La vida es aburrida. Capítulo 2

Se han visto entrevistas peores 

Observé el techo blanco de mi habitación en silencio. Por fin mi familia se había marchado a sus tan deseadas vacaciones dejándome solo. Cansado y somnoliento había ido apagado todas las luces de la casa y me había tumbado en mi cama con la intención de dormir, pero obviamente mi mente no me daría ese placer, prefería torturarme con los recuerdos de aquel día. Me mordí el labio mientras repasaba mentalmente la conversación en el autobús.

Después de hacer aquella extraña ( y bastante acosadora) pregunta Crystal se me había quedado observando unos instantes, sorprendida. En seguida comprendí que debería parecer un rarito preguntando cosas como esas e intenté mantener la compostura. Me removí, hundiéndome más en el asiento, y murmuré unas palabras.

— Olvídalo, en realidad no tiene tanta importancia…
— ¿Un chico con un piercing en el labio quizás? —Si alguna vez había pensado ser actor en aquel instante quedó claro que no valía para el oficio, porque mis intentos por parecer indiferente fueron realmente patéticos. Vamos, que un poco más y el bote que pego me deja en el asiento de al lado del conductor. Carraspeé, rezando para que no se me quebrara la voz.
— Sí…exacto — Crystal sonrió misteriosamente.
— Pues no, no conozco a nadie así — La cara que se me quedó debió ser un poema, porque la pelirroja rompió a reír—. Vale, vale Lo siento, no he podido resistirme, parecías muy interesado …¿Por qué?¿ Lo estás buscando? —Volví a carraspear y aparté la mirada de sus ojos verdes. Se puede decir que casi gruñí la respuesta.
— Algo así — La mano de crystal se apoyó en mi hombro, transmitiendo su calor. Cuando me atreví a volver el rostro hacia ella sus ojos verdes brillaban como esmeraldas.
— Está decidido, tú y yo tenemos que quedar.

¿Qué clase de respuesta es esa? Seré lento o algo, pero al final no me quedó claro si conocía al tipo hipster o no.

— Pelirroja estúpida —Gruñí para mis adentros mientras daba vueltas en la cama en busca de una postura más cómoda para dormir. Cuando ya estaba alcanzando ese estado grogui en el que empiezas a notar como te pesa hasta el cerebro el ruido estridente del tono de mi móvil me asustó. Soltando una palabrota palpé a ciegas por el suelo, aún desde mi cama, hasta que encontré el maldito cacharro. Al encender la pantalla la luz me cegó momentáneamente, pero alcancé a leer un mensaje:

“Te espero en 15 min”

 Al lado venía una dirección que me era totalmente desconocida. Permanecí unos segundos observando el mensaje en silencio. “¿Qué querrá esta mujer a estas horas intempestivas de la noche?” Me froté la cara con la mano intentando despejarme. En mi vida había salido a estas horas así como así: sin avisar, sin saber a dónde iba.

“Eres una persona muy aburrida, ¿lo sabías?”

Suspirando acabé por teclear una respuesta a Crystal y tomándome mi tiempo me puse ropa para salir.

— Total. Ya me ha desvelado.

Si esperaba que las cosas se aclarasen cuando llegase a la dirección que me había indicado la odiosa punk me equivoqué y mucho. Lo primero que pasó por mi mente cuando llegué es que a mi amiga le había entrado una fiebre por Harry Potter y me había arrastrado a una especie de Callejón Diagón, solo que sin magia. A cada lado había diferentes tiendas de objetos cada cual más raro, trastos antiguos, aparatos que no había visto en mi vida, libros viejos y de títulos absurdos. Hasta había una tienda que vendía zapatos para solo un pie para que pudieses elegir la combinación que quisieses (lo sé, yo tampoco le vi la lógica, pero el vendedor parecía muy seguro cuando intentó encasquetarme una sandalia y un botín como par).

Milagrosamente la mayoría seguían abiertas a estas horas y desde fuera la calle estaba iluminada por todos los farolillos y las velas que los comerciantes habían puesto para iluminar sus puestos. La gente iba y venía por el lugar, charlando con los vendedores o entre ellos y algunos se sentaban en mitad de la acera a contar historias y reír chistes. Anduve entre el gentío intentando observar todo emocionado. Aquel lugar era tan… diferente. Nunca había oído de un sitio así en mi vida. Aunque es verdad que hasta hace unos días ni siquiera me habría molestado en investigar.

Por fin entre la gente conseguí localizar a Crystal…bueno en realidad lo difícil habría sido no verla. Con ese vestido de corsé rojo y negro parecía la princesa de las tinieblas o algo así. Sonreí intentando imaginarme como sería el ropero de mi amiga. “Una casa a un ropero pegada probablemente”. Esquivé a la gente mientras me acercaba a ella y no fue hasta que toqué su hombro que la pelirroja pareció percatarse de mi presencia. Sonriendo con esa expresión distraída que siempre la acompañaba se quitó los auriculares que llevaba puestos y me dedicó una sonrisa.

—Me alegra que hayas venido.

Dios, parecía una vampira con los labios de color sangre, alcé una ceja mientras la volvía a mirar de arriba a abajo.

—¿Vamos a asustar a huerfanitos para comérnoslos en un caldero o algo parecido? Porque no he traído la capa ni los colmillos de Drácula…

Crystal me pegó con fuerza un codazo y soltó un bufido interrumpiendo mi comentario. Luego optó por ignorarme mientras se giraba e iniciaba el descenso por la calle. Procuré seguirle el ritmo para no perderme entre la multitud (y para que el chiflado de los zapatos no me volviese a pillar por banda para intentar venderme unos zancos o algo peor) y me mantuve pegado a su espalda. Hace unas semanas me habría irritado de sobremanera que la pelirroja no se hubiese parado a explicarme qué cojones hacíamos en aquella calle tan rara a esas horas tan raras, pero sinceramente, ahora me daba exactamente igual. No necesitaba saber a dónde iba, cuando llegase lo descubriría ¿Qué sentido tenía ser impaciente? Por eso mismo me mantuve callado mientras andábamos.

Recorrimos toda la calle en silencio y poco a poco el ambiente alegre fue dando paso a uno más tranquilo. Aunque las tiendas seguían siendo tan raras como al principio de la calle, parecía que la gente aquí se dedicaba más a las conversaciones calmadas y no a tantos gritos.

De repente Crystal frenó en seco, como si acabase de recordar a donde queríamos realmente ir, y se acercó a uno de los escaparates de una tienda. Observé el sitio con una mezcla de recelo y curiosidad a partes iguales.

Parecía una tienda igual de bohemia que el resto de las que la acompañaban, lo raro de esta era que no exponía nada fuera del local. El resto de locales se especializaban en alguna cosa, antigüedades, libros, ropa… pero en esta resultaría imposible decir qué era exactamente lo que se vendía, porque nada del exterior permitía adivinarlo. El escaparate en vez de exponer los artículos estaba tapiado con un extraño cristal opaco que formaba dibujos por toda la fachada, brillando levemente por los farolillos de las otras tiendas. Me acerqué con curiosidad al extraño dibujo… parecía cambiar de color por la luz.

—Llegamos —Antes de poder decir nada Crystal tiró de mi manga con fuerza y abrió la puerta de la tienda para arrastrarme dentro. Al abrirse se oyó la típica campanilla de aviso que había en todas las tiendas. No pude evitar reírme al pensar que era totalmente surrealista que en una tienda tan rara tuviesen una cosa tan típica. “Ahora comprendo por qué no tiene nada en el escaparate”. Simplemente no se podía resumir la clase de objetos que vendía ese lugar en un espacio tan reducido como el del escaparate. ¿Qué demonios tenían en común unas lámparas de araña, muñecos, una tostadora y una espada láser de mentira? Absolutamente nada. Y no solo había eso. Cualquier objeto pensable y por pensar estaba ahí, y lo mejor es que ni siquiera estaban ordenados en un sentido lógico.
Divertido di unos golpecitos a un pequeño tiovivo de hojalata que empezó a girar al ritmo de la música que salía de un tocadiscos del fondo. Si me hubiesen preguntado en ese momento algo tan simple como que cuál era el color de las paredes de la habitación no habría sabido responder. No había absolutamente un solo lugar en el que no hubiese colocado algún reloj de pared, un espejo roto o cualquier cachivache imaginable. Incluso las estanterías de libros subían hasta el techo, tan altas que había que llegar a partes del lugar con unas escaleras corredizas que había por todos lados.

Crystal avanzó con seguridad por la habitación siguiendo un camino irregular que habían dejado entre tanto trasto junto y se acercó a un viejo mostrador donde sin ningún tipo de decoro aporreó un pequeño timbre que sonó de manera realmente estridente.

Pegué un brinco sorprendido y me acerqué a mi amiga para quitarle el timbre de las manos.

—¿¡Quieres hacer el favor de no ser tan ruidosa!? Me vas a matar de un ataque al corazón —La pelirroja me miró como si fuese yo el que estuviese armando el escándalo.
—¡Pero si no soy tan ruidosa cómo demonios se van a enterar de que estamos!
—Pues actuando como el resto de gente normal.
—¡Lo normal es aburrido!— “Mierda, tiene razón” Fruncí el ceño mientras me cruzaba de brazos y murmuraba un “Vieja loca” por lo bajo. Mi amiga encarnó una ceja con una expresión terrorífica.
—¿Has dicho algo? —Me apresuré a sonreír lo más inocentemente que pude.
—Nada —Los dioses debían de estar de mi parte aquel día, porque el vendedor apareció de entre los cachivaches justo a tiempo para salvarme de una muerte segura.

El anciano nos miró sorprendido, como si dos personas entrando en una tienda fuese la cosa más extraña del mundo, pero tras un rato su expresión pareció cambiar a una de alegría y sus ojos chispearon brillantes.

—¡Pelirroja!¿Qué tal? Hacía mucho que no te veía por aquí.

Cuando se acercó a nosotros pensé que iba a saludar a Crystal propiamente con los típicos besos en la mejilla, pero en cambio pasó de largo frente a nosotros y se dedicó a engrasar los relojes de la pared de enfrente ” Vaya, este si que sabe como atender a las visitas”

—Buenas noches Tarón. Te venía a presentar a mi amigo el señor “Soy silencioso como la gente normal” —Iba a soltar una protesta al ver como me llamaba, pero Tarón me agarró con fuerza para estrecharme la mano efusivamente.
—¡Encantado señorito silencioso como la gente normal! —Le observé alucinado incapaz de abrir la boca “¿Este tío qué se fuma?” —. Yo soy Tarón, el dueño de esta tienda.

Estaba claro, de tal mercancía tal chiflado.

—Pensé que te interesaría contratarle para la tienda —Fue entonces cuando reaccioné soltando un débil grito
—¿Eh? ¡Espera..! —El anciano y Crystal me ignoraron olímpicamente y continuaron a lo suyo.
—¿Contratarle?… No sería mala idea, la verdad es que yo no puedo estar aquí las 24 horas del día, ya no soy tan joven como antes.

Un momento… ¿cuando era joven sí lo hacía? La mirada de Tarón se volvió a posar en mí con curiosidad. Inmediatamente me tensé. Dios, me sentía igual que el día que toca entregar las notas a tus padres y sabes que te vas a llevar un par de collejas y un largo castigo.

—Dime, joven —El anciano se puso unas enormes gafas mientras se sentaba distraídamente en una silla de aspecto bastante antiguo que había por ahí igual de random que el resto de las cosas—. ¿Quién crees que ganaría en una pelea?¿Hitler o Darth Vader?.

La respuesta me salió automática sin poder pensarlo.

—Darth Vader…¡Eh! ¿Pero qué? Un momento, Yo no…
—¿Sabor de helado favorito?

Me llevé la mano a la cabeza confundido.

—Ehm… en realidad escojo el helado del color más raro sin fijarme en el nombre —admití ligeramente avergonzado. Mi hermana siempre me había llamado ratito por eso. A mis espaldas escuché la risita de Crystal, pero no tuve ocasión de girarme y fulminarla con la mirada.
—Del uno al diez cómo clasificarías las canciones que tienen un ukelele como acompañamiento.
—8..¡no, no! 7
—Muuuuuy bien ¿Qué opinas de los guisantes?

Y así siguieron las preguntas totalmente absurdas e ilógicas de aquel extraño personaje. Ni me preguntéis cómo demonios pude aguantar y responder a todas con entereza… y preguntarme menos aún por qué me molesté en contestarlas en vez de haber salido corriendo por la puerta del lugar. Al final Tarón se inclinó sobre la silla para mirarme por encima de las gafas.

El dueño de la tienda me observó durante unos instantes en silencio y pude sentir el sudor frío que me recorría por el cuello por los nervios. Al final una enorme sonrisa fue apareciendo en el rostro del anciano.

—Contratado —Parpadeé asombrado unos instantes. ¿Acaso eso había sido una entrevista de trabajo? Desvié la mirada a Crystal que me hizo un signo con el pulgar de que todo había salido genial y suspiré agotado.
—Será un placer trabajar para usted señor.

Por el rabillo del ojo pude ver a Crystal pegando saltitos de alegría y aguanté las ganas de estrangularla por haberme metido en este lío. Tarón se levantó de la silla con el mismo entusiasmo que mi amiga y corrió hacia el escritorio donde empezó a escribir cosas como un loco.

—Perfecto. Puedes empezar a trabajar cuando quieras. Me vendrá bien tener un poco de tiempo para mis hobbys.

Prefería directamente no descubrir cuáles eran los hobbys de los que hablaba.

—¿Perdone? Cuál sería mi horario —pregunté con educación. A mi lado Crystal soltó unas risitas y la di un codazo para que se callase. El anciano me miró divertido como si lo que hubiese dicho fuese una de esas tonterías inocentes que dicen los niños pequeños sin ser conscientes de lo que dicen.
—¿Horario? Aquí no hay horario, puedes venir cuando te dé la gana

Le miré sorprendido.

—¿No teme que sea un caradura y directamente decida no venir si no me tiene controlado? —la mirada del vendedor mostró la más pura confusión, clavándose en mi rostro y por un momento me hizo sentir mal por ser tan rebuscado.
—¿Tú no harías eso, no muchacho? —Aquella mirada mostraba que confiaba totalmente en mí y que hablaba con sinceridad. Tal vez por ello el remordimiento me pinchó en las tripas y me apresuré a responder.
—Por supuesto que no señor. Puede confiar en mí.

Tarón asintió con firmeza y sin apartar la mirada de mí arrancó la hoja de la libreta en la que había estado escribiendo y me la pasó. Supuse que era el contrato (Algo muy poco fiable si lo acababa de arrancar de una libreta cualquiera, si me permitís el comentario), pero antes de poder leerlo Crystal ya estaba tirando de mí fuera de la tienda.

—¡Un placer verte de nuevo, viejo! Te visitaremos pronto.

Ignorando mis protestas me sacó por la puerta de un empujón y me tropecé con una señora que pasaba por el camino la cual me gritó en un idioma que no pude entender, pero seguramente no eran una declaración de amor. Mascullando un par de insultos fulminé a mi amiga con la mirada, pero lo que no me esperaba es que ella se quedase callada mientras me observaba con una sonrisa odiosa de suficiencia. De mal humor me recoloqué la chaqueta y aparté la vista.

—¿Que miras con tanta insistencia, pelo zanahoria?

La chica no pareció ofenderse por el adjetivo que usé y mantuvo esa sonrisa que me empezaba a poner de los nervios.

—Enhorabuena, estás preparado —Me giré para observarla confundido.
—¿Preparado?¿Esto ha sido una especie de ritual para entrar en una secta o algo así? Vaya, no debería haber descartado lo de comer huerfanitos tan pronto —La pelirroja volvió a bufar mientras retomaba el camino hacia la calle de las tiendas locas.
—Antes de que te encontrases con él pensé que tenías que ver a Tarón antes. Ya sabes… es como una especie de visto bueno o algo así ¿Entiendes? —Me froté la cabeza cada vez más confundido
—¿Él? ¿Encontrarme con quién? —Crystal hizo un mohín, como si le cansase mi falta de comprensión.
—Nadie te entiende hijo ¿Pero no fuiste tú precisamente el que me dijo que querías hablar con él? Si hasta me describiste sus ojos y su pelo.

Abrí mucho los ojos empezando a comprender de qué me estaba hablando mi amiga. Ella en cambio siguió a lo suyo hablando. De repente el sonido de su móvil sonó. A pesar de estar distraído pensando de nuevo en pelos azules y miradas electrizantes pude captar como Crystal sonreía mirando la pequeña pantalla.

—Bueno, pues estás de suerte. Sé dónde está.

La vida es aburrida. Capítulo 1

 

Extraños en un parque

… La vida es aburrida…

La frase apareció clara en mi mente nada más abrir los ojos aquella mañana. Una peculiar manera que tenía mi cerebro de desearme los buenos días. Definitivamente no es la mejor frase para animarte a salir al mundo exterior, ni siquiera creo que sirva para hacerte levantar de la cama, pero por alguna extraña razón algo en mi interior parecía tener interés en recordarla una y otra vez durante el último mes. Con desgana me incorporé y salí de la cama. Hasta seguir durmiendo me parecía aburrido.

Ni siquiera me molesté en mirar por la ventana. Normalmente a los jóvenes de mi edad les pone de buen humor el tiempo típico del verano: sol, un cielo azul perfecto para salir con los amigos, nada de estudios ¿Quién no contaba los días para que llegasen las vacaciones? En cambio yo lo único que hice fue morderme el labio, deseando por un momento que el paisaje de mi ventana fuese un poco diferente al de todos los días… No sé, un diluvio de esos que te calan hasta los huesos, una ventisca que llena el cielo de sombreros, una tormenta de arena… hasta una lluvia de monos, ¡algo diferente!. Sin apartar de mi mente la idea de cómo sería una lluvia de chimpancés (algo realmente guay, pero perturbador si pedís mi opinión) me levanté y empecé a prepararme para salir a trabajar.

Nada más acabar bachillerato había buscado un trabajo cutre en una tienda. He de reconocer que al principio me emocionó un poco la idea de hacer algo diferente, pero al final el sitio resultó igual de monótono que el resto de cosas en la vida humana.

Me duché y vestí en completo silencio y salí de casa sin que nadie me viese. Así evitaría los gritos de mi madre obligándome a tomar el desayuno porque “tenía que crecer y fortalecer yo que se que cosas”. Lo que ella no comprendía es que simplemente no comía porque no tenía hambre, no soy tan estúpido como para morirme de hambre sólo por no querer hacerme el desayuno.

Mi madre era una mujer normal y corriente, era gruñona como todas las madres y se preocupaba mucho como todas las madres, pero siempre lo hacía con cariño y siempre estaba ahí para salvarme de los líos cuando la necesitaba —Osea, siempre—. Mucha gente decía que había heredado su nerviosismo y la manía de complicar siempre las cosas. En cambio de la personalidad tranquila de mi padre poco había cogido. De él me venía el cabello negro y según mi hermana la sonrisa (Cursilerías de esas que suele decir cuando nos hacemos maratón de disney). Últimamente estaban todos muy liados con su viaje a la playa, a la misma playa a la que vamos desde que yo tenía 5 años. Yo me negué en rotundo a ir con ellos, ya tenía suficiente con tener que soportar la vida aburrida de la ciudad como para que mis vacaciones fuesen igual de monótonas que siempre.

Cuando llegué al trabajo Jannet ya estaba abriendo la puerta y me dedicó una sonrisa amable. Jannet sería unos años mayor que yo. Era la típica chica “animadora de california”, o al menos lo era de aspecto: Alta, delgada, pelo rubio, fino y larguísimo, pero era una buena chica. Comprendía mí incapacidad de relacionarme con la gente y me solía dejar tranquilo. Al menos ella era lo único soportable del trabajo.

El día pasó tan lento como el resto de veces y cuando por fin pude anunciar que me iba sentí ganas de saltar y hacer volteretas, pero a quién quiero engañar, no tengo ni idea de hacer volteretas (y no hablemos de hacer el pino). Mientras caminaba por un pequeño parque frondoso que había que cruzar hacia la parada del autobús hice un esquema mental de mis planes para el día y, aunque había salido del trabajo de buen humor, el pensar en lo que me esperaba en casa volvió a dejarme indiferente. ¿Qué sentido tiene alegrarse de acabar el trabajo si lo que espera es lo mismo de siempre? No hacer nada.

Pronto empecé a sentirme mal, como un vacío en el estómago y un repentino mareo que me hizo trastabillar. Incómodo fui a sentarme en un banco, incapaz de dar un paso más, poco a poco un sentimiento de angustia fue invadiendo mi pecho. Notaba como me costaba respirar y cada vez me ponía más nervioso “¿Será esto lo que llaman un ataque de ansiedad?”. Obligándome a respirar con fuerza doblé las piernas y las subí al asiento para poder rodearlas con los brazos y así ocultar el rostro entre ellas. ¿Cuánto tiempo me pasé así? Ni idea, solo recuerdo que cerré los ojos e intenté tranquilizarme contando las inspiraciones y expiraciones. Por mi cabeza no podían dejar de pasar las imágenes de mi día a día y me di cuenta de que no había nada en mi vida que no hubiese predicho con antelación. ¿Acaso no había habido ninguna sorpresa en toda mi vida? Eso si que era realmente…

—Patético —Solté la palabra en un pequeño susurro que provocó que me sobresaltara yo mismo. Suspiré agotado y entonces recordé la frase que me despertaba todas las mañanas—. La vida es aburrida.
Una voz electrizante sonó a mi lado
—Pues cámbiala —Pegué un respingo alarmado y giré la cabeza con tal rapidez que me provoqué un tirón en el cuello. Chasqueando la lengua molesto froté la parte adolorida con la mano sin dejar de mirar a la persona que había invadido mi momento de reflexión a solas. Pronto la molestia por el dolor se vio sustituida por la curiosidad. Contemplé asombrado aquellos ojos grandes y profundos. “Vaya…” Nunca había visto una persona con unos ojos de un gris tan claro que casi parecía blanco o al menos por el centro, porque los bordes se iban oscureciendo hasta ser casi negros “Qué extraño… es original”. Aquellos ojos en cambio no parecían mostrar la curiosidad que tenía yo por ellos.

Su dueño me miraba con el ceño ligeramente fruncido. Tal vez le molestase que le mirase de esa manera, hay que reconocer que me había quedado un buen tiempo mirándole de una manera…extraña, pero no es mi culpa, no todos los días se te acerca un tío tan… raro. Tenía el pelo de un azul de diferentes tonos y su flequillo de lado contrastaba con aquellos ojos magnéticos. En el lado derecho de la boca llevaba un piercing negro de aro sobre el labio inferior. Realmente era curioso. Tragando saliva conseguí pronunciar unas palabras.

—¿Cambiar? ¿Mi vida? —El desconocido acentuó aún más su expresión de molestia.
—No, neuronas ¿Qué sino? —Parpadeé confuso, no es que no supiese distinguir el sarcasmo, pero me parecía increíble que una persona que ni siquiera me conocía pudiese actuar de una manera tan descarada. Inconscientemente me removí ligeramente en el asiento, procurando poner un poco más de distancia entre ambos. Aquel gesto pareció hacerle gracia, porque sonrió con burla.
—¿Perdona? —Como si quisiese anular mi gesto anterior el chico extraño se inclinó hacia mí y me observó con detenimiento. Me tensé de inmediato “¿Acaso este no sabe lo que significa espacio personal?” Sentir aquellos ojos clavados fijamente en ti era como sentir una descarga eléctrica recorriendo tu espina dorsal.
—Has dicho que tú vida era aburrida ¿no? Pues cámbiala. Cambia tu vida —El desconocido se apartó un poco de mi rostro y se encogió los hombros, como si la respuesta fuese simple. Me permití respirar con calma, intentando aclarar mis pensamientos.
—S…Se suponía que nadie estaba escuchándome —Entrecerré los ojos y le miré con aire acusatorio—. ¿Por qué te crees con derecho de juzgar mi vida? —El chico volvió a hacer ese gesto con los hombros, quitándole importancia.
—Puede que me pasase como tú… que estaba aburrido.
—Si estas aburrido no deberías tener derecho a decidir sobre la vida aburrida de otras personas —“Genial. Eso ha sonado TREMENDAMENTE infantil”.

El extraño me volvió a clavar su mirada en mí mientras se mordía el interior del piercing, pensativo. Me quedé helado, tenía la sensación de estar siendo sometido a algún tipo de examen. Al final, sin emitir ningún tipo de sonido, el chico se levantó, metió las manos en sus vaqueros rotos y gastados e hizo un gesto de resignación.

—Tienes razón. Sólo era un consejo. Puedes hacer lo que quieras con tu penosa vida —Con un ligero movimiento de cabeza hizo lo que yo supuse que era una especie de despedida y se fue atravesando el bosque por la mitad “Porque los caminos debían ser demasiado mainstream para él seguramente”. Me quedé ahí paralizado, observando el lugar por donde se había ido aquel curioso elemento hasta que volví la vista al frente mientras me mordisqueaba una uña.
—Cambiar…

– — — – — — –

—¡Qué has dejado ¿Qué?! —Posé la mirada en la taza que tenía entre las manos con aire pasota y murmuré de nuevo las palabras.
—El trabajo mamá, el trabajo —Tal vez debería haber esperado otro momento para contárselo a mi madre… otro momento en el que no hubiese estado sosteniendo la sartén al menos.
—¡Te he oído perfectamente la primera vez!
—¿Entonces para qué pre…? —Mi madre me apuntó con la sartén amenazadora y decidí que lo mejor era callar.
—¿Pero por qué?—Aquellos ojos volvieron a aparecer, grabados en mi retina. Desde hacía unos días mi querida frase para despertarme había sido sustituida por la suya << Cambia tu vida >> Carraspeé intentando concentrarme.
—Ehm… El jefe me acosaba… psicológicamente con …¿patos?—Afortunadamente mi madre me pegó una colleja con la mano libre y no con la que sujetaba el cachivache de metal.
—No estoy de humor para tus bromas. No sabes la oportunidad que acabas de perder. Tú verás lo que haces hijo. No entiendo tus razones, ¡Pero es cosa tuya! —Asentí distraídamente mientras tomaba un sorbo de la extraña bebida que contenía mi taza.

Desde aquel día la lista de la compra, que solía hacer todas las semanas como favor hacia mi madre, había sido sustituida por mí cogiendo a voleo cualquier producto extraño y curioso que viese en las estanterías. Tal vez en un intento muy patético de crear algún cambio en mi rutina. La primera vez mamá pareció extrañarse, pero dado que se iban a ir mañana creo que ya le daba un poco igual. Total, fuese verde o naranja, la bebida seguía siendo bebida. Contuve una mueca al tomar el primer sorbo: Amargo. “Hay que reconocer que mis compras al tuntún a veces tienen más éxito que otras”

Cansado de estar más tiempo sentado ahí sin hacer nada murmuré una despedida y salí fuera de casa, rumbo a cualquier parte. Aunque mi subconsciente sabía perfectamente a donde iba, al parque como siempre. Me gustaba aquel pequeño lugar, la naturaleza es algo que no se puede controlar y eso era divertido.

Tras una larga caminata llegué al pequeño bosque de manera casi automática y me senté en el mismo banco de la otra vez. Me mordí ligeramente un dedo mientras pensaba de nuevo en aquel extraño día. Algo en mi interior me decía que no solo iba a aquel sitio porque me gustase la naturaleza, pero muy convenientemente había optado por ignorar ese algo. De todas maneras él nunca había vuelto a aparecer por ahí. “Tal vez simplemente tuve una alucinación o algo así… por falta de vitaminas o cualquier cosa” ¿Se pueden tener alucinaciones por el hecho de no haber desayunado? Seguramente no.

—Cambiar mi vida… ¿Cómo demonios cambia una persona su vida?
“Puedes hacerte Chamán e irte a las tribus a vivir la vida” Contuve una mueca de molestia.
—¿Chamán?¿No es eso un animal?
“Eso es un Chacal, imbécil” Suspiré. Bien vamos, ahora hasta mi subconsciente me insulta. Pasé allí el resto del día. Leyendo historias que tenía guardadas en el móvil o persiguiendo a las ardillas con la falsa ilusión de que me dejarían tocarlas —Para vuestra información una ardilla cabreada muerde y no es muy agradable—. Al final me acabé haciendo a la idea de que aquel día tampoco vendría y me dirigí a la parada de autobús refunfuñando cosas. No es que aquel extraño chico me hubiese cautivado con su “maravillosa personalidad” haciendo que me muriese de ganas de verle. Era simplemente que necesitaba a alguien que me dijese cómo se suponía que podía cambiar mi vida.
—Idiota… —No se puede decir a una persona que cambie su vida y luego no darle alguna idea de como hacerlo. Eso era antimoral.

Me senté en el banco de la parada a esperar y doble una pierna para poder apoyar la barbilla en mi rodilla, aún sumergido en mis pensamientos. Un ruido me hizo alzar ligeramente la vista para ver a una joven llegar y quedarse apoyada en una de las barras de la parada con aire distraído. Conocía a esa chica… bueno, en realidad nunca había hablado con ella, pero siempre coincidíamos en esta parada.
Era una pelirroja bastante curiosa. Siempre solía llevar ropas extravagantes, maquillajes estrafalarios y unos cascos enormes por los cuales solía escapar música a todo volumen que hasta yo alcanzaba a escuchar. Tenía ese aire punk alocado que la hacía parecer una artista despistada, como solía llamar mi hermana a la gente de ese tipo. Normalmente solo la miraba con curiosidad los primeros segundos, fijándome en la cosa rara que llevaba puesta aquel día, y luego volvía a mi mundo, pero aquel día la miré con más detenimiento. Debía ser aproximadamente de mi edad. Sin darme cuenta mis labios se movieron antes de que pudiese impedirlo.

—Bonita camiseta —Desde donde estaba alcanzaba a ver la camiseta de Babymetal que llevaba. La chica se volvió y me dedicó una sonrisa a modo de agradecimiento. Por el cuello de la camisa alcancé a ver parte de un tatuaje de su espalda… Espera ¿Eso eran plumas? —. Es un grupo bastante raro, pero original.
—¿Lo conoces? —Parecía sorprendida de que alguien como yo pudiese escuchar eso. Me encogí de hombros
—El internet da para mucho. Me habría gustado ir a su concierto, pero no pude—“O más bien no tuviste agallas para ir tú solo” Realmente tengo una subconsciente muy borde. La pelirroja se sentó a mi lado con una sonrisa.
—Yo también quise ir, pero nadie me quería acompañar —Dijo haciendo un puchero. Entonces me di cuenta de que el extraño tatuaje de la espalda no era el único que tenía. En cada muñeca, por la parte interior, tenía tatuadas unas cadenas.
—Oh pues eso tiene fácil arreglo —Ni siquiera pensé mientras hablaba—. A la próxima vamos juntos.
Cualquier persona normal habría salido corriendo si un desconocido se pusiese a hacer planes contigo sin ni siquiera conocer tu nombre, o tal vez podría haber llamado a la policía para que me llevasen a un manicomio. En cambio aquella pelirroja me sonrió distraídamente y asintió.
—Por supuesto.

Así fue como conocí a Crystal. Con el paso de los días nos hicimos realmente amigos. Cada día después de que pasar la tarde vagabundeando por las calles o buscando venganza contra las ardillas de aquel maldito parque nos encontrábamos en la parada y solíamos hablar de cosas sin sentido. Resultó que teníamos bastante en común: nos gustaba la misma música, los videojuegos y ella parecía también estar obsesionada por el hecho de no conseguir que su vida fuese un aburrimiento. Aunque en otras éramos totalmente diferentes. Crystal tenía aquel aire de confianza que hacía que todos se volviesen a mirarla mientras que yo… bueno, digamos que si la saludé aquel día fue porque la ardilla que me mordió era radiactiva o algo por el estilo.
Una vez, mientras estábamos sentados en los asientos de atrás del autobús, con los pies sobre el asiento de delante y totalmente a nuestra bola, agarré con curiosidad su mano y toqué el tatuaje de las cadenas.

—¿Esto es por tu obsesión por Bioshock o tiene otro significado? —Crystal emitió un sonido que me recordó a un bufido de un gato y se soltó de mi agarre.
—Obviamente no, no soy tan friki como otros—Alcé una ceja dándome por aludido—. Simplemente me hace recordar que la vida siempre nos lo va a poner difícil, pero precisamente por eso hay que seguir luchando.
Permanecí unos minutos en silencio mirando por la ventana. Reflexionando sobre lo que había dicho. “Me gusta esa filosofía de vida” Una repentina sensación de deja vu me embargó y una sospecha me vino a la mente, volví el rostro hacia mi amiga, dudoso. Era descabellado, pero… ¿Por qué no? A fin de cuentas no todo el mundo era capaz de hacerte replantear tu forma de ver el mundo con solo una palabra.
— Oye Crys… no conocerás por casualidad a un tipo de pelo extravagantemente azul y ojos casi blancos ¿no?