Mi heroína

Mi mayor orgullo es mi madre, siempre lo ha sido y ella lo sabe. Me parece una mujer luchadora, muy trabajadora y que ha tenido una enorme fuerza para aguantar dos grandes huracanes en su vida incluso cuando ha tenido que cuidar de sus hijas. Para mi, es mi heroína preferida y encima no es de ningún cómic, si no que es real. Por esto y porque me gustaría que se conociera su historia, quiero compartirla con vosotros. Ésta está compuesta por los dos huracanes antes mencionados que voy a ir describiendo por separado para que no sea un total caos cuando se entremezclen.

A sus 20 años de edad, mi madre se tuvo que casar para poder salir de casa. No sé si lo sabéis bien, pero en ese entonces irte de casa sin marido era impensable. Una mujer sola no podía hacer vida normal sin que hubiera un hombre vigilándola y al que tener que cuidar. Sin embargo, no tuvo mucha opción porque ella tenía muchos problemas con mi abuela, su madre, a si que se fue con su novio con el que llevaba 9 años en ese entonces. Aquello no significaba que con él estuviera mucho mejor, no, porque era un vago el cual pasó de aprovecharse de su propia madre a la mía. Pero supongo que vio una oportunidad para pasar de una situación insostenible a una un poquito mejor.

A pesar de que fuera un vago, mi madre siempre le insistió en que tenía que trabajar de algo y, con ayuda de mi abuelo, le buscaron varios trabajos para que ambos pudiesen sobrevivir bien, sin miserias. Ella en ese momento estaba de baja por maternidad porque yo estaba en su vientre bien a gusto y alguien tenía que traer dinero suficiente a casa ya que ella no podía.

Un día, mientras este se suponía que estaba trabajando, a mi madre le entró la vena romántica y quiso hacerle un detallito por haberse animado a trabajar. Ésta fue a llevarle comida caliente recién hecha a su oficina. Al ver a su jefe y no encontrar a su marido, le preguntó por él para saber donde estaba y hacerle llegar lo que le había preparado. Él, sincero, le dijo que hacía 3 meses que no se le veía el pelo por allí. Evidentemente mi madre se cabreó mucho, lo veo totalmente lógico, y se fue para casa para esperar a que su marido llegara de “trabajar”.

Cuando llegó, actuó con completa naturalidad como si hubiese ido de verdad a trabajar, como todos los días de aquellos largos 3 meses. A mi madre eso le frustró aún más porque siempre ha odiado que le mintieran y, además, de aquella manera. Así que se lo soltó sin pelos en la lengua. Él, con todo el morro del mundo, le respondió que ella era una perra porque como me iba a tener no estaba haciendo nada, pues le parecía muy injusto que el tuviera que trabajar y ella no. Ella no aguantó más y decidió que de que la mejor opción para amos era que se divorciaran porque no iba a permitir que la trataran así. Poco después nací yo.

Mi madre me tenía que dejar en casa de mi abuela porque tenía miedo de lo que ese hombre me pudiera hacer a mi puesto que se había puesto agresivo varias veces con mi madre. Incluso la llego a empujar contra la pila del baño por negarse a tener relaciones sexuales con ese sujeto. Él mantenía que era su mujer y quería verla desnuda, tenía ese derecho porque después de todo estaban casados y ella tenía que satisfacerle esa necesidad. Como ella se siguió negando a tener que someterse de aquella manera tan humillante y machista, éste al final acabó por hacerle un enorme moratón en la zona lumbar a modo de represalia. Para que supiera qué era lo que le esperaba si no le hacía caso. Sin embargo, como estaban en trámites de divorcio, mi madre decidió no denunciar y lo dejó pasar porque pronto acabaría aquel suplicio para ella y podría estar conmigo tranquila. Volvería a rehacer su vida a pesar del bache que se había encontrado por el camino.

Aguantó en aquella casa conviviendo con aquel desgraciado solo para que no le denunciara éste a ella por abandono del hogar hasta que los trámites se hubieran completado. Encima tuvo que aguantar esa presión cuando era él el que más se merecía que le tuviera miedo a mi madre y no al revés.

Luego volvió a casa de mis abuelos para intentar rehacer su vida y seguir con ella. Por el día eran ellos los que me cuidaban y por la noche dormía allí mientras mi madre trabajaba en una pollería. Mi otra abuela, la paterna,  me quería muchísimo. Era un amor de mujer la verdad. Siempre quería que estuviera con ella porque apreciaba mucho tenerme a su lado y me cuidaba como a una hija más. Ella siempre había querido tener una hija, pero su marido murió muy joven y el único hijo que tuvo le salió de aquella manera. A si que yo estaba cumpliendo aquel sueño. Ella respetaba las visitas que había pactadas un fin de semana si y otro no y me iba a su casa. Pero al final cayó muy enferma por culpa de un cáncer y acabó muriendo poco después. A si que cuando aquello pasó, ya mi padre dejó de venir a buscarme porque yo a él no le interesaba para nada. Aquella fue la última vez que le vi hasta el día de hoy, y me alegro la verdad.

Ahora nos remontamos un poco antes, cuando yo aún era un bebé. No sé exactamente cuando, pero mi madre se reencontró con un viejo amor del instituto y retomaron el contacto como si no hubiera pasado tanto tiempo entre aquel rollo y aquel entonces. La relación parecía ir bien, incluso aquel hombre dejó a su novia para poder darle toda la atención que se merecía mi madre e, incluso, a mi. Todo era genial, parecía que aquella relación no iba a ser como la primera que había tenido. Parecía que aquel chico si que la iba a tratar como se merecía e íbamos a ser felices los tres juntos. Como una familia.

Al final se casaron cuando yo tenía 3 años. Por desgracia no me acuerdo de la boda por mi corta edad pero seguramente debí de haber estado muy feliz aquél día. A aquel hombre fue al que le llamé, casi toda mi vida, papá, porque es el que sí había estado conmigo casi desde que llegó a la vida de mi madre. Yo lo consideraba como tal y le tenía mucho aprecio. Además, mi madre tuvo otra hija con su nuevo marido, a la cual quiero muchísimo.

Sin embargo, un día, cuando yo tenía 14 años aproximadamente, mi madre entró en mi habitación llorando mientras me intentaba decir que él quería separarse de ella. La culpaba de que había estado escondiéndole dinero y de usar tarjetas de crédito sin su permiso o gastándose mucho dinero. Aquí hay que remarcar que en mi casa jamás ha habido mucho dinero, por no decir menos que eso. Aquello le hizo sentir a mi madre muy culpable por mucho tiempo. Estaba quedando como la mala de la película, la que se estaba gastando el poco dinero que lográbamos tener. En ese entonces mi hermana tendría como 9 años.

Total, aquella relación también acabo en divorcio también y las tres nos tuvimos que volver a casa de mis abuelos a vivir con ellos. No fue hasta que pasaron como 3 años que mi madre se dio cuenta de que él solo se había montado una historia para no tener que aceptar que le había puesto los cuernos y que se había ido con otra. No sé como no me pude dar cuenta antes cuando mi madre no sería capaz de hacer nada de lo que él la estaba culpando. Pero bueno, al menos nos habíamos librado de una persona que tampoco era tan buena como hacía parecer.

Por desgracia, mi hermana debía de seguir un régimen de visitas con su padre y yo me iba con ella porque yo también le consideraba con tal. Los viernes por la noche cenaríamos con él los tres juntos y luego volvíamos a casa con mi madre y abuelos. Un día que fuimos con él, éste otro sujeto no paraba de intentar sonsacarle a mi hermana cosas sobre mi madre muy de su vida privada. La cual ya no debía ni de importarle ni de meterse. Yo, como era mayor que ella, me daba cuenta de lo que estaba intentando hacer tan descaradamente y le dije a mi hermana que se estuviera callada. Pero como mi hermana nunca ha tenido un carácter muy empático ni agradable, se enfadó conmigo por no dejarle hacer nada. Ella iba a decir lo que le diera la gana y yo no podría silenciarla jamás. Nuestro padre volvió y nos vio discutir, a si que el resto de la cena fue muy incómoda porque mi hermana no paraba de hacernos daño, tanto a mi como a mi madre por su cabezonería. Al final de la cena, como siempre, nos fuimos a casa.

Aquello solo alimentó mas los celos de él y tuvimos que recoger nuestras cosas de esa aquella, porque era suya, y vendimos el piso para irnos a otro y que así dejara en paz a mi madre. Aunque allí no acabó el acoso. La semana siguiente de todo esto mi madre vino a mi antiguo cuarto en la casa de mis abuelos para enseñarme un mensaje de móvil de mi “padre” en el que decía que renunciaba a la paternidad conmigo porque yo discutía mucho con mi hermana y eso no le gustaba. Después de más de 10 años, decidió dejar de ser mi padre porque yo tenía uso de razón y era crítica con él. Sinceramente, esto no me afecto mucho porque estaba demostrando cómo era en realidad y yo no quería un padre con esa actitud. A mi madre si le dolió un poco más porque todo lo relacionado con nosotras siempre le afectaba mucho y le daba mucha pena que hubiera hecho aquello.

Pasó el tiempo y mi madre consiguió encontrar un empleo fijo en la capital, lo que nos permitió alquilarnos un piso cerca. Todo parecía que volvía a la normalidad, mas esta vez lo que falló fue que a mi madre le estaba pasando factura los dos incidentes que había tenido como marido. Mi heroína entró en depresión bastante fuerte y con ansiedad. Le echaron del trabajo por pedir un exceso de bajas por lo mal que se encontraba y nos tuvimos que mover a otra casa. Esta vez pertenecía a mi bisabuela.

Ahora estamos intentando ayudarla de todas las formas posibles entre todos: familia, psicólogos, psiquiátras… para lograr sacarla de ahí. Porque mi madre es todo un ejemplo de mujer fuerte y de madre coraje y no podemos dejar que eso de apague. Por suerte, sus dos hijas le estamos dando todas las fuerzas que ha ido perdiendo durante este largo y duro recorrido y estamos consiguiendo que vuelva a brillar de la misma forma en que lo hacía antes.

Mi madre siempre ha sido una mujer con un carácter muy fuerte e imponente a pesar de su pequeña estatura. No queremos que pierda algo tan importante y que la caracteriza tanto a pesar de que esto también nos esté resultando muy duro a mi hermana y a mi. Estamos juntas en esta lucha, ella ya no está sola y las tres tenemos que seguir hacia delante pase lo que pase. A pesar de que yo también haya entrado en depresión y mi hermana se autolesionó por un tiempo. Tenemos a ella como ejemplo a seguir y no basta para sacar fuerzas para tirar de la carretilla. Cada vez que pienso de dónde vengo digo “es que nade va a poder tumbarme con lo que ya he pasado”.

Gracias mamá, por ser tan fuerte y decidida. Tus hijas te amamos igual o más de lo que tu nos quieres a nosotras.

Manipulada

He visto a más personas de las que me gustaría defendiendo que una relación tóxica no es tan mala como la pintan. Que son cosas normales que deberían hacer y sentir los dos miembros de una pareja monógama, que es donde usualmente se dan más caso de esto aunque esto no quita que pueda estar en cualquier lugar. Quiero dejar constancia de que es un constante sufrimiento del que, en poco tiempo, no puedes huir porque tu pareja te crea tal dependencia emocional que es imposible salir huyendo por mucho que tu mente diga basta.

Durante septiembre de 2015 y octubre de 2016, con apenas 14 años de edad, mantuve una relación a distancia con un chico que me sacaba como unos 6 años. Como no quiero decir su nombre, aunque me encantaría, le voy a llamar Tristán porque me parece un nombre feo y bueno, le va ni que pintado.

Este chico me hizo sufrir aproximadamente un año con una relación muy toxica. En concreto, me voy a centrar en unos meses en específico porque si no va a ser una historia demasiado larga. Aquellos meses son la prueba de que Tristán era una persona muy manipuladora y paternalista. Los mejores ejemplos para definir lo que fue nuestra relación supertóxica. Por desgracia, no puedo volver atrás en el tiempo y cambiar todo lo que pasó, pero si que puedo dejar constancia para que otras chicas puedan tener un ejemplo de lo que es y, si lo están sufriendo ellas también, que sepan que deben parar porque este tipo de relaciones no lleva más que al sufrimiento, acoso y a la desesperación.

Bien, voy a empezar.

Tristán no tardó mucho tiempo en lograr alejarme de todos los amigos que tenía porque cada vez que le contaba algo sobre lo que había hecho con ellos o simplemente hablado, me decía que le caían mal por cosas sin sentido. Decía que todos ellos eran unos idiotas. Que no me hacía bien que siguiera una amistad con ellos porque no debería estar con unas personas así. Las primeras veces que me dijo esto, yo le escuché porque pensé que estaba mirando por mi bien y a lo mejor yo no me estaba dando cuenta de ese mal que me hacían. Pero cuando vi que no solo era gente en particular, si no todos ellos, comencé a quejarme de que a lo mejor estaba sacando conclusiones que no eran muy acertadas. Él no aceptaba el hecho de que yo me pudiera enfadar por lo que me estaba intentando hacer o simplemente rechistara porque no estaba de acuerdo. Debía de aceptar su demanda con buena cara o si no era él el que se enfadaba conmigo cuando debería haber sido todo lo contrario. Además, me decía de que estaba siendo una histérica, que era una cría que no sabía aceptar lo que estaba pasando. Sus motivos para hacerlo mismo, claramente, estaban justificados por su palabra divina. Lo que decía él iba a misa.

Comencé a odiar las redes sociales porque cuando subía algo, una foto por ejemplo, a twitter y ésta conseguía varios me gusta, solo sabía decirme que “si sabes que tienes buitres por twitter, no subas ninguna foto porque estás provocando”. Se ponía celoso solo con una fotografía que, a lo mejor, solo se me veía la cara y el pelo, punto. Pero para él eso era ir provocando y cada chico que me decía algo era porque yo le gustaba y quería, segurísimo, algo conmigo. Claro, yo no podía alimentar algo así si tenía novio. Sé que aunque saliera desnuda o parcialmente desnuda en esas imágenes, el no tendría el derecho a decirme nada porque es mi cuerpo, mi vida y todo eso, pero con tal de no escucharlo y de que dejara de hacerme sentir mal, cedí y dejé de hacerlo. A parte, tampoco podía comentar muchas cosas por ella porque estaba constantemente vigilada y juzgada por cada cosa que ponía. No tenía ningún espacio de tranquilidad donde poder ser yo misma y tener contacto con otras personas que no fueran él.

Evidentemente yo no podía ponerme celosa por nada. Yo no tenía derecho a hacerlo según él y eso le hacía enfadar más. Solo podía fijarme en él. Pero Tristán no paraba de comentarme que le decía a otras chicas que eran las más preciosas que había visto en su vida, que quería follárselas y tener hijos con ellas, entre otras cosas. Claro, a mi eso me revolvía el estómago de una manera muy desagradable porque me estaba sintiendo inferior a todas ellas, me estaba diciendo, indirectamente, que yo era mucho más fea y que no pensaba tener hijos conmigo en un futuro. Me apena pensar que en ese entonces llegué a odiar a algunas mujeres por el simple hecho de la competición entre nosotras, por solo ser más guapas que yo, según mi exnovio. Debería haber odiado, en cambio, a quien me estaba haciendo eso, pero no me di cuenta de que estaba centrando mi odio en el objetivo equivocado, estaba ciega por su culpa. No sabéis lo mal que lo pasaba cada vez que me enteraba, era como si me pusiera los cuernos con ellas, no podía parar de imaginarme aquellas películas en mi cabeza y mi pecho retumbaba de dolor. Pasé muchas noches llorando por su culpa y yo creo que lo hacía a propósito, para enseñarme quien mandaba en aquella relación.

Con esto no quiero justificar que los celos sean algo normal, ni nada bueno, solo que la enorme dependencia emocional que me creó Tristán por tanto tiempo era bastante importante y me provocaba esas reacciones en mi. Además, de que solo era para hacerme daño, o quien sabe si algo más.

Siempre me repetía, una y otra vez, la gran diferencia de edad que había entre nosotros y que yo era una cría. Que era él el que me hacía un favor cuidándome como lo estaba haciendo. Que debía estar agradecida de que él quisiera seguir conmigo a pesar del comportamiento pésimo que tenía hacia su persona. Por tener que aguantarme como lo estaba haciendo. Eso me sacaba aun más de mis casillas y me hacía llorar de la impotencia, porque parecía que la loca era yo cuando el problema lo estaba creando Tristán. Al final acabé dándole la razón porque no podía luchar contra eso y me lo acabé creyendo de las veces que lo hice. Fue uno de mis mayores errores. Ya solo sentía que debía comportarme lo mejor posible y cumplir todas sus demandas para que no me dejara por otra y cada vez eran peores. Porque quien si no me iba a querer si era tan mala y desagradable como me pintaba Tristán. Me iba a quedar muy sola si no.

En marzo de 2016 antes de las vacaciones de Semana Santa, si no lo recuerdo mal, lo dejó conmigo. El único motivo que recibí a cambio de todo lo que había hecho por él es que se había cansado de la relación que teníamos. Eso hubiera sido suficiente para mi si no fuera porque me dijo que había una posibilidad de volver, pero que debía ganármelo. Aún debía de hacer más cosas para complacerle. Sin embargo, a pesar de que yo sabía que eso no era así, me marqué como meta conseguirlo porque le necesitaba para poder seguir hacia delante. Porque cuando me imaginaba el futuro, no podía hacerlo si no era con él al lado, aunque estuviera sufriendo como nunca. Me dije a mi misma que no podría afrontar la separación porque ya estábamos muy unidos y había que luchar por volver a tenerlo.

Justo esa semana, empezó una relación con una chica de la cual tampoco voy a decir su nombre por respetarla. Porque ella no tiene culpa de haberse topado con este grandísimo cabrón. Justo en ese momento, mi mundo se fue a la mierda. Me pase varios días llorando constantemente y con unos dolores de cabeza horribles por ello. Estaba muy decaída y mis ganas de seguir viviendo se estaban esfumando. Nada más despertarme, tras unos segundos de ignorancia “felices”, venía el recuerdo de lo que había perdido y las lágrimas no paraban de caer hacia la almohada. Además, como si no tuviera poco con el horror que estaba viviendo solo con mi imaginación, encima la alimentaba visitando los twitters de ellos dos. Vería sus fotos siendo felices los dos juntos y pensar que aquello no estaba ocurriendo conmigo me estaba quemando por dentro. Le llegué a coger muchísimo asco a aquella chica porque sentía que me había robado a lo que yo más deseaba y se estaba riendo de mi. Ahora me arrepiento mucho de haberlo pensado porque cuando pude llegar a conocerla, me di cuenta de que era una chica encantadora y que también lo pasó muy mal con Tristán. Solo fue una víctima más de este payaso.

Tristán en ese momento vio la oportunidad perfecta para hacer conmigo lo que quisiera. Y vaya que si lo hizo. Me puso una serie de “normas” que debía seguir a rajatabla para no perder unos puntos imaginarios que me otorgaba para que él, en un futuro, quisiese volver conmigo. Solo si me portaba como quería exactamente, como su juguete. A pesar de esta esperanza que me dio, también me dijo explícitamente que no iba a dejar a nadie por mí por el momento. Me había dado otro puñetazo en todo el pecho que me dejó aún más destrozada de lo que ya andaba. Mi dependencia iba creciendo por momentos, era como mi droga y no podía parar de pensar en ella y de hacer cualquier gilipollez por volver a probarla.

A si que hice TODO lo que él me pidió.

Corté ya todo el contacto con los pocos amigos hombres que me quedaban en mi vida, dejé de subir fotos mías a twitter y borré algunas otras que no le parecían adecuadas para estar allí. Y, de lo que más me arrepiento, es que me puso como norma tener que pasarle fotos y vídeos míos de índole sexual o hacer una vídeo-llamada por Skype haciendo cosas similares. Muchas veces yo acababa llorando en esas llamadas y aquello solo conseguía que Tristán se enfadara más conmigo y perdiera puntos. Puntos que luego tenía que recuperar enviándole más fotos sexuales. A todo esto os recuerdo que él aún estaba saliendo con la chavala que antes os he comentado. Seguro que le tuvo que sentar como una patada en el culo enterarse y, por desgracia, también sintiera odio hacia mi.

Yo creo que si lo hizo porque a los pocos días acabó dejándole. Se cansó de ser utilizada solo para darme celos y yo tendría que haber hecho lo mismo. Aunque de esto me enteré mucho después porque Tristán me mintió diciendo que él le había dejado a ella porque había cambiado de opinión y que me quería muchísimo. Se hizo el arrepentido y la víctima y yo, como una imbécil, me lo creí. Estaba muy contenta de tener muchas más posibilidades de volver con él porque había ganado ya bastantes puntos para que aquello pasara. Sin embargo, yo me sentí muy mal por la chica y quise disculparme por mensaje directo de twitter. Suerte que me dio por hacer aquello, porque fue allí cuando pude conocer la verdad de todo esto. No he vuelto a saber nada más de ella y deseo de todo corazón que todo le vaya bien, porque tuvo que pasarlo horrible con Tristán. Al igual que yo seguramente. Pero esto no termina aquí, porque la dependencia no había desaparecido.

Casi un mes después, volví con él. Porque a pesar de haber vivido los peores meses de mi vida por su culpa, con una ansiedad del carajo, perdiendo peso descontroladamente, autolesionándome y sufriendo sus violaciones casi a diario, no pude evitarlo. Y eso que la relación apuntaba a ser igual de tóxica que antes de dejarlo, y al final lo fue. Yo ya estaba en mis últimas, todo aquello me estaba consumiendo.

Por suerte, en septiembre de 2016, una amiga me hizo descubrir el feminismo y me llamó mucho la atención este movimiento. Comencé a investigar por mi cuenta, a rodearme de personas geniales, maravillosas y todos los mejores adjetivos que se os puedan ocurrir. Conseguí identificar mi relación con Tristán como una de las más tóxicas que me podrían haber tocado. Además de aquello, dejé de negarme a mi misma que sentía atracción por las mujeres y acepté mi bisexualidad, cosa que no viene al caso pero de la cual me siento orgullosísima de haberlo conseguido. Finalmente acabé dejándolo en Octubre, como dije al principio. Por fin logré apartarle de mi vida, darle la parata para que me dejara de hacerme daño y jugar conmigo. Aunque este proceso fue lento porque al principio si que nos hablábamos, no fue hasta que me di cuenta de que solo le interesaba hablar conmigo cuando no tenía ninguna chica con la que “encoñarse”.

A día de hoy puedo decir que la persona que más daño me ha hecho en toda mi vida ya no se encuentra en ella.

Me apena pensar que este personaje siga por ahí afuera haciéndole lo mismo a otras chicas porque hay muy poca gente que se da cuenta de las cosas horribles que les hace. Estamos muy mal concienciados, estamos muy mal educados. No se puede dejar que una persona te haga esto porque no es amor, no es una relación, es un completo infierno. Gracias al feminismo yo me pude dar cuenta de esto, pude lograr valorarme como debía y a no sentirme inferior que un hombre. Porque nosotras valemos y valemos mucho más de lo que piensan, pero hasta que esta sociedad machista no cambie, esto será invisible para muchos ojos.

El feminismo es bueno. El feminismo es el único medio por el cual  se puede conseguir que la mujer sea vista como un igual y no como un objeto o un ser inferior.

Moldeando mi silueta

Yo siempre había sido gordita y jamás me había importado ese hecho, porque yo era feliz y era lo que me importaba. Pesaba alrededor de 90 kg cuando entré en el instituto con doce años. No fue porque me trataran mal ni me dijeran cosas por mi peso, si no que decidí junto a mi hermana, hacer una dieta donde comiéramos más sano ambas. Creo que empezó como una idea tonta que se te pasa por la cabeza y al final la haces por amor propio a que sí te atreves a hacerlo. La verdad es que no era muy rigurosa, si no más bien medio seria medio en coña y, a pesar de que mi hermana lo dejó al poco tiempo, yo decidí seguir porque a medida que perdía un poco de peso, notaba como el trato que me daba la gente era mucho mejor y me hacía sentir bien. Me hacía sentir distinta.

Aquello comenzó a subirme la autoestima, que la tenía por los suelos como casi cualquier adolescente, y como se sentía tan bien esa sensación de confiar en mi misma y no verme tantos defectos, empecé a tener miedo. Miedo a que aquello se acabara y tuviera que volver a cuando era no más que un fantasma en vez de una persona en clase. No quería que se acabase, a si que seguí con la dieta cada vez de forma más estricta. Aunque antes no le hubiera dado la mayor importancia a mi aspecto y se la diera a otras cosas, poco a poco eso estaba ganando más fuerza en mi vida.

Al final acabé llegando a un peso totalmente sano de 68 kg, se podría decir que estaba muy cerca de mi peso ideal si tenemos en cuenta mi altura y constitución. En ese momento, aproximadamente, ya no conseguía mayores resultados con la dieta que tenía, ya no perdía más peso y, aunque fuera el mejor peso que pudiera tener, yo decidí ir a más. Quería que la gente me quisiera más, que me tratara aún mejor. Fue entonces cuando comencé a restringir la comida y a hacer deporte para apoyar a la dieta y conseguir más resultados en menor tiempo, porque estaba perdiendo la paciencia. Sentía que se me había acabado el chollo, porque ni aun así mi peso lograba bajar más de un par de kilos para volver luego a estancarse. No había avances y en ese momento fue cuando empecé a obsesionarme literalmente aquello.

A los 15 años había perdido aún más peso, pero seguía estando en uno relativamente sano. Estaba delgada pero no muy extremo. De momento mantenía esa parte racional de mi que me decía que no debía restringirme tanto porque ya estaba en un peso muy bueno. Lo hacía pero no mucho, lo necesario para mantenerme, porque si subía mucho iba a ponerme muy mal. Además, seguía haciendo deporte pero de forma normal, acababa cansada pero seguía teniendo fuerzas y no llevaba mi cuerpo al límite por mucho tiempo, solo en ocasiones puntuales.

Aquel verano, que me fui a Valencia con mi padre porque llevaba 8 años sin verlo, fue mi punto de inflexión. Mi padre siempre había pasado de mi toda mi vida y, claro, me aceptaba a su manera. Yo pensaba que era porque era guapa y claro, me relajé porque aún tenía el control con lo que hacía. Subí unos cuantos de kilos y no le di importancia porque seguía estando delgada y me sentía bien. Pero cuando apenas llevaba dos semanas con mi padre, me di cuenta del por qué no quería que me fuera a vivir con él: no me quería tanto como hacía ver. Me llegó a llamar puta por habar con un amigo de mi primo a solas, me cogió por el brazo y me subió a casa a empujones y trompicones porque yo me negaba a tener que aguantar aquello. Incluso me llegó a dejar varias marcas, moratones, en el cuerpo que me asustaba observar.

De repente, yo había perdido todo control sobre mi vida, aquello, por desgracia, me afectó demasiado. Aunque proviniera de una persona que había estado ausente durante toda mi vida hasta este punto. No era frágil, pero él había sabido por dónde romperme. Tenía la sensación de que todo me desbordaba y que no era capaz de mantener las riendas de nada sobre mi vida. Que estaba muy condicionada por los demás y odiaba esa sensación.

Volví a mi casa con mi madre y empezó la pesadilla. Como yo notaba que no tenía el control sobre nada, decidí que al menos lo tendría sobre mi cuerpo. Ahí la cosa empeoró al extremo. Aguantaba el día con apenas dos manzanas para comer y bebiendo mucho agua. Hacía como dos o tres horas de deporte diarios, sin falta y llegando casi a la pérdida de conocimiento muchas veces. Con 17 años ya conseguí pesar 37 kg, pero aún no estaba contenta, aún quería llegar más allá.

Con 18 años me ingresaron por primera vez en el hospital porque mis riñones y mi corazón estaban fallando. Me caía muchas veces al suelo, perdiendo el sentido y no era capaz ni de pensar con claridad. La cabeza también me fallaba, tenía calvas repartidas por toda ella  y, si conseguía andar, a cada paso que daba me tenía que parar porque se me llegaba a cortar la respiración por el gran esfuerzo que estaba realizando. En ese momento yo no sabía qué me estaba pasando, porque pensaba que no era como las demás personas que estaban ingresadas por estar en un peso muy extremo. Me decía constantemente “a mi nunca me pasará esto”, aunque estaba ocurriendo.

Evidentemente, después de aquello, me obligaron ir al psiquiatra, al igual que me pusieron un nutricionista. Al principio me negué, porque me estaban intentando quitar lo único que había logrado controlar en toda mi vida y no podía dejarlo escapar. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que había algo que estaba mal, que me estaba excediendo aunque muchas veces me lo negara a mi misma para no ceder. Por suerte, conseguí llegar al punto donde me dejé ayudar por los demás para poder mejorar, porque estaba en un punto muy crítico en mi vida donde podía llegar a morir.

La recuperación fue un proceso muy duro y lento, incluso más que los 6 años de anorexia por los que he pasado. Me había quedado sola, todas mis amigas salieron de mi vida en un abrir y cerrar de ojos. Me volví tan mentirosa, tan manipuladora, estaba tan irascible y era tan borde con los demás con tal de salirme con la mía y saltarme las comidas que yo quería que era un arpía. Ahora lamento mucho haberme comportado así, pero yo no era consciente de lo que me estaba ocurriendo, me estaba cegando para no poder verlo. La anorexia era la que me estaba controlando a mi.

Llegué a momentos en los que me imaginaba a mi con un cuchillo moldeando mi cuerpo a como quería que este fuese, un esqueleto andante. Fantaseaba con poder hacerlo y así librarme del tedioso camino que era el llegar hasta ese extremo. Incluso llegué a desear y a buscar información de cómo padecer alguna enfermedad física que, aunque me matase, me hiciese adelgazar todo lo posible.

Menos mal que mi madre y mi hermana estuvieron siempre allí para ayudarme y apoyarme a pesar del calvario que estaban viviendo por mi culpa. Porque no era solo yo la que estaba sufriendo, ellas también. Veían en lo que me estaba convirtiendo, cómo perdía tanto peso y cómo he estado tan cerca de la muerte y no podían hacer nada más que rezar porque yo me diera cuenta del punto al que estaba llegando. Por suerte lo hice y pude salir.

Perdí 6 años de mi vida en los que apenas tengo recuerdos y los pocos que me quedan son malos o relacionados con la comida. 6 malditos años obsesionada con que no estaba lo demasiado delgada para mi gusto y que debía llevar a mi cuerpo una zancada enorme hasta el precipicio. Me daba igual caerme, me daba igual morirme, yo solo quería estar lo suficientemente delgada para estar contenta. Pero nunca llegué a estarlo, ni por asomo. Siempre me veía gorda.

Mi peso, actualmente, es normal. El indicado para una chica de mi tamaño. Y a pesar por el enorme esfuerzo que he hecho para salir de aquel pozo, la anorexia aún me acompaña. Siempre va a estar conmigo, para el resto de mi vida. Porque una parte de mi siempre me estará controlando qué como y qué no, cuanta cantidad. Además, el sentimiento de culpa sigue ahí, aunque he aprendido a vivir con ello, a controlarlo y a silenciarlo. Porque no puedo dejar que me controle de nuevo ella a mi.

Con 90 kg tenía anorexia y con 37 kg también. Esta enfermedad no es cuestión de si pesas más o menos, de si estás más delgada o más gorda, es algo que está dentro de ti siempre, aunque tú decides si alimentarla o no. Es cierto que en los hospitales lo único que ves es a la gente con infrapeso tratándose para salir de allí. Pero en el proceso donde estás perdiendo peso y donde tú no tienes el control sobre ello, sigues teniendo anorexia.

Y lo que más me molesta de todo esto es que haya personas romantizando esta enfermedad tan devastadora. Como la sociedad alimenta a las personas con que si son muy delgadas es que están mucho más sanas, son mucho más bonitas y más válidas. Tener anorexia es algo horrible y algo que ni a mi peor enemigo le desearía, porque te consume por dentro. Te desgasta muchísimo y, encima, jamás te podrás librar de ella.

Y no solo te joderá la vida a ti, si no a todas las personas que te rodean y te quieren. Acuérdate, porque no eres tú sole quien acaba sufriendo, aunque sí en mayor medida que los demás.

Sí es mi cuerpo

Nadie nace en un cuerpo con el que está a gusto al cien por cien y no por ello dicen que ha nacido en el equivocado. ¿Por qué yo sí? Yo no vivo en un cuerpo que no me corresponde, es el que me ha tocado y es mío. Tienes que aprender a aceptarlo y es triste que sea yo el primero que lo haga y los demás sigan anclados a eso. Todo el mundo se queja de las imperfecciones que tiene su cuerpo, de que no les gustan y que quieren cambiarlas, pero solo esas pequeñas cosas, no el cuerpo entero como me dicen a mi. Porque no tenga un cuerpo normativo asignado a lo que se piensa que es un hombre no me quita el derecho o lo que siento por serlo. No es un impedimento. Soy lo que soy y nada del mundo puede cambiar eso, por mucho odio, incomprensión y miedo que pueda recibir.

Odio cuando alguien que no entiende lo que ocurre y se lo intento explicar con todo el respeto posible e intentando concienciar de que está viendo las cosas desde un punto de vista incorrecto. A veces es como hablarle a una pared, aunque lo malo es que esta puede insultarle o hacerte daño. Al final, solo saca la conclusión de que soy lesbiana en realidad y que me gusta verme como una machorra porque es lo único más parecido que conocen y me encasillan con esa etiqueta. ¿Tan difícil es aceptar que no soy una mujer aunque algunos rasgos que tengo estén asignados a esa identidad de género? Porque yo creo que no y si hay algo no entiendes, no intentes buscar una explicación con una lógica que está regida por qué es común o aceptado en esta sociedad, lo que está bien visto. Soy un hombre aunque no se quiera aceptar, ya si soy homosexual o no es otra cuestión que no tiene nada que ver con mi identidad de género.

Realmente los adultos han sido los peores. Siempre. Lo que no entienden o no logran entender, les asusta mucho y hacen lo que sea para cortar esa ramita que sale del seto al que podan todos los días. La escuela, por culpa de ellos, es un completo infierno que debo soportar día si y día también. Una profesora, en cada clase, le faltaba tiempo para recordarme que voy a ir al infierno por creerme chico cuando soy una chica. Que la mentalidad que tengo es porque el demonio me está controlando y no sé que tonterías más. No está de acuerdo con que esté en el colegio porque como no voy vestido como una mujer ya que debería llevar el uniforme correspondiente para ellas: falda, medias, delantal de cuadros… La de educación física jamás me ha dejado jugar al fútbol porque para ella eso está relacionado con el género masculino y, evidentemente, a mi no me ve como uno por no cumplir sus “requisitos”. Como si tuviera que tener algo en especial para serlo. También ha habido otros docentes que no me dejaban poner mi nombre social en mis exámenes, aunque tenga un certificado legal y reconocido de que yo soy un chico trans. Para ellos no era suficiente.

Pero el día donde más transfobia he recibido fue cuando me subieron al escenario del colegio en el recreo delante de todos mis compañeros. Llamaron la atención a estos para que se pusieran alrededor y aseguraron, sin tener ninguna duda, que yo era una mujer que se cree hombre. Que por mucho que quisiera cambiar ese hecho, jamás lograría conseguir nada porque no podría dejar de ser, jamás, una mujer. Dijeron, también, mi antiguo nombre para recordar a todo el mundo cómo debían llamarme y cual era el que no debían ni nombrar. Fue como un enorme puñetazo en el vientre para mi, la verdad, imaginaros que os pongan en ridículo y os humillen de esa manera en frente de tantas personas con los mismos prejuicios que quienes estaban diciendo eso. Arraigando aún más el odio irracional hacia las personas tansgénero. Me estaban silenciando y jamás he sentido, en mi vida, tanta impotencia como la que sentí en ese momento. Y claro, eso agravó las cosas porque me partí por dentro y aprovecharon ese momento para meterme aún más presión. Aún me sigue doliendo aquel día.

He escuchado, en la asociación de niños transgénero a la que asisto con mis padres, que han llegado a denunciar a padres por no ser aptos para cuidar a sus hijos trans solo por apoyarlos en el proceso de cambio hacia donde más seguros y realizados se sentían sus hijos. Ser como ellos siempre han querido ser pero jamás se les había dado la oportunidad ni el apoyo. Les llamaron locos, malos padres y muchísimas cosas más que no se merecen, porque ellos son una de las pocas personas que han creído en en sus hijos y han estado ahí siempre, escuchándolos y tratándolos como se merecen. Cuando escuché esa historia, de la rabia que me entró, tuve que irme al cuarto de baño para intentar calmarme. Porque saber que no soy el único por el que está pasando por este horror es muy frustrante.

Por otro lado, mis compañeros también fueron duros conmigo también. Todos los malditos días lo son. Me pegan, me insultan, me han llegado a meter en los contenedores de basura para recordarme qué es lo que soy y de donde provengo. Como si ya no tuviera suficiente con los profesores, ellos se encargan de atacarme cuando ellos no lo hacen. Además, muchas de estas cosas lo han hecho a los ojos de los profesores, ellos eran totalmente conscientes de qué era lo que me hacían de las atrocidades que me estaban haciendo y, aún así, corrían un tupido velo y me ignoraban. En cierto modo, estaban de acuerdo con lo que me hacían.

Además, ir al baño en la escuela me resulta un mundo. Hace que esté totalmente incómodo con todo lo que me rodea. Es un problema muy serio porque debo buscar el horario indicado para no encontrarme con nadie en el baño de chicos, ya que ellos no piensan dejar pasar a alguien que no tenga pene. Y claro, las chicas se sienten amenazadas al ver entrar a alguien que le gustan las mujeres, por lo que tampoco es viable, aunque no vaya hacerlo porque no es mi cuarto de baño. Hay días en los que incluso elijo aguantarme varias horas con tal de no tener que pasar ese mal rato de tensión por a ver si me pillan. Es horrible. Es horrible tener que aguantar tantas horas sufriendo porque la vejiga te va a explotar por culpa de la gente. Ver como no te apoyan, solo desprecian, te baja mucho el ánimo. Si solo hubiera baños unisex donde no estuviera condicionado por ningún limitante, sería todo mucho más fácil. Aunque las burlas no cesarían.

Pero estos problemas podrían tener una solución muy sencilla. Que tanto los niños como los adultos se informasen sobre el tema de las personas transgénero. Solo explicarles que no está mal, que no es algo antinatural, que no es porque somos mujeres que se creen hombres ni hombres que se creen mujeres. Merecemos el mismo respeto que los demás aunque nuestra identidad de género no sea la misma que nos asignaron al nacer.

Seguimos siendo personas con sentimientos que quieren intentar vivir la vida como más a gusto nos sintamos, no anclados a lo que se nos asigna sin nuestro permiso o aprobación sólo por tener unos órganos sexuales específicos.

Esto cambiaría si se normalizaran a las personas transgénero y transexuales, se les diera visibilidad y apoyo. Porque somos un colectivo que sufrimos mucho y ya no sea solo porque sentimos que algo es diferente en nuestro interior y tenemos que luchar para hacernos entender, si no por la ignorancia y odio que existe hacia nosotros. Que yo sepa, no le hago daño a nadie.

Amigas para siempre

Enamorarse de tu mejor amiga es un buen marrón porque dudas en si debes decírselo y perder la amistad o callarte y sufrir en silencio. Si a ello le sumas el hecho de que vuestra relación es una de las más tóxicas que jamás hayas vivido, todo empeora exponencialmente. Se suele pensar que estos tipos de relaciones las sueles sufrir con tus parejas, pero yo pienso que esto depende de la persona y como quiere o necesita tratarte, no tiene por qué ser tu pareja sentimental.

Tengo 18 años y, por desgracia, estoy enamorada de mi mejor amiga. Digo por desgracia porque lo que hay entre ella y yo es de todo menos bonito o emotivo. He aguantado una “amistad” con ella durante 5 años por este hecho y he estado sufriendo todo ese laaaaargo tiempo. Cada día. Ella es preciosa y muy inteligente, supongo que por eso ha logrado encadenarme a ella de esta forma. Porque por mucho que lo intente y lo mucho que me duelan esas cadenas, me es imposible alejarme de ella o, simplemente, pensarlo solo. Me odio por ello, porque es un sin vivir. Pero he sido dependiente de ella hasta el día de hoy, donde pretendo, de una vez, cortar todos los lazos por mucho que me hiera hacerlo. Estoy harta.

No sabéis lo horrible que es que la persona que más quieres en este mundo, cada vez que hablas con ella, te haga sentir inferior. Que vales mucho menos que ella y que, por eso, tienes que ser su mandada y estar agradecida por ello. La que hace el trabajo sucio. Te sientes infravalorada, una mierda a su lado que solo te hace sombra y te mueres de frío. Es un sentimiento muy desagradable y hace que, si estás prendada por esa chica, sientas que jamás la podrías alcanzar y que te está haciendo un favor por dejar que seas su amiga. Porque es lo único que vas a conseguir entre vosotras dos.

Además, cada vez que hablamos, ella solo sabe escupirme bilis. A veces llega a ser tan sarcástica que no pillo nada de lo que me intenta decir, menos los insultos claro está. Ha habido veces en los que incluso me he tenido que retener las lágrimas de lo ácida que estaba siendo conmigo. Se supone que somos amigas y nos tenemos que apoyar en lo que podamos, ayudar y eso, pero que sea tu propia amiga sea la que te cree problemas y tengas que buscar a otras personas en las que encontrar eso para poder soportarlo, es muy triste. Encima, he tenido que cuidar mucho las palabras cuando estaba ella delante porque no vaya a ser que diga algo que le moleste y ya se liara todo.

Era un saco de boxeo para ella, estaba allí para cuando necesitaba descargar su ira, para sentirse superior a otra persona… He sentido que todo esto ocurría porque no era lo suficientemente buena para ella, que se merecía a alguien mejor que yo, alguien que supiera hacer las cosas bien y como a ella le gustaban. Alguien que tuviera más valor. Y el por qué me ha costado tanto darme cuenta de esto y empezar a ser un poco de egoísta por mi parte, es porque me ha “confesado” varias veces que me quiere muchísimo, que es que a veces no se controla y lo paga sin querer conmigo. Y claro, eso me daba algo de esperanzas por las que seguir aguantando ese infierno.

En definitiva, ha sido un parásito que se estaba aprovechando de mi y yo, como una tonta, le he dejado que lo hiciera por cinco largos años donde mi amor por ella era aún más fuerte que la toxicidad de la relación. Pero poco a poco, esto me ha ido consumiendo hasta llegar al punto de decir basta. La verdad es que mucha de las personas que sabían lo de nuestra amistad, me recomendaban que me quisiera un poco más y que no me dejara tratar así. Yo pensaba que era algo normal que siempre, en una relación, haya una persona que es la que tira de otra.

Pero claro, solo era a lo que estaba acostumbrada. No es así. Una amistad debe ser sana donde ambas partes se encuentren cómodas y se apoyen entre ellas. Tiene que haber una especie de simbiosis donde todos salgan ganando porque la otra persona le da lo que no tiene a su amiga. Se ayudan, se apoyan, se comprenden y se perdonan. Porque no habrá nada más bonito en el mundo que estar a gusto con una persona siendo tal y como eres sin que te repitan a cada segundo lo mala amiga que eres, lo mierda de persona que eres, lo inferior que eres respecto a ella…

Me arrepiento muchísimo haber tardado tanto en darme cuenta y en haber aguantado por todo este tiempo. Pero supongo que algo bueno se puede sacar de todo esto y es que la próxima vez que llegue a tener una relación, cualquiera que sea, tengo por seguro que no cometeré los mismo errores y lograré disfrutarla al máximo.

Aunque aún siga enamorada, sé que no voy a llegar a ningún lado más que a la desesperación y locura por alguien a la que ni si quiera le importo. Porque estoy segura de que si le confieso, aunque sea, que soy lesbiana, me dejaría de hablar. Solo tengo que tener como referencia todas las fobias que tiene metidas en su cabeza y que me ha hecho padecer a mi también para no sentirse sola.

Espero que esto no os pase jamás y que, a unas malas, os dure poco y que logréis aprender el significado de una relación sana.

La riñonera

Es gracioso como un simple objeto te puede cambiar la vida, aunque no es éste mismo el que lo haya hecho directamente. La cosa es que yo tenía una bandolera con todos los colores del arcoíris que llevaba a todos lados, incluso a un campamento de verano hará un par de años. Como siempre, yo lo llevaba puesta en la cintura y se encontraba llena hasta las trancas. Una chica, curiosa por saber el por qué llevaba aquel estampado, nos preguntó a mi y a mis amigos si alguno éramos homosexuales y si sabíamos el origen de la bandera del orgullo. Yo me quedé a cuadros porque ni si quiera la bandolera llevaba aquellos colores en orden que ella mencionaba, aunque supongo que no se puede negar que tenía un aire.

Nos explicó que los colores de ésta bandera (rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta, en el orden del arcoíris, de ahí supongo lo de la confusión) representan la diversidad que contiene el colectivo LGTB y que nació en California como símbolo del orgullo gay y lésbico desde finales de los años 1970. También nos comentó que tiene diferentes nombres como: bandera del arcoíris y bandera de la libertad. Evidentemente, fue algo que nos llamó mucho la atención y fue un tema de conversación muy recurrente para los días siguientes porque simpatizábamos con el movimiento LGTB pero no sabíamos algo tan simple con aquello. Además, el que lleváramos unas cervezas encima, que hiciera una muy buena noche y que hubiera un auge en el tema del orgullo y más aceptación a este colectivo, ayudaron a que aquello se diera sin ningún problema.

No sé cómo agradecerle a esa chica por habernos sacado el tema. Si no lo hubiera hecho, no me habría dado cuenta de que algo en mi interior no estaba del todo de acuerdo a lo relacionado con la heterosexualidad que la sociedad me había asignado. Estaba confundida y ese fue el mejor momento para hablarlo con mis amigos y que me ayudaran a ponerlo todo en orden.

Lo gracioso es que ellos, al hacerles mis preguntas sobre la enorme confusión que tenía encima, todos me dijeron que daban por supuesto de que yo era lesbiana. Que no tenían ninguna duda de que aquello era una verdad monumental. Ha decir verdad, yo ya llevaba mucho tiempo pensando sobre mi sexualidad y tal, pero no la tenía tan clara como ellos. Aquella confusión provenía de otra historia anterior.

Ésta ayudará a explicar mejor la que estaba contando, el por qué de mis dudas. Se remonta antes incluso de que me comprara mi querida bandolera, cuando estaba saliendo con un chico estupendo. Él era genial y nuestra relación era muy envidiable por todos los que nos rodeaban. Jamás había tenido ningún problema con él, a parte de que en el ámbito sexual entre nosotros algo no funcionaba. Como por otras partes nos iba tan bien, no le quise dar mucha importancia tampoco porque ambos estábamos felices en uno con el otro. Tampoco quería ponerme tiquismiquis cuando podía tener a una persona maravillosa a mi lado en la que poder confiar y apoyarme. Por desgracia, nuestra relación no duró mucho tiempo más.

Como siempre había escuchado de que todas las parejas, antes o después, acababan teniendo relaciones sexuales y yo no había sentido ni la mayor necesidad por hacerlo con él, les pregunté a mis amigos si eso era normal. Ellos me dijeron que si, que podría ser asexual romántica y que por ello no sentía atracción sexual, mas ellos estaban segurísimos de que no era por eso, si no que estaba encerrada en una heterosexualidad que no existía en mi. Que una cosa era que tuviéramos una muy buena relación sentimental ese chico y yo y otra es que el me atrajera de verdad y no estuviera confundida por lo primero. No sé por qué pero sus palabras lograron explicar lo que yo aún no podía.

Aquellas conversaciones siguieron a lo largo de todo el campamento de verano, hasta que por fin logré llegar a la conclusión de que sí, era lesbiana. Y la verdad es que no lo hubiera podido conseguir así de rápido y cómodo si mis amigos no me hubieran apoyado como lo hicieron. Puede que dieran cosas por supuesto, pero también podría ser que yo lo estaba diciendo a gritos y la única que no me escuchaba era yo. Me había forzado, sin querer, a algo que ni si quiera era.

Es más, cuando volví a casa después de un largo mes conviviendo con las personas que me habían abierto los ojos hacia mi misma, le confesé a mi mejor amiga la conclusión que había sacado después de cientos de charlas.

Ella, con una enorme sonrisa de oreja a oreja, me dijo “¿Enserio? Yo pensaba que lo tenías muy claro, que solo te gustaban las mujeres”. Yo me quedé a cuadros por lo ciega que había estado, o por el gran miedo a reconocer lo que tenía en mi interior. Pareció una tontería, pero me sentí muy a gusto con ella por haberme aceptado tal y como soy sin ningún problema y al haber sido tan sincera conmigo. El resto de personas fue como un “yo ya lo sabía desde hace mucho tiempo, pero estaba esperando a que fueras tú misma quien me lo dijera”. Yo me quedaba muy cortada, mas al final me acostumbré a ello. Era una mujer nueva.

La verdad es que fue toda una experiencia y no me arrepiento de nada de haber ido, aquel verano, de campamento. Es cierto que al principio me daba mucha pereza, pero resultó ser uno de mis mejores veranos. Aunque las actividades físicas no fueron tan divertidas y ni me hicieron sentirme tan realizada, el simple hecho de quitarme una carga como la que llevaba encima sin enterarme, fue revitalizante. Además, os preguntaréis qué pasó con ese chico con el que estuve saliendo pero que no pasamos al siguiente nivel. Ahora mismo es uno de mis mejores amigos, seguimos teniendo una relación parecida a la que teníamos, pero ya no tengo que mentir ni actuar de una forma con la que no me siento segura.

Después de aquella gran aventura, conocí una chica con la que me quedé totalmente prendada y, ahí es donde pude descubrir que de verdad no era asexual, si no alosexual o lo que fuera. Porque, evidentemente, al ponerlo a prueba con un chico pues no tenía mucho sentido sacar conclusiones de aquello. Tenía que encontrar a la persona indicada.

Ahora estoy llena en todos los ámbitos: el sentimental, el sexual, el familiar y en mi felicidad.

Dolor carmesí

Me encuentro sentada en el sofá pasando una tranquila tarde de domingo como otra cualquiera viendo la televisión. No hay mejor forma de aprovechar este día que descansando todo lo necesario para la intensa semana que llega al día siguiente y que te va a dejar agotada para el siguiente domingo. Despreocupada, mientras estoy viendo una peli, un leve dolor me punza la barriga. Intento buscar el origen de este malestar e, inconscientemente, sonrío. Sé que no es lo usual que haces cuando sientes una molestia, pero si esto me hubiera pasado hace unos meses, me habría preparado para lo peor. Pero ya no tengo nada que temer, ya no voy a tener que pasar unos días horribles sin poder hacer vida normal, andar o ni si quiera moverme. Todo esto es gracias a que se me hizo una menopausia inducida con apenas 24 años. Ya no podía aguantar más.

Y creo que fue el día más feliz de mi vida.

Desde casi el momento que me vino la regla por primera vez, sabía que algo malo estaba sucediendo. Lentamente los dolores pasaron a casi apenas enterarme a unos muy fuertes que a penas podía soportar. Chillaba incluso del dolor. Yo había escuchado, por mi madre o compañeras de clase, de que ésta era muy dolorosa, pero jamás me habría imaginado que sería tanto y tan intenso. He de decir, y no sé ni cómo, que aguanté muchos meses ese dolor hasta que no pude más y decidí que era hora de visitar a un ginecólogo, alguien que me pudiera dar solución a lo que me ocurría todos los meses sin falta. El doctor me dijo que había una solución muy sencilla para este problema, que no me preocupara. Salí de allí con buena cara porque me habían mandado unas pastillas anticonceptivas que regularían mi menstruación y harían que me doliera mucho menos. Sin embargo, mi problema de sencillo no tenía nada para mi desgracia.

Los meses fueron pasando y yo no veía resultado alguno. Seguía sangrando igual o más y los fuertes dolores me conseguían tumbar un día tras otro inevitablemente. Aun así, decidí esperar un año para ver si es que se necesitaba un poco de tiempo para conseguir los resultados que tanto ansiaba o era que de verdad no me estaba funcionando esa solución tan sencilla que me había dado el médico. Deseaba con todas mis ansias que hubiera sido lo primero, mas estaba muy equivocada. Los sangrados aumentaron y ya ni si quiera con la compresa más absorbente que encontraba en el mercado podía mantenerme unas horas, sino que además debía ponerme un tampón como refuerzo. Porque al final terminaba manchando toda la ropa aun así. Mi cuerpo se hinchaba desmesuradamente y las diarreas que me producía eran cada vez más intensas y desagradables. Mi mundo se estaba desmoronando porque, más de una semana al mes, yo dejaba de ser persona para convertirme en un cuerpo tumbado en una cama sin poder ni si quiera respirar con tranquilidad sin tener que aguantar el aliento porque venía una fuerte punzada. Además, de que había muchos días que me despertaba o simplemente en mitad del día, tenía que salir corriendo al cuarto de baño para vomitar del dolor. Mi cuerpo estaba muy débil.

Decidida a obtener un mejor tratamiento para aquel desvivir, fui de nuevo al médico. Lo único que recibí de esa súplica porque acabara con mi fuerte dolor fue que lo que me ocurría era totalmente normal. La explicación que me dio es que hay mujeres a las que le viene la regla mucho más fuerte y con mayor intensidad que a otras y no se puede remediar. Además, me recomendó tomar hierro porque estaba anémica perdida por culpa de los grandes sangrados que estaba sufriendo. Aquella fue la primera desilusión de las muchas que se pusieron a la cola en los años siguientes. Estaba muy decepcionada porque para otros dolores no tan fuertes había cientos de medicamentos, pero para el mío que me impedía vivir con normalidad, solo quedaba aguantarme porque era normal en algunas mujeres y no se podía hacer nada por aliviarlo.

Por desgracia, mi familia no me apoyaba, ellos solo pensaban que era demasiado débil y que ni si quiera era capaz de aguantar un simple dolor de útero. Que había mujeres a las que también les dolía mucho, a veces poniéndose de ejemplo ellas mismas, y que lo aguantaban de todas formas. Creo que llegaban hasta exagerar mucho la situación solo para dejarme a mi como una llorica. Se suponía que era lo que me había tocado vivir y tenía que aprender a sobrellevarlo, no me quedaba otra. Además, era la palabra de los médicos contra la mía y si ellos decían que era normal, debía de ser normal por cojones por mucho que yo dijera o por muy mal que yo estuviera. Al final se me empezó a llamar exagerada y mentirosa, que solo estaba inventándome ese dolor porque era muy débil. Eso me hundió aún más en la miseria. No tenía a nadie en el que apoyarme y, a parte de por la menstruación, lloraba muy a menudo.

Lo pero de todo fue que ninguno de los ginecólogos a los que fui luego del primero, me hicieron ni una dichosa ecografía. Ni si quiera ni ningún análisis de sangre que fuera a más de conocer cómo estaba mi hierro en sangre, nada que pudiera aportar un poco de luz a mi enorme problema. Yo ya sabía que tenía falta de hierro, joder, solo debía ver cuánta sangre echaba por la vagina y la cantidad de coágulos que salían de ahí, dándome más ganas de vomitar de la repulsión. Solo eran unas pastillas y para casa, a aguantarte sin ni si quiera haber intentado llegar a la raíz del problema y sin ninguna empatía por tu sufrimiento.

Estaba muy decaída, me encontraba sola ante el mundo y este no paraba de dejarme claro lo débil que yo era. Me estaba derrumbando y el dolor hacía que este proceso fuera aún más rápido. Al final, decidí volverme a mi país, Uruguay, porque en ese momento estaba viviendo en España y yo no aguantaba por más tiempo allí. Por suerte, de los nervios, o eso era lo que pensaba yo, dejó de venirme la regla y pude aprovechar un tiempo sin estar condicionada por la menstruación para poder asentarme en mi nuevo hogar tranquilamente.

Sin embargo, cuando ya estuve organizada del todo, decidí que era hora de volver al médico porque ya me estaba extrañando la falta de regla por tanto tiempo, habiendo experimentado lo de estos años. No cuadraba y tampoco quería dejar a la suerte si volvía a aparecer o no. Yo debía seguir luchando por mi bienestar aunque en aquel momento estuviera en el ojo del huracán.

Fue aquí donde, por primera vez en mi vida, me mandaron a hacerme una ecografía para saber qué era lo que me estaba pasando en mi interior y, además, un análisis de sangre más completo para que lo analizara un hematólogo. UN HEMATÓLOGO por fin. Dios, eso me volvió a dar esperanza de que podrían encontrar una cura a lo que me pasaba o simplemente una causa. Volvía a tener ganas de luchar contra mi horror mensual y, aunque me tuvieron que mandar a cirugía urgente porque tenía un quiste de 14 centímetros y otro de 5 centímetros en los ovarios, seguía con buen ánimo.

La operación salió a la perfección y pensé que ya se había acabado todo, que esos quistes eran los que ocasionaban mi dolor y ya no los tenía en mi interior. Pero luego me dieron otra mala noticia, me habían diagnosticado endometriosis, la culpable de los fuertes dolores que he tenido que soportar a lo largo de estos años, además de un trastorno de coagulación (Von Willebran). Aunque, como he dicho, fueron malas noticias, yo sentía como un enorme peso de encima se me había quitado de la espalda porque ya “no era normal” que hubiera padecido una menstruación así. No era yo la que había sido débil y no había conseguido sobrellevar unos simples dolores que cualquier mujer tiene que aguantar todos los meses. Tenía, y sigo teniendo, una enfermedad que altera la calidad de vida de las mujeres que la padecen, afectando a sus relaciones de pareja, familiares, laborales y de reproducción.

No era yo la que se inventaba ningún cuento y por fin un médico me había dado la razón.

A partir de ese momento, comencé a informarme mucho sobre esta enfermedad. Incluso llegué a un punto donde sabía yo mucho más que algunos médicos a los que visitaba. Me di cuenta de que era muy desconocida por el personal sanitario y que, por eso, se me había tardado tanto en diagnosticar o subestimada. A pesar de ser relativamente frecuente en las mujeres con vagina, es una enfermedad desconocida y silenciosa, porque está ahí, duele, pero no sabes lo que es. Por fin todo comenzaba a mejorar, estaba viendo la luz de este largo túnel rojo.

Sin embargo, a comienzos de 2016 cambié de seguro médico, tratándome otro ginecólogo distinto al que tenía. Esto conllevaba que debía de informarle y contarle todo lo que he sufrido por culpa de la endometriosis y que este se informara. Al final, me dijo que me iba a mandar unas pastillas que me ayudarían mucho más con el dolor, aliviándolo casi por completo. Aunque aún seguía reacia a tratarme con pastillas por la mala experiencia de las anticonceptivas y calmantes, confié en que hacía lo correcto y lo mejor para mi el médico. De nuevo, cometí otro error.

A partir de ese instante, comencé a sentirme muchísimo peor. Todo lo que había conseguido mejorar se estaba yendo al garete y no podía hacer mucho por evitarlo. Al final, el dolor se convirtió en crónico y apenas podía estar de pie más de 15 minutos sin que me cedieran las piernas y cayera al suelo casi llorando. Las relaciones sexuales pasaron a ser un horror y volvieron los dolores menstruales que no me dejaban moverme con libertad. Otra vez estaba volviendo a la pesadilla y, además, de cabeza.

Una vez mínimo al mes acababa en el hospital con calmantes vía intravenosa, todo era aún más insoportable que antes y ya era mucho decir. Aquello se convirtió en una tradición para mi. Ya no podía tener vida social normal porque apenas podía estar de pie por mucho tiempo y los médicos volvían a no tener ninguna solución para mi. Estaba, de nuevo, en el pozo del sufrimiento rojo. Todo aquello continuó hasta que un año más tarde, en una de mis visitas a urgencias, un buen ginecólogo fue el que me atendió. Señaló que el culpable de esta recaída fueron las pastillas que me habían mandado para “aliviar” ese dolor, porque tenían fuerte carga estrogénica y para mi enfermedad venía como una patada en el culo. Aquel médico había conseguido hacer todo lo contrario, joderme aún más.

Y aquí es cuando volvemos al principio de esta historia. El médico y yo decidimos, sin apenas muchas opciones ni pensarlo por mucho tiempo, en realizarme una menopausia inducida con el fin de evitar una cirugía en la que se me pudiera perforar algún órgano. Era menos invasivo y lo prefería mil veces a volver a tener que sufrir ese dolor o meterme en quirófano.

Después de aquello, mi vida ha vuelto a la normalidad y eso me ha hecho muy feliz. No sabéis la tranquilidad que tiene una al saber que no va a tener que soportar esos dolores por más tiempo y poder estar en mis plenas facultades tanto físicas como mentales. Porque aunque fuera solo un dolor físico, me estaba afectando por igual a la mente. Me desquiciaba, me hacía estar irascible y sin ganas de vivir. Ahora por fin puedo apreciar la vida, abrazarla y vivirla con ganas. Si vosotres también habéis sufrido esto, seguid luchando. Porque no sois débiles, no os estáis inventando nada, vuestro dolor es real y está siendo subestimado por quienes no lo sufren por igual.

Solo decir que me ha cambiado la vida el simple hecho de no menstruar.

Etiquetas

En la sociedad actual están saliendo nuevas etiquetas de las cuales antes la gran mayoría de personas hubiera podido imaginar. Ahora, por fin, no todo está siendo blanco negro, mujer u hombre, heterosexual u homosexual. Por fin se está demostrando que hay más variedad en las personas a parte de lo que ya tenemos asumido y construido, de lo que está estipulado. Porque hay muchas personas en el mundo y no todas ellas deben encontrarse cómodas asignándose a lo que se considera “normal” hoy en día. Porque es imposible que con tan pocas opciones se pueda definir a una sociedad tan numérica.

A pesar de que este pensamiento es lógico, real y necesario, muchas personas aún se anclan en no aceptar este hecho. Siguen pensando que nada se puede salir de la normalidad porque, si lo hace, es que se está inventando cosas nuevas que ni si quiera pueden llegar a existir pues es antinatura o alguien que quiere llamar la atención. Porque, si ellos no son los que no se sienten cómodos con esto, no van a poder ver más allá si no quieren abrir su mente. Me da mucha rabia, la verdad, y pena, mucha pena. Que no logren ver el enorme problema que hay y que no quieran darle solución, es decepcionante, porque somos más de los que. Mi historia es una de las ciento de miles que te puedes encontrar en cada rincón del planeta.

Yo, cuando era adolescente, me encontraba es una especie de aislamiento por el simple hecho de haber sido asignado mujer al nacer. Yo no me sentía a gusto con las chicas de mi edad porque no me veía reflejado en ellas, no sentía que tuviéramos cosas en común ni que me llegaran a comprender como me sentía. Cada vez que salía un tema que a todas les parecía interesante, yo me quedaba al margen o intentaba hacerlo. Sus vivencias no eran para nada como las mías. Sus pensamientos muy dispares a los que yo tenía metidos en la cabeza. Realmente se podría decir ni si quiera llegaba a entenderlas, el por qué pensaban eso o les gustaba lo otro o cómo podían hacer otras cosas.

Un claro ejemplo era cuando se ponían a hablar de “cosas de chicas”. Odiaba con todo mi alma estar en medio de esas conversaciones porque parecía que estaba rodeada de extranjeros hablando en otro idioma. Novios, novias, relaciones… Yo me inventaba cualquier cosa con tal de no tener que interactuar con ellas en ese momento o simplemente hacía lo posible por no destacar.

Otro ejemplo es cuando se ponían a hablar de los chicos o chicas que les gustaban. Todas ellas tenían algún amor platónico o algún crush que otro, TODAS. Todas excepto yo, claro está. Sentía que muchos de esos enamoramientos estaban basados en la apariencia de los demás y yo, pues digamos que jamás le he dado la más mínima importancia a ese factor para que una persona me pudiera llegar a llamar la atención. Esto no quita que encontrara a muchas personas guapas, preciosas o bonitas, simplemente que ese no era el motivo por el cual a mi me debían gustar. Tampoco tenía gran afán por besar, abrazar ni tocar a esa posible persona que me gustara, aunque no hubiera. No sé, estaba descolocado.

No les encontraba ningún sentido con mi lógica.

Y con esto no quiero decir que fuera un típico “no soy como el resto, soy mejor que ellas por ser diferente”, sino que mi historia no cuadraba con las suyas. Todas me parecían maravillosas a su manera, cada una tenía un ámbito en el que destacaba notablemente. Simplemente no era una mujer como ellas.

Además, cómo leches les iba a hablar de lo que me ocurría si con decir que tu sexualidad no es la misma de la de todo el mundo, te apartaban de su vida o te trataban de forma diferente. Lo que hice fue simplemente tragarme esa angustia e incomprensión. Aún no era el momento de abrirme y, además, tampoco sabía bien qué era lo que me estaba pasando a mi. No podía ponerle un nombre, solo emociones y sentimientos que tampoco lograban definir exactamente y, sin palabras claras, no se puede llegar a un buen diálogo ni entendimiento con nadie que no se sienta como tú.

He llegado a pensar incluso, durante bastantes años, que tenía una especie de misoginia y que por eso no encajaba en el rol de lo que conocía como el de ser mujer. Debido a ello, comencé a identificarme con él, como transexual. Aunque sí me sentí en una zona con mayor confort, seguía habiendo algo que no llegaba a cuadrar del todo. Había un cabo suelto que no lograba visualizar. Aún así, logré dar un paso hacia delante en el camino de llegar a conocerme a mismo, que es difícil de cojones. Y más cuando te sales de la norma.

Tras mucho indagar, tras muchos enormes tortazos que me he llegado a dar, por fin he encontrado la solución a este malestar. Por fin he conseguido darle nombre, o nombres. El caso es que si que soy trans, aunque no de la forma que en un principio había pensado. Yo no soy mujer, aunque tampoco soy hombre, como pensé en su momento. La falta de información y de referencias me ha hecho un poco difícil esta búsqueda, la verdad. Pero al final me topé con un término que me define tal cual me siento y me informé todo lo posible sobre él. Me identifico como persona no binaria y, para quien no sepa lo que es, somos personas cuyas identidades de género no encajan entre la variedad de géneros binarios (hombre y mujer). Sentí que solo habiendo encontrado aquello, ya todo empezaba a tener sentido en mi interior, estaba desencriptando mi mente. Además, dentro del no biniarismo, me encuentro en el espectro femenino. También, gracias a esto y a que me sentó como un vaso de agua fría en medio del desierto, seguí buscando más respuestas a mis incógnitas, porque no se había acabado allí.

Encontré también que soy gris-sexual, o sea, que siento atracción sexual pero bajo circunstancias limitadas y en menor grado que las personas alosexuales (que para quien no lo sepa, es lo “normal”). Además, me identifiqué muy fuerte con ser birromántico. Esto significa que me siento atraído por dos sexos o géneros.

Sé que puede llegar a ser un poco difícil de digerir cuando no sufres incomprensión por no poder llegar a poder definirte con lo que la sociedad te ofrece. Porque imvisibiliza la variedad que puede haber entre todos nosotros, pero creo que no es difícil de comprender que, perfectamente, una persona no se pueda sentir a gusto identificándose con algo en lo que tu tienes como algo normal e identificativo para ti. Te puede parecer una tontería, pero yo jamás me había sentido más cómodo en mi vida desde que pude ponerle nombre a lo que me pasaba y, al darme cuenta de que no había nada raro en mi, de que esto le pasa a miles de personas más alrededor del mundo. Solo que no se había dado a conocer.

He besado la locura

Aún tengo el cuerpo revuelto de lo horrible que lo he pasado estas últimas semanas. Apenas he dormido cuatro horas diarias y esto me está provocando que mi cuerpo apenas tenga fuerzas, al igual que yo en mi interior. Han logrado darme un golpe muy fuerte esos dos, mi exnovio y mi exmejor amiga. Encima, me cuesta mucho recuperar el sueño perdido porque, por desgracia, aún sigo dándole vueltas a lo que ha pasado. No sabéis lo que me encantaría poder borrarlo de mi mente y dejarlo pasar, solo quiero pasar página. Solo quiero que este sufrimiento se vaya.

Estoy viendo la televisión tumbada en la cama ya que como no puedo hacer nada, pues al menos tener algo con lo que poder distraerme la mente. Por suerte ésta tiene internet incorporado y puedo ver bastante variedad de entretenimiento. Apenas ha pasado la hora de comer y ya tengo el plan de quedarme el resto del día tumbada en la cama. Soy de lo que no hay, mas necesito recuperarme.

Buscando a ver qué es lo que puedo ver, me topo con una película que me llama la atención que va de dos amigas que están peleadas y se distancian mucho. Hace que recuerde algo aunque no sé si son cosas mías o no. La verdad es que esto ya me ha estado pasado varias veces más y no entiendo el motivo. Seguro que serán solo coincidencias o que yo estoy actuando de manera exagerada por lo que me acaba de pasar. Vuelvo a cambiar de canal para no darle más vueltas y así poder distraerme hasta caer dormida. Al menos allí mi mente no divaga tanto y pienso en cosas mejores.

En mi búsqueda, encuentro un programa muy típico Español donde el capítulo se centra en cómo uno le ha robado la pareja a su mejor amigo y lo vuelvo a cambiar rápidamente. “Qué es lo que está pasando, esto debe ser una broma” pienso. Cambio de nuevo con la esperanza de que deje de encontrar cosas relacionadas con este tema, mas aún así no paran de salir. Otro anuncio que me he hace volver a sentir un escalofrío en el cuerpo. Intento retener mi mente para que no vaya más allá  y apago la tele. Salgo de la cama de un salto y con la respiración un poco acelerada. “Necesito salir de aquí y despejarme”.

Voy a ver a mi madre y a conversar con ella, a menos de ahí no puede salir nada malo. Ella consigue calmarme aunque no sabe que lo está haciendo. Por suerte, el resto del día, pasa con normalidad y no vuelvo a encender el aparato electrónico por si acaso y, como siempre, apenas duermo unas cuantas de horas por la noche. Llego a la conclusión que es por que no estoy durmiendo bien ni lo que debería, le pasa a muchas personas.

Al día siguiente, por la mañana, se me presenta el mismo problema que el de ayer y decido darle otra oportunidad a la televisión, puesto que para algo me la puse en la habitación. Oye, es que no hay nada más cómodo que verlo desde tu cama. Por suerte todo normal hasta la hora de comer, aunque siento una especie de tirantez en el cuerpo, como si estuviera en tensión continua aunque mínima y soportable.

Por la tarde un amigo, de los pocos me han quedado por culpa de la relación tóxica de la que acabo de salir, me dice de salir a dar una vuelta y yo acepto encantada. No puedo desaprovechar una ocasión para hablar con alguien al que le importo. Pasamos un rato muy agradable juntos, la verdad, y vuelo a casa para cenar y meterme en mi cuarto para descansar de la enorme caminata que hemos dado.

En medio de la noche, hay algo que me hace despertar, una sensación de cómo si alguien me estuviera viendo. Miro hacia la puerta para ver si está abierta por si es mi familia echándome un vistazo, que lo suelen hacer. Pero está cerrada. Mi cuarto está en completa oscuridad hasta que una luz tenue, muy puntal y roja hace que apriete la mandíbula del susto. “¿Qué es esa luz roja?” digo en voz baja hablando conmigo misma. Ésta se vuelve a apagar como si nada. Cierro los ojos restándole importancia porque seguro que será alguno de los muchos aparatos electrónicos que tengo en mi habitación, pero no puedo volver a dormirme. Mis ojos se abren de nuevo velozmente, curiosa de saber qué coño es esa luz. Es el aire acondicionado.

La luz es intermitente y tarda como 5 segundos en volver a encenderse y otros 5 en apagarse. Lo único a lo que me recuerda este patrón es a una videocámara pero, que yo recuerde, no he puesto ninguna en mi cuarto ni el aparato este tiene esa función. Las manos me comienzan a temblar temiéndome algo muy malo. Sin embargo, me relajo a mi misma asegurándome de que solo es un aparato que está medio encendido y que en realidad no está pasando nada. “Un aire acondicionado no tiene ninguna cámara instalada, puede que se le haya ido la pinza y ya está” pienso usando la lógica.

Esa noche me cuesta aun más dormirme y, por la mañana, me levanto con peor cuerpo todavía. Me encuentro muy entumecida.

La mañana la paso con mi padre haciendo unos mandados que nos toca hacer y eso vuelve a relajarme. Me siento segura alrededor de ellos aunque note algunas miradas indiscreta por parte de transeúntes que no conozco de nada. Como no me gusta ser el centro de atención, intento taparme con el cuerpo de mi padre de todas las que puedo, aunque procuro no ser muy exagerada para no llamar la atención de mi padre. Sé que no me están mirando a mi, pero me está desagradando. Seguramente solo sean inseguridades mías.

Después de comer, vuelvo a mi cuarto y enciendo la tele para pasar la hora de la siesta tranquila y viendo una de mis series favoritas que echan por la tele. La serie absorbe casi por completo porque es un capítulo muy interesante, mas no puedo evitar que mis ojos se vayan al mismo lugar donde ayer por la noche vi la luz. No está, hoy ya no está. “Bueno, habrán sido imaginaciones mías o el reflejo de la luz de notificación de mi teléfono” y me calmo, aunque mi cuerpo no quiere dejar de hacerlo por desgracia. El sueño y cansancio me está pasando factura.

Por desgracia, el capítulo acaba y yo, con ganas de más, busco a ver qué es lo que están echando en otras cadenas, a pesar de saber que normalmente no encuentro muchas cosas interesantes a estas horas.  Al final me acabo encontrando con la serie Friends y, aunque es un poco antigua, nunca me ha desagradado ver. Total, que la dejo puesta y, casi a mitad de capítulo, pasa una movida entre dos ellos relacionada, otra vez, con la traición entre dos amigos. Cojo el mando corriendo y lo quito. De pronto, en uno de los cambios de canal buscando algo que se aleje de este tema, vuelvo a ver el mismo mensaje de ayer que dice “habla con ellas”. La respiración se me corta y me hiela el cuerpo. Sé que el mensaje no es expresamente para mi pero… y si sí lo es. Y si me está intentando decir que tengo que hablar con mi antigua amiga para que no cuenten nada de mi vida privada. Esa a la que yo me había abierto y contado cosas muy profundas sobre mi vida para que luego me dejaran de lado por la persona que me dejó en la mierda. “No no, esto no puede estar pasando”.

Salgo corriendo de mi habitación sin tan siquiera apagar la tele. Pienso que darme una ducha puede venirme bien caliente para despejarme. Dios, me es que parece que me estoy volviendo loca. No puede ser que ellos dos sigan estando unidos en contra mía para recordarme una y otra vez lo jodida que estoy por su culpa.

“¿Y si en realidad sí me están observando para saber cómo estoy reaccionando a su acoso?” la idea se me pasa por la cabeza por lo que me pasó esta noche con lo de la luz e intento desecharla, mas se ha quedado bien amarrada a mi. Ahora entiendo el por qué había tanta gente mirándome por la calle y cuando les miraba atentamente para que me dejaran en paz, empezaban a cuchichear. Seguro que ellos también me estaban espiando para contarle todo lo que hago a esos desgraciados.

Me desvisto con miedo a que aquí también pueda estar la luz roja y paso como 10 minutos hurgando en cada rincón del cuarto de baño por si acaso la logro ver. A pesar de que no encuentro ni rastro, hago todo lo posible para ocultar la mayoría de mi cuerpo y apenas consigo disfrutar del agua caliente. Me hubiera gustado bañarme y estar un buen rato metida en el agua, dejando que las ideas de mi cabeza se evaporaran, mas el simple hecho de tener mis sospechas de lo que me pueden estar haciendo, no me deja parar de estar en alerta. Cuando termino, me visto con la toalla alrededor de mi cuerpo y haciendo malabares para que no se me caiga. Al salir, cojo una buena bocanada de aire para prepararme de lo que me pueda encontrar en mi cuarto.

Al llegar, lo primero que me fijo es en la tele. Están echando ya el telediario, lo que me recuerda que ya mismo es la hora de cenar. Poco más tarde, escudriño la habitación entera haciendo especial hincapié, de nuevo, en la zona donde vi la luz roja. Nada. Todo normal. “Se habrán cansado por ahora” pienso. Aprovecho este breve descanso para coger el móvil e irme a cenar. Mis padres proponen de salir fuera a cenar, que así damos un paseo todos juntos, mas yo niego su invitación puesto que ahora mismo no sería capaz de aguantar la mirada de decenas de personas sobre la mía propia.

Por suerte, les convenzo y cenamos en casa. De mientras que están terminando la comida y sirviéndola, busco en las redes sociales a mis dos exs con la intención de saber si han puesto algún tweet haciendo referencia a mi. Hace mucho tiempo que no miro sus cuentas y me dije a mi misma que sería mejor que no lo hiciera nunca más porque ya empezaron a poner cosas desagradables cuando pasó toda la movida con ellos, pero necesito conocer si esto es verdad.

Buscando en los tweets recientes, encuentro algunos que han compartido de otras personas con la misma temática que los anuncios con los que me he topado y se me han puesto los pelos de punta. “Lo sabía, tienen que ser ellos”. Luego también leo un mensaje que dice “El karma siempre está ahí para devolverte las cosas buenas y malas que has hecho”. Ella siempre lo mencionaba cuando estaba conmigo haciendo alusión a todas las personas que le habían hecho sufrir. “Joder, seguro que es para mi” dictamino. Con las manos temblorosas y las piernas flaqueantes, ceno una miseria porque apenas me entra comida con todo esto que está pasando. Yo pensaba que ya habían desistido, pero ahí siguen. No he sido yo la que ha hecho cosas horrible, joder, sé que no soy perfecta y que he cometido errores, pero jamás os he dañado como vosotros lo estáis haciendo.

El simple hecho de saber que ella también estaba metida en todo esto me esta volviendo loca. De él si me lo esperaba, después de todos los golpes, celos, gritos… era imposible no esperar que me pudiera hacer algo así. Pero de ella no, era a la única persona que le conté el calvario que viví con ese chico y me vio llorar de dolor y frustración incluso. Confié en ella porque, en ese momento, sabía que jamás me iba a hacer nada malo. Pero ahora que está con él, ha cambiado, ya no le importo. ¿Y si en verdad jamás le he importado? Duele, duele mucho.

Un miedo de todo lo que me rodea va creciendo en mi interior, intento hacer todo el tiempo posible para retrasar el irme a la cama, pero al final llega. Entro lentamente y con el corazón en un puño en mi habitación. La luz parpadeante ha vuelto y mi cabeza va a explotar. Decido actuar con normalidad y no mirar hacia la cámara, acostándome en cuanto entro. Cada vez me cuesta mover todo el cuerpo por el cansancio y porque la tensión en mi cuerpo, en vez de irse, ha ido en aumento. Estoy temblando y a saber qué es lo que están haciendo con el vídeo. Esto se está descontrolando. Seguro que lo están subiendo a algún sitio extraño para que se rían de mi y estarán hackeando mi tele para mostrarme todo lo que me pueda recordar a ellos dos.

No consigo cerrar los ojos ni un segundo y el cuerpo me pesa cada vez más. Mi mente no para de ir de un lado a otro recabando toda la información que he recogido sin querer y que me estaba diciendo a gritos que todo esto lleva pasando varias semanas sin haberme dado cuenta. ¿Cómo es que no no lo he visto antes? Todo es tan obvio y yo he estado tan ciega…

Por la mañana, en cuanto escucho el sonido de la puerta de mis padres abriéndose, me levanto y me asomo al pasillo. Ahora que lo pienso, seguro que tienen más cámaras por el resto de la casa. Vamos, pongo las manos en el fuego y todo.

El sonido de la ducha me distrae de mis pensamientos. Es mi madre preparándose para ir a trabajar. Una punzada horrible me hiere el corazón y me recuerda de que la pueden estar viendo a ella también por mi culpa y no pienso dejar que el cuerpo desnudo de mi madre pueda ser visto por internet. No se merece eso. Voy hacia mi escritorio, arranco una hoja de papel del primer cuaderno que pillo y, como puedo, escribo “Vístete que nos están vigilando”. He tenido la suerte de que he caído antes de que fuera demasiado tarde y saliera la pobre del cuarto de baño. Cuando la veo abrir la puerta y asomarse, la llamo haciendo unos ruidos no muy fuertes con la boca. Ella me mira extrañada y lee mi nota, luego me mira a mi y vuelve a leer la nota. La cara se le descompone y sale corriendo a su habitación. “Lo he conseguido, la he salvado”.

Me doy la vuelta para tumbarme en la cama porque ya he gastado las pocas fuerzas que tenía para hoy ahorradas y me echo la manta por encima para estar calentita. El cuerpo me tiembla cada vez más y no consigo evitar morder con fuerza, incluso me está llegando a doler la mandíbula. Estoy teniendo la misma sensación de cuando estoy enferma, mas no siento ningún dolor físico. Eso sí, el mundo se me está derrumbando, o más bien, mi mente es la que se está cayendo. Cada vez me duele más la cabeza.

-Tenemos que irnos-escucho la voz de mi madre de fondo-Vamos, te voy a vestir.

Yo hago lo que me pide, seguro que también se ha dado cuenta de la vigilancia que tenemos montada en casa y quiere sacarme de ella. Dejo que me ayude a hacer los movimientos de los que ya no estoy en mis plenas capacidades físicas y me agarra de los hombros para ayudarme a caminar. Ojala se acabe este infierno pronto, creo que ya me han hecho el suficiente daño. Ya podéis parar. He llegado al punto de que apenas puedo respirar con normalidad, siento una enorme opresión en el pecho que me lo impide.

Me montan en el coche, mi padre se ha unido a nosotras también, y salimos disparados a quien sabe donde. Pero esto no termina, sigo sintiendo esas miradas tan destrozadoras sobre mi y, aunque me esté ocultando el cuerpo con la parte opaca de la puerta del coche, no consigo quitármelas de encima. Todas esas risas, voces, luces… siento que están ahí para mirar qué es lo que hago y para humillarme completamente.

Lo están consiguiendo.

No sé cuanto aguanto con esto pero al final noto como unas manos intentan arrancarme del coche y llevárseme a un sitio desconocido. Hace mucho luz y, acostumbrada a la penumbra, me cuesta adaptarme. Cuando me quiero dar cuenta de donde me están llevando, consigo ver un letrero que pone “urgencias”.

No consigo entender el por qué me han llevado aquí. No tiene sentido, no estoy mala. Los que deberían llevar al hospital son esos dos sociópatas que se están vengando de mi como ninguna persona lo había hecho antes. Tengo ganas de luchar, de explicarles qué es lo que está pasando aquí, que es todo un malentendido, mas antes de poder escupir todas esas palabras, siento un pinchazo en el brazo derecho que, con una rapidez inesperada, me deja K.O.

Por desgracia, no es hasta que pasan alrededor de 10 días que me confiesan los médicos de que he tenido un brote psicótico y todo lo que he sufrido estaba dentro de mi.

Yo lo único que he vivido éstos horribles días ha sido como he descendido, en muy poco tiempo, al pozo de la locura y la he besado con pasión.

Sin referencias

En uno de mis largos paseos conmigo misma, he ido justo a parar a un banco muy especial donde hacía años que no me sentaba. Apenas ha cambiado, aunque ahora está mucho más pintado que antes. Si echo la vista atrás, parece que era mucho más pequeña e inmadura que ahora cuando apenas han pasado tres años desde la última vez. Es increíble como puede cambiar una persona en tan poco tiempo.

Ha sido el cuerpo solo quien me ha guiado hasta aquí para recordarme a mi misma que no ha pasado tanto tiempo desde que tenía un miedo atroz hacia mi propia persona. No es hasta que conseguí conocerme y aceptarme por como soy, que deje de temerme y es lo mejor que he hecho jamás. En cuanto he visto el banco y me he dado cuenta de su importancia, una flecha invisible e intangible pero dolorosa me ha atravesado el pecho, recordándome el arduo y largo camino que he recorrido hasta conseguir llegar al día de hoy. Estoy a kilómetros de donde me encontraba la última vez que me senté y estoy muy orgullosa de mi misma por ello. Porque a pesar del enorme trabajo que ha resultado ser, los frutos que he conseguido soy extremadamente dulces y deliciosos.

Jamás habría pensado que aprender a quererme de esta forma me ayudaría tanto.

Mi memoria, aunque está un poco borrosa ya tras el paso de los años y de la nueva información que he almacenado en ella, sí consigue invocar alguno de esos momentos donde más temor sentía sobre mi misma y las consecuencias que mis pensamientos acarreaban en mi vida. Sin embargo, ahora entiendo mucho mejor el por qué me ocurría aquello. Era joven y no tenía ninguna referencia femenina en la que apoyarme y con la que sentirme identificada. Si hubiera sido así, no hubiera estado tan perdida. La única y superficial información que había conseguido recabar es que yo estaba mal o rota. Eso es lo que decían los demás y yo me lo creía sin cuestionar que los que estaban mal eran ellos mismos, no yo. Qué le vamos a hacer, era demasiado influenciable por lo que pensaban los demás o lo que comentaban sobre estos temas que lo reprimía para no tener problemas y no lo dejaba escapar en ningún momento. Me obligaron a esconderlo, hasta de mi misma, en algún lugar de mi interior.

En la mayor parte de mi vida, siempre he sabido que me atraían y gustaban los hombres, era un hecho que nadie podía negar porque ya había salido con un par de ellos, mas no fue hasta que conocí a una chica, que ese hecho me tiró por tierra algo tenía por seguro, inamovible y verdadero. Recuerdo que incluso le llegue a decir a alguien «a mi jamás me gustará una mujer, es imposible». Ay, querida yo del pasado, que mal mentías. Nunca has sabido mentir ni a ti misma, aunque lo intentabas desesperadamente. Siempre has sabido que había algo dentro tuya que te picaba.

Sé que queréis que os cuente sobre esa chica, que qué tenía de especial para que me hiciera abrir los ojos. Realmente nada, era una adolescente normal y corriente como todas las demás. Simplemente fue que, con ella, supe diferenciar aquellos sentimientos confusos que sentía por las chicas y que podían llegar a más que una simple amiga. Aunque me costó mucho tiempo llegar a esa conclusión por mi misma.

Qué decir. Éramos como uña y carne. No nos separábamos jamás, ni si quiera en clase lograban hacerlo los profesores. Siempre nos las apañábamos para sentarnos juntas y así poder pasar el tiempo charlando o escribiéndonos cosas para no aburrirnos. Todo esto empezó como una amistad normal, hacíamos lo típico que podían hacer dos chicas de 15 años: salir a dar enormes paseos, ir a botellones, pasar un buen rato en el parque cuando hacía buen tiempo, ir de compras, hacer algún que otro trabajo del colegio juntas… Al final, lentamente, fuimos ganando confianza la una en la otra hasta llegar al punto de poder tratar temas no tan superficiales con los que no podía hablar con cualquiera. La verdad es que su personalidad ayudó mucho a que llegáramos a ese punto. Era tan simpática, agradable y buena que era imposible alejarse de ella y no querer conocerla un poco más.

Para mi, era una chica muy interesante y, seguramente, hoy en día lo seguirá siendo. Aunque no es la más preciosa que haya visto solo por apariencia, el interior que tenía me deslumbraba más que todas las demás. Es evidente que en el primer día de clase me fijara en ella solamente, a parte de por que tenía la necesidad de tener alguna amiga con la que poder llevarme bien, ella me llamó sin saberlo.

Pero sigo con el tema, que es que me voy por las ramas si comienzo a describirla. He de decir que jamás había llegado a ese nivel con una persona y la verdad es que me sentía muy cómoda con ella al lado, aunque aún en ese momento mis emociones y sentimientos no se desarrollaron completamente por ella. La seguía viendo como una amiga, mas cada conversación que manteníamos o a cada vivencia que pasábamos juntas, sabía que lo nuestro era muy especial y que debía guardarlo como oro en paño.

Me acuerdo que una vez, en clase de dibujo, donde evidentemente estábamos sentadas juntas, ella estaba preocupada por un enorme grano que le había salido en la cara y que, evidentemente, era muy notorio. No paraba de decir que estaba aún más fea con ese amigo asomándose y que seguro que todo el mundo lo había visto y se estaba riendo por ello. Yo no pude retener una gran fuerza que se desató en mi interior, le cogí la cara con ambas manos y le dije sin tapujos:

-Tu siempre estás preciosa, Valeria-mi voz sonó decidida y sin miedo, aunque en cuanto me escuché a mi misma se me cortó el aliento por la vergüenza de haber hecho algo así y que me hubiera salido desde lo más profundo de mi ser.

Ella no respondió porque también enmudeció y pude ver como su cara se tornaba de un hermoso color carmín manchado con una cara de confusión muy graciosa. Nos miramos por unos largos segundos y seguimos dando la clase como si nada. Supongo que ambas decidimos intentar ignorar eso, aunque seguramente le sentara bien el hecho de que alguien le dijera que era preciosa de una forma tan profunda. Como si fuera la verdad y todo.

Intenté no darle vueltas a ese hecho, pero es que a este se le sumaron otros muchos más que ya no pude ignorar por más tiempo.

Comencé buscando en libros algún tema que pudiera tratar de lo que yopensaba que era, pero no encontraba ninguna respuesta. Luego intenté conversarlo con mi madre, que suele ser una persona que me escucha y me aconseja muy bien, pero veía que no me salían las palabras y pasaba a algún tema tonto para desviar cualquier sospechas. Hablar de mis sentimientos nunca ha sido mi punto fuerte y, para poder explicar significativamente lo que me estaba pasando, pues debía hacerlo. Incluso lo intenté con ella puesto que habíamos llegado ha compartir bastantes cosas de la una y la otra, pero nada. Todo se quedaban en frases a medio terminar y en mi mente en blanco cuando hablaba.

Ya desesperada y muy curiosa, cogí el ordenador y busqué una frase que, cada vez que me acuerdo, me echo a reír. “¿Puede a una chica gustarle otra chica?” sí, es bastante inexpresivo y simple e igualmente no me sirvió de mucho porque solo encontraba referencias a la homosexualidad y yo tenía muy claro que, a pesar de todo, también me gustaban los hombres.

Al final desistí en mis incesantes intentos por conseguir algo de información porque con el plus de mi incapacidad para expresarme emocionalmente por algo que me obstruía desagradablemente mi garganta, no me iba a llegar a ningún lado. Decidí que era mejor aprovechar el tiempo que tenía con ella como amigas, aunque eso no evitó que un miedo enorme se siguiera desatando en mi interior por no poder encontrar mi lugar.

En ese momento no era normal ser capaz de sentirte atraído por hombres y mujeres a la vez, eso solo era de personas adictas al sexo o idas de la cabeza y yo no era o quería ser como elles. Además, no quería estropear la tan buena relación que tenía con ella porque yo no estaba segura de lo que sentía dentro de mi y por que sabía perfectamente que a ella no le gustaban las chicas. No quería ser tan egoísta como para ser capaz de romperlo todo.

Hoy en día ella aún no sabe nada del revoltijo de emociones que me sigue produciendo en mi interior cada vez que me acuerdo de ella. Lo bueno es que para mi no es un recuerdo desagradable, ni si quiera está manchado con una pizca de tristeza porque seguía siendo feliz aunque solo fuera su amiga.