REMO I

Lunes 16 de Septiembre
Querido amigo:

¡Hola! Me llamo Remo y, aunque no te lo creas, soy un vampiro. Si, no es que lo hayas leído mal o que te hayas tomado unas copitas de más cuando has salido de fiesta y ahora te bailen las letras, soy un vampiro o un chupasangre. Me la suda como quieras llamarme.

Tengo veinte años, la piel pálida, como ya os habréis imaginado, el pelo castaño y unos ojos negros y profundos. Mido 1,95 de alto y soy bastante fuerte, algo obvio si soy un vampiro.

Soy griego, concretamente ateniense, y me convertí en vampiro, más o menos, haya por el año 415 a.C., durante lo que vosotros conocéis como Guerra del Peloponeso. Ese año la asamblea ateniense decidió enviar una expedición, en la que yo participé, para conquistar la isla de Sicilia, cuyas ciudades eran aliadas de Esparta. La última batalla que libré fue la de Siracusa, cuyos habitantes nos derrotaron muy severamente y los supervivientes nos vimos obligados a sufrir un hacinamiento en las Latomías, unas enormes cuevas.

Una noche que me tocó hacer guardia un hombre de unos cincuenta años, cubierto con una capucha, se acercó hacia mí y se paró delante. Yo estaba muy nervioso porque me encontraba solo y el hombre no se movía. Pensando que se trataba de alguna deidad que venía a decirme algo importante, me acerqué a él muy lentamente y, cuando ya estaba a pocos pasos de él, en menos que canta un pavo… perdón, un gallo, es que al haber vivido tanto me lío con las expresiones y más ahora que tenéis una forma de hablar muy rara, se echó sobre mí y me clavó los colmillos en la yugular.

Antes de darme cuenta, en un parpadeo, lo tenía detrás de mí y noté dos pinchazos en el cuello. Que te muerda un vampiro es muy doloroso, no os podéis ni imaginar cuanto, y lo peor es sentir como la sangre va circulando por todo tu cuerpo hasta tu cuello y de ahí al vampiro. Notas la succión, los ruidos sobrenaturales del vampiro…, además, cuando beben se excitan, a si que, como te tienen abrazado por detrás para poder beber mejor, notas su excitación y no puedes evitar pensar en lo que te pueden hacer después, lo que, como pueden leerte el pensamiento, los excita más todavía.

Tras un par de minutos, los ojos se te cierran cada vez más al mismo tiempo que los músculos se te cansan y pierden su fuerza. Finalmente se te cierran y acabas inconsciente, pero el vampiro sigue bebiendo hasta que casi no te queda sangre.

Cuando estás en el último hálito de vida, el vampiro se corta la muñeca con sus colmillos y te acerca la cabeza a él para que bebas. En cuanto tu boca toca la sangre, sientes como si una bomba estallara dentro de ti y se desata tu sed, por lo que no puedes evitar beber con fuerza. Nada hay comparable a beber la sangre de un vampiro cuando estas al borde de la muerte. ¡Es ambrosía celestial!

A las pocas horas desperté convertido en vampiro y me encontré en un lugar oscuro, húmedo y frío. El vampiro se encontraba delante de mí con la cara descubierta. Jamás imaginaríais quien era. Se trataba de Agamenón, si conocéis la historia de Troya seguro que sabéis de quien os hablo.

Me explicó en lo que me había convertido y me llevó a la isla de Creta. Allí, refugiados en las profundidades del antiguo templo de Cnoso, se encontraban Nínive, compañera mesopotámica de Agamenón, que ahora es mi madre, Inés e Irene, mis hermanas mayores, que son babilónicas, y Osiris, mi hermano mayor egipcio. Los cuatro se quedaron un poco sorprendidos al verme, pero enseguida me recibieron con los brazos abiertos, sobre todo Osiris, que estaba deseando tener un hermano con quien compartir correrías y se ofreció a llevarme a cazar por primera vez, cosa que agradecí, por que en cuanto despiertas del cambio sientes una sed inmensa que te retuerce el estomago. Estamos juntos desde entonces y supongo que no hará falta deciros todo lo que he visto. Ahora vivimos en el sótano de una gigantesca mansión abandonada y hace muchos siglos que dejé de ser el hermano mayor.

Bueno. Ahora que me conocéis un poco mejor y sabéis algo de mi historia os explicaré el verdadero motivo por el que estoy escribiendo esto.

A pesar de ser un vampiro creo que me he enamorado. Y digo creo porque nosotros no sentimos como lo hacéis vosotros, ya que nuestro corazón no late.

¿Y de quién me he enamorado? Os estaréis preguntando. De mi amigo Fernando, al que ya conoceréis más adelante. Pero es un amor imposible que no hace más que provocarme sufrimiento y dolor, sobre todo porque le veo todas las noches cuando nos reunimos. Y anoche hice una gran estupidez por ello.

Sé que ahora mismo estaréis pensando que por amor habéis hecho muchas estupideces, pero no olvidéis que yo soy un vampiro y, como tal, mis estupideces acaban en sangre y muerte para algún inocente.

Anoche, cuando mis compañeros se fueron a sus casas a dormir, yo volví a entrar a la Luna Llena y bajé a los pisos inferiores buscando a mi presa. El lugar estaba lleno de jóvenes, medio desnudos por el ambiente caluroso, que se contoneaban apretados los unos contra los otros al son de la música.

Después de siglos siendo un vampiro, he aprendido a controlar mi sed de sangre, pero anoche ocurrió algo que jamás habría previsto. Entre todos los jóvenes que había allí uno resaltaba por encima del resto y enseguida llamó mi atención. ¿Por qué? Pues porque era muy parecido a Fernando.

Seguro que ya empezáis a sospechar lo que ocurrió. Nada más verle, mis colmillos, contraídos hasta entonces, empezaron a crecer rápidamente, el deseo, manifestándose en mi entrepierna, me invadió y un gruñido de felino empezó a vibrar en mi garganta.

Sin pensar en lo que hacía me fui acercando a él con movimientos seductores, que al instante captaron su atención, y el chico me sonrió lascivamente y con la mirada me recorrió de arriba abajo, parándose un momento entre mis piernas, lo que elevó mi deseo más que nunca.

No necesité utilizar mis poderes hipnóticos para llevarlo a uno de los compartimentos del baño y follármelo como si fuésemos animales en celo. Esta parte estuvo muy bien. Lo malo vino después, cuando, sintiendo que estaba a punto de estallar, no pude contenerme y le clavé los colmillos en la yugular, mientras lo penetraba por detrás con todas mis fuerzas.

En mi mente no era ese chico quien estaba entre mis brazos, sino Fernando y eso hizo que no pudiera parar de beber, hasta que fue demasiado tarde, y el chico se desplomó inconsciente por la pérdida de sangre.

Durante unos segundos me quedé de pie delante de él, respirando como un toro embravecido por la nariz y sin estar saciado del todo, y poco a poco fui recobrando las neuronas y percatándome de lo que había hecho. No hay nada peor para un vampiro, menos quedarse atrapado en la calle cuando va a salir el sol, que darse cuenta de lo que ha hecho mientras está poseído por la bestia. Algunos incluso, llevados por el arrepentimiento y la desesperación, se llegan a suicidar.

Un tanto nervioso llamé a una ambulancia y salí corriendo de allí. Me metí en el callejón que había entre el local y un edificio y me convertí en murciélago. Paré en un local, que suelo frecuentar mucho por la facilidad con la que se puede conseguir a un chico para pasar un buen rato, esta vez controlándome, y regresé a casa, donde me encerré en mi habitación, antes de que alguien de mi familia me preguntara que tal había sido la noche y tuviera que mentirles.

No puedo continuar así. Lo que siento por Fernando es demasiado fuerte y me domina. Tengo miedo de que en cualquier momento la bestia me domine y acabe haciéndole lo que le hice a ese chico anoche. Si eso pasa me suicido saliendo al sol.

Lo peor no es que este enamorado de Fernando, si no que creo que ese amor es correspondido. Las miradas que me lanza, los gestos que me hace… me inducen a pensar que le gusto y no sé como voy a evitar estar con él si en algún momento me lo confiesa.

¿Qué puedo hacer? Decirle, cuando estemos a solas, un día: “Fernando ¿Sabes qué? Me gustas. Un montón. Creo que incluso me he enamorado de ti. Pero has de saber que soy un vampiro y una parte de mí quiere perforarte la yugular. Tranquilo, he vivido tantos siglos que puedo controlarme, a no ser que me excite demasiado y la bestia me domine, porque entonces podría matarte succionándote toda la sangre.”

Lo más probable es que saliese corriendo y no quisiera saber nada más de mí, cosa que comprendería ¿Cómo iba a estar un chico tan perfecto como él con un monstruo como yo? Después yo, con el corazón roto, me suicidaría abriendo los brazos al sol y dejaría este mundo para irme a los infierno con Lucifer.

Ahora tengo que dejarte. Son las nueve y media y, como siempre, he quedado con la tropa a las diez en la Luna Llena. No sé lo que me deparará el futuro pero espero no sufrir mucho, aunque sé que es un deseo que no se va a cumplir.

Un abrazo muy fuerte:
Remo

Vecinos

Se despertó, como todas las mañanas, cuando a las siete su despertador comenzó a sonar con su insistente pitido. Bostezó, se levantó. Se puso su pijama y salió de la pequeña habitación para dirigirse al salón- cocina.

Vivía en un pequeño apartamento de una residencia estudiantil, pagado por sus padres, mientras durasen sus estudios universitarios. Ese era su primer año en la carrera de Historia y esperaba terminarla con todas las asignaturas aprobadas, aunque, con los primeros exámenes recién terminados, había suspendido dos y sus ánimos se habían visto mermados.

Terminó de desayunar, dejó la taza y el platito en el fregadero, regresó al cuarto para coger la ropa que llevaría ese día, y se metió al baño para ducharse. Nada más hacerlo, el espejo que colgaba en la pared, justo enfrente de la puerta, le devolvió su reflejo: Era un chico de dieciocho años, de pelo corto, liso y oscuro, y ojos de un hermoso color avellana; un metro ochenta de estatura y, aunque estuviera en su peso ideal, con la musculatura poco desarrollada. Enseguida apartó la mirada cabizbajo (nunca se había gustado físicamente), dejó la ropa sobre la tapa del bidé, abrió la ducha y, dejando calentarse el agua, se desvistió.

Dos minutos después se metía bajo el tibio chorro y, a la vez que se ponía el champú en las manos y se jabonaba el pelo, hizo lo que más le gustaba: cantar. En esta ocasión, escogió “Triunfará el amor” de “El Rey León II: El Tesoro de Simba”; le gustaba mucho Disney y siempre aprovechaba el tiempo que estaba en la ducha para poder cantar sus canciones, con una voz muy dulce y aguda, lo que durante años le había granjeado las burlas de sus compañeros. Al terminar la estrofa, la que en la película cantaba Kiara, se quitó del agua para jabonarse por segunda vez y fue cuando oyó otra voz. Desde el otro lado de la pared le llegó la voz grave de su vecino, cuyo baño quedaba pegado al de él, continuando con la estrofa que cantaba Kobu, algo que siempre hacía cada vez que daba la casualidad que se duchaban a la misma hora; le encantaba el sonido de esa voz tan cerca de su oído. Por ello, sonriendo como un tonto, se enjabonó el pelo y empezó a cantar la misma estrofa ya que le daba mucha vergüenza que el otro se enterara de que lo oía. Le gustaría conocerle, es más, lo deseaba, pero no se atrevía a llamar a su puerta y presentarse.

Una vez duchado, salió y se vistió con una camisa blanca, una sudadera blanca y amarilla con la imagen de la calavera pirata de Trafalgar Law, un personaje del anime One Piece, unos pantalones azulados y unas playeras azules y naranjas. Regresó a su cuarto, donde hizo la cartera para el día, y se dispuso a salir, sin embargo su mano se quedó posada en la manecilla de la puerta sin atreverse a abrirla. Podía escuchar cómo su vecino salía de su apartamento y tenía miedo de cruzarse con él.

Hacía un par de años se había hecho una promesa: no volver a sentir nada. Los años que había pasado en el instituto habían sido un infierno: menospreciado, marginado, insultado, objetivo de todas las risas, humillado, perseguido, golpeado… Un día infernal detrás del otro, sin darle tregua. Seis horas al día, cinco a la semana, cuatro semanas al mes, nueve meses al año, lo que hacían, más o menos, cincuenta y cuatro meses, 216 semanas, 1080 días y 6480 horas de pura tortura, agonía, dolor y soledad, que lo habían terminado dañando seriamente física, psicológica y emocionalmente. Lo peor se había producido cuando, a tres meses de terminar cuarto de la ESO, el chico que peor lo había tratado y su pandilla de perritos falderos habían terminado con su virginidad en las duchas de los vestuarios de la manera más brutal posible. Cuando al llegar a casa se pasó toda la tarde llorando abrazado a su gata, Perla, la única amiga de verdad que había tenido, y tenía, se había prometido a sí mismo endurecerse e intentar dejar de sentir para no volver a sufrir.

Inspirando profundamente, cuando escuchó a su vecino cruzar el pasillo y llamar al ascensor, abrió la puerta y se fue a asistir a las clases universitarias de ese cinco de noviembre. Las horas pasaron con normalidad, sentado en la parte de atrás del aula, en la esquina derecha, sin hablar con nadie y manteniéndose lo más oculto posible, hasta que sonó la sirena del final de la última hora y salió de la clase a toda velocidad… Cruzándose de frente con su vecino, contra el que se chocó.

Una vez, desde la esquina que había entre el ascensor y el pasillo en el que estaba su apartamento, le había visto cuando entraba y su corazón había palpitado como nunca antes lo había hecho haciendo añicos su promesa: Pelo castaño algo largo, ojos color ámbar, unos centímetros más alto, musculoso y vestido con camisa, chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y botas, todo ello de color negro, la misma ropa que llevaba en esos momentos.

Cuando se quedaron mirándose, sintió como sus orejas aumentaban de temperatura y se ponían rojas.

-Lo… Lo… Lo siento- se disculpó azorado antes de salir disparado por el pasillo y, al llegar al final, se giró y descubrió avergonzado que el otro no le había quitado la vista de encima.

Más deprisa de lo que tenía por costumbre, logró llegar al apartamento en un tiempo record para encontrarse con una sorpresa. Pegada a la puerta había una carta que, entre extrañado y curioso, procedió a leer: “¡Hola! Ya sé que solo somos vecinos y nunca te he visto, pero nuestros baños están pared con pared y a veces coincidimos en la ducha, así que hacemos duetos– al leer esto su corazón golpeó con fuerza dentro de su pecho antes de detenerse y sintió que se quedaba sin aire-. Por ello sé que tienes la voz más hermosa que he escuchado en mi vida y me gustaría conocerte en persona. Te espero a las tres en el bar de abajo. Si vienes me sentiré muy alagado, si no, lo entenderé.”

Miró su reloj de pulsera y vio que le quedaba media hora, tiempo suficiente para dejar las cosas, arreglarse un poco y bajar, pero, ¿quería hacerlo? Bueno. Claro que quería. Sin embargo tenía miedo. No sería la primera vez que le gastaban una broma semejante para reírse de él y el temor a que pasara de nuevo era demasiado fuerte. ¡No! No podía seguir viviendo con miedo. Bajaría y que pasase lo que tuviera que pasar.

Cuando bajó, se le encontró esperándolo en la puerta. Se acercó, y el otro no tardó en verlo y recorrerle con la mirada de abajo arriba. Al encontrarse sus ojos, su vecino dijo:

-¡Hey! Eres el de antes, ¿verdad?

-Sí- respondió enrojeciendo y bajando la mirada-. Siento si te hice daño.

-No lo hiciste. No pasa nada-. Luego vino un pequeño silencio que de nuevo rompió el otro-. Me llamo Perseo. Mis abuelos son de origen griego- explicó luego.

-Yo me llamo Paris. A mi madre le gustaba mucho la mitología griega- respondió.

-Bonito nombre- dijo Perseo con una impresionante sonrisa, que lo hizo enrojecer más, antes de abrir la puerta del bar-. Tú primero.

Cada vez más rojo, entró delante de él y se sentó en una de las mesas más alejadas, donde enseguida escogieron la comida de la carta. Mientras lo hacían, Perseo intentó entablar conversación (así se enteró de que su vecino tenía ya 19 años y estaba en el primer año de Magisterio, razón por la que no se habían visto antes), pero Paris tenía tanto miedo de decir algo que le hiciera reírse o de un comentario sobre sus gestos, pensamientos o aspecto, que solo se limitaba a responderle escuetamente y eso le estaba haciendo tener ganas de llorar porque sentía que estaba perdiendo la oportunidad de dar un cambio a su vida. Aguantó, y la comida finalizó, por lo que regresaron a sus apartamentos.

-Bueno- dijo Perseo delante de la puerta del suyo-. Ha sido un pacer conocerte.

Él lo miró a los ojos. Era su última oportunidad de arreglar su silencio durante la comida y, aunando valor, dijo:

-Siento haber estado tan silencioso. Soy muy tímido y me gustas.

Nada más terminar de decir eso, miró al suelo completamente avergonzado y esperando las risas de Perseo, pero lo que pasó fue que este colocó su mano bajo su barbilla y le levantó con delicadeza la cabeza para poder mirarlo a los ojos.

-No eres tímido, Paris.

-¿Cómo lo sabes?- preguntó intentando desviar la mirada, pero esos ojos lo mantenían hipnotizado.

-Porque veo en tus ojos el mismo dolor cruel que veo en los míos cada vez que me miro en un espejo.

Se quedaron mirándose y, antes de poder analizar lo que ocurría, Perseo movió un poco la cabeza y posó los labios sobre los suyos dándole un pequeño y cálido beso, que paralizó su pecho durante el segundo que duró. Cuando se apartó y se quedó esperando su respuesta, dijo tristemente:

-No creo que hayas pasado por lo mismo que yo y deberías buscarte a alguien que no tenga una barrera tan grande a su alrededor- añadió con dos lágrimas saliendo de sus ojos-. Hace algún tiempo que renuncié a ser feliz.

-Nadie debería renunciar a eso, Paris- contestó Perseo quitándole una de las lágrimas con un dedo-. Además. Tengo muchísima paciencia y, si tengo que pasarme una eternidad picando para echar abajo esa barrera y pasar al otro lado, lo haré encantado, porque tengo la sensación de que todo ese esfuerzo valdrá la pena.

Al oír eso, ya no pudo aguantar las lágrimas y Perseo lo abrazó con fuerza, rodeando su cintura. En cuanto paró de llorar y lo miró a los ojos avergonzado, el castaño lo besó y Paris, por primera vez en muchísimos años, sintió algo que hacía tiempo que había olvidado: Lo que era sentirse protegido.

PRÓLOGO

El sol empezaba a ocultarse por el horizonte y las tinieblas invadían poco a poco el cielo, llenando la tierra de sombras y oscuridad. La luna, a pocos días de estar llena, brillaba con majestuosidad y las pocas estrellas que vencían la luz artificial de la ciudad parpadeaban lanzando pequeños destellos. El mar, sobre el que se reflejaba la luna, se convertía en un gigantesco océano de plata que resplandecía, las montañas solo eran oscuras manchas gigantescas y el bosque un conjunto de oscuras y retorcidas sombras con aspecto fantasmagórico.

Los ruidos de la ciudad disminuían de intensidad, a excepción de las discotecas y lugares de ocio, que abrían sus puertas, y solo se podían distinguir los aleteos de los murciélagos, el ulular de los búhos y el suave y relajante fluir de las aguas del río, que cruzaba la ciudad, pasando antes por el bosque, y desembocaba en el mar.
A medida que la luz iba ocultándose, dejando espacio a las tinieblas, la ciudad se apagaba para descansar hasta la salida del astro diurno, sin embargo para diez jóvenes chicos, que empezaban a reunirse en su lugar habitual, el día aún no había acabado.

En pleno centro de la ciudad había varios locales de ocio para los jóvenes, pero había uno en especial que resaltaba por encima de todos. “La Luna Llena”, ese era su nombre, contaba con cinco plantas, dos hacia arriba y tres hacia abajo. En las plantas superiores había mesas y mullidos sillones alrededor de ellas, para comer, beber y pasar el rato tranquilamente con los amigos y contaban con un karaoke y una pequeña pista de baile. En las plantas inferiores estaban las enormes pistas de baile con humo, luces, música ensordecedora, todo tipo de bebidas, etc, que enseguida serían ocupadas por incontables jóvenes, que saldrían de allí tambaleándose. La planta que daba a la calle era como un bar cualquiera con pequeñas mesas, un futbolín y una diana. Fuera, encima de la puerta, había un enorme cartel luminoso de luces de neón plateadas con el nombre y una resplandeciente luna llena en el centro.

Faltaban pocos minutos para que dieran las diez, cuando la puerta que daba a las cocinas se abrió y salió un chico de unos veinte años, llevando en su mano derecha una bandeja con comida para una familia sentada a una de las mesas.

Tras servirla, posó la bandeja en el mostrador y se puso a limpiar las copas y vasos que había acumulados en el fregadero. Iba por la mitad cuando apareció su relevo y se fue a la sala de los empleados a cambiarse, para luego volver a subir, cruzar el local y dirigirse al último piso.

Allí, en una mesa redonda, que estaba al fondo del espacio y delante de un enorme cristal, que ocupaba toda la pared y daba al enorme parque del centro de la ciudad, se encontraban sus nueve amigos, todos de su misma edad, charlando amistosamente mientras esperaban su llegada.

Remo, como era el líder del grupo, se encontraba a la izquierda presidiendo la mesa. A su derecha estaban Diego, Gabriel y Carolina; a su izquierda Serena, Amata, Violeta y Marta; y enfrente de él se encontraba Fernando.

En cuanto le vieron cesó la conversación y le saludaron amistosamente. Él respondió al saludo y cruzando el espacio que los separaba se sentó entre Remo y Diego, enfrente de Serena, reanudándose la conversación al instante.

Después de unos minutos Remo les pidió un momento de atención para proponerles algo y sacó un pequeño cuaderno. Quería hacer un diario conjunto con todos los del grupo, en el que cada día escribiría uno de ellos sin mirar lo que habían escrito los demás.

Tras debatirlo unos instantes, todos estuvieron de acuerdo y se pusieron a redactar las normas:
1) Quedaba terminantemente prohibido leer lo que habían escrito en días anteriores los demás. Si se incumplía esta norma, que era la más importante, se procedería a la expulsión del grupo del quebrantador.
2) El diario se escribiría siguiendo un orden, que se elegiría por sorteo y no se podría cambiar.
3) Si alguien pedía, por motivos importantes que no se preguntarían, escribir en el diario antes de que llegara su turno, se le podía permitir y al devolver el diario se seguiría con el orden establecido.
4) El diario debía ser entregado en mano al siguiente que le tocara, cuando se reunieran todos en la Luna Llena.

Escritas las normas, Remo sacó diez pequeños papeles, en los que estaban escritos sus nombres, y los metió en un pequeño tarro. Después, por unanimidad, se decidió que fuera Serena la que sacara las papeletas y el resultado fue: Remo, Serena, Fernando, Diego, Amata, Javier, Carolina, Gabriel, Violeta y Marta.

Elegido el orden se pusieron a decidir el nombre del grupo, lo que les llevo más tiempo del que creían en un principio. Surgieron muchos nombres, pero al final el elegido fue “Los Nocturnos”, ya que solo se reunían por la noche. Hecho esto Remo se guardó el diario y todos se fueron a sus casas.