Primera parte: Algo nuevo

                                                                                                                                  It feels so right

                                                                                                                   To be here with you…oh

                                                                                                         And now…lookin’ in your eyes

                                                                                                                              I feel in my heart

                                                                                                               The start of something new

                                                                                                           Start of something new. HSM

Antes, hace tiempo…

Sikamaru

Aquello no era real, no podía ser real. Aquello no estaba pasando. No podía creer o no quería creer que lo que mi pareja estaba diciendo fuese real. No era posible. No tenía ningún derecho a hacerme eso. Mis lágrimas salían a borbotones de mis ojos, mis ojos destilaban ira y tristeza. La única cosa que podía hacer era gritar.

— ¿¡Qué?!— fue lo primero que dije cuando Eduardo me contó aquello. No podía creerme que mi novio me hubiese puesto los cuernos con una mujer y que pensara casarse con ella. En aquel momento estaba tan enfadado y afectado no quería escuchar ninguna explicación que él quisiera darme.

—Sikamaru, es lo mejor—dijo él intentando tranquilizarme mientras llevaba sus manos hacia mis hombros. No le dejé que las posara, las aparté de un manotazo, no quería que me tocase. No después de que esas manos hubiesen tocado a otra persona.

— ¿Lo mejor para quién?—pregunté con malicia. Sabía la respuesta a aquella preguntó. Él era el dueño de la empresa más importante del mundo en este momento y yo solo era un maestro que daba clases en el instituto del barrio. Estaba a punto de ponerme a llorar. Mi corazón había sido roto en mil pedazos.

—Para los dos—dijo mirándome a los ojos.

—Querrás decir para ti— maldije y le crucé la cara. — Te di todo lo que me pediste e hice todo lo que querías que hiciera. Y tú me lo pagas diciéndome que te vas a casar con una persona que conociste en un congreso, con la que estuviste una noche y de la que te enamoraste. Yo llevo contigo cinco años y tú los has olvidado por un polvo y un par de tetas. —Quería pegarle tan fuerte que no se volviese a levantar de la cama. — ¿Qué hay del futuro que habíamos planeado para nosotros? ¿La idea de vivir juntos toda la vida? Incluso habíamos hablado de adoptar niños. ¡¿Dónde quedaron todas esas promesas?! —Le grité en plena cara. Quería echarle muchísimas más cosas a la cara pero no tenía fuerzas para ello. Las lágrimas comenzaron a caer de mi cara como si fuera una fuente. Quería salir corriendo de allí y no volver a verle jamás pero lo amaba. Aún después de lo que me había dicho, le seguía amando y eso era lo más doloroso de todo.

—Sabes perfectamente que hay cosas que son irrealizables—dijo el muy serio. Yo aparté la mirada de su cara.

— ¿Me quieres?— susurré—. Respóndeme— le exigí mirándole a la cara.

Él no contestó y eso fue todo lo que yo necesitaba. Recogí mi abrigo y salí de la mansión corriendo a través del jardín que sabía que era hermoso pero que en aquel momento me pareció lo más feo del mundo. Le oía llamándome, no me giré para comprobar si me seguía, sabía que no era así. En vez de llamar a un taxi, fui andando. A mitad de camino comenzó a llover, por una parte me vino de perlas porque así mis lágrimas se confundían con el agua que caía y me empapaba.

La gente se refugiaba en los soportales o en los salientes de los edificios. A mí me daba igual. Todo me da igual en este momento, absolutamente todo. Caminaba sin rumbo, repasando en la memoria todos los momentos felices que había vivido con él y lloraba cada vez más. Mi vida no tenía sentido. Ninguno. Ya no. Había perdido todo lo que era importante para mí. Ahora tendría que aprender a vivir sin él y no sabía si iba a ser capaz de soportarlo. Cada vez que pensaba en él, mi pecho dolía. Era una sensación agobiante. No me dejaba respirar y lo único que quería era abrazarme a mí mismo y llorar más. Al cabo de un rato llegué a casa.

—¡Oh! ¡¿Qué te ha pasado?!— me preguntó Rukia alarmada.

Me imaginé lo que estaría pensando por mis pintas. Seguramente estar todo mojado, con los ojos rojos de llorar y tiritando de frío no era una buena combinación. No tenía fuerzas ni para hablar así que la dejé que hiciera lo que quisiera conmigo. Me llevó hasta el baño y dejó que la bañera se llenase de agua caliente mientras me quitaba la ropa y no dejaba de preguntarme qué era lo que había pasado. Cada vez la veía más preocupada. Me metió en la bañera a la fuerza. El agua caliente me reconfortó tanto que me recuperé un poco.

—Eduardo…me…ha…dejado— dije en un susurro—. Por una mujer. Va a casarse con ella y tener el futuro que siempre ha querido.— Haber admitido eso hizo que quisiera volver a ponerme a llorar. Dolía más si era yo quién lo decía. Rukia se metió en la bañera y me abrazó.

—Te dije que no era bueno para ti.

—Yo le quería…— dije llevándome las manos a la cara.

—Mentira. Aún le quieres y eso es lo que te molesta. Que a pesar de que te haya dejado crees que nunca vas a ser capaz de dejar de amarle. Pero ¿Sabes? Hoy he tenido el presentimiento de que algo va a cambiar.— Me sonrió y yo hice lo mismo. Una de las cosas que más amaba de Rukia era lo directa que era, nunca se guarda sus opiniones, siempre las da. Algunas veces le falta tacto- de hecho en la mayoría de ellas- pero su sinceridad es lo que más aprecio. — Te voy a dejar para que te asees, cuando salgas no quiero ver ni una sola lágrima en tu cara. Así que si vas a llorar hazlo en este tiempo. Después no quiero ver ni una. Ese cabrón no se las merece.

Y tras decirme esto, salió de la bañera y del baño. Ella tenía razón, él no se merecía mis lágrimas.

Shion

No me gustaba estar en aquella sala. Me parecía muy oscura y fría. Era un lugar grande, pintada de negro y sin una sola ventana. La luz era totalmente artificial. En el centro había una mesa rodeada de sillas en las que se sentaban los altos cargos y siempre estaba llena de papeles. El General Steve me había citado para darme una noticia que según él “me haría saltar de felicidad”.

—Shion, después de mucho deliberar, hemos decidido darte una misión. Nuestros expertos nos han informado de que una joven talentosa va a morir dentro de poco y necesitamos que vayas a la Tierra para “cuidar” de ella. Se llama Naiara y su alma es muy valiosa para nosotros, tu misión es hacerte con ella y evitar que esos asquerosos demonios se la lleven. Partes mañana— me dijo el General Steve.

Después de cinco años decidían volver a confiar en mí. Aquello me alegró.

—¡Sí señor!— Le contesté con decisión, él me dio una carpeta con todos los datos necesarios, me despedí y salí al pasillo.

Una vez andando por el en dirección a mi cuarto, abrí la carpeta y miré los datos. En ella venía toda la información de la humana. Edad, gustos, estudios o trabajo, lugar de residencia, amistades… Por una parte me fastidiaba que fuese una chica pero por otra tendría que crear estrategias distintas y nuevas a todo lo que había usado anteriormente.

Me acordé de mi última misión, fue hace cinco años, desde entonces no había vuelto a bajar al mundo humano. Miré los datos relacionados con su muerte. Catorce meses. Eso calculaban nuestros expertos aunque siempre había un margen de error de dos hacia delante o hacia atrás. Me fije en el apartado que especificaba si iba a necesitar un compañero, ponía que sí. Esperaba que no fuese una mujer, prefería cien veces la compañía de un hombre.

—Shion— una voz a mi espalda me sacó de mis pensamientos, me giré y la vi. Jessica.

—Dime— dije sonriéndola falsamente.

—Me han dicho que te vas al mundo humano— asentí—. Conmigo.

¿¡Qué!? Fue lo primero que pensé. Esto no podía estar pasando. Tendría que aguantarla durante catorce meses y eso si no se alargaba. En este momento mi cara debía de estar siendo un poema. No me lo podía creer. Una de las mujeres que peor me caían iba a ser mi compañera.

—Por tu expresión veo que no lo sabías— dijo con una sonrisa de suficiencia. Quería borrarle esa sonrisa de la cara.

—No, no lo sabía, aunque no hay mal que por bien no venga— la sonreí y ella cambió la cara y frunció el ceño. Conseguido.

—¿A qué te refieres con eso?— dijo poniendo los brazos en jarras preguntándolo notablemente molesta.

—A que te podrás tirar a media ciudad y yo podré llevar a mis ligues a casa— le contesté. Ella frunció más el ceño y con un dedo amenazándome me espetó.

—Mira maricón de mierda…

En ese momento otro ángel apareció por la entrada del pasillo y ella tuvo que callarse. Si algo odiaba esa mujer era que la interrumpieran cuando decía o hacía algo. Aquello me pareció divertido y dejándola sola en el pasillo abrí mis alas y me fui volando. No me gustaba que la gente las viese, eran horribles. Aquello había sido una excepción.

Llegué volando hasta mi habitación como siempre perfectamente ordenada y limpia. Saque la maleta de debajo de la cama, la apoyé en la cama y la limpié. Estaba llena de polvo. Después abrí el armario y comencé a meter toda la ropa “importante”, si me faltaba algo ya lo compraría en el mundo humano. Metí mi camiseta sobre un grupo de música terrenal que me había encantado. Y los pantalones rojos que me había regalado Bianca, la única mujer con la que me llevaba bien. Luego me subí con ayuda de una silla al armario y bajé la otra maleta. La maleta que llenaría de armas, uno nunca sabe que se va a encontrar allí abajo. Una vez acabadas, las dejé cerca de la puerta. Me senté encima de mi cama y me puse a leer la información sobre el objetivo.

Era una chica de diecisiete años, cabello oscuro tirando a negro, ojos negros, alta y obsesionada con una cantante americana. Se llamaba Naiara Montes y vivía en Tarket, una ciudad con puerto y mar, no me hacía mucha ilusión ir ya que ese tipo de ciudades me recordaban a una época mejor.

Miré durante un rato más los informes y cuando estaba a punto de irme a dormir, alguien llamó a mi puerta. Le di permiso para entrar. Ari, mi mejor amigo, me sonrió al pasar y se sentó en la cama conmigo. Miré sus ojos marrones, brillaban mucho y no tardó en darme un abrazo y en decirme lo orgulloso que estaba de mí; le devolví el gesto y le dije que me hacía mucha ilusión.

—Todo el mundo habla de ello— hizo una pausa.— Principalmente por la compañera que te ha tocado.

—Ya…— dije abatido.— Te hubiera preferido a ti— dije en un tono pícaro. Él se rio y me contestó lo siguiente:

—Si hubiésemos ido tú y yo no habríamos salido de la cama en todo el día.— me reí y el me atrajo hacia el pasando uno de sus brazos por mi cintura.

—¿Sabes que cuando con esa ropa pareces aún más apetecible?— me dijo pícaramente al oído. Me mordí el labio inferior. Sabía que aquello le encantaba.

—Estoy mejor sin ella.

— Permíteme dudarlo—  dijo a modo de broma, le saque la lengua y el no dudo en mordérmela. Aquello se convirtió en un beso que desembocó en un revoltijo de sábanas.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, él ya se había marchado. Odiaba que hiciera eso; quedábamos, teníamos sexo y él se iba. Hace algunos meses me di cuenta de que quería más de él. Más que una noche de sexo, quería más, pero sabía que Ari no me lo daría. Estaba enamorado de su compañero de batalla y este parecía no darse cuenta. Más de una vez le pedí a Ari que me dejase hablar con él, siempre se negaba y ponía de excusa que yo era muy directo. Y así era, me gustaban las cosas claras.

A veces dejaba una nota en la que me explicaba los motivos por los que había escapado de mi lado, este había sido el caso. En ella me decía que se había tenido que ir a una reunión con su escuadrón y que no podría estar allí para despedirme. Lo lamentaba y que me lo iba a recompensar cuando volviera a casa. Bufé, miré la hora. Las diez. En unas horas yo estaría en el mundo humano, afrontando una misión que debía cumplir si quería arreglar el estropicio de hace cinco años. Me levanté de la cama y me preparé, cogí las maletas y fui al punto de reunión. Allí me esperaban Jessica y el comandante.

Durante un tiempo nos estuvo explicando la situación del mundo. Guerras por aquí, corrupción por allá, matanzas, secuestros, gente importante que se había muerto en estos últimos años, cosas buenas que habían creado, como por ejemplo ciertas curas para tal o cual enfermedad, los avances en tecnología y por último y lo que a mí más me interesaba, libros. Nos habló de los libros que habían arrasado y nos hizo un pequeño resumen de todos. Por último, nos entregó un par de móviles con una aplicación para hablar sin tener que pagar dinero a la compañía. En unas tres horas estuvimos listos para atravesar el portal y cumplir nuestra misión. Nos dieron los instrumentos necesarios para ocultar nuestras alas a ojos humanos y demoniacos. Estos eran una aguja con la que de pinchabas en cualquier parte del cuerpo, sacabas la sangre y te la echabas en las alas.

Atravesamos el portal y aparecimos en el salón de lo que parecía ser un apartamento bastante amplio. Entre los dos investigamos el apartamento y elegimos habitación. La mía contenía una cama de matrimonio, un armario con un espejo de cuerpo entero y terraza. Eso era sin duda lo mejor. Dejé las maletas encima de la cama y Jessica llamó mi atención.

—Quiero hablar contigo— dijo seria y con los brazos cruzados en el pecho.

—Ya lo estabas haciendo—le respondí con sorna. Bufó antes de responder.

—Quiero una tregua, un pacto, un trato o como quieras llamarlo. No quiero estar los próximos catorce meses peleándonos por tonterías. Sería una situación desagradable y ninguno la aguantaría lo suficiente.

—Estaba bien, ningún mal rollo entre los dos—dije extendiendo mi mano hacia ella—. Esto no significa que seamos amigos.

—Lo sé—dijo estrechándome la mano y poco después salió de la habitación.

Deshice las maletas, me cambié de ropa y salí de allí dispuesto a investigar la ciudad, mi compañera tuvo la misma idea. Una vez en el portal cada uno tomó direcciones diferentes.

La ciudad me sorprendió para bien pero aún no sabía que sería en la que volvería a experimentar sensaciones nuevas y algunas que creía olvidadas.

Sikamaru

Había pasado un mes desde mi ruptura y yo era incapaz de olvidarme de él porque aún le quería; cada vez que le veía en la televisión con su futura esposa comenzaba a llorar. Rukia intentaba animarme cada vez que podía y me proponía planes pero a mí no me apetecía ninguno.

—Oh venga, hace un mes que no sales de casa. Seguro que encuentras alguien con quien desfogarte.— dijo burlona.

La miré y vi que estaba vestida con una falda negra, un top rojo, tacones de aguja y una chaqueta de cuero. Su pelo estaba recogido en un moño resaltando sus rasgos afroasiáticos. Sus manos agarraron las mías y tiró de mí hasta ponerme en pie. Suspiré.

—Vale, pero en cuanto encuentre a alguien con quién dejarte me vuelvo a casa— ella sonrió y besó mi mejilla.

Me vestí con unos vaqueros ajustados y una camisa negra. Cuando salí, fiel a su naturalezai amiga me lanzó un comentario.

—Esa es mi pantera.

Salimos de casa y dimos una vuelta por aquella bella ciudad. Me encantaban las ciudades con mar, eran tan refrescantes. Rukia y yo nos detuvimos en una barandilla del paseo marítimo y observamos el atardecer. Era hermoso. De repente un rayo de luz verde imperceptible para los ojos humanos apareció entre los rayos del sol. Miré a Rukia, ella asintió. Nos dirigimos hacia el cementerio. Aquel rayo verde significa una nueva misión, un nuevo objetivo, una nueva pelea contra algún ángel inoportuno y sobre todo sería una distracción para mi vida.

Cuando llegamos la persona que iba a darnos la información necesaria estaba de espalda a nosotros.

—Disculpe…—dijo Rukia llamando su atención, la persona se giró y ninguno de los dos nos podíamos creer quién era el que nos iba a dar la información—General Kuris, pensaba que se había retirado.

—Y en teoría lo estoy pero Satán me ha pedido que os de esto— dijo dándonos unas carpetas—ahí está vuestro nuevo objetivo. Yo me voy que sino mi esposa es capaz de matarme por quedarme con vosotros—se despidió y se fue hacia un bar que había cerca del cementerio.

Nosotros volvimos a casa. Hice un chocolate con una máquina que habíamos comprado hace poco. Parecíamos la pareja perfecta, solo que no lo éramos. A mí nunca me habían gustado las mujeres y ella… no hacia ascos a nada. Le pasé su taza de chocolate y me senté en el sofá a su lado. Los informes estaban abiertos en la mesa. La miré y me di cuenta de que reconocía a la chica. Se llamaba Naiara Montes y era una de mis mejores alumnas. Bufé.

—¿Qué te pasa?

—El objetivo es una de mis alumnas— dije derrotado.

—Eso es bueno, tenemos la mitad del trabajo hecho—contestó sonriendo encantada y dándole un sorbo a su taza—. Te propongo un plan, nos acabamos esto— señaló su taza— y nos vamos a dar una vuelta por ahí.

Acepté sin pensarlo dos veces. Mientras bebíamos las tazas miramos un poco más el informe y después de dejarlas en la fregadera, salimos a pasear por la ciudad.

En algún punto de la noche, dejé a Rukia con una mujer muy guapa. Esperaba que acabase bien su noche. Salí de la zona de bares y me fui al puerto. Había una brisa marina muy refrescante. Caminé a lo largo del paseo y entonces le vi.

Era un joven precioso, con el cabello rubio casi blanco hasta más allá de la cadera, llevaba un par de mechones recogidos en una coleta, era unos centímetros más alto que yo y miraba al horizonte con una cara triste. Me acerqué a él.

—Hace una noche preciosa— dije cuando estuve cerca de él, él giró su cabeza hacia mí. Tenía unas facciones muy finas y estilizadas, el flequillo le tapaba el ojo izquierdo pero su ojo derecho era visible. Era verde, de un verde muy intenso. Me sonrió y me dio la razón. —Me llamo Sikamaru— le dije tendiéndole la mano. Él me la aceptó.

—Shion— dijo mirándome.— Un placer.

—Igualmente, ¿qué mirabas en el horizonte?— le pregunté, el torció el gesto y me contestó:

—La luna. Estaba preciosa— dijo apoyándose en la barandilla y cerrando los ojos mientras una brisa movía su pelo. — Te invito a una copa— dijo abriendo sus ojos. Yo acepté encantado.

En algún punto de lo que quedaba de noche las risas pasaron a ser insinuaciones y estas, pasaron a ser hechos. No fue solo una copa. Ni tampoco fue lo único que hicimos.

 

Él

Volverá, seguro que volverá

                                                                                     Y sigo sintiendo, te echo de menos

                                                                                    Que acabe mi soledad

                                                                                    Volverá…

                                                                               Volverá. El canto del loco.

 

                                

Oigo pasos, pero no son los suyos. Los distingo porque me he acostumbrado a ellos; una mujer pasa corriendo por detrás de mí. Oigo voces pero ninguna es la suya. Estas voces son muy masculinas para alguien tan delicado como él. Su voz es suave y melódica; dos hombres pasan cerca de mí hablando. Suspiro y miro al horizonte.

Es rojo igual que su sangre, la que derramé aun habiendo prometido que jamás le haría daño. Su visión, lleno de heridas provocadas por mi espada hace que me duela el pecho y se me encoja el corazón tanto que por un momento dejo de respirar. Fijo mi vista en el mar. Él es así: tranquilo e inquieto, suave y travieso. El agua es transparente y me deja ver lo que oculta: las algas del fondo son de varios tonos, unas son verdes y otras parecen azules. Igual que sus ojos; uno de cada color.

Su mirada tierna, serena y limpia aunque en el fondo de ella guarde tristeza, rencor y odio. Siempre amé aquella vez que tenía la mirada tan brillante que sus ojos parecían dos joyas. Nunca le dije que lo amaba. Me arrepiento de ello. Las gaviotas graznan y huyen hacia el cielo; algo las ha asustado.

Miro mis manos, son  grandes comparadas con las de él; chiquitinas y finas. Recuerdo su tacto suave y caliente. En cambio, las mías son enormes y ásperas. En una ocasión me dijo “Tus manos, son ásperas, pero eso solo hace que quiera que me toquen” tras eso hicimos el amor.

Su cuerpo es delgado y alto, tiene bastantes músculos en la zona del abdomen. Tiene una peca en la parte baja de la espalda, justo donde acaba la columna y otras muchas repartidas por el cuerpo que me he encargado de contar y besar. No tiene casi pelo en la piel, sin embargo tiene la cabellera digna de una diosa. Su pelo es del color del trigo, del color del amanecer, largo, suave y liso. En cambio el mío es negro como el carbón, como la oscuridad que amenaza mi corazón. Debería volver a casa pero los recuerdos me lo impiden.

El piso aún conserva su esencia; me lo imagino por las habitaciones solo con la parte de arriba y unos calzoncillos puestos. Si entro en la biblioteca le veo con un libro entre las manos mientras se recuesta en el sofá en busca de una posición más cómoda. Me recuerdo a mí mismo abrazándolo por detrás y susurrándole al oído alguna frase de la novela.

Quiero llorar mas no puedo, todas mis lágrimas han sido consumidas por su ausencia durante estos tres meses. Quiero que vuelvas, mi ángel, para poder ver y tocar tus alas, esas que me dijiste que odiabas antes de que el destino nos separase. Necesito poder abrazarte, Shion. Mi ángel, mi sol, mi salvador.

Quiero oír de tus labios que me quieres, que no vas a abandonarme como yo hice, que me perdonas por haberte dejado solo, que las heridas que nos infringimos el uno al otro no valen nada, que no son importantes, que tu trabajo no era engatusarme para quedarte con el alma de aquella chiquilla y entones yo te diré que te quiero, que siento haberte abandonado, que las heridas que te infringí no valen nada, que no son importantes, que mi trabajo no era engatusarte para poder llegar hasta tu señor y acabar con la maldita guerra que tanto tiempo estaba durando, porque no sabía quién eras, qué eras.

Necesito besar cada parte de tu cuerpo, volver a contar tus pecas por si te ha salido alguna en mi ausencia como aquel día en el que te inventaste esa excusa barata de que tenías una en la espalda. Los recuerdos de aquel día son bastante claros, así como los de los días anteriores y venideros. Tu recuerdo es muy vivido. Nítido. Como un cielo azul sin nubes. Vuelve, Shion, no sé cuánto más podré aguantar sin ti.

Oigo pasos, esta vez son de alguien que conozco y al que hace unos momentos rogaba que regresara. No puede ser, me digo, él no puede estar aquí, no puede haberlos desafiado a todos por un demonio como yo. No me lo merezco. No deseo que se arriesgue por mí.

Empiezo a pensar que ni siquiera soy digno de su amor. No después de haberlo abandonado en aquel estado. Sin embargo, cuando lo siento detrás de mí, cuando su respiración vuelve a su cauce, sé que vale la pena luchar por nuestro amor, que no importa lo que tengamos que arriesgar, que quiero estar junto a él, que lo necesito, que lo amo.

Sé sin necesidad de mirarle que tiene las manos en los costados, el pelo recogido en una coleta alta o tal vez en una trenza, su ojo libre mirando mi espalda, escudriñándome para saber si soy yo aunque sabe perfectamente que es así, por su mente estaban pasando las mismas preguntas que por la mía.

No sé qué voy a decirle ahora que lo tengo a unos pocos metros.

¿Qué le quiero? ¿Qué me perdoné? ¿Qué le necesito? ¿Qué quiero besarlo? ¿Qué necesito abrazarlo para cerciorarme de que es real?

Tal vez haya venido acabar nuestra relación de forma coherente, es decir, clavándome su espada. Pero… cuando pronuncia mi nombre como un susurro que se lleva el viento, mis dudas desaparecen. Me giro con lentitud. Al verle me doy cuenta de que solo he errado en una cosa. Sus dos ojos, uno del color del cielo y el otro el de las hojas en primavera, reflejan ternura, tristeza y suplica. Igual que los míos. Me acercó a él y sin decirle nada, lo llevo de vuelta a casa, la que siempre será nuestra casa.

Una vez dentro lo abrazo para asegurarme de que es real. Lo es. Sonrío de felicidad y sin más preámbulos le beso. Un beso tierno, nada libidinoso. Un beso con el que le demuestro lo mucho que le he echado de menos.

—Tengo que hablar contigo—dice entre jadeos.

—Luego… ahora, necesito tenerte cerca.

Le miro con firmeza y dejo que los recuerdos de nuestra historia nos invadan hasta llegar a la noche que lo cambió todo y como por arte de magia volvemos a estar en el callejón.