Capítulo 3 – Secretos

Ya es mi tercer día trabajando en esta bazofia de limpiar el fondo marino cercano a la ciudad.

Estoy realmente agotado, ya sea física o psicológicamente hablando. Tengo que llevar un traje muy aparatoso que cuesta muchísimo de mover. Me lo tengo que poner obligatoriamente para poder salir fuera de la ciudad porque estoy completamente rodeado de agua. Aunque el peso que siento sobre mi cuerpo es menor por el empuje que recibo del agua, principio de Arquímedes -todo cuerpo sumergido en el agua siente un empuje hacia arriba igual a la densidad del líquido por su volumen y por la gravedad-, el traje pesa tanto que ya estoy exhausto y solo han pasado unas horas desde que he empezado a trabajar. Mis movimientos son demasiado pesados.

A todo esto se le suma el hecho de que estoy completamente a oscuras y la única luz que tengo es la de mi traje. Las vistas no son para nada bonitas porque el fondo marino cercano a la cuidad está realmente asqueroso. El suelo está repleto de porquerías que se expulsan del núcleo urbano para que no se acumule dentro de el, aunque realmente no es una buena decisión hacerlo. Además, me han prohibido totalmente que hable de las cosas que pueda ver aquí afuera. Al parecer le sale más a cuenta contaminar el agua a que la población se consciente sobre la contaminación que están produciendo otra vez hacia el medio que les rodea.

¡Cómo si no hubiera servido de escarmiento el perder nuestro hogar encima de los continentes! El ser humano se tropieza demasiadas veces con la misma piedra.

En mi primer día de trabajo no me dejaron salir fuera porque me tuvieron que enseñar como se usaba cada instrumento que tendría que utilizar y como debía ponerme el traje para que no hubiera fugas. También tuvieron que hacerme un par de pruebas para ver cuánto oxígeno consumía y la eficiencia de éste en mi cuerpo. Supongo que era para saber qué cantidad me tenían que dar.

El miedo se apoderó de mi aquella noche imaginándome a mi mismo perdiendo la vida porque no me habían dado el suficiente oxígeno o se me acababa antes de poder llegar dentro de la ciudad. Lo pasé verdaderamente mal, pero al final mi madre me ayudó a superar ése pequeño miedo a la mañana siguiente diciéndome que había muy pocas posibilidades de que aquello pasara. Terminó con la frase de «a las personas buenas no le pasan cosas malas». Quise creerla, de verdad, pero me era muy difícil creerme aquello después de la muerte de la persona más buena del mundo -desde mi punto de vista-, mi padre.

El segundo día por fin salí fuera, aunque acompañado por una persona con bastante experiencia en este trabajo. Me estuvo enseñando lo esencial, como: si se me acaba el aire debía pulsar un pequeño botón que tenía en mi muñeca izquierda para activar una propulsión de emergencia; no podía contarle nada de lo que viera fuera de la ciudad a la gente, bajo castigo; cómo debía usar las herramientas más eficientemente para hacer el trabajo más rápido y mejor; y que no debía acercarme a un gran hoyo que estaba bastante cerca de mi zona de trabajo.

¡Leches! Todo era no puedes esto, no puedes lo otro y trabajar como un esclavo. ¿Qué se habían creído? ¡Ni que hubiera extraterrestres en el fondo del mar! Aunque supongo que todas las ciudades tienen secretos que no quieren que sean descubiertos. Y yo no quiero descubrirlos, ya bastante mal lo estoy pasando.

Llevo ya tres horas removiendo basura de un lado a otro. Quien diría que nuestra sociedad no tan consumista y más preocupada por los bienes, iba a producir tanta cantidad de desechos en tan poco tiempo. Ciertamente la raza humana está hecha para romper todo lo que toca aunque no quiera provocar eso.

Sigo removiendo la basura ya desganado. Aun quedan más de tres horas para que mi turno termine y lo único que hago a parte de estar con la basura es mirar a cada segundo la cantidad de oxígeno que me queda. Creo que no me voy a acostumbrar a esto. Aunque intente centrarme en el nuevo paisaje que puedo ver y saborear, no puedo quitarme de la cabeza el hecho de que puedo morir de un segundo a otro.

Veo peces y crustáceos que nunca he llegado a ver en toda mi vida, pero me parecen tan insignificantes que los paso de largo. Esto no es disfrutar de la vida, esto no es lo que yo quiero. Yo debería haber sido un enfermero que cuida amablemente de sus pacientes y les ayuda con sus problemas de salud. ¡Pero no! Aquí estoy yo, limpiando la maldita basura que han tirado los demás. No estoy hecho para esto.

Sigo con mi trabajo a regañadientes e intento concentrarme más en lo que hago y menos en la cantidad de aire que me queda, aunque me cuesta todo un mundo. Afortunadamente las siguientes dos horas se me pasan más rápidas que todas las anteriores.

Solo una maldita hora más y ya puedo volver a mi casa con todas mis comodidades. Aunque tengo que ponerme a estudiar que ya mismo tengo exámenes.

Poco a poco la hora de terminar la jornada se va acercando y mis nervios van creciendo. Se que me ponen unas horas de aire más por si acaso me pasa algo o mi respiración es más rápida que de costumbre, pero no puedo evitar seguir obsesionandome con el aire. «Cinco minutos más, solo cinco minutos más» me digo a mi mismo, animándome. Y aunque esos minutos fueron más de treinta en mi cabeza, por fin sonó la alarma de mi Mipm que me avisaba de que mi jornada terminaba en ese momento.

Dejo lo que estoy haciendo y salgo lo más rápido que puedo hacia la puerta de entrada a la ciudad, que está a unos doscientos metros de mi.

¡Por fin la libertad y la tranquilidad de saber que no tengo un bien limitado a una cantidad de horas!

Pero antes de acortar la distancia en cien metros entre la puerta de la ciudad y yo, ésta se empieza a cerrar y una alarma estridente suena, poniéndome la piel de gallina. ¿Qué está pasando? Ahora corro todo lo posible para intentar llegar antes de que la puerta se cierre. Pero cuando me quedan aun sesenta metros se cierra, dejándome completamente a mi suerte.

Mis piernas fallan y caigo de rodillas al suelo desesperado y casi sin aliento. Miro hacia todos lados buscando a alguien que pueda ayudarme, pero soy la única persona que se ha quedado fuera por lo que parece, ya que no encuentro ninguna luz entre la oscuridad a parte de la mía. Mi corazón late tan fuerte que me llega a hacer daño en el pecho y el pulso retumba en mis sienes, mareándome. La alarma sigue sonando intermitentemente.

De pronto, un montón de luces se encienden por fuera de la ciudad y apuntan hacia arriba, congregándose en un mismo punto. Es una especie de roca gigante que cae muy rápidamente hacia el suelo. A medida que se va acercando, mi visión capta que no es una roca, sino una especie de nave abollada seguida de otra un tanto más grande que parece que la dirige. Una pregunta no duda en pasarse por mi mente: ¿Qué era aquella nave y por qué la llevaban hace el gran agujero al que le habían prohibido ir?

Pero antes de que pudiera pensar nada más un par de luces me cegaron por completo. Me están apuntando con ellas. Muevo los brazos desesperadamente para llamar más la atención y en cuanto lo hago, un grupo de guardias con trajes más avanzados se dirigen hacia mi. En ese mismo instante en pánico otra vez porque… ¡llevaban armas!

Me levanto y doy dos pasos hacia atrás, pero al hacerlo, me apuntan con ellas. Se que las armas convencionales que siempre se han utilizado no sirven bajo el agua, pero las que están llevando estos guardias no parecen para nada normales.

En pocos segundos llegan hacia donde yo estoy y me agarran, inmovilizándome de cuerpo entero. Rápidamente me llevan dentro de la ciudad, arrastrándome literalmente hablando, pues el miedo me ha poseído tanto que no puedo mover ni un solo músculo de mi cuerpo. Me llevan a la sala de vaciado y, cuando nos libramos de estar rodeados de agua, me sueltan. Aun me siguen apuntando. ¿Es que no ven que soy un habitante de ésta cuidad? Uno de los guardias se acerca lentamente a mi y me quita el caso en un rápido movimiento.

-¡Identifícate!-me ordenan. Yo abro la boca y empiezo a balbucear palabras apenas entendibles. Estoy demasiado nervioso y acojonado como para poder comportarme como una persona normal.

Los guardias, hartos de no entender nada, me agarran del brazo y me quitan el guante para ver la información personal que tengo en mi Mipm. En cuanto confirman quien soy buscándome en la base de datos de la ciudad, bajan las armas. Un enorme suspiro sale de mi boca, no es exactamente una experiencia preciosa que te apunten con unas cuantas armas a la vez-¿Qué es lo que hacías ahí fuera?-me pregunta otro guardia.

-Es…-trago saliva porque aun me cuesta formar oraciones coherentes- Estaba trabajando. Soy limpiador de fondos-respondí. Es mejor que diga la verdad a andarme con rodeos y que me vuelvan a apuntar con sus malditas armas. Ellos lo vuelven a confirmar en la base de datos y asienten con la cabeza. Después todos se quitan los cascos dejándose ver las caras. La mayoría eran hombres, aunque hay un par de mujeres entre ellos.

-Esperamos que no te vuelva a pasar-dice una de las chicas. Ésta guardia es la más corpulenta y la mayor de todos los ahí presentes. Seguramente es la capitana de los demás.

Antes de que pueda rechistar para decirle de que no puedo moverme con gran rapidez por el fondo marino, me corta rápidamente.

-Me dan igual tus excusas. Si te volvemos a ver ahí fuera cuando suene la alarma, créeme que nada bueno te pasará. Ésta vez quedas perdonado.

Y me dejaron ahí solo, sentado en el suelo mientras asimilo el nuevo peligro de mi trabajo: todo lo que no esté relacionado con la basura y llegar antes de que se cierre la puerta, es castigo seguro.

Es lo peor que le puede pasar a un habitante de Luna y aun peor para una persona con mis privilegios.

Después de pasar cinco minutos decido que ya es hora de quitarme el horrendo traje e irme por fin a casa. Mientras voy de camino a ella, mi cabeza no para de imaginarse cosas y hacer hipótesis sobre qué es lo que hay en ese gran hoyo. Desgraciadamente no se lo puedo decir a nadie o… castigo.

¡Todo lo que haga va a desembocar en castigo por lo que parece!

Cuando llego a casa saludo a mi madre y subo a mi habitación rápidamente para tirarme en la cama y poder darme un respiro después de tanta presión. ¡Odio mi trabajo! Afortunadamente, antes de que me pueda más hundir en mi propia mierda, mi Mipm empieza a sonar. Es un mensaje de Sarah:

«Espero que te esté yendo todo bien Gabriel. Acabo de recordar que hace nada tuviste tu asignación de trabajo. ¡Seguro que has tenido tanta suerte que te ha tocado el que tu querías! Tengo ganas de volver a verte, besos»

Aunque sé que Sarah lo ha hecho sin querer, no puedo evitar odiarla por unos segundos. Parece que hoy el mundo se está riendo en mi cara. El resto de día lo paso dando vueltas por mi casa haciendo cosas variadas: desde limpiar mi cuarto hasta hacer la comida porque mi madre no se encuentra muy bien.

Prefiero estar ocupado y así no pensar en cómo ha cambiado mi vida, para mal.

~~~~~

Esta noche he vuelto a soñar con aquella persona que me pedía que le buscara. ¡Pero no se quien es! ¿Cómo voy a buscar a alguien que no se quien es y no se si existe? Seguro que mi inconsciente está aburrido de limpiar tanto el fondo marino y quiere que me busque otro «hobby».

Aunque en este sueño si he podido ver la cara de la persona que quería ser buscada por mi: era un chico de no más años que yo. En mi sueño tenía los ojos azules, azules como el fondo del océano cuando tienes una pequeña luz a tu espalda. Azules como nuestro «cielo» cuando es de noche.

Su pelo era largo, bastante largo para ser un chico, y también era de ese color azul. Una combinación bastante rara, seguramente se habría teñido. Estaba bastante delgado, por no decir que estaba en los huesos el pobre. ¿Por qué tengo que crear a una persona así de rara inconscientemente? Mejor no seguir pensando en ello. Es una completa tontería pensar que alguien necesita mi ayuda. Ahora mismo no soy el más indicado para ello.

~~~~~

Ya es por la tarde, acabo de terminar mi jornada lectiva y tengo que dirigirme de nuevo a mi nuevo trabajo. Pasaré de nuevo toda la maldita tarde ahí fuera limpiando los desechos de los demás mientras yo me muero de miedo por lo que me pueda pasar. Aunque tengo muy claro que esta vez no me voy a alejar tanto de la ciudad, esta vez no me voy a quedar fuera como un tonto.

Camino desganado hacia el puesto este de limpiafondos, mirando hacia el suelo. Cuando llego evito cualquier contacto con los demás trabajadores porque noto como me miran mal, como si hubiera hecho algo prohibido, y me voy hacia mi taquilla para ponerme el traje. ¡El maldito traje que pesa un quintal!

En cuanto me lo pongo y compruebo que está bien y no hay fugas, voy hacia la salida. Cojo mi botella de oxígeno, me aseguro que está bien llena y me la echo a la espalda en cuanto la conecto a mi traje. Antes de meterme en la cámara de vaciado inhalo una gran cantidad de aire y me armo de valor para poder terminar la jornada de hoy con fuerza. Yo puedo.

Entro y dejo que el agua inunde hasta mi cadera, luego me pongo el casco y me aseguro de que está bien cerrado y que el oxígeno está abierto. Más tarde, cuando la puerta al exterior se abre, salgo lentamente con pasos de hormiguita. Todo está igual que ayer, igual de oscuro. Enciendo la luz que llevo encima del casco y voy hacia un cúmulo de desechos muy cercano a mi. ¡Hora de trabajar! Ojalá se me pase el tiempo más rápido que otras jornadas.

Todo va bien, ya han pasado la mitad de las horas que tengo que trabajar y aun no ha pasado nada extraño. Lo único que puedo destacar es la cantidad de cosas raras que me he encontrado mientras he estado removiendo la basura de un lado a otro. Cosas como: condones, botellas de alcohol, pañales, juguetes horrendos… son las que más me encuentro. Esto dice mucho de nuestra sociedad la verdad. Sigo ensimismado en mi trabajo hasta que siento un gran temblor a mis pies. Tiro asustado la herramienta que estaba utilizando y miro a mi alrededor para ver qué es lo que lo ha provocado.

El corazón se me contrae por completo. A apenas a cien metros de mi hay una pequeña cápsula abollada y un tanto hundida en el suelo. No he sentido venir hasta que ha impactado en el suelo, que raro.

-¿Pero qué leches?-digo asustado a la vez que curioso. Esto es raro, esta vez no han encendido las luces ni han conectado aquella alarma tan estridente. A lo mejor podía ser algún vigilante que ha perdido el control de su nave y se ha estrellado en el suelo. La curiosidad me corroe el alma. Necesito saber que ha pasado.

Después de mucho meditar qué hacer, me decido por ver qué es lo que hay dentro. No puedo dejar atrás mi instinto por ayudar a los demás cuando lo necesitan, eso es lo que hace un buen médico. Me acerco lentamente hacia la cápsula y parece que no hay movimiento ni dentro ni fuera de ella.

La luz del interior de ésta está parpadeando y cada vez tiene menos intensidad. Siento que debo darme prisa por si hay una fuga de agua. Acelero mi paso todo lo que puedo, aunque sin llegar a correr, y estoy en mi destino en un par de minutos.

Como sigue sin haber ninguna alarma que me avise de que debo entrar en la ciudad y ninguna luz que me apunte, termino de acercarme a la cápsula. Doy un pequeño rodeo al objeto sin identificar y no encuentro ninguna apertura para poder entrar. Que raro, debería haber una pequeña compuerta que dejara paso hacia el interior. Lo más seguro es que se haya quedado en la parte que está hundida en el suelo.

Cuando vuelvo de nuevo al punto de partida, decido mirar por el cristal que está a metro de mi. Tiene un poco de arena por encima por lo que la limpio con una mano y miro hacia el interior y… ahí está el chico de mis sueños, literalmente. Tiene una herida en la cabeza y está con los ojos cerrados. Es el mismo color de pelo que en mi sueño. Es él, seguro.

El pánico se apodera de mi cuerpo y empiezo a aporrear el cristal para llamar la atención del muchacho. Nada vuelve a tener sentido. Éste abre los ojos como platos y se levanta del asiento en el que está, cayendo hacia el fondo de la cápsula. Yo sigo aporreando el cristal aunque esta vez más flojo y espero la respuesta de éste. El mundo se está riendo de mi otra vez, seguro. Al final se asoma por el cristal con cara de confundido. ¿Es que no sabe donde está? Además, un chico tan joven no puede ser un guardia, eso seguro. Realmente esto tiene que ser una broma. ¿Por qué siempre me meto en todos los líos sin quererlo ni beberlo?

El chaval empieza a gritar algo que no consigo escuchar y empieza a aporrear también el cristal como yo hacía antes. En mi cabeza intento trazar un plan para sacarle de ahí o ayudarle, pero antes de que pudiera dar con algo, el chico rompe el cristal dejando que el agua entre en la cápsula. ¿¡Pero qué está haciendo!?

Miro de nuevo hacia mi alrededor para asegurarme de que no se han encendido las luces, que no hay nadie viniendo hacia nosotros con armas o que no hay alarma. Pero nada, todo está en calma. «¡Todo esto no tiene sentido!» grito en mi interior.

El chico saca una mano por el agujero que había hecho anteriormente en el cristal y la agita pidiendo mi ayuda. Yo, sin pensármelo dos veces, la agarro y tiro de él para sacarle. No hace falta nada más que un empujón para lograr que todo su cuerpo salga, aunque no ileso. Tras de si deja un par de hilos de sangre que salen de su cara, torso y piernas. Se ha cortado y bastante. Pero ahora eso no es lo importante, ¡evidentemente el no puede respirar! ¿Qué debo hacer ahora? Estamos a más de 100 metros de la puerta y como muy poco yo conseguiría llegar en 5 minutos cargando con su peso. Tiene que haber algo más.

El extraño empieza a aporrear mi casco y a abrazarse a mi, cosa que me pone más nervioso y no me deja pensar con claridad. «Piensa Gabriel, piensa» me ordeno a mi mismo y antes de que la idea llegue a mi cabeza, aprieto el botón de propulsión de emergencia y salimos disparados hacia la puerta. Es una idea completamente suicida y absurda, pero a lo mejor así lo consigo salvar.

A toda velocidad nos acercamos a la sala de vaciado, aunque nuestra trayectoria va dando un tumbos de un lado a otro. Al ser la primera vez que lo pruebo no puedo controlarlo bien. Agarro el cuerpo del chico para ayudar en su agarre y lo prieto hacia mi pecho. Si se suelta y se queda a mitad de camino no tendría sentido nada de lo que hecho. Afortunadamente llegamos a nuestro objetivo sin ningún percance. En cuanto estamos dentro, le suelto y éste cae lentamente hacia el suelo perdiendo la vida. No se mueve y tiene los ojos entrecerrados.

-¡NO NO NO! Debes vivir-grito. Desesperadamente busco el botón que vacía por completo la cámara y después de unos segundos interminables, doy con él y lo aprieto. En unos segundos la sala se vacía y me quito el saco para atender al herido rápidamente. Éste está echando todo el agua que había tragado por la boca. Me acerco a él y le ayudo a inclinarse hacia un lado para que pueda echarlo todo bien. Le había conseguido salvar. Yo, un simple limpiador de fondos, he conseguido salvarle la vida alguien.

-Eres tú- dijo al final el chico con una gran sonrisa en la cara.

Capítulo 2 – Búscame

Corro, corro con todas mis ganas para escapar de lo que me está persiguiendo. No se lo que es y tampoco se cuanto tiempo llevo corriendo ni como he llegado aquí. Noto que cada vez me cuesta más mover las piernas y mis zancadas se vuelven más patosas y débiles. Estoy huyendo de algo que no he llegado a ver pero se que me persigue, lo noto. Siento como sus ojos se me clavan en la nuca, agujereándomela.

El paisaje no cambia y, aunque estoy bajo el agua sin ninguna protección contra ella, puedo respirar y correr como si no me afectara para nada.

Siempre es lo mismo, una roca enorme a la izquierda con unos peces amarillos, huyendo de las perturbaciones que provoco por mi paso, y a la derecha un gran abismo donde no se puede ver el fondo de lo oscuro que es. Sé que esto no es real, para nada, por el hecho de poder ver en el fondo del océano sin llevar ninguna luz conmigo o poder respirar, pero aun así estoy completamente asustado.

«¡Sigue corriendo Gabriel!» me ordeno a mi mismo angustiado, mas no sirve de nada. Es como si de pronto hubiera olvidado cómo mover las piernas para correr o simplemente andar. Mis extremidades van como quieren, no las siento, no las controlo. Al final caigo al suelo de boca mientas intento mover las piernas más desesperadamente, pataleando al aire, pero nada.

La bola angustia me atrapa y me deja sin palabras. Va a venir y me va a coger, lo noto ya muy cerca mío. No puedo escapar, me va a coger.

«Esto no es real» digo en mi cabeza. Me siento en el fondo oceánico y me llevo las rodillas al pecho, abrazando con mis brazos las piernas. «Vamos, despierta» ruego aunque mi cuerpo no está por la labor. Me llevo las manos desesperadamente a la cabeza y empiezo a jalar de mi cabello. No siento dolor. Esto no es real. Se está acercando más y más, lo siento en mi pecho. «¡DESPIERTA!» grito en mi cabeza intentando llamar la atención de mi cuerpo del mundo real aunque sea ilógico. ¿Qué más da? Nada de lo que está pasando tiene sentido alguno. Respirar se vuelve cada vez más y más costoso.

Estoy notando… como el agua empieza a inundar mi boca y parte de mis pulmones aunque haya dejado de respirar por el miedo. A los pocos segundos un ruido ensordecedor me avisa de que ya está aquí. Él está aquí. Miro hacia todos lados, el tiempo se me agota, pero nada, no consigo ver nada.

-Búscame-dice una voz masculina tras de mi. Me doy la vuelta lo más rápido que puedo y mi boca se abre por completo. Era un chico con el rostro tapado por su largo pelo azul oscuro. Está rodeado completamente por oscuridad. Su sonrisa forzada y sus puños apretados me llaman la atención. Se le nota desesperado, lleno de… tristeza y miedo, más del que yo siento ahora mismo. Me intento levantar para acercarme a él y poderle ver mejor, pero mi cuerpo no quiere, creo que he olvidado hasta hablar. Para colmo me empiezo a marear y todo da vueltas. Los párpados me pesan, me estoy ahogando. Me ahogo.

-Búscame-vuelve a repetir el joven moviendo una de sus manos hacia sí mismo con intención de que yo me acercara, pero ya no puedo más. Mis ojos se han cerrado ya por completo y caigo, aunque no se muy bien a donde. ¿A un abismo que se acaba de abrir justo bajo mis pies? Quien sabe, ya me espero de todo.

Mi cuerpo reacciona ante tal «caída» moviéndose espasmódica e involuntariamente. Abro los ojos de golpe asustado comiéndome de lleno toda la claridad de la mañana. Respiro rápida y profundamente mientras repaso el sueño de cabo a rabo. ¿Quien era el chico de mi sueño? Nunca había visto una persona así, con ese color de pelo y esa…infelicidad tan palpable. Al moverme experimento como todo mi cuerpo está empapado de sudor. Me llevo las manos a la cara y me la froto.

Este sueño ha sido uno de los más vívidos que jamás he tenido. Toda aquella ansiedad que había sentido dentro de él, la sigo teniendo ahora en mi cuerpo. Me sigue ahogando de cierta manera. Me está taponando mi garganta, dejándome sin habla. Mis piernas siguen sin responder, como en el sueño pero tras varios intentos de moverme, consigo sacar una de mis piernas de la cama, lo que hace que me calme un poco. Por fin ha terminado. Más tarde, y con esfuerzo también, saco todo mi cuerpo y me intento levantar.

Mi cuerpo se tambalea pero al final consigo mantener el equilibrio. Apenas tengo fuerzas y siento una gran punzada en el estómago. Ahora que lo recuerdo, ayer me acosté sin cenar. Gran error. Lentamente consigo salir de mi habitación y poner un nuevo objetivo, llegar a la cocina sin caerme por las escaleras. A duras penas lo consigo. En cuanto entro a la cocina mi madre, boquiabierta y con el ceño fruncido, me come con la mirada. ¿Tan mal aspecto tengo? Odio que siempre sepa leerme como un libro abierto.

-No cenaste, ¿verdad?-me pregunta inquisitiva. Yo niego con la cabeza porque se que aun tengo algo tapona la salida de mi voz.-Siéntate que te voy a preparar un buen desayuno. Pero no vuelvas a hacer más eso- dice negando con la cabeza. Pocas veces me regaña por algo y aun que no lo parezca, está enfadada. Va hacia el frigorífico, coge un par de cosas, y se pone a cocinar.

Agónicamente como la gran cantidad de comida que me ha preparado mi madre, pescado con una masa espesa de trigo y me lleno. Ahora mismo esta sensación de hinchazón es la gloria. Toda la pesadez y lentitud en mis movimientos se ha marchado completamente y ya puedo moverme con normalidad. Mi cuerpo ya no se siente tan débil como antes, he recuperado algo de fuerzas y el control de mis propios movimientos. Vuelvo hacia mi cuarto feliz de haber mejorado y enciendo mi ordenador para revisar si Sarah me ha respondido. Afortunadamente es así, tengo un par de mensajes de ella.

«Realmente deseaba que lo nuestro fuera recíproco pero intentaré conformarme con lo que teníamos antes de éste incidente. Lamento haberme ido de aquella forma ayer pero no podía soportar la situación. Espero que me perdones y tranquilo, no pienso irme. Si te dejo solo seguro que no podrás nada por ti mismo.» dice el primer mensaje.

«He de decirte una mala noticia, mi universidad me quiere mañana en una reunión importante por lo que no nos vamos a poder ver hasta dentro de unos días. Se suponía que tenía un mes de vacaciones pero creo que ha pasado algo importante y tengo que asistir. Espero que prepares algo divertido para cuando vuela» dice el segundo.

Muerdo mi labio inferior con fuerza, reprimiendo mis ganas de gritar sandeces. Voy a estar más días alejado de ella y después de lo que ha pasado… No quiero dejar sola a Sarah sufriendo por mi. Realmente me siento fatal por ella, por no poder corresponderle como debería, pero no me siento así. Mi corazón solo siente afecto o cariño hacia ella. Nada de amor. Aunque bueno, tampoco se muy bien como funciona el amor. Pero si me pongo a pensar, haríamos una estupenda pareja. Ella es la persona que mejor me conoce en todo el mundo, al igual que yo a ella. Además muchas veces nos han tachado de novios, hasta mi madre, por haber estado mucho tiempo juntos. Bueno qué más da, eso nunca va a pasar. Miro el resto de mensajes que ayer no leí y los contesto.

-Tengo que ponerme a estudiar-me digo ordenando mis pensamientos. No tengo exámenes cerca pero debo tener una rutina de estudio para que luego me cueste menos trabajo estudiar para un examen.

Me siento en la silla de mi escritorio y me acomodo. Hora de estudiar las materias que tengo para el próximo dí… ¡Es verdad! Lo he olvidado por completo, mañana es el día que me asignan el trabajo. ¿Cómo ha podido pasar el tiempo tan rápido? Y yo que pensaba que se me iba a hacer eterno… aunque bueno, seguro que las hora de hoy pasaran mucho más despacio. Mañana sería el gran día. Mañana mi vida cambiaría, o eso es lo que deseo con todas mis ganas. Unas mariposas empiezan a danzar en mi estómago haciéndome una especie de cosquillas, unas desagradables. Agarro un boli cualquiera y lo empiezo a morder. Mierda, ahora me será mucho más difícil estudiar, si es que lo consigo.

Al final me paso toda la mañana estudiando. La maraña de nervios que empezó hoy temprano, se va haciendo cada vez más y más grande. Mi madre nos prepara a los dos una comida especial para hoy. Ella está igual de nerviosa que yo y quería darme una sorpresa. La verdad es que le agradezco mucho que haga estas cosas por mi, porque se que me quiere y que está ahí para lo que necesite.

Por la tarde, aunque estoy en mi habitación, no consigo estudiar para nada. Ahora la maraña parece que quiere salir por mi boca y es una sensación un tanto extraña, por lo que decido salir a dar una vuelta por los alrededores a despejarme. Voy hacia un parque artificial que lleva poco tiempo abierto al público y me siento en uno de los bancos que están rodeado de árboles. Si no fuera por el aire tan cargado y poco oxigenado, parecería que estuviera en la tierra.

Mantener árboles aquí abajo es muy difícil y solo se puede en determinadas zonas. Requieren muchísimos cuidados como el agua, los nutrientes que necesitan y la reproducción, aunque realmente no se deja que lo hagan -básicamente por motivos de espacio-. Además si los miras bien, se puede ver como enfermedades debida a la falta de ciertos elementos químicos se apoderan de ellos lentamente, consumiéndolos. Es triste saber que los árboles están condenados a su desaparición del planeta Tierra. Ellos siempre han estado, incluso antes que nosotros, pero ahora desaparecer a un ritmo horripilante.

-¡Se acerca algo!-grita una mujer mientras ve unas noticias de nueva hora en su Mipm. Eso alarma a todas las personas presentes en un radio considerable y empiezan a gritar ellos lo mismo para avisar al resto de personas. ¿Cómo se lo pueden creer así de fácil? Pero el caos pronto se apodera del parque. Todos empiezan a chillar y a correr de un lado a otro. Son demasiado exagerados, aquí nunca pasa nada. Es imposible que algo perturbe nuestra tranquilidad. Ni las fiestas lo hacen, ya que solo tenemos una y ese día se guarda silencio -es la conmemoración al fallido plan de evacuación de la población humana al espacio-.

Yo sin embargo sigo sentado viendo el panorama. De nada sirve ponerse histérico cuando aun no ha pasado nada. Espero y espero, pero nada «viene». «Lo que yo decía» susurro. Pero después de unos minutos escuchando a la gente gritar y rezar por sus vidas, un enorme estruendo suena desde la parte superior de la cúpula y la luz se va, dejándonos completamente a oscuras. Sí, ese sol que os hablé antes, el que nos iluminaba, se ha apagado.

Ahora si que me levanto y empiezo a correr a ciegas. Vale, ahora si estoy asustado. ¿Qué está pasado? Al parecer la regla de que nunca pasa nada ya no es válida. Es la primera vez que la luz se va en todo lo que llevamos de historia aquí abajo. Toda la ciudad está bajo oscuridad absoluta. Durante mi camino hacia no se donde, porque la orientación no es mi punto fuerte, me choco con bastantes personas. Siento como mi cuerpo se llena de dolor pero sigo corriendo desesperadamente. Necesito salir de aquí. Tengo miedo, mucho miedo. ¿Y si se cae la cúpula y nos ahogamos todos? Mi corazón va a mil por hora y creo que mi boca empieza a saber a sangre de todos los codazos que me han dado en ella.

Espera…

Esto se parece a mi sueño, aunque ahora si que no veo nada y mis piernas pueden moverse perfectamente. Es una locura. Una bengala roja se alza por el aire dándonos visión durante unos minutos. Lo que consigo ver me aterra. Cientos de personas están tiradas en el suelo mientras se retuercen del dolor y otras siguen corriendo mientras pisan a los que están en el suelo sin importarles lo que están haciendo.

Alguien me agarra de la pierna y tira de mi pantalón hacia sí. Es una mujer joven, de unos treinta años, con la nariz llena de sangre y un diente roto. Me mira con una cara desencajada. Yo sacudo mi pierna para deshacerme de ella y, después de hacerlo varias veces una más fuerte que la otra, lo consigo.

Salgo corriendo con todas mis ganas. Me da igual el resto de personas, están demasiado preocupadas por correr o por pelearse entre ellas. Aguanto el aliento y lo expulso cuando puedo mientras corro. Debo darme prisa o no conseguiré encontrar el camino adecuado para llegar a mi casa. La bengala empieza a bajar y mis piernas a flaquear. Poco oxígeno está llegando a las extremidades de mi cuerpo, las cuales están agarrotadas ya. Pero no me detengo, sigo corriendo, sorteando a las personas que están en el suelo, hasta salir del parque y encontrar la calle que me llevará hasta mi casa.

La garganta me quema y los ojos buscan desesperadamente la silueta de mi hogar entre todas las que ve durante el camino, aunque siempre se posan sobre los cuerpos tirados en el suelo de personas malheridas aunque no quiera verlas. «Sigue corriendo» me obligo. Ahora no hay tiempo para ayudarles, no servirá de nada. ¡Están demasiado preocupados por pegarse entre si! No me puedo quedar aquí. Vamos, VAMOS, VAAMOOS.

Después de una eternidad, falto de aire y malherido, consigo ver mi casa, mi preciosa casa. Aumento el ritmo de las zancadas para llegar lo más rápido posible a ella y consigo llegar antes de que la bengala se haya apagado por completo. Voy hasta la puerta, la aporreo para que mi madre me abra y me aparto de ella tirándome al suelo exhausto. Escucho como se abre y como mi madre me grita desesperada. Tiene una vela en la mano lo que hace que respire más tranquilo. Por fin puedo ver.

Tanto tiempo en oscuridad me estaba matando lentamente. Intento levantarme sin éxito. Mis músculos ya no responden, los he forzado demasiado. Mi madre me coge de un brazo y me adentra hacia el interior de la casa entre fuertes tirones, arrastrándome por el suelo.

-¡Pensaba que te iba a perder!-me grita llorando mientras cierra la puerta y se abalanza hacia mi. Yo también creía que me iba a perder. La abrazo de vuelta con la poca energía que me queda. No puedo ni hablar, la garganta me sigue quemando y no puedo controlar el ritmo de mi descompasada respiración.

Ella nota el estado en el que me encuentro y se va corriendo a la cocina para traerme un vaso de agua. Vuelve corriendo, me levanta la cabeza y me acerca el borde del vaso a la boca para que yo pueda sorber el agua poco a poco. No vuelvo a correr en mi vida, lo juro. Poco a poco siento como recupero las fuerzas, aunque aun no soy capaz de levantarme. Me quedo tumbado en el suelo. La luz no vuelve, ya llevamos más de 30 minutos sin ella según me informa mi madre. Ella enciende un par de velas más y me da a mi una para cuando pueda levantarme, luego me da un beso en la frente tiernamente. Lo ha tenido que pasar fatal. Es una exagerada, pero todas las madres son así al fin y al cabo. Después de una interminable lucha por levantar mi cuerpo del suelo, lo consigo aunque las piernas me flaquean de vez en cuando. Cojo la vela que me ha dejado mi madre y subo lentamente las escaleras hacia mi habitación.

-¡Enciéndete!-digo. El ordenador se enciende y la pantalla se abre delante de mis narices. Todo parece normal hasta que un mensaje de error salta en medio de la pantalla. No hay conexión. ¿Cómo no puede haber conexión? Lo apago y lo vuelvo a encender, pero sigue igual.

Esto no es normal, para nada normal. Sigo dándole vueltas a todo lo que ha ocurrido pero el sueño tira de mi. Mejor lo solucionaré mañana. He hecho demasiado esfuerzo y ahora me resiento aun más. Bajo hasta la cocina para comer algo y que no me pase como esta mañana. Luego vuelvo a subir a mi habitación para dormirme. Tumbado en la cama contemplo la leve luz que proporciona aun la vela, medio consumida. Vaya día más raro he tenido. Ojalá sueñe hoy algo más alegre y bonito. Algo que no me coma la cabeza de esta manera. Cierro los ojos y espero que el sueño me domine. Espero que mañana todo vuelva a la normalidad.

Por la mañana mi madre me levanta con un «Buenos días cariño, ¿has dormido bien?». Abro los ojos y la veo sonriente. Ha vuelto la luz, por fin. Me desperezo exageradamente y asiento con la cabeza. Como tiene que olerme el aliento fatal por lo que mejor no abrir la boca. Ella me acaricia la cara y se va hacia la parte de abajo.

Hoy es el gran día. Hoy por fin sabré si mi vida va a cambiar o me voy a quedar como siempre, en mi maldita monotonía. De un salto me levanto de la cama y la hago nervioso pensando en mi nuevo futuro. El no saber qué me puede tocar me va a estar consumiendo hasta que no me lo digan.

La entrega empieza a las doce de la mañana y se pide expresamente que los chicos que van a participar tienen que ir impolutos. Hora de ducharse Gabriel. Me ducho con esmero y nerviosismo, dándome hasta por detrás de las orejas para estar perfecto. Luego seco mi pelo y lo peino lo mejor que puedo, aunque luego se que va a coger la forma que le de la gana. Tengo el pelo marrón medio largo y aleonado. ¿Que qué quiere decir eso? Que parezco un león aun habiéndome peinado.

Afortunadamente no tengo bello facial, por lo que no tengo que afeitarme. Mi cuerpo es bastante estilizado y apenas tengo músculos marcados, soy todo fibra. Mi altura… bueno dejemos que mi altura es estándar – 1,76 metros- Más tarde vuelvo hacia mi habitación y me visto con el uniforme de mi escuela por ser lo más formal que tengo. Además la gente tiene mucho respeto a los uniformes de las altas escuelas, como la mía, ya que dicen cuan bueno eres en los estudios.

Mi estómago ruge y bajo corriendo las escaleras para desayunar. Son las 11, aun tengo tiempo de sobra.

-Mamá, ¿cómo vas?-grito. Ella me responde a los pocos segundos con un «bien» y yo sonrío. Todo va sobre ruedas. Hoy es mi maldito día y tiene que ser perfecto.

Abro la nevera y cojo lo primero que veo: algas y un poco de masa de trigo que había sobrado del día anterior. Lo caliento en el fuego y me lo como. Como echo de menos un buen trozo de carne de vaca o un simple vaso de leche. Aunque los comí cuando era chico, los echo muchísimo de menos y ya apenas recuerdo cómo era su sabor. Eso es lo peor, no recordar el sabor.

Enciendo mi Mipm para ver las noticias y enterarme qué es lo que pasó ayer. En cuanto lo abro un mensaje salta y lo abro. Es de la administración de Luna pidiendo perdón por los percances de ayer. Sigo leyendo y veo que hace alusión a que miles de personas que perdieron el control de sus actos y resultaron heridas. Las que vi el día anterior. ¿Por qué una persona va a perder el control de sus actos? Una cosa es estar histérico y otra no saber qué es lo que estás haciendo. Aunque me huele a chamuscado, lo dejo a un lado -como ya dije anteriormente la libertad de expresión es muy limitada y es mejor callarte- y llamo de nuevo a mi madre para que baje.

Ir contra el sistema es sentenciarte la muerte psicológica y social a ti mismo.

Hay que ir saliendo ya hacia la entrega. Ella baja corriendo y da una vuelta delante mía. Se ha puesto su mejor vestido, uno rojo largo de tirantes y escotado. Es verdad, no os he hablado que aquí la temperatura es casi siempre la misma, de 21 ºC, por lo que podemos ir en manga corta durante todo el año.

Las mariposas vuelven a danzar en mi estómago, esta vez más notoriamente. Quiero saber ya qué voy a ser. Salimos de nuestra casa mi madre y yo y vamos hacia el auditorio de Luna, un enorme edificio en el centro de la ciudad. Como el sector 3 es el más cercano al centro -que es el sector 1- apenas tardamos diez minutos andando y poco a poco notamos como un enorme bullicio de personas se apodera de las calles.

A medida que nos acercamos más gente va apareciendo hasta que llegamos al auditorio, el cual da la impresión de estar lleno ya. Por suerte, yo y otros privilegiados, tenemos asientos reservados en las primeras filas, por lo que no pasa nada llegar algo más tarde que los demás. Entramos nerviosos y mi madre me agarra del brazo. Creo que lo está pasando peor que yo.

Cuando llegamos a los asientos, nos vamos a los delanteros y buscamos mi nombre. Mi madre lo encuentra antes que yo y señala los dos asientos con un papel que pone: «Gabriel Thompson». Ese definitivamente soy yo. Nos sentamos en nuestros asientos y esperamos a que todo comience. Cinco minutos antes de las 12, la sala se llena por completo y por los altavoces habla una voz femenina pidiendo que solo hubiera acompañantes para los que estamos sentados en la primera fila. Si querían ver la entrega tendrían que salir y subir a la parte de arriba para poder hacerlo. Pasados esos minutos todo se vuelve más silencioso y las luces bajan su intensidad. En la atmósfera que bañaba toda la sala se puede notar el cúmulo de nervios. Más tarde una mujer de avanzada edad se deja ver por escenario y llama la atención de todos en cuanto empieza a hablar.

-Bienvenidos chicos y chicas a vuestro gran día-dice dulcemente posando la mirada sobre el público. Ella es una de las personas que llevan el gobierno aquí, en Luna. Para que lo entendáis, es la tercera con más poder de esta ciudad. Es una mujer de avanzada edad con el pelo cano y muy largo. Trago el cúmulo de saliva que se aglomeraba en mi boca. Queda cada vez menos.-Como sabéis, hoy os repartiremos diferentes oficios al azar-siguió contando. Todo el mundo sabe que al azar azar no son, ya que siempre tocan los mejores trabajos entre los chicos que están en la élite, como yo. Eso me da más esperanzas, yo solo quiero conseguir el trabajo de mis sueños y a los demás que les zurzan.-Os iré llamando por orden que estáis sentados los de las primeras filas y luego alfabéticamente.

Y así es. Yo estoy en la mitad de la segunda fila. A cada nombre que escucho mis nervios van aflorando más y más. Mi madre me agarra de la mano y la aprieta para darme ánimos. Tres asientos más antes que yo, suena como el chico que coge un papel del saco aterciopelado negro canta alegremente que le ha tocado enfermero. «Mierda, tiene que haber uno más» pienso. Ese debería ser mío.

Miro con ojos envidiosos al chico que, con una gran sonrisa, baja del escenario para volver a sentarse. Pronto ya es mi turno y suena mi nombre por toda la sala. «Gabriel Thompson, por favor suba». Obedientemente subo al escenario muerto de miedo y nervios. Meto la mano en el saco. Empiezo a remover todos los papeles que hay dentro y al final agarro el que está más abajo y al centro de todos. «Este es el mío, lo presiento» digo en mis adentros sonriendo. Lo saco angustiado por toda la espera que me estoy haciendo y lo abro. La sonrisa que se había dibujado antes en mi cara muere poco completo.

Limpiador de fondo.

«¡Me ha tocado ser un maldito limpiador de fondo!» grito en mi cabeza. Mis ojos quieren llorar y mi garganta quiere chillar pero la mujer que estaba llamándonos me da un empujón para que baje del escenario. Atontado bajo y voy hacia el asiento donde está mi madre con cara de preocupación. Se ha dado cuenta, como siempre. Me siento y no dirijo ninguna palabra. Ella calla para dejarme tranquilo y no agobiarme, es lo mejor que puede hacer ahora mismo.

Ya me diréis como va a cambiar mi vida por completo siendo un maldito basurero del fondo oceánico.

Capítulo 1 – Actualidad

Mi historia comienza en una gran cuidad sumergida bajo el agua, Luna, en el Mar Mediterráneo. Hay otras quince ciudades más, casi iguales que en la que vivo yo -aunque más grandes-. Están repartidas por los diferentes océanos restantes y algunos mares suficientemente profundos como para que las ciudades quepan.

Te preguntarás que por qué hay humanos viviendo en las profundidades de los océanos y mares cuando, supuestamente, hay superficie terrestre suficiente para vivir todos encima de los continentes. Pues estás muy equivocado/a, desde que la tercera guerra mundial estalló manchando a todos los continentes, una gran radiactividad unida a una abrumadora desolación de la mayoría de terrenos habitables o de cultivo, nos obligó a hacer un éxodo mundial.

En total solo hubo dos planes viables para la salvación o evacuación de la humanidad: tres gigantes naves espaciales que albergarían a todo aquel que se uniera a esa idea o ciudades inmersas bajo el agua para los que decidieran quedarse en el planeta. Son dos ideas muy diferentes: una es abandonar la Tierra, nuestro único hogar, y la otra es quedarse en ésta a pesar de las consecuencias de nuestros actos.

Como es evidente, ya que os estoy hablando desde la Tierra, mi familia eligió quedarse a pesar de tener que vivir bajo metros y metros de columna de agua. Mas fue lo más lógico que habían podido hacer porque el plan espacial fracasó completamente. Según nos informan, cada año, los que gobiernan las ciudades en las diferentes fiestas de conmemoración del accidente, no queda ningún superviviente entre todas las personas que viajaron fuera de la Tierra. Qué decir, aquello sobrecogió al resto de la humanidad ya que algunos de nuestros familiares, incluido mi padre, viajaban en alguna de aquellas tres naves y ahora… los hemos perdido para siempre. A modo de culto, las ciudades escogieron nombres de planetas, satélites, cometas… para tener siempre presente que un trozo de nuestros corazones está ahí fuera, en el espacio.

A pesar de sobrevivir, nuestras costumbres han cambiado por completo. Ahora ya no podemos comer carne, porque casi todos los animales se perdieron en la guerra o por los efectos secundarios de ésta. Los viajes de una cuidad a otra son muy caros y están reservados a gente muy selecta. Nuestra dieta se basa en pescado, algas y algunos vegetales que conseguimos cultivar en nuestro penoso suelo. La natalidad está muy controlada y no se permite más de un hijo por familia. Si tienes más de uno, tu familia será penalizada para toda su vida, viviendo en una zona más pobre que la anterior.

Aunque haya oxígeno, está en menor proporción que en la superficie terrestre. Esto hace que nos cueste más hacer esfuerzos físico y otras actividades cotidianas. Según he leído, es como si estuvieras en la cima de una montaña alta, aunque sin que nos podamos acostumbrar. No se te permite tener un trabajo hasta el año de tu quince cumpleaños, en el cual se te asigna uno totalmente al azar -o eso se dice- y al cual le vas a dedicar toda tu vida si no estudias para algún otro. Por último la libertad de expresión es muy reducida y delicada, por lo que es mejor no tocar ese tema si no quieres ser sancionado por la ciudad.

Dentro de todas éstas penas, mi madre y yo afortunadamente vivimos en una de las mejores zonas de Luna, el Sector 3, gracias a que soy uno de los mejores estudiantes de ésta cuidad. Sería como si antiguamente te prestaran dinero para poder estudiar. Solo que aquí no funcionamos con dinero, sino con horas de trabajo o estudios. Una casa como la nuestra, con dos plantas, un gran salón, un garaje con coche, un pequeño jardín -aunque para algunos sería enorme-, una espaciosa cocina, un par de cuarto de baños y un ático, podría costar alrededor de 500.000 horas de trabajo para alguien corriente, sin embargo, cuando eres uno de las pocas mentes prodigiosas que quedan en la humanidad, te tratan realmente bien.

Pero por favor, no pienses que voy de sobrado cuando digo que soy especial cuando aun ni me conoces, aunque sí, soy algo elitista por culpa de dónde me encuentro pero eso no me hace mala persona. En la medida de lo posible, siempre intento ayudar a todo el que lo necesite, por mucho esfuerzo y tiempo que me cueste. Es algo que lo llevo en mis genes ya que me madre me dijo hace un tiempo que mi padre era igual que yo. Siempre andaba ayudando en todo lo que podía a personas que ni él conocía. Es algo de lo que estoy muy orgulloso. Tengo el don de poder aplicar mis conocimientos de forma altruista.

Tengo catorce años y ya estoy cursando el últimos año que me queda antes de poder ir a la universidad. Soy uno de los pocos niños que con quince años va a poder estudiar en la mejor universidad de entre todas, la de Júpiter. También voy a poder añadir a mis recuerdos la superficie terrestre, cosa que pocas personas pueden presumir. Esto es porque nuestras naves no aguantan mucho tiempo la presión de la columna de agua que tienen encima suya -porque estamos realmente a mucha profundidad- por lo que tienen que subir a la superficie y desde allí viajar hasta su destino para luego sumergirse de nuevo hasta la cuidad. Como veréis, es un gasto enorme de energía y tiempo.

Pronto cumpliré los quince años y, aunque me van a dar un trabajo como a todos los de mi año, significará que ya solo me quedarán un par de meses hasta mi nuevo destino. Aunque para que me den el trabajo aun quedan un par de días, unos interminables días. Mi madre, orgullosa por todo lo que he podido conseguir por mi cuenta, últimamente se encuentra bastante triste por mi inminente partida.

Pero bueno, basta ya de explicaciones y comencemos con lo importante: mi vida.

Hoy es un día más en mi existencia, uno como otro cualquiera. Mi habitación está en el ático, el cual tiene dos pequeños espacios: la parte de abajo es donde está mi escritorio y todos mis libros para estudiar; y la parte de arriba es donde está mi dormitorio.

Cuando por fin consigo abrir los ojos, debajo de las sábanas para no encandilarme, los rayos del «sol» iluminan todo mi cuarto. Digo «sol» porque no es más que un gran generador de luz en la cúspide de la cúpula que nos mantiene secos. He de añadir que siempre está encendido pero por la «noche» bajan la intensidad para que no moleste al sueño de las personas.

Me remuevo por la cama, saboreando el comienzo del día. sábado, estamos a Sábado y es el mejor día de toda la semana en el que puedo hacer lo que me plazca porque es el único día que no tengo por qué hacer nada de nada. Hacer esto todos los sábados es uno de los placeres de mi vida. Saber que no tengo un estricto horario que seguir hace que quiera gritar de felicidad. Pero a regañadientes, me levanto de la cama pasados 10 minutos y la hago con esmero. Más tarde bajo a mi pequeño estudio y enciendo mi ordenador.

-Enciéndete- digo y a los pocos segundos una enorme pantalla aparece delante de la gran cristalera que da a la calle, tapando algo de la luz que entra. Tengo varios mensajes de la universidad a la que voy a ir y un par de mis amigos.-Hoy no, hoy estoy de descanso-digo susurrando mientras cierro la parte de mensajería y abro la sección de noticias.-A ver qué cosas interesantes hay hoy.

Después de un rato rebuscando noticias frescas de mi agrado, encuentro dos que me llaman la atención. La primera va sobre un nuevo descubrimiento de una especie que aun no se sabía de su existencia. Esto, se puede decir, que es una de las cosas buenas que se puede sacar de vivir bajo el agua: poder descubrir cosas que antes no podíamos ni imaginar aunque estuvieran en nuestro mismo planeta. Evidentemente, esto es debido a que estábamos kilómetros y kilómetros de distancia y los dispositivos para viajar por las profundidades eran aun menos avanzados de los que tenemos ahora.

 La segunda noticia habla sobre los nuevos chicos que este año van a empezar a trabajar, como yo, acompañada de unas cuantas estadísticas con la probabilidad que había de que te asignaran x trabajo. Para seros sincero, estaba deseando que me dieran un trabajo relacionado con la medicina ya que es una de mis grandes aficiones en cuanto a estudio, pero la probabilidad de que esto ocurra es muy baja y hay muy pocas plazas para serlo. Es evidente, no soy el único que quiere trabajar en el sector de la medicina pues hay miles de niños con el mismo deseo que yo. Además, es uno de los mejores trabajos que te puede tocar y los de limpiar son los menos buscados y los que más tocan.

Apago el ordenador enfurruñado por no poder tener lo que quiero y bajo hacia la cocina para desayunar algo que el estómago ya me está rugiendo. Se que voy a ser médico en un futuro algo cercano, pero la espera me inquieta demasiado.

-Buenos días cariño, ¿cómo has dormido hoy?-me pregunta mi madre en cuanto bajo y entro al salón. Ella está sentada en un pequeño sofá leyendo uno de sus libros. Le dedico una sonrisa a modo de saludo y levanto el pulgar para hacerle ver que he dormido bien. Hoy no estoy por la labor de soltar palabras por la boca.

Abro la nevera ansioso por encontrar algo rico, algo que sacie el hambre que tengo, pero solo encuentro un zumo a medio consumir y un trozo de bizcocho que sobró de hace un par de días. Bueno, algo es algo. Me siento en la mesa del comedor, que está al lado de la cocina, y me lo zampo todo en cuatro bocados y tres sorbos. Odio perder el tiempo mientras como cuando puedo hacer cosas más interesantes, aunque no se me ocurran ahora cuales. En cuanto recojo todo, subo a mi habitación y me encierro en ella. ¿Qué puedo hacer hoy? Arg, aunque me cueste admitirlo, cuando no tengo un horario que seguir me cuesta saber qué hacer con mi vida.

Desganado, me siento en la silla del escritorio y me pongo a mirar por la ventana. El «cielo» azul que han hecho para Luna es una pasada, se lo han trabajado mucho. A veces puedes ver hasta la silueta de un pájaro volando, aunque ya no existan. Si no fuera gracias a la luz que emite el generador estaríamos completamente a oscuras porque la que llega desde la superficie hasta el fondo de los océanos, es nula. Embobado en el azul, un ruido me baja de la luna, es mi Mipm -Móvil Inteligente Para tu Muñeca, simple ¿no?- avisando de que alguien me está llamando.

-¿Si, quien es?- pregunto en cuanto lo descuelgo. La imagen de mi mejor amiga, Sarah, aparece en el holograma que produce el Mipm. La conozco desde qué era un enano cabezón y siempre ha estado a mi lado, para lo bueno e incluso para lo malo. Ella vive con su abuela en una casa cercana a la mía y es mayor que yo. Perdió a sus padres también en el trágico accidente de las naves espaciales, pues viajaban junto a mi padre. Desgraciadamente hace unos meses se tuvo que ir a la universidad en otra ciudad, la de Marte. Hace ya bastante tiempo que no la veo.-¡Hola Sarah! Me cachís, cuanto tiempo sin ver esa hermosa cara-digo mientras río tontamente.

-Hola Gabriel-saluda ella más sonriente aun. Coge aire y lo echa escandalosamente- Adivina quien está en la puerta de tu casa esperándote a que salgas-dice mientras mueve las cejas rápidamente. Yo, aun procesando la información, me quedo con cara de tonto y a punto de preguntar quien, hasta que me doy cuenta de que tengo que bajar para abrirle la puerta. Porque ese «quien» soy yo.

Cuelgo y bajo a la velocidad del rayo hacia el hall de la casa para recibir a Sarah. En cuanto voy a abrir la puerta, me doy cuenta de que aun no me he quitado el pijama. «Mierda» pienso, aunque ya es tarde para darse la vuelta, no quiero hacerla esperar más. Abro la puerta y me preparo para el inminente abrazo de mi amiga, la cual salta encima mía y me abraza con toda su fuerza. La primera vez, hace bastante tiempo, me pilló desprevenido y nos caímos, pero ya es una costumbre que lo haga. Nos quedamos así hasta que ella desafloja el torniquete que me ha hecho con sus piernas en mi cintura y se baja.

-Si que te ha crecido el pelo-digo mientras cojo un mechón de su cabello y lo toco. Cuando se fue, tenía el pelo por debajo de las orejas y ahora le llega hasta los hombros. Es de color marrón y muy sedoso.-Y se te está haciendo cuerpo de mujer-señalo mientras recorro con mi mirada el esbelto cuerpo de Sarah. Le habían crecido bastante los pechos y las caderas, haciéndole una silueta preciosa en forma de reloj de arena.-Aunque lo único que no ha cambiado es el vestido-y río. Desde los primeros recuerdos que tengo con ella, siempre ha llevado el mismo estilo de vestido.

-Mi abuela siempre está en todo y me hace el mismo vestido una y otra vez, pero con diferentes medidas-responde ella dando una vuelta para hacer volar la parte baja de sus ropas.-¡Ah! Tengo un regalo para ti-dice mientras coge una bolsa que está medio escondida detrás de uno de los matorrales que tengo en entrada y me lo tiende.

-A ver que eesss-digo emocionado mientras abro nerviosamente la bolsa y miro el interior. En el hay una camisa con el mismo estampado que su vestido. La cojo, tiro la bolsa al suelo después de cerciorarme que no hay nada más, y la alzo para poder verla mejor. Es tan ella.-Uaaaa, muchas gracias Sarah, es genial. Ahora podemos ir iguales-digo y me quito la camiseta del pijama para ponerme el regalo. No me suelen gustar las camisas, pero ésta tiene un pase por habérmela regalado ella.

-Bueno, vístete y así podemos ir a dar un paseo, ¿no Gabriel?-pregunta. Yo asiento con la cabeza y le hago un gesto con la mano para que se quede esperando en la puerta mientras yo subo a vestirme.

Corro escaleras arriba para coger los primeros pantalones que veo, unos tejanos negros, y los zapatos de deporte que me pongo siempre. Los ato, cojo la cartera, en donde llevo mi identificación y un par de cosas más que son importantes de llevar, y bajo hasta el salón. Tampoco puedo salir de casa sin decirle a mi madre dónde voy porque luego se asusta si no me ve por aquí. En cuanto la aviso, corro hacia la puerta y la cierro tras de mi. El hecho de que mi mejor amiga haya venido a verme hoy me ha animado y ahora siento la necesidad de hacer cosas: como pasar el rato con la persona más especial que tengo ahora mismo.

Nos agarramos por los brazos el uno al otro y andamos hasta la zona comercial para ver tiendas y tomar algo. Es lo que siempre hacemos cuando quedamos: dar paseos por la ciudad y comer. De vez en cuando, nos paramos para hacernos unas cuantas de fotos y tenerlas para cuando ya no estemos juntos a modo de recuerdo. Algunas son haciendo el tonto, poniendo caretos mientras nos reímos de lo feos que somos con esas caras. Me encanta pasar el día así, riendo a más no poder y compartiéndolo con mi mejor amiga. Echaba de menos tanto esta sensación de felicidad que ya no me acordaba ni cómo era.

Sobre las dos de la tarde nos entra un hambre atroz por lo que empezamos a discutir a cual restaurante podríamos ir. Después de mucho pelear, nos decantamos por uno de pescado y algas muy bueno que no está muy lejos de donde nos encontramos y en el cual se come de lujo, aunque sea caro. El pescado está bien frito, con guarnición de algas rojas y lo mejor de todo, agua mineral. Desde que vivimos aquí abajo, el agua buena es un problema de conseguir y muy pocos establecimientos pueden permitirse venderla y, aun menos personas, comprarla. Pero hoy es una ocasión especial. La verdad es que disfruto de cada bocado que me llevo a la boca y de cada trago que pego de esta maravillosa agua. Aunque no soy el único haciendo esto, ya que noto como Sarah hace lo mismo. Al terminar de comer y de pagar con unos cuantos cientos de horas, nos vamos hacia un pequeño río artificial de agua salada cerca de un parque. Los constructores de las ciudades se habían cerciorado mucho de recrear espacios cotidianos que podíamos ver en la superficie terrestre para hacer más amena nuestra vida aquí abajo. Bueno, más que a nosotros los jóvenes, a los que vinieron aquí por primera vez.

-Si te digo la verdad, estaba deseando venir para pasar un día maravilloso contigo, como el que estamos disfrutando-dice Sarah estirándose en el suelo. Nos hemos tumbado en el césped porque nos hemos hinchado de comer y nos ha entrado sueño. Unos buenos centímetros de distancia nos separan, sin embargo, nuestras manos están juntas y agarradas. Me da la sensación de que si nos soltamos, la perderé de nuevo y … me asusta la verdad.

-Yo también, es genial estar contigo-confirmo. Ella me aprieta la mano y giro la cabeza para mirarla. Aunque está sonriendo, dos grandes lágrimas se escurren de sus ojos y se tiran por su cara. Trago saliva angustiado, nunca la he visto llorar de esta manera.-¿Por qué lloras Sarah?-pregunto y ésta hace una leve pausa hasta responderme.

-Porque te quiero, pero ese te quiero que es casi amar-responde ella con un hilo de voz. Aquella réplica hace que pierda el aliento. Se refería a como amigos o, ¿más que eso? Ella al ver que no respondo se seca las lágrimas y cierra los ojos-Y por lo que veo, tú nunca te has dado cuenta-dice y yo niego con la cabeza atónito por la inesperada noticia.

-¿No estás de broma, verdad?-ella niega también la cabeza como yo lo acababa de hacer hace unos segundos y vuelve a secarse otra lágrima que se ha asomado por sus ojos. «Mi mejor amiga me quiere» digo en mi cabeza. No puede ser posible. Yo… yo no la veo así.

Hago el ademán de responderle, pero ninguna palabra consigue salir de mi boca. No quieren salir porque saben que van a hacer daño.

-No pasa nada Gabriel, es mejor que… nos veamos otro día-dice mientras se levanta, sacude su vestido y se acomoda el bolso que lleva a un lado, colgado de sus hombros. Yo asiento con la cabeza apenado por la reacción de Sarah, pero no consigo hacer más. Mi cuerpo no responde, tiene miedo de lo que pueda pasar, de perderla o hacerle más daño. Ella se despide con una sonrisa forzada y se marcha. Veo como la figura de mi mejor amiga poco a poco se difumina hasta que la pierdo.

Imposible, lo que acaba de pasar es imposible. Un día maravilloso como el que estábamos pasando se acaba de echar a perder por no haber respondido como debería responder un chico normal a una chica que no le interesa en el ámbito romántico. Mirando ahora mis actos pasados, a lo mejor le pude dar falsas esperanzas con el demasiado roce físico que teníamos. Pero me gustaba estar así con ella. ¡Qué leches! Me sigue gustando, aunque ya no se puede hacer nada.

Después de estar, lo que me parece, un cuarto de hora más tumbado en el césped artificial, me dirijo hacia mi casa arrastrando los pies y mirando al suelo. Cuando llego, mi madre me pregunta qué tal ha ido y alaba la camiseta que me había regalado ésta mañana Sarah. Ahora todo me va a recordar a ella. Intercambio un par de palabras forzadas con mi madre, cojo un poco de comida de la cocina para no tener que volver a bajar y me subo a mi habitación. He terminado como empecé esta mañana, sin tener ganas de nada. ¡Qué ironía!

No paro de darle vueltas a lo que ha ocurrido esta tarde y de pensar qué debía haber dicho para no herirla. Pero no se me ocurre ninguna otra acción posible. Lo único que creo que puedo hacer es enviarle un mensaje. Me llevo varios minutos pensándolo y al final abro el Mipm y escribo el correo que tanto he ensayado en mi mente.

«Yo también te quiero, aunque no de la misma forma que tu lo haces por mi. Lo siento muchísimo Sarah. Espero que no te alejes de mi, porque no podría soportar perderte» y se lo envío.

Actualizo un par de veces el correo a la espera de la respuesta, pero nada, no hay nada nuevo. Enfadado, lo apago y subo a mi cama para dormir. Se me ha quitado el hambre y todo. Ojalá cambie mi vida con el trabajo que me toque. Ojalá no tuviera que ser así. Me… me cabrea tanto saber que puedo perder a una persona y no poder hacer nada… Mi vida es siempre igual, no hay nada que se salga de la monotonía. Hasta lo más insignificante, como gritar por la ventana «soy libre» es ya algo normal en mi vida. No hay nada que no haya hecho, dejando a parte los temas sexuales claro está. Quiero encontrar experiencias nuevas, quiero ser otro chico.

Y después de una hora danzando por mi cama, consigo dormirme, aunque la angustia no se va de mi cuerpo y me acompaña en mis pesadillas.

Día 3 – Gineceo

«Ethan estaba de nuevo en los vestuarios. Simon otra vez acorralándole, cortándole el paso con su propio cuerpo. Pero esta vez era diferente, esta vez algo fluyó entre ellos dos.

-Ten cuidado conmigo, puedo ser… explosivo- declaró Simon mientras miraba intensamente a los ojos oscuros del contrario. Llevaban mirándose desde que Ethan recordaba estar en aquella escena. El peliblanco decidió dar el primer paso y acercó sus labios hasta los del contrario, rozándolos con timidez. Para ellos dos era la primera vez, su primera vez. Pero antes de que pudiera presionar sus labios contra los del otro, Ethan cae a hacia un vacío.

Siente como su cuerpo volara y cayera a la vez, pero no notaba peso alguno sobre si mismo. Era como si estuviera en la nada, sin sentir. ¿Era así como se sentía por dentro, vacío?«.

La flor que se hallaba cerrada esperando al buen tiempo, esperando más hora de sol, se abría poco a poco al notar que la primavera estaba llegando. Había empezado a hacer ya calor y el buen tiempo necesario para que el rosal diera el visto bueno a la apertura de sus flores. La flor más pequeña de todas, la que se encontraba al lado del ápice caulinar del tallo, la más alta, aun no se había abierto. Al parecer estaba costando más esfuerzo de lo normal que sus sépalos y sus pétalos se abrieran, dejando libres sus estambres y su carpelo. ¿Qué era lo que le estaba pasando a aquella pobre flor?

Ethan despertó después de un largo tiempo en el vacío. Se encontraba muy sudado, calado hasta los huesos. Buscó a tientas el despertador y lo iluminó apretando un botón. Eran las 6:30 de la mañana y hasta dentro de media hora no se tendría que levantar, mas ya se notaba sin sueño y el volver a dormir no iba a pasar. Normal, ayer se acostó a las 8 de la tarde.

Se levantó de la cama y abrió la persiana para poder ver el exterior. Para su mala suerte, aun no había salido ni un rayo de sol y, encima, estaba todo cubierto por una espesa niebla. Aun así, se quedó mirando lo poco que veía: las viviendas que tenía en frente; un gato el cual se estaba asomando desde el balcón de enfrente -aunque solo podía ver con claridad sus destelleantes ojos-, mirando con curiosidad qué era lo que había bajo de él; y un cuarto encendido, pero con las cortinas echadas. Sabía que si empezaba ya a prepararse, llegaría demasiado temprano a la estación de tren y al final tendría que estar esperando a su pandilla por mucho tiempo -pues si, normalmente le hacían esperar-. Sin embargo, si hacía aquello, tendría menos posibilidades de cruzarse con Simon ya que, extrapolando los últimos días, solía llegar más tarde que él.

El sueño de aquella noche avivó unas llamas que él estaba intentando apagar con agua desesperadamente y ahora crecían en su interior sin cesar. Necesitaba saciar ese fuego como fuera y una opción era verle al empezar el día.

Después de estar un par de minutos más mirando a aquel gato, se fue hacia el cuarto de baño e hizo lo de todas las mañanas: echarse agua en la cara y mirarse en el espejo. El recuerdo de ayer por la tarde en el vestuario se le vino a la mente mientras lo hacía, produciéndole una mueca en la cara. ¿Qué era lo que había ocurrido allí? ¿De verdad había sido tan impotente de no haber opuesto resistencia ninguna a que le acorralaran contra una taquilla? Ahora se daba cuenta de todas las cosas que podía haber hecho para evitar aquella escena y no las hizo.

Se llevó una de sus manos a los labios, nunca se había dado cuenta de que eran más rojos de los que había visto a la gente que le rodeaba. Era como si los llevara pintados o algo parecido. Además, el hecho de que aun no tuviera barba, le hacía una cara demasiado aniñada para su gusto. Llevaba esperando años a que le saliera al menos un pelo en ella -pues le parecían bonitas-, pero no había ni rastro. En aquel momento fue cuando se le vino una nueva pregunta, ¿pensaba Simon que era atractivo y por eso le hacía aquellas cosas?

-No, eso es imposible.

Ladeó la cabeza múltiples veces con fuerza, hasta que se le quitó la idea. Recordó de nuevo la paliza que se llevó aquel estudiante por un malentendido relacionado con el tema de la homosexualidad. La suya sería mucho peor si llegara a ocurrir, no lo dudaba. Sabía que nunca había tenido claros sus sentimientos, pero no quería meterse en aquel tema por ahora, no después del accidente del día anterior. «Espera un momento ¿por qué me estoy auto-convenciendo de algo que no es?» se negó a si mismo, de nuevo.

Había tenido mucha suerte de que nadie les hubiera visto. El miedo le empezó a inundar todo el cuerpo, no quería ser objeto de más burlas. Ya tenía bastante con las que recibía en clase y, a veces, cuando andaba por los pasillos. Además, aquellas burlas seguramente irían acompañadas de violencia, agresiones hacia su persona y nunca había aguantado bien el dolor.
Después de haberse vestido con el uniforme escolar y haber engullido el desayuno que había preparado su madre, con más amor que nunca porque se encontraba muy preocupada por el extraño comportamiento de su hijo, salió de casa con su «hasta esta tarde». De nuevo se tendría que quedar para preparar el puesto y, aunque hoy no le tocaba, se sentía mal por no haber hecho nada ayer.

Llegó 20 minutos antes de lo normal a la estación y, como suponía, no habían llegado aun ninguno de los miembros de su pandilla. Sopesó dos opciones: quedarse ahí esperándoles y no tener el riesgo de encontrarse con Simon -pues no sabía seguro si él cogía el tren o no para ir a la escuela-; o ir a ella ya y esperar hasta que abrieran la puerta para entrar y de camino, poder verle.

Después de mucho pensarlo, recrear las posibles burlas o puyas que le pudieran decir después sus compañeros al dejarles e irse solo, se decantó por la segunda opción. Le tiraba mucho más que estar rodeado de gente que, en realidad, ni le iba ni le venía.

A esas horas de la mañana, las 7:40, solo había soledad y oscuridad. Cuanto más se acercaba, más se percataba del aire tétrico que emanaba de la escuela. Al menos las puertas de la entrada estaban abiertas, por suerte.

Cuando puso el primer pie dentro de la entrada principal, alguien agarró de su brazo y le desvió de su camino hacia un lateral, estampándolo contra la pared interior de la entrada. El impacto contra aquel material tan duro le cortó la respiración y cerró los ojos al sentir un pinchazo de dolor en su espalda. Clavándose en su cuerpo, notaba dos grandes manos, aprisionándole más y más contra la pared. No tenía opción de movimiento, estaba, otra vez, acorralado.

-Hola Ethan- dijo una voz grave y profunda. El peliazul sabía quien era perfectamente, la persona que había estado intentando ver lo que llevaba de mañana. Otra vez era su presa y él su depredador. Vale que tenía ganas de relacionarse con él, pero de aquel modo no le gustaba ni un pelo -¿Me esperabas?- Soltó en un tono burlesco.

Su respiración, recuperada ya del impacto, empezó a acelerarse por culpa de aquella pregunta que él sabía que era verdad. Se estaba agobiando. Hundió todos sus dedos sobre el estómago del contrario con desesperación, haciendo retroceder al atacante de por el simple pero eficaz dolor. Ésta vez ambos estaban aun más expuestos y Ethan no iba a pasar por ello. Se lamentó luego al haber hecho aquello, pero fue necesario.

-Ahr- gruñó el peliblanco de dolor. A Ethan se le había olvidado cortarse las uñas aquella semana y por eso el daño fue algo mayor. Al final consiguió desprenderse de su captor y se apartó de él, hasta una distancia prudente.
-Veo que no has cambiado para nada, Ethan- dijo Simon entre jadeos y con una sonrisa pícara dibujada en su cara. Estaba encorvado y tocándose con las manos la barriga, intentando mitigar el dolor.

Aquel comentario sobresaltó a la presa. ¿Qué era lo que acababa de decir? ¿Qué no había cambiado nada? Ethan no conseguía tragar aquellas palabras, y salió huyendo hacia la entrada del edificio, la cual estaba abriendo en aquel mismo instante el conserje.

Sin mirar atrás, corrió hasta la cuarta planta, donde se encontraba su clase, y entró en el aula 4-E. Se dejó caer encima de la silla como si su cuerpo fuera un peso muerto, exhausto de la carrera, y aun con la cartera en la espalda. Poco a poco consiguió deshacerse de ella y la tiró al suelo. Su respiración se volvía más y más lenta, hasta que se terminó por normalizar. «¿Qué es lo que quiere de mí?» se preguntó y un par de gotas cayeron sobre su camisa, estaba llorando. No conseguía controlar sus sentimientos y acciones. Todo estaba yendo según la marea, se estaba dejando arrastras por ella y no sabía si era buena idea.

No recordaba la última vez que había llorado. Más lágrimas empezaron a caer de sus ojos, pero no había llanto. Ethan lloraba sin sentir tristeza, estaba tan confundido en ese momento que lo único que podía hacer era llorar. Volvió su mirada hacia el reloj que tenía en la muñeca: aun le quedaban 8 minutos más para seguir a solas. Con curiosidad, asomó sigilosamente su cabeza por la ventana. No había nadie. Buscó por todo el patio delantero en busca de su nuevo “acosador”, mas seguía sin encontrar a alguien. Después de la fugaz inspección, suspiró aliviado. «No has cambiado nada» se dijo a si mismo. ¿Cómo podía saber una persona que acababa de conocer -de hace tres días- que no había cambiado en nada? Era de locos.

Los primeros estudiantes empezaron a llegar ya, sonrientes y felices de poder charlar un rato con sus amigos. Ethan secó las lágrimas de su cara, dejándola empapada. Cuando la primera clase empezó, biología con la profesora Limón, el peliblanco no estaba como pasó el día anterior. Tampoco apareció en las restantes horas, cosa que inquietaba mucho a Ethan. ¿De qué iba aquel chico? Todos los profesores preguntaban por su ausencia y nadie sabía qué responder. Simon, al parecer, era muy buen alumno y muy respetado entre los miembros de la docencia. Aquello se sumó a su preocupación de por qué sabía que él no había cambiado. Se podría decir que se empezó a obsesionar y, por culpa de aquello, pasó olímpicamente de todas las lecciones del día -aun asistiendo a clase-.

Al principio de la mañana se había dicho que no lo querría volver a ver aquel día, mas poco a poco, a cada hora que pasaba, unas ganas tremendas de saber por qué, le crecieron exponencialmente.

A final de la mañana, la última campana sonó después de una larga espera por todos los alumnos. Pero para Ethan no había terminado, se tenía que quedar en la escuela ya que debía empezar a preparar todo para el festival. Comió solo, apartado de la multitud, intentando buscar la respuesta a todas las preguntas que le llenaban la cabeza. Aunque ninguna era resuelta. No había ninguna solución para ellas y solo podía respondérselas una persona, la que se hallaba ausente en aquel momento.

Después de comer, Ethan se dirigió hacia el gimnasio, donde estarían todos los estudiantes preparando sus puestos. Miraba hacia todos lados, buscándole mientras temblaba pues ese día de primavera era más fresco de lo normal -y también por los nervios-. Solo llevaba la camiseta de manga larga del uniforme, la chaqueta la había olvidado en clase.

-¡Hey! Pásanosla por favor- le pidió un estudiante al peliazul. Al enfocar hacia el lugar donde provenía aquella voz, vio como un balón de baloncesto se acercaba a él. Corrió hacia éste y con un rápido movimiento lo agarró. Una vez dispuesto a lanzar, miró hacia el frente, al grupo de personas que le estaba esperando para que le pasara el balón. Ahí estaba de nuevo, escondido entre dos chicos algo más bajos que él, mirándole. Eso le provocó una desviación de la trayectoria del balón al lanzarlo y que todos se rieran de su «patosidad».

El cuerpo se le heló y, aquella vez, no era por el frío. Cayó en la cuenta de que aquel día, por la mañana, había visto a Simon con una equipación. En aquel momento fue cuando notó la prominente musculación del peliblanco: hombros muy desarrollados; brazos y piernas corpulentos; y, a veces, podía ver los oblicuos que se marcaban en la cintura cuando éste saltaba. «ETHAN REACCIONA» se advirtió a si mismo. Se había quedado ensimismado por demasiado tiempo y eso podía llamar la atención de alguien. Bajó la vista lo más rápido posible y, cabizbajo, fue hacia el gimnasio en completa tensión.

«Mierda» pensó antes de entrar en el gimnasio.

~~~~

La luz que entraba por las ventanas del gimnasio ya se estaba atenuando, haciendo que se redujera poco a poco el número personas que había en el recinto a medida que se iba oscureciendo. Al cabo de media hora más, la última persona que quedaba a parte de él se despidió.

-Cierra cuando salgas- dijo mientras le tiraba las llaves hacia donde estaba. Al fin se había quedado solo, ya podía trabajar de manera más relajada.

Acababa de terminar el recipiente donde iba a meter las bolas y había pintado alguna de éstas según las proporciones que iba a utilizar. Para que no tocaran muchos premios gordos, Ethan pintó todas, menos seis bolas de gris que serían el premio más bajo. Luego tres con premio mediano (naranja), dos con alto (rojo) y una con el super premio (dorado). Le pareció una buena proporción hasta que alguien dijo:

-Creo que así nadie va a poder ganar nada, Ethan, eres un- hizo una pausa para dar más hincapié a la última palabra- tramposo- Simon volvió a sonreír de la misma manera que lo había hecho esa mañana. Al menos en aquel instante no se encontraba acorralado, como había acostumbrado a hacer el peliblanco.

La bola que acababa de pintar con color dorado se le cayó de las manos. Con la mirada, intentó trazar un camino por el cual poder huir de él ¿Cómo sabía siempre cuando estaba solo?

Simon se le empezó a acercar. Había ansiado durante toda la mañana el verle y poderle pedir explicaciones, mas en aquel momento se le quitaron todas las ganas. Ethan gritó interiormente a sus piernas para que se movieran, quería salir de allí echando leches, pero no le hacían caso. Ese hombre le iba a matar a sustos tarde o temprano.

-¡¿Qué es lo que quieres de mi?!- gritó enfurecido Ethan hacia el peliblanco, sobresaltándole. Simon enarcó una ceja y sonrió de nuevo- ¡ALEJATE DE MI!- dijo mientras apretaba los puños enfadado.

El otro, haciendo como si le estuviera haciendo caso, cesó sus pasos. Sacó una de las manos del uniforme de baloncesto, la cual agarraba una foto. Lentamente dejó la foto en el suelo y salió de las instalaciones con la cabeza gacha. Ethan, en cuanto dejó de ver al contrario, corrió hacia la foto.

Salían dos pequeños sonriendo, pasándose un brazo por encima del otro. Al cogerla y revisarla mejor, se dio cuenta de que uno de los pequeños era él con un chaval peliblanco. A Ethan no le sonaba de nada aquella escena ¿Por qué no recordaba aquello? Parecía tener unos 8 años en la foto. Examinando al otro pequeño, observó lo mucho que se parecía a Simon: sus ojos, su sonrisa, su pelo. Posiblemente eran ellos dos hace 7 años, aproximadamente. Lo único que se le ocurrió en aquel momento preguntaría a su madre, a lo mejor ella sabía algo de aquella foto.

~~~~

-¡Oh! Me acuerdo de este chico, se llamaba Simon- dijo su madre al primer vistazo. Con una sonrisa, le devolvió la foto- Erais muy amigos cuando pequeños. Pero no se qué os pasó ya que un día os dejasteis de ver.

-Gracias mamá- Fue lo único que pudo contestar Ethan. Por fin había podido conseguir una respuesta a una de sus dudas principales.

Le había costado un poco enseñarle la foto a su madre. Ella nunca le hablaba sobre su infancia y cada vez que le preguntaba, le ignoraba o cambiaba rápidamente de tema. Extrañamente, aquella vez, había aceptado sin rechistar y le había resuelto la pregunta rápidamente.

Volvió hacia su habitación y se tumbó sobre la cama, mirando la foto. Al parecer él debería conocer a la persona de la foto, a Simon, pero no le venía ningún recuerdo a la cabeza sobre él. Era como si se hubiese borrado totalmente.
Después de una larga tarde rebuscando entre sus recuerdos de pequeño, cayó en un profundo sueño. No encontró nada de nada.

Día 3 completado

Día 2 – Androceo

-Es hora de levantarse cariño, despiértate ya si no quieres llegar tarde- dijo la madre de Ethan en cuanto entró a su habitación, dando antes un par de golpecitos a la puerta a modo de aviso. Ésta, después de haberle hablado, se dirigió hacia la ventana para abrirla. Luego subió la persiana, para que así entrase la poca claridad que había a aquella hora de la mañana y para que la fresca brisa de primavera lavara el cargado ambiente de aquella habitación.

-Mamá… sabes que nunca llego tarde- se queja Ethan, dándose la vuelta ya que estaba mirando hacia la ventana y le estaba molestado la poca luz que entraba.

Su madre se volvió hacia la cama, besó la frente de su hijo con ternura y le susurró casi al oído.

-Lo sé, pero me gusta recordártelo- acarició el sedoso y largo cabello de su hijo y salió de la habitación para hacerle el desayuno como todas las mañanas.

Después de un rato apurando los pocos minutos de más que podía estar desperdiciando en la cama, Ethan se levantó rápidamente, agarró sus zapatillas de estar por casa y se las puso con poca gana. Medio dormido aun y con el cuerpo flojo, se dirigió hacia el cuarto de baño para lavarse la cara y así poder despertarse del todo -o al menos debía intentarlo-.

Una vez que terminó de echarse agua se quedó mirando su rostro y parte de su pecho en el espejo, apoyándose sobre el lavabo con los dos brazos estirados. Ethan siempre llevaba el pelo casi sin peinar. Se pasó una de sus manos por la cabeza para desalborotarlo un poco y dio su visto bueno al primer intento, luego cogió una goma de pelo y se hizo una coleta. Tenía el pelo muy lacio, oscuro y le llegaba muy por debajo de los hombros. Casi siempre lo llevaba recogido en una coleta con unos cuantos mechones salidos que le caían por la cara. Sus cejas eran finas, tenía unos ojos que daban la impresión de ser más grandes de lo normal, una nariz respingona y unos labios no muy carnosos.
Después de salir del baño se dirigió a su cuarto a ponerse el uniforme escolar y a guardar el de gimnasia en la mochila. El uniforme no le gustaba mucho, pero era mejor que elegir qué ropa se iba a poner cada día. Ethan, como la gran mayoría de estudiantes de la escuela, no llevaba la corbata “reglamentaria”. No le gustaba como le sentaba porque le daba aires de ser importante -a parte de que no sabía ponérsela-, cosa que no era. Además, si la llevaba, destacaría sobre los demás que no lo hacen y eso es lo último que él quería. Ya llamaba la atención demasiado para su gusto.

Al entrar en la cocina y sentarse en la mesa, su madre se acercó a él y le puso el plato de desayuno: un bocadillo de mantequilla con un trozo de jamón de york y un zumo de melocotón. Le había dicho a su madre millones de veces que solo le pusiera un lado del pan, no el pan entero, pero ella decía que así crecería y se pondría más fuerte. Ethan sabía que eso era mentira, que solo se lo decía para que comiera bien al menos la primera comida del día, porque le notaba muy delgado.

Medía 1,75, lo normal en hombres, aunque su peso no era para nada sobre la media -se le llegaban a marcar hasta las costillas-. No llegaba al punto de estar anoréxico, pero no le faltaba mucho.

Después de haberle dado 6 bocados, el bocadillo había desaparecido. Luego se bebió de un trago el zumo, se limpió la boca con una servilleta que le había tendido su madre y salió disparado hacia la entrada, donde estaban su mochila y zapatos.

Ethan estaba muy nervioso después de lo que le había pasado ayer, aunque también ansioso de saber quién era aquel chico y por qué le miró tan intensamente. Esperaba que esta vez, la curiosidad no matara al gato. Se ató las zapatillas negras que venían en conjunto con el uniforme, puso la mochila a su espalda y salió de su casa diciendo «Hasta esta tarde».

Hoy le tocaba quedarse a comer en la escuela porque por la tarde tenía que ayudar a preparar el festival de primavera que su escuela organizaba todos los años. Era un festival muy conocido en toda la zona porque podía venir todo el que quisiera a pasar la mañana, tarde o todo el día allí. Había puestos de: juegos, comida, objetos hechos por los estudiantes, tómbolas y donaciones, por si alguien quería donar algo a los clubes -como pelotas o raquetas para los de deportes-. Era muy importante para los estudiantes éste festividad porque de allí, mayormente, era de donde sacaban el dinero y material para sus clubs, por lo que se ponían de acuerdo en hacer un puesto o varios y sus integrantes ayudaban a llevarlos de manera voluntaria.

Ethan estaba en el club de ciencias desde que entró a la escuela hacía tres años y, para ellos, era muy necesario conseguir el dinero para poder comprar materiales con los que luego podían hacer sus experimentos.
Aquel año habían decidido, entre todos, hacer tres puestos de ciencias: uno de comida extravagante, como por ejemplo tortitas de colores o vegetales con forma de insectos; otro de objetos relacionados con la ciencia: rocas, minerales, plantas…; y un puesto que consistía en sacar una bola al azar y según el color que saliera, tocaba una cosa u otra de lo que se exponía. Ethan había sido el único voluntario para hacer el puesto de la tómbola, por lo que debía prepararlo él solo -y no estaba disgustado por ello, sino todo lo contrario-.

Aún quedaban dos semanas, pero sabía que si no se daba prisa, no lo conseguiría ya que tardaría más por estar él solo. Además tenía mucho trabajo por delante.

Después de bajarse del tren que le llevaba a la estación más cercana a su escuela, se encontró con su pandilla, la cual le saludó y salieron todos juntos hacia la escuela. Todos hablaban de lo emocionados que estaban por el festival y de lo bien que se lo iban a pasar. Ethan, sin interés sobre el tema, se quedó rezagado, yendo a pocos pasos de ellos. Pensar en cómo iba a estar solo otro año más en el baile de primavera no le hacía mucha ilusión. Ninguna chica le pedía ir al baile, así que no podía ir -pues solo se admitían a parejas y él no iba a poner empeño en pedírselo a ellas-. No es que le hiciera ninguna ilusión, mas solo era simple curiosidad de qué era lo que se sentía cuando uno va a esos eventos.

Llegaron a clase cinco minutos antes de que el profesor llegara. Ethan se sentó en su pupitre, sacó el estuche, el cuaderno de aquella materia, una botella de agua y los colocó encima de la mesa. Él se sentaba a mitad de clase, al lado de la ventana para poder pasar el descanso entre materias mirando por ella. Su ventana daba justo a la entrada, que en ese momento estaba llena con los últimos alumnos que llegaban ya tarde a la escuela. Al pasar los cinco minutos, oyó el «buenos días» de su profesor de literatura, el profesor Sin. Era un hombre ya mayor al que le apasionaba su trabajo, llegaba siempre puntual a clase y hacía que estudiar con él fuera una cosa maravillosa.

Ethan buscaba con sus ojos a la persona con la que ayer tuvo un encontronazo no muy agraciado, mas no la encontró porque su pupitre se encontraba vacío. Se mordió el labio, pues esperaba poder quitarse las dudas que ayer le entraron y ahora no podría hacerlo. Pocos segundos después de que el profesor fuera a llamar la atención a sus alumnos porque iba a empezar la clase y Ethan desviara la mirada por la ventana, vio por ella a alguien entrando por la puerta corriendo.

Era el chico de ayer. Pasó la entrada del colegio corriendo en un tiempo récord -venía con la cara entera roja, la mochila en la mano y sin corbata- y Ethan le perdió de vista en cuanto entró al edificio. «¿Cómo alguien podía llegar tan tarde?» se preguntó. Volvió la mirada hacia el profesor cuando este empezó a hablar.

-Bueno chicos, abrid vuestros libros de literatura por la página…- Sin abrió su libro y empezó a buscar la página por la que se habían quedado el día anterior- Si, por la página 87. ¿Os acordáis que ayer vimos cómo se estructuraba un comentario periodístico? Pues hoy vamos a ver uno para practicar.

El profesor metió la mano entre su maletín y sacó un taco de folios con algo impreso. Empezó a pasarse mesa por mesa repartiendo uno a cada persona. Cuando llegó a la mitad de la clase, alguien llamó a la puerta – aunque Ethan ya sabía quien era-.

-Puede pasar- respondió mientras se acerca a la puerta para abrirla.

En cuando la abrió, vio como el chico estaba empapado de sudor y respirando fuertemente -aunque el uniforme estaba perfectamente liso y la corbata con un nudo perfecto-. Parecía como su hubiera corrido kilómetros hasta llegar allí. Sin se quedó sorprendido y le hizo un gesto para que pasase dentro de la clase y se sentara.

-He llegado tarde, lo siento mucho- dijo mientras hace una reverencia y entra en clase. El profesor hace un gesto de negación con la cabeza, para darle a entender que no debía preocuparse. Una vez que terminó de repartir las hojas, volvió a la tarima y se puso a escribir en la pizarra la lección.

Ethan no pudo apartar la mirada del chico durante más de 10 minutos. Vio como tenía todo su cuerpo y su ropa sudados. Aun respiraba con fuerza e intentaba peinar su cabello como podía con las manos. Éste se quedó embelesado con los movimientos de mano que hacía, tan armoniosos.

Antes de que pudiera salir de ese estado, llamó su atención Sin. Éste había hecho hincapié en una palabra para que todo el mundo prestara atención a lo que estaba diciendo y no se quedara en Babia, pues seguramente no era el único que no estaba centrado en lo que estaba diciendo.

Al acabar la clase y después de que el profesor se despidiera y saliera, el chico se acercó a Ethan, que estaba mirando de nuevo por la ventana, le saludó como si nada.

-Hola Ethan- dijo. Éste giró la cabeza rápidamente y clavo su mirada en el rostro del contrario. No esperaba para nada que se acercara y le hablara como si nada. No sabía qué responderle, le había llamado por su nombre y encima desconocía el suyo. Se quedó así unos segundos, pensando cual era la mejor forma de responderle, hasta que el otro siguió hablando- Supongo que no sabes quién soy, me llamo Simon, soy uno de tus compañeros de clase, aunque ayer te diste cuenta por primera vez por lo que veo- y ahora sí, esperó a que respondiera.

-Ho-Hola Simon- Ethan nunca había pronunciado ese nombre jamás y deseó haberlo dicho exactamente igual que él. No había conocido nunca a nadie que se llamara así, por lo que le parecía raro decirlo. En su garganta empezó a formarse un pequeño nudo y, aunque tragara para evitar que se formara, iba creciendo más y más. Abrió la boca para intentar añadir algo, pero no había palabra alguna que le saliera por ella.

-Quería hablar contigo para una cosa del festival. Es que me han dicho que eres el único que está solo entre todos los puestos que hay y yo quisiera participar ¿Estas libre después de clase y hablamos sobre ello?- Simon apoyó una de las manos encima de la mesa de Ethan y dejó caer un poco de peso en ella. Su figura era tan imponente y su habla tan embelesante que Ethan no podía decir que no, además, así se podría aclarar el malentendido que surgió ayer.

-Bueno… después de clase iba a preparar el puesto que tengo que llevar en el festival. Pero creo que puedo hacerte un hueco antes de ello- respondió a la pregunta, mientras mentalmente organizaba de nuevo su tarde. Esperaba que no fuera mucho tiempo, porque si no iba a llegar de nuevo a casa demasiado tarde y su madre le volvería a hacer aquellos pucheros que él tanto odiaba.

-Está bien, nos vemos después de clase, en el comedor, ya que supongo que te vas a quedar a comer aquí. Adiós- y sin esperar a que Ethan le respondiera, se vuelve a su pupitre. El siguiente profesor ya había llegado y la clase estaba a punto de empezar.

Las horas siguientes pasaron rápido y sin nada importante a destacar. Había desviado varias veces la mirada hacia el pupitre de Simon, pero este estaba tan atento a la lección que no paraba de tomar apuntes, cosa que él debería estar haciendo y no perder el tiempo distraído en sus sentimientos.

~~~~

La última hora había llegado. Ese día tocaba gimnasia y tuvo que dirigirse hacia el gimnasio con sus compañeros de clase. Antes de empezar todos se tenían que cambiar el uniforme escolar por el de hacer deporte. Para ello siempre hacían dos grupos: uno de chicas y otro de chicos, cada uno iba a un vestuario diferente para cambiarse la ropa. Como Ethan era muy vergonzoso y no le gustaba que nadie le viera, se quedaba rezagado en el grupo a posta cuando debían hacer eso.

Su plan consistía en meterse en un cuarto de baño del vestuario y, cuando todos hubieran salido ya a la pista para empezar con el calentamiento, éste aprovechaba para cambiarse la ropa solo y tranquilo. Eso hizo y después de haber dejado su mochila en la taquilla que nadie había utilizado aun, se cambió rápidamente la ropa y salió del vestuario.

El profesor de gimnasia ya había mandado, como siempre, a correr a toda la clase, así que Ethan se unió a ellos. Buscó con la mirada de nuevo a Simon, ésta vez sin éxito. «¿Dónde se ha metido?» pensó. Era raro que éste faltara a una clase -ya que es el don perfecto de la suya-. Estaba nervioso por saber qué era lo que quería pedirle, ya que nunca nadie se interesaba por nada de lo que él hacía, nadie. «¿Por qué ahora Simon si?» era una de las preguntas que rondaban por su cabeza mientras corría. También se dedicó a pensar cómo resolvería aquellos acelerones, que le producía Simon, o al menos que los pudiera olvidar.

La clase de gimnasia terminó y volvió a hacer lo mismo que hizo al principio de la clase, meterse en un cuarto de baño para esperar a que todos se fueran. A veces escuchaba cómo algunos de sus compañeros de clase hacían bromas de por qué se pasaba tanto tiempo ahí metido sin salir, pero él prefería aquello a pasar vergüenza enseñando su cuerpo. Lo repudiaba hasta el extremo.

Tardaron un cuarto de hora en abandonar el vestuario. Cuando dejó de escuchar ruido en el exterior, salió y se dirigió hacia su taquilla. Se quito la ropa rápidamente, la metió en una bolsa para la ya usada y cogió todo lo necesario para darse una ducha: una esponja, el champú, una toalla y las chanclas.

Mirando hacia todos los rincones por si acaso se había quedado alguien, fue lentamente hacia las duchas. Una vez que llegó allí, dejó todo los objetos que llevaba en las manos en un agujero que había en la pared para dejar los útiles de aseo y abrió el agua. Ésta empezó a salir fría, pero progresivamente se fue haciendo más y más caliente, hasta que empezó a salir vapor por ella. Una vez que había llegado a aquel punto, Ethan se metió bajo el chorro de agua y cerró los ojos. Era uno de los pocos momentos relajados que podía tener en la escuela y lo disfrutaba como un niño pequeño. Pero al parecer esa calma no iba a durar más que unos pocos segundos.

-Hey- dijo una voz conocida a pocos metros de él. El corazón de éste se paró momentáneamente. No esperaba que nadie, después de haber mirado tan esmeradamente por el vestuario, pudiera aparecer por allí a aquellas horas -pues todos ya deberían estar almorzando-.

No quería abrir los ojos, no quería saber quién era la persona que le había pillado en aquella situación -aunque lo suponía perfectamente quien era-. Estaba asustado y no sabía qué hacer. Era de aquellos momentos en los que deseas que la tierra te tragase. Encima, se encontraba completamente desnudo y desprotegido ante alguien. Mordió su labio con fuerza y lentamente abrió los ojos para poder ver quién era el que había perturbado su calma, su preciada calma. Si, era él de nuevo, Simon. Estaba parado delante de la apertura para entrar en las duchas, mirando a Ethan directamente, sin tapujos.

-¿Qué… qué haces tú aquí?- dijo y volvió a morder su labio con mucha más fuerza que antes. Ethan intentó taparse los bajos con las manos -aunque estaba de espaldas a él-. El corazón le estaba latiendo a mil por hora y parecía que se le iba a salir por la boca. «¿Por qué esta él aquí? Quedamos en el comedor después de clase» intentó recordar por si se le había pasado algo. Nada tenía sentido.

-He venido porque estabas tardando mucho en llegar al comedor y suponía que estarías por aquí. No me gusta que me hagan esperar- dice Simon, serio. Éste había estado esperando alrededor de 20 minutos en el comedor y se había cansado.

-V…Vale, ¿puedes esperarme un momento fuera? N-no tardo- propuso algo molesto, obviamente. Simon hizo un gesto de aceptación con la cabeza y salió de su campo de visión. Supuso que se fue hacia las taquillas, ya que no escuchó muchos pasos.

Ethan, aun con el susto en el cuerpo, ni si quiera se enjabonó. Cerró el agua, echó su cabello hacia atrás y se anudó la toalla a la cintura. Luego asomó la cabeza hacia el vestuario y, como predijo, estaba sentando enfrente de su taquilla. «¿Es que no me va a dejar vestirme tranquilo?» dijo quejándose en sus adentros. Fue hacia la taquilla, y una vez llegó, el contrario volvió a clavarle la mirada. Eso le incomodó tanto que se volteó para darle la espalda y, con mucho cuidado, fue vistiéndose sin que se le viera nada, haciendo malabares con la toalla.

-¿Qué es lo que quieres? ¿Es que no te podías esperar?- dijo en tono molesto Ethan, ya ajustándose la camiseta. Era muy evidente de que Simon estaba siendo muy impertinente, pero al parecer éste no le daba mayor importancia a ese hecho o no se percataba de ello.

-Sé que me has estado mirando por mucho tiempo estos dos últimos días. Lo he notado- declaró secamente Simon. Esas palabras se le atragantaron a Ethan, casi le ahogaron. ¿Qué era lo que estaba diciendo? ¿Es que no sabe en qué lío se podían meter solo por lo que le acababa de decir?

Ethan dio un paso hacia atrás, chocándose con la taquilla. Eso produjo un ruido bastante estridente, haciendo que Simon sonriera de una manera que Ethan nunca había visto, era como una sonrisa maligna de película. ¿Qué estaba mal con aquel chico?

Se llevó una mano a la boca y se la tapó, apretándola con fuerza. La otra no paraba de pellizcar uno de los dobladillos laterales que se le hacían por estar demasiado delgado. Aun no sabía a la perfección lo que estaba pasando, pero no era nada bueno. Simon dio un paso hacia adelante, con seguridad y firmeza, produciendo una reacción en Ethan, el cual intentaba echarse aun más hacia atrás, mas la taquilla no le dejaba. Si alguien les pillara en aquella situación sería el final de sus vidas.

Poco a poco Simon se estaba acercando más a él, con pasos cada vez más largos, hasta que le alcanzó. Apoyó una de sus manos a uno de los lados de la cabeza de Ethan, acorralándole como a un pequeño animal indefenso. Este ladeó la cabeza hacia el lado que no estaba cortado por el brazo y cerró los ojos con fuerza, deseando que aquello fuera un mal sueño. Simon acercó la cabeza hacia la de Ethan, hasta que este notó el aliento del contrario en su mejilla y oreja. Su aliento se notaba caliente.
– Sé que no te has percatado de mi presencia hasta ayer. Pero créeme que yo si sabía de ti desde que llegué hace dos meses- dijo Simon casi susurrando. Apretó uno de sus puños y terminó de cortarle el paso a Ethan, dejándolo al lado de su cintura, rozándole.

Éste ahogó un grito al notar el contacto con Simon y cerró con más fuerza sus ojos. Su cabeza estaba a punto de estallar. ¿Sentía algo? Notó un cosquilleo en sus mejillas y cómo se le estaba acumulando sangre en la cara. Esperaba que no se notara con toda su alma.

-Te veo mañana, Ethan- y en un instante, ya estaba saliendo por la puerta del vestuario. Su voz había sonado a alguien decepcionado y eso le desconcertó aun más.

Las piernas le flaquearon, perdió la fuerza y cayó al suelo. Sintió como en su espalda se clavaban todos los salientes que tenían las taquillas y cómo algunos le raspaban la piel, pero en aquel momento no le importaba en absoluto. Se quedó mirando el suelo, perdiendo el sentido del tiempo hasta que sonó una campana. La que daba inicio a las clases para los alumnos que iban por las tardes. Recogió todas sus pertenencias y las metió de cualquier forma en la mochila.

Salió corriendo sin mirar hacia atrás, asustado por lo que le pudiera pasar. Corrió todo lo que pudo para llegar al próximo tren. Se pasó todo el trayecto apretando su mochila contra el pecho, analizando todo su alrededor por si se encontraba de nuevo con Simon o con alguien que les pudiera haber visto -que nunca se sabe-. Por suerte no hubo más incidentes hasta que llegó a casa.

-Hola cariño- dijo la madre gritando desde el salón- Llegas muy temprano, ¿qué has comido hoy? ¿Te ha ido bien?- preguntó, como siempre hacía cuando llegaba por la tarde. Es cierto que había llegado temprano y aun no había empezado a organizar el puesto. Encima, no había almorzado, aunque su cuerpo no le pedía hacerlo.

Ethan pasó completamente de las preguntas de su madre, se quitó los zapatos y fue directamente a su habitación. Tiró la mochila a un lado de la cama y se tumbó en esta con la ropa puesta. Aquel día fue el primero que se «durmió» a las 8 de la tarde, después de horas pensando qué era lo que había pasado y con la barriga vacía.

El simple hecho de haber sentido cosas más fuertes que el día anterior y el saber que puede que haya una probabilidad de que no estuviera enfermo, le estaba ocupando toda su mente.

Día 2 completado

Día 1 – Jardín de rosas

Para mi, ¿qué es la felicidad?

Ethan se preguntaba muchísimas veces qué era verdaderamente la felicidad y si alguna vez él la había sentido. Sabía con seguridad que había estado contento alguna que otra vez. Sobre todo cuando era pequeño había sentido una tremenda felicidad, como casi todos los niños, pero no tenía tan seguro si había llegado al punto de ser feliz en su desarrollo hacia la madurez.

Él se quedaba horas y horas tumbado boca arriba mirando el techo de su habitación, el cual tenía estrellas pegadas y algunos planetas creados por él colgados, dando vueltas cada vez que había una mínima corriente de aire. Se pasaba todas esas horas intentando averiguar cómo podría decir que era diferente, de alguna manera, a todo el mundo que le rodeaba. Quería gritarlo a los cuatro vientos y, aunque Ethan no veía nada malo en serlo, sabía que sus padres no iban a pensar lo mismo. Seguramente acabarían echándolo de su casa o, lo peor de todo, acabarían por no hablarle el resto de su vida -como suelen hacer las demás familias con aquellos miembros diferentes en la actualidad-. Mas les quería demasiado como para que eso pasara, o por lo menos en ese momento de su vida.

Tener una familia normal no quiere decir que tus padres te apoyen en todo, desgraciadamente. Ese hecho le producía un enorme miedo que le quitaba el sueño noches y noches.

¿Que por qué tanto drama por ser diferente? Te preguntarás. Digamos que la homosexualidad no está bien vista en la sociedad en la que Ethan se encuentra. Puedes llegar a ser un paria de la sociedad si lo declaras públicamente, ya que nadie va a querer saber nada de ti. Todos te van a ignorar para que no les «infectes» con esa enfermedad. Seguramente ni la mitad de ellos saben realmente qué es la homosexualidad, la ven como un virus muy contagioso que hace que todo el mundo te evite y te consideren menos que una persona.

Ethan ya lo había visto en la escuela con sus propios ojos, en cómo habían apaleado a un estudiante, que ni quiera era homosexual, solo porque uno de sus compañeros había visto algo raro en su forma de actuar. Evidentemente Ethan no quería pasar por ese calvario, y más cuando aun no estaba seguro de lo que verdaderamente sentía.

Una maraña de sentimientos se enredaba más y más en su interior y cuanto más intentaba deshacerla para encontrar por fin la verdad de lo que era o de lo que sentía, se hacía más densa y difícil de desenredar. A veces deseaba no pensar en aquellas cosas, en no tener tantas dudas y poder ser un chico corriente como sus compañeros de clase, a quienes a veces les escuchaba decir que estaban felices. Ethan no era capaz de decir que él lo era. Ni siquiera se le venía a la mente aquella palabra. Como ya os he dicho, la felicidad no es un sentimiento que haya visitado aun a nuestro protagonista.

No tenía a nadie al que pudiera llamar amigo, solo a una pandilla de compañeros de clase que ni si quiera se preocupaban por él. No tenía a nadie cercano, a parte de su familia, a la cual no le podía decir nada y su padre siempre le molestaba con su homofóbia. El secreto le quemaba por dentro, necesitaba hablar con alguien, contárselo a una persona que le entendiera y que no le juzgara malamente por ello. Pero era como dejar una bomba a punto de estallar al lado tuya y esperar que no te haga daño.

Un mundo de locos, donde cada día era peor que el siguiente.

~~~~

Te preguntarás, ¿cómo empezó todo este lío?

Pues con un simple acelerón de las pulsaciones del corazón. Ethan se encontraba en clase de Matemáticas en ese momento, con la profesora Clara, mientras daba las derivadas inmediatas, las cuales se tenían que saber de memoria. Como no le apasionaba mucho aquella parte de las matemáticas y más o menos él ya sabía algo, desvió la mirada hacia los primeros sitios de la clase buscando con lo que entretenerse. Estuvo mirando a los estudiantes que se encontraban en primera fila hasta que se dio cuenta de que un chico le devolvía la mirada a ratos, mientras podía, porque de vez en cuando cogía apuntes de la pizarra.

Después de un segundo de mantener la mirada intensamente por las dos partes, Ethan se dio cuenta de que estaba abusando de ello. La respiración se le cortó y desvió la mirada rápidamente hacia la pizarra, donde debería haber estado mirando durante toda la clase. Su corazón se aceleró. Pero no fue de aquellas veces en las que te asustas y el corazón se te acelera mucho, sintiendo una clase de sudores fríos, sino cuando sientes algo más ya que tu corazón late con mucha fuerza. En ese momento no le dio mucha importancia, o no quiso hacerlo por las consecuencias que ello podría acarrear.

Después de terminar las clases se dirigió con su pandilla hacia la estación, como hacían todos los días, y allí se despidió de ellos para coger el tren que le llevaría hacia los alrededores de donde él vivía. Caminó hacia el anden 3 y allí esperó a que llegara. Mientras lo hacía, sacó su reproductor de música y se colocó uno de los cascos, para poder escuchar lo que pasaba a su alrededor, a la vez que podía ponerle música de su agrado. Luego guardó el reproductor en el bolsillo con la lista de reproducción aleatoria.

Pasaron un par de canciones hasta que por fin llegó el tren, se dirigió hacia uno de los vagones centrales y cuando fue a entrar desvió la mirada hacia un ruido que le había llamado la atención. Un chico había gritado un «¡Eh!». Era él, su compañero de clase. Ese con el que pocas horas antes había tenido una situación incómoda. Allí estaba tirado en el suelo, porque alguien le había empujado para poder entrar antes -cosa que pasaba mucho a esas horas donde estudiantes, trabajadores y paseantes coincidían para volver a casa-. Parecía como que el mundo le estaba intentando derribar con tantas coincidencias.

Ethan se quedó petrificado a las puertas del vagón a medio entrar, mirando a la nada, ya que el otro chico se había levantado y entrado al tren en unos pocos segundos para no perderlo. Ethan no entró hasta que los pitidos de que se iban a cerrar las puertas perturbaron su estado de shock. En ese momento volvió a sentir aquellos latidos tan fuertes y acelerados, los mismos que sintió aquella misma mañana en clase. Se sentó en el primer sitio que vio libre y allí se quedó mirando hacia el horizonte de edificios y construcciones a medio hacer, con la música sonando en una de sus orejas pero sin llegar a escucharla. Se quedó así hasta que notó que el paisaje le sonaba, ladeó un poco la cabeza y se levantó en menos de un segundo.

Sí, acababa de pasar su parada. El tren ya había cerrado sus puertas de nuevo y había vuelto a coger velocidad. Aquel no parecía ser uno de sus mejores días que digamos.

Maldijo todo lo que se le ocurría en aquel momento y esperó, esta vez más atento, a la siguiente parada que se encontraba a un par de kilómetros de la anterior. Nunca había llegado hasta tan lejos con ese tren y rezaba por saber cómo llegar hacia su casa desde allí. Antes de ello, cuando ya estaba anunciando el nombre de la parada por megafonía, vio a lo lejos una casa de color marrón, considerablemente más grande que las demás. En ella había un precioso jardín verde, con numerosas motas rosas en él. Le llamó muchísimo la atención y se preguntó quién podría tener el placer de disfrutar de ese pequeño espacio de naturaleza en su casa, pues él vivía en un piso y difícilmente podría tener más de tres o cuatro plantas en su pequeño balcón. Desde allí lejos parecía un sueño que alguien había podido cumplir. Era tan diferente a las demás casas que había a su alrededor y destacaba por tanta belleza, que seguro que sus inquilinos debían estar encantados con ella.

Después de mucho andar y de saltarse algunos semáforos, llegó a su casa más tarde que nunca. Entró medio ahogado por subir las escaleras corriendo -cosa que no supo ni cómo lo hizo porque ya venía exhausto de la gran caminata-. Su madre le estaba esperando en la puerta preocupada por si le había pasado algo y una vez que entró, ésta se abalanzó encima de él para llenarle a besos y llorar diciendo lo preocupada que había estado por su retraso.

-Mamá, no te preocupes por mí. No me puede pasar nada malo- dijo Ethan intentando tranquilizar a su madre. Odiaba que se preocuparan tanto por él.

-Eso nunca lo sabrás con seguridad hijo mío- respondió su madre aún abrazada a él. Le dio un beso en una mejilla y una rápida caricia en uno de los cachetes. Luego le ordenó- Venga, vamos a comer, que te hemos estado esperando mucho rato y estamos muertos de hambre.

Ethan hizo caso a su madre, se quitó las zapatillas y fueron a comer todos juntos como hacían siempre. Habían estado tanto tiempo esperándole que la comida se enfrió y tuvieron que comerla así. Se sentía un poco mal por ellos, aunque estaba agradecido de no tener que comer con la soledad, cosa que le molestaba más que comer con la intensa mirada de su padre desaprobando todo lo que hacía y había dejado de hacer.

Después de haber comido y dejado los platos en el fregadero, se dirigió directamente a su habitación, se tumbó y miró hacia el techo, en el cual, aun no tenía nada colgado. Pero esta vez se sumió por primera vez en un largo y profundo pensamiento que finalmente se acabaría por convertir en costumbre a los pocos días.

~~~~

Ese día pasó toda la tarde y parte de la noche allí tumbado sin llegar a sacar ninguna conclusión, ni si quiera qué era lo que le había ocurrido. Ethan nunca había estado enamorado, le habían gustado varias chicas en su niñez -porque tenían una cara bonita según él o porque le trataban como a un príncipe- pero nunca les pudo decir nada por ser muy vergonzoso y al final se le pasó a las pocas semanas.

Pensó que, a parte de lo que parecía obvio, podía ser solo algo puntual, que ese día se sentía mal y que por eso el corazón se le había acelerado tanto.
Antes de caer sumido en el sueño nocturno pensó en el chico. Le había visto varias veces por los pasillos y en el patio hacía poco tiempo, pero no sabía su nombre y, lo más extraño de todo, es que hasta ese día no sabía que se encontraba en su misma clase.

Vale que Ethan era un chico un poco despistado, pero él creía que conocía a todas las personas de su clase. «A lo mejor es un nuevo estudiante que ha venido a mitad de curso» pensó, porque ya estaban entrando en primavera y podía darse el caso.

Aquel chico era un poco más alto que él, con el pelo gris claro hasta las orejas y unos ojos verdes muy vistosos. No tenía barba ni indicios de ella y su boca era un tanto más grande de lo normal, con unos labios finos y marcados. Él era uno de los pocos que llevaban la corbata con el uniforme e iba bien peinado. Vamos, que llamaba la atención fuera donde fuera.

Este fue el primer paso en su largo camino de nudos y marañas.

Día 1 completado

Sin referencias

En uno de mis largos paseos conmigo misma, he ido justo a parar a un banco muy especial donde hacía años que no me sentaba. Apenas ha cambiado, aunque ahora está mucho más pintado que antes. Si echo la vista atrás, parece que era mucho más pequeña e inmadura que ahora cuando apenas han pasado tres años desde la última vez. Es increíble como puede cambiar una persona en tan poco tiempo.

Ha sido el cuerpo solo quien me ha guiado hasta aquí para recordarme a mi misma que no ha pasado tanto tiempo desde que tenía un miedo atroz hacia mi propia persona. No es hasta que conseguí conocerme y aceptarme por como soy, que deje de temerme y es lo mejor que he hecho jamás. En cuanto he visto el banco y me he dado cuenta de su importancia, una flecha invisible e intangible pero dolorosa me ha atravesado el pecho, recordándome el arduo y largo camino que he recorrido hasta conseguir llegar al día de hoy. Estoy a kilómetros de donde me encontraba la última vez que me senté y estoy muy orgullosa de mi misma por ello. Porque a pesar del enorme trabajo que ha resultado ser, los frutos que he conseguido soy extremadamente dulces y deliciosos.

Jamás habría pensado que aprender a quererme de esta forma me ayudaría tanto.

Mi memoria, aunque está un poco borrosa ya tras el paso de los años y de la nueva información que he almacenado en ella, sí consigue invocar alguno de esos momentos donde más temor sentía sobre mi misma y las consecuencias que mis pensamientos acarreaban en mi vida. Sin embargo, ahora entiendo mucho mejor el por qué me ocurría aquello. Era joven y no tenía ninguna referencia femenina en la que apoyarme y con la que sentirme identificada. Si hubiera sido así, no hubiera estado tan perdida. La única y superficial información que había conseguido recabar es que yo estaba mal o rota. Eso es lo que decían los demás y yo me lo creía sin cuestionar que los que estaban mal eran ellos mismos, no yo. Qué le vamos a hacer, era demasiado influenciable por lo que pensaban los demás o lo que comentaban sobre estos temas que lo reprimía para no tener problemas y no lo dejaba escapar en ningún momento. Me obligaron a esconderlo, hasta de mi misma, en algún lugar de mi interior.

En la mayor parte de mi vida, siempre he sabido que me atraían y gustaban los hombres, era un hecho que nadie podía negar porque ya había salido con un par de ellos, mas no fue hasta que conocí a una chica, que ese hecho me tiró por tierra algo tenía por seguro, inamovible y verdadero. Recuerdo que incluso le llegue a decir a alguien «a mi jamás me gustará una mujer, es imposible». Ay, querida yo del pasado, que mal mentías. Nunca has sabido mentir ni a ti misma, aunque lo intentabas desesperadamente. Siempre has sabido que había algo dentro tuya que te picaba.

Sé que queréis que os cuente sobre esa chica, que qué tenía de especial para que me hiciera abrir los ojos. Realmente nada, era una adolescente normal y corriente como todas las demás. Simplemente fue que, con ella, supe diferenciar aquellos sentimientos confusos que sentía por las chicas y que podían llegar a más que una simple amiga. Aunque me costó mucho tiempo llegar a esa conclusión por mi misma.

Qué decir. Éramos como uña y carne. No nos separábamos jamás, ni si quiera en clase lograban hacerlo los profesores. Siempre nos las apañábamos para sentarnos juntas y así poder pasar el tiempo charlando o escribiéndonos cosas para no aburrirnos. Todo esto empezó como una amistad normal, hacíamos lo típico que podían hacer dos chicas de 15 años: salir a dar enormes paseos, ir a botellones, pasar un buen rato en el parque cuando hacía buen tiempo, ir de compras, hacer algún que otro trabajo del colegio juntas… Al final, lentamente, fuimos ganando confianza la una en la otra hasta llegar al punto de poder tratar temas no tan superficiales con los que no podía hablar con cualquiera. La verdad es que su personalidad ayudó mucho a que llegáramos a ese punto. Era tan simpática, agradable y buena que era imposible alejarse de ella y no querer conocerla un poco más.

Para mi, era una chica muy interesante y, seguramente, hoy en día lo seguirá siendo. Aunque no es la más preciosa que haya visto solo por apariencia, el interior que tenía me deslumbraba más que todas las demás. Es evidente que en el primer día de clase me fijara en ella solamente, a parte de por que tenía la necesidad de tener alguna amiga con la que poder llevarme bien, ella me llamó sin saberlo.

Pero sigo con el tema, que es que me voy por las ramas si comienzo a describirla. He de decir que jamás había llegado a ese nivel con una persona y la verdad es que me sentía muy cómoda con ella al lado, aunque aún en ese momento mis emociones y sentimientos no se desarrollaron completamente por ella. La seguía viendo como una amiga, mas cada conversación que manteníamos o a cada vivencia que pasábamos juntas, sabía que lo nuestro era muy especial y que debía guardarlo como oro en paño.

Me acuerdo que una vez, en clase de dibujo, donde evidentemente estábamos sentadas juntas, ella estaba preocupada por un enorme grano que le había salido en la cara y que, evidentemente, era muy notorio. No paraba de decir que estaba aún más fea con ese amigo asomándose y que seguro que todo el mundo lo había visto y se estaba riendo por ello. Yo no pude retener una gran fuerza que se desató en mi interior, le cogí la cara con ambas manos y le dije sin tapujos:

-Tu siempre estás preciosa, Valeria-mi voz sonó decidida y sin miedo, aunque en cuanto me escuché a mi misma se me cortó el aliento por la vergüenza de haber hecho algo así y que me hubiera salido desde lo más profundo de mi ser.

Ella no respondió porque también enmudeció y pude ver como su cara se tornaba de un hermoso color carmín manchado con una cara de confusión muy graciosa. Nos miramos por unos largos segundos y seguimos dando la clase como si nada. Supongo que ambas decidimos intentar ignorar eso, aunque seguramente le sentara bien el hecho de que alguien le dijera que era preciosa de una forma tan profunda. Como si fuera la verdad y todo.

Intenté no darle vueltas a ese hecho, pero es que a este se le sumaron otros muchos más que ya no pude ignorar por más tiempo.

Comencé buscando en libros algún tema que pudiera tratar de lo que yopensaba que era, pero no encontraba ninguna respuesta. Luego intenté conversarlo con mi madre, que suele ser una persona que me escucha y me aconseja muy bien, pero veía que no me salían las palabras y pasaba a algún tema tonto para desviar cualquier sospechas. Hablar de mis sentimientos nunca ha sido mi punto fuerte y, para poder explicar significativamente lo que me estaba pasando, pues debía hacerlo. Incluso lo intenté con ella puesto que habíamos llegado ha compartir bastantes cosas de la una y la otra, pero nada. Todo se quedaban en frases a medio terminar y en mi mente en blanco cuando hablaba.

Ya desesperada y muy curiosa, cogí el ordenador y busqué una frase que, cada vez que me acuerdo, me echo a reír. “¿Puede a una chica gustarle otra chica?” sí, es bastante inexpresivo y simple e igualmente no me sirvió de mucho porque solo encontraba referencias a la homosexualidad y yo tenía muy claro que, a pesar de todo, también me gustaban los hombres.

Al final desistí en mis incesantes intentos por conseguir algo de información porque con el plus de mi incapacidad para expresarme emocionalmente por algo que me obstruía desagradablemente mi garganta, no me iba a llegar a ningún lado. Decidí que era mejor aprovechar el tiempo que tenía con ella como amigas, aunque eso no evitó que un miedo enorme se siguiera desatando en mi interior por no poder encontrar mi lugar.

En ese momento no era normal ser capaz de sentirte atraído por hombres y mujeres a la vez, eso solo era de personas adictas al sexo o idas de la cabeza y yo no era o quería ser como elles. Además, no quería estropear la tan buena relación que tenía con ella porque yo no estaba segura de lo que sentía dentro de mi y por que sabía perfectamente que a ella no le gustaban las chicas. No quería ser tan egoísta como para ser capaz de romperlo todo.

Hoy en día ella aún no sabe nada del revoltijo de emociones que me sigue produciendo en mi interior cada vez que me acuerdo de ella. Lo bueno es que para mi no es un recuerdo desagradable, ni si quiera está manchado con una pizca de tristeza porque seguía siendo feliz aunque solo fuera su amiga.

Nos violan

Os voy a contar, tras mucho tiempo dándole vueltas a si recordarlo y soltarlo ya de una vez por todas o seguir callada, la primera vez que fui violada. Porque por desgracia no solo ha sido una vez.

Puede que a algunas de las mujeres que lean esto se sientan identificadas porque, desafortunadamente, les haya pasado en algún momento de su vida e, incluso, más de una vez como a mí. También puede ser que estéis en el otro lado y no hayáis visto que en verdad habéis hecho algo horrible a una persona, porque cuando alguien no quiere practicar relaciones sexuales y le obligas, es una violación en toda regla. Aunque hayas visto que había momentos en los que sentía placer, no es motivo para pensar que no has hecho nada malo. Aunque al final hayamos cedido a las incesantes súplicas por hacerlo aunque no tuviéramos ganas.

Nos has violado.

La primera vez que me violaron fue con mi primer novio, un chico dos años mayor que yo aparentemente normal que, al principio, me trataba como una reina. La verdad es que yo estaba muy enamorada, apenas tenía 12 años cuando empecé a salir con él, tras haber estado muy unidos y compartiendo mucho de nosotros por alrededor de un año. Era como un sueño hecho realidad porque siempre había fantaseado con encontrar una persona que me quisiera y, encima, era con un chico que me gustaba ya desde hacía mucho tiempo. Estaba correspondida y eso me cegaba, por lo que era evidente de que haría cualquier cosa por seguir a su lado o conseguir su aprobación. Además de que llegué al punto de ser tan tonta de pensar que iba a ser el único hombre de mi vida y lo tenía que mantener a mi lado a toda costa, a pesar de que me doliera.

Realmente eso era un poco lo que había sacado en conclusión en mi corto tiempo en esta sociedad.

Ya llevaba varios días, cuando quedábamos, con las intenciones de que quería que le tocara el paquete y, como me daba muchísima vergüenza y tampoco era algo que me llamara la atención, era él mismo el que me cogía la mano para acercarla a su miembro. Yo estaba muy incómoda cuando eso ocurría y quitaba la mano rápidamente por ello. Creo que él jamás se dio cuenta de que no me parecía excitante ni me daba curiosidad como a él. Encima, como yo era muy tímida, prefería no molestar con mis cosas y me lo callaba.

No pasó mucho tiempo hasta que un día de tantos en los que estábamos dándonos unos cuantos besos en su habitación, comienza a meterme mano lentamente, mas sin ir demasiado lejos. Como no me sentía invadida y no me molestaba para nada, dejé que siguiera con sus pretensiones de curiosear mi cuerpo. Apenas llevaríamos un mes de esto que os estoy contando. Todo iba bien, yo estaba disfrutando de él y él de mi. Pero llegó el momento donde quiso que yo también le tocara en sus zonas íntimas, otra vez, y yo pues acabé cediendo a manosearle con mucho cuidado y sin interés. Al final le supo a poco y quería llegar a más, por lo que me preguntó:

-¿Quieres hacerlo?-dijo inocentemente cortándome aún más el rollo. Quería que dejara el tema y que se diera cuenta de que estábamos en un momento bastante bueno y podíamos seguir disfrutando si no tuviera en la mente el ir tan rápido con nuestra relación.

Yo negué rápidamente con la cabeza y mi corazón empezó a latir mucho más fuerte. Éste parecía que se me iba a salir del pecho y el cuerpo se me medio congeló porque no me esperaba esa proposición para nada, bueno, más bien no quería escucharla aún. Tenía 12 años y no era una cosa que tuviera muchas ganas de probar en ese momento. Siempre me había dicho que sobre los 16 ya me lo pensaría porque ya tendría una edad con la que poder tomar decisiones más maduras. Era una maldita cría, joder.

-¿Pero por qué? Puede estar bien, solo déjate llevar. Esto puede ponerse incluso mejor-intenta presionarme con una voz calmada y aterciopelada mientras me mira directamente a los ojos. Me sentía muy desnuda aunque mi ropa aún estuviera puesta.

Esos orbes fijos sobre mi, me hicieron quedarme ya totalmente paralizada y solo podía decir un no con un hilo de voz. Aquella segunda negativa no le sentó muy bien y su cejo se frunció un poco. Yo quería salir corriendo de esa habitación porque había algo dentro de mí que me lo pedía a gritos, pero a la vez confiaba en él y esperaba que no fuera a hacer nada que me pudiera dañar. Ojala hubiera salido de allí en vez tener fe en lo segundo.

-Vamos, inténtalo. No te haré daño, iré muy despacito y si te molesta, la saco-ya su voz sonaba un tanto más asalvajada-Solo será la puntita, no te la meteré entera para que no te duela-Yo seguía negando y él sabía que no me iba a dejar influenciar por que a él sí le apeteciera. Siempre he sido muy tozuda con lo que quiero y lo que no.

-Es mi primera vez y no estoy segura de querer hacerlo. ¿No podemos esperar un poco más?-conseguí decir porque vi que la situación se estaba descontrolando y quería hacerle entrar en razón, aunque seguía sin tener mucha intensidad de voz-Aún tengo 12 años. Soy muy pequeña para esto.

Él pareció replantearse el hecho de que también debía mirar por mi y no por lo que le decía su polla. Al menos eso era lo que pensaba, porque luego, con lo que me respondió, me di cuenta de que había otra cosa más a parte de sus propios deseos carnales.

-Todo el mundo de mi clase ya lo ha hecho y soy el único que aún es virgen.

No voy a negar que no entendía su situación, estaba presionado por lo que sus compañeros habían hecho y él aún estaba tras de ellos en la competición. Pero debía hacerle entender que por mucho que hubieran hecho los demás, no tenía que hacerlo él también al mismo tiempo. No era motivo para obligarse a uno mismo a adelantar las cosas. Sin embargo, yo sabía que decirle aquello no iba a dar resultado porque ya me había pasado otras veces con el simple hecho de cómo era de cuidadoso con su apariencia y otras cosas por el simple hecho del qué dirán. Decidí seguir su misma estrategia para contraatacar.

-Sí, pero los de la mía aún no lo han hecho-qué mejor que devolverla con la misma lógica con la que te han intentado tumbar-Esperemos un poco más, no tenemos prisa en hacer esto. Podemos hacer otras muchas cosas que si tengo ganas de hacer. Pero esto no me apetece aún, quiero esperar.

Además, llevamos solo un mes.

Pero él no atendía en ese momento a razones porque su plan maestro por perder la virginidad esa tarde-noche se estaba echando por tierra. No consiguió convencerme de hacerlo. Sin embargo, eso no le paró. Él tenía pensado hacerlo si o si, con o sin mi consentimiento. Y ya lo había intentando por las buenas conmigo. Ahora tocaba por las malas.

Se negó a aceptar la realidad y quiso seguir a pesar de mis incesantes súplicas de que lo dejara para otro día. Para cuando estuviera preparada a dar aquel paso, uno que era muy importante para mi. Además, él jamás me había visto desnuda y tampoco tenía la intención de que lo hiciera en ese entonces, porque me sentía muy incómoda con el simple hecho de que me pudiera ver así. Tenía demasiados complejos también con mi cuerpo como para ni si quiera, quitarme los pantalones. Poco a poco, se estaba formando una bola enorme de nieve que iba creciendo descontroladamente en tamaño y se estaba acercando alarmantemente a mi sin yo poder moverme.

Tras más charla inútil, terminó agarrándome de los hombros y tumbándome en la cama a pesar de que yo luchaba para que no lo hiciera. Me hubiera gustado haber utilizado todas mis fuerzas por haber evitado ese momento, porque estaba bastante fuerte gracias a que hacía mucho deporte, pero llevarle la contraria me daba miedo y seguía paralizada por como se estaba comportando conmigo. Él aprovechó eso, se aprovechó de mi, y me empezó a quitar la camisa a pesar de que yo le daba manotazos. Luego fueron los pantalones que ni si quiera agarrándolos pude evitar que me los bajara. Por último, el sujetador y de mala manera, por que ni me lo quitó por la parte de atrás.

Mi única reacción a esto fue coger la sábana de su cama y ponérmela por encima del torso y de la cara para esconderme y que no me pudiera ver cómo me estaba rompiendo por dentro. Dejé de ofrecer resistencia y esperé, con los ojos bien cerrados, a que aquel horror por fin pasara. Por mucho que luchara sentía que el me ganaba en fuerza física y mental.

-Por favor, para-decía por debajo de las mantas y con la voz llorosa, como mis ojos.

Él no paraba de decirme que estuviera tranquila, que aquello no me iba a doler. Me empezó a quitar las bragas y yo hundí los puños en la cama, aprentándola entre mis dedos y esperando que aquello no me doliera mucho. El inminente dolor no tardo en venir y ahí intensifiqué los gemidos de dolor de que parara de una vez, que me estaba doliendo (puesto que él mismo me había dicho que si me dolía, iba a parar). Ni si quiera fue para dilatarme un poco, estaba ciego por meterla solo que no pensó que podía ser una mejor idea ayudarme a que no fuera tan doloroso.

Comencé a gritar mientras me ahogaba en mi llanto. Quería que pasara ya, cuanto antes. Lo estaba pasando fatal y por mucho que le dijera que me dolía demasiado, el siguió hasta que se corrió poco después. Fue interminable. Oía sus gemidos y me producían un asco inmenso. Cuando ya alejó sus asquerosas manos de mi para quitarse el condón, que por suerte se había puesto, yo me tiré hacia mi ropa y me la puse lo más rápido posible. Ni me fijé si había sangrado, si me seguía doliendo ni nada, solo me concentré en vestirme lo antes posible para poder salir de allí.

Realmente ya no me acuerdo de las palabras que me dijo cuanto todo se acabó ni cómo de rápido pude irme de esa habitación del horror. Solo sé que cuando conseguí llegar a mi casa, pude ver una pequeña mancha de sangre en mis bragas, muestra de lo que acababa de vivir. Sentía algo muy desagradable en mi pecho y en mi zona íntima, pero tuve que actuar con normalidad lo que me quedaba de día para no levantar sospechas. Ya por la noche aproveché para martirizarme con varias imágenes que se me habían quedado grabadas en la mente y que me costó la vida olvidar. Me sentía como un juguete al que no se le han tomado en cuenta sus emociones ni decisiones.

Lo más horrible de todo, a parte de la violación en si, es que no supe que había sido violada hasta 8 años más tarde. Cuando conocí el feminismo.

Porque al día siguiente de lo sucedido, me llegué a ver a mi mejor amiga de ese entonces porque necesitaba contárselo a alguien. Alguien me tenía que escuchar y aconsejar sobre lo que me acababa de pasar. Sobre el horror que tuve que vivir. Se lo conté y ella hizo la broma de que tenía mucha suerte porque al final la había perdido yo antes que ella, cuando ella era un año mayor que yo. Le conté lo horrible que había sido y que mi novio me había forzado. Todo lo que recibí a cambio es que era normal que la primera vez con un chico doliera y que no pasaba nada con lo que me había hecho. Lo estaba normalizando, haciéndome parecer una paranoica con lo que había sufrido. Encima, me dijo que realmente eso no era lo más importante, si no que vigilara que no estuviera embarazada porque me iba a caer una muy buena si lo estaba. Porque la culpa había sido mía por no haber comprobado si se había puesto condón y si se lo había hecho bien.

Ocho años me ha costado sacarlo de dentro y saber que he sido violada. Ocho malditos años de mi vida en los que él me ha hecho sufrir por lo que me hizo y a saber si tiene algo en su conciencia sobre mi. Pero seguro que no, porque fui yo la mala por haber roto con el nueve meses más tarde, aunque por suerte no estaba embarazada. Todas esas noches done sabía que algo dentro de mi estaba mal, que me quemaba y me hacía daño, no son comparables al sufrimiento que tuvo que pasar él porque le dejé al darme cuenta de que nuestra relación era muy tóxica.

Me encantaría que, al menos, esta persona, después de todos estos años, me hablara y me pidiera perdón. Que se arrepiente de haberme jodido la infancia y de haberme violado como lo hizo.

De haberme dejado una secuela que jamás podré borrar de mi memoria.

Mi cárcel está en casa

Os voy a contar algo muy importante y es que para mi el infierno no está ni en la escuela ni en la calle, está en mi propia casa donde tengo que pasar la gran mayoría del tiempo encerrada, con miedo y ansiedad. Y es que cada vez que hago un intento de contar qué es lo que me pasa ahí dentro, en mi cárcel, lo único que recibo son comentarios relacionados con que «la familia es lo primero» y «pase lo que pase, siempre van a estar a tu lado así que no te quejes». Lo que no entienden es que la familia es solo una simple palabra y no tiene por qué conllevar nada con ello. Que la sangre no siempre une a las personas ni hace que se quieran, amen o simplemente se traten bien. Puede que la de otros si les ayude y estén ahí para apoyar y cuidar, pero la mía no. Que su entorno familiar sea cómodo es estupendo, pero eso no significa que el mío también deba serlo. NO podéis ignorar, silenciar o invisibilidad que la mía esta haciendo que mi existencia sea un completo infierno y que la convivencia, poco a poco, se está haciendo más insostenible.

No sé cuánto más lograré aguantar la verdad.

Hay veces que este sufrimiento se expande a la calle, cuando tengo que ir acompañada de mis padres. No les parece suficiente lo que me hacen en casa, que encima necesitan destrozarme aún más fuera de ella. Incluso, me han llegado a humillar tantas veces que, aunque me siguen afectando porque no soy de piedra, ahora puedo ignorarles sin perder tanto los nervios. Es solo abrir la boca para hablar de mi y los insultos, adjetivos despectivos y mi vida privada salen a borbotones de sus afiladas bocas disparados hacia personas que ni si quiera conozco y puede que ellos tampoco mucho. La cosa es dejarme mal delante de todo el mundo, humillarme y reírse de mi cuanto más puedan, mejor. Esto sin contar de las incesantes charlas que tienen entre ellos haciendo lo mismo. Creo que ese es su sino en esta vida.

Lo que os acabo de contar es una de las cosas que le he contado al psicólogo al que voy porque mis padres creen que soy muy irascible y que les molesta mucho mi comportamiento hacia ellos. Me he atrevido a hacerlo para saber si de verdad el problema lo causo yo. Lo que no entienden es que estoy así por su culpa, porque incluso la psicóloga me ha dado la razón en cuanto le he contado solo una ínfima parte de lo que tengo que sufrir cada día de mi existencia. Al menos hay alguien que me escucha. Intenta que yo luche contra ellos para hacerles saber lo que me están haciendo, ser asertiva, pero es que no sirve de nada y yo ya estoy cansada. A parte de que en sus sesiones particulares tampoco son capaces de parar de soltar bilis por la boca ni de escuchar a la especialista ni un solo segundo. Solo cuento los días que me faltan para salir huyendo de esta casa aunque sea para dormir bajo de un puente. Donde sea me vale, pero bien lejos de aquí.

Si lo de la calle ya os ha parecido desagradable o insoportable, esperad a que os cuente alguna de las cosas que ocurren en casa, porque las voces, los gritos y los llantos están a la orden del día. No hay ni uno solo donde no se escuche barullo aquí dentro. Llevo años sin hablar con ellos con normalidad, sin que me escuchen ni me traten como una hija. Solo saben reprenderme por cosas sin sentido común como: poner los zapatos en una balda que, según ellos, no me corresponde; mover algún objeto de sitio; o simplemente mostrar mi persona delante de ellos. Ya no me acuerdo ni de la última vez que mi madre me dijo algo bonito ni ni si quiera un alago de que haya hecho algo bien, todo lo que recibo de ellos es negativo. Solo soy alguien que se dedica a meter la pata a posta, a hacerlo todo mal y a intentar joderles.

Es más, cuando es uno de esos fines de semana donde no les pillo de tan mal humor, porque los astros se han alineado, y me dejan salir un par de horas a ver las pocas amistades que me quedan por culpa de ellos, tengo que estar cada media hora enviándoles algún mensaje diciendo que estoy bien y cual es mi paradero. También tengo que estar atenta a que me sus llamadas por si me ha pasado algo o simplemente por escuchar mi voz. Me tienen que tener controlada a cada minuto que paso fuera de casa porque “se preocupan por mi”.

Si os digo la verdad, apenas puedo disfrutar de ese tiempo que puedo pasar fuera, porque sigo sintiendo las cadenas que me ahorcan y no me dejan ser libre. Sigo sintiendo su presencia alrededor mía y no puedo librarme de ese infierno ni un solos segundo. Solo ser yo misma y tener mi propia vida. Como siga así, al final me quedaré sola. No me dejan tener a nadie medianamente importante en mi vida, que se preocupe de mi, porque ni si quiera puedo mantener mucho el contacto ni estar cuando se me necesita.

Todo esto teniendo en cuenta de que si no tengo la aprobación de mis padres, no puedo verme con esa persona porque “ellos saben qué es lo mejor para mi”.

Si claro, como si vosotros supierais ni un 1% de lo que es lo mejor para mi.

Pero no os voy a negar, les tengo miedo. Normalmente no suelen pasar del continuo maltrato psicológico, que es una tortura, pero han habido varios momentos puntuales donde si han pasado al físico, llegándome a acorralar en una esquina de la casa mientras huía de ellos por miedo y me han pegado guantazos y puñetazos. Hay veces que incluso me pellizcan con tanta fuerza que el moratón me dura semanas en las brazos, nalgas o piernas. Ha habido, en alguno de esas situaciones, donde he temido por mi integridad física. Aunque aguanto mucho peor el maltrato psicológico que me hacen, porque duele y perdura mucho más en el tiempo.

Y la gota que colma el vaso de todo esto es que hay veces que vienen haciéndose las víctimas de aquí. Que soy yo la que les está arruinando la vida y la que les está dejando sin dinero. Que no aprecio todo lo que hacen por mí y que no soy capaz de aguantar que, a veces, me exijan cosas. Que realmente me quieren y hacen todo lo posible por darme lo mejor para mi. Que soy yo la que hace que la convivencia sea imposible y encima, que sea la única que deba cambiar para que esto mejore. Dicen que están sufriendo mucho por mí culpa y que por eso están muchas veces enfadados conmigo por tonterías. Cuando llegan estos momentos, me derrumbo porque no lo aguanto más. Parece que todo está metido en mi cabeza y que realmente son ellos los que tienen razón. Me manipulan, aunque no sé si queriendo o sin querer. Pero me da igual. Tardo en recordarme a mi misma de lo que son capaces de hacer, pero es en ese momento donde me mantengo firme en que no soy yo la causante de todo los males de esta casa.

Por suerte tengo una persona a mi lado que me ayuda a sobrellevar esto como puede. La única persona que me apoya tanto que me da ganas de seguir hacia delante solo para poder tener un futuro juntos. Espero que ese día llegue ya.

Evidentemente tengo prohibido verle.

Salud mental vs salud física

No sé cuantas veces en mi vida habré escuchado las siguientes frases “anímate anda”, “no es para tanto, hay personas que lo pasan peor que tú y no están así”, “estás exagerando”, “no eres la única que tiene problemas”, “verás como todo mejora”, “eres demasiado joven, no puedes estar así de triste”, “¿por qué dices que te quieres morir pero luego te veo riéndote y pasando un buen rato?”, “tus problemas no son para tanto, soluciónalos y ya está”, “estás desperdiciando tus años de juventud con pensamientos pesimistas y destructivos, deberías pensar en cosas mejores, aprovechar el tiempo”, “no es tan difícil”, “te entiendo, yo también he estado así de mal, solo tienes que ponerte mejor”, “seguro que sientes algo y no quieres decírmelo”… y millones de cosas más. ¿Te suenan de algo? Puede que las hayas escuchado como yo o, en cambio, hayas sido la persona que las ha disparado.

Porque parece que si no tienes ninguna herida física, no duele. Que no está ahí y que no necesitas el mismo tratamiento que se te brindaría para curar una física, para “ponerte mejor”. Me temo que el tiempo no cura todas las heridas querido lector, la solución no es tratarlo como algo secundario y sin importancia. Es algo real y muy duro de sufrir. Existe la creencia, bastante extendida, de que realmente esto no es para tanto, que solo es que no queremos salir de la cama, hacer cosas durante el día, que solo queremos llorar todo el día cuando ni si quiera tienes ganas, como si quisiéramos estar en este constante estado de ansiedad, cansancio, desorientación, pena… Aunque, en cierto modo, llega un momento en que acostumbramos a estar en este pozo de desesperación, dolor y tristeza no queremos salir porque aunque estemos sufriendo aquí abajo, subir hacia la superficie a veces significa aun más dolor y ya estamos un poco cansados de él. Muy cansados.

Ha habido taaaantos días en los que no he podido salir de la cama. No es porque no quisiera, es que solo levantar mi torso de la cama ya era una tarea de titanes. Ese vacío que había en mi pecho pesaba tanto que no me permitía hacer algo más pasar el tiempo sin hacer nada con mi cuerpo en horizontal. Otras veces me obligaba a intentar llenarlo de comida, con toda la que pudiera aunque luego me encontrara fatal o, todo lo contrario, a no poder probar ni un gramo en mucho tiempo. Muchas veces no puedo dormir por la noche, me quedo dando vueltas y vueltas en la cama. Es horrible porque estás cansada pero no puedes dormirte y al final necesitas alejarte de ella porque te agobia y desespera. Otras muchas me paso casi todas las horas del día durmiendo como una marmota, desperdiciándolas.

Sé que puede ser difícil hablar con una persona que sufre depresión, pero que nos digan y nos repitan que a lo mejor nuestros problemas no son tan importantes porque hay otras personas que lo están pasando peor, pues no ayuda. Que sí, que también sabemos que estamos desperdiciando nuestra vida y eso nos hace sentir mucho peor y más cuando nos lo recordáis eternamente. Lo único que conseguís es que sea aún más duro el seguir hacia delante. Hay veces que es que no ves un camino al que seguir, estas perdido y desorientado en un lugar que no conoces para nada. Quieres seguir caminando pero no sabes hacia donde y ni si vas por buen camino. Muchas veces nos acabamos haciendo daño o perdiéndonos aún más en nosotros mismos. Es horrible cuando te llegas incluso cuestionas tu propia existencia, el por qué estás en este mundo, y todo se agrava cuando las ideas suicidas te visitan la mente.

O dios, cuántas veces habrán rondado por mi cabeza esos pensamientos de que todo sería mejor si dejara de sentir, de sufrir. Pero siempre vienen esas personas a mi cabeza que, a lo mejor, podrían verse muy afectadas si yo me fuera de esta manera. Dicen que el suicidio es un acto de cobardes y están muy lejos de la verdad. Decidir tú tu el momento de tu muerte y saber que es gracias a ti, es algo que requiere mucho valor para hacerlo y conseguirlo. Estar a solas con ese peso encima es muy complicado. Es una decisión de la que no hay marcha atrás, no puedes decir en medio del proceso que ya no quieres seguir con el plan. Es un viaje de no retorno.

Debéis comprender que las enfermedades y los trastornos mentales también pueden ser mortales como algunas enfermedades físicas lo son.

Además, cuando intentas llevar una vida normal cuando padeces esto, puede llegar a ser un completo y enorme suplicio. Si vivir el día a día, a una persona normal ya le puede costar, imaginaros si ya os cuesta vivir en general. Que os pesa vuestra propia existencia. Todo se dificulta. Y más cuando sabes que no te puedes curar en un futuro cercano, que solo puedes aprender a vivir con ello e intentar mejorar MUY poco a poco. Hacer la vida de una persona neurotípica cuando no lo eres es… enormemente complicado. Cada día es igual, una lucha monótona por no caerte, no derrumbarte y seguir hacia delante a pesar de que todo lo que te rodea intenta tumbarte. Evidentemente siempre hay rachas buenas y rachas malas, mas siempre nos cuesta algo, por poco que sea.

Pero bueno, estoy aquí para abriros un poco los ojos y así poder ayudarnos, o al menos entendernos un poco más. Para ello te voy a dar un ejemplo un tanto fantasioso. Imagínate a ti misme en soledad, en un lugar oscuro y sin sonido alguno. No tienes ninguna luz con la que buscar un camino ni ningún ruido al que poder seguir. Así es imposible encontrar tu camino, solo vas a dar palos en ciego hasta que, por suerte, encuentres algo que te pueda ayudar. Normalmente solo das tumbos por quien sabe done. Pero ahora imagínate que una persona te apoya, te escucha y te ayuda en lo que necesitas. Esa persona te está dando desde una vela o hasta una enorme linterna, depende del grado en que lo haga, con la que puedes empezar a buscar esa vía de escape que tanto ansías. Ahora súmale el hecho de que puedas confiar en ella, que te deja que te apoyes sobre ella y tu te sientes segure. Le estás dando una voz a la que seguir y en la que sabes que si lo haces, vas a llegar, como mínimo, a un lugar mejor del que estás ahora. ¿Entiendes un poco ahora cómo va la cosa?

La solución no es intentar dar consejos de lo que podríamos hacer o dejad de hacer. Son simples especulaciones, pero estar ahí, escucharnos, entendernos y apoyarnos para que seamos nosotres les que tengamos todo lo necesario para intentar salir, es lo que verdaderamente puede marcar un antes y un después.

Antes de terminar con esta breve narración, también me gustaría hablar de otra palabra muy incomprendida como es la ansiedad. La gente cree que la ansiedad es morderse las uñas, darse atracones de comida, estar nerviose o simplemente irascible. Hay más aparte de eso, mucho más. Solo es un pequeño porcentaje de todo lo que puede causarte esa maldita palabra. La ansiedad es un estado permanente en el tiempo en el que tu cuerpo se encuentra en alerta aunque no haya ningún peligro inminente y se puede manifestar de miles de formas. Todo depende de la persona que lo sufre y, normalmente, en silencio, como lo anterior.

Mis síntomas han llegado a ser bastante variados, os voy a poner algunos ejemplos: un ataque de ansiedad en el que no podía parar de temblar, hasta tener todo el cuerpo entumecido, dificultándome el poder levantarme de la cama y con el plus de desagradables dolores de espalda; taquicardias que me hacen retumbar todo mi pecho; sensación de hormigueo; que al hablar, aunque no me pase nada, sentir la sensación de que no me llega el suficiente aire, provocándome un habla ahogada y pausada; tener unas ganas tremendas de gritar; morderme descontrolada y hirientemente las uñas; estar muy irritable; preocuparme tan exageradamente por cosas variadas que me causa aun más ansiedad…

Es que son tantas cosas y tan pocas de ellas comprendidas por los demás. No soy una borde, no soy una estúpida ni nada de lo que piensas, tienes que ver más allá de ello, de qué es lo que me puede estar pasando para estar así.

Puede que estés pensado “qué es lo que me está contando esta tía”. Te estoy contando la realidad de muchas personas que te pueden rodear en tu día a día y que no te estás dando cuenta o estás ignorando. Abre los ojos, por favor, comprende que la salud mental no debe ser menospreciada como lo está siendo.

A lo mejor incluso nos podemos ayudar mutuamente en un futuro si todos aceptáramos la realidad.