo que no lo sabía!

La broma de Oliver le granjeó un puñetazo como respuesta por parte del rubio, por mucho que eso no ahogase las risas del pelirrojo. Así, el chico apresó las manos de Daniel entre las suyas y le obligó a posarlas por encima de su cabeza antes de inclinarse un poco sobre él.

—Creo que ha quedado claro que no quieres nada de ropa como regalo —comentó volviendo al tema.

Daniel le miró fijamente, encogiéndose de hombros, sin hacer ningún amago de soltarse. Después de todo, Oliver era la única persona que no le molestaba que se tomara tales libertades.

—¿Un hámster entonces? —tentó.

De nuevo, la sorpresa se hizo patente en el rostro del rubio. Sin dejar que el otro dijera nada más, habló:

—Para qué, ¿para que acabe siendo aspirado al cabo de una semana como el último que tuve? No, gracias.

—Vale, nada de hámster entonces —decidió el otro—. ¿Y un hurón? Vi uno precioso en la tienda de mascotas del centro. Y además, a ese no lo vas a poder aspirar.

—No, en vez de eso, mis tres queridos perros se lo rifarán para comérselo… ¡Ay!

El quejido de Daniel se debió principalmente a que, ofendido por la respuesta del chico, Oliver había terminado por morderle en el hombro con un poco más de fuerza de la necesaria.

—¿Por qué has hecho eso?

—Por ser tan pesimista —respondió el chico encogiéndose de hombros.

La mirada fulminante de Daniel no surtió efecto en el pelirrojo, así que el rubio tuvo que conformarse con la sonrisilla del mayor que, pronto, siguió hablando:

—¿Y algún videojuego? Creo que ha salido alguno que puede interesarte.

—Para eso tengo a Vanessa, ¿recuerdas?

Oliver chascó la lengua, ligeramente decepcionado al ver que Daniel tenía razón. Pues como muy bien sabían ambos, Vanessa, una de las hermanas del rubio, trabajaba como diseñadora gráfica en una de las mayores empresas de videojuegos y siempre les avisaba cuando sabía de algún juego que podría interesarles.

—Cierto, cierto, ya no me acordaba de eso —murmuró sacudiendo la cabeza, pensativo—. ¿Cómo vamos, entonces?

—Nada de ropa, mascotas ni videojuegos —respondió el pequeño—. ¿Ahora qué toca, joyas y perfumes?

—¿Para qué, si apenas usas de eso?

Daniel se encogió de hombros, mirando a su amigo mientras este pensaba en alguna cosa más que pudiera regalarle. Aunque, por suerte para él, el pelirrojo no tardó demasiado en volver a esbozar una sonrisa, seguramente a causa de una nueva idea.

—¿Qué se te ha ocurrido ahora? —le interrogó, curioso.

Oliver le miró, pero no le contestó. No al menos con palabras. En vez de eso, el mayor se acomodó mejor sobre el rubio y, sin liberar en ningún momento las manos del pequeño, se inclinó hacia él.

—Algo —contestó juguetón.

—¿Y ese algo es…?

—Una cosa.

Daniel bufó. Odiaba cuando Oliver se ponía en ese plan, respondiendo con idioteces a todas sus preguntas. Por fortuna, tenía un modo de sacarle la información que quería.

—¿Y qué es esa cosa? Dímelo o le diré a Julio que en verdad quieres salir con él —le amenazó.

—Eres cruel —se quejó el mayor, poniendo un puchero.

—“Cruel” es mi segundo apellido —le confió el otro con una sonrisa—. El primero es “Cabrón”.

—Vaya, y yo que creía que Hudson era tu segundo apellido, y que el primero era…

—Vale, vale, tú ganas —le interrumpió Daniel, suspirando derrotado.

Oliver se rió por lo bajo, acercándose aún más al chico hasta el punto de que sus labios quedaron rozándose.

—¿Quieres saber qué se me ha ocurrido ahora? —le preguntó, hablando bajo e insinuante, mirándole fijamente a los ojos—. ¿Quieres que te diga cuál va a ser mi regalo?

—Ya sabes que sí.

—Es una pena que, más que decírtelo, prefiera mostrártelo.

Ante la sonrisa llena de lujuria del mayor, Daniel sonrió. Sabía perfectamente en qué estaba pensando Oliver y sabía bien que él no se lo impediría. Ese sí era un buen regalo.

Con movimientos medidos, alzó su rostro hacia el del pelirrojo, lamió sus labios y luego mordió su labio inferior antes de susurrar una sola palabra:

—Enséñamelo.

 

* * * * *

 

Cuando se despertó, lo primero que hizo Benji fue apagar el despertador entre bostezos. Eran las siete y media de la mañana y el chico estaba agotado. Desde luego, el haberse quedado hasta las tantas con sus amigos no había sido una buena idea. Además de una bronca por parte de su madre, Benji se había ganado un cansancio general de cuerpo.

Con pasos erráticos, más parecidos a los de un zombi que a los de cualquier persona, el moreno se dirigió al cuarto de baño con la intención de darse una ducha y despejarse. Y así, diez minutos más tarde, Benji entraba de nuevo en su cuarto para vestirse, escuchando el timbre del teléfono.

Esa era otra de las buenas y malas noticias de esos últimos días: ya tenía teléfono fijo y, por lo tanto, internet. Sería una excelente noticia si no fuera porque el técnico había ido a su casa poco después de que él se fuera a hacer el trabajo con el pelirrojo y se había enterado nada más volver de la biblioteca.

Suspiró. Poco servía disgustarse por algo que ya había pasado. Tras agarrar su mochila y la cazadora, salió de su cuarto para ir a la cocina a desayunar, pudiendo escuchar con total perfección desde el pasillo, la voz del televisor:

—Y hoy, miércoles, tenemos una gran noticia para los amantes del cine —decía la mujer de los informativos locales en el mismo momento en el que entraba a la cocina—. Pues, a tan sólo dos días de que se estrene su última película, se ha sabido que Gael Agnelli llegará mañana a la ciudad, acompañado por su mujer e hijos, para el estreno mundial de su película. Siendo pública también la noticia de que el aclamado actor dará una fiesta de disfraces este Halloween en…

—Ya tienes el desayuno hecho.

Benjamín se volvió hacia su madre, desconectando de lo que la presentadora seguía diciendo.

—Gracias.

Su madre sonrió, volviendo a alzar su taza llena de café para darle otro trago.

—Hoy tengo una reunión, así que no sé a qué hora voy a volver a casa —le dijo hablando tan bajo como acostumbraba. Benji asintió—. De todas formas, hay comida en la nevera.

—Tranquila, ya sabes que puedo apañármelas solo —la tranquilizó el chico.

María sonrió, se levantó de su asiento y fue al fregadero para lavar su taza. Luego se volvió hacia su hijo.

—Yo me voy ya. ¿Quieres que te lleve?

Benji negó con la cabeza. Había quedado con Iván para ir juntos a clase, así que no necesitaba que su madre le llevara.

—Como quieras —consintió ella con otra sonrisa—. Adiós.

—Adiós.

En silencio, Benji pudo ver cómo, tras darle un beso en la frente, su madre salía de la cocina, cogía sus cosas y, acto seguido, salía de casa cerrando la puerta principal con suavidad. Suspiró. No es que se pudiera decir que su madre fuera muy habladora, pero sí era cierto que en esos últimos años, más exactamente desde el divorcio, María se había vuelto incluso más parca de lo que ya era.

Sacudió la cabeza. No era tiempo de ponerse a pensar en esas cosas. Lo único que conseguiría con ello sería desanimarse por completo y no quería eso. Por ello, se centró en su desayuno y fijó su mirada en la pantalla de la televisión, donde podía verse el tráiler de una película de acción que, lo más seguro, fuera esa de la que la mujer había estado hablando antes.

Y así, pensando en que estaría bien ir al cine a verla, Benji terminó de desayunar, levantándose en el mismo momento en el que el timbre de su casa sonó.

—¿Sí? —preguntó, descolgando el telefonillo.

—¿Benji? Soy yo, Iván. ¿Bajas?

—Ahora mismo.

Y, dicho esto, el joven moreno volvió a dejar el telefonillo en su sitio, terminó de prepararse en tiempo récord para, acto seguido, salir de su casa y bajar junto a su amigo.

 

* * * * *

 

El timbre del teléfono empezó a sonar, despertando al joven que estaba dormido en la cama. Con un gruñido, el chico abrió un ojo y alzó el brazo para coger el teléfono móvil, descolgando extrañado tras leer el nombre que aparecía en la pantalla.

—¿Cynthia? ¿Se puede saber qué quieres a estas horas?

—¡Lo ha conseguido! ¡Lo ha conseguido! —Pudo escuchar exclamar a la rubia completamente animada.

—¿Qué? ¿De qué cojones hablas? —la interrumpió, completamente perdido.

—¡Ay, Paolo, por Dios, cómo se nota que acabo de despertarte! —refunfuñó la chica por lo bajo—. A ver si haces el favor de despejarte un poco, porque te aseguro que no es muy agradable hablarte cuando sé que no te enteras de nada y que…

—Cindy, en serio, o me dices ya para qué me has llamado, o te cuelgo, que tengo sueño —le advirtió el chico de las mechas, tumbado ahora boca arriba sobre su cama, bostezando.

—Ah, no, cariño. Ni se te ocurra colgarme porque si no te juro que…

Paolo nunca supo qué iba a hacer la chica. Cansado como estaba y poco dispuesto a seguir oyendo cómo su amiga se enrollaba aún más, colgó. Pese a eso, el teléfono no tardó ni siquiera un minuto en empezar a sonar de nuevo.

Suspiró y, sabiendo perfectamente que sería Cynthia, descolgó.

—¿Vas a seguir andándote por las ramas o vas a ir al grano de una vez? —le preguntó.

—Ni lo uno ni lo otro —contestó molesta la rubia—. Solo te volvía a llamar para avisarte de que le diré a Roxanne que te lo has pensado mejor y que no quieres venir a la fiesta con nosotros. Adiós.

—¡¿Qué?! —exclamó sorprendido, sentándose de un salto en la cama—. ¡Espera Cindy, no…!

El pitido intermitente del teléfono le avisó que la rubia, enfadada por lo que le había hecho, le acababa de colgar. Refunfuñando por lo bajo, el joven no tuvo más remedio que marcar el teléfono de su amiga, rogando para que esta se lo cogiera. Y, por suerte para él, justo cuando estaba a punto de dejarlo y colgar tras otro par de llamadas sin ningún éxito, la chica le cogió el teléfono.

—¿Sí? —preguntó con voz inocente, a pesar de que el moreno de las mechas podía percibir con claridad la molestia en su voz.

—Cindy, oye que lo hice en broma. No…

—¡Oh, Paolo, eres tú! —le interrumpió ella, haciéndose la sorprendida ahora—. Iba a llamarte ahora mismo.

—¿En serio? —preguntó el moreno, alzando una ceja entre sorprendido y confundido. ¿Es que a Cynthia se le había pasado ya el enfado o acaso prefería hacer como si nada hubiera pasado? Esperaba que fuera la segunda opción—. ¿Y qué querías decirme?

—Solo que ya he hablado con Roxanne para confirmarle quiénes vamos a la fiesta, no mucho más.

Paolo tragó saliva, temiéndose lo peor.

—¿Y qué le has dicho? —habló en un susurro.

—Que cuente con nosotros, por supuesto. ¿Qué creías que iba a decirle? —preguntó a su vez la rubia.

Suspirando aliviado, Paolo pudo por fin relajarse.

—Es que había creído que te habías tomado a mal mi bromita de colgarte el teléfono, ya sabes —le explicó, riéndose levemente.

—Oh, tranquilo, ya sé que era una broma —le tranquilizó la rubia desde el otro lado de la línea, aumentando con ello la sonrisa del moreno. Una sonrisa que no tardó mucho en congelarse—. Es una pena que odie ese tipo de bromas, ¿no crees? —prosiguió ella tan tranquila—. Por eso le dije a Roxanne que no se preocupase, que Héctor y yo iríamos con ella a la fiesta. Aunque tú, por alguna extraña razón que no has querido aclararme, hayas preferido no ir. ¡Y eso teniendo en cuenta cuánto te gusta Gael Agnelli y lo mucho que querías conocerle! De verdad, Paolo, ¡menuda sorpresa nos hemos llevado al saber que no venías!

Paolo estaba en shock. Era incapaz de pronunciar ninguna palabra según iba escuchando todas esas que su amiga iba pronunciando.

—Bueno, espero que te lo pases bien este Halloween por ahí tú solo. Te prometo que nosotros nos lo pasaremos estupendamente en la fiesta. Y no te preocupes, ya hemos cubierto tu entrada. Le he preguntado a mi novio si se quería apuntar, y él ha aceptado de buen grado. ¡Un beso! ¡Nos vemos!

Dejándole con las palabras en la boca, Cynthia colgó el teléfono, impidiendo al moreno de las mechas protestar. Eso si hubiera conseguido salir de su shock, por supuesto. Casi a cámara lenta, el chico dejó caer su brazo al colchón. Cerró el móvil mientras todas las palabras de esa conversación que acababa de mantener se repetían en su mente, con la horrible sensación que daba el estar seguro de que Cynthia era muy capaz de haber hecho justamente lo que le había dicho.

Pero no podía ser, ¿cierto? Vamos, Cynthia sabía perfectamente lo mucho que le gustaría conocer a Gael Agnelli, verle aunque fuera un par de segundos con sus propios ojos. No podía haberle hecho eso, ¿verdad? ¿Verdad?

Y, espera un segundo, ¿novio? ¿Cindy había dicho novio? ¿SU Cindy tenía novio? ¿Y él no lo sabía? No, no podía ser. Cindy se lo habría dicho. ¡Se lo habría presentado! ¡Siempre hacía eso!

Enfadado y celoso a partes iguales, Paolo salió de la cama, dispuesto a presentarse en casa de su amiga en menos que canta un gallo.

 

* * * * *

 

La tarde había llegado finalmente. Las clases habían acabado ya sin demasiadas complicaciones para los alumnos. A pesar de que la pelea entre Daniel y Darío había sido hacía relativamente poco, ya nadie parecía traer a coalición los rumores sobre el rubio. Aunque no por ello se podía decir que todo estaba en calma; una nueva noticia había logrado alterar a todo el instituto, incluyendo tanto a la parte femenina como a la masculina.

Así, todas las conversaciones que se habían iniciado en esos dos últimos días habían terminado por hablar de la noticia en alguna ocasión, aunque solo fuera al preguntarle a la primera persona que pasaba cerca qué era lo que pasaba.

Había sido de esa manera por la que Benji se había enterado de que la causa de todo ese entusiasmo se debía, principalmente, a Gael Agnelli y su nueva película. Suspiró. Llevaba todo el día oyendo comentarios varios sobre el actor y la película en concreto, y pese a que podía compartir la opinión de que el tipo era muy buen actor, ya estaba cansado de escuchar siempre lo mismo. Algo que no dudó en comentarle a Iván mientras salían del instituto.

—Te lo juro, si vuelvo a escuchar algo más sobre Gael Agnelli en lo que queda de semana, me suicido.

El castaño empezó a reírse nada más escuchar tal afirmación de su amigo, moviéndose un poco para esquivar a una chica que corría hacia el interior del edificio.

—¿Y eso? ¿No te gusta o qué?

—No es eso —respondió el moreno negando con la cabeza—. Es más, me parece un gran actor. Pero de ahí a tener que escuchar sobre él a cada segundo… Puede volver loco a cualquiera.

Todavía riéndose, Iván asintió, dándole la razón a su compañero.

—Y no te olvides de todos esos carteles que hay por la ciudad —le dijo, señalando uno de ellos, que estaba a la entrada del centro.

—Cómo olvidarlos si te los encuentras cada tres pasos.

—Bueno, tú tranquilo. Ya verás que dentro de un par de días todo esto se habrá olvidado y el mundo volverá a hablar sobre sus disfraces y planes para Halloween.

—Iván, dentro de un par de días será Halloween, así que tus palabras no sirven. Y por cierto, ¿te apuntas a salir con nosotros?

El castaño se mantuvo en silencio un par de segundos. Finalmente, negó con la cabeza.

—Lo siento, ya tengo planes —le dijo, mirando a ambos lados antes de seguir hablando—. Le hemos preparado una fiesta sorpresa a Daniel, así que tengo toda la tarde y la noche ocupadas.

Benji asintió, sabiendo ya de forma definitiva que no podía contar con el castaño para ese día.

—¿Y qué le vais a hacer? ¿Vais a disfrazaros?

—Todo lo referente a la fiesta es máximo secreto —respondió el chico—. Es más, yo solo sé que tengo que estar el día treinta y uno en un lugar a una determinada hora, no más. Y sí, el disfraz es obligatorio.

La sorpresa se hizo presente en el moreno, quien no comprendía como su amigo podía saber tan poco acerca de esa fiesta. Aunque, en un pequeño arranque de originalidad, pensó que podía ser porque serían las chicas quienes lo organizaran todo.

—¿Y tú de qué vas?

Con una sonrisa un tanto orgullosa, Iván se volvió hacia su amigo mientras hablaba:

—Te presento al Doctor Sidney Granudo, de La Pajarería de Transilvania. ¿Te suena?

—¿Quién? —le interrogó Benji completamente extrañado.

—Era una serie de dibujos animados que emitían cuando éramos pequeños a la hora de comer. Una de un tipo con una pajarería en un castillo que además tenía un perro esqueleto y un…

—¿La del conejito zombie? —le interrumpió de repente el moreno, recordando la serie.

—Sí, justo. Esa —le confirmó Iván asintiendo—. Pues, como te dije, yo voy de Granudo, y María y Marta van de Bimbela y Sinista, las hermanas Exorsister. Es más, Ainoa nos ha dicho que nos podía dejar un peluche del Conejito Zombie. Así que, exceptuando a Huesudo, el perro esqueleto, iremos completos.

Las risas de Benji estallaron. El moreno, que se había imaginado por un instante al castaño disfrazado tal y como le decía, tuvo que detenerse nuevamente a causa de la risa que le asaltó. Iván, por su parte, se le quedó mirando, cruzándose de brazos mientras esperaba que el otro se calmara un poco.

—Prométeme que me enseñarás una foto —le pidió Benji, limpiándose las lágrimas con la manga—. No puedo perdérmelo.

—Vale, vale, te prometo que te enseñaré las fotos. Y ahora, vamos, que quiero llegar a casa. Tengo hambre.

Todavía sin poder dejar de reírse, Benji siguió a Iván cuando este se puso de nuevo en marcha.

—Y cambiando de tema, ¿qué tal te va con las mates?

Benji resopló, frustrado en su mayor parte, no por el comentario de su amigo, sino por la respuesta.

—No muy bien. Tengo un examen dentro de poco y no entiendo nada de lo que estamos dando. Es como si me hablasen en chino —se explicó—. Además, estoy seguro de que si suspendo mi madre me echará una buena bronca y de fijo me meterá en clases particulares.

Iván hizo una mueca y alzó su mano para darle un par de palmaditas en el hombro a su amigo, haciéndole ver que le comprendía.

—¿Y si le pides ayuda a Daniel? —le preguntó.

Benji se detuvo incluso, perplejo por la proposición del castaño.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —le interrogó, logrando que el chico se detuviera a su lado y se volviera para mirarle.

—Piénsalo. A Dani se le dan muy bien las matemáticas, así que, ¿quién mejor que él para ayudarte a aprobar?

Benji le miró, esta vez pensativo. No quería darle la razón, pero era cierto que Daniel era bueno con las matemáticas. Eso lo sabía por experiencia propia. Quizás hasta era buena idea el pedirle ayuda… ¿Pero qué estaba diciendo? ¡Estaba hablando de Daniel! ¡Del chico que no le dejaba en paz desde que entraba en el instituto hasta que salía de él! ¿Es que además quería aguantarle durante el resto del día?

—No sé —respondió finalmente, negando con la cabeza—. Ya lo pensaré.

—Como veas —le dijo Iván encogiéndose de hombros—. Pero ambos sabemos que tengo razón.

Benji esbozó una sonrisa. Se volvió a poner en marcha y cruzó una calle junto a Iván aprovechando que el semáforo estaba en verde.

—Y qué me dices, ¿te apetece quedar esta tarde un rato? —habló de nuevo el castaño al mismo tiempo que llegaban a la calle donde ambos vivían.

—Por mí perfecto. ¿Me picas sobre las cinco?

—Vale. Nos vemos entonces.

 

* * * * *

 

En el mismo momento en el que el timbre del instituto puso fin al horario de clases, Daniel suspiró, sintiéndose enormemente aliviado. Con rapidez, recogió sus cosas, guardando todos los libros en la mochila de mala manera, sin importarle demasiado si alguno se doblaba o no. Y hecho esto, el chico se levantó de su asiento y, tras colgarse la mochila del hombro, salió del aula sin esperar a nadie.

Extrañado por el comportamiento de su amigo, Oliver no tardó en recoger sus cosas y salir tras él tras avisar a su hermana, quien solamente asintió viéndole alejarse. Así, el pelirrojo corrió tras el rubio, alcanzándole poco antes de que llegara a la puerta del edificio.

—¡Hey! ¿Y esas prisas? —le preguntó.

Daniel le miró, encogiéndose de hombros y adaptando su paso al suyo.

—Es solo que tenía ganas de salir de aquí —respondió.

Oliver alzó una ceja, sin saber si creerle. Sobre todo cuando, al pasar al lado de unas compañeras que hablaban sobre Gael Agnelli, Daniel no pudo evitar que en su rostro apareciera una mueca de desagrado.

—Por cierto, necesito pasar por casa a por una cosa, ¿me acompañas o voy yo solo?

—Te acompaño —le aseguró, saliendo por fin del instituto—. ¿Cuándo quieres ir?

—¿Ahora te parece bien? Tengo las llaves conmigo.

El pelirrojo asintió, sin decir nada más, y saludó a las gemelas que esperaban junto a Raúl a su hermana.

Caminaban ahora en silencio. Podían escuchar varias conversaciones de los grupos que iban delante y detrás de ellos, pero ni Daniel ni Oliver comentaron nada de ello, por mucho que el enojo no desapareciera del rostro del más pequeño.

Por su parte, Daniel estaba sumido en sus pensamientos. Su vista apenas se apartaba de lo que había frente a él, o al menos eso era lo que pretendía el joven. Pues aunque no quisiera, sus ojos se desviaban cada dos por tres para centrarse en alguno de los muchos carteles que había en la calle sobre Gael Agnelli y su película.

Bufó. La verdad era que no entendía el motivo de tanta publicidad ni toda esa agitación que había por su culpa. ¡Por Dios, solo era una película más! ¡Ni que nunca hubieran estrenado ninguna película en la ciudad! Suspiró. De nada servía ponerse de malhumor, menos aún por ese.

—Bien, ¿vas a sacar las llaves o pretendes que entremos por arte de magia?

La pregunta de Oliver sacó completamente a Daniel de sus pensamientos. Confundido, el rubio le miró, parpadeando un par de veces al darse cuenta de que ya habían llegado a su calle. Es más, estaban justo frente a su casa.

—No, tranquilo, ahora las saco.

Cumpliendo con su palabra, el chico sacó las llaves, abrió la verja y entró en la finca junto al pelirrojo. Esa vez los perros no le dieron la bienvenida. Supuso que simplemente aún no les habían soltado. Caminaron hacia la casa, abriendo la puerta y cerrándola tras ellos. La casa estaba en silencio, pero a ninguno les pareció extraño, ya que solía ser lo habitual.

—¿Qué tienes que coger?

—Un par de cosas de clase que se me olvidaron el otro día —le respondió encogiéndose de hombros—. ¿Me esperas aquí o subes? —añadió yendo hacia el teléfono fijo.

—Te espero.

La luz del teléfono que parpadeaba le indicó a Daniel que tenía un mensaje. Sin pensarlo demasiado, el chico pulsó una tecla para escucharlo. Estaba seguro de que no sería de nadie conocido. La gran mayoría de estos sabían que se estaba quedando en casa de Oliver esos días y, quienes no lo sabían, tenían el número de su móvil para ponerse en contacto con él. Por ello, no se sorprendió demasiado al no reconocer la voz de mujer que se empezó a oír. Lo que sí le sorprendió, lo que logró que se quedara paralizado a mitad del pasillo incapaz de creer lo que oía, fue el mensaje, las palabras de esa mujer:

—¿Señor Agnelli? Soy Miranda Menéndez, de industrias Menéndez. Le llamaba para confirmar los ingredientes de la tarta de cumpleaños de su hijo y el catering para la fiesta. Le ruego que se ponga en contacto con nosotros cuanto antes. Muchas gracias.

 

* * * * *

 

El timbre de la puerta sonaba una y otra vez, casi como si aquel que lo activaba quisiera, en verdad, fundir el timbre. Pese a todo, ninguno de los dos ocupantes de la casa se tomó demasiada prisa en abrir la puerta ya que, gracias a la música a todo volumen que inundaba la casa, apenas se acababan de enterar.

—¡Ya voy! ¡Ya voy! —exclamó un chico. Caminó hacia la puerta y la abrió sin preguntar quién era al suponer que si llamaban así sería porque era alguien conocido.

Nada más que la puerta se abrió, el chico observó al joven que estaba frente a él con, exactamente, la misma curiosidad con la que este le observaba. Era alto, casi una cabeza más que él, moreno de mechas rojas y extraños ojos castaños con algún que otro toque verdoso. Además, parecía enfadado. O, al menos, muy molesto, ya que la mirada que le dirigía no era nada alegre.

—¿Y tú eres…? —le preguntó, sin intención de hacerse a un lado antes de saber la respuesta.

—La pregunta debería ser quién eres tú y qué haces en esta casa —le respondió el desconocido, sin relajar ni un instante su dura mirada.

El chico enarcó una ceja, sorprendido por las palabras del otro. En cualquier otro momento le habría respondido con algún comentario mordaz; pero, en ese instante, no se sentía con demasiadas fuerzas como para empezar una nueva discusión. Menos aún con un desconocido que se atrevía a mirarle con tanto odio.

—¿Yo? El que piensa cerrarte la puerta en las narices.

Y, dicho esto, el joven cumplió sus palabras y le dio un portazo a la puerta principal antes de que el otro pudiera siquiera comprender lo que acababa de escuchar.

Hecho esto, y a pesar del hecho de que el timbre volvió a sonar, el chico se alejó de la puerta. Volvió al salón de la casa, donde se sentó en un sofá, dispuesto a seguir viendo la televisión.

—¿Julio? ¿Quién era?

El aludido giró un poco la cabeza, observando a la joven rubia que acababa de salir del cuarto de baño, envuelta solamente por una toalla que le llegaba hasta la mitad del muslo, mientras se secaba el pelo con otra.

—Nadie. Un gilipollas —respondió, encogiéndose de hombros—. ¿Comemos?

La rubia le miró extrañada. Entró en el salón y, revolviéndole el cabello al chico al pasar por su lado, fue hacia la puerta principal. Y tras mirar por la mirilla, no dudó en abrir.

—¿Paolo? —preguntó sorprendida—. ¿Qué haces tú aquí?

Sentado aún en el sofá, Julio vio con fastidio a la joven abrir la puerta y dejar pasar al gilipollas de antes.

—¿Cómo que qué hago aquí? —preguntó él a su vez—. ¿Cómo pretendes que no me presente en tu casa después de la conversación de antes? ¿Y bien? ¿Es él? —añadió señalando a Julio, amedrentador.

Perpleja, Cynthia miró a su mejor amigo, constatando la mirada que este le dirigía a Julio. No entendía el motivo de todo ese odio en los ojos de Paolo, menos aún por qué decía que tenía algo que ver con su última conversación, cuando en ella solo se había vengado por lo de haberle colgado mientras hablaba.

¡Oh! Vale, ya sabía por qué Paolo se comportaba de esa forma. Desde luego, no tenía que haber dicho nada sobre ningún novio.

—Lo primero de todo, no hace falta que vengas corriendo a mi casa justo después de colgarte. Menos aún si es para juzgar a algún novio mío, como parece que has venido a hacer. Lo segundo, él es Julio, mi hermano pequeño, no mi novio —le presentó ella, con los brazos en jarras y sus ojos fijos en el moreno de las mechas—. Lo tercero, te mentí. No tengo novio alguno. Pero si lo tuviera, te prometo que no te permitiría comportarte como estás haciendo, así que vete relajando los humos, ¿está claro?

Paolo la miró. El odio y todo el enfado que podía haber estado sintiendo antes había desaparecido completamente, pasando a ser una sensación completamente nueva: la sorpresa.

—Espera, espera… ¿Tu hermano? ¿Desde cuándo tienes hermanos? —la interrogó, anonadado.

—Pues desde el mismo momento en que mi madre se quedó embarazada de mi padre por segunda vez —se explicó la joven modelo, tal y como si estuviese tratando con un niño pequeño—. Hace cosa de unos dieciséis años.

—¡Diecisiete!

—Lo siento, cielo, pero aún te quedan unos meses para los diecisiete. No te sumes años.

Julio bufó, de mal humor, más aún cuando su hermana le sonrió condescendiente.

—Vale, ahora me explico de quién ha heredado esa acidez que desprende con cada una de sus palabras y gestos —se rió Paolo.

—No le hagas mucho caso —le dijo la rubia conciliadora—. Está enfadado porque el chico que le gusta le dio calabazas el sábado y no pudo declarársele —explicó haciendo un vago gesto con la mano.

El mayor arqueó una ceja, curioso por tal repentina explicación. Desvió la mirada hacia el chico un instante, quien no parecía muy alegre en esos instantes. Todo lo contrario.

—Sí, soy gay. ¿Pasa algo? —le interrogó.

—¿A mí? Nada de nada. Me da igual lo que seas: hetero, gay, bi… Por mí como si eres transexual, me da lo mismo —afirmó encogiéndose de hombros.

Julio le miró fijamente, sopesando la mirada del más mayor, que, ahora que se fijaba mejor, parecía estar comiéndoselo con los ojos.

—A tres metros, Paolo —le advirtió Cynthia, obligándole a fijar la vista en ella—. Como te acerques a mi hermano te juro que me encargaré de que nunca más puedas volver a ser el activo —añadió, haciendo un claro gesto de cortar algo con los dedos.

Con un gesto de dolor en su rostro e incluso reculando un paso, Paolo alzó un poco las manos, dando a entender que se rendía y prometía ser un buen chico.

—Y ahora, ¿qué haces aquí? —siguió preguntándole la joven, volviendo al tema que le interesaba.

Pero, a pesar de haberla escuchado, Paolo no parecía estar en situación de responder. Aún estaba demasiado centrado en la parte del hermano como para centrarse en el nuevo tema.

—Espera, ¿tú eres el de la foto de ovejita que tiene Cindy en la cartera? —preguntó, al darse cuenta de esa posibilidad, volviéndose hacia el chico.

Nada más escucharlo, el joven se volvió hacia su hermana, enfadado.

—¡Te dije que quemaras esa foto!

—¡Pero si sales muy mono! ¿Cómo voy a hacer tal cosa? —se defendió ella, sin darle mucha importancia al asunto.

—¡Pues no vayas enseñándola por ahí! —protestó el castaño, cruzándose de brazos ofendido.

—¿Y no la has matado aún? —siguió Paolo, perplejo—. Yo ya lo hubiera hecho.

—Seguro que has oído la expresión ésa de “no muerdas la mano que te da de comer”, ¿cierto? —El mayor asintió—. Pues en mi caso, cambia “muerdas la mano” por “matar” y “da de comer” por “paga tus caprichos” y obtendrás tu respuesta.

El moreno de las mechas empezó a reírse, comprendiendo ahora al castaño. Y, al igual que si estuviera en su propia casa, se acercó al sofá, se sentó en él, y se volvió, una vez acomodado, hacia su amiga.

—Pues vine, principalmente, para echarle un vistazo a tu novio. Pero como acabas de decirme que me mentiste y no tienes, me acabas de quitar un gran peso de encima.

Cynthia suspiró poniendo los ojos en blanco. Puede que considerase a Paolo como su mejor amigo. Después de todo, se conocían desde hacía años y el moreno la había ayudado en muchas ocasiones; pero, cuando se ponía en plan “hermano mayor sobreprotector” con ella, le daban unas ganas enormes de darle una buena colleja.

Aún vestida solamente con la toalla, la joven rubia se sentó en el sofá al lado de su hermano, cruzándose de piernas y volviéndose hacia su amigo. Estaba segura que el tema del supuesto novio no era lo único que le había llevado a su casa.

—¿No deberías vestirte? —le propuso su hermano, desviando la mirada un instante hacia el moreno para volver a fijarla luego en su hermana.

—Tranquilo, chico. Tu hermana está buena, sí, pero no es mi tipo.

Julio enarcó una ceja. En todos estos años, ningún chico le había dicho algo así de su hermana.

—Es gay —le explicó ella, encogiéndose de hombros. Julio se volvió de nuevo hacia Paolo, que solamente sonrió, asintiendo—. Pero sí, tienes razón, creo que iré a vestirme o cogeré frío —añadió la joven levantándose del sofá—. ¿Vienes o me esperas aquí?

—Voy contigo, así dejamos que tu hermanito siga viendo la tele tranquilo —respondió el mayor riéndose por lo bajo al ver la mirada molesta de Julio.

El chico bufó, viendo a su hermana y su amigo alejándose en dirección al dormitorio de esta, cerrando tras de sí.

Una vez dentro, y sin importarle demasiado la presencia del chico, después de todo no iba a ver nada que no hubiera visto ya, Cindy avanzó hacia la cómoda que había en una de las paredes. Una vez allí, abrió uno de los cajones y sacó una camiseta que no tardó en ponerse, haciendo lo mismo luego con la ropa interior y unos pantalones de chándal gastados que usaba cuando estaba en casa.

—¿Y bien? Estoy esperando —le dijo, girándose para mirar al chico, que en ese momento estaba sentado en su cama, apoyado en el enorme peluche de Chewbacca que él mismo le había regalado.

—¿Esperando?

—Ah, bueno, si el hecho de que sea verdad lo de haberle dicho a Roxanne que no ibas a venir con nosotros a la fiesta no te interesa, entonces nada. Asunto arreglado —murmuró la chica, al parecer contenta, haciendo un desganado gesto con la mano.

—¡¿Qué?!

Paolo, que ciertamente había estado demasiado centrado en el tema del novio como para recordar el problema de la fiesta de Halloween, pareció por fin entrar en razón. Así pues, se levantó de un salto de la cama y se acercó a la rubia para rodear su cintura con los brazos empezando a suplicarle.

—Lo siento, lo siento, lo siento. Prometo no volver a colgarte nunca más el teléfono. ¡Dime que no le dijiste eso a Roxanne!

Con una sonrisa de satisfacción, Cindy vio cómo Paolo se arrastraba sin dejar de suplicar su perdón. Y la verdad, podía acostumbrarse a eso. Lo malo era que ella no era tan cruel como para hacerle sufrir así. Aunque eso sí, antes pensaba sacar algo de provecho.

—Recuerdas esa figurita tan mona de Obi-Wan que tienes en tu casa, ¿verdad? —El chico asintió, temeroso—. Pues la quiero. Y la de Yoda, Vader y Qui-Gon Jinn también.

—¿Qué? ¡Eso no es justo! No…

—O eso o no vienes a la fiesta, tú eliges.

Ante la mirada fulminante del moreno, Cynthia solamente puso cara de no haber roto un plato en su vida.

—No es que quiera que me la regales, sino que me la prestes un par de días —se explicó—. Va a venir un amigo mío a visitarme por el puente y le encanta Star Wars, así que las quiero para darle algo de celos.

Paolo se la quedó mirando, pensativo, antes de decir nada.

—Y ese amigo tuyo, ¿está bueno? —preguntó finalmente.

Con una carcajada, aunque en verdad la rubia no se esperaba otra pregunta, Cindy se encogió de hombros.

—Es hetero y está casado, así que olvídate, monada, porque te aseguro que lo único que obtendrás de él es una charla friki, nada más.

El mayor chascó la lengua, ligeramente decepcionado. Y tras pensarlo durante un par de segundos, asintió.

—Vale, te dejo las figuritas y prometo no fijarme en tu amigo ni en tu hermano. ¡Pero ahora dime que voy a poder ir a la fiesta!

Sin poder evitarlo, Cynthia se empezó a reír a carcajada limpia, incapaz de creerse que Paolo se hubiera creído toda su actuación. Sin decir nada, se sentó en la cama, mirándole desde allí con una sonrisa.

—Pero mira que eres tonto —le dijo—. ¿En serio crees que le diría a Roxanne que no vas a venir a la fiesta sabiendo lo mucho que te gusta Gael Agnelli? ¿Tan cruel crees que soy?

—Te aseguro que hay veces en las que pienso que el único motivo por el que sigues en la Tierra, es porque en el Cielo no te quieren porque pervertirías a los ángeles, y porque, si fueras al Infierno, le quitarías el puesto a Satanás —le confió el mayor, quien por fin pudo respirar tranquilo al ver que todo había sido una broma.

La risa de la rubia aumentó, siendo acompañada ahora por la del moreno, que se sentó a su lado. Este le pasó un brazo por la cintura de ella y la besó en la sien.

—Entonces, ¿cuándo quieres que te traiga las cosas?

—Cuando quieras. No viene hasta el viernes por la noche, así que no tengo prisa —respondió ella, encogiéndose de hombros.

—Te las traigo mañana.

—Perfecto. Y por cierto, el lunes os quiero aquí justo después de comer para empezar a prepararnos. No quiero llegar tarde a la fiesta por vuestra culpa —le advirtió, señalándole fijamente.

—Vale, vale, tranquila. Ya aviso yo a Héctor para que venga.

Cynthia sonrió y, mucho más tranquila ahora, se levantó de la cama.

—Entonces, ¿te apetece quedarte a comer?

 

* * * * *

 

—¡Oh, mierda!

Esas fueron las primeras palabras que Oliver murmuró nada más escuchar el mensaje de la mujer. Palabras que fueron perfectamente audibles para Daniel, que se volvió hacia él al instante.

—¿Tú… lo sabías?

La sorpresa estaba presente en el tono de voz del menor. Y, como buen amigo suyo que era, al pelirrojo no le costó demasiado percatarse de la ira que, poco a poco, se iba haciendo cada vez más patente.

Nervioso, Oliver desvió la mirada, maldiciéndose internamente por ese maldito descuido que acababa de tener. Pero ¿qué culpa tenía él de que su boca hubiera dicho esas dos palabras que solamente debería haber pensado? Aunque claro, poco le importaría ese pequeño error suyo a Daniel. De eso estaba muy seguro.

—¿Lo sabías? —repitió el rubio, poco dispuesto a esperar más tiempo por una respuesta.

—Sí —confesó finalmente en un suspiro.

—¿Y se puede saber por qué no me lo dijiste?

—Oh, vamos, Daniel. Los dos sabemos que hablar contigo de cualquier tema relacionado con tu padre es como decirle a la Muerte “¡Eh! ¡Estoy aquí! ¡Te apuesto lo que quieras a que no puedes llevarme contigo!”. Y, sinceramente, no quiero morir joven.

Enfadado, Daniel empujó al pelirrojo, que acabó chocando contra la pared que quedaba a su espalda.

—Joder, eso duele —se quejó el mayor, sobándose la cabeza.

—Y más que te va a doler si no me dices ahora mismo qué cojones ha planeado ese imbécil —le aseguró el rubio.

¿Y se suponía que ahora era cuando tenía que negarse y no contarle nada? ¡Ja! Natalia se había equivocado de pleno cuando le dijo que, si Daniel llegaba a descubrir lo de la fiesta sorpresa, lo único que deberían hacer era negarlo todo y no decir nada. Oh, sí, como si eso fuera tan sencillo. Sobre todo teniendo a Daniel en versión psicópata frente a él. Sí, sencillísimo.

—Mira, lo único que sé es que tu padre ha tomado la excusa de venir al preestreno de su película para organizarte una fiesta sorpresa por tu cumpleaños —le confesó.

Daniel le miró fijamente, pensando en eso que el pelirrojo acababa de confesarle. Al menos ahora entendía por qué había tanto revuelto con Agnelli en el instituto.

—¿Y desde cuándo lo sabes?

—Desde hace un par de días —mintió el mayor rápidamente, tan rápido que Daniel no se lo creyó.

—Oliver…

—Vale, desde el miércoles pasado —reveló—. Natalia encontró la invitación, me la enseñó y luego se lo sonsacamos todo a mi madre.

—¿Y no me lo dijiste? —estalló Daniel, cada vez más enfadado.

—No podías saberlo, ¿vale? Es una fiesta sorpresa, así que consiste exactamente en eso, ¡en que sea sorpresa! —exclamó Oliver, alzando el tono de voz sin proponérselo—. ¡Tampoco es para tanto!

—¿Sabes que odio Halloween con toda mi alma y no me dices nada?

Con ganas de pegarle un puñetazo, Daniel se apartó del pelirrojo, empezando a caminar por el pasillo en dirección a las escaleras. Sabía que lo mejor que podía hacer en ese momento era alejarse de Oliver antes de acabar peleándose. Lo malo era que el pelirrojo no estaba dispuesto a dejarle ir.

—¿Y qué querías que hiciera? Todos están muy ilusionados con esto, ¿qué querías, que rompiera todas sus ilusiones al decirte lo de la fiesta? —le interrogó, enfrentándose al rubio al cogerle del brazo para impedir que se alejara—. Joder, Daniel, ¡solo es una puta fiesta, no es el fin del mundo!

—¡No es por la fiesta! —le gritó este, volviéndose hacia él—. ¡Me importa una mierda la puta fiesta! ¡Lo que me importa es que me has mentido, que me lo has ocultado todo este tiempo!

Completamente frustrado, Oliver se pasó una mano por el pelo, sin saber qué hacer o qué decir. Estaba claro que Daniel estaba sacando las cosas fuera de contexto, al igual que su reacción era tremendamente exagerada. Pero era cierto que, cuando se trataba de sus padres, Daniel siempre reaccionaba así.

Suspiró. Debía mantener la calma. Sabía que si no lo hacía lo único que conseguiría era que siguieran discutiendo y que la situación empeorase más y más. Y, sinceramente, eso era lo último que necesitaba.

—Daniel… Mira, siento no habértelo dicho antes, pero es que no podía hacerlo, ¿vale? —se trató de excusar, hablando ahora en un tono normal—. No era una cosa mía y yo…

—No voy a ir —le interrumpió de repente el rubio.

—¿Qué?

—Que no voy a ir a la fiesta —repitió el chico, mirándole directamente a los ojos—. Y tú no vas a decir nada a nadie, ¿me has entendido?

—¿Me estás amenazando?

—Sí, Oliver, te estoy amenazando —le confirmó—. Y recuerda que yo nunca amenazo en balde.

—¡Pero si solo es una fiesta! —exclamó atónito el pelirrojo—. ¿Tanto te cuesta ir a una puta fiesta?

—Nunca es solo una fiesta cuando se trata de Gael Agnelli. ¿O ya no recuerdas lo de hace un par de años en esa fiesta de beneficencia? —le preguntó—. Tu madre casi tuvo que sacar a rastras a nuestros padres de allí y todo porque al gilipollas de turno se le ocurrió apostar a ver quién podía aguantar mejor la bebida. Así que lo siento pero no te creo, Oliver. No va a ser solo una fiesta.

Daniel se cruzó de brazos, dando por terminada la discusión. Por su parte, Oliver no podía creer lo que estaba pasando.

—¿Pero tú te estás escuchando? ¡Joder, estamos hablando de tu padre! ¡Deberías estar dando saltos de alegría al saber que ha venido solo para celebrar tu cumpleaños!

—¡Oh, sí! Mira cómo salto —farfulló el menor, sin alegrar lo más mínimo su gesto.

Oliver resopló frustrado. Sabía perfectamente que cuando su amigo estaba en ese plan, no había nadie que le hiciera cambiar de opinión.

—¿Y tus hermanos? ¿Qué pasa con Will, Nayra y los demás? ¿Vas a dejar pasar la oportunidad de volver a verles? —le interrogó, nombrando deliberadamente a los dos pequeños. Sabía bien que eran los únicos que podían calmar los ánimos del rubio.

Daniel desvió la mirada sin saber qué decir. Estaba tan centrado en su enfado con su padre que se había olvidado por completo de sus hermanos. Suspiró. No podía negar que les echaba de menos, sobre todo a los más pequeños, y que siempre le hacía mucha ilusión leer los mails o las cartas que estos le mandaban, al igual que los dibujos, que tenía colgados en un tablón en la habitación.

—Han venido todos —siguió hablando el pelirrojo, ahora con un tono más bajo y tranquilo—. Ninguno ha querido quedarse en casa en vez de venir a verte.

El silencio se mantenía. El rubio tenía la mirada fija en la pared que había frente a él, y la de Oliver estaba centrada en él, esperando por una respuesta.

—Daniel…

—Está bien. Iré a la maldita fiesta —habló finalmente el aludido, haciendo que el mayor sonriera contento—. Pero ni se te ocurra pensar que voy a quedarme de brazos cruzados respecto a todo esto —añadió alzando un dedo y mirándole fijamente—. Pienso vengarme de ese idiota, ¿me oyes?

Oliver asintió. Sabía que pedir algo más era una completa estupidez, aunque no por eso se quedó callado:

—Venga, Daniel, va a ser la primera vez que volverás a ver a tu padre en…

—Dos veces, Oliver. Solo le he visto dos veces en estos dos últimos años —le cortó el pequeño, con voz cansada—. ¿Crees que eso es tener un padre? Yo no.

 

* * * * *

 

Jueves veintisiete de octubre, nueve menos cuarto de la mañana. El tiempo no acompañaba demasiado ese día. A pesar de que hacía sol, el frío viento que soplaba hacía que la sensación térmica fuera mucho más baja que la real. Pese a todo, eso no había impedido que, alertados por las noticias, los cientos de fans de Gael Agnelli se agolpasen, junto a la prensa local y nacional, en el aeropuerto de la ciudad, esperando que el aclamado actor llegara por fin.

Pancartas que adornaban el nombre del actor con corazoncitos y colores varios podían apreciarse perfectamente entre la multitud junto a pósters del actor, ya fueran de su última película como de cualquier otra que hubiera protagonizado o, simplemente, en la que hubiera aparecido. Había gente que llevaba ya varias horas esperando impacientes, todo para poder estar en primera fila. Y así, hombres y mujeres, adultos y adolescentes, esperaban por un vuelo que llevaba casi veinte minutos de retraso.

Por suerte para ellos, y para gran desesperación de los policías que trataban de contener a la marabunta, el avión aterrizó al fin en la pista, y, al cabo de unos minutos, pudo verse a la gente empezar a salir.

Sentados en una de las mesas de una cafetería cercana, una pareja veía lo que sucedía mientras terminaba de tomar el café. Llevaban esperando casi una hora completa, charlando entre ellos, comentando algunos puntos de lo que sabían que iba a suceder durante los próximos días. Aunque, al ver la excitación que empezaba a palparse entre la multitud, la mujer se volvió hacia su marido:

—¿Has acabado?

El hombre asintió, posando la taza de café de nuevo en la mesa y levantándose para irse, pues ya habían pagado la consumición. Y, al ver que su mujer también estaba lista, ambos se acercaron a la puerta de desembarque, deteniéndose un poco apartados del gentío; pero, a pesar de todo, en un lugar donde se les pudiera ver sin dificultad.

Por otra parte, en el avión, los pasajeros iban saliendo uno a uno, cargados algunos con sus maletas de mano y otros estirándose. Este era el caso de un joven adolescente que, al ver lo que les esperaba nada más salir, no pudo evitar quejarse:

Decidme de nuevo por qué no pudimos venir en el avión privado —habló en un perfecto inglés.

Porque a papá le gusta presumir ante sus fans —se rió una joven varios años mayor que él y que, acto seguido, se volvió hacia su hermana gemela—. A que sí, Alexa.

La aludida asintió, acomodando mejor a la pequeña que tenía en brazos, completamente dormida. Habían cogido el vuelo a las dos de la mañana, hora española, en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy de Nueva York, y, tras casi siete horas de viaje, estaban completamente agotados. Sobre todo los dos más pequeños, que seguían durmiendo.

¡Eh! —exclamó el mayor del grupo y padre de los otros tres—. ¿Por quién me tomáis, por Narciso?

Por supuesto que no, querido. Con la de horas que pasas mirándote al espejo cada mañana, habría que inventarte un nuevo adjetivo para definirte —bromeó la mujer que caminaba a su lado, llevando en brazos a otro de sus hijos, también dormido.

El entrecejo del hombre se frunció ligeramente en un gesto tan peculiar que, quienes les conocían a ambos, sabían que Daniel había heredado. De cabellos morenos y ojos oscuros ocultos ahora por unas gafas de sol, el italiano fijó su penetrante mirada en su esposa, aparentemente molesto aunque sabía que no podía mantener por mucho tiempo su enfado. Le era imposible enfadarse con su familia.

Es broma, cariño —le tranquilizó la mujer obsequiándole una agradable y dulce sonrisa.

Ella era francesa, aunque hablaba el idioma perfectamente. Era pelirroja y su cabello caía en cascada hasta la mitad de su espalda en forma de ligeros bucles, y sus ojos, eran de un hermoso verde botella. Y, a pesar de ser madre de tres hijos, su figura seguía siendo tan imponente como cuando había trabajado de modelo en su juventud.

Vale, lo admito, me gusta contentar a mis fans. Pero que conste que la idea de viajar así fue cosa de Carla —añadió comportándose como un auténtico niño pequeño al echarle las culpas a su mujer.

Todos a una, los otros cuatro adultos suspiraron, negando con la cabeza incluso al escucharle hablar. Desde luego, nada tenía que ver el Gael Agnelli que se ponía frente a las cámaras, con el que ellos conocían. Por fortuna para sus fans.

Tras repartirse las maletas entre ellos, el actor y su familia se dirigieron, acompañados por los de seguridad, hacia esa marabunta de gente que chillaba histérica y empezaban a sacar fotos de su ídolo mientras gritaban su nombre una y otra vez.

Ethan, que así se llamaba el hijo mayor de Gael, miró a todo ese tumulto de gente y suspiró. No había salido a su padre en cuestión de gustos, así que el tener a toda esa gente observando, no sólo a su padre, sino también a su familia y a él mismo, le ponía bastante nervioso. Eso se podía notar en su enfado y en lo cortante que era al hablar con los demás. Al menos sabía que pronto saldrían de allí y, además, la ducha, la comida y, sobre todo, la cama blandita que le esperaba, lograban que su humor mejorase notablemente.

Por ello, en vez de fruncir el ceño, solo esbozó una sonrisa, apartando un par de mechones negros que le caían por la cara y le entraban en los ojos. Y, tras agarrar la maleta y acomodarse la mochila que llevaba a la espalda, siguió a sus dos hermanas mayores que caminaban delante de él.

¿Quién se supone que viene a recogernos? ¿Los tíos? —les preguntó nada más ponerse a su altura.

Sí. Se supone que deberían estar esperándonos por aquí cerca —le explicó Vanessa, buscando con la mirada a “sus tíos” como ellos les llamaban, por mucho que no tuvieran ningún parentesco.

¿Y dónde vamos a quedarnos? —siguió interrogándolas el chico—. Si el enano está en casa, dudo que podamos ir allí.

Había tenido todo el viaje de avión para preocuparse por esas cosas, es cierto. Aunque el hecho de que durante el vuelo, para pasar el tiempo, les pusieran las películas de La jungla de cristal, había servido para que Ethan no despegara la vista de la pantalla por mucho sueño que ahora tuviese.

En casa —respondió Alexa—. Daniel se está quedando con Oliver.

¡Y deja de llamarle enano! —le riñó la otra gemela que cargaba con otro par de maletas—. Tío dice que ha crecido bastante en este tiempo.

Ethan arqueó una ceja. No dudaba que su querido hermanito hubiera crecido en todo ese tiempo que llevaban sin verse. De hecho, sería muy extraño que eso no pasara. Pero el moreno dudaba que hubiera alcanzado el casi metro ochenta que él medía a sus diecinueve años.

Ya lo dije hace tiempo y lo reitero ahora. Cuando me pase, dejaré de llamarle enano.

Las gemelas se miraron, suspirando resignadas a la vez.

Por esa regla de tres, nosotras también deberíamos llamarte enano a ti —le recordó Vanessa.

Y era cierto. Tanto Alexa como Vanessa habían heredado la constitución de su padre, llegando a medir el metro ochenta y tres con facilidad y sin ayuda de tacones. De cabellos tan oscuros como sus progenitores pero cortados a diferente altura (Vanessa hasta los hombros y Alexa hasta casi la cintura), sus ojos eran de color castaño claro, al igual que los de su madre, la primera esposa del actor.

¿Alguno de vosotros ve a Diana o a Toño? —Oyeron preguntar a Carla tras ellos.

Los tres chicos negaron con la cabeza, ya que encontrar a sus tíos entre tanta gente les parecía aún más complicado que encontrar una aguja en un pajar. Además, estaba el problema de que, pese a la seguridad, la multitud se les había acercado aún más y varios periodistas lanzaban preguntas al aire, esperando que el actor las contestara.

Cualquiera ve algo con tanta gente encima —murmuró molesto Ethan, logrando sonsacar una sonrisa a sus hermanas y hasta a Carla, que caminaba justo a su lado, agarrando la mano de David, uno de los pequeños, mientras llevaba a Will en brazos.

Por su parte, Gael se había quedado algo rezagado, firmando algunos autógrafos y sacándose alguna que otra foto con sus fans. La verdad era que se sentía como pez en el agua, ya que desde pequeño le había encantado ser el centro de atención. Por ello, a pesar del cansancio y las ganas de llegar a casa que tenía, no dudó ni un instante en poner buena cara y acercarse a sus fans.

—Y ahora —empezó a hablar, tras unos minutos, pasando al español—, mucho me temo que he de dejaros. —Un audible quejido se extendió por todo el recinto nada más escuchar esas palabras—. Ha sido un viaje largo, y, francamente, tanto mi familia como yo mismo estamos extremadamente cansados. Muchísimas gracias por venir a darme tan gratificante bienvenida —añadió, obsequiando a todos con una de sus deslumbrantes sonrisas que provocó suspiros generalizados.

Dicho esto, y escoltado por dos de seguridad, Gael Agnelli se encaminó hacia su familia. Para ese momento, estos ya habían encontrado a Toño y a Diana, y estaban saludándose entre ellos con besos y abrazos.

—¡Toño! —exclamó el italiano nada más llegar hasta ellos, estrechando la mano del aludido para, acto seguido, abrazarle—. Que sepas que aún pienso en matarte por haberme despertado a las cuatro el otro día —le dijo.

Toño empezó a reírse, separándose del actor, al que conocía desde niño, y que ahora se había vuelto hacia su mujer.

—¡Diana! Estás incluso más hermosa que la última vez que te vi —le aseguró abrazándola con cariño y dándole dos besos en la mejilla, gesto que Diana imitó.

—Que sepas que el que me piropees no va a impedir que me enfade contigo —le advirtió ella señalándole.

—Y parece que tu carácter también sigue siendo el mismo de siempre —agregó el italiano entre risas.

—Eso ni lo dudes —le confirmó Toño, pasándole un brazo por los hombros en actitud jocosa. Algo que desapareció totalmente cuando volvió a hablar—. Por cierto, tengo que darte una mala noticia.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Carla, preocupada.

—¿Es sobre Daniel? —siguió interrogándole Gael.

—Sí, es sobre Daniel —le confirmó el hombre, logrando que todos se alarmaran—. Tu querido hijito ha descubierto lo de la fiesta y no se lo ha tomado nada bien —les comentó el abogado, viendo con verdadero placer la cara pálida que se le había quedado a su amigo—. Con lo cual, te está esperando en casa dispuesto a despedazarte en trocitos muy pequeños para después dárselos para comer a los perros.

La piel de Gael empalideció aún más, pudiendo pasar perfectamente por un cadáver en ese mismo momento. Por otra parte, Ethan, Vanessa y Alexa trataban de ocultar la risa que les traicionaba. Todos estaban muy seguros de que Daniel podía cumplir esas palabras. Además, ninguno estaba demasiado acorde con la idea de que la fiesta fuera sorpresa. Ninguno quería esperar otro par de días para poder ver a su hermano.

—No os creáis ni una palabra —les dijo Diana tranquilizándoles a todos—. Daniel no sabe nada sobre la fiesta. Toño solo tiene ganas de bromear.

El alivio fue algo completamente tangible en el momento en el que la declaración de Diana logró asentarse en la cabeza del actor. Toño empezó a reírse a mandíbula batiente.

—Bueno, y tras esta pequeña broma… ¡Vámonos todos, que seguro que tendréis ganas de llegar a casa! —exclamó el hombre, agarrando una de las maletas y poniéndose en marcha, con todos los demás siguiéndole.

—Eres mi amigo. Deberías darme solamente buenas noticias, ¡no pegarme sustos como este! —protestó el actor mientras se alejaban.

—Soy tu abogado, mi obligación es hacértelo pasar mal de vez en cuando —le rebatió Toño, todavía riendo—. ¡Qué pena que no tuviera una cámara a mano! Seguro que me habría ganado un buen dineral si vendiera la foto de tu reacción al escucharme.

Gael le lanzó una furibunda mirada, pero no dijo nada. En todo caso, acompañó con sus risas a su amigo. Ahora que sabía que todo había sido una broma y que su hijo no sabía nada, estaba mucho más tranquilo, y eso bien podía percibirse en la gran sonrisa que lucía.

—Ya verás cuando le veas —siguió hablando Toño—. Ha crecido bastante desde la última vez que le viste. Estoy seguro de que casi no le reconocerás.

—Sí. Ya tengo ganas de verle. Le he echado mucho de menos.

Capítulo 5: Calma incierta

Oliver estaba nervioso. Sabía que, en ese estado, Daniel era capaz de hacer cualquier cosa, y lo peor de todo era que él no había logrado mantenerle a su lado. Después de que el rubio se alejara dejándole solo en esa aula, Oliver había tratado de ir tras él; sin embargo, su profesor de historia le había descubierto y, al ver las motas de sangre en su rostro, no había tardado mucho en suponer que el pelirrojo había tenido algo que ver en esa pelea de la que todos hablaban.

En resumen, Oliver se había pasado el resto del recreo en el despacho del director, tratando de explicar que él no tenía nada que ver con lo sucedido, por mucho que su profesor, de quien estaba más que seguro que le tenía manía, dijera lo contrario. Por suerte, el director parecía haberse decantado a su favor para gran alegría del chico. Y así, Oliver logró volver con sus amigos y contarles lo sucedido justo antes de que el timbre sonara.

Desde ese momento, ya habían pasado casi las tres horas que les quedaban de clase y, por mucho que su hermana le había dicho que había llamado a su madre para contarle lo sucedido, Oliver apenas había sido capaz de concentrarse en las clases. Mucho menos cuando escuchaba algún que otro comentario sobre su mejor amigo y sabía que tenía que quedarse con las ganas de responderles a todos esos que se atrevían a hablar de él sin saber nada.

—¿Ha llamado ya? —le preguntó en un susurro a su hermana, deseando fervientemente que su respuesta fuese “sí”.

En silencio, Natalia sacó su móvil del bolsillo del pantalón y negó con la cabeza tras comprobar que no había nada nuevo.

—Va a estar bien, ya lo verás —trató de tranquilizarle ella.

Oliver bufó. Un par de filas por delante, su “querido” profesor de historia seguía explicando la lección, pero él apenas entendía ni una sola palabra de las que decía. Tenía unas ganas enormes de que terminaran las clases para poder ir de una vez junto a Daniel y disculparse, pero el tiempo parecía pasar cada vez más lentamente.

—Y ahora vamos a hacer un alto en la lección.

Confusos, todos los alumnos miraron a su profesor alejarse de la pizarra para apoyarse en su mesa, de cara a ellos. Sin perder el tiempo, Natalia le dio un pequeño codazo a su hermano. Este no tuvo más opción que sentarse correctamente, justo a tiempo, ya que la mirada del adulto se había ido fijando en las caras de todos y cada uno de sus alumnos.

—Como ya sabréis, dentro de unas semanas, el instituto va a hacer una exposición sobre los personajes más famosos del siglo XX de nuestro país. Estoy seguro de que Ángeles ya os habrá dicho algo sobre esto —añadió refiriéndose a la profesora de lengua y literatura.

Varios de los chicos asintieron, entre ellos Benji, que estaba sentado en primera fila y no dejaba de mirar a su profesor. El moreno recordaba bien que Iván le había dicho esa misma mañana que a este le encantaba mandar trabajos.

—Pues bien, vuestra profesora y yo hemos estado hablando y hemos decidido que a esta clase les tocará los escritores. Podéis elegir entre poetas, ensayistas, dramaturgos, novelistas… Lo único esencial es que la persona que hayáis elegido fuera alguien importante, nada más. El trabajo se hará en parejas —añadió, logrando que todos se miraran entre ellos, escogiendo ya a su compañero—. Parejas que yo elegiré, así que no hace falta que discutan sobre quién lo va a hacer con quién.

El tono serio del hombre logró que todos se desanimaran.

—El trabajo deberá tener un mínimo de ocho páginas. Podéis incluir alguna fotografía, pero no más de tres por trabajo, y con que pongáis un retrato, servirá. Será a ordenador, por supuesto. Y, como podréis suponer, cuenta para nota y se me entregará el jueves veintisiete, dentro de exactamente una semana.

Un murmullo generalizado de protestas empezó a escucharse, pero fue rápidamente acallado con una sola mirada del profesor.

—Bien, ya que está todo dicho, voy a empezar a decir las parejas para el trabajo.

Con una tranquilidad pasmosa, el profesor se volvió hacia su mesa, cogiendo una hoja en la que estaba la lista con todos los nombres de los alumnos y, sin más, empezó a nombrar a las parejas.

Una sonrisa se dibujó en el rostro del pelirrojo al ver que, por el orden que parecía seguir su profesor, las parejas se hacían por orden alfabético. Sabía que tenía dos opciones: o bien le tocaba hacer el trabajo con su hermana, o con Daniel. Era la suerte de que nadie más que su hermana y él tuvieran un apellido que empezara por la letra “G”.

—Adriana Fernández y Natalia García —continuó diciendo el hombre, a lo que Oliver acentuó su sonrisa, sabiendo que ahora diría su nombre y el de Daniel—. Oliver García y Benjamín González…

—¡¿Qué?!

El grito de sorpresa de Oliver y hasta del propio Benji, logró interrumpir al profesor quien, molesto, se volvió hacia sus dos alumnos.

—¿Hay algún problema?

—¡Que a mí me tocaba con Daniel! —exclamó Oliver, al que poco le importaba que toda la clase le estuviera mirando.

—No sé qué tipo de atención habrá puesto a sus clases de lengua, García, pero, que yo sepa, “González” siempre ha ido antes que “Hudson” —respondió el mayor cortante—. Ahora, si me disculpa, seguiré con la lista, ¿o hay algo más que quieran decirme? —preguntó observando alternativamente a Oliver y a Benji.

Derrotados, ambos negaron con la cabeza. Natalia pudo ver a su hermano hundiéndose en el asiento, ocultando su cara entre sus brazos, posados en el pupitre. Trató de animarle con un par de palmaditas, pero el chico no se dio por aludido, demasiado sumido en la mala suerte que había tenido en todo ese día.

Por otra parte, Benji simplemente no podía creerse su suerte. Y lo peor no era que tuviera que hacer el trabajo con el pelirrojo, ya que siempre podían dividirse el trabajo y juntarse el último día para ponerlo en común. La parte negativa, por desgracia, era que aún no tenía instalado internet ni el teléfono en casa, y él no sabía dónde había un ciber o una biblioteca en esa ciudad. ¿Podía tener peor suerte?

—Bien, ahora que ya están todas las parejas hechas, solo decirles que estas se mantendrán para todo el curso. —Un ligero estremecimiento hizo temblar el cuerpo de los dos jóvenes, que centraron su mirada en el profesor, deseando con fuerza despertar de esa pesadilla—. Y ahora, hagan el favor de sentarse con su compañero.

Al instante, la clase se convirtió en un hervidero. Entretanto, al menos la mitad de los alumnos se levantó de sus respectivos asientos para ir junto al que sería su nuevo compañero.

Entre el murmullo de voces y ruido general, las miradas de Benji y de Oliver se encontraron. Les separaban una fila entera de alumnos, pero parecía que ninguno quería apartar la mirada, como si el desviarla significara que ese sería quien tendría que cambiarse de sitio. Ninguno quería ceder. Ninguno tenía pensado levantarse por las buenas de su sitio para ir hacia el otro, a pesar de que casi todos los demás estuvieran ya sentados con sus respectivos compañeros.

—Esto… Oliver.

El pelirrojo, sorprendido por esta nueva voz que escuchaba tan cerca, giró la cabeza y observó a la compañera de clase que se le había acercado.

—¿Podrías dejar que me siente ahí? —le preguntó señalando, cómo no, su sitio.

En silencio, el chico observó a su hermana y a su compañera antes de suspirar resignado.

—Claro, cómo no. Yo tendré que cambiarme —añadió molesto mientras recogía sus cosas y se levantaba.

Adriana esbozó una sonrisa tímida, haciéndose a un lado cuando el pelirrojo se levantó y pasó a su lado en dirección a la primera fila. Benji, que había vuelto su mirada hacia delante, simplemente vio de reojo a su nuevo compañero tirar de mala manera la mochila en el suelo y, acto seguido, sentarse a su derecha.

La tensión entre ambos era palpable. A pesar de que el profesor había seguido explicando cosas sobre el trabajo, escribiendo en la pizarra el esquema que deberían seguir en él, ninguno de los dos chicos se movió y, por más que la mirada de ambos estuviera clavada en la pizarra, no parecía que estuvieran viendo lo que había escrito en ella.

—Bien. Espero que lo hayáis copiado —habló de nuevo el profesor, pasando su mirada por toda la clase—. Y por cierto, quiero que mañana me digáis qué personaje habéis escogido, para evitar que haya algún trabajo repetido.

Todos asintieron, algunos más entusiasmados que otros, discutiendo en murmullos con sus compañeros sobre el personaje del que iban a hacer el trabajo. Benji, por su parte, simplemente suspiró. Nada más había escuchado hablar del trabajo, había pensado en hacerlo sobre Juan Ramón Jiménez, pero ahora tendría que preguntarle al pelirrojo qué le parecía la idea.

El timbre que anunciaba el fin de las clases sonó en ese mismo momento, casi como una bendición. Rápido como el rayo, Oliver recogió sus cosas, dispuesto a irse de allí cuanto antes. Sin embargo, antes de que siquiera pudiera colgarse la mochila al hombro, una mano se cernió sobre su brazo.

—Tenemos que hablar.

Con una mirada que haría temblar al más valiente, Oliver se volvió, deshaciéndose del agarre del moreno de un movimiento.

—¿Sobre?

—¿El trabajo quizás? —le preguntó el moreno, intentando no perder la poca paciencia que tenía al escuchar el tono prepotente del otro.

—Suponía que eso había quedado claro. Yo hago la primera parte, y tú la segunda. Ya lo pondremos en común. ¡Ah! El trabajo lo hacemos de Lorca.

—No.

—¿No? ¿Cómo que no? —le interrogó ahora el pelirrojo, enseriando su tono.

Oliver, que se había cruzado de brazos, miró a Benji completamente serio. Pero él, lejos de amilanarse, no cambió de opinión al igual que no bajó la mirada ni un instante al responder.

—Lo primero, no sé por qué das por sentado que voy a hacer el trabajo de quien tú me digas. Y lo segundo —añadió antes de que el otro le interrumpiese—, yo no tengo internet en casa y, sí, sé perfectamente que existen las bibliotecas, pero no sé dónde hay alguna en esta ciudad. Así que, o lo hacemos juntos o no hago nada —concluyó.

Los dedos de Oliver se crisparon de tanta fuerza con la que había cerrado las manos. Pero, por más que el enfado parecía haber tomado el control, lo primero que salió de su boca fueron unas enormes carcajadas.

—¿De verdad piensas que me voy a creer que no vas a hacer el trabajo? ¿Quieres suspender o qué?

—Piensa lo que quieras. Solo sé que si yo caigo, tú caes conmigo —respondió Benji, encogiéndose de hombros—. Así que piénsatelo y mañana me dices.

Y, tras estas sencillas palabras, Benji cogió su mochila, se la cargó al hombro y salió del aula sin esperar respuesta de un sorprendido pelirrojo que parecía haberse quedado de piedra.

 

* * * * *

 

—¿Daniel?

La voz de mujer rompió el silencio que parecía haberse apoderado de la casa, devolviendo a Daniel a la realidad. Pese a todo, el chico no se volvió. No le hacía falta hacerlo para saber quién estaba tras él. Había reconocido la voz al instante como la de Diana, la madre de Oliver y Natalia.

Conocida por todos por su terrible malhumor cuando se enfadaba, Diana observaba a Daniel desde el marco de la puerta. La mujer, de cuarenta y tres años de edad, compartía el color de cabello de sus hijos y también los ojos marrones que compartía con Oliver, y los rasgos finos y sumamente femeninos que Natalia había heredado.

—¿Quién te llamó?

—Natalia —respondió ella—. Me contó lo de la pelea con Darío. Estaba preocupada. Todos están preocupados.

Una leve sonrisa afloró el rostro del rubio. Pudo escuchar a la mujer avanzando un paso, acercándose más a él, aunque se detuvo a un par de pasos de distancia.

—Pues, como puedes ver, estoy bien.

—No, no estás bien, y lo sabes —le contradijo ella sin alzar en ningún instante su tono de voz.

El chico no dijo nada. Sabía que era imposible engañar a Diana. Sabía que ella, al igual que su mejor amigo, era capaz de leer en él como si se tratase de un libro abierto.

—Y ahora, ¿por qué no sueltas ese cristal?

Una leve carcajada salió de los labios del menor. Y, sin más, hizo lo que Diana le había pedido.

—No pensaba suicidarme —susurró divertido porque la mujer hubiera pensado eso—. No soy tan cobarde… ¿o debería decir tan valiente? Puede que odie haber nacido, pero no tengo fuerzas para quitarme la vida. ¿No es de idiotas?

Diana negó con la cabeza, agachándose al lado del adolescente.

—No lo es. No eres ningún idiota por querer seguir viviendo —habló la mujer, centrando su mirada en la del joven para después desviarla hacia la foto que había ante él.

En silencio, Daniel siguió el curso de su mirada. Acto seguido, la vio coger la fotografía con cuidado de no cortarse y esbozar una sonrisa.

—Recuerdo el día que hicimos esta fotografía —empezó a decir—. Acabábamos de salir del hospital de hacer la primera ecografía. Tu abuela y yo habíamos ido con ella, ya que tu padre estaba de viaje esa semana. Recuerdo que estaba tan contenta que, incluso antes de salir al hospital, le fue enseñando la ecografía a todos los que estaban en la consulta y, después, a casi todas las personas que nos encontramos mientras salíamos y por la calle.

A pesar de no querer escuchar, Daniel bebía todas y cada una de las palabras que Diana pronunciaba con añoranza y muchísimo cariño. Ella había sido la mejor amiga de su madre, a la que había conocido en la escuela, al igual que a su marido y al padre de Daniel. Y, por lo cual, Diana había sido una de las que más había sufrido tras su muerte.

—Puede que tu madre fuera una persona muy delicada en temas de salud, pero ese día fue todo lo contrario. No había forma de que se estuviera quieta —se rió, sacudiendo levemente la cabeza al recordarlo—. Tu abuela y yo tardamos más de quince minutos en conseguir que se metiera en el coche para volver a casa, decía que no quería…

—Lo sé.

Diana se calló, desviando su mirada de la fotografía hacia Daniel.

—¿Lo sabes? —preguntó, confundida. Una parte de su mente le decía que el chico no se refería a lo que había pasado ese día que ella estaba relatando.

Daniel asintió en silencio. Tenía la mirada fija en la fotografía, en la sonrisa que lucía su madre; sin embargo, a pesar de saber que esta era solo para él, eso no hacía que se sintiera mejor.

—Sé lo del cáncer. Sé que mi madre rehusó el tratamiento por los riesgos que podía tener hacia mí —murmuró sintiendo que la mujer que había a su lado se tensaba, enormemente sorprendida.

—¿Cómo… cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo?

El chico se encogió de hombros. Respondió:

—Mi padre no es el único que tiene “amigos”, ¿sabes? —le dijo, levantándose para acercarse a su escritorio. Abrió uno de los cajones y sacó una carpeta—. No me fue difícil hablar con alguien y pedirle que investigara. Y esto fue lo que me dio ayer.

Con el pulso temblándole, Diana cogió el papel que el chico le tendía. No le hacía falta leerlo por completo para saber lo que traía, ya que las palabras “cáncer”, “rehusó”, “tratamiento”, y “bebé” fueron las primeras en las que sus ojos se fijaron. Suspiró. Ella lo sabía, por supuesto. Había estado allí, junto a su marido y el padre de Daniel, cuando su mejor amiga había tomado la decisión de rechazar el tratamiento para su cáncer por los riesgos que podía tener sobre su pequeño.

—Daniel, cariño, esto no…

—¿Por qué no me lo dijisteis? —le interrumpió él, mirándola fijamente.

Diana bajó la mirada. Recordaba el momento en el que el padre de Daniel había decidido no contarle nada a su hijo hasta que fuera más mayor. Y también que, cuando eso sucedió, decidiera decirle que su madre había muerto por una complicación en el parto, nada más.

—Tu padre pensó que sería lo mejor —contestó al fin—. No queríamos destrozarte con la noticia, Daniel. No queríamos que pensaras que era culpa tuya, ya que no lo es.

Los brazos de la mujer rodearon el cuerpo del pequeño, estrechándole entre sus brazos. El cuerpo de Daniel temblaba y sus brazos, férreamente estirados y con los puños apretados, estaban pegados a su cuerpo. Había empezado a llorar, algo que solo notó cuando los dedos de Diana limpiaron sus mejillas de lágrimas, para luego darle un beso en la frente.

Ninguno supo cuánto tiempo estuvieron así, abrazados, con Daniel llorando entre los brazos de Diana y la foto de su madre tirada entre ambos, al lado de ese papel que le había revelado, por fin, toda la verdad respecto a su nacimiento y la muerte de su madre. Pero, al final, Diana se separó unos centímetros del chico, sonriéndole cuando sus miradas se encontraron.

—Venga, vámonos a casa.

—¿A casa? Creía que ya estaba en casa —se extrañó el menor.

—Sí, pero estos días vas a quedarte en la mía —le dijo ella—. Así que será mejor que empieces a recoger lo que quieras llevarte.

Tras asentir una sola vez, Daniel se limpió las lágrimas dispuesto a hacer lo que Diana le había pedido. Pero antes de eso, se agachó y recogió la foto de su madre del suelo, cuidándose de no volver a cortarse, a pesar de que la herida hacía tiempo que había dejado de sangrar.

—Voy a tener que comprar un nuevo marco —susurró sin que hiciera falta.

—Creo que tengo alguno en casa que te puede servir.

Daniel sonrió levemente y, tras esto, posó la fotografía y el marco roto sobre la mesita. Luego fue hacia el armario y sacó una maleta en la que guardar la ropa. Entre ambos no tardaron mucho y, cuando todo estuvo listo, salieron de la habitación del chico para ir a la casa de la mujer.

 

* * * * *

 

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento!

Esas fueron las primeras palabras que Oliver le dijo a Daniel, que estaba sentado en uno de los sofás de su casa. El joven pelirrojo, al que la preocupación aún no le había desaparecido, había entrado corriendo al salón de su casa cuando, al abrirles la puerta, su madre les había dicho que Daniel estaba allí viendo un poco la tele. Y, así, Oliver no había tardado mucho en ir hacia el salón, acercarse a su mejor amigo y tirarse sobre él antes de abrazarle con fuerza.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! —repetía una y otra vez.

—¡Oliver para! ¡Que me ahogas, estúpido! —gritó Daniel, logrando apartarle al empujarle con ambas manos, una en el pecho y otra en la mitad de la cara.

Oliver por fin se separó del rubio, aunque no se alejó más de medio metro de él, sentándose a su lado. Por otra parte, Natalia, que se había acercado bastante más tranquilamente que su hermano, se detuvo frente a Daniel.

—Te parecerá bonito, ¿no? —le dijo inclinándose levemente hacia él completamente seria y con los brazos en jarras—. ¿Tienes idea de lo mucho que nos hemos preocupado por ti?

—Natalia, no…

—Tú a callar, Oliver —le interrumpió ella, posando un instante la mirada en su hermano—. Y tú, ¿qué tienes que decir al respecto? —añadió mirando ahora, de nuevo, al rubio.

Se hizo el silencio en la sala. Natalia tenía la mirada fija en Daniel, al igual que este la miraba solo a ella. Al mismo tiempo, Oliver pasaba su vista de uno a otro, y hasta parecía que Diana esperaba la contestación del chico, ya que ningún ruido les llegaba en ese momento desde la cocina.

—¿Y bien?

—¿Lo siento? —probó suerte Daniel, poniendo carita de pena.

—¿Que lo sientes? ¡Vaya si lo vas a sentir! —le aseguró la joven, acercándose un paso más al chico—. Nos has tenido a todos muy preocupados desde que huiste de esa forma del instituto, ¿y ahora solo dices “lo siento”?

—Te prometo que no volveré a hacerlo —agregó rápidamente el rubio. Sabía que, cuando quería, Natalia tenía el mismo mal genio que su madre.

La mirada esmeralda de la pelirroja se centró aún más en el joven que había frente a ella, tanto que casi parecía que pudiera leerle todos y cada uno de sus pensamientos. Nadie dijo nada y, durante unos interminables segundos, el silencio volvió a tomar su señorío en el salón, al menos hasta que, tras un suspiro, Natalia volvió a hablar:

—Más te vale —le dijo seria, señalándole con una mano. Acto seguido, esbozó una gran sonrisa—. Me alegro de que estés en casa.

Soltando el aire que había mantenido en sus pulmones, Daniel correspondió al abrazo de su amiga. Luego se volvió hacia el hermano de esta cuando Oliver dijo algo sobre que casi parecía que Natalia iba a saltarle a la yugular al rubio en cualquier instante.

—¡Venga, niños, a comer!

 

* * * * *

 

—¡Oliver, aquí! ¡Pásamela!

El aludido desvió un segundo la mirada hacia Raúl, que era quien le había hablado. Acto seguido, volvió a posar su vista en el joven que estaba ante él, cortándole el paso, y, después, en la canasta, calculando la distancia que había entre ambos. Sonrió.

Haciendo un amago hacia la izquierda, el pelirrojo pudo quitarse de en medio al chico del equipo contrario y le pasó la pelota a su compañero. Este, tras un par de pasos, le lanzó la pelota, permitiendo que fuera él quien lanzara a canasta.

—Y… ¡Sí! ¡20-19! —exclamó triunfante el pelirrojo nada más que el balón cayó al suelo tras pasar por el aro—. ¡Hemos ganado!

Al instante, dos pares de brazos le abrazaron, coreándole por la canasta que acababa de meter que les había permitido ganar el partido. Por otra parte, los tres chicos del equipo contrario se resignaron, acercándose a los ganadores.

—Vale, vale, nos toca invitaros al pincho —habló uno de ellos, cogiendo una botella de agua que tenían cerca del campo de juego, al lado de las mochilas—. Pero antes, un descanso. Estoy muerto.

Los otros cinco jóvenes asintieron a sus palabras y se sentaron en el suelo tras coger la pelota y otra botella de agua, pasándosela entre ellos.

—¿Y cómo es que Daniel no ha venido? —le preguntó uno de los chicos a Oliver.

—Mi hermana y sus amigas le han secuestrado —suspiró el pelirrojo, dándole un largo trago a la botella. Acto seguido, la cerró, ya que era el último en beber.

—¡Ja! Pobre Dani —se rió otro.

—Oye, ¿os dais cuenta de que la semana pasada vino Dani pero no Oliver y esta semana fue al revés? —comentó pensativo uno de ellos—. Y, además, la semana anterior no vino ninguno.

—Eso es porque para la semana que viene vendrán los dos, pero para la próxima no vendrá ninguno, Julio, que no te enteras —bromeó Raúl, dándole una leve colleja a su amigo.

Las risas de los del grupo no se hicieron esperar. Pronto cada uno estaba haciendo comentarios aún más absurdos que el anterior, solo para provocar las risas de los demás.

Sin poder dejar de reír, Oliver se tumbó por completo en el suelo. Después de ese pequeño descanso, ya no estaba tan cansado como antes. A pesar del mes en el que estaban y de que solamente vestía una camiseta de manga corta y unos pantalones cortos, el chico no tenía nada de frío. Por suerte, ese sábado parecía que el tiempo se estaba disculpando por todos esos días anteriores con lluvia, y ahora el sol calentaba casi tanto como en un día de verano.

—Entonces, qué, ¿os apetece otro partidito rápido? —preguntó Julio, con una sonrisa en el rostro.

—¿Una revancha? —tentó Oliver, volviendo a sentarse.

—Los mismos grupos, y quien pierda paga la bebida. ¿Hace?

El pelirrojo miró a sus dos compañeros de equipo y estos asintieron casi al instante, así que estrechó la mano de Julio, aceptando.

—¿Al mejor de diez?

—Vale.

Volviendo a posar las botellas al lado de las mochilas, los jóvenes se pusieron en sus puestos. Y así, y tras decidir a suertes que el equipo de Julio era quien tendría primero la pelota, empezaron otro partido en el que se jugaban quiénes pagarían las bebidas.

 

* * * * *

 

Benji caminaba por la ciudad portando una sola carpeta con algunos folios, un bolígrafo y el esquema que tendrían que seguir guardados en ella. Sabía que iba un poco justo de tiempo. Pronto darían las once y media, hora en la que había quedado con el pelirrojo. Sin embargo, como ya podía ver la cancha de baloncesto de la que este le había hablado, el moreno no apretó el paso, dado que no veía a nadie esperando allí.

Suspiró. Aún no podía creer que hubiera quedado con el pelirrojo para hacer el trabajo de historia juntos. Pero así había sido. Benji recordaba que, tras la rápida conversación del jueves, el viernes Oliver había decidido aceptar el trato que le había ofrecido, accediendo a hacer el trabajo juntos pero con dos condiciones: la primera, que él elegía el escritor, y la segunda, que él decidía dónde quedaban.

Sabiendo que podía haber sido mucho peor, Benji aceptó esas dos condiciones, poniendo especial atención al lugar en el que quedarían al día siguiente, por la mañana, para después ir a una biblioteca.

Unas risas y unos cuantos abucheos le llegaron desde la cancha, a pesar de que llevaba los auriculares puestos. Curioso, Benji desvió su mirada hacia el lugar de donde provenían los sonidos. Enseguida vio que, al contrario de lo que había creído antes, el lugar no estaba vacío. Había seis chicos más o menos de su edad jugando al baloncesto.

A pesar de que nunca le había apasionado ese deporte, pero sabiendo que tenía que esperar por el pelirrojo, Benji decidió acercarse un poco más a la verja. Así, observó a los jugadores y, en especial, al que en ese momento tenía la pelota: un chico castaño que vestía unos pantalones de chándal azules oscuros y una camiseta blanca.

Aburrido, le siguió con la mirada, viéndole ir hacia la canasta pero siendo interceptado por otro chico, este pelirrojo, que logró hacerse con la pelota. Este se la pasó acto seguido a un moreno que había cerca de él. Y, segundos más tarde, Benji pudo ver al pelirrojo de antes metiendo canasta aprovechando que uno de sus compañeros le había pasado la pelota. Además, no contento con esto, el chico hizo el moonwalk, dedicándoselo al castaño del equipo contrario. Las risas de sus compañeros no se hicieron esperar, menos aún los abucheos de los del equipo contrario. Sobre todo cuando el pelirrojo habló, diciendo el marcador:

—¡3-0! ¡La verdad, chicos, es muy fácil venceros! —se rió el pelirrojo, coreado por sus dos compañeros—. Como sigáis así, también pagaréis las bebidas.

Desde la verja, Benji pudo ver cómo el castaño alto de antes cogía la pelota y le susurraba algo al pelirrojo que no pudo llegar a entender que provocó las risas del otro chico. Pero, antes de que el juego se reanudara, uno de los jugadores le descubrió.

Benji le miró. Era el moreno compañero del pelirrojo que acababa de puntuar. Un joven que, ahora que lo miraba mejor, parecía sonarle de algo.

—Oliver. —Le oyó decir señalándole acto seguido—. Creo que te están esperando.

Nada más escuchar el nombre que el otro había dicho, Benji descubrió que ese pelirrojo que había visto jugar era, en realidad, su compañero de clase. Desvió la vista hacia él y vio que este también se había vuelto y le estaba mirando, poniendo una mueca de desilusión al reconocerle.

—¿Ya son las once y media? —preguntó Oliver a pesar de saber que así era.

—¿Quién es? —le interrogó a su vez Julio, que, como todos los demás, observaban al otro chico con curiosidad.

Sin responder, Oliver se alejó del grupo para ir hacia donde había dejado las cosas. No se extrañó al ver que Julio caminaba tras él.

—¿Quién es? —repitió—. ¿Tu último ligue?

La carcajada de Oliver le sirvió al otro para ver que no era así; pero, pese a todo, no cesó con su interrogatorio.

—Es un compañero de clase —respondió al final el pelirrojo, abriendo su mochila para coger la otra camiseta que había traído y quitándose la que llevaba puesta para ponerse la que acababa de sacar—. Tengo que hacer un trabajo con él.

Volviéndose, se encontró con que el chico le observaba con algo demasiado parecido a la lujuria brillando en su rostro. Sonrió. Conocía demasiado bien a Julio como para saber en qué estaba pensando el chico, así que, entre risas, le lanzó la camiseta toda sudada a la cara.

—Que sepas que no me olvido de que me debes un bocadillo —le dijo.

Julio lanzó una carcajada, devolviéndole la camiseta, mientras sacudía un par de veces la cabeza.

—¿Qué te parece si cambiamos el bocadillo por una copa hoy por la noche? —tentó acercándose por detrás—. Porque hoy sales, ¿no? Además, tengo que decirte algo muy importante.

Oliver se mordió el labio inferior y se aguantó un breve suspiro al hacerse una idea sobre qué era esa cosa tan importante que quería contarle el chico.

—Lo siento, pero hoy no salgo —le dijo, volviéndose hacia el castaño tras guardar las cosas y colgarse la mochila de los hombros y el maletín de uno de ellos.

—¿Qué? Venga, Oliver, ¡no me puedes hacer esto! —se quejó el mayor, poniendo incluso un puchero para intentar hacerle cambiar de opinión.

—Le he dicho a Daniel que me quedaba con él en casa viciando, así que lo siento pero no. Bueno, ya nos vemos. ¡Adiós chicos! —se despidió—. ¡Pasáoslo bien sin mí!

—¡Eso ni lo dudes! —se rió uno de ellos.

Oliver sonrió, dio media vuelta y caminó hacia la verja donde esperaba Benjamín; notando perfectamente la mirada de Julio fija en su persona.

No se saludaron. Es más, apenas intercambiaron una breve mirada entre ellos, antes de que el pelirrojo se pusiera en marcha, sin importarle demasiado si el moreno le seguía o no. A ninguno de los dos le hacía mucha gracia haber quedado para hacer el trabajo juntos, pero ninguno quería arriesgarse a las consecuencias de hacerlo por separado.

En silencio, Benji seguía al pelirrojo por las distintas calles de la ciudad. Caminaba un par de pasos por detrás del chico, escuchando música tranquilamente, mientras trataba de memorizar el camino, tanto por si tenía que volver en alguna otra ocasión a la biblioteca, como para después poder volver a casa. Por suerte, el paseo no duró demasiado y, en un par de minutos, ambos chicos se encontraban frente a las puertas de una de las bibliotecas de la ciudad.

—Bueno, cuando antes entremos, antes saldremos —se dijo Benji encaminándose hacia la puerta, abriéndola y pasando seguido del pelirrojo.

 

* * * * *

 

Nada más entrar en la biblioteca, Benji echó un vistazo a su alrededor, notando todas esas casi interminables estanterías llenas de libros que podía ver desde donde se encontraba. A su vez, pudo observar que había muy poca gente, algo que no le extrañó para nada, ya que aún no era época de exámenes y, además, hacía un día perfecto para estar fuera de casa.

En silencio, el moreno empezó a caminar hacia unas mesas que estaban relativamente cerca de donde estaban. Sin embargo, no pudo avanzar mucho, pues el pelirrojo le detuvo al cogerle del brazo.

—Esa es la zona de los niños pequeños —le dijo Oliver, esbozando una sonrisilla al continuar hablando—: Y aunque no dudo que los libros de dibujar sean tus favoritos, si no te importa, yo prefiero ir a la zona de los mayores.

Puesto que no quería hacer ningún escándalo en la biblioteca y, menos aún, con la encargada mirándoles, Benji se calló la posible réplica. En su lugar, empezó a seguir al pelirrojo hacia unas mesas bastante más alejadas en las que pudo ver a unos pocos jóvenes. Así, acabaron por sentarse en la mesa más alejada, Oliver en uno de los extremos y Benji a su izquierda.

—¿Trajiste el esquema?

En vez de responder, Benji simplemente abrió su carpeta, sacó la hoja en el que tenía apuntado todo lo que el profesor había dicho sobre el maldito trabajo, y se la tendió al chico. Nada más tener el papel en sus manos, Oliver le echó un rápido vistazo, constatando las partes que debería tener el trabajo y los apartados dentro de cada parte.

—¿Cómo quieres hacerlo, Wikipedia y ya? —Oyó preguntar a Benji.

Si no hubieran estado en una biblioteca, Oliver le habría respondido con una sonora carcajada vacía de gracia pero llena de sarcasmo. Pero, como allí no debían hacer ruido, se conformó con hablar:

—Si quieres suspender, por mí estupendo.

—¿Suspender? Ni que estuviéramos poniendo cosas que fueran falsas.

—Puede. Pero nuestro querido profesor es conocido en el instituto por ser la Wikipedia andante. Así que no le va a hacer mucha gracia que copiemos sin más —objetó el pelirrojo, buscando la información necesaria en internet.

—En eso se parece a mi anterior profesora de lengua.

—No me interesa tu profesora, así que puedes ahorrarte tu comentario —le cortó bruscamente Oliver, sin apartar la mirada de la pantalla de su portátil.

—¿No? Pues yo creo que sí debería interesarte.

La mirada de Oliver por fin se despegó de la pantalla, centrándose en el moreno. Frunció aún más el ceño al ver la sonrisa llena de satisfacción que este le otorgaba.

—A ver, listillo, ¿y por qué crees que debería interesarme?

—Porque siempre sacaba un diez en todos sus trabajos, y te aseguro que eran mucho peores que los de nuestro profesor. Mira, te propongo algo, tú buscas la información, y yo escribo el trabajo. ¿Hace?

La ceja izquierda del pelirrojo se alzó hasta límites insospechados en el mismo momento en el que el chico escuchaba tales palabras de parte del moreno. En silencio, Oliver miró a Benji durante unos instantes.

—¿Por qué crees que voy a dejarte mi portátil? Además, en el caso de que aceptase, ¿de dónde pretendes que saque la información si tú tienes el ordenador?

Ahora fue el turno de Benji de aguantarse las risas. Aunque no por ello el chico ocultó la sonrisa mientras señalaba a su alrededor.

—Estamos en una biblioteca, ¿no? Pues que yo sepa, aquí debe de haber muchos libros sobre Lorca. Y tranquilo, si es tu primera vez en el sitio de los mayores, la señora que está allí al fondo puede ayudarte a buscar —se burló señalando a la bibliotecaria.

—Mira imbécil, será mejor que te calles si no quieres que me largue de aquí sin hacer nada —le advirtió el pelirrojo, inclinándose amedrentador hacia su compañero.

—Si quieres arriesgarte a hacer el trabajo tú solito, por mí no hay problema. Es un trabajo que me ahorras —replicó Benji, sin perder la sonrisa de su rostro, encogiéndose de hombros.

La mirada de ambos estaba fija en el otro, el pelirrojo furioso y el moreno divertido por haber conseguido sacar al otro de sus casillas con tanta facilidad.

—Está bien —accedió por fin Oliver—. Pero como me entere de que le has hecho algo a mi ordenador o, simplemente, que has estado curioseando un poco, te juro que te mato.

—Siento decírtelo, Oliver, pero no te tengo miedo. Y, además, yo he venido aquí a hacer un trabajo, no a curiosear entre tus cosas, que es lo que menos me interesa.

—Más te vale.

Con esa última advertencia, el pelirrojo se levantó de su asiento, cediéndole el portátil a su compañero de clase mientras él iba a buscar algún que otro libro que pudiera ayudarles con el trabajo.

Nada más quedarse solo, lo primero que hizo Benji fue abrir un documento de Word para empezar a trabajar. Asimismo, también buscó alguna fotografía de Lorca para la portada.

El sonido de una vibración le sacó de lo que estaba haciendo. Despegó la mirada de la pantalla del ordenador para fijarla en el teléfono móvil que estaba encima de la mesa, a su derecha. Era del pelirrojo. La pantalla del móvil estaba alumbrada, dejándole ver el nombre del que llamaba. Un tal “Julio♥♥”, según pudo comprobar el moreno al echarle un rápido vistazo. Tras un suspiro, fijó su vista en el pelirrojo. No sabía si llamarle por si era importante, o si dejarlo pasar; pero, al ver que en ese momento el pelirrojo estaba hablando con la bibliotecaria, lo dejó pasar.

El teléfono siguió vibrando un buen rato más, seguramente porque el tal Corazoncitos, tal y como acababa de bautizarle Benji, había estado llamando un par de veces más. Pero, por fin, la vibración se detuvo, y la pantalla del móvil se apagó nuevamente, dejando de nuevo a Benji concentrarse tranquilamente en su trabajo. Al menos hasta que Oliver volvió con unos cuantos libros en los brazos.

—He pensado que podríamos meter algo sobre la generación del 27 —le dijo sin desviar la mirada hacia el chico—. Y, por cierto, te han llamado.

Oliver alzó una ceja, cogiendo su móvil tras posar los libros encima de la mesa.

—¿Y por qué no me has avisado? —le preguntó mientras miraba quién le había llamado. Esbozó una pequeña sonrisa al ver que se trataba de Julio. Tras esto, le pasó uno de los libros al moreno—. Aquí se habla sobre ella. Creí que podríamos meter algo de eso también.

—¿No decías que no querías que fisgoneara en lo que es tuyo? —preguntó a su vez el moreno, encogiéndose de hombros y algo sorprendido porque ambos hubieran pensado lo mismo sobre la generación del 27—. Pues alégrate, porque no lo he hecho.

Tragándose su posible réplica, Oliver vio que Benji cogía el libro que le había acercado, abriéndolo por una página previamente marcada con un trozo de folio. En silencio, Benji lo leyó por encima, haciéndose una ligera idea de lo que podían poner en el trabajo y lo que no. Mientras tanto, Oliver se había hecho con su portátil de nuevo y estaba mirando lo que el moreno había escrito. La verdad era que no podía quejarse. En el poco tiempo que había estado ausente, su compañero casi había terminado de escribir la biografía del poeta. Eso sí, le falta algo por añadir.

—Te falta una cosa.

Benji desvió la vista, intrigado, mirando lo que el pelirrojo le señalaba: el párrafo que había escrito sobre la muerte de Lorca.

—Te falta poner que era homosexual —explicó el chico.

—Mira, que tú lo seas no hace que tenga que ponerlo en el trabajo. No es importante.

—Teniendo en cuenta que le mataron por ser republicano y abiertamente homosexual, pues más que importante, me parece esencial ponerlo —le replicó Oliver, mordaz—. Ya que dices que escribes tú el trabajo, al menos hazlo bien.

Benji suspiró, tratando de no hacer caso a esa voz interior que le decía que callara al pelirrojo de un puñetazo. Miró la sonrisa de victoria del chico. A cada segundo que pasaba, se le hacía más y más difícil el desobedecer a la voz de su cabeza. Por suerte, antes de que alguno hiciera nada, el móvil del pelirrojo empezó a vibrar de nuevo, atrayendo la atención de su dueño. Este, al ver que se trataba de un mensaje, lo abrió, empezando a leerlo: “Tú y yo, esta noche. No me digas que no”.

—Este tío es tonto —murmuró para sí mismo, sonriendo al ver que el mensaje era de Julio. Y, sin contestar, el chico volvió a posar el teléfono en la mesa, volviéndose hacia el moreno—. ¿Lo has puesto ya?

—Sí. Ya lo he puesto —respondió cansado Benji, girando el portátil para que pudiera comprobarlo por sí mismo.

La sonrisa de Oliver se amplió al verlo y, sin más, ambos se pusieron a hacer el trabajo. Y tan ocupados estaban en lo que hacían, que ninguno se fijó en la figura que se les acercaba con una enorme sonrisa en el rostro.

—¿Quién soy? —canturreó en voz baja, tapándole los ojos al pelirrojo al situarse tras él.

Sorprendido, Benji alzó la mirada, encontrándose con el mismo castaño que había visto en la cancha de baloncesto. Mientras tanto, Oliver simplemente había llevado sus manos hasta las que le tapaban los ojos, tratando de apartarlas.

—Esto no tiene gracia —susurró—. ¡Aparta tus manos de mis ojos, ya!

—No, no, no. Aún no has dicho mi nombre —se rió por lo bajo el recién llegado, inclinándose aún más hacia el pelirrojo, mordiéndole sutilmente la oreja—. Di mi nombre y te libero —prometió.

Oliver, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para tragarse el jadeo que amenazaba con escapar de sus labios, simplemente se mordió el labio inferior con fuerza e hizo caso al otro.

—Julio.

Tal y como había prometido, Julio soltó al pelirrojo, separándose un poco de este. Por su parte, Oliver pronto se volvió hacia él, preguntándole qué hacía allí.

—Me aburría con los chicos y decidí venir a hacerte compañía —respondió con total tranquilidad el castaño. Se sentó a la derecha de su amigo y frente a Benji, al cual miró un instante antes de tenderle la mano—. Hola, soy Julio. ¿Y tú eres…?

En silencio, Benji miró la mano que Corazoncitos le tendía, junto a esa enorme sonrisa tirante que le obsequiaba.

—Benjamín —dijo finalmente, estrechando su mano.

Oliver, que observaba la escena confundido y sorprendido a partes iguales, no pudo evitar preguntarse qué era lo que se le pasaba por la cabecita a Julio en esos momentos. Especialmente al ver la mirada con la que estudiaba al moreno. Pese a todo, no dijo nada, y solo se encogió de hombros, volviendo a centrarse en lo que estaba haciendo.

—¿Has acabado ya con estos? —le preguntó al moreno, señalando un par de libros que este había apartado a un lado de la mesa.

Benji le miró un instante, desvió la mirada acto seguido hacia los libros y asintió.

—Puedes llevártelos si quieres. Ya he apuntado el título y todo —le dijo, centrándose de nuevo en el trabajo—. Y llévate estos dos también, no los necesito. Acabo de encontrar algo en internet que nos ayudará bastante más.

Asintiendo una sola vez, Oliver se levantó, cogiendo los cuatro libros para ir a colocarlos en sus sitios. Julio vio todo esto en silencio, pudiendo notar perfectamente la tensión que había entre los dos jóvenes con los que se había sentado. Miró a Benjamín, y, al ver que este no parecía percibir nada más que lo que había en la pantalla del portátil, decidió aprovechar la ocasión e ir tras el pelirrojo. Con un poco de suerte, quizás hasta podía hacerle cambiar de opinión y lograr que saliera por la noche.

 

* * * * *

 

—Sal esta noche.

La voz de Julio a un par de metros de su lado le hizo detenerse a medio paso de la estantería, donde tenía que colocar uno de los libros que se había llevado.

Se guardó el suspiro resignado. Había pensado que el castaño se quedaría en la mesa en vez de seguirle. Retomó lo que estaba haciendo, colocando el libro en su sitio mientras le respondía:

—No puedo, ya te lo he dicho.

—Venga, Oliver… Además, te debo una copa por lo de antes —insistió el castaño acercándosele.

—Julio, no puedo. Daniel está algo deprimido y no quiero dejarle solo en casa.

El mayor bufó por lo bajo al oír la respuesta del otro. Daniel. Siempre era por Daniel. Daba igual los planes que hubieras hecho con Oliver, si Daniel tenía algún problema, el pelirrojo siempre lo abandonaba todo y a todos por ir junto al rubio. Julio había llegado a pensar que la razón de todo eso era que Oliver estaba enamorado de Daniel, pero tuvo que desechar tal teoría cuando ambos la negaron una vez que uno de sus amigos se lo preguntó en tono de broma, provocando las risas de los dos implicados.

—Venga, Oliver… Solo por una vez deja a Daniel y sal. Tengo que decirte algo importante.

Cansado de las súplicas del castaño, Oliver rodó los ojos, negando de nuevo con la cabeza.

—Lo siento, Julio, pero es Daniel, no pienso abandonarle —declaró con firmeza—. Y respecto a eso que quieres decirme, pues ya me lo dirás en otra ocasión —añadió encogiéndose de hombros sin darle demasiada importancia.

Así, el pelirrojo se alejó de él, dirigiéndose a otra estantería para colocar en su sitio el último libro. Tras esto, empezó a caminar hacia las mesas para terminar con el trabajo. Pese a todo, el chico no pudo caminar mucho, pues Julio le agarró del brazo, obligándole a volverse.

—No insistiría tanto si no fuera importante —le dijo, poco dispuesto a obtener otro “no” por respuesta.

—Ya te lo he dicho. Yo por mí saldría, pero le prometí a Daniel que me quedaría con él en casa —se explicó por enésima vez el pelirrojo—. Ya me dirás eso tan importante otro día que salga.

Ni el puchero de Julio logró que Oliver cambiara de opinión. Por eso, se lo pensó mejor y decidió cambiar de táctica.

—Vale, está bien, adelantaré mi plan un par de horas y te lo diré ahora.

Oliver abrió los ojos de par en par, sorprendido. Creía saber qué era eso que tanto quería decirle Julio y no se esperaba para nada que el castaño fuera a decírselo en ese momento, en ese lugar…

—¿Estás seguro? ¿De veras quieres arruinarme la sorpresa? —le preguntó, escondiendo los nervios como mejor pudo—. Venga, Julio, ahora tengo que terminar un trabajo, mejor déjalo para otro día —tentó.

Pero el mayor simplemente negó con la cabeza, acercándose aún más al pelirrojo con una pícara sonrisa en su rostro.

—Si no te conociera, diría que quieres huir de mí —le dijo riendo por lo bajo, para que nadie más que Oliver le escuchara.

—¿Yo? ¿Huir? Venga, no me fastidies. Es solo que quiero acabar con el trabajo de una vez —trató de excusarse el chico, encogiéndose de hombros.

Oliver trató de separarse del chico. Sin embargo, este no le dejó y, ampliando su sonrisa, siguió hablando.

—Quién lo diría. Casi parece que tengas miedo de quedarte a solas conmigo —le contradijo acercando sus labios a su cuello—.  ¿Me tienes miedo, Oliver? —agregó divertido bajando ahora hasta su nuez.

Mordiéndose el labio inferior con fuerza, Oliver ahogó el gemido que parecía tener intenciones de traicionarle. Sabía que tenía que separar a Julio, pero este conocía perfectamente su punto débil, con lo cual, el simple hecho de moverse se le hacía muy difícil. Pero tenía que intentarlo.

—Julio, no…

—Shhh —le interrumpió el aludido, posando un dedo sobre los labios de Oliver para impedirle continuar.

—Julio, en serio, para.

El castaño rió por lo bajo al ver el poco esfuerzo que el pelirrojo ponía para apartarle de su lado, tal y como si en verdad quisiera que no se fuera, como parecía confirmar el que el chico ladease la cabeza para cederle más espacio. Sonrió, dispuesto a hacer caso no a sus palabras, sino a su gesto, y besó con verdadera adoración el cuello del menor, mientras sus manos bajaban hasta la cintura del chico.

—Me gustas Oliver —le confesó por fin echándole el aliento sobre la piel previamente ensalivada e internando una de sus manos bajo su ropa, consiguiendo que el cuerpo del chico se estremeciera por completo—. Me gustas mucho.

—No…

Los labios del castaño no le dejaron seguir hablando. El joven le besó, poniendo en ese beso todos los sentimientos que guardaba dentro de sí desde hacía tiempo y que no se había atrevido a confesarle hasta ese mismo momento.

—Si vas a estar liándote con cualquiera en vez de hacer el trabajo, podrías avisarme. Al menos así me voy a casa y dejo de perder el tiempo aquí sin hacer nada.

La voz de Benji logró que los dos jóvenes se separasen y se volvieran para mirarle. El chico les miraba a una distancia de un par de metros, con los brazos cruzados y una expresión seria en su rostro.

—No sé tú, pero yo he venido a hacer el trabajo. Y sinceramente, si esperas que lo haga yo todo, ya puedes ir olvidándote —continuó el moreno, dándose la vuelta para alejarse de la parejita—. Me voy.

—Espera. —Aprovechando la ocasión que la aparición del moreno le había brindado, Oliver logró separarse de Julio, volviéndose luego hacia el moreno—. Vamos a terminar eso.

La dura mirada de Benjamín fue la única respuesta que obtuvo el pelirrojo. Así, pudo ver cómo el chico se dirigía hacia la mesa donde habían dejado sus cosas. Oliver suspiró. Puede que odiase al moreno y que no pudiera ni verle; sin embargo, en ese momento, le estaba agradecido por haberse presentado allí, ya que eso le había salvado de tener que contestar al castaño.

Por su parte, Julio, al ver que Oliver se alejaba de su lado, se puso ante él, impidiéndole el paso.

—¿Y qué pasa conmigo? —le preguntó confundido.

—Julio, joder te lo he dicho mil veces. Estoy aquí para hacer un puto trabajo de clase, no para aguantar que me metas mano en cualquier sitio —respondió de mala manera el pelirrojo, buscando terminar esa conversación cuanto antes—. Y si solo quieres follar, pues te esperas a que termine. ¿Queda claro?

Asintiendo de mala gana, Julio vio cómo Oliver se alejaba en dirección a la mesa, se sentaba allí y miraba algo en el portátil mientras escuchaba lo que el moreno le decía. Bufó por lo bajo, maldiciendo al moreno por haberles interrumpido después de que finalmente se confesara al pelirrojo, y tras eso, se acercó a los otros dos.

 

* * * * *

 

—Tenemos ya más de diez páginas y aún nos queda hablar de las adaptaciones que se hicieron de sus obras —seguía diciendo Benji, mientras Oliver terminaba de leer el trabajo—. Yo creo que podemos dejarlo ya.

—Por mí perfecto —murmuró el pelirrojo, sin desviar la mirada al ver que Julio se sentaba a su lado—. Aunque creo que podemos agregar nuestra opinión personal sobre alguna de sus obras. ¿Has leído algo suyo?

Benji negó con la cabeza, mirando interrogante a los dos chicos durante un instante. Le sorprendía la actitud tan fría que había tomado el pelirrojo, algo que distaba bastante de lo que había podido ver respecto a Daniel.

—¿La película de “La casa de Bernarda Alba” cuenta? Porque creo que la vi hace tiempo —respondió con vacilación, ya que apenas recordaba nada sobre ella—. ¿Y tú? ¿Has leído algo?

Una sonrisilla burlona apareció en el rostro de Oliver, que, finalmente, levantó la mirada de la pantalla del portátil.

—¿Escribió Cervantes “Don Quijote”? ¿Escribió Shakespeare “Romeo y Julieta”? ¿Era blanco el caballo blanco de Santiago? —preguntó el chico con retintín.

—Federico García Lorca es uno de los autores favoritos de Oliver —intervino Julio, explicándolo aunque no pareciera hacer falta.

Benji le miró y no se le pasó desapercibida la seriedad con la que el Corazoncitos le miraba. Pese a ello, decidió encogerse de hombros y cortar por lo sano:

—Vale, entonces de la opinión personal te ocupas tú. Yo me pondré a terminar esto.

—Como quieras.

Y así, los dos jóvenes volvieron a repartirse el trabajo. Benji tenía de nuevo el ordenador, ya que la información con la que tenía que trabajar estaba en él y Oliver siempre podría pasar lo escrito más adelante.

Pasó el tiempo, y, pese a que Benji intentaba centrarse en lo que tenía que hacer, las risas entre el castaño y el pelirrojo se lo ponían bastante difícil. Parecía que la tensión entre ellos había desaparecido por completo. En ese momento, Corazoncitos estaba contándole algo al otro sobre un tal Manuel y un tal Sergio a los que Benji ni conocía ni quería conocer.

—Y entonces voy yo, abro la puerta, ¡y me los encuentro follando! ¿Te lo puedes creer? —Julio soltó una pequeña carcajada a lo que Oliver le coreó con sus risas—. Te juro que en un primer momento no me lo podía creer.

—No sé de qué te sorprendes si ya sabes cómo es Manuel —susurró Oliver por lo bajo.

—No, si por Manuel no me sorprendo —replicó el castaño—. ¡Pero es que era Sergio! ¡Ya sabes, Don “yo soy hetero, así que dejadme en paz”!

—Sí, lo sé, lo sé —se rió el otro, sin dejar de escribir en ningún momento, aunque pendiente de la conversación—. Te recuerdo que estuve allí cuando Manuel y Daniel cruzaron apuestas sobre quién se lo tiraba antes.

—Pues al final ha ganado Manuel. Eso te lo…

—¿Podríais callaros de una vez, o al menos hablar más bajo? —les interrumpió Benji de pronto.

Julio alzó un poco el rostro, molesto por la interrupción, y le lanzó una mirada nada halagüeña al moreno.

—¿Nadie te dijo que cuando los mayores están hablando los niños tienen que quedarse calladitos? —le preguntó de malos modos.

—También me enseñaron que es de mala educación interrumpir a alguien cuando está trabajando y eso es exactamente lo que llevas haciendo desde que llegaste —refutó Benjamín, cansado ya de las tonterías de ese tío que estaba sentado frente a él.

Las miradas de ambos se encontraron, soltando chispas. Por su parte, Oliver miraba lo sucedido con una pizca de curiosidad. Suponía o, mejor dicho, sabía que Julio estaba enfadado con el moreno por la interrupción de antes. Y suponía que la verdadera razón tras el enfado de su compañero de clase era porque Julio era gay. Lo que le confirmaba que el tipo era incluso más tonto de lo que se había supuesto en un principio. Ahora la pregunta era, ¿qué haría? ¿Dejaba que los dos se peleasen o intervenía para detenerlos y calmar un poco los ánimos?

Que la pantalla de su móvil se iluminara y que, instantes después, este empezara a vibrar, le dio la respuesta al pelirrojo. Curioso, el chico desvió su mirada hacia el aparato y descubrió, sorprendido, que quien le estaba llamando era María, una de las gemelas. ¿Para qué quería hablar con él?

—Oíd, chicos, yo salgo un momento, que me están llamando —les dijo levantándose y pasándole la hoja con lo que había escrito a Benji—. Ya he terminado con esto. Léelo y cuando vuelva me dices qué te parece.

Dicho esto, el pelirrojo se alejó de los dos jóvenes. Estos ni siquiera se tomaron un instante en mirarle antes de volver a centrarse en ellos y esa pelea de miradas que no parecía tener fin.

—Voy a darte un consejo: métete en tus asuntos y deja de molestar a los demás —le advirtió Julio, inclinándose hacia Benji amedrentador—. Y más te vale alejarte de Oliver, ¿entiendes?

El moreno arqueó una ceja, conteniendo las ganas de lanzar una carcajada para responder a Corazoncitos, más aún cuando este siguió hablando.

—¿Qué te crees, que no he visto cómo le miras?

La sorpresa se abrió paso en el rostro de Benjamín, que apenas podía creer lo que acababa de escuchar. ¿Que había visto cómo le miraba? ¿Pero se podía saber qué se metía ese tío para decir semejante majadería? Sacudió la cabeza, perplejo, y le miró fijamente mientras le respondía:

—¿Como le miro, dices? Es tu problema si confundes el odio y el desprecio con el amor, así que a mí déjame en paz.

—Yo solo te advierto —susurró el castaño en tono seco.

—¿Qué pasa que hoy es el día de “vamos a amenazar todos a Benji” o qué? —preguntó retórico, poniendo los ojos en blanco—. Además, lo que haga o deje de hacer no es asunto tuyo.

Malhumorado, Benji cogió la hoja que el pelirrojo había dejado a su lado antes de salir, decidido a ignorar a Corazoncitos y centrarse en terminar el maldito trabajo de una vez. Pero, nada más su vista se posó en la hoja, sus ojos se abrieron de par en par. ¿Se podía saber en qué idioma había escrito el pelirrojo? ¿Eso era español? ¡Pero si parecían jeroglíficos!

Todavía alucinando, fijó un poco más la vista en lo que había escrito. Teniendo en cuenta que la letra era diminuta y que el pelirrojo casi había escrito una cara entera, Benji estaba más que seguro de que se iba a dejar la vista intentando descifrar lo que tenía delante.

Leyó la primera línea, o al menos eso fue lo que intentó hacer. Descubrió que, además de todas las complicaciones anteriores, se le podía añadir una más: el hecho de que el pelirrojo ni siquiera se hubiera tomado la molestia de escribir correctamente. Ya que, según pudo comprobar Benji, apenas había palabras escritas completamente, convirtiendo el texto, gracias a todas esas abreviaturas, en un auténtico galimatías.

Suspiró, tallándose los ojos distraídamente, ya que habían comenzado a dolerle, y ya iba a darse por vencido cuando el pelirrojo volvió, sentándose en su asiento y volviéndose hacia él acto seguido.

—¿Ya lo leíste?

Benji le miró fijamente, tratando de descubrir si le estaba tomando el pelo.

—¿Cómo quieres que lo lea si ni siquiera puedo descifrarlo y muchos menos verlo? —replicó molesto, dejando caer el folio en la mesa, entre ambos.

—¿Qué? Pero si escribí bastante grande —contestó el menor, chascando la lengua y recogiendo el folio para echarle una ojeada—. ¿No ves? Se ve y se entiende perfectamente.

Benji bufó. Si eso para el pelirrojo era escribir “grande”, no quería ni imaginarse cómo sería si hubiera escrito “pequeño”. Por suerte, no era problema suyo.

—Mira, eso lo pasas tú. Yo ya he acabado aquí, y además, la portada ya está hecha, solo falta que agregues tus apellidos. Además, me he guardado una copia en mi USB —añadió estirando un poco los brazos, ya que los tenía entumecidos—, así que me voy.

El moreno hizo el amago de recoger sus cosas y levantarse, pero tuvo que conformarse solamente con hacer lo primero antes de que Oliver le detuviera.

—¿No se te olvida algo? —le preguntó el pelirrojo algo cortante.

Haciendo memoria, Benji repasó todos los temas del trabajo, constatando lo que ya sabía, que solo faltaba que el pelirrojo pasara a ordenador la opinión personal.

—No creo. ¿Por?

—¿Es que esperas que yo pague la impresión?

—La verdad es que dudo que pagar diez hojas vaya a matarte, menos cuando yo he hecho la mayor parte del trabajo; pero tranquilo, tenía pensado darte la mitad del dinero. Aunque eso sí, espero que no te importe enseñarme la factura. Ya sabes, quiero asegurarme.

Y, ahora sí, Benji se levantó por fin de su asiento. Y, tras ponerse la cazadora vaquera que había dejado en el respaldo de su silla y coger su carpeta, se alejó en dirección a la salida de la biblioteca, con ganas de llegar a casa y comer algo.

En el otro extremo de la sala, Julio observaba cómo el moreno salía del lugar, volviéndose luego hacia su amigo con una gran sonrisa en el rostro.

—¿Te apetece hacer algo?

Oliver le miró, enfadado. Se tragó las ganas de ir tras el gilipollas del moreno y pegarle un puñetazo por el tono que había usado al hablarle, y, con gesto serio, respondió:

—Julio, sinceramente, en este momento lo que más ganas tengo de hacer es darle una paliza al primero que se cruce en mi camino, así que no te aconsejo “hacer algo” conmigo. Además, tengo hambre y seguro que mi madre me llamará pronto para que vaya a casa a comer.

Ocultando su disgusto, el castaño asintió con la cabeza, sonriendo ligeramente para darle a entender que no le importaba, por mucho que no fuera así.

—Nos vemos otro día entonces, ¿de acuerdo?

El pelirrojo asintió, apagando el portátil y guardándolo, junto al folio con su opinión personal, en el maletín. Después, se colgó la mochila y el maletín de los hombros y salió junto a Julio del edificio.

—Pásalo bien esta noche —se despidió haciendo un vago gesto con la mano.

Julio no respondió, no al menos con palabras. Total, ¿qué le diría, que como él no iba a salir prefería quedarse en casa? No, no quería complicar más las cosas, y menos con el pelirrojo de malhumor. Así que, tras asentir sin ganas, el chico se alejó en dirección contraria a la de Oliver.

 

* * * * *

 

Tras haberse pasado toda la tarde junto a Héctor y a Cynthia eligiendo los posibles disfraces para Halloween y recorriendo para ello casi todas las tiendas de la ciudad (cargando además con las bolsas de todo eso que Cindy había comprado), Paolo se había despedido de sus amigos e ido a su casa dispuesto a prepararse, cenar algo, y acudir a la discoteca en la que había quedado con Christian.

Y allí era donde se encontraba el joven en esos mismos instantes: apoyado en la barra, con un cacharro en la mano mientras escuchaba la música que sonaba en ese instante: la versión de Bloswight de la canción Toxic. El chico de las mechas esperaba pacientemente que dieran las diez y cuarto, hora a la que había quedado con el camarero. Pese a todo, Paolo no estaba ni cansado ni aburrido, sino que charlaba tranquilamente con uno de los camareros del local al que ya conocía de antes.

El joven, vestido de manera informal con unos vaqueros negros algo rotos por algunos sitios, y una camiseta que conjuntaba perfectamente con el nuevo color de sus mechas, el rojo, ya se había bebido un par de copas y no había dudado en alegrarse la vista con todos esos muchachos que podía ver en el local. Sabía perfectamente que, si no hubiera quedado de antemano con Christian, ya se habría liado con algún otro. Sin embargo, y por desgracia para él, Paolo había quedado con el camarero en la barra, así que no podía despegarse de esta si pretendía encontrarse con el castaño, por más que el chico ya llegara con más de cinco minutos de retraso.

—Así que estás aquí. —Oyó que le decía alguien por detrás de él—. Ya podíamos estar buscándote en el extremo.

Presto, el chico se giró en su asiento, descubriendo con sorpresa que no era una sola persona la que estaba ahora frente a él, sino dos: Christian y Rafa.

Les miró. Christian estaba justo frente a él, vestido con unos pantalones ajustados conjuntados con una camisa de color claro que llevaba desabotonada, dejando ver la camiseta, con un raro dibujo de líneas sin sentido, que llevaba debajo. Por su parte, Rafa se encontraba a la derecha del camarero, y, aunque tenía una sonrisa en su rostro, se le notaba perfectamente los nervios que sentía, seguramente por estar en ese local en cuestión. Le miró, a pesar de que el chico parecía haberse esforzado en peinarse el pelo, este no parecía haber querido amoldarse, aunque eso más que perjudicarle, le daba un toque más sexy. Al igual que Paolo, el chico vestía unos pantalones negros, estos sin roturas, y un polo de color claro de cuello de pico.

—Vaya, vaya, ¿cómo tú por aquí? —le preguntó, gratamente sorprendido.

—Christian me dijo que si me apuntaba —respondió el moreno más joven, encogiéndose de hombros—. ¿Qué pasa, no quieres verme?

—No es eso —le aseguró el chico de las mechas, negando con la cabeza y riéndose levemente—. Es que no esperaba que vinierais los dos. Creí que hoy solo estaría con Christian —confesó.

—Pues ya ves que no —intervino el castaño en esa ocasión—. Y por cierto, que sepas que te llevábamos esperando casi diez minutos.

Paolo abrió los ojos, extrañado, mirando primero al castaño y luego al moreno.

—Pero si llevo aquí desde las diez en punto y habíamos quedado aquí —les dijo sin entender—. ¿No te dije que nos veíamos hacia la mitad de la barra?

—En realidad me dijiste en uno de los extremos —le confesó Christian, quien, al percatarse de una cosa, se acercó al mayor del grupo, cogiendo un par de mechones de cabello entre sus manos—. ¿Pero tú no tenías mechas azules?

—Sí. Pero me cambié al rojo. Ya llevaba tres semanas con ello azul —contestó despreocupado, dando un nuevo trago a su bebida para luego volverse hacia el otro moreno—. ¿Y debo suponer que estás aquí porque has descubierto tu bisexualidad?

—Estoy aquí, ¿no?

—Sí, pero pudiste haber venido solamente para saldar mi deuda contigo.

—¿Qué quieres que haga para que me creas? —le interrogó el moreno, con una sonrisa en el rostro.

Paolo le miró pensativo durante unos instantes, aunque pronto una idea le vino a la mente, decidiendo ponerla en práctica.

—Bésale —le dijo señalando a Christian.

Tanto Rafa como Christian le miraron sorprendidos; sin embargo, finalmente, el moreno se encogió de hombros y se acercó a su compañero de piso. Y con una sonrisa en su rostro, le agarró por los bordes de la camisa abierta, tirando de él para unir sus labios.

A su vez, el castaño no se quedó atrás y, posando una mano en la cintura de su compañero de piso y otra en su nuca, le acercó aún más a su cuerpo, rozándose contra él mientras profundizaba el beso. Paolo, por su parte, no podía apartar la mirada de los dos jóvenes. A pesar de saber que Rafa le obligaría a cumplir su trato, nunca había llegado a pensar que el chico también se liaría con Christian, no si tenían en cuenta toda esa cháchara sobre su heterosexualidad que habían tenido el primer día.

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó finalmente Rafa, separándose un poco del castaño y volviéndose para mirarle—. ¿Ya me crees?

Paolo les miró. Estaba cachondo, eso era algo que no podía negarse a sí mismo. El beso que acababa de presenciar había logrado excitarle por completo. Dispuesto a dar rienda suelta a lo que sentía y a obtener todo eso que quería sentir, se acercó con pasos decididos al menor, le alzó el rostro con una mano y le besó.

No fue un beso lento, ni lleno de amor, es más, ni siquiera contenía una pizca de cariño. Solo había lujuria, deseo y excitación. Las lenguas se encontraron y se batieron entre ellas en una encarnizada lucha para ver quién se proclamaba como dueño de la boca contraria. Y las manos no se quedaron atrás. Mientras las del mayor se colaban dentro de la camiseta de Rafa, las de este se aferraban al pecho del chico de las mechas, haciéndole imposible separarse.

—Me alegra que hayas venido —susurró Paolo en el mismo momento en el que se separaron, lamiéndose los labios sin hacer desaparecer su sonrisa. Tras esto, se volvió hacia Christian, que se les había quedado mirando a su derecha—. Entonces, ¿qué queréis hacer?

—Yo te debo una copa, ¿no? —le recordó el camarero, a lo que el chico de las mechas asintió—. ¿Qué te parece si primero saldo mi deuda y después ya vemos lo que hacemos?

Paolo asintió, después de todo, era una copa gratis. Y viendo que Rafa no se oponía a la idea, los tres pidieron sus bebidas en la barra, caminando luego hacia una pequeña mesa que estaba desocupada donde poder pasar el tiempo hasta que quisieran irse.

 

* * * * *

 

—¿Por qué Julio me ha mandado un mensaje diciéndome que tengo que salir hoy de noche? —le preguntó Daniel al pelirrojo en el mismo momento en el que este entraba en su propia habitación.

Oliver alzó la vista, posándola en su mejor amigo y en su hermana, que estaban tirados en su cama, jugando a la Play Station. Con cuidado, posó el maletín del portátil encima del escritorio, tirando de mala manera la mochila al suelo y sentándose en la silla.

—Le dije que no iba a salir esta noche porque me obligabas a quedarme contigo en casa y que solo salía si tú salías —respondió finalmente encogiéndose levemente de hombros.

Daniel enarcó una ceja, sin comprender la razón de la respuesta de su amigo, sobre todo teniendo en cuenta un pequeño detalle.

—Pero si yo no voy a estar —le dijo, desviando un segundo la mirada de la pantalla para centrarla en el pelirrojo.

—¿Has quedado? —le preguntó ahora Natalia, sin mirarle—. ¿Con quién?

—Con Fran.

—Fran… ¿Ese Fran? —le interrumpió sorprendido Oliver, que no recordaba tal cosa—. ¿El hermano de Darío?

—El mismo —confirmó Daniel, esbozando una sonrisa al adelantar a Natalia, quien empezó a quejarse por lo bajo—. ¡Y así es cómo vuelvo a ir primero! ¡Soy el mejor!

—No cantes victoria tan rápido —murmuró Natalia, apretando uno de los botones del mando.

En silencio, Oliver vio cómo una bola azul salía del coche de su hermana y destruía el de Daniel, quien nada más verlo, lanzó un quejido lastimero seguido de un “¡Eh! ¡Eso no vale!” que no hizo más que aumentar las risas de su hermana.

—Entonces, ¿cómo es que has quedado con él? —le preguntó.

—Ya te lo dije. Me llamó ayer por la noche. Me dijo que se había enterado de que le había roto la nariz a su hermanito, y, de paso, me preguntó si quería quedar con él esta noche —relató el menor, vengándose de la pelirroja al lanzarle unos misiles—. ¡Ajá! ¡Chúpate esa! Espera, ¿qué?

—¡Ja! Te ha salido el tiro por la culata —se rió ella, al protegerse de los misiles con un escudo.

Daniel bufó, mirando a su amigo un segundo al ver que este suspiraba.

—¿Qué ocurre? Si sales con Julio, acabarás tirándotelo. No sé a qué viene esa cara tan larga —comentó.

Oliver negó con la cabeza, centrada su mirada en la pantalla del televisor.

—Va a pedirme que salga con él.

Nada más que las palabras del mayor del grupo llegaron a sus oídos, Daniel dio al pause, girando su cabeza, al igual que Natalia, para mirar al otro.

—¡¿Qué?! —preguntaron ambos, completamente anonadados.

—Eso. Hoy me dijo que tenía que decirme una cosa muy importante, y, además, casi me viola cuando estábamos en la biblioteca y me dijo que le gustaba —suspiró el chico.

—¿Y por eso le dijiste que te quedabas conmigo, para no tener que escuchar su declaración? —intervino Dani, atando cabos. Oliver asintió.

—¿Pero a ti no te gustaba?

—Que me lo haya tirado unas cuantas veces no quiere decir que me guste —declaró el pelirrojo, respondiendo a la pregunta de su hermana.

—Pues está muy bueno —indicó Natalia, volviendo a centrarse en el juego.

—Y nadie ha dicho lo contrario. Lo que pasa es que, sinceramente, no me veo saliendo con nadie, y menos con Julio. ¿Podrías quedarte en casa? Te prometo que hacemos lo que tú quieras.

Daniel suspiró. No le hacía falta mirarle para saber la cara de súplica que Oliver le estaba dedicando. Al igual que sabía que, por mucho que le estuviera fastidiando el plan, haría cualquier cosa por su amigo. Asintió.

—Supongo que puedo mandarle un mensaje a Fran diciéndole que no puedo ir y posponerlo para otro día.

Al instante, un par de brazos rodearon su cintura, mientras el pecho de Oliver tocaba su espalda, aplastándole contra el colchón y haciéndole soltar el mando a causa del susto. Era toda una suerte que ya hubieran acabado la carrera.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—Vale, vale. Ahora quítate de encima si no quieres que cambie de idea —le amenazó.

Al instante, Oliver se separó de su amigo, aunque no se volvió a sentar en la silla, sino que se quedó junto a él en la cama.

—Y yo que me había hecho ilusiones con ser activo por una vez —suspiró Daniel, dándose la vuelta y quedando boca arriba en la cama—. Que sepas que te odio, y mucho.

Las risas del pelirrojo no se hicieron esperar. Por su parte, Natalia se levantó de la cama, dejando los mandos de la consola al lado de esta sobre el escritorio de su hermano. Hecho esto, se volvió, descubriendo que su hermano se había puesto parcialmente sobre Daniel, con las manos apoyadas a ambos lados de la cabeza del rubio.

—Fran no es el único con el que puedes ser activo, ¿sabes? ¿O necesitas que te recuerde todas esas veces en que yo he hecho de pasivo?

—Puede. Pero ambos sabemos que te gusta mi culo más que a un tonto un caramelo, no lo niegues —se rió Daniel, consiguiendo que el mayor frunciera el ceño, haciéndose el ofendido.

—La de cosas que se arreglarían si os decidierais a salir juntos.

El comentario de Natalia logró por sí solo que Oliver se olvidara de la posible contestación para Daniel, y que este echara para atrás un poco más la cabeza para mirarla aunque fuera al revés.

—¿Qué? —preguntó sorprendido, soltando una carcajada—. ¡Tú estás loca! ¿Yo con el pelo zanahoria de tu hermano?

—¿Yo con el enano este? ¿Qué dices? Además, ¿tú me escuchas? Porque acabo de decir que no me veo saliendo con nadie.

Natalia se encogió de hombros, apoyándose en el escritorio para mirarles desde allí.

—La verdad es que teniendo en cuenta todas las tonterías que dices, procuro no hacerlo —le respondió a su hermano—. Y pensad lo que queráis, pero la mayoría de la gente que os conoce piensa que estáis juntos. Es la primera impresión que dais —añadió cruzándose de brazos.

—¡Venga ya! Todos sabemos que este y yo no dudaríamos ni cinco días juntos. Y eso solo si empezamos a salir de domingo.

—Sí —asintió Daniel, dándole la razón a su amigo—. Acabaríamos por ponernos los cuernos en menos que canta un gallo. Es más, la única incógnita sería quién se los pondría antes al otro.

—Esa no sería ninguna incógnita. Todo el mundo sabe que yo sería el primero, tengo muchos más admiradores que tú —habló Oliver mirando fijamente a su mejor amigo.

—¡Ja! ¡Que te crees tú eso! —refutó el rubio con una carcajada—. Yo tengo muchos más admiradores que tú, ¿no ves que estoy más bueno?

—¿Tú bueno? ¡Esa sí que es buena! —se rió el mayor—. ¿No ves que estás demasiado escuálido como para que la gente se fije en ti? Además, eres un enano. Si fueras un poco más alto quizás me lo creería, pero siendo así de enano, como mucho te calificaría como un amante de bolsillo.

Las risas de Oliver ofendieron a Daniel, que pronto frunció el ceño, cruzándose de brazos incluso.

—Así que un amante de bolsillo, ¿eh? —le dijo hablándole casi al oído debido a que el pelirrojo seguía sobre él—. Pues que yo sepa, es este amante de bolsillo el que te tiene loquito por sus huesos.

Oliver se calló en el mismo instante en el que la lengua de Daniel lamió su labio inferior, arrancándole un leve jadeo.

—Vale, vale, ya lo he pillado —habló la chica, alzando un poco las manos, dando a entender que se rendía—. Ahora dejar de liaros frente a mí, por favor. No quiero traumatizarme.

Daniel empezó a reírse al escuchar el último comentario de Natalia. Apartando un poco a Oliver, consiguió sentarse en la cama, tras lo cual apoyó la cabeza en el hombro del pelirrojo.

—No exageres. Como si tú no hicieras lo mismo con Raúl —le dijo sacándole la lengua—. Y, ahora que lo pienso, pillaros a ti y a Raúl sí sería traumático.

—Daniel, no digas chorradas, mi hermana no hace esas cosas —intervino entonces Oliver.

—¡Ja! Vaya, Oliver, y yo que creía que no eras tan inocentón —se carcajeó el rubio, negando con la cabeza.

—Tú cállate. Natalia no es de esas, ¡a que no, Nata! —exclamó el chico, volviéndose hacia su hermana.

La aludida miró a Oliver, alzando una ceja sin poder creerse lo que acababa de escuchar en boca de su hermano.

—Oliver, no seas crío. Sabes perfectamente lo que hago con Raúl.

—¡¿Qué?! ¡Pero tú no puedes! ¡Aún eres muy joven para hacer esas cosas!

La sorpresa de Natalia aumentó, al igual que los esfuerzos de Daniel para no echarse a reír al ver la reacción más que exagerada de su mejor amigo.

—Tenemos la misma edad, Oliver. Y, además, ¿tú puedes hacer lo que quieras y yo no? No cuentes con ello.

El comentario de Natalia logró que Oliver empezara a replicar, sacando su instinto sobreprotector de hermano mayor, a lo que la joven le contestaba diciéndole que era mejor que no se metiera porque él hacía cosas mucho peores, lo que, por supuesto, hizo que el pelirrojo siguiera protestando. Apenas había pasado un minuto y Daniel se encontraba ya completamente perdido, pues ni siquiera esperaban a que el otro terminara las frases antes de replicar. Miraba primero a uno y después a otro, tal y como si, en vez de una discusión, estuviera viendo un partido de tenis.

Al rubio ni siquiera se le había pasado por la cabeza intentar detener la discusión. Sabía bien que, cuando sus dos mejores amigos estaban así, lo mejor que se podía hacer era dejarles en paz. Por ello, y viendo que tenían tema para rato, el chico se separó de Oliver, que estaba ahora sentado en la cama frente a su hermana, y salió de la habitación. Ya se arreglarían ellos solitos, no le necesitaban allí. Y, además, tenía que llamar a Fran para avisarle del cambio de planes.

 

* * * * *

 

Un par de horas y unas cuantas bebidas después, Paolo, Christian y Rafa decidieron que ya era hora de irse del bar. Así que, tras recoger sus cosas, los tres jóvenes salieron a la calle, empezando a caminar hacia el apartamento de Paolo por la simple razón de que era el más cercano. Y, tras casi diez minutos de caminata y subir cincuenta y ocho escalones, contados por Christian mientras Rafa no dejaba de quejarse diciendo que el de las mechas trataba de matarles de cansancio, los chicos entraron por fin en la casa del modelo.

El hall era pequeño y daba casi inmediatamente al salón, donde podía verse sofás y muebles de colores tan dispares como los de las propias paredes. ¿La razón? A Paolo le encantaba mezclar colores hasta el punto de que cada pared era de un color diferente, y a veces, incluso de dos. Christian y Rafa miraban curiosos a su alrededor, posando sus cazadoras sobre uno de los sofás, de un azul eléctrico, que había en la sala.

—¿Qué os parece? —les preguntó, apoyado en el marco de una puerta.

—Que, por lo que veo, no te gustan los colores —bromeó Rafa, mientras el castaño se acercaba a una de las paredes—. Y además, eres bastante ordenado.

—Para nada —se rió el mayor—. Y sí, soy un maniático del orden, lo confieso.

—¿Eso es un sable Jedi? —intervino Christian, señalando algo que había colgado de la pared.

Paolo le miró, desviando la vista al instante hacia el lugar al que señalaba el chico, o, mejor dicho, hacia el objeto. Sonrió.

—No. Es la réplica exacta del sable de un Sith, exactamente del de Darth Vader —le corrigió el de las mechas, prendiéndose un cigarrillo.

—¿Y cómo lo has conseguido? ¿Te lo puedo robar?

El joven de las mechas empezó a reírse, viendo que el otro parecía controlar sus ganas de coger el sable de luz para admirarlo desde más cerca.

—Un conocido me dijo hace tiempo que iban a subastarlo, así que fui con todo lo que tenía a la subasta y me lo traje a casa —relató—. En cuanto a lo de robármelo, tendrás que discutirlo con Cynthia. Es ella la que me asegura una y otra vez que un día acabará por robármelo por mucho que le regalase una figura de Yoda como premio de consolación.

—¿Espera, te refieres a la de Barcelona de hace un par de años?

—Sí, ¿por?

—¡Yo estuve allí! Fui con un par de colegas, pero no pude comprar gran cosa.

—Oh, Dios. Decidme que no vais a poneros a hablar sobre Star Wars —rogó el más pequeño del grupo.

—¿Por? ¿No te gusta? —le interrogó Paolo, volviéndose hacia él.

—Ni sí, ni no. No puede gustarte o no gustarte algo que no has visto —explicó el chico encogiéndose de hombros.

La sorpresa inundó a Paolo, que se quedó mirando perplejo a Rafa.

—¡¿Cómo que no has visto Star Wars?! ¡Pero si es un clásico!

—Pues qué quieres que te diga, pero nunca me ha llamado demasiado la atención.

—¡¿Y yo voy a dejar que tú me rompas el culo?! —continuaba el de las mechas, anonadado.

—¡Eh! Ni que fuera un bicho raro.

—No. Hasta los bichos raros han visto Star Wars, así que no, no lo eres. Eres peor. ¡Si no fuera porque tengo ganas de follar, te obligaría a ver todas las películas ahora mismo, que lo sepas!

La conversación entre ambos morenos seguía, mientras Christian continuaba mirando esa parte que Cindy había bautizado como el “santuario friki” de su amigo, y donde podían verse varias figuras de Star Wars, tanto de personajes, como de las propias naves. Se fijó en todas, ilusionado, aunque pronto echó en falta dos de ellas en particular.

—¿Y el Halcón Milenario y la Estrella de la Muerte? ¿No las tienes? —le preguntó a Paolo, interrumpiendo de nuevo la conversación, mientras miraba una detallada réplica de un caza imperial.

—Sí, los tengo. Pero están en mi cuarto. ¿Quieres verlos?

El nuevo tono de voz no se le pasó desapercibido al castaño que, tras volverse hacia el chico, asintió.

—Entonces, será mejor que me sigáis. Por aquí, señoritos —canturreó el dueño de la casa, cogiéndoles de la mano y obligándoles a seguirle.

—Solo prometedme que no os pondréis a hablar en idiomas raros —continuó Rafa, mientras caminaban por el pasillo.

—Tranquilo, hace años que dejé de hablar en Shyriiwook. Es el idioma de Chewbacca —añadió al ver la cara de auténtico pánico que había puesto Rafa.

La risilla de Christian a causa del desconcierto de su compañero fue perfectamente audible por este. Por su parte, Rafa respondió con una mala mirada en el mismo momento en el que el chico de las mechas abría una puerta.

—Pues bien, este es mi cuarto.

La enorme cama matrimonial que había en el centro de una de las paredes de la habitación; la mesita con un reloj, una fotografía y una lámpara de lava; una estantería en otra de las paredes con las réplicas de la Estrella de la Muerte y el Halcón Milenario; y la ventana oculta ahora por unas nada discretas cortinas multicolores, fueron las primeras cosas en las que las miradas de los dos jóvenes se fijaron. Pero, por muchas ganas que tuviera de verlas desde más cerca, Christian no se acercó a las maquetas, sino que siguió a los otros dos chicos hacia la cama.

—¿No querías verlas? —le preguntó Paolo, señalando con la cabeza las dos naves.

—Sí, pero creo que puedo verlas después o, mejor aún, otro día. Así tendré más tiempo —respondió el castaño, acercándose sutilmente al mayor.

Paolo ladeó la cabeza, divertido. El joven, que había acabado por sentarse al borde de la cama, observó en silencio al camarero inclinarse hacia él, posando ambas manos sobre sus hombros y deslizando una de ellas hacia su nuca, para, acto seguido, obligarle a juntar sus bocas.

Al igual que había pasado con el moreno en la discoteca, el beso no fue suave. Los dos veinteañeros sabían lo que querían y estaban dispuestos a conseguirlo. Por otra parte, Rafa observaba el beso sin saber muy bien qué hacer. Era cierto que no era la primera vez que estaba con ellos, pero los nervios acababan de asaltarle y no parecían dispuestos a irse.

—Ahora tengo ganas de divertirme. —Oyó susurrar a Christian, quien se lamió sensualmente los labios antes de volverse hacia él—. ¿No vienes?

Tragó saliva, asintiendo un par de veces, y avanzó los pasos que les separaban. Christian, por su parte, empujó hacia atrás a Paolo, obligándole a recular, descalzándose para ello, y, además, acercó aún más a Rafa, poniéndole entre ambos.

—No me dirás que quieres echarte atrás, ¿cierto? —le preguntó.

El moreno negó con la cabeza, estremeciéndose sutilmente al sentir las manos de Paolo colándose por debajo de su camiseta, acariciando la piel de su estómago. Un jadeo salió de sus labios a causa del contraste de temperatura, pero no dijo nada. Y, en vez de eso, lo que hizo fue centrarse en su compañero de piso.

Los labios del moreno de las mechas se posaron en su cuello, mientras los del castaño trataban de escabullirse de sus dientes. Las manos de los dos jóvenes recorrían su torso y brazos, provocando placenteras reacciones que le hacían jadear y que se iban volviendo cada vez más atrevidas.

—Descálzate y súbete a la cama. —Escuchó decir a Paolo a su espalda.

Rafa asintió y, sin despegarse del castaño en ningún momento, hizo lo que el mayor le pedía, quedando de rodillas sobre la cama. Tras esto, le hizo espacio a Christian, que también se subió y terminó por separarse de su compañero tras guiñarle un ojo.

Los minutos pasaban, la temperatura aumentaba y la ropa iba desapareciendo, tirada en el suelo de la habitación. Paolo era quien estaba ahora en medio. El moreno de las mechas estaba ya en ropa interior, debido a que los otros dos chicos habían acabado por quitarle todas y cada una de las molestas prendas que ocultaban el cuerpo del mayor. El tatuaje, perfectamente expuesto ahora, estaba siendo lamido por Christian, mientras Rafa mordisqueaba los hombros y el pecho del modelo, sonsacando gemidos varios al otro.

—Una cosa —susurró Christian, alzando ligeramente la cabeza para mirar a Paolo—. No tendrás algo de nata por casualidad, ¿verdad?

Paolo le miró confuso. Y enseguida empezó a reírse al recordar el comentario que él mismo había dicho cuando ambos se encontraron por primera vez en la cafetería.

—Lo siento, pero la respuesta es no.

—En otra ocasión, entonces —murmuró el castaño, chascando la lengua ligeramente disgustado.

Rafa, que al no haber estado allí no comprendía la razón tras el comentario, les miró interrogante. Pero al ver que Christian negaba con la cabeza, simplemente se encogió de hombros, acercándose a este al ver que le hacía un nuevo gesto.

Sin detener sus caricias por el cuerpo de Paolo, Rafa escuchó todas esas palabras que Christian le susurraba al oído, asintiendo una sola vez y haciéndole un poco más de espacio al castaño. El joven, tras una sonrisa juguetona, se centró en el mayor del grupo.

—¿Qué? —le preguntó este nada más ver su rostro.

—Nada —respondió acomodándose entre sus piernas, ladeando ligeramente la cabeza—. Es que creo que tu ropa interior empieza a estorbarme. Espero que no te importe que quiera quitártela —añadió con un tono inocentón que no casaba con su expresión.

—¿Vas a chupármela?

—¿No puedo? ¿O prefieres que lo haga Rafa? —le interrogó a su vez, desviando un momento la mirada hacia el aludido.

—No estaría nada mal, la verdad —se rió Paolo, mirándole también—. ¿Qué me dices, te atreves?

En un acto inconsciente, Rafa centró su mirada en la entrepierna del mayor y tragó saliva, repentinamente nervioso y avergonzado.

—Yo… No sé si es buena idea.

—Oh, vamos, ¿yo voy a dejar que me des por culo y tú no puedes ni chupármela?

—Y añade además que le dejas estar aquí aunque no haya visto Star Wars —intervino Christian, aprovechándose de la ocasión para buscar algo que le ayudase más adelante.

La mirada del moreno fue su mejor respuesta, al menos para el comentario de su compañero de piso. Unos dedos acariciaron su mejilla y, al girar un poco la cabeza, se encontró con que Paolo se le había acercado para poder hablarle al oído:

—No espero que seas todo un experto, pero el solo hecho de pensar en mi polla en tu boca me pone aún más cachondo de lo que ya estoy —le confesó cogiendo su mano y posándola en su entrepierna—. Di que sí.

Rafa jadeó y se lamió los labios resecos al sentir la dureza del otro bajo su mano y los labios de este en su cuello y hombro izquierdo. Asintió.

—E-está bien. Lo intentaré.

Obligándole a girar la cabeza con su otra mano, Paolo le besó como agradecimiento. Se separaron tras un beso rudo y lleno de deseo que logró paliar los nervios del menor. Y, tras esto, Paolo se apartó de su lado, acomodándose en la cama.

—Cuando quieras —le dijo.

Rafa asintió de nuevo, frotándose las manos como medio para tranquilizarse. Miró a Christian, que le sonreía, y se acercó al joven de las mechas despacio, intentando convencerse aún de lo que iba a hacer.

—Imagínate que es un helado —le aconsejó el castaño, que se alejó un poco más, hasta llegar al borde de la cama—. ¿Nunca has comido un Calipo o un Pirulo tropical? Pues esto es lo mismo.

Con la vista fija en Rafa, Paolo le vio acomodarse entre sus piernas. Se notaba demasiado su nerviosismo e inexperiencia, pero era eso mismo lo que excitaba aún más al mayor, que ni siquiera se había percatado de que Christian se le había acercado de nuevo, con algo entre las manos.

Los labios de Rafa se posaron en su vientre y sus manos en su cadera. No dijo nada. En su lugar, se dedicó a sentir sin dejar de mirarle.

Los besos se iban sucediendo, bajando cada vez más por su piel; las manos se habían colado una por el interior del bóxer, mientras la otra empezaba a bajar dicha prenda. La respiración del mayor era agitada, y los jadeos cada vez más sonoros, haciéndole ver al moreno que iba por el buen camino.

Alzó la cadera, dejando que el chico le desnudara por fin al completo, notando la respiración del menor sobre su erección. No le dijo nada. Se limitó a observar cómo, tras unos segundos de indecisión, Rafa se decidía por sí mismo a lamer la punta del pene, sonsacándole un gemido a Paolo, y se animaba un poco más a raíz de ello.

Sabía que no iba a ser la mejor mamada de su vida; pero, sinceramente, la inexperta lengua del moreno estaba consiguiendo excitarle más de lo que, sin duda, lo habría hecho cualquiera de los críos que había visto esa noche en el local. Sintió que algo frío le rozaba el brazo, pero, como la sensación se pasó al instante, y además, Christian empezaba a besuquearle el cuello, no le dio demasiada importancia. Incluso a pesar de que volvió a sentir lo mismo en el otro brazo.

Lo cual fue un grave error, como bien pudo comprobar cuando quiso llevar una de sus manos hasta la cabeza de Rafa para guiarle mejor. Sin embargo, lo más que pudo alzar su brazo fueron unos centímetros, nada más. Extrañado, miró hacia abajo, descubriendo con sorpresa los grilletes que rodeaban sus dos muñecas. Sorprendido, desvió la mirada inmediatamente hacia Christian, que sonreía pícaro.

—Libérame.

Rafa alzó la mirada y se detuvo al percatarse también de lo sucedido al ver las esposas, confirmando que Christian ya había puesto su plan en marcha.

—No es por nada, pero a mí no me va que me aten —continuó el de las mechas al ver que el otro no decía nada.

—¿En serio? Pues es una pena, porque a mí me encanta —le susurró el castaño sentándose a horcajadas sobre él.

El bufido del mayor inundó la habitación cuando, una vez más, Paolo trató de alzar sus manos y liberarse, obteniendo los mismos resultados que la primera vez.

—Christian…

—Oh, venga, no te quejes. No es como si fuera a hacerte nada malo. Rafa también está aquí, ¿cierto? Y has conseguido tu mamada, así que, ¿por qué ahora no te portas como un buen chico y cumples mi deseo también? Es esto o que seamos dos los que disfrutemos de tu lindo culo esta noche.

Paolo resopló frustrado, desvió la mirada del castaño para centrarla ahora en el moreno y lo vio encogerse de hombros. La idea de estar encadenado no le agradaba lo más mínimo, y no solo porque le dejaba a merced de lo que los otros dos quisieran hacer con él, sino porque no le gustaba estar sin hacer nada. A él le gustaba tocar, y las esposas se lo impedían.

—Te recuerdo que a mí me tapasteis los ojos.

—No te habrías dejado de no haberlo hecho —replicó el mayor, sabiendo que su comentario era cierto.

—Bueno, si el que tengas los ojos tapados va a ayudarnos aquí también…

De repente, Christian se puso tras Paolo, posando su bufanda a la altura de los ojos del mayor, atándola por detrás antes de que este tuviera tiempo a resistirse.

—Listo.

—¡Eh! Esto sí que no. Christian quítame esto ahora mismo —le ordenó el de las mechas, con un tono serio que evidenciaba su humor.

El aludido se rió por lo bajo, viendo los intentos del otro por quitarse la prenda. Por suerte, la había atado con firmeza, así que de momento estaba aguantando. Se volvió hacia Rafa y le hizo un leve gesto mientras vocalizaba unas pocas palabras. Acto seguido, se centró de nuevo en el mayor y le detuvo al posar sus dos manos en las mejillas, impidiendo que pudiera seguir moviéndose.

—Vamos, Paolo, déjame hacerlo —le susurró al oído, bajando una de sus manos hasta el pecho del modelo—. Te prometo que no te arrepentirás.

La mano del castaño en uno de sus pezones, los dientes de este mordiendo con suavidad el lóbulo de su oreja y, sobre todo, que a Rafa le hubiera dado por meterse la punta de su pene en la boca, logró que Paolo se quedara sin palabras, olvidando tanto su malhumor como sus ganas de resistirse.

—Está bien —aceptó—. Pero no os paséis.

Aunque no pudo verla, sí intuyó la enorme sonrisa de Christian. Podía sentir al castaño acomodarse a un lado de su cuerpo y empezar a repartir caricias varias por su torso mientras el moreno seguía centrado en su entrepierna. Se relajó un poco más. Sabía perfectamente que nunca le habría dejado a nadie encadenarle a la cama y, además, vendarle los ojos, pero ¿cómo decir que no a esa boquita inexperta que tanto le estaba excitando?

Por su parte, Rafa seguía entre las piernas del mayor, succionando la punta del pene de este mientras masturbaba el resto con una de sus manos. No sabía como lo estaba haciendo, pero suponía por los gemidos de Paolo que tampoco podría estar haciéndolo demasiado mal. Alzó un poco la mirada y se encontró con la de Christian, que le sonreía mientras le pasaba un condón, haciéndole un gesto para que se apartase un poco.

Le hizo espacio. Él mismo terminó de desnudarse y se puso el condón que el otro le había pasado. Le miró y vio al castaño tomar su relevo, poniéndole otro preservativo a Paolo con la boca y sonsacándole un gemido mucho más fuerte que los que él había logrado.

—Yo le preparo, tú sigue —le dijo el chico guiñándole un ojo.

Rafa asintió, alegrándose de la noticia ya que, sinceramente, tenía bastante miedo a que le pidieran que preparase a Paolo. No sabía cómo hacerlo y no quería hacerlo mal.

Por ello, se centró de nuevo en la entrepierna del mayor. Puso el consejo de Christian en práctica al imaginarse que era un helado, chupando y lamiendo tal y como habría hecho en ese caso. Gracias al látex, tenía un ligero sabor a fresa. Pese a todo, su vista siguió centrada en el castaño. El mismo que, en ese momento, doblaba la almohada, alzando la cintura de Paolo para ponerla debajo.

Paolo no dijo nada, sabiendo lo que iba a pasar ahora. En su lugar, trató de relajarse aún más, distrayéndose con lo que Rafa le hacía. Un quejido quedo se entremezcló con sus gemidos al notar ese primer dedo haciéndose paso en su interior. Maldiciendo la hora en la que había dicho que él haría de pasivo, Paolo cerró los ojos con fuerza y le pidió a Rafa que fuera un poco más rápido, sabiendo que eso podría ayudarle a distraerse.

Así, poco a poco, Paolo logró habituarse, hasta el punto de que no tardó demasiado en empezar a moverse para estrellarse contra esos tres dedos que eran los que ahora estaban dentro de su cuerpo. Se quejó ligeramente cuando el castaño se separó por fin. A su vez, Rafa se había separado de su erección, preparándose para lo que vendría ahora.

—Ve despacio —susurró al notar la punta del pene de Rafa rozando su entrada.

Pero el moreno no fue despacio. Siguiendo una orden de Christian, Rafa penetró de una sola vez a Paolo, al mismo tiempo que el castaño se empalaba con el pene de este, paliando el posible dolor que el moreno le habría causado con su acto.

Paolo gritó, no sabía si de dolor o placer, soltando algún que otro insulto mientras trataba de acostumbrarse. Quería liberarse y pegarle dos hostias al castaño, que muy seguramente había sido el autor de tal artimaña; sin embargo, solo cerró con fuerza la mandíbula, respirando por la nariz.

—Os voy a matar —les amenazó entre dientes, obteniendo la leve risa del castaño como respuesta.

—Venga, Paolo, no es para tanto —se rió el chico, empezando a moverse.

El gemido del mayor cortó su posible réplica. Y no tardó en asentir a las palabras de Rafa cuando este le preguntó si podía moverse ya. Y así, hundiendo con fuerza los dedos en las sábanas, Paolo se abandonó a lo que sentía, notando que el dolor iba transformándose poco a poco en más placer.

Los gemidos y los jadeos llenaban la habitación, entremezclándose con los besos que repartían entre ellos y las caricias que tanto Rafa como Christian le prodigaban. Los tres perdieron la noción del tiempo, ya que lo único que en ese momento importaba era todo ese placer que sentían, nada más. Finalmente, Rafa fue el primero en terminar, siguiéndole Christian, y luego el propio Paolo.

Se quedaron en silencio, tratando de tranquilizar su respiración. Rafa acabó por separarse, al igual que Christian. Este, además, le quitó por fin la bufanda de los ojos a Paolo y le liberó también de las esposas.

—¿No ves cómo al final ha valido la pena? —le preguntó sonriente.

La mirada furibunda que esperaba obtener del mayor no se dio, para gran alegría suya. En vez de eso, Paolo se frotó un poco las muñecas, se acomodó sobre la cama y atrajo a Rafa a su lado.

—Podía haber sido peor —concedió viendo al castaño tumbarse a su lado.

—Sí. Y ahora solo queda saber qué día queréis quedar para ver las películas de Star Wars —susurró Christian, mirando sobre todo a Paolo y sonriendo al oír bufar a Rafa.

—Decidme que no me vais a obligar a verlas —suplicó el moreno, ahogando un bostezo.

—Eso por supuesto. Es ver las películas o no follar más conmigo, así que decídete —le instó Paolo, acariciando con las yemas de los dedos la espalda del joven.

Se hizo el silencio durante esos breves instantes en los que Rafa meditó la cuestión. No tardó demasiado en suspirar resignado.

—Vale, anda. Veré las películas.

Capítulo 2

Te has ido.

Esas son las primeras palabras que consigo formular en mi cabeza cuando tu hermana me da la noticia. Mi cuerpo se tensa por completo y el aire se niega a entrar en mis pulmones, todo por esas palabras. Esas tres palabras que lo significan todo para mí. Tres palabras que acaban de destrozar mi mundo al completo.

Te has ido.

No puedo creerlo. Soy incapaz de creer que nunca más volveré a verte, que no volveré a escuchar tu voz. No puedo creer que jamás volveré a estrecharte entre mis brazos y beber de tus labios y tu sonrisa.

Te has ido.

Te has ido y me has dejado atrás. Has hecho justamente lo único que prometiste que jamás harías. Rompiste tu promesa para no volver y ahora yo me he quedado aquí solo, atrapado en una vida que nunca pedí ni quise.

La primera pregunta que se me viene a la cabeza es la de cómo, seguida del por qué. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué tú?

Aún recuerdo la primera vez que lo hiciste, la primera vez que me dijiste adiós. Fue hace tantos años… la semana antes de que dejara el internado en mi último año allí. Me dijiste que esto no podía seguir así, que lo mejor era que solo fuéramos amigos porque las cosas no podrían irnos bien, porque era lo mejor para ambos. Y puede que consiguiera que me dijeras que me amabas, pero tú sabes que no conseguí que te quedaras, que no desaparecieras de mi vida durante los siguientes tres años.

¿La verdad? Ese primer día en el que descubrí que ya no estabas, apenas pude creérmelo. Me habías avisado, sí. Me habías advertido pero yo no había querido creerte. Siempre pensé que no serías capaz de hacerlo.

Pero lo hiciste. Te fuiste sin decirme adiós, sin dejarme ni una nota ni mucho menos diciéndome a dónde irías. Y me dolió, no puedo negarlo. Porque creí que lo que compartíamos no había significado nada para ti, que no me querías.

Así que traté de olvidarte. Me centré en mi carrera y en lo que se esperaba de mí en un burdo intento de no pensar más en ti, de sacarte de mi mente. Y debo decir que, aunque no funcionó del todo, conseguí llegar al punto de dejar de esperar tu regreso. Y quizá fue por eso por lo que me quedé sin palabras cuando volví a verte.

Fue en esa cena, ¿recuerdas? Cuando mi padre me llevó donde mi prometida y te presentó a ti como su hermano. Recuerdo que lo primero que sentí al verte fue sorpresa, aunque la alegría, la confusión e incluso la ira por tu abandono no tardaron en sumarse. ¿Y todo para qué? Para desvanecerse en el mismo instante en el que me sonreíste y dijiste mi nombre al saludarme. En ese momento deseé besarte a pesar de todos los presentes, y supe que jamás podría enfadarme contigo por más motivos que pudiera tener.

Volviste a mí ese día tras estar tres años lejos de mí. Y aunque jamás me quisiste decir dónde habías estado ni porqué te habías ido o habías vuelto, que aún seguías amándome y deseándome igual que antes me quedó muy claro cuando te uniste a mí en uno de los baños.

Besarte ese día fue una de las mejores cosas que me han pasado nunca. Estrecharte entre mis brazos, fundirnos en uno tras todo ese tiempo separados fue para mí algo que jamás podré olvidar. Aunque prefiero por mucho ese “Te amo” y esa sonrisa que me dirigiste.

Me pediste perdón, pero yo te acallé no queriendo escuchar. Porque en ese momento eso no era lo importante, porque yo ya te había perdonado en el mismo instante en el que apareciste de nuevo frente a mí, porque lo único que me importaba ahora era que habías vuelto.

Te pregunté si te irías y tú me dijiste que no, que nunca te irías. Fue ahí cuando me prometiste que no volverías a dejarme, que te quedarías conmigo para siempre. Y yo te creí. Te creí porque ya había estado tres años sin ti y no quería que eso volviera a pasar. Porque no quería volver a perderte, porque no quería que volvieras a separarte de mi lado.

Y sí, podríamos tener problemas. Sí, era verdad que en presencia de los demás teníamos que fingir, guardarnos nuestras miradas y nuestro deseo para esas pocas situaciones en las que estábamos solos, pero lo hicimos.

Lo hicimos durante todos esos meses, cuidándonos de que nadie nos descubriera, de que nadie supiera lo que en verdad sentíamos el uno por el otro. Porque no nos entenderían. Porque nadie lo comprendería. Sabíamos que estábamos solos pero no nos importó. No al menos hasta el anuncio de la boda.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Fue el día que ambos vimos que, a pesar de nuestros deseos, el mundo seguía girando en nuestra contra. Recuerdo ese día porque fue el día en el que volviste a decirme que deberíamos dejarlo. Y recuerdo que te acallé con mis labios para luego decirte que si tú me lo pedías, yo lo dejaría todo por ti. Porque el resto no importaba, nada importaba si con ello podía estar contigo.

Esa noche conseguiste que aceptara seguir con la boda porque era lo que se esperaba de mí, y yo conseguí que volvieras a prometerme que te quedarías conmigo, que no me dejarías por más complicado que se pusiera todo.

Cumpliste. Te quedaste conmigo todo ese tiempo. Al menos hasta ese día que, hasta ahora, tomaba como el peor de toda mi vida.

Me dolió. Tu marcha me dolió más de lo que puedes imaginarte. Creí que me habías engañado, que lo nuestro no significaba nada para ti, que habías estado jugando conmigo hasta que te cansaste de mí.

Traté de odiarte, lo admito, y más me odié a mí mismo por tratar de hacerlo, por intentar olvidarte al verme privado de nuevo de tu compañía. ¿Y sabes por lo que más me odiaba? Porque quería ir tras de ti, ir en tu búsqueda y quedarme a tu lado… Pero no podía. Te lo había prometido. Por eso te fuiste, ¿verdad? Porque sabías lo duro que sería de quedarte aquí. Porque sabías que, pese a que lo deseaba, no podía ir en tu busca.

Aunque esos no fueron tus únicos motivos, ¿verdad? Sé que no. Aunque tardé tiempo en descubrirlo, ahora sé que no. Ahora sé que mi padre tuvo mucho que ver en tu decisión. Sé que, pese a nuestros cuidados, terminó descubriendo lo nuestro y sé que te amenazó para alejarte de mí.

Creo que no hace falta que te diga cómo me puse al descubrirlo, ni cómo me puse cuando, al enfrentarme a él, se refiriera a ti como a una vulgar puta que había manipulado a su primogénito a placer. No, no hace falta. Ambos sabemos que me conoces mejor que yo mismo.

No he vuelto a hablar con él más que lo justo, ¿sabes? Ni una palabra más que las necesarias en los últimos siete años. El rencor es demasiado fuerte, porque fue él quien nos separó. Porque por su culpa yo estoy inmerso en esta vida y tú… Tú te has ido de mi lado.

Y pensar que todo habría podido ser tan diferente. Y pensar que podríamos haber pasado todos estos años juntos. ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me lo ocultaste? Me habría enfadado, no contigo, sino con él; y luego te habría dicho de irnos. ¿Fue por eso que no me dijiste nada? ¿Para evitar que “arruinara” mi vida al elegirte? Sí, seguro que sí.

Y yo… ¿Por qué tuve que decirte que sí? ¿Por qué tuve que prometerte que lo haría, que me casaría con tu hermana? Decías que era lo que tenía que hacer, que era mi deber para con mi familia, que era lo que se esperaba de una persona de mi posición, pero… Pero yo habría olvidado mi status por ti, habría abandonado a mi familia solo para poder estar contigo.

No te haces idea de las veces que he maldecido el momento que acepté el compromiso. No puedes imaginarte lo mucho que me odio por haber dicho ese “Sí, quiero” que me ataba a ella. Porque puede que tu hermana sea hermosa, puede que sea la mujer que todo hombre desearía, pero no yo. Yo solo te quería a ti.

¿Sabes las veces que quise ir a buscarte? ¿Abandonarlo todo para ir tras de ti? No había día en el que ese deseo no tomase forma en mi mente y, sin embargo, nunca lo hice. No porque no quisiera, sino por simple obligación.

Y aun así te busqué. Traté de encontrarte aunque solo fuera para saber que estabas bien. Sabía que no podía irme, pero les pedí a otros que te buscaran por mí. Todo para frustrarme cada vez que me decían que no te habían encontrado.

Y mientras, yo no dejaba de preguntarme qué estabas haciendo durante todos estos años. ¿Me extrañabas? ¿Seguirías amándome como yo te sigo amando a ti? ¿O quizás habrías encontrado a otro que consiguiera hacerte feliz? ¿Me habías olvidado? Lo reconozco, tenía miedo de las respuestas a esas preguntas. Nada me aterrorizaba más que el simple pensamiento de que me podías haber olvidado. Incluso ahora lo hace.

Pero no quiero pensar así. Deseo creer que tú también pensabas en mí tanto como yo pensaba en ti. Incluso que algún día habrías decidido volver a mí porque ya no soportabas estar más lejos de mi lado. Desearía que eso hubiera pasado, no sabes cuánto deseo haberte vuelto a ver una vez más.

Y aquí estoy ahora, siete años después del que fue el peor día de mi vida. Estoy a tu lado y aun así apenas me creo lo que ven mis ojos. Lo que eso significa.

Porque hoy has vuelto a mí, pero no como yo quería, no de la forma que he soñado todos estos años. Has vuelto a mí de la única manera que jamás pensé que ocurriría, de la peor de todas las formas.

Y no me lo creo. Me niego a creer que el día que por fin te tengo a mi alcance no pueda abrazarte ni volver a probar el sabor de tus labios o tan siquiera verte sonreír. Porque no puede ser verdad, no puedo creer que te hayan separado de mí de esta manera. Porque es injusto. Es tan injusto… Nosotros solo queríamos ser felices juntos. Yo solo quería pasar el resto de mis días a tu lado. Pero no pudo ser, ¿verdad? Tuve que dejarme convencer por ti y hacer lo que mi padre quería, solo “porque es lo mejor para ti”.

Y ahora estoy aquí y lo único en lo que pienso es que fui un estúpido al perderte. Estoy aquí y lo único que deseo es volver atrás para agarrarte y no soltarte hasta que estuviéramos lejos, muy lejos, todo lo lejos posible.

Pero ya no puede ser, porque tú te has ido. Te has ido a un lugar donde ni yo puedo alcanzarte.

¿Por qué has tenido que morir?

Te miro, grabando una vez más tu rostro en mi mente, contrastando tus facciones con las de ese día hace siete años. Y desearía que abrieras los ojos pero sé que no lo harás. Porque aunque me niegue a aceptarlo, sé que no estás dormido. Porque aunque no quiera creerlo, sé que te he perdido. A ti, y contigo a mí mismo.

—Adiós mi amor —te digo mientras miro esos ojos ahora para siempre cerrados—. Espérame allá donde estés.

Capítulo 4: Tempestad

El teléfono empezó a sonar, rompiendo el silencio que había en la habitación. Era un dormitorio de grandes dimensiones, iluminado solamente por los pocos rayos de luz que se colaban a través de la persiana y las cortinas, llegando hasta la cama matrimonial que había en mitad del cuarto.

Un leve quejido se oyó entre las sábanas, seguido por el ruido de estas al moverse. Un brazo salió al exterior y, tanteando en la mesita que había al lado de la cama, agarró el teléfono, descolgando sin siquiera mirar quién le llamaba.

Hello?

—¿Es que ya no sabemos ni llamar por teléfono?

La voz masculina que venía del otro lado de la línea logró que el hombre abriera los ojos, por una parte extrañado y por otra sorprendido al reconocerla.

—¿Toño? —preguntó pasando al español—. ¿Se puede saber para qué me llamas? ¿No sabes qué hora es aquí?

—Pues la verdad es que estoy algo perdido —reconoció jocoso Toño—. ¿Las seis quizás?

—Son las cuatro de la mañana —maldijo el otro, sentándose en la cama tras posar su mirada en los números que podía ver en su despertador.

—Cierto, cierto, seis horas de diferencia. Ya ni me acordaba.

Maldiciendo por lo bajo, el recién despertado se levantó de su cama. Miró a su mujer para constatar que seguía completamente dormida y, al ver que era así, cogió una bata y salió de la habitación.

—¿Y se puede saber para qué me llamas a estas horas? —le interrogó ahogando un gran bostezo—. Y más vale que sea importante.

Las risas que le llegaron desde el otro lado de la línea no hicieron más que aumentar las ganas de colgar que el hombre sufría. Pese a todo, se aguantó. No estaba bien colgar a tu abogado cuando este te llamaba desde el otro lado del mundo. Podría ser importante.

—Acabo de ver el correo y…

—¿Me han demandado? —le cortó, confuso.

—No, no, tranquilo.

—¿Entonces?

—Me ha llegado una invitación tuya. O, mejor dicho, a mi mujer le ha llegado una invitación tuya para no sé qué fiesta de disfraces. ¿Es que ya no sabemos llamar por teléfono que nos mandas la invitación como si fuéramos unos completos desconocidos?

El hombre alzó una ceja extrañado, hasta que al fin el cansancio y el sopor desaparecieron lo suficiente como para que pudiera comprender lo que el otro le decía.

—¿La invitación?

—Sí. La tengo aquí mismo, en mi mano. ¿Quieres que te la lea? —Toño no le dejó contestar y, en vez de eso, empezó a leer—. “A la señora García. Le invito a ir, a usted y su acompañante a la fiesta de disfraces que celebraré con motivo de Halloween este próximo día 31” bla, bla, bla “Atentamente: Gael Agnelli”. Así que a mi mujer y su acompañante, ¿eh? ¿Tanto te costaba ponernos a los dos ya que no te has molestado en llamarnos personalmente?

Ahora fue el turno de Gael de echarse a reír. El hombre no sabía si enfadarse porque su abogado le hubiera despertado a esas horas de la mañana cuando ese era uno de los pocos días que no tenía que madrugar, o reírse por el motivo de la molestia de su amigo. Al final, se decidió por la segunda opción.

—Vamos, Toño, ambos sabemos quién es la que lleva los pantalones en tu casa. ¿O me lo vas a negar?

—En la mía y en la tuya, querido. Porque te recuerdo que no soy el único que teme a mi mujer. ¿O ya no recuerdas lo sucedido en esa fiesta de beneficencia hace dos años?

—Calla, calla. Se me ponen los pelos de punta cada vez que lo recuerdo —confesó Gael, mientras caminaba por el pasillo de su casa.

Con cuidado, el hombre abrió una de las puertas, y, al ver que sus dos hijos menores estaban profundamente dormidos, volvió a cerrarla dirigiéndose ahora a las siguientes, donde dormían otros dos más.

—¿Y para eso me llamas? ¿Para quejarte por la invitación? —le preguntó después de comprobar que todos seguían plácidamente dormidos, dirigiéndose ahora a la cocina—. Porque la verdad, te llamé unas cinco o seis veces al despacho, pero nunca me lo cogías —objetó.

—He estado bastante ocupado estos días. Tengo un juicio muy importante la semana que viene.

—¿Sobre?

—Homicidio.

Gael frunció el ceño, haciendo una mueca de disgusto. Había llegado a la cocina, donde, tras encender la luz, se dirigió hacia uno de los armarios dispuesto a prepararse un café.

—Entonces, ¿necesitas ayuda con la fiesta?

—No. Ya está todo decidido, no te preocupes. Carla se ocupa de ello —añadió refiriéndose a su mujer.

—¿Y cuándo vais a venir? Porque supongo que vendréis todos.

—Hoy es dieciocho, ¿no? Pues iremos sobre el veintisiete o así. Aún tengo cosas que atender aquí y Carla se opone a que los niños falten a clase, ya sabes —añadió encendiendo la cafetera.

—Sí, me lo imagino. ¿Quieres que le diga algo?

Gael pensó la respuesta, sabiendo perfectamente a quién se estaba refiriendo Toño, pero al final, negó.

—No. Prefiero que sea una sorpresa.

—Como quieras. Solo te recuerdo que a tu hijo no le gustan mucho tus sorpresas.

El hombre suspiró, teniendo que darle la razón a su amigo.

—¿Algo que tengas que contarme?

—No demasiado —confesó Toño—. Apenas he recibido llamadas del director, así que no te preocupes.

—¿En serio? —se sorprendió Gael, cogiendo el café y sentándose en la mesa de la cocina—. No me digas que por fin están madurando.

—¡Ja! Ya nos gustaría —se carcajeó el otro—. Son iguales que tú y yo cuando teníamos su edad. Mejor dicho, son peores que tú y yo a su edad —se corrigió el abogado.

Gael asintió, coreando las risas del otro con las suyas propias, recordando algún que otro lío en el que ambos se habían metido cuando eran jóvenes.

—Entonces, ¿qué hago si se entera?

—Dile que voy por culpa del trabajo, para la premier de mi nueva película —respondió, ya que, por una parte, era verdad.

—Como veas. Yo te advierto que cuando tu querido hijito quiera matarte, no pienso detenerle.

—Vamos, vamos, no creo que sea para tanto —desechó el hombre con un gesto.

—Yo ya te aviso, y ya sabes lo que dicen: quien avisa…

—No es traidor. Sí, lo sé.

Iba a añadir algo más, pero, al ver que su amigo estaba hablando con otra persona, tuvo que esperar. Y, tras un par de minutos escuchando las prisas que parecía meterle alguien, Toño volvió a hablarle:

—Bueno, te dejo. Tengo aquí a mi secretaria amenazando con cortarme la línea si no acudo a la reunión de una vez. Nos vemos el jueves, saluda a todos de mi parte.

—Vale, tranquilo. Ya nos vemos.

Así, Gael colgó el teléfono, posándolo a su lado en la mesa. Y, con la mirada posada en la pared de enfrente, se sumió en sus pensamientos, recordando a su segunda mujer y al único hijo que había tenido con ella y al que no veía desde hacía casi un año.

Sonrió. Toño tenía razón: su hijo iba a querer matarle cuando le viera.

 

* * * * *

 

—¿Qué te parece esta?

Con gesto crítico, Daniel miró la muñeca que su amigo le tendía. Estaban en una de las jugueterías que había en el centro comercial, intentando encontrar el regalo perfecto para la hija del director ya que, según Oliver, era quien les había salvado de su castigo, así que no debían escatimar en nada para su regalo.

—¿No la hay más fea? —preguntó.

Oliver miró la muñeca y después al rubio.

—Joder, Dani, es una Barbie cualquiera. ¿No te sirve?

—Si quieres acomplejar a la niña diciéndole que tiene que ser anoréxica, meterse silicona en vena y ser una rubia tonta para atraer a los hombres; sí, me parece perfecta.

—Vale. Miraré otra.

Con un suspiro de cansancio, Oliver dejó la muñeca en la estantería, buscando alguna otra para la niña. Parecía mentira que llevaran allí casi veinte minutos buscando. O, mejor dicho, parecía mentira que él llevase veinte minutos buscando una muñeca y que, cuando la encontraba, su mejor amigo se oponía sacando alguna que otra crítica hacia la muñeca en cuestión. ¿Quién dijo que escoger un regalo para una niña de cuatro años era fácil? Quien fuera, seguro que no conocía a su amigo.

Por su parte, Daniel se apoyó en una de las columnas cercanas. Tenía la mente centrada en otra cosa, así que cuando el pelirrojo siguió con su búsqueda, no se dio cuenta. En vez de ello, simplemente giró la cabeza, viendo pasar a una de las dependientas con una gran caja en las manos.

Aburrido, observó cómo la mujer se detenía al final del pasillo, posaba la caja en el suelo y empezaba a sacar adornos para Halloween. Al instante, un nudo se hizo en el estómago del rubio. Tragó saliva pero, aunque intentó apartar la vista, no lo consiguió.

—¡Dani, te estoy hablando!

Desesperado por un poquito de atención, Oliver chascó los dedos delante de la cara del rubio, trayéndole de vuelta a la realidad. Sorprendido, Daniel le miró, parpadeando un par de veces antes de centrarse.

—¿Decías algo?

—Te estaba preguntando qué te parecía esta —le explicó el pelirrojo mostrándole otra muñeca.

—Como quieras —respondió el rubio sin mirar siquiera la muñeca—. Escoge la que quieras.

La sorpresa de Oliver fue inmensa. El chico no pudo evitar alzar las cejas extrañado al oír la contestación del otro.

—¿La que quiera? ¿No vas a soltarme ninguno de tus comentarios sobre que con esta muñeca querríamos decirle que tiene que ser súper cabezona y vestirse como una auténtica puta para atraer a los chicos? —le preguntó anonadado.

Daniel simplemente se encogió de hombros.

—Si no se la compras tú, se la comprarán otros, así que dará lo mismo. Elige la que más te guste.

Bufando, el pelirrojo dio media vuelta, posando la muñeca en el estante. Maldijo en voz baja, pero, al querer volver a mirar a su amigo, se encontró con que este no le hacía caso.

—¿Qué pasa?

En silencio, el rubio le señaló los adornos con la cabeza.

—Parece que ya los están poniendo, ¿eh? —añadió al estar seguro de que su amigo los había visto.

—Sí, bueno. Ya no queda nada para Halloween. Lo raro sería que no los pusieran ya.

—Sí, tienes razón.

Una sonrisa triste apareció en el rostro del rubio. Su voz salía desganada incluso, mientras no dejaba de observar todos esos adornos de fantasmas, brujas y demás, que la dependiente había colgado antes de irse.

Oliver suspiró. Quería decir algo, animar al rubio de alguna forma, pero sabía que nada de lo que dijera o hiciera serviría para su propósito. Así que, en vez de eso, se volvió hacia el estante, intentando encontrar lo más rápido posible otra muñeca para salir de allí.

Por su parte, Daniel solo pudo centrar su vista en una mujer y su hijo pequeño que se acercaron a la sección de Halloween. Con el nudo de su estómago haciéndose cada vez más y más grande, el rubio pudo ver que el niño le señalaba a su madre un disfraz de fantasma mientras esta sonreía alegre diciéndole algo al pequeño.

Cerró los ojos apretando con fuerza los puños en los que se había convertido sus manos y, cuando no lo soportó más, se volvió hacia el pelirrojo.

—Oliver —le llamó.

El aludido se volvió hacia él, interrogante, algo preocupado por el tono de voz del chico.

—¿Sí?

—Yo… Te espero fuera, ¿vale?

Dicho esto, el rubio descruzó los brazos, empezando a alejarse del pelirrojo. Sin comprender, Oliver volvió a mirar a su izquierda, maldiciendo en silencio al ver a la mujer y a su hijo pequeño alejarse con uno de los disfraces en la mano y comprendiendo al instante lo que estaba sintiendo el rubio.

Oh, sí, se acercaba Halloween. Y con ello, el peor día del año para Daniel.

 

* * * * *

 

—¿Amor? ¿Qué mariconada es esa? Yo solo busco sexo. Sexo, sexo y más sexo. Si el tío folla bien, un “tú tranquilo, te volveré a llamar”. Y si folla de pena, “no te preocupes, prometo que te olvidaré en los próximos cinco segundos”. Esa es mi máxima —aseguró Paolo.

El joven de las mechas azuladas estaba sentado cómodamente en un sofá, con un cigarrillo en su diestra y una cerveza en la zurda. Frente a él, sentado en un sillón, estaba Héctor, quien en ese mismo momento se reía de lo que su amigo acababa de decir.

Ambos estaban en casa del castaño. Eran las tres y cuarto de la tarde y acababan de terminar de comer en ese mismo instante, ya que Paolo había ido allí hacía un par de horas para contarle todo lo relativo a la noche anterior, por mucho que el tema se hubiera desviado hasta esos derroteros.

—Además, aún eres joven como para andar pensando en buscar a alguien para siempre —prosiguió el de las mechas, posando la cerveza en la mesa que había entre ambos después de darle un trago.

—Tengo veinticinco años, Paolo. ¿Cuándo crees que debería empezar a preocuparme por ello y asentar la cabeza? ¿A los cuarenta, quizás?

—No, a los cuarenta no —negó el otro—. Pero quizás a los treinta y nueve estaría bien.

—Eres imposible.

Las risas de los dos jóvenes ahogaron con gran acierto las voces provenientes de la televisión, que estaba puesto en un telediario.

—¿Quieres hacer el favor de dejar de desvariar? —le riñó Héctor, sin dejar de reírse—. Ya casi no distingo cuándo estás loco y cuándo estás cuerdo.

—No hay demasiada diferencia entre mi yo loco y mi yo cuerdo —le rebatió Paolo dando otra calada a su cigarro—. No hay ninguna diferencia —matizó.

—Cierto —asintió Héctor, suspirando—. Y entonces, qué, ¿qué tal el trío?

Paolo sonrió, acomodándose mejor en el sofá. En silencio, dio una nueva calada al cigarrillo, inclinando un poco la cabeza hacia atrás antes de soltar el aire despacio, con Héctor esperando impaciente su respuesta.

—No fue un trío —respondió finalmente.

—¿No fue un trío? —repitió el castaño extrañado—. ¿Cindy al final se arrepintió y no fue?

El chico de las mechas negó con la cabeza, ladeando un poco la cabeza para mirar a su amigo.

—Cindy vino conmigo.

—¿Entonces? ¿Por qué dices que no fue un trío?

—Porque un trío es de tres personas y nosotros éramos cuatro.

La sorpresa fue la primera emoción que inundó el cuerpo del castaño, cuyos ojos y boca estaban abiertos de par en par, centrados en ese momento en el joven que estaba frente a él.

—Espera, espera. ¿Cuatro? ¿Cómo que cuatro? —le interrogó aún si poder creerse lo que acababa de escuchar.

—Cindy, el camarero, su compañero de piso y yo —recitó el chico de las mechas, levantando un dedo por cada persona que nombraba—. Corrígeme si me equivoco, pero creo que eso hacen cuatro personas, ¿cierto?

Con una sonora carcajada, Héctor sacudió la cabeza, incrédulo.

—Vaya bien que os lo montáis.

—Y que lo digas —asintió el menor—. Además, el otro era virgen —añadió relamiéndose los labios al recordarlo.

Héctor soltó una nueva carcajada.

—Podríais haberme llamado.

—¿No dices que estás buscando a alguien para toda la vida? —le recordó pícaro—. Entonces, no debería interesarte unirte a una orgía.

—Sí, claro, ahora intenta excusarte —habló Héctor, lanzándole un cojín.

—¡Eh! —exclamó el moreno enojado—. ¿Se puede saber qué haces? ¿No ves que es esta carita tan linda que tengo la que me da de comer? —se quejó tirándole ahora él el cojín—. ¡Como me hagas daño, te pateo el culo!

Héctor siguió riéndose, atrapando el cojín antes de que le diera y dejándolo caer al suelo.

—Anda, no digas bobadas. Todos sabemos que Roxanne solo te da trabajo porque le das pena, nada más.

—Yo le daré pena, pero al menos no soy el enchufado por ser su sobrino —refutó el moreno en tono bromista.

—Para lo que me sirve. Siempre que le digo que me han contratado como fotógrafo en algún lugar, me suelta que ese mismo día tengo una sesión a la que no puedo faltar —se quejó dando un largo trago a su bebida—. Pero no nos desviemos, aún tienes que contarme. ¿O ni eso vas a hacer?

Paolo sonrió, asintiendo con la cabeza. Y, tras esto, empezó a contarle todo lo sucedido la noche anterior, incluyendo cómo Cynthia había convencido al compañero de piso del camarero para que se les uniera y cómo se había aprovechado de eso.

—Además, he quedado con Christian este sábado de nuevo —añadió al terminar el relato.

—Entonces, ¿no cuento contigo para el sábado?

El menor enarcó una ceja, sin comprender.

—¿Teníamos planes? —preguntó confuso.

—¿No querías ir a mirar los disfraces para Halloween? —preguntó a su vez el castaño—. ¿Llevas dos semanas diciendo lo mismo y ahora te olvidas de ello por completo?

Una bombilla imaginaria se iluminó en la mente de Paolo, quien incluso se golpeó la frente con la palma de la mano al recordar tal detalle.

—Ya ni me acordaba —confesó—. Pero bueno, para eso tenemos toda la tarde, y yo quedé con Christian después de cenar. Tenemos tiempo —aseguró.

Héctor se encogió de hombros, cogiendo su bebida y dándole un nuevo trago, casi terminándola.

—Yo solo te digo que quedan dos semanas para Halloween —le advirtió.

—Que sí, que sí, ya lo sé. Tú tranquilo, ya verás como nos da tiempo a todo. Y por cierto, ahora que me acuerdo, ¿has oído la gran noticia?

—¿La gran noticia? —repitió el castaño extrañado.

Paolo asintió. El joven había acabado por inclinarse hacia su amigo, completamente animado por algo que el mayor no comprendía.

—Gael Agnelli va a venir a la ciudad.

—¿Quién?

—¡Gael Agnelli! ¿No sabes quién es Gael Agnelli? —le interrogó el menor, exasperado, sin entender como su amigo no conocía tal nombre.

Héctor hizo memoria. El nombre le sonaba, pero en ese momento no lo reconocía, así que negó con la cabeza.

—El dos veces ganador del Oscar al mejor actor. Modelo, actor y uno de los hombres más sexys y mejor pagados de todo Hollywood de los últimos años. ¡Mi ídolo! ¡Me hice modelo por él!

—Espera, espera —le interrumpió Héctor, quien ya había caído—. Agnelli… ¿Ese Agnelli? —preguntó incrédulo.

—El mismo.

—¿Y cómo es que va a venir aquí? ¿Y cuándo? —siguió preguntando el castaño, incapaz de creer tal noticia.

—Por Halloween. No sé por qué va a pasar el puente de los difuntos aquí, pero así es. Se lo oí decir a Roxanne el otro día. Además —añadió cada vez más ilusionado—, parece que va a dar una fiesta de disfraces. Por desgracia, solo pueden ir las personas invitadas junto a sus acompañantes.

Paolo chascó la lengua, desanimándose. Por su parte, Héctor miraba al frente pensativo.

—¿Y dices que mi tía sabía lo de la fiesta?

El moreno asintió, explicando que se lo oyó decir mientras Roxanne hablaba con alguien por teléfono.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque creo que ya sé quién puede conseguir que nos inviten —le dijo esbozando una sonrisa, gesto que Paolo imitó a la perfección.

 

* * * * *

 

El jueves, Benji se levantó de la cama con un tremendo dolor de cabeza. Sabiendo lo que le esperaba en clase, estaba tentado en quedarse en casa, pero al final había terminado por levantarse y, tras una ducha rápida y un desayuno casi insignificante, el joven salió de su casa en dirección a la parada del bus.

Vivía a casi media hora a pie del instituto y, aunque no le importaba demasiado tener que ir caminado cuando su madre no podía llevarle o llegaba muy justo al bus, el que llevara lloviendo ya cinco días seguidos fue un gran desencadenante para que se decidiera por el autobús.

Caminando a paso lento y dejándose inundar por las canciones de su grupo de música favorito, Benji no tardó en llegar a la parada, refugiándose en ella hasta que, un par de minutos más tarde, llegó el transporte.

Debido a la hora y al tiempo, el autobús estaba casi lleno, pero el moreno pudo encontrar un sitio libre en el que se sentó cómodamente. Y sabiendo que tardaría entre diez y quince minutos en llegar al instituto, cerró los ojos dispuesto a descansar un poco más.

—Parece que hay sueño, ¿eh?

La voz familiar logró que Benji abriera los ojos. Curioso, giró la cabeza hacia su derecha, descubriendo a quien le había hablado.

—¿Iván? No sabía que cogías este bus.

El joven castaño sonrió. Estaba de pie al lado del moreno, apoyado en una de las barras del autocar para evitar una caída más que segura, con la mochila a sus pies.

—Normalmente o voy andando o cojo el anterior, pero es que hoy me dormí —le explicó encogiéndose de hombros.

—¿Vives cerca?

—Al lado del supermercado de la esquina, ¿y tú?

—Pues en esa misma calle, en el número veintitrés.

—Vaya, si lo hubiéramos sabido, podríamos haber vuelto juntos del instituto todos estos días.

Benji asintió, intentando ahogar el bostezo que le sobrevino sin ningún índice de éxito.

—¿Tú no duermes? ¿O siempre eres así por las mañanas? —le preguntó Iván, esbozando una sonrisa.

—Es que hoy dormí fatal —se explicó el mayor encogiéndose de hombros—. Y teniendo en cuenta que tengo filosofía a primera hora, estoy seguro de que me dormiré en clase.

Las risas del castaño aumentaron, y aprovechando que la mujer que había al lado de su compañero se acababa de levantar para bajarse, el chico se sentó a su lado.

—Yo tengo tutoría, ¿te lo puedes creer? Me hacen madrugar para no hacer nada durante una hora. Aunque bueno, al menos así podré terminar de hacer los deberes de matemáticas —agregó pensativo.

—Vaya, al parecer no soy el único que odia las mates.

—No es eso, es que ayer estuve ocupado terminando un trabajo de historia, así que no pude hacerlos. ¿No os ha mandado nada a vosotros?

Benji negó con la cabeza, diciéndole que lo único que hacían en historia era dejarse la mano cogiendo apuntes a toda prisa.

—¿Por qué? ¿Suele mandar muchos trabajos?

—Demasiados —especificó el castaño con un gesto—. Por eso se me hace tan extraño que no os haya mandado nada aún.

—Bueno, hoy tengo historia a última —recordó Benji, poniendo mala cara—. Ahora solo espero que no nos mande nada.

El menor empezó a reírse, agarrando su mochila al ver que ya se acercaban a su parada. Y nada más que el bus paró, salió de este junto al moreno.

—Ya verás, fijo que os manda algo. Lo veo.

—¿Lo ves? —se rió Benji—. ¿Eres adivino y yo no lo sabía?

—Es que tengo un séptimo sentido para estas cosas —se explicó el otro.

—¿Séptimo? Querrás decir sexto.

—No, no, séptimo —recalcó el chico—. El sexto es la facultad que tengo de hacer de celestino para todos mis amigos y, pese a todo, seguir soltero.

Sin poder evitarlo, Benji siguió riéndose con fuerza, dándole unas ligeras palmaditas en el hombro de su amigo para que viera que se apiadaba de su suerte.

—Pues ya podías buscarme algo a mí —bromeó mientras entraban en el edificio—. Que apenas conozco chicas.

Iván fingió pensarse la oferta, pero luego acabó asintiendo:

—Son cincuenta euros, más diez euros más por pérdida de tiempo en búsqueda y demás —le dijo.

—¿Sesenta euros? ¡Ja! Y yo que creía que lo hacías gratis.

—Solo si tienes una antigüedad de dos años mínimo —recalcó el castaño mostrándole dos dedos de su mano—. Y que sepas que por ser tú, te estoy haciendo una oferta especial.

—¿Ah sí? Pues si ese es tu precio especial, no quiero saber cuál es el normal.

—Veinte euros en total —respondió el otro encogiéndose de hombros.

—¿Qué? ¿Encima me subes el precio? ¡Menudo amigo eres!

Esquivando por los pelos el golpe amistoso del moreno, Iván se internó en uno de los pasillos, directo hacia las taquillas.

—Es que cuando sepan que buscas pareja, fijo que se vuelven todas histéricas —se rió—. Aunque con esto de que Daniel no te deja nunca en paz, igual se creen que eres gay —añadió abriendo su taquilla.

—¿Yo gay? ¡Ja! Antes las ranas criarán pelo.

—Pues qué quieres que te diga, pero yo de pequeño tuve una rana que sí tenía cuatro pelos —comentó pensativo el castaño, solo para hacerle más de rabiar.

—O me traes una foto, o no me lo creo. Y no me valen los arreglitos con el photoshop, que lo sepas.

—¿Y con el paint? —insinuó el otro.

Incapaz de tomarse en serio el tema, Benji negó con la cabeza, sin dejar de reírse, acercándose a su taquilla para dejar los libros que no necesitaba allí. Hecho esto, se volvió hacia su amigo, pero, al ver que la profesora de filosofía se dirigía ya hacia su aula, el moreno no tuvo más opción que despedirse.

—¡Te veo luego en el recreo! —exclamó Iván antes de que el chico se alejara.

Tras quedarse solo, Iván suspiró. Cerró la puerta de su taquilla y, tras colgarse de nuevo la mochila al hombro, se dirigió hacia su clase, encontrándose en el camino con los dos pelirrojos.

—Llegáis tarde, Rosa ya ha ido para clase —les avisó.

—¿En serio? —Asintió—. Bueno, vamos ahora. Por cierto, ¿has visto a Daniel?

Sin dudar ni un instante, Iván negó extrañado.

—No. ¿No vino con vosotros?

—No —respondió la chica—. Hoy no ha venido a buscarnos para venir juntos.

—Se habrá dormido —concluyó el castaño encogiéndose de hombros—. Nos vemos después, ¿vale?

Ambos pelirrojos asintieron, y, acto seguido, los tres se dirigieron a sus respectivas aulas.

 

* * * * *

 

Corriendo como alma que lleva el diablo, Daniel apenas había tenido tiempo de vestirse decentemente antes de salir de su casa en dirección al instituto. El chico se había despertado casi una hora más tarde de la que debería, ¿la razón? No había escuchado el sonido del despertador.

Maldiciendo por lo bajo, el rubio salió a la calle sin coger siquiera un paraguas para refugiarse de la lluvia ni dinero para el bus. Así que, sin más, Daniel tuvo que conformarse con echar a correr, deseando llegar cuanto antes a su destino.

Estaba enfadado, molesto consigo mismo. Se había pasado la mayor parte de la noche en vela por culpa de los malditos recuerdos, por esa maldita fecha que se acercaba: Halloween. Lo odiaba, odiaba esa fecha con toda su alma y lo peor era que cada vez quedaba menos para que ese día llegara.

Bostezó. Teniendo en cuenta que cuando por fin había podido dormirse ya eran más de las seis de la mañana, apenas había dormido un par de horas, así que, por si fuera poco, también estaba agotado.

Esquivando por los pelos a una señora que se le acababa de cruzar, Daniel giró en una de las calles, suspirando aliviado al ver que por fin podía ver el instituto. Sonrió y, sin más, aumentó el ritmo de su carrera, no por las ganas de ir a clase sino para evitar seguir mojándose.

—¡Por fin! —exclamó una vez hubo pasado las verjas y pudo entrar en el edificio.

Estaba empapado, le dolía un costado, tenía la respiración agitada y el corazón le latía a mil pulsaciones por minuto pero, al menos, había conseguido llegar a tiempo para la segunda hora del día (matemáticas, si mal no recordaba), así que, pese a todo, se puso en marcha hacia su aula.

Cogió su mochila, que se le había caído al suelo nada más entrar, y empezó a caminar por el pasillo vacío, pensando en si sería buena idea pasarse primero por el baño para intentar secarse un poco las ropas, o si tendría que dejarlo para después. Además, tenía hambre. Miró la hora. Tenía diez minutos antes de que la primera clase acabara y empezara la segunda; sí, estaba seguro de que le daría tiempo a todo.

—Pero lo primero es lo primero —se dijo acomodándose la mochila al hombro—. Primero a la cafetería, que el estómago no perdona.

Se dio la vuelta, teniendo la mala suerte de chocarse contra otro chico que también había llegado tarde y haciéndoles caer.

—Perdona, no te había visto —se disculpó rápidamente Daniel, haciéndose a un lado, ya que había caído sobre el otro—. Yo…

El rubio se calló al instante al reconocer al chico contra el que había tropezado. A su vez, el joven castaño fijó su fría mirada en el pequeño, pasando de la sorpresa al odio en apenas un instante.

—Vaya, vaya, así que la Niñita ha llegado tarde —comentó levantándose y sacudiéndose las ropas como si quisiera borrar el rastro que Daniel hubiera podido dejar en ellas—. ¿Tan ocupado estabas mamándosela a alguien que se te ha pasado la hora?

—Darío —habló sin más Daniel, sin hacer caso a las palabras del otro.

No podía creer la suerte que tenía. Primero apenas había podido dormir, luego se había despertado tarde, y ahora, después de haberse empapado durante todo el camino, se encontraba con Darío. Daniel estaba seguro de que no podía tener peor suerte.

Frunció el ceño, y sin decir nada más, decidió que lo mejor que podía hacer era alejarse del chico y seguir hasta la cafetería. Pero, antes de que pudiera cumplir con su objetivo, Darío le agarró del brazo, impidiéndole seguir caminando.

—Eh. ¿Se puede saber dónde vas? —le preguntó el castaño.

—Dudo que te interese. Y ahora suéltame.

Daniel intentó desasirse pero el agarre se mantuvo hasta tal punto que, al momento siguiente, Darío le había empujado hacia la pared, cercándole entre su cuerpo y esta.

—¿Primero me empujas haciéndome caer al suelo y ahora pretendes irte de rositas como si no hubiera pasado nada? Pues yo creo que eso no va a ser así.

El rubio entrecerró los ojos. No había dicho nada cuando su espalda golpeó con brusquedad la pared, pero ahora que los dedos del otro se hundían en su brazo, no pudo evitar soltar un siseo de dolor.

¿Que no podía tener peor suerte? ¡Ja! Daniel acababa de descubrir que, cuando todo salía mal, siempre podía ir a peor. Aunque no por eso pensaba dejarse intimidar por el castaño.

—Suéltame.

—No pienso dejar que te vayas sin más, olvídalo.

El dolor que sentía Daniel se intensificó, ya que Darío le agarraba cada vez con más fuerza del brazo. Pese a todo, el menor se obligó a no dejarle ver que le estaba haciendo daño. Cansado y enfadado, el rubio consiguió desasirse cruzándose de brazos antes de enfrentarse al castaño.

—Ya te he pedido perdón, ahora déjame.

Una mueca siniestra se dibujó en el rostro del mayor, quien se inclinó un poco más hacia Daniel, pues le sacaba casi una cabeza de altura.

—¿Crees que me importa que me hayas pedido perdón?

—No. La verdad es que dudo mucho que tu única neurona pueda llegar a procesar tal información —respondió cortante Daniel.

La mano de Darío se movió rápidamente hasta el cuello de la camiseta del rubio, apretándolo con fuerza.

—Será mejor que no te hagas el listillo conmigo si no quieres que te dé una paliza.

—Vaya. Creo que eso fue lo que me dijiste la última vez —recordó Dani esbozando una sonrisilla—. Y me parece que fuiste tú quien recibió.

Furioso, Darío cerró su otra mano, dispuesto a borrarle la sonrisa del rubio de un puñetazo. Pero, en ese mismo momento, el timbre que anunciaba el final de la primera clase empezó a sonar.

Al instante, todas las puertas del pasillo en el que se encontraban los dos jóvenes se abrieron, dejando salir a los distintos alumnos que había en ellas.

—¿Qué pasa, Darío? Ya no pareces tan gallito —se rió Daniel, en una actitud de completa arrogancia. Sabía bien que el otro no haría nada.

Con dagas en los ojos, y profundamente frustrado por su mala suerte, Darío le soltó. Pero, en vez de irse, el castaño se acercó un poco más al rubio, amedrentador.

—No creas que te vas a librar de esta, listillo —le susurró amenazante, poco dispuesto a dejar las cosas así.

—Lo siento, Darío, pero creo que ya te dije que nunca me junto con subnormales.

Dicho esto, Daniel apartó de mala manera al castaño, alejándose petulante en dirección al pasillo de matemáticas, y enfadado porque, gracias al idiota de Darío, no le había dado tiempo a comprar nada para comer.

Por su parte, Darío estampó su puño en la pared, prometiéndose en silencio que las cosas no quedarían así. Pensaba vengarse del rubio sin falta.

 

* * * * *

 

La hora de filosofía se le había hecho eterna a Benji. Era cierto que no se había quedado dormido, pero el hecho de tener que coger apuntes para después hacer algún que otro ejercicio, tampoco le había hecho demasiada gracia al moreno. Por suerte, la clase al fin había acabado, aunque ahora empezara una tortura aún mayor para el moreno: matemáticas.

Con un suspiro resignado, Benji recogió sus cosas y salió de la clase junto a sus compañeros, encaminándose tal y como se tratase de un reo condenado a muerte, al aula donde tendrían su próxima clase.

—¡Hombre! ¡Al fin llegas!

El grito, más que exclamación, de uno de sus compañeros, consiguió que Benji girara un poco la cabeza. Fue así como pudo descubrir que era el pelirrojo quien había hablado y que este se encaminaba, junto a su hermana, hacia el rubio que les esperaba a un par de pasos.

—¿Qué pasa, dormilón? Se te pegaron las sábanas, ¿eh? —bromeó el chico, pasando uno de sus brazos por los hombros del más pequeño.

—No me hables. He tenido un verdadero día de perros. —Escuchó decir al rubio, cruzándose de brazos con gesto serio.

Pasó a su lado, odiando por un instante la camaradería que había entre los tres jóvenes. Una sensación a la que había dejado de lado el día en que se mudó de su ciudad natal y que ahora apenas compartía con una persona. El único amigo que él y el pelirrojo compartían: Iván.

Echaba de menos a sus amigos. Había veces que se encontraba recordando algunas de las muchas tonterías que había hecho con ellos, o algún comentario en cuestión que le seguía sacando una sonrisa. Pero, pese a todo, no se arrepentía de haberse mudado. Había dejado muy buenos momentos atrás, eso no podía negarlo, pero también había dejado recuerdos que no quería recuperar.

Sacudió la cabeza. No quería ponerse a pensar ahora en la que había sido una de las mayores razones que tuvo para no oponerse a la mudanza cuando su madre le habló sobre ello. Dobló una esquina, saludando con la cabeza a uno de los chicos del equipo y, sin más, entró en una de las aulas de matemáticas, sentándose en su asiento habitual en la tercera fila, dispuesto a afrontar otra hora más de su tortura diaria.

—¡Hola!

Alzó la vista, encontrándose de frente con Daniel. El chico estaba con los codos apoyados en su mesa y el rostro en sus manos entrelazadas, dirigiéndole una sonrisa que, más que agradable, el moreno la definiría mejor de lujuriosa.

—¿Hoy también vas a pretender ignorarme? —le preguntó el rubio al ver que no contestaba—. Y yo que venía a echarte una mano con las mates.

—Hola, Daniel —susurró sabiéndose vencido—. No te vi en filosofía.

—Eso fue porque me dormí —respondió el chico con un ademán—. ¿Te importa que me siente aquí? Quiero librarme de las garras de Oliver por un rato.

Benji alzó una ceja, volviendo a centrar su mirada en el rostro del rubio apenas un instante para, acto seguido, volverse hacia su mochila y empezar a sacar las cosas.

—¿Cambiaría en algo tu decisión si te dijera que sí me importa?

—No, lo cierto es que no —confesó Daniel, encogiéndose de hombros.

—Haz lo que quieras.

La sonrisa de Daniel se acentuó y, sin más, el chico posó su mochila en el suelo, sentándose en la mesa que había a la derecha del moreno.

Por su parte, Benji se resignó, suspirando al ver la mirada que el pelirrojo le dirigía al ver que su mejor amigo se sentaba a su lado. A pesar de la advertencia del director, esos dos días que habían transcurrido no habían sido nada tranquilos. Iván, a quien el moreno le había confirmado la historia, ya que el chico se había enterado gracias a Oliver y Daniel; había opinado que lo mejor que podían hacer por ahora era ignorarse entre ellos, algo que Benji ya tenía pensado poner en práctica. Lo malo era que ese tipo de cosas eran fáciles de decir pero muy difíciles de cumplir, más aún cuando todo se ponía en tu contra.

No era que ignorar al pelirrojo fuera un reto difícil, no. Lo complicado era hacerlo cuando te lo encontrabas a todas horas. Pero si había alguna cosa que fuera más complicada que ignorar al pelirrojo esa era, sin lugar a dudas, hacer lo mismo con Daniel. ¿La razón? Que, al parecer, el rubio había encontrado muy entretenido el jugar con él, poniéndole de los nervios al soltar algún que otro comentario de los suyos.

Lo único bueno que Benji había sacado de que Daniel revolotease todo el día a su alrededor era que el chico corregía todos los fallos que cometía mientras hacía los ejercicios de matemáticas. Y, por ello, Benji siempre aprovechaba a hacerlos cuando veía que el rubio se le acercaba.

Por otro lado, Darío y Pablo seguían asegurándole que si tenía cualquier problema con la Nena o la Niñita podía decírselo y ellos le ayudarían. Cuando eso pasaba, Benji solo sonreía, ya que, aunque no soportaba al pelirrojo, también era cierto que pensaba arreglar las cosas por sí mismo, pues era eso lo que acostumbraba a hacer. Además, tenía claro que él solo se bastaba en cualquier pelea contra el chico.

—Y dime, ¿qué tal te ha ido con los límites?

La pregunta de Daniel, susurrada en tono bajo e insinuante a escasos centímetros del rostro del chico, logró sacar a Benji de sus pensamientos.

—¿Te importaría dejar de hacer eso? —le preguntó girándose un poco hacia él—. Vas a conseguir que me dé un ataque.

—No es mi culpa que estés pensando en tus cosas mientras te hablo —respondió el chico enojado—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Pues eso, lo que te pregunté.

El moreno suspiró al saber que, por mucho que refunfuñara, Daniel no le haría ningún caso. Por ello, simplemente abrió su archivador, girándolo un poco hacia el menor.

—No sé. Dímelo tú.

Sonriendo feliz, Daniel centró su vista en las hojas que había ante él, revisando los ejercicios del otro y comparando sus respuestas con las suyas.

—Parece que le vas pillando el tranquillo —le alabó al cabo de un minuto—. Me pregunto si aprenderás igual de rápido otras cosas.

Un ligero sonrojo adornó las mejillas al entender el doble sentido que el rubio le había dado a la frase. Pensó en mandarle callar, pero, sabiendo que no lograría nada con ello, simplemente recogió su archivador y centró su mirada en su profesor cuando le vio entrar en el aula.

—Ya empieza la tortura.

 

* * * * *

 

—Son idiotas —exclamaron a coro dos voces de mujer que eran, además, prácticamente iguales.

—Sí. Y lo peor será cuando lo descubra. Porque estoy segura de que lo hará tarde o temprano —continuó una tercera, con una voz suave y tranquila que contrastaba enormemente con las otras—. ¿Y tú cómo te enteraste?

—Me topé con la invitación y después se lo sonsaqué todo a mi madre —respondió Natalia enojada—. ¿A vosotras no os ha llegado nada?

Las cuatro chicas caminaban por uno de los pasillos del centro, en dirección a la cafetería. El recreo había comenzado hacía escasos minutos, pero, aun así, Oliver y Daniel habían decidido adelantarse antes de que al rubio le diera por volverse Hannibal Lecter.

—Creo que mi madre me dijo algo sobre una fiesta, pero no le hice demasiado caso —confesó Ainoa encogiéndose de hombros.

—Nosotras lo vimos ayer por la noche —contestó Marta.

—Y ya hemos estado pensando en los disfraces —continuó su gemela, María, con una sonrisa de oreja a oreja.

—A saber qué habéis pensado —murmuró la morena negando con la cabeza.

—Pues algo que seguro te gustará —objetó Marta, sacándole la lengua—. Eso sí, tenemos que tomaros medidas. Los trajes deben estar hechos a medida.

Ainoa suspiró. Sabía que, por más que se opusiese a los planes de sus amigas, estas no la dejarían hasta que se rindiera. Además, parecía que Natalia no había tardado demasiado en ponerse del lado de las gemelas. Tres contra una, veía difícil salir vencedora.

—Vale —aceptó—. Pero ni se os ocurra pensar que pienso ponerme otro disfraz como el del año pasado —agregó señalándolas.

—¡Pero por qué! ¡Si estabas monísima vestida de cabaret!

La mirada fulminante de Ainoa, logró hacer que la chica se callara.

—Este año hemos pensado en algo más tétrico para ti —se apresuró a aclarar la otra gemela, haciendo un ademán con la mano—. ¿Qué te parece Lydia Deetz de Beetlejuice? O sino, también habíamos pensado en Miércoles, de La familia Addams.

—Y para Natalia habíamos pensado en Sally de Pesadilla antes de navidad. ¿Qué os parece?

Casi al instante, Ainoa y Natalia cruzaron una mirada entre ellas, volviéndose acto seguido hacia las gemelas.

—Vale, ¿quiénes sois y qué habéis hecho con Marta y María? —les interrogó la pelirroja, posando sus manos en la cadera y mirándolas fijamente.

Las gemelas se miraron, sin comprender.

—¿Qué pasa con eso de “la vida es toda color de rosa” y lo de “a nosotras no nos gustan esas series tan raras que tú ves”? —continuó Ainoa, imitando la voz de las rubias al hablar.

—¡Es Halloween! ¡El día para echar una cana al aire! —exclamó Marta completamente feliz.

—Lo importante es disfrazarnos de algo que de miedo y pasárnoslo bien. Otro día ya volveremos a ser las de siempre —asintió su hermana.

—¡Sí! Y ahora vamos, tengo hambre y además, aún tengo que acabar con la traducción de latín o sino, la profesora me matará.

Y, sin más, las cuatro chicas volvieron a ponerse en marcha, directas hacia la cafetería.

 

* * * * *

 

—Bueno, tú ya sabes que nos tienes aquí si nos necesitas —habló Darío, refiriéndose al altercado con el pelirrojo.

—Que sí, que sí, tranquilos que ya lo sé —les dijo Benji, haciendo un ademán con la mano.

Los dos jóvenes estaban sentados en una de las mesas de la cafetería junto a Pablo e Iván. Las dos horas anteriores habían pasado bastante rápidas para gran alegría del moreno, que, además, se había librado de la riña de su profesor gracias a la ayuda de Daniel con unos ejercicios que les había mandado hacer en clase. Y, tras esto y la clase de lenguaje, Benji se había visto libre del rubio, quien se había alejado junto a su amigo nada más tocar el timbre del recreo.

—Y qué, ¿tenéis algún plan para este Halloween? —preguntó el moreno, intentando que sus compañeros cambiaran de tema, sobre todo al notar la incomodidad de Iván.

—Pues habíamos pensado en quedar todos e irnos de fiesta por ahí —le comentó Pablo—. Ya sabes, bar, fiesta, chicas… ¿Te apuntas, cierto?

—¿Pero disfrazados o sin disfrazar? —aventuró Benji antes de decir nada.

—Como queráis, a mí me da lo mismo —respondió el otro encogiéndose de hombros.

—¿Y tú, Iván? ¿Tú también te apuntas?

El aludido se volvió hacia Benji, pensativo. Pero, antes de que pudiera decir nada, una joven pelirroja a la que Benji pudo reconocer como la hermana de Oliver, se acercó a la mesa, deteniéndose al lado de Iván.

El gesto de la chica logró atraer las miradas de los cuatro chicos que estaban allí, tres de ellos sorprendidos y el cuarto extrañado.

—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí, Pablo: la princesita ha abandonado a sus dos niñitas para acercarse a la cueva del lobo feroz —se burló Darío mirando fijamente a la pelirroja.

Al oír la mención a su hermano y su mejor amigo, Natalia solamente suspiró, tragándose las ganas de darle un puñetazo al gilipollas que le había hablado y al otro que le reía las gracias. Pese a todo, no se quedó callada:

—Hola, Darío. Dime, ¿ya has superado tu miedo a los payasos o aún sigues meándote en la cama como un niño pequeño?

Las risas de los dos jóvenes cesaron al instante. Por otra parte, Iván tuvo que aguantarse las ganas de lanzar una enorme carcajada para, acto seguido, volverse hacia su amiga cuando esta le habló:

—Iván, ¿puedes venir conmigo un momento? Tengo que contarte algo.

—Y supongo que será sobre la invitación que me ha llegado ayer, ¿verdad?

Con una sola mirada, Natalia pareció decirle que no pensaba responderle, no hasta que estuvieran solos; así que el castaño simplemente recogió sus cosas, se puso en pie y, tras despedirse de Benji, se alejó junto a ella.

Benji los vio irse, pero tuvo que volver a centrarse en sus amigos cuando estos empezaron a hablar, murmurando algo sobre la pelirroja.

—¿Pasa algo? —les preguntó.

—Nada —respondió Darío negando con la cabeza—. Entonces qué, ¿te apetece salir con nosotros en Halloween?

—Con tal de no tener que disfrazarme, porque no sé qué puedo ponerme, no hay problema —aceptó el moreno.

—¿Cómo que no sabes qué ponerte? —clamó Pablo, empezando a reírse—. ¡Si es lo más simple del mundo!

—Pues ya ves, soy nulo para esas cosas —trató de excusarse el otro, encogiéndose de hombros.

—Vamos, ahora me dirás que no tienes alguna sábana vieja por casa para poder hacerle un par de agujeros e ir de fantasma. O ropa negra, una capa y colmillos de pega para vampiro o algo así. Tampoco hace falta que te compres uno.

—Vale, vale, buscaré algo —se rindió Benji, alzando un poco las manos—. ¿Y tú de qué vas a ir?

—Ni idea. Aún no lo he pensado. ¿Y tú, Darío?

Pablo se volvió hacia el lugar donde tendría que estar su amigo. Sin embargo, allí no había nadie sentado.

—¿Tú le has visto irse?

—No. Pero supongo que volverá pronto.

 

* * * * *

 

—¡Tengo sueño! —exclamó Daniel, apoyando la cabeza en los brazos que tenía sobre la mesa de la cafetería.

—Quién lo diría. ¿No llegaste tarde por dormir más de la cuenta? —le preguntó el pelirrojo con una sonrisa maliciosa en el rostro—. No tendrías que tener sueño.

—Me dormí a las seis o así —se quejó el rubio, moviendo la cabeza para deshacerse de la mano de su amigo, que en ese momento se afanaba en revolverle el pelo.

—¿Y eso? ¿Con quién estuviste anoche, pillín?

—Con nadie, capullo. ¿Tú qué te crees, que me paso el día acostándome con la gente o qué?

—Hombre, el día no, pero la noche…

Ni el puñetazo ni la mala mirada de Daniel lograron acallar las risas del pelirrojo. Lo que sí lo logró fueron los susurros con los que las gemelas hablaban entre ellas, tal y como si estuvieran urdiendo una conspiración.

—¿Y vosotras qué tramáis? —les preguntó intentando echar una rápida ojeada al papel que María tenía delante.

Marta y María olvidaron lo que estaban haciendo para volverse hacia los dos chicos, esbozando una sonrisa que, aunque no casaba con su aspecto de niñitas desvalidas, sí provocaba un profundo temor y respeto a todo aquel que la veía.

—Ya lo verás —tarareó una de ellas, dándole la vuelta al papel para que el pelirrojo no pudiera mirarlo.

—No se ve hasta que esté todo planeado —agregó la otra con un tono que no admitía réplica.

Intrigado, Daniel alzó un poco la cabeza, mirando a sus dos amigas mientras trataba de ahogar un bostezo. Luego, al ver que no iban a sacar nada de ellas, se volvió hacia Ainoa, que en ese momento estaba hablando con Raúl.

—¿Tú sabes qué se proponen?

La chica asintió, ya resignada a los planes de las dos rubias.

—Están pensando en los disfraces para este Halloween —contestó, provocando los gritos de protesta de las otras dos.

—¡Noa! ¡Se supone que era una sorpresa! —exclamaron las gemelas a la vez, enojadas.

—¿Qué más da que lo sepa? Si queréis hacernos el disfraz a todos, vais a tener que tomarnos medidas, así que no importa mucho que lo sepamos —contestó la joven sin alterar el tono de su voz—. Otra cosa es que nos digáis de qué se supone que tenemos que disfrazarnos.

—¡Yo quiero ir de vampiro! —clamó de pronto el pelirrojo, completamente entusiasmado por la idea.

Al instante, las miradas de las gemelas pasaron de Ainoa para centrarse en Oliver, completamente serias.

—¡No!

—¿Cómo que no? ¿Por qué no puedo ir de vampiro?

—Porque ya tenemos un disfraz para ti y no es de vampiro —respondió María cortante, a lo que su hermana asintió—. Tú y Raúl iréis de pareja con Natalia.

—¿Y de que va Natalia? —intervino Raúl, intrigado por el disfraz de su novia si así podía descubrir algo sobre su propio disfraz.

—Ella va de…

Las manos de las dos rubias lograron tapar la boca de Ainoa antes de que pudiera terminar de hablar.

—No se dice. Puede que vosotras lo sepáis, pero para ellos será una sorpresa —habló Marta.

Oliver miró a las tres jóvenes que tenía delante, suspirando al saber que ni el mejor torturador de todos les sacaría una respuesta.

—Vale, está bien. Yo no pregunto, pero ¿y Daniel? ¿Ya tenéis disfraz para él?

El aludido, que se había quedado completamente callado al oír la palabra “Halloween”, vio como de pronto las miradas de sus compañeros de mesa se fijaban en él, estudiándole con la mirada y haciéndole sentir como si fuera un verdadero conejillo de indias.

—Ni se os ocurra —les advirtió señalándolas—. Ya sabéis que yo no me disfrazo.

—¿Cómo que no? Venga, Dani, no nos puedes abandonar así —intentó hacerle cambiar de opinión Marta—. ¡No puedes ser el único que salga sin disfraz!

—¿Y quién ha dicho que vaya a salir? —replicó el otro, firme—. No pienso salir, así que no hace falta que contéis conmigo. Vengo ahora.

Y, dicho esto, el rubio se levantó de la mesa, alejándose de esta. Los cinco jóvenes le miraron y, aunque Marta y María parecían contrariadas e incluso tristes por la noticia, pronto su rostro cambió radicalmente.

—Oliver, bonito, ¿a que eres capaz de convencer a Daniel para que nos deje disfrazarle?

El pelirrojo las miró pensativo, aunque no tardó demasiado en asentir.

—Pero solo si me decís cuál es mi disfraz.

Sin borrar la sonrisa de su rostro, María le dio vuelta a la hoja en el que tenía dibujado el boceto. Se lo enseñó.

—¡¿Qué?! ¡Pero si esto no da miedo! —exclamó Oliver nada más ver el dibujo—. ¿Se puede saber de qué va mi hermana?

—De Sally.

—¿Y por qué no voy yo de Jack? Es su pareja, ¿no?

—Justamente por eso Raúl irá de Jack —explicó Marta con el mismo tono que una madre le explica las cosas a su hijo pequeño.

Raúl esbozó una sonrisa, tratando de aguantarse las ganas de echarse a reír al ver el disfraz de su cuñado.

—¡No es justo! —gritaba este, completamente enojado—. ¡Yo quiero ir de Jack! ¡No puedo ir de eso! ¡No da miedo!

—¡Pero si tiene una calabaza en la nariz! —trató de hacerle ver María—. Ya verás, vas a estar muy mono vestido así.

—Halloween es para dar miedo, no para estar mono —replicó el chico mordaz, escuchando las risas de Ainoa y Raúl a su lado—. ¡Y Zero no da miedo!

—Vale. Te cambiaremos el disfraz.

 

* * * * *

 

Con paso rápido y decidido, Daniel salió de la cafetería internándose en uno de los primeros pasillos del instituto. La conversación de sus amigos aún seguía presente en su mente y, por más que se hubiera negado totalmente, Daniel sabía que Marta y María no pararían hasta que cediera y las dejara disfrazarle. Pero no las temía, después de todo, nadie le ganaba a cabezonería.

Bostezó. No mentía cuando decía que estaba cansado. Y lo peor era que aún le quedaban tres horas de clase: educación física, economía e historia. Lo que bien significaban el pasarse una hora corriendo y haciendo ejercicios varios, para después, dos horas más de completo tedio. Desde luego, quien hubiera hecho los horarios, se había divertido mucho jodiendo a los alumnos.

—Vaya, vaya, parece que nos volvemos a ver.

La voz prepotente y burlona de Darío logró que Daniel se detuviera un instante, mirando al chico. Darío estaba apoyado en una de las paredes, a un par de pasos, y le miraba fijamente desde allí con una sonrisa siniestra en el rostro y los brazos cruzados.

Daniel bufó. No tenía ninguna gana de seguir con la discusión que el castaño y él habían dejado a medias antes, pero sabía demasiado bien que el otro no le dejaría irse así como así.

Y así fue. Aprovechando que no había nadie cerca, Darío se acercó al menor, descruzando los brazos y adoptando una pose bravucona y amedrentadora.

—¿Qué ocurre, Niñita? Parece que ya no estás tan gallito como antes. ¿Acaso te asusta vértelas solo contra el lobo feroz?

—Primero tendría que haber un lobo feroz, ¿no crees?

La sonrisa de Darío se acentuó al escuchar la réplica del otro, sin embargo, era un gesto tirante que no ocultaba para nada lo que en verdad pensaba. Se acercó al rubio, quedando a menos de un palmo del chico.

—¡Oh! Así que caperucita roja no le tiene miedo al lobo feroz —susurró posando solo un dedo en la camiseta roja de Daniel—. ¿Debería recordarte que el lobo se come a caperucita?

Dani retrocedió un paso, no asustado por las palabras, las acciones o el tono del otro chico, sino cansado de tanta palabrería.

—Déjame en paz, ¿quieres? Tengo prisa —le dijo tratando de pasar a su lado.

Tal y como le había sucedido esa misma mañana, Darío le agarró del brazo, impidiendo que se alejara y empujándole hacia la pared. Daniel cerró los ojos por el golpe, resistiéndose al impulso de llevarse una mano a la cabeza donde se había golpeado.

—Así que la Niñita tiene prisa. ¿Qué pasa, has quedado con alguien para follar?

—Sí. Con tu hermano. Después de todo, hace bastante que no le veo. Un par de meses si mal no recuerdo —agregó el menor esbozando una sonrisa.

El odio y la ira de Darío aumentaron como la espuma en el mismo momento en el que las palabras de Daniel le recordaron lo sucedido entre su hermano mayor y este. Furioso, el chico se acercó aún más a su presa, agarrándole con fuerza por el cuello de la camiseta para acercarle aún más a él.

—Deja a mi hermano en paz, ¿me has oído, marica?

—Ten cuidado Darío. Quizás si te ven hablando tan de cerca conmigo se crean que eres gay y me estás pidiendo de salir —siseó el rubio sin apartar la mirada de los ojos del castaño, desafiante.

El aludido volvió a empujar a Daniel contra la pared. Estaba furioso, muy furioso, y la mirada desafiante y la sonrisa de victoria que había en el rostro del menor no hacían más que aumentar su ira. Quería hacer desaparecer ambas cosas y la verdad era que pensaba hacerlo.

—Lo único que verán es cómo te parto la cara, nada más.

—¿Seguro? Y yo que creía que te me habías acercado para decirme que quieres unirte a tu hermano y a mí la próxima vez que lo hagamos. Dime una cosa —añadió con malicia—, ¿qué fue peor, descubrir que tu hermano fuera gay o que fuese yo quien se lo estaba tirando?

El puño de Darío se hundió en el vientre de Daniel, que se dobló hacia delante, falto de aire por el golpe. Por su parte, Darío agarró del pelo al menor y, victorioso, habló:

—Al menos yo no voy mendigando el amor de nadie porque la puta de mi madre me abandonó justo después de parirme.

El posible dolor que le hubiera causado el golpe cayó totalmente en el olvido nada más que el rubio escuchó esa referencia a su madre.

Más furioso de lo que nunca había estado, Daniel se apartó del otro, alzando su puño cerrado y asestándole un puñetazo en la nariz al castaño.

—¡Retira eso! —le gritó acercándose al chico cuando este dio un paso atrás por la inercia.

Darío, que se había llevado una mano a la nariz, simplemente sonrió desafiante, enfrentándose al rubio.

—¿Qué pasa, marica? ¿Vas a decirme que mis palabras no son ciertas? —le acusó—. ¿Que tu madre no era una puta que te abandonó a la primera de cambio?

—¡Cállate! ¡No te atrevas a hablar de mi madre, cabrón!

Daniel intentó darle otro puñetazo, pero Darío fue más rápido esta vez y detuvo el golpe con una de sus manos. Acto seguido, no dudó en tirar un poco del rubio para darle un rodillazo en el estómago.

—Duele, ¿verdad? —se rió al verle doblarse a la mitad—. ¡Ja! No me extraña que seas una autentica puta, el oficio te viene de familia.

Con un grito de ira, Daniel se abalanzó sobre Darío, logrando tirarle al suelo y quedar sobre él, aprovechando la situación para empezar a golpearle.

—¡Retira eso! —le gritó, sin dejar de pegarle y sin importarle que ya hubiese un corrillo de gente a su alrededor, observándoles.

En ese momento, dos brazos le agarraron por la cintura, obligándole a separarse de Darío. Nada más sentirlos, Daniel se revolvió para intentar soltarse, pero los brazos le sujetaban con fuerza, así que el rubio no pudo hacer nada cuando su mejor amigo se lo cargó al hombro, alejándole de allí.

—¡Suéltame! ¡Oliver, suéltame! —gritaba furioso Daniel.

—Ni loco —le respondió este, serio.

Por otra parte, Darío consiguió sentarse en el suelo con la ayuda de Pablo y Benji, que también se habían acercado después de que uno de los alumnos entrara en la cafetería diciendo que había pelea en uno de los pasillos.

El castaño estaba sangrando por la nariz y el labio, pero eso no le impidió esbozar una sonrisa de victoria, centrando su mirada en el rubio y dirigiéndole unas últimas palabras:

—¡No eres más que el hijo de una puta! —le gritó sabiendo que todo el mundo le oía perfectamente—. ¡Un niñato al que ni su propia madre quiso y al que abandonó nada más parir para que muriera! ¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!

 

* * * * *

 

—¿Que queréis qué?

La pregunta, más bien grito, de la mujer logró que los dos jóvenes se amilanaran e incluso que retrocedieran un paso. La mujer, de nombre Roxanne, tenía los brazos posados en su cadera y estaba ligeramente inclinada hacia los dos veinteañeros que se habían acercado aprovechando el descanso en la sesión fotográfica. Al igual que su sobrino, la mujer tenía el cabello castaño casi negro, y ese día lo llevaba recogido en una coleta para que no le molestase. Sus ojos, ocultos tras unas gafas de diseño, eran de color verde brillante, y en ese momento estaban fijos en su sobrino y el mejor amigo de este, quien, inconscientemente, se había ocultado tras Héctor.

—Que nos consigas una entrada para la fiesta de Gael Agnelli —repitió Héctor por segunda vez, soportando la dura mirada de su tía—. Sabemos que estás invitada.

—¿Estáis locos? —exclamó la mujer, a la que aún no se le había pasado la sorpresa—. Además, ¿dónde habéis escuchado tal cosa?

—Te oí comentarlo el otro día mientras hablabas por teléfono —confesó Paolo—. Venga, Roxie, piensa que si consigues que entremos, podremos alzar nuestra carrera con toda esa gente que estará allí.

Roxanne alzó una mano, consiguiendo con ello que el chico de las mechas se callara al instante.

—Lo primero, no me llames Roxie, Paolo, ya te lo he dicho cientos de veces. Lo segundo —continuó antes de que el otro abriera siquiera la boca para disculparse—, esa fiesta es de etiqueta y van a acudir a ella muchísimas personas importantes como empresarios, modelos, actores y demás. Lo tercero, no soy yo quien manda las invitaciones y, aunque no niego que sería una buena oportunidad para vuestra carrera, si acepto tendría que conseguir dos invitaciones, una para vosotros, y otra para Cynthia y Martín, y eso sí lo veo imposible.

—No hace falta que te preocupes por mí —intervino entonces Martín, que se había acercado con una botella de agua en la mano.

La mirada de los tres se posó en el joven, interrogantes.

—Esa semana voy a estar en Londres, ¿recuerdas? Así que aunque quisiera, no puedo cancelar el contrato para acudir a la fiesta.

—Cierto —habló la mujer al recordarlo—. ¿Y tú Cynthia? ¿Tienes algo que deba recordar?

La rubia, que estaba sentada en el sofá que habían usado para las fotografías, meditó durante unos instantes la respuesta, negando finalmente con la cabeza:

—Salvo este trabajo contigo, estoy libre hasta el día cinco. Así que, si puede ser, cuenta conmigo para esa fiesta —añadió ladeando un poco la cabeza y sonriendo angelicalmente—. Después de todo, alguien tendrá que ayudarte a controlar a esos dos diablillos.

Los “diablillos” en cuestión se volvieron para mirar a la rubia, el castaño mirándola con una ceja arqueada y el de las mechas murmurando algo sobre que ella se portaba mucho peor que él y que eso era un hecho innegable. Roxanne, por su parte, suspiró, volviéndose acto seguido hacia su sobrino:

—Tienes suerte de que a tu tío no le gusten este tipo de fiestas —le dijo señalándole casi como si le estuviera regañando. Héctor sonrió.

—Entonces, ¿podrás hacerlo?

—No sé si podré conseguir otra invitación para vosotros, pero de momento, yo no tengo acompañante —respondió la mujer encogiéndose de hombros.

Al instante, tres pares de brazos la rodearon, llegando a darle incluso un par de besos en la mejilla a causa de la felicidad.

—Vale, vale, ya está bien —trató de apartarles la mujer, empujando a los tres veinteañeros—. Y yo que creía que podría ir con el amante —bromeó chasqueando la lengua.

—Bueno, para amante me tienes a mí, ¿no? —le siguió la broma Paolo, recibiendo al momento dos collejas, una de la propia mujer y otra del sobrino de esta—. ¡Eh! ¡Que eso duele!

—Y más te va a doler como sigas diciendo cosas así —le advirtió Héctor entre risas.

—Bueno, vale, se acabó el descanso. ¡Todo el mundo a sus puestos! —exclamó Roxanne, dando un par de palmadas y recuperando su autoridad—. ¡Cynthia, Héctor, cambiaos de ropa! ¡Martín, quítate esa camisa! ¡Paolo, tú vete a maquillaje a ver si podemos hacer algo con esas marcas! ¡Venga, chicos, quiero terminar con esto esta tarde y no estoy viendo ningún progreso!

Las risas y las bromas desaparecieron en el momento en el que todos se pusieron a cumplir las órdenes de Roxanne. Y, sin más, el ambiente volvió a ser el mismo de siempre.

 

* * * * *

 

—¡Suéltame! ¡Oliver, suéltame ahora mismo! —seguía gritando Daniel, golpeando al otro en la espalda, dado que era el único sitio que le quedaba a mano.

El pelirrojo, por su parte, siguió caminando en silencio, alejándose del lugar del altercado con rapidez. Sabía que si permanecía un segundo más escuchando los gritos de Darío, él mismo daría media vuelta y le cerraría la boca de un golpe.

Por fin, tras subir un piso y entrar en una de las aulas del edificio, Oliver dejó a Daniel en el suelo, aunque no por ello dudó en interponerse entre su amigo y la puerta. Al ver el gesto del mayor, Daniel le miró furioso, con los brazos tensos y los puños fuertemente cerrados.

—Aparta —le dijo.

—No.

—¿No? ¡Te he dicho que te apartes! ¡Oliver, joder, aparta de una vez!

—¿Para qué? ¿Para que vuelvas a por ese cabrón y partirle la cara?

—¡Para que pueda seguir con lo que estaba haciendo antes de que me sacaras de allí! —le gritó el chico disminuyendo la distancia que había entre ambos—. ¿Se puede saber por qué lo hiciste?

—Porque no vale la pena y tú lo sabes —respondió.

—¿Que no vale la pena? ¿No has oído lo que ha dicho? Pero claro, cómo no, yo tengo que aguantar cuando os peleáis por cualquier comentario idiota pero ahora tengo que quedarme con las ganas de partirle la cara a ese hijo de puta, y todo porque el “gran” Oliver dice que no vale la pena —ironizó de malos modos.

Oliver bajó la mirada. Sabía que su amigo estaba furioso y que por eso lo estaba pagando con él, pero tampoco pensaba quedarse callado:

—Acabo de salvarte el culo —le dijo tratando de conservar la calma y, lo más importante, hablar con un tono de voz tranquilo—. ¿O crees que los profesores no se van a enterar de lo que ha sucedido? Pueden expulsarte varios días por esto, Daniel —intentó hacerle ver.

—¿Y? ¡Me importa una mierda que me expulsen si puedo cerrarle la boca!

—¡Quieres dejar de decir tonterías de una vez! —saltó Oliver a su vez, agarrando del brazo al rubio para evitar que se alejara—. ¿Qué más da lo que digan de tu madre? ¡Ellos no saben nada! Y, además, ¿crees que a ella le agradaría saber que acabas de pelearte por una gilipollez como esa?

El puño de Daniel se estrelló contra la nariz del pelirrojo, quien no pudo evitar el golpe al no haberlo previsto. Maldiciendo, Oliver soltó el brazo del rubio, llevándose la mano a la nariz.

—¡Joder! —masculló dolorido, notando unas motas de sangre en su mano.

—No vuelvas a hablar de mi madre, Oliver.

La mirada del menor destilaba un profundo odio, tanto que el pelirrojo no pudo evitar tragar saliva asustado. Nunca había visto tan furioso a su amigo.

—Daniel… Lo siento, yo no…

—Ni siquiera a ti te permito hablar de ella —continuó el rubio haciendo caso omiso a sus palabras.

Oliver dio un paso hacia él, pero el rubio se alejó de su lado.

—Dani, en serio, no quería decir eso. Lo siento, en serio. Yo no…

—Vete a la mierda, Oliver.

—¿Daniel?

El aludido no le hizo caso y, en vez de eso, pasó a su lado, empezando a alejarse de él. Al verlo, Oliver fue tras él pero, cuando el chico esquivó su brazo y empezó a correr, se detuvo sabiendo que daba igual lo que dijera o hiciera. Acababa de meter la pata hasta el fondo.

 

* * * * *

 

A pesar de que cuando los profesores llegaron al pasillo no había ningún alumno allí, la noticia de la pelea y, más importante aún, la razón de esta y las últimas palabras de Darío, estaban ya en boca de todos; tanto de los que se las creían, como de los que decían que solo eran mentiras del jugador o los que no sabían qué opinar.

Los alumnos hablaban entre ellos, comentando esa última revelación que habían escuchado y comparándolo con los rumores que corrían sobre el chico en cuestión y, sobre todo, sobre sus padres.

En los cinco minutos que habían transcurrido desde el altercado, Benji había podido escuchar tantas historias sobre el chico que apenas podía distinguir cuál era cierta y cuál no. Así, muchos de los compañeros del chico hablaban con sus amigos sobre que nunca habían visto a los padres del rubio, ni siquiera cuando este llegó al instituto hacía ya unos años. El comentario de Darío había traído a coalición los antiguos rumores que corrían sobre el rubio. Rumores como el que decía que Daniel era el hijo de un mafioso y que esa era la razón por la que al chico, años atrás, siempre le recogía un hombre mayor vestido de esmoquin. Había otros, por supuesto, como ese de la madre prostituta que Darío había gritado en mitad del instituto. Pero, pese a todo, nadie podía confirmar nada y todo el mundo sabía que los que sí podían confirmar las historias, como era el caso de los amigos del rubio, nunca dirían nada.

Y, por ello, los rumores sobre Daniel se extendían como el fuego sobre la paja seca, contagiando a todos por igual y logrando que en el instituto no se hablase de otra cosa.

Benji suspiró. Acababa de escuchar una de esas historias y, a decir verdad, al chico más le había parecido un excelente guión para una película de ciencia ficción que el resumen de la vida de uno de sus compañeros. Al final, y más para evitar seguir escuchando siempre lo mismo, decidió que podía tomarse un respiro subiendo a la azotea del edificio.

De esa forma, el moreno ascendió los tres pisos que le separaban de su destino, esbozando una leve sonrisa al ver que la puerta no estaba cerrada con llave. Abrió la puerta, saliendo a la azotea y allegando la puerta luego, dándose la vuelta y descubriendo con sorpresa que, al contrario de lo que había creído en un principio, no estaba solo.

Sentado en el suelo, con las piernas sacadas por el espacio entre los barrotes de la valla que había, y fumándose tranquilamente un cigarrillo mientras miraba hacia abajo, estaba Iván.

—Vaya, y yo que creía que estaría solo aquí arriba —habló el chico acercándose a su amigo.

Al oírle, Iván giró un poco la cabeza, centrando su mirada en el moreno.

—Bueno, yo creía que estarías con Darío y Pablo —le dijo encogiéndose de hombros.

—Están en la enfermería. Daniel le rompió la nariz a Darío, así que ha tenido que ir allí. ¿Puedo?

Iván asintió, viéndole sentarse a su lado, apoyando la espalda en la valla.

—¿Cómo es que estás aquí? —le preguntó curioso aunque no quisiese.

El castaño alzó una ceja. Benji estaba seguro de que, a pesar de su aspecto de no haber entendido nada, el chico había comprendido su pregunta perfectamente; pero, a pesar de todo, se explicó:

—Creí que estarías con Daniel.

—¿Y por qué tendría que estar con él? —le interrogó el mayor, dándole una calada a su cigarro.

—Bueno, eres su amigo, ¿no? Se supone que eso es lo que hacen los amigos —trató de explicarse Benji, algo confundido por el tono hosco del otro.

—Sí, soy su amigo —le confirmó el chico, asintiendo nuevamente—. Pero también sé que si ni Oliver ha podido calmarle, menos voy a poder hacer yo. ¿Y tú, qué haces aquí?

—Creí que sería un buen sitio para escaparme —confesó el moreno encogiéndose de hombros—. Abajo no dejan de hablar todos de lo mismo.

—Sí, me lo supongo. Seguro que estarán todos recordando todos esos rumores que hay. Como ese del padre mafioso —apuntó el joven, llevándose el cigarro a la boca—. O ese al que solo le falta por añadir las bicicletas voladoras de la película de E.T. —añadió lanzando una leve carcajada vacía de toda gracia.

—¿Y?

—¿Y? —repitió el castaño, volviéndose hacia él para mirarle interrogante.

—Bueno, ya sabes, si alguno de ellos es cierto —se explicó, curioso.

Iván le miró perplejo, ya que, a pesar de todo, no creía que el moreno le preguntara por la vida de su amigo. Pero, por otra parte, comprendía la razón de su pregunta. Benji seguía siendo el chico nuevo y en el instituto, ahora mismo, no se hablaba de otra cosa. Suspiró.

—¿Por qué debería decírtelo? —habló desviando la mirada hacia el frente—. Tú no eres su amigo. Por más que Daniel se haya acercado a ti, lo único que has hecho es aprovecharte de su ayuda para hacer los ejercicios de matemáticas. No te importa nada lo que él siente ni lo que piense, ya que, para ti, él no es más que un homosexual que no merece tu atención. Y, a pesar de todo, ahora te interesas por su vida. Todo por el comentario estúpido de Darío. Así que dime —continuó volviendo a fijar su vista en él—, ¿por qué debería contarte la vida de mi amigo? ¿Por qué debería satisfacer tu curiosidad cuando lo más probable es que acabes riéndote de él a su cara y, en el mejor de los casos, acabes por hacerle el vacío como le han hecho todos? ¿Acaso serviría para cambiar tu opinión sobre él?

A cada palabra que pronunciaba el castaño, Benji sentía cómo la culpa se hacía un pequeño hueco en su interior, asentándose allí y aumentando cada vez más. Bajó la mirada, incapaz de sostener la del otro, más al saber que tenía razón al decir que Daniel no era su amigo y que se aprovechaba de su don con las matemáticas, que solo le soportaba por ello.

—Lo siento —susurró.

—No es a mí a quien debes pedir disculpas —le cortó el castaño de malos modos—. No es a mí al que prejuzgaste antes de tiempo ni por el que preguntas su vida. Es a él a quien deberías decirle eso. Pero ambos sabemos que no lo harás por la sencilla razón de que es gay, de que temes abrirte a él por culpa de tu absurdo odio contra aquello a lo que algunos llaman “antinatural”.

Iván se levantó, tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó de un pisotón para, acto seguido, ir hacia la puerta.

—Yo… Yo sé lo que es que te traten con condescendencia e incluso que te ignoren por asuntos familiares —empezó a decir Benji.

El castaño se detuvo a medio camino, girando ligeramente la cabeza hacia el otro joven, que había doblado las piernas y ahora parecía meditabundo.

—Mis padres se divorciaron al poco de cumplir yo los diez años —confesó el moreno en apenas un murmullo, con la mirada centrada ahora en el suelo, ya que no se sentía demasiado cómodo hablando sobre ello—. En estos seis años que han pasado desde entonces, apenas he visto a mi padre un par de veces. Y no puedo protestar por ello en casa ya que para mi familia materna, al ser tan católica que incluso llegan a rozar el fanatismo, el divorcio es un tema tabú. Así que no hablemos ya de la homosexualidad.

Benji se detuvo un instante, quizás cogiendo fuerzas para continuar, quizás para pensar en cómo continuar hablando. Iván estaba centrado en sus palabras, olvidada ya cualquier molestia que hubiera tenido con el chico anteriormente.

—Sé lo que es que tus compañeros e incluso tus amigos hablen de ti a tus espaldas sobre cómo tu padre os abandonó a tu madre y a ti, por mucho que en verdad no sepan lo sucedido.

—A Daniel no le abandonaron, Benji —le interrumpió Iván negando con la cabeza.

El aludido alzó la cabeza, centrando su mirada en el castaño, interrogante, momentáneamente perdido entre sus pensamientos y recuerdos.

—Pero estoy seguro de que Daniel preferiría esa opción que la verdad —prosiguió el mayor, acercándose al otro y apoyándose en la valla. Se cruzó de brazos—. Incluso la opción de ser el hijo de una prostituta y que esta le hubiera abandonado le agradaría más que la verdad.

La mirada interrogante del moreno se clavó en el mayor. Benji no comprendía en absoluto cómo Daniel podría preferir esa posibilidad a la real, y, por más que lo intentaba, en ese momento no se le ocurría nada peor.

—¿Por qué? —susurró sin maldad, solo incomprensión.

—Porque eso querría decir que su madre sigue viva.

Los ojos de Benji se abrieron de par en par, comprendiendo al instante por qué el rubio no había dudado en abalanzarse sobre Darío tras oír la ofensa hacia su madre y por qué Iván decía que incluso preferiría esa posibilidad. Por su parte, Iván suspiró, sabiendo que acababa de descubrir uno de los grandes secretos de su amigo y también la razón por la que el rubio odiaba tanto Halloween.

—¿Cómo…?

—¿Cómo murió? —habló el castaño, terminando la pregunta por él. Benji asintió—. La madre de Daniel murió al darle a luz. Él ni siquiera la conoció.

El timbre que marcaba el inicio de las clases empezó a sonar en ese mismo momento. Benji parpadeó, saliendo por fin de ese estado en el que esas últimas palabras le habían dejado. Pese a todo, se sintió incapaz de moverse, mucho menos de decir palabra.

—Será mejor que bajemos —le dijo Iván, separándose de la barandilla y empezando a andar hacia la puerta—. No quiero que me castiguen por llegar tarde a clase —añadió posando su mano en el pomo de la puerta y abriéndola.

—Yo… Lo siento.

—Ya te lo he dicho, no es a mí a quien deberías decirle esas palabras —suspiró el castaño negando con la cabeza—. Y Benji, espero que esto no salga de aquí.

—Tranquilo, sé guardar un secreto.

 

* * * * *

 

Dejándolo todo atrás, Daniel no tardó demasiado en salir del instituto aprovechando que las verjas estaban abiertas. Era cierto que en su escapada se había encontrado con algunos de sus compañeros, tanto de clase como de instituto solamente, y que varios de ellos le habían señalado, empezando a murmurar cosas sobre él con la gente cercana; pero, en ese mismo momento, al rubio le daba igual. No le importaba el que todos en el instituto hablasen de él ni que comentasen sobre esos absurdos rumores que corrían sobre él desde hacía años.

En ese momento, lo único que tenía en la cabeza era que quería llegar a casa cuanto antes, y que más le valdría a la gente no interponerse en su camino. Por su propio bien.

Era una suerte que hubiera dejado de llover, como también lo era el que siempre llevara las llaves de casa en el bolsillo del pantalón, ya que no se había detenido ni a coger la mochila de la taquilla. Y así, corriendo casi tan rápido como había hecho para llegar al instituto esa misma mañana, Daniel llegó frente a su casa: una mansión de tres pisos que estaba rodeada por un pequeño jardín perfectamente cuidado. Atravesó la verja que separaba la finca y, al instante, aparecieron dos bóxer atigrados y un rottweiler completamente negro que se le acercaron para saludarle.

Aún sumido en sus pensamientos, Daniel dejó que los tres perros se le acercaran, aunque apenas dedicó un segundo en acariciarles levemente la cabeza antes de seguir caminando hacia la casa. Abrió la puerta y dejó que se cerrara sola a causa del impulso.

El sonido de esta al cerrarse junto al leve quejido de los perros, fueron los únicos sonidos que le recibieron. Ni siquiera perdió el tiempo en mirar a su alrededor. Sabía que estaba solo. Llevaba dos años viviendo solo, siendo él y las cuatro personas que había contratado su padre (el mayordomo, el jardinero, la cocinera y la limpiadora), los únicos que pisaban la casa en algún momento del día. Y en ese momento, sabía perfectamente que no habría nadie en su casa.

Avanzó unos cuantos pasos, los rostros de las personas que salían en las pocas fotografías que había por la casa parecían centrar su vacía mirada en él. Las sonrisas inmortales y las muestras de cariño plasmadas en trozos de papel no significaban nada para Daniel; ¿por qué deberían hacerlo? Él no era nadie, al menos, no alguien querido. Él solo había traído la desgracia a su familia, nada más.

Alzó un poco la mano, cogiendo la única fotografía que tenía de su madre en toda la casa, guardada en uno de los cajones de su mesita. No sabía cómo, pero sus pies le habían llevado hasta allí, como si esa fuera la única forma que tenía para terminar con ese vacío que había en su interior, en su alma.

“¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!”. Darío nunca sabría la verdad que había tras esa frase, el verdadero dolor que le había causado escucharla.

Miró la foto. La mujer que allí había le regaló una sonrisa tan brillante que hasta el mismo sol tendría celos de ella. Su rostro, su mirada, toda ella reflejaba tanto encanto y ternura que Daniel no pudo evitar que su cuerpo temblara, sabiendo que ese calor y amor que desprendía la joven en realidad no era para él.

Cerró los ojos. No quería ver, no quería sentir. «Si solamente no me hubiera escogido, nada de esto habría pasado» pensó recordando el momento en el que, tan solo dos años atrás, su padre le había confesado que la mujer a la que él llamaba “mamá” en realidad no lo era, que su verdadera madre había muerto el mismo día que él había nacido. Recordando el día en el que su padre le había despertado de esa mentira en la que había vivido durante toda su vida, devolviéndole a la implacable y cruel realidad.

La fotografía cayó al suelo. El chico apenas había notado el movimiento de sus dedos al abrirse, pero el ruido del cristal al romperse fue inconfundible. Abrió los ojos y centró la mirada en el suelo que había ante sus pies.

“¡Ni siquiera tendrías que estar vivo!”. Esas palabras se repetían una y otra vez en su mente, salvo que ya no era la voz de Darío quien se las gritaba. Era otra voz, una que no conocía, una que siempre había anhelado conocer.

Se agachó. Las lágrimas surcaban su mejilla y él ni siquiera lo sabía. Adelantó su mano, pasando la yema de uno de sus dedos por el lugar donde el cristal se había resquebrajado, y se cortó. Una gota rojiza brotó de la herida y él se quedó extasiado mirándola, perdido entre sus pensamientos, en todos los recuerdos dolorosos que guardaba en su interior y de los que no sabía cómo huir.

Once días. Cumpliría dieciséis años en once días. Y, apenas un minuto después, haría dieciséis años que su madre había muerto por su culpa.

—Ni siquiera tendría que estar vivo.

Capítulo 1

Las voces se alzan una por encima de la otra más allá del susurro pero sin llegar al grito. Todas ellas nerviosas, algunas rozando la histeria. Y con razón. Que el día de la boda te dé por encerrarte en el baño apenas una hora antes de la ceremonia no es precisamente una llamada a la calma.

¿Y a quién acuden? A mí, por supuesto. Al único que saben que puede hacerte salir. Te conocen, me conocen, nos conocen… No tanto como igual deberían, pero sí lo necesario. Acepto. Miro a mi madre y le dedico una sonrisa para tranquilizarla, para que vea que todo va bien y que no hay porqué alarmarse.

Tu hermano y tu padre están junto a la puerta del baño y ambos me miran nada más escuchar mis pasos. Tu hermano me dirige una sonrisa, pero tu padre se limita a mirarme tan serio como siempre. “Hazle salir” me dice. Y yo solo asiento. Porque es lo que haré. Claro que lo haré.

Toco un par de veces a la puerta, llamándote para que sepas que voy a entrar, que soy yo. Siento el ruido del pestillo al abrirse y giro la manilla, volviéndome hacia tus familiares.

—Ahora salimos.

Dicho esto, entro en el baño cerrando con llave de nuevo tras de mí. Lo que menos quiero es que nos molesten. Eso solo empeoraría las cosas.

Sin poder evitarlo, miro dónde estamos, sin reprimir una sonrisa por ello. Un baño. Siempre un baño. ¿Por qué nos pasa todo siempre en un baño? En un baño nos conocimos. En un baño lo hicimos por primera vez. En un baño nos peleamos. En un baño te me declaraste. En un baño te dije adiós. Y en este baño me enfrento a ti hoy, el día más importante de nuestra vida. Por ti. Solo por ti.

Noto que me miras, así que te sonrío. Tranquilo, calmado, todo eso que tú no estás y que encuentras en mí mientras tratas de descubrir una sola pizca de ese sentimiento que te indique que yo tengo tan pocas ganas de estar aquí como tienes tú.

—Les has asustado —te digo mientras avanzo unos pocos pasos hacia ti, separándome de la puerta para terminar apoyado en el lavamanos.

Desvías la mirada hacia la puerta. Aún estás junto a la pared, pero puedo leer tu deseo de acercarte. Te sonrío y sigo hablando:

—Mi madre estaba casi histérica cuando fue a llamarme, pero la tranquilicé diciéndole que no era nada.

—Solo son nervios —te excusas.

—Eso dije yo —afirmo—. Solo necesitas calmarte un poco. Una boda es algo importante, es normal que estés nervioso.

—Tú no lo pareces —me interrumpes, casi como de si una acusación se tratara.

Me encojo de hombros, sin darle importancia a tu comentario.

—Siempre fui el más calmado de los dos —te recuerdo.

Arqueas la ceja, recordando con toda seguridad todas esas veces en las que fuiste tú quien tuvo que calmarme a mí.

—¿Calmado tú? Yo te recuerdo fogoso —me dices, esbozando una ligera sonrisa.

Me río, sabiendo que no hay cómo negar eso. Ambos recordamos demasiado bien todas esas ocasiones juntos.

—Dejémoslo en que no me hace falta esconderme cada vez que los nervios pueden conmigo —me corrijo para poner paz entre ambos.

—Eso es cierto.

Te sonrío y luego, pensando que quizá necesites una ayuda más, empiezo a buscar algo en los bolsillos del pantalón. Me miras curioso, viéndome sacar una cajetilla de tabaco para luego encenderme uno.

—¿Quieres? —te pregunto, tendiéndote la caja.

Me miras extrañado, aunque no dudas en aceptar. Fumar siempre consigue relajarte.

—No sabía que fumaras —me dices mientras te llevas el cigarro a la boca, esperando que te pase el mechero.

Me acerco por fin a ti, con una sonrisa en mis labios que contradice el desinterés que da a entender que alce los hombros.

—Solo en ocasiones especiales —te confieso a solo unos centímetros de tu rostro.

Me miras nervioso. Amagas con tender tu brazo hacia mí pero te detienes al ver que inclino mi cabeza, haciendo chocar nuestros cigarros para prender el tuyo.

Tras esto, retrocedo un par de pasos. Se supone que vine a calmarte, no a conseguir que te pongas aún más nervioso.

—¿Y esta es una ocasión especial? —no dudas en preguntarme, serio.

—Claro. Toda boda lo es. Incluso esta —sostengo—. Sobre todo esta.

Noto tu mirada, tu intento de ver más allá de lo que te muestro aquí y ahora. Intentas descubrir esa mentira que crees que reflejan mis palabras, pero no la encuentras.

—Hoy es un gran día —te digo, mirándote tan fijamente como tú a mí—. Para ti, para mí.

Continúas en silencio, así que olvido el cigarro y me acerco a ti. Me detengo justo frente a ti, ladeo mi cabeza y te dedico una sonrisa, abrazándote.

—No sé cómo he dejado que me convencieras para hacer esto. —Te escucho murmurar, sintiendo tu brazo rodear mi cintura mientras acercas tu rostro al mío.

—Porque me quieres —te respondo lo más sencillamente que puedo.

—No. Te amo —me susurras sobre mis labios.

Sonrío al escucharte, al ver todo ese fervor, pues sé que lo dices de verdad. Sé que me amas de verdad, que siempre me has amado.

—Lo sé. Ya lo sé.

Me empujas hacia la pared, acorralándome con tu cuerpo con decisión. Presionas tu cuerpo contra el mío y tengo que hacer un esfuerzo para no reírme. Siempre me hace gracia cuando me manejas así al aprovecharte de tu fuerza.

—¿Y tú me amas? —me preguntas de nuevo sobre mis labios, atrapándolos con tus dientes y haciéndome jadear.

—Sabes que sí. Desde siempre, para siempre —te respondo sin dudar—. Por eso estoy aquí.

La ilusión de tus ojos disminuye por mi última frase. Y sé que vas a decirme algo, pero te acallo al posar mi dedo sobre tus labios, consiguiendo que me mires.

—Todo está bien. Estaremos juntos. Siempre —susurro al saber que es lo que necesitas oír.

Siento que te relajas, que vuelves a rodear mi cintura con tu brazo y te pegas a mí todo lo posible, sin querer dejarme ir. Dejas caer el olvidado cigarro al suelo y me alzas el rostro con la mano. Mi mirada vuelve a encontrarse con la tuya y no puedo evitar sonrojarme ligeramente por la intensidad de tu mirada mientras inclinas tu rostro hacia el mío y juntas nuestros labios.

El roce de tus labios con los míos me transporta sin demora a través de todos los besos que nos hemos dado hasta ese primer día en el que nos vimos. ¿Lo recuerdas? Sí, seguro que sí. Fue en el baño del internado masculino en el que ambos estudiamos, cuando apenas teníamos seis y cinco años. Te habías escondido allí y todo porque no querías que te vacunaran, porque le tenías pavor a las agujas. Y, la verdad, me hace gracia, porque, ¿quién diría que ese chiquillo al que me encontré llorando a lágrima viva es el mismo que ahora me está besando impidiéndome que me aleje de su lado? Nadie. Nadie podría decir que protagonizaste una escena así. Porque a nadie le has dejado ver ese aspecto de ti mismo. Solo a mí.

Te conozco. Te conozco tan bien como tú me conoces a mí. Y por ello sabes que no puedo resistirme a tu beso, que siento que me deshago por completo tan solo con un mínimo roce tuyo, que me es imposible no dejarte hacerte con el control de mi boca, de mi cuerpo y de todo mi ser.

Porque puede que los demás estén fuera, puede que todos estén esperándonos, pero aquí solo estamos tú y yo. Este baño se ha convertido en nuestro escondite y eso es lo único que importa ahora.

Por eso, cuando tus labios se separan de los míos para bajar por mi mentón a mi cuello, en vez de alejarte y recordarte lo que hay al otro lado de la puerta, te permito seguir, inclinando mi cabeza hacia atrás solo para dejarte más espacio.

Porque no puedo negarme a ti, no hoy, no ahora. Porque con solo ese beso has conseguido destruir cualquier defensa que tuviera en tu contra. Porque lo único que deseo ahora es que no te alejes de mi lado.

Así que susurro tu nombre, con el deseo impregnado en él. Te miro a los ojos cuando alzas tu rostro y sonrío al ver que tu deseo y tu lujuria compiten con los míos. Dejo caer el cigarro a medio fumar y llevo mis manos hasta tu pecho. Apreso tu chaqueta entre mis dedos y te acerco aún más a mí. Porque quiero sentirte junto a mí, en mí.

—Te deseo.

Mi susurro te hace sonreír encantado, aunque pronto es la picardía lo que predomina en tu rostro.

—Demuéstramelo.

Tu aliento choca contra mi piel y yo sonrío al escucharte. Intentas provocarme y lo sé. Intentas hacer que me olvide de todo lo demás y me centre en ti. Lo sé porque es lo que siempre has hecho. Aquí ahora y también esa primera vez que me besaste. O la primera vez que hicimos el amor.

Y aunque no quiero, desvío mi mirada a la puerta. Y es justamente porque sé lo que tras ella nos espera que vuelvo a mirarte y te respondo con una sonrisa que rivaliza con la tuya.

No respondo, no hace falta. En vez de eso, llevo mis manos hasta los botones de tu chaleco, lo desabrocho y hago lo mismo con la camisa tras desanudar tu corbata. Tú sonríes sin oponerte y yo acallo tu risa al unir nuestros labios con algo más de lujuria que antes.

Muerdo tus labios al mismo tiempo que tiro de tu camiseta interior y cuelo mis manos bajo ella, tocando tu piel. Oigo tu jadeo y noto cómo tus manos no se quedan atrás, tirando de mi corbata y desabotonando mi ropa como has hecho ya docenas de veces. Me río por lo bajo al escuchar tu maldición por los botones de la camisa, y sé que no la abres rompiéndolos solo porque nos tocaría dar explicaciones luego. Por suerte, que mis manos se centren en el cierre de tu pantalón consigue hacerte olvidar el resto, solo centrándote en esto.

—¿Te gusta mi demostración? —te pregunto al mismo tiempo que empiezo a acariciar tu erección.

Sonríes tratando de ahogar el jadeo que te traiciona. Y sé que te gusta, puedo verlo en tus ojos, pero no por eso te quedas callado.

—Puedes hacerlo mejor.

Te miro y no evito la leve risa que me sale, no tanto por tu provocación como por todo ese deseo que puedo notar en tu voz.

—Mucho mejor.

Tu gesto se pronuncia, más aún al ver que, tras alejarte apenas un paso, me arrodillo frente a ti. Sabes lo que haré tan bien como yo sé lo mucho que deseas que lo haga, así que no espero más, solo agarro tu ropa interior y tiro de ella hacia abajo. Tu pene queda ante mí, erecto, necesitado de atención. Alzo mis ojos hacia ti y, con los tuyos sobre mí, lamo primero la punta de tu miembro antes de metérmelo en la boca.

Tu gemido resuena un poco más de lo aconsejado, y por ello no dudas en taparte la boca con la mano. Sonrío para mí, metiéndome ahora todo tu miembro en la boca y empezando a moverme como sé que te gusta. Te conozco bien, y aunque sé podría torturarte al hacerte llegar a las puertas del orgasmo solo para luego negártelo, esta vez las prisas por la situación no me lo permiten.

Por ello, en vez de torturarte como haría otras veces tan solo para poder seguir escuchando tus gemidos o para escuchar cómo dices mi nombre inundado en placer, esta vez me centro en hacerte sentir todo el placer posible con mi boca y mis manos, dejándote marcar el ritmo cuando sé que estás próximo al final y escuchando tu gemido algo más intenso que los anteriores cuando eso pasa.

Sin pensarlo demasiado, trago limpiándome luego los restos con la mano, teniendo cuidado de no manchar la ropa. Hecho esto, me levanto de nuevo, sonriéndote cuando me miras, cuando me abrazas y luego me besas.

Rodeo tu cuello con los brazos y me pego a ti, dejándome hacer cuando me aprisionas contra la pared de nuevo. Río por lo bajo y vuelvo a atrapar tus labios cuando haces el amago de separarte. Porque no quiero dejarte ir. Porque me gusta tenerte así para mí.

—Me gusta esto —te digo apenas en un susurro—. Tú y yo aquí solos, sin nadie más.

Asientes con la cabeza, dejándome ver que piensas igual. Unes de nuevo nuestros labios en apenas un roce y luego juntas nuestras frentes.

—Escapemos. Huyamos juntos.

Me río al saber bien que hablas en serio, que si te dijera que sí, me agarrarías y no me soltarías hasta que estuviéramos lejos de aquí. Alzo la mano, acariciándote la mejilla, y niego con la cabeza mientras te respondo:

—Tonto… Están todos esperándonos fuera. No podemos hacerles eso.

—No me importan los demás. Solo me importas tú.

Uno nuestros labios, sin querer dejarme llevar por lo que tus palabras causan en mí. Porque no quiero pensar, no quiero llegar a ese “Sí” que tanto se repite en mi cabeza. Siento tus manos en mi cintura, la forma en la que me aprietas contra ti, casi como si pensaras que podemos fusionarnos si lo intentas con la suficiente fuerza.

Jadeo necesitado cuando tu cadera se encuentra con la mía, y no puedo evitar rozarme contra ti en un intento de aliviarme un poco, de decirte sin palabras lo que necesito. No me hace falta hacer más, pues pronto comprendes mi acto. Y mientras tus labios bajan a mi cuello y se entretienen en él, tus manos se centran en mi pantalón. No tardas mucho en desabrocharlo y tirar de él hacia abajo y yo celebro tu gesto con un nuevo jadeo cuando tus manos tiran de mi ropa interior liberando mi erección.

Cierro los ojos y tengo que morderme el labio cuando empiezas a masajear mi miembro. Tus caricias me derriten y solo me dejan con ganas de más, de sentirte completamente dentro de mí.

De pronto, me alejas de la pared, acorralándome ahora contra el lavamanos, de espaldas a ti. Noto tus labios en mi cuello, como también tu mano bajando por mi cintura y sonrío expectante al saber muy bien lo que pretendes.

No te separo. No lo hago porque, en este momento, ese pensamiento es impensable. Soy incapaz de negarte nada, no cuando me tocas así, no cuando todo mi ser clama por ti. Así que, en vez de eso, apoyo ambas manos sobre la superficie de mármol, separo un poco mis piernas y te dejo hacer.

Mis ojos, posados en el espejo ante nosotros, captan tu mirada y con ella el deseo y toda esa lujuria que brillan en ella. Me muerdo el labio para evitar que nadie escuche mi leve quejido y sonrío cuando noto tus labios buscando los míos.

Te beso, ahogando mis jadeos y gemidos en tu boca, rozándome contra esa mano tuya que sigue masturbándome y luego contra esos dedos que se internan en mi interior. Y debería odiarte, debería querer matarte por conseguir siempre que me rinda a ti, pero me es imposible. Porque aunque siempre consigues que no te rechace, ya sea esa primera vez o aquí ahora, soy incapaz de odiarte, soy incapaz de sentir cualquier otra cosa que deseo y placer.

Mi cuerpo se tensa y un quejido sale de mis labios en el momento en que empiezas a penetrarme, pero aun así no te detienes. Sabes que no es eso lo que quiero. Cierro los ojos y respiro tratando de relajarme, escuchando tu leve gemido cuando por fin me penetras por completo.

Noto tus labios en mi cuello, ascendiendo hasta mi oído. Tus dientes juguetean con la piel de mi oreja para distraerme y tu mano baja a mi erección para conseguir que me relaje por fin y me distraiga del dolor.

Y lo consigues.

Queriendo más, soy yo mismo quien empieza a moverse, consiguiendo que tú me sigas hasta tomar el control de la situación. Tus manos se posan en mi cintura y pronto consigues alcanzar ese punto que me llena de placer.

Gimo sin poder evitarlo, queriendo más, queriendo que lo repitas. Sin embargo, no quiero que nos escuchen, no quiero que nos descubran, así que me obligo a no hacer ruido aunque lo que más desee en este momento es dejarme llevar por todo esto que siento. Por todo este placer que tus embestidas me provocan.

Tus labios besan mi cuello y yo alzo mi rostro para poder mirarte por el reflejo del espejo, sonriéndote entre gemido y gemido. Murmuro tu nombre con deseo, pidiéndote más, y tú te aferras a mi cintura con más fuerza, aumentando a ese ritmo que tanto me gusta y que tan loco me vuelve.

Me muerdo el labio con fuerza, tratando de reprimir mis gemidos. Cierro los ojos y me aferro mejor al lavamanos con mi mano mientras con la otra sigo masturbándome. Estoy a punto de llegar al orgasmo, y sé que tú también lo estás por la manera en la que me embistes y por tu entrecortada respiración, así que vuelvo a buscar tus ojos en el reflejo del cristal y, cuando ya no puedo más, me vengo diciendo tu nombre.

El placer inunda mi cuerpo por completo, y tengo que hacer un enorme esfuerzo para evitar que se me escuche demasiado. Mi cuerpo se estremece y puedo sentir el momento en el que terminas en mí, no queriendo perdérmelo al ver tu rostro lleno de placer gracias al espejo y escuchando tu agitada respiración cuando posas tu cabeza sobre mi hombro.

—Te amo. —Te oigo murmurar, dejando un nuevo roce de tus labios en mi cuello.

—Y yo a ti.

Sales de mí, me obligas a darme la vuelta y me alzas el rostro para que pueda mirarte.

—Eres mío —susurras entrecortado sobre mis labios, con tus ojos en los míos y tus brazos rodeándome.

Sonrío.

—Soy tuyo —afirmo—. Solo tuyo.

Nuestros labios se encuentran, ya sin toda esa lujuria anterior de por medio. Solo este sentimiento que tanto me asustó esa primera vez que me besaste hace ya tantos años. Y pensar que ese día pensé alejarme de ti y no volver a verte… Y ahora estamos aquí, en este sitio, en este día, después de todo lo que nos ha pasado.

—Debemos salir ya. Nos están esperando.

Haces una mueca al escucharme, pero sabes que tengo razón. No protestas, pero tampoco pareces muy por la labor de hacerme caso, así que al final, te agarro de la mano y tiro de ti hacia uno de los cubículos, donde nos limpio a ambos. Acto seguido, vuelvo a vestirme, viendo que haces lo mismo, lavándonos un poco para borrar cualquier rastro. Te ayudo con el nudo de la corbata, puesto que eres un verdadero desastre con ellas, y luego nos miro fijamente para ver si puedo darnos el visto bueno o si todavía hay alguna prueba que indique lo que acaba de pasar.

—Listo —declaro sonriente—. Ya estamos. Será mejor que salgamos ya.

Me alejo de ti. No obstante, no he dado ni dos pasos en dirección a la puerta cuando noto tu mano agarrándome del brazo, obligándome a voltearme para mirarte de nuevo.

—Te amo —me dices, pegándome otra vez a ti—. Siempre te he amado y siempre te amaré. Da igual lo que pase luego. Nunca dejaré de amarte.

Sonrío. Soy incapaz de hacer otra cosa más que sonreírte como un tonto durante los largos segundos que tus palabras me hechizan. Luego, asiento.

—Lo sé. Siempre lo he sabido.

—Nada cambiará —me prometes una vez más.

—Nada cambiará —te aseguro yo también, acariciándote la mejilla—. Y ahora, es hora de salir.

Te beso en los labios una última vez, y aunque sé que tu primer pensamiento es el de volver a estrecharme entre tus brazos y no dejarme ir, también noto cómo tu lado más racional gana la pelea, dejándome ir cuando retrocedo.

Me alejo de ti, echando un último vistazo en el espejo para comprobar que no hay pruebas de lo sucedido, y me acerco a la puerta. Tú no me sigues. Sé que necesitas otro minuto más, así que no intento que salgas conmigo.

Llego a la puerta, poso mi mano en el pestillo y, antes de abrirla y volver a enfrentarme al mundo, me giro hacia ti al escucharte.

—¿Hoy es un gran día?

—El mejor de todos —te respondo sin duda alguna y con una gran sonrisa en mi rostro.

Giro el pestillo, abro la puerta y salgo por fin de ese baño que ha sido nuestro último refugio. La mirada de tu padre, tu hermano y de mi padre se centran en mí al verme y yo no dudo en acercarme a ellos al caminar por ese corto pasillo que nos distancia.

—Solo eran nervios —te excuso, respondiendo así a su muda pregunta—. Saldrá ahora.

Tu hermano y mi padre asienten complacidos y tranquilos, ignorantes de lo que hemos hecho. No así tu padre, que me mira con el ceño fruncido una vez más. Le sonrío calmado y me vuelvo hacia el mío.

—¿Está todo listo?

—Lo está. Los invitados ya han llegado y el cura solo espera que le digamos cuándo empezar.

Asiento en silencio. Por lo que parece, lo único que falta es que ocupe mi puesto.

—Tu hermana quería verte. Está con tu madre en la habitación.

Asiento de nuevo con la cabeza y me despido de ellos con una sonrisa, disculpándome al decir que iré a verla. Y la verdad es que no me sorprende que quiera verme, lo más seguro es que esté nerviosa, asustada lo más probable. Todo por tu pequeña huida al baño.

Camino hasta la habitación, entro en ella y centro de inmediato mi mirada en mi hermana. Dios, tendrías que verla. Está preciosa entera de blanco con su vestido de novia. Me acerco a ella, esbozando una sonrisa para mitigar la preocupación y el miedo a un posible desplante de su mirada.

—Todo está bien —le digo—. Nervios de última hora. A todos nos pasaría de casarnos con una chica tan hermosa como tú.

Ella sonríe por mi halago, ya mucho más tranquila que antes. La abrazo y la beso en la frente con suavidad.

—Gracias —me susurra.

—Hoy es tu día. Nada puede estropeártelo —le digo, mirándola.

Y aunque sonrío, lo que en verdad hago es tratar de ocultar todo este dolor que siento, encerrarlo para siempre en mi corazón de donde no puede volver a salir jamás.

Porque ella no tiene la culpa. Porque ella no sabe nada sobre nosotros, ella no sabe que me estoy sacrificando por ti. No sabe que estoy viviendo el peor día de mi vida y solo porque no puedo dejar que eches por la borda toda tu vida al ir contra tu padre solo por mí.

Mi hermana no lo sabe ni lo sabrá nunca. Como tampoco lo sabrás tú. No. Ni ella ni tú sabréis jamás de las amenazas de tu padre para que me aleje de ti. De todos esos “Le arruinarás la vida” que me dice una y otra vez cada vez que nos encontramos. No. Nunca lo sabréis, porque nunca os lo diré.

Así que me iré. Cumpliré mi promesa por más que me desgarre hacerlo. Porque, aunque nos duela, ambos sabíamos que esto no era para siempre, que no podía durar. Y me iré. Me iré aunque antes te dije que todo seguiría igual tras esta boda, me iré para no volver a verte. Porque prefiero que me odies por mentirte a que arruines tu vida por estar conmigo. Porque te amo. Te amo más de lo que nunca he amado a nadie y por eso te digo adiós sabiendo que es lo mejor para ti.

«Adiós, mi chico del baño» pienso mientras, minutos después, te escucho decir el “Sí, quiero”, desviando apenas un instante tu mirada hacia mí. Y yo te sonrío, diciéndote en silencio que has hecho bien mientras escondo toda mi tristeza y dolor.

«Adiós -pienso mientras te veo besarla-. Sé feliz».

Los guardianes del príncipe

La primera vez que les vi, fue cuando tenía diez años. Estaba pasando unos días en el pueblo de mis abuelos paternos, un pequeño pueblo perdido entre las montañas al que apenas llegaba la línea telefónica. La casa de mis abuelos era, por supuesto, la más alejada del centro, situada casi en el linde del bosque que cercaba el pueblo por el sur. Un bosque del que mi abuelo siempre me había contado viejas historias. Un bosque del que se decía que estaba embrujado y en el que, según las leyendas, vivían extrañas criaturas que se alimentaban de cualquier desgraciado que se atreviera a molestarles. Un bosque del que incluso se decía que tenía vida y hasta tiempo propio. Un bosque al que, por supuesto, me habían prohibido acercarme y un bosque al que yo no había dudado en acercarme, ansioso de aventuras.

Sabía que si mi madre, la buena de mi madre, descubría que había fingido mi dolor de cabeza para no tener que ir a misa ese domingo por la mañana y quedarme solo en casa, su enfado sería enorme y su castigo aún más terrorífico. Pero eso no me importaba demasiado, no cuando tendría casi una hora para hacer lo que quisiera, no cuando podía dedicar todo ese tiempo en el que, en ese momento, era mi gran sueño: investigar el bosque.

Los carteles de “Cuidado” y “Prohibido el paso” deberían haberme hecho dar media vuelta. El aspecto sobrecogedor y fantasmagórico del bosque tendría que haber minado mis ansias de aventuras haciéndome volver atrás, volver a la casa de mis abuelos y pasar ese tiempo que estaría solo frente a la vieja televisión en blanco y negro que había en el salón. Pero entiéndelo, yo era un niño. Me había criado entre mitos y leyendas, había viajado hasta el centro de la Tierra, había explorado el mundo submarino, había viajado hasta los límites del universo, había vencido a seres que solo existen en los mitos… Todo esto gracias a las historias que mi padre solía contarme antes de irme a dormir.

Así que, como muy bien comprenderás, no di media vuelta para volver a casa, ni siquiera dediqué ni un instante a pensar en los peligros, tanto reales como ficticios, que podría encontrarme. Empecé a avanzar. Pasé al lado de los dos carteles y atravesé no solo el linde del bosque, sino también la frontera entre la fantasía y la realidad.

Y lo reconozco, allí, entre toda esa maleza, entre todos esos viejos árboles que crecían sin ton ni son, yo estaba en mi elemento. Había dejado volar mi imaginación y ahora no estaba en el bosque que había tras la casa de mis abuelos. No. Ahora me encontraba a miles de kilómetros de allí, a cientos de años atrás, en esa época en la que los príncipes rescataban a las princesas que estaban atrapadas en la más alta torre de un castillo en ruinas, custodiado por supuesto por un terrible dragón que el príncipe tenía la obligación de derrotar si quería salvar a la bella princesa.

Y yo, claro está, era el príncipe. Uno que pensaba derrotar al dragón y rescatar a la princesa. Un príncipe que no dudaría en enfrentarse a miles de peligros antes de llegar a las viejas ruinas que suponían el castillo y que yo sabía que estaban justo en el corazón del bosque, pues allí era donde se encontraban las ruinas de las que mi abuelo me había hablado alguna vez.

Decidido a cumplir mi hazaña al hacer todo eso que los príncipes están obligados a hacer, emprendí mi búsqueda con mi espada en una mano y mi escudo en otra, siempre atento a cualquier ruido que me alertara de un peligro aún sin avistar.

Fue así como, en mi recorrido hacia las viejas ruinas, derroté a todo monstruo que encontré a mi paso. Fue así como derroté al enorme hombre-lobo que aterrorizaba a una niña pequeña, fue así como luché contra los animales salvajes que vivían en ese bosque encantado. Así derroté a mantícoras, basiliscos, trolls, orcos y ogros. Volé por los cielos sobre Pegaso, abatiendo a mi paso a todas esas bestias, para mí tan reales como esas rocas y ramas que les daban forma. Te lo recuerdo, no era más que un niño.

Y por fin, tras haber vencido yo solo a más bestias que todos mis héroes favoritos juntos, tras haber pasado no sabía cuánto tiempo luchando contra todos esos seres, llegué a las ruinas. Llegué al castillo donde me esperaba la princesa y, con ella, su guardián: el temible dragón.

Sabía que este último enfrentamiento sería aún más peligroso que todos los anteriores juntos. Un dragón no era algo que todos los príncipes podían vencer, menos aún ese dragón, el cual, según el viejo sabio que me había hablado de él (mi abuelo), era el más terrible y poderoso de los de su raza y ya había logrado comerse a todos los príncipes que se habían atrevido a ir a por él. Pero yo tenía fe en mí mismo y sabía que podría derrotar a tan temido dragón. Lo lograría.

Y así, con mi escudo y mi espada como única compañía, pues de Pegaso ya me había despedido hacía tiempo, crucé las antaño esplendorosas murallas que limitaban el castillo y que ahora no eran más que unos muros rotos, desechos por el inexorable paso del tiempo. Estaba alerta, sabía que en cualquier momento el dragón podría salir de su escondite y abalanzarse sobre mí para comerme.

Pero lo que me encontré allí no fue un dragón. Lo que allí me encontré nada tenía que ver con todos esos seres con los que me había enfrentado en mi camino hacia las ruinas. Lo que allí me encontré fueron unos chicos. Les encontré a ellos.

Eran dos. Dos jóvenes unos años más mayores que yo. ¿Cuántos años? La verdad es que no sabría decirte. Eran mayores, sí, físicamente aparentaban unos diecinueve o veinte años, no más. Pero por más que esos eran los años que parecían tener, algo me decía que esos dos chicos que estaban a un par de metros de distancia eran viejos, muy viejos.

De todos modos, no fue su extraña juventud lo que llamó mi atención. Lo que lo hizo fue esa belleza etérea que ambos poseían. Puede que yo solo tuviera diez años, que fuera un niño que apenas había vivido, pero en esos diez años que sí había vivido, te puedo asegurar que nunca, jamás, había visto a otros dos chicos como ellos dos. Su pálida piel, sus finos y atractivos rasgos, su cuerpo menudo aunque de músculos firmes… Aunque, si he de serte sincero, lo que más me atrajo no fue nada de esto. Más que esa piel, más que su belleza, más que el cabello color castaño rojizo del primero y rubio del segundo, más que esas ropas que parecían sacadas de esas historias fantasiosas que tanto me gustaban; más que todo eso, lo que más me atrajo esa primera vez, y todas las demás veces, fueron sus ojos. Unos ojos que jamás había visto en mi corta vida, unos ojos de penetrantes pupilas negras y de extraños y atrayentes irises rojizos que me llamaban, que parecían decir mi nombre una y otra vez. Unos ojos que parecían ser capaces de ver mi alma. Unos que, por más que deberían haberme asustado, lo que estaban consiguiendo era atraparme por completo.

Debería haberme alejado, sí. Debería haberme ido de ese claro y esas ruinas antes de que ellos me vieran y se percatasen de mi presencia. Y, si lo hubiera hecho, tal vez esta historia acabaría aquí y todo esto se quedaría en una pequeña travesura realizada por el niño pequeño que era yo por aquel entonces. Pero ¿sabes qué? La historia no habría acabado aquí si yo hubiera decidido alejarme y volver a la casa de mis abuelos. ¿Por qué? Porque ellos ya sabían que yo estaba allí. Ellos ya sabían que les estaba mirando completamente extasiado desde un par de metros de distancia.

¿Cómo lo sé? Lo sé por sus sonrisas, esas que adornaban sus atractivos rostros y que dejaban entrever sus perlados y perfectos dientes. Porque, por más que no estuvieran mirándome en ese momento, yo sabía que ellos sabían que yo estaba allí. Incluso, a lo mejor ellos ya estaban al tanto de todas esas aventuras que había vivido desde mi llegada a ese bosque prohibido.

¿Y sabes lo que hice? Pues, aunque sé que te podrá parecer una completa estupidez, te aseguro que no dudé en acercarme a ellos. Eso sí, lo hice aún empuñando mi espada y mi escudo, pues yo no sabía si ellos eran una treta del dragón para poder devorarme.

Así, y como acabo de decirte, me acerqué a esos dos jóvenes desconocidos que, te aseguro, a mí no me parecían ni jóvenes ni desconocidos. Aunque claro, ¿qué podía saber yo por esa época? Nada, te lo aseguro.

Ellos, al sentirme, alzaron sus rostros y se giraron hacia mí, observándome en silencio aún con la sonrisa en su rostro, esperando que fuese yo quien hablara. Sin embargo, aunque a ti pudiera parecerte que estaban tranquilos e imperturbables, yo los noté ansiosos, sorprendidos y, ante todo, esperanzados y alegres. Alegres por algo que yo no entendí en ese momento, por algo que aún tardé mucho en descubrir y comprender.

No obstante, aunque no comprendiera la razón de esos sentimientos, tampoco pensaba quedarme callado. Por el momento, para mí esos dos chicos que había ante mí no eran más que un posible truco del dragón que custodiaba el castillo y a la princesa. Y yo no pensaba dejarme engatusar.

—¿Quiénes sois? ¿Sois los guardianes de la princesa? —les pregunté con una voz para mí solemne, digna del príncipe que era yo.

Recuerdo que, nada más escucharme, los dos chicos cruzaron una mirada entre ellos mientras las sonrisas de sus rostros se ampliaron. Luego, uno de ellos, el del cabello castaño rojizo, se alejó de su compañero al avanzar un solo paso hacia mí.

—Aquí no hay princesa alguna —me dijo—. Y nosotros no la protegeríamos ni aunque la hubiera.

—Entonces, ¿quiénes sois? ¿Sois aliados del dragón? —volví a preguntarles. No quería creerme del todo sus palabras por si solo fueran parte del engaño.

Una suave risa se escapó de los labios de ambos. Y puedo jurarte que, en el momento en el que volvieron a mirarme, pude llegar a ver ternura en sus ojos.

—Mucho me temo que la respuesta sigue siendo negativa —me dijo ahora el del cabello rubio—. ¿Quiénes somos? Somos los guardianes del príncipe.

Debo confesarte que, tras haber escuchado y leído tantas historias sobre príncipes y princesas como había hecho, su respuesta no solo me sorprendió, también me confundió. ¿Los guardianes del príncipe? ¿Cómo podía ser eso posible?

—Los príncipes no tienen guardianes —declaré decidido—. Los príncipes salvan princesas, no tienen guardianes.

—Nuestro príncipe sí los tiene.

—¿Y dónde está vuestro príncipe? ¿Luchando contra el dragón?

Los dos negaron con la cabeza al unísono, con un movimiento totalmente sincronizado, y tras eso volvieron a centrar una vez más su mirada en mi persona como queriendo decirme algo con ese gesto.

De nuevo, sus ojos me atraparon, arrastrándome al fondo de un abismo al que yo no temía, pues sabía que nada me pasaría.

No puedo decirte cuánto tiempo pasé en ese claro esa primera vez en compañía de tan misteriosos jóvenes. El tiempo pasaba lento y muy rápido a la vez. Y mientras ese tiempo pasaba, recuerdo que yo seguí luchando contra los monstruos que habitaban esas ruinas. A veces luchaba solo y otras en compañía de mis dos nuevos aliados. Unos que no dudaban en protegerme. Unos que, estaba seguro, darían su vida para salvarme.

Los minutos pasaban y yo no lo notaba. Pero, aunque esto sea así, puedo jurarte que dudo que pasara más de una hora en aquel bosque en compañía de esos dos chicos. Puedo decirte que, además de luchar, recuerdo haber hablado con ellos, contarles sobre todas esas aventuras que había vivido en mi corta vida y, obviamente, haberles preguntado cosas sobre sus propias vidas.

Lo que no recuerdo, por más que lo intente, es lo que me dijeron. Esas respuestas que no dudaron en darme cuando les interrogué, como si estuvieran obligados a hacerlo o, mejor dicho, como si deseasen que supiera más sobre ellos.

Recuerdo fragmentos vagos, eso no voy a negártelo. Sé que me hablaron de lejanos países, lejanos tanto en el tiempo como en el espacio, y que me contaron hazañas y batallas de las que jamás había oído hablar. Todas sus historias me encandilaron, lo confieso. Ellos me hablaban y yo les escuchaba en completo silencio, con los ojos cerrados, pudiendo ver todas esas cosas de las que me hablaban tal y como si catapultasen las imágenes a mi cabeza. Tal y como si en verdad yo hubiera estado allí.

Pero, para mi desgracia, pronto el hechizo se rompió, pronto mis ojos se abrieron y mi mente volvió al eterno presente al escuchar una sola palabra: hogar. Esa fue la palabra que me hizo recordar que debía volver a casa, que tenía que llegar allí antes de que mis padres y mis abuelos volviesen de la iglesia si quería evitar que me castigaran.

Por ello, no dudé ni un instante en levantarme sabiendo que debía de darme prisa si quería llegar a tiempo. Al verme, recuerdo que mis dos acompañantes me miraron, esperando tranquilos a que me volviera hacia ellos. Y eso hice. Me volví hacia ellos, hacia esos dos chicos con los que había compartido mis últimas aventuras, y les sonreí.

—Tengo que irme —les dije—. Pero volveré pronto.

Y ellos asintieron. Sabían que no les mentía. Sabían que les estaba diciendo lo que, en ese momento, era la verdad más pura que podía decirles.

—Lo sabemos —susurró el primero que me había hablado, el del cabello castaño rojizo—. Tú siempre vuelves.

Podría decirte que sus palabras me confundieron, que le miré sorprendido y que le pregunté qué quería decir con eso, pero te estaría mintiendo. Y, sinceramente, no estoy contándote todo esto ahora para empezar a mentirte y cambiar lo que en verdad sucedió. Si hago esto es por la única razón de que quiero que sepas lo que ocurrió, lo que me sucedió. Cómo el destino cambió para mí y todo por haberme adentrado en ese bosque ese día; por haberles encontrado a ellos, a los guardianes del príncipe como ellos mismos se presentaron. Mis guardianes.

Lo que pasó a continuación fue algo que a mí me sorprendió. Pues aunque me hubieran contado historias, aunque habían contestado a mis preguntas e incluso habían luchado a mi lado, jamás me habían tocado, ni siquiera por pura casualidad. Y, pese a ello, en esa despedida, en ese momento en el que el chico del cabello castaño rojizo dijo ese “Tú siempre vuelves”, este se inclinó hacia mí, acarició mi mejilla con unos dedos extrañamente helados y justo después me sonrió y se inclinó aún más, rozando sus labios con los míos en el que fue mi primer beso.

—Te esperaremos. Siempre te esperamos.

Reconozco que, en ese primero momento en el que sus labios tocaron los míos, mi cuerpo se quedó paralizado, en shock. No entendía por qué me estaba haciendo eso, por qué, si apenas nos conocíamos, si ambos éramos chicos, él me había besado.

Recuerdo que me sonrió, divertido por mi sorpresa, mi expresión y mi desconcierto. Y, al igual que él, su rubio compañero también me sonrió, imitando el gesto del castaño antes de susurrarme una última frase:

—Ahora vete, te esperan.

Tras estas palabras, y por más aturdido que te aseguro que estaba, hice lo que él me dijo. Cumplí esa orden despidiéndome una última vez con una sonrisa nerviosa antes de alejarme por el mismo lugar por el que había llegado hasta allí.

Y me gustaría decirte que conseguí volver a casa antes que mis padres supieran que me había ido. Que después, esa misma tarde, cumplí mi promesa volviendo al bosque y más concretamente a ese claro donde ellos dos habían prometido esperarme, pero no fue así.

Aunque para mí apenas había pasado una hora desde que había salido de la casa de mis abuelos, parecía que no había sido así, que estaba equivocado. La verdad era que cuando por fin salí de ese bosque, más que la claridad del día lo que me recibió fue la oscuridad más propia de la noche.

Miré atrás, hacia el bosque, sin comprender por qué, si para mí apenas había pasado una hora u hora y media como mucho, fuera de este era de noche. ¿Acaso la leyenda que decía que el bosque poseía tiempo propio era verdad? No lo sabía, pero eso era lo que parecía.

Sin entender lo que ocurría, me alejé del bosque en dirección a casa de mis abuelos. Había soltado la rama y el trozo de corteza que fielmente me habían servido de espada y escudo y en ese momento solo me dediqué a correr hacia la casa. Tan solo me detuve al escuchar gritar mi nombre. Y reconocí al instante la voz preocupada de mi padre.

Sin dudar, corrí hacia el lugar del que venía su voz, gritando un “¡Papá, papá!”, que le avisó de mi cercanía. Nada más verme, recuerdo que mi padre me alzó en brazos, estrechándome contra su pecho mientras susurraba mi nombre con alegría y hasta cierto alivio. Recuerdo también que mi madre y mis abuelos hicieron lo mismo, con la primera llorando a lágrima viva mientras me abrazaba, rogándome que no volviera a irme así, que no volviera a desparecer otros dos días.

Sí, has leído bien, he dicho dos días. Te confieso que yo me quedé tan confundido como tú. ¿Cómo podía haber pasado dos días fuera cuando, según yo, solo había estado una hora en el bosque? No lo entendía. No lo entendía porque, si en verdad fuera así, yo habría tenido hambre, sed, lo normal era que tendría que haber dormido. Y, sin embargo, yo no había hecho nada de eso. Pero, por raro que pudiera parecerme en ese entonces, mi madre sí tenía razón con sus palabras. Yo me había pasado casi dos días desaparecido, con mi familia, la policía y todo el pueblo buscándome sin descanso. Y yo ni me había enterado.

Los siguientes días creo que podrás imaginártelos sin problemas. Aunque yo aseguraba estar perfectamente, mi madre nunca se alejaba de mi lado, como si temiera que volviera a desaparecer de nuevo. Y la verdad es que no la culpo. ¿Cómo hacerlo cuando yo solo podía pensar en volver al bosque junto a mis dos nuevos amigos? No, no sería justo culpar a mi madre por no querer separarse de mí sabiendo que, si conseguía volver al bosque y cumplir mi promesa, la historia se repetiría una vez más.

De ese modo, al final mi promesa de volver al bosque quedó sin cumplir, pues además de soportar a mi madre, también tuve que hacer frente a todas esas preguntas que me hicieron. “¿Dónde estuviste?”, “¿Por qué te fuiste de casa sin avisar?”, “¿Te convenció alguien para que salieras y te fueras con él?”. Todas esas preguntas y más eran las que me hacían tanto mi familia como los agentes de policía, médicos y psicólogos que me examinaron en busca de cualquier tipo de problema, ya fuera mental o físico.

“¿Qué les dijiste? ¿Les hablaste de ellos?”. Estoy seguro de que esas son las dos preguntas más importantes que ocupan ahora tu cabeza. Pues bien, para tu tranquilidad te diré que no, no les hablé de ellos. Lo que sí les dije fue que había estado en el bosque, aunque me guardé para mí todas esas aventuras que había vivido en él. Algo me decía que no era buena idea que esas personas lo supieran.

Al único al que reconozco que sí le conté todo fue a mi abuelo. ¿Cómo no hacerlo si había sido él el primero en hablarme sobre el bosque y sus múltiples misterios? ¿Cómo guardarme las cosas para mí cuando había sido mi abuelo el primero en enseñarme todo lo que un buen príncipe debe saber para hacer honor a su título? Estaba claro que no podía ocultarle nada a él, no tenía ese derecho.

Por ello, cuando dos días después de mi regreso nos quedamos solos en el salón de la casa frente a la vieja televisión, mi abuelo aprovechó para preguntarme por lo sucedido y yo no dudé y se lo conté todo, al igual que acabo de contártelo a ti.

Recuerdo que, aunque su rostro estaba tranquilo cuando empecé a contarle mis hazañas, el miedo pareció tomar el control cuando le hablé de mis dos nuevos amigos y cuando le hablé de la promesa que les había hecho sobre que volvería allí a verles. Aunque sí, reconozco que me callé la parte del beso. Aún estaba demasiado sorprendido y confundido al respecto como para contárselo aunque fuera al hombre en el que más confiaba.

Mi abuelo, por su parte, parecía haberse quedado paralizado al escuchar mi relato. El terror pintaba su rostro y le temblaban incluso las manos mientras un sudor frío le cubría la frente y su mirada estaba fija en mí. Y yo no sabía qué hacer, nunca había visto a mi abuelo tan asustado, jamás. Tampoco comprendía por qué lo estaba cuando podía comprobar con sus propios ojos que yo estaba perfectamente, que, incluso, me había divertido y que estaba deseando volver para seguir divirtiéndome con mis nuevos amigos. Y eso fue justamente lo que le dije, buscando calmarle.

—No —dijo él entonces, atrapando mis manos entre las suyas y con su mirada centrada en la mía—. No puedes hacer eso. Prométeme que, pase lo que pase, nunca volverás a entrar en ese bosque.

Le miré confuso. ¿Cómo podía pedirme tal cosa cuando acababa de decirle que tenía a mis dos amigos esperándome allí? Además, yo les había hecho una promesa, les había prometido que volvería. Y yo había crecido bajo la premisa de que las promesas se hacían para cumplirlas.

—Prométeme que no volverás a ese bosque —insistió él sin querer escucharme—. Prométeme que, pase lo que pase, no volverás allí. No irás con ellos. No volverás a verles.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué no puedo volver con mis amigos? ¿Por qué si se lo prometí? —le pregunté yo sin comprender por qué no podía hacer tal cosa.

Y él me miró, empezando a recordarme todos los peligros del bosque de los que ya me había hablado en alguna ocasión. De cómo los niños buenos tenían que obedecer a los mayores por más que no entendieran la razón.

—Porque nosotros solo queremos lo mejor para ti —me aseguró con una sonrisa en su rostro, alzando su arrugada y vieja mano para revolverme el cabello como siempre hacía.

—Pero ¿por qué? —volví a preguntarle aún no muy convencido—. ¿Por qué no puedo volver a verles?

—Hay dragones a los que es mejor dejar en paz, hijo —me dijo, soltando un pequeño suspiro—. Prométeme que no volverás. Júramelo.

Y yo, en mi intento por tranquilizar a mi abuelo, en mi pensamiento de no querer contradecirle y de querer que se sintiera orgulloso de mí, le prometí que no volvería a ese bosque y que no volvería a verles; ganándome con ello una sonrisa más tranquila y cariñosa.

Sí, se lo prometí. Aunque les había prometido a ellos que volvería, le prometí todo lo contrario a mi abuelo, sabiendo que me costaría cumplir mi promesa y sabiendo también que ellos me esperarían por toda la eternidad si hacía falta.

Esta, como ya te dije al principio, fue la primera vez que les vi. Y te aseguro que me sentí como si, a su vez, no fuera la primera. Como si yo ya les conociera de antes, mucho antes.

Pero volvamos a la promesa, a ese momento en el que le prometí a mi abuelo que no volvería a ese bosque, con ellos. Porque aunque pueda parecerte sorprendente, la verdad es que cumplí esa promesa durante muchos años. No porque esa fuera mi decisión, no porque eso fuera lo que yo quería. Cumplí esa promesa porque no me quedó más remedio. ¿Te gustaría saber la razón? La verdad es que es bien simple. Mi madre, que aún no se había repuesto del enorme susto que le había dado, nos obligó a mi padre y a mí a volver a la ciudad donde vivíamos en lugar de quedarnos otra semana más como habían planeado en un principio.

De ese modo fue como nos fuimos de allí, de ese pueblo perdido entre las montañas y cercado por el sur por un bosque encantado en el que ellos me esperaban. Un bosque al que, sin embargo, yo había prometido no volver.

¿Qué puedo decirte de lo que ocurrió después? Puedo decirte que mi madre nunca quiso volver al pueblo, algo comprensible si tenemos en cuenta lo mal que lo pasó allí. Puedo decirte que mi padre, aunque no apoyaba del todo la idea de mi madre, acabó aceptándolo y así ninguno volvió al pueblo de mis abuelos por muchos años.

Sin embargo, también puedo decirte que yo no conseguí olvidarles. Soñaba cada noche con ellos, veía sus ojos en la oscuridad y, por si fuera poco, yo mismo solía buscar esos rojizos ojos que tanto me atraían y que seguían llamándome entre la gente con la que me cruzaba por la calle. Pero no les vi, no les encontré en ninguna de las calles de mi ciudad y, poco a poco, según el tiempo pasaba y yo iba creciendo, los comencé a olvidar.

Así los años pasaron y lo sucedido ese día en el bosque acabó convirtiéndose casi en una anécdota más. Terminé el colegio, la secundaria y hasta el bachiller. Mi meta era estudiar periodismo e incluso ya me habían aceptado en la universidad. Tenía pensado pasar el mejor verano de mi vida junto a mis amigos y mi novia, con la que llevaba varios meses de relación, viajando a Ibiza durante todo un mes. En definitiva, yo había dejado de ser el niño que era antes para pasar a convertirme en un joven que lo que quería era vivir la vida. Pero todo se truncó. El Sino volvió a hacer de las suyas una vez más. Yo nunca hice ese viaje. ¿La razón? La muerte de mi abuelo.

A apenas una semana de que tuviera que coger el avión hacia Ibiza, la llamada de mi abuela en mitad de la noche consiguió poner toda la casa patas arriba. La noticia de la muerte de mi abuelo nos había trastocado a los tres pues, aunque sí era bastante viejo, siempre había gozado de muy buena salud.

Como podrás suponer, mi padre no dudó ni un instante en decir que pensaba volver al pueblo donde había nacido para asistir al funeral y ni siquiera mi madre se atrevió reclamar. En realidad, y a fuerza de ser sincero, creo que el que más trabas puso fui yo.

No era que no quisiera ir al funeral de mi abuelo, no. Compréndeme, solo faltaba una semana para irme de viaje, faltaban solo dos días para mi propio cumpleaños, para cumplir por fin los dieciocho, y ahora tenía que ir a un pueblo perdido entre las montañas en el que apenas tendría cobertura en mi móvil y en el que, por supuesto, no vería ni a mis amigos ni a mi novia.

Por supuesto, acabamos yendo al pueblo. Partimos hacia allí a primera hora de la mañana. Y, tras varias horas de viaje en un tenso silencio, llegamos al pueblo que habíamos dejado atrás hacía casi ocho años.

Nada más llegar frente a la casa de mi abuela e incluso antes de bajarme por fin del coche, mi mirada se centró en el bosque que podía ver por la ventanilla. Sin embargo, y aunque el bosque atraía poderosamente mi atención, tras esos ocho años que habían pasado la verdad era que, más que con ansias de aventuras y alegría por haber vuelto al fin, en ese momento no sentía más que apatía y desinterés pues obviamente tenía un asunto de mayor importancia que ocupaba por entero mi cabeza.

Ese día lo pasé, en su mayor parte, junto a mis padres y mi abuela. Recuerdo a mi padre preguntarle a mi abuela sobre la muerte de mi abuelo y sobre por qué no le habían dicho que estaba mal de salud. Y, a su vez, también recuerdo las respuestas de mi abuela, cómo aseguraba una y otra vez que mi abuelo siempre había tenido buena salud, incluso en sus últimos días.

El funeral fue al día siguiente, justamente el día de mi decimoctavo cumpleaños. Se celebró por la tarde, a las cinco en punto, en el pequeño cementerio que había en el pueblo. Recuerdo que acudieron muchos de los pueblerinos, la mayor parte de ellos de la misma edad que mis abuelos, y también recuerdo varios de los comentarios que pude escucharles decir:

—Obra de los demonios.

—Viejo loco, siempre solía ir al bosque por las noches. Decía que iba a por los demonios.

—Está claro que los demonios le mataron.

—Estúpido viejo, todos saben que no se puede entrar en el bosque. Nadie puede ir contra los demonios.

—Los demonios.

“Los demonios”. Esas dos palabras se repetían en cada comentario que escuchaba, en cada conversación que se iniciaba. Los murmullos de los pueblerinos, aunque tuvieron la decencia de detenerse durante el funeral, continuaron tras este, siempre hablando sobre el bosque, siempre recordando los mitos que había entorno a él y, sobre todo, siempre nombrando a esos “demonios” que todo el mundo parecía temer.

Por lo que pude escuchar esa tarde, muchos de los allí presentes estaban seguros de que, desde hacía unos años atrás, mi abuelo se internaba en el bosque casi todas las noches. Ese comportamiento tan extraño era el que les había hecho preocuparse por él, con algunos temiendo que, si no lo dejaba, sucedería lo peor, como así había sido. Pero lo que más me sorprendió era que todos allí coincidían en que la verdadera causa de su muerte nada tenía que ver con el infarto del que hablaba el médico, sino que había sido por culpa de los demonios.

He de reconocerte que, cuanto más oía hablar del bosque y los terribles demonios que allí vivían, más ganas tenía yo de saber más sobre ellos, de saber la razón de tanto temor hacia ellos y, sobre todo, de descubrir la razón por la que mi abuelo parecía buscarles con tanto ahínco.

Porque yo ya no creía en todas esas historias fantasiosas a las que había sido tan aficionado de pequeño. Y aunque podía llegar a entender que hubiera tantas leyendas sobre ese bosque y que le tuvieran tanto miedo, aún no comprendía por qué mi abuelo se había internado allí si siempre me decía lo peligroso que eso era.

No sé muy bien qué fue lo que me hizo volver a acercarme al bosque esa noche. No sé si la verdadera razón que hay tras mi acción es si quería comprender el motivo que había tenido mi abuelo para entrar allí o si en verdad lo hice porque sentía que eso era lo que tenía que hacer. Lo que esa voz que oía en mi cabeza me decía que hiciera.

El caso es que lo hice, terminé acercándome a ese bosque. Por primera vez en casi ocho años, volví a detenerme justo al linde, justo frente a esos dos viejos carteles de “Cuidado” y “Prohibido el paso” que aún seguían ahí. No pensaba en nada, tenía la mente totalmente en blanco. Ni la muerte de mi abuelo ni los comentarios de los demás sobre lo ocurrido ocupaban ahora mi cabeza. Solo una cosa se repetía una y otra vez y era mi nombre, mi nombre dicho por una voz que yo no debía conocer, que estaba seguro de que no pertenecía a ningún miembro de mi familia, amigo ni conocido. Una voz que, pese a todo, me resultaba enormemente familiar. Una voz a la que te terminé haciendo caso.

No avisé a nadie, no le dije a nadie a donde iba. Empecé a caminar y, como ese domingo por la mañana cuando tenía diez años, pasé al lado de ambos carteles y me adentré una vez más en ese bosque.

Pese a todo, esa vez no dejé a un lado la realidad para meterme de lleno en un mundo de fantasía. Esa vez, en vez de hombres lobos, trolls, orcos y demás criaturas contra las que había luchado aquella primera vez, solo veía las ramas, árboles y rocas que les habían dado forma.

Seguí caminando. Aunque sabía que la noche ya había caído y que mis padres se preocuparían si no volvía pronto a casa. Incluso aunque notaba que la temperatura había descendido un par de grados. No me detuve, no pensaba detenerme. No sabía el camino, es cierto, pero no necesitaba saberlo. Mis pies lo conocían perfectamente, o al menos parecían conocerlo, y yo solo me dejé guiar por ellos, hacia delante, siempre hacia delante, un paso tras otro.

No puedo decirte cuánto tardé en llegar a mi destino, durante cuánto tiempo caminé por ese bosque sin un rumbo marcado de antemano, pero llegué. Lo importante es que, aunque en un instante dado estaba rodeado de maleza, al siguiente acababa de entrar en lo que parecía ser un claro en mitad del bosque.

Creo recordar que antes, cuando te conté sobre la primera vez que había estado allí, no te describí el lugar, así que permíteme malgastar un minuto de tu precioso tiempo para describírtelo ahora aunque sea de forma breve. El claro donde estaba no era muy grande, lo suficiente quizás para albergar una pequeña casa de esas que aparecen siempre en los cuentos de niños. Y había ruinas, sí, pero no las de un castillo como te dije antes. Varias rocas y alguna que otra construcción casi del todo derruida eran en verdad lo que componían esas viejas ruinas que yo, en mi afán de aventuras y con mi fantasiosa mente de niño, había querido creer que pertenecían a un castillo. La hierba infinita crecía por todos lados, cubriendo de verde el que en realidad solo era un paisaje de muerte, pues incluso la hierba parecía mustia y sin brillo ni esplendor, ya que jamás hubo nada vivo allí excepto yo.

Curioso, cansado también por la caminata que esa vez me había parecido eterna, avancé un poco más por ese claro iluminado solamente por los suaves rayos lunares provenientes del cielo oscuro. No sabía qué hora era ni tenía forma de saberlo. La batería de mi móvil hacía tiempo que se había acabado y nunca me había gustado llevar reloj. Porque para mí el tiempo jamás había sido importante. Porque para mí un mísero segundo podía ser más largo que toda la eternidad.

Me acerqué hasta esas ruinas, intentando descubrir lo que habían sido tiempo atrás. Las toqué con mi mano, sintiendo el frío que desprendían. Un frío que, estaba seguro, sentiría también aunque fuese mediodía y el sol calentara como nunca. Pasé por encima de algunas de las rocas, agarrándome tanto a las tallas de la piedra, corroídas ya por el paso del tiempo, como a la hiedra que se había pegado a ellas. Atravesé ese pequeño círculo que formaban las ruinas y llegué, por fin, a ese sitio al que mis pies querían llevarme. Un sitio que me pertenecía por completo. Un lugar en el que, aunque no lo supiera en ese momento, yo ya había estado hacía mucho tiempo.

No era un lugar espectacular, y estaba tan muerto como todo lo demás, pero era mío aunque yo no lo supiera. El suelo estaba cubierto de hierba, una bastante más corta y puede que algo más lustrosa que la que había en el resto del claro, y en el centro se erguía lo que parecía ser una estatua, una que asemejaba a un hombre joven.

La miré, al principio curioso y luego desconcertado. Porque no podía ser, porque lo que estaba ante mí no podía ser cierto. Porque ese joven hecho en piedra era igual que yo. Jamás me sentí tan vulnerable como en ese momento, cuando mirar esa estatua pareció ser lo mismo que mirarse en un espejo. Porque ese rostro pétreo era igualito al mío. Los mismos rasgos, la misma nariz, los ojos sin rasgos de color pero que deberían ser de un azul marino, la barbilla, la forma redondeada de la cara, hasta la misma cicatriz que yo tenía en la frente, de cuando me caí con la bicicleta hacía unos años. ¡Incluso tenía mi mismo corte de pelo! Estaba perplejo. No podía entender por qué el chico de esa estatua se parecía tanto a mí, cómo podía ser eso posible.

Bajé mi mirada, pudiendo ver esas prendas esculpidas que tan poco se parecían a las mías, a ese traje negro que aún no me había quitado, y que se asemejaban más a las típicas prendas que vestían los príncipes de lejanas épocas.

Seguí bajando un poco más la mirada, llegando hasta el suelo, descubriendo algo allí que me llamó la atención. Dos flores posadas frente a la estatua, dos…

—Son orquídeas. Tus favoritas.

Instintivamente, me di la vuelta. En todo ese tiempo había creído que estaba solo, que no había nadie más allí salvo yo. Y ahora acababa de descubrir que no era así.

En ese primer momento en el que quedé frente a frente con el joven que había hablado, ni siquiera tuve en cuenta esas primeras palabras que me había dicho, sino que le miré sorprendido a él y al otro joven que había a su lado, detenidos a un par de metros de distancia. Altos, imponentes, con un aire sombrío que les rodeaba y que aumentaba aún más su misterio; vestidos con esas mismas ropas que acababa de ver en el chico de la estatua, de belleza etérea y unos ojos terriblemente atrayentes.

Les miré. Primero al que estaba al frente, al del cabello rubio que me había hablado, y luego al del cabello castaño que se había quedado atrás y que me miraba con unos ojos más fríos que los de su compañero pero igualmente ansiosos.

—¿Cómo? —logré preguntar, confuso, al procesar por fin sus palabras.

El joven sonrió casi divertido y alzó una de sus manos.

—Las flores —me dijo, señalándolas—. Son orquídeas. Siempre fueron tus favoritas.

La confusión que sentía se hizo más patente aún. ¿Cómo podía saber ese chico tal cosa?

—¿Cómo sabes eso?

—Tú nos lo dijiste, ¿recuerdas? Hace tiempo, mucho tiempo. Nos regalaste una orquídea ese día, ¿recuerdas?

El ansia de su voz, la forma en la que ambos me miraban como si esperasen algo de mí, como si esperasen que esas palabras cobrasen algún sentido especial para mí, me asustó. Inconscientemente retrocedí un paso, mirando ahora al chico castaño al ver que avanzaba hasta quedar a la altura del rubio.

—Déjalo. —Le escuché susurrar con voz firme, autoritaria.

—Pero…

—Le estás asustando.

De mala gana, casi con tristeza, el rubio asintió antes de volver a centrar su mirada, sus ojos rojos, en mí, consiguiendo solo con ello que mi cuerpo se estremeciera por completo.

Por su parte, el castaño, que parecía ser quien llevaba la voz cantante entre ellos, miró un segundo a su alrededor, dejando que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro.

—¿Recuerdas la otra vez que estuviste aquí? —me preguntó entonces—. Fue hace unos ocho años. Apareciste en este claro armado con tu espada y tu escudo, más que dispuesto a enfrentarte al dragón que aquí vivía para salvar a la princesa.

Reconozco que cada una de sus palabras no solo me hizo recordar sino que me atraparon. En vez del tono serio de antes ahora su voz era suave, atrayente, hechizante… Una voz que invitaba a la confianza. Una que yo quería aceptar.

Y, como ya te dije, recordé, sí. Recordé esa primera vez que, con diez años, había pisado ese bosque. Recordé cómo había llegado hasta ese claro y a los dos chicos que allí me había encontrado. Los mismos que en ese momento estaban ante mí y que, para mi gran confusión, seguían igual de jóvenes que esa vez.

—Nunca dije que me gustasen las orquídeas —murmuré ya sin saber qué creer ni qué pensar—. Nunca os di ninguna.

—Lo sabemos —respondió él a su vez—. No fue ahí cuando nos lo dijiste ni cuando nos diste la flor.

—Eso fue cuando nos entregaste tu corazón —agregó el rubio—. Cuando nos prometimos amor eterno.

Parpadeé sorprendido, confundido. ¿Amor eterno? ¿Qué tipo de promesa era esa? Además, yo tenía novia. Llevaba saliendo con ella varios meses y jamás había estado con nadie más y mucho menos le había prometido amor eterno.

Quería preguntar qué tipo de broma pesada era esa pero las palabras parecían no querer salir de mis labios. No hizo falta.

—No es ninguna broma —declaró el castaño—. Aunque tú no lo recuerdes.

Retrocedí otro paso sin darme cuenta. La única explicación que mi mente encontraba para esas palabras tan extrañas era que esos dos chicos se hubiesen dedicado a espiarme y que en verdad estaban locos. Qué equivocado estaba.

Quise irme de allí. Recuerdo que pensé en irme de ese claro y ese bosque y volver a casa, a mi vida. Una vida que sabía que pensaba dejar atrás y que ahora trataba de retenerme con garras y dientes, diciéndome que no escuchara, que no les escuchara.

—Gabriel.

Mi breve intento de huída quedó descartado en el momento en el que escuché mi nombre. No debería haberme sorprendido, ya que si creía que me habían estado espiando no era tan absurdo que también supieran mi nombre. ¿Qué fue lo que me hizo detenerme? Su tristeza, su añoranza, su anhelo… Todos esos sentimientos de los que estaba lleno ese mísero susurro que suponía mi nombre.

—No te vayas —me suplicó el rubio—. No nos dejes. Prometiste que volverías. Te esperamos.

Tragué saliva, aturdido. Sí, recordaba la promesa que les había hecho cuando tenía diez años y sí, una parte de mí me suplicaba también que me quedara, que hiciera caso al chico rubio y me quedase allí con ellos.

Por otro lado, esa parte de mí que aún se aferraba a lo sucedido durante mi vida, me pedía que me fuera, que saliera de ese claro y volviera a casa con mis padres y mi abuela. Que volviera al lugar donde le había prometido a mi abuelo que jamás volvería a entrar a ese bosque maldito en el que estaba en ese momento.

¿Qué hacer? Al volver allí había cumplido la promesa que les había hecho a los dos chicos, rompiendo con ello la que le había hecho a mi propio abuelo. Y ahora estaba allí, en ese bosque. El mismo bosque en el que mi abuelo se internaba en su afán de atrapar a esos demonios de los que todos hablaban.

—¿Quiénes sois? —les interrogué, haciéndoles por fin la pregunta que debería haberles hecho nada más verles—. ¿De dónde sois? ¿Por qué estáis aquí? ¿De qué me conocéis? Y no os atreváis a decirme que vivís en el pueblo porque sé que no es cierto.

En silencio, los dos chicos cruzaron una mirada, puede que comunicándose entre ellos, puede que decidiendo quién iba a hablar, quién respondería, nunca lo supe, nunca se lo pregunté. El caso es que, tras un largo y casi infinito segundo, ambos se volvieron de nuevo hacia mí.

—Ya deberías saberlo —me contestó el castaño—. Te respondimos esas mismas preguntas hace ocho años.

—¿“Los guardianes del príncipe”? —repetí escéptico, diciendo las mismas palabras con las que ellos se habían presentado ese día—. ¿Pretendéis que me crea eso? No soy ningún crío. Ya no creo en todas esas historias fantasiosas.

—¿Para qué mentirte? No tendría sentido.

—Lo tendría si lo que queréis es confundirme —le corté desafiante, impaciente también.

Sentía la mirada de ambos en mí. La súplica de uno, la seriedad del otro y el anhelo de ambos. Y me confundía, la verdad es que sí, porque yo ya no sabía qué pensar, no sabía qué decir, qué hacer. Quería salir de allí, pero también quería respuestas. Unas respuestas de verdad, no esas que decían haberme dado hacía ocho años y que no eran más que historias fantásticas dichas para consentir a un niño pequeño.

—¿Quiénes sois? —repetí, esta vez con voz más firme—. ¿Qué estáis haciendo aquí, en el bosque?

—Te esperamos.

—¿Por ocho años? —interrumpí al rubio con recelo—. ¿En serio pensáis que me voy a creer que habéis estado aquí ocho años esperándome por una promesa que os hice de crío? ¿Que me esperasteis en mitad de un bosque del que lo que menos dicen es que está maldito?

—Pensaba que no creías en historias fantasiosas —me dijo el castaño con tono socarrón—. Y ahora hablas de un bosque maldito.

—Además, tú siempre vuelves —agregó el otro antes de que pudiera decir nada—. Aunque haya veces que no nos recuerdes.

—Habláis como si esta no fuera la segunda vez que nos vemos.

—¿Has considerado la posibilidad de que quizás no lo sea? ¿Qué pasaría si esta no fuera ni la segunda ni la tercera ni tampoco la cuarta vez que nos hemos visto?

Retrocedí un paso, confuso, asustado por esas palabras, por la idea cada vez más fuerte de que los dos chicos que estaban ante mí sólo podían ser unos locos. Eso o que todo fuera una broma.

—¿Qué es esto, una cámara oculta? ¿Es ahora cuando va a salir el cartelito de “inocente”? Porque os aseguro que vuestra broma no tiene ninguna gracia —les advertí.

—Esto no es ninguna broma.

—¿Entonces qué es? —les interrogué. Estaba empezando a cansarme de no obtener nada salvo más interrogantes—. Si no es una broma, ¿qué es? Dímelo.

El castaño suspiró, tal y como si esa fuera su forma de recuperar la paciencia o al menos parte de ella, por lo que fue el rubio quien tomó la palabra.

—¿Por qué viniste? Si dices que el bosque está maldito y que es peligroso, ¿entonces qué haces aquí? ¿Por qué volviste?

Me quedé mirándole, haciéndome esa misma pregunta: “¿Por qué había vuelto al bosque?”. Decidí contestar mal y rápido al no encontrar una respuesta convincente.

—Eso no es asunto tuyo.

—Entraste porque sentiste que era lo que tenías que hacer. Porque algo te decía que no te pasaría nada, que ninguno de esos peligros de los que tanto hablan los del pueblo se atreverían a tocarte. Por eso entraste, por eso estás aquí ahora, porque sabías que nosotros estaríamos aquí, esperándote.

Le miré desconcertado, sin poder creerme tal contestación.

—¿Me estás diciendo que lo hice por vosotros? —le pregunté entre risas sarcásticas y nerviosas.

—No, por supuesto que no —me dijo él, negando con la cabeza—. Lo hiciste por ti.

Mi cuerpo se quedó parado, paralizado al escuchar esas últimas palabras y el resto que las siguieron:

—Lo hiciste por ti. Porque sientes que no perteneces a ese mundo, porque sabes que no perteneces a él. Y necesitas saber quién eres, por qué te sientes así.

—¿Así? ¿Así cómo? —balbucí casi con miedo.

—Perdido. Perdido en un mundo que deberías conocer. Solo en mitad de una multitud de gente, sin nadie que te entienda, sin nadie que te comprenda. Siempre solo, esperando que alguien te encuentre, esperando encontrar a alguien que en verdad te comprenda. Buscándonos a nosotros.

Mi cuerpo temblaba ahora. Sacudí la cabeza queriendo acallar esa voz, hacerla desaparecer. Porque sabía que tenía razón, porque había expresado cómo me sentía desde que tenía uso de razón. Porque sí, tenía novia, pero solo porque no me había atrevido a negarme cuando ella me dijo de salir juntos. Y tenía amigos, sí, pero solo unos a los que nunca les había contado nada, a los que solo les había dejado ver esa parte de mí que no era más que una máscara que ocultaba cómo era en realidad, lo solo que estaba, lo perdido que me sentía.

Solo había habido una persona con la que me sentido bien, en la que siempre había sentido que podía confiar y que podría contarle cualquier cosa… Y me separaron de ella. Y ahora estaba muerta. Había muerto, obra de un infarto, obra de unos demonios… ¿Importaba la razón, la causa? Sí, claro que importaba. Por supuesto que me importaba.

—¿Fuisteis vosotros? —les pregunté, alzando mi mirada hacia ellos—. ¿Vosotros le matasteis? ¿Matasteis a mi abuelo?

Una nueva mirada entre ellos me hizo saber que ambos sabían sobre lo ocurrido, así que seguí insistiendo.

—El médico dijo que murió de un infarto, pero los del pueblo dicen que no es así, que le asesinaron los demonios del bosque. Porque desde hacía años mi abuelo entraba en el bosque, porque buscaba a los demonios en él. Y vosotros estáis aquí —agregué—. No sé quiénes ni qué sois, pero según vuestras propias palabras lleváis esperándome aquí, en este mismo claro, ocho años. Y no habéis cambiado, seguís igual que ese primer día que os vi cuando era un niño. Está claro que no sois personas normales. Lo que no sé aún es si vosotros sois esos demonios de los que hablan tanto o si sois otra cosa.

Ninguno dijo nada. Los dos se mantenían en silencio, como si supusieran que esa era la única forma para que dejara el tema.

—¡Decídmelo! —les pedí más que ordené—. ¡Decidme qué pasó! ¿Venía al bosque?

—Todas y cada una de las noches —respondió el castaño.

—¿Y qué buscaba? ¿Qué era lo que buscaba? —Ambos se encogieron de hombros, aunque estaba seguro de que conocían la respuesta—. ¿Qué le pasó?

—Enfureció a la hidra.

—Se enfrentó al lobo.

—Despertó al troll.

—El ent no le salvó.

Los susurros de ambos me confundían, porque para mí no eran más que sinsentidos, palabras dichas con la única finalidad de confundirme y hacer que dejara el tema, que no siguiera preguntando. Pero yo quería saber y que se inventaran todo eso no iba a hacerme dejar el tema.

—¿Le matasteis? —les interrogué autoritario—. ¿Vosotros le matasteis?

—Él te hizo olvidar —continuó el rubio como única respuesta, atreviéndose a avanzar un par de pasos hacia mí.

—Pero nosotros te haremos recordar.

Les miré. Aunque no fuera esto lo que quería, ambos estaban a menos de medio metro de mí. Mi cuerpo no se movía y yo era incapaz de apartarme o alejarme de ellos. Mi corazón latía con fuerza y mi respiración se había agitado, todo por tenerlos tan cerca, por sentir su mirada fija en mí, por sentir cómo uno de ellos, el del cabello castaño rojizo, se adelantaba un poco más y, tal y como había hecho ocho años atrás, volvía a unir sus labios con los míos.

Me quedé paralizado. En el momento en el que sus labios rozaron los míos, mi mente colapsó, impidiendo a mi cuerpo alejarle de mí. Sentía los brazos del otro rodeando mi cintura, atrayéndome aún más a él; sus labios, anormalmente fríos, contra los míos, moviéndose contra ellos al intentar hacerlos responder.

No intenté apartarle. Estaba tan confundido por lo que estaba sucediendo que mi cuerpo no era capaz de hacerme caso con esa orden tan simple, ni siquiera cuando sentí su lengua lamiendo mis labios. Ni en el momento en el que por fin su lengua se coló en el interior de mi boca yo pude hacer algo más que suspirar.

Pese a todo, pronto pude sentir que algo iba mal, que algo estaba mal. No era el hecho de estar besándome con un chico, no, era otra cosa. Porque sí, estaba besándome con él, con ese chico al que apenas conocía, pero eso no era lo que me parecía extraño. Eran esos dos puntiagudos colmillos más grandes de lo normal que rozaban mis labios y se hundían en ellos, no lo suficiente como para hacerme sangrar pero asustándome de igual modo.

Al final, no dudé. Posé mis manos en su pecho y le aparté ligeramente de mi lado. Él se dejó hacer, dándome un último y pequeño beso antes de alejarse por fin.

Le miré. Sus ojos rojos estaban fijos en mí, luciendo un brillo que yo no supe distinguir. Estaba tranquilo, relajado, todo lo contrario a mí, ya que mi respiración se había vuelto agitada y los nervios me atrapaban, centrando mi vista en esa sonrisa suya que me dirigía.

—Abre la boca —le pedí en apenas un susurro.

Él me miró en silencio, incluso su compañero se quedó callado sosteniendo mi mirada. Y, en el mismo momento en el que ya empezaba a creer que no me haría caso, el castaño abrió lentamente su boca dejando al descubierto lo que tanto me había extrañado antes.

Sus dientes, además de blancos y perfectos, tenían algo que los hacían extraños. Sus colmillos eran más largos que los otros dientes y puede que más afilados que los normales.

Parpadeé incrédulo. Quizás en otro momento habría bromeado sobre alguna tontería de alguna operación para afilar los dientes así, pero algo me decía que esos dientes eran tan naturales como los míos. Pero, si eso era así, ¿en qué nos dejaba eso? ¿Por qué tenían los colmillos así?

—¿Qué…? ¿Qué sois? —conseguí balbucear, asombrado, atónito por lo que podía ver ante mí—. Tenéis los colmillos más grandes de lo normal, vuestra piel es mucho más pálida que la del resto, vuestros ojos son de color rojo y seguís igual que hace ocho años. ¿Qué sois? —repetí—. ¿Quiénes sois?

Ambos se miraron, cruzando una nueva mirada antes de volverse hacia mí una vez más.

—¿Quieres saber quiénes somos? ¿Quieres saber qué somos? —me preguntó el rubio con voz suave. Asentí.

—Somos los guardianes del príncipe. Tus guardianes —empezó a decir el castaño—. Eternamente jóvenes, eternamente hermosos. Criaturas de la noche que no necesitan comida ni agua para sobrevivir, tan solo la sangre de sus víctimas, la sangre de su príncipe. Nuestro reino es la noche, pues no soportamos la luz del sol. Somos lo que los humanos llaman “vampiros”.

Vampiros. Esa simple palabra consiguió que mi cuerpo temblara por completo. Un sudor frío empapó mi frente mientras esa palabra se repetía una y otra vez en mi cabeza.

No podía ser verdad, los vampiros eran seres de leyendas, no existían, no podían existir. Pero había visto los colmillos, sus ojos, les veía a ellos tan jóvenes como esa primera vez hacía ocho años. Eternamente jóvenes, imperturbables al paso del tiempo.

—Pero… la otra vez era de día —susurré sin poder creérmelo aún—. Y vosotros no…

—Este es un bosque oscuro. Un bosque maldito que ni el sol se atreve a iluminar. Podemos salir cuando nos plazca —me explicó el rubio.

—Entonces, ¿todo eso de que el bosque está maldito es cierto? —les pregunté sorprendido, ya que siempre había creído que no era más que una absurda leyenda.

—Todo lo que se cuenta sobre este bosque es verdad —asintió de nuevo el rubio—. Todos sus peligros son ciertos.

—¿Y por qué a mí nunca me ha pasado nada?

—Porque el mayor peligro de este bosque somos nosotros dos. Por eso nada se atreve a tocarte —contestó el castaño, mostrándome una vez más sus puntiagudos colmillos al sonreír de una manera bastante siniestra.

Podría decirte que me asusté, podría decirte que me estremecí de terror al escuchar tales palabras, al ver esa sonrisa que prometía terrores sufrimientos… Pero no fue así. Tragué saliva, sí, y estaba confundido, sorprendido, aún intentaba procesar toda esa información que acababa de obtener, pero no estaba asustado.

Te aseguro que no es que me considere una persona valiente. Puede que me hubiera adentrado en ese bosque y que en ese momento estuviera allí, con ellos; pero jamás me he considerado así. La razón por la que no sentí miedo en ese momento fue por la certeza que tenía que no me pasaría nada, que, pasara lo que pasara, ellos no me harían daño. Después de todo, eran ellos los que se llamaban a sí mismos los guardianes del príncipe. Mis guardianes.

Pese a todo, no por no sentir miedo me quedé ahí quieto cuando ellos volvieron a acercarse. Aún estaba perplejo, demasiado confundido con esa última revelación como para no poder evitar retroceder un paso al verles avanzar.

La idea de que los vampiros existieran, de que ellos fueran vampiros, no cabía en mi cabeza aunque tuviera las pruebas ante mí. Mi mente intentaba encontrar una razón lógica para todas ellas, mientras mi respiración se agitaba y los latidos de mi corazón aumentaban hasta tal ritmo que estaba seguro de que mi corazón no tardaría demasiado en salírseme del pecho.

—Vosotros sois los demonios.

No sé qué me llevó a decir eso. Quizás la idea de que, al poner en palabras algunos de esos pensamientos que se agolpaban en mi mente, estos podrían parecerme más reales. Quizás la creencia de que solo necesitaba decirlo para creerlo.

Por su parte, ellos dos simplemente sonrieron, y avanzaron otro pequeño paso que les acercaba aún más a mí.

—Si eso es lo que nuestro príncipe desea…

—Eso será lo que seremos —concluyó el castaño.

Sentía su aliento entremezclándose con el mío, sus ojos fijos en mi persona, al igual que los del rubio. Y yo no podía moverme. Mi cuerpo permanecía quieto. Mis pies no me obedecían cuando les ordenaba que retrocedieran un nuevo paso y me alejaran de ambos.

El castaño alzó su mano. Sus dedos fríos volvieron a tocar mi mejilla, sujetándome el rostro con delicadeza.

—Déjanos ayudarte a recordar.

Las manos del rubio abrazándome por detrás me asustaron, haciendo que diera un pequeño salto. Sobre todo al notar su respiración en mi cuello, su frío aliento chocando contra mi cálida piel mientras hablaba.

—Déjanos abrir la puerta hacia tus recuerdos.

—¿Mis recuerdos? —conseguí susurrar, confundido.

—Sí. Esos que siempre pierdes al dejarnos. Esos que están encerrados en lo más profundo de tu mente, esperando a que nosotros los rescatemos.

—No entiendo… No…

—Shh —me acalló el rubio al posar un dedo sobre mis labios, volteándome un poco el rostro para que pudiera ver su sonrisa—. Tranquilo, ahora lo entenderás. Confía en nosotros.

No sé exactamente qué fue lo que me hizo asentir. Si fue la súplica y, a la vez, la tranquilidad que transmitía con su voz; la deslumbrante sonrisa que adornaba su rostro pese a esos colmillos; la mirada que el castaño me dirigía o, simplemente, si fue mi propia curiosidad, mi propio deseo por saber lo que me hizo asentir, pero lo hice.

Asentí. Cerré los ojos y me dejé hacer. Sin miedo, sin temor. Porque sabía que ellos no me harían daño y, por lo tanto, no había razón para temer.

De esa forma, volví a sentir los labios de uno de los dos contra los míos. Salvo que ahora, al contrario que antes, el beso era más lento, más cuidadoso, casi como si tuviera miedo de asustarme, lo que me hizo suponer que no era el castaño quien me besaba, sino el rubio.

Con algo de nervios, empecé a corresponder al beso, rozando mis labios contra los suyos, entreabriéndolos incluso al sentir su lengua ávida de contacto, decidiendo unirla a la mía.

Suspiré dentro del beso. Sentía sus colmillos rozando mis labios y mi lengua, pero eso, más que asustarme, me excitaba aún más. Sus manos seguían viajando por mi pecho y hasta pude sentir que el castaño decidía volver a acercarse y unírsenos.

No puedo decirte cuándo empezaron las imágenes. No sé cuándo empecé a sentir el sabor metálico de la sangre en mi boca, cuándo me alarmé pensando que me habían herido para darme cuenta, al escuchar ese “Bebe”, que no era así. No puedo decirte cuándo los labios del castaño ocuparon el lugar de los del rubio para deslizar una nueva gota de sangre hasta mi garganta. Lo que sí puedo decirte es que, lo que hasta ese mismo momento no fueron más que sensaciones, gracias a esas dos gotas de su sangre, se convirtieron en imágenes.

Y pude verme ahí, en otro tiempo, en otro lugar, vestido con extrañas ropas y haciendo justamente todo lo que, en mis fantasías, hacía de pequeño. Pude verme con ellos, con los dos jóvenes que en ese momento estaban a mi lado y que no habían cambiado ni un ápice. Pude verme hablando con ellos, luchando con ellos e incluso, y te confieso que me ruboricé, haciendo el amor con ellos. Me vi muriendo en sus brazos tras entregarles dos orquídeas, tras prometerles amor eterno. Y también me vi volviendo a la vida una y otra y otra vez… Hasta que me vi volviendo a entrar en ese bosque primero con diez y luego con dieciocho años. Y fue en ese momento cuando supe que era como ellos decían, que los conocía, que lo que estaba viendo no eran imágenes sin sentido, que eran mis recuerdos. Que no debía temerles porque ellos me esperaban. Me amaban.

Cuando me separé de sus labios me sentía cansado, más aún que si hubiera corrido durante todo el día. La cabeza me dolía, seguramente por toda esa sobrecarga de información que acababa de sufrir. El cuerpo me temblaba e incluso tenía miedo de que las piernas no pudieran sostenerme. Pero sabía que no caería, ellos me sujetaban.

—Di nuestros nombres —me susurró desde mi espalda el rubio en mi oído, estrechando su abrazo y acariciando mi pecho con sus heladas manos—. Dilos.

Cerré los ojos, aún cansado, temblando. Todas esas imágenes que acababa de ver aún se apelotonaban en mi cabeza, haciéndome imposible pensar en otra cosa. Pese a ello, había dos nombres que se repetían una y otra vez, susurrados por una voz que era igual que la mía. Una voz que había sido mía.

—Uriel.

Pude notar la sonrisa del rubio contra la piel de mi cuello cuando le nombré. La alegría que le inundó al escuchar su nombre salir de mis labios.

—¿Y él? —me preguntó, fijando su mirada en su compañero—. ¿Cómo se llama él? Di su nombre, Gabriel, nómbrale.

Abrí los ojos, centrándolos en él, en el joven de cabello castaño rojizo que estaba ante mí, esperando que le dijera su nombre, que le nombrara. Tragué saliva. Sentía todo mi cuerpo estremecerse, ya no por esas imágenes, sino por los gestos del rubio, por esas caricias y notar sus dientes rozando la piel de mi cuello, algo que me hizo ahogar un leve jadeo.

Aún en silencio, alcé la mano llegando a tocar la mejilla del otro con la punta de mis dedos, y le vi entrecerrar los ojos, dejándose hacer.

—Rowan.

Al igual que había pasado con Uriel, Rowan también dejó que una sonrisa adornara su bello rostro en el mismo momento en el que susurré su nombre. Yo mismo, recuerdo, esbocé una sonrisa, puede que contagiado por esa felicidad que ambos transmitían, o puede que, simplemente, por mi propia felicidad al haberles recordado. Al haberles encontrado.

—He vuelto.

—Has vuelto.

 

Nunca encontraron mi cuerpo. Tras mi desaparición, mi familia llamó a la policía e incluso todo el pueblo se prestó voluntario para ayudar en la búsqueda, pero nunca me encontraron, ni vivo ni muerto.

Jamás supieron lo que me había sucedido y, tras varias semanas de intensa pero inútil búsqueda en la que los más valientes incluso se atrevieron a buscarme en el bosque, terminaron abandonando la búsqueda y dándome por muerto.

Mi familia lloró mi pérdida durante semanas. Mi madre culpaba a mi padre por haber sido él quien dijo de volver a ese pueblo que ya había tratado de robarle a su hijo una vez y que ahora, por fin, lo había conseguido y se lo había arrebatado. Mi padre se culpaba de mi Sino y pasó mucho tiempo hasta que dejó de buscarme, de llamarme una y otra vez hasta quedarse sin voz. Mi abuela cayó en depresión tanto por la muerte de mi abuelo como por mi desaparición. Y los pueblerinos… Ellos tenían muy claro lo que me había pasado. Decían que, al igual que el loco de mi abuelo, yo también me había adentrado en el bosque y que mi muerte se debía a que los demonios del bosque se habían cobrado otra víctima. Algo que, por supuesto, aumentó su temor hacia el propio bosque.

¡Qué equivocados estaban!

Es cierto que desaparecí, sí, y también es cierto que ni mis familiares, amigos o simplemente la gente del pueblo, volvió a verme. Pero no porque estuviera muerto, no porque hubiera muerto en ese claro pues no fue así. Yo seguía tan vivo como cuando había entrado en el bosque.

Y sí, es verdad que supe de todas esas partidas de búsqueda, es cierto que supe de todo el dolor que mi pérdida trajo consigo a mi familia. Y puedo asegurarte que el primero en querer ahorrárselo era yo. Pero no podía ser. Porque eso implicaba volver y yo ya no podía hacer eso. Ya no podía volver con mi familia y hacer como si nunca me hubiera reencontrado con Rowan ni con Uriel, porque yo ya no podía dejarlos y volver a mi vida anterior. Porque esa ya no era mi vida, porque ese ya no era mi mundo. Mi mundo eran ellos dos, Rowan y Uriel, Uriel y Rowan, mis eternos vampiros, mis eternos guardianes, mis eternos amantes.

Así pasé los siguientes días, con ellos, en una casa que había en la zona más recóndita del bosque, la más alejada del pueblo. Una casa que, al igual que ellos, parecía resistir el paso del tiempo sin ningún problema, sin tener que cambiar.

Y allí, en esa vieja casa encantada y junto a ellos, los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Y todo seguía igual, yo seguí igual.

No puedo decirte cuántos años han pasado desde ese día en el que dejé atrás todo ese mundo al que creía pertenecer para volver al mundo al que en verdad pertenezco. No puedo decírtelo porque, como ya te dije antes, el tiempo nunca ha sido algo importante para mí. Pueden haber pasado siglos, milenios enteros o solo un simple instante, no lo sé y tampoco me importa. Lo que sí puedo decirte es que sigo aquí, vivo, que sigo con ellos, viviendo en esa vieja casa, y que, por más sorprendente que pueda parecerte, mi aspecto sigue siendo el mismo que el de esa vez. Solo mis ojos ponen de manifiesto que hace mucho tiempo que dejé atrás esos dieciocho años que tenía cuando vine esa segunda vez y decidí quedarme con ellos.

Reconozco que todo esto puede parecerte una idea estúpida, que dejarlo todo atrás para estar con las dos personas que más amo haya sido quizás la mayor locura que cometí en la vida. Te aseguro que yo también le he dado muchas vueltas al asunto, e incluso ahora, mientras te estoy contando la historia de mi vida, no dejo de pensar en ello.

Sin embargo, no son preguntas tipo “¿Hice bien en dejarlo todo atrás, en irme así?”, las que ocupan mi cabeza, ya que para esa pregunta ya tengo una respuesta clara: un sí rotundo y que no deja lugar a dudas. La pregunta que me hago, después de tantos años y de tanto tiempo como he vivido a su lado, es la de ¿sigue estando bien seguir aceptando esa gota de sangre que diluyen en mi bebida?, ¿esa gota de sangre que me traspasan en uno de sus besos?, ¿esa gota de su propia sangre que yo sé que es la que consigue que siga vivo y que el tiempo no pase para mí?

Porque aunque les siga amando incluso más que ese primer día, que todos esos días anteriores en todas esas vidas pasadas, también sé que ya no puedo más. Sé que, aunque el tiempo no parezca pasar para mí, este ya se ha acabado. Sé que ya ha llegado mi hora, que mi tiempo se ha acabado.

Y las dudas me asaltan, claro que sí. Dudas por lo que va a pasar. Por si seré capaz de hacerlo, de dejarles al abrazar los brazos de la muerte. Esos brazos que me alejarán de los suyos.

¿Sabes? En estos momentos, ahora que estoy aquí, de pie ante esta vidriera de cristal que en realidad da al balcón que hay en mi habitación; lo único que tengo en la cabeza son todos esos momentos que pasé con ellos. Todos esos buenos momentos y también los malos, que te aseguro que no han sido pocos, pero que tras todos estos años han perdido ya toda su importancia, convirtiéndose casi en meras anécdotas si los comparamos con los buenos momentos vividos juntos.

Aquí, ahora, no puedo dejar de pensar en el momento en el que acepté irme con ellos, salir de ese claro y venir a esta casa que, desde ese día hace ya tanto tiempo, se ha convertido en mi hogar. No puedo dejar de pensar en esa nueva primera vez que me entregué a ellos y también en esa vez que les dejé probar mi sangre una nueva primera vez.

Y, pese a todo, aún sigo queriendo morir. Mi decisión no cambia, por más que sé que, si sigo adelante, les dejaré atrás. Pero claro, ¿cómo morir sabiendo que esa gota de sangre que he bebido durante todos estos días hace que ni la enfermedad ni el tiempo me afecte? ¿Cómo ir al encuentro de la muerte cuando puede considerárseme un mortal inmortal? Para eso está él.

Seguro que en estos momentos te estarás preguntando quién es “él”. Dado que nunca se me ha dado bien mantener el misterio, te responderé. Él es mi abuelo… y a la vez no lo es.

¿Te he confundido? Sí, seguro que sí. Después de todo, ya te he dicho que mi abuelo murió, que fue el hecho de volver al pueblo para ir a su entierro la causa de que yo esté ahora aquí. Cálmate, te aseguro que te lo explicaré, pero antes, ¿me dejarías hacerte una pregunta personal? ¿Crees en la reencarnación? Esa creencia que dice que, al morir, el alma se separa momentáneamente del cuerpo y, después de algún tiempo, toma otro cuerpo diferente para volver a nacer.

Yo personalmente debo admitir que jamás he sido una persona religiosa. La muerte, y todo lo que esta conlleva, no me importaba. Para mí, la promesa de ascender al cielo o la maldición de caer al infierno nunca había sido algo que me quitaba el sueño. Y mucho menos me importaba el tema de la reencarnación. Algo en lo que nunca había meditado hasta que me di cuenta que ese tema tenía más que ver conmigo que lo que podría haber imaginado.

¿Recuerdas que te dije que en el momento en el que probé su sangre pude ver miles de imágenes en mi cabeza? ¿Que me vi a mí mismo en diferentes situaciones y en diferentes épocas que yo no recordaba haber vivido? A eso mismo me refiero. Porque sí, la creencia de que el amor puede traspasar incluso las fronteras de la muerte no es una simple creencia, es una realidad.

Y lo mismo le pasa a mi abuelo. Bueno, lo mismo no. Él no vuelve por el amor que le profesa a otra persona, sino por la misión que tiene que hacer, por la importancia de esta. Porque hasta que yo no cumpla mi verdadera misión, porque hasta que yo no sea capaz de realizar la misión que se me encomendó en mi primera vida, hace ya más años de los que puedo contar, él y yo volveremos a la vida una y otra vez.

¿Quieres saber cuál es esa misión tan importante de la que hablo? La de mi abuelo es, por supuesto, la de procurarme un veneno con el que poder morir. Un veneno que elimina todas esas ventajas que la sangre de Rowan y Uriel me da y que hace que el tiempo vuelva a pasar para mí, matándome.

Y la mía… La mía es una que jamás he podido cumplir, que incluso tengo dudas de si podré cumplirla alguna vez. Porque mi misión, la verdadera razón por la que vuelvo a la vida, por la que me reencarno una y otra vez, es la de matarles.

Sí, has leído bien, he dicho matarles. A ellos, a Rowan y a Uriel, a Uriel y a Rowan. A esos dos seres de los que me enamoré profundamente en mi primera vida, a esos dos seres de los que aún sigo profundamente enamorado y que, pese a todo, yo tendría que matar. ¿Cómo? ¿Por qué? Después de tanto tiempo la razón ya no tiene importancia. Ellos lo saben, yo lo sé, y el hombre que una vez fue mi abuelo también lo sabe. Saben que debería matarles. Saben que es la única forma que existe para que mi alma pueda descansar en paz. Pero soy incapaz de hacerlo. Soy incapaz de hacerles mal alguno y todo por este amor que nos profesamos.

Por eso, hace unas horas fui a verle. A él, a ese hombre que una vez fue mi abuelo. Ese hombre que, aunque se ha reencarnado las mismas veces que yo, sí conserva los recuerdos de sus vidas pasadas, no como me pasa a mí. El mismo hombre que guarda la llave de mi muerte.

Salí de esta casa sabiendo que Rowan y Uriel sabían perfectamente cuál era mi destino. Crucé el bosque, ese oscuro y maldito bosque del que, incluso a día de hoy, se siguen contando tantas cosas, y volví una vez más a esa casa que había pertenecido a mis abuelos.

Y le vi allí, sentado en una silla en el porche de la casa, con la mirada fija en el horizonte. Y él oyó mis pasos, desviando al instante su mirada hacia mí. Incluso esbozó una leve sonrisa, no de alegría o felicidad, sino de infinita tristeza. No nos saludamos, no hizo falta. Él sabía a qué había ido allí. Aunque, tras pasar hasta una pequeña cocina, le conté todo esto que acabo de contarte a ti, con él escuchándome hasta el final sin interrumpirme ni una sola vez.

—¿Por eso estás aquí?

Su pregunta, una vez que acabé de contárselo todo, me hizo abrir los ojos y volver a centrarme en él.

—¿Por eso has vuelto? ¿Para que te mate?

En su voz no había juicio ni acusación, simplemente esperaba mi confirmación mientras teñía sus palabras con una súplica.

—Sí.

Él asintió, comprensivo, pues, como ya te he dicho, no hacía falta decir más. Él ya lo sabía todo, ya sabía todo lo que necesitaba saber y era por esa razón por la que comprendía por qué se lo pedía.

—Está bien. Lo haré. Si eso es lo que quieres, te mataré.

—Gracias —susurré, dejándole ver todo ese alivio que sentía con una sonrisa.

Negó con la cabeza. Quizás pensaba que “gracias” era lo último que yo debería decirle, ya que era lo único que no quería escuchar porque, como todas esas veces que había ido a él, él no quiere matarme. No quiere hacerlo, nunca quiere, pero siempre lo hace.

Se levantó de esa silla en la que estaba sentado, obligando a sus viejos huesos a moverse y con mi vista fija en él. Un joven que, pese a todo, era mucho más viejo de lo que era él.

—¿Cómo moriste?

Suspiró, y hasta pude verle desviar la mirada de mí, aunque estoy seguro de que mi pregunta no le extrañó. Supongo que siempre supuso que, cuando fuera a él, se lo preguntaría. Que algún día, en algún momento, tendría que responderme.

—¿Te importa que antes de responder te pregunte yo algo? —Negué con la cabeza, sintiendo su mirada fija de nuevo en mí—. ¿Qué te dijeron?

—Ya te lo dije —respondí sin dudar—. No quisieron responderme. Nunca lo hicieron.

—¿Y qué crees que pasó? ¿Qué pensaste? —me siguió preguntando al volver a darme la espalda—. ¿Pensaste que habían sido ellos?

Se hizo el silencio. Él empezó a trastear entre sus cosas mientras yo meditaba esas últimas preguntas, pensando qué podía decirle. La verdad de las respuestas.

—Al principio creí que sí, que habían sido ellos quienes lo hicieron —confesé en apenas un susurro—. Luego… Luego simplemente me dio igual, no me importó. Dejé de pensar en ello durante mucho tiempo.

—Hasta que decidiste ponerle fin, ¿no es así?

—Sí, exacto. Hasta que decidí morir.

—¿Y qué pasará con ellos? ¿Lo sabes?

—Sí, claro que lo sé —contesté—. Esperarán. Ellos siempre esperan.

—Hasta que te decidas a ponerle fin a todo. Hasta que les mates.

Asentí. Sabía que eso era verdad. Que, como ya te he dicho, esto no parará hasta que termine cumpliendo esa orden y les mate. Suspiré.

—Sabes que no puedo hacerlo. Sabes que no puedo matarles. Nunca podré.

—Lo sé. Siempre lo he sabido.

Otro suspiro se escapó de mis labios al escucharle, junto a una pequeña carcajada vacía de toda gracia. Mi mirada se había quedado fija en la mesa que estaba entre ambos pensando en esa misión, en lo que eso suponía para mí. No más reencarnaciones, sí, pero al precio de perderles para siempre. Un precio que no estoy dispuesto a pagar.

—Me suicidé.

Alcé la mirada, sorprendido por esa confesión. Le miré. Ya no estaba de espaldas a mí, había terminado por volverse y apoyarse en la encimera para mirarme desde allí, pudiendo ver perfectamente la confusión que me invadió en ese momento.

—Querías saber cómo morí, ¿no es así? Esa es la respuesta. Me suicidé.

—¿Por qué?

—Porque sabía que volverías con ellos. Porque sabía que no les matarías. Porque no quería tener que matarte otra vez.

—Y, pese a todo, vas a hacerlo.

Desganado, él asintió.

—Sí, voy a hacerlo. Y ellos te esperarán, te seguirán esperando.

—Lo sé.

No hizo falta decir más. Todo lo necesario ya estaba dicho. Él sabía que no podría hacer nada para hacerme cambiar de opinión y yo ya sabía que, por mucho que le doliera, él me daría lo que quería.

Y así fue. Tras un suspiro, se dio la vuelta abriendo uno de los muchos armarios de la cocina y buscando algo en él. Así, le vi sacar y abrir un pequeño vial, y, tras coger un cuchillo y hacerse un corte en su brazo izquierdo, llenar el frasco con su propia sangre. Tras esto, volvió a acercarse a la mesa, posando el frasco sobre ella.

—Esto es. Bébelo y morirás —me dijo, ignorando el corte superficial que se había hecho.

En silencio, observé el pequeño vial que estaba ante mí, lleno de su sangre. Sabía que era eso lo que me daría la muerte, lo que le daría un pequeño descanso a mi alma. Una nueva oportunidad.

—Si vas a darme las gracias, ahórratelas —me advirtió incluso antes de que pudiera abrir la boca.

—De todos modos, te las daré —le dije para su gran desgracia. Sonreí—. Gracias.

—No las merezco. Y ahora vete. Seguro que estás deseando despedirte.

Asentí, levantándome de esa silla y guardando el vial en uno de los bolsillos de mis pantalones.

—Adiós. Hasta nuestra próxima vida.

—Que espero que sea la última.

—Quien sabe. Quizás en mi próxima vida sea un asesino al que le guste matar a sus amantes —bromeé.

Un amago de sonrisa apareció en su rostro, más como gesto hacia mí que porque mi comentario le hubiera hecho gracia, pues estoy seguro de que sus esperanzas porque esto acabe son bien pocas.

—Estás aquí.

El susurro ronco y suave, su frío aliento entrechocando contra mi cálida piel, sus manos rodeando mi cuerpo… Todo esto logra hacerme volver al eterno presente, dejar a un lado todos estos recuerdos para centrarme en lo que sucede aquí y ahora.

—Sí —murmuro esbozando una sonrisa mientras entrelazo mis dedos con los suyos—. Estoy aquí.

—Mi príncipe. —Le oigo susurrar contra la piel de mi cuello.

—Rowan.

Un estremecimiento sacude mi cuerpo al sentir sus puntiagudos dientes en mi cuello, a la altura de mi yugular. Un leve quejido se escapa de mis labios cuando, finalmente, sus dientes se hunden en mi piel y empieza a succionar. Cierro los ojos, relajo todos los músculos de mi cuerpo y me apoyo por completo en él, sabiendo que no me dejará caer.

Alzo mi mano derecha, llevándola hasta su sedoso cabello castaño e interno mis dedos en él. A su vez, y sabiendo que él espera, alzo mi otra mano, no hacia Rowan, sino hacia mi izquierda, girando también un poco más mi cabeza para mirarle con una sonrisa en el rostro.

—Uriel. Vamos, ven. Ven con tu príncipe, aliméntate de él.

Uriel me mira, fija esos atrayentes y rojizos ojos en los míos y se acerca. Su mano se une a la mía, sus dedos se entrelazan con los míos mientras su zurda acaricia mi mejilla, todo para después inclinarse y besarme.

Cierro los ojos, dejándome llevar por este beso, por el cariño y el amor que siempre transmite. Unos besos lentos, capaces de hacerte olvidarlo todo, de hacerte creer que no existe nada más que ese beso, esos labios que se rozan contra los tuyos, esa lengua que danza y se entrelaza junto a la tuya y esos dientes que te hacen estremecer mientras tus suspiros mueren ahogados en su garganta.

—Nuestro príncipe —me susurra al separarse para dejarme respirar, haciendo rozar nuestros labios.

—Os amo.

Con una enorme sonrisa en su rostro, Uriel vuelve a besarme. Acto seguido, baja por mi mentón hasta mi cuello cuando, henchido de orgullo, Rowan se separa de mi cuello y atrapa mis labios con los suyos, arrastrándome a un beso salvaje y demandante que consigue hacerme temblar por todo ese placer que parece prometer con cada uno de sus roces, sus movimientos y sus mordiscos.

Suspiro cuando por fin sus labios se alejan de los míos, sintiendo el regusto metalizado de mi propia sangre en mi boca, producto del mordisco que me dio antes. Sus manos aún recorren mi pecho, abriéndole paso a Uriel cuando este deja mi cuello para seguir bajando.

Cierro los ojos, dejándole hacer y abandonándome totalmente, dispuesto a entregarme a ellos una última vez. Noto los labios de Rowan en mi cuello y también todas esas caricias que Uriel me regala y que están consiguiendo excitarme con rapidez.

Jadeo al sentir los colmillos de ambos hundirse por mi piel, a veces sin llegar a hacerme sangrar, otras lográndolo y lamiendo mi sangre. No opongo resistencia alguna, sabiendo como sé que es el tener mi sangre lo que hace que no ataquen a otros, que es mi sangre la que los mantiene vivos.

Completamente excitado, ladeo mi rostro atrapando los labios de Rowan con los míos, besándole con lujuria y pasión. Él sonríe contra mis labios correspondiéndome sin dudar y aprovecha el beso para rozarse contra mí, exponiéndome su excitación.

A su vez, las manos de Uriel llegan hasta el borde de mi pantalón, empezando a bajármelo con inusitada lentitud. Poco a poco, la prenda va bajando por mis piernas junto con mi ropa interior, dejándome completamente desnudo. Las manos de Uriel vuelven a ascender por la parte interior de mis piernas mientras su boca, que antes estaba centrada en mi ombligo, baja ahora hasta mi cadera.

Es allí donde me besa primero. Un beso casto y corto que va seguido de otros cuantos más, todos ellos descendiendo poco a poco. Suelto un suspiro, notando por fin su boca llegando a mi entrepierna al mismo tiempo que una de sus manos recorre una y otra vez la piel interior de mis muslos y la otra se centra en mi pene, empezando a masajearlo.

Jadeo. Mi cuerpo se estremece cuando la lengua de Uriel lame la punta de mi pene. Por su parte, Rowan parece haberse decidido por dejar la piel de mi espalda para volver a ascender hasta mi cuello, hundiendo sus dientes allí.

Un leve quejido sale de mis labios, uno entremezclado con el placer al sentir cómo Uriel se mete todo mi sexo en su boca, empezando a hacerme un oral. Lanzo un gemido, enterrando mis dedos en el cabello del rubio, y susurro su nombre junto al de Rowan.

—Te deseamos.

El susurro del castaño me hace estremecer, su lengua recorriendo la piel de mi cuello, sus manos recorriendo mi pecho, estrechándome más contra él mientras su erección se roza contra mí.

Nada más sentirlo, llevo una de mis manos hasta él. Consigo colarla por el interior de su pantalón y empiezo a tocarle, sonsacándole un largo gemido.

Entonces, la boca de Uriel se aleja de mi entrepierna, volviendo a usar su mano para masturbarme. Le miro y puedo ver el hambre en sus ojos, en esa mirada que me dirige arrodillado ante mí, y, sabiendo lo que quiere, asiento. Con una sonrisa de agradecimiento, sus dientes se hunden en la piel de mi muslo, alimentándose directamente de mi femoral.

No sé cuánto estamos así, con Rowan besándome y repartiendo caricias por toda la piel a su alcance y con Uriel alimentándose de mí mientras me masturba. Sin embargo, tal y como se comunicaran entre ellos sin decir palabra alguna, pronto Uriel se separa de mí mientras Rowan estrecha sus brazos en torno a mi cintura, haciéndome retroceder paso a paso hasta la cama.

Una vez allí, entre esas sábanas de seda en las que tantas noches he pasado y entre las que tantas noches he hecho el amor con ellos, Uriel vuelve a besarme, quedando de rodillas sobre la cama justo frente a mí. Pero esa vez, y por más que corresponda a su beso sin dudar, yo mismo voy pasando mis manos por su pecho, desabotonando esa camisa blanca que oculta su piel y deslizándola por sus brazos hasta dejarla caer al suelo.

Uriel sonríe. Sobre todo al sentir mis manos viajando ahora por su cintura, centrándome en el cierre de su pantalón mientras mi boca baja hasta su cuello, devolviéndole todas esas caricias que antes me ha dado. Todo mientras Rowan se desnuda a mi espalda.

Al final, y después de que haya conseguido desnudarle, Uriel se tumba en la cama, quedando yo encima. Nuestros labios están unidos, nuestras lenguas se entrelazan viajando de una boca a otra, sus manos recorren mi espalda y el resto de mi cuerpo sin descanso, al igual que hacen las mías por el suyo.

Es entonces cuando Rowan, que parecía haberse quedado a un lado, vuelve a acercarse y, aprovechando mi postura, se inclina sobre mí y me penetra con su lengua.

Un largo gemido sale de mis labios al sentirlo. Cierro los ojos debido al placer, pero aún así puedo llegar a escuchar la leve risa de ambos. Sin dejar de sonreír, Uriel me besa una vez más, tironeando de mis labios con sus dientes con suavidad, lamiéndolos luego antes de volver a unir sus labios con los míos por completo.

Por mi parte, no puedo hacer más que gemir al sentir esa lengua en mi recto, y ni siquiera notar un dedo penetrándome me hace lanzar ni un pequeño quejido. En vez de eso, me centro más en los labios de Uriel y en las caricias de Rowan, olvidando todo dolor que este pueda causarme mientras me prepara. Después de todo, el dolor de sus mordidas es mayor a este.

Poco a poco, más dedos se van uniendo al primero mientras ambos se encargan de distraerme de cualquier tipo de molestia o dolor. Y, tras varios minutos, soy yo quien se aleja de Rowan y termina sentándose sobre la erección de Uriel.

Los labios del castaño ahogan mi quejido, mientras el rubio reparte caricias y besos por mi cuerpo, susurrándome palabras tranquilizadoras para que me calme. Con algo de esfuerzo, consigo calmar mi respiración y alejar el dolor de mi mente. Tras ello, empiezo a moverme aunque sea lentamente.

Uriel gime, esbozando una sonrisa. Posa sus manos en mi cadera para ayudarme al mismo tiempo que se alza un poco para unir ahora su boca a la mía y arrasa con su lengua en mi cavidad, consiguiendo que me incline hacia él, apoyándome no solo en su pecho sino también en el propio colchón.

—Estamos aquí.

Sonrío al escucharle, asintiendo aunque no haga falta. Gimo por lo bajo al notar su mano en mi erección cuando empieza a masturbarme. Cierro los ojos, volviendo a abrirlos al sentir las manos de Rowan rodeándome. Giro la cabeza, encontrándome de frente con su rostro, con su mirada llena de deseo que consigue que me estremezca. Le sonrío y, en ese mismo momento en el que le noto empezando a penetrarme, me muerdo el labio inferior con fuerza.

Finalmente, Rowan jadea al penetrarme por completo. Otro tanto hace Uriel, aunque él no duda en alzar un poco su rostro hacia el mío, lamiendo mis lágrimas y tratando de infundirme fuerzas con una sonrisa.

Suspiro tratando de alejar el dolor de mí y centrarme solo en que Uriel sigue masturbándome y en los labios de Rowan, que ascienden por mi cuello hasta mis labios.

Jadeo dentro del beso. Entrelazo mi lengua con la suya, llegando a morderle incluso no como venganza, sino en un acto inconsciente. De todos modos, él no se queja, sino que sonríe, empezando a moverse lentamente.

Sin poder evitarlo, hundo mis uñas en el pecho de Uriel, dejando escapar un leve grito más de dolor que de placer que pronto es acallado por los labios primero de uno y luego del otro.

Por suerte, poco a poco ese dolor va quedando atrás, transformándose en placer. Uno que me envuelve, uno que hace que no pueda pensar en nada más que en ellos. Un placer que consigue que nada tenga valor para mí salvo el estar aquí, con ellos, en esta cama, haciendo el amor.

—Estamos aquí. —Oigo susurrar a Rowan en mi oído, haciéndome estremecer.

—Estamos en tus sueños —continúa el rubio, alzando su rostro hacia el mío.

—En tu vida.

—En tu muerte.

—Somos tuyos —murmura el castaño, sin dejar de embestirme.

—Y tú eres nuestro —declara Uriel, lamiendo mis labios con la lujuria brillando en sus ojos.

—Por toda la eternidad —completan ambos.

—Chicos…

Los gemidos de placer salen de mi garganta sin descanso y ni siquiera el dolor que pueden producirme con sus nuevos mordiscos lo hace disminuir. Cierro los ojos al sentir una vez más cómo el placer me inunda cuando sus penes alcanzan mi próstata. Hundo mis uñas en los hombros de Uriel, quien me sonríe, atrapando mis labios con los suyos, arrastrándome a un beso teñido de sangre y mucho más salvaje que todos esos que suele darme.

Aun a pesar de todo, ni el sabor de mi propia sangre en mi boca me hace alejarme. Y sin dudar ni un instante, le correspondo. Uno mi lengua a la suya e invado su boca como antes él invadió la mía.

Por su parte, las manos de Rowan recorren mi cuerpo sin cesar, sacándome gemidos tanto con ellas como con sus embestidas. Además, sus dientes se hunden en la piel de mi cuello en ese momento. Un nuevo gemido de dolor y placer entremezclado sale de mis labios, pudiendo notar perfectamente cómo la sangre sale de mi cuerpo para terminar en sus labios, en su boca, deslizándose por su garganta y dándole la vida.

Inundado en un mar de emociones, susurro los nombres de ambos acercando con una de mis manos aún más el rostro de Rowan, al no querer que se separe de mí; y con la otra enterrada en las hebras rubias de Uriel, que ahora se entretiene besando y mordiendo mi pecho, lamiendo la sangre que mana de mis heridas.

No sé cuánto tiempo estamos así, con los gemidos de los tres inundando la habitación, con ellos embistiéndome y alimentándose de mí mientras yo deseo que no se separen, que este momento no se termine nunca.

—Te amamos.

El susurro de Uriel, los labios de Rowan unidos a los míos, la mano de Uriel masturbándome con decisión y los penes de ambos volviendo a rozar ese punto que me llena de placer… Todo eso consigue hacerme llegar al orgasmo, mientras de mis labios salen sus nombres.

—¡Uriel! ¡Rowan!

Mi cuerpo se estremece, mi espalda se arquea, el aire sale de mis pulmones en un exabrupto mientras el placer me inunda por completo en ese éxtasis que me invade.

—Gabriel.

Oigo la voz de ambos diciendo mi nombre, noto el temblor de sus cuerpos a causa del orgasmo y sus gemidos inundando todos mis sentidos. Casi parece que el tiempo se detenga y se eternice en ese momento, hasta que, finalmente, todo vuelve a su cauce.

Agotado tras el esfuerzo y también por culpa de toda esa sangre que han bebido, me dejo caer sobre Uriel, quien entre besos suaves y cortos, me alza un poco ayudándose de su fuerza. Un leve quejido brota de mis labios al notarles salir de mi interior pero estoy demasiado cansado como para decir nada, así que simplemente me dejo hacer, acomodándome contra el rubio.

—Lo sentimos. Bebimos demasiado. —Le oigo decirme, acariciando mi piel con suavidad y dulzura.

—No importa —susurro a mi vez con una sonrisa en mi rostro—. Es normal.

Sus labios vuelven a unirse a los míos de forma suave, lenta, dejándome sentir una vez más todo ese amor que siente por mí, sí, pero también su súplica, una que no se atreve a poner en palabras aunque eso es lo que desearía.

—¿Estás seguro?

La pregunta de Rowan consigue que desvíe mi mirada hacia él. El castaño está ahora de pie a un lado de la cama, mirándonos desde allí con esa seriedad que siempre le ha caracterizado.

—Lo estoy —respondo, asintiendo—. Ya es hora de irme. Mi tiempo hace mucho que se acabó y ahora solo quiero descansar.

Rowan asiente, aún serio, aunque puedo ver con total facilidad lo mucho que le afecta mi decisión. Por su parte, Uriel me abraza con fuerza como si así pudiera evitar que cumpla mi palabra.

Así los segundos pasan, convirtiéndose en minutos. En silencio, puedo ver a Rowan salir de la habitación para volver a los pocos segundos con una copa de cristal llena de agua, acercándose luego a la mesita de noche para coger el vial con la sangre y mezclarla con el agua antes de volver a acercarse a mí.

En silencio, me siento y cojo la copa que me tiende, viendo la sangre mezclarse poco a poco con el agua dándole un color rojizo. Puedo sentir a Rowan volviendo a subirse a la cama y sentarse a mi lado, pasando un brazo por mi cintura mientras que, como Uriel, espera en silencio.

—¿Me esperaréis?

—Por supuesto —me dice Rowan.

—Siempre te esperamos —agrega Uriel.

—A ti, solo a ti. A nuestro príncipe.

Una sonrisa se forma en mi rostro, porque sí, ese soy yo, su príncipe. Pero no el príncipe de cualquier lugar real o ficticio como solía pensar cuando era pequeño y aún no les conocía, sino su príncipe de la vida. Ese que les ata a la vida. Ese que les permite beber ese líquido tan rojo como sus ojos y para ellos esencial. El príncipe de la sangre.

Y ellos, mis guardianes. Los que me protegen de cualquier peligro, los que darían su vida sin dudar para salvarme, esos que me mantienen así, eternamente vivo, eternamente joven y, pese a todo, mortal.

Sí, mortal. Porque como ya te dije, por más que haya vivido más tiempo del que jamás vivirás, yo sigo siendo mortal. Aunque mi muerte ya está cerca, muy cerca, aguardándome en esta copa de cristal que sostengo en mi mano. Un vaso que acerco a mis labios, bebiendo su contenido y sintiendo esa sangre recorriendo todo mi cuerpo.

Apenas unos segundos más tarde, empiezo a sentir que las fuerzas me rehuyen, que mis ojos se cierran por el cansancio y mi respiración se vuelve cada vez más lenta, al igual que los latidos de mi corazón. Los brazos de ambos me sostienen, sus labios vuelven a los míos, ahora no tan cálidos como siempre han sido, susurrándome palabras de amor en idiomas ya olvidados, diciéndome lo que yo ya sé: que me aman, que me esperarán. Intento unir mis manos a las suyas, intento responder a sus palabras, pero ni mis manos ni mi lengua me responden. Ya no.

Sin dolor, sin resistencia, mi cuerpo va dejando escapar todo rastro de vida que hay en él, dejando que la muerte vaya extendiéndose por cada célula de mi cuerpo.

Pero no te asustes, déjame decirte que no temo a la muerte. Tras todos estos años, tras estos siglos en los que he convivido con dos de sus hijos, la veo ya como una vieja amiga a la que he hecho esperar durante demasiado tiempo. Lo único que me duele es tener que separarme de ellos, de mis guardianes, de Rowan, mi valiente y fuerte Rowan, y de Uriel, mi fiel y compasivo Uriel.

Pese a todo, no es miedo a no volver a verlos lo que siento. Porque ellos siguen aquí, a mi lado, sabiendo que esto es lo que ha de pasar, lo que ya ha pasado varias veces a lo largo de su existencia. Saben que es mi decisión. Y yo sé que ellos me esperarán, que seguirán aquí, en este bosque donde les vi por primera vez en esta vida, en todas las demás; esperándome si es preciso…

—Por toda la eternidad.